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lunes, 19 de octubre de 2026

ENRÍQUEZ, Mariana: Julie

 


I shall plunge down into the abysmal horror
of madness and death—or I shall walk upon
the dawn.

MARJORIE CAMERON

La trajeron de Estados Unidos directo a mi casa en Buenos Aires. No querían que pasara tiempo en un hotel mientras buscaban un departamento para alquilar. Mi prima gringa Julie: había nacido en Argentina, pero, cuando tenía dos años, sus padres, mis tíos, habían migrado. Se instalaron en Vermont: mi tío trabajaba en Boeing, mi tía —la hermana de mi padre— paría hijos, decoraba la casa y secretamente hacía reuniones espiritistas en su amplio y hermoso living. Latinos ricos, rubios, de apellido alemán: sus vecinos no sabían muy bien cómo ubicarlos porque venían de Sudamérica, pero se apellidaban Meyer. De todas maneras, la primera hija delataba la sangre morena infiltrada, la de mi abuela india: Julie tenía los ojos oscuros y muertos de un ratón, el pelo implacable siempre erizado, la piel del color de papel madera. Creo que mi tía llegó a decir que era una hija adoptiva para diferenciarse. Mi padre se enfureció tanto cuando escuchó el rumor que dejó de escribirle y de llamar a su hermana al menos por un año.
La comunicación con mi familia gringa, aunque frecuente, era trivial. Fotos en la nieve. Esos horribles retratos que les gustan a los norteamericanos con las sonrisas anchas, el fondo azul cielo de verano, las ropas domingueras. Charlas sobre los logros familiares, todos económicos: el nuevo auto, los viajes a Nueva York y Florida, las aplicaciones a universidades (siempre de los varones: Julie elegía «otros caminos»), las Navidades blancas, los animalitos del bosque cercano que arruinaban el jardín, la permanente renovación de cuartos y cocina. Por supuesto, nadie podía ser tan feliz como ellos y nosotros teníamos muy claro que mentían, pero apenas nos importaba. Vivían lejos en ese otro mundo rico al que jamás nos invitaban: nunca dijeron «les compramos pasajes» o «vengan a pasar un Año Nuevo en la nieve». Datos de su egoísmo y tacañería. En las fotos que enviaban Julie siempre aparecía seria, mal vestida y, sinceramente, fea. Gorda. Hinchada quizá, y con el pelo enmarañado y débil. Parecía una enferma grave.
Julie tenía veintiún años cuando sus padres, mis tíos, decidieron traerla de vuelta a la Argentina. Yo era un año más chica, apenas. Hubo muchos gritos, primero por teléfono y después en la casa sobre si aceptar o no la visita, que amenazaba ser larga. Yo vivía con mis padres: no conseguía trabajo, no tenía dinero para irme. La casa, aunque algo descuidada, era grande y cómoda. El problema no era el espacio. El problema era que la familia gringa nunca nos había ayudado. Nunca habían mandado un solo dólar. Nunca habían preguntado qué necesitábamos, y habíamos necesitado muchas cosas durante todos los años argentinos de crisis, renacimiento, pérdida, locura, desastre y renacimiento. Mi padre, además, tenía una objeción ideológica. Volvían porque, en efecto, Julie estaba enferma y habían gastado fortunas en tratamientos en Estados Unidos. No todo era cubierto por el todopoderoso seguro de salud de Boeing. O, probablemente, mi tío no era un empleado de la compañía tan prominente como le gustaba alardear. Vienen a usar la salud pública de este país, bramaba mi padre. Mi madre no trataba de conciliar, no decía «es tu hermana». Lo dejaba pegar portazos. Sabía que, finalmente, íbamos a recibirlos.
Llegaron una noche de lluvia en pleno verano. Acompañé a mi padre al aeropuerto. Julie era bizca, obesa, estaba vestida con un equipo de gimnasia de algodón color gris y el viaje en avión le había hinchado las manos. Pensé que no había nada que salvar: hay gente que se deja estar, que va demasiado lejos, que un día se levanta y está loca y monstruosa. Julie era así. El pleno abandono. Y nosotros ni siquiera sabíamos qué le pasaba exactamente. Mi tía apenas había llorado por teléfono, son cosas que se dicen cara a cara, pero es un problema mental. Es mental.

