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jueves, 4 de junio de 2026

SORIANO, Osvaldo: El penal más largo del mundo

 


El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamó la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaba en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padini entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
—Constante los tira a la derecha.
—Siempre —dijo el presidente del club.
—Pero él sabe que yo sé.
—Entonces estamos jodidos.
—Sí, pero yo sé que él sabe —dijo el Gato.
—Entonces tirate a la izquierda y listo —dijo uno de los que estaban en la mesa.
—No. Él sabe que yo sé que él sabe —dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
—El Gato está cada vez más raro —dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
—¿Lo vas a atajar? —le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
—No sé. ¿Qué me cambia eso? —preguntó.
—Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
—Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer —dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
—Pobre tipo —dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
—¿Y yo cómo sé? —dijo él.
—¿Cómo sabés qué?
—Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
—En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién –dijo ella.
—¿Y si no lo atajo? —preguntó él.
—Entonces quiere decir que no me querés —respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señalaba la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces –contó después– que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
—Bien, pibe —me dijo—. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.

(Mar del Plata, Argentina, 1943/1997)



miércoles, 6 de mayo de 2026

KAMIYA, Alejandra: Desayuno perfecto


No vas a esperar a que se cuele la luz por la ventana. Vas a mirar a Takashi dormir a tu lado. Vas a pensar que es bueno que descanse porque lo espera un largo día de trabajo. Vas a levantarte del futón sin hacer ruido, y levísima vas a andar por el tatami hasta la cocina, donde te vas a vestir para no rasgar el sueño de papel de Hiro y de Takashi.
Un desayuno perfecto requiere pescado fresco y el pescado más fresco está en los alrededores del mercado de Tsukiji. Es temporada de caballa.
Vas a ir en tren a Tsukiji por una caballa perfecta.
Una vez allí todas te van a parecer bellas. Ese reflejo azul, las líneas de tigre en negro mojado, siempre mojado, como un recuerdo que nunca se seca, un recuerdo del océano.
Vas a cerrar los ojos y vas a elegir. No te vas a dejar llevar solo por lo que veas. Vas a hacer el viaje de regreso a casa con la caballa perfecta en una bolsa, deseando que no se produzca ninguna demora. Sería una pérdida de frescura. Una grieta en la lisura de tu plan.
Una vez en casa, vas a cortar la caballa a la mitad y la vas a salar, para que retenga en ella su espíritu del mar. Vas a poner el arroz en remojo, después de haberte lavado las manos con ese jabón de coco que te regaló Mariko. Qué afortunada. ¿Cuántas japonesas se lavan por la mañana la cara y las manos con un jabón de cocos?
Vas a imaginar una playa como las de los avisos de agencias de viaje y vas a acercar tu imaginación a la punta de las palmeras: vas a ver los cocos, con los que hicieron el jabón para que tus manos sean suaves esta mañana. Vas a desear que algo de esa playa y esa blancura del coco pase al arroz a través de tus manos cuando lo laves y lo dejes en reposo.
El reposo es importante. En todo.
Para hacer el miso shiru vas a perfumar el agua con pequeñas anchoas secas. Vas a imaginar la danza del dulzor del coco con el sabor salado de las anchoas. Como si ese mar que acaricia los pies de las palmeras volviera a hacerlo en Tokio, en tu casa.
No vas a poner muchas anchoas en el agua porque si no esa danza de sabores se transformaría en una lucha.
Vas a abrir el natto, y el paquete de nori, ese que compraste después de ahorrar. Nori de una negrura perfecta, como una muerte. Sin los atisbos de verde de las algas comunes.
Hay algo de soberbia en este gesto y te vas a avergonzar, pero la idea de un desayuno perfecto va a volver a convencerte de que hiciste bien, de que un solo elemento de otra calidad echaría a perder el trabajo puesto en todos los demás.
Por eso también vas a usar el té del primer brote, ese del sur del Japón. Vas a retirar el agua del fuego antes de hervir, vas a humedecer apenas las hojas y luego de echar el agua las vas a dejar reposar. Se van a desperezar y van a dejar salir su sabor, su perfume, su esencia verde en tu cocina gris. Vas a ir a la habitación de tu hijo. Vas a quedarte arrodillada junto al futón mirando su respiración. Podrías pasar todo el tiempo del mundo así. Qué egoísta. Podrías dejar que el desayuno se pudriera en la cocina, y el resto del mundo sin sentido se hiciera pedazos allí afuera, y seguir arrodillada junto al futón de Hiro. Como si fuera tuyo y no del mundo que lo espera y del que es un engranaje más.
Vas a poner una mano en su pequeño hombro flaco. El niño va a decir «Hi» y le vas a responder con un tono de voz ni alto ni bajo que es la hora de levantarse.
Él se va a restregar los ojos y va a decir «Sí, mamá» y luego se va a volver a tapar para remolonear un minuto más.
Luego vas a volver a la cocina y vas a escuchar cómo Hiro y tu marido se preparan para sus días llenos de obligaciones, como árboles llenos de frutos o de flores.
Vas a mezclar la mostaza con el natto: una danza de espadas. Un tintineo filoso en tu nariz.
Vas a colocar todo sobre la mesa con el mismo cuidado de cada mañana pero buscando algo más.
Ningún ángulo debe desafinar, ningún color puede chocar o apagarse, deben fluir hasta Hiro y su papá.
Los perfumes deben seducir como lo que se oculta. El orden debe ser amable como la voz de las chicas de los ascensores de los grandes almacenes.
Vas a colocar una pequeña flor junto al recipiente del natto. Casi un gesto de vanidad que no vas a poder evitar. Una señal tal vez.
Tu marido y Hiro van a arrodillarse alrededor del desayuno. Vas a disfrutar mirándolos comer. Hiro, un poco desgarbado como acurrucado aún en el sueño, se va a restregar la cara con el dorso de la mano que sostiene los ohashi.
Vas a romper un huevo y lo vas a colocar en su bol. Un sol se va a esparcir por un pequeño mundo de arroz.
Vas a ver a Hiro terminar de despertarse al masticar, y vas a percibir que se da cuenta de que este es un desayuno perfecto. Tu marido va a comer hasta el último grano de arroz, lo último del natto, la última fibra de la caballa y va a asentir mientras lo hace.
«Oishi», va a decir Hiro, y vas a estar satisfecha y vas a agradecer, inclinando apenas la cabeza y sonriendo más con los ojos que con los labios que no se despegan. «Oishi» va a repetir el niño, y vas a sentir un pez globo en el pecho. Tu marido va a volver a asentir.
La mesa va a quedar vacía. Solo los bols, tazas, pequeños platos, vacíos como esqueletos. Y la flor, abierta como una boca que grita. Muda de sentido en su belleza.
Hiro va a decir que tiene clase de inglés y se va a levantar corriendo.
Tu marido va a esperar un poco, como si reposara, como el arroz, como el té. Luego se va a poner de pie apoyándose en los puños.
Vas a recoger las cosas de la mesa. Las vas a dejar cubiertas de espuma en la pileta. Te vas a enjuagar las manos para despedirlos. Vas a usar tu jabón de coco una vez más.
Hiro va a llevar su mochila y su gorra de béisbol.
Le vas a decir que se la debe quitar antes de entrar al colegio.
Él va a asentir y te va a decir que su amigo lo espera en la otra calle.
Le vas a decir que no lo haga esperar.
Tu marido, ya en la puerta, antes de calzarse, te va a decir que ha sido un desayuno perfecto. Vas a agradecer.
Una vez sola en la casa, vas a limpiar en detalle, como siempre, pero de otra manera. Todo puede siempre mejorarse. Qué falta de humildad sería no intentarlo.
Al terminar, te vas a sentar junto al horno y vas a abrir la puerta, hacia abajo como los puentes levadizos.
Vas a girar la llave y vas a apoyar la cabeza en la puerta como si fuera una almohada en la que vas a descansar.
La nota de disculpas ya estará hecha y la habrás dejado sobre la mesa.
Vas a pensar en las playas llenas de sol y palmeras muy altas. En las puntas vas a ver cocos y vas a adivinar su interior blanco y su perfume.
Vas a mirar el mar, vas a sentir ese olor extraño que viene y va.

