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sábado, 15 de diciembre de 2018

QUIROGA, Horacio: Los buques suicidantes


Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro. 
Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo. 
No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado. 
El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó? 
La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Íbamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado. 
La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién casada se atrevió: 
—¿No serán águilas?… 
El capitán se sonrió bondadosamente: 
—¿Qué, señora? ¿Águilas que se lleven a la tripulación? 
Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada. 
Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco. 
—¡Ah! ¡Si nos contara, señor! —suplicó la joven de las águilas. 
—No tengo inconveniente —asintió el discreto individuo—. En dos palabras —y en los mares del norte, como el María Margarita del capitán— encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo —viajábamos también a vela— nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas desapariciones súbitas. 
“Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendiose de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas. 
“Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a la hora la mayoría cantaba ya. 
“Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatía común. 
“Al rato otro se desperezó, restregose los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban en el hombro. 
“—¿Qué hora es? 
“—Las cinco —respondí. 
“El viejo marinero me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua. 
“Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó, se compuso la ropa, apartose el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua. 
“Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Esto es todo.” 
Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad. 
—¿Y usted no sintió nada? —le preguntó mi vecino de camarote. 
—Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es este: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban. 
Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fue al rato. El capitán lo siguió un rato de reojo. 
—¡Farsante! —murmuró. 
—Al contrario —dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra—. Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado al agua. 

(de “Cuentos de amor de locura y de muerte”, 1917) 

(Uruguay, 1878/Argentina, 1937)

martes, 11 de diciembre de 2018

BENEDETTI, Mario: Por qué cantamos


Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones
los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil

usted preguntará por qué cantamos

si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza

usted preguntará por qué cantamos

si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro

usted preguntará por qué cantamos

cantamos porque el río está sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino

cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos

cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota

cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta

cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.

Mario Benedetti
(Uruguay, 1920/2009)


lunes, 10 de diciembre de 2018

DOLINA, Alejandro: El barrio de las latas



Él vivía en el barrio de Las Latas,
ella en un piso de Avenida Alvear. 
Él cargaba carbón en alpargatas,
ella no laburaba, iba a estudiar.

Él morfaba en "El Mago de la Costa",
un fondín muy barato y atorrante.
Ella iba siempre a sitios elegantes
y pedía perdices y langosta.

Ella tenía un auto convertible,
a él le prestaban una bicicleta.
Él soñaba sus sueños imposibles,
mientras ella, tiraba la chancleta.

Él era humilde, ella arrogante,
ella era hermosa, él fulero.
El viejo de él, un tano laburante,
el de ella, ministro y estanciero.

Ella sufría fuertes depresiones
que le curaba su psicoanalista.
Él tenía terribles sabañones,
y jamás en su vida fue al dentista.

Una tarde, entre medio de la gente,
se encontraron los dos y ¡oh, maravilla!
Cruzaron sus miradas de repente,
se estudiaron muy bien y finalmente...
No se dieron ni cinco de bolilla. 

(Argentina, 1944)


