Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

jueves, 30 de diciembre de 2010

VETTIER, Adela: El hombre de Houston

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Al hombre matemático
que soñaba su álgebra en el patio de infancia
y borroneaba fórmulas
en el reverso de las cartas de amor,
que conoció por correspondencia
las galas del verano y la primavera,
que utilizó los libros de poesía
como pisapapel
y que borró los nombres de Bach y de Beethoven
con el rumor de las computadoras,
le avisaron desde Houston que efectivamente
la sonda proyectada por él
emitía señales desde Marte.
En un gesto insensato de alegría
dejó el laboratorio
y sin mucha cautela miró el cielo.
Un derrumbe de estrellas
cayó sobre sus hombros
y entonces vio en el esplendor supremo
astros virando en su vagar eterno.
Y escuchó la música infinita
con ángeles del cielo
que en cálidos veranos devolvía
sus perdidos recuerdos.
Una lágrima ardiente abrió sus ojos
y preguntó:
—Es de Bach —le dijeron.

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ADELA VETTIER
(Argentina, 1931/2015)

Grata sorpresa de fin de año el haber recibido noticias de Adela Vettier, sobre todo porque fue ella misma la que se comunicó con nosotros y nos aportó su breve biobibliografía que no pudimos agregar oportunamente. La compartimos con ustedes junto con su poema.
.Datos biográficos de Adela Juana Cabrero de Vettier, que usó como nombre literario el de Adela Vettier. (nacida en Capital Federal en 29/01/1931)
Pese a que su vocación literaria despertó tempranamente, sólo se inició públicamente a través de un Concurso de Canciones Infantiles del que resultó ganadora junto con Nela Grisolía, por la canción titulada “Pepe el Marinero”.
A partir de entonces, -1971- no dejó de publicar cuentos y novelas infanto-juveniles tales como:
De la Mano- Editorial Plus Ultra- Colección “El Campanario” Año 1981
Padre Lobo – Editorial Plus Ultra “ “ Año 1996
Si ves un pájaro blanco- Editorial Plus ULTRA Col.Tejados Rojos - 1991
Vientos de Aventura-Editorial Huemul- 1990
Irene volaba –Pieza de teatro infantil-Col.El Escenario –Edit.Plus Ultra 1987
La Puerta de la Extraña Señora (Faja de Honor de la SADE) “ “ 1983
Secreto de náufrago- Edición del autor- Distribuidores HUNO- 1998
Pasos en la Selva – Editorial H.R.L. 1997
Nolan el Invisible- Editorial H.L.R. 1996
Sur Adolescente - Editorial H.R.L. 1995
Adolescencia en el Sur-Editorial Ocruxaves- 1992
El sombrero de María Violeta-Editorial Plus Ultra- Colección La Llavecita-1981
¿Qué lápiz te gusta más?Editorial Actilibro –C olección Barquito de Papel
El Tritón Perdido- Editorial Magisterio- Año 1992
Señales a Otros mundos- Editorial Braga-Colección Alas de Halcón 1993
Infancias de Tierra Adentro. Editorial de los Cuatro V ientos- Año 2004
Teléfono: 4983-2444
Dirección: Avda. Díaz Vélez 3762-6º “A”
Su amor por la literatura va mucho más allá pero su dedicación a impulsar la lectura de los niños la inclinó permanentemente a escribir para ellos, empresa que aun no ha abandonado pese a las dificultades actuales de edición.


Vecinos y allegados de Adela Vettier nos han hecho saber
que lamentablemente falleció el 11 de setiembre de 2015.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

ORGAMBIDE, Pedro: El paracaidista



La ambición de un hombre puede ser infinita. La del sastre de mi pueblo tenía la forma de un paracaídas.
Todos los años, durante los festejos patrios, se presentaba a la comisión municipal ofreciendo sus servicios de paracaidista. Lo oían como quien oye llover: con esa burla mezclada de tristeza con que la buena gente trata a los tontos y a los locos. El sastre volvía a su casa, con el paracaídas de seda bajo el brazo, y esperaba otra oportunidad. Así pa­saron incontables veinticincos de mayos y nueves de julios y él continuó fabricando nuevos y lujosos paracaídas que se amontonaban en la trastienda, vigilados por un maniquí de cera.
Mi sastre ya era viejo y sus figurines amarilleaban en la pared, como las fotos de un álbum, con sus pan­talones Oxford, sus ranchos, galeras y bastones de las modas pasadas. El pueblo, claro está, también enveje­cía o, como decían los comerciantes, se modernizaba: donde había un aljibe ahora se levantaba un surtidor de nafta, donde se enseñoró, antaño, una casa de am­plia galería cubierta de helechos, ahora instalaban un supermercado. Las cosas cambiaban, menos la ambi­ción del sastre, que continuaba coleccionando paracaídas con igual fanatismo.
Por fin, cuando el pueblo celebró su Centenario, el sastre volvió a presentarse a la comisión de festejos. Por broma, por cansancio, la comisión aceptó su pedido. Un aviador joven del Aeroclub se ofreció a acompañarlo en la aventura. Durante la semana previa al lanzamiento, los muchachos del pueblo tuvieron motivo de diversión: visitar al sastre, llamarlo Jorge Newbery, o, como motejó el más joven: El Astronauta. Mi sastre soportó las bromas con estoicismo y siguió cosiendo su paracaídas.
Así llegó el día del festejo. Todo el pueblo se dio cita en el Aeroclub. Por primera vez, en tantos años, miraron al sastre con un poco de respeto. Hasta entonces, como es natural, habían pensado que un sastre es un sastre, y un paracaidista un paracaidista. Pero en los días de dicha (y ese lo era, festejábamos nuestro Centenario) el sentido común admitía un margen de locura. Como cuando llegaba el circo. El sastre (el paracaidista, quiero decir) subió al avión. El aparato despegó limpiamente. Después trepó hasta las nubes. Pasaron los segundos, los minutos, el tiempo en que el sastre dejó de ser el sastre para nosotros y transformarse, ahora sí, en un paracaidista. Porque ya descendía, primero velozmente, y luego lento y majestuoso, sobre el campo. Corrieron los jóvenes, las motonetas, los autos, los sulkies, las mujeres, los niños, yo, todos, todos corrimos a recibir al héroe. Los más entusiastas lo levantaron en andas.
Entonces descendió el avión. El joven que conducía se acercó a nuestro héroe. «¡Imbécil! —le gritó— ¡Cobarde! ¡Tuve que empujarlo para que se largara!». Todos callamos porque el paracaidista (quiero decir el sastre) era uno de los nuestros. Nada respondió él, que, con el paracaídas bajo el brazo, abandonó la fiesta. Se negó a que lo acompañáramos.
Esa noche, mientras se encendían los fuegos artificiales en la plaza, otra hoguera se levantó en la orilla del pueblo. Cuando llegamos, era tarde. Ardían los viejos figurines y los paracaídas que flotaban entre las llamas, como fantasmas, como flores blancas.

