Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

martes, 22 de diciembre de 2009

BORGES, Jorge Luis: Ars poética

"Si sentimos placer, si sentimos emoción al leer un texto, ese texto es poético. Si no lo sentimos, es inútil que nos hagan notar que las rimas son nuevas, que las metáforas han sido inventadas por el autor o que responden a una corriente tal. Nada de eso sirve. Primero debemos sentir la emoción, después de tratar de explicar o de comprender ese texto. Si leemos un poema como un juego verbal, la poesía fracasa, lo mismo ocurre si pensamos que la poesía es solo un juego de palabras. Yo diría más bien que la poesía es algo cuyo instrumento son las palabras, pero que las palabras no son la materia de la poesía. La materia de la poesía -si es lícito que usemos esa metáfora- vendría a ser la emoción".


Texto recogido por Roberto Alifano - Revista "Crisis" Nº 41 - Abril de 1986

sábado, 19 de diciembre de 2009

GALEANO, Eduardo: Celebración del derecho de volar

Niños de Ollantaytambo
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La fantasía, ¿huye o anuncia? ¿Es desertora o profeta? El delirio, que niega la realidad que conocemos, ¿no presiente la realidad que necesitamos? ¿No serán los sueños más realistas que las vigilias?
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca de Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. Yo tenía una sola lapicera, y la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones de arqueología, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en el dorso de la mano. Y súbitamente corrió la voz, y de pronto me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería una cabra y quien una cobra, otros preferían pájaros, pájaros de alto vuelo o de lindo cantar, loritos conversadores, lechuzas asustadoras, y no faltaban los que pedían el dibujo de un dragón o de un fantasma.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca.
—Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima —dijo.
—¿Y anda bien? —le pregunté.
—Atrasa un poco —dijo.
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Eduardo Galeano
Uruguay, 1940

jueves, 17 de diciembre de 2009

AL HOMBRE DEL CIGARRILLO EN LA BOCA Y LAS LETRAS EN EL ALMA

Contame un cuento más
(quiero escucharte sonreír)
que me lleves a ese universo
de axolotes y rayuelas
que me hamaques
por una continuidad de los parques
que haga las veces
de esta casa tomada.
Que me sumerjas en la vida
de un tal Lucas,
un tal Manuel y su libro,
de una tal Glenda
a quien tanto queremos.
Que me regales unos mates
con Oliveira y sus delirios,
que me prestes a la Maga
para que me inunde de ignorancia
regalándome su paz.
Que los correos y telecomunicaciones
le den espacio a los telegramas
y que la señorita Cora
dé la vuelta al día
en ochenta mundos.
Que me lleves
hasta el final del juego
entre historias de cronopios
y de famas.
Que ese pajarito mandón
se dé cuenta
de que podemos vivir sin él.
Que tu bestiario
sean las armas secretas
de la carta
a una señorita en París.
Que las deshoras reflejen
La isla al mediodía.
Que todos los fuegos
sean realmente el fuego.
Que los premios sean 62
y que me regales tu
modelo para armar.
Que lejana sea
la noche boca arriba,
que una flor amarilla
me perfume después del almuerzo.
Que el Che
reciba otro elogio a la locura
para las Madres de Plaza de Mayo.
Que Arlt y Neruda te den las gracias.
Que me des instrucciones para llorar,
para cantar,
para tener miedo,
para entender tres pinturas famosas,
para matar hormigas en Roma,
para subir una escalera
y para dar cuerda al reloj.
Que la conducta en los velorios
no sea más que
etiqueta y prelación.
Que el examen
sea tu presencia
y que,
salvo el crepúsculo,
todo sea realidad.
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Soledad Arrieta

miércoles, 16 de diciembre de 2009

CORTÁZAR, Julio: Esencia y misión del maestro

Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que ya casi es presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro. Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de Escuela Normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue. Y que la lectura de estas líneas –que no tiene la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.
Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro tiende hasta la inteligencia, hacia el espíritu y finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza: ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.
Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal, permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña –yo diría mejor: del que construye descubriéndose pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo, porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndose en lo que se suele denominar «un maestro correcto». Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.
Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen estas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión; que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.
Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores. Y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.
¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?
Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo «cultura» ha sufrido como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era –y es, para muchos- llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres...
Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre –tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martín Heidegger- no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.
Así tiene que ser el maestro.
Y ahora, esta pregunta dirigida a la conciencia moral de los que se hallan comprendidos en ella: ¿Bastaron cuatro años de Escuela Normal para hacer del maestro un hombre culto?
No; ello es evidente. Esos cuatro años han servido para integrar parte de lo que yo denominé más arriba «largo estudio»; han servido para enfrentar la inteligencia con los grandes problemas que la humanidad se ha planteado y ha buscado solucionar con su esfuerzo: el problema histórico, el científico, el literario, el pedagógico. Nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos; a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.
La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.
El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.
Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene es ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. «El genio –dijo Buffon- es una larga paciencia». Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia.
Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que puede hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del «maestro correcto». Aquéllos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento . Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la Escuela Normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarnos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte.
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Artículo publicado el 20 de octubre de 1939, en la Revista Argentina, y firmado por Julio Florencio Cortázar, profesor, graduado en letras en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta de Buenos Aires.
Texto extraído del libro: “Papeles inesperados”

