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martes, 17 de marzo de 2026

BIALET, Graciela: No hay tumbas para la verdad


"¿Nos bastará esgrimir los argumentos de la inocencia?"
Osvaldo Pol

El tío Hugo cumplió como siempre su palabra y me consiguió el libro que había elaborado la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Yo quería revisar ese informe para ver si encontraba el nombre de mi mamá que estaba desaparecida desde la última dictadura militar. Desaparecida. Como si se hubiese desvanecido en el aire, o se la hubiera tragado la tierra, o esfumado como por arte de magia, según parecía creer mi abuela intentando argumentarme la vida con ositos de peluche aún a mis 17 años.
Aquel día a la salida de clases, le dije a la abuela Esther que me iba a estudiar a lo de un compañero que ella no conocía, pero en realidad me fui al departamento de Rogelio. A esa hora, seguro, estaba en su oficina. Él siempre dejaba las llaves bajo un mosaico flojo del pasillo y yo sabía que podía usarlo para todo tipo de emergencias.
En realidad, Rogelio esperaba que fuera con chicas para luego expurgar con lujo de detalles la confesión de mis amores y disfrutar mis pasiones de juguete como viviendo así una juventud distinta a la suya entre rejas. Él estuvo preso desde los dieciocho hasta los veinticinco años por repartir volantes subversivos en la puerta de la facultad; y en la cárcel conoció y compartió celda y golpes con mi viejo.
Creo que por eso, a veces se la da de padre conmigo y me repudre con consejos de inconfesada procedencia machista; pero me divierte mucho cuando inventa fábulas mezclando mi realidad con sus ficciones en cuentos que, de pequeño, me hacían sentir un pánico varonilmente apadrinado, desasfixiándome de tanta abuela. Pobre Rogelio, cuando estoy de humor le sirvo unas cervezas y le sigo la corriente, porque sé que arma el rompecabezas de su historia con mis breves piezas de experiencia; y además porque le debo una: él fue la única y última compañía de mi papá antes de morir en cana.
Por lo que Rogelio me cuenta de aquella época, todo era subversivo: pensar distinto era subversivo, ser joven era un delito subversivo, hacer el amor antes de casarse era promiscuidad subversiva, cantar las canciones de John Lennon era reproducir modelos subversivos, usar el pelo largo y los jeans desflecados era un modo de mostrarse subversivo. Para mí que creer que todo era subversivo estaba de moda.
Me instalé cómodamente en la cocina de Rogelio y me preparé unos mates decidido a no moverme de allí hasta encontrar lo que buscaba, y aunque estuve tentado en llamar a Carola aprovechando la intimidad de la ocasión –"Ay, Carola, cómo me gusta verte, tocarte, sentirme en tu cielo, derretirme en tu verde misterio, ¡ah!"– opté por bancármelas solo con mis problemas. Tal vez su magia me susurró que hay pasiones que solo se viven con uno mismo.
Revisé el libro hoja por hoja esquivando las ganas de vomitar que me producía cada relato, en la certeza de que eso no había sido investigado y escrito bajo anestesia de ninguna cerveza, y comprobé que los cuentos de terror de Rogelio solo eran nanas infantiles al lado de aquellas desgarradoras historias del libro: secuestros, centros clandestinos de detención, el exterminio como arma política, la impunidad con que los represores se movían, actitudes de la iglesia, de algunos funcionarios, cómo se coordinaba la represión en toda Latinoamérica, documentos, listas de detenidos desaparecidos, niños, embarazadas y adolescentes torturados.
Leyendo sobre los niños arrebatados de su hogar junto a sus padres, pensé en mi suerte y en mi mamá, abandonándome escondido en el canasto de la ropa sucia. Solo recuerdo gritos extraños, y a ella diciéndome algo mientras me tapaba con manteles y camisas adentro de un cesto de mimbre. ¿Qué sucedió aquella noche? ¿Por qué me dejaron allí? ¿No me habrían visto? ¿O en realidad yo no estaba ahí cuando secuestraron a mi madre?
–¡Oh!, Camilo, ¿otra vez con eso? Ya te he dicho una y mil veces que la vida sigue desovillando su carretel y el hilo nos teje artesanalmente a un destino. No tientes a la avispa de los recuerdos –me dice mi abuela cada vez que le pregunto, dando por terminado el tema con un oportuno suspiro al borde del infarto. Ella nunca supo explicarme bien lo que pasó, pareciera que mi vida comenzó el día que aparecí en su casa.