miércoles, 5 de diciembre de 2018

ARLT, Roberto: Odio dese la otra vida


Fernando sentía la incomodidad de la mirada del árabe, que, sentado a sus espaldas a una mesa de esterilla en el otro extremo de la terraza, no apartaba posiblemente la mirada de su nuca. Sin poderse contener se levantó, y, a riesgo de pasar por un demente a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y le dijo: 
—Yo no lo conozco a usted. ¿Por qué me está mirando? 
El árabe se puso de pie y, después de saludarlo ritualmente, le dijo: 
—Señor, usted perdonará. Me he especializado en ciencias ocultas y soy un hombre sumamente sensible. Cuando yo estaba mirándole la espalda era que estaba viendo sobre su cabeza una gran nube roja. Era el Crimen. Usted en esos momentos estaba pensando en matar a su novia. 
Lo que le decía el desconocido era cierto: Fernando había estado pensando en matar a su novia. El moro vio cómo el asombro se pintaba en el rostro de Fernando y le dijo: 
—Siéntese. Me sentiré muy orgulloso de su compañía durante mucho tiempo. 
Fernando se dejó caer melancólicamente en el sillón esterillado. Desde el bar de la terraza se distinguían, casi a sus pies, las murallas almenadas de la vieja dominación portuguesa; más allá de las almenas el espejo azul del agua de la bahía se extendía hasta el horizonte verdoso. Un transatlántico salía hacia Gibraltar por la calle de boyas, mientras que una voz morisca, lenta, acompañándose de un instrumento de cuerda, gañía una melodía sumamente triste y voluptuosa. Fernando sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el caballero árabe, de gran turbante, finísima túnica y modales de señorita, reiteró: 
—Estaba precisamente sobre su cabeza. Una nube roja de fatalidad. Luego, semejante a una flor venenosa, surgió la cabeza de su novia. Y yo vi repetidamente que usted pensaba matarla. 
Fernando, sin darse cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El árabe continuó: 
—Cuando desapareció la nube roja, vi una sala. Junto a una mesa dorada había dos sillones revestidos de terciopelo verde. 
Fernando ahora pensó que no tenía nada de inverosímil que el árabe pudiera darle datos de la habitación que ocupaba Lucía, porque ésta miraba al jardín del hotel. Pero asintió con la cabeza. Estaba aturdido. Ya nada le parecía extraordinario ni terrible. El árabe continuó: 
—Junto a usted estaba su novia con el tapado bajo el brazo —y acto seguido el misterioso oriental comenzó con su lápiz a dibujar en el mármol de la mesa el rostro de la muchacha. 
Fernando miraba aparecer el rostro de la muchacha que tanto quería, sobre el mármol, y aquello le resultaba, en aquel extraño momento, sumamente natural. Quizás estaba viviendo un ensueño. Quizás estaba loco. Quizás el desconocido era un bribón que lo había visto con Lucía por la Cashba. Pero lo que este granuja no podía saber era que él pensaba en aquel momento matar a Lucía. 
El árabe prosiguió: 
—Usted estaba sentado en el sillón de terciopelo verde mientras que ella le decía: “Tenemos que separarnos. Terminar esto. No podemos continuar así”. Ella le dijo esto y usted no respondió una palabra. ¿Es cierto o no es cierto que ella le dijo eso? 
Fernando asintió, mecanizado, con la cabeza. El árabe sacó del bolsillo una petaca, extrajo un cigarrillo, y dijo: 
—Usted y Lucía se odian desde la otra vida. 
—… 
—Ustedes se vienen odiando a través de una infinita serie de reencarnaciones. 
Fernando examinó el cobrizo perfil del hombre del turbante y luego fijó tristemente los ojos en el espejo azul de la bahía. El transatlántico había doblado el codo de las boyas, su penacho de humo se inmovilizaba en el espacio, y una tristeza tremenda lo aplanaba sobre el sillón, mientras que el árabe, con una naturalidad terrorífica, proseguía. 
—Y usted quiere morir porque la ama y la odia. Pero el odio es entre ustedes más fuerte que el amor. Hace millares de años que ustedes se odian mortalmente. Y que se buscan para dañarse y desgarrarse. Ustedes aman el dolor que uno le inflige al otro, ustedes aman su odio porque ninguno de ustedes podría odiar más perfectamente a otra persona de la manera que recíprocamente se odian ya. 
Todo ello era cierto. El hombre de la chilaba prosiguió: 
—¡Quiere usted venir a mi casa? Le mostraré en el pasado el último crimen que medió entre usted y su novia. ¡Ah!, perdón por no haberme presentado. Me llamo Tell Aviv; soy doctor en ciencias ocultas. 
Fernando comprendió que no tenía objeto resistirse a nada. Bribón o clarividente, el desconocido había penetrado hasta las raíces de su terrible problema. Golpeó el gong y un muchachito morisco, descalzo, corrió sobre las esteras hacia la mesa, recibió el duro “assani”, presto como un galgo le trajo el vuelto y pronto Fernando se encontró bajo las techadas callejuelas caminando al lado de su misterioso compañero, que, a pesar de gastar una magnífica chilaba, no se recataba de pasar al lado de grasientas tiendas donde hervían pescado día y noche, y puestos de té verde, donde en amontonamiento bestial se hacinaban piojosos campesinos descalzos. 
Finalmente llegaron a una casa arrinconada en un ángulo del barrio de Yama el Raisuli. 
Tell Aviv levantó el pesado aldabón morisco y lo dejó caer; la puerta, claveteada como la de una fortaleza, se entreabrió lentamente y un negro del Nedjel apareció sombrío y semidesnudo. Se inclinó profundamente frente a su amo; la puerta, entonces se abrió aún más, y Fernando cruzó un patio sombreado de limoneros con grandes tinajones de barro en los ángulos. Tell Aviv abrió una puerta y lo invitó a entrar. Se encontraban ahora en un salón con un estrado al fondo cubierto de cojines. En el centro una fontana desgranaba su vara de agua. Fernando levantó la cabeza. El techo de la habitación, como el de los salones de la Alhambra, estaba abombado en bóveda. Ríos de constelaciones y de estrellas se cuajaban entre las nebulosas, y Tell Aviv, haciéndole sentar en un cojín, exclamó: 
—Que la paz de Alá esté en tu corazón. Que la dulzura del Profeta aceite tu generosidad. Que tus entrañas se cubran de miel. Eres un hombre ecuánime y valiente. No has dudado de mi amistad. 
Y como si estuvieran perdidos en una tienda del desierto, batió tan rudamente el gong que el negro, sobresaltado, apareció con un puñado de rosas amarillas olvidado entre las manos: 
—Rakka, trae la pipa —y dirigiéndose a Fernando, aclaró: 
—Fumarás ahora la pipa de la buena droga. Ello facilitará tu entrada en el plano astral. Se te hará visible la etapa de tu último encuentro con la que hoy es tu novia. La continuidad de vuestro odio. 
Algunos minutos después Fernando sorbía el humo de una droga acre al paladar como una pulpa de tamarindo. Así de ácida y fácil. Su cuerpo se deslizó definitivamente sobre los cojines, mientras que su alma, diligentemente, se deslizaba a través de espesas murallas de tinieblas. A pesar de las tinieblas él sabía que se encaminaba hacia un paisaje claro y penetrante. Rápidamente se encontró en las orillas de una marisma, cargada de flexibles juncos. Fernando no estaba triste ni contento, pero observaba que todas las particularidades vegetales del paisaje tenían un relieve violento, una luminosidad expresiva, como si un árbol allí fuera dos veces más profundamente árbol que en la tierra. 
Más allá de la marisma se extendía el mar. Un velero, con sus grandes lienzos rojos extendidos al viento, se alejaba insensiblemente. De pronto Fernando se detuvo sorprendido. Ahora estaba vestido al modo oriental, con un holgado albornoz de verticales rayas negras y amarillas. Se llevó la mano al cinto y allí tropezó con un pistolón de chispa. 
