Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

viernes, 7 de febrero de 2014

RAMOS, PABLO: La historia de la música


Todo comenzó cuando era chico, en sexto grado, y por una mujer. Una niña prodigiosa de esas que te sacan el sueño. Se llamaba Andrea y era, por supuesto, inaccesible para mí. Durante los primeros meses de clases ya le había escrito varias docenas de poemas de amor, llenos de frases como “la dolorosa eternidad de tus dolorosos ojos claros”, que parecían más los síntomas clínicos de una mutación pediátrica de un problema de tiroides, que los versos de un poeta desconsolado y maldito como pretendían ser. Yo no los llamaba poemas, los llamaba letras, porque nacían de completar sílaba por sílaba la melodía del Estudio de Rubira, tema que por ese entonces yo pensaba (estaba seguro, en realidad) pertenecía a Fausto Pappetti en coautoría con Julio Iglesias.
Escribía y soñaba y por eso, supongo, que la directora de la escuela me haya etiquetado de “soñador” y lo dijera cada vez que se le presentaba la oportunidad, delante de cualquiera, habrá sido una crueldad pero, hay que admitir, debidamente fundamentada. Yo era un soñador, eso es verdad, pero no perseguía, al menos conscientemente, un sueño particular. Nunca fui ni medianamente prodigio, ni tuve, al menos visiblemente, algún tipo de  talento. Entonces soñaba con cualquier cosa: con lo primero que me viniera a la mente. Porque cualquier logro me hubiera venido bien y por eso, creo, era una especie de soñador genérico. Sólo esperaba que, alguna vez en la vida, me llegara la de Gloria. Gloria, así, con mayúsculas. Gloria por cualquier cosa. Y entonces, en una misma tarde, ensimismado en un rincón de mi casa o arriba de uno de los naranjos silvestres de la avenida Belgrano, imaginaba de igual manera ganar el amor de Andrea o salir campeón jugando para la selección nacional. También imaginaba cómo sería salvar a mi madre de un supuesto incendio que podía ocurrir en mi casa. O mi propia muerte, cómo me gustaba imaginar mi muerte, y cómo sería recibido en la vida más allá de la vida (algo así como recibían en las películas de Hollywood a los conquistadores romanos), y a los cinco minutos me olvidaba de eso y deliraba con el momento en que mis padres me mirarían orgullosos el día en que me recibiera de ingeniero, médico, cura exorcista, director de orquesta o astronauta, y alcanzara, entonces sí, de una vez y para siempre, la gloria. Ah no, no, quiero decir: la Gloria.
Esa necesidad de volarme con la imaginación me asaltaba en plena vigilia, sin que yo tuviera ningún control sobre ello. En cualquier circunstancia en que me encontrara “el cuelgue” sucedía, desconectándome del mundo exterior, dejándome congelado en la posición en que me encontrase, ya sea con el dedo en la nariz o con un pedazo de milanesa pinchada en el tenedor a medio camino de la boca. Supongo que por eso, muchos compañeros y casi todas las maestras, me veían como un bicho raro. “El niño que mira abstraído”, le dijo una vez la directora a la señorita Cueto. Yo me moría de vergüenza, pero trataba de superarlo porque, como dije, en sexto grado había nacido un anhelo real: el anhelo de que Andrea leyera mis letras y se enamorara locamente de mí.

Enamorarse locamente de mí, por aquellos días, era poco probable. No es que yo haya sido un niño feo y estúpido, pero no salía de la línea media; es decir, no sobresalía en nada. Era un alumno aceptable pero con muchísimas faltas de ortografía, era un futbolista más que aceptable también, pero como en la escuela se practicaba cualquier cosa menos fútbol, yo nunca pude formar parte de ningún equipo que organizara el profesor de gimnasia. Y uno puede pasar desapercibido en casi todo en la primaria, pero si no forma parte de la selección de vóley, de pelota al cesto o de hándbol, tiene cero posibilidades con sus compañeras. Y mucho peor si alguna vez se te escapó frente a una de ellas que todos esos deportes son una reverendísima boludez. Para una alumna primaria, al menos para una de aquella época, nada de lo que hiciera el profesor de gimnasia era cuestionable. Ni que inventara juegos estúpidos, ni que se peinara a la gomina, ni que usara los jóguins tan apretados que le dieran el aspecto del pitufo violador, con el bulto azul de las pelotas bamboleándose de un lado para el otro.
