Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido.
Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

viernes, 25 de junio de 2010

BORNEMANN, Elsa: La del once "jota"

Cuesta creer que una abuela no ame a sus nietos, pero existió la viuda de R., mujer perversa, bruja del siglo veinte que sólo se alegraba cuando hacía daño. La viuda de R. nunca había querido a ninguno de los tres hijos de su única hija. Y mucho menos los quiso cuando a los pobrecitos les tocó en desgracia ir a vivir con ella, después del accidente que los dejó huérfanos y sin ningún otro pariente en océanos a la redonda.
Durante los años que vivieron con ella, la viuda de R. trató a los chicos como si no lo hubieran sido. ¡Ah... si los había mortificado! Castigos y humillaciones a granel. Sobre todo, a Lilibeth —la más pequeña de los hermanos— acaso porque era tan dulce y bonita, idéntica a la mamá muerta, a quien la viuda de R. tampoco había querido —por supuesto— porque por algo era perversa, ¿no?
Luis y Leandro no lo habían pasado mejor con su abuela pero —al menos— sus caritas los habían salvado de padecer una que otra crueldad: no se parecían a la de Lilibeth y —por lo tanto— a la vieja no se le habían transformado en odiados retratos de carne y huesos.
El caso fue que tanto sufrimiento soportaron los tres hermanos por culpa de la abuela que —no bien crecieron y pudieron trabajar— alquilaron un departamento chiquito y allí se fueron a vivir juntos.
Pasaron algunos años más.
Luis y Leandro se casaron y así fue como Lilibeth se quedó solita en aquel 11 “J”, contrafrente, dos ambientes, teléfono, cocina y baño completos, más balconcito a pulmón de manzana.
Lili era vendedora en una tienda y —a partir del atardecer— estudiaba en una escuela nocturna.
Un viernes a la medianoche —no bien acababa de caer rendida en su cama— se despertó sobresaltada. Una pesadilla que no lograba recordar, acaso. Lo cierto fue que la muchacha empezó a sentir que algo le aspiraba las fuerzas, el aire, la vida.
Esa sensación le duró alrededor de cinco minutos inacabables.
Cuando concluyó, Lilibeth oyó —fugazmente— la voz de la abuela. Y la voz aullaba desde lejos:
—Lilibeth... Pronto nos veremos... Liiilibeeeth… Liliii... Liliii...
La jovencita encendió el velador, la radio y abandonó el lecho. Indudablemente, una ducha tibia y un tazón de leche iban a hacerle muy bien, después de esos momentos de angustia.
Y así fue.
Pero —a la mañana siguiente— lo que ella había supuesto una pesadilla más comenzó a prolongarse, aunque ni la misma Lili pudiera sospecharlo todavía. Las voces de Luis y Leandro —a través del teléfono— le anunciaron:
—Esta madrugada falleció la abuela... Nos avisó el encargado de su edificio... sí... te entendemos... Nosotros tampoco, Lili... pero... claro... alguien tiene que hacerse cargo de... Quedate tranquila, nena... Después te vamos a ver... Sí... Bien... Besos, querida.
Luis y Leandro visitaron el 11 “J” la noche del domingo. Lilibeth los aguardaba ansiosa.
Si bien ninguno de los tres podía sentir dolor por la muerte de la malvada abuela, una emoción rara —mezcla de pena e inquietud a la par— unía a los hermanos con la misma potencia del amor que se profesaban.
—Si estás de acuerdo, nena, Leandro y yo nos vamos a ocupar de vender los muebles y las demás cosas, ¿eh? Ah, pensamos que no te vendrían mal algunos artefactos. Esta semana te los vamos a traer. La abuela había comprado TV color, licuadora, heladera, lustradora y lavarropas ultramodernos, ¿qué te parece? Lilibeth los escuchaba como atontada. Y como atontada recibió —el sábado siguiente— los cinco aparatos domésticos que habían pertenecido a la viuda de R., que en paz descanse. Su herencia visible y tangible (la otra, Lili acababa de recibirla también, aunque... ¿cómo podía darse cuenta?... ¿quién hubiera sido capaz de darse cuenta?).