Pedro Orgambide
De “Historias con tangos y corridos” (1976)
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Pedro Orgambide
De “Historias con tangos y corridos” (1976)
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Pedro Orgambide nació el 9 de agosto de 1929 en la ciudad de Buenos Aires. Es autor de las novelas "Memorias de un hombre de bien", "El páramo" "El escriba" y "Una chaqueta para morir". Escribió el libro de cuentos "Historia con tango y corridos", y de las obras de teatro "Eva" y "Discepolín". Publicó, también, los ensayos "Ser argentino" y "Diario de la crisis". Entre otras distinciones, recibió el Premio Casa de las Américas (1976), el Premio Nacional de Novela (México, 1977), el Premio Municipal Gregorio de Laferrére (1995) y el Premio a la Trayectoria Artística del Fondo Nacional de las Artes (1997). Falleció en Buenos Aires, el 19 de enero de 2003.

viernes, 26 de noviembre de 2010

LARRALDE, José: Mi viejo mate galleta

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Mi viejo mate galleta,
qué pena me dio perderte,
qué mano tronchó tu suerte,
tal vez la mano del tiempo,
si hasta creí que eras eterno,
nunca imaginé tu muerte.
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En tu pancita verdosa
cuántos paisajes miré,
cuántos versos hilvané
mientras gozaba tu amargo,
cuántas veces te hice largo
y vos sabías por qué.
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En esos duros inviernos
cuando la escarcha blanqueaba
tu cuerpito calentaba
mis manos con su calor
pa’ qu’el amigo cantor
se prendiera a la guitarra.
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Y ahí no más se arma la farra,
vos y yo en un mano a mano,
mate y guitarra en la sombra,
mate y guitarra en el claro,
en leguas a la redonda
no hubo jagüel orejano.
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Mi viejo amigo y hermano,
qué destino más sotreta,
nunca le di a la limeta,
en vos encontré la calma,
en este adiós pongo mi alma…
Ay, mi viejo mate galleta.
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José Larralde
(Argentina, 1937)
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sábado, 20 de noviembre de 2010

FASOLÍS, Rosita: El viaje de Rita


“Levántese, m’hija”, dijo la madre sacudiendo con suavidad el brazo de la niña, que dormía sobre unos cojinillos. El amanecer aún no había despuntado y, para el lado de las serranías altas, la noche era un largo bostezo. Como el de la niña. Pero no tardó en seguir la orden de la madre; se levantó con ganas, porque iba a ser el día del viaje al pueblo. Siete, tal vez ocho años, enjuta pero con fuerzas para ir a buscar el agua al arroyo, levantar el balde con la soga del empobrecido aljibe, arrear las cabritas. Una niña activa y dispuesta, a pesar de las comidas flacas. Rufino Cuevas preparaba el carrito: un cajón –habría servido para llevar verduras, tal vez- con dos ruedas que él mismo había tallado y encajado en un eje de la misma madera. Allí viajaría la niña, porque el viaje era largo y se podía cansar. Y después el carrito serviría para traer algunas cosas; acaso harina, aceite, algún embutido. Eso, con suerte. Mientras se preparaba, Rufino iba recordando cómo, cuando era chico, el río bramaba. Tanto, que una vez se llevó la ranchería, y los que no murieron ahogados o con la peste se fueron como sonámbulos para no volver nunca, nunca más. El rancho del padre de Rufino estaba en lo más alto y era el más alejado del río; incómodo para buscar el agua pero a seguro. Y allí se habían quedado, con unas pocas cabras y otras pocas gallinas; también, una vaca y un caballo que al fin murieron de hambre. A Rufino le había quedado en la nariz el olor a muerte de la tierra cuando, al bajar el torrente, sobrevivió tan sólo la porquería. Pero después había venido la seca, y duraba años, muchos años. Ahora sólo tenían, además de las cabritas, algunas ponedoras que sobrevivían con el poco maíz que podían cosechar. Y dos de los siete hijos que habían tenido con la Delfina. Cuatro mujeres y tres varones. Dos de los muchachos los mellizos, Francisco y Pedro, los mayores, se habían ido sin rumbo -tendrían trece años por entonces, con un arreo que había pasado como por casualidad, porque nadie pasaba por allí salvo en época de elecciones, y no supieron más de ellos aunque Rufino bajó al pueblo y preguntó a todo el que se le cruzaba si no había visto a sus muchachos, y al dotor Mansilla le rogó llorando que se los encontrara, pero los muchachos no volvieron ni nadie por años supo decir que los había visto; el otro, justito el que se llamaba Rufino como el padre, se había ahogado en el dique, muchas, muchas leguas al Norte. Eso les habían dicho; el muchacho era arisco y desobediente, y se había marchado justamente en el camioncito que venía a buscarles los documentos a Rufino y a la mujer, y después (siempre era domingo) los llevaban a ellos, con o sin la cría, los metían en un galpón en la orilla del pueblo, y los iban sacando de a unos cuántos para subirlos al camión y llevarlos a que votaran (les daban la boleta, claro está); después les devolvían los documentos y los largaban con unos pesos y una bolsa con alimentos. Las elecciones eran buenas para ellos. A los críos no los habían documentado. La hija mayor, Asunta, debía tener ahora dieciséis años, más o menos. Y la que seguía, Rosarito, catorce o quince. Hacía mucho que, por una causa u otra, no las veían. Habían hecho el viaje juntas, una ponchada de años atrás. Ahora estaban la Rita, y la de dos años, que ni nombre tenía porque la llamaban Chiquita. A ésa nadie la había bautizado, a los otros sí, un cura joven que iba envejeciendo con la resolana mientras pasaba de tanto en tanto a lomo de mula, y que no casó a los padres porque no tenían los papeles del civil.
Aún no clareaba cuando empezaron el viaje, con unas tortas fritas del día anterior que la madre había acomodado en el morral junto a dos botellas de plástico (una de las preciadas posesiones) con agua de la más clara que Delfina había podido conseguir. El viaje sería una marcha solitaria y silenciosa, los pies cansados de Rufino que no emitiría queja alguna, luego el sol ardiente, algún que otro comentario hecho con casi monosílabos, las ganas de la Rita de conocer el pueblo, los arbustos resecos y arrancados por el viento girando por las cuestas adormecidas y algo en Rufino que era lo mismo que había quedado en la Delfina: un desgano del alma que no llegaba a ser tristeza porque hacía tiempo que ni eso les había quedado.
Llegaron casi al mediodía. A Rita los ojos se le ponían enormes mirando las rancherías primero, después las calles asfaltadas y las casitas bien pintadas y los árboles que daban sombra y las vidrieras de los negocios y las letras que no conocía, grandes y de todos los colores, de las propagandas, y el hombre que iba con una máquina que Rufino llamó bicicleta y vendía algo que era helado, como los inviernos en la serranía, pero algún que otro chico se acercaba, le daba algo al vendedor y se iba de allí sacando el papel a una cosa de color que después lamía y lamía. Rita dijo “¿puedo?”, señalando al heladero y su riqueza. Rufino le dijo que sí, pero que después, cuando llegaran a lo del dotor. Allí iban, a lo del dotor Mansilla. Tendrían que llamar por el costado, no por la puerta principal de la oficina. Ojalá estuviera, pensaba Rufino, aunque había acordado, dos semanas atrás, que ese día se iban a encontrar. Rufino le había pedido un almanaque, e iba tachando día a día; en la sierra no importaban los días pero en este caso sí. Y como él sabía leer alguito, podía reconocer qué día era lunes, y cuál jueves, por ejemplo. A Rita le seguían deslumbrando las casas prolijas, el verano tan ardiente en la choza y tan amable allí, las flores que nunca antes había visto, los perros –todos distintos- que les ladraban y le hacía acordar al Flaco, que era el pichicho que Rufino había llevado alguna vez a la casa y que se había muerto como todo en ese lugar, porque allá arriba se morían las plantas, las flores, los sueños, las palabras, y la pequeña, que a pesar de las hambrunas era inteligente, percibía esos viajes, lentos y persistentes, hacia la nada.
Por suerte para Rufino, el dotor Mansilla estaba, y lo iba a recibir, como dijo el empleado de la cochera, que era el lugar a donde Rufino debía ir. Como las otras veces, el dotor lo recibiría en una salita allí, cerca de los automóviles. Y así fue. El hombre lo trató como siempre, lejano, frío, frunciendo la nariz porque -.Rufino no era tonto- le molestarían el olor a transpiración y a ropa vieja y lavada tan sólo con agua del arroyo. Pero no estaría mucho allí. Se acordó del pedido de Rita y le preguntó al dueño de la tabacalera si le podía comprar un helado. “Nada más eso, dotor”, dijo con una voz que se le atragantaba solita en la garganta. El señor del lugar mandó al empleado que si pasaba algún vendedor, le comprara el helado a la niña. Alentado por el gesto, Rufino se animó a preguntar por Asunta y Rosarito. “Están bien. Son buenas trabajadoras”, fue la respuesta escueta. “¿Se pueden ver?” dijo Rufino con un hilo de voz. “No, hombre, qué dice, ellas están en la finca”. Claro, allá, lejos del pueblo, en la plantación estarían. “Está muy flaca” dijo Mansilla, apuntando a Rita. “Pero es fuerte, ya va a ver” repuso Rufino, temiendo que lo mandaran a casa con la Rita a cuestas. “Bueno, le daremos de comer. Esperate aquí, que te van a traer unas cosas”. Claro, pensó Rufino, como la otra vez con las dos gurisas. Por lo menos la Rita iba a alimentarse bien, y la Delfina y él tendrían para varios días. “Y estate atento, que pronto hay elecciones” dijo el dotor mientras desaparecía por una puerta lateral. Después, irse sin mirar atrás, el carrito cargado con los víveres y sin Rita, la cuesta arriba, el sol caliente y sin piedad, los arbustos secos, la noche que llegaría montada en un bellísimo atardecer.
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ROSITA FASOLÍS
(Argentina, 1946)
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ROSA FASOLÍS nació en Rosario (provincia de Santa Fe), Argentina, en 1946. Docente y escritora de poesía, narrativa y ensayo. Ganó numerosos premios a nivel local, provincial, nacional e internacional. Coordinó talleres literarios (entre ellos el de la Casa de la Cultura de la UNR). Posee numerosas publicaciones en diarios (La Capital y El Litoral), revistas y antologías; dos libros editados por premio: "Después", de cuentos, y "Tramas y Construcciones", de poesía. En 1994 el libro "Sacramento y ceniza", de poesía, obtuvo la mención de honor en certamen trienal José Pedroni, de la Provincia de Santa Fe. El cuento “El viaje de Rita” fue publicado en http://gacetaliterariavirtual.blogspot.com. Vive actualmente en Rosario.