Sentir todo eso sin poder compartirlo con nadie fue lo que hoy identifico como mi primera soledad. Pero si alguien piensa que mis problemas terminaban ahí, no tiene ni idea de cómo fueron en realidad las cosas. Es que durante la mitad de sexto y gran parte de séptimo grado lucí, como un distintivo, una docena de verrugas alrededor de los labios. Salieron de un día para el otro y fueron una docena exactamente. No eran unas verrugas muy grandes, eso sí, eran más bien pequeñas, largas y finitas, y le daban a mi cara el aspecto de tener una boca adentro de otra boca.
Al mes de haberme salido falté una semana a clases y me la pasé en el hospital Fiorito, haciendo tratamiento intensivo con nitrato de plata. Me llevó tía Laura, la mujer de mi tío Alfredo, que era técnica en laboratorio y la conocía todo el mundo en ese hospital. Debido a eso ni esperábamos ni hacíamos cola, y yo recibía un trato verdaderamente especial. Ella era una mujer muy hermosa y muy buena conmigo y mis hermanos, y yo siempre quería que se sintiera orgullosa de mí, y entonces me portaba “como un hombre”, así decía ella.
—Sos mi hombrecito, Gabriel, mi orgullo de sobrino –decía, y yo me bancaba la que viniera.
A diferencia de mi hermano, yo nunca lloraba cuando me daban inyecciones y jamás hacía el mínimo drama, ni siquiera cuando, a los nueve años, me fracturé la pierna en un partido de fútbol. O cuando me rasparon la garganta para curarme más rápido las anginas, o me lavaron la cabeza con querosene para sacarme los piojos o me hicieron tragar litros de un jarabe rojo y repugnante contra los parásitos. Lo más difícil fue la vez en que a mi hermano y a mí nos frotaron ajo y ruda por el agujerito del ano hasta dejarnos el culo como el de un mandril: pelado y al rojo vivo. A mi hermano hubo que atarlo, yo no dije ni mú. Y de la misma manera, con eso de las verrugas, fui todos los días con una sonrisa al carnicero. Porque el tratamiento fue eso: una carnicería.
El primer día del tratamiento anti verrugas me dieron media docena de pinchazos en los labios con una “anestesia local leve” que no me durmió nada. Los pinchazos dolieron, mucho, y me hincharon tanto la carne que la boca me quedó “como para chupar burros”, así me dijo mi abuelo el cantor. Pero no derramé ni una lágrima, y tía Laura (que estuvo siempre a mi lado) me sonrió: yo era un ejemplo de mártir.
—Ahora esperamos un ratito a que agarre la anestesia –le dijo esa vez la enfermera a mi tía y me acarició la cabeza.
Pero la anestesia apenas me causó un hormigueo en el labio superior. Nunca entendí por qué me pincharon tanto si la “anestesia local leve” no servía para nada. Cuando me preguntaron si me había hecho efecto yo contesté que no sentía nada, y ellos lo entendieron al revés. Y vino el nitrato de plata. Quemaba. Dolía. Daba electricidad. Pero mucho, muchísimo peor, era a lo que olía: a carne quemada, a paty de Plaza Constitución, a chorizo de la esquina de mi parrilla Pito Cuatro. A cualquier carne que se les ocurra pero con el siniestro detalle de la conciencia de que esa carne era, en realidad, la carne de mis verrugas: mi carne: carne de la carne de mi carne. A la parrilla. Ese olor se me quedó impregnado en la nariz por dos días: el tiempo exacto en el cual las verrugas volvieron a crecer. Y no hubo otra alternativa más que volver al mismo hospital y al mismo tratamiento. Y fui sin chistar, otra vez con la sonrisa, ahora deformada. Por toda esa semana sin colegio y otras dos semanas más en las cuales no pude faltar. Siempre con los mismos padecimientos y los mismos resultados.
