Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

jueves, 28 de abril de 2011

ORGAMBIDE, PEDRO: El Mono

A José María Gatica
In memoriam
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Cuidado, Mono, cuidado. Él no lo vio, no tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle o solo vio el muñequito que bailoteaba en el parabrisas, un muñequito gordo, de celuloide, junto al escarpín que bailaba también, el escarpín del pibe del colectivero, cuidado Mono, no tuvo tiempo de saltar, dicen que estaba borracho o tal vez era el sol que le pegaba en los ojos y el colectivero no pudo frenar o esquivar al tipo inmenso como el tren que lo traía a Buenos Aires, oyó el aullido de la locomotora o era él, quizá, gritando mientras la foto de Gardel en el colectivo sonreía canchera a la eternidad y el grito le creció en el pecho con un dolor insoportable. Mono, Mono, gritaban los muchachos del fútbol y él iba a las tribunas vendiendo muñequitos o caramelos, él, que era un dios, que había sido un dios diez años antes, quince años antes, el Mono Gatica que ahora vivía en una villa, en un rancho de lata, con un loro en el hombro. Él, el más grande, el más guapo, el más macho de todos los boxeadores y no ese pobre tipo en el parabrisas del colectivo, cuidado Mono, no ese muñeco gordo de celuloide con cara de payaso y Gardel en la foto que siempre se ríe de la muerte y Dios que está en alguna parte y el aullido del tren y el Mono que salta en el andén de Constitución o de Retiro, un pibe entonces y las calles, los bares, las vitrolas automáticas, las piezas roñosas, los galpones y él abriendo las puertas de los autos, gracias señor, y la pelea a trompadas con el urso que lo quiera basurear, negro de mierda, y él rompiéndole la cara para que aprenda, cuidado Mono, el colectivo no tiene tiempo de frenar o de esquivar al tipo, no tenés tiempo Mono y ahora sos vos el que grita tirado en la calle, despatarrado, KO, pero el inglés ese, el marinero, te levanta, te lleva al albergue: el Sueco, el Irlandés, el Polaco, gente de mar, Mono. El muñequito ha dejado de bailotear en el parabrisas. No corrás, pensá en mí; papito (cartel del colectivero bajo el florero, la foto del nene y la rosa de plástico). La gente deja los asientos, bajan apurados, no quieren ver al tipo tirado en la calle, como muerto. No estoy muerto se dice el Mono y esa convicción, la única de su vida y de todas las vidas, crece en el pecho con ese grito de animal que él está oyendo en la cabeza, adentro de la cabeza mientras el Irlandés le calza un gancho en la mandíbula y los marineros del albergue alrededor del ring, aplauden al muchacho que no cae, que aguanta el castigo de pie como un macho, y después, con la cabeza gacha, como un toro (el Toro de las Pampas, el Toro de Mataderos estuvieron antes que él, pero él es más toro que esos toros) avanza lanzando golpes a lo loco, como un mono enloquecido, Mono, pobre Mono, llora alguien y levanta los muñequitos, los banderines, los caramelos de menta caídos en medio de la calle. Entonces siente una gran calma (debo estar soñando, me quedé dormido en la camilla después de ganarle a Prada, sueña el Mono), una calma feliz, dichosa, y se oye música de circo y él es un boxeador rico y famoso y la gente del Luna Park le dice Mono, Mono, Mono, y hasta Perón le da la mano, lo manda a Norteamérica. Soy el mejor del mundo, sueña el Mono. Sigue la música del circo, es música con olor a pochoclos y manzanas asadas y perfume de pomo de carnaval, aunque tal vez sea la anestesia, el suero, seguro que le gané a Prada y estoy descansando, tranquilo, tranquilo. Tranquilo, le dice el amigo cuando entran al Salón de Baile y él está temblando porque no sabe tratar a una mujer, aunque ahora baila el tango, Malena canta el tango como ninguna, Malena tiene pena de bandoneón, tiene pena el Mono, Malena, le