(Argentina, 1966)




martes, 5 de mayo de 2026

LAMBERTI, Luciano: Jers

 


—Puedo hacer muchas cosas.
—¿Por ejemplo?
—Puedo aguantar la respiración bajo el agua por un minuto entero.
—¿Un minuto? Qué bueno. Yo no sé si llego a tanto.
—Entrené mucho. Todos los días, en la bañera. Igual el récord mundial de aguantar la respiración es mucho más alto.
—¿En serio? ¿De cuánto?
—Veinticuatro minutos.
—Uau. ¿Cómo sabés eso?
—Lo guglié. Aleix Segura, un señor español que en el 2016 estuvo casi media hora sin respirar y entró en el libro de Guinnes. Su familia lo esperaba en las gradas y su madre se desmayó de la impresión y fue socorrida por un equipo médico, aunque Aleix Segura emergió del agua con una sonrisa —el chico pronunció esas palabras casi sin detenerse, como si las hubiera aprendido de memoria.
—¿Te sabés todo eso?
El chico levantó los hombros, concentrado en sus bloques de plástico amarillo.
—Puedo dominar mis sueños, también.
—¿Cómo es eso?
—Estoy en un sueño y digo: ahora voy a dominarlo. Y puedo hacer lo que quiera. Volar. Irme a la playa. Subirme a un dinosaurio. Lo que se me antoje.
—Debe ser maravilloso.
—Sí —dijo el chico, no muy convencido.
La niñera, sentada en uno de los amplios sillones del comedor, frente a la televisión apagada, se fijó una vez más en los mensajes de WhatsApp. Nada. Dejó el celular sobre la mesa ratona. Eran casi las diez de la noche. La casa estaba en silencio. Los padres del chico (dos treintañeros sonrientes, amables, profesionales, con una biblioteca bastante grande montada en una de las paredes del living) se habían ido una hora antes a una cena con amigos. La madre parecía ansiosa: le recordó que a las once, a más tardar, por más que llore y patalee, el chico tenía que estar en la cama. Es bastante especial, va a manipularte, no lo dejes, le advirtió. Le dijo que había pizza en la heladera, que podía calentarla en el microondas. Le anotó la clave del wifi. Después le preguntó si tenía su teléfono y le repitió varias veces que la llamara por cualquier cosa.
—Cualquier cosa. Y a las once en la cama.
—No te hagas problema.
Ahora habían terminado de comer y estaban haciendo tiempo antes de irse a dormir.
—Contame qué más te gusta —preguntó la niñera, de aburrida nomás.
La niñera estaba cursando el tercer año de psicología y tenía un atraso de una semana.
—No sé. Puedo multiplicar sin calculadora.
—¿En serio?
—Mmj. Probame si querés.
—A ver… Doscientos cuarenta y siete por siete. Es un poco difícil, no tenés que…
—Mil setecientos veintinueve.
La niñera tuvo que fijarse en el celular.
—¡Sí! Es impresionante. ¿Cómo aprendiste eso?
—No sé.
La niñera se quedó mirándolo, todavía con el celular en la mano. Era «bastante especial», este chico. Recién bañado, con el pelo todavía húmedo, un pijama con motivos de Monster University, sentado en la alfombra entre los dos sillones, encastrando sus bloques. Cada tanto se levantaba, buscaba algo del mueble de los juguetes, volvía a sentarse.
—¿Cuántos años me dijiste que tenías?
—Cinco. En mayo cumplo seis.
—Uau —dijo la niñera.
—Mmm —el chico estaba harto de los elogios, evidentemente—. Ya sé leer, escribir, sumar, restar y multiplicar. Dividir más o menos.
—Dividir es difícil —dijo la niñera.
—Igual ya me va a salir. Estuve muy ocupado.
—¿En qué estuviste ocupado?
—No sé. Todas las mañanas al jardín. Después, almuerzo. Después leo, juego con mamá y a la tarde voy a tenis.
—A tenis.
—Me interesa el tenis.
—Pero qué bien.
El chico abrió una caja de juguetes, revolvió hasta dar con unas figuras humanas, volvió a la mesa.
—También estuve escribiendo un libro.
—¿Escribiste un libro?
—Sí.
—¿Qué clase de libro?
—No sé. Cuento las cosas que me pasan. Las cosas de las que voy a olvidarme cuando crezca. Mamá lloró cuando lo leyó.
—Claro, se emocionó mucho.
El chico levantó la vista hacia ella, nada más que un segundo, y volvió a su trabajo.
—También sé hacer la vertical. Escupir entre los dientes. Decir malas palabras en inglés.
—¿Cómo cuál?
El chico interrumpió un segundo su trabajo para acercarse a ella. La niñera pudo oler el perfume del shampú.
—Fucking shit —susurró.
—Upa —dijo la niñera.
Sentía la tentación de mirar el celular pero no cedió.
—¿Querés que juguemos a algo?
—Nah, yo estoy bien —dijo el chico.
Y al rato:
—Miralo si querés, no pasa nada.
—¿Que mire qué?
—Tu teléfono. No voy a contarles.
La niñera dudó. Maldito perpicaz. Después desbloqueó la pantalla y fue hasta los mensajes de WhatsApp. Dos líneas de color azul. Lo había leído, entonces. Lo había leído y no le respondía. Volvió a cerrarlo. El chico seguía encastrando sus bloques. ¿Qué hora era a todo esto? Las diez y veinticinco, casi. En media hora estaría dormido, le contaría un cuento o algo así y a la cama. Entonces podría pensar en lo que le estaba pasando. Tomar alguna decisión.
—Listo —dijo el chico, retrocediendo unos pasos para admirar su obra.
Su obra era una especie de casita, con techo a dos aguas tipo chalet, y el chico la estaba evaluando a consciencia. Parecía conforme. En el interior de la casa había luz: una lamparita colgaba desde el techo.
—¿Puedo? —preguntó la niñera.
Se agachó para espiar el interior: una reproducción fidedigna del comedor en el que estaban. Los detalles eran impresionantes: el cuadro colgado en la pared, el televisor apagado, las cortinas, un playmobil (ella) sentado en el sillón, sosteniendo un cubo que semejaba bastante a un celular en miniatura; otro junto a la mesa ratona armando a su vez una casita más pequeña.
Había una tercera figura, de cartón rayado con una bic negra, una sombra alargada detrás del sillón.
—¿Somos nosotros?
El chico hizo que sí con la cabeza.
—¿Y ese quién es? —preguntó la niñera.
—Ah, sí —dijo el chico, con la cara cruzada por una sombra.
—¿Qué pasa?
El chico negó con la cabeza.
—No tengo que hablar de eso.
—¿De qué?
—De ese que aparece ahí —dijo el chico, en voz baja.
—¿Porqué?
—Él no quiere que cuente.
—¿Quién?
El chico chistó para que baje la voz y se acercó a ella.
—Jers. No me hagas decirlo en voz alta.
—¿Quién es Jers, mi amor?
—No tengo que contarte —dijo el chico.
Ahí está, pensó la niñera. Será muy inteligente pero tiene miedo a los monstruos. Como cualquiera de su edad. Los monstruos son símbolos para los chicos, le habían explicado en la facu. La forma que tienen de entender sus problemas reales. Sintió una oleada de ternura hacia él.
De pronto se le ocurrió una idea peor. No era un monstruo. Era un adulto real. Alguien que abusaba del chico, probablemente. Un maestro, el profesor de educación física, el de tenis. Alguien que le había hecho prometer silencio.
—A veces hablar hace bien —dijo, entonces—. Ayuda a desahogarse.
El chico negó con la cabeza.
—¿Jers es alguien que conocés? —le preguntó.
—Está siempre conmigo —dijo el chico, sin moverse—. Está detrás tuyo, ahora.
Parecía asustado de verdad. La niñera se dio vuelta para mirar, casi por instinto. Vio una pared, una cortina.
—Vos no podés verlo —dijo el chico, casi llorando—. Los grandes no lo pueden ver.
La niñera sintió el silencio espeso de la casa. Como si todo estuviera a la espera de algo.
El chico movía los labios sin ruido.
—No hagas eso —dijo la niñera, fastidiada.
—¿Quién es Tommy? —preguntó el chico.
La niñera sintió que se vaciaba por dentro.
—¿Cómo sabés ese nombre?
El chico no dijo nada.
—Bueno, cortala —dijo la niñera—. Vamos a dormir. Si querés te acompaño al cuarto.
Pensó que lo acostaría y llamaría a Tommy y le contaría todo. Ese pendejo idiota tendría que ponerse los pantalones.
—Perdón —dijo el chico.
—¿Por qué? —preguntó la niñera.
Entonces Jers le tapó la boca con una gran mano negra y la arrastró hacia el pasillo, donde no tardaron en desaparecer, mientras ella gemía y pataleaba inútilmente.
Se los oyó unos segundos más y después el silencio se instaló nuevamente en la casa.
El chico se quedó temblando, en medio del comedor. Jers vendría por él, ahora, como le había prometido.
—Esto no está pasando —repitió el chico como le había enseñado papá—. Es nada más que una pesadilla.
El diálogo con la niñera, la pizza que habían comido, la salida de sus padres, su inteligencia superior. Todo era una larga pesadilla. En realidad estaba durmiendo en su cama, tenía cinco años, no sabía leer ni escribir, en unas horas lo despertarían para ir al jardín.
Cerró los ojos y se dijo: cuando los abra voy a estar despierto. Va a haber sol en la ventana y papá y mamá van a estar tomando café en la cocina, vestidos para salir a trabajar. No va a existir ningún Jers, ninguna niñera.
Con los ojos todavía cerrados oyó que algo se aproximaba. Algo que trataba de no hacer ruido. Si abría los ojos, si lo miraba, enloquecería.
—Voy a despertarme. A la cuenta de tres —dijo el chico.
Contó: uno, dos y

