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sábado, 1 de agosto de 2026

MEDINA, Enrique: Una mujer herida


La mujer sube al colectivo. Al echar las monedas en la ranura de la expendedora de boletos, sonríe. Agarra el boletito. ¿Acabar de leer a González Tuñón tendrá algún significado? Pidiendo permiso y dando perdones, se corre hacia atrás. Se agarra del pasamanos con la izquierda y en la derecha sostiene el libro abierto y relee el fragmento:

“Y no se inmute, amigo, la vida es dura.
Con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura si quiere ver la vida color de rosa”.

Debido a los sacudones del vehículo, apoya el libro sobre el vientre para poder leer, por lo que debe agachar la cabeza; al revés de los demás pasajeros, que llevan la cabeza alta para mirar la calle: lee y por el rabo del ojo percibe algo extraño. Una mano abre la cartera de una anciana. Automáticamente cierra el libro y levanta la cabeza con un grito.
–¡Chofer, chofer! ¿Falta mucho para el Rivadavia?
La mano se contrae de inmediato. Ella sigue hablando muy fuerte y le guiña el ojo a la anciana, indicándole que cierre la cartera. La anciana pone los ojos como huevos.
–¡Avíseme, chofer! ¡Porque me bajo en la parada siguiente para hacer un trámite en la comisaría!
Y mira al punga frustrado, que se hace el gil igual que los otros dos que esperan, tácticamente, en la puerta de descenso, para rajar sin problemas o tirar los ganchos a los que bajan. Son pungas clásicos, con sus bolsas de mercado y sacos en el brazo para cubrir la operación.
–¡Chofer, chofer! ¡Abra la puerta que unos caballeros quieren bajar!
La mayor parte del público se da cuenta de lo que está pasando y de a uno se suman a los gritos de la mujer.
–¡Guarda con los bolsillos y las carteras!
–¡Hay ladrones! ¡Cierre las puertas y toque mucho la bocina así viene la cana!
Por cagazo o complicidad, el chofer abre las puertas y los pungas, inexpresivos cual dólmenes, descienden y caminan en distintas direcciones ante el abucheo de la gente. El colectivo sigue y todo el mundo dice lo suyo. Con la renovación del pasaje, unos bajan, otros suben, el incidente deja de interesar y la heroína deja de ser felicitada. Ella se corre más hacia atrás. Trata de aparentar calma, pero el temblor interior no se detiene. No tiene ganas de leer. Recién ahora toma conciencia del mal momento. Al paso de los minutos se va tranquilizando. Nota que un muchacho en el asiento del fondo le mira las piernas. Es casi un chico para ella. Lo mira. El rehúye la mirada, y ella hasta cree que se puso rojo de vergüenza. Le gusta. Se pone bien derecha para lucir el cuerpo, su gran capital. ¿Y por qué no? Yergue el busto. Haciendo como que mira la numeración de la calle, observa que es un lindo muchacho. Humilde y sencillo como un grillo, diría Nalé Roxlo. Se desocupa el asiento de al lado. Oh, Dios, me estás dejando caer en la tentación. Al ocupar ella el asiento, el muchacho se corre para dejar más espacio; gesto al que ella corresponde con un “gracias” tenue y entrador. ¿Me creerá una estúpida si abro el libro? ¿Lo miro? Se lo ve simpático. Tengo que cuidar las formas, soy mayor para él... tranquila, tonta, disimulá que te está mirando, ay Dios, ¿dónde estoy? ¡Me pasé...! Aprovecho y le pregunto... ¡Uy se levantó! Dios, ¿me bajo detrás? El muchacho toca el timbre y vuelve como buscando un olvido. Ella lo ve hermoso y hasta cree que él intenta la caricia. Efectivamente, la acaricia y le dice:
–Aprendé a cerrar la boca.
Y salta a la vereda tirando la hojita de afeitar en el agua sucia que corre como riíto por el cordón de la vereda. Ella siente el ardor del tajo y apenas tiene tiempo de colocar el pañuelo que ya está ensangrentado. Un señor se da cuenta de que algo ha ocurrido y le grita al chofer que frene, que hay una mujer herida. Ella llora, no porque le asuste la sangre, no, llora porque el hombre dijo la verdad: es una mujer herida.

(Argentina, 1937)




viernes, 31 de julio de 2026

FONTANARROSA, Roberto: Palabras iniciales


«Puto el que lee esto».
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. «Puto el que lee esto» y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...». Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. «Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos». Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. «Puto el que lee esto». Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
«Es un golpe bajo», dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor —les contesto—, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: «Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción», no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. «Me voy, me muero, cagué la fruta —podría ser el postrer anhelo—. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches». Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros —le advierten—, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
«Puto el que lee esto».
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: «Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia». Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: «Este es el libro. Este es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. «Puto el que lee esto». Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Solo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

(Rosario, 1944/2007)



jueves, 30 de julio de 2026

NIEMÖLLER, Martin: Primero vinieron...



