Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

viernes, 15 de abril de 2016

SACHERI, Eduardo: Carnavales


A nosotros nos tocaron unos carnavales viejos y gastados que a duras penas se resistían a morir. Unos carnavales que poco y nada tenían que ver con los
de antaño, esos que los viejos del barrio describían como llenos de disfraces y de corsos, y que a nosotros nos sonaban un poco extraños y monstruosos,
de tan desconocidos. 
“Carnavales... eran los de antes”, decían, con un gesto despectivo, y nosotros en el fondo nos sentíamos responsables de vaya uno a saber qué culpa, como
si nos hubiesen encargado la custodia de algo, y ese algo lo hubiésemos perdido. 
Tal vez esa sucia y difusa sensación de culpa nos llevaba a preguntarles a nuestros mayores cómo habían sido esos dichosos carnavales, en un pueril intento
de entender y tal vez de reparar, lo que se había roto. Y los mayores recordaban y describían, con pelos y señales. Y aunque los ojos les brillaban a medida
que se internaban en los senderos de la evocación, de tanto en tanto les volvía a aparecer ese resentimiento, ese rencor, como si nos hiciesen responsables
a nosotros de no haber sido capaces de mantener sus gloriosas tradiciones. 
Nos enteramos así de que, antes de que naciéramos, en los barrios florecían auténticas guerras de agua de las que participaban los grandes y los chicos,
y que en los clubes se organizaban bailes epopéyicos, y que en el centro de cada pueblo se armaba un corso al que todos iban disfrazados a seguir la parranda. 
Un atardecer de febrero, Esteban me vino con la noticia de que su papá había decidido llevarlos a todos al corso de Haedo, y me invitaba a acompañarlos.
Me tomó desprevenido, porque yo no había ido nunca a un corso, porque me pareció imposible que hubiese uno tan cerca de mi barrio, y porque cuando Esteban
dijo “ a todos” entendí que ese todos incluía a su hermana Camila y, eventualmente, a mí. De modo que le dije que sí, aunque todavía me faltase pedir permiso
en casa. Antes de despedirnos, Esteban me hizo una advertencia: “Hay que ir disfrazado”. “¿Vos de qué vas a ir?”, le retruqué. “De cowboy”, aseguró. Intenté
pensar rápido, cosa que nunca me salía. “Yo voy a ir de soldado”, terminé por decir. Yo tenía un casco verde, al que le había pegado dos tiras de cinta
aisladora blanca para ascender a capitán, y disponía de un buen revólver de cebita. Quedamos en estar listos en media hora y nos despedimos. 
En mi casa no me hicieron problema con lo de darme permiso. Pero fue peor. Porque a mi madre y a mi hermana mi proyecto de disfraz de soldado les pareció
una paparruchada inadmisible. Un asco. Un desperdicio. 
A propósito de mí, pero al mismo tiempo más allá de mí, como si mi partida al corso fuera una simple excusa, empezaron a barajar alternativas. Sopesaron
y descartaron disfrazarme de árabe, de hormiga, de malevo y de pirata. Hasta que mi madre, alborozada, recordó que en algún rincón de la casa debía estar
guardado el disfraz de Príncipe Valiente que usara mi hermano mayor para una fiesta de fin de curso. Yo no conocía al personaje en cuestión, así que no
me quedó más remedio que seguir a las mujeres hasta el dormitorio y verlas zambullirse dentro del placard. Al rato me vi sepultado en un mar de cajas de
cartón, de perchas y de fundas para ropa, mientras el aire se llenaba de olor a naftalina. En mi familia primaba el criterio de que lo mejor era, en la
medida de lo posible, no tirar nunca nada a la basura, porque alguna vez podía resultarnos útil. Por eso no me sorprendió que al cabo de un rato emergiera,
de las profundidades de los últimos estantes, el dichoso disfraz de príncipe valiente. 
Bastó que lo encontraran para que, jubilosas, se dedicaran a ayudarme a probármelo. Despavorido, comprobé que el tal príncipe usaba, en lugar de pantalón, unas medias blancas de los pies a la cintura, que se ajustaban al cuerpo como la malla de un bailarín clásico. Y una camisa de color celeste brillante tan llena de volados que cortaba el aliento, y una corona de papel dorado tan coqueta como el resto del conjunto. Cuando me hicieron verme en el espejo, de cuerpo entero, casi grito del espanto. Me veía menos masculino que la Bella Durmiente. Supongo que habré esbozado una protesta, pero ellas estaban absolutamente convencidas de que estaba tan hermoso como los príncipes de los cuentos. 
Mientras me elegían un calzado acorde, me pregunté para mis adentros si a los príncipes de cuento se les notaría la anatomía masculina tanto como a mí,
con esas calzas, pero mantuve la boca cerrada porque en esa época la timidez me aconsejaba evitar todos los conflictos. Para colmo, el disfraz se lo habían
hecho a mi hermano cuando estaba en tercero o cuatro grado. Y encima yo, que estaba por entrar en séptimo, distaba mucho de ser menudo y flaco; de manera
que embutido en esa ropa me sentía una empanada con demasiado relleno y mal repulgada. 
Por suerte la bocina del auto del padre de Esteban sonó antes de que mi madre y mi hermana pudiesen ponerse de acuerdo sobre qué zapatos irían bien con
el conjunto, porque en el apuro de último momento tuvieron que conformarse con los mocasines del colegio, cuando al parecer las seducía mucho más –llegué
a escucharlas decirlo– encontrar algún zapato de mi hermana con un poco de taco. Ya era de noche, y al amparo de la oscuridad me acomodé como pude en el
amasijo de chicos que viajaba en el asiento trasero del Falcon. 

