miércoles, 29 de abril de 2026

COSTANTINI, Humberto: Un bombo que suena lejos


Este año no salimos. Me lo dijo el César. Y hacía morisquetas para no llorar. ¡Si será pavo!
Pero Los Divertidos salen. Te lo digo yo César. Te lo digo yo que soy el director. El sábado estoy mejor y salimos.
¿Qué? ¿No creés? ¿No ves que sos un pavo? ¿no ves Coco que Este es un pavo?
Pero el Coco se miraba los pies y no decía nada. Andaba como perdido, sin saber qué hacer en la pieza. Che Coco, ¿qué te pasa? ¡Che Coco!
El frío. ¿Por qué tiene que venir esto? El frío es como una mano que me agarra. Como un diablo que me dice: Estaré ahí, Barraza, no te muevas. ¡No quiero! ¡Sáquenmelo de encima al diablo! ¡Si yo estoy bien!, ¿no viste cómo bailaba Coco?
Tengo frío. En la ventana el cielo se está poniendo rojo. ¿Qué hora es? Hay que prepararse Coco. Avisale a todos.
El bombo. ¿Trajiste el bombo Coco?
Y el Coco se callaba la boca. Miraba el suelo.
¿Por qué Coco? ¿Por qué te callás la boca y andás como escondiéndote? ¿Vos Coco? ¿El mejor tocador de bombo? ¡Que no se diga!
Porque vos sos el mejor de todos. Sin vueltas. Cuando te dejamos solo hacés lo que querés con el bombo. La gente te aplaude. Se vuelve loca. Por la espalda, por abajo la pata. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco! ¡Más ligero! ¡Dale Coco!
Pero yo soy el director. Yo siempre fui el director. ¿No es cierto Coco? Este año, y el año pasado, y el otro, y el otro. Siempre.
La murga de Barraza, le dicen a Los Divertidos. Eso vos lo sabés.
Yo seré un negro atorrante. Está bien. Por ahí salgo con el carrito y vendo fruta. Por ahí changueo en lo que venga. Por ahí no hago nada. Te acompaño cuando vas a trabajar al Parque o me quedo jodiendo en el boxing-club. Una semana, un mes, lo que sea.
Pero en Carnaval soy el director. Soy Ovidio Barraza. La gente me llama, me conoce, me dice: ¡chau Barraza! Y me miran como embobados.
No soy un negro atorrante. Soy el director.
¡Coco! ¡No te quedés callado como un pavo! ¡tanto que me hacías reír en el Parque y ahora te quedás allí, quieto, como si tuvieras miedo o no sé qué!
¿Te acordás Coco? ¡Tres pelotas un peso! ¡Tírele al negro! Vos también sos un negro atorrante, sos mi primo. Sos un negro atorrante como yo. ¡Mucho Coco! Sacabas la cabeza por la lona y te reías. La cargabas a la gente. ¡Tres pelotas un peso! ¿Te acordás Coco?
Pero no le pegaban. El Coco sabía esquivar. Había aprendido en el boxing-club. Era bueno antes.
El Coco es el mejor tocador de bombo. El mejor de todos. Los Divertidos lo necesitan y él se viene. Pero no es lo mismo que yo.
Si yo le digo por ejemplo: este año no salimos. Él me dice: está bien. Y el César y mi hermano Julio, y todos se amargarían un poco pero al final dirían: está bien.
Pero yo no digo: ¡está bien! ¿Entendés César? Yo no digo: no salimos. Porque yo soy Ovidio Barraza. Soy el director.
¡Atención muchachos!
—Vos César, allí con el estandarte. Vos Coco, allí al costado. Vos Julio en el medio conmigo. ¡Ahora!

Y póngale y póngale y póngale nomás
y póngale y póngale y póngale nomás.

Y la gente nos hacía rueda en la esquina. Se apretaban para mirar. Venían de todos lados.
El Coco le pegaba al bombo y a los platillos. El César movía el estandarte. Bum... chs chs chs, bumm... chs chs chs.
Y los otros bailaban. Yo les había enseñado. Movían el cuerpo, los brazos, saltaban. Bumm... chs chs chs, bumm chs chs chs.
Y Julio me seguía, bailaba delante de mí. Pero yo en el medio. Saltando más que los otros, más alto, más ligero. Porque soy el director. Y nadie baila como Barraza, ¿no es cierto Coco?
Abría la boca, me levantaba en el aire, me doblaba, más alto, mucho más alto que los otros. Bumm... chs chs chs, bumm... chs chs chs.
Después levantaba el brazo y el Coco paraba el bombo. Todos se quedaban quietos. Me escuchaban.

Un pajarito entró
por el patio de un convento
qué contentas estaban las monjas
con el pajarito adentro.
Y póngale y póngale y póngale nomás,
y póngale y póngale y póngale nomás.

En la calle. Bajo el farol de la esquina. Viendo cómo los pantalones blancos y las levitas coloradas se sacudían en el aire. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!
Tengo frío. En la ventana el cielo está rojo. Y el cielo tiene ruidos. Los pibes, un carro que pasa. ¿Por qué empiezan ya? ¿Por qué no esperan a Los Divertidos?
¡Carmen!
Los muchachos no están. Estoy solo. La pieza. Ese cajón con los remedios. Coco está trabajando en el Parque. El César no entiende nada.
¡Carmen!
Mi hermana está en la cocina. Oigo el ruido de la pileta.
¡Carmen!
Algo más para taparme, che, tengo frío.
El frío debe venir de ese cielo rojo. Se mete debajo de las cobijas. Hace mover la cama.
Pero el sábado estoy mejor y salimos. Te lo digo yo, César. Vos no entendés nada. Te lo digo yo que soy el director.
¡Atención muchachos!
Y cantábamos otra y otra. Todo el repertorio. Todas las letras que hice yo.
La gente se entusiasmaba y aplaudía y daba la plata sin fijarse. Porque Los Divertidos es la murga de Barraza. La mejor de todas.
¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!
Y nos íbamos yendo en fila por la calle. Bailando. Julio delante de mí dando vueltas. El César moviendo el estandarte. Y los demás saltando, agachándose, bailando fuerte, mostrando resto ¡qué joder! Por algo somos Los Divertidos.

Y póngale y póngale y póngale nomás,
y póngale y póngale y póngale nomás.

Y de ahí a otro lado. Y de ahí al corso. Y a otro corso. Y al baile. Y otra vez en la calle. Cinco, seis, siete veces, ¡qué sé yo! Sin parar una noche. Sin aflojar. Porque Los Divertidos no aflojan.
¡Dale Coco!
El sábado, el domingo, chupando, cantando, bailando en forma. El lunes, el martes, meta y meta nomás. Entusiasmando a la gente. ¡Chau Barraza! ¡Chau pibe! Porque yo soy el director.
Al corso del Talar entramos por Argerich. La gente nos esperaba. Nos conoce bien. Es el corso nuestro. ¡Barraza!, me gritaban, pero yo no podía mirar. Tenía que atender a la murga. ¡No se separen muchachos! Y fuimos llegando al palco uno por uno.
¿Qué? ¿Ya estuvieron Los Revoltosos? ¿Los de Urquiza? Pero el premio es nuestro. Estate tranquilo. ¡Dale Coco!
Y el Coco nos hacía bailar más fuerte, más ligero. Porque el corso del Talar es el nuestro. Se jugaba entero el Coco.
Se quedó solo en el medio y todos nos quedamos quietos viéndolo tocar. ¡Dale Coco! ¡Mucho Coco!, le gritaban.
Por la espalda, por abajo la pata, por atrás del pescuezo. Hace lo que quiere con el bombo el Coco.
Estoy cansado Julio, no sé lo que tengo.
Las piernas me pesaban. Las luces me daban vueltas.
Salimos del corso y fuimos a tomar una copa. Tomé dos cañas. Después nos convidaron de las mesas y tomamos vino. La gente se había amontonado en el café y nos pedía que cantáramos.
Pero a mí me dolía todo. Me pesaba el cuerpo.
Dale Coco. Y el Coco empezó a golpear el bombo despacito, para que fuéramos haciendo la rueda.
Estaba cansado. Ya era la cuarta noche. Pensé que casi no había comido. Chupado sí, pero comido casi nada. Ha de ser eso nomás.
Pero después entre la caña y el vino se me empezó a ir el cansancio.
¡Dale Coco! Ahora.