Finalmente mi tía se resignó y me dijo que un médico, “una eminencia”, que ella había consultado le aseguró que no había nada que hacer y que las verrugas se iban a ir de la misma manera misteriosa en la que habían aparecido.  Entonces, junto con el final del padecimiento vino la aceptación de que nada se podía hacer. Mis posibilidades de conquistar a Andrea bajaron entonces de una en mil a cero en un millón. Es que, si bien hasta ese momento yo había logrado conformarme con lo que la naturaleza me había concedido y podía soportar mirarme al espejo y ver a ese chico de cara larga y pálida, con una de las paletas partidas, de pelo rubio-ceniza y un enorme remolino en la frente, lo de las verrugas fue demasiado. Me dolían, cuando hacía frío, cuando comía, cuando me las tocaba. A veces me sangraban porque sí y recién me daba cuenta cuando tenía el guardapolvo manchado y a todos mis compañeros mirándome con cara de asco. Mi madre, que siempre había encontrado consuelo para mi problema del remolino diciendo que me daba “un toque distinto”, no podía encontrar palabras adecuadas para consolarme con el asunto de las verrugas. Y se tropezaba en débiles intentos de optimismo. “Vas a ver que en el hospital al final van a lograr que se te vayan para siempre” “Vas a ver que con el tiempo la gente se acostumbra y ni te las van a notar” “Es lo que sos, Gabriel, y las personas inteligentes aman lo que son”. Cosas así me decía, contribuyendo a destruir el último resto de autoestima que podía quedarme. Yo, lo único que veía, era que me estaba convirtiendo en una variante sudamericana del pájaro loco, con cresta de pelos y pico de carne.
Aquel año se me había dado por rezar. Rezaba por todo, primero había sido para que Andrea se fijara en mí, después para que no se fijara. Y cuando fue lo de las verrugas recé para que se me fueran antes de que ella se fijara, luego para que se me fueran y nada más y, finalmente, casi llegando a fin de año, iba a rezar para que la vida pasara rápido, o para que un camión pasara por encima de mí y terminara con mi vida. No sé, sufrí como un perro, y me hice más y más introvertido.
Al mes de terminar el tratamiento de las verrugas Andrea se convirtió en la novia oficial de mi amigo Alfonso: el mejor. Y cuando digo el mejor me refiero a todo: estudios, deportes, dibujo, música, todo. Alfonso era una exageración de la naturaleza, y tenía tres virtudes básicas: belleza, talento y bondad. Era como si ese deseo tan popular de salud, dinero y amor se hubiese hecho carne en él. Hombre o mujer, madre, maestra o alumna, nadie se resistía a sus encantos y a su siempre manifiesto corazón de oro. Las maestras lo amaban. Se lo decían a diario, agachadas frente a él, babeándose en su cara. Alfonso era de séptimo (del otro séptimo) y más grande porque había nacido en julio y los que nacen desde ese mes en adelante empiezan la escuela un año tarde.
Alfonso y yo nos habíamos hecho amigos jugando al fútbol para Arsenal de Sarandí, y siempre, luego del horario de escuela, pasábamos la tarde juntos. Él sentía una gran admiración por mí a causa de las letras que yo escribía y que una vez, tímidamente, le había dado a leer. Y no perdía nunca la ocasión de recordármelo. Las leía con religiosidad, a veces más de una vez cada una, y siempre tenía una palabra de halago para alguno de los versos. Muchas veces pensé que se trataba de una cargada, pero con el paso del tiempo me convencí de que no, y comencé a soñar (y quiero decir con esto que tuve el primer sueño particular, concreto, de mi vida) con que le hablase a Andrea de mí y de mis letras para que, cuando él decidiera dejarla, poder acercarme a ella y pedir su mano. “Pedir su mano”, así lo pensaba yo, así lo sentía. Y algo de eso iba a pasar, aunque no de la manera en que yo lo había imaginado.