(Argentina, 1978)





miércoles, 29 de abril de 2026

COSTANTINI, Humberto: Un bombo que suena lejos


Este año no salimos. Me lo dijo el César. Y hacía morisquetas para no llorar. ¡Si será pavo!
Pero Los Divertidos salen. Te lo digo yo César. Te lo digo yo que soy el director. El sábado estoy mejor y salimos.
¿Qué? ¿No creés? ¿No ves que sos un pavo? ¿no ves Coco que Este es un pavo?
Pero el Coco se miraba los pies y no decía nada. Andaba como perdido, sin saber qué hacer en la pieza. Che Coco, ¿qué te pasa? ¡Che Coco!
El frío. ¿Por qué tiene que venir esto? El frío es como una mano que me agarra. Como un diablo que me dice: Estaré ahí, Barraza, no te muevas. ¡No quiero! ¡Sáquenmelo de encima al diablo! ¡Si yo estoy bien!, ¿no viste cómo bailaba Coco?
Tengo frío. En la ventana el cielo se está poniendo rojo. ¿Qué hora es? Hay que prepararse Coco. Avisale a todos.
El bombo. ¿Trajiste el bombo Coco?
Y el Coco se callaba la boca. Miraba el suelo.
¿Por qué Coco? ¿Por qué te callás la boca y andás como escondiéndote? ¿Vos Coco? ¿El mejor tocador de bombo? ¡Que no se diga!
Porque vos sos el mejor de todos. Sin vueltas. Cuando te dejamos solo hacés lo que querés con el bombo. La gente te aplaude. Se vuelve loca. Por la espalda, por abajo la pata. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco! ¡Más ligero! ¡Dale Coco!
Pero yo soy el director. Yo siempre fui el director. ¿No es cierto Coco? Este año, y el año pasado, y el otro, y el otro. Siempre.
La murga de Barraza, le dicen a Los Divertidos. Eso vos lo sabés.
Yo seré un negro atorrante. Está bien. Por ahí salgo con el carrito y vendo fruta. Por ahí changueo en lo que venga. Por ahí no hago nada. Te acompaño cuando vas a trabajar al Parque o me quedo jodiendo en el boxing-club. Una semana, un mes, lo que sea.
Pero en Carnaval soy el director. Soy Ovidio Barraza. La gente me llama, me conoce, me dice: ¡chau Barraza! Y me miran como embobados.
No soy un negro atorrante. Soy el director.
¡Coco! ¡No te quedés callado como un pavo! ¡tanto que me hacías reír en el Parque y ahora te quedás allí, quieto, como si tuvieras miedo o no sé qué!
¿Te acordás Coco? ¡Tres pelotas un peso! ¡Tírele al negro! Vos también sos un negro atorrante, sos mi primo. Sos un negro atorrante como yo. ¡Mucho Coco! Sacabas la cabeza por la lona y te reías. La cargabas a la gente. ¡Tres pelotas un peso! ¿Te acordás Coco?
Pero no le pegaban. El Coco sabía esquivar. Había aprendido en el boxing-club. Era bueno antes.
El Coco es el mejor tocador de bombo. El mejor de todos. Los Divertidos lo necesitan y él se viene. Pero no es lo mismo que yo.
Si yo le digo por ejemplo: este año no salimos. Él me dice: está bien. Y el César y mi hermano Julio, y todos se amargarían un poco pero al final dirían: está bien.
Pero yo no digo: ¡está bien! ¿Entendés César? Yo no digo: no salimos. Porque yo soy Ovidio Barraza. Soy el director.
¡Atención muchachos!
—Vos César, allí con el estandarte. Vos Coco, allí al costado. Vos Julio en el medio conmigo. ¡Ahora!