Las discusiones se daban alrededor de la mesa de la cocina. Yo trabajaba y estudiaba, veía poco a mis padres y a mi familia gringa, pero siempre asistía a las discusiones nocturnas. Ellos estaban de malhumor: no les gustaban las veredas rotas (en realidad no estaban rotas, en Buenos Aires son irregulares, las raíces de los árboles desencajan las baldosas, no son lisas y de cemento, pero, en fin, mis tíos hasta se caían), desconfiaban de los médicos que habían ido a visitar, se escandalizaban por la cantidad de gente que vivía en la calle (y esto hacía aullar a mi padre, que contraponía a los indigentes de Nueva York y Los Ángeles), no les gustaba la comida, extrañaban el frío y el Nutella y la variedad de yogures en el supermercado. Julie apenas hablaba, aunque era educada. Pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación. Era esquizofrénica, decía mi tía, pero en los últimos años había empeorado mucho. No quería dar detalles. Nunca nos lo había contado porque deseaba para su hija una vida normal, decía.
Siempre estaban vestidos con ropa deportiva, los tres. Remeras y pantalones de algodón, zapatillas, nada de maquillaje. Así son los gringos de entrecasa, decía mi padre. Pero ellos no son gringos, insistía yo, y él me pasaba una mano por el pelo.
Las discusiones seguían. No quiero que se atienda en el Moyano, parece un manicomio del siglo XIX, decía mi tío. Mi madre, ofendida, aseguraba que ella se había tratado ahí una depresión y que, en efecto, las instalaciones estaban deterioradas por negligencia de las autoridades, pero los profesionales eran de excelencia. Yo me metí en la discusión: ustedes vivieron acá, les dije, no hace tanto, y el Moyano siempre fue igual. Todo estaba deteriorado para ellos, los príncipes de Vermont. Mientras tanto Julie no parecía demasiado loca, salvo por cómo comía: sin parar, con las manos, sin respirar hasta que el plato estaba vacío y después sonreía y entonces se tomaba medio litro de Coca-Cola. Estaba medicada y seguramente a eso se debía su silencio.
La gran discusión estalló una tarde, cuando volvieron los tres de la consulta de una psiquiatra famosa. Habían llorado, se les notaba. También rezongaban porque el taxi había sido caro y encima era un auto viejo que apestaba a gasolina (decían «gasolina» y no «nafta» como si hablaran en doblaje mexicano). Cuando entraron, nos ignoraron. Yo tenía el día libre, mis padres recién llegaban de trabajar, debían ser las seis de la tarde.
Es tu culpa, gritaba mi tío. Your fault. You and your damned ouija board!
Mi padre dijo en esta casa se habla cristiano. Son mis invitados. Sos mi hermana. ¡Son argentinos, carajo!
Lo miraron desconcertados y vi a mi tía quebrarse. Noté las canas que asomaban de su cuero cabelludo, los anteojos ladeados, las arrugas que le marcaban los costados de la boca como tajos verticales o decoraciones rituales. No fue eso, dijo, no pudo ser eso, era un juego.
Basta de misterio, dijo mi padre. Se puso de pie, se cruzó de brazos y exigió saber la historia. Mi tía se la contó llorando como una criatura. Julie estaba presente, muda pero impresionada. Mi tío miraba el piso y en un momento, cuando la narración de los detalles de la locura llegó a la impudicia, tuvo que salir al patio.
La historia no era tan complicada, hasta era un convencionalismo de película de terror. Era casi El exorcista. Julie había empezado a jugar con un amigo invisible de chica, luego con varios. Le duraron demasiado: tenía catorce años y seguía hablando con sus amigos. Le dijo a mi tía que habían llegado a la casa en las sesiones de espiritismo que, durante años, fueron reuniones sociales. Reuniones que se detuvieron entonces, ante la revelación, y se dictaminó que las «voces» nada tenían que ver con los fantasmas sino con la esquizofrenia de Julie, potenciada por los problemas en la escolarización que obligaron al homeschooling. (Julie no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir a la secundaria con ese aspecto, ni en Estados Unidos ni en ninguna otra parte). Los amigos-espíritus-voces no hacían nada, solamente hablaban con ella, no tenían sugerencias macabras, no rompían cosas ni hacían ruidos como poltergeists. Era fácil convivir con ellos y Julie. Sí, resultaba creepy escucharla parlotear y reír y a veces llorar con nadie, pero si eso iba a ser todo, pues bien, era compatible con una vida normal. ¿Y mis primos? Ellos ya estaban en la universidad. Se habían perdido, por suerte, la peor y más reciente fase de la enfermedad.
Mi tía fue quien encontró a Julie teniendo sexo con los espíritus. Mi madre se atoró con el vino cuando escuchó esto y escupió un buen trago sobre la mesa: parecía sangre aligerada, demasiado acuosa, sobre la fórmica blanca. Mi padre miró a Julie con pudor y ella le contestó con una mirada descarada. Ahí se fue mi tío. No sé cómo lo hace, continuó mi tía, ya sin vergüenza, aliviada. Se masturba, claro, pero no es una masturbación convencional. Si la vieran: se le marcan en el cuerpo dedos. ¡Hay manos que le retuercen los pechos! ¡Manos invisibles!
Se puso a llorar. Por decir algo, yo dije que me recordaba a la película El ente.
Julie habló entonces. Su castellano era neutro pero perfecto.
Es diferente. En esa película la protagonista es violada, si es la misma a la que te refieres. A mí me gusta lo que ellos me hacen. Son los únicos que me quieren.
No hizo una salida dramática ni acompañó a su madre en el llanto. Sencillamente abrió una bolsa de papas fritas y se puso a comerlas como comía todo: a dos manos, la sal y la grasa pegadas a los labios.
Los médicos dicen que es posible, dijo mi tía mientras se secaba la cara con un tissue. Que a veces la mente puede ejercer un poder sobre el cuerpo tan grande que se producen reacciones inexplicables.
Como lo psicosomático, intervino mi madre y se puso a contar sobre su depresión y la colitis ulcerosa, las diarreas con sangre, el asma que como vino se fue. No me gusta recordar la depresión de mi madre: fue posparto y creo que es mi culpa. Bueno, no lo creo: lo fue. Yo la causé, las intenciones no cuentan.
Julie se terminó las papas, negó con la cabeza y aseguró que todas las pastillas y los tratamientos del mundo no iban a curarla porque no había nada que curar. A mí me gusta, dijo. No sé por qué es un problema, dijo.
Ah, no lo sabés, gritó mi tía, y le arrancó la bolsa de papas de las manos. Ella se limpió la grasa de las manos en nuestro sillón. Igual los sillones estaban bastante sucios.
No lo sé, dijo Julie. Y agregó en inglés que su vida sería normal si no estuviese arruinada por medicamentos, las pastillas que engordaban y deformaban. I became a monster, dijo. But they want me anyway.
Mi tío entró. La escuchó cuando contaba, en inglés, sobre el placer de esos dedos fantasma, que no eran fríos, que eran una delicia. Le dio una cachetada que le hinchó la boca de inmediato aunque no hubo sangre. Y le dijo puta. Whore. Ella, acostumbrada, se retiró a la habitación con su teléfono (nunca se desprendía del celular). Nosotros nos quedamos temblando. Mi tía fingió un desmayo, creo que para que dejáramos de pensar en la imagen de su hija obesa, en la grasa bajo la piel que manipulaban con goce y amor las manos del más allá.
Después de tres semanas, amenazaron con irse, pero no de vuelta a Estados Unidos (nadie preguntaba cuál era el estado de sus empleos y ellos no lo mencionaban), sino a alquilar un departamento para «dejar de molestarnos». Mi madre les pidió que se quedaran, por cortesía, y ellos, tan groseros como siempre, dijeron muchas gracias y no volvieron a mencionar la partida.
No tienen un mango, decía mi padre entre dientes mientras regaba las plantas de nuestro jardincito interno y, de pura rabia, empapaba al gato que corría indignado y se ocultaba tras el helecho mayor. La trajeron acá porque allá no pueden pagarle un tratamiento, es carísima la psiquiatría en Yanquilandia, y acá el cambio los favorece. Además, hay mejores profesionales en salud mental. Allá no saben nada. Te medican y se acabó.
Sin embargo, no los echaba. Después de todo, era su familia, y Julie siempre cerraba con llave la puerta de su habitación. Si tenía sexo ahí dentro, era muy discreta. Había empezado un nuevo tratamiento que implicaba internación medio día y más medicamentos. Volvía medio dormida y estaba más pálida y más gorda. A mí me daba mucha lástima, pero no sabía qué hacer. Mi tío se acostaba borracho. Mi tía se la pasaba en Skype con sus amigas gringas y a veces con mis primos, que saludaban amablemente pero parecían muy desinteresados. Los entendí: qué alivio sacarse de encima a Julie y a sus padres y tenerlos tan lejos.
A veces, antes de ir a la facultad, Julie y yo tomábamos el desayuno juntas en el patio. Era otoño, días preciosos, y ella quizá por imitarme comía con más decencia. Igual se manchaba, pero no era su culpa. Era la medicación que la hacía temblar. Mi prima me caía bien. Tenía dignidad. Y no retrocedía. Yo escuchaba a sus padres hablando en inglés (suponían que nosotros no los entendíamos), discutiendo porque los médicos no podían convencerla de que los espíritus amantes no existían. Ella estaba segura, ella se sentía querida, ¿por qué sacarle eso? La veía en el patio antes de ir a su media internación, mirando las plantas, sonriéndole al gato, y cada mañana, mientras ella deglutía sus cereales y yo tomaba mi café, trataba de buscarle una solución que la liberara a ella y sacara a mis tíos de la casa. Además, por las conversaciones, por las discusiones, supe lo que ellos querían: internarla. Dejarla en Argentina. Volverse sin la hija loca que quedaba tan mal en las reuniones, no tanto por su sexo con los espíritus —eso podía permanecer secreto— sino porque su estado les negaba planes de viajes a Florida, de mudanza quizá, de casa frente al lago. La iban a abandonar. No podían pagar una institución en Estados Unidos. Acá podían ubicarla en un lugar público, gratis. Julie era argentina, después de todo. ¿Y quiénes quedarían encargados de visitarla? ¿Mis padres? ¿Yo?
Tenía que haber otra gente como ella. No sé si le creía o no: eso no era importante. No les dije nada a mis padres ni a Julie ni a nadie: ni mis amigos sabían los detalles del caso. Me sumergí en internet. Debía haber más gente que tenía sexo con espíritus y seguro que se congregaba, con suerte, en una comunidad que no fuese anónima ni que solo existiese online. Había gente que compartía sus fetiches por estatuas y maniquíes, incluso por juguetes de peluche; había hombres que tenían sexo disfrazados de bebés y mujeres adictas a comer plástico y hombres y mujeres que se excitaban lamiendo globos oculares.
Sin embargo, lo del sexo con muertos fantasma no resultó tan fácil de encontrar. Julie se dejaba amar por los muertos invisibles, lo suyo nada tenía que ver con la carne, fría o caliente. Al principio lo más cercano que encontré fueron necrófilos en perpetua queja por no poder siquiera acercarse a un féretro abierto. Leyendo su procacidad empecé a darme cuenta de la elegancia de Julie. De su rechazo a la vulgaridad incurable de sus padres. De cómo había arruinado su cuerpo hasta lo grotesco para demostrar que, a pesar de todo, era bello en algún lugar que nosotros no conocíamos y ella sí. ¿La admiraba? No sé. La envidiaba un poco. No quería su desamparo, pero tampoco tener que ser su cuidadora.
Tras una semana de búsqueda intensiva, cuando ya me daba por vencida (una semana de búsqueda online es demasiado, muchísimo tiempo), encontré a un grupo en Estados Unidos, The Marjorie Cameron Church in the Desert. Tuve que pagar y escribir una nota de pedido de admisión y esperar la respuesta de los administradores, pero una mañana encontré el mail de Congratulations en mi bandeja. Y esa misma noche chateé con una tal Melinda y le conté mi dilema. Nuestro dilema. Ella quiso saber por qué no hablaba Julie y le expliqué que estaba muy medicada. Melinda entendió: siempre nos patologizan, me dijo. Organicé, sin decirle nada a Julie, una cita con Melinda para el día siguiente. Por Skype, pero solo una llamada: no había confianza para verse las caras.
Cuando se lo conté a mi prima, tembló. Hablé un poco en inglés y otro en castellano, a pesar de que sabía perfectamente que ella me entendía en nuestro idioma. No pude terminar de explicarle. Tiró al piso su desayuno, dio tres pasos hasta mí y me abrazó con verdadero agradecimiento. Extraño: olía muy bien. A pesar de su brutalidad y torpeza con la comida, era escrupulosamente limpia. ¿Se guardaría para sus amantes? La miré a los ojos.
¿Por qué no los buscaste vos?, quise saber. Estás siempre con el teléfono, estás siempre online.
No lo sé, dijo sinceramente. Me daba miedo. Otros como yo. La gente me da miedo.
Entonces ¿vas a tener miedo esta noche? ¿Suspendo la cita?
No, me dijo con los ojos redondos, y agitó sus deditos rechonchos. Ellos quieren encarcelarme. ¿Lo sabías?
Lo sabía.
Tenés que escapar, le dije.
Julie asintió.