Supongo que, perdido por perdido, y creyéndome un poco los halagos de Alfonso, pensé que tenía que estudiar algo que tuviera que ver con el arte. Gracias a un disco del flaco Spinetta descubrí a Artaud. Y gracias a la tapa del disco Artaud, me consolé por primera vez pensando que se podía ser un monstruo pero tener el talento de un ángel. A la vuelta de las vacaciones de invierno se lo confesé a mi amigo y él se entusiasmó, me dijo que iba a hablar con su madre, y me dijo que, con su talento musical (talento que yo ignoraba) y mi talento literario, podíamos formar un conjunto como Simon and Garfunkel, y que hasta podíamos llamarnos Mrs Robinson. Recuerdo ese momento como una foto: la sonrisa congelada de los dos, mi cabeza soñando con el éxito (la Gloria), Alfonso haciéndole la V de la victoria a la supuesta cámara. Le dije que yo más bien me imaginaba un dúo como Sui Géneris, y lo que no le dije es que también imaginaba que, luego de unos años de éxito, yo, el más talentoso de los dos, me separaría para triunfar como solista dejándolo a él sumido en el fracaso del olvido y el alcohol.
Decidimos estudiar guitarra. Se lo dije a mi madre y mi madre se lo dijo a mi padre. Mi padre no quería ni oír hablar de la guitarra. Creo que pensaba que mi destino de ingeniero corría peligro si yo tomaba la manía esa de la milonga que tantos estragos había hecho en la familia de mi madre. Los Reyes eran todos cantores, todos milongueros, “un milagro cada día para parar la olla”, decía siempre mi padre de la familia de mi madre. Pero los padres de Alfonso, que apoyaban a sus hijos en todo, se encargaron de convencerlo. Creo que el argumento más sólido fue que ellos mismos pagarían mis clases, y hasta me prestarían una antigua guitarra de la familia.
Fue un lunes, entonces, después de la escuela, que la madre de Alfonso nos llevó a los dos a lo de un viejo concertista que vivía en el barrio, un viejo decrépito de lo más negativo que lo único que hacía era decirte todo el tiempo que todo estaba mal.
—No, es imposible tocar la guitarra con esas manos −fue lo primero que me dijo en cuanto me vio.
Con “esas manos” se refería a “estas manos”: mis manos. De las manos de mi amigo no dijo nada, pero sacudió la cabeza en un gesto que me pareció positivo, algo así como un “puede ser”. Después le dijo que viniera los martes, a la salida del colegio. A mí me dijo que fuera los lunes y supuse que los lunes era el día en el cual agrupaba a los que no teníamos remedio, o algo así. Dijo también que daba clases tan solo porque necesitaba el dinero, dinero que, como dije, ponían los padres de Alfonso y que mi madre me obligaba a agradecer todo el tiempo. Cada vez que nos cruzábamos con ellos a la salida de la escuela ella decía: “Gracias por lo que están haciendo por nosotros, y con “nosotros” se refería, misteriosamente, a mí solo.
Las clases no eran nada baratas y supongo que por eso me vi en la obligación de resistir las críticas de mi maestro y me esforcé en aprender algo.  Pero iba  a tardar varios meses  en captar la atención del concertista. Y entiéndase bien que con “captar la atención” quiero decir, lograr que no se durmiera mientras yo tocaba la guitarra. Es que durante las primeras semanas de clase, el maestro se quedó religiosamente dormido antes de que pasaran cinco minutos. Sentado en su sillón, con la cabeza caída y roncando de lo lindo. Yo tenía que tocar tres veces seguidas cada una de las cuerdas al aire de mi guitarra, manteniendo una posición de lo más incómoda pero que para él era “la verdadera posición de la guitarra”. Tenía que empezar de abajo hacia arriba, o sea desde la primera cuerda hasta llegar a la sexta, repitiendo el nombre de cada nota y cantándola al unísono. Mi, mi, mi, mi; si, si, si, si; sol, sol, sol, sol; y el viejo maestro se ponía a roncar como un mono.
