Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

viernes, 1 de mayo de 2015

MARTÍNEZ, Guillermo: Baile en el Marcone


Un sábado que caminaba por la calle Corrientes buscando a la mujer de mi vida, o alguna mujer, doblé por Pueyrredón para seguir a una morocha que taconeaba lindo, zarandeando todo. La encaré en Plaza Once y resultó que la morocha cobraba. Cuando me dijo las tres tarifas sumé en la cabeza lo que tenía en los bolsillos, aunque sabía que era inútil. Y con veinticinco, ¿para qué me alcanza?, le pregunté. Comprate un chocolatín, me aconsejó, y cruzó por Rivadavia moviendo el culo todavía más, como hacen las mujeres cuando saben que uno las mira.
Estaba por volverme, pero al atravesar la plaza me llamaron la atención unas luces de colores en lo alto de un edificio viejo, de dos o tres pisos. Un baile, pensé. Baile en Once: levante. Y crucé la avenida. Tardé un poco en darme cuenta de que debía entrar por donde decía Hotel Marcone. El salón de baile estaba en el último piso del hotel y aparentemente solo se podía llegar por un ascensor destartalado que venía bajando entre crujidos. El ascensorista indicó cuatro con la mano y entré con otros tres muchachos que tendrían mi edad más o menos y que venían juntos. Había uno que estaba peinado con raya al medio. Mientras subíamos, sacó un peine para emprolijársela frente al espejo.
-Dígame, jefe –le preguntó de pronto al ascensorista-, ¿no sabe si se puede entrar en pareja al hotel?
-Averigüe en la recepción –le contestó el ascensorista de mal modo.
-No, yo digo… -dijo el muchacho mirándonos a todos y como sonriéndose-. Así no hay que andar caminando para buscar telo.
Los dos que venían con él se rieron: la cosa prometía.
La entrada era damas gratis y caballeros nueve con cincuenta. Pagué con el único billete de diez que tenía y entré siguiendo a los muchachos. Apenas vi las mesitas y la orquesta pensé en volverme, decirle al tipo de la entrada, no sé, que me había equivocado de lugar.
Había visto sobre todo a las mujeres en las mesas. No es que fueran jovatas más o menos: eran viejas, directamente viejas, de pelos teñidos y caras como emplastos, con las tetas fruncidas desbordando por los escotes y la carne floja bajo los brazos. Llegué justo, pensé, diez minutos más y estaban todas muertas.
Pero me pareció tan curioso el lugar, y nueve con cincuenta no era tanto, así que dejé mi campera en el guardarropa y me arrimé a la pista entre las mesas para ver de cerca a la orquesta, que todavía se estaba preparando y sí, era lo que me había temido, había un bandoneón sobre un banco: una orquesta de tango.
El pianista estaba dando la afinación y un viejito raquítico, que apenas podía sostener el contrabajo, le respondía con el arco un poco tembleque. Entraron el violinista y el del bandoneón y también se subió a la tarima un tipo teñido, con micrófono, porque era con cantante el asunto.
Arremetió con ese tango que empieza:

Decí por Dios qué me has dao
que estoy tan cambiao
no sé más quién soy…

Una pareja apareció en la pista. El hombre tenía el pelo muy largo, una especie de melena que le llegaba casi a los hombros, parecía un Príncipe Valiente canoso y panzón, y la mujer, era rarísimo, tenía piernas de joven. Y no es que usara medias, era así nomás: casi pelada, con la cara arruinada de colorinches, el cuerpito de vieja, pero las piernas milagrosamente a salvo, bien firmes, con los tobillos perfectos.