El informe seguía su repugnante relato: el saqueo y el lucro de la represión, la familia como víctima, inválidos y lisiados también blancos para la tortura, allanamientos.
Los capítulos se sucedían uno al otro sin mermar su asqueroso discurso.
El mate amargo endulzaba la lectura.
Finalmente, en la página 323 encontré el nombre de mi mamá: Ana Calónico de Juárez, 26 años, secuestrada de su domicilio el 21 de setiembre de 1977.
La vista se me acalambró y se resistía a leer. A regañadientes obligué a mis ojos a dar sus saltos decodificando líneas y letras. Eran solo seis renglones.
Pensé inmediatamente en no volver a dirigirle la palabra a la abuela, porque si ella había recurrido a todos los organismos de defensa de los derechos humanos buscando a mamá, como me había dicho, la habría encontrado hace mucho en esta maldita página 323 igual que yo.
Me sentía brutalmente estafado, pero mi curiosidad iba más rápido que la bronca y seguí leyendo.
Así me enteré que mamá había sido vista en un destacamento militar utilizado como centro de detención clandestino llamado La Perla. Allí la habían torturado con electricidad atada a un elástico metálico luego de ser violada por varios guardias, y no se supo más de ella después de que la sacaron en un camión junto a otras dos mujeres. Se presume que fueron arrojadas al pozo de una cantera de cal sin apagar a pocos kilómetros del lugar de cautiverio.
Me floreció un sudor pegajoso en la cara y quedé ciego no sé por cuánto tiempo. Hubiera querido llorar con calma, pero la furia se me agitaba en el pecho arremolinándome los rencores y no me dejaba comportar como hubiera sido debido.
–¡Los odio! ¡Malditos hijos de puta! –grité zambulléndome en el mantel. Me levanté tirando hacia atrás la silla y pateé doscientas veces una alfombra de cuero de vaca que Rogelio tenía entre la cocina y el living, dejándola hecha un bollo frente a la puerta de entrada.
Una fuerza irreconocible que me nacía del alma me cristalizó la garganta y tuve que hacer un enorme esfuerzo para llegar al baño a echarme agua sobre la cabeza y poder así volver a respirar.
Imaginé todas las traidoras razones por las cuales me ocultaron la verdad sobre la muerte de mi madre. ¿Acaso uno no es dueño de su historia por dolorosa y terrible que sea?
Me sentí culpable de tener bronca contra mamá por haberme dejado solo en ese canasto sucio; creo que alguna vez hasta llegué a odiarla. Me brotaron unas ganas terribles de poder pedirle perdón. Quise abrazarla en mis recuerdos pero la había borrado para no sentir ese odioso sentimiento de abandono.
¿Cómo era su cara? ¿Sus ojos? ¿Su pelo acariciaba en abrazos como los de la madre de mis amigos? ¿Era más bonita cuando se reía o cuando cantaba? ¿Jugaba conmigo? ¿Su risa sonaba a cascada o a pájaro? ¿Cómo era más allá del celuloide de las fotos? ¿Cómo era que no me acuerdo?
¡No tenían derecho a obligarme a olvidar! Yo quisiera pensar en ella y recordar su rostro, su sonrisa. ¡No les voy a perdonar nunca que me mintieran, porque ocultarme hasta el más mínimo detalle, es como haberme mentido en todo! ¿Qué se creyeron? ¿Vivieron en mí lo que perdieron?: la abuela a su hija, Rogelio su juventud. Ellos tienen sus recuerdos, por asquerosos o tristes que sean, ¿pero yo?
"Al único que pienso seguir dándole bola es al tío Hugo", pensaba entre cortinas de bronca.
Creo que por primera vez en la vida sentí deseos incontenibles de morirme de pena.
Quería que el centrifugado de imágenes, gritos y sudores que me sacudían, acabara destripándome.
Hubiera deseado encender el fuego más irremediable del universo para quemar todo.
Me hubiera arrancado los ojos para que dejaran de pincharme las entrañas y empecé a sentir aquella furia incontrolable de hacía unos momentos. Pero justo cuando estaba envuelto en la peor llamarada de odio, vino a mi rescate una luz infinitamente celeste, como un retazo de cielo desperdigando esencias de vida, y se instaló delante mío la sonrisa de mamá, aquella que me perseguía en sueños por las noches.
Ella se plantó frente a mí, en camisón, con su rostro acaramelado de canción de cuna, y acariciándome entre el mimbre de aquel viejo canasto, cantó una canción de cuna extraña:

"Botón, botella, soy hija de las estrellas.
Camilito, camilón, mi hijo será gorrión".

