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lunes, 23 de marzo de 2026

Los Fabulosos Cadillacs: Desapariciones


Que alguien me diga si ha visto a mi esposo,
preguntaba la doña.
Se llama Ernesto y tiene cuarenta años,
trabajaba de peón en un negocio de autos,
llevaba camisa oscura y pantalón claro.
Salió de noche y no ha regresado
y yo no sé ya qué pensar
pues esto antes no me había pasado.
No me había pasado, no...

Llevo tres días buscando a mi hermana,
se llama Altagracia igual que la abuela,
salió del trabajo para la escuela,
llevaba puestos jeans y una camisa blanca.
No ha sido el novio, el tipo está en su casa.
No saben de ella en la policía ni en el hospital.

Que alguien me diga si ha visto a mi hijo,
es estudiante de Medicina,
se llama Agustín y es un buen muchacho,
es a veces terco cuando opina
Lo han detenido, no sé qué fuerza.
Pantalón blanco, camisa a rayas...
Pasó ante ayer.

Clara Quiñones se llama mi madre,
ella es un alma de Dios y no se mete con nadie.
Se la han llevado de testigo 
por un asunto que es nada más conmigo.
Y yo fui a entregarme hoy por la tarde
y ahora vi que no saben quién se la llevó del cuartel.

Anoche escuché varias explosiones,
tiros de escopeta y de revólver,
autos acelerados, frenos, gritos,
ecos de botas en la calle,  toques de puerta,
quejas
 por dioses, platos rotos...
Estaban dando la telenovela
por eso nadie miró pa'fuera.
¡Avestruz!

¿A dónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales.

¿Y por qué es que desaparecen?
Porque no todos somos iguales.

¿Y cuándo vuelve el desaparecido?
Cada vez que lo trae el pensamiento.

¿Cómo se llama al desaparecido?
Una emoción apretando por dentro.

Versión adaptada por Los Fabulosos Cadillacs de la canción de Rubén Blades



sábado, 21 de marzo de 2026

PONCE, Ana María: Que no me mientan...


Que no me mientan,
detrás de mí,
espera el fin.
Que no me mientan,
detrás de mí,
están los recuerdos,
la simple alegría de vivir libre.
Detrás de mí,
quedó un mundo que ya no me pertenece…
Me miro los pies.
Están atados.
Me miro las manos,
están atadas,
me miro el cuerpo;
está guardado entre paredes,
me miro el alma,
esta presa…
Me miro, simplemente
me miro ya veces
no me reconozco…
Entonces vuelvo a mirarme,
los pies,
y están atados;
las manos,
y están atadas;
el cuerpo,
y está preso;
pero el alma,
¡ay! el alma, no puede
quedarse así,
la dejo ir, correr,
buscar lo que aún
queda de mí misma,
hacer un mundo con retazos,
y entonces río,
porque aún puedo
sentirme viva.

(Argentina, 1952)


Ana María Ponce nació en San Luis el 10 de junio de 1952. Siendo la mayor de tres hermanos, se crio en un hogar politizado, con un abuelo fundador del Partido Laborista, un padre que sería intendente de la capital de su provincia y una madre docente universitaria. Fueron los modelos que ella seguiría durante su juventud. Egresada de la Escuela Normal de San Luis con medalla de oro de su promoción, “Any”, como le decían sus amigos, ingresa en el profesorado de Historia y Literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata; allí comienza su militancia, en la Juventud Peronista de La Plata y en la Federación Universitaria de la Revolución Nacional, donde conoce al que sería su marido, Godoberto Luis Fernández, y padre de su único hijo, Luis Andrés. Luego de que su marido sufriera un atentado contra su vida, se mudan a la Capital Federal.
El 11 de enero de 1977, Godoberto Luis Fernández es detenido por las fuerzas del Ejército. Seis meses después, el 18 de julio, día del cumpleaños de su hijo, Ana María es detenida por fuerzas de la Marina, y llevada a la ESMA, donde permanecería hasta febrero de 1978. El lunes de Carnaval, último día en que se la vio con vida, a “Loli” (como la conocida en la ESMA) se le informó que tendría una entrevista con el director del centro clandestino de detención y torturas, el almirante Chamorro, para que efectuara un “mea culpa" público y así lograr una "supuesta" legalización de su condición. Intuyendo su suerte, "Loli" deja en manos de Graciela Daleo, una compañera de detención, todos los poemas que había escrito durante el tiempo que duró su secuestro. Graciela, sobreviviente de la ESMA, es quien logra contactar a familiares de Ana María para entregarles esos conmovedores textos.

jueves, 19 de marzo de 2026

OSORIO, Elsa: Siete noches de insomnio


—Vaya cara tienes, cielo —le dijo Ramón esa mañana—, se te ve agotada.

