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lunes, 21 de octubre de 2019

GUILLÉN, Nicolás: Siempre


A través de los años que han pasado 
aún el recuerdo de mi amor primero 
endulza la amargura de mi pena 
y lima la rudeza de mi verso. 

Aquel amor… En vano 
he querido borrar ese recuerdo 
que, delicadamente melancólico, 
prendido al corazón por siempre llevo… 

Quizás “ella” me olvida; mas no importa. 
En un mundo en que me agito y peno, 
aquel amor jamás podrá olvidárseme, 
porque fue amor y porque fue el primero. 



lunes, 16 de septiembre de 2019

CASTELLANOS, Rosario: Amor


Solo la voz, la piel, la superficie
pulida de las cosas.

Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco
rebalsaría y la mano ya no alcanza
a tocar más allá.

Distraída, resbala, acariciando
y lentamente sabe del contorno.
Se retira saciada
sin advertir el ulular inútil
de la cautividad de las entrañas
ni el ímpetu del cuajo de la sangre
que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
ya para siempre ciego del sollozo.

El que se va se lleva su memoria,
su modo de ser río, de ser aire,
de ser adiós y nunca.

Hasta que un día otro lo para, lo detiene
y lo reduce a voz, a piel, a superficie
ofrecida, entregada, mientras dentro de sí
la oculta soledad aguarda y tiembla.

México, 1925/1974

Leído por Viviana Daniele el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

lunes, 2 de septiembre de 2019

GALEANO, Eduardo: Alfonsina



A la mujer que piensa se le secan los ovarios. Nace la mujer para producir leche y lágrimas, no ideas; y no para vivir la vida sino para espiarla desde las ventanas a medio cerrar. Mil veces se lo han explicado y Alfonsina Storni nunca lo creyó. Sus versos más difundidos protestan contra el macho enjaulador.
Cuando hace años llegó a Buenos Aires desde provincias, Alfonsina traía unos viejos zapatos de tacones torcidos y en el vientre un hijo sin padre legal.
En esta ciudad trabajó en lo que hubiera; y robaba formularios del telégrafo para escribir sus tristezas.
Mientras pulía las palabras, verso a verso, noche a noche, cruzaba los dedos y besaba las barajas que anunciaba viajes y herencias y amores.
El tiempo ha pasado, casi un cuarto de siglo; y nada le regaló la suerte. Pero peleando a brazo partido Alfonsina ha sido capaz de abrirse paso en el masculino mundo. Su cara de ratona traviesa nunca falta en las fotos que congregan a los escritores argentinos más ilustres.
Este año, en el verano, supo que tenía cáncer. Desde entonces escribe poemas que hablan del abrazo de la mar y de la casa que la espera allá en el fondo de la avenida de las madréporas.

(Uruguay, 1940/2015)


Leído por Cecilia Alderete el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)


domingo, 18 de agosto de 2019

WALSH, María Elena: Las que cantan


Vengo a decir que en los rincones
más difíciles del planeta
están cantando las mujeres
con voz de pueblo escarmentado.
Se supone que vociferan
para morir un poco menos. 

Solo el dolor, la fiebre, el odio,
el desafío y la desgracia,
solo una luz inofensiva
cantan las mujeres que cantan. 

Fadistas de Portugal,
enlutadísimas de España,
inclinadas segando siegan
espirales de rabia y queja,
liquidan su ración de sueño
con furiosa maternidad. 

Coyas, princesas miserables
de una América de arpillera,
queman ancestro alcoholizado
en lamentos como cuchilladas.
Hay que dejarse herir, caer
en su dolor, amar su llanto
y comprobar cómo la tierra
busca sus desolados huesos. 

Brujas pálidas de Oriente,
lustradas hechiceras de África,
custodias de padecimientos,
celebrantes de la miseria
que lamentan inútilmente
fatalidades ordenadas
por dioses vanos y hombres crueles. 

Les asignaron sed atávica,
desesperada obligación,
y ellas amenazan morir
en repertorios de quejido,
de belleza perdonadora. 

Solo vengo a decir que cantan
y que el mundo no se arrepiente
de sus gargantas infernales,
de sus corazones prohibidos. 

Solo vengo a decir que acaso
nos están echando la culpa. 