jueves, 18 de noviembre de 2010

DOLINA Y EL DIABLO

DIÁLOGO ENTRE ASMODEO Y EL RUSO SALZMAN
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Asmodeo: Soy Asmodeo, inspirador de tahúres y dueño de todas las fichas del mundo. Conozco de memoria todas las manos que se han repartido en la historia de las barajas, También conozco las que se repartirán en el futuro. Los dados y las ruletas me obedecen. Mi cara está en todos los naipes. Y poseo la cifra secreta y fatal que han de sumar tus generales cuando llegue el fin de tu vida.
Salzman: ¿No desea jugar al chinchón?
Asmodeo: No, Salzman, Vengo a ofrecerte el triunfo perpetuo. Con solo adorarme, ganarás siempre a cualquier juego.
Salzman: No sé si quiero ganar.
Asmodeo: ¡Imbécil...! ¿Acaso quieres perder?
Salzman: No, tampoco quiero perder.
Asmodeo: ¿Qué es lo que quieres entonces?
Salzman: Jugar. Quiero jugar maestro... Hagamos un chinchón.
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EL HOMBRE QUE PEDÍA DEMASIADO
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Satanás: ¿Qué pides a cambio de tu alma?
Hombre: Exijo riquezas, posesiones, honores y distinciones... Y también juventud, poder, fuerza y salud... Exijo sabiduría, genio, prudencia... Y también renombre, fama, gloria y buena suerte... Y amores, placeres, sensaciones... ¿Me darás todo eso?
Satanás: No te daré nada.
Hombre: Entonces no tendrás mi alma.
Satanás: Tu alma ya es mía. (Desaparece)
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EL HOMBRE QUE ERA, SIN SABERLO, EL DIABLO
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Un caballero de la calle Caracas resolvió negociar su alma. Siguiendo los ritos alcanzó a convocar a Astaroth, miembro de la nobleza infernal.
—Deseo vender mi alma al diablo —declaró.
—No será posible —contestó Astaroth.
—¿Por qué?
—Porque usted es el diablo.
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ALEJANDRO DOLINA
(Argentina, 1949)
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martes, 9 de noviembre de 2010

MUÑIZ, Juan Carlos: No sé si era feliz

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No sé si era feliz,
pero sabía que el mundo terminaba en la otra cuadra,
todos los recovecos de la siesta
me daban su cobijo y sus fantasmas.

Mi padre era tan sabio como un libro,
mi madre era el auxilio de mis manos,
mi almohada era mi amante y mi enemigo,
en las confusas noches del verano.

No sé si era feliz,
porque temía,
las sombras de mi cuarto me cercaban,
había un gran villano de once años
y viejos de la bolsa que rondaban,
pero había también un seis de enero,
el desván en la casa de mi abuela,
había un patio lleno de tesoros
y un baldío camino a la escuela.

No sé si era feliz,
pero bastaba un pedazo de azul en la mañana,
una promesa a cambio de una nota
o fugarse a través de la ventana.

Algún día empecé a tener recuerdos
y me dieron las llaves de mi casa,
una carta de amor cerró la puerta
y yo me quedé fuera de la infancia.

No sé si era feliz,
pero qué lejos...
No sé si era feliz,
pero qué lástima.

Juan Carlos Muñiz

sábado, 30 de octubre de 2010

HERNÁNDEZ, Miguel: Elegía


(En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo
Ramón Sijé, a quien tanto quería)
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Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mis desventuras y sus conjuros
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
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(España, 1910/1942)
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jueves, 21 de octubre de 2010

CARBAJAL, José: Uruguay, 1943/2010

El intérprete uruguayo de música popular José Carbajal, "El Sabalero", autor de canciones como "Chiquillada", falleció aparentemente de un ataque cardíaco, se informó el jueves. Tenía 66 años.

"Fue un dolor para los uruguayos, es un cantor muy uruguayo, muy de los pagos chicos, muy transmisor de esas cosas que tienen los poetas finos, de poder resumir con palabras muy sencillas la sociedad", dijo el presidente José Mujica, al ser consultado en el departamento de Flores, a 100 kilómetros al norte de Montevideo. Mujica agregó que el recuerdo de Carbajal continuará en la gente. "Va a vivir, va a seguir viviendo en las canciones". Debido a que no pudo inmediatamente establecerse la causa de su fallecimiento los restos de Carbajal fueron trasladados a la ciudad de Pando, a 30 kilómetros al norte donde le realizarán una autopsia, informó la prensa local. En la página de la presidencia, al dar cuenta de su fallecimiento, se informó que el sábado anterior se despidió de su público con la interpretación de la canción "La muerte". También había interpretado "A mi gente" y "La sencillita". En la década del 70 Carbajal alcanzó fama en toda América Latina con el tema "Chiquillada", que también interpretara el cantante argentino Leonardo Favio. Entre 1970 y 1973 vivió en Buenos Aires, y posteriormente pasó por países como México, Francia y España, hasta radicarse en Holanda. "El Sabalero" volvió a Uruguay en 1984, pero en 1992 se regresó a Holanda, aunque mantuvo un grupo musical en Montevideo. En 1998 la cantante argentina Soledad Pastorutti grabó su candombe "A mi gente" en lo que fue un extraordinario éxito. Su disco "La Casa Encantada" es material de estudio en las escuelas primarias de Uruguay. El deceso se conoció en la madrugada. Carbajal estaba solo en su casa de Villa Argentina, en las cercanías del balneario de Atlántida, unos 80 kilómetros al este. Vivió años en el exilio en Holanda, pero se encontraba en Uruguay desde hace un tiempo. En la actualidad venía cumpliendo un ciclo de música en el Café Bar Tabaré, con su show "Buscado", que incluía tangos, milongas litoraleñas y cumbias. El representante de "El Sabalero", Fernando Mino, dijo al diario El País la mañana del jueves que aún "no se sabe nada del velatorio, porque estamos esperando a contactarnos con su esposa, en Holanda, para ver cómo seguimos con esto". "Llegué a buscarlo para un ensayo que teníamos en Montevideo y ahí me lo encontré", relató. Agregó que, según una vecina, ayer "José le había dicho que tenía un dolor en el pecho y en el brazo, pero no sé nada más por ahora". La cantante Cristina Fernández calificó la muerte de Carbajal como "algo espantoso". "No lo podemos creer todavía. Lo más espantoso es que estaba solo allá en Atlántida", dijo. "José fue un tipo increíble conmigo, tuvo unos gestos divinos, muy compañero y solidario". Un grande más se va. (Fuente: TARINGA)