—Duermo mal últimamente —le respondió Laura.
—Toma píldoras para dormir.
Pero Laura no quiere. Esas horas de insomnio y silencio las está aprovechando bien.
No fue la primera, ni la segunda noche, después que Laura reconoció a Pepón en la casa de su vecina, que se le ocurrió la idea de matarlo.
Al principio fueron solo imágenes, un abrirse la tapa de la memoria, sin su permiso, y saltar en medio de la noche, en su cuarto de Valencia, veinti... ¿cuántos años después?, la camilla, ella desnuda y la electricidad sacudiéndola, esa voz de pájaro exaltado interrogándola, y ella: no sé, no sé, Pajarito cruzándole la cara de un bofetón: hablá, basura. Laura con los ojos cerrados con fuerza en la oscuridad de su dormitorio de Valencia, como los cerró aquella noche en la celda, cuando aquellas otras manos —que aún no sabía que eran de Pepón— se metieron por abajo de su pulóver, y acariciaron suavemente su espalda, la boca en su oreja: te quiero, nena. Laura flaquita y lastimada, temblando, que la quiera sí, que alguien por favor la quiera en ese infierno donde la llevaron. Las manos tibias de Pepón dándola vuelta en el catre, despacito, como si ella fuera una muñeca de porcelana que se pudiera quebrar, qué te hicieron, pobrecita, besos suaves en el cuello, en el pecho, la lengua lamiendo sus heridas, mi chiquita, linda, yo te voy a curar.
La segunda noche de insomnio pudo verlos nítidamente, a los dos, a Pepón y a Pajarito, sus tenebrosas imágenes violentando la atmósfera clara de su casa, tantos años después, porque si bien aquella noche, y probablemente la siguiente, cerró los ojos cuando Pepón entró en su celda, después ya no. Ella podría dibujar con precisión sus labios finitos, sus dientes blanquísimos, la ceja izquierda levemente alzada, los ojos negros y brillantes, y reconocer su voz entre miles de voces: te quiero, nena; como la de Pajarito: hablá, pendeja de mierda, su cara feroz y el odio chorreándole como baba cuando la torturaba.
Aunque el otro día Pepón estaba de perfil, arreglando el cable de una plancha, lo reconoció de inmediato. Su vecina, Pilar, le había dicho: «El electricista es muy cachondo, no sabes lo que me ha hecho reír. Y muy eficiente, me está arreglando todo lo que anda mal en casa. ¿A que es guapo todavía? Tiene sus años, pero cuando sonríe, parece un chaval». Pilar había abierto la puerta de la cocina de su piso para que Laura lo mirara: «Ah, pero si es de tu tierra».
Y fue verlo y saltar, como un gato negro y salvaje, a los tiempos del espanto. Arrugas profundas en su rostro, pelo gris, qué gracioso, pensó Laura, ahora es Pepón el canoso.
Diecisiete años tenía Laura cuando se le pintó de blanco el pelo. No sabe cuándo exactamente (los únicos espejos que le devolvían su imagen en el campo de detención eran los ojos enamorados de Pepón o los siempre tan odiándola de Pajarito), tampoco si ese encanecer súbito se lo produjo la electricidad sacudiendo su cuerpo en la camilla de tortura, o esa otra electricidad deseante y deseada en el catre de su celda.
Fue la tercera noche después del rencuentro, cuando las caras de Pepón y Pajarito se sucedían una a la otra en su noche de Valencia, se mezclaban, y la voz chillona: hablá, basura, no lograba tapar la voz susurrada: te quiero, nena, cuando Laura se preguntó, por primera vez en ventitantos años, a quién odiaba más: si a Pepón o a Pajarito.
La respiración acompasada de Ramón la tranquilizó, estaba con él, lejos pero muy lejos de esos dos canallas, en otro país, en otra época. Ramón sonrió dormido, y ella pensó qué distintos los sueños de su marido dormido a las pesadillas de ella despierta.
Un par de veces nada más, años atrás, Laura le habló a Ramón del campo de detención, el ruido de los grilletes en la escalera, el lugar donde los torturaban, comentarios obscenos y gritos lacerantes mezclándose con la música de la radio, la voz cascada de Pajarito, sus insultos, sus cachetadas, y esa tarde lloraron los dos hasta saciarse. No lo mencionaron más (ella se lo había pedido) pero cuando tiene miedo y se despierta gritando, o en tantos otros momentos que las heridas se abren, Ramón la abraza y Laura sabe que él se acuerda de lo que le contó de Pajarito.
De Pepón nunca le habló, ni podría hablarle, ni llorar fuerte con Ramón, para luego dejarse rodar a esa vida cálida, ese contar con el otro, y apoyarse y elegirse una y otra vez y apostar al amor. Elegirse entre todos los hombres y todas las mujeres libres del mundo. ¡Tan distinto!
Diecisiete años tenía entonces, apenas asomándose a la vida, y de pronto la esclavitud, el tormento cotidiano, tanta pero tanta locura. Ella esperaba en silencio aquellas manos tibias sobre su cuerpo lastimado, aquellas caricias que fueron creciendo poco a poco, escondidas por palabras amorosas. Hasta en eso fue cruel Pepón, no la violó, no la poseyó ni la primera, ni la segunda vez, no, la doró lentamente, le dio tiempo a su cuerpo de mujer sin estrenar, de llaga viva, a desear otro cuerpo, aquella pasión en la que se enroscaban y se desesperaban y entonces no había chupadero, ni Pajarito, ni interrogatorios, ni picana, ni traslados, solo dos cuerpos vivos intentando abolir la muerte que se cernía día a día sobre Laura y sus compañeros.
