Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

sábado, 17 de septiembre de 2016

SACHERI, Eduardo: Pelotas perdidas


El peor árbol que existe, para que te crezca en un campito, es una palmera. Lo digo así de claro y contundente. Es un axioma. Un principio indiscutible. Puede ser que, además de ser indiscutible, sea un principio inútil. Uno de esos conocimientos que no sirven para nada. Y eso, por muchas razones: por empezar, porque es probable que para cualquiera que tenga menos de treinta años la palabra “campito” no signifique nada. Y no signifique nada, precisamente, porque los campitos están virtualmente extinguidos, como el asno salvaje sirio o el leopardo de Zanzíbar (antes de seguir adelante aclaro que los ejemplos que acabo de anotar los sé por internet, y no porque sea especialista en zoología).
En mi niñez existían, en los barrios, dos tipos de canchas de fútbol en las que los pibes podíamos jugar: las canchitas y los campitos. Hoy, como ya soy un adulto y por lo tanto se me han agarrotado los reflejos para captar el mundo completo, tengo que hacer un esfuerzo para fundamentar la diferencia entre unas y otros.
¿Qué es lo que volvía campito al campito y canchita a la canchita? Digamos que cuando el terreno era más bien salvaje, cimarrón, apenas un poco más evolucionado que un baldío, recibía el nombre de campito. En cambio, cuando se trataba de un territorio más cuidado, con postes de madera para los arcos, o con pastizales y yuyos solo en la periferia del campo de juego, por ejemplo, alcanzaba el rango mucho más honorable de canchita.
En Castelar existían, por supuesto, unas cuantas canchitas, y numerosos campitos. La mejor canchita era la de Presente, que se llamaba así porque estaba a una cuadra de una tienda que vendía uniformes escolares, con ese nombre. No se imagine el lector que era una canchita demasiado preparada. De hecho, la canchita de Presente —a la que acabo de definir como la mejor de todo Castelar— tenía un árbol de treinta metros de alto que le crecía en el vértice de una de las áreas. Un verdadero obstáculo. Cuando te tocaba atacar hacia ese lado, no solo tenías que eludir a tus rivales, sino al tronco desmesurado del maldito eucalipto que había tenido la pésima idea de crecer en ese sitio.
Ahora: si esa era la mejor canchita, se podrá imaginar, querido lector, cómo debía ser el peor de los campitos. Pero éramos gente de conformarnos con poco. En mi barrio, de hecho, en ese barrio que florecía alrededor de la esquina de Guido Spano y Blanco Encalada, no teníamos ni canchita ni campito. Una combinación de muchas casas y poca suerte nos volvía indigentes en la materia, y nos condenaba a jugar únicamente en la calle. Cerca de nuestro barrio estaba la canchita de la calle Buchardo. Linda canchita, con un arco de madera y todo. Pero ahí está el asunto: quedaba “cerca” de nuestro barrio, pero no “en” nuestro barrio. Y eso hacía que les perteneciera a otros pibes, y no a nosotros. A veces nos aventurábamos a usurparla, pero tarde o temprano sus legítimos dueños nos sacaban carpiendo.
Sin embargo, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, como bien decía Abuelita Nelly. Una tarde cualquiera estábamos ahí, tirados en círculo en la vereda, lamentándonos por nuestra penuria de campos de juego. Un colectivo acababa de despanzurrar la última pelota de cuero que teníamos, y Fabio le daba vueltas al cuero aplastado y descosido, que dejaba ver los restos de la cámara de goma estallada sin remedio.
—¿Tendrá arreglo? —preguntó, con una voz en la que la angustia se sobreponía a cualquier otro sentimiento.
Esteban le hizo un ademán para que se la alcanzara. Cuando la tuvo, la giró, la palpó, la analizó con ademanes de entendido.
—Cámara nueva. Costura. Arreglo tiene, pero va a salir unos cuantos mangos.
Los demás asentimos. Esteban era un especialista en saber esas cosas. Fabio recibió los restos del balón y siguió dándole vueltas, aunque ahora con un atisbo de esperanza.
—Oigan —dijo Sergio, de repente—. Si quieren puedo conseguir un campito para que juguemos. 
Se lo hicimos repetir, como para descartar una insolación o una imperdonable intención de burlarse de nosotros. Volvió a decirlo, con un parpadeo de absoluta inocencia. 
¿Era posible? ¿Cabía la posibilidad de que Sergio supiese la manera en que podíamos hacernos de un campito? Nos costaba creerle. Esa noticia sonaba igual de inverosímil que si el tipo nos hubiera dicho que era amigo personal de Mario Alberto Kempes, o que era capaz de cruzar la avenida Irigoyen con los ojos vendados y sin que lo aplastaran los camiones. Le exigimos aclaraciones y las brindó de inmediato.
Resultaba que sus tíos eran dueños del terreno de la esquina de Victorino de la Plaza, en el punto límite del barrio, pero adentro. Y que les había preguntado si podíamos usarlo y le habían dicho que sí; que si lo limpiábamos y cuidábamos, podíamos usarlo sin problemas. La explicación de Sergio sonaba tan sincera que no nos pareció que tratase de engañarnos. Además, si realmente nos estaba tomando el pelo, siempre nos quedaba el recurso de hacerle pagar la broma moliéndolo a patadas. Y difícilmente el tierno infante estuviese dispuesto a correr semejante riesgo.
De manera que ahí nos fuimos, a inspeccionar nuestro dominio recién adquirido y los trabajos necesarios para ponerlo en condiciones. Era un terreno en esquina, bastante grande, rodeado por un alambrado alto y cubierto de ligustro. En un costado se podía pasar saltando un portón de madera cerrado con candado. Hasta los más escépticos tuvimos que aceptar que era, verdaderamente, la tierra prometida. Sobre uno de los lados, además, alguien había plantado un par de naranjos, a unos cinco metros uno del otro. Estaban apestados y se habían ido en vicio, pero nosotros no los queríamos para comer naranjas sino para que sirviesen de postes para un arco. Dicho sea de paso, ese arco nunca resultó una maravilla: los árboles no tenían un tronco único que saliese recto hacia arriba, sino un montón de ramas gruesas que se abrían desde el tronco hacia los lados, muy abajo. Cada “poste” por lo tanto, era un berenjenal de ramas, y era una discusión perpetua entre atacantes y defensores, cuando la pelota pegaba en esas ramas, decidir si cobrábamos gol, rebote en el palo, córner o saque de arco. Los que atajaban ahí, además, sufrían especialmente. A todos nos maravillaba el modo en que el Pato Fillol, arquero de la selección campeona del ’78, volaba de palo a palo sacando balones imposibles de los ángulos. Pero cuando nos poníamos a imitarlo en ese arco, indefectiblemente terminábamos llenos de raspones, estrellados contra el ramerío como mariposas en el radiador de los micros de larga distancia. 