Y póngale y póngale y póngale nomás
y póngale y póngale y póngale nomás.

Y la gente nos hacía rueda en la esquina. Se apretaban para mirar. Venían de todos lados.
El Coco le pegaba al bombo y a los platillos. El César movía el estandarte. Bum... chs chs chs, bumm... chs chs chs.
Y los otros bailaban. Yo les había enseñado. Movían el cuerpo, los brazos, saltaban. Bumm... chs chs chs, bumm chs chs chs.
Y Julio me seguía, bailaba delante de mí. Pero yo en el medio. Saltando más que los otros, más alto, más ligero. Porque soy el director. Y nadie baila como Barraza, ¿no es cierto Coco?
Abría la boca, me levantaba en el aire, me doblaba, más alto, mucho más alto que los otros. Bumm... chs chs chs, bumm... chs chs chs.
Después levantaba el brazo y el Coco paraba el bombo. Todos se quedaban quietos. Me escuchaban.

Un pajarito entró
por el patio de un convento
qué contentas estaban las monjas
con el pajarito adentro.
Y póngale y póngale y póngale nomás,
y póngale y póngale y póngale nomás.

En la calle. Bajo el farol de la esquina. Viendo cómo los pantalones blancos y las levitas coloradas se sacudían en el aire. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!
Tengo frío. En la ventana el cielo está rojo. Y el cielo tiene ruidos. Los pibes, un carro que pasa. ¿Por qué empiezan ya? ¿Por qué no esperan a Los Divertidos?
¡Carmen!
Los muchachos no están. Estoy solo. La pieza. Ese cajón con los remedios. Coco está trabajando en el Parque. El César no entiende nada.
¡Carmen!
Mi hermana está en la cocina. Oigo el ruido de la pileta.
¡Carmen!
Algo más para taparme, che, tengo frío.
El frío debe venir de ese cielo rojo. Se mete debajo de las cobijas. Hace mover la cama.
Pero el sábado estoy mejor y salimos. Te lo digo yo, César. Vos no entendés nada. Te lo digo yo que soy el director.
¡Atención muchachos!
Y cantábamos otra y otra. Todo el repertorio. Todas las letras que hice yo.
La gente se entusiasmaba y aplaudía y daba la plata sin fijarse. Porque Los Divertidos es la murga de Barraza. La mejor de todas.
¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!
Y nos íbamos yendo en fila por la calle. Bailando. Julio delante de mí dando vueltas. El César moviendo el estandarte. Y los demás saltando, agachándose, bailando fuerte, mostrando resto ¡qué joder! Por algo somos Los Divertidos.

Y póngale y póngale y póngale nomás,
y póngale y póngale y póngale nomás.

Y de ahí a otro lado. Y de ahí al corso. Y a otro corso. Y al baile. Y otra vez en la calle. Cinco, seis, siete veces, ¡qué sé yo! Sin parar una noche. Sin aflojar. Porque Los Divertidos no aflojan.
¡Dale Coco!
El sábado, el domingo, chupando, cantando, bailando en forma. El lunes, el martes, meta y meta nomás. Entusiasmando a la gente. ¡Chau Barraza! ¡Chau pibe! Porque yo soy el director.
Al corso del Talar entramos por Argerich. La gente nos esperaba. Nos conoce bien. Es el corso nuestro. ¡Barraza!, me gritaban, pero yo no podía mirar. Tenía que atender a la murga. ¡No se separen muchachos! Y fuimos llegando al palco uno por uno.
¿Qué? ¿Ya estuvieron Los Revoltosos? ¿Los de Urquiza? Pero el premio es nuestro. Estate tranquilo. ¡Dale Coco!
Y el Coco nos hacía bailar más fuerte, más ligero. Porque el corso del Talar es el nuestro. Se jugaba entero el Coco.
Se quedó solo en el medio y todos nos quedamos quietos viéndolo tocar. ¡Dale Coco! ¡Mucho Coco!, le gritaban.
Por la espalda, por abajo la pata, por atrás del pescuezo. Hace lo que quiere con el bombo el Coco.
Estoy cansado Julio, no sé lo que tengo.
Las piernas me pesaban. Las luces me daban vueltas.
Salimos del corso y fuimos a tomar una copa. Tomé dos cañas. Después nos convidaron de las mesas y tomamos vino. La gente se había amontonado en el café y nos pedía que cantáramos.
Pero a mí me dolía todo. Me pesaba el cuerpo.
Dale Coco. Y el Coco empezó a golpear el bombo despacito, para que fuéramos haciendo la rueda.
Estaba cansado. Ya era la cuarta noche. Pensé que casi no había comido. Chupado sí, pero comido casi nada. Ha de ser eso nomás.
Pero después entre la caña y el vino se me empezó a ir el cansancio.
¡Dale Coco! Ahora.

Un pajarito entró
por el patio de un convento

Las caras de la gente se me borraban. El bombo tocaba lejos, lejos.

Qué contentas estaban las monjas

La voz me parecía de otro. Julio me preguntó: ¿qué te pasa?

Con el pajarito adentro...

¡Solo Barraza!, me decían. Y yo bailé. No lo sentía al cuerpo. Me agachaba, saltaba en el aire. Más alto, más arriba que todos. Para eso soy el director. La gente aplaudía. Alguien dijo: es bueno el negro.
¡Y claro que somos buenos! Somos Los Divertidos. Los mejores.
El premio es nuestro. Estate tranquilo Julio. No tienen nada que hacer Los Revoltosos.

Y póngale y póngale y póngale nomás,
y póngale y póngale y póngale nomás.

Toda la noche. Hasta la madrugada.
Fue recién al volver. No sé qué me pasó. Estaba muy cansado. Tenía frío. En eso sentí como un ahogo y me agarré a Julio. Me metieron en el camión y me llevaron.
Las luces eran espejitos de colores que pasaban volando allá arriba.
¿Adónde van las luces Julio?
La levita colorada agarrándome la frente. Y un zumbido largo, largo, contra el brazo de Julio. Un algodón que me tapaba los ruidos.
¿Dónde quedaron los muchachos? Mañana a las cinco en casa, ¿oíste?
Eso me llenaba la boca, que me ahogaba.
El camión metiéndose en calles conocidas. La música de un baile. Las gomas chillando al pegar las vueltas. Los árboles de la plaza de Devoto.
Julio, ¿qué te dijeron en el hospital? Yo no entiendo eso.
Hoy lo oí al de la asistencia. ¿Qué quiere decir?
¡Está loco el tipo! El sábado estoy mejor y salimos. Se lo digo yo doctor. Usted no entiende nada, ¿me oye?
La ventana está roja. Como si tuviera fiebre.
Y sin embargo me manda el frío mezclado con las voces de la calle. Y entre las voces... sí sí, ¡un bombo! ¿Quién toca el bombo ahora? ¡Coco! ¡Coco!
Pero el Coco no es. Está trabajando en el Parque. Y yo estoy aquí. El frío me agarra, no me deja mover. ¡El bombo! ¿De dónde viene el bombo?
¡Coco! ¡Vos saliste solo! Estás tocando en la esquina y la gente te aplaude. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!
No no no. Coco se miraba los pies y no sabía qué hacer aquí. Y el César hacía morisquetas para no llorar.
Julio, ¿qué quiere decir galopante? Yo no entiendo nada Julio. Yo no me voy a morir. Porque yo soy el director. ¿No es cierto Julio?
Tengo frío. Las cosas me miran y tampoco entienden nada. Me dejan solo.
¡Julio! ¡Julio!
No quiero estar solo. Por la ventana llega el cielo y me trae el frío. El bombo suena lejos. ¿En qué barrio? Pero viene por el aire y se mete en la pieza.
Hacelo callar Carmen. ¡Andá vos Coco! Sacale el bombo de la mano. Mostrale lo que sabés hacer. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco! ¡Más ligero!

