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miércoles, 1 de abril de 2026

COLACRAI, Pablo: La reina de España


 

¿Tenéis un río? ¿Por qué lo habéis encerrado?
Federico García Lorca

Ella tenía que verlo, había dicho. ¿O había dicho que quería verlo? No. Ella había dicho que tenía que verlo, necesitaba decirle algo. Después de cuatro meses y veinte días de estar separados, de repente, de la nada, esa necesidad, esa casi imposición, como si él fuera a estar siempre disponible. Bueno, está bien, le respondió, simulando que la situación no tenía nada de extraordinaria. A las tres en el Parque España. Ok, a las tres ahí, dijo ella y cortó. Así, en seco, sin decir nada más. Sin anticiparle nada.
Después, él intentó seguir con su día tal como lo había planeado: estudiar hasta las doce, comer algo, dormir una siesta y estudiar un poco más antes de ir a la facultad. Imposible. Leyó y releyó la misma página hasta que se cansó y decidió salir a caminar. Anduvo despacio, mirando vidrieras que no le interesaban, viendo pasar a la gente, deteniéndose en cualquier esquina. Para matar el tiempo entró a un bar y comió frente a un televisor. Así y todo, llegó temprano al parque. Dio varias vueltas antes de decidir sentarse en un banco frente al río.
La tarde era gris y ventosa. Ni un rayo de sol se filtraba entre las nubes. Ella iba a tener un poco de frío. Seguro. ¿Por qué se te ocurrió venir acá?, iba a reclamarle. ¿Por qué no en un bar, o en tu casa? ¿Por qué esa manía por hacer las cosas difíciles? Y él, como siempre, no sabría qué contestarle. No lo había pensado, simplemente quedaba cerca de la facultad y después tenía que cursar. O no, a lo mejor fue porque ese parque significaba mucho para él. Se había criado ahí, prácticamente. Yo vivía allá, mirá, iba a decirle cuando viniera, en esa ventana. Entonces ella quizá lo acusara de romántico o de nostálgico y, además, le dijera que todo eso ya lo sabía, que se lo había contado al menos cien veces. Pero a él no le importaba. Ella había llamado, así que él podía hablar sobre lo que quisiera, como quisiera. Y si quería volver a contarle la historia del parque, tenía derecho a hacerlo. Porque allá, ¿ves?, había una fuente. Ya nadie se acuerda, pero había una fuente grande. Yo tengo una foto en la que estoy adentro, cuando era muy chiquito, algún día te la voy a mostrar. Se detuvo. ¿Decirle que algún día se la iba a mostrar significaba que ella volvería a entrar a su casa? ¿En carácter de qué? Mejor no mencionar la foto. No, al menos, hasta saber qué era eso tan importante que ella tenía para decirle.
Sacó los cigarrillos. Antes de prender uno se dio vuelta, buscándola. El parque estaba casi vacío. Una mujer, a lo lejos, paseaba a un perro grande y negro. Unos chicos de uniforme (¿habrían faltado a la escuela?) sentados en ronda se reían a carcajadas. Y nada más. No era un buen día para estar al aire libre. Jugó con el cigarrillo entre los dedos. No quería fumar. Se había propuesto no hacerlo delante de ella. Habían discutido mucho porque a él no le gustaba verla fumar. Le resultaba desagradable el gusto a tabaco en su boca, parecía sucia. No creas que es femenino, le había dicho muchas veces, le quedará muy bien a las divas del cine pero en la vida real es distinto. Y ella se reía y le largaba el humo en la cara. No seas tonto, Marcos, decía. Y después lo besaba y el repugnante gusto del cigarrillo se confundía con el deseo y la excitación. No seas tonto, Marcos, le repetía, susurrando, al oído, y entonces, de repente, la pelea ya no tenía ninguna importancia. Hasta que un día él también quiso probar. ¿Sería lo único que le había quedado de la relación? Parece una metáfora, pensó y levantó la cabeza para ver si ella llegaba. Nunca era puntual, pero esa tarde, a lo mejor... Metáfora: del griego meta y pherein; trasladar más allá. Sonrió y prendió el cigarrillo. Dio una larga pitada, puso los labios en "o" y soltó un perfecto anillo de humo que se disolvió rápidamente en el viento. ¿Esa también sería una metáfora? ¿Un presagio? Negó con la cabeza. Mejor no pensar en eso. Mejor no. Mejor pensar en que ella ¿arrepentida? lo había llamado. Había sido un gran esfuerzo, un gesto de grandeza, de madurez. Se le notó, sobre todo en el tono de voz, más bien frío y cortante, casi solemne; no muy apropiado para una reconciliación. Pero él la conocía bien: sabía que era orgullosa y no le gustaba aceptar los errores. Mucho menos, dar un paso atrás. Y por eso era más valioso todavía. No te hagas problemas, iba a decirle para consolarla, ni bien pudiera, en una relación siempre hay que hacer sacrificios. Y, aunque entendía que debía moverse con prudencia y no anticiparse a nada, estaba confiado. El lugar le traía buenos recuerdos y eso ayudaba. Delante de él, por ejemplo, donde ahora había un pequeño tapial, hacía muchos años había una inmensa reja que siempre le había llamado la atención. Era una reja de hierro, alta y gruesa, de esas que protegen las ventanas de las casas coloniales. Pero detrás de esta no había nada; solo la barranca (que ahora ya no existía) y el río. ¿Para qué habría estado esa reja? ¿Eso también podría ser un augurio? ¿De qué?
Dio la última pitada al cigarrillo y miró el reloj. Ya eran las cuatro y media. Volvió a darse vuelta. Los chicos se habían ido. Una mujer caminaba hacia él por el sendero de piedras blancas que se abría entre los árboles. Era ella. La reconoció por el paso rápido y seguro. Llevaba las manos en los bolsillos de un largo saco bordó. El viento le empujaba el pelo sobre la cara, pero parecía no importarle. Por Dios, cuánto tiempo sin verla.
Ella lo saludó con un beso y se sentó a su lado mirando hacia delante.
-Hace un poco de frío acá, ¿no? -dijo después, restregándose las manos.
Él contuvo la sonrisa y le dijo que no tanto, de a ratos el viento paraba y estaba lindo. Ella asintió. Ahora iba a empezar a cuestionarlo. Ahora, mientras asentía como dándole la razón, iba a decirle que ese no era un buen lugar para un reencuentro y hasta era capaz de echarle la culpa de la separación. Ella podía hacer eso. Eso y más.
Pero no. Simplemente se recogió el pelo con una hebilla y dijo que así estaba mejor, era tan molesto el pelo en la cara.
Él la observó en silencio. Había algo distinto en ella. No llevaba ni una línea de maquillaje y, sin embargo, estaba hermosa y radiante. Más hermosa y más radiante de lo que la recordaba. Algo había cambiado. Y mucho. Pero ¿qué?
Levantó la vista. El río estaba picado por el viento sur. Por todas partes se veían pequeñas líneas blancas, como de espuma. A pesar de eso, una canoa cruzaba, calma, hacia la isla.
-Antes, ahí había una reja -dijo.
-¿Dónde?
-Ahí, donde ahora está ese tapial. Había una reja, me acordé recién, mientras te esperaba.