Vi su rostro joven y sereno. Recordé sus nanas y las figuras que hacíamos con masa de sal cuando volvía de su trabajo. Me acordé de las cuadras que caminábamos juntos desde la guardería a casa, contándome adivinanzas y juegos de palabras que yo trataba de repetir en mi media lengua. Escuché mi voz de niño llamándola "mamana, mamanita", compactando sus nombres, y a ella festejando mi picardía. Sentí su olor a margaritas frescas, su risa de sapo croando hipos que me arrancaban carcajadas, y caricias que ya no quería olvidar.
Su imagen se plantó frente a mí como en una nube de reminiscencias recién cortadas.
Era mi mamá, era ella. Lo supe porque luego de un momento, me recordó aquel: "Te quiero con toda mi alma, hijito; lo mejor que tengo para darte es la libertad. No lo olvides nunca" con el que me despidió esa noche de horrores entre el mimbre. Entonces me envolvió un perfume salado de recuerdos devolviéndome la paz.
De a poco, la luz celeste se fue esfumando, desgajadamente. Entonces, recobrado de aromas e imágenes, me tiré en la cama de Rogelio y lloré.
Lloré por ella y por mí.
"Ana. Mamá. Mamana..."
Lloré por los años que nos habían robado.
"Botón, botella, soy hija de las estrellas."
Lloré por sus jóvenes ganas de cambiar el mundo.
"Camilito, camilón, mi hijo será gorrión."
Lloré por las horas de canciones que no escuché ni escucharé.
Lloré por las atrocidades que sufrió.
"Mamá. Mamanita..."
Lloré por las noches en que traté de justificar mi esencia de huérfano.
Lloré.
Amarga y pausadamente, hasta que los ojos dejaron de dolerme.

(Argentina, 1955)

(Capítulo XIV de la novela «Los sapos de la memoria»)




lunes, 16 de marzo de 2026

SCHUJER, Silvia: La composición


A las madres que buscan a sus hijos.
A los hijos de esos hijos.
A las abuelas que quieren encontrarlos.


Pronto va a hacer como un año que pasó. Fue en noviembre. No me acuerdo qué día. Sé que fue en noviembre porque faltaba poco para que terminaran las clases y ya estábamos planeando las vacaciones. Siempre nos vamos unos días a algún lugar con playa. No muchos porque sale muy caro, dice mi mamá. Bueno, decía. Mi hermanita y yo estábamos durmiendo. No me importó demasiado que esa noche, la anterior, papá y mamá estuvieran preocupados, porque ellos casi siempre andaban preocupados, pero igual eran muy buenos con nosotras y nos hablaban todo el tiempo. Más a mí, porque mi hermana es un poco chica todavía. Recién ahora está en primer grado con la señorita Angélica. A veces yo no entendía del todo lo que me querían decir, pero mi papá me explicaba que algún día iba a poder. Igual, ahora también sigo sin entender mucho que digamos. Mi hermanita no sabe nada. La abuela me quiso mentir a mí también, pero yo no soy tonta, así que… Prométame que no le va a contar a nadie ¿eh? Y menos a mi abuela porque ella tiene mucho miedo y no quiere que lo hablemos. Pero yo a usted se lo tengo que decir porque después me va a preguntar y si lloro ¿qué les digo a las chicas?

Estábamos durmiendo y de repente yo abrí los ojos. La puerta de la pieza estaba cerrada. Era raro que no me hubiera venido a despertar mi mamá si ya entraba luz por las persianas. Yo siempre me doy cuenta de la hora por la luz que se mete entre los huecos de las persianas. Y esa mañana la pieza ya estaba bastante clara y no se escuchaba ningún ruido. A mí no me gustaba faltar al colegio porque entonces me tenía que pasar todo el día sola aburriéndome en casa. Por eso no me hice la dormida. Llamé a mi mamá. Pensé que era ella la que se había quedado dormida. Me imaginé que se iba a poner contentísima de que ya me pudiera despertar sola. Pensé que me iba a decir que yo ya era una señorita y que eso la tranquilizaba. La llamé y, como no vino y tampoco hubo ningún ruido, me levanté. Primero me senté en la cama y traté de despertar a mi hermanita para que no llegáramos tarde. Blanquita, al jardín. Y como ella tampoco me escuchaba, me empezó a agarrar miedo y casi me puse a llorar. Miedo, qué sé yo. La sacudí un poco y cuando abrió los ojos, le di un beso como hacía mi mamá y le alcancé la ropa. Tuve miedo porque un día escuché que mamá le decía a papá que si a ella le pasaba algo… que siempre nos hiciera acordar a nosotras… de un mundo mejor, qué sé yo, esas cosas. Tuve miedo igual, porque para mí el mundo no era feo, el mío por lo menos. Ahora todo es horrible. Mi hermanita y yo nos vestimos. Yo la ayudé un poco, pobre. No me animaba a salir sola de la pieza. No sé por qué. Así le dábamos juntas la sorpresa a mamá. Blanquita no hablaba porque estaba medio dormida. Cuando preguntó por mamá le dije que íbamos a ir juntas a despertarla. Que seguro se había quedado dormida. Nuestra pieza da al comedor. Y enfrente, del otro lado del comedor, está la pieza de mis padres. Salimos en puntas de pie. Mi hermanita venía atrás mío.
¡Yo me quedé!...

