Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

lunes, 28 de septiembre de 2009

MAIRAL, Pedro: La vuelta

—¿Y si estoy, Indio? —dijo Belén con la cabeza apoyada entre los brazos de él, con la mirada perdida en los pinos y los médanos que iban quedando atrás.
—¿Cuántos días se te atrasó?
—Hoy ya van diez.
—Y bueno, si estás, lo tenemos.
Ella sonrió y se dieron un beso largo, jugando con las lenguas, mordiéndose apenas los labios. Estaban en la última fila de los asientos del ómnibus que volvía de la Costa hacia la Capital.
Se habían conocido en la playa los primeros días de enero- El Indio pasaba el mes con su amigo César en un departamento sin luz eléctrica y sin gas, que les había prestado la madre de César, que no conseguía alquilarlo y no pagaba hacía tiempo los servicios. El Indio había ido con la idea de pintar con tiza reproducciones de cuadros en las veredas del centro comercial para juntar plata. Pero no pasó del primer intento, porque los dueños de los locales no quisieron que ensuciara las baldosas. Entonces se le ocurrió la idea de pintar a las chicas en la playa. Se gastó los últimos ahorros en pinturas especiales para la piel; puso, en un balneario concurrido, un cartelito de cartón que decía: “Body Painting $ 5” y le empezó a pintar el cuerpo a César. Fue un éxito. Al rato ya había una fila de chicas que esperaban que las pintara.
Una tarde llegaron al balneario donde estaba Belén con sus amigas, y ella se hizo pintar un sol en la panza. El Indio le hizo una espiral de fuego que empezó en el ombligo y se fue expandiendo hasta los bordes del bikini. Como ella se dejaba pintar con placer y curiosidad, el Indio le dibujó, además, unas serpientes enroscadas en los antebrazos y una ajorcas de azul cobalto en los tobillos. Cuando terminó el Indio no le quiso cobrar. Le preguntó si se animaba a trabajar con él. Sería una mejor promoción empezar en cada balneario pintando a una chica que a su amigo. Ella aceptó. Tenía veinte años y nunca había trabajado en su vida.
Desde entonces, el Indio, César y Belén se instalaban cada tarde en un balneario. El Indio empezaba a pintar a Belén y grupos enteros de chicas mordían en anzuelo: César les cobraba, les daba el vuelto, y ellas se dejaban garabatear el cuerpo por el chico alto y morocho, de pelo largo, con los dedos embadurnados con pintura. Al atardecer, en algún punto de la caminata de vuelta, Belén y el Indio se metían en el mar para despintarse. En uno de esos chapuzones, entre forcejeos, los juegos y las olas, el Indio le dio un beso a Belén mientras ella se iba destiñendo y dejaba en el agua nubarrones celestes, anaranjados, violetas.
Poco después, Belén dejó de ir a dormir a la casa que alquilaba con sus cinco amigas y empezó a quedarse en lo de César y el Indio, donde cocinaban arroz con un calentador a gas en medio del cuarto. Tenían un colchón en el suelo y unas velas desperdigadas que se derretían sobre el piso de cerámica.
César salía a la mañana y el Indio y Belén se quedaban solos, cogían hasta quedar exhaustos, dormían, o el Indio sacaba su bloc y la dibujaba en carbonilla: Belén desnuda, recostada, Belén leyendo una revista, Belén haciendo pis. A las tres se encontraban con César en la playa y caminaban buscando nuevos balnearios.
Uno de esos días, Belén se peleó con sus amigas cuando fue a la casa a buscar el resto de su ropa. Le decían que estaban preocupadas, que se pasaba todo el día con esos tipos.
—¿Y qué tiene de malo? —preguntó ella.
—Que son unos negros, Belén. Ni los conocés. Te pueden meter en cualquier cosa.
—Ustedes quédense en su jardincito de infantes y no se metan en mi vida —les contestó, y se llevó su ropa para dormir en lo del Indio el resto del mes.
Ahora ya no había médanos. El ómnibus avanzaba por un campo amarillento, sin árboles, con vacas resguardadas del sol, a la sombra de los grandes carteles publicitarios.
—¿Por qué me pusieron esa cara de culo tus amigas en la terminal? —preguntó el indio.
—Son re boludas. Ni te calentés. No las podés sacar de la Recoleta y el country. ¿Sabés qué? Los primeros días que empecé a estar con ustedes me querían prestar un teléfono celular por si César y vos me hacían algo.
Se rieron y estuvieron un rato abrazados en silencio. Después Belén dijo:
—Podemos irnos a vivir al Sur, al Bolsón. Vos podés pintar y vender los cuadros en la feria. Yo cuido el bebé y puedo hacer una huerta. Es re lindo el lugar.
—Sos hermosa —dijo él.
—¿Vos me querés, Indio?
—Te amo —dijo y la volvió a besar.