María Elena Walsh 
(Argentina, 1930/2011)


Leído por Natalia Fontanet el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

domingo, 11 de agosto de 2019

KAUFMAN, Ruth: Sofía




Los sábados eran días especiales en casa de Sofía. La mamá cocinaba galletitas de coco, de chocolate y de miel. Un olor riquísimo inundaba la casa y Sofía se moría de ganas de comerse el aire.
Pero cuando sacaban las galletitas del horno, apenas si probaban una o dos y enseguida las guardaban en una lata azul y roja para el día siguiente.
La mamá planchaba la ropa que se pondrían al otro día, y si le quedaba tiempo iba a la peluquería.
Sofía, en cambio, se pasaba la tarde entera dibujando. A la nochecita acomodaba todos los dibujos sobre el piso de la cocina y elegía uno, solo uno, para el día siguiente.
El domingo se levantaban temprano, tan temprano que en invierno todavía era de noche. Sofía se vestía en un santiamén; su mamá, en cambio, estaba horas arreglándose el vestido, peinándose, ensayando sonrisas con los labios pintados. 
Primero tomaban un ómnibus, después un tren, luego otro ómnibus y al final caminaban. Por la calle se cruzaban con otras mujeres con niños que iban, como ellas, de visita a la cárcel.
Ese domingo las revisó, como siempre, una mujer policía. Les hizo sacarse la ropa, dio vuelta la cartera de la mamá, abrió la lata, metió los dedos entre las galletitas. También agarró el dibujo de Sofía.
Se quedó unos segundos mirándolo, luego sacó un bolígrafo y tachó, uno por uno, todos los pajaritos que volaban en el papel.
–Está prohibido dibujar palomas –dijo y le devolvió a Sofía un papel lleno de cruces negras.
Ellas atravesaron el pasillo de la cárcel y entraron en la pieza donde las esperaba el papá. Se llenaron de besos, charlaron, comieron las galletitas de coco, de chocolate y de miel. Por primera vez, Sofía no llevaba ningún dibujo de regalo.
Al sábado siguiente, Sofía volvió a dibujar toda la tarde. Esta vez rompió muchos papeles hasta terminar el que le llevaría a su papá.
En la cárcel las revisó la misma mujer policía. Les hizo sacarse la ropa, husmeó las galletitas, dio vuelta la cartera de la mamá. Tomó el dibujo de Sofía y durante un rato largo, demasiado largo, se quedó mirándolo.
–Pueden pasar –dijo al fin. Y les devolvió el dibujo.
Antes de las galletitas, antes de contar nada, Sofía se abalanzó sobre el papá y le regaló el dibujo. El papá se demoró un rato mirando la casa, los árboles, el cielo con el sol amarillo y las nubes.
–¿Qué son esos redondelitos de colores? –le preguntó a Sofía señalando las copas de los árboles. Sonriendo, Sofía contestó:
–Son los ojos de los pajaritos que están escondidos. 

(Buenos Aires, 1961)
.

Leído por Romina Schleppi el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)




jueves, 1 de agosto de 2019

LISPECTOR, Clarice: Las aguas del mar


Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.
Solo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.
Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.
Son las seis de la mañana. Solo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.
Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.
Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.
El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).
Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.
Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.
Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.
Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.
Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano.

(Ucrania, 1920/Brasil, 1977)



Leído por Claudia Tomasso el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

jueves, 25 de julio de 2019

MARCANO QUIJADA, Emilia: Lo que no soy


No tengo la menor idea

de quién soy.
Tengo la esperanza de acertar
un porcentaje de los cálculos
que he hecho
al evaluar lo que no soy.

No soy un genio, no soy bestia,
no soy parte de ningún espectáculo.
No soy argumento, no soy guion,
no soy papel sin arrugas.
No soy gourmet, no soy fast foot,
no soy degustación,
vaso, plato ni mesa.
No soy moral, no soy prejuicio,
no soy juez.
No soy autosuficiente, hasta el aire
me lo presta Dios.

No soy cuerda, en ocasiones
no soy absurda.
No soy militante, no soy religiosa,
no soy oveja.
No soy línea, vaso mojado,
felicidad de nadie.
No soy común, no soy especial,
no soy hierro ni fragua.

No soy de piedra.
¡Pero como quisiera!

