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viernes, 17 de julio de 2015

BALMACEDA, DANIEL: La punta loca


En la Argentina, el Día del Inventor se celebra el 29 de septiembre, por ser esta la fecha en que nació (en 1899, en Budapest) László József Bíró, un akarnok (buscavidas en húngaro) que intentó suerte en diversas actividades. Fue vendedor a domicilio, agente de bolsa, despachante de aduana, escultor, pintor, periodista, hipnotizador y hasta participó en carreras de autos. Aunque sin dudas, lo suyo eran los inventos.
Por ejemplo, ideó un precario sistema de caja automática, una cerradura inviolable y un lavarropas. En algunos casos, fue fundamental la participación de su hermano Georg, quien era químico. Durante su época de periodista, a Ladislao Biro (ese es su nombre castellanizado) se le ocurrió que debía encontrar la forma de que la tinta de las lapiceras se secara más rápido.
Los Biro lograron una solución líquida, muy adecuada para la escritura manual, aunque no del todo efectiva: la pluma se trababa por el espesor de la tinta. Hasta que en Budapest, Ladislao observó a chicos que se entretenían lanzando bolitas de vidrio para que rodaran lejos por el suelo, pero pasando por un charco de agua, de tal manera que trazaran una línea de agua en el piso seco, al salir del charco. La escena estaba mostrándole la resolución del problema. No debía utilizar una pluma metálica en la punta, sino una bolita.
En realidad, el sistema del bolígrafo ya había sido inventado en 1888, antes de que los Biro nacieran. De todas maneras, el mecanismo tenía fallas, entre ellas la falta de una tinta adaptable. Además, no se había comercializado. Ladislao Biro patentó su bolígrafo en 1938, tanto en Francia como en Hungría.
En el tiempo en que los Biro inscribían la patente de su invento, en la Argentina Agustín P. Justo dejaba la presidencia en manos de Roberto M. Ortiz. En abril, Justo partió en el que sería su único viaje a Europa, donde pasó unos seis meses. Durante aquel paseo, el expresidente conoció a los Biro, quienes se encontraban en Francia. Cuando le contaron acerca de su invento, Justo les propuso que instalaran una fábrica en la Argentina y les entregó una tarjeta personal. Poco tiempo después Biro entabló relación con su compatriota Johann Georg Meyne, quien se integró a la sociedad de los hermanos aportando capital.
La reunión con Justo pudo haber sido una anécdota más. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial torció varios destinos, incluso el de Ladislao Biro, quien recordó el episodio con Justo y partió de Hungría rumbo a la Argentina, huyendo de la persecución nazi, junto a su hermano Georg y a su socio Meyne. Arribaron en mayo de 1940. El 10 de junio de 1943 patentaron en Buenos Aires su gran invento, que no era como el original, sino que había sido perfeccionado, ya que el tema de la tinta no había podido resolverse en forma completa.
La definición del producto, registrado bajo la patente 57.892, es “Instrumento para escribir a punta esférica loca”. Cuando les tocó bautizar a su lapicera, la llamaron birome, que significaba Biro y Meyne. Aunque debe reconocerse que en algún momento sintieron que había que rebautizarla esferográfica, nombre que no prosperó.
En un principio no hubo acuerdo acerca de la finalidad del invento. Si bien los fabricantes tenían en claro que se convertiría en un objeto de gran necesidad entre los mayores, a los vendedores les parecía que el mercado más provechoso sería el de los niños, quienes contarían con un instrumento barato para entretenerse.
La falta de visión inicial fue subsanada. Sobre todo cuando la compañía Parker mostró su interés en el producto, así como también el barón Marcel Bich, fundador de la empresa Bic, quien llenó de biromes a Francia primero y luego a Europa. Cabe aclarar que más adelante se crearía el desodorante a bolilla empleando el mismo criterio que utilizó el húngaro al idear esa birome que supo imaginar mientras observaba a un grupo de niños jugando en la calle.

(Bs. As., Argentina, 1962)

En BALMACEDA, Daniel. Historia de las palabras. Bs. As., Sudamericana, 2011.

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