Odio más a Pepón, se respondió, sin ninguna duda, la cuarta noche, porque cuando evoca a Pajarito, solo odia a Pajarito, y cuando evoca aquellas noches de sexo y ternura... ¡y hasta proyectos!, no solo odia a Pepón, se odia tanto pero tanto a sí misma.
Un día, cuando todo pasara —soñaba en voz alta Pepón—, ellos se irían a vivir juntos, en una casa frente al mar, donde él pediría que lo destinaran. Laura le había agregado un jardín lleno de plantas y flores, al que sujetarse cuando los gritos de sus compañeros la taladraban, y los miércoles, sobre todo los miércoles, cuando se decidía a quiénes iban a trasladar.
Laura no creía que pudiera salir nunca, cualquier miércoles sería ella quien bajara con los otros. Y nunca más. Pero a Pepón no le gustaba que se lo dijera, que no, que ella iba a salir.
Si la quería tanto, y sufría por ella, que la sacara de ahí, le pidió a Pepón. Y él, no puedo, Laurita, es imposible, nos matarían a los dos. Pero haría lo que estuviera en sus manos para que no la lastimaran más, le prometió. Y como al cabo de un tiempo, a ella casi no la sacaban para interrogarla, pensó que Pepón —aunque no se lo confesara por temor a que ella cantase— les había dicho que Laura no sabía nada, que no conocía a los montoneros por los que le preguntaban, en serio, Pepón, no tengo idea, te lo juro. Ella formaba parte de una organización estudiantil, hacían protestas, asambleas, pero no tenían armas. Cuando la fueron a buscar a su casa, y cortaron todo el tráfico, con cuatro automóviles, y Laura vio el enorme despliegue para llevársela solo a ella, estuvo segura de que la habían confundido con otra persona. Pero nunca pudo convencerlos. Pajarito no le creyó. Pepón sí le creía, pero él no participaba en los interrogatorios, era solo un oficial de mantenimiento, por eso no podía responderle cuando Laura le preguntaba adónde iban los que trasladaban, si era cierto que los llevaban a un campo en el sur para rehabilitarlos, o los asesinaban. Y él: que no sabía, que tenía una buena relación con sus superiores, pero que tampoco se creyera que le decían todo.
Y si ahora la vida le daba la oportunidad de preguntárselo, de hacerlo pagar, ¿por qué desperdiciarla?, se preguntó la cuarta noche. Pepón está ahí, en Valencia, viviendo como uno más, ocupando un lugar en la sociedad, electricista, como Ramón arquitecto y ella médica. Repugnante.
Laura declaró ante la CONADEP en 1984, pero no nombró a Pepón. Un amigo le sugirió que se presentara como testigo en los juicios de Madrid, pero ella le dijo para qué, ya había dicho todo lo que recordaba hacía años. Y así lo creía, Pepón parecía sepultado en su memoria, hasta esa tarde en que lo vio en la cocina del piso de su amiga.
—Le presento a una paisana suya —dijo Pilar, y Laura quiso esconderse, pero tarde porque él la estaba mirando, sus dientes centelleantes explotando en su cara gastada.
—Un gusto, guapa —dijo sacándose la gorra, y haciendo una reverencia. Cascada pero la misma voz, la voz del te quiero, nena—. No me negarás, Pilar, que las argentinas son las mujeres más lindas del mundo.
Laura, clavada en el vano de la puerta, habrá hecho alguna mueca intentando una sonrisa. Y él no la reconoció, está segura. La miró pero solo para volver a Pilar: aunque tú eres la excepción, Pilar.
Laura ya no huye ante aquellas imágenes del campo de detención, las convoca deliberadamente, para darse fuerza, para encontrar el coraje y la imaginación necesarios para llevar a cabo lo que surgió la cuarta noche de insomnio y que minuto a minuto toma forma.
La quinta noche siente arder su piel tantos años después al recordar aquella madrugada, cuando Pepón entró intempestivamente en su celda. ¿Qué había pasado? Laura no le entendió. Él estaba completamente fuera de sí, temblaba, las palabras atropellándose cuando le contaba que esa noche había ido en los camiones con los trasladados y que después tuvo un accidente, dio un falso paso, casi se cae, y va a parar con ellos.
—¿A dónde?
Y él, un gesto abyecto, que Laura no le conocía: que no le preguntara nada, que lo amara, era él quien necesitaba cuidados, tranquilizarse.
Laura recuerda bien aquella madrugada, porque le costó mucho acariciarlo, su piel estaba fría y como sucia, como si la echara aunque le pidiera mimos, y era peor si se ponía a pensar de dónde casi se cayó, qué estaría haciendo, no había jardín con flores donde sostenerse, él sobre ella, tratando de hacerle el amor, pero no podía, por suerte, aquella noche él no pudo, su sexo chiquitito, arrugado, y él llorando en silencio, Pepón llorando y yéndose de su celda, avergonzado. ¿Avergonzado porque no pudo poseerla? —piensa ahora, veintitantos años más tarde—, ¿o avergonzado por lo que seguramente había hecho aquella noche?