Primero vinieron por los socialistas y guardé silencio porque no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas y no hablé porque no era sindicalista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque no era judío.

Luego vinieron por mí y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre.

(Alemania, 1892/1984)


Existen diferentes versiones de la cita, ya que se originó en los discursos públicos improvisados de Martin Niemöller.
Fuente: Enciclopedia del holocausto
https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/martin-niemoeller-first-they-came-for-the-socialists

lunes, 27 de julio de 2026

SUÁREZ, Patricia: La guerra de las Malvinas



En la televisión dan la noticia de que la Argentina entró en guerra contra Inglaterra. Los ingleses tomaron las Islas Malvinas, ellos las llaman Falklands. Nosotros en el colegio cantamos una canción acerca de que las islas son nuestras. La compuso un folklorista hace varios años, pero desde que empezaron los conflictos la cantamos todos los días cuando se iza la bandera.
Mi abuelo decía que la Argentina nunca le iba a declarar la guerra a Inglaterra, que eso era una estupidez. Mi abuelo murió hace dos semanas, el padre de mi padre. Tenía un riñón malo y le hacían diálisis desde un tiempo atrás. Cuando salió del hospital, se mareó y se pegó la cabeza contra el cemento. No quería que mi abuela lo acompañara; le gustaba ir solo. Dijeron que era un traumatismo de cráneo, pero nada serio: al segundo día se murió. La noche de su muerte yo estaba en un baile, un cumpleaños de quince. Volví a las tres; alguien me trajo. Mi madre dice que ella oyó la llave girar en la cerradura de nuestra casa a eso de las dos. Pero no era mi llave, era mi abuelo que venía a despedirse. Ella tiene esas cosas; cree que es médium y se comunica con los espíritus. Como sea, mi abuelo nunca tuvo llaves de nuestra casa; no veo por qué iba a recurrir justo a ese truco después de muerto. Esto a mi madre ni se lo menciono; monta en cólera si pongo en duda sus capacidades mediúmnicas.
Mi abuelo era un pobre infeliz que se reventó trabajando en el Correo y en el Telégrafo de noche para darles una buena vida a mi abuela y a mi padre. Hacía doble turno, no estaba nunca en casa. Cuando estaba nunca se le oía la voz: siempre medio enfermo, padeciendo de algo, el hígado o el riñón. Esto es lo que cuenta mi abuela hasta el final, cuando en el sepelio va a llorarlo su suegra, mi bisabuela y comenta que el viejo sátrapa era un donjuán. Que se bajaba a todas las cretinas telefonistas y en el hospital a las enfermeras. Mi abuela la echa del entierro: parece que era vox populi que mi abuelo tenía amores con una Renga hasta la actualidad. La Renga no fue ni al velorio ni al entierro; o estaba destrozada por la pérdida de su gran amor o mi abuelo le importaba tres pepinos.
En mi familia todos parecen derechos, pero son todos torcidos. Es como un gen.
Igual mi abuelo era un hombre bueno, aunque nunca nos hizo regalos, ni nos dejaba tener mascotas como cachorritos o tortugas. Apenas si soportó que mi abuela tuviera un cardenal y cuando el cardenal se murió porque picoteaba la cal de la pared de cal, él suspiró con alivio. Cuando íbamos a visitarlo, se encerraba en la pieza. Después nos mandaba al cine Luz y Fuerza con la abuela, para ver una de Asterix. Si cuando volvías del cine le preguntabas a él quiénes eran los galos o por qué los romanos invadieron la Galia, él te ponía una enciclopedia en la cara y se encerraba con el pestillo puesto en el altillito. Si hubiera habido un incendio, él no hubiera bajado ni en millones de años.
No se reía jamás; nadie nunca lo vio reír: parece que hubiera desconocido que en el rostro hay un par de músculos que estiran la boca y enseñan los dientes. La boca se abre para otras cosas aparte de para comer. Si él se hubiera reído alguna vez sin duda hubiera sido una mueca semejante a la de un bulldog o alguno de esos perros que tienen los dientes medio para afuera. Entre sus buenas acciones estaba la de ser filatelista. Tenía varios álbumes de estampillas que mi padre codiciaba imaginando que valían fortunas. Construyó sus álbumes robando las estampillas del Correo; arrancaba las más preciadas estampillas de los sobres que debían repartir los carteros; después, sin que nadie supiera cómo o dónde, hacía desaparecer la correspondencia. Tengo entendido que esto es un delito federal; pero mi abuelo se cagaba en la ley y se quedaba con las estampillas. Después las pegoteaba en el álbum y guay con que metieras la mano ahí, porque te la cortaba. Mi abuelo era un buen hombre, pero era un tipo siniestro.
De mi abuelo sabíamos a través de mi abuela. Era como si él hablara en chino mandarín o algo por el estilo y la única que conocía ese idioma fuera mi abuela. O como un tipo tan excelso, una especie de dios, y la única acólita capaz de traducir sus designios fuera la vieja. Sabíamos que él no quería a su propia madre —la que vino a llorarlo al entierro y reveló que era un casanova— porque ella le pegaba en la cabeza. Por eso una enseñanza que mi abuela transmitía directamente del pensamiento de mi abuelo era: Nunca hay que pegarle a un niño en la cabeza porque puede quedar tarado. El resto de la infancia y la juventud de mi abuelo era un misterio. Al parecer había conseguido el puesto en el Correo gracias a la generosidad de Eva Perón, a quien él detestaba y cada vez que mandaban los consabidos presentes para las fiestas navideñas, mi abuelo iba y los tiraba a la basura, o los quemaba o como fuera se deshacía de ellos. Mi padre lloraba como un bendito pero mi abuelo lo hacía callar. No sé si le encajaba dos soplamocos o bien no le dirigía la palabra en un mes. Eso de estar en silencio al viejo no le costaba nada. Mi padre era un insoportable y más de una vez hubiera necesitado una buena paliza; uno se daba cuenta aun siendo hijo de él y no teniendo más de diez años. Pero mi abuela lo adoraba porque era su único hijo y porque mi abuelo no había querido tener otro hijo más para que no anduvieran en la miseria y viviendo de prestado. Así que tuvieron un hijo solo, mi padre, que era un verdadero dolor de cabeza. Mi abuela se conformó o si no se conformó, no se quejó muy fuerte. Lo mismo con el asunto de la amante de mi abuelo, la Renga esa: al principio hizo mucho