Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido.
Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

sábado, 22 de diciembre de 2012

BLÁZQUEZ, Eladia: Sueño de barrilete



Desde chico ya tenía en el mirar
esa loca fantasía de soñar,
fue mi sueño de purrete
ser igual que un barrilete
que elevándose entre nubes
con un viento de esperanza, sube y sube.
Y crecí en ese mundo de ilusión,
y escuché solo a mi propio corazón,
mas la vida no es juguete
y el lirismo es un billete sin valor.
Yo quise ser un barrilete
buscando altura en mi ideal,
tratando de explicarme que la vida es algo más
que darlo todo por comida.
Y he sido igual que un barrilete,
al que un mal viento puso fin,
no sé si me falló la fe, la voluntad,
o acaso fue que me faltó piolín.
En amores solo tuve decepción,
regalé por no vender mi corazón,
hice versos olvidando
que la vida es solo prosa dolorida
que va ahogando lo mejor
y abriendo heridas, ¡ay!, la vida.
Hoy me aterra este cansancio sin final,
hice trizas mi sonrisa de cristal,
cuando miro un barrilete
me pregunto: ¿aquel purrete dónde está?


(Argentina, 1931/2005)

jueves, 6 de diciembre de 2012

SACCOMANNO, GUILLERMO: IMAGINARIA



El imaginaria camina entre las sombras que proyecta la doble hilera de camas engarzadas unas sobre otras, va y viene por los pasillos, avanza entre las cabeceras de fierro con barrotes que parecen rejas y los cofres, que andá a saber por qué se los llama cofres si son armarios sin puertas adosados a las paredes laterales de la cuadra, con los estantes al descubierto, mostrando apiladas, en orden, las cosas de cada soldado. La noche es el momento propicio para reponer la caramañola que te desapareció. La noche es también el momento del descanso, pero se diría que se asemeja más a una tregua en la que quizá puede recuperarse el cuerpo pero no el alma. Porque al dormirte sos succionado por ese sueño laberíntico y pantanoso que repite las penurias del día. Te deslizás resbalando en ese abismo, cayendo y cayendo, con el vértigo secándote la lengua, sin poder agarrarte de nada. A veces, el imaginaria se frena y mira entre los barrotes de una cama a un soldado, que, como vos, ahoga el grito de la pesadilla. A veces, espía el jadeo y el sube y baja de un cuerpo bajo las frazadas. A veces se regocija cortándole la paja a alguno. A veces, se acerca a un insomne y se parapeta conversando con él en voz muy baja, y cuanto más baja más se escucha en el silencio, se pasan el cigarrillo, y la brasa es una luciérnaga roja que se aviva, en la penumbra, con cada pitada.
El mejor turno de imaginaria es el primero. Después, le pegás al sueño de corrido. El último tampoco es malo. Sólo que después tenés que aguantar todo el día cabeceando, con los párpados que se te cierran, el cansancio pesándote en los reflejos y en la espalda. El peor turno es el penúltimo. Te corta la noche Y cuesta después volver a dormirse. Apenas cerraste los ojos, el silbato a diana te astilla el cerebro. Te incorporás en cámara lenta. Y todo el día será la antesala gomosa de esos milagrosos minutos en que vas a poder tirarte a descansar lejos del alcance de las órdenes. Trabajás en el taller de mantenimiento, en un depósito o en una oficina, vas a estar a la caza de esos minutos en los que te vas a tirar en el piso, o sentado vas a cruzar los brazos sobre las rodillas encogidas, apoyando la frente afiebrada para recobrar los fragmentos del sueño perdido en la noche. Si aprovechás esos paréntesis, bastan unos minutos de sueño para sentir, cuando te despertás, que te cambió momentáneamente la sangre.
Pero si hay una imaginaria que todos quieren escabullir es la imaginaria en las muleras. Te subís las solapas del capote, te abrochás las orejeras del pasamontañas bajo la mandíbula y, con las manos congeladas en los bolsillos, atravesás el regimiento envuelto en la luz fantasmal de la nieve y trepás la escarpa hacia los establos. Hay cerca de ochenta mulas en cada establo. Están separadas por una larga división de madera con comederos a ambos lados. Una sola lamparita, en la entrada, queda encendida toda la noche. Todavía perdura en tu boca pastosa la saliva caliente del sueño. Pero no podés aflojar a la tentación de acurrucarte sobre unos fardos. En la tiniebla del establo, te encaramás por