Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

domingo, 22 de abril de 2012

WERNICKE, ENRIQUE: HOMBRECITOS


Nosotros llamábamos “el árbol de la punta” a un viejo ciprés que se hacía sitio en el monte. Le venía el sobrenombre de la extraña distribución de sus ramas que, formando una escalera, permitían fácilmente llegar hasta muy arriba. Si embargo, los últimos “escalones” eran difíciles y, a la verdad, ninguno de nosotros los había trepado.
Federico eligió aquella prueba. Al principio, su decisión me alegró porque hasta la fecha teníamos una misma performance de altura. Pero mi hermano era de brazos más largos.
Caminábamos tranquilamente por la calle de eucaliptus. Yo silbaba desafinado y altanero. Federico sonreía divertido.
 Llegamos al ciprés de la prueba. Federico, ceremonioso, hizo mil preparativos. Se sacó las sandalias y se ajustó el cinturón. Después, mostrándome un pañuelo, me dijo:
-Vos tenés que bajarme este pañuelo.
-Bueno. ¡Subí! –y en la sangre me latía el coraje.
Empezó a trepar. Desde el suelo seguí con atención sus movimientos. Como conocía las trampas, me repetía cada tanto, para mí: “Lo hago, lo hago, lo hago”.
Y él, calculando distancias, tanteando donde pisaba, iba subiendo cada vez más.
Llegó a la parte difícil. Sus pantalones azules se confundieron con el verde de las hojas. Llamaba la atención su camisa blanca. Me pareció verlo dudar; se detuvo; seguramente pensaba. Me imaginaba su situación y sus esfuerzos, y desde tierra lo  ayudé con el pensamiento, estrujándome las manos. Lo vi subir el pedazo más bravo.
-¡Eh! –me gritó- ¿Es alto?
-Sí –contesté, admirado sin querer.
-¡Subiré más!
-¡Subí! –lo incité, olvidando completamente que estaba haciendo más ardua mi propia prueba.
-Pero vos no vas a poder –me recordó riendo.
-¡Bah!
En realidad, su risa me había llenado de espanto.
Subió un poco más y se perdió entre las ramas. Después de un ratito lo vi descender. Y descendía tranquilo, sonriente:
-No podés, no podés –me repetía mientras bajaba.
Cuando estuvo en el suelo, se limpió las manos y se calzó las sandalias.
Sonreía, me miraba y movía los hombros. Yo, a mi vez, me disponía en silencio. Antes de que él se acordara me había colgado del árbol y encaramado dos metros. Federico, sacudiendo las basuras de su camisa, sonreía ante mi empuje.
Me dejó subir sin hablar. Pasé una rama gruesa que me era conocida porque de ella colgábamos siempre las hamacas. Luego empezaron las más delgadas.
Cuando Federico me vio en el “nudo”, me gritó con un poco de susto:
-¡Che, no te vayas a matar!
-¡No!
Me sentía firme y seguro, pero los brazos me temblaban con el esfuerzo.
Logré dos escalones difíciles. Me agarré bien fuerte de una rama y miré hacia abajo.
-¿Qué hacés? –me preguntó Federico.
No le contesté y mi silencio lo asustó.
-¡Bajá! –me gritó. Tampoco le respondí.
Nada. Vuelta a seguir. Ya distinguía el pañuelo. Mi hermano lo había colgado todo a los largo del brazo para prenderlo bien lejos de mi alcance. Todavía tenía que trepar un metro. El susto me hizo dudar. Volví a mirar al suelo. Federico me llamaba. Trepé sin escucharlo, llegué a la altura necesaria y no supe qué hacer para lograr el pañuelo. Después de pensar febrilmente, me saqué como pude el cinturón. Lo sujeté a la rama y prendiendo mi mano sudada a la correa, me dejé balancear. Oí los gritos de Federico, se me hizo un nudo enorme en el pecho, creí que iba a caer. Pero, mientras tanto, con la punta de los dedos había conseguido tomar el pañuelo. Me largué a llorar.
Mientras descendía por las ramas me estallaban los sollozos. Había olvidado mi triunfo y mi osadía. Lloraba como un desesperado y con las manos sucias me embadurnaba la cara. Cuando toqué tierra Federico me abrazó, también llorando. Y me parece solamente que entonces pude sonreír.

(de “Cuentos”, 1968)


1915. Nace en Buenos Aires Enrique Wernicke, quien iba a ser cuentista, novelista y dramaturgo.
1937. Publica “Palabras para un amigo”.
1938. “Capitán convalesciente”.
1940. “Función y muerte en el cine A.B.C.”, novela. Wernicke desempañó múltiples y curiosos oficios, entre ellos el de iluminador de cine. Escribe en ese mismo año la colección de cuentos “Hans Grillo”, a la que pertenece “Hombrecitos”, que publicará en 1942.
1947. “El señor cisne”, colección de cuentos. Recibe la Faja de Honor de la SADE.
1948. “La tierra del bien-te-veo”.
1951. “Chacareros”, novela.
1955. “La ribera”, novela. Premio de la Provincia de Buenos Aires.
1957. “Los que se van”, cuentos.
1963. “Sainetes contemporáneos” y “Otros sainetes contemporáneos”. El primero recibió en 1965 el Premio de la Crítica Teatral al Mejor Autor del Año.
1965. “Los aparatos”.
1968. “Cuentos”. Muere en Buenos Aires.



6 comentarios:

edwin dijo...

me gusto el cuento de wernicke es muy interesante

Anónimo dijo...

Que tipo de cuento es ¿?

Anónimo dijo...

es muy bueno me lo van a tomar en la prueba integradora

Nicolas dijo...

Me dicen porque federico le grito a su hermano cuando trepaba por el arbol?

stella dijo...

No lo podía creer. cuando buscaba el texto para realizar un trabajo teórico y encontré este blog, me resultó maravilloso. Demás está decir que las sensaciones que este cuento depertó en mí cuando lo leí (hace bastante tiempo ya), son simplemente las emociones más hermosas que puede transmitir un cuento como este.Estoy cursando un profesorado en lengua y literatura en la ciudad de Santa Fe, por lo tanto me parece muy interesante el objetivo de "leer porque sí", ya que en el ámbito educativo es todo un tema de discusión.

Anónimo dijo...

¿Que roles Vinculares aparecen entre las personas?
Contesten plis