De todas maneras, teníamos problemas más urgentes: el terreno estaba abandonado desde hacía mucho tiempo, y donde no crecían los suyos tan altos como nosotros se acumulaban montaña de basuras abandonadas ahí desde tiempo inmemorial. Como nos sobraba de voluntad lo que nos faltaba de herramientas, los más grandes nos pusimos a arrancar los yuyos con las manos. Y pusimos al personal a nuestras órdenes —es decir, los pibes más chicos— a cargar manojos de basura hasta el cordón de la vereda. Cuando la fatiga amenazaba con derrotarnos —nuestros jóvenes esclavos amagaban a dejar el trabajo y parecían inmunes a todas nuestras amenazas, y los mayores teníamos las manos enrojecidas cuando no ampolladas—, el papá de Nicolás vino a salvarnos: trajo la máquina de cortar pasto, un cable de cincuenta metros para enchufarla en lo de un vecino, y dos machetes enormes y filosos para atacar la espesura.
Mientras su papá se dedicaba a manejar el catafalco y a gritarnos que no pisásemos el cable a riesgo de “quedarnos pegados” —recuerdo que en mi niñez me costaba conciliar la noción de electricidad con la de pegamento–—, Nicolás y yo nos dedicamos a sacudir los machetes en el yuyal con mucho más entusiasmo que conocimientos. Creo que nunca estuve tan cerca, a lo largo de mi vida, de perder unos cuantos dedos de las manos.
Nos llevó un par de tardes dejar todo limpio y lo suficientemente liso como para que la pelota rodase. Desde entonces, el “campito de Sergio” se convirtió en nuestro campo de juego. Y pudimos jugar a salvo de los colectivos y de las viejas deseosas de dormir la siesta.
Pero, como en la vida no existen las soluciones perfectas, tuvimos que aprender a convivir con la palmera.
Y ahora regreso al principio de este relato, para repetir que no hay un árbol peor para que te crezca en un campito, que una palmera. De entrada, como tantas cosas en la vida, nos pareció inocente, inofensiva. Claro que la vimos. Como para no verla. Enorme. Altísima. Tan gruesa que no alcanzábamos a rodear su tronco con los brazos. Con el penacho de hojas pinchudas en la cima, y el tronco áspero y recto, sin ningún sitio para agarrarse e intentar treparla.
Nos bastaron unos cuantos partidos para darnos cuenta de que la dichosa palmera era una devoradora insaciable de pelotas. Siempre sucede, cuando uno juega al fútbol en la naturaleza, que algún jugador rústico te cuelga el balón en las ramas de un árbol. Es inevitable. Pero, cuando sucede, uno supone que tarde o temprano conseguirá recuperar la pelota. Trepando por las ramas, haciéndose pie con los amigos, tirándole cascotazos, sacudiendo el follaje… Esas estrategias funcionan en todo tipo de árboles: en sauces, en pinos, en fresnos, en paraísos, en tilos, en cedros. Pero son inútiles cuando se trata de una palmera. Porque la pelota se encaja allá arriba, en el centro del penacho ese de hojas pinchudas, y salvo que uno tenga un helicóptero no hay modo de llegarle a ese corazón lleno de trampas. Escalar el tronco es imposible. Tirarle piedrazos es inútil. Y zarandear las ramas, impracticable, porque como mucho lo que vas a lograr es que se desprenda una y se te venga encima con todas esas agujas filosas que te pueden dejar cosido a pinchazos.
Parece mentira cómo la vida parece dispuesta a torcer sus caminos. Porque nosotros, que con el campito de Sergio nos habíamos librado de los reventones de pelotas bajo las ruedas de los colectivos, empezamos a verlas desaparecer en las fauces hambrientas de la maldita palmera. Cuando a los arqueros desprevenidos se les daba por sacar alto, las caras de todos quedaban estáticas clavadas en el cielo. El aire se quedaba quieto y dejaban de escucharse los sonidos, salvo algún aullido de pánico mal contenido. Si el balón pasaba lejos de la palmera, o si le tocaba la punta de las ramas y caía, festejábamos con aplausos y seguíamos el partido. Pero si con un rumor verde el balón se encastraba en las alturas, nos agarrábamos la cabeza o nos quedábamos quietos y fríos, a medida que nos colmaba el desconsuelo. 
Para disuadir a los arqueros irreflexivos establecimos una regla categórica: “El que cuelga, garpa”. Y como “dura lex, sed lex” —ese dicho no es de Abuelita Nelly, porque nunca supo latín—, los incautos se acostumbraron a la fuerza a sacar con la mano y más bien bajito. Pero el fútbol tiene pulsos y exigencias que van más allá de los deseos de los hombres, y de tanto en tanto, algún balón irreflexivo partía, como un cañonazo, hacia el infierno final de la cima del árbol asesino.
Nuestra guerra contra la palmera empezó a terminar un día como cualquiera, cuando nos topamos con un cartel sobre el alambrado. “Se vende”, en grandes letras blancas, y el apellido y el teléfono de un martillero de la zona. Consultamos a Sergio sobre el asunto y resultó que el campito no era de Sergio ni de los tíos de Sergio ni de ningún miembro de la parentela de Sergio. Como éramos indulgentes, no lo fajamos por haberse mandado la parte en vano. Y como éramos optimistas, seguimos jugando sin detenernos a pensar en el día en el que, tarde o temprano, nos arrebatarían el campito.
Unos meses después llegaron unos obreros que construyeron una empalizada. El dueño legítimo del terreno lo había vendido para construir unos dúplex. Y nosotros, dispuestos a encontrar rastrojos de alegría en la desgracia, optamos por ver el lado bueno: nos quedábamos para siempre sin campito, pero para construir los dúplex iban a tener que derribar a nuestra enemiga, y nosotros recuperaríamos de un saque todas las pelotas que a lo largo de tres años la palmera nos había ido arrebatando.
El día fijado para la tala estuvimos todos. Encaramados en una medianera, vimos a los obreros rodear el tronco con sogas gruesas y emprenderla a los hachazos. Cuando horadaron la mitad del diámetro enorme, cincharon todos juntos para torcer el tronco y quebrarlo como el espinazo de un dinosaurio o de un gigante. No nos tembló un músculo cuando la palmera golpeó contra la tierra: esos no eran días de conciencia ecológica sino de pura y simple venganza.
Después del topetazo feroz contra el suelo, los operarios nos permitieron acercarnos. Vimos, por primera vez, el alto corazón de la bestia: el enmarañado centro del follaje, un par de nidos abandonados, un amontonamiento de frutos y semillas, el imán hambriento que se había engullido cada uno de nuestros balones. Con cuidado, para no clavarnos las agujas atroces de las hojas, estiramos los brazos para recuperar las pelotas perdidas.
Y con un asombro en el que se mezclaban el horror y la admiración, comprobamos que la palmera había vuelto a derrotarnos. Después de meses, de años de tenerlas suspendidas ahí arriba, a sol y sereno, empapadas de lluvia y resecas en los soles del verano, todas, absolutamente todas, las doce o quince pelotas que encontramos estaban inservibles: con los gajos rotos, el cuero podrido, las costuras abiertas, las cámaras desintegradas.
Para irnos, saltamos por última vez el portón de madera del campito. A medida que pasábamos las piernas por encima de los listones, echamos un último vistazo al gigante abatido. Los obreros se disponían a cortar el tronco en pedazos, a separar las ramas para apilar los restos en el cordón de la vereda. Eso sí: entre todos cargamos con nosotros los restos, inservibles y despellejados, de todas las pelotas. Aunque la palmera nos hubiese ganado, también, esa última batalla, no íbamos a obsequiarle, además, el placer postrero de quedarse con todos nuestros muertos.