encima de los comederos y, con la ayuda de un palo, desparramás unos golpes sin ganas sobre los lomos inquietos. Si una mula se cae, las otras la patean. Una mula muerta es señal de que te dormiste en tu turno de imaginaria. Además, pensás, primero te van a masacrar en un baile, después te vas a comer el calabozo. Y, cuando salgas, seguirán las complicaciones de un sumario, te pondrán la mula a cargo y hasta que no terminen de descontártela del sueldo que nunca cobrás no te van a largar de baja. Te despabilás, descargás la bronca con el palo golpeando aquí y allá cuellos y ancas. Eso sí, no pierdas el equilibrio, no trastabilles. "Sooooo". Y otro palazo.
Ahora el imaginaria de la cuadra se repliega en el fondo del galpón y, desde ese ángulo, contempla la perspectiva de patas y barrotes metálicos. La doble hilera de camas, con sus líneas verticales, imita una avenida tenebrosa con jaulas en vez de casas. Al imaginaria le sugiere el corredor de un penal. Escucha el silencio. Es una marea sorda y densa que anega sus oídos. A medida que camina por la cuadra pasa junto al rumor de una respiración acatarrada, un ronquido, un lamento, una tos. El imaginaria es una sombra entre las sombras. Puede estar a los pies de tu cama o en el otro extremo de la cuadra. Su olor es el tuyo, así como el olor de los otros es también tu olor. Un vaho tibio en el que se confunden sudores, alientos, flatulencias y poluciones. La tela áspera de la bolsa de rancho tiene el mismo olor nauseabundo que las frazadas. El mismo olor tiene tu camiseta que tu almohada. Y el mismo olor rancio exhalan los borceguíes cuando te los sacás. Afuera nieva. Y mientras siga nevando, ni miras de bañarse. Ya perdiste la cuenta del tiempo que llevás sin bañarte. Por lo menos, un mes y pico. Toda la higiene de la compañía se circunscribe a enjuagarse caras y manos con agua helada en los piletones. Los calzoncillos largos se paran solos de la mugre que tienen. Alrededor de las braguetas, la frisa vacila entre el ocre y el marrón. A algunos, la roña se le ha vuelto un musgo blanquecino alrededor del glande. Pero, cuando viene la noche, el agotamiento puede más que la mugre y los piojos. Nadie se gasta en rascarse. Los cuerpos se abandonan extenuados y comienzan a bracear en el barro cálido del sueño. En las sombras, la sombra del imaginaria revisa un cofre y saca algo.
–¿Qué hacés, loco? –murmura un soldado, detrás, en una de las camas de abajo.
–Me pareció que había una rata.
–Si me llega a faltar algo mañana te rompo el culo.
El imaginaria debe estar alerta y velar por el descanso de sus camaradas. Mis camaradas, piensa. Y se pregunta qué tiene él en común con el polaco Wasilevsky, ese al que nadie pasa ni cinco de bola porque estuvo preso por robo y estupro, básicamente, por la violación. O con el Topo, que traficaba cocaína en Monte Grande. O con Almirón, ese peón de estancia que se coje una oveja con la misma satisfacción que te rompe las falanges en una pulseada. Al caminar entre las camas, entre los cuerpos entregados al letargo, el imaginaria se demora en cada cama, constata quién duerme arriba y quién duerme abajo y se acuerda de sus nombres, de los datos que cada uno suministra sobre su historia y, comprueba de pronto que está solo en la noche, solo en el mundo, librado a su suerte y a la lucidez precaria del insomne. Por un instante, estar despierto le confiere una cierta superioridad. Es un pariente de Dios auscultando estos destinos entregados a sus sueños. Este poder es efímero. Y no le atenúa sentirse más solo que nadie en la tierra. Sus pensamientos se contagian de una melancolía punzante. Puede sentirla anudándole la garganta. Tiene un vacío en el estómago. Puede ser desesperación. Pero también es probable que sea hambre.
Durante un rato se queda quieto, atisbando, hundido en sus ideas. Pero ahora vuelve a caminar, sigiloso. Porque el imaginaria, además de velar por el descanso de sus camaradas, tiene que registrar cualquier novedad e informarla. Pero no habrá ninguna novedad. A ningún soldado le conviene que se produzca una novedad en su imaginaria. De modo que sigue deslizándose entre las sombras con la cautela nerviosa de un gato, estudiando la oportunidad para conseguir antes del fin de su turno, ese cuchillo que le desapareció.