viernes, 11 de diciembre de 2009

NERUDA, Pablo: Autorretrato

Por mi parte, soy o creo ser duro de nariz,
mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza
creciente de abdomen, largo de piernas,
ancho de suelas, amarillo de tez, generoso
de amores, imposible de cálculos, confuso
de palabras, tierno de manos, lento de andar,
inoxidable de corazón, aficionado a las
estrellas, mareas, maremotos, administrador de
escarabajos, caminante de arenas, torpe de
instituciones, chileno a perpetuidad, amigo
de mis amigos, mudo de enemigos,
entrometido entre pájaros, mal educado en
casa, tímido en los salones, arrepentido sin
objeto, horrendo administrador, navegante
de boca, y yerbatero de la tinta, discreto entre
los animales, afortunado de nubarrones,
investigador en mercados, oscuro en las
bibliotecas, melancólico en las cordilleras,
incansable en los bosques, lentísimo de
conversaciones, ocurrente años después,
vulgar todo el año, resplandeciente
con mi cuaderno, monumental de apetito,
tigre para dormir, sosegado en la alegría,
inspector del cielo nocturno, trabajador
invisible y desordenado, persistente, valiente
por necesidad, cobarde sin pecado,
soñoliento de vocación, amable de mujeres,
activo por padecimiento, poeta por maldición
y tonto de capirote.
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(CHILE, 12 de julio de 1904 / 23 de setiembre de 1973)

martes, 8 de diciembre de 2009

LEER Y HACER

Pablo Picasso: "La lectura"
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¿Sirve para algo proponer el placer de la lectura en las actuales circunstancias?
¿O arrebatarle al olvido el nombre de algunos libros que nos remontan a años más felices?
¿Sirve para algo desempolvar la figura de ciertos escritores que nos llenaron de esperanza?
¿O recitar a voz en cuello aquellos versos que nos arengaron en otros tiempos?
Sinceramente, pensamos que sí.
(...)
Leer sirve para reflexionar, para conocer, para descubrir nuevas formas de lucha, para ser más solidarios.
Leer y hacer, sin olvidar el placer, para intentar cambiar tanta angustia, tanto dolor, tanta desesperanza.
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(Editorial de la revista "Lea", Año 2 nº 21, febrero de 2002)

sábado, 5 de diciembre de 2009

FUNERAL DE VÍCTOR JARA 36 AÑOS DESPUÉS


SANTIAGO DE CHILE - Los restos del cantautor chileno Víctor Jara, asesinado por la dictadura de Augusto Pinochet hace 36 años, son velados en un acto multitudinario en la capital chilena.
Miles de chilenos desfilaron ayer ante el féretro que guarda los restos del popular cantante asesinado hace 36 años tras el golpe militar de Augusto Pinochet.
También concurrieron al homenaje, que durará tres días, la ministra de Cultura, Paulina Urrutia, y diplomáticos de Cuba y Venezuela, entre otros.
Frente a la Fundación, en un parque, numerosos artistas tocaron canciones en tributo a Jara y a todos los detenidos-desaparecidos y ejecutados políticos de Chile.
Los restos del cantautor fueron exhumados en junio para practicarle peritajes y esclarecer su asesinato y, ahora, serán enterrados con el funeral masivo que se merece, recordó Gloria Konig, directora de la Fundación Víctor Jara.
Similares actividades, llamadas en Chile "velatones", se efectúan también en otras partes de Santiago y del interior del país, afirmaron los organizadores.
En las primeras guardias en torno al féretro estuvieron su viuda, la coreógrafa británica Joan Turner, y sus hijas, entre otros allegados, mientras se transmitían canciones del cantautor, según Prensa Latina.
Jara fue secuestrado el 11 de septiembre de 1973, día en que Augusto Pinochet tomó el poder a través de un golpe de Estado. Cinco días más tarde Jara murió acribillado a balazos y fue enterrado casi en secreto.



miércoles, 2 de diciembre de 2009

MASLÍAH, Leo: La buena noticia

Leticio vivía desde hacía diez años con su mujer, a la que amaba con la misma intensidad que el primer día, o quizás todavía más, y con su suegra, a la que detestaba también con la misma intensidad con la que la había venido detestando todos esos años, o incluso más. La única razón por la que no la echaba de la casa, o no tomaba alguna medida más drástica, como hervirla en aceite o tirarla por el balcón cuando pasara el camión de la basura, era el amor que sentía por su mujer, para quien albergar consigo a su pobre madre enferma constituía un deber ineludible. Además, como el matrimonio, pese a haberlo deseado con fervor, no había logrado tener hijos, la mujer, que por otra parte no trabajaba, dedicaba todo su tiempo a cuidar de su progenitora.
Pero un día las cosas amagaron cambiar radicalmente. Leticio llegó a su casa, después de una ardua jornada de trabajo, y su mujer lo recibió diciéndole que tenía para darle dos noticias, una buena y una mala.
—Voy a empezar por la mala —­dijo—. Leticio: esta tarde murió mamá.
Leticio corrió al dormitorio de la vieja y vio que, efectivamente, había quedado dura. Entonces corrió a poner un disco de rock pesado y se puso a bailar frenéticamente, gritando:
—¡Qué bueno! ¡Si esa es la mala noticia, lo que debe ser la buena!
—La buena —le dijo su mujer— es que voy a ser mamá.
Leticio volvió a saltar de alegría. Hacía diez años que venía deseando tener un niño que alegrara el hogar, y ahora, sin la vieja que escorchara todo el día, ese hogar iba a transformarse en un verdadero paraíso. Pues bien, al día siguiente, después del entierro de su suegra, Leticio se fue a trabajar, y cuando salió, antes de volver a su casa, fue a comprar ropa de bebé, para levantar el ánimo de su esposa. Pero cuando llegó a la casa y se dirigió al dormitorio, donde creyó que encontraría a su mujer, encontró que la que estaba esperándolo era la vieja, su suegra. Y estaba viva. Él pegó un grito de horror, y entonces la vieja le dijo:
-¡Leticio, qué te pasa! Soy yo, ¿no me reconocés? Soy tu esposa. Yo te dije, ¿no te acordás? Te dije que iba a ser mamá, y no pensé que sucediera tan pronto, pero sí, sucedió, Leticio, ¡soy mamá!