lío pero después el asunto se silenció. Mi abuela se enteró de casualidad del adulterio porque alguien —una parienta— vio que él estuvo entrando en una pensión durante dos años. Dos años, día más día menos, y en esa pensión vivía la Renga. O sea que la Renga y mi abuelo tenían un asunto. La parienta se lo cuenta a mi abuela y mi abuela arma la de Dios es Cristo. Quiere ir a pegarle a la Renga al correo, porque resulta que era compañera de trabajo de mi abuelo. Afiliada al Partido Justicialista, encima, a pesar de que mi abuelo decía que todos los que estaban en el partido eran unos asquerosos y unos lameculos impresionantes. Ahí va mi abuela, lista para el boxeo con la Renga, cuando mi abuelo la ataja. La detiene: a él podrían echarlo del trabajo si ella le pega a la Renga. Si él se queda sin trabajo, ellos se quedan sin pan. Mi abuela piensa seriamente en cómo se ganarán el pan, si a mi abuelo lo echan. Medita en esto un par de minutos; una cosa es ser brava y otra es ser muy estúpida; se contiene. Mi abuelo agrega que la Renga es bruja; le hizo una brujería y lo enamoró. La cosa se arregla si van mi abuela y él a visitar a una curandera para que deshaga el embrujo. Lo hacen y asunto arreglado, la Renga desaparece del mapa amoroso de mi abuelo o eso es lo que se cree hasta el día de su muerte. Mi abuela y mi padre no vuelven a mencionar los amores de mi abuelo.
Yo con mi abuelo me aburría. En la plaza él no podía hamacarme: tenía dañados los pulmones o el corazón y el médico le había prohibido hacer fuerzas. Tampoco me hablaba y si la que hablaba era yo, me compraba un helado de tres bochas para que yo me entretuviera chupando. Vivía como un insecto volador; aquí y allá pasaba y nadie lo percibía. Era taciturno pero sin dar la impresión de que estaba sumido en profundos pensamientos: jamás leía un libro, no iba a misa, no practicaba ningún culto ni se dedicaba a nada que pudiera sacar de él una gota de jugo cerebral; más bien parecía que mi abuelo no tenía nada que decir, porque decir algo le demandaría unas energías tales que lo llevarían a la muerte de inmediato.
Nosotros veíamos su vida pasar, arrastrarse y hacíamos como que no veíamos.
Él prefería esto a ser protagonista.
No sabemos cómo lo pasaba la Renga con él.
Cuando empiezan los conflictos entre la Argentina e Inglaterra, la gente no se lo cree. Yo no entiendo mucho lo que pasa; acá están los militares que no se van y allá está Margaret Tatcher, a quien le hacen huelga los mineros y a ella no se le mueve un pelo. Allá está Lady Di, una maestra jardinera que se casó con el Príncipe Carlos. Es un cuento de hadas realizado, dice mi madre, es La Cenicienta. El Príncipe Carlos es más feo que el cuco pero eso no cuenta a los ojos de mi madre.
Yo con la noticia de la guerra no reacciono; hace dos semanas que murió mi abuelo y no pude soltar ni una lágrima. En la escuela creen que estoy mal, porque consideran que debo estar triste por su muerte y ese dolor no sale a la superficie. Piensan que tengo escondido a mi dolor; la psicopedagoga habla de crisis de angustia; cita a mis padres en el gabinete pero ninguno concurre a la cita: hay guerra. No sé cómo decirle a la psicopedagoga que no siento nada; ningún dolor: no hace falta que cite a mis padres a su gabinete y hacerse la sabihonda delante de ellos. Comprendo que no puedo revelarle que la muerte de mi abuelo me es indiferente; no puedo decírselo a nadie. Tengo un secreto propio, una culpa nueva y un fruto adonde hincar el diente. Igual los profesores desvían el foco de atención de mi persona porque estamos en guerra y el Estado está alistando jóvenes para la guerra. Hay uno o dos soldados que son hermanos de chicos de la escuela. Los hermanos más grandes. Yo no tengo hermanos varones y las mujeres en la Argentina no van a la guerra; yo compro lana y me pongo a tejer medias para enviarle a los soldados en el sur. Las medias dan mucho trabajo cuando llega al talón; esto me hace perder el tiempo. Mi abuela me explica el arte del tejido; tiene un montón de revistas Burda apiladas que te enseñan a hacer jacquards y esas cosas. Pero yo no puedo en la parte en que hay que pasar de dos agujas, a cuatro agujas: ahí me complico y me pongo muy nerviosa. También se me escapan los puntos; no soy aplicada tejiendo medias para los soldados y al final abandono el tejido en un sillón y me pongo a leer un libro. Antes leía Nancy Drew pero desde que estamos en guerra con todo lo anglófilo intento leer cosas argentinas, Shunko. Las semanas transcurren y no envío a nadie un solo puto par de medias. Un día voy a dormir a la casa de mi abuela, y se me aparece el viejo. Creo que es él, porque hay una forma, una sombra taciturna. Por donde él pasa queda una estela luminosa, baba de caracol. Es muy tarde en la noche y mi abuela duerme en la habitación contigua. Me paso a dormir en la cama con ella; después no voy más por esa casa. Que envíen a otra persona a acompañarla por la noche. Mi padre trae a la abuela a casa; mi madre se sulfura, se pone como loca. Me culpa por no querer ir más, hasta que le digo que es porque vi al alma de mi abuelo flotando por la casa. Ella, ¡la sibila de Cumas!, me chilla que no hable idioteces y que cumpla con mi deber de vez en cuando. A ese viejo putañero una vez que pisó el infierno, le cerraron la trampera y los diablos ya no lo dejarán asomar la nariz. Mucho menos pasearse por sus antiguas posesiones, que ahora serán de tu padre si tu bendita abuela se decide a morirse de una buena vez. Palabras de la pitonisa de Delfos. Mientras tanto, los ingleses hunden el Belgrano, el acorazado. Los norteamericanos no se ponen de nuestro lado, sino de los ingleses. El Papa dice que ir a la guerra está mal, es pecado. Lady Di hace mutis sobre el asunto cada vez que la entrevistan. Mi abuela desteje lo que hice y se queja de que esa lana rulienta ahora no sirve para nada. Después perdemos la guerra; Inglaterra se queda con las islas; hay muchas bajas de nuestro lado. Cuántos dedos gangrenados por el frío habrán sido cortados, cuántos pies congelados, mutilados. Mi abuela no hace que yo me sienta mejor; quiero llorar por un soldado, pero no lloro. Quiero llorar por el abuelo, pero no lloro. Pienso si será que no siento nada o que en algún momento en estos doce años me sequé y me quedé sin lágrimas.