LA MUERTE



miércoles, 13 de octubre de 2010

GIRONDO, Oliverio: Apunte callejero


En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda...
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.
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Oliverio Girondo
(de “20 poemas para ser leídos en el tranvía”)

lunes, 11 de octubre de 2010

GALEANO, Eduardo: Cinco siglos de prohibición del arcoiris en el cielo americano


EL OTROCIDIO

El Descubrimiento: el 12 de octubre de 1942, América descubrió el capitalismo. Cristóbal Colón, financiado por los reyes de España y los banqueros de Génova, trajo la novedad a las islas del mar Caribe. En su diario del Descubrimiento, el almirante escribió 139 veces la palabra oro y 51 veces la palabra Dios o Nuestro Señor. Él no podía cansar los ojos de tanta lindeza en aquellas playas, y el 27 de noviembre profetizó: Tendrá toda la cristiandad negocio en ellas. Y en eso no se equivocó. Colón creyó que Haití era Japón y que Cuba era China, y creyó que los habitantes de China y Japón eran indios de la India; pero en eso no se equivocó.
Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la cristiandad, ha sido aniquilada una tercera parte de las selvas americanas, está yerma mucha tierra que fue fértil y más de la mitad de la población come salteado. Los indios, víctimas del más gigantesco despojo de la historia universal, siguen sufriendo la usurpación de los últimos restos de sus tierras, y siguen condenados a la negación de su identidad diferente. Se les sigue prohibiendo vivir a su modo y manera, se les sigue negando el derecho de ser. Al principio, el saqueo y el otrocidio fueron ejecutados en nombre del Dios de los cielos. Ahora se cumplen en nombre del dios del Progreso.
Sin embargo, en esa identidad prohibida y despreciada fulguran todavía algunas claves de otra América posible. América, ciega de racismo, no las ve.
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EDUARDO GALEANO
(de “SER COMO ELLOS y otros artículos”, 1ª ed., Bs. As., Siglo XXI Editores, 2010)

viernes, 8 de octubre de 2010

LINK, Daniel: 12 de octubre de 1976

Como tantos otros, me di cuenta tarde del golpe. En marzo de 1976 yo tenía 16 años, empezaba quinto año de la escuela secundaria y era secretario general del Centro de Estudiantes (cuyo presidente era José Luis López Ibáñez, actual funcionario de Turismo –creo– en el disoluto o inexistente Gobierno nacional) y creía que el golpe de Estado era uno más de la larga lista de sublevaciones militares que habían acompañado mi infancia (“Me acuesto con Illía –así acentuado–, me levanto con Onganía”, era un versito que había aprendido de mi abuela). Ese año nos tocó organizar el acto del Día de la Raza. Yo fui designado para hacer el guión de esa pieza con la cual nos despediríamos del colegio. Entre los textos que se leyeron, había fragmentos del Canto general y de Confieso que he vivido de Pablo Neruda. Entre las canciones que tocaron y cantaron mis amigos músicos de entonces, incluimos ese fragmento de la Cantata Sudamericana que dice: “Otra emancipación, otra emancipación/ les digo yo/ les digo que hay que conquistar/ y entonces sí/ y entonces sí mi continente acunará/ una felicidad, una felicidad/ con esta gente chica como usted y como yo”. La profesora de Historia, la Sra. Silveyra, y otras esposas de coroneles y capitanes responsables de nuestra educación abandonaron el salón de actos de inmediato (lo que, a nuestro juicio, fue un insulto a la bandera de ceremonias). La profesora de Literatura, a quien secretamente yo le dedicaba mis estúpidos poemas de entonces, me convocó para decirme que todos los que habíamos participado de esa conmemoración corríamos, entre otros riesgos, el de ser expulsados del colegio. Nos habíamos transformado en “rojos” que hacían “propaganda subversiva”, no ya por los textos y canciones que elegimos, sino también por el uso del color del telón del teatro de mi colegio. Entonces me di cuenta de que algo más grave que Lanusse estaba sucediendo. Yo era buen alumno y mi beligerancia política se había canalizado hasta entonces en el reclamo de más papel higiénico en los baños y cosas por el estilo. No entendía lo que pasaba. Tampoco entendía lo que pasaba en mi familia, angustiada y dividida por la desaparición de mi primo Fernando Rizzo, con cuyos libros, que le compré años antes a precio de saldo, había armado mi primera biblioteca. Ese 12 de octubre, mis amigos y yo empezamos a entender lo que había pasado, yo empecé a entender lo que significaban los enloquecidos viajes de mi tía a los cuarteles y las cárceles de todo el país tratando de encontrar sin suerte a su hijo, y lentamente nos fue dominando la tristeza de una pseudo-vida vivida a escondidas y el horror de la realidad, que empezaba a atravesarnos. O mejor dicho: nosotros, que abandonábamos el colegio, empezábamos a circular a través de una realidad horrible con la tristeza del testigo de algo de lo que nunca podrá hablar con dignidad.
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Daniel Link nació en la ciudad de Buenos Aires en 1959, es catedrático y escritor. Dicta cursos de Literatura del Siglo XX en la Universidad de Buenos Aires. Ha editado la obra de Rodolfo Walsh (El violento oficio de escribir, Ese hombre y otros papeles personales) y publicado, entre otros, los libros de ensayo La chancha con cadenas, Cómo se lee (traducido al portugués), Clases. Literatura y disidencia y Leyenda. Literatura argentina: cuatro cortes; las novelas Los años noventa, La ansiedad y Montserrat; las recopilaciones poéticas La clausura de febrero y otros poemas malos y Campo intelectual y otros poemas, y su Teatro completo. Es miembro de la Associação Brasileira de Literatura Comparada (Abralic) y de la Latin American Studies Association (LASA). En 2004 recibió la Beca Guggenheim.
En 2007 estrenó su primera obra de teatro, El amor en los tiempos del dengue.
Su obra ha sido parcialmente traducida al portugués, al inglés, al alemán y al italiano.

viernes, 1 de octubre de 2010

FERNÁNDEZ RETAMAR, Roberto: Felices los normales


Felices los normales, esos seres extraños,
los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
los que no han sido calcinados por un amor devorante,
los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
los satisfechos, los gordos, los lindos,
los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
los flautistas acompañados por ratones,
los vendedores y sus compradores,
los caballeros ligeramente sobrehumanos,
los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
los delicados, los sensatos, los finos,
los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
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Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
que sus padres y más delincuentes que sus hijos
y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Roberto Fernández Retamar


Poeta cubano nacido en La Habana en 1930.
Se licenció en Filosofía y Letras y luego se doctoró en La Sorbona y en la Universidad de Londres. Fue invitado por la Universidad de Yale para ofrecer un curso sobre Literatura hispanoamericana y dictó conferencias sobre Literatura hispanoamericana en las universidades de Praga y Bratislava.
Además de haber ocupado algunos cargos políticos, ha dirigido las publicaciones Nueva Revista Cubana 1959-60 y Casa de las Américas desde 1965.
Obtuvo el Premio Nacional de Poesía por su libro «Patrias» en 1951, el Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío, el Premio Internacional de Poesía Nikola Vaptsarov de Bulgaria, el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, de Argentina, el Premio de la Crítica Literaria por «Aquí» en 1996 y la Medalla oficial de las Artes y las Letras, otorgada en Francia, en 1998.
De su obra poética también merecen destacarse: «Vuelta de la antigua esperanza», «Con las mismas manos», «Buena suerte viviendo» y «Qué veremos arder».

miércoles, 22 de septiembre de 2010

FROST, George Loring: Un creyente

Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los obscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
-Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
-Yo no –respondió el otro-. ¿Y usted?
-Yo sí –dijo el primero y desapareció.
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George Loring Frost
(Inglaterra., 1887/?)
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Algunos datos sobre el autor nos dicen que nació, supuestamente, en Brentford, Inglaterra, en 1887, y este cuento pertenece a su libro Memorabilia (1923). Fue incluido en la Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo (Bogotá, Editorial Sudamericana, 1994).
Pero dicen que Frost no existió y que fue una invención del propio Jorge Luis Borges. Frost no aparece en la literatura inglesa y su escrito es típico del léxico borgeano. Tampoco sabemos la fecha de la muerte de Frost y sabemos que Borges jugaba mucho con la "imprecisión". Quién pueda aportar algo más sobre este sospechoso Frost, hágalo. Será bienvenido.

sábado, 18 de septiembre de 2010

SAER, Juan José: Al abrigo

Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón —muerte, olvido, fuga precipitada, embargo— el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido —un diario, o lo que fuese—, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.
Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que el tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.