Un pajarito entró
por el patio de un convento

Las caras de la gente se me borraban. El bombo tocaba lejos, lejos.

Qué contentas estaban las monjas

La voz me parecía de otro. Julio me preguntó: ¿qué te pasa?

Con el pajarito adentro...

¡Solo Barraza!, me decían. Y yo bailé. No lo sentía al cuerpo. Me agachaba, saltaba en el aire. Más alto, más arriba que todos. Para eso soy el director. La gente aplaudía. Alguien dijo: es bueno el negro.
¡Y claro que somos buenos! Somos Los Divertidos. Los mejores.
El premio es nuestro. Estate tranquilo Julio. No tienen nada que hacer Los Revoltosos.

Y póngale y póngale y póngale nomás,
y póngale y póngale y póngale nomás.

Toda la noche. Hasta la madrugada.
Fue recién al volver. No sé qué me pasó. Estaba muy cansado. Tenía frío. En eso sentí como un ahogo y me agarré a Julio. Me metieron en el camión y me llevaron.
Las luces eran espejitos de colores que pasaban volando allá arriba.
¿Adónde van las luces Julio?
La levita colorada agarrándome la frente. Y un zumbido largo, largo, contra el brazo de Julio. Un algodón que me tapaba los ruidos.
¿Dónde quedaron los muchachos? Mañana a las cinco en casa, ¿oíste?
Eso me llenaba la boca, que me ahogaba.
El camión metiéndose en calles conocidas. La música de un baile. Las gomas chillando al pegar las vueltas. Los árboles de la plaza de Devoto.
Julio, ¿qué te dijeron en el hospital? Yo no entiendo eso.
Hoy lo oí al de la asistencia. ¿Qué quiere decir?
¡Está loco el tipo! El sábado estoy mejor y salimos. Se lo digo yo doctor. Usted no entiende nada, ¿me oye?
La ventana está roja. Como si tuviera fiebre.
Y sin embargo me manda el frío mezclado con las voces de la calle. Y entre las voces... sí sí, ¡un bombo! ¿Quién toca el bombo ahora? ¡Coco! ¡Coco!
Pero el Coco no es. Está trabajando en el Parque. Y yo estoy aquí. El frío me agarra, no me deja mover. ¡El bombo! ¿De dónde viene el bombo?
¡Coco! ¡Vos saliste solo! Estás tocando en la esquina y la gente te aplaude. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!
No no no. Coco se miraba los pies y no sabía qué hacer aquí. Y el César hacía morisquetas para no llorar.
Julio, ¿qué quiere decir galopante? Yo no entiendo nada Julio. Yo no me voy a morir. Porque yo soy el director. ¿No es cierto Julio?
Tengo frío. Las cosas me miran y tampoco entienden nada. Me dejan solo.
¡Julio! ¡Julio!
No quiero estar solo. Por la ventana llega el cielo y me trae el frío. El bombo suena lejos. ¿En qué barrio? Pero viene por el aire y se mete en la pieza.
Hacelo callar Carmen. ¡Andá vos Coco! Sacale el bombo de la mano. Mostrale lo que sabés hacer. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco! ¡Más ligero!

Un pajarito entró
por el patio de un convento
qué contentas estaban las monjas
con el pajarito adentro.

No soy un negro atorrante. Soy Ovidio Barraza. Soy el director.
La ventana está roja. Toda la pieza está roja.
¿Por qué no decís nada Coco? ¿De veras pensás que estoy listo? ¿Es cierto Coco? ¿Es cierto que me voy a morir?
¡Vamos a buscarlo al bombo! ¡Vamos a toparnos! Yo soy el director y me paro adelante. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!
Por la ventana roja. El frío que viene del cielo.
Acercate Coco. Dame la mano. Te acordás cuando sacabas la cabeza por la lona. Pero no te pegaban. Sabías esquivar.
Lloro sí. Lloro porque el Carnaval se me escapa. Es un bombo que suena lejos, en otro barrio. Y yo no puedo correrlo.
¡Dale Coco! ¡Correlo vos Coco!
Los Divertidos no salen. Los Divertidos están mirando esa ventana roja por donde se mete el frío.
Y el frío viene mezclado con los golpes de un bombo. Pero no es el tuyo Coco. Es otro bombo.
¡Chau Barraza! Y yo levantaba la mano para saludar.
Decíselo vos Coco. Decile a la gente. El negro Barraza muere en su ley. Muere el director de Los Divertidos. No un negro atorrante.
Decíselo vos Coco.
¡Dale Coco! ¡No parés Coco! ¿No ves que la ventana se pone negra? ¿No ves que se está tapando el cielo?
¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!

(Argentina, 1924/1987)



domingo, 26 de abril de 2026

BORGES, Jorge Luis: El poema de los dones



Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que solo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

(Argentina, 1899/1986)



martes, 21 de abril de 2026

ENRÍQUEZ, Mariana: La Virgen de la tosquera

 