Un pesado yatagán colgaba de su cinturón de cuero. Más allá la arena del desierto se extendía fresca hasta el ribazo de árboles de un bosque. Fernando se echó a caminar melancólicamente y pronto se encontró bajo la cúpula de los árboles de corteza lisa y dura y de otros que por un juego de luz parecían cubiertos por escamas de cobre oxidado. Como Tell Aviv le había dicho, la paz estaba en él. No lejos se escuchaba el murmullo de un río. Continuó por el sendero, y una hora después, quizá menos, se encontró en la margen del río. El lecho estaba sembrado de peñascos y las aguas se quebraban en sus filos en flechas de cristal. Lo notable fue que, al volver la cabeza, vio un hermoso caballo ensillado, con una hermosa silla de cuero labrado. Fernando, sorprendido, buscó con la mirada en derredor. No se veía al dueño del caballo por ninguna parte. El caballo inmóvil, de pie junto al río, miraba melancólicamente pasar las aguas. Fernando se acercó. Un sobresalto de terror dejó rígido su cuerpo y rápidamente llevó la mano al alfanje. No lejos del caballo, sobre la arena, completamente dormida, se veía una boa constrictor. El vientre de la boa, cubierto de escamas negras y amarillas, aparecía repugnantemente deformado en una gran extensión. Por la boca de la boa salían los dos pies de un hombre. No había dudas ahora. El hombre que montaba el caballo, al llegar al río, desmontó posiblemente para beber, y cuando estaba inclinado de cara sobre el agua, probablemente la boa se dejó caer de la rama de un árbol sobre él, lo trituró entre sus anillos y después se lo tragó. ¡Vaya a saber cuántas horas hacía que el caballo esperaba que su amo saliera del interior del vientre de la boa! 
Fernando examinó el filo de su yatagán —era reciente y tajante—, se aproximó a la boa, inmóvil en el amodorramiento de su digestión, y levantó el alfanje. El golpe fue tremendo. Cercenó no sólo la cabeza del reptil sino los dos pies del muerto. La boa decapitada se retorció violentamente. 
Entonces Fernando, considerando el atalaje del caballo, pensó que el hombre que había sido devorado por la boa debía ser un creyente de calidad, cuya tumba no debía ser el vientre de un monstruo. Se acercó a la boa y le abrió el vientre. En su interior estaba el hombre muerto. Envuelto en un rico albornoz ensangrentado, con puñal de empuñadura de oro al cinto. Un bulto se marcaba sobre su cintura. Fernando rebuscó allí; era una talega de seda. La abrió y por la palma de su mano rodó una cascada de diamantes de diversos quilates. Fernando se alegró. Luego, ayudándose de su alfanje, trabajó durante algunas horas hasta que consiguió abrir una tumba, en la cual sepultó al infortunado desconocido. 
Luego se dirigió a la ciudad, cuyas murallas se distinguían allá a lo lejos en el fondo de una curva que trazaba el río hacia las colinas del horizonte. 
Su día había sido satisfactorio. No todos los hijos del Islam se encontraban con un caballo en la orilla de un río, un hombre dentro del vientre de una boa y una fortuna en piedras preciosas dentro de la escarcela del hombre. Alá y el Profeta evidentemente lo protegían. 
No estaban ya muy distantes, no, las murallas de la ciudad. Se distinguían sus macizas torres y los centinelas con las pesadas lanzas paseándose detrás de los merlones. 
De pronto, por una de las puertas principales salió una cabalgata. Al frente de ella iba un hombre de venerable barba. El grupo cabalgaba en dirección de Fernando. Cuando el anciano se cruzó con Fernando, éste lo saludó llevándose reverentemente la mano a la frente. Como el anciano no lo conocía, sujetó su potro, y entonces pudo observar la cabalgadura de Fernando, porque exclamó: 
—Hermanos, hermanos, mirad el caballo de mi hijo. 
Los hombres que acompañaban al anciano rodearon amenazadores a Fernando, y el anciano prosiguió: 
—Ved, ved, su montura. Ved su nombre inscripto allí. 
Recién Fernando se dio cuenta de que efectivamente, en el ángulo de la montura estaba escrito en caracteres cúficos el posible nombre del muerto. 
—Hijo de un perro. ¿De dónde has sacado tú ese caballo? 
Fernando no atinaba a pronunciar palabra. Las evidencias lo acusaban. De pronto el anciano, que le revisaba y acababa de despojarle de su puñal y alfanje ensangrentado, exclamó: 
—Hermanos…, hermanos… ved la bolsa de diamantes que mi hijo llevaba a traficar… 
Inútil fue que Fernando intentara explicarse. Los hombres cayeron con tal furor sobre él, y le golpearon tan reciamente, que en pocos minutos perdió el sentido. Cuando despertó, estaba en el fondo de una mazmorra oscura, adolorido. 
Transcurrieron así algunas horas, de pronto la puerta crujió, dos esclavos negros lo tomaron de los brazos y le amarraron con cadenitas de bronce las manos y los pies. Luego a latigazos lo obligaron a subir los escalones de piedra de la mazmorra, a latigazos cruzó con los negros corredores y después entró a un sendero enarenado. Su espalda y sus miembros estaban ensangrentados. Ahora yacía junto al cantero de un selvático jardín. Las palmas y los cedros recortaban el cielo celeste con sus abanicos y sus cúpulas; resonó un gong y dejaron de azotarle. El anciano que lo había encontrado en las afueras de la ciudad apareció bajo la herradura de una puerta en compañía de una joven. Ella tenía descubierto el rostro. Fernando exclamó: 
—Lucía, Lucía, soy inocente. 
Era el rostro de Lucía, su novia. Pero en el sueño él se había olvidado de que estaba viviendo en otro siglo. 
El anciano lo señaló a la joven, que era el doble de Lucía, y dijo: 
—Hija mía; este hombre asesinó a tu hermano. Te lo entrego para que tomes cumplida venganza en él. 
—Soy inocente —exclamó Fernando—. Lo encontré en el vientre de una boa. Con los pies fuera de la boa. Lo sepulté piadosamente. 
Y Fernando, a pesar de sus amarraduras, se arrodilló frente a “Lucía”. Luego, con palabras febriles, le explicó aquel juego de la fatalidad. “Lucía”, rodeada de sus eunucos, lo observaba con una impaciente mirada de mujer fría y cruel, verdoso el tormentoso fondo de los ojos. Fernando de rodillas frente a ella, en el jardín morisco, comprendía que aquella mirada hostil y feroz era la muralla donde se quebraban siempre y siempre sus palabras. “Lucía” lo dejó hablar, y luego, mirando a un eunuco, dijo: 
—Afcha, échalo a los perros. 
El esclavo corrió hasta el fondo del jardín, luego regresó con una traílla de siete mastines de ojos ensangrentados y humosas fauces. Fernando quiso incorporarse, escapar, gritar, otra vez su inocencia. De pronto sintió en el hombro la quemadura de una dentellada, un hocico húmedo rozó su mejilla, otros dientes se clavaron en sus piernas y… 
El negro de Nedjel le había alcanzado una taza de té, y sentado frente a él Tell Aviv dijo: 
—¿No me reconoces? Yo soy el criado que en la otra vida llamé a los perros para hacerte despedazar. 
Fernando se pasó la mano por los ojos. Luego murmuró: 
—Todo esto es extraño e increíblemente verídico. 
Tell Aviv continuó: 
—Si tú quieres, puedes matar a Lucía. Entre ella y yo también hay una cuenta desde la otra vida. 
—No. Volveríamos a crear una cuenta para la próxima vida. 
Tell Aviv insistió. 
—No te costará nada. Lo haré en obsequio a tu carácter generoso. 
Fernando volvió a rehusar, y, sin saber por qué, le dijo: 
—Eres más saludable que el limón y más sabroso que la miel; pero no asesines a Lucía. Y ahora, que la paz de Alá esté en ti para siempre. 
Y levantándose, salió. 
Salió, pero una tranquilidad nueva estaba en el fondo de su corazón. Él no sabía si Tell Aviv era un granuja o un doctor en magia, pero lo único que él sabía era que debía apartarse para siempre de Lucía. Y aquella misma noche se metió en un tren que salía para Fez, de allí regresó para Casablanca y de Casablanca un día salió hacia Buenos Aires. Aquí lo encontré yo, y aquí me contó su historia, epilogada con estas palabras: 
—Si no me hubiera ido tan lejos creo que hubiera muerto a Lucía. Aquello de hacerme despedazar por los perros no tuvo nombre… 