En el Buquebús que nos llevaba a Uruguay, Julie estaba tan feliz que ni siquiera le importaban las miradas de desaprobación de las flaquísimas mujeres que cruzaban el Río de la Plata para pasar un fin de semana en Colonia. Habíamos escapado justo a tiempo, con la tormenta familiar desatada. Mi tío ya había vuelto a Estados Unidos, pero ahora la que anunciaba su regreso era mi tía, llorosa, quejumbrosa, falsa hasta el escándalo. Había conseguido una clínica muy buena, decía, y se comprometía a pagarla. Cómo no voy a pagar por mi hija, gritaba. Mi padre, cruel y seguro al mismo tiempo, llamó por teléfono a la clínica y, por altavoz para que todos pudiéramos oírla, nos hizo escuchar cómo la encargada de contabilidad decía que sí, tenían fecha de admisión de la paciente, pero aún no habían recibido ningún depósito de dinero. Mi padre colgó, mi tía, hecha una fiera, gritó que ella no iba a condenarse a pasar lo que le quedaba de vida con ese monstruo y que si había sido su culpa, si las sesiones habían traído esta desgracia, pues no pensaba cargar con esa culpa tampoco. Yo no escuché el griterío: estaba trabajando. Me enteré por Julie. Desde esa primera noche con Melinda había hecho grandes progresos: ya eran amigas. Me habían prohibido participar de las conversaciones y accedí, aunque me daba curiosidad. Entendía. Resultó que las visitadas por espíritus —así se hacían llamar— no eran solamente mujeres, había muchos visitados también. Resultó que tenían su propia comunidad: en Estados Unidos, vivían en un trailer park en Arizona. La Asociación se llamaba así en honor a una viuda ocultista, Marjorie Cameron, que había logrado tener sexo con el espíritu de su propio esposo muerto. (La historia de Cameron es más larga y extraordinaria.) No había muchas como ella, como Marjorie, pero Melinda le prometía a Julie que, si ella así lo deseaba, podía conocer la identidad de los espíritus que la visitaban. Si no lo deseaba, permanecerían anónimos. La libertad era total. El problema era que no existía ninguna rama de la Iglesia en la Argentina. Nuestra única y pequeña comunidad en Sudamérica está en Uruguay. La pronunciación del nombre del país había sido atroz y todavía resultaba más estúpidamente atroz que esta Melinda no supiese que Uruguay quedaba justo enfrente de Buenos Aires, con un río de por medio, pero yo no pensé que por esta ignorancia ella fuese un fraude. Era gringa: los gringos son así. No saben nada del mundo, son incapaces de enterarse, no se les ocurre mirar un mapa. Julie estaba de acuerdo conmigo. Así son, asentía.
Entre Julie, Melinda y yo organizamos el recibimiento en la comunidad uruguaya. Quedaba a las afueras de un pueblo cercano a Colonia, Nueva Helvecia o Colonia Suiza. Ese lugar era famoso por retiros new age y comunidades que practicaban alguna espiritualidad alternativa. Entendí. Era un buen lugar para ocultarse.
Julie le tuvo un poco de miedo al barco, me di cuenta. Habíamos tomado el primero de la mañana, bien temprano: nos fuimos después del desayuno. Yo podía volver esa misma tarde quizá: nadie se daría cuenta. Pero no tuvo nada de miedo cuando cruzó la frontera con su pasaporte gringo ni cuando alquiló un coche y dio un nombre falso. Sabía cómo cubrirse las huellas. ¿Enseñanzas de Melinda? Manejé yo. Nueva Helvecia quedaba muy cerca de Colonia: sesenta kilómetros. Julie seguía tomando las pastillas; Melinda le explicó que en la comunidad sabrían cómo ayudarla a dejarlas y manejar la abstinencia. Teníamos las coordenadas, la descripción de la casa que buscábamos y un nombre: Rolf. Seguro no era real. Qué fácil era desaparecer, pensé. Hacía falta determinación, no demasiada, alguien en quien confiar y un poco de dinero. Julie le había robado a su madre unos quinientos dólares. Estaba bien para empezar, ellos no pedían más. Se autoabastecían, tenían una chacra, recibían donaciones. Uno de los integrantes, además, era el dueño de la tierra, varias hectáreas. Un uruguayo rico. No sé si era visitado por espíritus o un simple benefactor morboso.
Julie habló bastante en el corto viaje: una hora de Buquebús, otra de auto. Me contó sobre las primeras visitas, sobre las diferencias entre los visitantes: a uno le gustaba especialmente lamerle el agujero del culo, lo dijo así, como una bestia, y casi me mareo: estaba perdiendo la elegancia. O quizá de verdad estaba loca. Ahora ya no lo sabría. Le pedí que se callara, le dije que podríamos perdernos, y se quedó en silencio pero ofuscada. Yo no la conocía, me daba cuenta. No sabía si sus padres, aunque gringos y tacaños y desagradables, estaban diciendo la verdad. Quizá ellos sí la escuchaban hablar de manera explícita, desbocada, y estaban hartos. Quizá le habían enseñado a comportarse en público, con ayuda de las pastillas. Ah, ¿y si me había equivocado?
Llegamos a la casa indicada. Era bonita, pero parecía algo abandonada. El silencio lo quebraba el cacareo de gallinas. Rolf esperaba vestido de blanco. Era alto y canoso. Llevaba anteojos negros. Podía, cómo no, ser un asesino. Mi prima se arrojó a sus brazos y después a los míos. Afuera del auto, yo encendí un cigarrillo. Le ofrecí el paquete a Rolf, que rechazó. Le habló a Julie. Le dio la bienvenida. Yo le alcancé el bolso: ella saltaba, infantil, el culo enorme (ese que le chupaban tan bien) zangoloteaba como si estuviese lleno de agua. Me puse los anteojos oscuros: había demasiado sol. Rolf me agradeció y después dijo, con un acento puramente uruguayo que delataba lo apócrifo de su nombre: «Hasta acá llegaste».
¿La van a tratar bien?, pregunté.
Rolf me sonrió. Tenía una dentadura perfecta, blanquísima, cuidada.
Por supuesto, dijo. Y puedes visitarla.
Julie volvió a besarme y después se fue. Rolf cargaba su bolso. Ella hablaba sin parar. Supe lo que iba a pasar.
Yo volvería a casa. Fingiría no saber nada del paradero de Julie. La buscaríamos un tiempo. La daríamos por desaparecida. Sus hermanos vendrían; volvería su padre. Se la daría por muerta. Y yo regresaría a Nueva Helvecia y jamás encontraría la casa linda pero algo abandonada, ni vería otra vez los dientes de Rolf ni a mi prima alejándose con su culo desbordado por un camino de tierra seca, bajo el sol, al encuentro de los que son como ella.

Argentina, 1973



sábado, 17 de octubre de 2026

NERUDA, Pablo: El libro de las preguntas (obra póstuma)

 


I


¿Por qué los inmensos aviones
no se pasean con sus hijos?
¿Cuál es el pájaro amarillo
¿Qué llena el nido de limones?
¿Por qué no enseñan a sacar
miel del sol a los helicópteros?
¿Dónde dejó la luna llena
su saco nocturno de harina?

II

Si he muerto y no me he dado cuenta
¿a quién le pregunto la hora?
¿De dónde saca tantas hojas
la primavera de Francia?
¿Dónde puede vivir un ciego
a quien persiguen las abejas?
¿Si se termina el amarillo
con qué vamos a hacer el pan?

III

Dime, ¿la rosa está desnuda
o solo tiene ese vestido?
¿Por qué los árboles esconden
el esplendor de sus raíces?
¿Quién oye los remordimientos
del automóvil criminal?
¿Hay algo más triste en el mundo
que un tren inmóvil en la lluvia?

IV

¿Cuántas iglesias tiene el cielo?
¿Por qué no ataca el tiburón
a las impávidas sirenas?
¿Conversa el humo con las nubes?
¿Es verdad que las esperanzas
deben regarse con rocío?

V

¿Qué guardas bajo tu joroba?
Dijo un camello a una tortuga.
Y la tortuga preguntó:
¿Qué conversas con las naranjas?
¿Tiene más hojas un peral
que Buscando el Tiempo Perdido?
¿Porqué se suicidan las hojas
cuando se sienten amarillas?

VI

¿Por qué el sombrero de la noche
vuela con tantos agujeros?
¿Qué dice la vieja ceniza
cuando camina junto al fuego?
¿Por qué lloran tanto las nubes
y cada vez son más alegres?
¿Para quién arden los pistilos
del sol en sombra del eclipse?
¿Cuántas abejas tiene el día?

VII

¿Es paz la paz de la paloma?
¿El leopardo hace la guerra?
¿Por qué enseña el profesor
la geografía de la muerte?
¿Qué pasa con las golondrinas
que llegan tarde al colegio?
¿Es verdad que reparten cartas
transparentes, por todo el cielo?

VIII

¿Qué cosa irrita a los volcanes
qué escupen fuego, frío y furia?
¿Por qué Cristóbal Colón
no pudo descubrir a España?
¿Cuántas preguntas tiene un gato?
Las lágrimas que no se lloran
¿esperan en pequeños lagos?
¿O serán ríos invisibles
que corren hacia la tristeza?

IX

¿Es este mismo el sol de ayer
o es otro el fuego de su fuego?
¿Cómo agradecer a las nubes
esa abundancia fugitiva?
¿De dónde viene el nubarrón
con sus sacos negros de llanto?
¿Dónde están los nombres aquellos
dulces como tortas de antaño?
¿Dónde se fueron las Donaldas,
las Clorindas, las Eduvigis?

X

¿Qué pensarán de mi sombrero
en cien años más, los polacos?
¿Qué dirán de mi poesía
los que no tocarán mi sangre?
¿Cómo se mide la espuma
que resbala de la cerveza?
¿Qué hace una mosca encarcelada
en un soneto de Petrarca?

XI

¿Hasta cuándo hablan los demás
si ya hemos hablado nosotros?
¿Qué diría José Martí
del pedagogo Marinello?
¿Cuántos años tiene Noviembre?
¿Qué sigue pagando el Otoño
con tanto dinero amarillo?
¿Cómo se llama ese cocktail
que mezcla vodka con relámpagos?

XII

¿Y a quién le sonríe el arroz
con infinitos dientes blancos?
¿Por qué en las épocas oscuras
se escribe con tinta invisible?
¿Sabe la bella de Caracas
cuántas faldas tiene la rosa?
¿Por qué me pican las pulgas
y los sargentos literarios?

XIII

¿Es verdad que solo en Australia
hay cocodrilos voluptuosos?
¿Cómo se reparten el sol
en el naranjo las naranjas?
¿Venía de una boca amarga
la dentadura de la sal?
¿Es verdad que vuela de noche
sobre mi patria un cóndor negro?

XIV

¿Y qué dijeron los rubíes
ante el jugo de las granadas?
Pero ¿por qué no se convence
el Jueves de ir después del Viernes?
¿Quiénes gritaron de alegría
cuando nació el color azul?
¿Por qué se entristece la tierra
cuando aparecen las violetas?

XV

¿Pero es verdad que se prepara
la insurrección de los chalecos?
¿Por qué otra vez la primavera
ofrece sus vestidos verdes?
¿Por qué ríe la agricultura
del llanto pálido del cielo?
¿Cómo logró su libertad
la bicicleta abandonada?

XVI

¿Trabajan la sal y el azúcar
construyendo una torre blanca?
¿Es verdad que en el hormiguero
los sueños son obligatorios?
¿Sabes qué meditaciones
rumia la tierra en el otoño?
(¿Por qué no dar una medalla
a la primera hoja de oro?)

XVII

¿Te has dado cuenta que el Otoño
es como una vaca amarilla?
¿Y cómo la bestia otoñal
es luego un oscuro esqueleto?
¿Y cómo el invierno acumula
tantos azules lineales?
¿Y quién pidió a la Primavera
su monarquía transparente?

XVIII

¿Cómo conocieron las uvas
la propaganda del racimo?
¿Y sabes lo que es más difícil
entre granar y desgranar?
¿Es malo vivir sin infierno:
no podemos reconstruirlo?
¿Y colocar al triste Nixon
con el traste sobre el brasero
quemándolo a fuego pausado
con napalm norteamericano?

XIX

¿Han contado el oro que tiene
el territorio del maíz?
¿Sabes que es verde la neblina
a mediodía, en Patagonia?
¿Quién canta en el fondo del agua
en la laguna abandonada?
¿De qué ríe la sandía
cuando la están asesinando?

XX

¿Es verdad que el ámbar contiene
las lágrimas de las sirenas?
¿Cómo se llama una flor
que vuela de pájaro en pájaro?
¿No es mejor nunca que tarde?
¿Y por qué el queso se dispuso
a ejercer proezas en Francia?

XXI

¿Y cuando se fundó la luz
esto sucedió en Venezuela?
¿Dónde está el centro del mar?
¿Por qué no van allí las olas?
¿Es cierto que aquel meteoro
fue una paloma de amatista?
¿Puedo preguntar a mi libro
si es verdad que yo lo escribí?

XXII

Amor, amor, aquel y aquella,
si ya no son, ¿dónde se fueron?
Ayer, ayer dije a mis ojos
¿cuándo volveremos a vernos?
Y cuando se muda el paisaje
¿son tus manos o son tus guantes?
Cuando canta el azul del agua
¿cómo huele el rumor del cielo?