Silvia vivía sola en su propio departamento alquilado, con una planta de marihuana de metro y medio en el patio y una habitación enorme con el colchón en el piso. Tenía su propia oficina en el Ministerio de Educación, un sueldo, se teñía el pelo largo de negro azabache y usaba camisolas hindúes de mangas anchas a la altura de las muñecas, con hilos plateados que brillaban bajo el sol. Era de Olavarría y tenía un primo que había desaparecido misteriosamente mientras recorría el interior de México. Era nuestra amiga «grande», la que nos cuidaba cuando salíamos y la que nos prestaba la casa para que pudiéramos fumar porro y encontrarnos con chicos. Pero la queríamos arruinada, indefensa, destruida. Porque Silvia siempre sabía más: si alguna de nosotras descubría a Frida Kahlo, ah, ella ya había visitado la casa de Frida con su primo en México, antes de que él desapareciera. Si probábamos una droga nueva, ella ya había tenido una sobredosis con la misma sustancia. Si descubríamos a una banda que nos gustaba, ella ya había dejado de ser fan del mismo grupo. Odiábamos que tuviera el pelo lacio y pesado, negrísimo, teñido con una tintura que no podíamos encontrar en ninguna peluquería normal. ¿Qué marca sería? Ella a lo mejor nos lo hubiera dicho, pero jamás se lo preguntamos. Odiábamos que siempre tuviera plata, para otra cerveza, para otros veinticinco gramos, para otra pizza. ¿Cómo podía ser? Ella decía que además del sueldo disponía de la cuenta de su padre, rico, que no la veía ni la había reconocido, pero le depositaba plata en el banco. Era mentira, seguro. Tan mentira como que su hermana fuera modelo: la habíamos visto cuando la chica visitó a Silvia y no valía ni tres puteadas, una morocha petisa de culo grande y rulos rebeldes marcados con gel más grasa imposible, recontra ordinaria, no podía ni soñar con subirse a una pasarela.
Pero sobre todo queríamos verla derrotada porque Diego gustaba de ella. A Diego lo habíamos conocido nosotras en Bariloche, en nuestro viaje de egresadas. Era flaco, tenía las cejas gruesas y siempre usaba una remera diferente de los Rolling Stones (una con la lengua, otra con la tapa de Tatuado, otra con Jagger agarrando un micrófono con cable terminado en cabeza de serpiente). Diego nos tocó canciones en la guitarra acústica después de la cabalgata cuando se hacía de noche cerca del cerro Catedral, y después en el hotel nos enseñó la medida justa de vodka y naranja para hacer un buen destornillador. Nos trató bien pero solamente quiso besarnos y no quiso acostarse con nosotras, a lo mejor porque era más grande (había repetido, tenía dieciocho), o porque no le gustábamos. Después, cuando volvimos a Buenos Aires, lo llamamos para invitarlo a una fiesta. Nos prestó atención un rato hasta que Silvia le dio charla. Y desde entonces nos siguió tratando bien, eso sí, pero Silvia lo acaparaba y lo deslumbraba (o lo abrumaba: las opiniones estaban divididas) con sus historias de México y peyote y calaveras de azúcar. Ella también era grande, hacía dos años que había terminado la secundaria . Diego no había viajado mucho, pero quería irse de mochilero al norte ese mismo verano; Silvia ya había hecho ese recorrido (¡claro!) y le daba consejos, le decía que la llamara para recomendarle hoteles baratos y casas de familias que daban alojamiento, y él se creía todo, a pesar de que Silvia no tenía ni una sola foto, ni una, para probar que ese viaje —o cualquiera de los otros, era muy viajada— había sido real.
Ella fue la que apareció con la idea de las tosqueras ese verano, y tuvimos que concederle: fue una muy buena idea. Silvia odiaba las piletas públicas y las de club, hasta las de las quintas o casas de fin de semana: decía que el agua no era fresca, que la sentía estancada. Como el río más cercano estaba contaminado, ella no tenía dónde nadar. A nosotras nos parecía «quién se cree qué es Silvia, como si hubiera nacido en una playa del sur de Francia». Pero Diego escuchó la explicación de por qué quería agua «fresca» y estuvo totalmente de acuerdo. Hablaron un poco de mares y cascadas y arroyitos hasta que Silvia mencionó las tosqueras. Alguien, en el trabajo, le había dicho que podía encontrar un montón en la ruta para el sur, y que la gente apenas las usaba para bañarse, porque les daban miedo, se decía que eran peligrosas. Ahí mismo propuso que fuéramos el siguiente fin de semana, y nosotras aceptamos de inmediato porque sabíamos que Diego iba a decir que sí y no queríamos que fueran los dos solos. A lo mejor si veía el feo cuerpo que tenía ella, unas piernas bien macetonas, Silvia decía que porque había jugado al hockey de chica, pero la mitad de nosotras habíamos jugado al hockey y ninguna tenía esos jamones; el culo chato y las caderas anchas, por eso le quedaban tan mal los jeans; si veía esos defectos (más los pelos que nunca se depilaba bien, a lo mejor no se podían sacar de raíz, ella era muy morocha), a lo mejor Diego dejaba de gustar de Silvia y de una buena vez se fijaba en nosotras.
Ella averiguó un poco y dijo que teníamos que ir a la tosquera de la Virgen, que era la mejor, la más limpia. También era la más grande, la más honda y la más peligrosa de todas las tosqueras. Quedaba muy lejos, casi al final del recorrido del 307, cuando el colectivo ya tomaba la ruta. La tosquera de la Virgen era especial porque, decían, casi nadie iba a bañarse ahí. El peligro que alejaba a la gente no era la profundidad: era el dueño. Decían que alguien la había comprado, y lo aceptábamos: ninguna de nosotras sabía para qué servía una tosquera ni si se podía comprar, pero sin embargo no nos resultaba raro que tuviera dueño y entendíamos que él no quisiera extraños bañándose en su propiedad.
Según contaban , cuando había intrusos el dueño aparecía por detrás de una loma en su camioneta y les disparaba. A veces también les soltaba sus perros. Había decorado su tosquera privada con un altar gigante, una gruta para la Virgen en uno de los lados del piletón principal. Se podía llegar rodeando la tosquera por un camino de tierra del lado derecho, un camino que empezaba en una entrada improvisada, cerca de la ruta, marcada por un angosto arco de hierro. Del otro lado estaba la loma desde la que podía asomarse la camioneta. El agua frente a la Virgen estaba quietísima, negra. De este lado, una playita de tierra arcillosa.
Fuimos todos los sábados de ese enero, el calor era tormentoso y el agua estaba tan fría: era como sumergirse en un milagro. Hasta nos olvidamos un poco de Diego y Silvia. Ellos también se habían olvidado el uno del otro, maravillados por la frescura y el secreto. Tratábamos de estar callados, de no hacer escándalo para no despertar al dueño escondido. Nunca vimos a nadie más, aunque a veces algunas personas compartían la parada del colectivo a la vuelta, y debían suponer que volvíamos de la tosquera por nuestro pelo mojado y el olor que se nos quedaba pegado a la piel, olor a piedra y sal. Una vez el colectivero nos dijo algo extraño: que tuviéramos cuidado con los perros sueltos, medio salvajes. Nos dio un escalofrío, pero el siguiente fin de semana estuvimos tan solos como siempre, no escuchamos ni siquiera un ladrido lejano.
Y podíamos ver que Diego empezaba a mirar con interés nuestros muslos dorados, nuestros tobillos finos, los vientres chatos. Igual seguía más cercano a Silvia y todavía parecía fascinado aunque ya se había dado cuenta de que nosotras éramos mucho, mucho más lindas. El problema era que los dos nadaban muy bien, y aunque jugaban con nosotras en el agua y nos enseñaban algunas cosas, a veces se aburrían y se alejaban nadando rápido, con precisión. Era imposible alcanzarlos. La tosquera era enorme de verdad; nosotras, cerca de la orilla, veíamos sus dos cabezas oscuras flotando sobre la superficie, y veíamos sus labios moverse, pero no teníamos idea de lo que se decían. Se reían mucho, eso sí, y Silvia tenía una risa escandalosa, teníamos que retarla para que bajara la voz. Los dos parecían tan contentos. Sabíamos que se iban a acordar dentro de muy poco de lo mucho que se gustaban, que la frescura del verano cerca de la ruta era algo pasajero. Teníamos que detenerlos. Nosotras habíamos encontrado a Diego, ella no podía quedarse con todo.
Diego estaba cada día mejor. La primera vez que se sacó la remera descubrimos que tenía la espalda ancha, los hombros caídos y fuertes, y un color arena en la espalda, justo sobre el pantalón, que era sencillamente hermoso. Nos enseñó a armar una tuquera para el porro con la cajita de fósforos, y nos cuidaba para que no nos metiéramos al agua relocas, por si nos ahogábamos drogadas. Nos ripeaba discos de las bandas que, creía, teníamos que conocer, y después nos tomaba examen, era encantador, se ponía contento cuando notaba que nos había gustado de veras alguna de sus favoritas. Nosotras escuchábamos con devoción y buscábamos mensajes, ¿nos querría decir algo?, por las dudas hasta traducíamos las canciones que estaban en inglés usando el diccionario; nos las leíamos por teléfono y debatíamos. Era muy confuso, había decenas de mensajes cruzados.
Toda especulación se cortó en seco —como si nos hubieran pasado un cuchillo helado por la columna vertebral— cuando nos enteramos de que Silvia y Diego se habían puesto de novios. ¡Cuándo! ¡Cómo! Ellos eran grandes, no tenían por qué estar en casa temprano, Silvia tenía su propio departamento, qué estúpidas, aplicarles a ellos nuestras limitaciones de pendejas. Y eso que nos escapábamos bastante pero igual nos controlaban con horarios, celular y padres que se conocían entre sí y nos llevaban hasta los lugares —boliches, casas de amigas, casas nuestras, club— en auto.
Los detalles los tuvimos pronto, y no eran demasiado espectaculares. Se veían al margen de nosotras desde hacía un tiempo; de noche, en efecto, pero a veces él la pasaba a buscar por el Ministerio y se iban a tomar algo, y otras se quedaban a dormir juntos en su departamento. Seguro fumaban el porro de la planta de Silvia en la cama después de coger. Algunas de nosotras no habíamos cogido a los diecisiete años, un espanto; chupar pija sí, ya sabíamos hacerlo muy bien , pero coger, algunas, no todas . Nos dio un odio terrible. Queríamos a Diego para nosotras, no queríamos que fuera nuestro novio, queríamos nomás que nos cogiera, que nos enseñara como nos enseñaba sobre el rocanrol, preparar tragos y nadar mariposa.
