Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

lunes, 16 de noviembre de 2015

FLORIANI, Juan A.: Hipermercado


Fue un error ir. Pero Laura insistió y no pude negarme. Estos nuevos negocios parecen estimular el espíritu práctico femenino. Quiero comparar los precios, me dijo. Aseguran que son muchos más baratos. Por fin, un sábado, saqué el automóvil y la llevé. Mientras duró la construcción del enorme edificio no pasé por el lugar.
Mezclados entre la concurrencia agolpada en los accesos ingresamos al vasto recinto, aséptico y luminoso. Laura comenzó a recorrer las góndolas, se acercó a los mostradores, revisando la mercadería, intercambiando opiniones con varias mujeres. Yo la seguía, sintiendo cómo mi corazón se estrechaba, dolorido y nostálgico. En una fracción del terreno que ocupa el hipermercado se irguió la casa construida de a poco por mi padre. Mientras avanzo, me detengo tras Laura, atiendo distraído sus observaciones, siento en mis huesos el impacto de los muros derribados, de los techos desplomándose de tristeza y vacío. Al fondo, donde ahora las verduras y las frutas pulcramente acomodadas estallan de colores, estaba el patio con el olivo y el limonero. Bajo su sombra ausente veo otra vez a papá, tranquilo y preciso, fabricando sus bloques ahuecados que luego irían buscando altura en las paredes airosas.
Veo, sobre todo, las manos nudosas, curtidas, sabias en su simplicidad, usando con delicadeza el molde, midiendo exactos los materiales.
Mi mujer me toma de un brazo.
—Atendeme, viejo —dice molesta—. ¿Qué te pasa? ¿Te gusta esta conserva?
—Perdoname —me apresuro a contestar—. Sí, por supuesto, comprala, es mi favorita.
De pronto, junto a una muchacha con pantalones ajustados que observa atentamente un escaparate lleno de cassettes musicales, descubro a mi madre. Viste un pantalón celeste y yergue con su gracia habitual la cabeza ennoblecida por los cabellos entrecanos. Me mira como ofreciéndome algo, dulce la expresión. Aparto la mirada.
Trastabillo.
—Pero vos estás mal —habla de nuevo Laura—. Andá al bar y tomate un café. Cuando termine te busco.
—Estoy bien —afirmé—. Aunque tenés razón. Tomaré un café.
Ella sigue. Yo recorro un largo pasillo flanqueado por innumerables botellas claras y oscuras reposando acostadas en sus nichos de madera. Dos niños gritones me embisten.
Apartándome, los veo seguir corriendo como una ráfaga de impetuosa inocencia. La señora bajita que los sigue, afanosa, pide disculpas:
—Perdone, señor. ¡Estos chicos!
—No es nada —amaino mi fastidio.
Bordeo el sector de los pescados. Surgiendo del hielo escamoso, los cuerpos chatos y penetrantes ofrecen la plenitud de su abundancia. Siguen los mariscos de extrañas formas. En ese lugar estuvo mi pieza. Allí se ordenaron los libros que abrieron mi juventud.
—La merluza está cara —señala un hombre calvo.
—Es de calidad superior —intenta explicar la vendedora.
El pelado hace un gesto y se va sin comprar. Yo siento entre mis palmas la tibieza de algún volumen querido.
Experimento cansancio. El tiempo se apoya sin piedad sobre mis hombros. Me detengo indeciso. Estoy lejos del bar. Una pareja va acomodando con prolijidad las latas en un carrito. Ejecutan la tarea mediante movimientos pausados y rítmicos. Reinicio mi deambular rodeado por narices inquietas, por pies tratando de orientarse en la diversidad.
Un amigo me enfrenta.
—¿Cómo te va, Barti? —truena su vozarrón—. ¿Vos también orando en el templo del consumo?
Sonrío sin ganas.
—Es difícil evitarlo, supongo.
Me invita a acompañarlo hasta un gran muro blanco. En él se exponen cuadros de un plástico local.
—Ya no tiene remedio: decadencia completa —sentencia, feroz—. Tendría que abandonar los pinceles. El arte, agradecido.
—No es para tanto —intento contemporizar—. Hay peores.
Deseo que se aleje lo más pronto posible. Parece advertir mi estado de ánimo y se despide, estrepitoso.
Los agentes de seguridad circulan pausados y atentos, aferrados a sus intercomunicadores. Atravieso el sector de los quesos, donde estos muestran su sabrosa espesura.
En el ángulo está el lugar de los cosméticos y perfumes. No quería llegar a él. Sin embargo, de alguna manera arribé. En ese espacio estuvo el dormitorio de mis padres. Una mañana lluviosa, sombra apenas, ahí murió mi papá entre mis brazos. Se quebró, casi sin advertirlo, el leve jadeo que, despacio, muy despacio, iba levantando el pecho hundido. Entonces lo recliné con cuidado, apoyé su cabeza en la almohada, le cerré los ojos, y después, solo de toda soledad, me aproximé a la ventana, apoyé la frente contra el vidrio frío de la ventana y lloré mi infancia entera.
Una joven de minifalda roja, fija la sonrisa en el rostro agraciado, me ofrece probar una esencia. La aparto con innecesaria brusquedad.
Indiferente ante su mirada atónita, huyo a los tropezones.
Enceguecido, ocupo desmañado una mesa en el bar. Permanezco un momento inmóvil, respirando anheloso. Después, ya más tranquilo, solicito un café y bebo con avidez el líquido caliente, fuerte y fragante.
Portando dos grandes bolsos llega mi esposa. Los deja en una silla, desplomándose en otra.
—¡Qué sofocones! —comenta con acento satisfecho—. Pero conseguí buenas ofertas.
—Mejor así.
Parlotea un momento.
—Bueno, bueno —digo—. ¿Te pido algo?
Duda.
—No —decide—. Mejor volvamos a casa.
Me observa mientras se levanta.
—Seguís pálido.
Llamo al mozo. Luego de pagar le ayudo a recoger las compras.
—Ya te dije que estoy bien. Vamos.
Nos dirigimos a una de las puertas.
—Es la comida —afirma—. Comés demasiado.
No respondo. Salimos al atardecer.
—Harás dieta —asegura Laura—. No sabés contenerte. Mirá la cara que tenés.
—Conforme. Preparame platos livianos.
Y buscamos el automóvil.


Juan A. Floriani nació en 1924 en Río Cuarto, Córdoba. Predominantemente poeta y cuentista, su obra es nutrida y abarca todos los géneros. Algunas de sus obras: Hojas de poesía; la novela Los esperanzados (1956); y libros de cuentos como Cuentos de sangre y aurora (1952), La invasión (196), El tiempo y la aventura (1974) y De fervores y ausencias (1980). También escribió obras de teatro y sus textos forman parte de innumerables antologías. El cuento Hipermercado fue tomado de Trapalanda. Narrativa del imperio del sur cordobés (Ediciones Desde la Gente, IMFC, Buenos Aires, 1998).


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