(Rosario, Argentina, 1969)



viernes, 24 de julio de 2026

DICK, Philip Kindred: Algunas peculiaridades de los ojos



Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté bajo control.
Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando me topé con la referencia que me puso en la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.
Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:

…sus ojos se pasearon lentamente por la habitación.

Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión de que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.

…sus ojos se movieron de una persona a otra.

Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie. ¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:

…a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.

Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:

…sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.

¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.
—¿Qué pasa, querido? —preguntó mi mujer.
No podía decírselo. Revelaciones como esta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.
—Nada —respondí, con voz estrangulada.
Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.
Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:

…su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.

No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual; en cualquier caso, el significado era diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos… y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.
Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:

…nos dividimos ante el cine. Una parte entró y la otra se dirigió al restaurante para cenar.

Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad de que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:

…temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.

Al cual seguía:

…y Bob dice que no tiene entrañas.

Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Este, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:

…carente por completo de cerebro.

El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal, se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:

…con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.

No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.

…a continuación le dio la mano.

Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.

…tomó su brazo.

Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Con el rostro enrojecido, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:

…sus ojos lo siguieron por la carretera y a través del prado.

Salí del garaje de prisa y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopolio en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.
Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en este asunto.
No tengo estómago para esas cosas.

(EE UU, 1928/1982)



lunes, 20 de julio de 2026

GALEANO, Eduardo: Puntos de vista/1




Desde el punto de vista del búho, del murciélago, del bohemio y del ladrón, el crepúsculo es la hora del desayuno.
La lluvia es una maldición para el turista y una buena noticia para el campesino.
Desde el punto de vista del nativo, el pintoresco es el turista.
Desde el punto de vista de los indios de las islas del mar Caribe, Cristóbal Colón, con su sombrero de plumas y su capa de terciopelo rojo, era un papagayo de dimensiones jamás vistas.