GUILLERMO SACCOMANNO
(Argentina, 1948)

domingo, 2 de diciembre de 2012

URRICELQUI, EVARISTO MANUEL: La bomba


A mi mujer no la soportaba más. Llevábamos veinte años de casados. Había terminado por resultarme insoportable. En cambio Cristina, a pesar de conocernos desde hacia cinco años, era otra cosa. Siempre dispuesta. Siempre amante. Nunca cansada. Junto a ella me reencontraba con el amor. "¿Quién es?", "¿Sos vos, Jorge?", "Sí, soy yo". La preocupación de mi mujer por la casa y los hijos la habían venido transformando un poco en madre de todos. A la vez, había engordado desproporcionadamente y abandonado su coquetería.
—¿Estás cansado, viejo?
—Ni tan cansado, ni tan viejo. ¿No te parece?
—No creas, sin embargo te están apareciendo algunas canitas que te venden.
—¿Por qué no te las teñís?
—Alguien dice que me hacen más interesante.
Ella parecía no darse cuenta. Tenía yo ciertos días en que no habría querido retornar a mi hogar. Abandonar todo y desaparecer. La intimidad con ella me resultaba insufrible.
La idea me estaba revolviendo la cabeza. La pensé sin consultar. Empecé a realizarla. Nadie tenía que saber nada [...]
Formalicé un abultado seguro a nombre de mi amante. Necesitaba dejar pasar un tiempo bastante prudencial, porque las aseguradoras no son tontas.
Cuando se cumplieran los dos años era ya un tiempo bastante prudencial como para no despertar sospechas.
Tenía también al hombre que me iba a servir para la operación que había planeado. Mientras tanto, seguía haciendo mi doble vida, que la bondad de mi esposa me permitía.
—Cristina —le dije— se cumplirán dentro de un mes los cinco años de nuestro amor. He venido desde hace tiempo gestando una idea que necesita contar con tu aprobación para realizarla [...] No te pido que me contestes ahora, si te parece, pero requiere de ambos la mayor compenetración y secreto.
—A ver, ¿de qué se trata? —me dijo sorprendida.
—No soporto más la doble vida que venimos haciendo. Quiero que vivamos el uno para el otro. El divorcio no me parece suficiente libertad. Quiero morirme para vivir con vos sin amarras, de ninguna clase.
—¿Qué decís? ¿Estás loco?
—No estoy loco, ya lo verás. Se trata de lo siguiente: he tomado un seguro de vida, nombrándote beneficiaria. Su importancia nos asegurará la tranquilidad económica para el resto de nuestros días. Pero si me muero de verdad, no podríamos disfrutarlo.
—No te entiendo...
—Claro. ¿Conoces a Dalmiro? Ese pájaro que anda con documentos falsos para no ser descubierto por Interpol [...] Si él muriera, nadie reclamaría por él. No está agarrado a nada ni a nadie. Tengo en mi poder documentos falsos que a mi muerte me darán otra identidad con la que viviré a tu lado.
—¿Sabés que no termino de entenderte?
—Bueno, prosigo. Cuando yo muera en un accidente de avión, tú estarás en condiciones de cobrar mi seguro, luego de lo cual, vendrás a mí encuentro muy lejos de aquí, donde podremos vivir para vivir siempre juntos. Sigues sin entender, no  importa, dos días antes de que esto ocurra, tú lo sabrás. Es preferible que, por ahora, no sepas más del asunto por cualquier cosa. ¿Querrías vivir conmigo lejos de aquí, en una playa donde nadie nos conozca?