Un pajarito entró
por el patio de un convento
qué contentas estaban las monjas
con el pajarito adentro.

No soy un negro atorrante. Soy Ovidio Barraza. Soy el director.
La ventana está roja. Toda la pieza está roja.
¿Por qué no decís nada Coco? ¿De veras pensás que estoy listo? ¿Es cierto Coco? ¿Es cierto que me voy a morir?
¡Vamos a buscarlo al bombo! ¡Vamos a toparnos! Yo soy el director y me paro adelante. ¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!
Por la ventana roja. El frío que viene del cielo.
Acercate Coco. Dame la mano. Te acordás cuando sacabas la cabeza por la lona. Pero no te pegaban. Sabías esquivar.
Lloro sí. Lloro porque el Carnaval se me escapa. Es un bombo que suena lejos, en otro barrio. Y yo no puedo correrlo.
¡Dale Coco! ¡Correlo vos Coco!
Los Divertidos no salen. Los Divertidos están mirando esa ventana roja por donde se mete el frío.
Y el frío viene mezclado con los golpes de un bombo. Pero no es el tuyo Coco. Es otro bombo.
¡Chau Barraza! Y yo levantaba la mano para saludar.
Decíselo vos Coco. Decile a la gente. El negro Barraza muere en su ley. Muere el director de Los Divertidos. No un negro atorrante.
Decíselo vos Coco.
¡Dale Coco! ¡No parés Coco! ¿No ves que la ventana se pone negra? ¿No ves que se está tapando el cielo?
¡Dale Coco! ¡Más fuerte Coco!

(Argentina, 1924/1987)



domingo, 26 de abril de 2026

BORGES, Jorge Luis: El poema de los dones



Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que solo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

(Argentina, 1899/1986)



martes, 21 de abril de 2026

ENRÍQUEZ, Mariana: La Virgen de la tosquera

 