(Uruguay, 1940/2015)



domingo, 7 de junio de 2026

SOLÁ, Juan: Mierda



Cuando vi toda la mierda me acordé de la vez que me cagué encima en la escuela porque dos pibas de séptimo me habían dicho que si me veían en el baño me iban a cagar a piñas.
Volví a casa muerta de vergüenza, no quería que supieras nada, pero disimular semejante tragedia es imposible.
Te cagaste encima, hija de puta, me dijiste, y el escudo que me hice con las manos abiertas no alcanzó para detener tus puños. Me pegaste tan fuerte que lamenté de corazón no haberme arriesgado a esa suciedad azul que era el baño de la escuela.
Ningunos puños me dolieron jamás tanto como los tuyos. Ningún otro enojo pudo hacerme tanto daño después de vos.
Cuando vi la mierda me acordé de la vez que me cagué encima, pero me dijiste perdoname, hija, y ahí nomás volví al cuarto ese donde te teníamos. A la habitación donde habían muerto todos tus parientes.
Perdoname, hija, por favor, me dijiste.
Yo te miré y te sonreí con todo el amor que pude.
Quedate tranquilo, te pedí.
Qué vergüenza, qué vergüenza, repetías, y si no lloraste fue porque tu padre te había convencido de que los hombres que lloran son maricones.
Mis manos, que nunca habían cambiado un pañal, temblaron tanto que no pude hacer otra cosa que largar el espasmo en carcajada.
¡Pero mirá si justo yo te voy a decir algo, papi! ¿Te acordás esa vez que me cagué en la escuela?

(Argentina, 1989)



jueves, 4 de junio de 2026

SORIANO, Osvaldo: El penal más largo del mundo

 


El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamó la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaba en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padini entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
—Constante los tira a la derecha.
—Siempre —dijo el presidente del club.
—Pero él sabe que yo sé.
—Entonces estamos jodidos.
—Sí, pero yo sé que él sabe —dijo el Gato.
—Entonces tirate a la izquierda y listo —dijo uno de los que estaban en la mesa.
—No. Él sabe que yo sé que él sabe —dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
—El Gato está cada vez más raro —dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
—¿Lo vas a atajar? —le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
—No sé. ¿Qué me cambia eso? —preguntó.
—Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
—Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer —dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
—Pobre tipo —dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
—¿Y yo cómo sé? —dijo él.
—¿Cómo sabés qué?
—Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
—En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién –dijo ella.
—¿Y si no lo atajo? —preguntó él.
—Entonces quiere decir que no me querés —respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señalaba la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces –contó después– que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
—Bien, pibe —me dijo—. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.

(Mar del Plata, Argentina, 1943/1997)