Más de dos meses transcurrieron en los almanaques hasta que la jovencita se decidió a usar esos artefactos que se promocionaban en múltiples propagandas, tan novedosos y sofisticados eran. Un día superó la desagradable impresión que le causaban al recordarle a la desamorada abuela y —finalmente— empezó con la licuadora. Aquella mañana de domingo, tanto Lilibeth con su gato se hartaron de bananas con leche.
A partir de entonces comenzó a usar —también— la lustradora... enchufó la lujosa heladera con freezer... hizo instalar el televisor con control remoto y puso en marcha el enorme lavarropas. Este aparato era verdaderamente enorme: la chica tuvo que acumular varios kilos de ropa sucia para poder utilizarlo. ¿Para qué habría comprado la abuela semejante armatoste, solitaria como habitaba su casa?
A lo largo de algunos días, Lilibeth se fue acostumbrando a manejar todos los electrodomésticos heredados, tal como si hubieran sido suyos desde siempre. El que más le atraía era el televisor color, claro. Apenas regresaba al departamento —después de su jornada de trabajo y estudio— lo encendía y miraba programas de trasnoche. Habitualmente, se quedaba dormida sin ver los finales. Era entonces el molesto zumbido de las horas sin transmisión el que hacía las veces de despertador a destiempo. En más de una ocasión, Lili se despertaba antes del amanecer a causa del “schschsch” que emitía el televisor, encendido al divino botón.
Una de esas veces —cerca de la madrugada de un sábado como otros— la jovencita tanteó el cubrecama —medio dormida— tratando de ubicar el control remoto que le permitía apagar la televisión sin tener que levantarse.
Al no encontrarlo, se despabiló a medias. La luz platinosa que proyectaba el aparato más su chirriante sonido terminaron por despertarla totalmente. Entonces la vio y un estremecimiento le recorrió el cuerpo: la imagen del rostro de la abuela le sonreía —sin sus dientes— desde la pantalla. Aparecía y desaparecía en una serie de flashes que se apagaron de pronto tal como el televisor, sin que Lilibeth hubiera —siquiera— rozado el control remoto. A partir de aquel sábado, el espanto se instaló en el 11 “J” como un huésped favorito.

La pobre chica no se animaba a contarle a nadie lo que le estaba ocurriendo.
—¿Me estaré volviendo loca? —se preguntaba, aterrorizada. Le costaba convencerse de que todos y cada uno de los sucesos que le tocaba padecer estaban formando parte de su realidad cotidiana.
Para aliviar un poquito su callado pánico, Lilibeth decidió anotar en un cuaderno esos hechos que solamente ella conocía, tal como se habían desarrollado desde un principio.
Y anotó —entonces— entre muchas otras cosas que...
“La lustradora no me obedece; es inútil que intente guiarla sobre los pisos en la dirección que deseo...(...) El aparato pone en acción “sus propios planes”, moviéndose hacia donde se le antoja...(...) Antes de ayer, la licuadora se puso en marcha “por su cuenta”, mientras que yo colocaba en el vaso unos trozos de zanahoria. Resultado: dos dedos heridos. (…) La heladera me depara horrendas sorpresas (...) Encuentro largos pelos canosos enrollados en los alimentos, aunque lo peor fue abrir el freezer y hallar una dentadura postiza. La arrojé por el incinerador...(...) La desdentada imagen de la abuela continúa apareciendo y desapareciendo –de pronto- en la pantalla del televisor durante las funciones de trasnoche...(...) Mi gato Zambri parece percibir todo (...) se desplaza por el departamento casi siempre erizado. (...) Fija su mirada redondita aquí y allá, como si lograra ver algo que yo no. (...) El único artefacto que funciona normalmente es el lavarropas... (...) Voy a deshacerme de todos los demás malditos aparatos, a venderlos, a regalarlos mañana mismo... (...) Durante la siesta dominguera, mientras me dispongo a lavar una montaña de ropa...”
(AQUI CONCLUYEN LAS ANOTACIONES DE LILIBETH ABRUPTAMENTE, Y UN TRAZO DE BOLIGRAFO AZUL SALE COMO UNA SERPENTINA DESDE EL FINAL DE ESA “A” HASTA LLEGAR AL EXTREMO INFERIOR DE LA HOJA.)