Silvia vivía sola en su propio departamento alquilado, con una planta de marihuana de metro y medio en el patio y una habitación enorme con el colchón en el piso. Tenía su propia oficina en el Ministerio de Educación, un sueldo, se teñía el pelo largo de negro azabache y usaba camisolas hindúes de mangas anchas a la altura de las muñecas, con hilos plateados que brillaban bajo el sol. Era de Olavarría y tenía un primo que había desaparecido misteriosamente mientras recorría el interior de México. Era nuestra amiga «grande», la que nos cuidaba cuando salíamos y la que nos prestaba la casa para que pudiéramos fumar porro y encontrarnos con chicos. Pero la queríamos arruinada, indefensa, destruida. Porque Silvia siempre sabía más: si alguna de nosotras descubría a Frida Kahlo, ah, ella ya había visitado la casa de Frida con su primo en México, antes de que él desapareciera. Si probábamos una droga nueva, ella ya había tenido una sobredosis con la misma sustancia. Si descubríamos a una banda que nos gustaba, ella ya había dejado de ser fan del mismo grupo. Odiábamos que tuviera el pelo lacio y pesado, negrísimo, teñido con una tintura que no podíamos encontrar en ninguna peluquería normal. ¿Qué marca sería? Ella a lo mejor nos lo hubiera dicho, pero jamás se lo preguntamos. Odiábamos que siempre tuviera plata, para otra cerveza, para otros veinticinco gramos, para otra pizza. ¿Cómo podía ser? Ella decía que además del sueldo disponía de la cuenta de su padre, rico, que no la veía ni la había reconocido, pero le depositaba plata en el banco. Era mentira, seguro. Tan mentira como que su hermana fuera modelo: la habíamos visto cuando la chica visitó a Silvia y no valía ni tres puteadas, una morocha petisa de culo grande y rulos rebeldes marcados con gel más grasa imposible, recontra ordinaria, no podía ni soñar con subirse a una pasarela.
Pero sobre todo queríamos verla derrotada porque Diego gustaba de ella. A Diego lo habíamos conocido nosotras en Bariloche, en nuestro viaje de egresadas. Era flaco, tenía las cejas gruesas y siempre usaba una remera diferente de los Rolling Stones (una con la lengua, otra con la tapa de Tatuado, otra con Jagger agarrando un micrófono con cable terminado en cabeza de serpiente). Diego nos tocó canciones en la guitarra acústica después de la cabalgata cuando se hacía de noche cerca del cerro Catedral, y después en el hotel nos enseñó la medida justa de vodka y naranja para hacer un buen destornillador. Nos trató bien pero solamente quiso besarnos y no quiso acostarse con nosotras, a lo mejor porque era más grande (había repetido, tenía dieciocho), o porque no le gustábamos. Después, cuando volvimos a Buenos Aires, lo llamamos para invitarlo a una fiesta. Nos prestó atención un rato hasta que Silvia le dio charla. Y desde entonces nos siguió tratando bien, eso sí, pero Silvia lo acaparaba y lo deslumbraba (o lo abrumaba: las opiniones estaban divididas) con sus historias de México y peyote y calaveras de azúcar. Ella también era grande, hacía dos años que había terminado la secundaria . Diego no había viajado mucho, pero quería irse de mochilero al norte ese mismo verano; Silvia ya había hecho ese recorrido (¡claro!) y le daba consejos, le decía que la llamara para recomendarle hoteles baratos y casas de familias que daban alojamiento, y él se creía todo, a pesar de que Silvia no tenía ni una sola foto, ni una, para probar que ese viaje —o cualquiera de los otros, era muy viajada— había sido real.
Ella fue la que apareció con la idea de las tosqueras ese verano, y tuvimos que concederle: fue una muy buena idea. Silvia odiaba las piletas públicas y las de club, hasta las de las quintas o casas de fin de semana: decía que el agua no era fresca, que la sentía estancada. Como el río más cercano estaba contaminado, ella no tenía dónde nadar. A nosotras nos parecía «quién se cree qué es Silvia, como si hubiera nacido en una playa del sur de Francia». Pero Diego escuchó la explicación de por qué quería agua «fresca» y estuvo totalmente de acuerdo. Hablaron un poco de mares y cascadas y arroyitos hasta que Silvia mencionó las tosqueras. Alguien, en el trabajo, le había dicho que podía encontrar un montón en la ruta para el sur, y que la gente apenas las usaba para bañarse, porque les daban miedo, se decía que eran peligrosas. Ahí mismo propuso que fuéramos el siguiente fin de semana, y nosotras aceptamos de inmediato porque sabíamos que Diego iba a decir que sí y no queríamos que fueran los dos solos. A lo mejor si veía el feo cuerpo que tenía ella, unas piernas bien macetonas, Silvia decía que porque había jugado al hockey de chica, pero la mitad de nosotras habíamos jugado al hockey y ninguna tenía esos jamones; el culo chato y las caderas anchas, por eso le quedaban tan mal los jeans; si veía esos defectos (más los pelos que nunca se depilaba bien, a lo mejor no se podían sacar de raíz, ella era muy morocha), a lo mejor Diego dejaba de gustar de Silvia y de una buena vez se fijaba en nosotras.
Ella averiguó un poco y dijo que teníamos que ir a la tosquera de la Virgen, que era la mejor, la más limpia. También era la más grande, la más honda y la más peligrosa de todas las tosqueras. Quedaba muy lejos, casi al final del recorrido del 307, cuando el colectivo ya tomaba la ruta. La tosquera de la Virgen era especial porque, decían, casi nadie iba a bañarse ahí. El peligro que alejaba a la gente no era la profundidad: era el dueño. Decían que alguien la había comprado, y lo aceptábamos: ninguna de nosotras sabía para qué servía una tosquera ni si se podía comprar, pero sin embargo no nos resultaba raro que tuviera dueño y entendíamos que él no quisiera extraños bañándose en su propiedad.
Según contaban , cuando había intrusos el dueño aparecía por detrás de una loma en su camioneta y les disparaba. A veces también les soltaba sus perros. Había decorado su tosquera privada con un altar gigante, una gruta para la Virgen en uno de los lados del piletón principal. Se podía llegar rodeando la tosquera por un camino de tierra del lado derecho, un camino que empezaba en una entrada improvisada, cerca de la ruta, marcada por un angosto arco de hierro. Del otro lado estaba la loma desde la que podía asomarse la camioneta. El agua frente a la Virgen estaba quietísima, negra. De este lado, una playita de tierra arcillosa.
Fuimos todos los sábados de ese enero, el calor era tormentoso y el agua estaba tan fría: era como sumergirse en un milagro. Hasta nos olvidamos un poco de Diego y Silvia. Ellos también se habían olvidado el uno del otro, maravillados por la frescura y el secreto. Tratábamos de estar callados, de no hacer escándalo para no despertar al dueño escondido. Nunca vimos a nadie más, aunque a veces algunas personas compartían la parada del colectivo a la vuelta, y debían suponer que volvíamos de la tosquera por nuestro pelo mojado y el olor que se nos quedaba pegado a la piel, olor a piedra y sal. Una vez el colectivero nos dijo algo extraño: que tuviéramos cuidado con los perros sueltos, medio salvajes. Nos dio un escalofrío, pero el siguiente fin de semana estuvimos tan solos como siempre, no escuchamos ni siquiera un ladrido lejano.
Y podíamos ver que Diego empezaba a mirar con interés nuestros muslos dorados, nuestros tobillos finos, los vientres chatos. Igual seguía más cercano a Silvia y todavía parecía fascinado aunque ya se había dado cuenta de que nosotras éramos mucho, mucho más lindas. El problema era que los dos nadaban muy bien, y aunque jugaban con nosotras en el agua y nos enseñaban algunas cosas, a veces se aburrían y se alejaban nadando rápido, con precisión. Era imposible alcanzarlos. La tosquera era enorme de verdad; nosotras, cerca de la orilla, veíamos sus dos cabezas oscuras flotando sobre la superficie, y veíamos sus labios moverse, pero no teníamos idea de lo que se decían. Se reían mucho, eso sí, y Silvia tenía una risa escandalosa, teníamos que retarla para que bajara la voz. Los dos parecían tan contentos. Sabíamos que se iban a acordar dentro de muy poco de lo mucho que se gustaban, que la frescura del verano cerca de la ruta era algo pasajero. Teníamos que detenerlos. Nosotras habíamos encontrado a Diego, ella no podía quedarse con todo.
Diego estaba cada día mejor. La primera vez que se sacó la remera descubrimos que tenía la espalda ancha, los hombros caídos y fuertes, y un color arena en la espalda, justo sobre el pantalón, que era sencillamente hermoso. Nos enseñó a armar una tuquera para el porro con la cajita de fósforos, y nos cuidaba para que no nos metiéramos al agua relocas, por si nos ahogábamos drogadas. Nos ripeaba discos de las bandas que, creía, teníamos que conocer, y después nos tomaba examen, era encantador, se ponía contento cuando notaba que nos había gustado de veras alguna de sus favoritas. Nosotras escuchábamos con devoción y buscábamos mensajes, ¿nos querría decir algo?, por las dudas hasta traducíamos las canciones que estaban en inglés usando el diccionario; nos las leíamos por teléfono y debatíamos. Era muy confuso, había decenas de mensajes cruzados.
Toda especulación se cortó en seco —como si nos hubieran pasado un cuchillo helado por la columna vertebral— cuando nos enteramos de que Silvia y Diego se habían puesto de novios. ¡Cuándo! ¡Cómo! Ellos eran grandes, no tenían por qué estar en casa temprano, Silvia tenía su propio departamento, qué estúpidas, aplicarles a ellos nuestras limitaciones de pendejas. Y eso que nos escapábamos bastante pero igual nos controlaban con horarios, celular y padres que se conocían entre sí y nos llevaban hasta los lugares —boliches, casas de amigas, casas nuestras, club— en auto.
Los detalles los tuvimos pronto, y no eran demasiado espectaculares. Se veían al margen de nosotras desde hacía un tiempo; de noche, en efecto, pero a veces él la pasaba a buscar por el Ministerio y se iban a tomar algo, y otras se quedaban a dormir juntos en su departamento. Seguro fumaban el porro de la planta de Silvia en la cama después de coger. Algunas de nosotras no habíamos cogido a los diecisiete años, un espanto; chupar pija sí, ya sabíamos hacerlo muy bien , pero coger, algunas, no todas . Nos dio un odio terrible. Queríamos a Diego para nosotras, no queríamos que fuera nuestro novio, queríamos nomás que nos cogiera, que nos enseñara como nos enseñaba sobre el rocanrol, preparar tragos y nadar mariposa.