Ella lo miró de reojo.
-¿Eso fue antes o después de los reyes? -preguntó.
-¿Te conté de los reyes?
-Obvio, varias veces.
Qué extraño, pensaba que no le había contado de los reyes de España. Habían venido cuando él era muy chico a poner la piedra fundamental a las reformas del parque o algo así. En realidad, él apenas los recordaba. A los que sí tenía muy presentes era a los cabezudos, esos muñecos enormes que las colectividades españolas sacaban de tanto en tanto a las calles. Ese día estuvieron todo el tiempo acompañando el acto.
-¿Y de los cabezudos también te hablé?
-Sí, claro. De lo mucho que te gustaban y de dónde estarán ahora y todo eso.
-Es que fue un día muy especial. Eran los reyes de España los que venían al barrio. Entraron por el mismo camino por el que viniste vos. No el mismo, claro, porque ahora todo está muy distinto, pero el lugar es el mismo.
Se escuchaba decir esas cosas y le parecía que algo no andaba bien. Nada estaba sucediendo como lo había previsto. Él no debía hablar. En absoluto. Ya no tenía nada que decir; había dicho todo en su momento. Ella lo había buscado, ergo: ella era la responsable de sostener la conversación. Sin embargo, no lo hacía. Miraba el río en silencio, con la cara apoyada en las manos, como si nada. Entonces, él también decidió callarse y esperar.
La canoa ya no se veía por ningún lado. Solo algunos pájaros, de tanto en tanto, surcaban el río a toda velocidad, casi rozando el agua. Empezó a sentirse incómodo y buscó el atado de cigarrillos.
-¿Querés? -le ofreció.
-No, gracias -dijo ella alzando la palma de la mano.
¿No gracias? ¿No gracias? ¿Ahora también había dejado de fumar? Levantó los hombros como con desinterés (al fin y al cabo, ¿qué le importaba?) y prendió un cigarrillo. Soltó el humo ruidosamente, en un largo suspiro.
-Todo cambia -dijo, casi sin querer. Y se arrepintió de inmediato.
Ella asintió.
-Es cierto. Todo cambia.
Entonces él hubiera podido decir algo pretencioso y erudito acerca del tiempo, de lo que perdura y de lo que se modifica. En otro momento lo hubiera hecho y ella, quizá, hasta lo hubiera mirado con interés. Pero eran otros tiempos. Ahora todo eso le parecería aburrido, predecible.
-¿Y te conté de la fuente? -dijo, decidido a no repetir los mismos errores.
-¿La de la foto? -dijo ella, sonriendo-. Sí, sí me contaste.
Él también sonrió. No todo cambiaba, había cosas que seguían igual.
-Pero nunca te la mostré.
-No, nunca.
Podría mostrártela cuando quieras, pensó. Podrían ir a la casa de su madre ahora mismo y se la mostraba. En el camino tomaban un café en algún lugar cálido, al reparo del viento. Eso iba a ayudar a romper ese clima tenso y distante. Debería haberla citado en un bar. Él conocía muchos bares por la zona para tomar un café un día como ese. En algunos hasta podrían seguir viendo el río mientras charlaban. Deberían haber ido a un bar. Todavía estaba a tiempo.
-Si querés... -empezó a decir, pero tuvo que detenerse. Ella lo miraba de una forma muy extraña y él supo que estaban conectados otra vez, como antes, como cuando se habían conocido. Después de tomar el café no irían a la casa de su madre, verían la foto otro día. En cualquier momento del futuro, porque había cosas que no cambiaban. No importaba qué dijera la filosofía o la ciencia. Había cosas inmutables, para siempre, por los siglos de los siglos.
-Marcos... -dijo ella sin bajar la vista. Él sentía que el corazón le golpeaba en el estómago-. Marcos -repitió ella y tomó aire y él vio esos labios a medio abrir y pensó que era, sin dudas, la mujer más sensual que había visto en su vida-: estoy embarazada.
Primero abrió grande los ojos y hasta estuvo a punto de sonreír. Eso era todavía mucho más de lo que había imaginado. Había cambios para bien, cambios magníficos, fascinantes. Cambios que prometían una vida nueva, mejor. Pero después, o casi al mismo tiempo, algo detuvo su euforia incipiente. Algo en el tono de ella, en cómo se lo había dicho o en la forma en que lo miraba. ¿Qué era? ¿Lástima? ¿Pena?
¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué?
Claro, no era suyo. Cómo podría serlo.
Respiró profundo; el aire frío le llegó hasta los huesos. Después le miró, sin disimulo, la panza.
-No seas tonto -dijo ella-, todavía no se me nota.
-Claro -dijo él y volvió a mirar el río. Seguía gris, opaco. Una lancha avanzaba a toda velocidad, corriente arriba.
-Por eso te llamé -la voz de ella le llegaba desde muy lejos-. Quería que lo supieras.
-Claro -se escuchó repitiendo como un autómata-. Claro.
Después ella dijo algo más que él no pudo oír y se paró. ¿Él también debería pararse? ¿Tenía que saludarla, felicitarla? No podía, no tenía fuerzas. Ella caminó unos pasos. Ahora estaba en el lugar exacto en el que, hacía muchos años, hubo una reja.
-¿Acá estaba? -preguntó, levantando la voz.
Él dijo que sí.
Ella dijo que la idea de una reja que no diera a ningún lado, por alguna razón, le gustaba.
-¿De cuánto estás? -preguntó él, sin pensarlo.
Ella se acercó lentamente mordiéndose los labios y se agachó un poco. Cuando sus caras quedaron casi a la misma altura, él vio que ella resplandecía. A pesar del gesto adusto, por debajo, sutilmente, casi a pesar de ella, resplandecía. Iba a ser la madre más hermosa del mundo.
-¿Tiene importancia? -dijo ella tomándole las manos.
No lo sabía. No sabía si tenía importancia o no. Creía que sí.
-No sé -dijo-. Es lo que se dice en estos casos, ¿no?
-Sí, es lo que suele decirse -dijo ella y volvió a sonreír.
Él reconoció esa sonrisa y pensó que todavía había esperanzas. Ahora ella iba a decirle que lo sentía y le pediría perdón. Había sido un error, es cierto, pero nada más. Y él era capaz de perdonarla, de perdonarle todo, todo, todo, todo... hasta eso.
Sin embargo, ella solo dijo:
-Gracias, siempre fuiste bueno conmigo -después se incorporó y se acomodó el saco.
A él le pareció altísima, inalcanzable.
-Me voy -dijo ella-. Hace un poco de frío para mí.
Él supo que si se iba, sería para siempre. Ya no habría llamados, ni discusiones, ni esperanzas. Quiso hacer algo más. No darse por vencido. Luchar por lo que amaba. Sin saber qué decir, empezó a balbucear algunas palabras sueltas.
Ella lo interrumpió, glacial.
-No, Marcos, en serio -dijo-. No vale la pena.
Él no se atrevió a seguir y se calló. Por un largo rato permanecieron en silencio. Hasta que de repente, sin que nada lo anunciara, ella se cubrió la cabeza con la capucha del saco y miró el cielo.
-Parece que va a llover -dijo-. Mejor me voy.
Y lo hizo.
Metió las manos en los bolsillos y se fue. Cruzó la hilera de árboles de cara al viento. Llegó hasta las piedras blancas y después se perdió, despacio, por el mismo camino por el que, muchos años atrás, él había visto pasar a los reyes de España.