Blanquita también se dio cuenta de que algo había pasado porque en el comedor había un desbarajuste bárbaro. Los libros estaban en el suelo y algunos rotos. Las sillas, cambiadas de lugar. Y bueno, para qué le voy a seguir contando. Usted no vaya a decir nada, seño, pero yo tuve miedo. Llegamos a la pieza de ellos: la cama estaba vacía y deshecha, pero no como cuando se iban apurados. Deshecha del todo, hasta un poco corrida de lugar. Ahora no sé si había llegado ese día: que si pasaba algo y las nenas. Hablaban tanto… Papá siempre me abrazaba y me decía que yo iba a ser libre y Blanquita también. Como un pájaro. Que iba a ser amiga de muchos chicos y en el colegio para el día del niño todos iban a tener un juguete y que eso era la libertad por la que ellos peleaban. ¿Dónde?, me pregunto. Porque entre ellos no peleaban nunca. No, casi nunca. Y menos por la libertad, que también es eso de los juguetes ¿no? No estaba ninguno de los dos en toda la casa. Blanquita lloraba más fuerte que yo. Entonces la abracé y le di un beso. Nos sentamos en el piso del comedor en el medio de todos los libros. Yo empecé a ponerlos en orden, los que estaban rotos los dejé para arreglarlos. Pensé que a lo mejor mamá había salido a comprar la leche y le dábamos la sorpresa. Lo que más nerviosa me ponía era cómo lloraba Blanquita, dale y dale. Capaz que tenía hambre, así que fui a la cocina que también era un bochinche. Iba a sacar unos panes de la bolsa y justo sonó el teléfono. ¡Ah! Me había olvidado de decirle que cuando entramos al comedor para ir a la pieza de mis padres, el teléfono estaba descolgado y yo lo puse bien. Entonces atendió Blanquita y yo enseguida le saqué el tubo de la mano. Era mi abuela con la que estamos ahora. Y cuando le conté lo que pasaba, en vez de decir que ay esta madre que tienen, dio un grito y dijo no se muevan, esperen ahí.

Me asusté mucho y yo también grité. Con Blanquita nos quedamos en un rincón. La llamábamos a mi mamá porque mi papá siempre salía temprano así que sabíamos que no podía estar. Después me sentí un poco mal, porque el más grande tiene que ayudar al más chico, y en ese momento yo no la estaba ayudando nada a Blanquita. Ni siquiera la soltaba porque me sentía mejor agarrada a ella. Prométame señorita que usted no va a contar nada de lo que le digo. Mi abuela dice que es peligroso y no quiere. Usted cree que vivo con ella porque no tengo mamá, porque se fue de viaje o algo así —como dice mi abuela cuando alguien se muere—. Pero es mentira, seño. Le juro que es mentira. Yo tengo mamá. No sé dónde está, pero tengo. Ella decía otro mundo y eso a lo mejor es un poco lejos. La verdad que ahora sería bueno que invente un mundo mejor ¿no? porque es una porquería todo esto. Las chicas se piensan que yo estoy muy contenta con mis abuelos porque nos compran todo lo que queremos, pero es mentira. Usted no les diga nada, no, porque de verdad son muy buenos y nos compran lo que queremos. Yo a usted se lo tuve que contar porque recién dijo que había que hacer una composición para el día de la madre y las chicas me dijeron que bueno Inés, vos le podés hacer una a tu abuela, y usted también me iba a decir eso cuando yo me vine acá y le hice perder el recreo largo en su escritorio ¿no?

Buenos Aires, 1977

(Argentina, 1956)