Tras un día y medio sin noticias de Lili, los hermanos se preocuparon mucho y se dirigieron a su departamento.
Era el mediodía del martes siguiente a esa “siesta dominguera”.
Apenas arribados, Luis y Leandro se sobresaltaron: algunas vecinas cuchicheaban en el corredor general, otra golpeaba a la puerta del 11 “J”, mientras que el portero pasaba el trapo de piso una y otra vez.
—No sabemos qué está pasando adentro. La señorita no atiende el teléfono, no responde al timbre ni a los gritos de llamado... Desde ayer que...
Agua jabonosa seguía fluyendo por debajo de la puerta hacia el corredor general, como un río casero.
Dieron parte a la policía. Forzaron la puerta, que estaba bien cerrada desde adentro y con su correspondiente traba. Luis y Leandro llamaron a Lili con desesperación. La buscaron con desesperación y —con desesperación— comprobaron que la muchacha no estaba allí.
El televisor en funcionamiento —pero extrañamente sin transmisión a pesar de la hora— enervaba con su zumbido.
En la cocina, “la montaña” de ropa sucia junto al lavarropas, en marcha y con la tapa levantada.
Medio enroscado a la paleta del tambor giratorio y medio colgando hacia fuera, un camisón de Lilibeth; única prenda que encontraron allí, además de una pantufla casi deshecha en el fondo del tambor.
El agua jabonosa seguía derramándose y empapando los pisos.

Más tarde, Luis ubicó a Zambri, detrás de un cajón de soda y semioculto por una pila de diarios viejos. El animal estaba como petrificado y con la mirada fija en un invisible punto de horror del que nadie logró despegarlo todavía (se lo llevó Leandro).
El gato, único testigo.
Pero los gatos no hablan. Y a la policía, las anotaciones del cuaderno de Lilibeth le parecieron las memorias de una loca que “vaya a saberse cómo se las ingenió para desaparecer sin dejar rastros”... “una loca suelta más”... “la loca del 11 Jota”... como la apodaron sus vecinos, cuando la revista para que yo trabajo me envió a hacer esta nota.
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ELSA BORNEMANN
(Argentina, 1952)

domingo, 20 de junio de 2010

SARAMAGO JOSÉ: 1922/2010

Empezar a leer fue para mí como entrar en un bosque por primera vez y encontrarme de pronto con todos los árboles, todas las flores, todos los pájaros. Cuando haces eso, lo que te deslumbra es el conjunto. No dices: me gusta este árbol más que los demás. No, cada libro en que entraba lo tomaba como algo único.


Resulta mucho más fácil educar a los pueblos para la guerra que para la paz. Para educar en el espíritu bélico basta con apelar a los más bajos instintos. Educar para la paz implica enseñar a reconocer al otro, a escuchar sus argumentos, a entender sus limitaciones, a negociar con él, a llegar a acuerdos. Esa dificultad explica que los pacifistas nunca cuenten con la fuerza suficiente para ganar... las guerras.


Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él.