(Argentina, 1977)

De Nadie es tan fuerte. Modesto Rimba, CABA, 2017.




domingo, 29 de marzo de 2026

ALMADA, Selva: Un verano


Con el primo se conocían de vista; sus madres estaban distanciadas desde hacía tiempo, no sabía por qué ni desde cuándo. Pero esa vuelta, cuando se toparon en el parque de diversiones, los dos solos, sin amigos, se saludaron y simpatizaron enseguida. Empezaron a juntarse a la hora de la siesta y el primo le enseñó a disparar. Su madre nunca supo que había sacado la escopeta de su padre del escondite (la caja del vestido de novia, con el vestido de novia como mortaja, en la parte más alta del ropero). A ella no le habría gustado. Decían que el marido se le había muerto limpiando esa escopeta. Iban a practicar en los terrenos abandonados del ferrocarril.
La primera vez que salieron a cazar, desde el otro lado de la ruta, le llamaron la atención, en el montecito bajo, las copas salpicadas de cosas blancas, como bolsas de nylon o papeles que el viento hubiera ido depositando entre las ramas. Antes de cruzar miraron para los dos lados, venía un camión, así que esperaron. Cuando pasó, el chofer hizo pitar la bocina que sonó como el mugido de una vaca y sacó la mano por la ventanilla, saludándolos. No es que los conociera. Pero la gente que anda en la ruta es así, le toca bocina y saluda a todo lo que se mueve. De puro aburrimiento será.
Cuando la culata del acoplado terminó de pasar, contoneándose pesada, tuerta de una de las luces, volvieron a mirar para los dos lados y cruzaron al trotecito el asfalto que aún debía estar caliente, aunque el sol había bajado casi por completo. Se detuvieron nomás empezaba la banquina y el primo disparó al aire.
Entonces pasó lo que pasó: tras la detonación, eso que había en los árboles, ffsshshshssshhhh, se levantó como espuma. Era un dormidero de garzas. Enseguida acomodó la escopeta, eran tantas y estaban tan a tiro que la caza era segura. Pero el primo le bajó el caño de un manotazo.
–Es mala suerte matar una garza –dijo y se sentó sobre el pasto. El hizo lo mismo. El primo era más grande y él lo copiaba en todo, quería ser así cuando tuviera su edad.
Las garzas quedaron suspendidas entre el montecito y el cielo encendido, un momento, como relojeando. Y otra vez se dejaron caer sobre las copas, ocupando sus sitios entre el ramerío.
El primo sacó dos cigarrillos del atado y los encendió poniéndose los dos en la boca al mismo tiempo. Después le pasó uno. Nunca había fumado, así que se atoró con la primera pitada, de angurriento y emocionado. Después le agarró el gusto.
El primo era callado. Así debía ser un hombre, creía él, de pocas palabras. Y aunque tenía ganas de soltar la lengua y preguntarle un montón de cosas, no abrió la boca; mirando de reojo hizo lo mismo que hacía el otro.
Un nuevo camión pasó, tan cerca que sintió el vientito de la velocidad cortándole los pelos de la nuca. Pero éste no tocó bocina. No los habrá visto.
En esos meses se le pegó mucho a su pariente. Él tenía doce y el otro unos dieciséis, pero no era como otros gurisones de su edad, el primo. Él tampoco.
Al tiempo muerto de ese verano lo pasaron casi todo juntos. Excepto las veces que el padre del primo se cansaba de verlo tan pajarón y se lo llevaba con él unos días a trabajar al campo. Nunca eran más de dos o tres, pues, en el campo, seguía siendo un pajarón y el padre lo aguantaba menos. Y esas pocas semanas, para carnaval, la tía hizo alianza con otra madre y lo pusieron de novio con Noelia, una muchacha preciosa pero rara. Justo para carnaval, cuando él había hecho muchos planes para los dos: desde andar de mascaritas hasta empapar a baldazos a las chicas del barrio para que la ropa se les pegara al cuerpo y pudiesen verles la bombacha y el corpiño. El noviazgo abrupto no le dio tiempo ni a contarle al primo aquellos planes.
Esas semanas, cada vez que iba a buscarlo para salir a cazar, su tía, sin invitarlo a entrar, desde la puerta nomás, le decía: se fue a hacer novio.
Le daba bronca y a veces se quedaba sentado en la vereda a esperarlo. Pero si la tía lo veía salía con la escoba, como si estuviese por barrer, aunque más que eso era una amenaza: andá, dejá de escorchar acá, andá a jugar con gurises de tu edad.
No tenía más remedio que marcharse. No podía pedirle a su madre que intercediera.
Entonces se metía en los galpones del ferrocarril. Buscaba el sitio más fresco y oscuro que siempre olía a orines, aceite y humedad. En su escondite imaginaba qué estarían haciendo el primo y Noelia.
La primera vez que se habían desnudado para meterse al arroyo lo había impresionado su cuerpo. Flaco, fibroso, con una cicatriz ancha que le asomaba entre los pelos y le subía por la ingle, casi hasta el hueso de la cadera. La cicatriz de una operación. Y la verga, larga y gruesa. El primo se había mandado de un galope al agua y, esos metros que trotó, el pedazo chicoteó para los dos lados como si, al fin y al cabo, fuese más liviano de lo que parecía a la vista. Pensaba en el primo haciéndoselo a Noelia. Ella era flaquita, tetona pero sin culo, de caderas estrechas, así que debía dolerle cuando él se la metía, y Noelia debía morderse los labios para no gritar. Capaz que ni siquiera llegaba a penetrarla y tenía que conformarse con puertear. La guasca abundante y pegajosa debía enchastrarle los muslos y las nalgas a la estrecha Noelia.
Una tarde volvió a golpear su puerta, más por rutina, para molestar a la tía, que pensando en encontrarlo. Fue él quien abrió. Le dio unas palmadas en el hombro, sonriendo, se metió y volvió a salir con la escopeta y una cantimplora. Echaron a andar hacia las afueras.
–Pensé que estarías haciendo novio –le dijo recién cuando pisaron campo.
–No andamos más.
–¿Por?
–Nos aburrimos. Fue todo una tramoya de las viejas.
–Mejor –se animó a decir y el primo se encogió de hombros.
Esa vez también se metieron al arroyo y cuando salieron se pusieron los calzoncillos sobre el cuerpo mojado y jugaron a la lucha libre. El primo era más fuerte, pero le daba ventaja. En una toma, quedó de espaldas sobre él, el brazo de su pariente cruzado entre su pecho y su cuello, manteniéndolo inmovilizado. Dio unas pataditas para liberarse, pero lo tenía bien agarrado y ya le faltaba el aire. Se quedó quieto. Por sobre la tela mojada del calzón, justo en la raya, sintió el bulto grande y endurecido. El primo lo soltó enseguida y se vistieron callados.
El verano terminó tan rápido como había empezado y él tuvo que volver a la escuela, los horarios, las pequeñas obligaciones. Al primo, el padre lo mandó a Buenos Aires a trabajar en la verdulería de unos amigos. Volvió una o dos veces ese año, pero él recién se enteró cuando ya había vuelto a partir.
Nunca llegó a preguntarle por qué matar una garza traía mala suerte, pero cuando se topaba con alguna la dejaba ir, por las dudas.
En sueños sí llegaba a tirar del gatillo. Siempre era de noche, en un campo plateado por la luna. El corazón le latía muy fuerte mientras se acercaba a la presa caída y cuando se inclinaba sobre el manto de plumas blancas a veces el pájaro tenía el rostro de Noelia y, a veces, el del primo.

(Argentina, Entre Ríos, 1973)



sábado, 28 de marzo de 2026

UHART, Hebe: Querida mamá

 


Querida mamá:

Va la tercera vez que te escribo esta carta; la primera carta no me gustó y perdí la segunda. Ahora cuando no quiero una cosa, no la tiro, se me pierde, aunque después me vuelve a interesar de nuevo y sé que en algún momento va a volver. Ahora trato de hacer siempre dos cosas al mismo tiempo, por ejemplo mientras limpio los estantes encuentro algo que necesitaba y cuando barro escucho la radio; si tomo sol, arreglo las plantas. Tanta bronca que me daba cuando vos me decías: «De paso, hacé tal cosa» y yo no quería hacer nada de paso para no perder la idea de la actividad fundamental. Ahora no sé si la actividad fundamental es barrer o escuchar la radio. Y entiendo cuando vos te decías a vos misma «sí, sí, sí…» como si algo se fuera animando, como si la vida se pusiera en marcha en uno con prescindencia de los propios designios.
Aunque también no creas, trato de tirar todo lo que me sobra, junto tantos papeles y pruebas de los alumnos, porque ahora desde que estamos en democracia trabajo en la Universidad. Pero vos te fuiste antes de la democracia y fue así: los militares pelearon contra Inglaterra, ocuparon las Malvinas y se vino toda la flota inglesa contra nosotros. Perdimos la guerra, los militares quedaron desprestigiados y se tuvieron que ir del poder. Después gobernó Alfonsín, que se tuvo que ir antes de tiempo por la situación económica: a la mañana las cosas tenían un precio y a la tarde, otro. Ahora gobierna Menem, no sé si lo tenés presente. Parecemos meados por los elefantes marinos. La situación económica es mala, pero yo me arreglo, no vivo más en el departamento de Gascón, me mudé a uno con un gran balcón, puse muchas plantas y tengo una enramada que yo llamo la parra, bueno, eso te quería contar. Me olvidé de barrer las hojas del balcón, se tapó la rejilla y se me inundó toda la casa. Puse un montón de pruebas viejas de los alumnos y cartones para parar el agua, pero es de lo más solapado e incontenible: llegó hasta el ascensor. Ahora no me sucede más eso ni tengo una sola cucaracha porque me he vuelto muy limpia, a veces lavo ropa para no fumar tanto y también corrijo pruebas porque mientras se corrige, no se gasta plata. Cuando llega fin de mes, empiezo a buscar automáticamente una plata que escondí en un libro y que jamás encontré. Pero eso pasa solo dos o tres días. Hubo tiempos peores con los militares; una vez éramos siete para comer y entre todos solo teníamos plata para comprar harina y una lata de tomate: Luis, el marido de Lea, el artesano, amasó tallarines por primera vez en su vida, organizó el corte de esos fideos, trabajamos en serie y comimos lo más bien. Mamá, tengo un gato que se llama Andrés, Marabú, Misho y Catito. Es precioso, blanco, gris y dorado. Le doy pescado para el brillo del pelo, araña una alfombra que no conocés, me araña los vaqueros y de tarde en tarde un poco a mí, cuando está muy frustrado. Duerme a mis pies y no digas «Santa Madonna», porque no tiene pulgas y si las tiene no me las pasa y si me las pasa, no me pican. Como en los platos de porcelana que vos me dejaste y que cuidabas para las grandes ocasiones pero a mí me parece bien y solo veo al asunto un poco raro cuando alguien me lo señala y para que no crean que estoy un poco loca, me prometo comprar un plato de gato pero después me olvido. Todavía guardo copitas de cristal pero se me fueron rompiendo en diversos festejos y porque sí nomás. De los juegos de té no quedan restos; el chino tuve que venderlo un verano para pagar impuestos. Una vez le vendí un plato de porcelana a un gitano. Los manteles de hilo se los regalé a las primas, tenías razón, yo no soy para manteles de hilo y aparte ahora vienen unos lavables de tela sintética, todos de colores, baratos, se tiran y así se cambia un poco. Tenías razón en muchas cosas que ahora yo recién me doy cuenta, por ejemplo cuando yo iba a tomar sol en verano inmediatamente después de comer y vos me decías: «¡Cómo se te ocurre con este calor!». Yo también pienso ahora en cómo se me ocurría porque ahora después de comer, cuando puedo, duermo la siesta. Tenías razón en que la siesta es algo hermoso. Y también tenías razón cuando yo te pedía que echaras a esa señora que en vez de limpiar la casa la ensuciaba y vos no querías y decías: «Dejala que se quede acá, la de patadas que va a recibir si sale a la calle». Yo ahora tengo una señora boliviana recién llegada, le tuve que enseñar a manejar el ascensor y todavía dos por tres se queda atrapada no sé cómo. Si encuentra la tapa de un envase que ya no existe, ella se la pone como sombrerito a otro envase y arma como un adorno al pedo; me da un poco de rabia, pero por otra parte me encanta ver la mano de otro en la casa, innovaciones, formas de orden distintas. Cómo me gustaría, mamá, que te vinieras a sentar debajo de la parra con tu bastón. Jamás te pelearía por nada, como cuando vos cobrabas y te comprabas un oporto y un paquete de caramelos. Yo te acompañaba impaciente y con fastidio. Te decía: «¿Para qué los querés si no los comés?». Y vos me decías vacilante: «Para tener, por si viene alguien». Mamá, tanto que hemos peleado y nos hemos querido, que después que te fuiste yo pensaba. ¿Cómo puede ser que todo eso que existió no exista más y que ahora ella ignore todo lo que me pasa, que dé lo mismo blanco que negro? Yo creo que me da trabajo esta carta porque no quiero llorar. No sé por qué no quiero llorar, que hace tanto que no lloro y me vendría bien, tal vez con alguna película. Lloré tanto, mamá, cuando vos te fuiste y después por ese novio que solo alcanzaste a conocer por teléfono que un día a la mañana lloraba pensando en vos y al rato por ese novio. Ahora vivo sola y me parece que no quiero novio, pero tal vez las ganas sean una costumbre como cualquier otra. Y hablando de ganas —porque a mí se me dispersan, las postergo y las dejo pasar— te quería pedir una cosa. Yo sospecho alguna pequeña gracia para mí, algún don, pero puede perturbarlo el que yo ya tengo bastantes recuerdos y son un peso grande. Te pediría que vos, que eras creyente, encomiendes a Dios tus recuerdos, así yo me hago cargo solo de los míos. Así más liviana podré recibir esa gracia.
Tu hija que tanto trabajo te ha dado, pero que también te ha querido mucho.

(Argentina, 1936/2018)



miércoles, 25 de marzo de 2026

ARIAS, Clara: Sin título


¿Quién cosía las capuchas
para los detenidos de la ESMA?
alguna vez una mujer
habrá agarrado un dedal,
un hilo, una aguja.
O habrá enhebrado paso a paso
con la punta de un carretel
los ojales de una máquina de coser.
No sé porqué digo mujer
tal vez porque recuerdo a mi abuela
las tardes de costura,
no había hombres en esas tardes
en ese universo de cajas de botones
y retazos de telas.
Una tarde, alguien
con un rollo de tela negra
habrá tocado el timbre de la casa de Dorita
la que hacía los trajes para bailar el minué
en los actos de la escuela
o aquel disfraz de hada madrina,
le habrá pedido treinta mil bolsas
treinta mil bolsas negras.
Alguna vez una mujer
o un improbable hombre
se sentó a coser
con paciencia y esmero
como quien cose una batita
para un niño por nacer
las capuchas que usaban
los detenidos de la ESMA.

(Argentina, 1966)



lunes, 23 de marzo de 2026

Los Fabulosos Cadillacs: Desapariciones


Que alguien me diga si ha visto a mi esposo,
preguntaba la doña.
Se llama Ernesto y tiene cuarenta años,
trabajaba de peón en un negocio de autos,
llevaba camisa oscura y pantalón claro.
Salió de noche y no ha regresado
y yo no sé ya qué pensar
pues esto antes no me había pasado.
No me había pasado, no...

Llevo tres días buscando a mi hermana,
se llama Altagracia igual que la abuela,
salió del trabajo para la escuela,
llevaba puestos jeans y una camisa blanca.
No ha sido el novio, el tipo está en su casa.
No saben de ella en la policía ni en el hospital.

Que alguien me diga si ha visto a mi hijo,
es estudiante de Medicina,
se llama Agustín y es un buen muchacho,
es a veces terco cuando opina
Lo han detenido, no sé qué fuerza.
Pantalón blanco, camisa a rayas...
Pasó ante ayer.

Clara Quiñones se llama mi madre,
ella es un alma de Dios y no se mete con nadie.
Se la han llevado de testigo 
por un asunto que es nada más conmigo.
Y yo fui a entregarme hoy por la tarde
y ahora vi que no saben quién se la llevó del cuartel.

Anoche escuché varias explosiones,
tiros de escopeta y de revólver,
autos acelerados, frenos, gritos,
ecos de botas en la calle,  toques de puerta,
quejas
 por dioses, platos rotos...
Estaban dando la telenovela
por eso nadie miró pa'fuera.
¡Avestruz!

¿A dónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales.

¿Y por qué es que desaparecen?
Porque no todos somos iguales.

¿Y cuándo vuelve el desaparecido?
Cada vez que lo trae el pensamiento.

¿Cómo se llama al desaparecido?
Una emoción apretando por dentro.

Versión adaptada por Los Fabulosos Cadillacs de la canción de Rubén Blades



sábado, 21 de marzo de 2026

PONCE, Ana María: Que no me mientan...


Que no me mientan,
detrás de mí,
espera el fin.
Que no me mientan,
detrás de mí,
están los recuerdos,
la simple alegría de vivir libre.
Detrás de mí,
quedó un mundo que ya no me pertenece…
Me miro los pies.
Están atados.
Me miro las manos,
están atadas,
me miro el cuerpo;
está guardado entre paredes,
me miro el alma,
esta presa…
Me miro, simplemente
me miro ya veces
no me reconozco…
Entonces vuelvo a mirarme,
los pies,
y están atados;
las manos,
y están atadas;
el cuerpo,
y está preso;
pero el alma,
¡ay! el alma, no puede
quedarse así,
la dejo ir, correr,
buscar lo que aún
queda de mí misma,
hacer un mundo con retazos,
y entonces río,
porque aún puedo
sentirme viva.

(Argentina, 1952)


Ana María Ponce nació en San Luis el 10 de junio de 1952. Siendo la mayor de tres hermanos, se crio en un hogar politizado, con un abuelo fundador del Partido Laborista, un padre que sería intendente de la capital de su provincia y una madre docente universitaria. Fueron los modelos que ella seguiría durante su juventud. Egresada de la Escuela Normal de San Luis con medalla de oro de su promoción, “Any”, como le decían sus amigos, ingresa en el profesorado de Historia y Literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata; allí comienza su militancia, en la Juventud Peronista de La Plata y en la Federación Universitaria de la Revolución Nacional, donde conoce al que sería su marido, Godoberto Luis Fernández, y padre de su único hijo, Luis Andrés. Luego de que su marido sufriera un atentado contra su vida, se mudan a la Capital Federal.
El 11 de enero de 1977, Godoberto Luis Fernández es detenido por las fuerzas del Ejército. Seis meses después, el 18 de julio, día del cumpleaños de su hijo, Ana María es detenida por fuerzas de la Marina, y llevada a la ESMA, donde permanecería hasta febrero de 1978. El lunes de Carnaval, último día en que se la vio con vida, a “Loli” (como la conocida en la ESMA) se le informó que tendría una entrevista con el director del centro clandestino de detención y torturas, el almirante Chamorro, para que efectuara un “mea culpa" público y así lograr una "supuesta" legalización de su condición. Intuyendo su suerte, "Loli" deja en manos de Graciela Daleo, una compañera de detención, todos los poemas que había escrito durante el tiempo que duró su secuestro. Graciela, sobreviviente de la ESMA, es quien logra contactar a familiares de Ana María para entregarles esos conmovedores textos.

jueves, 19 de marzo de 2026

OSORIO, Elsa: Siete noches de insomnio


—Vaya cara tienes, cielo —le dijo Ramón esa mañana—, se te ve agotada.