(Argentina, 1967)


jueves, 8 de septiembre de 2016

GALEANO, Eduardo: Los sueños del fin del exilio/3


Se le habían roto los cristales de los anteojos y se le habían perdido las llaves. Ella buscaba las llaves por toda la ciudad, a tientas, en cuatro patas, y cuando por fin las encontraba, las llaves le decían que no servían para abrir sus puertas.

(Uruguay, 1940/2015)

jueves, 25 de agosto de 2016

CORTÁZAR, Julio: Terapias


Un cronopio se recibe de médico y abre un consultorio en la calle Santiago del Estero. En seguida viene un enfermo y le cuenta cómo hay cosas que le duelen y cómo de noche no duerme y de día no come.
—Compre un gran ramo de rosas —dice el cronopio.
El enfermo se retira sorprendido, pero compra el ramo y se cura instantáneamente. Lleno de gratitud acude al cronopio, y además de pagarle le obsequia, fino testimonio, un hermoso ramo de rosas. Apenas se ha ido el cronopio cae enfermo, le duele por todos lados, de noche no duerme y de día no come.

(1914/1984)





lunes, 22 de agosto de 2016

MELENDI: De repente desperté



Hoy he soñado que todo es mentira,
que no existen ni la guerra ni la paz,
ni los enfermos ni las medicinas,
que no existen las banderas,
ni palomas mensajeras.

Hoy he soñado que todo es mentira,
que no existen los parados por derecho
y que el político es de plastilina,
y que no existe un desastre
que no arregle cualquier sastre.

Y de repente desperté
y cuál fue mi sorpresa
cuando en el telediario de la 3
un hombre mataba a sus hijos a palos
para vengarse así de su exmujer.

De repente desperté
y como si de un sueño se tratara,
vi que el mundo era un papel,
donde el poderoso pinta garabatos
para lavarse las manos después.

De repente desperté
y como siempre este maldito mundo,
tan extraño como absurdo,
tan cruel como taciturno,
comenzó a andar del revés.

Hoy he soñado que todo es mentira,
que en el mundo no existía desigualdad
y que los niños no mueren de sida,
y que no existen primeros
ni últimos por extranjeros.

Y de repente desperté
y vi a cuatro individuos en la tele
peleando por el poder
mientras en la calle un pueblo esclavizado
buscaba en la basura pa' comer.

De repente desperté
y vi cómo detrás de un movimiento
siempre había su porqué,
que en nombre de la paz vi matar dictadores
que estaban más que puestos por usted.

De repente desperté
y como siempre este maldito mundo,
tan extraño como absurdo,
tan cruel como taciturno,
comenzó a andar del revés.

Y ahora no sé cuál es el sueño
y cuál la realidad...
Pensamos que vamos sin dueño…
Qué falta de verdad,
Qué falta de verdad...

Y no hay peor que el que no quiere ver
por muy duro que sea mirar.
Me resulta tan difícil
creer que existe el destino
cuando todo el mundo baila
si cuatro tiran de un hilo.

Y aunque esta humilde balada
nunca sirva para nada,
yo hoy dormiré más tranquilo.

Ramón Melendi Espina (Oviedo, 21 de enero de 1979),
conocido artísticamente como Melendi, es un cantautor español.
Sus especialidades en la música son el rock, el pop

y antiguamente la rumba a la hora de componer sus letras.

martes, 12 de julio de 2016

SZTAJNSZRAJBER, Darío: La última vez


¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste? No buscando una respuesta ni encontrando una certeza, sino la última vez que te escapaste de lo cotidiano y te detuviste. No por cansancio ni por desidia, sino porque sí.
¿Cuándo fue la última vez que te detuviste y dejaste que todo a tu alrededor flotara? Como quien se anima a desconectar las cosas, a quitarles su carácter de utilidad, a sacarlas de la lógica del cálculo.
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que no sirviera para nada? Para nada ni para nadie, ya que las servidumbres se presentan de formas muy misteriosas. Algo que no fuese pensado desde la ganancia, el interés o el egoísmo.
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo porque sí? No porque te convenía o porque lo necesitabas, o incluso porque lo querías; sino porque sí. O al revés: ¿cuándo fue la última vez que la casualidad hizo con vos algo? No algo productivo, ni profundo, ni siquiera algo en sentido estricto.
¿Cuándo fue la última vez que le diste un abrazo a alguien? No a tus seres queridos ni a personas conocidas, sino a “alguien”, no importa a quien. 
¿Cuándo fue la última vez que diste? No importa qué. Un regalo no vale por lo que es, sino que vale en tanto regalo. Un regalo no vale. Un regalo no es. Se da y no vuelve.
¿Cuándo fue la última vez que te abriste? ¿O que no te cerraste? ¿O que demoliste tus puertas? ¿O que dejaste entrar al indigente? ¿O que ese otro irrumpió en vos y te llevó puesto?
¿Cuándo fue la última vez que recordaste? No cuándo vence la factura de gas o la fecha del examen, sino que te recordaste como una trama, como una huella, como parte del relato en el que te ves inmerso, como el deseo de querer seguir narrándote.
¿Cuándo fue la última vez que lloraste? Simplemente lloraste. De alegría, de tristeza, da igual. Llorar, como quien expresa en ese acto primitivo la existencia viva; como quien solicita, pide, ruega, pero no reclama, ni exige, ni cree merecer.
¿Cuándo fue la última vez que te perdiste? No en esta calle o en este trabajo o con este proyecto compartido. Perderse, dejándose llevar por ese acontecimiento imprevisible, dejándolo ser. El mundo está repleto de carteles y señales. El mundo está lleno de héroes que te proponen un formato industrial del ser uno mismo y una carrera exitosa basada en el afianzamiento de lo que sos. No importa qué sos, sino abroquelarte en lo tuyo, o en los tuyos, y sobre todo erigir los muros que hacen del otro y de lo otro algo invisible. Por eso perderse, como quien pasea sin rumbo, o habla con una tortuga, o le pide perdón a un helado por comérselo. Como quien se baja del colectivo para caminar por esas calles extrañas, como quien encuentra una mirada que lo devuelve para adentro y cae en el abismo.
¿Cuándo fue la última vez que tuviste miedo? No por lo que te pudiera pasar, sino por pensar que tal vez nunca no te pasara nada.
¿Cuándo fue la última vez que preferiste la nada al ser, un olor a un concepto, un insomnio a un ansiolítico, un árbol viejo a un ascensor?
¿Cuándo fue la última vez que te traicionaste, que te animaste, que transgrediste, que te lanzaste, que tuviste un sueño, que creíste, que descreíste, que te arrepentiste, que te afirmaste, que te cuestionaste, que soltaste lo propio y te abriste a la pregunta?
¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste?

(Argentina, 1968)

sábado, 25 de junio de 2016

MAFALDA EN SU SOPA


Alumnos de 2° año y tres profes de la E.E.M.P.A. 1007 "LIBERTAD" participaron de una visita guiada por la Muestra "Mafalda en su sopa", en el Complejo Cultural del Viejo Mercado. Fue el jueves 9 de junio de 2016, con la cálida coordinación de la Profesora Claudia Manera. Queda registro del disfrute de la actividad, de algunos detalles del recorrido y de las infografías que elaboraron posteriormente alumnos de 2° F.