JUAN JOSÉ SAER

sábado, 11 de septiembre de 2010

CASAS, Fabián: Cancha rayada


Caminamos, con mi viejo, por la playa de estacionamiento.
Es un día de calor sofocante
y en el asfalto recalentado
vemos la sombra de un pájaro negro
que vuela en círculos,
como satélite de nuestra desgracia.
Una multitud victoriosa, a nuestras espaldas,
ruge todavía en la cancha.
Acabamos de perder el campeonato.
La cabina del auto es un horno a leña;
los asientos queman y el sol que pega
en el vidrio, enceguece.
Pero no importa, como dos bonzos
dispuestos a inmolarse,
nos sentamos y enciendo el motor:
Fabián Casas y su padre
Van en coche al muere.
.
FABIÁN CASAS
(Bs. As., Argentina, 1965)

martes, 7 de septiembre de 2010

FONTANARROSA, Roberto: Toda la verdad




—¡Ricardo!
—Ah...
—Vení para acá.
—Ya voy.
—¡Vení para acá, te digo!
—Para qué...
—¡Vení para acá te digo, inmediatamente!
Ricardo apareció en la puerta de la cocina, la camisa que se había sacado todavía en la mano. Clara estaba apoyada contra la mesa de nerolite, los brazos cruzados, el batón de plush amarillito cerrado sobre el cuello.
—¿Qué pasa? —preguntó Ricardo, amagando irse hacia su pieza.
—¿Qué pasa? —repitió Clara—. ¿Y todavía preguntás qué pasa? ¿Todavía tenés el tupé de preguntar qué pasa?
Los ojos de Ricardo se quedaron mirándola, interrogantes, la camisa a cuadros colgada del dedo índice, como de una percha.
—¿Sabés la hora que es? —preguntó Clara, tensos los músculos del cuello. Ricardo se encogió de hombros.
—¿Sabés la hora que es? —repitió Clara—. ¿Tenés idea de la hora que es?
—No sé... qué sé yo... —aventuró Ricardo—. La una. La una y media.
—¡"La una, la una y media"! —imitó Clara en tanto se catapultaba desde la mesada de la pileta, y cruzaba en dos pasos rápidos el espacio que la separaba de Ricardo, quien se sobresaltó—. ¡"La una y media", mocoso de porquería! —descubrió ante los ojos de Ricardo, poniéndole a tres centímetros de las pestañas su reloj pulsera—. ¡Las cuatro! ¡Las cuatro, mocoso de porquería! ¡Las cuatro de la mañana son!
—Nooo... —pareció ignorar Ricardo, casi asombrado.
—¡No te hagas el estúpido! ¡Infeliz! —Clara ya no pudo contenerse y lanzó de arriba hacia abajo, un par de cachetazos ampulosos sobre la cara de Ricardo.
—¡Te hacés el que no sabés la hora que es, te hacés el estúpido, estúpido!
Ricardo soltó la camisa, se dejó caer hacia atrás, apoyando la magra espalda desnuda contra la puerta de la cocina, que golpeó, sonora, contra la pared.
—¡Pará! ¡Pará! —alcanzó a decir, cubriéndose con los antebrazos—. ¡Qué!...
—¡Porquería, porquería! —siguió castigando desordenadamente Clara—. ¡Todavía querés hacerme creer que no tenés idea de la hora! ¡Basura!
—¡Pará, pará! —Ricardo, agachándose, alcanzó a escabullirse corriendo hacia el comedor oscuro—. ¿Qué te pasa?
—¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa? —Clara había desistido de perseguirlo, tras los últimos mandobles al aire, y ahora se había apoyado con una de sus manos contra el vano de la puerta, agitada, adoptando un gesto trágico—. ¿Todavía preguntas qué me pasa? ¡Que me vas a matar vos, eso me pasa, vos y tu hermana me van a matar, eso es lo que están buscando! ¡Lo que están buscando es eso, que me dé un síncope y me caiga redonda al suelo! ¡Cuando consigas eso vas a estar contento, recién ahí vas a estar contento, recién ahí, chinito de mierda!
Lentamente, cerrándose con ademán cuidadoso el cuello del batón, acomodándose un mechón de pelo que le había caído sobre la frente, Clara, aún respirando agitada, desandó el trecho que había recorrido hacia su hijo y volvió a apoyarse contra la mesada de la cocina. Bajó la cabeza y se tomó la frente con la mano derecha.
—Eso es lo que está buscando este mocoso —dijo, como para sí, pero en voz alta—. Que me dé un ataque al corazón y me muera. . .
Ricardo había vuelto lenta y silenciosamente a asomarse a la puerta de la cocina. Había recogido, incluso, su camisa del suelo.
—Ahí vas a estar contento, ahí vas a estar contento —prosiguió Clara, advirtiendo su reaparición—. Ahí sí. Ahí ya no vas a tener a la pobre vieja imbécil controlándote, ahí vas a estar feliz. Eso es lo que querés. Eso.
—No, mira... —intentó Ricardo.
—Pero no te voy a dar el gusto —Clara retomó su tono violento, meneando la cabeza—. No te voy a dar el gusto. Te juro que hasta el día que reviente como una bestia por los disgustos que me dan vos y la otra de tu hermana, te juro que como que hay un Dios, te voy a tener cortito y te voy a poner en vereda, te juro, aunque me cueste... —fue poco a poco insuflándose energía a sí misma—... aunque me cueste, no sé, los años de salud, de vida, los años de vida que me cuestan vos y tu hermana con las perrerías que hacen. Pero te digo ¿eh? te digo, hasta ese día metete en la cabeza que a tu madre la vas a respetar, porque la vas a respetar y si hay algo que me saca de quicio y me revienta es que me vengas con esas historias, con esas mentiras...
—¿Qué mentiras...? —se quejó Ricardo—. Lo que pasa es que vos te enojás... —Aquello fue una bofetada para Clara.
—¿Qué mentiras, decís? ¿Qué mentiras, decís? ¡Sarnoso! ¡Aparecés muy campante a las cuatro de la mañana y el señor dice que no sabe qué hora es, dice que es la una y media y me salís con que no son mentiras, todavía me venís con eso!
Ricardo retrocedió un paso, previsor, hacia la oscuridad del comedor.
—Si estuviera tu padre bien que no harías esto. Bien que no lo harías —se lamentó Clara, aún amenazante, sin embargo—. Tu padre te cruzaba la cara de un sopapo, mocoso de mierda. Porque si había algo que no soportaba era la mentira, fue lo único que trató de inculcarles. ¿Para qué? Para que salga un infeliz como vos que lo único que quiere es joderme la vida, eso, joderme la vida.
Clara se quedó un minuto callada, como tomando aire, mirando fijamente a Ricardo quien, apoyado el hombro sobre el vano de la puerta, fingía interesarse en un botón de la camisa, inesperadamente flojo.
—¿Querés decirme dónde estuviste? —preguntó, al fin, Clara.
—Ehh...
—¿Me podés decir dónde estuviste que volvés a las cuatro de la mañana?
—Fuimos con Valija y Cacho a...
—Ah, ¡cuándo no! ¡cuándo no! —Clara juntó de una palmada las manos frente a su pecho, mirando, esta vez, hacia la heladera al otro lado de la cocina—. ¡Cuándo no ibas a estar con esos dos... con esos dos... vagos, atorrantes...
—Este... fuimos con ellos...
—¿Pero será posible? —ahora Clara lo miró, sin desprender las manos que oscilaba de adelante hacia atrás como quien mezcla dados dentro de ellas—. ¿Será posible que siempre tengas que estar con esos inútiles, ese par de infelices? ¿Qué te dan... ? ¿Te...?