—La idea me resulta divina. Pero se me hace tan irreal. Yo te dejo hacer a vos. Entiendo que estará en tus cálculos evitarme cualquier vinculación con algo enojoso.
—Bien lo sabes que no. Ahora hablemos de otra cosa.
La operación se iba cumpliendo estratégicamente. Saqué pasajes a Chile. La entrega de Dalmiro hacia mí era sin barreras. Mi ayuda le había permitido vivir libre de preocupaciones.
—Dalmiro —le dije— yo necesito llevar a Chile una mercadería que me están reclamando hace tiempo. No puedo mandarla por encomienda. Usted la llevará. Viajará con mis documentos, como si fuera yo, eso ya lo tengo arreglado. En vez de viajar hasta Chile, usted se apeará en Mendoza, se hospedará en el hotel Claridge y un emisario se le apersonará en demanda de la mercadería que usted le entregará. Responderá al nombre de Casimiro. Todo esto se hace para evitar, la barrera aduanera, de lo que se encargará esa gente. Luego, puede permanecer unos días en Mendoza y regresar. ¿Acepta mi proposición? Por supuesto que será bien gratificada.
—Señor, lo que me pide, después de cuanto he tenido que padecer y hacer en mi vida, es una simpleza. Claro que lo haré. Agradezco su confianza otra vez más.
Hice saber a mi familia que tenía que viajar. Así que me despedí de ellos en casa, convenciéndolos de que no me acompañaran al aeródromo.
A Cristina le hice entrega de la póliza del seguro y cómo tenia que cobrarlo. Le di la dirección donde debíamos encontrarnos cuando tuviera el dinero; yo la estaría esperando.
Con Dalmiro me reuní en la estación aérea. Le hice entrega de la encomienda que debió despachar por bodega por su embalaje. El avión partió a la hora indicada y yo disimulé mi desaparición ayudado por la hora nocturna y porque me fui del país con nombre falso. Lo previsto se cumplió de acuerdo a mis cálculos, inexorablemente. El avión en pleno vuelo estalló. Tal era la naturaleza de la bomba que transportaba Dalmiro dentro de su encomienda.
En la lista de pasajeros figuraba yo. Había muerto entonces con todo el pasaje. Un voraz incendio hizo del avión un estrago sin posibilidades de identificar a nadie. Si se trató de un sabotaje u otro hecho criminal inconfesable nadie lo pudo establecer. Lo cierto es que mi plan se cumplió a la perfección y cronológicamente. Los diarios me fueron proporcionando las pautas con sus mensajes. Adiós a mi familia. ¡Viva la libertad! ¡Viva Cristina!
Mientras aflojaba mi cinturón de seguridad y desplazaba el respaldo de mi asiento, degustaba íntimamente los años de felicidad que me aguardaban en esa isla de ensueño que había programado con mi encantadora mujer.
El tiempo sigue pasando. Cristina nunca apareció por estas playas. Mi correspondencia dirigida a ella jamás tuvo respuesta. ¿Dónde habría de encontrarla? Eso no había entrado en mis cálculos. Ni lo de verme abriendo las puertas de los coches en un hotel de segunda categoría...

EVARISTO MANUEL URRICELQUI