(Venezuela, 1960)

Leído por María Adela Schamne el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

jueves, 18 de julio de 2019

PATIÑO, Jhoana: País de mierda


De vez en cuando, muere un gran hombre y este país llora unido al pie de su tumba como si lo quisiera de verdad.
De vez en cuando, estalla una bomba y la solidaridad aflora entre nosotros como las mariposas en el rosal.
De vez en cuando, en nuestra historia ocurre un genocidio en tierras lejanas llenas de “parias” y entonces unas cuantas lágrimas brotan colectivas de los ojos de la impunidad.
De vez en cuando, un niño es violado cual si fuera de trapo y entonces nuestras morales dobles entran en pánico.
De vez en cuando, un esposo asesina a su esposa en defensa de su honor burlado.
De vez en cuando, un político corrupto le roba al pueblo los recursos de su futuro.
De vez en cuando, susurran los periódicos algún fraude electoral y todos queremos estallar.
¡De vez en cuando este país de mierda tiene memoria y dignidad!
De vez en cuando, los ciudadanos recuerdan la hermandad y se unen entre diferentes para luchar.
De vez en cuando, las banderas se pueden ondear por la victoria de la humanidad.
De vez en cuando, lo negro es bueno y el miedo nos hace hablar.
¡De vez en cuando, este país de mierda recuerda que puede cambiar!
De vez en cuando, los niños pueden soñar con una casa y un juguete para jugar.
De vez en cuando, se construyen parques y se olvida al rival.
¡De vez en cuando, en este país de mierda se puede crear!
De vez en cuando, se dice lo que se siente sin temor al qué dirán.
De vez en cuando, en mi país la gente dice no MÁS.
De vez en cuando, nos acordamos de los demás…
De vez en cuando, miramos más allá de nuestra propia miseria.
De vez en cuando, derrotamos la indiferencia y abrazamos la conciencia de la libertad.
De vez en cuando los buenos somos más y nos resistimos a actuar solo de vez en cuando.
DE VEZ EN CUANDO, ALGUIEN ME RECUERDA QUE PUEDE SER SIEMPRE…



Leído por Liliana Maina el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

miércoles, 10 de julio de 2019

MALALA YOUSAFZAI


Había una vez una niña que adoraba ir a la escuela. Su nombre era Malala. 
Malala vivía en un apacible valle de Pakistán. Un dia, un grupo de hombres armados, llamados talibanes, tomaron el control del valle y atemorizaron a la población con sus armas. 
Los talibanes le prohibieron a las niñas ir a la escuela. Mucha gente no estaba de acuerdo, pero creía que lo más seguro era resguardar a sus hijas en casa. 
Malala pensó que era muy injusto y empezó a quejarse de ello en internet. Amaba tanto ir a la escuela que un día declaró en televisión: 
-La educación les da poder a las mujeres. Los talibanes están cerrando las escuelas para niñas porque no quieren que las mujeres tengan poder. 
Unos días después, Malala se subió al autobús escolar como de costumbre. De pronto, dos talibanes pararon el autobús y se subieron. 
-¿Quién de ustedes es Malala? -gritaron. 
Cuando sus amigas voltearon a verla, los hombres le dispararon en la cabeza. 
Por fortuna, la llevaron de inmediato al hospital y no murió. Miles de niños y niñas le enviaron tarjetas con buenos deseos y Malala se recuperó mucho más rápido de lo que cualquiera hubiera imaginado. 
-Creyeron que las balas nos silenciarían, pero fallaron -dijo-. Tomemos nuestros libros y nuestros lápices. Son nuestras armas más poderosas. Una niña, una maestra, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo. 

Malala es la persona más joven que ha recibido el Premio Novel de la Paz.” 

Cuando el mundo está en silencio, hasta una sola voz
se vuelve poderosa. 

Malala Yousafzai nació el 12 de julio de 1997, Pakistán. 

(de “Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes”)

Leído por Mía el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por Leer Porque Sí(Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

jueves, 4 de julio de 2019

SASTRE, Elvira: Libre



Quería que supieras
que mi daño es algo que solo elijo yo.

Que me dejo mecer por tus empujones
como si fueran viento que me coloca lejos de ti
porque todas mis puertas están abiertas
y yo soy libre.

Que el odio
es el disfraz de una piel, el reverso de un cuerpo,
y desde otro lugar
tu cara se intuye del revés,
perdida,
y no hay nada peor que sentirse olvidado
dentro de uno mismo.

Que tus intentos de quebrarme el paso
solo consiguieron hacerme pisar más fuerte,
y cuanto más lejos te colocas
más cerca estoy de mí misma.

Que quisiste taparme los ojos
y hundirme,
pero mi mirada está más cerca del mar
que de tu suelo.
Y te lo repito:
soy libre.

Que solo aquel que entiende mi silencio
merece mi palabra,
y tú hace tiempo que dejaste de comprender
que lo que difiere entre un hogar
y un sitio al que volver
es la puerta abierta.
Tu puerta cerrada
es la entrada a mi casa.

Que quisiste quitarme todo
y te quedaste sin mí.

