sábado 21 de noviembre de 2009

SERRAT, Joan Manoel: Padre

martes 17 de noviembre de 2009

CORTÁZAR, Julio: Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
.
.
.
.
.
.

domingo 15 de noviembre de 2009

PIGLIA, Ricardo: La honda

No me dejo engañar por los chicos. Sé que mienten, que siempre están poniendo cara de inocentes y por atrás se ríen de todo el mundo.
Lo que pasó ese día fue que ellos no imaginaban que mi patrón y yo habíamos decidido trabajar, a pesar del domingo.
Por eso cruzamos el camino de tierra hacia el depósi­to del fondo.
Me acuerdo que por la calle andaba un coche de propaganda con los altoparlantes en el techo; y que yo escuché la música hasta que doblamos y el paredón apa­gó el ruido, de golpe.
Entonces el viento nos arrimó las voces y las risas. Cuando los descubrimos se acurrucaron, tratando de disimularse entre los fierros, pero ya era tarde.
Ninguno de los cuatro pasaba de los doce años. Se metían a robar pedazos de plomo para tirarlos con la honda.
Dijeron que estaban allí porque Nacho les aseguró que era amigo del patrón y que el patrón le daba per­miso para juntar el plomo entre los desechos.
Mi patrón les quitó las hondas que les colgaban del cuello v las tiró al foso de cemento en el que antes, cuan­do el taller estaba allí y no sobre la avenida, engrasaban los coches desde abajo.
Los pibes empezaron a barrer, como les ordenó el patrón en escarmiento.
Mientras barrían les preguntó si sabían leer. Los cuatro sabían y los cuatro habían leído el cartel:
.
PROHIBIDA LA ENTRADA
.
Pero se metieron por culpa de Nacho que les dijo, repitieron, que era amigo del patrón.
Nacho, flaco y morocho, barría en silencio.
Teníamos que desarmar unas puertas de chapa para poder arreglar el techo del galpón de lavado. El más alto de los cuatro chicos me ayudaba por orden del pa­trón. Trabajaba concentrado y me trataba de “señor”.
Ablandamos los clavos y los arrancamos con la ba­rreta “cocodrilo”. Después sacamos las chapas y las amon­tonamos en un costado. Cortamos los tirantes, dos lar­gos y dos cortos, y empezamos a preparar el soporte.
Trabajamos la madera al borde del foso para poder serruchar hacia abajo sin peligro de tocar el suelo y mellar el serrucho. El pibe sostenía fuerte el tirante y me miraba de reojo.
Al rato pareció animarse y me dijo, muy serio:
—Señor, ¿me deja agarrar la honda?
—Yo no tengo nada que ver. Si fuera por mí estaríamos durmiendo la siesta. Preguntale al patrón, si él te la da —le contesté.
Siguió ayudando, serio y concentrado. Daba risa con su cara de preocupación. Parecía el jefe de la barra y de vez en cuando miraba a los otros, como para tran­quilizarlos.
Seguimos trabajando bajo el sol. Armamos el sopor­te y nos pusimos a clavar las chapas. Cada tanto levan­taba la cabeza y me miraba sin hablar, serio, con la frente brillante de sudor. Me molestaba ese modo que tenía de mirarme, como si yo tuviera la culpa y él me exigiera la honda trenzada, de horqueta de palo, que veíamos abajo, en el antiguo foso de engrase.
Por fin le dije:
—Cuando tire el martillo bajás a buscarlo y agarrás la honda.
Sonrió y siguió sosteniendo el tirante sobre el que yo martillaba cansado.
El martillo golpeó contra el piso con un ruido sordo.
—Che, pibe, bajá a buscar el martillo —le grité.
Bajó corriendo la escalera manchada por el sol. Des­de arriba parecía muy fuerte. Se le veían los hombros y la cabeza despeinada.
Me pareció que el patrón había dejado de trabajar.
El chico se agachó buscando la honda.
Esperé que se la guardara, apurado, entre la camisa y el pecho; entonces me di vuelta y le grité a mi patrón:
—Patrón, el chico se escondió la honda en la camisa.
.
Ricardo Piglia
(de La invasión, 1967)
.
Ricardo Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires en 1941. Más tarde, en 1955 y debido a "una historia política, una cosa de rencores y odios barriales", su familia se mudó a Mar del Plata, en donde Piglia descubriría a Steve Ratliff ("un yanqui extraño"), el mar y el mundo literario. En 1967 apareció su primer libro de relatos, La invasión, premiado por Casa de las Américas. En 1975 publicó Nombre falso, un libro de relatos que ha sido traducido al francés y al portugués. En 1980 apareció Respiración artificial, de gran repercusión en el ambiente literario y considerada como una de las novelas más representativas de la nueva literatura argentina. Su siguiente novela Ciudad ausente, demoró doce años en aparecer. Basado en esta novela, Piglia elaboró en 1995 el texto de una ópera con música de Gerardo Gandini.
Piglia recibió, en noviembre de 1997, el Premio Planeta por su novela Plata quemada. El premio está dotado de 40.000 dólares y fue otorgado a la novela de Piglia por unánime decisión del jurado integrado los escritores Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez y María Esther de Miguel.
Junto a su obra de ficción, Piglia ha desarrollado una tarea de crítico y ensayista, publicando textos sobre Arlt, Borges, Macedonio Fernández, Sarmiento y otros escritores argentinos.
Vive en Buenos Aires.

miércoles 11 de noviembre de 2009

RULFO, Juan: Es que somos muy pobres

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como solo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Solo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, solo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote, crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
—Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa es la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
.
(de El Llano en llamas, 1953)
(México, 1918-1986)
.
Juan Rulfo nació el 16 de mayo de 1918 en Sayula, en el Estado de Jalisco y como escritor se integró al grupo de escritores que crearon un universo propio, para convertirlo en escenario donde se desarrollan sus historias. Comala es el universo personal de Juan Rulfo. Transcurrió su infancia entre su pueblo natal y San Gabriel (la actual Ciudad Venustiano Carranza), donde realizó sus primeros estudios y pudo contemplar algunos episodios de la sublevación cristera, violento levantamiento opositor a las leyes promulgadas por el presidente Calles para prohibir las manifestaciones públicas del culto y subordinar la Iglesia al Estado. Rulfo vivió en San Gabriel hasta los diez años, en compañía de su abuela, para ingresar luego en un orfanato donde permaneció cuatro años más, pero cuando apenas había cumplido los ocho, ya había leído los libros de la biblioteca parroquial que el sacerdote del pueblo puso al cuidado de su abuela.
A los dieciséis de edad, intentó ingresar en la Universidad de Guadalajara, pero una huelga estudiantil que duró año y medio, se lo impidió. En Guadalajara publicó sus primeros textos y poco después se trasladó a la Ciudad de México que se convirtió en su residencia regular.
Intentó de nuevo entrar en la universidad, para estudiar en la Facultad de Derecho pero fracasó en los exámenes para el ingreso y se vio obligado a trabajar. Trabajó en la Secretaria de Gobernación como agente de inmigración, primero en la capital y luego en Tampico y Guadalajara. En esta etapa de su vida entró en contacto con gente que hablaba peculiares dialectos en diversas regiones. Más tarde fue enviado al Archivo de Migración.
Juan Rulfo se desempeñó en oficios diversos. Fue empleado en una compañía que fabricaba llantas de hule, dirigió y coordinó diversos para el Departamento Editorial del Instituto Nacional Indigenista, y fue asesor literario del Centro Mexicano de Escritores. La obra de Juan Rulfo es escasa pero de gran calidad narrativa y ha sido también traducida a numerosos idiomas. Sus dos libros le ha valido reconocimiento mundial concretado en premios como el Nacional de Letras (1970) y el Príncipe de Asturias de España (1983); extranjeros. En 1953 apareció El llano en llamas, que incluye diecisiete cuentos narrativos que giran todas en torno a la vida de los campesinos mexicanos. En 1955, aparece Pedro Páramo, la única novela que escribió Juan Rulfo, en la cual surge Comala como el escenario donde se desatan las pasiones humanas. En 1980 publicó la narración El gallo de oro, a partir de entonces y aunque él mismo se encargó de anunciar la inminente publicación de nuevos libros, eso nunca ocurrió. Varios de sus relatos han sido llevados al cine, como El despojo y La fórmula secreta, corto y mediometraje respectivamente, habiendo intervenido como actor cinematográfico en alguna ocasión. Murió el 7 de enero de 1986, en la ciudad de México.

domingo 8 de noviembre de 2009

La noche en que fusilen poetas y cantores
por haber traicionado, por haber corrompido
la música y el polen, los pájaros y el fuego,
quizás a mí me salven estos versos que digo...
.
.