(Argentina, 1900/1942)

SAER, Juan José: Solas


A Oscar González 

Lila dijo que estaba cansada, con ese tono entretenido con que suelen decirlo las mujeres mientras se distraen buscando algo que hacer, y después se fue y se entretuvo mirándose en el espejo, de un costado primero, luego del otro, arrimando el rostro a la pulida y resplandeciente superficie más tarde, levantándose el pelo sobre la nuca y dejándolo caer enseguida, irguiendo por sobre el vestido con las palmas de las manos sus abultados flácidos senos y mirando de perfil la silueta prominente y dócil; la otra fumaba sobre la cama, con un vestido claro y suelto, el antebrazo bajo la nuca en una posición varonil y los glaucos húmedos ojos fijos en la agrisada blancura del cielorraso. 
Era el día más caluroso del año; el aire estridular rolaba en el exterior y los sonidos demoraban en extinguirse en su seno pesado y en constante desplazamiento, semejando un fluido espeso, grave y transparente moviéndose imperceptible y sin pausa dentro de un inmenso receptáculo. Los árboles permanecían llenos y quietos como compactas y bajas nubes verdes asentadas silenciosamente sobre las oscuras horquetas distraídas. 
El moblaje de la habitación era clásico: además de la cama de dos plazas, había un ropero de madera terciada con una fulgurante luna ordinaria, una mesa de luz, y una antigua y polvorienta consola sobre la que descansaban una palangana y una jarra enlozadas. Por alguna hendija de la puerta de madera se colaba una penetrante, una fuerte y enloquecedora claridad. 
—Así es —dijo Lila—. Así es. 
La otra permanecí silenciosa, fumando, pensando; recordaba. De pronto se removió sobre la cama y estuvo a punto de decir algo, quedando suspendida de su propia vacilación, pero no lo dijo y continuó mirando fijamente el techo. Era menuda, ágil, y su inmovilidad y su silencio daban la impresión de que constituían sólo una tregua limitada y activa, como la del arma cuando está siendo cargada, y que su modalidad consistía en lo vivo y lo rápido; esas culebras que permanecen ocultas entre los pastos atentas pese a su sopor, que cuando estás pasando junto a ellas, como algo que prescinde por completo del tiempo, menos que un relámpago, pero quizá con idéntico resplandor, ya te mordieron y te envenenaron. Lila se peinaba ahora. 
—Así es —repitió, abstraída. Y luego, mirándola—: ¿Qué te hacen? 
—¿Quiénes? —dijo la otra, incorporándose y mirándola con cierto asombro. 
—Los hombres —dijo Lila y continuó peinándose, observando a su amiga a través de la planteada pátina del espejo. 
—Ah. Qué sé yo. Me tocan, me besan. Qué sé yo. 
—Sí, ya sé. Pero ¿cómo? —Lila movió en el aire la mano que sostenía el peine. 
—Ah, cómo. Bueno. Qué sé yo. Primero entran, hacen algún comentario para demostrar que no vienen nada más que para eso, después me miran, se arriman, me tocan… el pecho, o atrás, y me desvisten, y después todo eso. A veces viene alguno distinto, con algo de conversación, pero es raro, o alguno que se quiere…, que quiere hacer alguna asquerosidad, pero yo le paro el carro y le digo que no se haga el vivo y listo. 
—Igual que yo —dijo Lila, yendo a sentarse en el borde de la cama, el opuesto a aquel sobre el que se recostaba la otra. Le daba la espalda y continuaba mirándola a través del espejo; la otra proseguía, como en un estado de ligera hipnosis, observando fijamente el cielorraso, y sobre la blancuzca gris superficie contemplaba su vida pasada, no toda, sino la constituida por aquellos hechos que eran dignos de ser recordados y la memoria podía rescatar con mayor facilidad, obrando estimulada por causas sentimentales, vagas y melancólicas. Lila había adoptado una expresión reflexiva y casta, suave y animal en su global índole de estupidez—. ¿Te gustan los hombres? 
—Algunos —dijo la otra—. Según como sean. Me gusta que tengan conversación y un poco de plata, y que les guste gastarla, aunque teniendo conversación y no plata, si valen la pena, también me gustan. Porque al fin de cuentas… 
—Sí —replicó Lila, pensando en otra cosa. Se puso de pie y anduvo por la habitación revisando unas ropas caídas, y después regresó frente al espejo y ahí estuvo—. ¿No te parece que son… tontos? 
—Algunos —dijo la otra. 
—Cuando están sobre una, sudando, ahogándose, desesperados por agarrarse a cualquier cosa. ¿No te da la impresión de que podrías hacerles cualquier cosa, lo que quisieras, triturarlos? 
—Algunos. 
—Todos —dijo Lila, dándose vuelta y no mirándola ya a través del espejo, sino directamente—. Todos. Cuando una piensa que han estado desesperados por venir, porque ya no aguantaban más, robando o asesinando para conseguir la plata, para terminar todo en cinco minutos; cuando una piensa que si fuera una la que quisiera hacerlo, no tendría más que salir, cuando le diera la gana, y llamarlos, y traerlos, y llevarlos de cogote a donde le diera la gana; y que una es dueña de abrir o de cerrar las piernas con el que quiera, y que ellos no pueden hacérselas abrir o cerrar a la que ellos quieren o cuando ellos quieren. Yo los he visto entrar y me he reído pensando en que si yo quería ellos se iban a ir como habían venido y hasta podría hacerme rogar si se me daba la gana. Dame un cigarrillo. 
La otra se dio vuelta entre el crujir de los elásticos y sacó un paquete de cigarrillos de debajo de la almohada, arrojándoselo: “Puede ser” —dijo—. “Pero a mí no me gusta eso.” 
—No es que me guste —dijo Lila, encendiendo su cigarrillo y devolviéndole el paquete a la otra, que volvió a guardárselo debajo de la almohada—. Lo pienso sin poder evitarlo. Los veo como si pudiera quebrarlos, matarlos. —Se sentó en el borde de la cama sobre el que había estado antes y le pidió permiso a la otra para recostarse transversalmente usando sus pantorrillas como almohada. 
—Pegarles —dijo, muy reflexiva, y después, cambiando de tono, más secamente, aunque sin carecer de suavidad—: Qué duras tenés las pantorrillas. 
—Soy flaca —dijo la otra. 
—No. No. Así estás bien. Me gustan esas figuritas así. 
—Adelante quisiera tener como vos —dijo la otra con aire técnico— pero no puede ser, porque es otro tipo de cuerpo, otro desarrollo. Me echaría muy para adelante —se movió un poco y los elásticos crujieron, crujiendo un poco más después que ella estuvo quieta; entonces creció el silencio y también el calor aumentó y hasta dio la sensación de que podía oírse ascender el humo de los cigarrillos, ondulante, nada rígido, nada severo, con algo de sátiro fingiendo gravedad ante un tribunal de dioses iracundos y carentes de sentido del humor. Se rio—: Me caería de boca. 
—Si las querés te las regalo —dijo Lila cariñosamente, sin mirarla, con la vista clavada en el techo. 
—A lo mejor son postizos y los sacás y me das una sorpresa. 
—No, no son. Tocalos, si querés. 
La otra estiró la mano, los tocó (una cosa abultada, flácida, pesada, moviéndose) y retiró la mano sin dejar de reírse. Había, de pronto, algo extraño en su risa; así por lo menos lo creyó ella misma. Hicieron silencio y Lila, al rato, acomodó la cabeza sobre las duras y aceitosas pantorrillas de la otra y siguió hablando. “Te decía. Eso es lo que pienso cuando los veo y los siento encima de mí. A veces quisiera ser como ellos, después que se van, libres, han terminado y una ya no les sirve para nada, cinco minutos aguantándoles todas las porquerías, y cuando ya te usaron te escupirían.” 
—Pero es… —dijo la otra, con un cordial y suave antagonismo— …natural. Depende de una. Si sabés dosificar, si sabés dirigir, entonces no sólo no te escupirían sino que se dejarían escupir. 
—¿Te parece? —Lila miró a la otra. 
—Claro. A lo mejor nunca supiste tratarlos, por eso pensás así. 
—No es eso. Nunca me entusiasmaron demasiado, esa es la cuestión. Al principio, quién sabe… Al principio puede ser que hasta me hayan gustado esos… 
—Guachitos amorosos —dijo la otra, parodiando un éxtasis. 
—Sí. Lo primero —dijo Lila poniéndose de pie, sin prestar atención—. Voy al baño. —Tiró el cigarrillo al suelo, lo pisó, y lo hizo desaparecer debajo de la cama. 
Cuando abrió la puerta el día amarillo entró en la habitación con un resplandor tan intenso que la otra se cubrió los ojos con el antebrazo y le dijo a Lila que cerrara la puerta. Lila desapareció cerrando la puerta detrás suyo y la otra encendió un nuevo cigarrillo; después se alzó levemente la pollera, dejando ver apenas el extremo de sus muslos aceitosos y firmes, casi trapezoidales. Como si estuviera en el cine, contemplaba sobre la superficie del cielorraso mudas imágenes convocadas por su interés actuando sobre su memoria, mientras su cuerpo permanecía echado en un profundo abandono húmedo y tibio. El ritmo de su respiración apenas ampliaba el volumen de sus pechitos leves y duros como uvas concentradas y maduras. 
Lila regresó entonces. Se quejó del calor y se quitó el liviano vestido, desabrochándolo lentamente, con desgano y hasta con algo que visto por ojos masculinos habría podido tomarse por sensualidad. No tenía enaguas ni corpiño. Fue y quitándose los zapatos, se echó de espaldas sobre la cama, colocando una mano entrecerrada, con la palma hacia afuera, junto a su mejilla. La otra mano colgaba fuera del lecho. 
—Voy a dormir —dijo—. Es temprano todavía. Me gusta estar así suelta. —Tenía grandes caderas y un poco de grasa; sus grandes seños, esparcidos, caían lánguidamente a los costados, lechosos, enfermos, tristes. Causaban pena, no deseo. Pero había algo, algo existía semejante al deseo que podía ser la soledad o la culpa. Cualquier cosa menos el deseo, pero que podía confundirse con él, o manifestarse de tal modo, con un roce, una mirada, un leve suspiro mórbido, que nadie hubiera jugado nada afirmando que hubiera podido ser otra cosa. La otra la miraba con intensidad, con asombro desconfiado o dubitativo. 
—Llega un momento —dijo Lila con toda claridad, con los ojos semicerrados— en que una no sabe qué hacer, no sabe nada. Quisiera poder amar de otra manera, no como nos han obligado. Por gusto, por delicia. Algo anda mal porque me doy cuenta de que no soy como todas; no porque sea mejor ni peor, es que no he vivido, no he sentido como todas. Sé que estoy enferma (pero no en el cuerpo; en el corazón), porque no me siento como todas. Me siento monstruosa, sola. Tengo miedo. 
La otra estaba seria y de pronto, tímidamente, como si su mano fuera un pájaro, volando sin preocupación ni apuro, fue a posarse sobre las tristes, mórbidas colinas. Lila se estremeció, como si debajo de su piel se hubieran desplazado infinitas, diminutas, blandas esferitas blancuzcas. 
—La carne —dijo, pensando no en el deseo, sino en la soledad y en la culpa; y más en el fondo: “No es eso”—. No —dijo—. No es esto. Me conformaría con desnudarte. Es eso. 
La otra saltó del lecho como si hubiera sido tocada, mordida. Era una víbora temerosa, pero no exenta de peligro. 
—¡Nunca! —gritó. 
Lila permaneció sin moverse. 
—No es eso. No hagas ningún escándalo. Ya pasó, corazón. Quería ver si… No es nada, es lo mismo. Estoy enferma pero no de eso. Quería ver si… pero se acabó. Tranquilízate que no te voy a molestar; te lo juro. No era nada. Me visto, si querés. 
—Es lo mismo —dijo la otra, relajándose-. No importa; quedate como te guste. 
Volvió a recostarse y continuó recuperando (en lo posible) su viejo, su polvoriento tiempo dilapidado, lleno de personas y voces, y lugares, consustanciado ya con el otro, con el irreversible, el impalpable, el silencioso y oscuro, el Tiempo. 