Te vi pasar
tangueando altanera
con un compás
tan hondo y sensual…

Bailaban y uno se daba cuenta de que tenía que ser eso bailar el tango, nada de circo, ningún firulete, y sin embargo todos los estábamos mirando y ninguna otra pareja parecía animarse a salir.
Recién con el segundo tango se empezó a llenar la pista yo me fui a la barra porque había visto allí a los muchachos de la entrada.
-Che, ¿puro tango es esto? -le pregunté al de raya al medio.
-Treinta y treinta –me explicó-. Treinta minutos de tangos y después vienen “Los Internacionales”: cumbia y rock. Y boleros.
-¿Y pibas más jóvenes no hay?
-Sí hay –se encogió de hombros y tomó un trago-, del otro lado de la pista, o allá, contra la ventana. Hay de todo. Pero mejor las viejitas –me dijo con una sonrisa sabedora-, con las viejitas vas derecho al sobre.
Pasé como pude al otro lado, bordeando las mesitas y esquivando a las parejas en la pista. El de raya al medio algo de razón tenía, vi dos o tres como la gente, sobre todo una rubia que estaba sentada sola en una mesa, un poco pasada también la rubia, pero con cada cosa en su lugar. Fumaba con los ojos perdidos en la pista y cantaba los tangos bajito, como si conociera todas las letras.
Yo me quedé parado un poco lejos, pero ni bien terminaron los tangos y anunciaron a “Los Internacionales” me fui acercando porque veía movimientos sospechosos por todos lados, hasta los tres de la entrada estaban rondando la mesa aquella. Y tal cual, me ganó de mano el de raya al medio, tuve que sacarle el sombrero, porque no esperó a que empezara la música, se acercó un segundo antes a pedirle fuego y nos dejó a todos pagando.
Y ya se sabe lo que es errar el primer tiro en un baile: empecé a ver con desesperación cómo se llenaba la pista ahora sí todos salían a bailar.

Se busca una compañera
que sea gorda, que sea flaca
que sea linda, que sea fea,
eso no debe importar…

Las parejas se armaban en un santiamén ahí delante mío y en la pista ya no cabía nadie más. Miré alrededor: casi todas las mesas estaban vacías, solo había quedado la resaca. Empecé entonces a dar toda la vuelta al salón. “Los Internacionales” seguían con las cumbias dale que dale:

Saca la mano Antonio
que mamá está en la cocina
dame un beso Lupita
que tu papi no nos mira…

Los pisos temblaban con los saltos de la gente y el revoque de las mujeres comenzaba a ponerse brilloso. Se armaban trencitos y algunos cantaban a los gritos el estribillo:

Que si papá nos pesca
nos tendremos que casar…

De pronto, contra uno de los ventanales, mirando hacia afuera, vi a una chica bajita, poquita cosa. Estaba de espaldas, así que no podía verle la cara. Pero bueno, pensé, no podía ser peor que lo que había quedado sin despachar. La cuestión es que me acerqué, le toqué el hombro y con la voz solemne y una reverencia bien exagerada, le dije mi frasecita mágica: ¿Me haría el honor, señorita, de concederme este baile? Cuando levanté la vista pensé: milagro porque aunque aquel rincón estaba bastante oscuro, me di cuenta de que la petisita era una preciosura y que además se estaba sonriendo.
-Cumbias no bailo –me dijo, y volvió a ponerse seria, como si se hubiera acordado de golpe de que en realidad ella estaba enojada.
Ahí fue que “Los Internacionales” me salvaron, porque empezaron con Mujer, si puedes tú con Dios hablar...