XXIII

¿Se convierte en pez volador
si transmigra la mariposa?
¿Entonces no era verdad
que vivía Dios en la luna?
¿De qué color es el olor
del llanto azul de las violetas?
¿Cuántas semanas tiene un día
y cuántos años tiene un mes?

XXIV

¿El 4 es 4 para todos?
¿Son todos los sietes iguales?
¿Cuando el preso piensa en la luz
es la misma que te ilumina?
¿Has pensado de qué color
es el Abril de los enfermos?
¿Qué monarquía occidental
se embandera con amapolas?

XXV

¿Por qué para esperar la nieve
se ha desvestido la arboleda?
¿Y cómo saber cuál es Dios
entre los Dioses de Calcuta?
¿Por qué viven tan harapientos
todos los gusanos de seda?
¿Por qué es tan dura la dulzura
del corazón de la cereza?
¿Es porque tiene que morir?
¿O porque tiene que seguir?

XXVI

Aquel solemne Senador
que me atribuía un castillo
¿devoró ya con su sobrino
la torta del asesinato?
¿A quién engaña la magnolia
con su fragancia de limones?
¿Dónde deja el puñal el águila
cuando se acuesta en una nube?

XXVII

¿Murieron tal vez de vergüenza
estos trenes que se extraviaron?
¿Quién ha visto nunca el acíbar?
¿Dónde se plantaron los ojos
del camarada Paul Éluard?
¿Hay sitio para unas espinas?
le preguntaron al rosal.

XXVIII

¿ Por qué no recuerdan los viejos
las deudas ni las quemaduras?
¿Era verdad aquel aroma
de la doncella sorprendida?
¿Por qué los pobres no comprenden
apenas dejan de ser pobres?
¿Dónde encontrar una campana
que suene adentro de tus sueños?

XXIX

¿Qué distancia en metros redondos
hay entre el sol y las naranjas?
¿Quién despierta a sol cuando duerme
sobre su cama abrasadora?
¿Canta la tierra como un grillo
entre la música celeste?
¿Verdad que es ancha la tristeza,
delgada la melancolía?

XXX

¿Cuando escribió su libro azul
Rubén Darío no era verde?
¿No era escarlata Rimbaud
Góngora de color violeta?
¿Y Víctor Hugo tricolor?
¿Y yo a listones amarillos?
¿Se juntan todos los recuerdos
de los pobres de las aldeas?
¿Y en una caja mineral
guardaron sus sueños los ricos?

XXXI

¿A quién le puedo preguntar
qué vine a hacer en este mundo?
¿Por qué me muevo sin querer,
por qué no puedo estar inmóvil?
¿Por qué voy rodando sin ruedas,
volando sin alas ni plumas,
y qué me dio por transmigrar
si viven en Chile mis huesos?

XXXII

¿Hay algo más tonto en la vida
que llamarse Pablo Neruda?
¿Hay en el cielo de Colombia
un coleccionista de nubes?
¿Por qué siempre se hacen en Londres
los congresos de los paraguas?
¿Sangre color de amaranto
tenía la reina de Saba?
¿Cuando lloraba Baudelaire
lloraba con lágrimas negras?

XXXIII

¿Y por qué el sol es tan mal amigo
del caminante en el desierto?
¿Y por qué el sol es tan simpático
en el jardín del hospital?
¿Son pájaros o son peces
en estas redes de la luna?
¿Fue adonde a mí me perdieron
que logré por fin encontrarme?

XXXIV

Con las virtudes que olvidé
¿me puedo hacer un traje nuevo?
¿Por qué los ríos mejores
se fueron a correr en Francia?
¿Por qué no amanece en Bolivia
desde la noche de Guevara
y busca allí a los asesinos
su corazón asesinado?
¿Tienen primero gusto a lágrimas
las uvas negras del destierro?

XXXV

¿No será nuestra vida un túnel
entre dos vagas claridades?
¿O no será una claridad
entre dos triángulos oscuros?
¿O no será la vida un pez
preparado para ser pájaro?
¿La muerte será de no ser
o de sustancias peligrosas?

XXXVI

¿No será la muerte por fin
una cocina interminable?
¿Qué harán tus huesos disgregados,
buscarán otra vez tu forma?
¿Se fundirá tu destrucción
en otra voz y en otra luz?
¿Formarán parte tus gusanos
de perros o de mariposas?

XXXVII

¿De tu cenizas nacerán
checoeslovacos o tortugas?
¿Tu boca besará claveles
con otros labios venideros?
¿Pero sabes de dónde viene
la muerte, de arriba o de abajo?
¿De los microbios o los muros,
de las guerras o del invierno?

XXXVIII

¿No crees que vive la muerte
dentro del sol de una cereza?
¿No puede matarte también
un beso de la primavera?
¿Crees que el luto te adelanta
la bandera de tu destino?
¿Y encuentras en la calavera
tu estirpe a hueso condenada?

XXXIX

¿No sientes también el peligro
en la carcajada del mar?
¿No ves en la seda sangrienta
de la amapola una amenaza?
¿No ves que florece el manzano
para morir en la manzana?
¿No lloras rodeado de risa
con las botellas del olvido?

XL

¿A quién el cóndor andrajoso
da cuenta de su cometido?
¿Cómo se llama la tristeza
en una oveja solitaria?
¿Y qué pasa en el palomar
si aprenden canto las palomas?
¿Si las moscas fabrican miel
ofenderán a las abejas?

XLI

¿Cuánto dura un rinoceronte
después de ser enternecido?
¿Qué cuentan de nuevo las hojas
de la reciente primavera?
¿Las hojas viven en invierno
en secreto, con las raíces?
¿Qué aprendió el árbol de la tierra
para conversar con el cielo?

XLII

¿Sufre más el que espera siempre
que aquel que nunca esperó a nadie?
¿Dónde termina el arco iris,
en tu alma o en el horizonte?
¿Tal vez una estrella invisible
será el cielo de los suicidas?
¿Dónde están las viñas de hierro
de donde cae el meteoro?

XLIII

¿Quién era aquella que te amó
en el sueño, cuando dormías?
¿Dónde van las cosas del sueño?
¿Se van al sueño de los otros?
Y el padre que vive en los sueños
¿vuelve a morir cuando despiertas?
¿Florecen las plantas del sueño
y maduran sus graves frutos?

XLIV

¿Dónde está el niño que yo fui,
sigue adentro de mí o se fue?
¿Sabe que no lo quise nunca
y tampoco me quería?
¿Por qué anduvimos tanto tiempo
creciendo para separarnos?
¿Por qué no morimos los dos
cuando mi infancia se murió?
¿Y si el alma se me cayó
por qué me sigue el esqueleto?

XLV

¿El amarillo de los bosques
es el mismo del año ayer?
¿Y se repite el vuelo negro
de la tenaz ave marina?
¿Y donde termina el espacio
se llama muerte o infinito?
¿Qué pesan más en la cintura,
los dolores o los recuerdos?

XLVI

¿Y cómo se llama ese mes
que está entre Diciembre y Enero?
¿Con qué derecho numeraron
las doce uvas del racimo?
¿Por qué no nos dieron extensos
meses que duren todo el año?
¿No te engañó la primavera
con besos que no florecieron?

XLVIII

¿Son los senos de las sirenas
las redondescas caracolas?
¿O son olas petrificadas
o juego inmóvil de la espuma?
¿No se ha incendiado la pradera
con las luciérnagas salvajes?
¿Los peluqueros del otoño
despeinaron los crisantemos?

XLIX

¿Cuando veo de nuevo el mar
el mar me ha visto o no me ha visto?
¿Por qué me preguntan las olas
lo mismo que yo les pregunto?
¿Y por qué golpean la roca
con tanto entusiasmo perdido?
¿No se cansan de repetir
su declaración a la arena?

L

¿Quién puede convencer al mar
para que sea razonable?
¿De qué le sirve demoler
ámbar azul, granito verde?
¿Y para qué tantas arrugas
y tanto agujero en la roca?
¿Yo llegué de detrás del mar
y dónde voy cuando me ataja?
¿Por qué me he cerrado el camino
cayendo en la trampa del mar?

LI

¿Por qué detesto las ciudades
con olor a mujer y orina?
¿No es la ciudad el gran océano
de los colchones que palpitan?
¿La oceanía de los aires
no tiene islas y palmeras?
¿Por qué volví a la indiferencia
del océano desmedido?

LII

¿Cuánto medía el pulpo negro
que oscureció la paz del día?
¿Eran de hierro sus ramales
y de fuego muerto sus ojos?
¿Y la ballena tricolor
por qué me atajó en el camino?

LIII

¿Quién devoró frente a mis ojos
un tiburón lleno de pústulas?
¿Tenía la culpa el escualo
o los peces ensangrentados?
¿Es el orden o la batalla
este quebranto sucesivo?

LIV

¿Es verdad que las golondrinas
van a establecerse en la luna?
¿Se llevarán la primavera
sacándola de las cornisas?
¿Se alejarán en el otoño
las golondrinas de la luna?
¿Buscarán muestras de bismuto
a picotazos en el cielo?
¿Y a los balcones volverán
espolvoreadas de ceniza?

LV

¿Por qué no mandan a los topos
y a las tortugas a la luna?
¿Los animales ingenieros
de cavidades y ranuras
no podrían hacerse cargo
de estas lejanas inspecciones?

LVI

¿No crees que los dromedarios
preservan luna en sus jorobas?
¿No la siembran en los desiertos
con persistencia clandestina?
¿Y no estará prestado el mar
por un corto tiempo a la tierra?
¿No tendremos que devolverlo
con sus mareas a la luna?

LVII

¿No será bueno prohibir
los besos interplanetarios?
¿Por qué no analizar las cosas
antes de habilitar planetas?
¿Y por qué no el ornitorrinco
con su espacial indumentaria?
¿Las herraduras no se hicieron
para caballos de la luna?

LVIII

¿Y qué palpitaba en la noche?
¿eran planetas o herraduras?
¿Debo escoger esta mañana
entre el mar desnudo y el cielo?
¿Y por qué el cielo está vestido
tan temprano con sus neblinas?
¿Qué me esperaba en Isla Negra?
¿la verdad verde o el decoro?