De todas, la más obsesionada era Natalia. Ella era virgen todavía. Decía que quería guardarse para uno que valiera la pena, y Diego valía la pena. Cuando se le metía algo en la cabeza, era muy difícil que diera marcha atrás. Una vez, se había tomado veinte pastillas de su mamá cuando le prohibieron ir al boliche por una semana —las notas del colegio eran un desastre—. La dejaron seguir yendo, pero la mandaron al psicólogo. Natalia faltaba y se gastaba la plata de las sesiones en sus cosas. Con Diego quería algo especial. No quería tirársele encima. Quería que él la quisiera, gustarle, enloquecerlo. Pero en las fiestas, cuando se acercaba a hablarle, Diego le hacía una sonrisa de costado y seguía en su conversación, con cualquier otra de nosotras. No le contestaba el teléfono, y si lo hacía, las conversaciones eran lánguidas y él siempre las cortaba. En la tosquera, no se le quedaba mirando el cuerpo, las piernas largas y fuertes y el culo firme, o la miraba como si se fijara en una planta medio aburrida, un ficus, por ejemplo. Eso sí que Natalia no podía creerlo. Ella no sabía nadar, pero se humedecía cerca de la orilla y después salía del agua fría con la malla amarilla pegada al cuerpo bronceado, tan pegada que se le marcaban los pezones, erizados por el agua helada; y Natalia sabía que cualquier otro que la viera se mataría a pajas, pero Diego no, ¡prefería a la negra de culo chato! Nosotras coincidíamos en que era incomprensible.
Una tarde, cuando íbamos para la clase de educación física, nos contó que le había echado sangre de menstruación al café de Diego. Lo había hecho en la casa de Silvia, ¡dónde si no! Estaban los tres solos, y en un momento Diego y Silvia fueron hasta la cocina, por unos minutos, a buscar café y galletitas; el café ya estaba servido sobre la mesa. Natalia, muy rápido, echó lo que había podido juntar —muy poco— en un mínimo frasquito de muestra de perfume. Había logrado juntar la sangre retorciendo algodón húmedo, un asco porque ella siempre usaba toallitas o tampones, se había puesto algodón solo para poder conseguir sangre. Estaba un poco diluida en agua, pero ella decía que tenía que servir igual. Había sacado el método de un libro de parapsicología: ahí decían que era poco higiénico, pero infalible para amarrar al ser amado.
No funcionó. Una semana después de que Diego tomara la sangre de Natalia, la propia Silvia nos contó que estaban de novios, que era oficial. La siguiente vez que los vimos, no paraban de besuquearse. Ese fin de semana fuimos a la tosquera con ellos de la mano, y no lo podíamos entender. No lo podíamos entender. La bikini roja con dibujos de corazones de una; la panza chatísima con un piercing en el ombligo de otra; el excelente corte de pelo con un mechón en la cara, las piernas sin un solo pelo, las axilas como de mármol. ¿Y él la prefería a ella? ¿Por qué? ¿Porque se la cogía? ¡Si nosotras también queríamos coger, no queríamos otra cosa! O acaso no se daba cuenta cuando nos sentábamos sobre sus rodillas apoyando el culo con mucha fuerza, y tratando de manotearle la pija con la mano, como en un descuido. O cuando nos reíamos cerca de su boca, mostrándole la lengua. ¿Por qué no nos tirábamos encima de él y listo? Porque nos pasaba a todas, no era solamente la obsesión de Natalia: queríamos que Diego nos eligiera. Queríamos estar con él todavía mojadas del agua fría de la tosquera, cogiendo una tras otra, él acostado sobre la playita, esperando los disparos del dueño, y correr hacia la ruta medio desnudas bajo una lluvia de balas.
Pero no. Estábamos ahí sentadas en toda nuestra gloria, y él besándose con Silvia culo chato vieja además. El sol ardía, y a Silvia culo chato ya se le estaba pelando la nariz, un desastre, usaba protectores solares de cuarta. Nosotras, impecables. En un momento, Diego pareció darse cuenta. Nos miró distinto, como si registrara que estaba con una negra fea. Y dijo «por qué no vamos nadando hasta la Virgen». Natalia se puso pálida, porque ella no sabía nadar. Nosotras sí, pero no nos animábamos a cruzar la tosquera, que era muy profunda y larga, si nos ahogábamos no había quién nos salvara, estábamos en el medio de la nada. Diego adivinó: «Sil y yo vamos nadando, ustedes agarren por el costado caminando y nos vemos allá. Quiero ver ese altar de cerca, ¿se copan?».
Dijimos que sí, que claro, aunque estábamos preocupadas porque si le decía «Sil» a lo mejor nuestra percepción de que nos miraba distinto era equivocada, nomás nos moríamos de ganas de que fuera así y ya estábamos medio locas. Empezamos a caminar. Rodear la tosquera no era fácil: parecía mucho más chica cuando una estaba sentada en la playita. Era enorme. Debía tener unas tres cuadras de largo. Diego y Silvia avanzaban más que nosotras, y veíamos las cabezas oscuras aparecer a intervalos, medio doradas bajo el sol, tan luminosas, y los brazos levantando surcos de agua, resbaladizos. En un momento tuvieron que parar, lo vimos desde el costado —nosotras, bajo el sol, con polvo pegado al cuerpo por la transpiración, algunas con dolor de cabeza por el calor y la luz fuerte en los ojos, caminando como si anduviéramos cuesta arriba—; los vimos parar y hablarse, Silvia se reía tirando la cabeza para atrás y manteniendo los brazos en movimiento para no hundirse. Eran demasiados metros para nadar de un tirón, ellos no eran profesionales. Pero a Natalia le dio la impresión de que no paraban nomás por cansancio, creyó que estaban tramando algo, «a esa yegua se le ocurrió alguna », dijo, y siguió caminando hacia la Virgen que apenas se veía adentro de la gruta.
Diego y Silvia llegaron justo cuando nosotras doblábamos a la derecha, a caminar los últimos cincuenta metros que nos separaban de la gruta de la Virgen. Seguramente nos vieron resoplando, con las axilas oliendo a cebolla y el pelo pegado a las sienes. Nos miraron bien , se rieron igual que lo habían hecho cuando dejaron de nadar, y se volvieron a tirar al agua, para nadar con toda velocidad de vuelta a la orilla de la playita. Así nomás. Se les escucharon las carcajadas burlonas junto al chapuzón. «¡Chau, chicas!», gritó Silvia triunfal antes de volver nadando, y nosotras ahí heladas a pesar del bochorno, qué cosa rara, heladas y más muertas de calor que nunca, con las orejas ardiendo de odio mientras los veíamos ir se riéndose de las tontas que no sabíamos nadar, imaginando nuestros propios reproches. Humilladas, a cincuenta metros de la Virgen, que ya nadie tenía ganas de ver, que ninguna de nosotras había tenido ganas de ver nunca . Miramos a Natalia. Era tanta la rabia que las lágrimas no caían de sus ojos. Le dijimos que teníamos que volver. Dijo que no, que quería ver a la Virgen. Nosotras estábamos cansadas y avergonzadas, nos sentamos a fumar, le dijimos que la esperábamos.
Tardó bastante, unos quince minutos. Raro, ¿habría estado rezando? No le preguntamos, la conocíamos bien cuando se enojaba, a una de nosotras nos había mordido en un ataque de furia, de verdad, un mordiscón enorme en el brazo que había dejado una marca por casi una semana. Volvió con nosotras, nos pidió de fumar una pitada —no le gustaba fumar cigarrillos enteros— y empezó a caminar. La seguimos. Podíamos ver a Silvia y Diego en la playa, secándose mutuamente, no los escuchábamos bien, pero se reían, y de pronto un grito de Silvia, «no se enojen chicas, fue un chiste».
Natalia se dio vuelta en seco . Estaba cubierta de polvo. Tenía polvo hasta en los ojos. Nos miró fijo, estudiándonos. Sonrió y dijo:
—No es una Virgen.
—¿Qué cosa?
—Tiene un manto blanco para ocultar, para taparla, pero no es una Virgen. Es una mujer roja, de yeso, y está en pelotas. Tiene los pezones negros.
Nos dio miedo. Le preguntamos quién era, entonces. Nos dijo que no sabía, algo brasilero. También nos dijo que le había pedido algo. Que el rojo estaba muy bien pintado, y brillaba, parecía acrílico. Que tenía un pelo muy lindo, negro y largo, más oscuro y más sedoso que el de Silvia. Y que cuando se le acercó, el falso manto blanco virginal se le cayó solo, sin que ella lo tocara, como si quisiera que Natalia la reconociera. Entonces le había pedido algo.
No le contestamos nada. A veces hacía cosas así de locas, como lo de la menstruación en el café. Después se le pasaba.
Llegamos de muy malhumor a la playita, y aunque Silvia y Diego trataron de hacernos reír, no hubo manera. Vimos cómo les entraba la culpa. Pidieron perdón y disculpas. Admitieron que había sido una broma de mal gusto, pesada, diseñada para avergonzarnos, mala leche, despreciativa. Sacaron de la heladerita que siempre llevábamos a la tosquera una cerveza bien fresca, y cuando Diego la destapó con su abridor-llavero, escuchamos el primer resoplido.
Fue tan alto, claro y fuerte que pareció venir de muy cerca. Pero Silvia se paró y señaló con el dedo la loma por donde aparecía el dueño. Había un perro negro. Aunque lo primero que Diego dijo fue «es un caballo». Ni bien terminó la palabra, el perro ladró, y el ladrido llenó la tarde y nosotras juramos que hizo temblar un poco la superficie del agua de la tosquera. Era grande como un potrillo, completamente negro, y se notaba que estaba dispuesto a bajar la loma. Pero no era el único. El primer resoplido había llegado de atrás nuestro, del fondo de la playa. Allá, muy cerca, caminaban tres perros-potrillos babosos, sus costados subían y bajaban, se les notaban las costillas, estaban flacos. Estos no eran los perros del dueño, pensamos, eran los perros de los que había hablado el colectivero, salvajes y peligrosos. Diego les hizo «shhh» para amansarlos, y Silvia dijo «no hay que mostrarles que estamos asustados», y entonces Natalia, enojada, llorando por fin, les gritó: «Soberbios de mierda, vos sos una negra culo chato, vos un pelotudo, ¡y ellos son mis perros!».
Había uno a cinco metros de Silvia. Diego ni le prestó atención a Natalia: se puso delante de su novia para protegerla, pero entonces apareció otro perro atrás de él, y dos más chicos que bajaron corriendo ladrando la lomita por la que no se asomaba el dueño, y de repente empezaron los rugidos de hambre o de odio, no sabíamos. Lo que sí sabíamos, de lo que nos dimos cuenta porque era tan obvio, era de que los perros ni nos miraban. A ninguna de nosotras. No nos prestaban atención, como si no existiéramos, como si ahí junto a la tosquera solo estuvieran Silvia y Diego. Natalia se puso una remera y una pollera, nos susurró que nos vistiéramos también, y después nos agarró de las manos. Caminó hasta la entrada de hierro tipo arco que daba a la ruta, y recién ahí empezó a correr hasta la parada del 307, y nosotras detrás de ella. Si pensamos en buscar ayuda, no lo dijimos. Si pensamos en volver, tampoco lo dijimos. Cuando escuchamos los gritos de Silvia y Diego desde la ruta, rezamos secretamente para que no parara ningún auto y también los escuchara; a veces, como éramos tan jóvenes y lindas, nos ofrecían llevarnos gratis hasta la ciudad. Llegó el 307 y subimos con tranquilidad para no levantar sospechas. El chofer nos preguntó cómo andábamos y le dijimos, bien, bárbaro, todo tranquilo, todo tranquilo.