Que mi risa fue tu risa
y nuestras lágrimas fueron una,
pero dejaron de hablar el mismo idioma
cuando tus carcajadas
fueron balas contra mi pena,
cuando tu tristeza
arremetió ahogada contra mi alegría.

Que siempre colocaré la verdad
frente a mis huellas,
que no daré respuestas
a quien no acepta mis preguntas,
que no iré a aquel lugar
en el que no me reconozca,
que no daré la mano
al que me señala con el dedo.

Que nunca me perdiste:
dejaste que me fuera,
que es la peor forma que existe de abandono
-para el que se queda.
Y ese será tu mayor castigo.

Pero no,
no diré nada que enturbie mi paz, 
que moleste la duna calmada 
que reside en mi conciencia.



Mejor me voy
sin decir nada que no sea un espacio vacío
-lo que te mereces: nada-, 
porque irse en silencio hace más ruido
que cualquiera de tus gritos.



Y yo ya he pasado de canción.

(Segovia, España, 1992)



Leído por Jaquelina Burgwardt el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

jueves, 13 de junio de 2019

UHART, Hebe: Mi nuevo amor


Tengo un amor nuevo y con él aprendí muchas cosas. Por ejemplo, los límites. Tantos años de ir a lo del psicoanalista para escucharlo repetir siempre: “Pero usted se tira a la pileta sin agua”. A mí esa frase me producía consternación, porque una pileta sin agua es de lo más triste que hay. O si no, me decía: “Hágase valer, usted tiene una imagen muy deteriorada de sí misma, usted es inteligente, es creativa”. Eso a mí me daba como un destello de valor por un momento y después me sonaba a consuelo, como cuando alguien presenta a otra persona a un tipo o una tipa impresentables y para arreglarlo dicen: “Es historiador” o “Viajó a Tánger”, y como yo creo que lo que siento es verdadero amor, no necesito ni ser linda ni ser creativa ni viajar a Tánger: él me quiere por lo que soy. Y no le importa si soy un poco vieja, porque es como que no registrara esas cosas: para mi asombro me quiere sin condiciones. Con él aprendí la expresión de la mirada, que vale por mil palabras: no me asusta si en sus ojos veo una pizca de odio; sé que no es hacia mí como yo suponía antes, o tal vez el análisis anterior haya hecho efecto a posteriori; de pronto uno puede tener una pizca de odio en los ojos por cosas que recuerda, motivos privados. Yo sé con él cuándo debo acercarme porque no es violento para el rechazo y así —y a eso siempre lo consideré una prueba de convivencia que alabaría el analista— podemos estar cada uno en su habitación, pensando en nuestras respectivas cosas sin necesidad de perturbar preguntando “¿qué estás haciendo?” para joderse las paciencias mutuamente. Con él me ha surgido una femineidad insospechada, porque ante su sencillez —es de hábitos regulares y desea cosas simples— he depuesto toda rivalidad o competencia. Compartimos esa cualidad neutra que posee el tiempo después de cierta edad, en que no hay días terribles ni fiestas luminosas, porque los días se enlazan en el comer, dormir, trabajar y ver un poco de televisión. 
Eso sí, él televisión no mira. A la noche, para separar un día de otro, nos frotamos la frente. Los únicos problemas vendrían a ser la dieta y una sola costumbre que no me gusta, porque es muy delicado en general: solo come carne picada y se rasca las pulgas delante de la gente. 

(Argentina, 1936/2018)