LIX

¿Por qué no nací misterioso?
¿Por qué crecí sin compañía?
¿Quién me mandó desvencijar
las puertas de mi propio orgullo?
¿Y quién salió a vivir por mí
cuando dormía o enfermaba?
¿Qué bandera se desplegó
allí donde no me olvidaron?

LX

¿Y qué importancia tengo yo
en el tribunal del olvido?
¿Cuál es la representación
del resultado venidero?
¿Es la semilla cereal
con su multitud amarilla?
¿O es el corazón huesudo
el delegado del durazno?

LXI

¿La gota viva del azogue
corre hacia abajo o hacia siempre?
¿Mi poesía desdichada
mirará con los ojos míos?
¿Tendré mi olor y mis dolores
cuando yo duerma destruido?

LXII

¿Qué significa persistir
en el callejón de la muerte?
¿En el desierto de la sal
cómo se puede florecer?
¿En el mar del no pasa nada
hay vestido para morir?
¿Cuando ya se fueron los huesos
quién vive en el polvo final?

LXIII

¿Cómo se acuerda con los pájaros
la traducción de sus idiomas?
¿Cómo le digo a la tortuga
que yo le gano en lentitud?
¿Cómo le pregunto a la pulga
las cifras de su campeonato?
¿Y a los claveles qué les digo
agradeciendo su fragancia?

LXIV

¿Por qué mi ropa desteñida
se agita como una bandera?
¿Soy un malvado alguna vez
o todas las veces soy bueno?
¿Es que se aprende la bondad
o la máscara de la bondad?
¿No es blanco el rosal del malvado
y negras las flores del bien?
¿Quién da los nombres y los números
al inocente innumerable?

LXV

¿Brilla la gota de metal
como una sílaba en mi canto?
¿Y no se arrastra una palabra
a veces como una serpiente?
¿No crepitó en tu corazón
un nombre como una naranja?
¿De qué río salen los peces?
¿De la palabra platería?
¿Y no naufragan los veleros
por un exceso de vocales?

LXVI

¿Echan humo, fuego y vapor
las o de las locomotoras?
¿En qué idioma cae la lluvia
sobre ciudades dolorosas?
¿Qué suaves sílabas repite
el aire del alba marina?
¿Hay una estrella más abierta
que la palabra amapola?
¿Hay dos colmillos más agudos
que las sílabas de chacal?

LXVII

¿Puedes amarme, silabaria,
y darme un beso sustantivo?
¿Un diccionario es un sepulcro
o es un panal de miel cerrado?
¿En qué ventana me quedé
mirando el tiempo sepultado?
¿O lo que miro desde lejos
es lo que no he vivido aún?

LXVIII

¿Cuándo lee la mariposa
lo que vuela escrito en sus alas?
¿Qué letras conoce la abeja
para saber su itinerario?
¿Y con qué cifras va restando
la hormiga sus soldados muertos?
¿Cómo se llaman los ciclones
cuando no tienen movimiento?

LXIX

¿Caen pensamientos de amor
en los volcanes extinguidos?
¿Es un cráter una venganza
o es un castigo de la tierra?
¿Con qué estrellas siguen hablando
los ríos que no desembocan?

LXX

¿Cuál es el trabajo forzado
de Hitler en el infierno?
¿Pinta paredes o cadáveres?
¿Olfatea el gas de sus muertos?
¿Le dan a comer las cenizas
de tantos niños calcinados?
¿O le han dado desde su muerte
de beber sangre en un embudo?
¿O le martillan en la boca
los arrancados dientes de oro?

LXXI

¿O le acuestan para dormir
sobre sus alambres de púas?
¿O le están tatuando la piel
para lámparas del infierno?
¿O lo muerden sin compasión
los negros mastines del fuego
¿O debe de noche y de día
viajar sin tregua con sus presos?
¿O debe morir sin morir
eternamente bajo el gas?

LXXII

¿Si todos los ríos son dulces
de dónde saca sal el mar?
¿Cómo saben las estaciones
que deben cambiar de camisa?
¿Por qué tan lentas en invierno
y tan palpitantes después?
¿Y cómo saben las raíces
que deben subir a la luz
¿Y luego saludar al aire
con tantas flores y colores?
¿Siempre es la misma primavera
la que repite su papel?

LXXIII

¿Quién trabaja más en la tierra
el hombre o el sol cereal?
Entre el abeto y la amapola
¿a quién la tierra quiere más?
Entre las orquídeas y el trigo
¿para cuál es la preferencia?

(Chile, 1904/1973)




viernes, 16 de octubre de 2026

Piglia, Ricardo: Desagravio


Mientras los aviones pasaban en formación y vuelo rasante hacia el río, Fabricio recordó haber leído, hacía un momento, en la pizarra de La Prensa, «Hoy, 16 de junio, desagravio a la bandera». Lo asombró la coincidencia. El día de la reconciliación con su mujer se producía ese tumulto en la Plaza de Mayo.
Elisa lo había abandonado hacía dos meses, pero Fabricio estaba dispuesto a perdonar. Solo esperaba de ella un gesto de ternura y de arrepentimiento. Él también podía llamar desagravio a lo que estaba por suceder.
El cielo blanco, con los aviones al fondo, brillaba como una tela mojada. Grupos de manifestantes llegaban en camiones por las calles laterales. No había carteles, no había consignas, solo la gente que se amontonaba. Igual que ovejas, pensó Fabricio. Negras. Una manifestación de ovejas negras.
No le importaba la política, las desgracias eran siempre privadas. Si la política es el arte de lo posible, solía decir, entonces toda vida es política. Repitió esa frase, porque le daba cierto sentido personal a los sucesos de los últimos tiempos.
Una bandera argentina había aparecido quemada en el atrio de la catedral. El presidente Perón acusaba a los activistas de la Acción Católica. Había rumores múltiples de inquietud militar, la Marina estaba en estado de alerta y esos aviones Gloster Meteors podían ser de la Marina. Fabricio tenía sus convicciones y sus propias hipótesis. Las cosas parecían graves, pero no eran graves, solo eran inconexas. Todos exhibían un horror deliberado y se esmeraban por parecer más escandalizados que los demás, como si prender fuego a un trapo celeste y blanco fuera una catástrofe de consecuencias incalculables.
Veía todo eso extrañamente ligado a su vida. La misma lógica insensata y destructiva que llenaba las calles había llevado a su mujer a abandonarlo.
Esperaba encontrarla en el bar de la Recova, en los bajos del edificio del conservatorio donde ella daba clases de violín.
Lo que más extrañaba era el sonido del violín de Elisa. Formaba parte de su vida en común. Ella se levantaba temprano y antes de ir al conservatorio practicaba sus lecciones. La música llegaba como una bendición desde el fondo de la casa. Ahora, cuando Fabricio abría el negocio de óptica que había heredado de su padre, el silencio le parecía tan desolado y vacío como su propia vida.
A medida que avanzaba por la Avenida de Mayo veía crecer la multitud. Unos hombres abrigados con bufandas pero con el pecho desnudo bajaban una lata de querosén de un camión estacionado cerca del edificio del Cabildo. Era una especie de tambor redondo y estaba vacío y un hombre alto de pelo colorado con cara de ratón se lo ató a la cintura con una correa y empezó a golpearlo y a gritar consignas contra los curas y los vendepatrias. Usaba un guante de lana en la mano derecha y golpeaba la lata con un caño de plomo.
Fabricio cruzó entre ellos, con cara de simpatía, como si también él fuera un peronista que iba a la plaza a gritar idioteces y a golpear latas vacías.
No iban a amendrentarlo. Se sentía protegido. Desde hacía meses andaba armado. Llevaba un revólver en la cintura, calzado en el cinto. Había conseguido el permiso de un juez que era cliente de la óptica.
Muchas veces había imaginado que un hombre decidido y desesperado —un suicida, un amante abandonado— podía ser capaz de hacer lo que otros no podían hacer. Por ejemplo matar a Perón. Si alguien piensa matarse, entonces puede hacer lo que quiera. Esa idea lo tranquilizaba.
A veces, en las noches de insomnio que sucedieron a la decisión de Elisa, se veía esperando a Perón en un zaguán. Había visto el dibujo de un atentado contra el zar en una vieja revista uruguaya. Se veía un carruaje y un hombre parado en medio de la calle con el brazo izquierdo extendido y un arma gatillada en la mano. La imagen volvía, como un recuerdo personal. Perón bajaba sonriendo de un auto y Fabricio levantaba el brazo y lo mataba de un tiro. Veía el horror en los ojos de Perón, atrás de su sonrisa simpática. No podía sacarse esa idea de la cabeza. La sangre, la muchedumbre, los gritos.
Estaba ya frente a la Plaza de Mayo. Cada vez más gente se amontonaba confusamente en las calles laterales, donde los que bajaban de los camiones se habían reunido y empezaban a gritar. Era igual a todos los días pero a la vez era distinto y era extraño, como en un sueño. Los trolebuses y los autos circulaban por las avenidas, los negocios estaban abiertos, los transeúntes cruzaban indiferentes entre los manifestantes enardecidos.
Primero la queman y después le hacen desagravios, pensó Fabricio, y buscó los aviones en el aire helado.
Tenía que llegar al Bajo, a Paseo Colón. Elisa salía del conservatorio todos los días a la misma hora y se sentaba en el barcito de la Recova a tomar un café con leche. La había vigilado semanas enteras. La conocía bien.
¿La conocía bien? Lo había dejado, de un día para otro, sin explicarle la razón, sin pedirle nada. Le dijo que había decidido vivir cada día de su vida como si fuera el último. Qué quería decir eso, Fabricio no lo entendía. Solo entendía que había chocado contra una plancha de metal desde la tarde en la que volvió a su casa y encontró a su mujer vestida para salir. Ya tenía la valija preparada.
Los celos lo estaban volviendo loco. La veía con otros hombres, oía voces, estaba alucinado. El esfuerzo de apartar a esa mujer de su mente lo había reducido a un estado mental imposible de describir.
Desagravio, le gustaba esa palabra. Pero Elisa no sabía que ese era el día elegido. No sabía que él iba a buscarla para llevarla de vuelta a casa. Había preparado todo con tanto cuidado que no podía volver atrás ni cambiar el plan y se imaginaba los hechos con precisión, la cena con champagne, el dormitorio, la noche cuyo final era el perdón.
No había buscado un día especial. Sencillamente había decidido que ese era el día y se había encontrado con ese tumulto en la Plaza. Solo temía que su mujer cambiara los hábitos ante la posibilidad de disturbios. Pero la vio salir del café de la Recova, como había imaginado que la vería, bella y elegante con el traje sastre que él le había ayudado a elegir.
Elisa estaba en la esquina. Parecía querer cruzar, alejarse de la plaza, tomar el subte. Llevaba el pelo rubio, recogido con sencillez, y se movía con elegancia y sensualidad. Fabricio se preguntó por qué se sentía tan agitado al verla, no podía respirar, le latía el corazón. Lo deprimía que la simple proximidad de Elisa destruyera de tal modo su valor. No era valor lo que precisaba, sino habilidad para convencerla.
En ese momento los aviones se acercaron otra vez a la plaza desde el fondo del río. La multitud se movió nerviosamente cuando los aviones cruzaron a media altura y giraron para acercarse desde el fondo. Hubo gritos. Corridas.
Fabricio comprendió que el azar estaba de su lado. Iba a decirle que pasaba por ahí, solo quería llevársela con él, alejarla del peligro.
Cruzó entre la gente y caminó rápidamente hacia ella. Elisa parecía mirarlo pero no lo vio, atenta a los extraños movimientos de los aviones que sobrevolaban la plaza mientras la multitud se movía en círculos.
Fabricio ya estaba junto a ella. Era más bajo, macizo y parecía feliz. Elisa tuvo un gesto de sorpresa y de contrariedad. Se dio vuelta para escapar. Él la tomó del brazo.
—Soltame, ¿qué hacés? -dijo ella.
—Te vine a buscar.
—Pero no ves el lío que hay.
—Por eso, quiero que vengas conmigo.
—Estás loco. Yo con vos no quiero saber nada.
—No mientas —dijo Fabricio—. Todo va a ser igual que antes. Yo ya te perdoné.
Ella lo miró con una sonrisa rara.
—Pero qué decís, sonsito. Ni muerta vuelvo con vos.
La vulgaridad lo sorprendió. Le habló como si él fuera un chico.
Después ella se movió para irse. Fabricio la sostuvo fuerte del brazo, por encima del codo. Sentía la tela áspera del traje de tweed. Y entonces, en ese momento, los aviones empezaron a bombardear la plaza. Caían en picada y volvían a levantar y caían otra vez hacia la ciudad, rozando la Casa de Gobierno, ametrallando las calles.
Una explosión extraña, sorda, se oyó en el borde de la Recova y el trole se quebró al recibir la bomba. La gente caía una sobre otra; se los veía por la ventanilla moverse y agitarse, lejanos, como suspendidos en el aire sucio. Los asientos vacíos arrancados. Una mujer abría y cerraba los brazos, gritaba, en silencio, del otro lado del vidrio.
Todo sucedió en un instante. Elisa retrocedió, Fabricio no la soltó. La gente corría, el ruido era intermitente. Estaban sobre Paseo Colón, a resguardo. La arrastró hacia la Recova. El humo y los escombros ensombrecían el cielo. De golpe empezaron a sonar las sirenas de alarma. Recién en ese momento Fabricio supo lo que había venido a hacer.
—Tranquila —dijo, y sacó el arma. Ella lo miró, sorprendida.
—No —dijo. Y se santiguó.
Se oyó un ruido seco, como el de una rama que se parte. El estruendo se perdió en los sonidos de la ciudad en llamas.
Había humo en las calles, escombros, autos incendiados. Elisa estaba tirada sobre la vereda. Tenía los ojos abiertos y en los ojos persistía una expresión de asombro y de ironía. Fabricio la empujó con el pie y se guardó el revólver en la cintura.
—El subte no debe funcionar —dijo—. Voy a tener que caminar.
Era un hombre de cara angulosa y pelo encanecido que se alejaba hacia el sur de la ciudad, murmurando y haciendo gestos, entre los cadáveres y las ruinas.