(Argentina, 1973)




sábado, 18 de abril de 2026

QUIROGA, Horacio: El solitario


Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.
Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.
No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil artista aún, carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido.
Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya -¡y con cuánta pasión deseaba ella!- trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante.
Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida -debía partir, no era para ella- caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.
-Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti -decía él al fin, tristemente.
Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.
Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.
Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.
-¡Y eres un hombre, tú! -murmuraba.
Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.
-No eres feliz conmigo, María -expresaba al rato.
-¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo? ¡Ni la última de las mujeres!… ¡Pobre diablo! -concluía con risa nerviosa, yéndose.
Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados.
-Sí… ¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuándo la hiciste?
-Desde el martes -mirábala él con descolorida ternura- dormías de noche…
-¡Oh, podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes!
Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos.
-¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú… y tú… ni un miserable vestido que ponerme tengo!
Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles.
La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la falta de un prendedor -cinco mil pesos en dos solitarios-. Buscó en sus cajones de nuevo.
-¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.
-Sí, lo he visto.
-¿Dónde está? -se volvió extrañado.
-¡Aquí!
Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor puesto.
-Te queda muy bien -dijo Kassim al rato-. Guardémoslo.
María se rio.
-¡Oh, no! es mío.
-¿Broma?…
-¡Sí, es broma! ¡Es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser mío…! Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.
Kassim se demudó.
-Haces mal… podrían verte. Perderían toda confianza en mí.
-¡Oh! -cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta.
Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba sentada en la cama.
-¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona!
-No mires así… Has sido imprudente, nada más.
-¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de halago, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame!
Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.
Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más admirable que hubiera pasado por sus manos.
-Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.
Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario.
-Una agua admirable… -prosiguió él- costará nueve o diez mil pesos.
-¡Un anillo! -murmuró María al fin.
-No, es de hombre… Un alfiler.
A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.
-Si quieres hacerlo después… -se atrevió Kassim-. Es un trabajo urgente.
Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.
-María, te pueden ver!
-¡Toma! ¡Ahí está tu piedra!
El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.
Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo la mirada a su mujer.
-Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?
-No -repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos le temblaban hasta dar lástima.
Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían de las órbitas.
-¡Dame el brillante! -clamó-. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! ¡Dámelo!
-María… -tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.
-¡Ah! -rugió su mujer enloquecida-. ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a desquitar… cornudo! ¡Ajá! Mírame… no se te había ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah! -y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de un botín.
-¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim miserable!
Kassim la ayudó a levantarse, lívido.
-Estás enferma, María. Después hablaremos… acuéstate.
-¡Mi brillante!
-Bueno, veremos si es posible… acuéstate.
-Dámelo!
La bola montó de nuevo a la garganta.
Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.
María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.
-Es mentira, Kassim -le dijo.
-¡Oh! -repuso Kassim sonriendo- no es nada.
-¡Te juro que es mentira! -insistió ella.
Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.
-¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.
Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las manos, lo siguió con la vista.
-Y no me dice más que eso… -murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.
No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido continuaba trabajando. Una hora después, este oyó un alarido.
-¡Dámelo!
-Sí, es para ti; falta poco, María -repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura helada de su camisón y de la sábana.
Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido.
Su mujer no lo sintió.
No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer.
Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arquearon, y nada más.
La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

(Uruguay, 1878/Argentina, 1937)



viernes, 10 de abril de 2026

MURAKAMI, Haruki: Sobre el encuentro con una chica cien por cien perfecta en una soleada mañana del mes de abril

 