Leo Maslíah

(Montevideo, Uruguay, 26 de julio de 1954)



sábado, 28 de noviembre de 2009

VINICIUS DE MORAES: Breve consideración al margen del año asesino de 1973


Qué año tan sin criterio
este del setenta y tres,
que se llevó al cementerio
a tres Pablos a la vez.

Pablazos y no pablitos
en el tiempo y en el espacio,
Pablos de muchos caminos:
Neruda, Casals, Picasso.

Tres Pablos que se empeñaron
contra el fascismo español,
tres Pablos que tanto amaron,
tres Pablos llenos de sol.

Un trío de inmensos Pablos
en genio y en osadía,
hecho de gracia y trabajo,
pincel, arco y caligrafía.

Tres Pablos muy difundidos,
Casals, Picasso, Neruda;
tres Pablos de mucho nombre,
tres Pablos de tanta ayuda.

Tres líderes cuya muerte
el mundo entero sintió…
Oh, año triste y sin suerte
¡LA PUTA QUE TE PARIÓ!

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Vinicius de Moraes
(Brasil, 1913/1980)

domingo, 22 de noviembre de 2009

CONTI, Haroldo: Perdido

El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para él, Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren.
Mientras cruzaba la Plaza Británica con aquella torre que de alguna manera presidía su vida, vista o entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y luego los años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de adentro, bueno, y la torre siempre allí, como el primer día. Mientras cruzaba la plaza, pues, vio al tío por anticipado en un rincón del hall del Pacífico (ellos todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo que olía a tabaco, con la valija de cartón imitación cuero a un lado y un montón de paquetes sobre las rodillas, manoseando el boleto de segunda dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía seguía allí.
Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba fuera y la muchacha entendió las cosas a medias. Después trató de llegar hasta la casa, a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo espantaban. Se había extraviado en algún punto de Leandro Alem y antes de perder de vista la Plaza Británica prefirió volver a Retiro y esperar el tren.
Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro de encontrarlo igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de barritos y de pelos con aquellos ojos deslumbrados que se empequeñecían cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares marchito y grasiento, el mismo sobretodo negro con el cuello de terciopelo, el chambergo alto y aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con elásticos.
La estación Pacífico se había empequeñecido con los años. Eso parecía, al menos. En realidad era un mísero galpón con un par de andenes mal iluminados. En otro tiempo, sin embargo, vio a todo aquello coloreado por una luz misteriosa. La propia gente estaba impregnada de esa luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a cambiar ni a morir nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había cambiado de cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que era, un mísero galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito.
Vio al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el aire.
Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía nada.
Reaccionó cuando lo tuvo delante.
—¡Oreste!
Se abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre. Oreste dejó que el tío lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor masculino que evocaba a aquellos hombres reservados de su infancia que le sonreían, con breve indulgencia, como el tío Ernesto, grande como un ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente; o el gran tío Agustín, la única vez que lo vio el día que vino de Bragado en aquel Ford A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador; o al propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta sombra.
Se apartaron y el tío pregunto sin soltarle los brazos:
—¿Cómo va?
—Bien, bien.
Se miraron y sonrieron un rato y después se volvieron a abrazar.
—Y usted, ¿qué tal?
—Bien, bien.
—¿La tía?
—Y, bien...
Le puso una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio. Estaba acostumbrado a aquel estilo.
—¿A qué hora sale el tren?
—A las ocho y media.
—Son las siete y cuarto. Vamos a tomar algo.
—No... mejor nos quedamos aquí. ¿A dónde vamos a ir? Entre que arriman el tren, y enganchan la locomotora se va el tiempo.
—Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.
—¿Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo.
Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguieron un lugar desde el cual, a través de una perspectiva complicada, veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con bíter.
—¿Cómo se largó hasta aquí?
—¡Eh!... Hacia tiempo que lo tenía pensado.
El tío miró el reloj del bar y puso cara de espanto.
—Está parado —dijo Oreste sujetándolo por un brazo.
No parecía convencido. Sacó y examinó el viejo Tissot con agujas orientales.
—¿Que te decía?... ¡Ah, si! Vine a ver a mi primo, Vicente. Hacía seis años que no lo veía. Somos del mismo pueblo, Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que hoy, que mañana. Sorbió un traguito de Cinzano.
—Está viejo. Casi no lo conozco.
Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído que tenía cuando esperaba en el hall.
—¿Qué tal? ¿Cómo va eso? —volvió a preguntar con desgano.
—Bien, bien.
—¿Se progresa?
—Se progresa.
Se miraron con afecto, sonrieron y callaron.
El tío había sido siempre así. El tío y todos ellos.
—Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas latas de "Sal de Hunt". Hace más de un año que anda detrás de eso. Fui a buscarlas a Junín hace dos meses. No... en noviembre. Hace cuatro meses.
—¿Para qué sirve? ,
—Para el estómago. Es una gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías, pero esto es realmente bueno.
Silbó una locomotora y el tío se alarmó.
—Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.
—Bueno, fui a la Franco-Inglesa y conseguí todo lo que quise. Le mostré el tarrito al tipo y me dijo: "¿Cuántos quiere?". Apenas lo miró. ¿Te das cuenta?
Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vio más.
—¿Qué tal todo aquello? —preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta hecha a sí mismo, a un negro hoyo de sombras.
—Igual.
—¿Los muchachos?
—Siempre igual.
Callaron otra vez.
El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.
—¿Qué hora es?
—Las ocho menos cuarto.
El tío sacó el reloj y lo observó inquieto.
—Casi menos diez. ¿Vamos?
Oreste dudó un rato.
—Vamos.
Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y las valijas y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado.
Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.
—Está bien, muchacho. No te molestes.
—Dele saludos a la tía. A todos.
—Gracias, querido. Gracias.
Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una ventanilla.
—¿Cuándo vas a ir por allá? —preguntó mirando más bien a la gente que se apiñaba sobre el andén.
—Apenas pueda.
—Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste?
—Cuando pueda.
El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:
—¡Oreste! . . .
Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.
—¡Chau, querido, chau! —dijo y lo besó en la mejilla como pudo.
Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.
El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió seguro.
Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres de la infancia.
Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.
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HAROLDO CONTI
(Bs. As., 1925/Desaparecido desde 1976)
del libro "Con otra gente", © Centro Editor de América Latina, 1972