gustaría ser un señor, sabés, uno de esos tipos que tienen éxito con las mujeres, buenos modales, eso, Malena, el Mono tiene pena de bandoneón. Un mono, un payaso. No, Malena: Él sale con los muchachos para hacer pinta, ahora que es un boxeador rico, un campeón, ahora que no se muere de hambre por la calle, pero tiene pena, Malena, te lo juro. Y los otros (no esos que miran al tipo tirado junto al colectivo, sino los otros, los del Luna Park, los machos sombríos de la calle Corrientes) se apartan porque viene el Mono con su barra de amigos, con su sombrero Orión, fumando un habano, vestido con el traje de solapas anchas y una flor en el ojal, chau Mono, chau Mono, no sea cosa que se enoje y los mate de una piña. No estoy muerto, piensa el Mono 1... 2... 3.... oye la voz del árbitro y la gente que grita levantate Mono, levantate, pero ahora le duelen las costillas, ve la rueda del colectivo, estoy soñando, piensa. 4... 5... 6..., claro que me voy a levantar como otras veces, yo no me quedo a dormir sobre la lona, no soy de esos, no soy un marica, tengo vergüenza profesional como dicen los diarios, tengo pelotas para seguir hasta el fin... 7... 8... pero, carajo, qué me pasa, no puedo moverme, no soy un paralítico, pregúntenle a Prada si no, pregúntenle a los otros a los que les hice besar la lona mil veces, no sean guachos, no me dejen solo, no me dejen morir de hambre en la villa, hijos de puta... 9... Me voy a levantar, claro que me voy a levantar. Estoy en estado, uno-dos, uno-dos, uno-dos, salto la cuerda como un mono, uno-dos, uno-dos, el puching-ball, saco la izquierda, limpia, la bolsa de arena, la derecha, los pendejos que miran el entrenamiento, mire señor, míreme bien, son macanas que ando de joda tirando la guita, estoy bárbaro, tengo más polenta que antes, soy el Mono Gatica, don; déjense de joder, no me empujen, no me tiren... 10, dijo el árbitro y él se quedó con su guante en la cuerda, de rodillas, como si rezara y abrió la mano y se le cayeron las pastillas de menta. Cuidado, Mono, cuidado. El Mono no lo vio, no tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle. No estoy muerto, piensa el Mono. Se oyen ruidos de fichas, Miren, allá está Gatica y sus muchachos, mírenlo gastando a manos llenas en el Casino. Abre un ojo y le parece ver a una enfermera, siente olor a hospital, entonces no son fichas... cajas de inyecciones... cloroformo, yo le gané a Prada, seguro que le gané... y ese olor de pomo de carnaval... se duerme. Tranquilo, tranquilo, Mono Vuelve la música de circo y ella está allí, la acomodadora y su pollerita y sus gambas de diosa y esa cara de Malena canta el tango como ninguna, te enamorás. Mono, qué lindo es enamorarse y vivir pensando en ella y sentir y sentir muy despacito su taconear por la vereda, estás cantando Mono, estás cantando un tango y el payaso se ríe en la pista, no de vos, nadie se ríe de vos, Mono, se ríe como Gardel o como Dios que no creen en la muerte... no te vas a morir nunca Mono... antes tenés que... ganarle otra vez a Prada... nadie se ríe de vos... Perón se ríe en un afiche con los brazos en alto... vos también te reís y levantás los brazos... sos el campeón... sos el mejor del mundo... te vas a casar con la acomodadora del circo... te vas a ir a Norteamérica. Cuidado, Mono. Él no lo vio. No tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle. No supo cómo perdió esa pelea y otra, cómo se emborrachó, cómo perdió la guita, los trajes de solapas anchas, la flor en el ojal, la vida. No tuvo tiempo. Siente una gran calma. Debo estar soñando en la camilla después de ganarle a Prada. La gente deja los asientos, no quieren ver, quieren ver al tipo tirado sobre los adoquines. Se juntan como moscas. Entonces llega la ambulancia.
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Pedro Orgambide
(Argentina, 1929/2003)