Una soleada mañana del mes de abril me crucé con una chica cien por cien perfecta en una bocacalle del distrito de Harajuku.
A decir verdad, ni era tan guapa, ni tenía nada llamativo, ni vestía de una manera especial. Su pelo aún estaba un poco revuelto a la altura de la nuca a causa del sueño. No era tan joven, rondaría los treinta, así que para hablar con propiedad no debería referirme a ella como una chica. Fuera como fuera, cuando estaba a unos cincuenta metros de distancia me di cuenta: era cien por cien perfecta para mí. Desde el momento en que la vi, mi corazón se puso a brincar como si la tierra se moviera bajo mis pies, se me secó la boca, transformada, de pronto, en un desierto.
Tal vez tú tengas definido el tipo de chica que te gusta. Por ejemplo, las de tobillos finos, ojos grandes, con las manos estilizadas, tal vez, y puede que ni sepas por qué, las que comen despacio. A mí también me gustan las chicas así, por supuesto. En ocasiones estoy en un restaurante y me quedo embelesado cuando veo la nariz de una chica sentada cerca.
Sin embargo, nadie puede decir que su chica perfecta al cien por cien corresponda a un tipo preconcebido. Es curioso, no recuerdo la forma de su nariz. En realidad, ni siquiera recuerdo si tenía o no. Solo me acuerdo de que no era muy guapa. Qué extraño.
—Ayer me crucé en la calle con la chica cien por cien perfecta —le dije a alguien.
—¿De verdad? ¿Era guapa? —me preguntó.
—En realidad no.
—Entonces, es que era tu tipo.
—No lo sé. No recuerdo nada de ella, sus ojos, si tenía mucho pecho o poco.
—¡Qué extraño!
—Sí, muy raro.
—Y —continuó un poco aburrido—, ¿hiciste algo? ¿Hablaste con ella? ¿La seguiste?
—No, nada. Solo nos cruzamos.
Ella venía en dirección este y caminaba hacia el oeste. Yo al contrario. Era una preciosa mañana de abril.
Me hubiera gustado hablar con ella aunque solo fuera media hora. Saber algo de su vida, contarle de la mía. Sobre todo, explicarle los complejos mecanismos del destino que nos llevaron a cruzarnos en una calle de Harajuku en una soleada mañana de 1981. Todas esas cosas debían ocultar cálidos secretos, como el mecanismo de los relojes antiguos cuando el mundo aún vivía en paz.
Después de charlar, habríamos ido a almorzar a alguna parte, quizás a ver una película de Woody Allen o al bar de un hotel a tomar un cóctel. Si todo hubiera ido bien, quizás hubiera tenido la oportunidad de acostarme con ella.
La posibilidad llamaba a las puertas de mi corazón.
La distancia entre nosotros se redujo a unos quince metros.
¿Cómo podía abordarla? ¿Qué decir?
«Hola, ¿no dispondrás de treinta minutos para hablar conmigo?».
Ridículo. Suena a vendedor de seguros.
«Disculpe, ¿por casualidad no sabrá si hay por aquí una tintorería abierta las veinticuatro horas?».
Igual de absurdo. Para empezar, ni siquiera llevaba una bolsa con ropa sucia. ¿Cómo iba a tragarse semejante excusa?
Tal vez lo mejor fuera la honestidad.
«Hola. Eres la chica cien por cien perfecta para mí».
Tampoco hubiera servido. Es probable que no se lo hubiera tragado y, en caso de que sí, lo más seguro es que no hubiera querido hablar conmigo. Podría haberme dicho:
«Aunque yo sea cien por cien perfecta para ti, tú no lo eres para mí. Lo siento».
Es más que probable. De encontrarme en esa situación, no habría sabido qué hacer, seguro, habría estado perdido. Quizá no hubiera podido recuperarme nunca de semejante golpe. Tengo treinta y dos años y hacerse mayor trae consigo este tipo de cosas.
Me crucé con ella frente a una floristería. Una pequeña bolsa de aire cálido me acarició la piel. El asfalto de la calle estaba mojado y desprendía un aroma a rosas. Fui incapaz de decirle nada. Llevaba un jersey blanco y un sobre también blanco sin franquear en la mano derecha. Había escrito a alguien. Tenía ojos de sueño. Quizá se había pasado la noche en vela escribiendo. Puede que ese sobre encerrase todos sus secretos.
Después de avanzar unos pasos, me di media vuelta para mirarla, pero su figura se había desvanecido entre la multitud.

En este momento sé cómo debería haberme dirigido a ella, obvio, pero las frases resultan demasiado largas, así que mis opciones de hacerlo sin equivocarme hubieran sido más bien escasas. No se me ocurren cosas prácticas.
De todos modos, la cosa podría empezar con un «Érase una vez» y terminar con una pregunta: «Una historia triste, ¿no te parece?».

Érase una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho años y ella dieciséis. Ninguno de los dos era muy agraciado, más bien chicos solitarios de los muchos que existen en cualquier parte. Sin embargo, cada uno por su lado creía firmemente que en algún lugar del mundo existía un chico o una chica cien por cien perfectos para ellos. Sí. Creían en los milagros. De hecho, el milagro ocurrió como esperaban.
Un día se cruzaron casualmente en la esquina de una calle.
—¡Es increíble! —dijo él—. Te he buscado durante toda mi vida. A lo mejor no me crees, pero eres mi chica cien por cien perfecta.
—Y tú el chico cien por cien perfecto para mí —respondió ella—. Te había imaginado tal cual, hasta el más mínimo detalle. Parece un sueño.
Se sentaron en un banco del parque. Entrelazaron sus manos y hablaron sin parar durante horas. Ya no estaban solos. Habían encontrado a la persona cien por cien perfecta, la querían y eran correspondidos. Querer a alguien y ser correspondido. ¡Qué cosa tan maravillosa! Es un milagro. Un milagro de dimensiones cósmicas.
Sin embargo, la sombra de una duda cruzó el corazón de ambos. ¿Era bueno que un sueño se hiciese realidad con tanta facilidad?
Cuando la conversación se detuvo unos instantes, el chico aprovechó para decir:
—¿Por qué no probamos si de verdad somos cien por cien perfectos el uno para el otro? Estoy seguro de que volveremos a encontrarnos y, cuando eso suceda, nos casaremos. ¿Qué te parece?
—Estoy de acuerdo —respondió ella.
Después de eso se separaron. Uno se marchó en dirección este, el otro hacia el oeste.
Pero la verdad es que no tenían ninguna necesidad de demostrarse nada. De hecho, no deberían haberlo intentado siquiera, porque eran los amantes perfectos y haberse encontrado era un milagro. El problema radica en que eran demasiado jóvenes para darse cuenta. Las olas frías y crueles levantadas por el destino empezaron a sacudirles sin piedad.
Un invierno pillaron una gripe terrible y después de debatirse varias semanas entre la vida y la muerte terminaron por perder la memoria. Cuando despertaron, sus cabezas estaban tan vacías como la hucha de D.H. Lawrence en su niñez.
Sin embargo, eran jóvenes, sensatos y pacientes, de manera que, después de muchos esfuerzos, adquirieron nuevos conocimientos y sentimientos que les permitieron volver a integrarse en la sociedad. ¡Válgame el cielo! Se convirtieron en ciudadanos modélicos, que sabían cómo cambiar de línea de metro y enviar una carta urgente en una oficina de correos. De hecho, volvieron a vivir la experiencia del amor, un amor entre un 75 y un 85 por ciento perfecto.
El tiempo pasó. El chico cumplió treinta y dos años y la chica treinta.
El tiempo pasó a una velocidad de vértigo.
Una preciosa y soleada mañana del mes de abril, mientras buscaba un lugar donde tomarse el café para empezar el día en una bocacalle del distrito de Harajuku, el chico caminaba hacia el oeste y la chica en dirección contraria, hacia la oficina de correos donde debía enviar una carta urgente. Se cruzaron en mitad de la calle. El tenue destello de un recuerdo perdido iluminó por un instante sus corazones, que dieron un vuelco. Lo supieron.
Ella es cien por cien perfecta para mí.
Él es cien por cien perfecto para mí.
Sin embargo, ese destello era tan débil que las palabras no pudieron brotar con la misma facilidad que catorce años antes. No se dijeron nada y se desvanecieron entre la multitud. Para siempre.
Una historia triste. ¿No le parece?