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Haroldo Conti nació en Chacabuco, Provincia de Buenos Aires el 25 de mayo de 1925. Fue maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista, empresario de transportes, piloto civil, profesor de filosofía. Estuvo también vinculado a la actividad cinematográfica como guionista, y en calidad de tal trabajó en La muerte de Sebastián Arache, un film de Nicolás Sarquis.
Su novela Alrededor de la jaula recibió en 1966 el premio del concurso hispanoamericano convocado por la Universidad de Veracruz, y fue más tarde llevada al cine por Sergio Renán con el nombre de Crecer de golpe. Recibió también el Premio de la Casa de las Américas por Mascaró, el cazador americano, el premio de la revista Life, Fabril Editora y el municipal de la Ciudad de Buenos Aires.
Su obra narrativa, nutrida en sus tan disímiles experiencias, posee una rara densidad descriptiva que por momentos se torna casi lírica, y un manejo poco usual del mundo de los afectos simples, que elude todo sentimentalismo fácil.
Fue secuestrado en la madrugada del 5 de Mayo en 1976 por la dictadura militar y hasta el día de hoy permanece en la lista de desaparecidos.

martes, 17 de noviembre de 2009

CORTÁZAR, Julio: Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
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domingo, 15 de noviembre de 2009

PIGLIA, Ricardo: La honda

No me dejo engañar por los chicos. Sé que mienten, que siempre están poniendo cara de inocentes y por atrás se ríen de todo el mundo.
Lo que pasó ese día fue que ellos no imaginaban que mi patrón y yo habíamos decidido trabajar, a pesar del domingo.
Por eso cruzamos el camino de tierra hacia el depósi­to del fondo.
Me acuerdo que por la calle andaba un coche de propaganda con los altoparlantes en el techo; y que yo escuché la música hasta que doblamos y el paredón apa­gó el ruido, de golpe.
Entonces el viento nos arrimó las voces y las risas. Cuando los descubrimos se acurrucaron, tratando de disimularse entre los fierros, pero ya era tarde.
Ninguno de los cuatro pasaba de los doce años. Se metían a robar pedazos de plomo para tirarlos con la honda.
Dijeron que estaban allí porque Nacho les aseguró que era amigo del patrón y que el patrón le daba per­miso para juntar el plomo entre los desechos.
Mi patrón les quitó las hondas que les colgaban del cuello v las tiró al foso de cemento en el que antes, cuan­do el taller estaba allí y no sobre la avenida, engrasaban los coches desde abajo.
Los pibes empezaron a barrer, como les ordenó el patrón en escarmiento.
Mientras barrían les preguntó si sabían leer. Los cuatro sabían y los cuatro habían leído el cartel:
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PROHIBIDA LA ENTRADA
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Pero se metieron por culpa de Nacho que les dijo, repitieron, que era amigo del patrón.
Nacho, flaco y morocho, barría en silencio.
Teníamos que desarmar unas puertas de chapa para poder arreglar el techo del galpón de lavado. El más alto de los cuatro chicos me ayudaba por orden del pa­trón. Trabajaba concentrado y me trataba de “señor”.
Ablandamos los clavos y los arrancamos con la ba­rreta “cocodrilo”. Después sacamos las chapas y las amon­tonamos en un costado. Cortamos los tirantes, dos lar­gos y dos cortos, y empezamos a preparar el soporte.
Trabajamos la madera al borde del foso para poder serruchar hacia abajo sin peligro de tocar el suelo y mellar el serrucho. El pibe sostenía fuerte el tirante y me miraba de reojo.
Al rato pareció animarse y me dijo, muy serio:
—Señor, ¿me deja agarrar la honda?
—Yo no tengo nada que ver. Si fuera por mí estaríamos durmiendo la siesta. Preguntale al patrón, si él te la da —le contesté.
Siguió ayudando, serio y concentrado. Daba risa con su cara de preocupación. Parecía el jefe de la barra y de vez en cuando miraba a los otros, como para tran­quilizarlos.
Seguimos trabajando bajo el sol. Armamos el sopor­te y nos pusimos a clavar las chapas. Cada tanto levan­taba la cabeza y me miraba sin hablar, serio, con la frente brillante de sudor. Me molestaba ese modo que tenía de mirarme, como si yo tuviera la culpa y él me exigiera la honda trenzada, de horqueta de palo, que veíamos abajo, en el antiguo foso de engrase.
Por fin le dije:
—Cuando tire el martillo bajás a buscarlo y agarrás la honda.
Sonrió y siguió sosteniendo el tirante sobre el que yo martillaba cansado.
El martillo golpeó contra el piso con un ruido sordo.
—Che, pibe, bajá a buscar el martillo —le grité.
Bajó corriendo la escalera manchada por el sol. Des­de arriba parecía muy fuerte. Se le veían los hombros y la cabeza despeinada.
Me pareció que el patrón había dejado de trabajar.
El chico se agachó buscando la honda.
Esperé que se la guardara, apurado, entre la camisa y el pecho; entonces me di vuelta y le grité a mi patrón:
—Patrón, el chico se escondió la honda en la camisa.
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Ricardo Piglia
(de La invasión, 1967)
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Ricardo Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires en 1941. Más tarde, en 1955 y debido a "una historia política, una cosa de rencores y odios barriales", su familia se mudó a Mar del Plata, en donde Piglia descubriría a Steve Ratliff ("un yanqui extraño"), el mar y el mundo literario. En 1967 apareció su primer libro de relatos, La invasión, premiado por Casa de las Américas. En 1975 publicó Nombre falso, un libro de relatos que ha sido traducido al francés y al portugués. En 1980 apareció Respiración artificial, de gran repercusión en el ambiente literario y considerada como una de las novelas más representativas de la nueva literatura argentina. Su siguiente novela Ciudad ausente, demoró doce años en aparecer. Basado en esta novela, Piglia elaboró en 1995 el texto de una ópera con música de Gerardo Gandini.
Piglia recibió, en noviembre de 1997, el Premio Planeta por su novela Plata quemada. El premio está dotado de 40.000 dólares y fue otorgado a la novela de Piglia por unánime decisión del jurado integrado los escritores Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez y María Esther de Miguel.
Junto a su obra de ficción, Piglia ha desarrollado una tarea de crítico y ensayista, publicando textos sobre Arlt, Borges, Macedonio Fernández, Sarmiento y otros escritores argentinos.
Vive en Buenos Aires.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