Comieron alfajores. Como habían encendido el aire acondicionado, Belén se puso el suéter de él.
—Al principio podemos ir a casa, con mi vieja —dijo el Indio.
—¿Dónde me dijiste que era?
—En Ramos Mejía. Hasta que juntemos algo. Hay lugar en casa, sobra una pieza.
Belén no dijo nada y se fue quedando dormida sobre las rodillas del Indio. Él le miró la cara de párpados serenos, el pelo lacio y castaño, la pollera larga de flores estampadas, las zapatillas viejas. Miró por la ventana. Pasaban junto a una publicidad de un paquete gigante de cigarrillos. Se estaba nublando.
Más tarde ella se despertó para ir al baño. Cuando volvió, tenía los ojos llorosos.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Sin contestarle, ella le acarició el pelo negro, el mentón fuerte y cuadrado.
—Me vino, Indio —le dijo.
Se abrazaron y ella se largó a llorar. Él la consoló, la hizo sonarse la nariz y tomar un poco de agua.
—En realidad, no sé por qué lloro —dijo Belén—. Soy una estúpida.
El ómnibus atravesó una zona de quintas y viveros. Se quedaron callados.
—¿Estás mejor? —preguntó él, agarrándole la mano.
—Sí. Mejor. ¿Sabés también lo que me pone mal? ¿Viste cuando volvés de las vacaciones y llegás a tu casa y está todo muy silencioso y abrís la canilla y sale el agua marrón, como oxidada?
—Sí —dijo él—. Prendés la tele y ves los cadáveres de los accidentes en la ruta, los autos chocados, el número de muertos. Odio la tele cuando vuelvo de vacaciones.
—Sí, yo también —dijo ella y los dos miraron por la ventana el paisaje que se iba urbanizando de a poco, las casas chatas entre las calles de tierra, las gomerías.
—¿Todo febrero tenés que atender el negocio de tu mamá?
—Sí.
—¿Y Bellas Artes cuándo empieza?
—En marzo.
—Vas a estar re cerca de casa —dijo ella.
—¿Dónde era que vivías?
—En Montevideo y Arenales.
—Ah, pero este año yo curso en La Cárcova, en Costanera Sur —dijo él.
—Ah, sí, una vez vi una copia del David ahí. Me llevó mi papá cuando era chica.
Pasaron un peaje. Desde la autopista, vieron una estación de energía eléctrica, una villa miseria, un basural, y empezaron a entrar en Buenos Aires.
El Indio quiso darle a Belén la parte del dinero que le correspondía por el trabajo del verano pero Belén no lo aceptó y cambió de tema.
—Tenés que pasarme bien tu teléfono —dijo ella.
—Y vos el tuyo.
Belén anotó su número en una página del bloc de dibujo del Indio; él anotó el suyo en el boleto y se lo dio.
El ómnibus abandonó la autopista y se hundió en la ciudad.
—Qué poco tráfico —dijo ella.
—Porque es domingo —dijo él.
Eran las cuatro y media de la tarde y seguía nublado. Circulaban pocos autos. Pasaron por el puerto y Belén bajó su bolso del portaequipajes y se lo puso sobre la falda. Estaban los dos sentados en silencio, cada uno en su butaca. De vez en cuando se agarraban de la mano.
—¿Qué hacés ahora? —le preguntó el Indio.
—Me tomo cualquier colectivo a casa. ¿Y vos?
—Me tomo el 54. ¿Quién está en tu casa?
—Alguno de mis hermanos —dijo ella.
—¿Y tus viejos?
—Están de viaje.
—¿Por dónde?
—No sé. Creo que por Italia —contestó ella.
El ómnibus llegó a la terminal de Retiro. Bajaron. Hacía calor. Buscaron sus mochilas y Belén le devolvió el suéter. Él la acompañó hasta la parada y quiso quedarse esperando hasta que viniera el colectivo, pero ella le dijo:
—Andá, Indio, estás cansado.
Intentaron darse un abrazo pero se entorpecieron con las mochilas y se dieron un beso.
—¿No me regalás el dibujo donde estoy durmiendo desnuda?
—Termino el bloc y te lo regalo entero.
—Dale, regalámelo ahora —insistió ella.
Él buscó la hoja, la arrancó y se la dio.
—¿Me vas a llamar? —preguntó Belén.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando llegue a casa —dijo él.
Se dieron otro beso y el Indio se alejó hacia la parada. Caminó una cuadra y vio que pasaba el 54. Corrió un poco y lo alcanzó. Cuando estuvo arriba miró hacia donde había quedado Belén y vio que ella se subía a un taxi. El colectivo bordeó la plaza y el Indio se sentó en la fila de butacas individuales. Se reclinó, cansado, preguntándose si ella intentaría llamarlo, si buscaría el número buscado en el boleto, si lo marcaría. Trató de imaginarse qué cara pondría cuando le diera equivocado. Se puso a hojear el bloc de los bocetos: Belén leyendo, Belén secándose con una toalla, Belén peinándose. No encontraba el teléfono que ella le había anotado. De pronto levantó la mirada. El teléfono había quedado en el reverso del dibujo que Belén le había pedido de regalo.
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PEDRO MAIRAL
(Argentina, 1970)