lunes, 10 de junio de 2019

ARDILES GRAY, Julio: La escopeta


Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca. 
De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse, arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo. 
"Ya que no es la paloma —se dijo—, no me voy a volver a la casa con las manos vacías". 
Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar. 
Matías, que ya había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó. 
"Que extraño —se dijo—. Jamás he escuchado cantar a un pájaro como este". 
El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde. 
Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos. 
El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí. 
"Me estoy volviendo muy abriboca", se dijo mientras sacudía la cabeza. 
Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido. 
“¡Esto me pasa por tonto!”, gritó en voz alta. 
Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo: 
"Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa". 
Y se lanzó cortando el campo hasta alcanzar el callejón. 
Al entrar al pueblo fue cuando comenzó a sentir algo raro. Estaba como desorientado: echaba de menos algunos edificios y otros le parecía que nunca en su vida los había visto. A medida que avanzaba, la sensación iba en aumento. Y al llegar a su casa, el miedo le sopló en la cara un presentimiento vago, pero terrible. 
Penetró en el zaguán. En el patio, cuatro chicos jugaban y cantaban. Al verlo se desbandaron gritando: 
—¡El Viejo...! ¡El Viejo...! 
Una mujer salió de una habitación sacudiéndose las hilachas de la falda. Matías balbuceó con un hilo de voz: 
—¿Quién es usted...? Yo busco a Leandro... 
La mujer lo miró largamente y frunció el entrecejo. 
—¿Qué dice, buen hombre? —dijo. 
—Busco a Leandro —tartamudeó Matías—. A mi hijo Leandro... Esta es mi casa. 
—¿Su casa? —dijo la mujer. 
—¡Sí! ¡Mi casa! —gritó Matías—. La casa de Matías Fernández 
La mujer hizo un gesto de extrañeza. 
—Era... —dijo sonriendo con tristeza—. Nosotros la compramos hace veinte años cuando desapareció don Matías y todos sus hijos se fueron de este pueblo. 
—¡Qué! —gritó Matías, levantando las manos como para defenderse. 
—Sí...—asintió la mujer temerosa. 
Entonces, Matías se fijó en sus manos y se dio cuenta que estaban arrugadas, muy arrugadas y trémulas como las de un hombre muy viejo. Y huyó despavorido dando un grito.

(Argentina, 1922)


miércoles, 15 de mayo de 2019

PANNO, Juan José: Piel de Judas


Rajá pa dentro, rajá para dentro te digo, que te voy a arrancar la cabeza, te miraste como tenés las rodillas desgraciumana, me vas a volver loca, vos querés que me vuelva loca, que me internen en un manicomio querés, decí, decí la verdad, callate la boca y andá a lavarte, mirá esas manos, vení para acá, vení para acá, mirate esos tobillos, ayyyy, el soponcio me agarra el soponcio, el hígado, ahora vas a ver cuando vuelva tu padre, porque con tu padre no jodés, claro, para eso está la señora, la sirvienta que te tiene que planchar la ropa, preparar la comida y vos en lo único que pensás es en jugar a la pelota con esa manga de atorrantes, te voy a mataaaar, un día se me va a terminar la paciencia y te voy a pegar una paliza que no te vas a olvidar en tu vida, eso querés ¿no?, tiene razón la Pocha, a ustedes hay que tenerlos cortitos, porque una les da el codo y se agarran todo el brazo, te dije media hora y mirá la hora que es, no me comés, no me hacés los deberes y encima te pasás toda la tarde con esa pelota de porquería, nooo, pero ya vas a ver cuando vuelva tu padre. ¿Sabés que sos vos? Sos la piel de Judas, la peste bubónica sos, callate la boca, chito, chito eh, anda a lavarte, vení para acá, ¿te viste las zapatillas?, noooo que te vas a mirar vos si lo único que te importa es jugar a la pelota con los desgraciados esos, meta pelota y pelota todo el día y a mí que me parta un rayo ¿te vas a ir a lavar o no te vas a ir a lavar? ¡esas rodillas! percudidas las tenés, per-cu-di-das, te vas a tener que lavar con acaroína, ayyy, tu hermano no era así, ah nooo, el Carlitos es una monada, nunca me llamaron del colegio para decirme nada, nunca una palabra de más, un niño prodigio el Carlitos, no como vos, pedazo de bestia, machona de porquería, tendrías que haber sido varón vos, siempre lo dije. 

(Argentina, 1949)




viernes, 3 de mayo de 2019

GUILLÉN, Nicolás: El mal del siglo


Señor, Señor, ¿por qué odiarán los hombres 
al que lucha, al que sueña y al que canta? 
¿Qué puede un cisne dulce 
guardar sino ternuras en el alma? 
¡Cuán doloroso es ver que cada ensayo, 
para volar, provoca una pedrada, 
un insulto mordaz, una calumnia!… 
¿Por qué será la Humanidad tan mala? 

¿Por qué junto al camino de la Gloria 
siempre la Envidia pálida 
acecha el paso del romero cándido 
y le lanza su flecha envenenada? 
Almas que se revuelcan en el lodo, 
¿por qué serán las almas 
que siempre han de manchar las vestiduras 
de aquel que lleva vestidura blanca? 

¡Cómo castiga el mundo 
al que nació con alas 
y sueña con la luz del Infinito 
desde las lobregueces de la jaula! 

Este siglo egoísta 
nunca ha sabido de quimeras cándidas, 
ni de ilusiones, ni de empeños nobles: 
este siglo se arrastra. 

Estos hombres de ahora solo piensan 
en el oro, que enfanga 
todas las limpideces de la vida 
y todas las alburas de las almas. 
Señor, ya nadie sueña; 
Señor, ya nadie canta. 