—Duermo mal últimamente —le respondió Laura.
—Toma píldoras para dormir.
Pero Laura no quiere. Esas horas de insomnio y silencio las está aprovechando bien.
No fue la primera, ni la segunda noche, después que Laura reconoció a Pepón en la casa de su vecina, que se le ocurrió la idea de matarlo.
Al principio fueron solo imágenes, un abrirse la tapa de la memoria, sin su permiso, y saltar en medio de la noche, en su cuarto de Valencia, veinti... ¿cuántos años después?, la camilla, ella desnuda y la electricidad sacudiéndola, esa voz de pájaro exaltado interrogándola, y ella: no sé, no sé, Pajarito cruzándole la cara de un bofetón: hablá, basura. Laura con los ojos cerrados con fuerza en la oscuridad de su dormitorio de Valencia, como los cerró aquella noche en la celda, cuando aquellas otras manos —que aún no sabía que eran de Pepón— se metieron por abajo de su pulóver, y acariciaron suavemente su espalda, la boca en su oreja: te quiero, nena. Laura flaquita y lastimada, temblando, que la quiera sí, que alguien por favor la quiera en ese infierno donde la llevaron. Las manos tibias de Pepón dándola vuelta en el catre, despacito, como si ella fuera una muñeca de porcelana que se pudiera quebrar, qué te hicieron, pobrecita, besos suaves en el cuello, en el pecho, la lengua lamiendo sus heridas, mi chiquita, linda, yo te voy a curar.
La segunda noche de insomnio pudo verlos nítidamente, a los dos, a Pepón y a Pajarito, sus tenebrosas imágenes violentando la atmósfera clara de su casa, tantos años después, porque si bien aquella noche, y probablemente la siguiente, cerró los ojos cuando Pepón entró en su celda, después ya no. Ella podría dibujar con precisión sus labios finitos, sus dientes blanquísimos, la ceja izquierda levemente alzada, los ojos negros y brillantes, y reconocer su voz entre miles de voces: te quiero, nena; como la de Pajarito: hablá, pendeja de mierda, su cara feroz y el odio chorreándole como baba cuando la torturaba.
Aunque el otro día Pepón estaba de perfil, arreglando el cable de una plancha, lo reconoció de inmediato. Su vecina, Pilar, le había dicho: «El electricista es muy cachondo, no sabes lo que me ha hecho reír. Y muy eficiente, me está arreglando todo lo que anda mal en casa. ¿A que es guapo todavía? Tiene sus años, pero cuando sonríe, parece un chaval». Pilar había abierto la puerta de la cocina de su piso para que Laura lo mirara: «Ah, pero si es de tu tierra».
Y fue verlo y saltar, como un gato negro y salvaje, a los tiempos del espanto. Arrugas profundas en su rostro, pelo gris, qué gracioso, pensó Laura, ahora es Pepón el canoso.
Diecisiete años tenía Laura cuando se le pintó de blanco el pelo. No sabe cuándo exactamente (los únicos espejos que le devolvían su imagen en el campo de detención eran los ojos enamorados de Pepón o los siempre tan odiándola de Pajarito), tampoco si ese encanecer súbito se lo produjo la electricidad sacudiendo su cuerpo en la camilla de tortura, o esa otra electricidad deseante y deseada en el catre de su celda.
Fue la tercera noche después del rencuentro, cuando las caras de Pepón y Pajarito se sucedían una a la otra en su noche de Valencia, se mezclaban, y la voz chillona: hablá, basura, no lograba tapar la voz susurrada: te quiero, nena, cuando Laura se preguntó, por primera vez en ventitantos años, a quién odiaba más: si a Pepón o a Pajarito.
La respiración acompasada de Ramón la tranquilizó, estaba con él, lejos pero muy lejos de esos dos canallas, en otro país, en otra época. Ramón sonrió dormido, y ella pensó qué distintos los sueños de su marido dormido a las pesadillas de ella despierta.
Un par de veces nada más, años atrás, Laura le habló a Ramón del campo de detención, el ruido de los grilletes en la escalera, el lugar donde los torturaban, comentarios obscenos y gritos lacerantes mezclándose con la música de la radio, la voz cascada de Pajarito, sus insultos, sus cachetadas, y esa tarde lloraron los dos hasta saciarse. No lo mencionaron más (ella se lo había pedido) pero cuando tiene miedo y se despierta gritando, o en tantos otros momentos que las heridas se abren, Ramón la abraza y Laura sabe que él se acuerda de lo que le contó de Pajarito.
De Pepón nunca le habló, ni podría hablarle, ni llorar fuerte con Ramón, para luego dejarse rodar a esa vida cálida, ese contar con el otro, y apoyarse y elegirse una y otra vez y apostar al amor. Elegirse entre todos los hombres y todas las mujeres libres del mundo. ¡Tan distinto!
Diecisiete años tenía entonces, apenas asomándose a la vida, y de pronto la esclavitud, el tormento cotidiano, tanta pero tanta locura. Ella esperaba en silencio aquellas manos tibias sobre su cuerpo lastimado, aquellas caricias que fueron creciendo poco a poco, escondidas por palabras amorosas. Hasta en eso fue cruel Pepón, no la violó, no la poseyó ni la primera, ni la segunda vez, no, la doró lentamente, le dio tiempo a su cuerpo de mujer sin estrenar, de llaga viva, a desear otro cuerpo, aquella pasión en la que se enroscaban y se desesperaban y entonces no había chupadero, ni Pajarito, ni interrogatorios, ni picana, ni traslados, solo dos cuerpos vivos intentando abolir la muerte que se cernía día a día sobre Laura y sus compañeros.
Odio más a Pepón, se respondió, sin ninguna duda, la cuarta noche, porque cuando evoca a Pajarito, solo odia a Pajarito, y cuando evoca aquellas noches de sexo y ternura... ¡y hasta proyectos!, no solo odia a Pepón, se odia tanto pero tanto a sí misma.
Un día, cuando todo pasara —soñaba en voz alta Pepón—, ellos se irían a vivir juntos, en una casa frente al mar, donde él pediría que lo destinaran. Laura le había agregado un jardín lleno de plantas y flores, al que sujetarse cuando los gritos de sus compañeros la taladraban, y los miércoles, sobre todo los miércoles, cuando se decidía a quiénes iban a trasladar.
Laura no creía que pudiera salir nunca, cualquier miércoles sería ella quien bajara con los otros. Y nunca más. Pero a Pepón no le gustaba que se lo dijera, que no, que ella iba a salir.
Si la quería tanto, y sufría por ella, que la sacara de ahí, le pidió a Pepón. Y él, no puedo, Laurita, es imposible, nos matarían a los dos. Pero haría lo que estuviera en sus manos para que no la lastimaran más, le prometió. Y como al cabo de un tiempo, a ella casi no la sacaban para interrogarla, pensó que Pepón —aunque no se lo confesara por temor a que ella cantase— les había dicho que Laura no sabía nada, que no conocía a los montoneros por los que le preguntaban, en serio, Pepón, no tengo idea, te lo juro. Ella formaba parte de una organización estudiantil, hacían protestas, asambleas, pero no tenían armas. Cuando la fueron a buscar a su casa, y cortaron todo el tráfico, con cuatro automóviles, y Laura vio el enorme despliegue para llevársela solo a ella, estuvo segura de que la habían confundido con otra persona. Pero nunca pudo convencerlos. Pajarito no le creyó. Pepón sí le creía, pero él no participaba en los interrogatorios, era solo un oficial de mantenimiento, por eso no podía responderle cuando Laura le preguntaba adónde iban los que trasladaban, si era cierto que los llevaban a un campo en el sur para rehabilitarlos, o los asesinaban. Y él: que no sabía, que tenía una buena relación con sus superiores, pero que tampoco se creyera que le decían todo.