Se lo preguntará, antes de matarlo, decide la sexta noche de insomnio. Pepón nunca quiso explicárselo, cuando Laura intentó conocer los detalles de aquel accidente, él le prohibió terminantemente que se lo recordara, y furioso, se fue de su celda. Tal vez temía, piensa Laura, que algo de lo que vivía con ella pudiera derretirle esa coraza con la que atesoraba sus sucios secretos.
Te quiero, nena, te quiero mucho. Un susurro que se alarida en su cuarto en Valencia.
Y Laura le creía, ¿lo quería? Sí, lo quería cuando él le pasaba un algodón empapado de alcohol sobre los tobillos lastimados por los grilletes, lo quería cuando le llevaba medialunas, y hasta una tarta pascualina.
En el chupadero: la tortura y las caricias, los gritos y los susurros, el mejunje repugnante y las medialunas. Esa fue toda su opción, concluye la séptima noche después del encuentro con Pepón en Valencia.
Diecisiete años tenía entonces, pero aun así ¿cómo pudo creer que eso era amor? Cuánto se odia. Ella tiene que poder volcar todo ese odio en Pepón, y arrancar de cuajo aquellas noches infames de su memoria.
No en vano el destino ha llevado a Pepón a Valencia, entre tantos lugares en el mundo, justo el mismo donde Laura se ha refugiado, no de ellos, porque hace años que no están en el poder, sino de su propia memoria. Como si poniendo un océano de distancia, los recuerdos quedaran enterrados allá lejos.
Laura les pide a sus padres que vengan a visitarla, a ella no le gusta viajar a la Argentina, se desorganiza, no quiere estar tan lejos de sus pacientes, de sus cosas, pretexta, y ellos la comprenden sin preguntas, Ramón también. Todos ayudándola. Pero bastaron esos cinco minutos en la casa de Pilar, ver esos dientes repugnantemente blancos de Pepón, para que toda esa sólida construcción de familia y marido y profesión y amigos españoles se desmorone y ella esté ahí, a expensas de sus recuerdos.
Debe tener la posibilidad de hablar con Pepón, no quiere más ignorar y tapar para seguir viviendo, quiere saberlo todo: si casi se cae del avión desde donde arrojaban vivos a sus compañeros al mar, si estaba con ella para sacarle información o si en serio creía que Laura iba a salir y la casa frente al mar y los tres hijos o era una tortura más sofisticada que la de Pajarito, una manera de instalarse en Laura, de hacerla su cómplice, y seguir ensuciándola, toda la vida.
Lo que sí fue cierto es que ella salió. El mismo día en que la dejaron en el descampado, esperando las primeras luces para caminar hasta su casa, Laura supo que no vería más a Pepón, que el amor o lo que fuera que había sentido por él se evaporaba con cada paso, con el sol subiendo, y su cuerpo en libertad. Entonces huir lo antes posible de la Argentina, huir casi más que de los otros, de él, porque si acaso Pepón la iba a buscar, y les decía a sus padres lo de la casa frente al mar y los tres hijos, ella se moriría de vergüenza, lo negaría, diría que era todo un invento de él, una manera entre otras de flagelarla, que esa historia nunca había existido.
Curioso, se dice la séptima noche, que ella pudo pensar que lo de Pepón era una tortura más, sin embargo le hicieron falta veintiséis años, sí, veintiséis años y verlo, convocar esas imágenes para darse cuenta de que lo que inventó como excusa para sus padres es la más absoluta verdad. Más daño le hizo Pepón con sus manos, con sus frases amorosas, que Pajarito con su picana. Y ella lo permitió, le gustaba incluso, se acusa sin piedad.
Ahora ha sacado el tapón, y esas imágenes rancias estrechan los muros de su cuarto en Valencia: Pepón y Laura abrazados, amándose, jadeos tapando los gritos, el aire se torna irrespirable, aquel olor fétido, el olor del miedo, colándose en su cuarto de Valencia, y aquel placer que sintió entonces, este profundo dolor.
Ramón sonríe dormido. Laura se levanta rápido de su cama y sale al balcón. Pudor: no puede dar vida a esas escenas obscenas en la misma cama en la que duerme con Ramón, su amor, su compañero.
La brisa fresca y la vista al jardín del edificio la salvan, la instalan en el presente. Cierto que gozaba, cierto que creyó quererlo pero no es lo mismo, reacciona, ella tenía solo diecisiete años y estaba en condiciones de esclavitud, él era un adulto, un total y miserable hijo de puta. Y no puede andar suelto como si nada. Ella hará justicia con sus propias manos. Está sola, lo sabe, hablar de Pepón sería hablar de ella entonces, y Ramón no la querría más.
Un accidente, un cable que ella pelará antes, Pepón trabajando en él, la palanca de la luz en la otra dirección. Pepón electrocutado. Deberá renunciar a hablarle antes.