lunes, 13 de junio de 2016

BIALET, Graciela: Una historia de amor con final de río


Dicen que dicen... que por allá, en el territorio de los incas, hace muchísimos años hubo un chico y una chica perdidamente enamorados el uno del otro, pero con tanto... tantísimo... viento en contra que si en aquella época hubiese existido la TV, hubieran protagonizado una telenovela.
Él era un muchacho apuesto, buen mozo, fuerte, noble y como si esto fuese poco, también era el príncipe de aquella tribu.
Como pasa casi siempre en estos casos de amores perdidos, desde que Milac Navira (que así se llamaba nuestro héroe) conoció a Panaholma, quedó boquiabierto y con mirada de perro que perdió el sulqui. Ella era una chica de pueblo, bellísima como ninguna, pero pobre como las lauchas.
Demás estaría contar que los padres de Milac Navira se opusieron teminantemente al noviazgo con aquella triste plebeya, no querían para su hijo una esposa de clase baja. Eran de los que decían que los pobres son pobres porque quieren... que no es por nada pero cada chancho a su rancho... y cosas por el estilo.
Pretendían para su hijo alguien importante: algo así como una diosa, por ejemplo, y si eso no podía ser... ¡bue!, se conformaban con una reina... ¡Qué sé yo!... De última, una princesa... ¿pero menos? ¡Qué va!
Por su parte, los padres de Panaholma eran de los que se jactaban de ser pobres pero honrados y para colmo de males se llevaban como la mona con los soldados del rey que venían todas las semanas a cobrar sus impuestos, cada vez más caros y menos justificados. Es de imaginar que prohibieron teminantemente a su niña tener cualquier tipo de tratos con ese joven de la realeza. 
Ellos pretendían que Panaholma se casara con un tal Quilcas, un joven de su misma condición social que decía estar loco de amor por la bella niña, y que por lo menos no tenía nada que ver con personas mandonas y desagradables como el rey y su familia. 
Los enamorados, como pasa siempre cuando el bichito del amor pica y saca roncha, hacían lo posible por desprenderse los abrojos de la vigilancia de sus padres e igual se veían a escondidas.
Así hasta que un día, empachados de los NO de sus padres y sin poder calmar las cosquillas de ese amor que les plumereaba el estómago por dentro, decidieron huir juntos. 
Casi con lo puesto los escondió la noche en su telón de romance y se fueron mientras la luna les guardaba el secreto. Pero una estrella envidiosa, no halló mejor manera de vengarse de los enamorados por no haberla elegido como madrina de bodas, que revelar la ruta seguida, nada más ni nada menos que a Quilcas, el enamorado dejado de plantón.
Quilcas, muerto de rabia y celos, los persiguió hasta el valle de Traslasierra donde los novios habían decidido construir su nueva vida.
Allí Milac Navira y Panaholma se casaron. 
El altar fue una vertiente de agua fresca.
Los padrinos: el sol y la luna. 
El celeste colchón del cielo los apañó en su juego de amor y ellos se besaron como nunca.  Como siempre, conteniendo la risa para no hacer papelones juntos en el momento culminante de la boda.
Se abrazaron, bailaron, comieron perdices... pero no fueron del todo felices, porque apenas comenzaron a sacarle punta al lápiz de la alegría, el perverso de Quilcas comenzó a hacer de las suyas. 
Obligó a un cóndor decir a Milac Navira que por las montañas encontraría el mejor regalo del mundo para su novia; y a un picaflor para que convenciera a Panaholma que por los llanos hallaría las cabras más gordas y lecheras para prepararle un sabroso quesillo a su enamorado.
Engañados así, ella por un lado y Milac Navira por otro, Quilcas logró separarlos y luego, con trucos parecidos, se dio maña para convencer a cada cual que su pareja había muerto.
El joven príncipe, que estaba en las Sierras Grandes, comenzó a llorar enloquecido de bronca, pensando por qué la había dejado sola, echándose un baldazo de culpas y mordiéndose los labios con tal desesperación que sus lágrimas de rabia se convirtieron en un río frío y turbulento.
Ella, en cambio, se hallaba en la Pampa de Achala al enterarse de la mentirosa muerte de su esposo, y fue allí donde una lluvia de llanto le quemó la sonrisa hasta formar un cordón de agua caliente como una herida. 
A pesar de que sus tristezas corrían por las montañas hechas ríos de pena, en el fondo de sus corazones ellos no querían creer que era cierto lo que decía Quilcas.
Así que impulsados por una voz que se escapaba de las cosquillas de los recuerdos, caminaron como sonámbulos por las huellas que formaban sus ríos de lágrimas y... -como en los finales felices de las telenovelas- él y ella se encontraron... 
¿Dónde?
En el lugar exacto en que las aguas  se unían, ahí... justamente allí...
donde hoy en día se besan y arremolinan jugando a un amor prohibido los ríos Mina Clavero y Panaholma. 


Graciela Bialet
(de “De boca en boca”, 1994)



Graciela Bialet nació en Córdoba, Argentina, en 1955. Estudió Comunicación Social, Licenciatura en Educación y maestría en Promoción de la Lectura y la Literatura Infantil. Como educadora ha desarrollado proyectos específicos en animación lectora, tales como el programa Volver a leer, la coordinación de la Biblioteca Provincial de Maestros , capacitación , publicaciones curriculares y programaciones de Ferias de Libro en Córdoba.
Como escritora ha abordado géneros de la literatura infanto juvenil, la novela, el ensayo y textos pedagógicos para niños y para docentes. Dentre las 25 obras publicadas de destacan: El libro de las respuestas sabihondas (1993), De boca en boca (1994), San Farrancho y otros cuentos (2000), Medio blanco, medio negro (2001), Nunca es tarde (2003), Si tu signo no es cáncer (2005),Caracoleando (2005) y El jamón del sánguche (2008) 

Su tono es coloquial y sus temas complejos, sin caer en el sentimentalismo. Su obra ofrece un enfoque cercano, claro y emotivo a cuestiones personales y difíciles.

miércoles, 8 de junio de 2016

SOLARI, CARLOS "INDIO": El monstruo de Panamá


Su nombre clave es El Monstruo de Panamá. Es el verdadero comepecados de la Agencia. Se presenta como una carta interesante para los jóvenes agentes que se rebelan contra la autoridad. El monstruo de Panamá sabe de los crímenes que existen solamente para cierta calidad humana. La calidad humana de los Servicios de Seguridad disfruta del más alto cociente de secreto permitido en las naciones. 
El Monstruo, alcahuete que aviva a los suscriptores de la Agencia: -La autoridad miente. La autoridad opera en tu cerebro-. Opera mintiendo en los labios de los funcionarios en todos los sobornos. Te mienten los directores de las agencias de noticias y de las agencias de publicidad. Todos los días las pequeñas mentiras institucionales en las ondas de T.V. y en los periódicos devoran nuestro estado de ánimo.
Así las cosas, estoy bebiendo con moderación. Durante días no he recibido ninguna señal de extinción y he logrado poner algunos kilómetros entre los negocios gubernamentales y el refrigerador de mi oficina privada. 
La extinción me ha llevado lejos. Antes de la aparición del puto monstruo jugaba al tenis en el Casino al mediodía, mientras mi sensatez bajaba en picada y mi reputación decaía. Pero el muy bocón puso la boca en el trombón y filtró por los altavoces: -Para quienes no pueden sentir la vida, la muerte no es una tragedia-.
Los líderes hablan de tu muerte sin remordimientos. Yo lo escuchaba mirando sus ojitos de pequinés mientras me zampaba una lata de atún frío y un vaso de vodka con agua tónica. Lo escuchaba mientras me adormecía y aceptaba el ensueño sin vacilar. Visiones de blindados que estallaban como uvas (como dijo luego el mayor general, era sin dudas el chispear del agua tónica). Yo lo escuchaba mientras pasaban camiones y las horas se incendiaban (parece mentira que una simple lata de gaseosa, colocada en el justo lugar...). Los altavoces emiten la conferencia de los observadores y... ¡el Monstruo en los altavoces! con gritos catedrales: -Cuando una información es "estrictamente confidencial" esto significa "su revelación disminuirá nuestro poder"-. 
Arroyo de agua tónica. Un corto trozo de alambre marca el reloj en la lata. Con mi navaja abrí el agujero en la caja ordenadora. Así de fácil. El fuego acometió y los blindados saltaron por los aires. Los depósitos fueron explotando en muecas horrísonas que escupían metralla. El personal procuraba escapar con esa sonrisa desdichada que queda en el rostro cuando se han quemado las cejas y las pestañas. Todo el sector quedó a oscuras y la escena era alumbrada por el fuego y los cortocircuitos. 
Un tango con Páez Montra, editor del programa de noticias de la Agencia y durante la cena jugamos con las imágenes registradas en video. El hombre me hizo ver lo mucho que estaba yo bebiendo. Lo hizo en el mismo instante en que la cámara se detenía en un gran pozo humeante congestionado de carne para contrapicar, luego, en las luces intermitentes y en los infantes limpiando el área. Esos jóvenes guardias con sus chaquetas anaranjadas de siniestro, haciendo un trabajo asqueroso en medio de mis bromas. Son muy jóvenes, no han visto nunca nada semejante. Un helicóptero sobrevuela. Páez insiste en los detalles, no le hago ningún caso, hipnotizado por lo que veo... ¡el Monstruo vivito y coleando!: -Para destruir el objetivo político de la nueva cultura es que la difusión del poder, la revolución será televisada-. 
Las pericias comenzaron antes de que se apagaran los fuegos. Me acerqué al cordón protector convencido de que mi embriaguez sería aceptada con mi jerarquía, y así fue que tuve a la vista mi talento. El helicóptero despegó haciendo volar una mortaja de plástico negro por sobre las ambulancias estacionadas. Integrantes célebres de la Agencia se acercaron en un Buick Le Sabre, atravesaron sin declaraciones la valla de la prensa. Arrastrada por el viento, la mortaja volvió a cruzar la carretera unos seis metros delante de mí para aterrizar en un matorral todavía encendida y consumirse. Y allí estaba yo, un figurón borracho por el éxito, apretándose un granito. Sintiendo con resignación cómo la aventura penetraba poco a poco en mi cerebro. Comenzaron a dolerme los pies. Miré hacia el coche, Páez ya no estaba... Subí a una colina para redondear desde allí la escena. 
Al caer la noche me eché sobre la hierba mirando las estrellas. Ahora estaba en conocimiento de los crímenes que existen solamente para cierta calidad humana. Ahora soy un monstruo. Estoy tumbado bajo el cielo estrellado con la misma impecable actitud con que detuve la bala con la cabeza. Nunca fui golpeado tan duro por nada en la vida. La carne está casi lista cuando la conciencia suma: -Los amateurs se hacen pegar, los profesionales no, pero se pueden ahogar con un hueso de pollo. Además me duelen los pies. Una de esas tonterías que nos requieren en el momento de la muerte. Una fracción de segundo antes de desorbitar los ojos... 