Grande fue mi estupor al notar que ninguno de los miembros de la familia iba disfrazado, excepto Esteban. Y eso de considerar que mi amigo sí lo estaba
es casi un gesto compasivo de mi parte: una simple pistola de plástico y una cartuchera con cinturón de cowboy tampoco son un disfraz como Dios manda. Pero los otros iban vestidos con ropa de todos los días. Traté de consolar mis vergüenzas suponiendo que más tarde, cuando llegásemos al corso, yo podría disimularme en la multitud de disfraces y enmascarados. 
Pero al bajar del auto el alma se me fue a los pies. El dichoso corso de Haedo eran unos cuantos curiosos que caminaban por las veredas de la avenida Rivadavia,
comiendo un choripán o un copo de azúcar. De tanto en tanto, alguna careta de cotillón o algún antifaz solitario. Y en medio de esa gente tan normal y tan correcta, yo con mis calzas blancas y ajustadas de príncipe valiente. ¿Nunca le pasó, lector, tener un sueño –o una pesadilla– en el que están en medio de un cine, con las luces encendidas, desnudos o en ropa interior? Bueno. A mí me pasó exactamente eso, pero despierto y en el medio de la calle Rivadavia, en pleno centro de Haedo. 
Nos compraron unos aerosoles de espuma que olían a jabón y ardían en los ojos. Tenía tanta bronca contra Esteban por haberme metido en ese embrollo, que
debo haberle vaciado buena parte del mío en plena cara. 
En algún momento desfiló una murga. Lo supimos con tiempo, porque la gente que nos rodeaba se hizo sitio junto a los cordones y los padres alzaron a las criaturas para que vieran mejor. Algo de todo eso me sonaba falso, y no eran solo mis calzas blancas y mi camisa brillante. Como si todas esas personas hubieran ido a buscar algo sabiendo que no estaba. Por eso esperaban con desesperación el paso de la murga. Como si mirar a alguien bailar o divertirse fuese un modo de subsanar el triste equívoco de haber ido. 
Pero la murga fue otro fiasco. Unos cuantos muchachos que saltaban, con galeras de colores y trajes brillantes, pero lucían cansados y poco convencidos. 
Fue una suerte que el padre de Esteban tuviese que madrugar al día siguiente, porque después del paso fugaz de aquella murga nos hizo pegar la vuelta a casa. Por lo menos, esa del regreso fue la mejor parte de la noche. Los azares del Falcon ubicaron a Camila a mi lado, contra una de las ventanillas. Y cuando el interior del auto se iluminaba, de trecho en trecho, con la luz de algún farol, nuestros ojos se cruzaban subrepticios. Para entonces mi disfraz era un guiñapo. La corona había perdido tres o cuatro de sus puntas, y la camisa estaba llena de manchas y mojaduras de espuma. Las calzas, eso sí, seguían
tan blancas y tan ajustadas como al principio. Pero, por costumbre o por resignación, había dejado de importarme. 
Al día siguiente me mandaron a comprar al kiosco de Esteban, y me atendió Camila. Como siempre, ni ella ni yo levantamos la vista del mostrador mientras me despachaba. Pero cuando me iba, y ya había abierto la puerta de chapa del local, escuché su voz atropellada. “Te quedaba lindo el disfraz de príncipe”. 
No supe qué decir. Saludé y me fui a mi casa. Yo sabía que ella había dicho una mentira. Que ese disfraz de príncipe era tan feo como el corso y tan defectuoso como esos carnavales moribundos. Pero igual fui feliz. Que una mujer nos mienta por amor es, a pesar de todo, un gesto inolvidable.

(Argentina, 1967)