(Argentina, 1941/2017)



miércoles, 7 de octubre de 2026

WILDE, Oscar: Prólogo a «El retrato de Dorian Gray»


El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte.
El crítico es el que puede traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las cosas bellas.
La más elevada, así como la más baja de las formas de crítica, son una manera de autobiografía. Los que encuentran intenciones feas en cosas bellas, están corrompidos sin ser encantadores. Esto es un defecto.
Los que encuentran bellas intenciones en cosas bellas, son cultos. A estos les queda la esperanza.
Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan únicamente belleza.
Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.
La aversión del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Calibán viendo su cara en el espejo.
La aversión del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de Calibán no viendo su propia cara en el espejo.
La vida moral del hombre forma parte del tema para el artista; pero la moralidad del arte consiste en el uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Hasta las cosas ciertas pueden ser probadas.
Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo.
Ningún artista es nunca morboso. El artista puede expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, instrumentos de un arte.
Vicio y virtud son, para el artista, materiales de un arte.
Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, la profesión de actor.
Todo arte es, a la vez, superficie y símbolo.
Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo.
Los que intentan descifrar el símbolo, lo hacen también a su propio riesgo.
Es al espectador, y no la vida, a quien refleja realmente el arte.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte indica que la obra es nueva, compleja y vital. Cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo.
Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa útil, en tanto que no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
Todo arte es completamente inútil.

(Irlanda, 1854/1900)



domingo, 4 de octubre de 2026

CORTÁZAR, Julio: Música y literatura



Soy alguien que ama la música como oyente, soy un gran melómano y desde niño he escuchado muchísima música sin poder ser un músico. Una vez un periodista me preguntó el famoso juego de «si tuvieras que estar solo en una isla desierta qué llevarías». Le dije: «Para tu sorpresa no llevaría libros, llevaría discos porque si voy a estar solo en una isla desierta prefiero tener música que literatura». Esto es un poco escandoloso dicho por un escritor y si embargo es profundamente cierto.

(«Clases de literatura. Berkeley, 1980». CABA, Alfaguara, 2022, p. 155)