Los caballeros de este siglo buscan 
la oscuridad de arteras emboscadas 
y en sus noches sin gloria jamás viven 
su fina aristocracia, 
el eco de una lira, 
el amor de una dama 
y el brillo, ante el asombro de la luna, 
del acero atrevido de una espada… 

Y manos que se esconden en la sombra 
son las manos que clavan 
el puñal de imprevistas cobardías. 
Y traiciones satánicas 
sobre todos los pechos sin amparo 
y todas las espaldas. 

Yo no puedo vivir en este siglo 
sin cerebro y sin alma. 
Señor, Señor: yo soy águila o cisne: 
dame una cumbre altiva, como el águila, 
para olvidar en ella 
mi lírica nostalgia, 
o igual que al cisne, dame 
como suprema gracia, 
un lago silencioso y solitario, 
de ondas azules y de espumas blancas. 



martes, 2 de abril de 2019

DOLINA, Alejandro: Balada de la primera novia



El poeta Jorge Allen tuvo su primera novia a la edad de doce años. Guarden las personas mayores sus sonrisas condescendientes. Porque en la vida de un hombre hay pocas cosas más serias que su amor inaugural. Por cierto, los mercaderes, los refutadores de leyendas y los aplicadores de inyecciones parecen opinar en forma diferente y resaltan en sus discursos la importancia del automóvil, la higiene, las tarjetas de crédito y las comunicaciones instantáneas. El pensamiento de estas gentes no debe preocuparnos. Después de todo han venido al mundo con propósitos tan diferentes de los nuestros, que casi es imposible que nos molesten.
Ocupémonos de la novia de Allen. Su nombre se ha perdido para nosotros, no lejos de Patricia o Pamela. Fue tal vez morocha y linda. El poeta niño la quiso con gravedad y temor. No tenía entonces el cínico aplomo que da el demasiado trato con las mujeres. Tampoco tenía —ni tuvo nunca— la audacia guaranga de los papanatas. 
Las manifestaciones visibles de aquel romance fueron modestas. Allen creía recordar una mano tierna sobre su mentón, una blanca vecindad frente a un libro de lectura y una frase, tan solo una: "Me gustás vos". En algún recreo perdió su amor y más tarde su rastro. 
Después de una triste fiestita de fin de curso, ya no volvió a verla ni a tener noticias de ella. Sin embargo siguió queriéndola a lo largo de sus años. Jorge Allen se hizo hombre y vivió formidables gestas amorosas. Pero jamás dejó de llorar por la morocha ausente. 
La noche en que cumplía treinta y tres años, el poeta supo que había llegado el momento de ir a buscarla. 
Aquí conviene decir que la aventura de la Primera Novia es un mito que aparece en muchísimos relatos del barrio de Flores. Los racionalistas y los psicólogos tejen previsibles metáforas y alegorías resobadas. De ellas surge un estado de incredulidad que no es el más recomendable para emocionarse por un amor perdido. 
A falta de mejor ocurrencia, Allen merodeó la antigua casa de la muchacha, en un barrio donde nadie la recordaba. Después consultó la guía telefónica y los padrones electorales. Miró fijamente a las mujeres de su edad y también a las niñas de doce años. Pero no sucedió nada. 
Entonces pidió socorro a sus amigos, los Hombres Sensibles de Flores. Por suerte, estos espíritus tan proclives al macaneo metafísico tenían una noción sonante y contante de la ayuda. Jamás alcanzaron a comprender a quienes sostienen que escuchar las ajenas lamentaciones es ya un servicio abnegado. 
Nada de apoyos morales ni palabras de aliento. Llegado el caso, los muchachos del Ángel Gris actuaban directamente sobre la circunstancia adversa: convencían a mujeres tercas, amenazaban a los tramposos, revocaban injusticias, luchaban contra el mal, detenían el tiempo, abolían la muerte. Así, ahorrándose inútiles consejos, con el mayor entusiasmo buscaron junto al poeta a la Primera Novia. 
El caso no era fácil. Allen no poseía ningún dato prometedor. Y para colmo anunció un hecho inquietante: 
—Ella fue mi primera novia, pero no estoy seguro de haber sido su primer novio. 
—Esto complica las cosas —dijo Manuel Mandeb, el polígrafo—. Las mujeres recuerdan al primer novio, pero difícilmente al tercero o al quinto. 