Antonio Esteban Agüero
(San Luis, Argentina, 1917-1970)

jueves 5 de noviembre de 2009

ECO, Umberto: La misteriosa llama de la reina Loana

.
(Fragmentos de "La misteriosa llama de la reina Loana". Bs. Aires, Lumen, 2005.)
.
LOS LIBROS...
.
—… ¿Leía mucho? (preguntó Yambo a su esposa al intentar recordar algo sobre sí mismo).
—Eres un lector incansable. Con una memoria de hierro. Sabes un montón de poesías de memoria.
—¿Escribía?
—Nada tuyo. Soy un genio estéril, decías; en este mundo o se lee o se escribe, los escritores escriben por desprecio hacia los colegas, para tener de vez en cuando algo bueno que leer.
—Tengo muchos libros. Perdona, tenemos.
—Aquí hay cinco mil. Y siempre aparece el tonto de turno que entra y dice cuántos libros leyó usted, ¿los ha leído todos?
—¿Y yo?, ¿qué contesto?

—Sueles contestar: ninguno, si no, para qué los tendría aquí, ¿acaso guarda usted las latas de carne tras haberlas vaciado? Los cincuenta mil que ya he leído se los he regalado a las cárceles y a los hospitales. Y el tonto se queda cortado.
.
LA RISA...
.
La sonrisa irresistible. Pero, ¿por qué te casaste con el hombre que ríe?
—Porque te reías bien, y me hacías reír. De pequeña no paraba de hablar de un compañero de colegio, que si Luigino por aquí, que si Luigino por allá, cada día volvía a casa y contaba algo que había hecho Luigino. Mi madre sospechaba que había algo más, porque un día me preguntó que por qué me gustaba tanto Luigino. Y yo le dije: porque con él me río.
.
.
(Italia, 1932)

domingo 1 de noviembre de 2009

PAZ, Octavio: El ramo azul

Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:
—¿Ónde va señor?
—A dar una vuelta. Hace mucho calor.
—Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes después percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
—No se mueva , señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunté:
—¿Qué quieres?
—Sus ojos, señor —contestó la voz suave, casi apenada.
—¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
—No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
—Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
—Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.
—Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
—Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
—No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
—No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma la cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
—Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. Él apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
—¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-—Ah, qué mañoso es usted! —respondió— A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
—Arrodíllese.
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
—Ábralos bien —ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
—Pues no son azules, señor. Dispense.
Y desapareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.
Entré sin decir palabra.
Al día siguiente huí de aquel pueblo. .

-
Octavio Paz
(México, 1914/1998

lunes 26 de octubre de 2009

FONTANARROSA, Roberto: La educación de los hijos

—Perdónalo, Alfonso.
—No, no lo perdono nada.
—Ay, yo no sé.
—No lo perdono. No.
—Pero es que ya es mucho.
—No; qué es mucho. El que la sigue es él.
—Pero es chico, vida.
—Qué chico ni chico, que aprenda ahora. Yo también fui chico si es por eso.
—Sí, pero ahora es distinto.
—Mirá, Clarita, terminemos, yo no lo perdono ni mierda, tampoco le voy a ir a hablar.
—Lo que pasa es que vos sólo pensás en vos, ¿y yo? A mí que me parta un rayo. ¿Te creés que me gusta que vienen y me preguntan por la calle?
—Vos porque das bola, además, la educación de los hijos cada uno la hace como se le canta.
—Es que ya va a perder el año, te lo dije, Alfonso, me habló la señorita.
—Peor es que pierda el respeto por su padre, si pierde un año ya lo va a recuperar, no es idiota el chico, creo ¿no?
—Yo no, no sé, no sé, lo único que te digo es que no veo las horas de verlo de nuevo.
—Y yo también, ¿qué te creés?, ya va a salir te digo, ya va a salir.
—Sí, lo mismo dijiste en octubre y todavía está ahí.
—Es que vos no tendrías que haberle llevado comida. Te lo dije...
—Pero, Alfonso, ¡se iba a morir!
—¡Qué mierda se va a morir, ya ibas a ver cómo salía!
—Pero no se puede hacer eso, después de todo, como dice mamá, por una zoncera.
—Tú mamá que no se meta en esto, además lo que pueda decir me importa un huevo.
—¡Alfonso!
—Me importa un huevo, si está reblandecida yo no tengo la culpa.
—No pensabas así cuando le pediste plata.
—Yo sabía que iba a salir lo de la plata, sí, sabía que eso le iba a dar excusa para meterse en todo lo que no le importa.
—¡Qué no le importa, es el nieto y se está muriendo de hambre!
—Si se está muriendo de hambre que se joda, en Saigón, por ahí, se mueren miles de pibes de hambre, ¿o no leés los diarios vos?
—Acá no es Saigón, y si allá se mueren de hambre yo no voy a permitir que acá mi hijo se muera de hambre.
—Vos no te preocupés, ya va a salir, no podrá resistir mucho más.
—¿Te parece bien eso?, que tu hijo se coma el algodón, los elásticos, ¿te parece?, que se coma el cotín.
—Ya también se le va a terminar, ¿vos lo viste?
—Ayer lo vi.
—¿Cómo está?
—No lo vi mucho, estaba oscuro.
—Hubieras prendido la luz.
—No. Grita. Le hace mal la luz. Vos no crees pero, ¿no se estará quedando ciego?
—¡Pero mirá con lo que salís ahora! ¿Qué?, ¿vas a hacer un drama porque el otro boludo caprichoso se metió ahí y no quiere salir?
—Pero grita.
—Que grite, ¡qué joda!, tanto tiempo a oscuras a cualquiera le molesta la luz.
—Y la señorita dijo que no iba a venir...
—¿Y quién la llamó?
—Yo, como la otra vez vino...
—¿Y a qué vino?
—A decirle a ver si salía, que volviera al colegio, que los compañeritos lo extrañaban.
—¿Y el otro?
—Que no, que no y que no.
—No la llamés más a esa boluda.
—No seas así, ahora dijo que no venía porque le duele la cintura y no puede estar mucho agachada, además que le da no sé qué verlo así.
—Y también el olor.
—Claro, Alfonso, el olor, nosotros no nos damos ya cuenta, pero la gente sí. Imagináte tanto tiempo haciendo caca y pis ahí abajo. Ay, Dios mío, Alfonso, por favor, yo no sé, vos también.
—Yo también nada, si caga y mea ahí abajo déjalo, que se joda, tirá creolina, kerosene.
—No le puedo tirar, Alfonso, entendé, mirá si se infesta, creo que está lastimado, que se clavó una astilla en la rodilla.
—Mulas, son mulas para que le tengamos lástima.
—¿Y cómo no le vas a tener lástima, Alfonso? Es chico.
—¿Y él tiene lástima cuando hace las perrerías que hace? ¿Tiene lástima? Así se va a educar. Va a ver.
—Yo no sé, si no sale para las Fiestas yo llamo a alguien, no sé, o agarro y me vuelvo loca.
—Perdé cuidado que va a salir, ya en diciembre esa pieza es un fuego. Vas a ver cómo sale cuando se achicharre ahí abajo, muerto de hambre y entre la caca recalentada.
—¿Y si no sale, Alfonso?
—Si no sale ya veremos, no te preocupes, yo tampoco quiero pasar las fiestas sin él.
.
.
Roberto Fontanarrosa
Argentina, 1944/2009

martes 20 de octubre de 2009

QUINO

sábado 17 de octubre de 2009

ADIÓS A MARÍA ROSA GROTTI

Transcribimos a continuación la lamentable noticia del fallecimiento de María Rosa Grotti, una de nuestras amigas del blog, de quien publicamos un texto muy lindo sobre la Generación Bidú. Hasta siempre, María Rosa.
.
Falleció la periodista María Rosa Grotti. Se desempeñaba actualmente en la Agencia Córdoba Cultura. Anteriormente colaboró con el diario Córdoba y La Voz del Interior y trabajó también para medios porteños.
.
La periodista cordobesa María Rosa Grotti (63) falleció esta madrugada en el Hospital Urgencias, donde permanecía internada desde mediados de setiembre por una crisis asmática que había sufrido y que la dejó inconsciente. La periodista se desempeñaba actualmente en la Agencia Córdoba Cultura, y había trabajado además en diversos medios cordobeses, como el diario Córdoba y La Voz del Interior. También colaboró con la revista Humor y otros medios porteños.
Grotti será velada en la sala La Catedral, ubicada en San Juan y Mariano Moreno de esta Capital. La sala se habilitará desde las 11:00 de hoy hasta el mediodía de mañana, cuando partirá el cortejo hacia el cementerio Los Alamos, camino a Colonia Tirolesa. Homenaje. Como un pequeño homenaje a la “Negra”, como la llamaban sus amigos, se adjunta a continuación el artículo “La generación de Bidú sigue en pie”, escrito por Grotti para la revista Humor, en 1984. La nota causó una gran repercusión en aquella época y puede leerse en el blog Leer porque sí.
También se adjunta un audio con la letra del texto, la música de Horacio Sosa y la voz de Omar Rezk. Fue publicado en el disco de Posdata “Córdoba va”, en 1985.
.
La generación de Bidú sigue en pie
Crecimos con los Beatles. Las primeras pitadas de Saratoga sin filtro las hicimos una tarde mientras jugábamos a la payana en la plaza Colón. A nosotros nos tocaron los cuatrocientos golpes y nos quedamos sin aliento en una estrada cualquiera, mientras contemplábamos el anochecer de días agitados. La niñez quedó atrás junto a los caramelos Misky, el tintero involcable y el olor a mandarina. Nos llevábamos el mundo por delante. Salimos a la calle a gritar palabras felices o incoherentes, pateamos el tablero, desvestimos los santos, metimos el dedo en las llagas, rompimos todos los esquemas y tiramos los pedacitos al viento de la historia. Pero claro, después vino lo otro. Una inmensa nube inundó nuestro mundo. En aquellos días, al levantarnos, los presentimientos nos asaltaban a punta de pistola. Todos en mayor o menor medida eramos sospechados de ser sospechosos. Éramos culpables de algo. Fumábamos toda la noche con el corazón hecho una fiera mientras esperábamos oir las botas del domador. Nuestros amigos arrancados de cuajo de nuestras vidas quedaron detenidos en el tiempo. A esas fotografías inexactas, a esas malas copias que nos dejó la muerte, las escondíamos en los pasadizos de la memoria para no despertar las iras de las fuerzas de seguridad. Algunos se volvieron moscas de tanto sonreirle a las arañas, pero otros se volvieron viento, canción, poema, memoria...la flaca Titilo, el Pelusa, el Gordo Ramos, el Petiso Acevedo, el Pato, la Turca Flores, el Coqui...