Al principio yo me quedaba en silencio, sosteniendo la guitarra prestada, demasiado grande para mí, y lo miraba dormir. Pero luego, forzado o no por las circunstancias, o buscando una respuesta a tantas situaciones desfavorables, me animé a hacer lo que hice, y mi vida cambió para siempre. Comencé a usar esa hora para mirar al viejo. Mirarle la cara de cerca sin abandonar la verdadera posición de la guitarra pero en silencio. Sus ojos se movían frenéticamente detrás de sus párpados cerrados y todas las venas de la cara se le desinflaban y perdían ese horrible color verdoso que habitualmente tenían. Me fui dando cuenta de que el viejo rejuvenecía durante aquellas siestas, y sentí que habría sido injusto de mi parte despertarlo para que prestara atención a esos aburridos toques de guitarra. El silencio de aquella casa era enorme y durante esos momentos de soledad el tiempo parecía detenerse por completo. Y yo parecía flotar dentro de mí mismo, ajeno al tiempo, como un verdadero dios de visita por un universo recientemente creado por él. Recuerdo las ventanas, las puertas, los dos zaguanes, las cortinas blancas atravesadas por la luz del sol como apariciones de una novia fantasma. Toda la casa se llenaba de espectros reales e imaginarios, fantasmas que empecé por temer y que luego me hicieron entender la profunda soledad en la cual vivía el viejo maestro, una soledad que, hoy entiendo, habré identificado inconscientemente similar a la mía. Tardé menos en entenderlo que en tocar la guitarra, y lo que quiero decir es que él tenía razón, que quizá lo mío no era tocar la guitarra pero que debía tocar la guitarra para encontrar lo que estaba reservado para mí.
Más de una vez tuve miedo de que el concertista se me muriera ahí enfrente, de que la Virgen lo viniera a buscar y se lo llevara lejos. Pero me acostumbré y comencé a jugar un juego que, en mi recuerdo, da un resultado tan exacto, tan preciso, que es muy posible que en vez de recordarlo lo esté inventando ahora. Muchas veces me levanté y luego de decir “permiso, voy al baño”, por pura formalidad, ya que mi maestro seguía dormido, me lancé a la aventura de descubrir uno de los ambientes de su casa que no podía ver desde mi lugar para verificar, cada vez, que era tal cual lo había imaginado. Con eso quiero decir que no me creo demasiado a mí mismo, porque, en mi recuerdo, no fallé jamás ni en los detalles ni en los colores, ni en la sensación que iba a sentir en cada uno de los cuartos. Un lunes me animé a meterme en lo que me pareció la pieza del maestro. Lo era, y me impactó de la misma manera que, poco tiempo después, me iban a impactar las bóvedas del cementerio de Avellaneda. Tal vez porque entré aterrado, sabiendo que era un sacrilegio que de ser descubierto terminaría no sólo con mis clases, sino con la confianza de los padres de Alfonso, y en la vergüenza de mi madre y la furia y el castigo de mi padre. Esa tarde, en ese cuarto, vi la foto del maestro joven abrazando a una mujer joven. La mujer estaba vestida de novia y fue entonces que descubrí cómo funcionaba eso que por sí solo estaba funcionando: mi imaginación. Mi capacidad de imaginar eso que es lo más difícil de imaginar: la verdad que le falta a la realidad. La realidad interior que le da sentido a esa ficción que llamamos vida. Las cortinas que yo había visto como un fantasma, eran en realidad un fantasma: el fantasma de la novia de mi viejo maestro. Y la muerte, tal vez prematura de esa mujer, la razón por la cual él se había convertido en un hombre amargado y sin fe.
 En aquellas clases y sin darme cuenta, me arranqué verruga por verruga. Sin dolor, sin sangrado, con las uñas que me había dejado crecer para tocar la guitarra. Cada tanto, para mantener a mi maestro dormido, rozaba las cuerdas de arriba hacia abajo, sutilmente, siguiendo el orden del ejercicio. Entendí que él había diseñado esa extraña melodía de cuartas descendentes no sólo como una nueva forma del tedio, sino como una canción de cuna perfecta. Entonces yo tocaba suavecito y él dormía y, justo sobre la hora, como si tuviera un reloj interno, se despertaba. Me decía que había estado bien y me marcaba el siguiente ejercicio que era en realidad el mismo, pero haciendo una cejilla en alguno de los trastes. Todas las veces me miraba la cara y me decía lo mismo:
—Parece que está mejor de las verrugas ¿no?
