LEER PORQUE SÍ
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lunes, 24 de agosto de 2026
martes, 4 de agosto de 2026
BIGONGIARI, Diego: Está muriéndose el mundo
lo siento, Luca y Bruno
pero el mundo donde ustedes vivirán
está muriendo.
y yo no sé cómo se vive
en un mundo muerto.
no sé cómo enseñarles a vivir en un planeta asesinado.
sólo quisiera que me perdonen
por haberlos traído a una vida que puede no gustarles.
hoy los fanáticos dinamitaron un antiguo templo romano
y las olas del mar arrojaron a la playa a un niño muerto,
más pequeño que ustedes,
refugiado.
no hay poesía ni perdón en eso.
cuando vi caer las Torres Gemelas me dije:
no voy a tener hijos en este mundo
y los tuve.
sólo ustedes pueden perdonarme,
si es que tenerlos fue un error.
(Argentina, 1956)
lunes, 3 de agosto de 2026
ANDRUETTO, María Teresa: El guante de encaje
Cierta vez, un paisano de La Aguada viajaba con su hijo en carro por el camino viejo que une al poblado que llaman Capilla de Garzón con Pampayasta. Cuando iban pasando por el campo de los Zárate, en el cruce mismo con el camino nuevo, una mujer muy joven vestida de fiesta, los detuvo.
Aunque era muy entrada la noche, la habían visto de lejos porque la luz de la luna era intensa y el color del vestido, blanco brillante.
—Mi novio se ha enojado conmigo y me ha dejado sola en el medio del campo —dijo cuando el carro se detuvo—. ¿Podrá usted llevarme hasta la entrada de Pampayasta? Yo vivo ahí.
—Cómo no, señorita —contestó el paisano, y él y su hijo le hicieron un lugar en el carro.
Viajaron en silencio un buen rato, hasta que empezaron a hablar de cosas sin importancia, más por ser amables que por verdadera necesidad de decir algo. En esas conversaciones ella confesó que le gustaba demasiado el baile y que se llamaba Encarnación.
Era una noche de crudo invierno y la joven estaba desabrigada. Cuando el paisano la vio temblar, dijo:
—Convide, hijo, a Encarnación con un bollo de anís y un trago de ese vino de canela que llevamos, que es bueno para los enfriamientos.
Y el muchacho le ofreció pan y vino. Ella pegó un bocado grande al bollo y tomó desesperada unos tragos. Algo de vino cayó sobre el vestido y dejó allí, en el pecho, una mancha rosada como un pétalo.
—¡Qué Lástima! —habló ella—. ¡Era tan blanco!
Pero siguió comiendo el bollo de anís con muchas ganas, tanto que cualquiera hubiera dicho que iban a pasar años antes de que volvieran a ofrecerle algo.
Cuando llegaron a la entrada de Pampayasta, muy cerca de donde está el boliche de Severo Andrada, les dijo que habían llegado. El paisano detuvo el carro y ella bajó y fue corriendo a meterse en la casa de la esquina, frente al cruce. Padre e hijo siguieron viaje. Habían hecho unas cuantas leguas cuando el hijo vio brillar algo en el piso del carro. Se agachó y descubrió un guante blanco de encaje fosforescente. Entonces se lo mostró a su padre y decidieron volver a la casa donde habían dejado a Encarnación, para devolvérselo.
Hicieron de regreso las leguas que habían andado, hasta la zona del boliche de Severo Andrada, y se detuvieron en la esquina, frente al cruce. Bajaron los dos, pero fue el padre quien golpeó las manos.
—¡Avemaríapurísima! —llamó como lo hacen los paisanos. Le contestaron los perros. Y después, la voz de un hombre recién arrancado del sueño:
—¿Qué se le ofrece?
—¿Aquí vive una señorita llamada Encarnación? —preguntó el paisano.
El dueño abrió la puerta. Estaba pálido. Y se quedó mirando a los dos forasteros sin decir palabra.
—Venimos a devolverle un guante. Se lo ha olvidado hace un momento en nuestro carro.
El hombre siguió mirándolos en silencio.
—No lo tome a mal —insistió el paisano—. Tuvo un problema y nos pidió que la acercáramos.
El hombre seguía en silencio.
El hijo estuvo con la mano extendida, acalambrada de tanto ofrecer el guante al dueño de casa, hasta que éste habló:
—Es mi hija, pero está muerta… ayer se cumplieron veinte años…
—Dijo que venía de bailar… —recordó el paisano.
—Hace veinte años… —contó el padre—, para el día de Santa Rosa, murió bailando en las fiestas patronales. Del corazón, ¿sabe?
