Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido.
Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

martes, 28 de enero de 2014

GIARDINELLI, MEMPO: La emergencia de la Lectura y la Lectura en emergencia (fragm.)



El Fondo Monetario Internacional dice que es mejor ser brutos. No exagero: en un informe del Fondo Monetario Internacional, publicado no hace mucho tiempo, se habla de que nuestro país ha recibido durante décadas lo que ellos llaman una “sobreeducación”, que es fuente, dicen, de muchos problemas. Porque los pueblos sobreeducados, dicen, tienen expectativas demasiado elevadas, superiores a las que puede brindarle la realidad económica y social en que se desenvuelven. El problema, además, es que cuando el pueblo ha sido sobreeducado resulta ser inconformista, cuestionador y, claro, nunca deja de buscar mejores niveles de vida, lo cual provoca, entre otras cosas, problemas de desempleo y subempleo, conflictos migratorios y no sé qué más...

¿Ustedes se dan cuenta de lo que significa este nuevo eufemismo cretino? “Sobreeducación”. Significa que un pueblo “sobreeducado” (como se supone que somos nosotros, los argentinos) es cuestionador y protestón, y por lo tanto exige mejorar su nivel de vida. Habrase visto... 

Por supuesto que es urgente recuperar la pasión por la lectura e inculcarla como lo que es: un acto de amor supremo, generoso, encantador y formativo. No es una tarea imposible, ni depende (como muchos creen) del precio de los libros. Hay muchísima gente en la Argentina que a pesar de las dificultades está empeñada en esta batalla desde hace largo tiempo. Somos muchos los que resistimos, lejos del poder y de los que dictan políticas y se encandilan con modas. Somos muchos los que trabajamos en el interior del país impulsando estas docencias fundamentales, silenciosas, paridas en la conciencia de que no hay peor violencia cultural que el embrutecimiento que se produce cuando no se lee. 

Muchísimos docentes argentinos se han convertido en militantes de esta causa. Son miles los que por encima de miserias salariales siguen sus vocaciones y se perfeccionan, se capacitan, leen y estudian porque saben que cuando en calles y esquinas los chicos y chicas se suicidan lentamente con cerveza y cocaína, eso no es “un asunto de ellos”. Esos son asuntos completamente nuestros y el libro puede y debe ser nuestro instrumento. Una buena novela de Julio Verne, una de Puig, de Youcenar o de Soriano marcarán siempre senderos de salud mental. Un poema de Orozco o de Gelman siempre cauterizarán las heridas del alma, las llagas de los necios. Un ensayo de Kovadloff o de Sarlo, un cuento de Blaisten o de Cabal, o del inolvidable Cortázar, siempre nos salvarán de la pobreza. Como cualquier diccionario, por modesto que sea, porque un diccionario es como un bolsillo lleno de oro y a la mano. 

El único camino para seguir siendo una nación es mantener una educación solidaria, igualadora, no racista, no clasista y que enseñe a pensar y a cuestionar. Y gratuita.

Sí, hemos perdido esa costumbre de la libertad y la inteligencia. Leer —digo— como trabajo intelectual: entendiendo, interpretando. Eso es lo que necesitamos. Porque vivimos en un mundo en el que los signos ya no están solamente escritos; están en movimiento y lo zarandean todo. Hoy la televisión e Internet imponen discursos muchas veces difíciles de entender, o sospechosamente demasiado fáciles. Y casi siempre, autoritarios y embrutecedores. Basta escuchar el lenguaje coloquial de los argentinos, que se ha empobrecido hasta límites no solo de indefensión sino de incomunicación.

Es menester, es urgente, que la lectura vuelva a ser una preocupación central de la sociedad, y en eso tienen muchísimo que ver el Magisterio Argentino y la nueva Pedagogía de la Lectura. Se trata de restablecer la amistad superior entre la inteligencia y el libro. De recuperar el amor y el buen trato a nuestra lengua. De remozar las viejas cortesías elementales (decir gracias, pedir por favor, prescindir de la grosería como estilo coloquial argentino). 

Hacer Cultura es resistir. Hacer leer es resistir. En eso estamos y estamos a tiempo, y ¿saben por qué? Porque todavía el cambio en este país depende de nosotros. De ustedes, de mí, depende de cada uno de nosotros. Y en eso consisten la oportunidad y la esperanza.




(Argentina, 1947)

sábado, 11 de enero de 2014

BENEDETTI, MARIO: Decir que no


Ya lo sabemos 
es difícil 
decir que no 
decir no quiero 

ver que el dinero forma un cerco 
alrededor de tu esperanza 
sentir que otros 
los peores 
entran a saco por tu sueño 

ya lo sabemos 
es difícil 
decir que no 
decir no quiero 

no obstante 
cómo desalienta 
verte bajar de tu esperanza 
saberte lejos de ti mismo 

oírte 
primero despacito 
decir que sí 
decir sí quiero 
comunicarlo luego al mundo 
con un orgullo enajenado 

y ver que un día 
pobre diablo 
ya para siempre pordiosero 
poquito a poco 
abres la mano 

y nunca más 
puedes 
cerrarla.
  

(Uruguay, 1920/2009)


lunes, 6 de enero de 2014

SCHWEBLIN, SAMANTA: Perdiendo velocidad


Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.
—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.
Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto. 
—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.
Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas aterciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.
Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo. 
 —Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.
Miró los huevos.
—Creo que me estoy por morir.
Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living y cayó muerto en el piso.
Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar. 
—¿Café? —pregunto.
—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

(Argentina, 1978)


sábado, 4 de enero de 2014

ANDERSON IMBERT, Enrique: Las estatuas



En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos estatuas: la de la fundadora y la del profesor más famoso. Cierta noche -todo el colegio, dormido- una estudiante traviesa salió a escondidas de su dormitorio y pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de pasos: leves pasos de mujer, decididos pasos de hombre que se encuentran en la glorieta y se hacen el amor a la hora de los fantasmas. Después se retiró con el mismo sigilo, regodeándose por adelantado, a esperar que el jardín se llene de gente. ¡Las caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la broma vio que las huellas habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le quedaron las manos a la estatua de la señorita fundadora.

(Argentina, 1910/2000)