Laura se ha encerrado en su cuarto y no quiere que Ramón le siga pidiendo que vaya a tomar una copa con ellos.
—Fue sin querer, Ramón, una distracción.
—Por supuesto, cielo, no lo vas a hacer aposta, pero no te pongas así, no llores, no pasó nada, un accidente. El tío es muy simpático y ya se le ha pasado el susto.
—No quiero que me vea.
—No va a decirte nada, Laura, ven, es lo menos que podemos hacer, beber una copa juntos. Le he invitado a cenar. Ven.
—No, no iré.
—Pero ¿por qué?, cabezota.
—Porque él me denunciará.
Ramón, que no, que no fue tu culpa, sí, yo sabía que él había cortado la luz cuando encendí la llave de paso al entrar, pero no pensaste, no sabías que, y harta, Laura: lo que no sabía es que iba a saltar el disyuntor, yo quise matarlo. Ramón no le cree, la abraza, no te va a pasar nada, cariño, estás conmigo, estás en Valencia, vale, descansa, inventaré una excusa, pero ya lo he invitado a cenar, y no le diré que se vaya, después de lo que le hemos hecho, sin querer, pero...
—Por favor, no le hables de mí... de mi historia, no le cuentes nada.
—Por supuesto que no, Laura.
—¿Me lo prometes?
Ramón sale del cuarto.
—Descansa, cielo.
¿Se va a quedar a cenar? ¿Será posible? ¿Y si le pusiera veneno en la comida? Eso le daría tiempo a hablarle. Pero no, porque está Ramón.
Se lavará la cara, irá a la cocina, Pepón no va a reconocerla. Veinte kilos y veintiséis años más. Tiene el polvo de veneno para los ratones, lo pondrá en la taza del gazpacho, y ella se la servirá, para evitar confusiones.
Pero Pepón no la toma, la está mirando fijo, ¿la habrá reconocido?
—¿De qué barrio sos?
—De Congreso.
Ramón extrañado: no le había dicho que es de... Y Laura hablando encima: el kilómetro 0, el centro de la ciudad. Mm qué bueno está el gazpacho, no tengo abuelita, me pondero yo misma.
—Buenísimo —dice Ramón.
Los ojos de Pepón escrutándola, ¿la ha reconocido?
—¿Llevas tiempo en España, Pepe? —pregunta Ramón.
—Unos cuantos años.
Pepón no prueba la sopa. Sospecha. Laura no le preguntará nada o quedará en evidencia.
—¿Y vos? —los ojos negros escarbándola, ¿la ha reconocido?
—También, unos cuantos.
—¿Viniste huyendo de la dictadura?
—No, nada que ver, vine por amor, conocí a mi marido en Perú, y nos hicimos novios.
Ramón nunca estuvo en Perú pero, siempre par, siempre cómplice, le devuelve la sonrisa.
—Perú, qué maravilla. ¿No le gusta el gazpacho, Pepe?
—No mucho, la verdad.
Y esos dientes, blanquísimos, intactos, se exhiben sin pudor a Laura, que se apresura a sacarle la taza.
—Déjamela a mí, Laura —pide Ramón.
¿No le había dicho en secreto que la llamara María? Ramón se olvidó. Si Pepón tenía alguna duda, ya no.
—Laura, bonito nombre —su sonrisa cínica, y su repugnante voz: te quiero, nena, pero ahora es como si dijera: antes te voy a matar yo.
Y ella, huyendo, con el gazpacho envenenado.
—No te quedará hambre para saborear mi plato, amor.
Será riesgoso ponerle veneno al pollo, cómo saber qué pieza le tocará, además está sobreaviso. Laura con la bolsa de veneno en la mano, y la voz de Pepón, como un fustazo: ¿Te ayudo, Laura?
Un salto y todo en el suelo: Me asustó —no le devolverá el tuteo.
Ramón por suerte ahí, él cortará el pollo, siéntate, Pepe, no te molestes. Laura tapando la bolsa de veneno con su propio cuerpo, tirándola disimuladamente a la basura. No, si me gusta ayudar. Lleve estos platos, entonces, la cara roja, la piel tirante y un temblor que no puede controlar. Después te explico, al oído de Ramón. Jugar a que no lo reconoce, se ordena. ¿Por qué va a querer matarlo si no sabe quién es?
El fútbol la deja afuera de la conversación, por suerte, ella no entiende nada de fútbol, y Pepón, el viejo Pepe, el electricista, se entusiasma con los campeonatos, y que el Real y el Atleti y el Barça. Sus dientes fosforescentes, evocando las jugadas, comiendo sin aprensión alguna. A la hora del postre, Laura se convence de que él no la ha reconocido, que fue su paranoia la que la llevó a leer signos inexistentes.
No hay por qué preocuparse. No lo ha matado, pero tampoco la ha descubierto. Inventará algo para Ramón: que lo vio parecido a alguien, que ya sabe, el miedo, claro que no quiso matarlo, cuando tiene miedo dice cualquier cosa.
—Estamos aburriendo a tu esposa —¿y por qué la mira así si no la reconoce?
—No, para nada. Me gusta escucharlos.
Ramón no debe entender nada excepto que ella quiere pasar lo más desapercibida posible, por eso le pide que por favor, vaya a preparar el café, mientras él le muestra a Pepe su colección de dvd.
El café sobre la mesa y Ramón que intenta salvarla: Vete a dormir, cielo, yo me quedo con Pepe; y a Pepón: Mi mujer se levanta muy temprano.
—No, yo también me voy —se pone de pie—, es tarde. Muchas gracias.
Y no va a creer Laura que la reconoció solo porque él retiene su mano unos momentos más de lo previsible y la mira así, como buscando a Laurita flaquita y lastimada en el fondo de sus ojos. Quizás, porque Pepón suelta de pronto su mano, como si le quemara, vuelve la cara, y con paso rápido, se dirige a la puerta, la abre, sale, y él mismo la cierra. ¿La reconoció y le tiene miedo?
—Probablemente, Laura, pero si tienes dudas, date prisa en hacer la denuncia —le dirá esa noche Ramón.
Ramón, que todo lo ha comprendido, aunque Laura ha omitido partes. Se lo contará todo otro día, ahora ya es mucho, ahora solo llorar sobre su hombro, dejarse abrazar, y escucharlo.
—Mañana haces la denuncia, Laura. Y si no te animas, voy yo. ¿Conoces el apellido?