—¡Si vos no los conoces...! —se atrevió a ofenderse Ricardo.
—¡Y te creés que necesito conocerlos, te creés que necesito conocerlos o hablar media palabra con esos atorrantes para saber que son unos inútiles, vagonetas, mal educados! ¿Te creés eso?Ricardo se rascó la cabeza.
—Si basta verlos parados en la esquina para darse cuenta lo que son, m'hijito. Sucios, compadritos... —Clara escupió las palabras— atorrantes...
—Valija trabaja —apuntó Ricardo.
—¡Qué va a trabajar ese atorrante! ¡Hará que trabaja!
Ricardo volvió a ensañarse con el botón de la camisa. Clara volvió las manos a los bolsillos amplios del batón. Una contracción nerviosa le tironeaba el labio superior.
—¡No sé qué te han dado esos dos para que te tengan tan embobado, que vas como un perrito detrás de ellos! —se mofó Clara.
—¿Quién va como un perrito, quién? —se enojó, ahora sí, tocado en su amor propio, Ricardo.
—¡Vos vas como un perrito! ¡Vos, el vivo! ¡Te usan, te agarran de alcahuete, te llevan de la nariz como a un...
—¡Pero por qué no te...! —se adelantó Ricardo, indignado y desafiante.
—¡Callate la boca! ¡Callate la boca! —contragolpeó Clara, avanzando un paso a su vez hacia Ricardo—. ¡Lo único que falta es que me vengas a gritar, mocoso de porquería! ¡Lo único que me faltaba!
Ricardo volvió a su anterior posición bajo el marco de la puerta. Clara decidió no abandonar la furia recobrada.
—¿Adónde fuiste, decime —desafió—, adónde fuiste con esos otros dos, tus amigos, a ver, adónde fuiste?
—Te dije que fuimos... —recomenzó Ricardo.
—Pero... ¡Cuidado! —amenazó Clara, en alto el índice de la mano derecha—. Pensá bien, pensá bien lo que vas a decir porque no sea que me salgas con una mentira. Que no sea que me salgas con una mentira porque te juro que te vas a arrepentir, te juro que te vas a arrepentir. Si me venís con una de tus clásicas mentiras te aseguro que yo no seré tu padre pero de algún lado sacaré fuerzas para ponerte en vereda, vos sabés bien que yo parezco mansa pero soy mansa hasta que no vienen a joderme la vida y entonces te aseguro que soy capaz de romperte algo por la cabeza, ¿eh? Pensalo bien, pensá bien lo que vas a decir...
—Sí... —se encogió de hombros Ricardo—. ¿Qué problema hay?
Clara se cruzó de brazos en el medio de la cocina y le clavó los ojos, esperando.
—Fuimos con el Valija y el Cacho al pool de Esteban... —comenzó Ricardo.
Los ojos de Clara se entrecerraron.
—¿A qué pool? —preguntó, bajo aparente calma.
—Ahí, al de Esteban... el de...
—¿El que está al lado de la copistería? —volvió a preguntar Clara, contenida.
—Sí... sí... —pareció dudar Ricardo.
—¿El que tiene pintadas unas cosas, en dorado, en los vidrios?
—Sí... qué se yo... sí, creo que sí...
Esta vez Clara no vaciló, abandonando de pronto su postura expectante se abalanzó sobre su hijo y le aplicó un par de puntapiés cortos y certeros sobre las canillas. Ricardo, sorprendido, sólo alcanzó a encogerse, dudando entre proteger sus piernas o levantar los brazos para cubrir la cabeza donde caían, desordenados, los trompis de Clara.
—¡Basura, basura, porquería! —gritaba esta, optando finalmente por aferrar los cabellos de Ricardo y zamarrearlo, sin poder evitar, no obstante, que se le escabullera cayendo casi debajo de la mesa—. ¡Basura!
—Pero... pero... ¿por qué? —casi imploró una explicación Ricardo, de rodillas.
—¡Te dije, te dije! —repitió Clara asestando un mandoble sobre la mesa como si así pudiese alcanzar la cabeza de Ricardo—. ¡Te dije que no mintieras, porquería!... Pero... ¿Por qué, por qué, por qué tuve que tener un hijo como éste? —Ahora Clara había abandonado el frente de ataque. Giró sobre sus talones, se tapó la cara con una mano, el brazo izquierdo protegiendo su vientre, como buscando un momento de respiro para evitar el colapso cardíaco—. ¿Por qué? —prácticamente sollozó—. ¿Qué hice yo para merecer un monstruo como este? ¡Algo debo haber hecho para que Dios me castigara así, algo debo haber hecho! Ángela me decía y yo no le creía. Ella decía, sabía lo que me decía. Fuimos muy blandos, muy blandos...
Ricardo había aprovechado el soliloquio de su madre para abandonar el refugio de abajo de la mesa. Tomándose con un gesto de dolor el tobillo derecho llegó trabajosamente hasta una silla y se sentó.
—¿Por qué no estará tu padre? —se lamentó Clara, volviéndose a mirar a Ricardo, con ojos enrojecidos—. ¿Por qué no estará tu padre para ponerte en vereda?
Ricardo, sin mirarla, persistía en masajear su tobillo, quejándose.
—¡Y callate! ¿Eh? ¡Callate! —le advirtió Clara.
—¡Mirá, mirá cómo me dejaste el tobillo! —gritó Ricardo, al borde de las lágrimas, estirando la pierna hacia su madre. Esta, ni lerda ni perezosa lanzó un nuevo puntapié hacia la rodilla de Ricardo, que no alcanzó el blanco.
—¡Matarte —tronó— eso es lo que debería haberte hecho, infeliz, matarte! ¡Como hacía tu padre, que te amansaba a cintazos! ¡Agradecé que yo no tengo la fuerza de tu padre, Dios lo tenga en la santa gloria! ¡Te dije que no me mintieras, te dije antes de que empezaras a hablar que no me mintieras, infeliz!
Ricardo dejó de sobarse el tobillo y se recostó sobre el respaldo de la silla, había llevado su mano derecha hacia el mentón, previniéndose de un nuevo ataque.
—¿Por... por qué? —balbuceó.
—¿Por qué, por qué? —imitó Clara, plantándose frente a él, y agachándose hasta casi conseguir que sus ojos quedasen a la misma altura que los de su hijo—. Porque ni siquiera sabés mentir, por eso. Porque el señor es tan vivo, tan vivo es el señor, que ni siquiera le da la cabeza para inventar una mentira. Por eso. El señor es tan inteligente, esa inteligencia que le da para robarme plata de la billetera, o para colarse en los bailes del club, porque no le da para otra cosa, porque no le da para el estudio o para las cosas buenas, por eso. Porque ni siquiera te da la cabeza, infeliz, para pensar que la pobre burra de carga de tu madre, también anda por la calle. ¿sabés? Anda por la calle haciendo las compras, para que vos y la otra de tu hermana tengan de todo y puedan comer algo de vez en cuando, y hoy pasé por el pool ese que vos decís, ese pool de porquería que vos decís, y estaba cerrado ¿sabes? ¡Estaba cerrado!
—Nooo... —atinó a decir, Ricardo.
—¡Estaba cerrado por duelo! —Clara se había erguido frente a su hijo haciendo pesar la contundencia del argumento.
—No puede ser —articuló Ricardo, confuso—. Habrá sido a la tarde...
De inmediato Clara levantó su puño derecho como para descargarlo.
—¡Callate! —chilló—. ¡Callate! ¡No sigas mintiendo, porquería, no sigas mintiendo, todavía tenés la desfachatez de querer seguir mintiendo! ¡Si ni siquiera pasaste por el pool, no pasaste ni por la vereda de enfrente del pool, chinito de porquería, y querés seguir engañando a tu madre!