Y si ahora la vida le daba la oportunidad de preguntárselo, de hacerlo pagar, ¿por qué desperdiciarla?, se preguntó la cuarta noche. Pepón está ahí, en Valencia, viviendo como uno más, ocupando un lugar en la sociedad, electricista, como Ramón arquitecto y ella médica. Repugnante.
Laura declaró ante la CONADEP en 1984, pero no nombró a Pepón. Un amigo le sugirió que se presentara como testigo en los juicios de Madrid, pero ella le dijo para qué, ya había dicho todo lo que recordaba hacía años. Y así lo creía, Pepón parecía sepultado en su memoria, hasta esa tarde en que lo vio en la cocina del piso de su amiga.
—Le presento a una paisana suya —dijo Pilar, y Laura quiso esconderse, pero tarde porque él la estaba mirando, sus dientes centelleantes explotando en su cara gastada.
—Un gusto, guapa —dijo sacándose la gorra, y haciendo una reverencia. Cascada pero la misma voz, la voz del te quiero, nena—. No me negarás, Pilar, que las argentinas son las mujeres más lindas del mundo.
Laura, clavada en el vano de la puerta, habrá hecho alguna mueca intentando una sonrisa. Y él no la reconoció, está segura. La miró pero solo para volver a Pilar: aunque tú eres la excepción, Pilar.
Laura ya no huye ante aquellas imágenes del campo de detención, las convoca deliberadamente, para darse fuerza, para encontrar el coraje y la imaginación necesarios para llevar a cabo lo que surgió la cuarta noche de insomnio y que minuto a minuto toma forma.
La quinta noche siente arder su piel tantos años después al recordar aquella madrugada, cuando Pepón entró intempestivamente en su celda. ¿Qué había pasado? Laura no le entendió. Él estaba completamente fuera de sí, temblaba, las palabras atropellándose cuando le contaba que esa noche había ido en los camiones con los trasladados y que después tuvo un accidente, dio un falso paso, casi se cae, y va a parar con ellos.
—¿A dónde?
Y él, un gesto abyecto, que Laura no le conocía: que no le preguntara nada, que lo amara, era él quien necesitaba cuidados, tranquilizarse.
Laura recuerda bien aquella madrugada, porque le costó mucho acariciarlo, su piel estaba fría y como sucia, como si la echara aunque le pidiera mimos, y era peor si se ponía a pensar de dónde casi se cayó, qué estaría haciendo, no había jardín con flores donde sostenerse, él sobre ella, tratando de hacerle el amor, pero no podía, por suerte, aquella noche él no pudo, su sexo chiquitito, arrugado, y él llorando en silencio, Pepón llorando y yéndose de su celda, avergonzado. ¿Avergonzado porque no pudo poseerla? —piensa ahora, veintitantos años más tarde—, ¿o avergonzado por lo que seguramente había hecho aquella noche?
Se lo preguntará, antes de matarlo, decide la sexta noche de insomnio. Pepón nunca quiso explicárselo, cuando Laura intentó conocer los detalles de aquel accidente, él le prohibió terminantemente que se lo recordara, y furioso, se fue de su celda. Tal vez temía, piensa Laura, que algo de lo que vivía con ella pudiera derretirle esa coraza con la que atesoraba sus sucios secretos.
Te quiero, nena, te quiero mucho. Un susurro que se alarida en su cuarto en Valencia.
Y Laura le creía, ¿lo quería? Sí, lo quería cuando él le pasaba un algodón empapado de alcohol sobre los tobillos lastimados por los grilletes, lo quería cuando le llevaba medialunas, y hasta una tarta pascualina.
En el chupadero: la tortura y las caricias, los gritos y los susurros, el mejunje repugnante y las medialunas. Esa fue toda su opción, concluye la séptima noche después del encuentro con Pepón en Valencia.
Diecisiete años tenía entonces, pero aun así ¿cómo pudo creer que eso era amor? Cuánto se odia. Ella tiene que poder volcar todo ese odio en Pepón, y arrancar de cuajo aquellas noches infames de su memoria.
No en vano el destino ha llevado a Pepón a Valencia, entre tantos lugares en el mundo, justo el mismo donde Laura se ha refugiado, no de ellos, porque hace años que no están en el poder, sino de su propia memoria. Como si poniendo un océano de distancia, los recuerdos quedaran enterrados allá lejos.
Laura les pide a sus padres que vengan a visitarla, a ella no le gusta viajar a la Argentina, se desorganiza, no quiere estar tan lejos de sus pacientes, de sus cosas, pretexta, y ellos la comprenden sin preguntas, Ramón también. Todos ayudándola. Pero bastaron esos cinco minutos en la casa de Pilar, ver esos dientes repugnantemente blancos de Pepón, para que toda esa sólida construcción de familia y marido y profesión y amigos españoles se desmorone y ella esté ahí, a expensas de sus recuerdos.
Debe tener la posibilidad de hablar con Pepón, no quiere más ignorar y tapar para seguir viviendo, quiere saberlo todo: si casi se cae del avión desde donde arrojaban vivos a sus compañeros al mar, si estaba con ella para sacarle información o si en serio creía que Laura iba a salir y la casa frente al mar y los tres hijos o era una tortura más sofisticada que la de Pajarito, una manera de instalarse en Laura, de hacerla su cómplice, y seguir ensuciándola, toda la vida.
Lo que sí fue cierto es que ella salió. El mismo día en que la dejaron en el descampado, esperando las primeras luces para caminar hasta su casa, Laura supo que no vería más a Pepón, que el amor o lo que fuera que había sentido por él se evaporaba con cada paso, con el sol subiendo, y su cuerpo en libertad. Entonces huir lo antes posible de la Argentina, huir casi más que de los otros, de él, porque si acaso Pepón la iba a buscar, y les decía a sus padres lo de la casa frente al mar y los tres hijos, ella se moriría de vergüenza, lo negaría, diría que era todo un invento de él, una manera entre otras de flagelarla, que esa historia nunca había existido.
Curioso, se dice la séptima noche, que ella pudo pensar que lo de Pepón era una tortura más, sin embargo le hicieron falta veintiséis años, sí, veintiséis años y verlo, convocar esas imágenes para darse cuenta de que lo que inventó como excusa para sus padres es la más absoluta verdad. Más daño le hizo Pepón con sus manos, con sus frases amorosas, que Pajarito con su picana. Y ella lo permitió, le gustaba incluso, se acusa sin piedad.
Ahora ha sacado el tapón, y esas imágenes rancias estrechan los muros de su cuarto en Valencia: Pepón y Laura abrazados, amándose, jadeos tapando los gritos, el aire se torna irrespirable, aquel olor fétido, el olor del miedo, colándose en su cuarto de Valencia, y aquel placer que sintió entonces, este profundo dolor.
Ramón sonríe dormido. Laura se levanta rápido de su cama y sale al balcón. Pudor: no puede dar vida a esas escenas obscenas en la misma cama en la que duerme con Ramón, su amor, su compañero.
La brisa fresca y la vista al jardín del edificio la salvan, la instalan en el presente. Cierto que gozaba, cierto que creyó quererlo pero no es lo mismo, reacciona, ella tenía solo diecisiete años y estaba en condiciones de esclavitud, él era un adulto, un total y miserable hijo de puta. Y no puede andar suelto como si nada. Ella hará justicia con sus propias manos. Está sola, lo sabe, hablar de Pepón sería hablar de ella entonces, y Ramón no la querría más.
Un accidente, un cable que ella pelará antes, Pepón trabajando en él, la palanca de la luz en la otra dirección. Pepón electrocutado. Deberá renunciar a hablarle antes.