miércoles, 6 de mayo de 2026

KAMIYA, Alejandra: Desayuno perfecto


No vas a esperar a que se cuele la luz por la ventana. Vas a mirar a Takashi dormir a tu lado. Vas a pensar que es bueno que descanse porque lo espera un largo día de trabajo. Vas a levantarte del futón sin hacer ruido, y levísima vas a andar por el tatami hasta la cocina, donde te vas a vestir para no rasgar el sueño de papel de Hiro y de Takashi.
Un desayuno perfecto requiere pescado fresco y el pescado más fresco está en los alrededores del mercado de Tsukiji. Es temporada de caballa.
Vas a ir en tren a Tsukiji por una caballa perfecta.
Una vez allí todas te van a parecer bellas. Ese reflejo azul, las líneas de tigre en negro mojado, siempre mojado, como un recuerdo que nunca se seca, un recuerdo del océano.
Vas a cerrar los ojos y vas a elegir. No te vas a dejar llevar solo por lo que veas. Vas a hacer el viaje de regreso a casa con la caballa perfecta en una bolsa, deseando que no se produzca ninguna demora. Sería una pérdida de frescura. Una grieta en la lisura de tu plan.
Una vez en casa, vas a cortar la caballa a la mitad y la vas a salar, para que retenga en ella su espíritu del mar. Vas a poner el arroz en remojo, después de haberte lavado las manos con ese jabón de coco que te regaló Mariko. Qué afortunada. ¿Cuántas japonesas se lavan por la mañana la cara y las manos con un jabón de cocos?
Vas a imaginar una playa como las de los avisos de agencias de viaje y vas a acercar tu imaginación a la punta de las palmeras: vas a ver los cocos, con los que hicieron el jabón para que tus manos sean suaves esta mañana. Vas a desear que algo de esa playa y esa blancura del coco pase al arroz a través de tus manos cuando lo laves y lo dejes en reposo.
El reposo es importante. En todo.
Para hacer el miso shiru vas a perfumar el agua con pequeñas anchoas secas. Vas a imaginar la danza del dulzor del coco con el sabor salado de las anchoas. Como si ese mar que acaricia los pies de las palmeras volviera a hacerlo en Tokio, en tu casa.
No vas a poner muchas anchoas en el agua porque si no esa danza de sabores se transformaría en una lucha.
Vas a abrir el natto, y el paquete de nori, ese que compraste después de ahorrar. Nori de una negrura perfecta, como una muerte. Sin los atisbos de verde de las algas comunes.
Hay algo de soberbia en este gesto y te vas a avergonzar, pero la idea de un desayuno perfecto va a volver a convencerte de que hiciste bien, de que un solo elemento de otra calidad echaría a perder el trabajo puesto en todos los demás.
Por eso también vas a usar el té del primer brote, ese del sur del Japón. Vas a retirar el agua del fuego antes de hervir, vas a humedecer apenas las hojas y luego de echar el agua las vas a dejar reposar. Se van a desperezar y van a dejar salir su sabor, su perfume, su esencia verde en tu cocina gris. Vas a ir a la habitación de tu hijo. Vas a quedarte arrodillada junto al futón mirando su respiración. Podrías pasar todo el tiempo del mundo así. Qué egoísta. Podrías dejar que el desayuno se pudriera en la cocina, y el resto del mundo sin sentido se hiciera pedazos allí afuera, y seguir arrodillada junto al futón de Hiro. Como si fuera tuyo y no del mundo que lo espera y del que es un engranaje más.
Vas a poner una mano en su pequeño hombro flaco. El niño va a decir «Hi» y le vas a responder con un tono de voz ni alto ni bajo que es la hora de levantarse.
Él se va a restregar los ojos y va a decir «Sí, mamá» y luego se va a volver a tapar para remolonear un minuto más.
Luego vas a volver a la cocina y vas a escuchar cómo Hiro y tu marido se preparan para sus días llenos de obligaciones, como árboles llenos de frutos o de flores.
Vas a mezclar la mostaza con el natto: una danza de espadas. Un tintineo filoso en tu nariz.
Vas a colocar todo sobre la mesa con el mismo cuidado de cada mañana pero buscando algo más.
Ningún ángulo debe desafinar, ningún color puede chocar o apagarse, deben fluir hasta Hiro y su papá.
Los perfumes deben seducir como lo que se oculta. El orden debe ser amable como la voz de las chicas de los ascensores de los grandes almacenes.
Vas a colocar una pequeña flor junto al recipiente del natto. Casi un gesto de vanidad que no vas a poder evitar. Una señal tal vez.
Tu marido y Hiro van a arrodillarse alrededor del desayuno. Vas a disfrutar mirándolos comer. Hiro, un poco desgarbado como acurrucado aún en el sueño, se va a restregar la cara con el dorso de la mano que sostiene los ohashi.
Vas a romper un huevo y lo vas a colocar en su bol. Un sol se va a esparcir por un pequeño mundo de arroz.
Vas a ver a Hiro terminar de despertarse al masticar, y vas a percibir que se da cuenta de que este es un desayuno perfecto. Tu marido va a comer hasta el último grano de arroz, lo último del natto, la última fibra de la caballa y va a asentir mientras lo hace.
«Oishi», va a decir Hiro, y vas a estar satisfecha y vas a agradecer, inclinando apenas la cabeza y sonriendo más con los ojos que con los labios que no se despegan. «Oishi» va a repetir el niño, y vas a sentir un pez globo en el pecho. Tu marido va a volver a asentir.
La mesa va a quedar vacía. Solo los bols, tazas, pequeños platos, vacíos como esqueletos. Y la flor, abierta como una boca que grita. Muda de sentido en su belleza.
Hiro va a decir que tiene clase de inglés y se va a levantar corriendo.
Tu marido va a esperar un poco, como si reposara, como el arroz, como el té. Luego se va a poner de pie apoyándose en los puños.
Vas a recoger las cosas de la mesa. Las vas a dejar cubiertas de espuma en la pileta. Te vas a enjuagar las manos para despedirlos. Vas a usar tu jabón de coco una vez más.
Hiro va a llevar su mochila y su gorra de béisbol.
Le vas a decir que se la debe quitar antes de entrar al colegio.
Él va a asentir y te va a decir que su amigo lo espera en la otra calle.
Le vas a decir que no lo haga esperar.
Tu marido, ya en la puerta, antes de calzarse, te va a decir que ha sido un desayuno perfecto. Vas a agradecer.
Una vez sola en la casa, vas a limpiar en detalle, como siempre, pero de otra manera. Todo puede siempre mejorarse. Qué falta de humildad sería no intentarlo.
Al terminar, te vas a sentar junto al horno y vas a abrir la puerta, hacia abajo como los puentes levadizos.
Vas a girar la llave y vas a apoyar la cabeza en la puerta como si fuera una almohada en la que vas a descansar.
La nota de disculpas ya estará hecha y la habrás dejado sobre la mesa.
Vas a pensar en las playas llenas de sol y palmeras muy altas. En las puntas vas a ver cocos y vas a adivinar su interior blanco y su perfume.
Vas a mirar el mar, vas a sentir ese olor extraño que viene y va.