Cuando la Guardia Civil fue a detenerlo, dos días después, ya no había rastro de Pepón en su domicilio.
—Me reconoció —dice Laura a Ramón—. Debe haber huido esa misma noche.
¡Pepón huyendo de ella!, qué gusto. Lástima que se escapó. Pero aun así, un inmenso alivio, ya no quiere sepultar a Pepón en su memoria, ni matarlo. Ya no más un callejón sin salida, sino una ancha avenida en la que Laura está dando sus primeros pasos.

(Argentina, 1952)



martes, 17 de marzo de 2026

BIALET, Graciela: No hay tumbas para la verdad


"¿Nos bastará esgrimir los argumentos de la inocencia?"
Osvaldo Pol

El tío Hugo cumplió como siempre su palabra y me consiguió el libro que había elaborado la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Yo quería revisar ese informe para ver si encontraba el nombre de mi mamá que estaba desaparecida desde la última dictadura militar. Desaparecida. Como si se hubiese desvanecido en el aire, o se la hubiera tragado la tierra, o esfumado como por arte de magia, según parecía creer mi abuela intentando argumentarme la vida con ositos de peluche aún a mis 17 años.
Aquel día a la salida de clases, le dije a la abuela Esther que me iba a estudiar a lo de un compañero que ella no conocía, pero en realidad me fui al departamento de Rogelio. A esa hora, seguro, estaba en su oficina. Él siempre dejaba las llaves bajo un mosaico flojo del pasillo y yo sabía que podía usarlo para todo tipo de emergencias.
En realidad, Rogelio esperaba que fuera con chicas para luego expurgar con lujo de detalles la confesión de mis amores y disfrutar mis pasiones de juguete como viviendo así una juventud distinta a la suya entre rejas. Él estuvo preso desde los dieciocho hasta los veinticinco años por repartir volantes subversivos en la puerta de la facultad; y en la cárcel conoció y compartió celda y golpes con mi viejo.
Creo que por eso, a veces se la da de padre conmigo y me repudre con consejos de inconfesada procedencia machista; pero me divierte mucho cuando inventa fábulas mezclando mi realidad con sus ficciones en cuentos que, de pequeño, me hacían sentir un pánico varonilmente apadrinado, desasfixiándome de tanta abuela. Pobre Rogelio, cuando estoy de humor le sirvo unas cervezas y le sigo la corriente, porque sé que arma el rompecabezas de su historia con mis breves piezas de experiencia; y además porque le debo una: él fue la única y última compañía de mi papá antes de morir en cana.
Por lo que Rogelio me cuenta de aquella época, todo era subversivo: pensar distinto era subversivo, ser joven era un delito subversivo, hacer el amor antes de casarse era promiscuidad subversiva, cantar las canciones de John Lennon era reproducir modelos subversivos, usar el pelo largo y los jeans desflecados era un modo de mostrarse subversivo. Para mí que creer que todo era subversivo estaba de moda.
Me instalé cómodamente en la cocina de Rogelio y me preparé unos mates decidido a no moverme de allí hasta encontrar lo que buscaba, y aunque estuve tentado en llamar a Carola aprovechando la intimidad de la ocasión –"Ay, Carola, cómo me gusta verte, tocarte, sentirme en tu cielo, derretirme en tu verde misterio, ¡ah!"– opté por bancármelas solo con mis problemas. Tal vez su magia me susurró que hay pasiones que solo se viven con uno mismo.
Revisé el libro hoja por hoja esquivando las ganas de vomitar que me producía cada relato, en la certeza de que eso no había sido investigado y escrito bajo anestesia de ninguna cerveza, y comprobé que los cuentos de terror de Rogelio solo eran nanas infantiles al lado de aquellas desgarradoras historias del libro: secuestros, centros clandestinos de detención, el exterminio como arma política, la impunidad con que los represores se movían, actitudes de la iglesia, de algunos funcionarios, cómo se coordinaba la represión en toda Latinoamérica, documentos, listas de detenidos desaparecidos, niños, embarazadas y adolescentes torturados.
Leyendo sobre los niños arrebatados de su hogar junto a sus padres, pensé en mi suerte y en mi mamá, abandonándome escondido en el canasto de la ropa sucia. Solo recuerdo gritos extraños, y a ella diciéndome algo mientras me tapaba con manteles y camisas adentro de un cesto de mimbre. ¿Qué sucedió aquella noche? ¿Por qué me dejaron allí? ¿No me habrían visto? ¿O en realidad yo no estaba ahí cuando secuestraron a mi madre?
–¡Oh!, Camilo, ¿otra vez con eso? Ya te he dicho una y mil veces que la vida sigue desovillando su carretel y el hilo nos teje artesanalmente a un destino. No tientes a la avispa de los recuerdos –me dice mi abuela cada vez que le pregunto, dando por terminado el tema con un oportuno suspiro al borde del infarto. Ella nunca supo explicarme bien lo que pasó, pareciera que mi vida comenzó el día que aparecí en su casa.
El informe seguía su repugnante relato: el saqueo y el lucro de la represión, la familia como víctima, inválidos y lisiados también blancos para la tortura, allanamientos.
Los capítulos se sucedían uno al otro sin mermar su asqueroso discurso.
El mate amargo endulzaba la lectura.
Finalmente, en la página 323 encontré el nombre de mi mamá: Ana Calónico de Juárez, 26 años, secuestrada de su domicilio el 21 de setiembre de 1977.
La vista se me acalambró y se resistía a leer. A regañadientes obligué a mis ojos a dar sus saltos decodificando líneas y letras. Eran solo seis renglones.
Pensé inmediatamente en no volver a dirigirle la palabra a la abuela, porque si ella había recurrido a todos los organismos de defensa de los derechos humanos buscando a mamá, como me había dicho, la habría encontrado hace mucho en esta maldita página 323 igual que yo.
Me sentía brutalmente estafado, pero mi curiosidad iba más rápido que la bronca y seguí leyendo.
Así me enteré que mamá había sido vista en un destacamento militar utilizado como centro de detención clandestino llamado La Perla. Allí la habían torturado con electricidad atada a un elástico metálico luego de ser violada por varios guardias, y no se supo más de ella después de que la sacaron en un camión junto a otras dos mujeres. Se presume que fueron arrojadas al pozo de una cantera de cal sin apagar a pocos kilómetros del lugar de cautiverio.
Me floreció un sudor pegajoso en la cara y quedé ciego no sé por cuánto tiempo. Hubiera querido llorar con calma, pero la furia se me agitaba en el pecho arremolinándome los rencores y no me dejaba comportar como hubiera sido debido.
–¡Los odio! ¡Malditos hijos de puta! –grité zambulléndome en el mantel. Me levanté tirando hacia atrás la silla y pateé doscientas veces una alfombra de cuero de vaca que Rogelio tenía entre la cocina y el living, dejándola hecha un bollo frente a la puerta de entrada.
Una fuerza irreconocible que me nacía del alma me cristalizó la garganta y tuve que hacer un enorme esfuerzo para llegar al baño a echarme agua sobre la cabeza y poder así volver a respirar.
Imaginé todas las traidoras razones por las cuales me ocultaron la verdad sobre la muerte de mi madre. ¿Acaso uno no es dueño de su historia por dolorosa y terrible que sea?
Me sentí culpable de tener bronca contra mamá por haberme dejado solo en ese canasto sucio; creo que alguna vez hasta llegué a odiarla. Me brotaron unas ganas terribles de poder pedirle perdón. Quise abrazarla en mis recuerdos pero la había borrado para no sentir ese odioso sentimiento de abandono.
¿Cómo era su cara? ¿Sus ojos? ¿Su pelo acariciaba en abrazos como los de la madre de mis amigos? ¿Era más bonita cuando se reía o cuando cantaba? ¿Jugaba conmigo? ¿Su risa sonaba a cascada o a pájaro? ¿Cómo era más allá del celuloide de las fotos? ¿Cómo era que no me acuerdo?
¡No tenían derecho a obligarme a olvidar! Yo quisiera pensar en ella y recordar su rostro, su sonrisa. ¡No les voy a perdonar nunca que me mintieran, porque ocultarme hasta el más mínimo detalle, es como haberme mentido en todo! ¿Qué se creyeron? ¿Vivieron en mí lo que perdieron?: la abuela a su hija, Rogelio su juventud. Ellos tienen sus recuerdos, por asquerosos o tristes que sean, ¿pero yo?
"Al único que pienso seguir dándole bola es al tío Hugo", pensaba entre cortinas de bronca.
Creo que por primera vez en la vida sentí deseos incontenibles de morirme de pena.
Quería que el centrifugado de imágenes, gritos y sudores que me sacudían, acabara destripándome.
Hubiera deseado encender el fuego más irremediable del universo para quemar todo.
Me hubiera arrancado los ojos para que dejaran de pincharme las entrañas y empecé a sentir aquella furia incontrolable de hacía unos momentos. Pero justo cuando estaba envuelto en la peor llamarada de odio, vino a mi rescate una luz infinitamente celeste, como un retazo de cielo desperdigando esencias de vida, y se instaló delante mío la sonrisa de mamá, aquella que me perseguía en sueños por las noches.
Ella se plantó frente a mí, en camisón, con su rostro acaramelado de canción de cuna, y acariciándome entre el mimbre de aquel viejo canasto, cantó una canción de cuna extraña:

"Botón, botella, soy hija de las estrellas.
Camilito, camilón, mi hijo será gorrión".

Vi su rostro joven y sereno. Recordé sus nanas y las figuras que hacíamos con masa de sal cuando volvía de su trabajo. Me acordé de las cuadras que caminábamos juntos desde la guardería a casa, contándome adivinanzas y juegos de palabras que yo trataba de repetir en mi media lengua. Escuché mi voz de niño llamándola "mamana, mamanita", compactando sus nombres, y a ella festejando mi picardía. Sentí su olor a margaritas frescas, su risa de sapo croando hipos que me arrancaban carcajadas, y caricias que ya no quería olvidar.
Su imagen se plantó frente a mí como en una nube de reminiscencias recién cortadas.
Era mi mamá, era ella. Lo supe porque luego de un momento, me recordó aquel: "Te quiero con toda mi alma, hijito; lo mejor que tengo para darte es la libertad. No lo olvides nunca" con el que me despidió esa noche de horrores entre el mimbre. Entonces me envolvió un perfume salado de recuerdos devolviéndome la paz.
De a poco, la luz celeste se fue esfumando, desgajadamente. Entonces, recobrado de aromas e imágenes, me tiré en la cama de Rogelio y lloré.
Lloré por ella y por mí.
"Ana. Mamá. Mamana..."
Lloré por los años que nos habían robado.
"Botón, botella, soy hija de las estrellas."
Lloré por sus jóvenes ganas de cambiar el mundo.
"Camilito, camilón, mi hijo será gorrión."
Lloré por las horas de canciones que no escuché ni escucharé.
Lloré por las atrocidades que sufrió.
"Mamá. Mamanita..."
Lloré por las noches en que traté de justificar mi esencia de huérfano.
Lloré.
Amarga y pausadamente, hasta que los ojos dejaron de dolerme.

(Argentina, 1955)

(Capítulo XIV de la novela «Los sapos de la memoria»)




lunes, 16 de marzo de 2026

SCHUJER, Silvia: La composición


A las madres que buscan a sus hijos.
A los hijos de esos hijos.
A las abuelas que quieren encontrarlos.


Pronto va a hacer como un año que pasó. Fue en noviembre. No me acuerdo qué día. Sé que fue en noviembre porque faltaba poco para que terminaran las clases y ya estábamos planeando las vacaciones. Siempre nos vamos unos días a algún lugar con playa. No muchos porque sale muy caro, dice mi mamá. Bueno, decía. Mi hermanita y yo estábamos durmiendo. No me importó demasiado que esa noche, la anterior, papá y mamá estuvieran preocupados, porque ellos casi siempre andaban preocupados, pero igual eran muy buenos con nosotras y nos hablaban todo el tiempo. Más a mí, porque mi hermana es un poco chica todavía. Recién ahora está en primer grado con la señorita Angélica. A veces yo no entendía del todo lo que me querían decir, pero mi papá me explicaba que algún día iba a poder. Igual, ahora también sigo sin entender mucho que digamos. Mi hermanita no sabe nada. La abuela me quiso mentir a mí también, pero yo no soy tonta, así que… Prométame que no le va a contar a nadie ¿eh? Y menos a mi abuela porque ella tiene mucho miedo y no quiere que lo hablemos. Pero yo a usted se lo tengo que decir porque después me va a preguntar y si lloro ¿qué les digo a las chicas?

Estábamos durmiendo y de repente yo abrí los ojos. La puerta de la pieza estaba cerrada. Era raro que no me hubiera venido a despertar mi mamá si ya entraba luz por las persianas. Yo siempre me doy cuenta de la hora por la luz que se mete entre los huecos de las persianas. Y esa mañana la pieza ya estaba bastante clara y no se escuchaba ningún ruido. A mí no me gustaba faltar al colegio porque entonces me tenía que pasar todo el día sola aburriéndome en casa. Por eso no me hice la dormida. Llamé a mi mamá. Pensé que era ella la que se había quedado dormida. Me imaginé que se iba a poner contentísima de que ya me pudiera despertar sola. Pensé que me iba a decir que yo ya era una señorita y que eso la tranquilizaba. La llamé y, como no vino y tampoco hubo ningún ruido, me levanté. Primero me senté en la cama y traté de despertar a mi hermanita para que no llegáramos tarde. Blanquita, al jardín. Y como ella tampoco me escuchaba, me empezó a agarrar miedo y casi me puse a llorar. Miedo, qué sé yo. La sacudí un poco y cuando abrió los ojos, le di un beso como hacía mi mamá y le alcancé la ropa. Tuve miedo porque un día escuché que mamá le decía a papá que si a ella le pasaba algo… que siempre nos hiciera acordar a nosotras… de un mundo mejor, qué sé yo, esas cosas. Tuve miedo igual, porque para mí el mundo no era feo, el mío por lo menos. Ahora todo es horrible. Mi hermanita y yo nos vestimos. Yo la ayudé un poco, pobre. No me animaba a salir sola de la pieza. No sé por qué. Así le dábamos juntas la sorpresa a mamá. Blanquita no hablaba porque estaba medio dormida. Cuando preguntó por mamá le dije que íbamos a ir juntas a despertarla. Que seguro se había quedado dormida. Nuestra pieza da al comedor. Y enfrente, del otro lado del comedor, está la pieza de mis padres. Salimos en puntas de pie. Mi hermanita venía atrás mío.
¡Yo me quedé!...