José Saramago
Premio Nobel de Literatura 1998
(Portugal, 1922/2010)
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Textos extraídos del diario La Capital (Rosario) - Sábado 19/06/2010

sábado, 19 de junio de 2010

BEAUVOIR, Simone de: El deseo de ser

George de La Tour
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Montesquieu cuenta en “Historia Verdadera” que un genio propuso un día a un pobre hombre transformarlo a su elección, en ese rey, o en ese rico proletario, o en ese opulento mercader a quienes envidiaba tan frecuentemente.
El pobre duda, y para terminar, no puede decidirse a ningún cambio; se queda en su piel.
Cada hombre envidia la suerte de otro, concluye Montesquieu, pero ninguno aceptaría ser otro.
Y, en efecto, envidio la situación de otro si se me parece como un punto de partida que yo mismo superaré; pero el ser de otro cerrado sobre sí, fijo, separado de mí, no puede ser el objeto de ningún deseo.
Es desde el corazón de mi vida, que yo deseo, prefiero, rechazo.

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SIMONE DE BEAUVOIR
Francia, 1908/1986)
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(Fragmento del libro “¿Para qué la acción?”)
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Novelista francesa existencialista y feminista. Hasta 1943 fue profesora de filosofía. Tras conocer a Jean Paul Sartre en la Sorbona, en 1929, se unió estrechamente al filósofo y su círculo. En su primera novela, La invitada (1943), exploró los dilemas existencialistas de la libertad, la acción y la responsabilidad individual, temas que aborda igualmente en novelas posteriores como La sangre de los otros (1944) y Los mandarines (1954), novela por la que recibió el Premio Goncourt. Las tesis existencialistas, según las cuales cada uno es responsable de sí mismo, se introducen también en una serie de obras autobiográficas, entre las que destacan Memorias de una joven de buena familia (también conocida como Memorias de una joven formal) (1958) y Final de cuentas (1972). Sus obras ofrecen una visión sumamente reveladora de su vida y su tiempo. Entre sus ensayos escritos cabe destacar El segundo sexo (1949), un profundo análisis sobre el papel de las mujeres en la sociedad; La vejez (1970), sobre el proceso de envejecimiento donde critica apasionadamente la actitud de la sociedad hacia los ancianos, y La ceremonia del adiós (1981), donde evoca la figura de su compañero y colega de tantos años, Jean Paul Sartre.