Laura se ha encerrado en su cuarto y no quiere que Ramón le siga pidiendo que vaya a tomar una copa con ellos.
—Fue sin querer, Ramón, una distracción.
—Por supuesto, cielo, no lo vas a hacer aposta, pero no te pongas así, no llores, no pasó nada, un accidente. El tío es muy simpático y ya se le ha pasado el susto.
—No quiero que me vea.
—No va a decirte nada, Laura, ven, es lo menos que podemos hacer, beber una copa juntos. Le he invitado a cenar. Ven.
—No, no iré.
—Pero ¿por qué?, cabezota.
—Porque él me denunciará.
Ramón, que no, que no fue tu culpa, sí, yo sabía que él había cortado la luz cuando encendí la llave de paso al entrar, pero no pensaste, no sabías que, y harta, Laura: lo que no sabía es que iba a saltar el disyuntor, yo quise matarlo. Ramón no le cree, la abraza, no te va a pasar nada, cariño, estás conmigo, estás en Valencia, vale, descansa, inventaré una excusa, pero ya lo he invitado a cenar, y no le diré que se vaya, después de lo que le hemos hecho, sin querer, pero...
—Por favor, no le hables de mí... de mi historia, no le cuentes nada.
—Por supuesto que no, Laura.
—¿Me lo prometes?
Ramón sale del cuarto.
—Descansa, cielo.
¿Se va a quedar a cenar? ¿Será posible? ¿Y si le pusiera veneno en la comida? Eso le daría tiempo a hablarle. Pero no, porque está Ramón.
Se lavará la cara, irá a la cocina, Pepón no va a reconocerla. Veinte kilos y veintiséis años más. Tiene el polvo de veneno para los ratones, lo pondrá en la taza del gazpacho, y ella se la servirá, para evitar confusiones.
Pero Pepón no la toma, la está mirando fijo, ¿la habrá reconocido?
—¿De qué barrio sos?
—De Congreso.
Ramón extrañado: no le había dicho que es de... Y Laura hablando encima: el kilómetro 0, el centro de la ciudad. Mm qué bueno está el gazpacho, no tengo abuelita, me pondero yo misma.
—Buenísimo —dice Ramón.
Los ojos de Pepón escrutándola, ¿la ha reconocido?
—¿Llevas tiempo en España, Pepe? —pregunta Ramón.
—Unos cuantos años.
Pepón no prueba la sopa. Sospecha. Laura no le preguntará nada o quedará en evidencia.
—¿Y vos? —los ojos negros escarbándola, ¿la ha reconocido?
—También, unos cuantos.
—¿Viniste huyendo de la dictadura?
—No, nada que ver, vine por amor, conocí a mi marido en Perú, y nos hicimos novios.
Ramón nunca estuvo en Perú pero, siempre par, siempre cómplice, le devuelve la sonrisa.
—Perú, qué maravilla. ¿No le gusta el gazpacho, Pepe?
—No mucho, la verdad.
Y esos dientes, blanquísimos, intactos, se exhiben sin pudor a Laura, que se apresura a sacarle la taza.
—Déjamela a mí, Laura —pide Ramón.
¿No le había dicho en secreto que la llamara María? Ramón se olvidó. Si Pepón tenía alguna duda, ya no.
—Laura, bonito nombre —su sonrisa cínica, y su repugnante voz: te quiero, nena, pero ahora es como si dijera: antes te voy a matar yo.
Y ella, huyendo, con el gazpacho envenenado.
—No te quedará hambre para saborear mi plato, amor.
Será riesgoso ponerle veneno al pollo, cómo saber qué pieza le tocará, además está sobreaviso. Laura con la bolsa de veneno en la mano, y la voz de Pepón, como un fustazo: ¿Te ayudo, Laura?
Un salto y todo en el suelo: Me asustó —no le devolverá el tuteo.
Ramón por suerte ahí, él cortará el pollo, siéntate, Pepe, no te molestes. Laura tapando la bolsa de veneno con su propio cuerpo, tirándola disimuladamente a la basura. No, si me gusta ayudar. Lleve estos platos, entonces, la cara roja, la piel tirante y un temblor que no puede controlar. Después te explico, al oído de Ramón. Jugar a que no lo reconoce, se ordena. ¿Por qué va a querer matarlo si no sabe quién es?
El fútbol la deja afuera de la conversación, por suerte, ella no entiende nada de fútbol, y Pepón, el viejo Pepe, el electricista, se entusiasma con los campeonatos, y que el Real y el Atleti y el Barça. Sus dientes fosforescentes, evocando las jugadas, comiendo sin aprensión alguna. A la hora del postre, Laura se convence de que él no la ha reconocido, que fue su paranoia la que la llevó a leer signos inexistentes.
No hay por qué preocuparse. No lo ha matado, pero tampoco la ha descubierto. Inventará algo para Ramón: que lo vio parecido a alguien, que ya sabe, el miedo, claro que no quiso matarlo, cuando tiene miedo dice cualquier cosa.
—Estamos aburriendo a tu esposa —¿y por qué la mira así si no la reconoce?
—No, para nada. Me gusta escucharlos.
Ramón no debe entender nada excepto que ella quiere pasar lo más desapercibida posible, por eso le pide que por favor, vaya a preparar el café, mientras él le muestra a Pepe su colección de dvd.
El café sobre la mesa y Ramón que intenta salvarla: Vete a dormir, cielo, yo me quedo con Pepe; y a Pepón: Mi mujer se levanta muy temprano.
—No, yo también me voy —se pone de pie—, es tarde. Muchas gracias.
Y no va a creer Laura que la reconoció solo porque él retiene su mano unos momentos más de lo previsible y la mira así, como buscando a Laurita flaquita y lastimada en el fondo de sus ojos. Quizás, porque Pepón suelta de pronto su mano, como si le quemara, vuelve la cara, y con paso rápido, se dirige a la puerta, la abre, sale, y él mismo la cierra. ¿La reconoció y le tiene miedo?
—Probablemente, Laura, pero si tienes dudas, date prisa en hacer la denuncia —le dirá esa noche Ramón.
Ramón, que todo lo ha comprendido, aunque Laura ha omitido partes. Se lo contará todo otro día, ahora ya es mucho, ahora solo llorar sobre su hombro, dejarse abrazar, y escucharlo.
—Mañana haces la denuncia, Laura. Y si no te animas, voy yo. ¿Conoces el apellido?