(Texto de ficción aparecido en el número 8 de la revista “Cerdos & Peces”, p. 58, enero de 1987) 

(Argentina, 1949)

domingo, 29 de mayo de 2016

QUIROGA, Horacio: Más Allá


Yo estaba desesperada -dijo la voz-. Mis padres se oponían rotundamente a que tuviera amores con él, y habían llegado a ser muy crueles conmigo. Los últimos días no me dejaban ni asomarme a la puerta. Antes, lo veía siquiera un instante parado en la esquina, aguardándome desde la mañana. ¡Después, ni siquiera eso!
Yo le había dicho a mamá la semana antes:
-¿Pero qué le hallan tú y papá, por Dios, para torturarnos así? ¿Tienen algo que decir de él? ¿Por qué se han opuesto ustedes, como si fuera indigno de pisar esta casa, a que me visite?
Mamá, sin responderme, me hizo salir. Papá, que entraba en ese momento, me detuvo del brazo, y enterado por mamá de lo que yo había dicho, me empujó del hombro afuera, lanzándome de atrás:
-Tu madre se equivoca; lo que ha querido decir es que ella y yo -¿lo oyes bien?- preferimos verte muerta antes que en los brazos de ese hombre. Y ni una palabra más sobre esto.
Esto dijo papá.
-Muy bien -le respondí volviéndome, más pálida, creo, que el mantel mismo-: nunca más les volveré a hablar de él.
Y entré en mi cuarto despacio y profundamente asombrada de sentirme caminar y de ver lo que veía, porque en ese instante había decidido morir.
¡Morir! ¡Descansar en la muerte de ese infierno de todos los días, sabiendo que él estaba a dos pasos esperando verme y sufriendo más que yo! Porque papá jamás consentiría en que me casara con Luis. ¿Qué le hallaba?, me pregunto todavía. ¿Que era pobre? Nosotros lo éramos tanto como él.
¡Oh! La terquedad de papá yo la conocía, como la había conocido mamá.
-Muerta mil veces -decía él- antes que darla a ese hombre.
Pero él, papá, ¿qué me daba en cambio, si no era la desgracia de amar con todo mi ser sabiéndome amada, y condenada a no asomarme siquiera a la puerta para verlo un instante?
Morir era preferible, sí, morir juntos.
Yo sabía que él era capaz de matarse; pero yo, que sola no hallaba fuerzas para cumplir mi destino, sentía que una vez a su lado preferiría mil veces la muerte juntos, a la desesperación de no volverlo a ver más.
Le escribí una carta, dispuesta a todo. Una semana después nos hallábamos en el sitio convenido, y ocupábamos una pieza del mismo hotel.
No puedo decir que me sentía orgullosa de lo que iba a hacer, ni tampoco feliz de morir. Era algo más fatal, más frenético, más sin remisión, como si desde el fondo del pasado mis abuelos, mis bisabuelos, mi infancia misma, mi primera comunión, mis ensueños, como si todo esto no hubiera tenido otra finalidad que impulsarme al suicidio.
No nos sentíamos felices, vuelvo a repetirlo, de morir. Abandonábamos la vida porque ella nos había abandonado ya, al impedirnos ser el uno del otro. En el primero, puro y último abrazo que nos dimos sobre el lecho, vestidos y calzados como al llegar, comprendí, marcada de dicha entre sus brazos, cuán grande hubiera sido mi felicidad de haber llegado a ser su novia, su esposa.
A un tiempo tomamos el veneno. En el brevísimo espacio de tiempo que media entre recibir de su mano el vaso y llevarlo a la boca, aquellas mismas fuerzas de los abuelos que me precipitaban a morir se asomaron de golpe al borde de mi destino a contenerme... ¡tarde ya! Bruscamente, todos los ruidos de la calle, de la ciudad misma, cesaron. Retrocedieron vertiginosamente ante mí, dejando en su hueco un sitio enorme, como si hasta ese instante el ámbito hubiera estado lleno de mil gritos conocidos.
Permanecí dos segundos más inmóvil, con los ojos abiertos. Y de pronto me estreché convulsivamente a él, libre por fin de mi espantosa soledad.
¡Sí, estaba con él; e íbamos a morir dentro de un instante!
El veneno era atroz, y Luis inició él primero el paso que nos llevaba juntos abrazados a la tumba.
-Perdóname -me dijo oprimiéndome todavía la cabeza contra su cuello-. Te amo tanto que te llevo conmigo.
-Y yo te amo -le respondí-, y muero contigo.
No pude hablar más. ¿Pero qué ruido de pasos, qué voces venían del corredor a contemplar nuestra agonía? ¿Qué golpes frenéticos resonaban en la puerta misma?
-Me han seguido y nos vienen a separar... -murmuré aún-. Pero yo soy toda tuya.
Al concluir, me di cuenta de que yo había pronunciado esas palabras mentalmente pues en ese momento perdía el conocimiento.

