Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

domingo, 6 de abril de 2008

PALERMO, Miguel Ángel: Ester Quísima


Nació en La Firmeza (Santiago del Estero). Algo después, su familia se mudó a una estancia en Buenos Aires. No fue fácil. Estercita, de cuatro años, se empacó en no subir a la diligencia que los llevaría. Quería ir arriba, con el conductor. Fue inútil explicarle que era incómodo, prometerle alfajores, decirle que se podía caer, que el cochero —harto— le jurara que si no hacía caso iban a tener que ir todos a pie. Ella se agarró a una rueda y no largaba. Hubo que sacar la rueda y meterla con chica y todo en el coche. El viaje fue incómodo, pero ella no se soltó ni cuando —a medio camino— un barquinazo abrió la puerta y Ester salió rodando, prendida a la rueda. Así llegó a la próxima posta, diez minutos antes que la diligencia. Cuando la alcanzaron, dijo: “¿Vieron? Es mejor viajar afuera”.
Por fin, la familia se instaló en el campo bonaerense, donde Estercita tuvo una mascota inseparable: la mula Cabezona, a la que nadie usaba porque jamás caminaba con carga o con gente montada.
Ester creció y se enamoró de un joven vasco, Miguel Empecinagorri. El muchacho ni la miraba, pero ella insistió e insistió. Después de siete años de “Que sí, que no”, eran novios, y después de otros diez años de “Que sí, que no”, se casaron, y abrieron la pulpería “La Porfía”, junto a la frontera con los indios.
Allí llegó un día, para comerciar, el cacique mapuche Regateo Grande. Traía diez ponchos, veinte manojos de plumas de ñandú y veinticinco pares de boleadoras, y a cambio quería dieciocho bolsas de azúcar, veintiún barriles de yerba y un mate con la inscripción “Recuerdo de Tandil” que vio en la mesa. Ester le ofreció cinco calzoncillos largos marca “Chau frío”, tres bolsas de maní tostado y medio lechón adobado. Él quiso más. Ella dijo: “Eso o nada”. Pasaron tantos días de tira y afloje, que cien guerreros mapuches fueron a buscar a su jefe, creyendo que había caído prisionero. Alarmados, aparecieron los soldados del fortín. En el patio y el interior de la pulpería se desató una furiosa batalla. Ester Quísima no quiso irse. “Es mi casa y de aquí no me muevo”, decía… La encontraron los vecinos, muy malherida después de estar en medio de la pelea. “¡Qué pena! —dijeron— Con suerte tiene minutos de vida”. Ella contestó: “Yo estoy bien”.
Murió sesenta años después, en Buenos Aires, por no querer apurarse a cruzar la calle cuando venía un tranvía.

Miguel Ángel Palermo


Miguel Ángel Palermo nació en Buenos Aires, Argentina, en el barrio de San Telmo, el 20 de noviembre de 1948.
Es Licenciado en Ciencias Antropológicas por la Universidad Nacional de Buenos Aires, especializado en Etnohistoria. Fue docente en la Universidad de Buenos Aires e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
Escribió numerosos trabajos sobre la vida de las comunidades aborígenes y la conquista de América.
Ocupó diversos cargos en editoriales: fue Secretario de Redacción y Director Editorial de la colección "Fauna Argentina" en el Centro Editor de América Latina, y Editor de Proyectos Especiales (colecciones "Gente Americana" y "El héroe de las mil caras") en AZ Editora; también se desempeñó como Jefe de Redacción de la revista AZ diez.
Es autor de numerosos artículos de divulgación científica para chicos y jóvenes y publicaciones en el ámbito académico.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

me re sirvio la biografia de miguel angel palermo

Anónimo dijo...

Hola,me encanto el cuento,pero tengo una pregunta¿porque el autor eligió ese titulo para el cuento de Ester Quisima?

LEER PORQUE SÍ dijo...

¿Juego de palabras, quizás? "Es... terquísima"...