Sí. Eso es lo que debería haberle dicho.

(Japón, 1949)



lunes, 6 de abril de 2026

DE OTERO, Blas: Campo de amor

 

Si me muero, que sepan que he vivido
luchando por la vida y por la paz.
Apenas he podido con la pluma,
apláudanme el cantar.

Si me muero, será porque he nacido
para pasar el tiempo a los de atrás.
Confío que entre todos dejaremos
al hombre en su lugar.

Si me muero, ya sé que no veré
naranjas de la china, ni el trigal.
He levantado el rastro, esto me basta.
Otros ahecharán.

Si me muero, que no me mueran antes
de abriros el balcón de par en par.
Un niño, acaso un niño, está mirándome
el pecho de cristal.

(España, 1916/1979)

De: «Que trata de España»- 1964.
 



miércoles, 1 de abril de 2026

COLACRAI, Pablo: La reina de España


 

¿Tenéis un río? ¿Por qué lo habéis encerrado?
Federico García Lorca

Ella tenía que verlo, había dicho. ¿O había dicho que quería verlo? No. Ella había dicho que tenía que verlo, necesitaba decirle algo. Después de cuatro meses y veinte días de estar separados, de repente, de la nada, esa necesidad, esa casi imposición, como si él fuera a estar siempre disponible. Bueno, está bien, le respondió, simulando que la situación no tenía nada de extraordinaria. A las tres en el Parque España. Ok, a las tres ahí, dijo ella y cortó. Así, en seco, sin decir nada más. Sin anticiparle nada.
Después, él intentó seguir con su día tal como lo había planeado: estudiar hasta las doce, comer algo, dormir una siesta y estudiar un poco más antes de ir a la facultad. Imposible. Leyó y releyó la misma página hasta que se cansó y decidió salir a caminar. Anduvo despacio, mirando vidrieras que no le interesaban, viendo pasar a la gente, deteniéndose en cualquier esquina. Para matar el tiempo entró a un bar y comió frente a un televisor. Así y todo, llegó temprano al parque. Dio varias vueltas antes de decidir sentarse en un banco frente al río.
La tarde era gris y ventosa. Ni un rayo de sol se filtraba entre las nubes. Ella iba a tener un poco de frío. Seguro. ¿Por qué se te ocurrió venir acá?, iba a reclamarle. ¿Por qué no en un bar, o en tu casa? ¿Por qué esa manía por hacer las cosas difíciles? Y él, como siempre, no sabría qué contestarle. No lo había pensado, simplemente quedaba cerca de la facultad y después tenía que cursar. O no, a lo mejor fue porque ese parque significaba mucho para él. Se había criado ahí, prácticamente. Yo vivía allá, mirá, iba a decirle cuando viniera, en esa ventana. Entonces ella quizá lo acusara de romántico o de nostálgico y, además, le dijera que todo eso ya lo sabía, que se lo había contado al menos cien veces. Pero a él no le importaba. Ella había llamado, así que él podía hablar sobre lo que quisiera, como quisiera. Y si quería volver a contarle la historia del parque, tenía derecho a hacerlo. Porque allá, ¿ves?, había una fuente. Ya nadie se acuerda, pero había una fuente grande. Yo tengo una foto en la que estoy adentro, cuando era muy chiquito, algún día te la voy a mostrar. Se detuvo. ¿Decirle que algún día se la iba a mostrar significaba que ella volvería a entrar a su casa? ¿En carácter de qué? Mejor no mencionar la foto. No, al menos, hasta saber qué era eso tan importante que ella tenía para decirle.
Sacó los cigarrillos. Antes de prender uno se dio vuelta, buscándola. El parque estaba casi vacío. Una mujer, a lo lejos, paseaba a un perro grande y negro. Unos chicos de uniforme (¿habrían faltado a la escuela?) sentados en ronda se reían a carcajadas. Y nada más. No era un buen día para estar al aire libre. Jugó con el cigarrillo entre los dedos. No quería fumar. Se había propuesto no hacerlo delante de ella. Habían discutido mucho porque a él no le gustaba verla fumar. Le resultaba desagradable el gusto a tabaco en su boca, parecía sucia. No creas que es femenino, le había dicho muchas veces, le quedará muy bien a las divas del cine pero en la vida real es distinto. Y ella se reía y le largaba el humo en la cara. No seas tonto, Marcos, decía. Y después lo besaba y el repugnante gusto del cigarrillo se confundía con el deseo y la excitación. No seas tonto, Marcos, le repetía, susurrando, al oído, y entonces, de repente, la pelea ya no tenía ninguna importancia. Hasta que un día él también quiso probar. ¿Sería lo único que le había quedado de la relación? Parece una metáfora, pensó y levantó la cabeza para ver si ella llegaba. Nunca era puntual, pero esa tarde, a lo mejor... Metáfora: del griego meta y pherein; trasladar más allá. Sonrió y prendió el cigarrillo. Dio una larga pitada, puso los labios en "o" y soltó un perfecto anillo de humo que se disolvió rápidamente en el viento. ¿Esa también sería una metáfora? ¿Un presagio? Negó con la cabeza. Mejor no pensar en eso. Mejor no. Mejor pensar en que ella ¿arrepentida? lo había llamado. Había sido un gran esfuerzo, un gesto de grandeza, de madurez. Se le notó, sobre todo en el tono de voz, más bien frío y cortante, casi solemne; no muy apropiado para una reconciliación. Pero él la conocía bien: sabía que era orgullosa y no le gustaba aceptar los errores. Mucho menos, dar un paso atrás. Y por eso era más valioso todavía. No te hagas problemas, iba a decirle para consolarla, ni bien pudiera, en una relación siempre hay que hacer sacrificios. Y, aunque entendía que debía moverse con prudencia y no anticiparse a nada, estaba confiado. El lugar le traía buenos recuerdos y eso ayudaba. Delante de él, por ejemplo, donde ahora había un pequeño tapial, hacía muchos años había una inmensa reja que siempre le había llamado la atención. Era una reja de hierro, alta y gruesa, de esas que protegen las ventanas de las casas coloniales. Pero detrás de esta no había nada; solo la barranca (que ahora ya no existía) y el río. ¿Para qué habría estado esa reja? ¿Eso también podría ser un augurio? ¿De qué?
Dio la última pitada al cigarrillo y miró el reloj. Ya eran las cuatro y media. Volvió a darse vuelta. Los chicos se habían ido. Una mujer caminaba hacia él por el sendero de piedras blancas que se abría entre los árboles. Era ella. La reconoció por el paso rápido y seguro. Llevaba las manos en los bolsillos de un largo saco bordó. El viento le empujaba el pelo sobre la cara, pero parecía no importarle. Por Dios, cuánto tiempo sin verla.
Ella lo saludó con un beso y se sentó a su lado mirando hacia delante.
-Hace un poco de frío acá, ¿no? -dijo después, restregándose las manos.
Él contuvo la sonrisa y le dijo que no tanto, de a ratos el viento paraba y estaba lindo. Ella asintió. Ahora iba a empezar a cuestionarlo. Ahora, mientras asentía como dándole la razón, iba a decirle que ese no era un buen lugar para un reencuentro y hasta era capaz de echarle la culpa de la separación. Ella podía hacer eso. Eso y más.
Pero no. Simplemente se recogió el pelo con una hebilla y dijo que así estaba mejor, era tan molesto el pelo en la cara.
Él la observó en silencio. Había algo distinto en ella. No llevaba ni una línea de maquillaje y, sin embargo, estaba hermosa y radiante. Más hermosa y más radiante de lo que la recordaba. Algo había cambiado. Y mucho. Pero ¿qué?
