Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

domingo, 2 de diciembre de 2012

URRICELQUI, EVARISTO MANUEL: La bomba


A mi mujer no la soportaba más. Llevábamos veinte años de casados. Había terminado por resultarme insoportable. En cambio Cristina, a pesar de conocernos desde hacia cinco años, era otra cosa. Siempre dispuesta. Siempre amante. Nunca cansada. Junto a ella me reencontraba con el amor. "¿Quién es?", "¿Sos vos, Jorge?", "Sí, soy yo". La preocupación de mi mujer por la casa y los hijos la habían venido transformando un poco en madre de todos. A la vez, había engordado desproporcionadamente y abandonado su coquetería.
—¿Estás cansado, viejo?
—Ni tan cansado, ni tan viejo. ¿No te parece?
—No creas, sin embargo te están apareciendo algunas canitas que te venden.
—¿Por qué no te las teñís?
—Alguien dice que me hacen más interesante.
Ella parecía no darse cuenta. Tenía yo ciertos días en que no habría querido retornar a mi hogar. Abandonar todo y desaparecer. La intimidad con ella me resultaba insufrible.
La idea me estaba revolviendo la cabeza. La pensé sin consultar. Empecé a realizarla. Nadie tenía que saber nada [...]
Formalicé un abultado seguro a nombre de mi amante. Necesitaba dejar pasar un tiempo bastante prudencial, porque las aseguradoras no son tontas.
Cuando se cumplieran los dos años era ya un tiempo bastante prudencial como para no despertar sospechas.
Tenía también al hombre que me iba a servir para la operación que había planeado. Mientras tanto, seguía haciendo mi doble vida, que la bondad de mi esposa me permitía.
—Cristina —le dije— se cumplirán dentro de un mes los cinco años de nuestro amor. He venido desde hace tiempo gestando una idea que necesita contar con tu aprobación para realizarla [...] No te pido que me contestes ahora, si te parece, pero requiere de ambos la mayor compenetración y secreto.
—A ver, ¿de qué se trata? —me dijo sorprendida.
—No soporto más la doble vida que venimos haciendo. Quiero que vivamos el uno para el otro. El divorcio no me parece suficiente libertad. Quiero morirme para vivir con vos sin amarras, de ninguna clase.
—¿Qué decís? ¿Estás loco?
—No estoy loco, ya lo verás. Se trata de lo siguiente: he tomado un seguro de vida, nombrándote beneficiaria. Su importancia nos asegurará la tranquilidad económica para el resto de nuestros días. Pero si me muero de verdad, no podríamos disfrutarlo.
—No te entiendo...
—Claro. ¿Conoces a Dalmiro? Ese pájaro que anda con documentos falsos para no ser descubierto por Interpol [...] Si él muriera, nadie reclamaría por él. No está agarrado a nada ni a nadie. Tengo en mi poder documentos falsos que a mi muerte me darán otra identidad con la que viviré a tu lado.
—¿Sabés que no termino de entenderte?
—Bueno, prosigo. Cuando yo muera en un accidente de avión, tú estarás en condiciones de cobrar mi seguro, luego de lo cual, vendrás a mí encuentro muy lejos de aquí, donde podremos vivir para vivir siempre juntos. Sigues sin entender, no  importa, dos días antes de que esto ocurra, tú lo sabrás. Es preferible que, por ahora, no sepas más del asunto por cualquier cosa. ¿Querrías vivir conmigo lejos de aquí, en una playa donde nadie nos conozca?
—La idea me resulta divina. Pero se me hace tan irreal. Yo te dejo hacer a vos. Entiendo que estará en tus cálculos evitarme cualquier vinculación con algo enojoso.
—Bien lo sabes que no. Ahora hablemos de otra cosa.
La operación se iba cumpliendo estratégicamente. Saqué pasajes a Chile. La entrega de Dalmiro hacia mí era sin barreras. Mi ayuda le había permitido vivir libre de preocupaciones.
—Dalmiro —le dije— yo necesito llevar a Chile una mercadería que me están reclamando hace tiempo. No puedo mandarla por encomienda. Usted la llevará. Viajará con mis documentos, como si fuera yo, eso ya lo tengo arreglado. En vez de viajar hasta Chile, usted se apeará en Mendoza, se hospedará en el hotel Claridge y un emisario se le apersonará en demanda de la mercadería que usted le entregará. Responderá al nombre de Casimiro. Todo esto se hace para evitar, la barrera aduanera, de lo que se encargará esa gente. Luego, puede permanecer unos días en Mendoza y regresar. ¿Acepta mi proposición? Por supuesto que será bien gratificada.
—Señor, lo que me pide, después de cuanto he tenido que padecer y hacer en mi vida, es una simpleza. Claro que lo haré. Agradezco su confianza otra vez más.
Hice saber a mi familia que tenía que viajar. Así que me despedí de ellos en casa, convenciéndolos de que no me acompañaran al aeródromo.
A Cristina le hice entrega de la póliza del seguro y cómo tenia que cobrarlo. Le di la dirección donde debíamos encontrarnos cuando tuviera el dinero; yo la estaría esperando.
Con Dalmiro me reuní en la estación aérea. Le hice entrega de la encomienda que debió despachar por bodega por su embalaje. El avión partió a la hora indicada y yo disimulé mi desaparición ayudado por la hora nocturna y porque me fui del país con nombre falso. Lo previsto se cumplió de acuerdo a mis cálculos, inexorablemente. El avión en pleno vuelo estalló. Tal era la naturaleza de la bomba que transportaba Dalmiro dentro de su encomienda.
En la lista de pasajeros figuraba yo. Había muerto entonces con todo el pasaje. Un voraz incendio hizo del avión un estrago sin posibilidades de identificar a nadie. Si se trató de un sabotaje u otro hecho criminal inconfesable nadie lo pudo establecer. Lo cierto es que mi plan se cumplió a la perfección y cronológicamente. Los diarios me fueron proporcionando las pautas con sus mensajes. Adiós a mi familia. ¡Viva la libertad! ¡Viva Cristina!
Mientras aflojaba mi cinturón de seguridad y desplazaba el respaldo de mi asiento, degustaba íntimamente los años de felicidad que me aguardaban en esa isla de ensueño que había programado con mi encantadora mujer.
El tiempo sigue pasando. Cristina nunca apareció por estas playas. Mi correspondencia dirigida a ella jamás tuvo respuesta. ¿Dónde habría de encontrarla? Eso no había entrado en mis cálculos. Ni lo de verme abriendo las puertas de los coches en un hotel de segunda categoría...

EVARISTO MANUEL URRICELQUI

3 comentarios:

azul dijo...

Esto lo escribió mi abuelo :') me hubiese encantado conocerlo

Anónimo dijo...

quienes son los personajes preincipales

Unknown dijo...

Me encanta este cuento!