El músico Ives Castagnino declaró que para una mujer de verdad, todos los novios son el primero, especialmente cuando tienen carácter fuerte. Resueltas las objeciones leguleyas, los amigos resolvieron visitar a Celia, la vieja bruja de la calle Gavilán. En realidad, Allen debió ser llevado a la rastra, pues era hombre temeroso de los hechizos. 
—Usted tiene una gran pena —gritó la adivina apenas lo vio. 
—Ya lo sé señora... dígame algo que yo no sepa... 
—Tendrá grandes dificultades en el futuro... 
—También lo sé... 
—Le espera una gran desgracia... 
—Como a todos, señora... 
—Tal vez viaje... 
—O tal vez no... 
—Una mujer lo espera... 
—Ahí me va gustando... ¿Dónde está esa mujer? 
—Lejos, muy lejos... En el patio de un colegio. Un patio de baldosas grises. 
—Siga... con eso no me alcanza. 
—Veo un hombre que canta lo que otros le mandan cantar. Ese hombre sabe algo... Veo también una casa humilde con pilares rosados. 
—¿Qué más? 
—Nada más... Cuanto más yo le diga, menos podrá usted encontrarla. Váyase. Pero antes pague. 
Los meses que siguieron fueron infructuosos. Algunas mujeres de la barriada se enteraron de la búsqueda y fingieron ser la Primera Novia para seducir al poeta. En ocasiones Mandeb, Castagnino y el ruso Salzman simularon ser Allen para abusar de las novias falsas. 
Los viejos compañeros del colegio no tardaron en presentarse a reclamar evocaciones. Uno de ellos hizo una revelación brutal. 
—La chica se llamaba Gómez. Fue mi Primera Novia. 
—¡Mentira! —gritó Allen. 
—¿Por qué no? Pudo haber sido la Primera Novia de muchos. Entre todos lo echaron a patadas. 
Una tarde se presentó una rubia estupenda de ojos enormes y esforzados breteles. Resultó ser el segundo amor del poeta. Algunas semanas después apareció la sexta novia y luego la cuarta. Se supo entonces que Jorge Allen solía ocultar su pasado amoroso a todas las mujeres, de modo que cada una de ellas creía iniciar la serie. 
A fines de ese año, Manuel Mandeb concibió con astucia la idea de organizar una fiesta de exalumnos de la escuela del poeta. Hablaron con las autoridades, cursaron invitaciones, publicaron gacetillas en las revistas y en los diarios, pegaron carteles y compraron masas y canapés. 
La reunión no estuvo mal. Hubo discursos, lágrimas, brindis y algún reencuentro emocionante. Pero la chica de apellido Gómez no concurrió. Sin embargo, los Hombres Sensibles -que estaban allí en calidad de colados- no perdieron el tiempo y trataron de obtener datos entre los presentes. 
El poeta conversó con Inés, compañera de banco de la morocha ausente. 
—Gómez, claro —dijo la chica—. Estaba loca por Ferrari. 
Allen no pudo soportarlo. 
—Estaba loca por mí. 
—No, no... Bueno, eran cosas de chicos. Cosas de chicos. Nada menos. Amores sin cálculo, rencores sin piedad, traiciones sin remordimiento. 
El petiso Cáceres declaró haberla visto una vez en Paso del Rey. Y alguien se la había cruzado en el tren que iba a Moreno. Nada más. Los muchachos del Ángel Gris fueron olvidando el asunto. Pero Allen no se resignaba. Inútilmente buscó en sus cajones algún papel subrepticio, alguna anotación reveladora. Encontró la foto oficial de sexto grado. Se descubrió a sí mismo con una sonrisa de zonzo. La morochita estaba lejos, en los arrabales de la imagen, ajena a cualquier drama. 
—¡Ay, si supieras que te he llorado....! Si supieras que me gustaría mostrarte mi hombría... Si supieras todo lo que aprendí desde aquel tiempo... 
Una noche de verano, el poeta se aburría con Manuel Mandeb en una churrasquería de Caseros. Un payador mediocre complacía los pedidos de la gente. 
—Al de la mesa del fondo le canto sinceramente... 
De pronto Allen tuvo una inspiración. 
—Ese hombre canta lo que otros le mandan cantar. 
—Es el destino de los payadores de churrasquería. 
—Celia, la adivina, dijo que un hombre así conocía a mi novia... Mandeb copó la banca. 
—Acérquese, amigo. 
El payador se sentó en la mesa y aceptó una cerveza. Después de algunos vagos comentarios artísticos, el polígrafo fue al asunto. 
—Se me hace que usted conoce a una amiga nuestra. Se apellida Gómez, y creo que vivía por Paso del Rey. 
—Yo soy Gómez -dijo el cantor-. Y por esos barrios tengo una prima. 
Después pulsó la guitarra, se levantó y abandonando la mesa se largó con una décima.

