Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido.
Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

viernes, 25 de julio de 2008

BENEDETTI, Mario: El sexo de los ángeles

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.
Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.
Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: "Semilla", Ángela, para atizarlo, responde: "Surco". Él dice: "Alud" y ella, tiernamente: "Abismo".
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel dice: "Madero". Y Ángela: "Caverna".
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.
El dice: "Manantial". Y ella: "Cuenca".
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: "Estoque", y Ángela, radiante: "Herida". El dice: "Tañido", y ella: "Rebato".
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

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Mario Benedetti


(Uruguay, 1920)

lunes, 21 de julio de 2008

FERNÁNDEZ MORENO, Baldomero: Cansancio



Quitar las hojas secas
a mis plantas,
tomar la pluma
y escribir dos versos,
besar tus labios,
sonreír al hijo...
No tengo fuerzas para más,
ni quiero.




Baldomero Fernández Moreno nació en 1886, en Buenos Aires, donde murió en 1950. Entre 1892 y 1899 vivió con su familia en España y al regresar a la Argentina se graduó de médico y ejerció poco tiempo su profesión en el interior. Perteneciente a la generación posterior al Modernismo, Fernández Moreno (éste fue su nombre literario) descolló como poeta de lo cotidiano, de las cosas sencillas, todo ello expresado en versos directos y armoniosos, de raíz hispánica. Las iniciales del misal (su primer libro, en 1915), Versos de Negrita (1920), El hogar en el campo (1923), Aldea española (1925), El hijo (1926), Seguidillas (1936), Antología (1941), son algunos de los títulos que integran su obra poética. En prosa escribió La patria desconocida (1943) y otras páginas no recogidas aún totalmente en volumen. En textos como Quiosco o Guía caprichosa de Buenos Aires, sin ajustarse a las leyes del verso, que fue su expresión literaria más característica, Fernández Moreno logra encerrar en pequeños cuadros, la sugestión de la poesía más comunicativa.

jueves, 17 de julio de 2008

DE PAULA, TABARÉ: Oración a Doña Petrona


Doña Petrona que estás en los platos,
santificadas sean tus mayonesas
con precios baratos
y amor en las mesas.

Que en tu reino de la cocina
todas las manos sepan dónde están
la ternura y la harina
para amasar un pan.

Que se cumplan fielmente tus recetas
y el sabor no dependa de un salario,
que florezcan las fetas
de esperanza y peceto solidario.

Quiero que no hayan ollas
vacías de cariño,
que lloren las cebollas, que por hambre
no llore ningún niño.

Que perdonen las deudas, las demoras,
los que nos han fiado alguna vez;
nosotros perdonamos las auroras
que brillan solamente a fin de mes.

Quiero un mundo de azúcar impalpable
coronado de luz y vainilla,
donde ninguna mano miserable
ahogue la ilusión de una semilla.

Que no ganen batallas
el vinagre o la sal,
que el fuego cante en todas las hornallas
en llama fraternal.

Que un rocío de aceite generoso
impregne la lechuga, las almas, el tomate;
que el cuchillo que hiere el asado jugoso
no mate, nunca mate.

Déjanos caer en la tentación de la dulzura
de escurrir de los platos el dolor,
de levantar banderas de dicha y de verdura
y de servir a punto la sopa del amor.

Doña Petrona nuestra de cada día,
yo también
fabrico una receta de carne y poesía
para que todos coman. Gracias.

Y amén.

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Tabaré de Paula
(Uruguay, 1934/1985)

jueves, 10 de julio de 2008

DOMÍNGUEZ, Carlos María: La casa de papel




(fragmento de la novela de Carlos María Domínguez)

Me pregunté muchas veces por qué conservo libros que sólo en un futuro remoto podrían auxiliarme, títulos alejados de mis recorridos más habituales, aquellos que he leído una vez y no volverán a abrir sus páginas en muchos años. ¡Tal vez nunca! Pero, ¿cómo deshacerme, por ejemplo, de El llamado de la selva, sin borrar uno de los pocos ladrillos de mi infancia, o de Zorba, que selló con un llanto mi adolescencia, de La hora veinticinco y de tantos otros hace años relegados a los estantes más altos, enteros, sin embargo, y mudos, en la sagrada fidelidad que nos adjudicamos?
A menudo es más difícil deshacerse de un libro que obtenerlo. Se adhieren con un pacto de necesidad y olvido, tal como si fueran testigos de un momento en nuestras vidas al que no regresaremos. Pero mientras permanezcan ahí, creemos sumarlos. He visto que muchos fechan el día, el mes y el año de la lectura; trazan un discreto calendario. Otros escriben su nombre en la primera página, antes de prestarlos, anotan en una agenda el destinatario y le añaden la fecha. He visto tomos sellados, como los de las bibliotecas públicas, o con una delicada tarjeta del propietario, deslizada en su interior. Nadie quiere extraviar un libro. Preferimos perder un anillo, un reloj, el paraguas, que el libro cuyas páginas ya no leeremos pero conservan, en la sonoridad de su título, una antigua y tal vez perdida emoción.
Sucede que al fin, el tamaño de la biblioteca importa. Queda exhibida como un gran cerebro abierto, bajo miserables excusas y falsas modestias. Conocí a un profesor de lenguas clásicas que demoraba, adrede, la preparación del café en su cocina, para que la visita pudiese admirar los títulos en sus anaqueles. Cuando comprobaba que el hecho estaba consumado, ingresaba a la sala con la bandeja y una sonrisa de satisfacción.
Los lectores espiamos la biblioteca de los amigos, aunque sólo sea por distraernos. A veces para descubrir un libro que quisiéramos leer y no tenemos, otras por saber qué ha comido el animal que tenemos enfrente. Dejamos a un colega sentado en la sala y de regreso lo hallamos invariablemente de pie, husmeando nuestros libros.
Pero llega un momento en que los volúmenes cruzan una frontera invisible que se impone por su número y el viejo orgullo se transforma en una carga fastidiosa porque el espacio será siempre un problema.