Al término de la clase yo volvía a casa empapado en ese tono irreal, en esa melancolía casi inconsciente que me había sido dada por la hora de siesta de mi maestro. Veía la calle y la gente como en una película muda. Casi no podía oír los ruidos, y los colores y las formas resaltaban ante mis ojos como respuestas en tres dimensiones a preguntas que yo nunca me había formulado. Eran respuestas, yo podía darme cuenta de eso, pero sobre todo eran hermosas. Respuestas que no podía traer al mundo en el que vivía, que pertenecían a otro mundo: el mundo de mi abstracción. Casi idéntico al real, pero completamente diferente.

A veces la vida, si se la sabe leer, toma la forma de un cuento. Porque solas y al mismo tiempo la historia de Alfonso, Andrea y el viejo concertista, se cerraron en una. La tarde de la última clase caminaba con mi enorme guitarra cuando la encontré a ella sentada en el umbral de su casa. Lleno de amor (ya sin verrugas y con los labios humanos), me acerqué. La veía tan pura, tan delicada. Ella sintió mi presencia y me saludó casi automáticamente, con una seña, como si más que saludarme espantara una mosca.
—¿Vos sabés que mis ojos son dolorosos como la dolorosa eternidad? ─me dijo y me di cuenta de que nunca había oído su voz hablándome directamente a mí. Me pareció la voz de una persona tonta, engreída y tonta. El alma se me cayó al piso─. Me lo escribió Alfonso. Vos no podrías escribir algo así.
 No le contesté. La miré, creo que por última vez de una manera amorosa y seguí caminando. No sentí dolor, ni angustia, ni bronca. Recuerdo que pensé (porque más que un sentimiento fue un pensamiento el que surgió en mí): “Qué raro”, y me di cuenta de que Alfonso no era perfecto, por suerte para él, y por suerte para mí.
Llegué a la casa del maestro sabiendo que esa iba a ser mi última clase, que ya nunca más iba a aceptar un regalo de los padres de Alfonso: jamás iba a aceptar un regalo de nadie a decir verdad. Habían pasado tres meses, equivalentes a doce clases. Y en los tiempos de práctica en mi casa yo había sacado un tema de oído, y lo había sacado bastante bien. Era el tango Yuyo verde, y un par de minutos antes de que se terminara mi clase y por lo tanto la siesta de mi profesor, me lo puse a tocar con alma y vida. Dispuesto a todo, a que me felicitara o me matara (era un músico clásico y yo suponía que odiaba el tango). Pero él se despertó, confundido, terminó de escuchar los últimos acordes, se desperezó y se acomodó el pelo endurecido de Glostora detrás de la oreja. Por un instante me miró, en realidad primero miró la guitarra, luego mis manos y luego me miró a mí, directo a los ojos. Y fue entonces que sucedió un milagro, no por lo que dijo el viejo profesor sino porque recordó mi nombre. 
—Usted tiene mucho talento, Gabriel ─dijo, y sacudió la cabeza─, lástima que no tenga las manos de su amigo.

(Argentina, 1966)


Texto perteneciente a “El camino de la luna”, Alfaguara, 2012.


Pablo Ramos nació en 1966 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Ha publicado el libro de poemas Lo pasado pisado (1997) y las novelas El origen de la tristeza (Alfaguara, 2004) y La ley de la ferocidad (Alfaguara, 2007, seleccionada como uno de los mejores libros extranjeros por la revista colombiana Arcadia). Su libro de relatos Cuando lo peor haya pasado (Alfaguara, 2005) obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes (2003) y el primer premio en el concurso Casa de las Américas de Cuba (2004). Ha publicado también la novela para jóvenes El sueño de los murciélagos (Alfaguara, 2009), que recibió el galardón The White Ravens al ser seleccionada por la Jugendbibliotek. Su obra ha sido traducida al francés, al portugués y al alemán. Residió un año en Berlín, en el marco del Programa de Artistas del DAAD.