(Serodino, 1937 / París, 2005)


martes, 4 de diciembre de 2018

ANDRUETTO, María Teresa: Lo dicen para que oiga


Celia escuchó el chirrido de las gomas, movió la cortina y miró hacia el jardín: su madre acababa de bajar del auto, ella la vio hablar con el jardinero y caminar después hacia la casa, hasta que llegó a la entrada, que estaba justo debajo de la habitación de Celia. 
Un año atrás, en un día de otoño como este, la madre le había dicho: Podrías ayudar en el Instituto... Las Glassen siempre hemos ayudado a la gente. Esa había sido la frase, el comienzo de todo. En la noche, Celia había soñado otra vez con Julia, esta vez tenía puesta una túnica y era más grande de lo que había sido nunca; ella la veía, toda de blanco, parada en el vano de la puerta, contra la luz, pronunciando con lentitud el número cincuenta y tres. Cuando despertó, confundida todavía por el sueño, contó los días que le faltaban para cumplir dieciocho y descubrió azorada que eran exactamente cincuenta y tres. 
De su padre, Celia no recordaba nada. Solo tenía de él dos imágenes: en una estaba sobre sus rodillas, a caballito. En la otra, lo veía -su pequeña mano tomada de la mano de él- sin poder distinguir, en la maraña de recuerdos, hacia dónde iban ni dónde estaban. En ninguna de las dos imágenes aparecía completo: solo la mano, la muñeca con el reloj de pulsera, la tela jaspeada del pantalón. El resto, era un castillo de naipes que Celia había construido con fotos familiares y relatos de las hermanas de su padre. De Julia, en cambio, recordaba todo: cada cosa que habían hecho esa tarde, incluso la pelea de las dos por unos chupetines y después la decisión de escapar hasta las barrancas a juntar higos con los chicos del bajo, sin que la empleada de entonces se enterara. 
La madre se sentó junto a ella y le tomó una mano. Había comprado bulbos de jacintos y de lirios, variedades raras, y estaba contándole aquello a su hija. ¿Cómo era yo cuando era chica?, preguntó Celia. Hermosa, contestó enseguida la madre, pero su voz venía como de lejos, cansada. 
Por más que lo intentara, Celia no podía borrar aquella tarde con su madre, ni aquellos días de ternura que habían venido después, durante el primer tiempo de su trabajo en el Instituto. Ahora, frente a la valija a medio hacer, dobla con cuidado las remeras y los pulóveres. Ha elegido una bolsita de tela que era de Julia para guardar el dinero, unos ahorros que tiene, eso alcanzará para las cosas que necesita el niño; ella haría cualquier cosa por el niño. 
Celia está segura de lo que dirá su madre cuando sepa adónde va, hablará de ella como habla de las cuñadas, pero eso ya no le importa; al fin y al cabo ella no es Glassen, es Rodríguez. Pone en la valija la manta de vicuña que era de su padre, es tan liviana que puede apretarse en un puño; con ella abrigará al niño cuando nazca. Y también guarda un reloj despertador. Y fotos: una en la que su padre está subido a un árbol, con pantalones pata de elefante y pelo largo, un pelo como el que ahora tiene ella. La ha mirado muchas veces, pero por primera vez descubre el parecido. Lleva también las fotos de Julia, todas las que encuentra, a excepción de la que está en el living, esa donde tiene puesto un sombrerito de paja y en las manos un cesto con manzanas. Se la tomó una tarde en el campo un amigo de la madre, uno de esos amigos que aparecían en sus vidas, el mismo que sacó esta otra foto que ahora se lleva, donde están Julia y ella a medio cuerpo, con vestiditos floreados de piqué, como si fueran mellizas. 
Cierra la valija y se viste: un pantalón y una camisa de bambula clara que vuelve más evidente el embarazo. Después se ata las sandalias que Tevo le regaló, él se las hizo con sus propias manos, unas sandalias como las que vendía cuando estaba en Perú. Celia recuerda que una vez, la primera vez que se besaron, ella le preguntó ¿Cómo fue que te contagiaste? Y él dijo: No sé, me daba un piquete, a veces... cuando estaba aburrido... 
Celia se puso perfume y se cepilló el pelo, pero no guardó en la valija ni el perfume, ni el cepillo de cerdas finas que fue de su abuela. De los Glassen no se llevará nada; solo esa foto de su padre y las cosas de Julia. También el osito de peluche. Se lo regalaron la Navidad que siguió a la muerte de Julia y ella lo descosió y guardó ahí cartas que le escribía a su hermana, por las noches, cuando estaba sola; hasta que se puso grande las guardó. Es un secreto que no le ha dicho a nadie, ni siquiera a Tevo. 
Puso en arreglarse el mismo cuidado que otras pondrían para una boda. Cuando bajó al comedor, vio a su madre recostada, leyendo en el sofá. Colocó las llaves de la casa sobre la mesita del living y entonces escuchó: ¿Querés que te pida un taxi? Celia no contestó. Podés volver a casa, cuando dejés de cometer locuras, insistió la madre. 
El sendero bajaba entre las matas de azaleas, hacia la calle. Era un bonito jardín, y eso —tuvo que reconocerlo— era un mérito de su madre. En la vereda, jugaban los hijos de los vecinos. Ella le acarició a uno de ellos la cabeza, el chico se llamaba Ariel y Celia le había tomado cariño. A veces, por las tardes, cuando estaba aburrida, salía hasta la verja y lo llamaba, y él le contaba las aventuras de un gato extravagante. Esta vez, la empleada lo llamó a gritos, pero Ariel siguió hablando de ese gato extraño que se llamaba Simonbulá, hasta que la empleada lo amenazó con avisarle a su padre y entonces sí, el niño salió corriendo hacia su casa. 
Celia no tomará un taxi, se dejará ver. Después, por la mañana, la gente comentará que se ha ido con uno de los chicos del Instituto, y todo eso le llegará pronto a la madre. 
La gente del barrio habla a su paso, cuchichean; esas cosas no suceden solo en los pueblos, como piensan sus tías Rodríguez que jamás han salido de Colazo. También es así en las ciudades, ella lo sabe. Mientras barren las veredas o pasean a los niños, las empleadas cuchichean. Celia oye, lo dicen para que oiga, y luego hablan en la casa, les cuentan a sus patronas. 
Después, a medida que se aleja de su madre y de su casa, pierde importancia que la hija de Martha Glassen se vaya con un muchacho del Instituto y entonces sí, ella toma un taxi hasta la terminal. 

(Argentina, 1954)

viernes, 30 de noviembre de 2018

BENEDETTI, Mario: Un mundo de paciencia y asco


¿Qué puede decir un poeta de más de ochenta años a la gente joven, que no lo haya dicho ya? Poco. Solo contarles qué satisfecho y bien me siento, cuando octogenario, veo que mis valores de toda la vida siguen vivos, presentes, que nunca tuve la tentación de renunciar a ellos, y que los sigo sosteniendo, y que toda la vida pude arreglármelas con tan poco, y estar tan contento.
Que a pesar de haber vivido bombardeado por la misma publicidad que a todos nos dice que lo importante es el consumo, que lo que importa es generar riqueza (monetaria), y que la globalización y el libre mercado son el único camino que nos queda por delante, sigo pensando que nada de esto es cierto. Que el Che Guevara fue un proyecto de cambio y no solo una camiseta, que el fútbol era un hermoso deporte muchísimo antes de ser un gran negocio, y que no todos en el mundo son de derechas.
Decirles que Lilian Hellman, la notable escritora norteamericana, cuando se rescató a sí misma de la pesadilla del macartismo, escribió: “El liberalismo perdió para mí su credibilidad. Creo que lo he sustituido por algo más privado, algo que suelo llamar, a falta de un término más preciso, decencia”.
Si los responsables del mundo son todos venerablemente adultos, y el mundo está como está, ¿no será que debemos prestar más atención a los jóvenes?
Si los extraordinarios beneficios de tanta multinacional (por cierto, sin excluir a las españolas) se obtuvieron gracias o junto a la corrupción, el aumento del hambre y la caída de empleo en Latinoamérica, ¿no es momento de pensar que este mundo de libre mercado, globalización y guerras que son solo pantallas para grandes negocios no atraviesa su mejor momento?
Soy un poeta viejo y un viejo poeta, que en lugar de pensar –como muchos de los de mi generación– que los viejos somos sabios, me pregunto, cada día que pasa, si el mundo no estará así porque no les dejamos lugar a los jóvenes.