Cuando la Guardia Civil fue a detenerlo, dos días después, ya no había rastro de Pepón en su domicilio.
—Me reconoció —dice Laura a Ramón—. Debe haber huido esa misma noche.
¡Pepón huyendo de ella!, qué gusto. Lástima que se escapó. Pero aun así, un inmenso alivio, ya no quiere sepultar a Pepón en su memoria, ni matarlo. Ya no más un callejón sin salida, sino una ancha avenida en la que Laura está dando sus primeros pasos.

(Argentina, 1952)



martes, 17 de marzo de 2026

BIALET, Graciela: No hay tumbas para la verdad


"¿Nos bastará esgrimir los argumentos de la inocencia?"
Osvaldo Pol

El tío Hugo cumplió como siempre su palabra y me consiguió el libro que había elaborado la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Yo quería revisar ese informe para ver si encontraba el nombre de mi mamá que estaba desaparecida desde la última dictadura militar. Desaparecida. Como si se hubiese desvanecido en el aire, o se la hubiera tragado la tierra, o esfumado como por arte de magia, según parecía creer mi abuela intentando argumentarme la vida con ositos de peluche aún a mis 17 años.
Aquel día a la salida de clases, le dije a la abuela Esther que me iba a estudiar a lo de un compañero que ella no conocía, pero en realidad me fui al departamento de Rogelio. A esa hora, seguro, estaba en su oficina. Él siempre dejaba las llaves bajo un mosaico flojo del pasillo y yo sabía que podía usarlo para todo tipo de emergencias.
En realidad, Rogelio esperaba que fuera con chicas para luego expurgar con lujo de detalles la confesión de mis amores y disfrutar mis pasiones de juguete como viviendo así una juventud distinta a la suya entre rejas. Él estuvo preso desde los dieciocho hasta los veinticinco años por repartir volantes subversivos en la puerta de la facultad; y en la cárcel conoció y compartió celda y golpes con mi viejo.
Creo que por eso, a veces se la da de padre conmigo y me repudre con consejos de inconfesada procedencia machista; pero me divierte mucho cuando inventa fábulas mezclando mi realidad con sus ficciones en cuentos que, de pequeño, me hacían sentir un pánico varonilmente apadrinado, desasfixiándome de tanta abuela. Pobre Rogelio, cuando estoy de humor le sirvo unas cervezas y le sigo la corriente, porque sé que arma el rompecabezas de su historia con mis breves piezas de experiencia; y además porque le debo una: él fue la única y última compañía de mi papá antes de morir en cana.
Por lo que Rogelio me cuenta de aquella época, todo era subversivo: pensar distinto era subversivo, ser joven era un delito subversivo, hacer el amor antes de casarse era promiscuidad subversiva, cantar las canciones de John Lennon era reproducir modelos subversivos, usar el pelo largo y los jeans desflecados era un modo de mostrarse subversivo. Para mí que creer que todo era subversivo estaba de moda.
Me instalé cómodamente en la cocina de Rogelio y me preparé unos mates decidido a no moverme de allí hasta encontrar lo que buscaba, y aunque estuve tentado en llamar a Carola aprovechando la intimidad de la ocasión –"Ay, Carola, cómo me gusta verte, tocarte, sentirme en tu cielo, derretirme en tu verde misterio, ¡ah!"– opté por bancármelas solo con mis problemas. Tal vez su magia me susurró que hay pasiones que solo se viven con uno mismo.
Revisé el libro hoja por hoja esquivando las ganas de vomitar que me producía cada relato, en la certeza de que eso no había sido investigado y escrito bajo anestesia de ninguna cerveza, y comprobé que los cuentos de terror de Rogelio solo eran nanas infantiles al lado de aquellas desgarradoras historias del libro: secuestros, centros clandestinos de detención, el exterminio como arma política, la impunidad con que los represores se movían, actitudes de la iglesia, de algunos funcionarios, cómo se coordinaba la represión en toda Latinoamérica, documentos, listas de detenidos desaparecidos, niños, embarazadas y adolescentes torturados.
Leyendo sobre los niños arrebatados de su hogar junto a sus padres, pensé en mi suerte y en mi mamá, abandonándome escondido en el canasto de la ropa sucia. Solo recuerdo gritos extraños, y a ella diciéndome algo mientras me tapaba con manteles y camisas adentro de un cesto de mimbre. ¿Qué sucedió aquella noche? ¿Por qué me dejaron allí? ¿No me habrían visto? ¿O en realidad yo no estaba ahí cuando secuestraron a mi madre?
–¡Oh!, Camilo, ¿otra vez con eso? Ya te he dicho una y mil veces que la vida sigue desovillando su carretel y el hilo nos teje artesanalmente a un destino. No tientes a la avispa de los recuerdos –me dice mi abuela cada vez que le pregunto, dando por terminado el tema con un oportuno suspiro al borde del infarto. Ella nunca supo explicarme bien lo que pasó, pareciera que mi vida comenzó el día que aparecí en su casa.
El informe seguía su repugnante relato: el saqueo y el lucro de la represión, la familia como víctima, inválidos y lisiados también blancos para la tortura, allanamientos.
Los capítulos se sucedían uno al otro sin mermar su asqueroso discurso.
El mate amargo endulzaba la lectura.
Finalmente, en la página 323 encontré el nombre de mi mamá: Ana Calónico de Juárez, 26 años, secuestrada de su domicilio el 21 de setiembre de 1977.
La vista se me acalambró y se resistía a leer. A regañadientes obligué a mis ojos a dar sus saltos decodificando líneas y letras. Eran solo seis renglones.
Pensé inmediatamente en no volver a dirigirle la palabra a la abuela, porque si ella había recurrido a todos los organismos de defensa de los derechos humanos buscando a mamá, como me había dicho, la habría encontrado hace mucho en esta maldita página 323 igual que yo.
Me sentía brutalmente estafado, pero mi curiosidad iba más rápido que la bronca y seguí leyendo.
Así me enteré que mamá había sido vista en un destacamento militar utilizado como centro de detención clandestino llamado La Perla. Allí la habían torturado con electricidad atada a un elástico metálico luego de ser violada por varios guardias, y no se supo más de ella después de que la sacaron en un camión junto a otras dos mujeres. Se presume que fueron arrojadas al pozo de una cantera de cal sin apagar a pocos kilómetros del lugar de cautiverio.
Me floreció un sudor pegajoso en la cara y quedé ciego no sé por cuánto tiempo. Hubiera querido llorar con calma, pero la furia se me agitaba en el pecho arremolinándome los rencores y no me dejaba comportar como hubiera sido debido.
–¡Los odio! ¡Malditos hijos de puta! –grité zambulléndome en el mantel. Me levanté tirando hacia atrás la silla y pateé doscientas veces una alfombra de cuero de vaca que Rogelio tenía entre la cocina y el living, dejándola hecha un bollo frente a la puerta de entrada.
Una fuerza irreconocible que me nacía del alma me cristalizó la garganta y tuve que hacer un enorme esfuerzo para llegar al baño a echarme agua sobre la cabeza y poder así volver a respirar.
Imaginé todas las traidoras razones por las cuales me ocultaron la verdad sobre la muerte de mi madre. ¿Acaso uno no es dueño de su historia por dolorosa y terrible que sea?
Me sentí culpable de tener bronca contra mamá por haberme dejado solo en ese canasto sucio; creo que alguna vez hasta llegué a odiarla. Me brotaron unas ganas terribles de poder pedirle perdón. Quise abrazarla en mis recuerdos pero la había borrado para no sentir ese odioso sentimiento de abandono.
¿Cómo era su cara? ¿Sus ojos? ¿Su pelo acariciaba en abrazos como los de la madre de mis amigos? ¿Era más bonita cuando se reía o cuando cantaba? ¿Jugaba conmigo? ¿Su risa sonaba a cascada o a pájaro? ¿Cómo era más allá del celuloide de las fotos? ¿Cómo era que no me acuerdo?
¡No tenían derecho a obligarme a olvidar! Yo quisiera pensar en ella y recordar su rostro, su sonrisa. ¡No les voy a perdonar nunca que me mintieran, porque ocultarme hasta el más mínimo detalle, es como haberme mentido en todo! ¿Qué se creyeron? ¿Vivieron en mí lo que perdieron?: la abuela a su hija, Rogelio su juventud. Ellos tienen sus recuerdos, por asquerosos o tristes que sean, ¿pero yo?
"Al único que pienso seguir dándole bola es al tío Hugo", pensaba entre cortinas de bronca.
Creo que por primera vez en la vida sentí deseos incontenibles de morirme de pena.
Quería que el centrifugado de imágenes, gritos y sudores que me sacudían, acabara destripándome.
Hubiera deseado encender el fuego más irremediable del universo para quemar todo.
Me hubiera arrancado los ojos para que dejaran de pincharme las entrañas y empecé a sentir aquella furia incontrolable de hacía unos momentos. Pero justo cuando estaba envuelto en la peor llamarada de odio, vino a mi rescate una luz infinitamente celeste, como un retazo de cielo desperdigando esencias de vida, y se instaló delante mío la sonrisa de mamá, aquella que me perseguía en sueños por las noches.
Ella se plantó frente a mí, en camisón, con su rostro acaramelado de canción de cuna, y acariciándome entre el mimbre de aquel viejo canasto, cantó una canción de cuna extraña:

"Botón, botella, soy hija de las estrellas.
Camilito, camilón, mi hijo será gorrión".

Vi su rostro joven y sereno. Recordé sus nanas y las figuras que hacíamos con masa de sal cuando volvía de su trabajo. Me acordé de las cuadras que caminábamos juntos desde la guardería a casa, contándome adivinanzas y juegos de palabras que yo trataba de repetir en mi media lengua. Escuché mi voz de niño llamándola "mamana, mamanita", compactando sus nombres, y a ella festejando mi picardía. Sentí su olor a margaritas frescas, su risa de sapo croando hipos que me arrancaban carcajadas, y caricias que ya no quería olvidar.
Su imagen se plantó frente a mí como en una nube de reminiscencias recién cortadas.
Era mi mamá, era ella. Lo supe porque luego de un momento, me recordó aquel: "Te quiero con toda mi alma, hijito; lo mejor que tengo para darte es la libertad. No lo olvides nunca" con el que me despidió esa noche de horrores entre el mimbre. Entonces me envolvió un perfume salado de recuerdos devolviéndome la paz.
De a poco, la luz celeste se fue esfumando, desgajadamente. Entonces, recobrado de aromas e imágenes, me tiré en la cama de Rogelio y lloré.
Lloré por ella y por mí.
"Ana. Mamá. Mamana..."
Lloré por los años que nos habían robado.
"Botón, botella, soy hija de las estrellas."
Lloré por sus jóvenes ganas de cambiar el mundo.
"Camilito, camilón, mi hijo será gorrión."
Lloré por las horas de canciones que no escuché ni escucharé.
Lloré por las atrocidades que sufrió.
"Mamá. Mamanita..."
Lloré por las noches en que traté de justificar mi esencia de huérfano.
Lloré.
Amarga y pausadamente, hasta que los ojos dejaron de dolerme.

(Argentina, 1955)

(Capítulo XIV de la novela «Los sapos de la memoria»)