-¿Y boleros? -le pregunté. Casi por deporte se lo pregunté porque si no había agarrado viaje con las movidas... Pero es cierto que con las mujeres nunca se sabe. Lo pensó un segundo y empezó a caminar hacia la pista. Yo iba detrás, maravillado de mi buena suerte.
Tuvimos que dar un montón de vueltas para encontrar un lugar que le gustara. Aquí no, aquí tampoco, me iba diciendo, hasta que por fin se paró casi en el centro de la pista.
-Es que quiero estar cerca de mi amiga, me dijo, y me sonrió un poco, como para hacerse disculpar.
Cuando la vi así, sonriendo bajo las luces, carajo, pensé será posible, porque por más pintura que se hubiera puesto era una nena, me di cuenta de que no podía tener más de quince, y cuando me alargó los bracitos y la agarré por la cintura tuve la sensación de que si la apretaba un poco se me iba a quebrar. Las luces se fueron bajando y alrededor de nosotros algunas parejas empezaron a besarse.
Yo me sentía un poco estúpido bailando con esa pibita, pero bueno, la cosa estaba hecha, y era eso o la resaca, así que empecé a preguntarle lo de siempre, se llamaba Mariana, o Marina, no pude escuchar bien, y vivía en Caballito. Le pregunté entonces si era la primera vez que iba allí.
-La primera y la última –me contestó, y supuse que se habría equivocado, como yo, pero no.
-Vine para acompañar a una amiga –me dijo-. Es aquella de rojo. Yo me di vuelta, vi solamente una espalda apresada por unas manos enormes.
-Es más grande que yo, y bueno, quería venir acá... Pero nunca más –dijo como ofendida-. Mirá eso –y me señaló con los ojos a una vieja gordísima que bailaba con un muchacho de mi edad. El pibe trataba de besarla y la vieja, que tenía los ojitos casi cerrados, ni que sí ni que no, lo esquivaba moviendo la cabeza al compás de la música, y se sonreía pero con los labios siempre apretados, hasta que por fin se dejó un poco.
-Podría haber traído a mi abuela, que se quedó tejiéndome un pulóver –dije yo, pero ella no se rio, como si no me hubiese escuchado. Igual me caía simpática la petisita y tenía además una forma de acurrucarse en mi pecho que bueno, cuando se prendieron las luces y paró la música para que se acomodara otra vez la orquesta de tango, la invité a tomar una Coca.
Mientras íbamos a la barra la miré de nuevo: era linda de verdad con sus ojitos claros y el pelo largo y también lo suyo, todo en miniatura pero bien puestito.
-Ahí viene mi amiga –dijo, apenas nos sentamos. Giré para verla: treinta y pico le calculé, pero estaba buena, tenía sobre todo unas tetas bárbaras. Para tres Cocas, calculé también, no me alcanza.
-Cómo apretabas, eh –le dijo la petisita, y ella me sonrió a mí con esa sonrisa turra de las jovatas que se las quieren dar de pendejas. Aproveché para mirarle las tetas con toda franqueza.
-Ay, nena, si yo no aprieto es que hay tanta gente –y soltó una risita falsa-. ¿A que no sabés con quién estoy bailando? –dijo-. Con el campeón de rock. Mirá, ahí viene. ¿Te acordás que te dije que aquí los domingos hay concursos de rock Bueno, es el campeón. Pero también baila tango.
El campeón de rock tenía cara de camionero y los dos brazos tatuados. Le hizo una seña de lejos y ella nos sonrió, como disculpándose y volvió con él a la pista.
-Simpática tu amiga –dije-. Tiene lindos ojos.
La petisita se había quedado callada.
-Vos también tenés unos ojos hermosos –dije y me acerqué un poco-. ¿Son verdes o celestes?
-Me cambian con la luz –dijo y volvió a mirar la pista.