RULFO, Juan: Es que somos muy pobres

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como solo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Solo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, solo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote, crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
—Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa es la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
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(de El Llano en llamas, 1953)
(México, 1918-1986)
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Juan Rulfo nació el 16 de mayo de 1918 en Sayula, en el Estado de Jalisco y como escritor se integró al grupo de escritores que crearon un universo propio, para convertirlo en escenario donde se desarrollan sus historias. Comala es el universo personal de Juan Rulfo. Transcurrió su infancia entre su pueblo natal y San Gabriel (la actual Ciudad Venustiano Carranza), donde realizó sus primeros estudios y pudo contemplar algunos episodios de la sublevación cristera, violento levantamiento opositor a las leyes promulgadas por el presidente Calles para prohibir las manifestaciones públicas del culto y subordinar la Iglesia al Estado. Rulfo vivió en San Gabriel hasta los diez años, en compañía de su abuela, para ingresar luego en un orfanato donde permaneció cuatro años más, pero cuando apenas había cumplido los ocho, ya había leído los libros de la biblioteca parroquial que el sacerdote del pueblo puso al cuidado de su abuela.
A los dieciséis de edad, intentó ingresar en la Universidad de Guadalajara, pero una huelga estudiantil que duró año y medio, se lo impidió. En Guadalajara publicó sus primeros textos y poco después se trasladó a la Ciudad de México que se convirtió en su residencia regular.
Intentó de nuevo entrar en la universidad, para estudiar en la Facultad de Derecho pero fracasó en los exámenes para el ingreso y se vio obligado a trabajar. Trabajó en la Secretaria de Gobernación como agente de inmigración, primero en la capital y luego en Tampico y Guadalajara. En esta etapa de su vida entró en contacto con gente que hablaba peculiares dialectos en diversas regiones. Más tarde fue enviado al Archivo de Migración.
Juan Rulfo se desempeñó en oficios diversos. Fue empleado en una compañía que fabricaba llantas de hule, dirigió y coordinó diversos para el Departamento Editorial del Instituto Nacional Indigenista, y fue asesor literario del Centro Mexicano de Escritores. La obra de Juan Rulfo es escasa pero de gran calidad narrativa y ha sido también traducida a numerosos idiomas. Sus dos libros le ha valido reconocimiento mundial concretado en premios como el Nacional de Letras (1970) y el Príncipe de Asturias de España (1983); extranjeros. En 1953 apareció El llano en llamas, que incluye diecisiete cuentos narrativos que giran todas en torno a la vida de los campesinos mexicanos. En 1955, aparece Pedro Páramo, la única novela que escribió Juan Rulfo, en la cual surge Comala como el escenario donde se desatan las pasiones humanas. En 1980 publicó la narración El gallo de oro, a partir de entonces y aunque él mismo se encargó de anunciar la inminente publicación de nuevos libros, eso nunca ocurrió. Varios de sus relatos han sido llevados al cine, como El despojo y La fórmula secreta, corto y mediometraje respectivamente, habiendo intervenido como actor cinematográfico en alguna ocasión. Murió el 7 de enero de 1986, en la ciudad de México.

domingo, 8 de noviembre de 2009

La noche en que fusilen poetas y cantores
por haber traicionado, por haber corrompido
la música y el polen, los pájaros y el fuego,
quizás a mí me salven estos versos que digo...
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Antonio Esteban Agüero
(San Luis, Argentina, 1917-1970)

jueves, 5 de noviembre de 2009

ECO, Umberto: La misteriosa llama de la reina Loana

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(Fragmentos de "La misteriosa llama de la reina Loana". Bs. Aires, Lumen, 2005.)
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LOS LIBROS...
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—… ¿Leía mucho? (preguntó Yambo a su esposa al intentar recordar algo sobre sí mismo).
—Eres un lector incansable. Con una memoria de hierro. Sabes un montón de poesías de memoria.
—¿Escribía?
—Nada tuyo. Soy un genio estéril, decías; en este mundo o se lee o se escribe, los escritores escriben por desprecio hacia los colegas, para tener de vez en cuando algo bueno que leer.
—Tengo muchos libros. Perdona, tenemos.
—Aquí hay cinco mil. Y siempre aparece el tonto de turno que entra y dice cuántos libros leyó usted, ¿los ha leído todos?
—¿Y yo?, ¿qué contesto?