miércoles 14 de octubre de 2009

FERRER, Marcelo: Lienzo virgen

'El artista frente al lienzo' (1938)
Autorretrato de Pablo Picasso
.
.
.
Una leve presión del pincel y ese toque de intensidad sobre un rasgo de carácter encima de su boca. Ahora el trazo largo de un párpado altivo. Más allá, lejos, soy penacho desgarbado sobre una frente pequeña. Y aún más lejos, oscuro vórtice en la zona posterior de su mollera.
Desciendo por su perfil expuesto a la luz, donde las nacientes de sus cabellos se ralean y espesan. Su cien se expande en una planicie que se deprime bajo su ceja. Ésta declina con suavidad -rasgo tenue de sabiduría-. Giro hacia la pendiente apenas pronunciada en la base de su nariz, sumergiéndome en la comisura de su boca. Debajo, se eleva su carne con prominencia rumbo a la pulpa de sus labios rojos. Ellos denuncian una sonrisa apenas alongada.
Retrocedo dos pasos e inclino mi cabeza. Busco simetrías milimétricas en los lóbulos de sus orejas. De ambos desciendo triangulando a un punto de su cuello. La luz es oblicua desde un sitio imaginario a tres metros sobre su derecha. Mareas de sombras que resuelven en la redondez de su escote. Un lunar rompe el equilibrio; se ilumina como gema, discreta.
Mediodía para su reluciente pómulo, atardece en su mejilla; se alarga la noche tras la recta ascendente de su nariz.
Pongo mi atención en su pupila y en los diminutos peces pardos del océano ambarino que la rodean. Están inmóviles, sin aliento. Me decepciono. Un perceptible brillo proporciona indeleble luz, arriba, sobre su izquierda.
—¿Me está mirando?
Me adentro a la noche clara y sinuosa para seguir su contorno más arriba de su pómulo. La superficie se degrada agudamente y sobre ella reposan arqueadas sus pestañas. Una delgada línea se ilumina, luego un escalón, y más allá, la esclerótica se expande con delgados cursos rojos. De su otro ojo un nuevo océano ambarino y los peces pardos que lo habitan en completa quietud. Su pupila es un embudo desgajado, inerte.
—Pero... ¿Me está mirando?
Me alejo. Algo me perturba. Una sensación de incordia me enajena; se expande desde la base de mi estómago oprimiéndome los pulmones. Estoy sin aliento; agitado. Le doy la espalda a ella. Me agacho. Me paro. Golpeo con mi máxima energía la mesa. Llevo mis manos a mi cabeza y entrelazo mis dedos en mis cabellos. Aprisiono mi cráneo. Lo bamboleo. Lo froto con mis palmas mugrientas.
—¿Me está mirando? ¿Me mira?
Doy tres pasos laterales adonde el punto imaginario de luz. La observo.
—No, no me está mirando. Me desgrano.
Vuelvo hacia ella.
—Tiene la mirada perdida —digo.
Me acerco tanto como para individualizar cada partícula de pigmento que impregna las fibras de lino de sus ojos ambarinos y lo veo: ¡qué distancia tan pequeña nos separa del infinito! —digo... al descubrir el secreto que guarda en su iris. Vuelvo a ambos ojos para develar que tiene ella un alma anclada en la tierra y otra devorando el universo. No hay cosa que trascienda más que el alma —pienso—; y brota de mis labios una sonrisa.
Me tranquilizo en la medida que aumenta mi ansiedad.
—-¡Necesito distancia! —grito.
Aparto la mesa y me alejo de ella hasta donde la habitación me lo permite. La observo.
—¡Aún es muy cerca! —maldigo.
La pongo a ella en el otro extremo de la habitación y no es suficiente. La cargo al parque. Hay sol. Me detengo un instante para descubrir que la gramilla está alta y florecida. Ahí la dejo y me aparto.
Un azul profundo se expande sobre mi cabeza adonde mi vista no la alcanza. Entonces imagino mi propio ojo y sus formas convexas percibiendo el infinito. Me sumerjo en el torrente sanguíneo que lleva curso a mi retina. Desde allí observo la espalda de mi pupila con sus dibujos arabescos contraídos a su máximo potencial. En rededor, aquel ordinario marrón que pensé siempre, posee matices. Dentro de mi retina se expande el universo y estoy en él y ella conmigo, mirándome. Puedo navegar ese universo; deambular entre sus galaxias, y por su interior, sobre sus planetas y soles. Mi atención se fija en un punto lejano para percibir la forma de mi ojo terrenal mirándola a ella sobre la gramilla alta y florecida desde donde ella me está mirando. Hay materialidad limitando materia —concluyo.
Salgo de mí; vuelvo a ella. La devuelvo al interior de mi taller. Enciendo un cigarro.
Me arrojo sobre el sofá que exhala aliento a humedad milenaria. No es importante. Nada lo es, ahora. Está hecho. He terminado y me satisface.
—No me mira —digo—; y sin embargo, sé que me está mirando —sonrío.
A mi izquierda, un universo que se expande tras el ventanal por donde escapa el humo del tabaco. Sobre mi derecha: ella, sobre el atril, con sus imperturbables ojos perfectos indagando los universos infinitos y terrenales que hay en mí.
Me duermo —creo.
Despierto de la noche intensa luego de soñar su rostro. Lánguido el sol se levanta sobre el filo del lintel. La gramilla está alta y florecida, afuera. A pasos de mí, el atril; el tono marfil del lienzo virgen atesora formas imposibles de ser coloreadas —pienso.
Tal vez... Tal vez sea hoy un buen día para intentarlo.
.
MARCELO D. FERRER
.
Nació en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires, República Argentina.
Es contador público y licenciado en economía; ejerce su profesión en su ciudad natal.
Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario.
Está divorciado y tiene tres hijas.
Varios de sus cuentos fueron publicados en diversos medios periodísticos de Argentina. Es autor de poemas, reflexiones, ensayos, prosas, pensamientos, etc. Algunas de sus poesías han sido editadas en la WEB. Su primer libro se editó en setiembre de 2001, "Poemas, historias y reflexiones".
Su segundo libro fue editado en 2002, una edición limitada de Editora Nuevos Aires, Argentina, que se encuentra agotada.
Trabaja incansablemente en nuevos textos, muchos de ellos son editados en esta web.
.