Te siento siempre aquí
estás clavada en mí
como un puñal en la carne…

El pianista se entusiasmaba encorvado sobre las teclas y parecía que al cantante se le iba a abrir el pecho. Habían entrado de nuevo a la pista el Príncipe Valiente y la mujer de las piernas jóvenes.
-Esos dos –me dijo la petisita de pronto-, parece que vienen aquí desde que eran novios. Desde que eran novios –repitió como si no pudiese creerlo-. Y me contó mi amiga que no faltan ni un solo sábado.
-Qué, ¿tu amiga también viene siempre? –le pregunté.
-No, siempre no –dijo ella y miró entre las parejas hasta encontrarla. El campeón de rock la hacía girar lentamente sobre su pierna.
-¿No es un asco el tango? –dijo de repente.
-¿Un asco? ¿En qué sentido?
-Es... resbaladizo –dijo ella y arrugó la nariz-. No sé, es un asco.
-¿Cuántos años tenés? –le pregunté.
-¿Yo? Diecisiete –me dijo.
-O sea, catorce.
Ella se puso colorada, se rio y me dijo que sí. Catorce, pensé, está perdido todo. Miré la hora, ya eran casi las dos. Tampoco tenía plata: había gastado lo que me quedaba en las Coca Colas.
-Sos callado, eh –me dijo ella-. Callado pero inteligente, se nota: tenés cara de inteligente. Yo también soy callada, pero bueno, alguno tiene que hablar, ¿no? Yo me reí porque la petisita esta cada vez me gustaba más, pero ella creyó, supongo, que me estaba burlando.
-¿Soy muy tonta? ¿Te parezco muy tonta?
Le dije que no y le acomodé el pelo detrás de la oreja: eso nunca falla, no es una caricia todavía pero ya es más que las palabras. Ella tomó un sorbito de su Coca y dejó que le agarrase la mano. Y ahí sí, le empecé a hablar de cualquier cosa, me inventé una teoría complicadísima sobre las casualidades y el destino y los encuentros y desencuentros, estaba como inspirado, el verso me salía de corrido. Entonces, cuando iba en lo mejor de la explicación, vi a una mujer que recién entraba, la vi de espalda, caminando al guardarropa y pensé: a ese culo yo lo conozco. Tal cual, era la morocha, la puta. Dejó el saco en el guardarropa y se vino derecho a la barra. Tanto la miraba yo que perdí el hilo de lo que decía, pero me di cuenta de que la petisita tampoco me escuchaba como antes, era como si estuviese pensando en otra cosa. Apenas acabó su Coca me pidió que la esperase, que tenía que decirle algo a su amiga, y fue a buscarla a la mesa donde estaba tomando cerveza con el campeón de rock. Cuando vi que las dos se iban juntas al baño me corrí un poco en la barra y me senté al lado de la morocha.
-Qué tal, tanto tiempo –le dije.
-Mi amor, qué linda sorpresa –me dijo ella con una gran sonrisa. Las putas son bárbaras.
-¿Qué andás haciendo por aquí? –le dije, tratando de mirar entre los botones de su blusa. No tenía corpiño.
-Qué curioso que sos –dijo y se tomó un sorbo de mi Coca-. Entro a las cinco a trabajar y como estaba muy cansada no quise volver a mi casa. Por si me quedaba dormida, ¿viste? Así que me vine acá, para hacer tiempo.
-¿Y en dónde trabajás? –le pregunté. Miré el reloj: eran las dos y media todavía quién te dice, pensé.
-Ay, mi vida, no tenés que hacer tantas preguntas –me dijo, pero abrió su cartera y me dio una tarjetita: RELAX – COMPAÑÍA, decía, BAJOS ARANCELES, y una dirección por ahí nomás, en Pueyrredón. De pronto sentí una mano sobre mi pierna.
-¿No me vas a invitar una copa? –me dijo-. Tengo la boca reseca. Tengo sed –y se pasó lentamente la lengua por los labios.
-Después –le dije, porque me acordé de que ya no tenía plata además, había visto a la petisita, que había salido del baño y me estaba buscando. Dejé mi vaso en la barra. No sabía muy bien qué hacer-. Esperame un momento –le pedí.
En la tarima “Los Internacionales” estaban terminando de acomodar sus instrumentos.
Arrancaron directamente con los boleros y las luces se fueron apagando hasta que la pista quedó por completo a oscuras. Vi al pasar que el de la raya al medio le metía la lengua en la oreja a la rubia. Ahora sí, por donde se mirara, todos estaban franeleando.
-Vamos a bailar –le dije a la petisita, y ella de nuevo lo mismo, que bueno, pero que quería estar cerca de su amiga.
Su amiga, su amiga, pensaba yo mientras entrábamos a la pista, y cuando me puso los bracitos en el cuello pensé que la puta no me iba a esperar toda la noche.
La fui llevando hacia el centro lentamente, entre las parejas abrazadas que ya ni siquiera bailaban. Entonces los veo, veo sobre todo al campeón de rock, la mano del campeón de rock que baja por la espalda poco a poco.
-Ahí la tenés a tu amiga –digo. La petisita se me suelta súbitamente y nos quedamos los dos mirando la mano esa que se prende en el culo, el culo que se acomoda.
La petisita estaba inmóvil, era como si no pudiese dejar de mirar.
-No bailo más –dijo de pronto, y se fue casi corriendo de la pista.
Claro, cómo no me di cuenta antes, pensé yo, si tenían los mismos ojos, la boca igual pero bueno, quizá fuera mejor, después de todo: la morocha todavía estaba en la barra. Me apuré a volver.
-¿Me haría el honor, señorita, de concederme este baile? –le pregunté. Ella me miró sonriente y cuando le hice la reverencia se estiró la blusa y se puso de pie. Bailar con una puta, no cualquiera, pensé, otra vez contento.
Mientras la iba siguiendo a la pista vi por última vez a la petisita contra un ventanal, mirando hacia afuera. Estaba de perfil. Cuando crezca un poco más, pensé, va tener las tetas de la mamá.

(Bahía Blanca, 1962)

Se radicó en Buenos Aires en 1985, donde se doctoró en Ciencias Matemáticas. Posteriormente residió dos años en Oxford, Gran Bretaña, con una beca de postdoctorado del CONICET. En 1982 obtuvo el Primer Premio del Certamen Nacional de Cuentos Roberto Arlt con el libro ´´La jungla sin bestias´´.
En 1989 obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes con el libro de cuentos ´´Infierno Grande´´ (que acaba de publicar el New Yorker), adonde pertenece este cuento.
En 2003 apareció el libro de ensayos ´´Borges y la matemática´´ y obtuvo el Premio Planeta Argentina con ´´Crímenes imperceptibles´´, novela que fue traducida a 35 idiomas y ha sido llevada al cine por el director Álex de la Iglesia, con el título “The Oxford Murder” (2008), Los crímenes de Oxford y un casting que incluye a John Hurt y Elijah Wood.

1 comentario:

Rosita dijo...

¡Muy bueno!!!!