—Sueles contestar: ninguno, si no, para qué los tendría aquí, ¿acaso guarda usted las latas de carne tras haberlas vaciado? Los cincuenta mil que ya he leído se los he regalado a las cárceles y a los hospitales. Y el tonto se queda cortado.
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LA RISA...
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La sonrisa irresistible. Pero, ¿por qué te casaste con el hombre que ríe?
—Porque te reías bien, y me hacías reír. De pequeña no paraba de hablar de un compañero de colegio, que si Luigino por aquí, que si Luigino por allá, cada día volvía a casa y contaba algo que había hecho Luigino. Mi madre sospechaba que había algo más, porque un día me preguntó que por qué me gustaba tanto Luigino. Y yo le dije: porque con él me río.
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(Italia, 1932)

domingo, 1 de noviembre de 2009

PAZ, Octavio: El ramo azul

Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:
—¿Ónde va señor?
—A dar una vuelta. Hace mucho calor.
—Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes después percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
—No se mueva , señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunté:
—¿Qué quieres?
—Sus ojos, señor —contestó la voz suave, casi apenada.
—¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
—No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
—Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
—Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.
—Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
—Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
—No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
—No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma la cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
—Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. Él apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
—¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-—Ah, qué mañoso es usted! —respondió— A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
—Arrodíllese.
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
—Ábralos bien —ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
—Pues no son azules, señor. Dispense.
Y desapareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.
Entré sin decir palabra.
Al día siguiente huí de aquel pueblo. .

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Octavio Paz
(México, 1914/1998

lunes, 26 de octubre de 2009

FONTANARROSA, Roberto: La educación de los hijos

—Perdónalo, Alfonso.
—No, no lo perdono nada.
—Ay, yo no sé.
—No lo perdono. No.
—Pero es que ya es mucho.
—No; qué es mucho. El que la sigue es él.
—Pero es chico, vida.
—Qué chico ni chico, que aprenda ahora. Yo también fui chico si es por eso.
—Sí, pero ahora es distinto.
—Mirá, Clarita, terminemos, yo no lo perdono ni mierda, tampoco le voy a ir a hablar.
—Lo que pasa es que vos sólo pensás en vos, ¿y yo? A mí que me parta un rayo. ¿Te creés que me gusta que vienen y me preguntan por la calle?
—Vos porque das bola, además, la educación de los hijos cada uno la hace como se le canta.
—Es que ya va a perder el año, te lo dije, Alfonso, me habló la señorita.
—Peor es que pierda el respeto por su padre, si pierde un año ya lo va a recuperar, no es idiota el chico, creo ¿no?
—Yo no, no sé, no sé, lo único que te digo es que no veo las horas de verlo de nuevo.
—Y yo también, ¿qué te creés?, ya va a salir te digo, ya va a salir.
—Sí, lo mismo dijiste en octubre y todavía está ahí.
—Es que vos no tendrías que haberle llevado comida. Te lo dije...
—Pero, Alfonso, ¡se iba a morir!
—¡Qué mierda se va a morir, ya ibas a ver cómo salía!
—Pero no se puede hacer eso, después de todo, como dice mamá, por una zoncera.
—Tú mamá que no se meta en esto, además lo que pueda decir me importa un huevo.
—¡Alfonso!
—Me importa un huevo, si está reblandecida yo no tengo la culpa.
—No pensabas así cuando le pediste plata.
—Yo sabía que iba a salir lo de la plata, sí, sabía que eso le iba a dar excusa para meterse en todo lo que no le importa.
—¡Qué no le importa, es el nieto y se está muriendo de hambre!
—Si se está muriendo de hambre que se joda, en Saigón, por ahí, se mueren miles de pibes de hambre, ¿o no leés los diarios vos?
—Acá no es Saigón, y si allá se mueren de hambre yo no voy a permitir que acá mi hijo se muera de hambre.
—Vos no te preocupés, ya va a salir, no podrá resistir mucho más.
—¿Te parece bien eso?, que tu hijo se coma el algodón, los elásticos, ¿te parece?, que se coma el cotín.
—Ya también se le va a terminar, ¿vos lo viste?
—Ayer lo vi.
—¿Cómo está?
—No lo vi mucho, estaba oscuro.
—Hubieras prendido la luz.
—No. Grita. Le hace mal la luz. Vos no crees pero, ¿no se estará quedando ciego?
—¡Pero mirá con lo que salís ahora! ¿Qué?, ¿vas a hacer un drama porque el otro boludo caprichoso se metió ahí y no quiere salir?
—Pero grita.
—Que grite, ¡qué joda!, tanto tiempo a oscuras a cualquiera le molesta la luz.
—Y la señorita dijo que no iba a venir...
—¿Y quién la llamó?
—Yo, como la otra vez vino...
—¿Y a qué vino?
—A decirle a ver si salía, que volviera al colegio, que los compañeritos lo extrañaban.
—¿Y el otro?
—Que no, que no y que no.
—No la llamés más a esa boluda.
—No seas así, ahora dijo que no venía porque le duele la cintura y no puede estar mucho agachada, además que le da no sé qué verlo así.
—Y también el olor.
—Claro, Alfonso, el olor, nosotros no nos damos ya cuenta, pero la gente sí. Imagináte tanto tiempo haciendo caca y pis ahí abajo. Ay, Dios mío, Alfonso, por favor, yo no sé, vos también.
—Yo también nada, si caga y mea ahí abajo déjalo, que se joda, tirá creolina, kerosene.
—No le puedo tirar, Alfonso, entendé, mirá si se infesta, creo que está lastimado, que se clavó una astilla en la rodilla.
—Mulas, son mulas para que le tengamos lástima.
—¿Y cómo no le vas a tener lástima, Alfonso? Es chico.
—¿Y él tiene lástima cuando hace las perrerías que hace? ¿Tiene lástima? Así se va a educar. Va a ver.
—Yo no sé, si no sale para las Fiestas yo llamo a alguien, no sé, o agarro y me vuelvo loca.
—Perdé cuidado que va a salir, ya en diciembre esa pieza es un fuego. Vas a ver cómo sale cuando se achicharre ahí abajo, muerto de hambre y entre la caca recalentada.
—¿Y si no sale, Alfonso?
—Si no sale ya veremos, no te preocupes, yo tampoco quiero pasar las fiestas sin él.
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Roberto Fontanarrosa
Argentina, 1944/2009