***

Cuando volví en mí tuve la impresión de que iba a caer si no buscaba donde apoyarme. Me sentía leve y tan descansada, que hasta la dulzura de abrir los ojos me fue sensible. Yo estaba de pie, en el mismo cuarto del hotel, recostada casi a la pared del fondo. Y allá, junto a la cama, estaba mi madre desesperada.
¿Me habían salvado, pues? Volví la vista a todos lados, y junto al velador, de pie como yo, lo vi a él, a Luis, que acabada de distinguirme a su vez y venía sonriendo a mi encuentro. Fuimos rectamente uno hacia el otro, a pesar de la gran cantidad de personas que rodeaban el lecho, y nada nos dijimos, pues nuestros ojos expresaban toda la felicidad de habernos encontrado.
Al verlo, diáfano y visible a través de todo y de todos, acababa de comprender que yo estaba como él: muerta.
Habíamos muerto, a pesar de mi temor de ser salvada cuando perdí el conocimiento. Habíamos perdido algo más, por dicha... Y allí, en la cama, mi madre desesperada me sacudía a gritos mientras el mozo del hotel apartaba de mi cabeza los brazos de mi amado.
Alejados al fondo, con las manos unidas, Luis y yo veíamos todo en una perspectiva nítida, pero remotamente fría y sin pasión. A tres pasos, sin duda, estábamos nosotros, muertos por suicidio, rodeados por la desolación de mis parientes, del dueño del hotel y por el vaivén de los policías. ¿Qué nos importaba eso?
-¡Amada mía!... -me decía Luis-. ¡A qué poco precio hemos comprado esta felicidad de ahora!
-Y yo -le respondí- te amaré siempre como te amé antes. Y no nos separaremos más, ¿verdad?
-¡Oh, no!... Ya lo hemos probado.
-¿E irás todas las noches a visitarme?
Mientras cambiábamos así nuestras promesas oíamos los alaridos de mamá que debían ser violentos, pero que nos llegaban con una sonoridad inerte y sin eco, como si no pudieran traspasar en más de un metro el ambiente que rodeaba a mamá.
Volvimos de nuevo la vista a la agitación de la pieza. Llevaban por fin nuestros cadáveres, y debía de haber transcurrido un largo tiempo desde nuestra muerte, pues pudimos notar que tanto Luis como yo teníamos ya las articulaciones muy duras y los dedos muy rígidos.
Nuestros cadáveres... ¿Dónde pasaba eso? ¿En verdad había habido algo de nuestra vida, nuestra ternura, en aquellos dos pesadísimos cuerpos que bajaban por las escaleras, amenazando hacer rodar a todos con ellos?
¡Muertos! ¡Qué absurdo! Lo que había vivido en nosotros, más fuerte que la vida misma, continuaba viviendo con todas las esperanzas de un eterno amor. Antes... no había podido asomarme siquiera a la puerta para verlo; ahora hablaría regularmente con él, pues iría a casa como novio mío.
-¿Desde cuándo irás a visitarme? -le pregunté.
-Mañana -repuso él-. Dejemos pasar hoy.
-¿Por qué mañana? -pregunté angustiada-. ¿No es lo mismo hoy? ¡Ven esta noche, Luis! ¡Tengo tantos deseos de estar a solas contigo en la sala!
-¡Y yo! ¿A las nueve, entonces?
-Sí. Hasta luego, amor mío...
Y nos separamos. Volví a casa lentamente, feliz y desahogada como si regresara de la primera cita de amor que se repetiría esa noche.

***

A las nueve en punto corría a la puerta de calle y recibí yo misma a mi novio. ¡Él en casa, de visita!
-¿Sabes que la sala está llena de gente? -le dije-. Pero no nos incomodarán.
-Claro que no... ¿Estás tú allí?
-Sí.
-¿Muy desfigurada?
-No mucho, ¿creerás? ¡Ven, vamos a ver!
Entramos en la sala. A pesar de la lividez de mis sienes, de las aletas de la nariz muy tensas y las ventanillas muy negras, mi rostro era casi el mismo que Luis esperaba ver durante horas y horas desde la esquina.
-Estás muy parecida -dijo él.
-¿Verdad? -le respondí yo, contenta. Y nos olvidamos en seguida de todo, arrullándonos.
Por ratos, sin embargo, suspendíamos nuestra conversación y mirábamos con curiosidad el entrar y salir de las gentes. En uno de esos momentos llamé la atención de Luis.
-¡Mira! -le dije-. ¿Qué pasará?
En efecto, la agitación de las gentes, muy viva desde unos minutos antes, se acentuaba con la entrada en la sala de un nuevo ataúd. Nuevas personas, no vistas aún allí, lo acompañaban.
-Soy yo -dijo Luis con ligera sorpresa-. Vienen también mis hermanas.
-¡Mira, Luis! -observé yo-. Ponen nuestros cadáveres en el mismo cajón... Como estábamos al morir.
-Como debíamos estar siempre -agregó él-. Y fijando los ojos por largo rato en el rostro excavado de dolor de sus hermanas:
-Pobres chicas... -murmuró con grave ternura. Yo me estreché a él, ganada a mi vez por el homenaje tardío, pero sangriento de expiación, que venciendo quién sabe qué dificultades, nos hacían mis padres enterrándonos juntos.
Enterrándonos... ¡Qué locura! Los amantes que se han suicidado sobre una cama de hotel, puros de cuerpo y alma, viven siempre. Nada nos ligaba a aquellos dos fríos y duros cuerpos, ya sin nombre, en que la vida se había roto de dolor. Y a pesar de todo, sin embargo, nos habían sido demasiado queridos en otra existencia para que no depusiéramos una larga mirada llena de recuerdos sobre aquellos dos cadavéricos fantasmas de un amor.
-También ellos -dijo mi amado- estarán eternamente juntos.
-Pero yo estoy contigo -murmuré yo, alzando a él mis ojos, feliz.
Y nos olvidamos otra vez de todo.