(Argentina, 1966)




martes, 5 de mayo de 2026

LAMBERTI, Luciano: Jers

 


—Puedo hacer muchas cosas.
—¿Por ejemplo?
—Puedo aguantar la respiración bajo el agua por un minuto entero.
—¿Un minuto? Qué bueno. Yo no sé si llego a tanto.
—Entrené mucho. Todos los días, en la bañera. Igual el récord mundial de aguantar la respiración es mucho más alto.
—¿En serio? ¿De cuánto?
—Veinticuatro minutos.
—Uau. ¿Cómo sabés eso?
—Lo guglié. Aleix Segura, un señor español que en el 2016 estuvo casi media hora sin respirar y entró en el libro de Guinnes. Su familia lo esperaba en las gradas y su madre se desmayó de la impresión y fue socorrida por un equipo médico, aunque Aleix Segura emergió del agua con una sonrisa —el chico pronunció esas palabras casi sin detenerse, como si las hubiera aprendido de memoria.
—¿Te sabés todo eso?
El chico levantó los hombros, concentrado en sus bloques de plástico amarillo.
—Puedo dominar mis sueños, también.
—¿Cómo es eso?
—Estoy en un sueño y digo: ahora voy a dominarlo. Y puedo hacer lo que quiera. Volar. Irme a la playa. Subirme a un dinosaurio. Lo que se me antoje.
—Debe ser maravilloso.
—Sí —dijo el chico, no muy convencido.
La niñera, sentada en uno de los amplios sillones del comedor, frente a la televisión apagada, se fijó una vez más en los mensajes de WhatsApp. Nada. Dejó el celular sobre la mesa ratona. Eran casi las diez de la noche. La casa estaba en silencio. Los padres del chico (dos treintañeros sonrientes, amables, profesionales, con una biblioteca bastante grande montada en una de las paredes del living) se habían ido una hora antes a una cena con amigos. La madre parecía ansiosa: le recordó que a las once, a más tardar, por más que llore y patalee, el chico tenía que estar en la cama. Es bastante especial, va a manipularte, no lo dejes, le advirtió. Le dijo que había pizza en la heladera, que podía calentarla en el microondas. Le anotó la clave del wifi. Después le preguntó si tenía su teléfono y le repitió varias veces que la llamara por cualquier cosa.
—Cualquier cosa. Y a las once en la cama.
—No te hagas problema.
Ahora habían terminado de comer y estaban haciendo tiempo antes de irse a dormir.
—Contame qué más te gusta —preguntó la niñera, de aburrida nomás.
La niñera estaba cursando el tercer año de psicología y tenía un atraso de una semana.
—No sé. Puedo multiplicar sin calculadora.
—¿En serio?
—Mmj. Probame si querés.
—A ver… Doscientos cuarenta y siete por siete. Es un poco difícil, no tenés que…
—Mil setecientos veintinueve.
La niñera tuvo que fijarse en el celular.
—¡Sí! Es impresionante. ¿Cómo aprendiste eso?
—No sé.
La niñera se quedó mirándolo, todavía con el celular en la mano. Era «bastante especial», este chico. Recién bañado, con el pelo todavía húmedo, un pijama con motivos de Monster University, sentado en la alfombra entre los dos sillones, encastrando sus bloques. Cada tanto se levantaba, buscaba algo del mueble de los juguetes, volvía a sentarse.
—¿Cuántos años me dijiste que tenías?
—Cinco. En mayo cumplo seis.
—Uau —dijo la niñera.
—Mmm —el chico estaba harto de los elogios, evidentemente—. Ya sé leer, escribir, sumar, restar y multiplicar. Dividir más o menos.
—Dividir es difícil —dijo la niñera.
—Igual ya me va a salir. Estuve muy ocupado.
—¿En qué estuviste ocupado?
—No sé. Todas las mañanas al jardín. Después, almuerzo. Después leo, juego con mamá y a la tarde voy a tenis.
—A tenis.
—Me interesa el tenis.
—Pero qué bien.
El chico abrió una caja de juguetes, revolvió hasta dar con unas figuras humanas, volvió a la mesa.
—También estuve escribiendo un libro.
—¿Escribiste un libro?
—Sí.
—¿Qué clase de libro?
—No sé. Cuento las cosas que me pasan. Las cosas de las que voy a olvidarme cuando crezca. Mamá lloró cuando lo leyó.
—Claro, se emocionó mucho.
El chico levantó la vista hacia ella, nada más que un segundo, y volvió a su trabajo.
—También sé hacer la vertical. Escupir entre los dientes. Decir malas palabras en inglés.
—¿Cómo cuál?
El chico interrumpió un segundo su trabajo para acercarse a ella. La niñera pudo oler el perfume del shampú.
—Fucking shit —susurró.
—Upa —dijo la niñera.
Sentía la tentación de mirar el celular pero no cedió.
—¿Querés que juguemos a algo?
—Nah, yo estoy bien —dijo el chico.
Y al rato:
—Miralo si querés, no pasa nada.
—¿Que mire qué?
—Tu teléfono. No voy a contarles.