De todas, la más obsesionada era Natalia. Ella era virgen todavía. Decía que quería guardarse para uno que valiera la pena, y Diego valía la pena. Cuando se le metía algo en la cabeza, era muy difícil que diera marcha atrás. Una vez, se había tomado veinte pastillas de su mamá cuando le prohibieron ir al boliche por una semana —las notas del colegio eran un desastre—. La dejaron seguir yendo, pero la mandaron al psicólogo. Natalia faltaba y se gastaba la plata de las sesiones en sus cosas. Con Diego quería algo especial. No quería tirársele encima. Quería que él la quisiera, gustarle, enloquecerlo. Pero en las fiestas, cuando se acercaba a hablarle, Diego le hacía una sonrisa de costado y seguía en su conversación, con cualquier otra de nosotras. No le contestaba el teléfono, y si lo hacía, las conversaciones eran lánguidas y él siempre las cortaba. En la tosquera, no se le quedaba mirando el cuerpo, las piernas largas y fuertes y el culo firme, o la miraba como si se fijara en una planta medio aburrida, un ficus, por ejemplo. Eso sí que Natalia no podía creerlo. Ella no sabía nadar, pero se humedecía cerca de la orilla y después salía del agua fría con la malla amarilla pegada al cuerpo bronceado, tan pegada que se le marcaban los pezones, erizados por el agua helada; y Natalia sabía que cualquier otro que la viera se mataría a pajas, pero Diego no, ¡prefería a la negra de culo chato! Nosotras coincidíamos en que era incomprensible.
Una tarde, cuando íbamos para la clase de educación física, nos contó que le había echado sangre de menstruación al café de Diego. Lo había hecho en la casa de Silvia, ¡dónde si no! Estaban los tres solos, y en un momento Diego y Silvia fueron hasta la cocina, por unos minutos, a buscar café y galletitas; el café ya estaba servido sobre la mesa. Natalia, muy rápido, echó lo que había podido juntar —muy poco— en un mínimo frasquito de muestra de perfume. Había logrado juntar la sangre retorciendo algodón húmedo, un asco porque ella siempre usaba toallitas o tampones, se había puesto algodón solo para poder conseguir sangre. Estaba un poco diluida en agua, pero ella decía que tenía que servir igual. Había sacado el método de un libro de parapsicología: ahí decían que era poco higiénico, pero infalible para amarrar al ser amado.
No funcionó. Una semana después de que Diego tomara la sangre de Natalia, la propia Silvia nos contó que estaban de novios, que era oficial. La siguiente vez que los vimos, no paraban de besuquearse. Ese fin de semana fuimos a la tosquera con ellos de la mano, y no lo podíamos entender. No lo podíamos entender. La bikini roja con dibujos de corazones de una; la panza chatísima con un piercing en el ombligo de otra; el excelente corte de pelo con un mechón en la cara, las piernas sin un solo pelo, las axilas como de mármol. ¿Y él la prefería a ella? ¿Por qué? ¿Porque se la cogía? ¡Si nosotras también queríamos coger, no queríamos otra cosa! O acaso no se daba cuenta cuando nos sentábamos sobre sus rodillas apoyando el culo con mucha fuerza, y tratando de manotearle la pija con la mano, como en un descuido. O cuando nos reíamos cerca de su boca, mostrándole la lengua. ¿Por qué no nos tirábamos encima de él y listo? Porque nos pasaba a todas, no era solamente la obsesión de Natalia: queríamos que Diego nos eligiera. Queríamos estar con él todavía mojadas del agua fría de la tosquera, cogiendo una tras otra, él acostado sobre la playita, esperando los disparos del dueño, y correr hacia la ruta medio desnudas bajo una lluvia de balas.
Pero no. Estábamos ahí sentadas en toda nuestra gloria, y él besándose con Silvia culo chato vieja además. El sol ardía, y a Silvia culo chato ya se le estaba pelando la nariz, un desastre, usaba protectores solares de cuarta. Nosotras, impecables. En un momento, Diego pareció darse cuenta. Nos miró distinto, como si registrara que estaba con una negra fea. Y dijo «por qué no vamos nadando hasta la Virgen». Natalia se puso pálida, porque ella no sabía nadar. Nosotras sí, pero no nos animábamos a cruzar la tosquera, que era muy profunda y larga, si nos ahogábamos no había quién nos salvara, estábamos en el medio de la nada. Diego adivinó: «Sil y yo vamos nadando, ustedes agarren por el costado caminando y nos vemos allá. Quiero ver ese altar de cerca, ¿se copan?».
Dijimos que sí, que claro, aunque estábamos preocupadas porque si le decía «Sil» a lo mejor nuestra percepción de que nos miraba distinto era equivocada, nomás nos moríamos de ganas de que fuera así y ya estábamos medio locas. Empezamos a caminar. Rodear la tosquera no era fácil: parecía mucho más chica cuando una estaba sentada en la playita. Era enorme. Debía tener unas tres cuadras de largo. Diego y Silvia avanzaban más que nosotras, y veíamos las cabezas oscuras aparecer a intervalos, medio doradas bajo el sol, tan luminosas, y los brazos levantando surcos de agua, resbaladizos. En un momento tuvieron que parar, lo vimos desde el costado —nosotras, bajo el sol, con polvo pegado al cuerpo por la transpiración, algunas con dolor de cabeza por el calor y la luz fuerte en los ojos, caminando como si anduviéramos cuesta arriba—; los vimos parar y hablarse, Silvia se reía tirando la cabeza para atrás y manteniendo los brazos en movimiento para no hundirse. Eran demasiados metros para nadar de un tirón, ellos no eran profesionales. Pero a Natalia le dio la impresión de que no paraban nomás por cansancio, creyó que estaban tramando algo, «a esa yegua se le ocurrió alguna », dijo, y siguió caminando hacia la Virgen que apenas se veía adentro de la gruta.
Diego y Silvia llegaron justo cuando nosotras doblábamos a la derecha, a caminar los últimos cincuenta metros que nos separaban de la gruta de la Virgen. Seguramente nos vieron resoplando, con las axilas oliendo a cebolla y el pelo pegado a las sienes. Nos miraron bien , se rieron igual que lo habían hecho cuando dejaron de nadar, y se volvieron a tirar al agua, para nadar con toda velocidad de vuelta a la orilla de la playita. Así nomás. Se les escucharon las carcajadas burlonas junto al chapuzón. «¡Chau, chicas!», gritó Silvia triunfal antes de volver nadando, y nosotras ahí heladas a pesar del bochorno, qué cosa rara, heladas y más muertas de calor que nunca, con las orejas ardiendo de odio mientras los veíamos ir se riéndose de las tontas que no sabíamos nadar, imaginando nuestros propios reproches. Humilladas, a cincuenta metros de la Virgen, que ya nadie tenía ganas de ver, que ninguna de nosotras había tenido ganas de ver nunca . Miramos a Natalia. Era tanta la rabia que las lágrimas no caían de sus ojos. Le dijimos que teníamos que volver. Dijo que no, que quería ver a la Virgen. Nosotras estábamos cansadas y avergonzadas, nos sentamos a fumar, le dijimos que la esperábamos.
Tardó bastante, unos quince minutos. Raro, ¿habría estado rezando? No le preguntamos, la conocíamos bien cuando se enojaba, a una de nosotras nos había mordido en un ataque de furia, de verdad, un mordiscón enorme en el brazo que había dejado una marca por casi una semana. Volvió con nosotras, nos pidió de fumar una pitada —no le gustaba fumar cigarrillos enteros— y empezó a caminar. La seguimos. Podíamos ver a Silvia y Diego en la playa, secándose mutuamente, no los escuchábamos bien, pero se reían, y de pronto un grito de Silvia, «no se enojen chicas, fue un chiste».
Natalia se dio vuelta en seco . Estaba cubierta de polvo. Tenía polvo hasta en los ojos. Nos miró fijo, estudiándonos. Sonrió y dijo:
—No es una Virgen.
—¿Qué cosa?
—Tiene un manto blanco para ocultar, para taparla, pero no es una Virgen. Es una mujer roja, de yeso, y está en pelotas. Tiene los pezones negros.
Nos dio miedo. Le preguntamos quién era, entonces. Nos dijo que no sabía, algo brasilero. También nos dijo que le había pedido algo. Que el rojo estaba muy bien pintado, y brillaba, parecía acrílico. Que tenía un pelo muy lindo, negro y largo, más oscuro y más sedoso que el de Silvia. Y que cuando se le acercó, el falso manto blanco virginal se le cayó solo, sin que ella lo tocara, como si quisiera que Natalia la reconociera. Entonces le había pedido algo.
No le contestamos nada. A veces hacía cosas así de locas, como lo de la menstruación en el café. Después se le pasaba.
Llegamos de muy malhumor a la playita, y aunque Silvia y Diego trataron de hacernos reír, no hubo manera. Vimos cómo les entraba la culpa. Pidieron perdón y disculpas. Admitieron que había sido una broma de mal gusto, pesada, diseñada para avergonzarnos, mala leche, despreciativa. Sacaron de la heladerita que siempre llevábamos a la tosquera una cerveza bien fresca, y cuando Diego la destapó con su abridor-llavero, escuchamos el primer resoplido.
Fue tan alto, claro y fuerte que pareció venir de muy cerca. Pero Silvia se paró y señaló con el dedo la loma por donde aparecía el dueño. Había un perro negro. Aunque lo primero que Diego dijo fue «es un caballo». Ni bien terminó la palabra, el perro ladró, y el ladrido llenó la tarde y nosotras juramos que hizo temblar un poco la superficie del agua de la tosquera. Era grande como un potrillo, completamente negro, y se notaba que estaba dispuesto a bajar la loma. Pero no era el único. El primer resoplido había llegado de atrás nuestro, del fondo de la playa. Allá, muy cerca, caminaban tres perros-potrillos babosos, sus costados subían y bajaban, se les notaban las costillas, estaban flacos. Estos no eran los perros del dueño, pensamos, eran los perros de los que había hablado el colectivero, salvajes y peligrosos. Diego les hizo «shhh» para amansarlos, y Silvia dijo «no hay que mostrarles que estamos asustados», y entonces Natalia, enojada, llorando por fin, les gritó: «Soberbios de mierda, vos sos una negra culo chato, vos un pelotudo, ¡y ellos son mis perros!».
Había uno a cinco metros de Silvia. Diego ni le prestó atención a Natalia: se puso delante de su novia para protegerla, pero entonces apareció otro perro atrás de él, y dos más chicos que bajaron corriendo ladrando la lomita por la que no se asomaba el dueño, y de repente empezaron los rugidos de hambre o de odio, no sabíamos. Lo que sí sabíamos, de lo que nos dimos cuenta porque era tan obvio, era de que los perros ni nos miraban. A ninguna de nosotras. No nos prestaban atención, como si no existiéramos, como si ahí junto a la tosquera solo estuvieran Silvia y Diego. Natalia se puso una remera y una pollera, nos susurró que nos vistiéramos también, y después nos agarró de las manos. Caminó hasta la entrada de hierro tipo arco que daba a la ruta, y recién ahí empezó a correr hasta la parada del 307, y nosotras detrás de ella. Si pensamos en buscar ayuda, no lo dijimos. Si pensamos en volver, tampoco lo dijimos. Cuando escuchamos los gritos de Silvia y Diego desde la ruta, rezamos secretamente para que no parara ningún auto y también los escuchara; a veces, como éramos tan jóvenes y lindas, nos ofrecían llevarnos gratis hasta la ciudad. Llegó el 307 y subimos con tranquilidad para no levantar sospechas. El chofer nos preguntó cómo andábamos y le dijimos, bien, bárbaro, todo tranquilo, todo tranquilo.