—Acá este amable señor
conoce una prima mía
que según creo vivía
en la calle Tronador.
Vaya mi canto mejor
con toda mi alma de artista
tal vez mi verso resista
pa' saludar a esta gente
y a mi prima, la del puente
sobre el Río Reconquista.

Durante los siguientes días los Hombres Sensibles de Flores recorrieron Paso del Rey en las vecindades del río Reconquista, buscando la calle Tronador y una casa humilde con pilares rosados. Una tarde fueron atacados por unos lugareños levantiscos y dos noches después cayeron presos por sospechosos.
Para facilitarse la investigación decían vender sábanas. Salzman y Mandeb levantaron docenas de pedidos. Finalmente, la tarde que Jorge Allen cumplía treinta y cuatro años, el poeta y Mandeb descubrieron la casa.
—Es aquí. Aquí están los pilares rosados.
Mandeb era un hombre demasiado agudo como para tener esperanzas.
—No me parece. Vámonos.
Pero Allen tocó el timbre. Su amigo permaneció cerca del cordón de la vereda.
—Aquí no es, rajemos.
Nuevo timbrazo. Al rato salió una mujer gorda, morochita, vencida, avejentada. Un gesto forastero le habitaba el entrecejo. La boca se le estaba haciendo cruel. Los años son pesados para algunas personas.
—Buenas tardes —dijo la voz que alguna vez había alegrado un patio de baldosas grises.
Pero no era suficiente. Ya la mujer estaba más cerca del desengaño que de la promesa.
Y allí, a su frente, Jorge Allen, más niño que nunca, mirando por encima del hombro de la Primera Novia, esperaba un milagro que no se producía.
—Busco a una compañera de colegio —dijo—. Soy Allen, sexto grado B, turno mañana. La chica se llamaba Gómez.
La mujer abrió los ojos y una niña de doce años sonrió dentro suyo. Se adelantó un paso y comenzó una risa amistosa con interjecciones evocativas. Rápido como el refucilo, en uno de los procedimientos más felices de su vida, Mandeb se adelantó.
—Nos han dicho que vive por aquí... Yo soy Manuel Mandeb, mucho gusto.
Y apretó la mano de la mujer con toda la fuerza de su alma, mientras le clavaba una mirada de súplica, de inteligencia o quizás de amenaza. Tal vez inspirada por los ángeles que siempre cuidan a los chicos, ella comprendió.
—Encantada —murmuró—. Pero lamento no conocer a esa persona. Le habrán informado mal.
—Por un momento pensé que era usted —respiró Allen—. Le ruego que nos disculpe.
—Vamos —sonrió Mandeb—. La señora bien pudo haber sido tu alumna, viejo sinvergüenza...
Los dos amigos se fueron en silencio.
Esa noche Mandeb volvió solo a la casa de los pilares rosados. Ya frente a la mujer morocha le dijo:
—Quiero agradecerle lo que ha hecho....
—Lo siento mucho... No he tenido suerte, estoy avergonzada, míreme....
—No se aflija. Él la seguirá buscando eternamente.
Y ella contestó, tal vez llorando:
—Yo también.
—Algún día todos nos encontraremos. Buenas noches, señora.
Las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese único sentido es indispensable buscar a la Primera Novia. El hombre sabio deberá cuidar —eso sí— el detenerse a tiempo, antes de encontrarla.
El camino está lleno de hondas y entrañables tristezas. Jorge Allen siguió recorriéndolo hasta que él mismo se perdió en los barrios hostiles junto con todos los Hombres Sensibles.

(Argentina, 1944)

De “Crónicas del Ángel Gris”



domingo, 24 de marzo de 2019

NERUDA, Pablo: Los enemigos



Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pólvora, ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor. 

Entonces, en el sitio
donde cayeron asesinados,
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.
Por estos muertos, nuestros muertos,
pido castigo. 

Para los que de sangre salpicaron la patria,
pido castigo.
Para el verdugo que mandó esta muerte,
pido castigo,
Para el traidor que ascendió sobre el crimen
pido castigo. 

Para el que dio la orden de agonía,
pido castigo.
Para los que defendieron este crimen,
pido castigo. 

No quiero que me den la mano
empapada con nuestra sangre.
Pido castigo. 

No los quiero de embajadores,
tampoco en su casa tranquilos,
los quiero ver juzgados,
en esta plaza, en este sitio.
Quiero castigo.

(Chile, 1904/1973)