***

Durante tres meses -prosiguió la voz- viví en plena dicha. Mi novio me visitaba dos veces por semana. Llegaba a las nueve en punto, sin que una sola noche se hubiera retrasado un solo segundo, y sin que una sola vez hubiera yo dejado de ir a recibirlo a la puerta. Para retirarse no siempre observaba mi novio igual puntualidad. Las once y media, aun las doce sonaron a veces, sin que él se decidiera a soltarme las manos, y sin que lograra yo arrancar mi mirada de la suya. Se iba por fin, y yo quedaba dichosamente rendida, paseándome por la sala con la cara apoyada en la palma de la mano.
Durante el día acortaba las horas pensando en él. Iba y venía de un cuarto a otro, asistiendo sin interés alguno al movimiento de mi familia, aunque alguna vez me detuve en la puerta del comedor a contemplar el hosco dolor de mamá, que rompía a veces en desesperados sollozos ante el sitio vacío de la mesa donde se había sentado su hija menor.
Yo vivía -sobrevivía-, lo he repetido, por el amor y para el amor. Fuera de él, de mi amado, de la presencia de su recuerdo, todo actuaba para mí en un mundo aparte. Y aun encontrándome inmediata a mi familia, entre ella y yo se abría un abismo invisible y transparente, que nos separaba a mil leguas.
Salíamos también de noche, Luis y yo, como novios oficiales que éramos. No existe paseo que no hayamos recorrido juntos, ni crepúsculo en que no hayamos deslizado nuestro idilio. De noche, cuando había luna y la temperatura era dulce, gustábamos de extender nuestros paseos hasta las afueras de la ciudad, donde nos sentíamos más libres, más puros y más amantes.
Una de esas noches, como nuestros pasos nos hubieran llevado a la vista del cementerio, sentimos curiosidad de ver el sitio en que yacía bajo tierra lo que habíamos sido. Entramos en el vasto recinto y nos detuvimos ante un trozo de tierra sombría, donde brillaba una lápida de mármol. Ostentaba nuestros dos solos nombres, y debajo la fecha de nuestra muerte; nada más.
-Como recuerdo de nosotros -observó Luis- no puede ser más breve. Así y todo -añadió después de una pausa-, encierra más lágrimas y remordimientos que muchos largos epitafios.
Dijo, y quedamos otra vez callados.
Acaso en aquel sitio y a aquella hora, para quien nos observara hubiéramos dado la impresión de ser fuegos fatuos. Pero mi novio y yo sabíamos bien que lo fatuo y sin redención eran aquellos dos espectros de un doble suicidio encerrados a nuestros pies, y la realidad, la vida depurada de errores, elévase pura y sublimada en nosotros como dos llamas de un mismo amor.
Nos alejamos de allí, dichosos y sin recuerdos, a pasear por la carretera blanca nuestra felicidad sin nubes.
Ellas llegaron, sin embargo. Aislados del mundo y de toda impresión extraña, sin otro fin ni otro pensamiento que vernos para volvernos a ver, nuestro amor ascendía, no diré sobrenaturalmente, pero sí con la pasión en que debió abrasarnos nuestro noviazgo, de haberlo conseguido en la otra vida. Comenzamos a sentir ambos una melancolía muy dulce cuando estábamos juntos, y muy triste cuando nos hallábamos separados. He olvidado decir que mi novio me visitaba entonces todas las noches; pero pasábamos casi todo el tiempo sin hablar, como si ya nuestras frases de cariño no tuvieran valor alguno para expresar lo que sentíamos. Cada vez se retiraba él más tarde, cuando ya en casa todos dormían, y cada vez, al irse, acortábamos más la despedida.
Salíamos y retornábamos mudos, porque yo sabía bien que lo que él pudiera decirme no respondía a su pensamiento, y él estaba seguro de que yo le contestaría cualquier cosa, para evitar mirarlo.
Una noche en que nuestro desasosiego había llegado a un límite angustioso, Luis se despidió de mí más tarde que de costumbre. Y al tenderme sus dos manos, y entregarle yo las mías heladas, leí en sus ojos, con una transparencia intolerable, lo que pasaba por nosotros. Me puse pálida como la muerte misma; y como sus manos no soltaran las mías:
-¡Luis! -murmuré espantada, sintiendo que mi vida incorpórea buscaba desesperadamente apoyo, como en otra circunstancia. Él comprendió lo horrible de nuestra situación, porque soltándome las manos, con un valor de que ahora me doy cuenta, sus ojos recobraron la clara ternura de otras veces.
-Hasta mañana, amada mía -me dijo sonriendo.
-Hasta mañana, amor -murmuré yo, palideciendo todavía más al decir esto.
Porque en ese instante acababa de comprender que no podría pronunciar esta palabra nunca más.
Luis volvió a la noche siguiente; salimos juntos, hablamos, hablamos como nunca antes lo habíamos hecho, y como lo hicimos en las noches subsiguientes. Todo en vano: no podíamos mirarnos ya. Nos despedíamos brevemente, sin darnos la mano, alejados a un metro uno del otro.
¡Ah! Preferible era...
La última noche, mi novio cayó de pronto ante mí y apoyó su cabeza en mis rodillas.
-Mi amor -murmuró.
-¡Cállate! -dije yo.
-Amor mío -recomenzó él.
-¡Luis! ¡Cállate! -lancé yo, aterrada-. Si repites eso otra vez...
Su cabeza se alzó, y nuestros ojos de espectros -¡es horrible decir esto!- se encontraron por primera vez desde muchos días atrás.
-¿Qué? -preguntó Luis-. ¿Qué pasa si repito?
-Tú lo sabes bien -respondí yo.
-¡Dímelo!
-¡Lo sabes! ¡Me muero!
Durante quince segundos nuestras miradas quedaron ligadas con tremenda fijeza. En ese tiempo pasaron por ellas, corriendo como por el hilo del destino, infinitas historias de amor, truncas, reanudadas, rotas, redivivas, vencidas y hundidas finalmente en el pavor de lo imposible.
-Me muero... -torné a murmurar, respondiendo con ello a su mirada. Él lo comprendió también, pues hundiendo de nuevo la frente en mis rodillas, alzó la voz al largo rato.
-No nos queda sino una cosa que hacer... -dijo.
-Eso pienso -repuse yo.
-¿Me comprendes? -insistió Luis.
-Sí, te comprendo -contesté, deponiendo sobre su cabeza mis manos para que me dejara incorporarme. Y sin volvernos a mirar nos encaminamos al cementerio.
¡Ah! ¡No se juega al amor, a los novios, cuando se quemó en un suicidio la boca que podía besar! ¡No se juega a la vida, a la pasión sollozante, cuando desde el fondo de un ataúd dos espectros sustanciales nos piden cuenta de nuestro remedo y nuestra falsedad! ¡Amor! ¡Palabra ya impronunciable, si se la trocó por una copa de cianuro al goce de morir! ¡Sustancia del ideal, sensación de la dicha, y que solamente es posible recordar y llorar, cuando lo que se posee bajo los labios y se estrecha en los brazos no es más que el espectro de un amor!
Ese beso nos cuesta la vida -concluye la voz-, y lo sabemos. Cuando se ha muerto una vez de amor, se debe morir de nuevo. Hace un rato, al recogerme Luis así, hubiera dado el alma por poder ser besada. Dentro de un instante me besará, y lo que en nosotros fue sublime e insostenible niebla de ficción, descenderá, se desvanecerá al contacto sustancial y siempre fiel de nuestros restos mortales.
Ignoro lo que nos espera más allá. Pero si nuestro amor fue un día capaz de elevarse sobre nuestros cuerpos envenenados, y logró vivir tres meses en la alucinación de un idilio, tal vez ellos, urna primitiva y esencial de ese amor, hayan resistido a las contingencias vulgares, y nos aguarden.
De pie sobre la lápida, Luis y yo nos miramos larga y libremente ya. Sus brazos ciñen mi cintura, su boca busca mi boca, y yo le entrego la mía con una pasión tal, que me desvanezco...

(Salto, Uruguay, 1878 – Buenos Aires, Argentina, 1937)