Clara calló, procurando recuperar la normalidad de su respiración que, durante dos o tres larguísimos minutos fue lo único que se escuchó en la cocina, resaltando aun más el silencio de afuera, de la calle y la noche.
Ricardo, pálido, estaba casi acostado en la silla, la nuca descansando sobre el borde superior del respaldar, los ojos y las manos entretenidos en la hebilla del cinturón, como si recién la descubriese en ese instante.Clara retrocedió hasta la mesada de la cocina, se masajeó el muslo de la pierna derecha como si se le estuviese por acalambrar y, con voz trémula pero pausada y medida, dijo:
—Bueno, ahora, me vas a decir, de una buena vez por todas, de dónde venís. Dónde estuviste. Pero me vas a decir la verdad. Me vas a decir la verdad porque si no me decís la verdad te garanto que me vas a conocer, te garanto que me vas a conocer —a medida que iba hablando su tono recuperaba las aristas filosas, el acento amenazador y rabioso—... si no me decís la verdad, Ricardo, te aseguro que en esta casa van a cambiar muchas cosas y a vos especialmente se te va a terminar la farra. Se te va a terminar la farra, Ricardo, porque yo soy muy buena, me aguanto muchas cosas, me como muchas cosas, pero llega un momento en que digo basta y te juro que es basta. Así que decime la verdad porque ya sabés, ya sabés, te juro por Dios, Ricardo, que si me llegás a mentir de nuevo te va a pesar, te va a pesar porque te va a pesar, Ricardo.
—Eh... —pareció concentrarse Ricardo.
—¿Dónde estuviste, Ricardo, dónde estuviste?
—Fuimos a la farmacia...
—¿A la farmacia? ¿Fuiste solo o con quién? —apuró Clara.
—Con Valija y el Cacho —se ofuscó Ricardo, mirando a su madre—. Ya te dije ¿no?
—Es que ya no te creo, ¿ves? Ya no te creo. No te creo nada. ¿Cómo querés que te crea? ¿Por qué voy a creerte? Fuiste con Valija y el Cacho. Seguí.
—Fuimos con Valija y el Cacho a la farmacia...
La cara de Clara se frunció, con sorpresa.
—¿A la farmacia? —preguntó—. ¿Y por qué a la farmacia? ¿A qué farmacia?
—Acá, a la de don Flores.
—A la de don Flores —Clara apoyó sus manos en la cintura—. A la farmacia de don Flores. Cuidado con lo que decís, Ricardo, tené mucho cuidadito con lo que me contás, Ricardo. Mirá que puedo agarrar el diario y fijarme en las farmacias de turno, Ricardo, mirá que puedo... —advirtió.
—Y fijate, fijate... —desafió Ricardo.
—No, seguí —Clara volvió a cruzarse de brazos—. ¿Y me querés decir qué fueron a hacer ahí, me querés decir?
—El Valija andaba buscando no sé qué cosa. Unas pastillas. Unas anfetaminas. Qué se yo, se da con eso.
—Mirá Ricardo, mirá —Clara elevó su índice derecho en el aire—. Me parece que estás inventando, yo te conozco y me parece que estás inventando. ¡Que yo no me entere que...!
—¡No, no, te digo que no! ¡Es cierto, de veras!
Clara señaló enérgicamente hacia afuera.
—¡Mirá que puedo hablarlo a don Flores —amenazó— para ver si estás diciendo la verdad! ¡A mí no me importa un comino agarrar el teléfono ahora mismo y hablarlo a don Flores y preguntarle si es cierto que estuviste ahí con los otros dos! ¡Mirá que para esas cosas yo soy mandada a hacer!
—Si querés, llamá —se encogió de hombros Ricardo—. Si querés llamá... pero difícil que don Flores te atienda porque el Valija le pegó con un fierro en la cabeza y lo hizo moco.
—¡No te creas que yo, por ser de noche, no soy muy capaz de agarrar el teléfono y hablar a quien sea con tal de averiguar si me estás mintiendo como mentís siempre, mocoso de porquería!
—Yo lo único que te digo —puntualizó Ricardo sentándose más erecto en la silla y, ahora sí, atreviéndose a mirar a los ojos de su madre— es que el Valija le pegó a don Flores con un fierro en la cabeza y creo que —Ricardo osciló horizontalmente su mano derecha con la palma hacia abajo ejemplificando que algo se había terminado—... para mí que lo mató, porque cayó al suelo como muerto. Lo calzó justo en el balero, acá en el medio de la frente. El viejo cayó al suelo y cuando yo lo miré tenía un montón de sangre en la cabeza y no se movía ni nada. Para colmo, al caer se dio la cabeza contra la baldosa, viste que el piso es de baldosa, y no se movió más. Para mí...
—Pero puedo llamarla a Luján, la mujer —acució Clara—. Sabés bien que yo soy bastante amiga de Luján y que ella no va a tener ningún pero ningún problema en decirme las cosas tal cual son. ¡Somos muy amigas con Luján, Ricardo, muy amigas, sabelo! Puedo llamarla. Así que no me agarrés de idiota porque...
—¿Quién te agarra de idiota?
—...yo agarro el teléfono, la llamo a Luján y ella me va a decir...
—¡Pero llamala, llamala —extendió su brazo, señalando, Ricardo, más armado en su postura—. ¡Andá, llámala si querés!
—¡Claro que la voy a llamar, por supuesto, no vas a venir vos a decirme lo que tengo que hacer!
—¡Andá, llamala!
—Ya la voy a llamar, ya la voy a llamar...
—Ella por ahí sí te va a poder contestar —continuó Ricardo—. Si es que está en la casa, porque salió rajando para afuera, para la calle y yo alcancé a pegarle con la cadena. Pero no se cayó. Alcancé a pegarle por aquí, por la cabeza, al costado de la cabeza y el cuello, el hombro, no le di bien. Pero no se cayó y siguió corriendo para afuera. Le hice sangre, eso sí.
—Ella me va a decir, vos no te preocupés, ella me va a decir. Vas a ver que me va a contar.
Clara se quedó mirando a su hijo, golpeteando acompasadamente con la planta de su chinela derecha contra el suelo, algo más tranquila. Ricardo la miró a los ojos.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Tampoco me creés ahora?
—No sé, no sé —calculó Clara—. No sé.
—Ufa... —refunfuñó Ricardo—. También vos, también...
—Es que te he dicho una y mil veces —comenzó Clara, como retomando una disertación reciente—... no tolero que me mientas. Me pone frenética que me mientas, vos y la otra de tu hermana. Es lo primero que hemos tratado de inculcarles tanto yo como tu padre. Lo primero, lo primero, lo primero que hemos tratado de inculcarles.
Se metió enérgicamente las manos en los bolsillos del batón y giró sobre sus talones, un par de veces, ensimismada.
—Bueno... —dijo finalmente—. Andá a dormir.
Ricardo se levantó, rascándose la cabeza.
—¿Tenes hambre? —preguntó Clara—. ¿Querés que te caliente algo?
Ricardo negó con la cabeza, bostezando, en tanto se iba hacia su pieza.
Clara se encogió de hombros. Abrió la heladera, se sirvió un poco de agua fresca. Luego apagó la luz y se fue también.
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(Argentina, 1944/2007)