domingo 11 de octubre de 2009

PALOMARES, Gabino: La maldición de Malinche

"Cortés & Malinche" (José Clemente Orozco)
.
.
Del mar los vieron llegar
mis hermanos emplumados
eran los hombres barbados
de la profecía esperada.
.
Se oyó la voz del monarca
de que el Dios había llegado
y les abrimos la puerta
por temor a lo ignorado.
.
Iban montados en bestias
como demonios del mal
iban con fuego en las manos
y cubiertos de metal.
.
Sólo el valor de unos cuantos
les opuso resistencia
y al mirar correr la sangre
se llenaron de vergüenza.
.
Porque los dioses ni comen,
ni gozan con lo robado
y cuando nos dimos cuenta
ya todo estaba acabado.
.
En ese error entregamos
la grandeza del pasado
y en ese error nos quedamos
trescientos años esclavos.
.
Se nos quedó el maleficio
de brindar al extranjero
nuestra fe, nuestra cultura,
nuestro pan, nuestro dinero.
.
Y les seguimos cambiando
oro por cuentas de vidrio
y damos nuestra riqueza
por sus espejos con brillo.
.
Hoy, en pleno siglo XX,
nos siguen llegando rubios
y les abrimos la casa
y los llamamos amigos.
.
Pero si llega cansado
un indio de andar la sierra
lo humillamos y lo vemos
como extraño por su tierra.
.
Tú, hipócrita, que te muestras
humilde ante el extranjero
pero te vuelves soberbio
con tus hermanos del pueblo.
.
¡Oh, Maldición de Malinche!
¡Enfermedad del presente!
¿Cuándo dejarás mi tierra?
¿Cuándo harás libre a mi gente?
.
Gabino Palomares
.
Cantante mexicano nacido en San Luis Potosí. Gabino Palomares recuerda muy bien el comienzo del canto nuevo: "El movimiento del 68 influyó a muchos. En 1975 cobró auge la nueva canción por la migración latinoamericana a México. Fueron tiempos del gorilato, así que había muchas historias que contar. "Otro elementos importantes fue que un grupo numeroso de conjuntos y solistas comenzó a apoyar al Partido Socialista, lo que marcó el inicio en México del canto nuevo, el cual estuvo marcado por una línea de protesta, postura eficiente para dar a conocer la situación del país". Veinticinco años de carrera están detrás de la producción musical de Gabino Palomares.Las letras de Gabino Palomares hablan sobre el consumismo y la injerencia extranjera; la falta de compromiso del gobierno o los empresarios para con el pueblo, cuestiona las acciones emprendidas durante por lo menos tres sexenios y el permanente sacrificio de la clase trabajadora."Quisiera que mis canciones ya no estuvieran vigentes, porque eso querría decir que el país habría superado sus problemas. El mundo ha cambiado, México no gran cosa. Seguimos viviendo la herencia de la Malinche, recibiendo con grandes honores al extranjero, brindándole toda nuestra riqueza y despreciando al indígena que llega a nosotros cansado de andar la sierra”.
.

jueves 8 de octubre de 2009

LIMA QUINTANA, Hamlet: Cielo blanco

No veo el cielo madre, sólo un pañuelo blanco
no sé si aquella noche yo te estaba pensando
o si un perfil de sombras me acunaba en sus brazos
pero entré en otra historia con el cielo cambiado.
.
No me duele la carne que se fue desgarrando
me duele haber perdido las alas de mi canto
las posibilidades de estar en el milagro
y recoger las flores que caen de tu llanto.
.
No quiero que me llores, mírame a tu costado
mi sangre está en la sangre de un pueblo castigado
mi voz está en las voces de los "iluminados"
que caminan contigo por la ronda de Mayo.
.
No quiero que me llores ahora que te hablo
mi corazón te crece cuando extiendes las manos
y acaricias las cosas que siempre hemos amado
la libertad y el alma de todos los hermanos.
.
No sé si aquella noche amanecí llorando
o si alguna paloma se me murió de espanto
la vida que ha esperado tanto
es el cielo que crece sobre tu pañuelo blanco.
.
No quiero que me llores, mírame a tu costado
mi sangre está en la sangre de un pueblo castigado
mi voz está en las voces de los "iluminados"
que caminan contigo por la ronda de Mayo.

.
Hamlet Lima Quintana
.
Nacido en Morón, provincia de Buenos Aires en 1923. Autor y compositor; desde niño, en el seno de su familia, tomó contacto con la música y la poesía. A partir de la década del 40´ y hasta mediados de los 60´ se desempeñó como músico y cantor, primero en la compañía de Ariel Ramírez, luego en los Musiqueros y más tarde en Los Mandingas. También formó un dúo con Mario Arnedo Gallo y finalmente fue solista, hasta que dejó de cantar. En 1961 escribió la zamba “La amanecida”, con música de Arnedo, y como la letra rompía los moldes poéticos aceptados hasta ese momento, fue criticado por los sectores más conservadores del folklore. No obstante, fue muy bien recibida por los intérpretes y el público. Solistas y conjuntos argentinos y extranjeros interpretaron canciones con poesías suyas “Zamba para no morir”, la huella “La cuatrereada”, “Triunfo de las salinas grandes”, “Juanito Laguna remonta un barrilete” y “Crónica de un semejante”, entre otras. Hamlet Lima Quintana falleció el 21 de febrero de 2002 a los 78 años, víctima de un cáncer de pulmón.

