Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

miércoles, 18 de mayo de 2016

SÁENZ, Dalmiro: María la Rubia


Esa que está ahí, la que se ríe en este momento, y apoya la palma de la mano sobre su cadera como si acariciara el anca de un animal querido; esa que mira a los hombres desde el extremo del salón grande, sabiendo que en cualquier momento alguno de ellos le hará una seña con la cabeza y que juntos se introducirán en uno de los cuartos del prostíbulo; esa que asienta sus cuarenta y tres años de vida sobre sus zapatos violeta que apenas sobresalen de los bordes del vestido largo, pero que al moverse se abrirá bastante dejando ver no solo la pulsera plateada del tobillo, sino mucho más arriba, hasta casi la mitad de sus muslos redondos; esa mujer es María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
La conocen todos, prácticamente todos los obreros de Y.P.F. que traen el frío de muchos inviernos en sus articulaciones duras; los que hacen los pozos, los hombres de las torres, los tractoristas, los mecánicos, los que manejan los camiones de los equipos de exploración, los que en un momento dado frotarán sus manos en el manojo de estopa y desgrasarán con prolijidad la superficie curtida y el nacimiento de sus antebrazos hasta el mismo límite que le impone la manga del overol o de la camiseta blanca, y que luego tirarán la estopa, como un símbolo de trabajo terminado, y encauzarán sus pensamientos hacia sus proyectos de fin de semana, en donde seguramente estará incluida la casi obligatoria visita al prostíbulo. La conocen los peones de las estancias vecinas, los de las frentes blancas por muchos soles que no atravesaron el grosor de las gorras o de los sombreros con barbijo, los que bajan al pueblo muy de tanto en tanto, con sus botas lustradas y su saco de cuero, y que se paran en las esquinas o caminan despacio con recelosa prudencia, como si llevaran de la mano el bozal y el cabresto y se acercaran a un caballo arisco en el corral de la estancia. La conocen los empleados de la calle San Martín, lo
s que se inclinan sobre el mostrador de la Anónima, o de Argensud, o de Selecta, o de Picón, y anotan las boletas de las mercaderías vendidas y que conocen al cincuenta por ciento de los clientes por sus apellidos y aun por sus nombres, y que al final de ese día, en el rapidísimo desbande de las siete de la tarde, dirigirán sus pasos hacia las paredes y el techo bajo el cual estarán sus padres o sus hermanos o la mujer que lleva su apellido y que tal vez pregunte: "¿Salís esta noche?", y a quien ellos contestarán: "No sé, puede ser que vaya un rato al café", sabiendo perfectamente que no lo harán, porque ya desde hacía unas horas atrás las caderas de la chica de la caja o las piernas de alguna cuenta en las medias que tal vez él mismo había vendido habrían encauzado sus pensamientos hacia la “casa grande" de la calle Belgrano. La conocen todos, prácticamente todos, incluso yo que soy su hijo.
Anoche lo supe, bastante después de la pelea, cuando yo y él nos levantamos del suelo. Supe que mi madre es una prostituta, que es distinta a las madres o a las hermanas o las hijas de ustedes, porque ella se acuesta con el hombre que paga los cuarenta pesos que estipula la casa y no con aquel que lo dará cierta seguridad de recibir esos cuarenta o una cantidad equivalente para el resto de sus días. Siempre me había intrigado la negativa de ella. Me acuerdo de una vez que, un poco borracho había cruzado yo el salón y tomándola de un brazo le dije:
—Vení.
Ella me había mirado un poco a los ojos y creo que vi el "No" antes de que lo pronunciara aunque no sé si llegó a decirlo, porque el sonido de mi trompada fue lo único que se oyó y su mano subió hasta la cara tapando el hilo de sangre que le corría por la ceja. Su mirada marrón y su silencio, y luego mi voz gritándole:
—Puta de mierda, ¿por qué carajo no querés acostarte conmigo? 
Ella se fue del cuarto como hace muchos años se había ido de mi vida, seguramente sin llorar, pero con la misma decisión y firmeza con que le había dicho que no a la partera del pueblo cuando esta le insistía: "Mirá, querida, que es muy sencillo; lo papás cuando podés; no es más que un pinchazo y dejar que entre el aire, ¿qué vas a hacer vos con una criatura? ¿Cuántos años tenés?".
"Dieciocho años" tendría que haber contestado; pero no lo hizo, sino que se fue conmigo en sus entrañas, a ver al hombre que fue mi padre y al que no encontró porque hacía días que se había ido para el lado del Senguer con una tropa de capones camino hacia Chile. Ella no lo supo hasta mucho más tarde, pocos días antes del parto, cuando llegó el huaso Silveira tambaleándose desde la inseguridad de sus botas de taco alto y apretando su dolor entre las costillas golpeadas y repitiendo constante: "Harto abusivos estuvieron, harto abusivos", y al preguntarle por mi padre había contestado cómo había muerto, a pocos metros del carabinero, con la bala que había entrado por su pecho y salido por la espalda y la mano sobre el cabo del cuchillo que no había tenido ni tiempo de sacar.
Todo eso lo supe por mi abuela, con la que me crié. Lo supe ayer, cuando volvía del prostíbulo, después de tambalear mi asco por las calles oscuras y de vomitar dos veces en la puerta de casa y de hincarme a los pies de la cama y de preguntar llorando: "¿Es mi madre, no es cierto que es mi madre?".