La niñera dudó. Maldito perpicaz. Después desbloqueó la pantalla y fue hasta los mensajes de WhatsApp. Dos líneas de color azul. Lo había leído, entonces. Lo había leído y no le respondía. Volvió a cerrarlo. El chico seguía encastrando sus bloques. ¿Qué hora era a todo esto? Las diez y veinticinco, casi. En media hora estaría dormido, le contaría un cuento o algo así y a la cama. Entonces podría pensar en lo que le estaba pasando. Tomar alguna decisión.
—Listo —dijo el chico, retrocediendo unos pasos para admirar su obra.
Su obra era una especie de casita, con techo a dos aguas tipo chalet, y el chico la estaba evaluando a consciencia. Parecía conforme. En el interior de la casa había luz: una lamparita colgaba desde el techo.
—¿Puedo? —preguntó la niñera.
Se agachó para espiar el interior: una reproducción fidedigna del comedor en el que estaban. Los detalles eran impresionantes: el cuadro colgado en la pared, el televisor apagado, las cortinas, un playmobil (ella) sentado en el sillón, sosteniendo un cubo que semejaba bastante a un celular en miniatura; otro junto a la mesa ratona armando a su vez una casita más pequeña.
Había una tercera figura, de cartón rayado con una bic negra, una sombra alargada detrás del sillón.
—¿Somos nosotros?
El chico hizo que sí con la cabeza.
—¿Y ese quién es? —preguntó la niñera.
—Ah, sí —dijo el chico, con la cara cruzada por una sombra.
—¿Qué pasa?
El chico negó con la cabeza.
—No tengo que hablar de eso.
—¿De qué?
—De ese que aparece ahí —dijo el chico, en voz baja.
—¿Porqué?
—Él no quiere que cuente.
—¿Quién?
El chico chistó para que baje la voz y se acercó a ella.
—Jers. No me hagas decirlo en voz alta.
—¿Quién es Jers, mi amor?
—No tengo que contarte —dijo el chico.
Ahí está, pensó la niñera. Será muy inteligente pero tiene miedo a los monstruos. Como cualquiera de su edad. Los monstruos son símbolos para los chicos, le habían explicado en la facu. La forma que tienen de entender sus problemas reales. Sintió una oleada de ternura hacia él.
De pronto se le ocurrió una idea peor. No era un monstruo. Era un adulto real. Alguien que abusaba del chico, probablemente. Un maestro, el profesor de educación física, el de tenis. Alguien que le había hecho prometer silencio.
—A veces hablar hace bien —dijo, entonces—. Ayuda a desahogarse.
El chico negó con la cabeza.
—¿Jers es alguien que conocés? —le preguntó.
—Está siempre conmigo —dijo el chico, sin moverse—. Está detrás tuyo, ahora.
Parecía asustado de verdad. La niñera se dio vuelta para mirar, casi por instinto. Vio una pared, una cortina.
—Vos no podés verlo —dijo el chico, casi llorando—. Los grandes no lo pueden ver.
La niñera sintió el silencio espeso de la casa. Como si todo estuviera a la espera de algo.
El chico movía los labios sin ruido.
—No hagas eso —dijo la niñera, fastidiada.
—¿Quién es Tommy? —preguntó el chico.
La niñera sintió que se vaciaba por dentro.
—¿Cómo sabés ese nombre?
El chico no dijo nada.
—Bueno, cortala —dijo la niñera—. Vamos a dormir. Si querés te acompaño al cuarto.
Pensó que lo acostaría y llamaría a Tommy y le contaría todo. Ese pendejo idiota tendría que ponerse los pantalones.
—Perdón —dijo el chico.
—¿Por qué? —preguntó la niñera.
Entonces Jers le tapó la boca con una gran mano negra y la arrastró hacia el pasillo, donde no tardaron en desaparecer, mientras ella gemía y pataleaba inútilmente.
Se los oyó unos segundos más y después el silencio se instaló nuevamente en la casa.
El chico se quedó temblando, en medio del comedor. Jers vendría por él, ahora, como le había prometido.
—Esto no está pasando —repitió el chico como le había enseñado papá—. Es nada más que una pesadilla.
El diálogo con la niñera, la pizza que habían comido, la salida de sus padres, su inteligencia superior. Todo era una larga pesadilla. En realidad estaba durmiendo en su cama, tenía cinco años, no sabía leer ni escribir, en unas horas lo despertarían para ir al jardín.
Cerró los ojos y se dijo: cuando los abra voy a estar despierto. Va a haber sol en la ventana y papá y mamá van a estar tomando café en la cocina, vestidos para salir a trabajar. No va a existir ningún Jers, ninguna niñera.
Con los ojos todavía cerrados oyó que algo se aproximaba. Algo que trataba de no hacer ruido. Si abría los ojos, si lo miraba, enloquecería.
—Voy a despertarme. A la cuenta de tres —dijo el chico.
Contó: uno, dos y

(Argentina, 1978)