domingo, 13 de junio de 2010

14 DE JUNIO: HOMENAJE A LOS EX COMBATIENTES DE MALVINAS

Graciela Paoloni .
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MONÓLOGO
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Buenos días, señoras y señores, me permito distraer un minuto de su amable atención para ofrecerles un recuerdo barato y útil de un pasado que ustedes preferirían olvidar.
Seguramente ya me habrán visto otras veces en este tren. Si no, me recordarán tratando de agarrarme al travesaño en el colectivo, o desgañitándome para que me escuchen en la estación.
Soy el ex combatiente que vuelve de sus pesadillas. Sí, ya los veo, no pongan esa cara de fastidio. Claro, después de 20 años ya ni se molestan en disimular. Antes era distinto. Se acuerdan, ¿no? Yo les repartía la revista del veterano y ustedes hacían como que abrían las páginas, actuaban como si me prestaran algo de atención. Después, pasados algunos años, ya nos íbamos conociendo, apenas me subía ustedes manoteaban el diario o la agenda, se ponían a hablar con el de al lado o descubrían algo interesante del otro lado de la ventanilla.
Yo al menos me sentía alguien. No es que me sintiera bien, para nada. Si les tengo que ser franco, desde el mismo momento en que volví de las islas empecé a sentir que les caía incómodo, que no sabían qué hacer conmigo. Ni siquiera sabían qué cara ponerme. Pero al menos sentía que ustedes se ponían nerviosos. Yo les recordaba algo. El tiempo avanzaba, ustedes se alejaban de esas viejas versiones de ustedes mismos, esos jóvenes en blanco y negro que escuchaban música disco y veían a Gómez Fuentes por la tele, la Argentina de la democracia cambiaba a ritmo vertiginoso. Y yo estaba ahí, siempre con el mismo pantalón que se iba descoloreando igual que sus recuerdos.
Hasta que un día, llovía, hacía frío, ustedes estaban apurados por llegar a casa, agotados y entumecidos, les dolían los huesos, se sentían viejos, y en cuanto subí y les dije, como hoy, “Buenas tardes damas y caballeros”, me di cuenta de que algo había cambiado. Ustedes me miraron con extrañeza, como una presencia que uno cree perdida y nos asombra que todavía esté ahí. Por primera vez me miraron con extrañeza. Yo, que los representé a todos ustedes en las irredentas islas australes en 1982, yo que soy y siempre seré lo mejor, lo más puro y lo más inocente de todos ustedes. Me miraron como si no me conocieran.
Entonces dirigí la vista a mis pantalones camuflados, mi camisa militar, con un botón de cada color y la medalla de oro desteñido. Y me vi yo también extraño. Como un fantasma. Porque es extraño verse a sí mismo como un fantasma, ¿no, señora? Sí, a usted le digo. No toque el timbre. ¿Por qué se quiere bajar? ¿Se cree que no sé que esta no es su parada? ¿Por qué no sigue hasta la esquina del banco, pasando la plaza, como siempre? ¿Le doy miedo? Le parece que le puedo hacer algún mal?
Aunque si quiere, la verdad que mejor se baja. Ma sí, que me escuche el que quiera. Bájense todos. Total, ya me escucharon tantas veces... Lo que pasa es que hoy me hacía un poco de ilusión, para qué se los voy a negar. Como se cumplen 20 años...
¿Se acuerdan? ¡Qué contentos estaban cuando me subí al avión! ¡Qué mar de banderas! ¡Cómo sonaban las bocinas y todos gritaban “lo vamo a reventar” y “bajo un manto de neblina”! Íbamos en el micro y ustedes nos saludaban, hacían así con el pulgar hacia arriba, como en la propaganda de “Argentinos a vencer”, llenos de orgullo, todos hermanos, sin divisiones ni luchas ni odios. Todos hermanos, carajo, por una causa nacional ajena a las mezquinas divisiones políticas.
¡Si hasta casi me creí lo que decían las revistas! En esas fotos a todo color yo estaba tan heroico, tan joven, tan patriótico, con la ropa verde recién planchada que parecía tan abrigada y nueva, y comiendo esa comida que debía estar riquísima, por la cara de contento que ponía yo en las fotos de las revistas. Lástima que las fotos sólo las vi cuando ya estaba de vuelta, y me parecían un chiste de mal gusto. ¿Nunca les conté que los jefes llevaron a Malvinas cocinas de campaña que funcionaban con leña? ¡Miren los años que llevamos juntos y nos les había contado! Resulta que llevaron cocinas de esas con ruedas como de carretilla, que hay que ponerles leña dentro. Pero no se avivaron de que en Malvinas no hay árboles. El rancho era una sopa fría que era agua sucia con tres fideos nadando.