* * *

Carlos María Domínguez nació en Buenos Aires en 1955 y desde 1989 reside en Montevideo. Su novela La casa de papel obtuvo el Premio Lolita Rubial y el Premio de los Jóvenes Lectores de Viena, y ha sido traducida a dieciocho idiomas. Es autor, además, de las novelas La mujer hablada, que recibió el Premio Bartolomé Hidalgo; Pozo de Vargas; Bicicletas Negras; Tres muescas en mi carabina, Premio Juan Carlos Onetti; y del libro de cuentos Mares baldíos. Su relato "La confesión de Johnny" obtuvo el Premio de cuentos cofac. Ha escrito además las biografías Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti (en colaboración con María Esther Gilio), y Tola Invernizzi. La rebelión de la ternura; además de libros de investigación, entre los que se destacan Delitos de amores crueles, Escritos en el agua (Premio del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay) y El norte profundo. Es autor de las obras de teatro La incapaz, basada en El bastardo, y Polski (en colaboración con Jorge Boccanera).


La casa de papel: Carlos Brauer, un coleccionista de libros arruinado y vencido ante la pérdida de su archivo, decide retirarse al confín de un pueblo costero para construirse una casa de libros. Una vivienda cuyos ladrillos, amalgamados con cemento, son sus amados tomos, leídos con pasión, subrayados con minuciosidad, conseguidos a costa de su fortuna: incunables, primeras ediciones, joyas inhallables que hacían la envidia de otros bibliófilos. Carlos María Domínguez ha sabido captar magistralmente los minuciosos rituales de la pasión por los libros y contar una historia inolvidable, dedicada a los lectores, a todos aquellos atravesados por el mismo fervor.

miércoles, 2 de julio de 2008

FABER KAISER, Andreas: Tú eres tu libertad


Cuando escribo esto está lloviendo con ganas y es fácil aislarse de todo y pensar en todos. Pienso en ti, y en todos cuantos, como tú, no podéis disfrutar este verano en libertad. Pienso en la libertad misma. ¿Es libre el ser humano o no lo es? Si no lo es, ésa debe ser la meta de la lucha de esta vida: alcanzar en algún momento la libertad absoluta. Aunque tal vez eso no se consiga nunca porque sea irrealizable. De hecho, nada en este mundo es intrínsecamente libre. Nadie nos ha preguntado (ni a nosotros, ni a los árboles, ni a los animales, ni a las piedras, ni a los astros, ni a los átomos, ni a la energía ni al Universo mismo), dónde, cuándo, cómo ni de qué forma queremos nacer, queremos vivir, queremos desarrollarnos. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Sí, esto parece ser cierto. Pero nos marcan de entrada la parcela de terreno en que nos dejan andar. Y aparte de que no la hemos podido elegir nosotros, cualquiera que sea esa parcela, está plagada de infinidad de elementos y de circunstancias (visibles, y por lo tanto evitables algunas, y ocultas y por consiguiente prácticamente inevitables otras) que irán condicionando nuestros pasos en ese camino que hacemos al andar en nuestra engañosa libertad.
La lucha debe concentrarse por ende de aproximarnos lo máximo que nos dejen a la libertad ideal. A zafarnos de la mayor cantidad posible de trampas y de cadenas que la vida nos tiende. Las visibles son las que pueden limitar nuestra libertad física. Son menos graves porque en cualquier circunstancia en que nos hallemos, libres o presos, móviles o paralizados, videntes o ciegos, siempre podemos conservar nuestra libertad mental, nuestra intimidad energética que nos pone en contacto inmediato con cualquier punto del universo, por llamarle de alguna forma. Las trampas y cadenas invisibles son las que realmente matan nuestra libertad íntima, esencial. Las cadenas y trampas que quieren adueñarse de nuestra mente y de nuestra voluntad.
En esta labor estoy porque ésa es la finalidad última de este escrito: la libertad del ser humano y de todos los seres, de cada individuo, de cada uno de nosotros. Y si no poseemos la receta de esa libertad y por lo tanto no se la podemos ofrecer a nadie, lo que sí podemos hacer en cambio es poder detectar, señalar y comunicar a todos la máxima cantidad posible de elementos que nos puedan limitar, recortar o incluso anular la libertad de que aún disfrutamos: la libertad de nuestra mente.
Grave es reconocer que a medida que avanzamos en el conocimiento, lo hacemos también en las posibilidades de anulación de nuestra voluntad. Advertí sobre este peligro (en el plano estrictamente humano) en alguna ocasión. Hoy quiero ir más allá y advertir de algo más grave: que nadie deje que jueguen con su mente, ni desde aquí ni desde afuera. Han estado jugando con nosotros durante siglos, durante milenios, pero cuidado, que estamos empezando a sospechar que se ríen de nosotros. Que nadie es dueño de nadie. Que nadie debe ser esclavo de ningún señor, sea este señor un congénere humano o pertenezca a otro plano.
Por esta meta vale la pena luchar con todas nuestras fuerzas, porque si perdemos esa batalla perderemos con ella la única libertad que nos queda. Que cada cual sea dueño (única pero totalmente) de su mente. Porque la libertad mental es lo que más nos permite acercarnos al ideal de libertad. Y si la lectura de estas palabras te limita tu propia libertad, deja de leerlas porque no cumplirá su finalidad.

Andreas Faber Kaiser
(España, 1944/1994)


Extraído de la revista “Mutantia” (1981)