Blanquita también se dio cuenta de que algo había pasado porque en el comedor había un desbarajuste bárbaro. Los libros estaban en el suelo y algunos rotos. Las sillas, cambiadas de lugar. Y bueno, para qué le voy a seguir contando. Usted no vaya a decir nada, seño, pero yo tuve miedo. Llegamos a la pieza de ellos: la cama estaba vacía y deshecha, pero no como cuando se iban apurados. Deshecha del todo, hasta un poco corrida de lugar. Ahora no sé si había llegado ese día: que si pasaba algo y las nenas. Hablaban tanto… Papá siempre me abrazaba y me decía que yo iba a ser libre y Blanquita también. Como un pájaro. Que iba a ser amiga de muchos chicos y en el colegio para el día del niño todos iban a tener un juguete y que eso era la libertad por la que ellos peleaban. ¿Dónde?, me pregunto. Porque entre ellos no peleaban nunca. No, casi nunca. Y menos por la libertad, que también es eso de los juguetes ¿no? No estaba ninguno de los dos en toda la casa. Blanquita lloraba más fuerte que yo. Entonces la abracé y le di un beso. Nos sentamos en el piso del comedor en el medio de todos los libros. Yo empecé a ponerlos en orden, los que estaban rotos los dejé para arreglarlos. Pensé que a lo mejor mamá había salido a comprar la leche y le dábamos la sorpresa. Lo que más nerviosa me ponía era cómo lloraba Blanquita, dale y dale. Capaz que tenía hambre, así que fui a la cocina que también era un bochinche. Iba a sacar unos panes de la bolsa y justo sonó el teléfono. ¡Ah! Me había olvidado de decirle que cuando entramos al comedor para ir a la pieza de mis padres, el teléfono estaba descolgado y yo lo puse bien. Entonces atendió Blanquita y yo enseguida le saqué el tubo de la mano. Era mi abuela con la que estamos ahora. Y cuando le conté lo que pasaba, en vez de decir que ay esta madre que tienen, dio un grito y dijo no se muevan, esperen ahí.

Me asusté mucho y yo también grité. Con Blanquita nos quedamos en un rincón. La llamábamos a mi mamá porque mi papá siempre salía temprano así que sabíamos que no podía estar. Después me sentí un poco mal, porque el más grande tiene que ayudar al más chico, y en ese momento yo no la estaba ayudando nada a Blanquita. Ni siquiera la soltaba porque me sentía mejor agarrada a ella. Prométame señorita que usted no va a contar nada de lo que le digo. Mi abuela dice que es peligroso y no quiere. Usted cree que vivo con ella porque no tengo mamá, porque se fue de viaje o algo así —como dice mi abuela cuando alguien se muere—. Pero es mentira, seño. Le juro que es mentira. Yo tengo mamá. No sé dónde está, pero tengo. Ella decía otro mundo y eso a lo mejor es un poco lejos. La verdad que ahora sería bueno que invente un mundo mejor ¿no? porque es una porquería todo esto. Las chicas se piensan que yo estoy muy contenta con mis abuelos porque nos compran todo lo que queremos, pero es mentira. Usted no les diga nada, no, porque de verdad son muy buenos y nos compran lo que queremos. Yo a usted se lo tuve que contar porque recién dijo que había que hacer una composición para el día de la madre y las chicas me dijeron que bueno Inés, vos le podés hacer una a tu abuela, y usted también me iba a decir eso cuando yo me vine acá y le hice perder el recreo largo en su escritorio ¿no?

Buenos Aires, 1977

(Argentina, 1956)



miércoles, 25 de febrero de 2026

WALSH, María Elena: La eñe también es gente



La culpa es de los gnomos, que nunca quisieron aclimatarse como ñomos.
Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe.
¡Señoras, señores, compañeros, amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la EÑE!
Ya nos han birlado los signos de apertura de admiración e interrogación. Ya nos redujeron hasta el apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la ene, con su gracioso peluquín.
¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? Entre la fauna en peligro de extinción, ¿figuran los ñandúes y los ñacurutuses? En los pagos de Añatuya, ¿cómo cantarán la eterna chacarera Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de Ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?
"La ortografía también es gente", escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como esta letrita de segunda la eñe jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados, después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui. A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, solo porque la ñ da un poco más de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños. ¡Impronunciables nativos!
Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño pero con menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta.
No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir como nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. Ninio, suenios, otonio. Fantasía inexplicable que ya fue y que preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania.
La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos por no añadir más leña a la hoguera donde se debate nuestro discriminado signo. Letra es sinónimo de carácter.
¡Avisémoslo al mundo por Internet!

Para La Nación- Buenos Aires. 1996

(Argentina, 1930/2011)

martes, 17 de febrero de 2026

JACOBS, William Wymark: La pata de mono

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo este moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No sé qué piensa la gente. Como hay solo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; lo escucharon condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de la casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, epidemias y pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Solo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento negando con la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a mover la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro negó con la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rio, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

La mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rio de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono, arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rio, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que solo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Este parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
-Lo siento… -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan solo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó, cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Solo ahora lo he pensado… ¿Por qué no lo he pensado antes? ¿Por qué tú no lo pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Solo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
-Hace diez días que está muerto y, además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -la señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo, es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame, tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert, ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto, aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

 (Inglaterra, 1863/1943)