¿Y tampoco les conté del depósito de dulce de batata de Puerto Argentino? ¡Pero si es lo más divertido! El 15 de junio, cuando ya había terminado todo y ya habíamos perdido la guerra, los ingleses nos llevaron a abrir un depósito que usaba el ejército. No lo podíamos creer. Estaba lleno, pero lleno de latas de dulce de batata. Los ingleses nos preguntaron que quién había guardado todas esas latas y para quién eran si no nos las daban a nosotros. Si era sólo para los oficiales deberían estar comiendo dulce de batata por cuatro o cinco años, y todavía les hubiera sobrado. A los ingleses les daba asco, porque no conocían la maravilla del dulce de batata. Qué salvajes, ¿no?
Pero ¿por qué les estoy contando estas cosas? Si ustedes ya casi ni se acuerdan de lo poco que alguna vez supieron de Malvinas. A ver, ¿se acuerdan del ruido de los Sea Harrier que venían a todo lo que da y había que meterse en el pozo de cabeza? ¿Y del olor de la ropa mojada? ¿Y de la oscuridad de esas noches donde no se podía prender ni un cigarro porque te estaqueaban ahí nomás? ¿Y del viento, ese puto viento que no paraba nunca y que no te dejaba escuchar si venía o no venía el enemigo y toda la noche tratando de escuchar y toda la noche el viento? ¿Ni siquiera se acuerdan de cuando teníamos 18 años y nos mandaron a pelear a las Malvinas?
Pero qué hago yo acá, gritándoles, si venía a celebrar los 20 años. Tienen que perdonarme. Es que siempre arranco con el mismo discurso que ya no me emociona ni un cachito así, y ahora que les cuento cosas nuevas es como si estuviera ahí otra vez.
¿Saben lo que pienso ahora? Que si no fuera por cosas como el viento y las gaviotas y la turba y la cara de mi camarada muerto, tapado con una frazada que le dejaba al aire las botas marrones, no creería que esas cosas pasaron. Es como de otra galaxia, ¿no les parece? Todo el mundo en la plaza, creyéndose lo de que “estamos ganando”, y Galtieri en el balcón de la Rosada, y el Ejército reencontrado con su pueblo, y nadie sabía nada de los 30 mil desaparecidos, y “no te borrés que te necesitamos”. Parece que nunca nos hubieran pasado estas cosas.
Les miro las caras y quiero creer que ninguno de ustedes tuvo nada que ver con la dictadura. Pero las dictaduras no funcionan solas. Ahora queremos acordarnos de que fuimos todos opositores, pero la verdad es que casi todos bajamos la cabeza y obedecimos y tratamos de no saber. ¿Y Malvinas? Fue la aventura delirante de un general borracho. Queremos acordarnos de que siempre supimos que fue una locura. Hasta que aparezco yo, zaparrastroso y con el mismo pantalón de un color de otra época, y les desbarato lo que quisieran contarse a ustedes mismos de su pasado.
Sí, señor, ya sé que llegamos a la terminal. Denme solo un minuto más. Estoy loco pero no tanto. En un segundo los dejo bajar, no se pongan nerviosos. No los voy a secuestrar. No quiero venderles ninguna revista, ni calcomanías ni lápices ni nada. No represento a ninguna organización ni hablo en nombre de nadie. Sólo soy el ex combatiente que anida en la memoria de mis compatriotas, que se pasea con ropas gastadas que nunca asustaron a nadie por los pasillos de su memoria, recordándoles que hace 20 años ustedes salieron a las calles con pitos y matracas a celebrar una guerra.
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ROBERTO HERRSCHER
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Nota publicada en el suplemento “Temas” del diario “La Voz del Interior” de Córdoba, el 31 de marzo de 2002.
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ROBERTO HERRSCHER es sociólogo, periodista y profesor universitario de comunicación, actualmente dirige el Master de Periodismo de BCNY y reside en Barcelona, España.
En abril de 1982, con 19 años, estaba a punto de terminar el servicio militar obligatorio que cumplía en la Marina, cuando, pese a la proximidad de su baja, le notificaron que debía combatir en las Malvinas y, poco tiempo después, lo asignaron como tripulante del “Penélope”: el barco más viejo utilizado en la guerra, propiedad de un malvinense decomisada por la Armada argentina para transportar combustible, víveres y soldados. Allí, como único conscripto de la tripulación y traductor, vivió “su guerra” sin saber que lo hacía a bordo de una goleta histórica que había sido enviada a construir por el aviador alemán Ghunter Plüchow en 1927. Finalizada la guerra, Herrscher estudió sociología y periodismo, y durante años investigó la historia de aquella embarcación que narra en el libro Los viajes del Penélope (Editorial Tusquets).