sábado, 17 de octubre de 2009

ADIÓS A MARÍA ROSA GROTTI

Transcribimos a continuación la lamentable noticia del fallecimiento de María Rosa Grotti, una de nuestras amigas del blog, de quien publicamos un texto muy lindo sobre la Generación Bidú. Hasta siempre, María Rosa.
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Falleció la periodista María Rosa Grotti. Se desempeñaba actualmente en la Agencia Córdoba Cultura. Anteriormente colaboró con el diario Córdoba y La Voz del Interior y trabajó también para medios porteños.
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La periodista cordobesa María Rosa Grotti (63) falleció esta madrugada en el Hospital Urgencias, donde permanecía internada desde mediados de setiembre por una crisis asmática que había sufrido y que la dejó inconsciente. La periodista se desempeñaba actualmente en la Agencia Córdoba Cultura, y había trabajado además en diversos medios cordobeses, como el diario Córdoba y La Voz del Interior. También colaboró con la revista Humor y otros medios porteños.
Grotti será velada en la sala La Catedral, ubicada en San Juan y Mariano Moreno de esta Capital. La sala se habilitará desde las 11:00 de hoy hasta el mediodía de mañana, cuando partirá el cortejo hacia el cementerio Los Alamos, camino a Colonia Tirolesa. Homenaje. Como un pequeño homenaje a la “Negra”, como la llamaban sus amigos, se adjunta a continuación el artículo “La generación de Bidú sigue en pie”, escrito por Grotti para la revista Humor, en 1984. La nota causó una gran repercusión en aquella época y puede leerse en el blog Leer porque sí.
También se adjunta un audio con la letra del texto, la música de Horacio Sosa y la voz de Omar Rezk. Fue publicado en el disco de Posdata “Córdoba va”, en 1985.
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La generación de Bidú sigue en pie
Crecimos con los Beatles. Las primeras pitadas de Saratoga sin filtro las hicimos una tarde mientras jugábamos a la payana en la plaza Colón. A nosotros nos tocaron los cuatrocientos golpes y nos quedamos sin aliento en una estrada cualquiera, mientras contemplábamos el anochecer de días agitados. La niñez quedó atrás junto a los caramelos Misky, el tintero involcable y el olor a mandarina. Nos llevábamos el mundo por delante. Salimos a la calle a gritar palabras felices o incoherentes, pateamos el tablero, desvestimos los santos, metimos el dedo en las llagas, rompimos todos los esquemas y tiramos los pedacitos al viento de la historia. Pero claro, después vino lo otro. Una inmensa nube inundó nuestro mundo. En aquellos días, al levantarnos, los presentimientos nos asaltaban a punta de pistola. Todos en mayor o menor medida eramos sospechados de ser sospechosos. Éramos culpables de algo. Fumábamos toda la noche con el corazón hecho una fiera mientras esperábamos oir las botas del domador. Nuestros amigos arrancados de cuajo de nuestras vidas quedaron detenidos en el tiempo. A esas fotografías inexactas, a esas malas copias que nos dejó la muerte, las escondíamos en los pasadizos de la memoria para no despertar las iras de las fuerzas de seguridad. Algunos se volvieron moscas de tanto sonreirle a las arañas, pero otros se volvieron viento, canción, poema, memoria...la flaca Titilo, el Pelusa, el Gordo Ramos, el Petiso Acevedo, el Pato, la Turca Flores, el Coqui...