Madrid, 14 de setiembre de 2003 (el día de mi 83er. cumpleaños)

(Uruguay, 1920/2009)


jueves, 29 de noviembre de 2018

ARLT, Roberto: La tragedia del hombre que busca empleo


La persona que tenga la saludable costumbre de levantarse temprano y salir en tranvía a trabajar o a tomar fresco, habrá a veces observado el siguiente fenómeno:
Una puerta de casa comercial con la cortina metálica medio corrida. Frente a la cortina metálica, y ocupando la vereda y parte de la calle, hay un racimo de gente. La muchedumbre es variada en aspecto. Hay pequeños y grandes, sanos y lisiados. Todos tienen un diario en la mano y conversan animadamente entre sí. Lo primero que se le ocurre al viajante inexperto es de que allí ha ocurrido un crimen trascendental y siente tentaciones de ir a engrosar el número de aparentes curiosos que hacen cola frente a la cortina metálica, mas a poco de reflexionarlo se da cuenta de que el grupo está constituido por gente que busca empleo y que ha acudido al llamado de un aviso. Y si es observador y se detiene en la esquina podrá apreciar este conmovedor espectáculo.
Del interior de la casa semiblindada salen cada diez minutos individuos que tienen el aspecto de haber sufrido una decepción, pues irónicamente miran a todos los que les rodean, y contestando rabiosa y sintéticamente a las preguntas que les hacen, se alejan rumiando desconsuelo. Esto no hace desmayar a los que quedan, pues, como si lo ocurrido fuera un aliciente, comienzan a empujarse contra la cortina metálica, y a darse de puñetazos y pisotones para ver quién entra primero. De pronto el más ágil o el más fuerte se escurre adentro y el resto queda mirando la cortina, hasta que aparece en escena un viejo empleado de la casa que dice:
—Pueden irse, ya hemos tomado empleado.
Esta incitación no convence a los presentes, que estirando el cogote sobre el hombro de su compañero comienzan a desaforar desvergüenzas y a amenazar con romper los vidrios del comercio. Entonces, para enfriar los ánimos, por lo general un robusto portero sale con un cubo de agua o armado de una escoba y empieza a dispersar a los amotinados. Esto no es exageración. Ya muchas veces se han hecho denuncias semejantes en las seccionales sobre este procedimiento expeditivo de los patrones que buscan empleados.
Los patrones arguyen que ellos en el aviso pidieron expresamente “un muchacho de dieciséis años para hacer trabajos de escritorio”, y que en vez de presentarse candidatos de esa edad, lo hacen personas de treinta años, y hasta cojos y jorobados. Y ello es en parte cierto. En Buenos Aires, “el hombre que busca empleo” ha venido a constituir un tipo sui generis. Puede decirse que este hombre tiene el empleo de “ser hombre que busca trabajo”.
El hombre que busca trabajo es frecuentemente un individuo que oscila entre los dieciocho y veinticuatro años. No ha aprendido nada. No conoce ningún oficio. Y un buen día, día lejano, si alguna vez llega, él, el profesional de la busca de empleo, se “ubica”. Se ubica con el sueldo mínimo, pero qué le importa. Ahora podrá tener esperanzas de jubilarse. Y desde ese día, calafateado en su rincón administrativo espera la vejez con la paciencia de una rémora.
Lo trágico es la búsqueda del empleo en casas comerciales. La oferta ha llegado a ser tan extraordinaria, que un comerciante de nuestra amistad nos decía:
—Uno no sabe con qué empleado quedarse. Vienen con certificados. Son inmejorables. Comienza entonces el interrogatorio:
—¿Sabe usted escribir a máquina?
—Sí, ciento cincuenta palabras por minuto.
—¿Sabe usted taquigrafía?
—Sí, hace diez años.
—¿Sabe usted contabilidad?
—Soy contador público.
—¿Sabe usted inglés?
—Y también francés.
—¿Puede ofrecer una garantía?
—Hasta diez mil pesos de las siguientes firmas.
—¿Cuánto quiere ganar?
—Lo que ustedes acostumbran pagar.
—Y el sueldo que se les paga a esta gente —nos decía el aludido comerciante— no es nunca superior a ciento cincuenta pesos. Doscientos pesos los gana un empleado con antigüedad… y trescientos… trescientos es lo mítico. Y ello se debe a la oferta. Hay farmacéuticos que ganan ciento ochenta pesos y trabajan ocho horas diarias, hay abogados que son escribientes de procuradores, procuradores que les pagan doscientos pesos mensuales, ingenieros que no saben qué cosa hacer con el título, doctores en química que envasan muestras de importantes droguerías. Parece mentira y es cierto.
La interminable lista de “empleados ofrecidos” que se lee por las mañanas en los diarios es la mejor prueba de la trágica situación por la que pasan millares y millares de personas en nuestra ciudad. Y se pasan estas los años buscando trabajo, gastan casi capitales en tranvías y estampillas ofreciéndose, y nada… la ciudad está congestionada de empleados. Y sin embargo, afuera está la llanura, están los campos, pero la gente no quiere salir afuera. Y es claro, termina tanto por acostumbrarse a la falta de empleo que viene a constituir un gremio, el gremio de los desocupados. Solo les falta personería jurídica para llegar a constituir una de las tantas sociedades originales y exóticas de las que hablará la historia del futuro.

De “Aguafuertes porteñas”, 1933

(Argentina, 1900/1942)

jueves, 22 de noviembre de 2018

QUIROGA, Horacio: Síntesis cronológica de una vida y un destino trágicos


1878 - Nace en la ciudad de Salto (República Oriental del Uruguay) el día 31 de diciembre, día de San Silvestre, por lo que su nombre completo fue HORACIO SILVESTRE QUIROGA.
Su padre se llamó Prudencio Quiroga, descendiente de Facundo Quiroga. Su madre, Juana Petrona Fortaleza. De dicho matrimonio nacieron cuatro hijos: Pastora, María, Juan Prudencio y Horacio Silvestre, el futuro escritor.

1879 - Cuando Horacio aún no tenía un año —apenas dos meses, según algunos biógrafos—, su padre muere accidentalmente al disparársele un arma cuando desembarcaba de una canoa, de regreso de una excursión de caza, delante de su esposa que lo recibía con Horacio en brazos. La familia se traslada a Córdoba (Argentina).

1883 - La familia regresa a Salto (Uruguay).

1891 - Su madre contrae matrimonio en segundas nupcias con un argentino, Ascencio Barcos. Se trasladan ahora a Montevideo y regresan a Salto en 1893.

1896 - Su padrastro, que había quedado inválido a raíz de un derrame cerebral, se ingenió para dispararse un tiro de escopeta accionando el gatillo con los dedos del único pie hábil, a la vista de Horacio, que era un adolescente y estaba encargado de su vigilancia.

1898 - Conoce en Salto, en época de carnaval, a María Esther Surkonsky, su primer amor. La familia de ella, para separarla de Horacio, la envía a Buenos Aires. 1901 - La muerte volvió a danzar a su alrededor al llevarse a sus hermanos Prudencio y Pastora, quienes nunca se recuperaron de la fiebre tifoidea en el Chaco.

1902 - Quiroga mata accidentalmente a su íntimo amigo, el escritor Federico Ferrando, en oportunidad de estar examinando un arma cargada en la casa del propio Ferrando, y con la cual este tendría que batirse a duelo contra un periodista que lo había ofendido a través de un artículo publicado en un diario local. Quiroga va a la cárcel por unos días y, comprobado el accidente, obtiene su libertad. Pero ya nada será igual en su vida. A partir de ese momento fatal una "leyenda negra" irá envolviendo la figura de Quiroga, leyenda de la que nunca pudo liberarse. Abrumado por la culpa inocente de ese asesinato, corre a refugiarse a los brazos de su hermana María, que vive casada en Buenos Aires. Abandona el Uruguay para siempre, aunque todavía él no lo sabe.