jueves, 10 de junio de 2010

ALBA RICO, Santiago: Elogio del aburrimiento

El Pensador .
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El capitalismo prohíbe básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento.
Cuenta Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poetisa, monja y feminista mexicana del siglo XVII, que en una ocasión la abadesa del convento de los Jerónimos, a cuya regla estaba sometida, le prohibió leer y escribir y la mandó castigada a la cocina. Allí entre los fogones Juana Inés estudiaba y escribía con la mente; es decir, pensaba. Del huevo y de la manteca, del membrillo y del azúcar, mientras cortaba y amasaba y freía, sacaba una consideración, una reflexión, un hilo interminable de conjeturas, y esto hasta el punto de llegar a afirmar con desafiante ironía en su conocida carta a sor Filotea: “Si Aristóteles hubiera cocinado, habría pensado más y mejor”.
Si a Juana Inés, en lugar de a la cocina, la hubiesen mandado a Disneylandia, donde se hubiese aburrido menos, quizás habría dejado de leer, estudiar y pensar sin ninguna prohibición.
Contaba Rosa Chacel, una de las más grandes novelistas españolas del siglo XX, que en los años cincuenta, mientras redactaba su novela La Sinrazón, tenía la costumbre de pasar horas recostada en un sofá de su salón. La mujer de la limpieza, con la escoba en la mano, le dirigía siempre miradas entre compasivas y reprobatorias: “Si hiciera usted algo, no se aburriría tanto”. Pero es que Rosa Chacel hacía algo: estaba pensando; y hasta cambiar de postura podía distraerla de su introspección o devolverla dolorosamente a la superficie.
Si Rosa Chacel hubiese pasado horas y horas delante de la televisión, y no dentro de sí misma, jamás habría escrito ninguna de sus novelas.
Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción. Hace falta estar muy aburrido, es verdad, para ponerse a leer; hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar. ¿Será bueno? ¿Será malo? El aburrimiento es la experiencia del tiempo desnudo, de la duración pastosa en la que se nos enredan las patas, del líquido viscoso en el que flotan los árboles, las casas, la mesa, nuestra silla, nuestra taza de leche. Todos los padres conocemos la angustia de un niño aburrido; todos los que fuimos niños -antes, al menos, de los videojuegos y la televisión- sabemos de la angustia de un niño aburrido pataleando en el ámbar espeso de una tarde que no acaba de morir. No hay nada más trágico que este descubrimiento del tiempo puro, pero quizás tampoco nada más formativo. Decía el poeta Leopardi que “el tedio es la quintaesencia de la sabiduría” y el antropólogo Levi-Strauss, recientemente fallecido, aseguraba haber escrito todos sus libros “contra el tedio mortal”. Uno no olvida jamás los lugares donde se ha aburrido, impresos en la memoria -con grietas y matices- como en el diario de campo de un naturalista. Uno no olvida jamás el ritmo de las cosas, la finitud de los cuerpos, la consistencia real de los cristales, si alguna vez se ha aburrido. “Amo de mi ser las horas oscuras”, decía Rainer María Rilke, porque las oscuras son no sólo la medida de las claras sino la pauta narrativa de unas y de otras. El aburrimiento, sí, es el espinazo de los cuentos, el aura de los descubrimientos, el gancho de toda atención, hacia fuera y hacia dentro.