(Argentina, 1973)




sábado, 18 de abril de 2026

QUIROGA, Horacio: El solitario


Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.
Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.
No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil artista aún, carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido.
Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya -¡y con cuánta pasión deseaba ella!- trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante.
Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida -debía partir, no era para ella- caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.
-Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti -decía él al fin, tristemente.
Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.
Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.
Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.
-¡Y eres un hombre, tú! -murmuraba.
Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.
-No eres feliz conmigo, María -expresaba al rato.
-¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo? ¡Ni la última de las mujeres!… ¡Pobre diablo! -concluía con risa nerviosa, yéndose.
Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados.
-Sí… ¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuándo la hiciste?
-Desde el martes -mirábala él con descolorida ternura- dormías de noche…
-¡Oh, podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes!
Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos.
-¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú… y tú… ni un miserable vestido que ponerme tengo!
Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles.
La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la falta de un prendedor -cinco mil pesos en dos solitarios-. Buscó en sus cajones de nuevo.
-¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.
-Sí, lo he visto.
-¿Dónde está? -se volvió extrañado.
-¡Aquí!
Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor puesto.
-Te queda muy bien -dijo Kassim al rato-. Guardémoslo.
María se rio.
-¡Oh, no! es mío.
-¿Broma?…
-¡Sí, es broma! ¡Es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser mío…! Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.
Kassim se demudó.
-Haces mal… podrían verte. Perderían toda confianza en mí.
-¡Oh! -cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta.
Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba sentada en la cama.
-¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona!
-No mires así… Has sido imprudente, nada más.
-¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de halago, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame!
Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.
Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más admirable que hubiera pasado por sus manos.
-Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.
Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario.
-Una agua admirable… -prosiguió él- costará nueve o diez mil pesos.
-¡Un anillo! -murmuró María al fin.
-No, es de hombre… Un alfiler.
A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.
-Si quieres hacerlo después… -se atrevió Kassim-. Es un trabajo urgente.
Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.
-María, te pueden ver!
-¡Toma! ¡Ahí está tu piedra!
El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.
Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo la mirada a su mujer.
-Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?
-No -repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos le temblaban hasta dar lástima.
Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían de las órbitas.
-¡Dame el brillante! -clamó-. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! ¡Dámelo!
-María… -tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.
-¡Ah! -rugió su mujer enloquecida-. ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a desquitar… cornudo! ¡Ajá! Mírame… no se te había ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah! -y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de un botín.
-¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim miserable!
Kassim la ayudó a levantarse, lívido.
-Estás enferma, María. Después hablaremos… acuéstate.
-¡Mi brillante!
-Bueno, veremos si es posible… acuéstate.
-Dámelo!
La bola montó de nuevo a la garganta.
Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.
María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.
-Es mentira, Kassim -le dijo.
-¡Oh! -repuso Kassim sonriendo- no es nada.
-¡Te juro que es mentira! -insistió ella.
Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.
-¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.
Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las manos, lo siguió con la vista.
-Y no me dice más que eso… -murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.
No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido continuaba trabajando. Una hora después, este oyó un alarido.
-¡Dámelo!
-Sí, es para ti; falta poco, María -repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura helada de su camisón y de la sábana.
Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido.
Su mujer no lo sintió.
No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer.
Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arquearon, y nada más.
La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

(Uruguay, 1878/Argentina, 1937)