Levantó la vista. El río estaba picado por el viento sur. Por todas partes se veían pequeñas líneas blancas, como de espuma. A pesar de eso, una canoa cruzaba, calma, hacia la isla.
-Antes, ahí había una reja -dijo.
-¿Dónde?
-Ahí, donde ahora está ese tapial. Había una reja, me acordé recién, mientras te esperaba.
Ella lo miró de reojo.
-¿Eso fue antes o después de los reyes? -preguntó.
-¿Te conté de los reyes?
-Obvio, varias veces.
Qué extraño, pensaba que no le había contado de los reyes de España. Habían venido cuando él era muy chico a poner la piedra fundamental a las reformas del parque o algo así. En realidad, él apenas los recordaba. A los que sí tenía muy presentes era a los cabezudos, esos muñecos enormes que las colectividades españolas sacaban de tanto en tanto a las calles. Ese día estuvieron todo el tiempo acompañando el acto.
-¿Y de los cabezudos también te hablé?
-Sí, claro. De lo mucho que te gustaban y de dónde estarán ahora y todo eso.
-Es que fue un día muy especial. Eran los reyes de España los que venían al barrio. Entraron por el mismo camino por el que viniste vos. No el mismo, claro, porque ahora todo está muy distinto, pero el lugar es el mismo.
Se escuchaba decir esas cosas y le parecía que algo no andaba bien. Nada estaba sucediendo como lo había previsto. Él no debía hablar. En absoluto. Ya no tenía nada que decir; había dicho todo en su momento. Ella lo había buscado, ergo: ella era la responsable de sostener la conversación. Sin embargo, no lo hacía. Miraba el río en silencio, con la cara apoyada en las manos, como si nada. Entonces, él también decidió callarse y esperar.
La canoa ya no se veía por ningún lado. Solo algunos pájaros, de tanto en tanto, surcaban el río a toda velocidad, casi rozando el agua. Empezó a sentirse incómodo y buscó el atado de cigarrillos.
-¿Querés? -le ofreció.
-No, gracias -dijo ella alzando la palma de la mano.
¿No gracias? ¿No gracias? ¿Ahora también había dejado de fumar? Levantó los hombros como con desinterés (al fin y al cabo, ¿qué le importaba?) y prendió un cigarrillo. Soltó el humo ruidosamente, en un largo suspiro.
-Todo cambia -dijo, casi sin querer. Y se arrepintió de inmediato.
Ella asintió.
-Es cierto. Todo cambia.
Entonces él hubiera podido decir algo pretencioso y erudito acerca del tiempo, de lo que perdura y de lo que se modifica. En otro momento lo hubiera hecho y ella, quizá, hasta lo hubiera mirado con interés. Pero eran otros tiempos. Ahora todo eso le parecería aburrido, predecible.
-¿Y te conté de la fuente? -dijo, decidido a no repetir los mismos errores.
-¿La de la foto? -dijo ella, sonriendo-. Sí, sí me contaste.
Él también sonrió. No todo cambiaba, había cosas que seguían igual.
-Pero nunca te la mostré.
-No, nunca.
Podría mostrártela cuando quieras, pensó. Podrían ir a la casa de su madre ahora mismo y se la mostraba. En el camino tomaban un café en algún lugar cálido, al reparo del viento. Eso iba a ayudar a romper ese clima tenso y distante. Debería haberla citado en un bar. Él conocía muchos bares por la zona para tomar un café un día como ese. En algunos hasta podrían seguir viendo el río mientras charlaban. Deberían haber ido a un bar. Todavía estaba a tiempo.
-Si querés... -empezó a decir, pero tuvo que detenerse. Ella lo miraba de una forma muy extraña y él supo que estaban conectados otra vez, como antes, como cuando se habían conocido. Después de tomar el café no irían a la casa de su madre, verían la foto otro día. En cualquier momento del futuro, porque había cosas que no cambiaban. No importaba qué dijera la filosofía o la ciencia. Había cosas inmutables, para siempre, por los siglos de los siglos.
-Marcos... -dijo ella sin bajar la vista. Él sentía que el corazón le golpeaba en el estómago-. Marcos -repitió ella y tomó aire y él vio esos labios a medio abrir y pensó que era, sin dudas, la mujer más sensual que había visto en su vida-: estoy embarazada.
Primero abrió grande los ojos y hasta estuvo a punto de sonreír. Eso era todavía mucho más de lo que había imaginado. Había cambios para bien, cambios magníficos, fascinantes. Cambios que prometían una vida nueva, mejor. Pero después, o casi al mismo tiempo, algo detuvo su euforia incipiente. Algo en el tono de ella, en cómo se lo había dicho o en la forma en que lo miraba. ¿Qué era? ¿Lástima? ¿Pena?
¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué?
Claro, no era suyo. Cómo podría serlo.
Respiró profundo; el aire frío le llegó hasta los huesos. Después le miró, sin disimulo, la panza.
-No seas tonto -dijo ella-, todavía no se me nota.
-Claro -dijo él y volvió a mirar el río. Seguía gris, opaco. Una lancha avanzaba a toda velocidad, corriente arriba.
-Por eso te llamé -la voz de ella le llegaba desde muy lejos-. Quería que lo supieras.
-Claro -se escuchó repitiendo como un autómata-. Claro.
Después ella dijo algo más que él no pudo oír y se paró. ¿Él también debería pararse? ¿Tenía que saludarla, felicitarla? No podía, no tenía fuerzas. Ella caminó unos pasos. Ahora estaba en el lugar exacto en el que, hacía muchos años, hubo una reja.
-¿Acá estaba? -preguntó, levantando la voz.
Él dijo que sí.
Ella dijo que la idea de una reja que no diera a ningún lado, por alguna razón, le gustaba.
-¿De cuánto estás? -preguntó él, sin pensarlo.
Ella se acercó lentamente mordiéndose los labios y se agachó un poco. Cuando sus caras quedaron casi a la misma altura, él vio que ella resplandecía. A pesar del gesto adusto, por debajo, sutilmente, casi a pesar de ella, resplandecía. Iba a ser la madre más hermosa del mundo.
-¿Tiene importancia? -dijo ella tomándole las manos.
No lo sabía. No sabía si tenía importancia o no. Creía que sí.
-No sé -dijo-. Es lo que se dice en estos casos, ¿no?
-Sí, es lo que suele decirse -dijo ella y volvió a sonreír.
Él reconoció esa sonrisa y pensó que todavía había esperanzas. Ahora ella iba a decirle que lo sentía y le pediría perdón. Había sido un error, es cierto, pero nada más. Y él era capaz de perdonarla, de perdonarle todo, todo, todo, todo... hasta eso.
Sin embargo, ella solo dijo:
-Gracias, siempre fuiste bueno conmigo -después se incorporó y se acomodó el saco.
A él le pareció altísima, inalcanzable.
-Me voy -dijo ella-. Hace un poco de frío para mí.
Él supo que si se iba, sería para siempre. Ya no habría llamados, ni discusiones, ni esperanzas. Quiso hacer algo más. No darse por vencido. Luchar por lo que amaba. Sin saber qué decir, empezó a balbucear algunas palabras sueltas.
Ella lo interrumpió, glacial.
-No, Marcos, en serio -dijo-. No vale la pena.
Él no se atrevió a seguir y se calló. Por un largo rato permanecieron en silencio. Hasta que de repente, sin que nada lo anunciara, ella se cubrió la cabeza con la capucha del saco y miró el cielo.
-Parece que va a llover -dijo-. Mejor me voy.
Y lo hizo.
Metió las manos en los bolsillos y se fue. Cruzó la hilera de árboles de cara al viento. Llegó hasta las piedras blancas y después se perdió, despacio, por el mismo camino por el que, muchos años atrás, él había visto pasar a los reyes de España.

(Argentina, 1977)

De Nadie es tan fuerte. Modesto Rimba, CABA, 2017.