El capitalismo prohíbe las horas oscuras y para eso tiene que incendiar el mundo. El capitalismo prohíbe el aburrimiento y para eso tiene que impedir al mismo tiempo la soledad y la compañía ¡Ni un solo minuto en la propia cabeza! ¡Ni un solo minuto en el mundo! ¿Dónde entonces? ¿Qué es lo que queda? El mercado; es decir, esa franja mesopotámica abierta entre la mente y las cosas, ancha y ajena, donde la televisión está siempre encendida, donde la música está siempre sonando, donde las luces siempre destellan, donde las vitrinas están siempre llenas, donde los teléfonos celulares están siempre llamando, donde incluso las pausas, las transiciones, las esperas, nos proporcionan siempre una emoción nueva. El capitalismo lo tolera todo, menos el aburrimiento. Tolera el crimen, la mentira, la corrupción, la frivolidad, la crueldad, pero no el tedio. Berlusconi nos hace reír, las decapitaciones en directo son entretenidas, la mafia es emocionante. ¿Cuál era el peor defecto de la URRS, lo que los europeos nunca pudimos perdonarle, lo que nos convenció realmente de su fracaso? Que era un país muy aburrido.
Eso que el filósofo Stiegler ha llamado la “proletarización del tiempo libre”, es decir, la expropiación no sólo de nuestros medios de producción sino también de nuestros instrumentos de placer y conocimiento, representa el mayor negocio del planeta. El sector de los video-juegos, por ejemplo, mueve 1.400 millones de euros en España y 47.000 millones de dólares en todo el mundo; el llamado “ocio digital” más de 177.000 millones de euros; la “industria del entretenimiento” en general -televisión, cine, música, revistas, parques temáticos, internet, etc.- suma ya 2 billones de dólares anuales. “Divertir” quiere decir: separar, arrastrar lejos, llevar en otra dirección. Nos divierten. “Distraer” quiere decir: dirigir hacia otra parte, desviar, hacer caer en otro lugar. Nos distraen. “Entretener” quiere decir: mantener ocupado a alguien en un hueco donde no hay nada para que nunca llegue a su destino. Nos entretienen. ¿Qué nos roban? El tiempo mismo, que es lo que da valor a todos los productos, mentales o materiales.
El capitalismo y su industria del entretenimiento construyen todo lo contrario de una cultura del ocio. En griego, ocio se decía “skhole”, de donde viene la palabra “escuela”. El proceso es más bien el inverso, pues la escuela misma -la cocina del pensamiento, el fogón del tiempo, donde Juana Inés y Rosa Chacel horneaban sus obras- ha claudicado a la lógica del entretenimiento. Ahora no se trata de comprender o de conocer sino de conseguir que, en cualquier caso, la escuela y la universidad no sean menos divertidas que la televisión, los vídeo-juegos y Disneylandia. ¿Los alumnos estarán más atentos si los maestros utilizan pizarras electrónicas? ¿Aprenderán mejor inglés en internet con Marina Orlova, la escultural filóloga rusa en minifalda? ¿Sabrán más matemáticas o latín si acuden a la universidad de Bolonia atraídos no por sus programas y profesores sino por las cuatro modelos de cuerpos zigzagueantes contratadas para los carteles publicitarios? Lo que es seguro es que, con esta lógica, que es la del mercado, los profesores llevan todas las de perder: Aristóteles y la física cuántica nunca podrán rivalizar con Shakira y la última play-station.
Según una reciente encuesta, uno de cada veinte niños británicos están convencidos de que Hitler fue un entrenador de fútbol y uno de cada cinco creen que Auschwitz es un Parque Temático. Para muchos de ellos el Holocausto es el nombre de una fiesta.
Quizás deberíamos aburrirnos un poco más.
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Santiago Alba Rico
Escritor, ensayista y filósofo español,
nacido en Madrid en 1960.

domingo, 6 de junio de 2010

FERRERO, Diego: XXXVIII


remolinos prendidos en la suela
anfetaminas argentinas
infusión de chiste y despedida
claridad carnosa transpirando
mochila desafinada en la provincia de los compos
trigo y bosta de vaca

al carajo los homenajes al esfuerzo
al inmigrante heroico
al primer trabajador cacareador

silencio
comprensión y olvido
quizá sea lo que precise

que de haber podido elegir otra vida
seguramente lo hubiera hecho



Diego M. Ferrero (1971)
(Rafaela – Santa Fe – Argentina)
Texto extraído del libro “En crudo” (2005)