1903 - Obtiene la ciudadanía argentina. En este año el escritor Leopoldo Lugones organiza un viaje de estudios —encomendado por el gobierno nacional— a las ruinas jesuíticas de San Ignacio e incorpora a Horacio Quiroga como fotógrafo. Este primer viaje a Misiones dejaría una profunda huella en su personalidad y en su literatura: la vida selvática comenzaba a seducirlo.

1904 - Viaja al Chaco a plantar algodón y fracasa económicamente, como ha de fracasar en sus sucesivos emprendimientos como empresario: cultivo de yerba mate, destilación de naranjas, producción de carbón y de alcohol etílico, fabricación de dulce de yateí, de tintura de lapacho, de máquinas para matar hormigas, etc.

1906 - Dicta cursos de Castellano y Literatura, oportunidad en que conoce a Ana María Cirés, alumna suya, con quien se casaría tres años después. Este año adquiere tierras en San Ignacio, Misiones.

1908 - Se enamora de Ana María Cirés y los padres de su alumna se oponen al noviazgo. Comienza a preparar personalmente su "bungalow" en San Ignacio.

1909 - Se casa con Ana María Cirés a los 31 años y viajan a Misiones, donde se radican.

1911 - El 29 de enero nace su primera hija, Eglé, en el bungalow de San Ignacio por parto natural, por propia decisión de Quiroga, quien ofició de partero, ya que no permitió ningún tipo de asistencia médica. Renuncia al cargo de profesor y se dedica a la plantación de yerba mate. Es nombrado Juez de Paz, con oficinas en su propia casa, que también funcionaba como Registro Civil. Se dice que anotaba los datos de nacimientos y defunciones en pedazos de papel que guardaba, prolijamente, en una caja de galletitas.

1912 - El 15 de enero nace su segundo hijo, Darío, pero esta vez ocurre en Buenos Aires.

1915 - El 14 de diciembre, su esposa Ana María se suicida luego de una terrible pelea con su esposo, ingiriendo sublimado de mercurio. Fue una muerte lenta y dolorosa. Deja a Quiroga con dos hijos de 3 y 4 años, respectivamente, y se vuelve con ellos a Buenos Aires. Nuevamente esa horrible culpa inocente que sintió por la muerte de su amigo Ferrando lo hace sentir ahora el responsable de la muerte de su mujer. Es la época en que escribe uno de sus libros más trágicos: Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917).

1925 - Vuelve a Misiones adonde se dedica a escribir y a realizar tareas rurales. Conoce a Ana María Palacios, de quien se enamora, pero como en el caso de su primera mujer, no es aceptado por la familia de la joven.

1927 - Se casa con María Elena Bravo, compañera de su hija Eglé, y a quien superaba en ventiocho años.

1928 - Nace María Elena, hija de su segundo matrimonio y la llaman "Pitoca".

1933 - Quiroga, que había vuelto a ser ciudadano uruguayo pero con residencia en Argentina con un cargo de Cónsul, queda cesante a raíz de un golpe de estado ocurrido en Uruguay. Sus amigos le procuran una jubilación y lo hacen nombrar Cónsul Honorario de San Ignacio.

1935 - Aparecen los primeros síntomas de su enfermedad.

1936 - Su esposa y sus hijos abandonan Misiones. Quiroga viaja a Buenos Aires para hacerse atender en el Hospital de Clínicas debido a una afección urinaria que sufría desde tiempo atrás: el dolor comenzaba a hacerse intolerable. Permaneció allí cinco meses.

1937 - Quiroga comienza a sospechar y confirma sus sospechas por boca de uno de los médicos que le dice la verdad: sufría cáncer. Luego de hacer unas visitas a algunos amigos, pasó por una farmacia y compró cianuro; regresó al Hospital e ingirió una dosis, poniendo así fin a su vida el 19 de febrero. Posteriormente, los dos hijos de su primer matrimonio, Eglé y Darío, y “Pitoca”, hija de su segundo matrimonio, corrieron la misma suerte que su padre.

martes, 30 de octubre de 2018

DAUDET, Alphonse: El hombre del cerebro de oro


A la dama que me pide cuentos alegres 

Al leer su carta, señora, me ha asaltado algo así como un remordimiento. Me he recriminado el color pesimista de mis cuentos y me he comprometido a enviarle algo alegre, profundamente alegre. 

¿Por qué habría de estar triste, después de todo? Vivo a mil leguas de las nieblas parisinas, sobre una colina luminosa, en la región de los tamboriles y del vino moscatel. A mi alrededor todo es sol y música; tengo orquestas de aguzanieves, orfeones de abejarucos, por la mañana los chorlitos que hacen ¡chorolí, chorolí!; a mediodía las chicharras, luego los zagales tocando la zampoña y las guapas mozas morenas a las que se les oye reír en los viñedos… En verdad, el lugar está mal elegido para tejer fantasías tenebrosas; yo debería, más bien, enviar a las damas poemas color de rosa y cestas llenas de cuentos galantes… 

¡Pues bien, no! Todavía estoy demasiado cerca de París. A diario llegan hasta mis pinos las salpicaduras de sus tristezas… En este momento en el que escribo, acabo de saber que el pobre Charles Barbara ha muerto en la miseria; por lo cual mi molino se ha vuelto de luto riguroso. ¡Adiós a los chorlitos y a las chicharras! Ya no tengo ánimos para contar cosas alegres. Por esa causa, señora, en lugar del lindo cuento festivo que había decidido escribir para usted, no leerá hoy sino una leyenda melancólica. 


* * * 



Había una vez un hombre que tenía el cerebro de oro; sí, señora, un cerebro completamente de oro. Cuando vino al mundo, los médicos pensaron que aquel niño no podría vivir, tan pesada era su cabeza y tan desmesurado su cráneo. Sin embargo, vivió y creció al sol como un hermoso retoño de olivo; solo que su gruesa cabeza le arrastraba siempre, y daba pena verlo tropezar con los muebles al andar… A menudo se caía. Un día rodó desde lo alto de una escalinata y vino a dar con la frente en un peldaño de mármol, donde su cráneo resonó como un lingote. Le creyeron muerto; pero, al levantarlo, solo le encontraron una leve herida con dos o tres gotitas de oro cuajadas entre sus cabellos rubios. Fue así como los padres supieron que tenía un cerebro de oro. 
No lo divulgaron; ni siquiera el niño sospechó nada. De vez en cuando este preguntaba por qué ya no le permitían correr y jugar fuera de casa con los demás niños. 