Los dos hombres que habían llegado en el carro, así como estaban, pegaron media vuelta murmurando una disculpa. Pero el padre de la joven reclamó:
—El guante… por favor. Es para llevárselo a la tumba. Todos los años, para la fiesta de Santa Rosa, se olvida algo en alguna parte y hay que ir a ponérselo.
El muchacho entregó el guante de encaje. Después alcanzó en silencio a su padre que ya estaba sentado en el carro azuzando a los caballos.
(Argentina, 1954)
sábado, 1 de agosto de 2026
MEDINA, Enrique: Una mujer herida
La mujer sube al colectivo. Al echar las monedas en la ranura de la expendedora de boletos, sonríe. Agarra el boletito. ¿Acabar de leer a González Tuñón tendrá algún significado? Pidiendo permiso y dando perdones, se corre hacia atrás. Se agarra del pasamanos con la izquierda y en la derecha sostiene el libro abierto y relee el fragmento:
“Y no se inmute, amigo, la vida es dura.
Con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura si quiere ver la vida color de rosa”.
Debido a los sacudones del vehículo, apoya el libro sobre el vientre para poder leer, por lo que debe agachar la cabeza; al revés de los demás pasajeros, que llevan la cabeza alta para mirar la calle: lee y por el rabo del ojo percibe algo extraño. Una mano abre la cartera de una anciana. Automáticamente cierra el libro y levanta la cabeza con un grito.
–¡Chofer, chofer! ¿Falta mucho para el Rivadavia?
La mano se contrae de inmediato. Ella sigue hablando muy fuerte y le guiña el ojo a la anciana, indicándole que cierre la cartera. La anciana pone los ojos como huevos.
–¡Avíseme, chofer! ¡Porque me bajo en la parada siguiente para hacer un trámite en la comisaría!
Y mira al punga frustrado, que se hace el gil igual que los otros dos que esperan, tácticamente, en la puerta de descenso, para rajar sin problemas o tirar los ganchos a los que bajan. Son pungas clásicos, con sus bolsas de mercado y sacos en el brazo para cubrir la operación.
–¡Chofer, chofer! ¡Abra la puerta que unos caballeros quieren bajar!
La mayor parte del público se da cuenta de lo que está pasando y de a uno se suman a los gritos de la mujer.
–¡Guarda con los bolsillos y las carteras!
–¡Hay ladrones! ¡Cierre las puertas y toque mucho la bocina así viene la cana!
Por cagazo o complicidad, el chofer abre las puertas y los pungas, inexpresivos cual dólmenes, descienden y caminan en distintas direcciones ante el abucheo de la gente. El colectivo sigue y todo el mundo dice lo suyo. Con la renovación del pasaje, unos bajan, otros suben, el incidente deja de interesar y la heroína deja de ser felicitada. Ella se corre más hacia atrás. Trata de aparentar calma, pero el temblor interior no se detiene. No tiene ganas de leer. Recién ahora toma conciencia del mal momento. Al paso de los minutos se va tranquilizando. Nota que un muchacho en el asiento del fondo le mira las piernas. Es casi un chico para ella. Lo mira. El rehúye la mirada, y ella hasta cree que se puso rojo de vergüenza. Le gusta. Se pone bien derecha para lucir el cuerpo, su gran capital. ¿Y por qué no? Yergue el busto. Haciendo como que mira la numeración de la calle, observa que es un lindo muchacho. Humilde y sencillo como un grillo, diría Nalé Roxlo. Se desocupa el asiento de al lado. Oh, Dios, me estás dejando caer en la tentación. Al ocupar ella el asiento, el muchacho se corre para dejar más espacio; gesto al que ella corresponde con un “gracias” tenue y entrador. ¿Me creerá una estúpida si abro el libro? ¿Lo miro? Se lo ve simpático. Tengo que cuidar las formas, soy mayor para él... tranquila, tonta, disimulá que te está mirando, ay Dios, ¿dónde estoy? ¡Me pasé...! Aprovecho y le pregunto... ¡Uy se levantó! Dios, ¿me bajo detrás? El muchacho toca el timbre y vuelve como buscando un olvido. Ella lo ve hermoso y hasta cree que él intenta la caricia. Efectivamente, la acaricia y le dice:
–Aprendé a cerrar la boca.
Y salta a la vereda tirando la hojita de afeitar en el agua sucia que corre como riíto por el cordón de la vereda. Ella siente el ardor del tajo y apenas tiene tiempo de colocar el pañuelo que ya está ensangrentado. Un señor se da cuenta de que algo ha ocurrido y le grita al chofer que frene, que hay una mujer herida. Ella llora, no porque le asuste la sangre, no, llora porque el hombre dijo la verdad: es una mujer herida.
(Argentina, 1937)
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