miércoles, 14 de octubre de 2009

FERRER, Marcelo: Lienzo virgen

'El artista frente al lienzo' (1938)
Autorretrato de Pablo Picasso
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Una leve presión del pincel y ese toque de intensidad sobre un rasgo de carácter encima de su boca. Ahora el trazo largo de un párpado altivo. Más allá, lejos, soy penacho desgarbado sobre una frente pequeña. Y aún más lejos, oscuro vórtice en la zona posterior de su mollera.
Desciendo por su perfil expuesto a la luz, donde las nacientes de sus cabellos se ralean y espesan. Su cien se expande en una planicie que se deprime bajo su ceja. Ésta declina con suavidad -rasgo tenue de sabiduría-. Giro hacia la pendiente apenas pronunciada en la base de su nariz, sumergiéndome en la comisura de su boca. Debajo, se eleva su carne con prominencia rumbo a la pulpa de sus labios rojos. Ellos denuncian una sonrisa apenas alongada.
Retrocedo dos pasos e inclino mi cabeza. Busco simetrías milimétricas en los lóbulos de sus orejas. De ambos desciendo triangulando a un punto de su cuello. La luz es oblicua desde un sitio imaginario a tres metros sobre su derecha. Mareas de sombras que resuelven en la redondez de su escote. Un lunar rompe el equilibrio; se ilumina como gema, discreta.
Mediodía para su reluciente pómulo, atardece en su mejilla; se alarga la noche tras la recta ascendente de su nariz.
Pongo mi atención en su pupila y en los diminutos peces pardos del océano ambarino que la rodean. Están inmóviles, sin aliento. Me decepciono. Un perceptible brillo proporciona indeleble luz, arriba, sobre su izquierda.
—¿Me está mirando?
Me adentro a la noche clara y sinuosa para seguir su contorno más arriba de su pómulo. La superficie se degrada agudamente y sobre ella reposan arqueadas sus pestañas. Una delgada línea se ilumina, luego un escalón, y más allá, la esclerótica se expande con delgados cursos rojos. De su otro ojo un nuevo océano ambarino y los peces pardos que lo habitan en completa quietud. Su pupila es un embudo desgajado, inerte.
—Pero... ¿Me está mirando?
Me alejo. Algo me perturba. Una sensación de incordia me enajena; se expande desde la base de mi estómago oprimiéndome los pulmones. Estoy sin aliento; agitado. Le doy la espalda a ella. Me agacho. Me paro. Golpeo con mi máxima energía la mesa. Llevo mis manos a mi cabeza y entrelazo mis dedos en mis cabellos. Aprisiono mi cráneo. Lo bamboleo. Lo froto con mis palmas mugrientas.
—¿Me está mirando? ¿Me mira?
Doy tres pasos laterales adonde el punto imaginario de luz. La observo.
—No, no me está mirando. Me desgrano.
Vuelvo hacia ella.
—Tiene la mirada perdida —digo.
Me acerco tanto como para individualizar cada partícula de pigmento que impregna las fibras de lino de sus ojos ambarinos y lo veo: ¡qué distancia tan pequeña nos separa del infinito! —digo... al descubrir el secreto que guarda en su iris. Vuelvo a ambos ojos para develar que tiene ella un alma anclada en la tierra y otra devorando el universo. No hay cosa que trascienda más que el alma —pienso—; y brota de mis labios una sonrisa.
Me tranquilizo en la medida que aumenta mi ansiedad.
—-¡Necesito distancia! —grito.
Aparto la mesa y me alejo de ella hasta donde la habitación me lo permite. La observo.
—¡Aún es muy cerca! —maldigo.
La pongo a ella en el otro extremo de la habitación y no es suficiente. La cargo al parque. Hay sol. Me detengo un instante para descubrir que la gramilla está alta y florecida. Ahí la dejo y me aparto.
Un azul profundo se expande sobre mi cabeza adonde mi vista no la alcanza. Entonces imagino mi propio ojo y sus formas convexas percibiendo el infinito. Me sumerjo en el torrente sanguíneo que lleva curso a mi retina. Desde allí observo la espalda de mi pupila con sus dibujos arabescos contraídos a su máximo potencial. En rededor, aquel ordinario marrón que pensé siempre, posee matices. Dentro de mi retina se expande el universo y estoy en él y ella conmigo, mirándome. Puedo navegar ese universo; deambular entre sus galaxias, y por su interior, sobre sus planetas y soles. Mi atención se fija en un punto lejano para percibir la forma de mi ojo terrenal mirándola a ella sobre la gramilla alta y florecida desde donde ella me está mirando. Hay materialidad limitando materia —concluyo.
Salgo de mí; vuelvo a ella. La devuelvo al interior de mi taller. Enciendo un cigarro.
Me arrojo sobre el sofá que exhala aliento a humedad milenaria. No es importante. Nada lo es, ahora. Está hecho. He terminado y me satisface.
—No me mira —digo—; y sin embargo, sé que me está mirando —sonrío.
A mi izquierda, un universo que se expande tras el ventanal por donde escapa el humo del tabaco. Sobre mi derecha: ella, sobre el atril, con sus imperturbables ojos perfectos indagando los universos infinitos y terrenales que hay en mí.
Me duermo —creo.
Despierto de la noche intensa luego de soñar su rostro. Lánguido el sol se levanta sobre el filo del lintel. La gramilla está alta y florecida, afuera. A pasos de mí, el atril; el tono marfil del lienzo virgen atesora formas imposibles de ser coloreadas —pienso.
Tal vez... Tal vez sea hoy un buen día para intentarlo.
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MARCELO D. FERRER
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Nació en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires, República Argentina.
Es contador público y licenciado en economía; ejerce su profesión en su ciudad natal.
Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario.
Está divorciado y tiene tres hijas.
Varios de sus cuentos fueron publicados en diversos medios periodísticos de Argentina. Es autor de poemas, reflexiones, ensayos, prosas, pensamientos, etc. Algunas de sus poesías han sido editadas en la WEB. Su primer libro se editó en setiembre de 2001, "Poemas, historias y reflexiones".
Su segundo libro fue editado en 2002, una edición limitada de Editora Nuevos Aires, Argentina, que se encuentra agotada.
Trabaja incansablemente en nuevos textos, muchos de ellos son editados en esta web.
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