sábado, 4 de septiembre de 2010

COSTANTINI, Humberto: El futuro

Qué lindo era el futuro,
el futuro
del pizarrón de cuarto grado,
todo hecho con tizas de colores
y una confianza buena,
de las viejas,
de esas que ya no se consiguen
ni pagando al contado.
.
Era realmente lindo, lindo
aquel futuro
del pizarrón de cuarto,
había chicos decentes
tomados de la mano
chicos con las orejas limpias
y las medias derechas
y los dientes seguramente cepillados.
.
Juro que era lindísimo
el futuro
del pizarrón de cuarto grado.
Había toros, libélulas y ríos
había trenes, palomas y silos y aeroplanos
había campos y escuelas y edificios altísimos
había vacas y ovejas
bellamente pastando.
.
Había una iglesia y un trigal
y un puerto con muchísimos barcos.
Al fondo, por supuesto,
un ancho sol naciente en amarillo,
con sus ojos, su boca, su sonrisa
en realidad
bastante parecido
al de la tapa del cuaderno 'Sol de Mayo'
pero de todos modos era una maravilla
aquel futuro
del pizarrón de cuarto grado.
.
¡Ah, si pudiera entrar en el futuro!
En el futuro aquel en seis colores
del pizarrón de cuarto grado.
Cómo caminaría derechito
hacia el gordo sonriente en amarillo
acogedor, humano.
Cómo andaría entre toros, libélulas y ríos
y trenes y palomas y aeroplanos.
.
A lo mejor iríatomado de la mano
de algún chico decente, buenito, bien peinado.
Caminaríamos alegres y llenos de esperanza
porque, es claro... el camino sería bello y fácil
como eran los caminos del futuro
en el lindo futuro
del pizarrón de cuarto grado.
.
Sin barreras, sin piedras,
sin pozos, sin semáforos
nadie nos pediría documentos
ni nos requisarían baleros subversivos
ni nos sospecharían ladrones
o extremistas o infiltrados.
.
Nadie nos metería, por supuesto,
en un atroz fantasmagórico Ford Falcon,
ni mucho menos iríamos a aparecer al otro día
junto a un montón de cápsulas servidas,
ni dirían los diarios
con sus letras chiquititas y su fea sintaxis
cosas como "se procedió a identificarlos".
.
No, no,
sencillamente no,
porque eso no figuraba para nada en el futuro,
porque eso la señorita no lo había dibujado
con borrador, y tiza y esperanza
en el prolijo y diáfano futuro
del pizarrón de cuanto grado.
El cual como se sabe estaba todo hecho
con tizas de colores
con un redondo sol de Sol de Mayo
y una confianza buena, de las viejas,
de esas que ya no se consiguen
ni pagando al contado.
.
Humberto Costantini
(Argentina, 1924/1987)

miércoles, 25 de agosto de 2010

HUERTA ORIHUELA, Antonio: Sonrisa de Amélie


Ayer te vi en Le Moulin tras la barra,
con esas gafas moradas que tanto me gustan,
con tu cara de no haber roto un plato
salvando dificultades entre descafeinados y cañas.
Estabas preciosa con aquella falda naranja
y con el pelo corto despeinado,
no lo sabías pero en aquel momento supe que eras tú:
quien miraba absorta a la ciudad a través de su ventana,
y sonreía al imaginar a sus vecinos echando un polvo después comer,
eras la que velaba por la integridad de sus amigos,
la que insultaba en público a su perra lola
y después a escondidas se la comía a besos,
eras la que se quedaba dormida
escuchando su día libre de quique gonzález.

Imprescindible en mi vida de poeta,
incalculable tesoro que amo todas las noches en
cada uno
de
mis
sueños.
Lástima que nunca llegaré a ser Nino,
nunca sabré el sabor de tus besos en la comisura de mis labios,
en mi cuello o en los párpados de mis ojos,
jamás te llevaré al trabajo en mi motocicleta
ni te susurraré te quiero al llegar a casa.

Aún así me conformo.

Me conformo con saber que andas dibujando mis versos
en cada una de las paredes de este peculiar mundo.


Antonio Huerta Orihuela

martes, 17 de agosto de 2010

FONTANARROSA, Roberto: Mierda


El uso de la palabra MIERDA es una cuestión de educación, ya que nadie puede negar que la usamos para múltiples circunstancias relacionadas con muchísimas cosas, por ejemplo:

* Ubicación geográfica: "Andate a la mierda"
* Adjetivo calificativo: "Sos una mierda"
* Momento de escepticismo: "No te creo ni mierda"
* Deseo de venganza: "Lo voy a hacer mierda"
* Accidente: "Se hizo mierda"
* Efecto visual: "No se ve una mierda"
* Sensación olfativa: "Huele a mierda"
* Deseo de despedirnos: "Váyanse a la mierda"
* Especulación de conocimiento: "¿Qué mierda es eso?"
* Momento de sorpresa: "¡A la mierda!"
* Actitud de resentimiento: "No me regaló una mierda"
* Sensación gustativa: "Esto tiene gusto a mierda"
* Acto de impotencia: "No anda esta mierda"
* Deseo de ánimo: "Apurate con esa mierda"
* Situación de desorden: "Todo está hecho una mierda"
* Rechazo despectivo: "Qué se cree la mierda esa"
* Situación alquimista: "Todo lo que toca se vuelve mierda"

¿Cómo nos arreglaríamos sin esta palabra?



“El Negro” Roberto Fontanarrosa nació en Rosario, Argentina, el 26 de noviembre de 1944, y murió el 19 de julio de 2007. Era humorista gráfico y escritor. Fue expositor en el III Congreso de la Lengua Española que se desarrolló en Rosario (Argentina), el 20 de noviembre de 2004. En el mismo dio la charla titulada “Sobre las malas palabras”, en el que se dedicó a analizar, entre otras, la palabra “mierda”.

martes, 10 de agosto de 2010

CASTILLO, Abelardo: La madre de Ernesto

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
—¡No!
—Sí. Una mujer.
—¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos —porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias—, y luego, en voz baja, preguntó:
—¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
—¿Qué tiene que ver Ernesto?
Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
—¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
—Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
—Si no fuera la madre...
No dijo más que eso.
Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
—Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
—Pero es la madre.
—La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
—Y se los come.
—Claro que se los come. ¿Y entonces?
—Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
—Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
—Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo —quién sabe— que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
—No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
—No se lo deben de haber prestado.
—A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
—No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
—¿Cómo será ahora?
—Quién... ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
—Esto es una asquerosidad, che.
—Tenés miedo —dije yo.
—Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros.
—Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
—¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
—Es Julio —dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
—Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
—Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal: lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
—¿Cuánto falta?
—Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos: pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
—Al fin de cuentas, es un castigo —tu voz, Aníbal, no era convincente—: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
—¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
—¿Y si nos hace echar?
—¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
—Llevalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
—A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
—Como en misa —dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
—¡Mirá si en una de esas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba dentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
—¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados —eso: separados— delante de ella. Me encogí de hombros.
—Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara, la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional: una sonrisa vagamente infame.
—¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió “bueno”, y era como una orden: una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
—Voy yo —murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos. nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue tran sfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Abelardo Castillo (Buenos Aires, 1935) es fundador de las revistas El Grillo de Papel, continuada por El Escarabajo de Oro, y El ornitorrinco. Ha escrito teatro, El otro Judas, (1959); y novelas, El que tiene sed (1985) Crónica de un iniciado (1991); pero sobre todo, relatos, en los que se mezclan la fatalidad, el fracaso y la fantasía en medio de una soterrada y sutil tensión narrativa Algunos de ellos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, ruso y polaco. Destacan las colecciones, Las otras puertas (Premio Casa de América 1961) y El cruce de Anacreonte (1982). Seix Barral ha publicado la sugerente El evangelio según Van Hutten (1999) novela en la que se dan cita la intriga policial y la teología.