domingo 4 de octubre de 2009

MERCEDES SOSA, Argentina, 9 de julio de 1935 / 04 de octubre de 2009

lunes 28 de septiembre de 2009

MAIRAL, Pedro: La vuelta

—¿Y si estoy, Indio? —dijo Belén con la cabeza apoyada entre los brazos de él, con la mirada perdida en los pinos y los médanos que iban quedando atrás.
—¿Cuántos días se te atrasó?
—Hoy ya van diez.
—Y bueno, si estás, lo tenemos.
Ella sonrió y se dieron un beso largo, jugando con las lenguas, mordiéndose apenas los labios. Estaban en la última fila de los asientos del ómnibus que volvía de la Costa hacia la Capital.
Se habían conocido en la playa los primeros días de enero- El Indio pasaba el mes con su amigo César en un departamento sin luz eléctrica y sin gas, que les había prestado la madre de César, que no conseguía alquilarlo y no pagaba hacía tiempo los servicios. El Indio había ido con la idea de pintar con tiza reproducciones de cuadros en las veredas del centro comercial para juntar plata. Pero no pasó del primer intento, porque los dueños de los locales no quisieron que ensuciara las baldosas. Entonces se le ocurrió la idea de pintar a las chicas en la playa. Se gastó los últimos ahorros en pinturas especiales para la piel; puso, en un balneario concurrido, un cartelito de cartón que decía: “Body Painting $ 5” y le empezó a pintar el cuerpo a César. Fue un éxito. Al rato ya había una fila de chicas que esperaban que las pintara.
Una tarde llegaron al balneario donde estaba Belén con sus amigas, y ella se hizo pintar un sol en la panza. El Indio le hizo una espiral de fuego que empezó en el ombligo y se fue expandiendo hasta los bordes del bikini. Como ella se dejaba pintar con placer y curiosidad, el Indio le dibujó, además, unas serpientes enroscadas en los antebrazos y una ajorcas de azul cobalto en los tobillos. Cuando terminó el Indio no le quiso cobrar. Le preguntó si se animaba a trabajar con él. Sería una mejor promoción empezar en cada balneario pintando a una chica que a su amigo. Ella aceptó. Tenía veinte años y nunca había trabajado en su vida.
Desde entonces, el Indio, César y Belén se instalaban cada tarde en un balneario. El Indio empezaba a pintar a Belén y grupos enteros de chicas mordían en anzuelo: César les cobraba, les daba el vuelto, y ellas se dejaban garabatear el cuerpo por el chico alto y morocho, de pelo largo, con los dedos embadurnados con pintura. Al atardecer, en algún punto de la caminata de vuelta, Belén y el Indio se metían en el mar para despintarse. En uno de esos chapuzones, entre forcejeos, los juegos y las olas, el Indio le dio un beso a Belén mientras ella se iba destiñendo y dejaba en el agua nubarrones celestes, anaranjados, violetas.
Poco después, Belén dejó de ir a dormir a la casa que alquilaba con sus cinco amigas y empezó a quedarse en lo de César y el Indio, donde cocinaban arroz con un calentador a gas en medio del cuarto. Tenían un colchón en el suelo y unas velas desperdigadas que se derretían sobre el piso de cerámica.
César salía a la mañana y el Indio y Belén se quedaban solos, cogían hasta quedar exhaustos, dormían, o el Indio sacaba su bloc y la dibujaba en carbonilla: Belén desnuda, recostada, Belén leyendo una revista, Belén haciendo pis. A las tres se encontraban con César en la playa y caminaban buscando nuevos balnearios.
Uno de esos días, Belén se peleó con sus amigas cuando fue a la casa a buscar el resto de su ropa. Le decían que estaban preocupadas, que se pasaba todo el día con esos tipos.
—¿Y qué tiene de malo? —preguntó ella.
—Que son unos negros, Belén. Ni los conocés. Te pueden meter en cualquier cosa.
—Ustedes quédense en su jardincito de infantes y no se metan en mi vida —les contestó, y se llevó su ropa para dormir en lo del Indio el resto del mes.
Ahora ya no había médanos. El ómnibus avanzaba por un campo amarillento, sin árboles, con vacas resguardadas del sol, a la sombra de los grandes carteles publicitarios.
—¿Por qué me pusieron esa cara de culo tus amigas en la terminal? —preguntó el indio.
—Son re boludas. Ni te calentés. No las podés sacar de la Recoleta y el country. ¿Sabés qué? Los primeros días que empecé a estar con ustedes me querían prestar un teléfono celular por si César y vos me hacían algo.
Se rieron y estuvieron un rato abrazados en silencio. Después Belén dijo:
—Podemos irnos a vivir al Sur, al Bolsón. Vos podés pintar y vender los cuadros en la feria. Yo cuido el bebé y puedo hacer una huerta. Es re lindo el lugar.
—Sos hermosa —dijo él.
—¿Vos me querés, Indio?
—Te amo —dijo y la volvió a besar.
Comieron alfajores. Como habían encendido el aire acondicionado, Belén se puso el suéter de él.
—Al principio podemos ir a casa, con mi vieja —dijo el Indio.
—¿Dónde me dijiste que era?
—En Ramos Mejía. Hasta que juntemos algo. Hay lugar en casa, sobra una pieza.
Belén no dijo nada y se fue quedando dormida sobre las rodillas del Indio. Él le miró la cara de párpados serenos, el pelo lacio y castaño, la pollera larga de flores estampadas, las zapatillas viejas. Miró por la ventana. Pasaban junto a una publicidad de un paquete gigante de cigarrillos. Se estaba nublando.
Más tarde ella se despertó para ir al baño. Cuando volvió, tenía los ojos llorosos.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Sin contestarle, ella le acarició el pelo negro, el mentón fuerte y cuadrado.
—Me vino, Indio —le dijo.
Se abrazaron y ella se largó a llorar. Él la consoló, la hizo sonarse la nariz y tomar un poco de agua.
—En realidad, no sé por qué lloro —dijo Belén—. Soy una estúpida.
El ómnibus atravesó una zona de quintas y viveros. Se quedaron callados.
—¿Estás mejor? —preguntó él, agarrándole la mano.
—Sí. Mejor. ¿Sabés también lo que me pone mal? ¿Viste cuando volvés de las vacaciones y llegás a tu casa y está todo muy silencioso y abrís la canilla y sale el agua marrón, como oxidada?
—Sí —dijo él—. Prendés la tele y ves los cadáveres de los accidentes en la ruta, los autos chocados, el número de muertos. Odio la tele cuando vuelvo de vacaciones.
—Sí, yo también —dijo ella y los dos miraron por la ventana el paisaje que se iba urbanizando de a poco, las casas chatas entre las calles de tierra, las gomerías.
—¿Todo febrero tenés que atender el negocio de tu mamá?
—Sí.
—¿Y Bellas Artes cuándo empieza?
—En marzo.
—Vas a estar re cerca de casa —dijo ella.
—¿Dónde era que vivías?
—En Montevideo y Arenales.
—Ah, pero este año yo curso en La Cárcova, en Costanera Sur —dijo él.
—Ah, sí, una vez vi una copia del David ahí. Me llevó mi papá cuando era chica.
Pasaron un peaje. Desde la autopista, vieron una estación de energía eléctrica, una villa miseria, un basural, y empezaron a entrar en Buenos Aires.
El Indio quiso darle a Belén la parte del dinero que le correspondía por el trabajo del verano pero Belén no lo aceptó y cambió de tema.
—Tenés que pasarme bien tu teléfono —dijo ella.
—Y vos el tuyo.
Belén anotó su número en una página del bloc de dibujo del Indio; él anotó el suyo en el boleto y se lo dio.
El ómnibus abandonó la autopista y se hundió en la ciudad.
—Qué poco tráfico —dijo ella.
—Porque es domingo —dijo él.
Eran las cuatro y media de la tarde y seguía nublado. Circulaban pocos autos. Pasaron por el puerto y Belén bajó su bolso del portaequipajes y se lo puso sobre la falda. Estaban los dos sentados en silencio, cada uno en su butaca. De vez en cuando se agarraban de la mano.
—¿Qué hacés ahora? —le preguntó el Indio.
—Me tomo cualquier colectivo a casa. ¿Y vos?
—Me tomo el 54. ¿Quién está en tu casa?
—Alguno de mis hermanos —dijo ella.
—¿Y tus viejos?
—Están de viaje.
—¿Por dónde?
—No sé. Creo que por Italia —contestó ella.
El ómnibus llegó a la terminal de Retiro. Bajaron. Hacía calor. Buscaron sus mochilas y Belén le devolvió el suéter. Él la acompañó hasta la parada y quiso quedarse esperando hasta que viniera el colectivo, pero ella le dijo:
—Andá, Indio, estás cansado.
Intentaron darse un abrazo pero se entorpecieron con las mochilas y se dieron un beso.
—¿No me regalás el dibujo donde estoy durmiendo desnuda?
—Termino el bloc y te lo regalo entero.
—Dale, regalámelo ahora —insistió ella.
Él buscó la hoja, la arrancó y se la dio.
—¿Me vas a llamar? —preguntó Belén.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando llegue a casa —dijo él.
Se dieron otro beso y el Indio se alejó hacia la parada. Caminó una cuadra y vio que pasaba el 54. Corrió un poco y lo alcanzó. Cuando estuvo arriba miró hacia donde había quedado Belén y vio que ella se subía a un taxi. El colectivo bordeó la plaza y el Indio se sentó en la fila de butacas individuales. Se reclinó, cansado, preguntándose si ella intentaría llamarlo, si buscaría el número buscado en el boleto, si lo marcaría. Trató de imaginarse qué cara pondría cuando le diera equivocado. Se puso a hojear el bloc de los bocetos: Belén leyendo, Belén secándose con una toalla, Belén peinándose. No encontraba el teléfono que ella le había anotado. De pronto levantó la mirada. El teléfono había quedado en el reverso del dibujo que Belén le había pedido de regalo.
.
PEDRO MAIRAL
(Argentina, 1970)

.
Pedro Mairal nació el 27 de setiembre. En 1989 empezó a cursar la carrera de Medicina, que abandonó al poco tiempo de empezar. En 1991, ingresó a la Universidad del Salvador para cursar Letras. Su primera novela, “Una noche con Sabrina Love”, ganó el premio Clarín en 1998. Fue premiada por un jurado de lujo: Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares y Guillermo Cabrera Infante. Dos años después su libro fue llevado al cine por Alejandro Agreste; su protagonista: Cecilia Roth. En 2001 apareció el libro de cuentos “Hoy temprano” —al que pertenece este cuento—, publicado por Alfaguara. En 2003 se conoce su libro de poemas “Consumidor final”, y dos años más tarde Interzona publicó su segunda novela, “El año del desierto”. Y comienza a coordinar, junto a otros autores, el blog “El Remisero Absoluto”. En 2006, coordina otro blog: “El señor de abajo”. En 2007, integra la antología “En celo”, de cuentos eróticos, editada por Mondadori. Sus libros ya se traducen en Francia, Italia, Portugal, Polonia y Alemania. Es un autor de culto en España. También en ese año, el jurado de Bogotá39, lo incluye entre los mejores 39 escritores jóvenes latinoamericanos.
.
(Texto y datos biográficos extraídos de la colección “Cuentos de amor”, editada por la revista Ñ el 08 de noviembre de 2008).

miércoles 23 de septiembre de 2009

NERUDA, Pablo: Poesía y policía

.
(...) Yo quiero vivir en un mundo sin excomulgados. No excomulgaré a nadie. No le diría mañana a ese sacerdote: “No puede usted bautizar a nadie porque es anticomunista”. No le diría al otro: “No publicaré su poema, su creación, porque usted es anticomunista”. Quiero vivir en un mundo en que los seres sean solamente humanos, sin más títulos que ése, sin darse en la cabeza con una regla, con una palabra, con una etiqueta. Quiero que se pueda entrar a todas las iglesias, a todas las imprentas. Quiero que no esperen a nadie nunca más a la puerta de la alcaidía para detenerlo y expulsarlo. Quiero que todos entren y salgan del Palacio Municipal, sonrientes. No quiero que nadie escape en góndola, que nadie sea perseguido en motocicleta. Quiero que la gran mayoría, la única mayoría, todos, puedan hablar, leer, escuchar, florecer. No entendí nunca la lucha sino para que ésta termine. No entendí nunca el rigor, sino para que el rigor no exista. He tomado un camino porque creo que ese camino nos lleva a todos a esa amabilidad duradera. Lucho por esa bondad ubicua, extensa, inexhaustible. De tantos encuentros entre mi poesía y la policía, de todos estos episodios y de otros que no contaré por repetidos, y de otros que a mí no me pasaron, sino a muchos que ya no podrán contarlo, me queda sin embargo una fe absoluta en el destino humano, una convicción cada vez más consciente de que nos acercamos a una gran ternura. Escribo conociendo que sobre nuestras cabezas, sobre todas nuestras cabezas, existe el peligro de la bomba, de la catástrofe nuclear, que no dejaría nadie ni nada sobre la tierra. Pues bien, esto no altera mi esperanza. En este minuto crítico, en este parpadeo de agonía, sabemos que entrará la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Y esta esperanza es irrevocable.
.
.
.
Pablo Neruda
(Chile, 1904/1973)

de “Confieso que he vivido”
.
.
.
"En la Isla Negra, en Santiago, en Valparaíso, en Bahía, en Río, en San Pablo, en Moscú, en París, en Praga, en Pekín, en Chunking, en Colombo, en Kandi, en Madras, en Bombai, en Calcuta, bajo la lluvia del diluvio en Rangoon o en la floresta petrificada, yo te reencuentro vivo, Pablo, en tu velorio. Sobrevuelas tu patria donde los criminales desenfrenados se banquetean con cadáveres en la noche de los asesinos. Nunca tuviste un momento de duda: mañana la aurora renacerá, restaurados en ella el pueblo y la poesía" (Jorge Amado)

lunes 21 de septiembre de 2009

FONTANARROSA, Roberto: Inodoro Pereyra, "El Renegáu"

miércoles 16 de septiembre de 2009

GELMAN, Juan: El animal

"Niño con máscara"
de Walter García (Nicaragua)
.
.
.
Cohabito con un oscuro animal. Todo lo que hago de día, él de noche me lo come. Lo que hago de noche, me lo come de día. Lo único que no me come es la memoria. Se encarniza en hacerme recordar hasta el más chico de mis errores y mis miedos.
.
No lo dejo dormir.
.
Soy su oscuro animal.
.

