Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

viernes, 2 de mayo de 2008

MEDINA, Enrique: Barrio latino


Con los pelos desparramados finiquitaba la peruana cada vez que su chileno y tullido marido la fajaba. Un día cargó sus petates y con los dos chicos huyó a lo de su amiga boliviana en busca de refugio. Y se hizo costumbre: chileno faja, peruana escapa, boliviana protege. Sin pizca de rubor, el barrio opinaba recurriendo al psicoanálisis: “Típico caso de sometimiento”, afirmaba el vendedor de flores. “Dependencia erótica”, argumentaba el panadero, separando las palmas a una distancia respetable. “Pérdida de identidad”, aseveraba Doña Clota. Todo bien. La buena boliviana, abandonada y con un crío y una cría, la recibía en la casa, también abandonada, pero convenientemente ocupada por decenas de hermanos latinoamericanos. Juntas la pasaban chiche-bomba, bailando el fin de semana en el boliche del Abasto. Del mismo modo lo pasaban los chicos en las calles, jugando y pidiendo a los turistas que se fotografiaban junto al monumento a Gardel. El lunes, la peruana extrañaba y le imploraba a su amiga que intercediera para volver con su peor-es-nada. Comedida, la boliviana le encargaba la esquina donde desplegaba un plástico en la vereda para exhibir bombachas, corpiños, toda esa mercadería de la que vivía, y rumbeaba a lo del duro chileno, que de haber nacido en mejor cuna hubiera sido uno de los cinco mejores dégustateur del mundo. La boliviana, más tarde o más temprano, retornaba con el semblante laxo y con el perdón obtenido. Y colorín-colorado, la peruana volvía al nido conyugal hasta la próxima paliza. La primera vez que entró a la comisaría fue cuando el marido le partió la cabeza con la muleta. No le tomaron la denuncia, pero le dieron una curita. Ella se fue contenta. “Había recibido una muestra de afecto”, según Doña Clota. El panadero destacó la puntería del chileno, mérito que cabe si se tiene en cuenta que además de cojo se estaba quedando ciego, el pobre. Nada hacía pensar que la monotonía pudiera quebrarse.
Pero como en los cuentos siempre hay un “pero”, ese “pero” llegó.
Llegó por decisión del chileno que, o no conforme con su destino, o vaya a saberse qué bicho le había picado, cagándose en las interpretaciones psicoanalíticas que el barrio haría, se ahorcó con el alambre que descargaba el tanque de agua de la letrina. Frente al comisario, la peruana lloraba y se culpaba por no haber comprendido al marido. Lloró y gritó hasta que lo metieron en el ataúd; ahí aprovechó para llenarlo con ropa de él y viejas fotos del casamiento. En medio de las piernas le colocó los CDs cumbancheros con los que se relajaban cuando estaban de buenas. Entre las manos le puso unas cartas de despedida garabateadas por los hijos, ella agregó la suya. No dejó de hablarle y besarlo hasta que lo enterraron, y a otra cosa mariposa.
Hasta aquí el cuentito, en pretérito. El remate, en presente.
Ululando su bocina llega el patrullero. La peruana, con el cuchillo ensangrentado en la mano, se encierra con los hijos. A través de la puerta, el comisario intenta una conciliación mientras en la ambulancia cargan todavía viva a la boliviana, a pesar de la sangre que brota de los mil puntazos. Alterada y consintiendo el diálogo, la peruana llora y se justifica porque su boliviana amiga, pensando que lo pasado-pisado no le afectaría, le confesó que cada vez que iba a mediarle con su chileno marido lograba hacer las paces metiéndosele en la cama, y le gustó el chileno, y por eso era que él la echaba revoleando la muleta como ventilador de techo, era para que lo visitara la boliviana, y además él le había pedido que lo acompañara a Chile y como la boliviana no quiso, seguramente por eso se ahorcó, el pobre, de tristeza. El comisario le ruega que deje salir a los chicos, y se entregue porque la víctima aún vive y todo se puede arreglar. Ella jura que se degollará. Llega el camión de exteriores de Crónica TV, el movilero salta con el micrófono y, ya partiendo la ambulancia, le pregunta a la boliviana qué pasó. Ella se niega a responder y muere. El comisario le dice a la peruana que llegó la televisión y puede hacer su descargo. La peruana se arregla el pelo, sale y se la llevan. Insatisfecho con la información, el movilero encaja el micrófono en la boca de Doña Clota para que escriba el final de la historia. En realidad, aclara ella, la peruana no tenía celos del chileno sino de la boliviana, ellas estaban unidas sentimentalmente, ¿se entiende? Así que... el chileno..., ¿se suicidó...?, ¿fue ahorcado...?, ¿o lo ahorcaron...?

Enrique Medina
(Argentina, 1937)

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El escritor argentino Enrique Medina, nació en Buenos Aires el 26 de diciembre de 1937.
En 1972 publica su primera novela: Las Tumbas. La repercusión de crítica y público es impresionante. Desde 1973 en que el gobierno de turno secuestra su novela “Sólo Ángeles” ( junto a “The Buenos Aires Affair” de Manuel Puig), y hasta el fin de la tiranía en 1983, Enrique Medina es constantemente prohibido y perseguido por su literatura cuestionadora y frontal, siempre lejos del acartonamiento burocrático de la cultura oficial.Lleva publicados 23 libros: 7 de relatos, 1 de ensayos, 1 de teatro infantil, y 14 novelas. Su obra ha sido traducida parcialmente al portugués, inglés, francés, húngaro, polaco y yugoslavo. Figura en antologías nacionales e internacionales.
Algunas de sus novelas y cuentos fueron llevados al cine y al teatro.
En la actualidad es columnista en la contratapa del diario “Página 12" de Buenos Aires, y dirige su Taller de Literatura.

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