lunes, 28 de septiembre de 2026

CORTÁZAR, Julio: Lugar llamado Kindberg


Llamado Kindberg, a traducir ingenuamente por montaña de los niños o a verlo como la montaña gentil, la amable montaña, así o de otra manera un pueblo al que llegan de noche desde una lluvia que se lava rabiosamente la cara contra el parabrisas, un viejo hotel de galerías profundas donde todo está preparado para el olvido de lo que sigue allí afuera golpeando y arañando, el lugar por fin, poder cambiarse, saber que se está tan bien, tan al abrigo; y la sopa en la gran sopera de plata, el vino blanco, partir el pan y darle el primer pedazo a Lina que lo recibe en la palma de la mano como si fuera un homenaje, y lo es, y entonces le sopla por encima vaya a saber por qué pero tan bonito ver que el flequillo de Lina se alza un poco y tiembla como si el soplido devuelto por la mano y por el pan fuera a levantar el telón de un diminuto teatro, casi como si desde ese momento Marcelo pudiera ver salir a escena los pensamientos de Lina, las imágenes y los recuerdos de Lina que sorbe su sopa sabrosa soplando siempre sonriendo.
Y no, la frente lisa y aniñada no se altera, al principio es solo la voz que va dejando caer pedazos de persona, componiendo una primera aproximación a Lina: chilena, por ejemplo, y un tema canturreado de Archie Shepp, las uñas un poco comidas pero muy pulcras contra una ropa sucia de auto-stop y dormir en granjas o albergues de la juventud. La juventud, se ríe Lina sorbiendo la sopa como una osita, seguro que no te la imaginas: fósiles, fíjate, cadáveres vagando como en esa película de miedo de Romero.
Marcelo está por preguntarle qué Romero, primera noticia del tal Romero, pero mejor dejarla hablar, lo divierte asistir a esa felicidad de comida caliente, como antes su contento en la pieza con chimenea esperando crepitando, la burbuja burguesa protectora de una billetera de viajero sin problemas, la lluvia estrellándose ahí afuera contra la burbuja como esa tarde en la cara blanquísima de Lina al borde de la carretera a la salida del bosque en el crepúsculo, qué lugar para hacer auto-stop y sin embargo ya, otro poco de sopa osita, cómame que necesita salvarse de una angina, el pelo todavía húmedo pero ya chimenea crepitando esperando ahí en la pieza de gran cama Habsburgo, de espejos hasta el suelo con mesitas y caireles y cortinas y por qué estabas ahí bajo el agua decime un poco, tu mamá te hubiera dado una paliza.
Cadáveres, repite Lina, mejor andar sola, claro que si llueve pero no te creas, el abrigo es impermeable de veras, no más que un poco el pelo y las piernas, ya está, una aspirina si acaso. Y entre la panera vacía y la nueva llenita que ya la osezna saquea y qué manteca más rica, ¿y tú qué haces, por qué viajas en ese tremendo auto, y tú por qué, ah y tú argentino? Doble aceptación de que el azar hace bien las cosas, el previsible recuerdo de que si ocho kilómetros antes Marcelo no se hubiera detenido a beber un trago, la osita ahora metida en otro auto o todavía en el bosque, soy corredor de materiales prefabricados, es algo que obliga a viajar mucho pero esta vez ando vagando entre dos obligaciones. Osezna atenta y casi grave, qué es eso de prefabricados, pero desde luego tema aburrido, qué le va a hacer, no puede decirle que es domador de fieras o director de cine o Paul McCartney: la sal. Esa manera brusca de insecto o pájaro aunque osita flequillo bailoteándole, el refrán recurrente de Archie Shepp, tienes los discos, pero cómo, ah bueno. Dándose cuenta, piensa irónico Marcelo, de que lo normal sería que él no tuviera los discos de Archie Shepp y es idiota porque en realidad claro que los tiene y a veces los escucha con Marlene en Bruselas y solamente no sabe vivirlos como Lina que de golpe canturrea un trozo entre dos mordiscos, su sonrisa suma de free-jazz y bocado gúlasch y osita húmeda de auto-stop, nunca tuve tanta suerte, fuiste bueno. Bueno y consecuente, entona Marcelo revancha bandoneón, pero la pelota sale de la cancha, es otra generación, es una osita Shepp, ya no tango, che.
Por supuesto queda todavía la cosquilla, casi un calambre agridulce de eso a la llegada a Kindberg, el párking del hotel en el enorme hangar vetusto, la vieja alumbrándoles el camino con una linterna de época, Marcelo valija y portafolios, Lina mochila y chapoteo, la invitación a cenar aceptada antes de Kindberg, así charlamos un poco, la noche y la metralla de la lluvia, mala cosa seguir, mejor paramos en Kindberg y te invito a cenar, oh sí gracias qué rico, así se te seca la ropa, lo mejor es quedarse aquí hasta mañana, que llueva que llueva la vieja está en la cueva, oh sí dijo Lina, y entonces el párking, las galerías resonantes góticas hasta la recepción, qué calentito este hotel, qué suerte, una gota de agua la última en el borde del flequillo, la mochila colgando osezna girl-scout con tío bueno, voy a pedir las piezas así te secás un poco antes de cenar. Y la cosquilla, casi un calambre ahí abajo, Lina mirándolo toda flequillo, las piezas qué tontería, pide una sola. Y él no mirándola pero la cosquilla agradesagradable, entonces es un yiro, entonces es una delicia, entonces osita sopa chimenea, entonces una más y qué suerte viejo porque está bien linda. Pero después mirándola sacar de la mochila el otro par de blue-jeans y el pulóver negro, dándole la espalda charlando qué chimenea, huele, fuego perfumado, buscándole aspirinas en el fondo de la valija entre vitaminas y desodorantes y after-shave y hasta dónde pensás llegar, no sé, tengo una carta para unos hippies de Copenhague, unos dibujos que me dio Cecilia en Santiago, me dijo que son tipos estupendos, el biombo de raso y Lina colgando la ropa mojada, volcando indescriptible la mochila sobre la mesa franciscojosé dorada y arabescos James Baldwin kleenex botones anteojos negros cajas de cartón Pablo Neruda paquetitos higiénicos plano de Alemania, tengo hambre, Marcelo, me gusta tu nombre suena bien y tengo hambre, entonces vamos a comer, total para ducha ya tuviste bastante, después acabás de arreglar esa mochila, Lina levantando la cabeza bruscamente, mirándolo: Yo no arreglo nunca nada, para qué, la mochila es como yo y este viaje y la política, todo mezclado y qué importa. Mocosa, pensó Marcelo calambre, casi cosquilla (darle las aspirinas a la altura del café, efecto más rápido) pero a ella le molestaban esas distancias verbales, esos vos tan joven y cómo puede ser que viajés así sola, en mitad de la sopa se había reído: la juventud, fósiles, fíjate, cadáveres vagando como en esa película de Romero. Y el gúlasch y poco a poco desde el calor y la osezna de nuevo contenta y el vino, la cosquilla en el estómago cediendo a una especie de alegría, a una paz, que dijera tonterías, que siguiera explicándole su visión de un mundo que a lo mejor había sido también su visión alguna vez aunque ya no estaba para acordarse, que lo mirara desde el teatro de su flequillo, de golpe seria y como preocupada y después bruscamente Shepp, diciendo tan bueno estar así, sentirse seca y dentro de la burbuja y una vez en Avignon cinco horas esperando un stop con un viento que arrancaba las tejas, vi estrellarse un pájaro contra un árbol, cayó como un pañuelo fíjate: la pimienta por favor.
Entonces (se llevaban la fuente vacía) pensás seguir hasta Dinamarca siempre así, ¿pero tenés un poco de plata o qué? Claro que voy a seguir, ¿no comes la lechuga?, pásamela entonces, todavía tengo hambre, una manera de plegar las hojas con el tenedor y masticarlas despacio canturreándoles Shepp con de cuando en cuando una burbujita plateada plop en los labios húmedos, boca bonita recortada terminando justo donde debía, esos dibujos del renacimiento, Florencia en otoño con Marlene, esas bocas que pederastas geniales habían amado tanto, sinuosamente sensuales sutiles etcétera, se te está yendo a la cabeza este Riesling sesenta y cuatro, escuchándola entre mordiscos y canturreos no sé cómo acabé filosofía en Santiago, quisiera leer muchas cosas, es ahora cuando tengo que empezar a leer. Previsible, pobre osita tan contenta con su lechuga y su plan de tragarse Spinoza en seis meses mezclado con Allen Ginsberg y otra vez Shepp: cuánto lugar común desfilaría hasta el café (no olvidarse de darle la aspirina, si me empieza a estornudar es un problema, mocosa con el pelo mojado la cara toda flequillo pegado la lluvia manoteándola al borde del camino) pero paralelamente entre Shepp y el fin del gúlasch todo iba como girando de a poco, cambiando, eran las mismas frases y Spinoza o Copenhague y a la vez diferente, Lina ahí frente a él partiendo el pan bebiendo el vino mirándolo contenta, lejos y cerca al mismo tiempo, cambiando con el giro de la noche, aunque lejos y cerca no era una explicación, otra cosa, algo como una mostración, Lina mostrándole algo que no era ella misma pero entonces qué, decime un poco. Y dos tajadas al hilo de gruyère, por qué no comes, Marcelo, es riquísimo, no comiste nada, tonto, todo un señor como tú, porque tú eres un señor, ¿no?, y ahí fumando mando mando mando sin comer nada, oye, y un poquito más de vino, tú querrías, ¿no?, porque con este queso te imaginas, hay que darle una bajadita de nada, anda, come un poco: más pan, es increíble lo que como de pan, siempre me vaticinaron gordura, lo que oyes, es cierto que ya tengo barriguita, no parece pero sí, te juro, Shepp.
Inútil esperar que hablara de cualquier cosa sensata y por qué esperar (porque tú eres un señor, ¿no?), osezna entre las flores del postre mirando deslumbrada y a la vez con ojos calculadores el carrito de ruedas lleno de tortas compotas merengues, barriguita, sí, le habían vaticinado gordura, sic, esta con más crema, y por qué no te gusta Copenhague, Marcelo. Pero Marcelo no había dicho que no le gustara Copenhague, solamente un poco absurdo eso de viajar en plena lluvia y semanas y mochila para lo más probablemente descubrir que los hippies ya andaban por California, pero no te das cuenta que no importa, te dije que no los conozco, les llevo unos dibujos que me dieron Cecilia y Marcos en Santiago y un disquito de Mothers of Invention, ¿aquí no tendrán un tocadiscos para que te lo ponga?, probablemente demasiado tarde y Kindberg, date cuenta, todavía si fueran violines gitanos pero esas madres, che, la sola idea, y Lina riéndose con mucha crema y barriguita bajo pulóver negro, los dos riéndose al pensar en las madres aullando en Kindberg, la cara del hotelero y ese calor que hacía rato reemplazaba la cosquilla en el estómago, preguntándose si no se haría la difícil, si al final la espada legendaria en la cama, en todo caso el rollo de la almohada y uno de cada lado barrera moral espada moderna, Shepp, ya está, empezás a estornudar, tomá la aspirina que ya traen el café, voy a pedir coñac que activa el salicílico, lo aprendí de buena fuente. Y en realidad él no había dicho que no le gustara Copenhague pero la osita parecía entender el tono de su voz más que las palabras, como él cuando aquella maestra de la que se había enamorado a los doce años, que importaban las palabras frente a ese arrullo, eso que nacía de la voz como un deseo de calor, de que lo arroparan y caricias en el pelo, tantos años después el psicoanálisis: angustia, bah, nostalgia del útero primordial, todo al fin y al cabo desde el vamos flotaba sobre las aguas, lea la Biblia, cincuenta mil pesos para curarse de los vértigos y ahora esa mocosa que le estaba como sacando pedazos de sí mismo, Shepp, pero claro, si te la tragás en seco cómo no se te va a pegar en la garganta, bobeta. Y ella revolviendo el café, de golpe levantando unos ojos aplicados y mirándolo con un respeto nuevo, claro que si le empezaba a tomar el pelo se lo iba a pagar doble pero no, de veras Marcelo, me gustas cuando te pones tan doctor y papá, no te enojes, siempre digo lo que no tendría que, no te enojes, pero si no me enojo, pavota, sí te enojaste un poquito porque te dije doctor y papá, no era en ese sentido pero justamente se te nota tan bueno cuando me hablas de la aspirina y fíjate que te acordaste de buscarla y traerla, yo ya me había olvidado, Shepp, ves