.
.
Juan Gelman
(Argentina, 1930)

domingo 13 de septiembre de 2009

OCAMPO, Silvina: Carta bajo la cama

Querido Florencio:
Estoy pasando unos días en Aldington, en casa de unos amigos. Aldington está situado en un lugar del sur de Inglaterra, bello, anegado y solitario, donde crían ovejas. Desde aquí se ve, en una lejana franja, el mar, que podría ser un río. El paisaje me recuerda un poco el nuestro, salvo la ondulación natural del suelo, la moderación del canto de los pájaros, el absoluto silencio y la oscuridad perfecta de las noches. Es probable que en otras noches se oiga el croar de las ranas y que brille una luz extraordinaria ¿pero qué espera el tiempo para volver exuberante a la naturaleza? Estamos en pleno verano.
Hay en mí una mezcla de nostalgia y de goce que no sabría explicar. La similitud y disimilitud del lugar, comparado con mi tierra, provoca alborozo en mi ánimo cuando vago al atardecer por los caminos sinuosos que llevan al pueblo. No muy lejos de aquí, un campamento de gitanos, rubios, altos y feroces, con carros pintados de colores violentos, con manijas, bisagras y guardabarros de bronce, llamó mi atención. La primera vez que lo vi fue el día del año en que los gitanos lavan la ropa: la habían tendido alrededor de las carpas, ocupando casi una manzana.
Hay un bosque, de abundante vegetación con muchas flores rosadas; creo que te gustaría como a mí. Dos veces logré perderme en él, en su oscuridad, que me fascina. Observamos con mis amigos que de trecho en trecho (sin quitarle belleza, pero dándole quizá un aspecto lúgubre), se abren hoyos en el suelo, con visibles restos de raíces rotas; diríase que alguien, un jardinero de prisa, hubiera sacado plantas con el terrón de tierra para trasplantarlas. Junto a algún hoyo queda una arpillera raída y húmeda, una colilla o una lata vacía. Me atrae ese bosque y secretamente deseo que la noche me sorprenda alguna vez perdida en él, para que yo me vea obligada a quedarme entre las flores rosas y los helechos, sobre el musgo, acostada, con ese miedo que me agrada, como suele agradarle a los niños.
Me dijiste que el miedo fue siempre una de mis favoritas distracciones. Esas locuras mías son las que gustan más, porque demuestran que aún queda en mí un resto de infancia. No soy valiente, pero en mi inconciencia jamás rehuyo el peligro; lo busco para jugar con él. No lo olvides: he quedado sola en este desamparado lugar de Inglaterra, en una casa sin persianas, con ventanales de vidrio, alejada de otras viviendas, sin ni siquiera un perro para cuidarme. Mis amigos se fueron a Londres. Es claro que el sitio es tranquilo y la gente tan buena, que al salir ponemos la llave sobre el soporte del farol de entrada, de modo que el almacenero, el lechero o el cartero puedan dejar paquetes o cartas adentro de la casa. Todo el pueblo sabe dónde está la llave de la puerta de entrada.
Debo confesarte que en el primer momento vacilé ante la idea de quedar sola aquí. Me gusta compartir el miedo aunque sea con un perro o un gato, pero ¿qué placer podría sentir? La picadura de una avispa en la pierna izquierda, que me dio fiebre (me duele todavía), los discos maravillosos que no he oído bastante en el fonógrafo, la lectura de Rómulo Magno de Dürrenmatt y cierta inercia me indujeron a quedarme. Luego, cuando quedé sola, y empezó a caer la tarde, una angustia intolerable me sobrecogió. Tuve que tomar pastillas de Ampliactil, como esas mujeres de las cuales te burlas. Todo eso sucedió ayer. El cielo, donde buscaba los Siete Cabritos, las Tres Marías, la Cruz del Sur, porque no conozco otro cielo y porque me parece que todos los cielos tendrán que ser como el nuestro, se cubrió de nubes. Una tormenta, que podía competir con las de mi provincia se desencadenó. El mar, a lo lejos, parecía colérico. La noche sobrevino más temprano, por suerte; digo por suerte, porque la oscuridad me daba menos miedo, tal vez, que las imágenes que estaba viendo, pues aunque busque el miedo, éste excedía mi deseo. Acurrucada en un sillón, el más alejado de la ventana, me puse a leer, mientras el cielo organizaba truenos y relámpagos, y la lluvia, con su cortina espesa y fría, sin protegerme, me separaba del mundo.
Esta mañana me desperté feliz de haber vencido esa parte tan vulnerable de mi ser. Caminando fui de nuevo al bosque: me perdí entre las flores rosadas y los crujientes árboles: "Sola, sola, sola", repetía, regocijándome con mi soledad. "Estoy sola".
¿Qué es el miedo? Ciertamente cada ser tiene su propio miedo, un miedo que nace con él. En mi caso no guarda proporción con el peligro que me acecha. Hoy, por ejemplo, ¿por qué no tengo el miedo de ayer? La misma soledad absoluta me circunda. Las ovejas grises que pastan a lo lejos son como piedras grises que se mueven. ¿Por qué no me dan miedo?
Temprano, tres veces por semana, viene una mujer reumática a hacer la limpieza de la casa; todavía estoy durmiendo cuando oigo sus cantos desafinados, como un zumbido. El jardín se cuida él mismo. Nada cuida mejor un jardín que la humedad. Los dueños de la casa dicen que se encargan de regarlo, cuando vienen a vivir aquí, pero hay tanta humedad natural que no han de regarlo nunca, por más que se jacten de ello.
Interrumpí esta carta para preparar una taza de té. Esta cocinita de gas es muy práctica: en dos minutos todo está listo. Mientras te escribo, bebo el té. Escribirte con la pluma en la mano derecha y sostener con la izquierda la taza en que bebo un manjar que preparo tan bien, es una felicidad que no cambio por ninguna otra. No, aunque no lo creas: no cambio esta felicidad por ninguna otra, ni por estar a tu lado. ¡El amor es tan complicado con todos sus ritos! No me vengo de ti. El poniente ha iluminado los vidrios de rojo. Ahora estoy sentada frente al ancho ventanal del dormitorio, desde donde diviso el campo y una franja lejana, como otro campo, de mar. No comprendo mi temor de ayer. La soledad se intensifica a esta hora. El zumbido de un moscardón golpea los vidrios: abro la ventana para que se vaya.
Nunca oí tantos silencios juntos: el de la casa, el del campo, el del cielo. Con cuidado pongo la taza sobre el plato de porcelana. Cualquier ruido sería estruendoso. Recuerdo un poema de Verlaine, titulado "Circunspección": "No interrumpamos el silencio de la naturaleza, una diosa taciturna y feroz" decía un verso.
Desde hace unos instantes oigo un ruido, un ruido que me trae algún recuerdo de infancia, el ruido que hace una pala (hermana del rastrillo) en la tierra húmeda. ¿Pero quién puede trabajar a estas horas? ¿Una pala invisible? Si pienso un poco puedo asustarme. ¿Prefiero que esa pala que golpea rítmicamente la tierra sea invisible? Involuntariamente, de un misterio elijo la versión que más me asusta. Me vuelvo hacia el este donde está el otro ventanal, que no tiene mayor atractivo. Hay una bolsa en el suelo. La bolsa se mueve: es un hombre arrodillado. Está cavando la tierra. ¿Por qué está arrodillado? Hace un esfuerzo inaudito con los brazos. Para cavar la tierra, habitualmente los jardineros hincan la pala con la ayuda del pie. La postura del hombre es extraña. ¿Será un vecino que viene a robar plantas? ¿Qué plantas? Hay alverjillas rosas, salvias, dalias, nardos, caléndulas, brincos ¡qué sé yo! Pero no hay plantas grandes. ¿Para qué está cavando ese hoyo? ¿Para qué? Habrán mandado una planta de algún vivero. ¿Por qué no me avisaron? Pero a esta hora nadie trabaja. Dentro de un rato, ese hombre tendrá que irse y podré acurrucarme en un sillón tranquilamente para oír los discos. Ahora no puedo interrumpir con otro sonido el ruido de esa pala. Cerrando los ojos sueño que vivimos en esta casa, que es nuestra y que tenemos un jardinero, que está trabajando afuera. Se acerca la hora de la cena, hora en que volverás. Soy feliz.
Sospecho que el comienzo de esta carta no fue del todo sincero. Te extraño. No tengo motivo para ocultártelo, salvo este orgullo que me oprime el cuello, como si tuviera manos para estrangularme.
A través del vidrio del ventanal, el hombre ¿será un hombre? se mueve pesadamente. Miro mis brazos y compruebo que tengo frío, por consiguiente miedo. Al alcance de mi mano está el televisor. Muevo los diales. Con avisos, imágenes (aunque sean para niños), música, noticias, cualquier noticia, llegaré a no oír el silencio, que encuadra mi susto. El hombre me mira mientras hinca la pala: ahora lo advierto. No sé si la sombra es negra o su cara, debajo del sombrero raído. Su figura corpulenta se pierde en la oscuridad de la noche, que va cayendo del cielo. Diríase que sólo la tierra está iluminada, con los últimos reflejos del poniente.
Si en esta casa hubiera una jaula con un pájaro, o un animalito cualquiera, sentiría menos miedo. El televisor tarda en funcionar. ¿Le faltará la antena? Oigo el ruido de la pala. Muevo los diales: la pantalla se ilumina intensamente. ¿Antes de llegar a enfocar las imágenes tendré que morir? El esfuerzo me calma un poco. Como verás, manejo los diales con la mano izquierda. Podrías creer que no estoy escribiendo con la mano derecha ¡tan temblorosa es ahora mi letra! Las imágenes aparecen nítidas. En sus casas miles de señoras estarán tejiendo, dando de comer a sus hijos o comiendo ellas mismas; más bien, habrán terminado de comer, los hijos estarán durmiendo (pues aquí se come muy temprano), viendo tranquilamente lo que estoy viendo; propagandas de trajes de baño, de aceite bronceador, de cepillos Kent con su peine elástico, de jabones para el cutis, de supositorios para infantes que ríen en vez de llorar. Luego las noticias policiales. Oigo la voz que da los informes: un hombre peligroso, portugués de cuarenta años, corpulento asesino, llamado Fausto Sendeiro, alias Laranja, que trabaja de jardinero, asesina y mutila a mujeres, para abonar las plantas que distribuye caprichosamente. ¿Cómo no se descubrió antes?, dice el locutor. Parece que dos mujeres lo secundan, vestidas con trajes anticuados, vendiendo baratijas. Fausto Sendeiro, durante el atardecer, cava los hoyos donde arroja a sus víctimas para plantar encima arbolitos que saca de los bosques. Jamás existió asesino tan trabajador. ¿Cuántas mujeres habrá matado? ¿Cómo? El primer jardín donde hizo las excavaciones, por pura casualidad aparece en la pantalla. Una bolsa quedó olvidada, con las impresiones digitales. Veo el jardín macabro, con las excavaciones y unas pobres plantas en el suelo. Desconecto el televisor. El ruido de la pala continúa. No puedo casi moverme. Estoy paralizada. El hoyo se agranda; es un agujero negro. Junto al agujero vislumbro una planta tirada en el suelo. ¿Dónde podré esconderme? Estoy en una casa de vidrio, y el hombre me mira continuamente. No hay teléfono. Arrastrándome como un gusano podría tal vez llegar hasta la puerta de entrada o hasta el dormitorio, donde está mi cama, sin ser vista. ¿Pero si al verme hacer esos movimientos deja su trabajo y viene corriendo hacia mí, para clavarme el cuchillo que llevará en el cinto, o para estrangularme con sus manos enormes? ¿En cuántos pedazos me cortará suponiendo que lleva un cuchillo en el cinto, y en cuántos minutos me estrangulará, suponiendo que oprima mi cuello con sus manos enormes? No puedo alzar la vista hacia la puerta: las dos mujeres están allí. Ya entraron: sin golpear. Una de ellas tiene un sombrero con lentejuelas, plumas y gasa, la otra un gorro de paja con cerezas; visten faldas almidonadas, negras, y llevan cada una de ellas una valija de cuero. Musitan a un tiempo: "Venimos, señora, a venderle unas cositas interesantes" (es la única frase que saben decir). De las valijas sacan blusas de nylon, medias, prendedores, fotografías de árboles y de buques, y frascos de bombones que me ofrecen.
—Acabo en seguida con estas cuentas —les digo—. Mis gastos.
Se sientan, para esperarme, ofreciéndome un bombón, entre sus dedos largos. ¿Ese bombón contendrá un soporífero? Son mujeres piadosas. Se miran y ríen.
—¿Pronto serviré de abono a una planta? —les pregunto.
No saben lo que quiere decir abono, ni planta, ni pronto. Tomo el bombón y lo llevo a la boca: tiene gusto a chocolate, al último bombón, a la última etapa del miedo, que me comunica con Dios. Siento un agradable sopor que me vuelve atrevida.
—¿No quieren tomar té? —les pregunto, sin dejar de escribir. Con el índice de la mano izquierda señalo la taza que está sobre la mesa, y la tetera.
—Sí —responden al mismo tiempo, mirándose de soslayo—. ¿Cha cha?
Mientras tomen el té pondré a salvo mi carta. La dirección ya está en el sobre y...
.
.
.
Silvina Ocampo
(Argentina, 1903/1994)