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Pedro Mairal nació el 27 de setiembre. En 1989 empezó a cursar la carrera de Medicina, que abandonó al poco tiempo de empezar. En 1991, ingresó a la Universidad del Salvador para cursar Letras. Su primera novela, “Una noche con Sabrina Love”, ganó el premio Clarín en 1998. Fue premiada por un jurado de lujo: Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares y Guillermo Cabrera Infante. Dos años después su libro fue llevado al cine por Alejandro Agreste; su protagonista: Cecilia Roth. En 2001 apareció el libro de cuentos “Hoy temprano” —al que pertenece este cuento—, publicado por Alfaguara. En 2003 se conoce su libro de poemas “Consumidor final”, y dos años más tarde Interzona publicó su segunda novela, “El año del desierto”. Y comienza a coordinar, junto a otros autores, el blog “El Remisero Absoluto”. En 2006, coordina otro blog: “El señor de abajo”. En 2007, integra la antología “En celo”, de cuentos eróticos, editada por Mondadori. Sus libros ya se traducen en Francia, Italia, Portugal, Polonia y Alemania. Es un autor de culto en España. También en ese año, el jurado de Bogotá39, lo incluye entre los mejores 39 escritores jóvenes latinoamericanos.
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(Texto y datos biográficos extraídos de la colección “Cuentos de amor”, editada por la revista Ñ el 08 de noviembre de 2008).

5 comentarios:

DetrásdelUmbral dijo...

Me encantó.
No lo conocía...
A veces es tan cruel el destino.





Verdevómito.

Felis Nasal dijo...

Sí, está bueno, porque uno termina de leer el cuento y sabemos que Indio se la quiso sacar de encima, pero lo que no sabemos es si el hecho de que Belén le haya pedido justo la pintura de ella desnuda, donde estaba su número telefónico en el reverso, fue a propósito o pura casualidad. Lindo final abierto...

Anónimo dijo...

Nono, me encanto este cuento mal. Me lo dió mi profesora para leer. Lo elegí para darlo en diciembre, espero que me de suerte y mucho éxitos para vos. Mucha suerte.
Antonella.

Anónimo dijo...

Esta piola

Anónimo dijo...

lo pueden subir completo?