Ella me lo había dicho ignorando todavía lo que había pasado. Me contó de ese día en que se enteró por el huaso Silveira de la muerte de su hijo, y cuando días más tarde llegó aquella chica de dieciocho años, con su pollera tirante y los dolores del parto inminente, yo nací a la noche en la cocina y mi llanto resonó en la miseria de esa casa en donde mi madre nunca más entraría, porque desapareció al día siguiente, y no volvió más que una vez, con el pelo ya teñido y el sobre con la quincena, y hablaron mi abuela y ella en la puerta de calle.
No entró, porque el cuerpo de mi abuela obstruía la puerta; pero estoy seguro de que había mirado hacia el interior de la casa, tratando de ver el cajón que me servía de cuna, con esa misma mirada que años después, en el salón grande del prostíbulo, se cruzaba constantemente con la mía; esa misma mirada que la primera vez había dicho que no a mis todavía tímidos dieciocho años y que yo acaté dócilmente, sin saber por qué, y me fui a acostar con otra mujer; pero pensando todo el tiempo en esos ojos marrones, que yo en esa época no había notado eran idénticos a los míos. Los años pasaron y mis dieciocho años fueron diecinueve y después, veinte y veintiuno y veintidós; en esos años la vida es lo único que importa en nuestra vida, yo lo sé, porque ayer vomité lo que quedaba de mi vida y hoy me doy cuenta de que, sin la vida, ni siquiera la muerte puede solucionar la ausencia de la vida.
Varias veces me había pasado lo mismo. Yo entraba al salón grande y nos veíamos a través de la gente. Yo me miraba a mí mismo en la ternura de sus ojos y veía, contento, mi atractiva juventud reflejada en la admiración de su mirada. No sabía de los hombres y hombres que, extendidos sobre ella, habían pagado mi ropa y mi comida y los libros del colegio. Creía ver en sus ojos admiración de mujer y pensaba que era táctica las negativas suaves o las salidas del cuarto cuando yo insistía demasiado.
Todos mis amigos se habían acostado alguna vez con María la Rubia, y yo conocía sus encantos a través de muchísimas descripciones; conocía la forma en que apoyaba sus labios con esa pesada indiferencia de las prostitutas; conocía sus abrazos cálidos y sin apuro y la mata de su pelo desparramado sobre la almohada; conocía el lento y estudiado desprender de botones y el súbito aparecer de sus pechos grandes, la conocía desnuda con sus zapatos violeta con la pulsera plateada en su tobillo derecho y ese cuerpo mercenario, dócil y blanco, y su sonrisa demorada en su vida sin recuerdos.
Fue la otra noche cuando supe que ella era mi madre. Las cosas sucedieron una detrás de otra, como si la dosis de dolor de toda una vida se hubiera acumulado en menos de una hora. Yo entré, y la vi contra la pared; crucé el salón y me paré frente a ella; nos miramos los dos a los ojos por un rato y sin desviar la vista le dije:
—Vamos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no —me dijo y trató de sonreír, aun después del golpe—. No me pegués —me dijo desde el suelo, y se levantó despacio, con los ojos tristes.
La iba a volver a golpear cuando la voz me detuvo; resonó serena detrás de mis espaldas:
—No lo vuelva a hacer —había dicho, y mi puño listo para el segundo golpe se abrió lentamente mientras bajaba el brazo. Me di vuelta de un salto, con las piernas abiertas y el arma en la mano. 
Después las mujeres gritando y los hombres quietos y los dos girando con nuestras armas listas. Las hojas se tocaron unos instantes en nerviosos tanteos, mientras nuestros pies se movían sobre las baldosas del piso.
Imagínense el cuadro: un hombre joven con la camisa abierta, con un cuchillo grande en su mano firme, y un policía con el sable corto desviando la puñalada y tirando hachazos. Imagínense la pelea larga y pareja, y la primera sangre de una de las muñecas salpicando las paredes en cada movimiento. Imagínense a los dos en el salón iluminado, el pecho del policía jadeando en su chaquetilla, mientras el sable experto arremetía en feroces molinetes de muerte, y el hombre joven con la camisa abierta, con la furia de su mirar bajo la frente sudada, y una prostituta, con todo el dolor de su alma mirando a su hijo bailotear entre la muerte, sabiendo que, aun en el caso de ganar la pelea, todo se sacrificio de mujer esclava se prolongaría en la cárcel en la vida de su hijo. Imagínense el cuadro de dolor y de furia, y el hombre joven resbalando sobre el piso mojado y el policía sobre él, sosteniendo con su izquierda la muñeca contra el suelo y la punta de su sable sobre la garganta agitada.
Y después el grito de ella, fuerte y desesperado: "¡No, por favor, no!", y las manos sobre los hombros, y el policía dócil parándose despacio, envainando el sable, y el hombre joven en el suelo, respirando cansado.
Imagínense todo. Un hombre que no había muerto, secándose el sudor con la manga de su camisa, y el policía en un cuarto, desprendiéndose la chaquetilla y hundiéndose en los brazos de María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
Fue esa noche cuando supe que ella era mi madre. Fue una frase corta: "No ves que es el hijo", que yo oí al salir. Me interné en la noche por la calle Belgrano, vomité dos veces en la puerta de mi casa y entré tambaleándome en la cocina abrigada. Mi abuela me miró sentada en la cama.
—¿Es mi madre? —le pregunté—. ¿No es cierto que es mi madre?
Ella me contó todo y yo vomité de nuevo, esta vez encima de mi chaquetilla policial.

(Argentina, 1926)


Todas las ilustraciones pertenecen a Henri de Toulouse-Lautrec (Francia, 1864/1901)