—¡Podrían robarte, mi tesoro! —decía la madre. 
Entonces el chiquillo sentía miedo de que lo raptaran y se ponía a jugar solo, sin decir palabra, vagando pesadamente de una habitación a otra. 
Solo al cumplir los dieciocho años le revelaron sus padres el don monstruoso que debía al destino; y como lo habían alimentado y educado desde que nació, le pidieron, en compensación, una parte de su oro. El chico no vaciló: en el acto —¿cómo?, ¿por qué medios?, la leyenda no lo dice— se arrancó del cráneo un buen trozo de oro macizo y lo depositó en el regazo de su madre… 
Luego, deslumbrado por los caudales que llevaba en la cabeza, abandonó la casa paterna y se fue por el mundo dilapidando su tesoro. A juzgar por el modo de vivir a lo grande, regiamente y derrochando el oro sin contarlo, habríase dicho que aquella sesera era inagotable… Pero se iba agotando y, poco a poco, su mirada se fue apagando y sus mejillas se demacraron. Un día, la mañana siguiente de una fiesta desenfrenada, el desgraciado, que se había quedado solo entre los restos del festín, se espantó al ver el enorme trozo que le faltaba a su lingote; por lo que pensó que debía detener su despilfarro. 
A partir de entonces su existencia cambió. Se retiró y empezó a vivir del trabajo de sus manos, atemorizado y receloso como un avaro, huyendo de las tentaciones, procurando olvidar las fatales riquezas a las que no quería tocar… Por desdicha, un amigo le había seguido en su soledad y este amigo conocía su secreto. Una noche, el desventurado fue despertado súbitamente por un intenso dolor de cabeza; se incorporó desatinado, y vio a la luz de la luna a su amigo que escapaba ocultando algo bajo su capa… ¡Un trozo más de sesera que le quitaban! 
Poco después se enamoró, y esta vez se acabó todo. Amaba a una mujercita rubia, que también lo amaba, pero que amaba más aún las plumas, los lazos, los pompones, los bordados y pasamanerías. Entre las manos de aquella gentil criatura —mitad pájaro, mitad muñeca— las monedas de oro se fundían sin sentir. Era caprichosa a más no poder; y él no sabía decir no. Por no contrariarla llegó incluso a ocultarle el origen de su fortuna. 
—¿Así que somos muy ricos? —decía ella. 
El pobre hombre respondía: 
—¡Oh, sí!… ¡Muy ricos! —Y sonreía con amor al pajarito azul que, inocentemente, le iba devorando el cráneo. 
Pese a todo, a veces le entraba miedo y le daban ganas de volverse avaro, pero entonces llegaba su mujercita mimosa y le rogaba: 
—Cariño, tú que eres tan rico… ¡Cómprame algo que sea muy caro! 
Y él le compraba algo muy caro. Así pasaron dos años, hasta que una mañana la mujercita, sin saber por qué, se murió como un pajarito… El tesoro tocaba a su fin, pero con lo que le quedaba, el viudo encargó un hermoso entierro para su amada muerta. Campanas al vuelo, carroza tapizada de negro, caballos empenachados, lágrimas de plata sobre el terciopelo, nada le pareció demasiado suntuoso. Ahora ya ¿qué le importaba su oro? Lo prodigó: le dio a la iglesia, a los sepultureros, a las vendedoras de siemprevivas; por todas partes lo repartió sin regatear… Por eso, al salir del cementerio ya no la quedaba casi nada de su maravillosa sesera; tan solo unos trocitos pegados a las paredes del cráneo. 
Entonces lo vieron irse por las calles con aspecto extraviado y las manos por delante, tropezando como un beodo. Al anochecer, a la hora en que se encienden los bazares, se detuvo ante un amplio escaparate en el que todo un amasijo de lujosas telas y pedrerías espejeaba bajo las lámparas; y permaneció allí un buen rato contemplando un par de chinelas de raso azul con ribetes de plumas de cisne. «Sé de alguien a quien estos escarpines le darán una gran alegría», se decía sonriendo; y, sin recordar que su esposa estaba muerta, entró para comprarlos. Desde el fondo de la trastienda la tendera oyó un grito agudo; acudió y retrocedió espantada al ver al hombre de pie, recostado sobre el mostrador, mirándola angustiosamente. Tenía en una mano los escarpines y en la otra, ensangrentada, unas cuantas partículas de oro en las uñas. 

* * * 
Pese a su aspecto de cuento fantástico, esta leyenda es cierta por los cuatro costados… Hay en el mundo personas condenadas a vivir de su cerebro, y pagan con oro de ley, con su médula y su propia sustancia, las más ínfimas cosas de la existencia. Cada día es para ellos un sufrimiento, y luego, cuando están hartas de sufrir… 


(Francia, 1840/1897)


lunes, 15 de octubre de 2018

LÓPEZ, Julián: Las palabras hacen cosas


Mi mamá trabaja cama adentro, mi papá es albañil, como mi abuelo, mi papá está en Marcos Paz, mi mamá, mi papá y mis tíos trabajan en el taller y hacen pantalones, mi papá vende en un kiosco, mi papá tiene la verdulería, mi papá está en la Bonaerense, mi mamá es enfermera, mi mamá está en la biblioteca pero no sé lo que hace. 
Y entonces le tocó a Jonás y Jonás habló y yo no sé qué fue lo que pasó. Yo no sé si las palabras hacen cosas, o si también son como una cornisa alta que te da vértigo, o como un golpe sin querer en la panza que te corta la respiración. Yo no sé lo que pasó pero Jonás habló y dijo: Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso. 
La cara se le había puesto rara, no como la cara de cuando le decimos que parece un enano ni como la cara de cuando quiere cantar y la sale la voz finita y todos nos reímos y a él le parece que se le metieran los dientes para adentro y los ojos se le ponen furiosos. A Jonás le tocaba hablar y Jonás habló así, raro, como con una tranquilidad que nadie le conocía. Yo no sé lo que pasó ese día pero ese día algo pasó y lo que me pregunto es si alguien se dio cuenta, si alguien sabe cuándo las cosas pasan, si hay cosas que pasan igual aunque uno no se dé cuenta, o a uno no le importe, o uno no sepa, o las palabras a uno se le vayan lejos. 
Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso, dijo Jonás y a mí me empezó a temblar debajo del ojo y me parece que me perdí adentro mío y que no me puedo acordar qué fue lo que siguió, ni qué hizo la señorita, ni si todos hablaron o si alguien se puso a decir algo o a llorar. 
Mi mamá cartonea, mi mamá trabaja por horas, mi papá hace changas y corta el pasto en las casas de El Jagüel, mi mamá anda sin trabajo. Y entonces le tocó a Jonás y Jonás habló y yo no sé qué fue lo que pasó, si esas palabras que dijo hicieron algo, no sé. 
Y me acordé de cuando mi papá se saca la remera y anda así por la casilla, todo suelto, raro también y tranquilo y se sienta en la ventana y se toma la botella de cerveza y a mí me parece que no lo conozco y él se pone a decir cosas en un idioma que no entiendo y habla solo y después me dice que tengo un montón de primos allá y uno de dieciocho y que allá está mi abuela y que un día vamos a viajar y vamos a conocernos todos y que él se va a traer a su mamá para que viva con nosotros en la casilla, que son muchos hermanos y que está bien pero que ellos la tienen siempre y que él la extraña y se la quiere traer acá, para que viva con nosotros, y esté sentada en el pasillo y hable con las vecinas y vea cómo es acá, cómo se vive, que hay muy pocas papas y muy poco maíz y muy poco gusto y que después de los pasillos está el asfalto y están los colectivos. 
Pero a mí desde ese día en la escuela adentro de la cabeza me quedó Jonás, tranquilo y hablando, y también me quedó la cara de su mamá con esa sonrisa y que una vez nos fuimos a su casa y comimos tortillas calentitas con el mate cocido y ella estaba en la cocina con unas amigas y hablaban y le daban a la bombilla y a la pava le daban y nos hacían chistes y amasaban más tortillas y se reían fuerte. 
Qué fue lo que pasó ese día. Todos contábamos y había ruido, mientras hablábamos había ruido y todo era normal, como son los días en la escuela, aburridos y divertidos y todo a la vez y como cuando una de nosotras llora o hay otra que se está riendo por una cosa y otro que se duerme y otra que se come un pan que se guardó sin que nadie la vea. Ese día había ruido normal y todos hablábamos porque la señorita nos había dicho que teníamos que decir de qué trabajaban nuestros padres y cada uno contaba un poco lo que sabía, o decía en el supermercado y listo, o en la fábrica y listo, o de seguridad y listo. 
Pero Jonás habló y dijo: Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso. Y nadie dijo nada porque algo pasó, no sé qué fue y no sé si fue esa manera tan tranquila de Jonás o la sonrisa de su mamá que también se me quedó adentro, o esa vez en la casa, no sé. 
Pero yo me quedé ahí sin ganas de decir nada porque me parece que adentro mío se estaban haciendo otras palabras, unas palabras nuevas que todavía no estaban en el mundo y que yo ni conocía y que se me empezaban a hacer en la panza y en la cabeza como un murmullo que crece y que a mí me daban ganas de llorar y de reírme.

(Bs. As., 1965)