miércoles, 18 de mayo de 2016

SÁENZ, Dalmiro: María la Rubia


Esa que está ahí, la que se ríe en este momento, y apoya la palma de la mano sobre su cadera como si acariciara el anca de un animal querido; esa que mira a los hombres desde el extremo del salón grande, sabiendo que en cualquier momento alguno de ellos le hará una seña con la cabeza y que juntos se introducirán en uno de los cuartos del prostíbulo; esa que asienta sus cuarenta y tres años de vida sobre sus zapatos violeta que apenas sobresalen de los bordes del vestido largo, pero que al moverse se abrirá bastante dejando ver no solo la pulsera plateada del tobillo, sino mucho más arriba, hasta casi la mitad de sus muslos redondos; esa mujer es María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
La conocen todos, prácticamente todos los obreros de Y.P.F. que traen el frío de muchos inviernos en sus articulaciones duras; los que hacen los pozos, los hombres de las torres, los tractoristas, los mecánicos, los que manejan los camiones de los equipos de exploración, los que en un momento dado frotarán sus manos en el manojo de estopa y desgrasarán con prolijidad la superficie curtida y el nacimiento de sus antebrazos hasta el mismo límite que le impone la manga del overol o de la camiseta blanca, y que luego tirarán la estopa, como un símbolo de trabajo terminado, y encauzarán sus pensamientos hacia sus proyectos de fin de semana, en donde seguramente estará incluida la casi obligatoria visita al prostíbulo. La conocen los peones de las estancias vecinas, los de las frentes blancas por muchos soles que no atravesaron el grosor de las gorras o de los sombreros con barbijo, los que bajan al pueblo muy de tanto en tanto, con sus botas lustradas y su saco de cuero, y que se paran en las esquinas o caminan despacio con recelosa prudencia, como si llevaran de la mano el bozal y el cabresto y se acercaran a un caballo arisco en el corral de la estancia. La conocen los empleados de la calle San Martín, lo
s que se inclinan sobre el mostrador de la Anónima, o de Argensud, o de Selecta, o de Picón, y anotan las boletas de las mercaderías vendidas y que conocen al cincuenta por ciento de los clientes por sus apellidos y aun por sus nombres, y que al final de ese día, en el rapidísimo desbande de las siete de la tarde, dirigirán sus pasos hacia las paredes y el techo bajo el cual estarán sus padres o sus hermanos o la mujer que lleva su apellido y que tal vez pregunte: "¿Salís esta noche?", y a quien ellos contestarán: "No sé, puede ser que vaya un rato al café", sabiendo perfectamente que no lo harán, porque ya desde hacía unas horas atrás las caderas de la chica de la caja o las piernas de alguna cuenta en las medias que tal vez él mismo había vendido habrían encauzado sus pensamientos hacia la “casa grande" de la calle Belgrano. La conocen todos, prácticamente todos, incluso yo que soy su hijo.
Anoche lo supe, bastante después de la pelea, cuando yo y él nos levantamos del suelo. Supe que mi madre es una prostituta, que es distinta a las madres o a las hermanas o las hijas de ustedes, porque ella se acuesta con el hombre que paga los cuarenta pesos que estipula la casa y no con aquel que lo dará cierta seguridad de recibir esos cuarenta o una cantidad equivalente para el resto de sus días. Siempre me había intrigado la negativa de ella. Me acuerdo de una vez que, un poco borracho había cruzado yo el salón y tomándola de un brazo le dije:
—Vení.
Ella me había mirado un poco a los ojos y creo que vi el "No" antes de que lo pronunciara aunque no sé si llegó a decirlo, porque el sonido de mi trompada fue lo único que se oyó y su mano subió hasta la cara tapando el hilo de sangre que le corría por la ceja. Su mirada marrón y su silencio, y luego mi voz gritándole:
—Puta de mierda, ¿por qué carajo no querés acostarte conmigo? 
Ella se fue del cuarto como hace muchos años se había ido de mi vida, seguramente sin llorar, pero con la misma decisión y firmeza con que le había dicho que no a la partera del pueblo cuando esta le insistía: "Mirá, querida, que es muy sencillo; lo papás cuando podés; no es más que un pinchazo y dejar que entre el aire, ¿qué vas a hacer vos con una criatura? ¿Cuántos años tenés?".
"Dieciocho años" tendría que haber contestado; pero no lo hizo, sino que se fue conmigo en sus entrañas, a ver al hombre que fue mi padre y al que no encontró porque hacía días que se había ido para el lado del Senguer con una tropa de capones camino hacia Chile. Ella no lo supo hasta mucho más tarde, pocos días antes del parto, cuando llegó el huaso Silveira tambaleándose desde la inseguridad de sus botas de taco alto y apretando su dolor entre las costillas golpeadas y repitiendo constante: "Harto abusivos estuvieron, harto abusivos", y al preguntarle por mi padre había contestado cómo había muerto, a pocos metros del carabinero, con la bala que había entrado por su pecho y salido por la espalda y la mano sobre el cabo del cuchillo que no había tenido ni tiempo de sacar.
Todo eso lo supe por mi abuela, con la que me crié. Lo supe ayer, cuando volvía del prostíbulo, después de tambalear mi asco por las calles oscuras y de vomitar dos veces en la puerta de casa y de hincarme a los pies de la cama y de preguntar llorando: "¿Es mi madre, no es cierto que es mi madre?".
Ella me lo había dicho ignorando todavía lo que había pasado. Me contó de ese día en que se enteró por el huaso Silveira de la muerte de su hijo, y cuando días más tarde llegó aquella chica de dieciocho años, con su pollera tirante y los dolores del parto inminente, yo nací a la noche en la cocina y mi llanto resonó en la miseria de esa casa en donde mi madre nunca más entraría, porque desapareció al día siguiente, y no volvió más que una vez, con el pelo ya teñido y el sobre con la quincena, y hablaron mi abuela y ella en la puerta de calle.
No entró, porque el cuerpo de mi abuela obstruía la puerta; pero estoy seguro de que había mirado hacia el interior de la casa, tratando de ver el cajón que me servía de cuna, con esa misma mirada que años después, en el salón grande del prostíbulo, se cruzaba constantemente con la mía; esa misma mirada que la primera vez había dicho que no a mis todavía tímidos dieciocho años y que yo acaté dócilmente, sin saber por qué, y me fui a acostar con otra mujer; pero pensando todo el tiempo en esos ojos marrones, que yo en esa época no había notado eran idénticos a los míos. Los años pasaron y mis dieciocho años fueron diecinueve y después, veinte y veintiuno y veintidós; en esos años la vida es lo único que importa en nuestra vida, yo lo sé, porque ayer vomité lo que quedaba de mi vida y hoy me doy cuenta de que, sin la vida, ni siquiera la muerte puede solucionar la ausencia de la vida.
Varias veces me había pasado lo mismo. Yo entraba al salón grande y nos veíamos a través de la gente. Yo me miraba a mí mismo en la ternura de sus ojos y veía, contento, mi atractiva juventud reflejada en la admiración de su mirada. No sabía de los hombres y hombres que, extendidos sobre ella, habían pagado mi ropa y mi comida y los libros del colegio. Creía ver en sus ojos admiración de mujer y pensaba que era táctica las negativas suaves o las salidas del cuarto cuando yo insistía demasiado.
Todos mis amigos se habían acostado alguna vez con María la Rubia, y yo conocía sus encantos a través de muchísimas descripciones; conocía la forma en que apoyaba sus labios con esa pesada indiferencia de las prostitutas; conocía sus abrazos cálidos y sin apuro y la mata de su pelo desparramado sobre la almohada; conocía el lento y estudiado desprender de botones y el súbito aparecer de sus pechos grandes, la conocía desnuda con sus zapatos violeta con la pulsera plateada en su tobillo derecho y ese cuerpo mercenario, dócil y blanco, y su sonrisa demorada en su vida sin recuerdos.
Fue la otra noche cuando supe que ella era mi madre. Las cosas sucedieron una detrás de otra, como si la dosis de dolor de toda una vida se hubiera acumulado en menos de una hora. Yo entré, y la vi contra la pared; crucé el salón y me paré frente a ella; nos miramos los dos a los ojos por un rato y sin desviar la vista le dije:
—Vamos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no —me dijo y trató de sonreír, aun después del golpe—. No me pegués —me dijo desde el suelo, y se levantó despacio, con los ojos tristes.
La iba a volver a golpear cuando la voz me detuvo; resonó serena detrás de mis espaldas:
—No lo vuelva a hacer —había dicho, y mi puño listo para el segundo golpe se abrió lentamente mientras bajaba el brazo. Me di vuelta de un salto, con las piernas abiertas y el arma en la mano. 
Después las mujeres gritando y los hombres quietos y los dos girando con nuestras armas listas. Las hojas se tocaron unos instantes en nerviosos tanteos, mientras nuestros pies se movían sobre las baldosas del piso.
Imagínense el cuadro: un hombre joven con la camisa abierta, con un cuchillo grande en su mano firme, y un policía con el sable corto desviando la puñalada y tirando hachazos. Imagínense la pelea larga y pareja, y la primera sangre de una de las muñecas salpicando las paredes en cada movimiento. Imagínense a los dos en el salón iluminado, el pecho del policía jadeando en su chaquetilla, mientras el sable experto arremetía en feroces molinetes de muerte, y el hombre joven con la camisa abierta, con la furia de su mirar bajo la frente sudada, y una prostituta, con todo el dolor de su alma mirando a su hijo bailotear entre la muerte, sabiendo que, aun en el caso de ganar la pelea, todo se sacrificio de mujer esclava se prolongaría en la cárcel en la vida de su hijo. Imagínense el cuadro de dolor y de furia, y el hombre joven resbalando sobre el piso mojado y el policía sobre él, sosteniendo con su izquierda la muñeca contra el suelo y la punta de su sable sobre la garganta agitada.
Y después el grito de ella, fuerte y desesperado: "¡No, por favor, no!", y las manos sobre los hombros, y el policía dócil parándose despacio, envainando el sable, y el hombre joven en el suelo, respirando cansado.
Imagínense todo. Un hombre que no había muerto, secándose el sudor con la manga de su camisa, y el policía en un cuarto, desprendiéndose la chaquetilla y hundiéndose en los brazos de María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
Fue esa noche cuando supe que ella era mi madre. Fue una frase corta: "No ves que es el hijo", que yo oí al salir. Me interné en la noche por la calle Belgrano, vomité dos veces en la puerta de mi casa y entré tambaleándome en la cocina abrigada. Mi abuela me miró sentada en la cama.
—¿Es mi madre? —le pregunté—. ¿No es cierto que es mi madre?
Ella me contó todo y yo vomité de nuevo, esta vez encima de mi chaquetilla policial.

(Argentina, 1926)


Todas las ilustraciones pertenecen a Henri de Toulouse-Lautrec (Francia, 1864/1901)