cómo me hacía falta, y eres un poco cómico porque me miras tan doctor, no te enojes, Marcelo, qué rico este coñac con el café, qué bien para dormir, tú sabes que. Y sí, en la carretera desde las siete de la mañana, tres autos y un camión, bastante bien en conjunto salvo la tormenta al final pero entonces Marcelo y Kindberg y el coñac Shepp. Y dejar la mano muy quieta, palma hacia arriba sobre el mantel lleno de miguitas cuando él se la acarició levemente para decirle que no, que no estaba enojado porque ahora sabía que era cierto, que de veras la había conmovido ese cuidado nimio, el comprimido que él había sacado del bolsillo con instrucciones detalladas, mucha agua para que no se pegara en la garganta, café y coñac; de golpe amigos, pero de veras, y el fuego debía estar entibiando todavía más el cuarto, la camarera ya habría plegado las sábanas como sin duda siempre en Kindberg, una especie de ceremonia antigua, de bienvenida al viajero cansado, a las oseznas bobas que querían mojarse hasta Copenhague y después, pero qué importa después, Marcelo, ya te dije que no quiero atarme, noquieronoquiero, Copenhague es como un hombre que encuentras y dejas (ah), un día que pasa, no creo en el futuro, en mi familia no hablan más que del futuro, me hinchan los huevos con el futuro, y a él también su tío Roberto convertido en el tirano cariñoso para cuidar de Marcelito huérfano de padre y tan chiquito todavía el pobre, hay que pensar en el mañana m’hijo, la jubilación ridícula del tío Roberto, lo que hace falta es un gobierno fuerte, la juventud de hoy no piensa más que en divertirse, carajo, en mis tiempos en cambio, y la osezna dejándole la mano sobre el mantel y por qué esa succión idiota, ese volver a un Buenos Aires del treinta o del cuarenta, mejor Copenhague, che, mejor Copenhague y los hippies y la lluvia al borde del camino, pero él nunca había hecho stop, prácticamente nunca, una o dos veces antes de entrar en la universidad, después ya tenía para ir tirando, para el sastre, y sin embargo hubiera podido aquella vez que los muchachos planeaban tomarse juntos un velero que tardaba tres meses en ir a Rotterdam, carga y escalas y total seiscientos pesos o algo así, ayudando un poco a la tripulación, divirtiéndose, claro que vamos, en el café Rubí del Once, claro que vamos, Monito, hay que juntar los seiscientos gruyos, no era fácil, se te va el sueldo en cigarrillos y alguna mina, un día ya no se vieron más, ya no se hablaba del velero, hay que pensar en el mañana, m’hijo, Shepp. Ah, otra vez; vení, tenés que descansar, Lina. Sí doctor, pero un momentito apenas más, fíjate que me queda este fondo de coñac tan tibio, pruébalo, sí, ves cómo está tibio. Y algo que él había debido decir sin saber qué mientras se acordaba del Rubí porque de nuevo Lina con esa manera de adivinarle la voz, lo que realmente decía su voz más que lo que le estaba diciendo que era siempre idiota y aspirina y tenés que descansar o para qué ir a Copenhague por ejemplo cuando ahora, con esa manita blanca y caliente bajo la suya, todo podía llamarse Copenhague, todo hubiera podido llamarse velero si seiscientos pesos, si huevos, si poesía. Y Lina mirándolo y después bajando rápido los ojos como si todo eso estuviera ahí sobre la mesa, entre las migas, ya basura del tiempo, como si él le hubiera hablado de todo eso en vez de repetirle vení, tenés que descansar, sin animarse al plural más lógico, vení vamos a dormir, y Lina que se relamía y se acordaba de unos caballos (o eran vacas, le escuchaba apenas el final de la frase), unos caballos cruzando el campo como si algo los hubiera espantado de golpe: dos caballos blancos y uno alazán, en el fundo de mis tíos no sabes lo que era galopar por la tarde contra el viento, volver tarde y cansada y claro los reproches, machona, ya mismo, espera que termino este traguito y ya, ya mismo, mirándolo con todo el flequillo al viento como si a caballo en el fundo, soplándose en la nariz porque el coñac tan fuerte, tenía que ser idiota para plantearse problemas cuando había sido ella en el gran corredor negro, ella chapoteando y contenta y dos piezas qué tontería, pide una sola, asumiendo por supuesto todo el sentido de esa economía, sabiendo y a lo mejor acostumbrada y esperando eso al acabar cada etapa, pero y si al final no era así puesto que no parecía así, si al final sorpresas, la espada en la mitad de la cama, si al final bruscamente en el canapé del rincón, claro que entonces él, un caballero, no te olvides de la chalina, nunca vi una escalera tan ancha, seguro que fue un palacio, hubo condes que daban fiestas con candelabros y cosas, y las puertas, fíjate esa puerta, pero si es la nuestra, pintada con ciervos y pastores, no puede ser. Y el fuego, las rojas salamandras huyentes y la cama abierta blanquísima enorme y las cortinas ahogando las ventanas, ah qué rico, qué bueno, Marcelo, cómo vamos a dormir, espera que por lo menos te muestre el disco, tiene una tapa preciosa, les va a gustar, lo tengo aquí en el fondo con las cartas y los planos, no lo habré perdido, Shepp. Mañana me lo mostrás, te estás resfriando de veras, desvestite rápido, mejor apago así vemos el fuego, oh sí Marcelo, qué brasas, todos los gatos juntos, mira las chispas, se está bien en la oscuridad, da pena dormir, y él dejando el saco en el respaldo de un sillón, acercándose a la osezna acurrucada contra la chimenea, sacándose los zapatos junto a ella, agachándose para sentarse frente al fuego, viéndole correr la lumbre y las sombras por el pelo suelto, ayudándola a soltarse la blusa, buscándole el cierre del sostén, su boca ya contra el hombro desnudo, las manos yendo de caza entre las chispas, mocosa chiquita, osita boba, en algún momento ya desnudos de pie frente al fuego y besándose, fría la cama y blanca y de golpe ya nada, un fuego total corriendo por la piel, la boca de Lina en su pelo, en su pecho, las manos por la espalda, los cuerpos dejándose llevar y conocer y un quejido apenas, una respiración anhelosa y tener que decirle porque eso sí tenía que decírselo, antes del fuego y del sueño tenía que decírselo, Lina, no es por agradecimiento que lo hacés, ¿verdad?, y las manos perdidas en su espalda subiendo como látigos a su cara, a su garganta, apretándolo furiosas, inofensivas, dulcísimas y furiosas, chiquitas y rabiosamente hincadas, casi un sollozo, un quejido de protesta y negación, una rabia también en la voz, cómo puedes, cómo puedes Marcelo, y ya así, entonces sí, todo bien así, perdoname mi amor perdoname tenía que decírtelo perdoname dulce perdoname, las bocas, el otro fuego, las caricias de rosados bordes, la burbuja que tiembla entre los labios, fases del conocimiento, silencios en que todo es piel o lento correr de pelo, ráfaga de párpado, negación y demanda, botella de agua mineral que se bebe del gollete, que va pasando por una misma sed de una boca a otra, terminando en los dedos que tantean en la mesa de luz, que encienden, hay ese gesto de cubrir la pantalla con un slip, con cualquier cosa, de dorar el aire para empezar a mirar a Lina de espaldas, a la osezna de lado, a la osita boca abajo, la piel liviana de Lina que le pide un cigarrillo, que se sienta contra las almohadas, eres huesudo y peludísimo, Shepp, espera que te tape un poco si encuentro la frazada, mírala a los pies, me parece que se le chamuscaron los bordes, cómo no nos dimos cuenta, Shepp.
Después el fuego lento y bajo en la chimenea, en ellos, decreciendo y dorándose, ya el agua bebida, los cigarrillos, los cursos universitarios eran un asco, me aburría tanto, lo mejor lo fui aprendiendo en los cafés, leyendo antes del cine, hablando con Cecilia y con Pirucho, y él oyéndola, el Rubí, tan parecidamente el Rubí veinte años antes, Arlt y Rilke y Eliot y Borges, solo que Lina sí, ella sí en su velero de auto-stop, en sus singladuras de Renault o de Volkswagen, la osezna entre hojas secas y lluvia en el flequillo, pero por qué otra vez tanto velero y tanto Rubí, ella que no los conocía, que no había nacido siquiera, chilenita mocosa vagabunda Copenhague, por qué desde el comienzo, desde la sopa y el vino blanco ese irle tirando a la cara sin saberlo tanta cosa pasada y perdida, tanto perro enterrado, tanto velero por seiscientos pesos, Lina mirándolo desde el semisueño, resbalando en las almohadas con un suspiro de bicho satisfecho, buscándole la cara con las manos, tú me gustas, huesudo, tú ya leíste todos los libros, Shepp, quiero decir que contigo se está bien, estás de vuelta, tienes esas manos grandes y fuertes, tienes vida detrás, tú no eres viejo. De manera que la osezna lo sentía vivo a pesar de, más vivo que los de su edad, los cadáveres de la película de Romero y quién sería ese debajo del flequillo donde el pequeño teatro resbalaba ahora húmedo hacia el sueño, los ojos entornados y mirándolo, tomarla dulcemente una vez más, sintiéndola y dejándola a la vez, escuchar su ronrón de protesta a medias, tengo sueño, Marcelo, así no, sí mi amor, sí, su cuerpo liviano y duro, los muslos tensos, el ataque devuelto duplicado sin tregua, no ya Marlene en Bruselas, las mujeres como él pausadas y seguras, con todos los libros leídos, ella la osezna, su manera de recibir su fuerza y contestarla pero después, todavía en el borde de ese viento lleno de lluvia y gritos, resbalando a su vez al semisueño, darse cuenta de que también eso era velero y Copenhague, su cara hundida entre los senos de Lina era la cara del Rubí, las primeras noches adolescentes con Mabel o con Nélida en el departamento prestado del Monito, las ráfagas furiosas y elásticas y casi enseguida por qué no salimos a dar una vuelta por el centro, dame los bombones, si mamá se entera. Entonces ni siquiera así, ni siquiera en el amor se abolía ese espejo hacia atrás, el viejo retrato de sí mismo joven que Lina le ponía por delante acariciándolo y Shepp y durmámonos ya y otro poquito de agua por favor; como haber sido ella, desde ella en cada cosa, insoportablemente absurdo irreversible y al final el sueño entre las últimas caricias murmuradas y todo el pelo de la osezna barriéndole la cara como si algo en ella supiera, como si quisiera borrarlo para que se despertara otra vez Marcelo, como se despertó a las nueve y Lina en el sofá se peinaba canturreando, vestida ya para otra carretera y otra lluvia. No hablaron mucho, fue un desayuno breve y había sol, a muchos kilómetros de Kindberg se pararon a tomar otro café, Lina cuatro terrones y la cara como lavada, ausente, una especie de felicidad abstracta, y entonces tú sabes, no te enojes, dime que no te vas a enojar, pero claro que no, decime lo que sea, si necesitás algo, deteniéndose justo al borde del lugar común porque la palabra había estado ahí como los billetes en su cartera, esperando que los usaran y ya a punto de decirla cuando la mano de Lina tímida en la suya, el flequillo tapándole los ojos y por fin preguntarle si podía seguir otro poco con él aunque ya no fuera la misma ruta, qué importaba, seguir un poco más con él porque se sentía tan bien, que durara un poquito más con este sol, dormiremos en un bosque, te mostraré el disco y los dibujos, solamente hasta la noche si quieres, y sentir que sí, que quería, que no había ninguna razón para que no quisiera, y apartar lentamente la mano y decirle que no, mejor no, sabés, aquí vas a encontrar fácil, es un gran cruce, y la osezna acatando como bruscamente golpeada y lejana, comiéndose cara abajo los terrones de azúcar, viéndolo pagar y levantarse y traerle la mochila y besarla en el pelo y darle la espalda y perderse en un furioso cambio de velocidades, cincuenta, ochenta, ciento diez, la ruta abierta para los corredores de materiales prefabricados, la ruta sin Copenhague y solamente llena de veleros podridos en las cunetas, de empleos cada vez mejor pagados, del murmullo porteño del Rubí, de la sombra del plátano solitario en el viraje, del tronco donde se incrustó a ciento sesenta con la cara metida en el volante como Lina había bajado la cara porque así la bajan las ositas para comer el azúcar.

(Argentina - Ixelles, Bélgica, 1914 - París, Francia, 1984)