martes 8 de septiembre de 2009

2005 - SETIEMBRE - 2009

4 AÑOS

.
UTOPÍA
.
Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte
se corre diez pasos más para allá.
.
Por mucho que camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la Utopía?
Pero eso sirve: Para caminar.
.
Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)
.

viernes 4 de septiembre de 2009

BIRRI, Fernando: Devaneos del flaco hidalgo mientras se está muriendo

" El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha"
Paul Gustave Doré (Estrasburgo, 1832/París, 1883)
.
.
Estoy muriendo.
Lo sé.
Porque entreabro mis ojos
y veo frente a mí la realidad.
Esa enemiga.
Esa perra flaca
y gruñidora.
Buenos amigos me fueron los sueños.
Y el más fiel,
el delirio.
.
Sancho, Sancho,
en cualquier lugar que tú te encuentres ahora
no llores esta hora.
Tú ganaste.
Y cuando tú me decías:
"¡Son molinos!"
Yo lo sabía muy bien.
Pero quería mostrarte
-no demostrarte, mostrarte-
a ti que eras redondo
como el mundo, a ti que eras el mundo,
el valor de la metáfora.
.
Molinos o gigantes, brazos o aspas,
¿qué diferencia pasa
entre el fulgor de mi ojo
que se extingue
y aquella otra estrella,
Dulcinea,
muerta ha millones de años
que aún me sigue guiando?
.
Sancho, Sancho,
tú eres la verdad,
yo la mentira.
Pero cómo,
quién, dónde
se explica
que con mi muerte
se te va la vida.
.
.
.
.
Fernando Birri
(Argentina, 1925)

martes 1 de septiembre de 2009

¿Para qué escribir, para qué leer, para qué contar, para qué elegir un buen libro en medio del hambre y las calamidades?
Escribir para que lo escrito sea abrigo, espera, escucha del otro. Porque la literatura es todavía esa metáfora de la vida que sigue reuniendo a quien dice y quien escucha en un espacio común, para participar de un misterio, para hacer que nazca una historia que al menos por un momento nos cure de palabra, recoja nuestros pedazos, acople nuestras partes...
.
.
María Teresa Andruetto
(Córdoba, Argentina, 1954)

sábado 29 de agosto de 2009

GALEANO, Eduardo: El salame

"El baño"
Fernando Botero (Colombia, 1932)
.
Sarah Tarler Bergholz era muy bajita. Ella no tenía que sentarse para que sus nietos le cepillaran la melena, que en caracoles caía desde la cara simpática hasta el ombligo. Sarah estaba tan gorda que ya ni podía respirar. En un hospital de Chicago, el médico le dijo lo que era evidente: para recuperar la proporción entre la estatura y el volumen, debía hacer una dieta rigurosa y eliminar las grasas. Ella tenía voz de seda. Sus más enérgicas afirmaciones parecían confidencias. Hablando como en secreto, miró fijo al médico, y dijo:
-Yo no estoy segura de que la vida valga la pena sin salame.
Murió, abrazada a su perdición, el año siguiente. Le falló el corazón. Para la ciencia, el caso estaba claro; pero nunca se sabrá si el corazón estaba harto de salame, o cansado de darse.
.


Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)

miércoles 26 de agosto de 2009

BALZARINO, Ángel: El acecho

Se detuvo junto a la ventana, con el rostro descompuesto por el miedo y un brazo tendido de manera sentenciosa, mientras gritaba es él, está otra vez allí, en la calle, mirá. Tiré con violencia la revista que tenía en las manos y corrí en un impulso casi desesperado hacia la puerta. Ya eso resultaba un hábito más en el desarrollo diario, algo completamente mecánico que realizaba con pasmosa rapidez, como bajo el imperativo de una orden perentoria, cada vez que Marina denunciaba la presencia del hombre que se había convertido en una tenaz amenaza. Recorrí la calle con la furtiva esperanza de poder atraparlo y acabar por fin con esa pesadilla; divisé algunos familiares habitantes del barrio que regresaban del trabajo o procuraban gozar el fresco aire de la noche, pero ningún rastro de quien despertaba toda mi rabia no sólo por su constante acecho sino también porque parecía tener la rara cualidad de esfumarse repentinamente, con el sigilo de un ladrón consumado, como si pretendiera rehuir cualquier enfrentamiento o, peor aún, fuera una hábil maniobra para atacar en el momento oportuno. La búsqueda resultó inútil y de nuevo me sentí con las manos atadas, impotente para destruir la trampa que se iba tornando cada vez más opresiva, aunque me esforcé por reflejar un aspecto sereno, casi despreocupado, cuando regresé a la casa y Marina me abrazó con el cuerpo agitado. Repetí las palabras acostumbradas, calmate, ya se fue, no estaba en la calle. Ella no pareció oírme o ya ninguna razón conseguía tranquilizarla, conferirle la fuerza necesaria para desalojar el obsesivo terror que la dominaba, se habrá escondido, estoy segura, jamás aceptará que lo haya abandonado, volverá para matarnos. El silencio fue un tácito asentimiento, la pasiva conformidad de que ese ominoso presagio nos sumiría en un estado de permanente desasosiego, hasta producirse la catarsis que significara la liberación o el derrumbe total. La certeza de una espada suspendida sobre nosotros, que nos aplastaría de modo sorpresivo, comenzó a prevalecer tres meses atrás, cuando ella se presentó solicitando un empleo en la compañía de seguros donde yo trabajaba. Advertí enseguida su extrema tensión, que la incitaba a mirar en torno con una alarma apenas disimulada, y luego, a través de la tarea diaria que fuimos compartiendo, me sentí sorprendentemente atraído por ella. Quise indagar en su mundo que de pronto presentí arduo y enigmático. Así, me impuse casi la obligación de explorarlo, de averiguar la causa del pavor y la ansiedad que le hacían considerar como un fatal enemigo a cualquier persona que se le acercaba. Quizás me aceptó no tanto por mi asedio sino por la irrefrenable necesidad de sentirse protegida, de tener a su lado alguien que le brindara un sólido apoyo; pero en el curso de aquellos días en que nos dedicamos a ir al cine, comer en un club o pasear por un parque, eligiendo siempre los lugares más discretos y apartados, como dos fugitivos que buscaban con avidez un refugio seguro, no quiso o no se atrevió a confesarme abiertamente el peligro que la agobiaba. Cuando decidió mudarse a mi departamento, la primera noche de absoluta intimidad se vio perturbada por una cuota de duda e inquietud, porque mi anhelo de posesión significaba tal vez una especie de ataque o sometimiento que ella no estaba dispuesta a consentir, como si eso llevara implícito exponer su debilidad, dejarla sola y sin defensa. Comprendí que debía vencer ese último baluarte para descubrirla en su completa sinceridad, para que ya no hubiera ningún secreto ni subterfugio entre nosotros. No me equivoqué; le costó ceder, llegar a la entrega total. Después que el placer compartido fue transformándose en agradable ternura a través de inéditas caricias, Marina habló en tono suave, pareciendo que cada palabra la aliviaba de una carga bochornosa. Es por él, Eduardo Márquez, íbamos a casarnos pero lo abandoné y prometió matarme, tengo mucho miedo. Entonces la mantuve fuertemente abrazada, similar a un pájaro que necesitaba calor para volar de nuevo, expresándole mi protección, la seguridad de que nada malo habría de ocurrirle mientras estuviéramos juntos. No tardé en comprobar que esa aspiración era completamente estéril ante el poder avasallador de aquel hombre que fue ocupando entre nosotros el lugar de un intruso despiadado; ningún medio resultó adecuado para librarnos del excluyente dominio impuesto por su ambigua presencia. Apresados en la maraña creada por el acecho de él, llegué a pensar que no teníamos otra alternativa que vivir así: ella obsedida por el miedo de reconocerlo entre la gente que cruzaba por la calle y yo, por el contrario, deseando que sucediera eso, que al fin resolviera dar la cara para tener la oportunidad de aplacar mi acumulado furor. Debido a ese estado de progresiva nerviosidad, Marina decidió no sólo abandonar el trabajo, sino también rechazar las invitaciones para presenciar cualquier espectáculo o simplemente pasear por la ciudad, pues ya no tuvo otro propósito que permanecer encerrada en la casa. Respeté su voluntad, abrigando la esperanza de que eso tal vez la ayudaría a sobreponerse; mientras me encontraba en la oficina no lograba relegar un instintivo temor porque quedaba sola y sin resguardo, pero, al estar de nuevo juntos, disfrutábamos plenamente una dosis de dicha y alivio. El aparente sosiego que predominó durante algún tiempo me hizo olvidar que había un enemigo asediando implacablemente, hasta aquella tarde en que, al regresar al departamento, descubrí a un grupo de personas en la vereda, hablando casi a gritos y con gestos de manifiesta sorpresa y confusión. De inmediato creí recibir un brutal puñetazo en pleno rostro y, con la certeza de que se había concretado lo presentido tantas veces, me abrí paso a empujones y por fin quedé inmóvil, petrificado, únicamente absorto en el cuerpo de ella desplomado en el suelo con la ridícula postura de un muñeco cuyos miembros han sido destrozados. Permanecí un largo rato así, ajeno a la presencia y el bullicio de los demás, luchando en vano por convencerme de que era cierto, que él había consumado su venganza, que ya resultaba absoluta mi impotencia para modificar ese hecho; después, con extrema lentitud, levanté la cabeza y clavé la mirada en la ventana del tercer piso, completamente abierta, que me pareció un hueco odioso y siniestro a través del cual Marina había encontrado un atroz castigo o una definitiva liberación. Como una verdadera tortura soporté los extensos interrogatorios de la policía, aunque pude aportar muy pocos datos sobre la única persona que consideraba responsable de lo sucedido, excepto decirles que se llamaba Eduardo Márquez y darles las someras referencias físicas que ella me había confiado; no contaba con fotos para ayudar a identificarlo y eso tornaba muy remota la posibilidad de atraparlo. Sin embargo, deseé que no lo hicieran; la muerte de Marina resultaba algo demasiado personal, que me propuse vengar de manera exclusiva, impulsado por un voraz resentimiento, por el peso de una imprevista soledad. Poco a poco me fui hundiendo en un estado febril, casi de enloquecida exaltación, mientras estaba en la casa o realizaba mecánicamente las tareas diarias, o caminaba sin rumbo por las calles, consumido por la espera semejante a una cruel e interminable agonía. Procuré convertirme en un blanco perfecto, sumamente tentador, para que él repitiera su ataque, pues comprendí que no tenía otro modo para enfrentarlo; luego de sobrellevar durante varias semanas una angustiosa expectativa, el desaliento me hizo creer que nunca podría castigarlo, que él tal vez tuvo el único objetivo de matar a Marina. El hecho de su brusca y total desaparición me fue dejando el sabor de un agrio fracaso, la certidumbre de que jamás me recobraría de esa derrota. Me invadió con mayor fuerza el recuerdo de ella, acuciando mi remordimiento pero transformándose también en la única forma de recuperarla. Comencé a quedarme todo el tiempo libre recluido en el departamento que de repente pareció tener la cualidad de un refugio acogedor, de una ignorada belleza, donde ella fue surgiendo como una presencia tangible a través de cualquier objeto, de cada rincón en que vivimos un acto de amor, de la ropa que distribuí con afectuoso cuidado en el ropero. Fue mientras realizaba la tarea de revisar y arreglar todas las cosas de Marina cuando un día, sorpresivamente, descubrí en el fondo de un cajón la página de un diario, vieja y arrugada, a la que tal vez no le habría prestado la menor atención si no hubiera reparado que estaba celosamente guardada. Entre curioso e intrigado por el grueso título que hacía referencia a un drama pasional, observé la foto que mostraba el cuerpo de un hombre caído en un cuarto donde el mobiliario desordenado reflejaba la huella de una furiosa pelea, y luego, cuando leí el artículo, todo a mi alrededor comenzó a girar en un absurdo torbellino. No pude evitar un grito de protesta o de completo desconcierto ante la súbita, increíble revelación que me sacudió como una certera puñalada, mientras releía la noticia hasta que las letras se tornaron indefinidas frente a mis ojos cansados: "Mendoza, 19. A raíz de un violento altercado, que se presume de índole pasional de acuerdo con el testimonio suministrado por algunos vecinos, fue víctima de tres balazos el empleado Eduardo Márquez, de veintiséis años. Todas las sospechas del crimen recaen sobre su prometida, Marina Velasco, quien actualmente se encuentra prófuga".
.
.
.
Ángel Balzarino
Rafaela (Argentina), 1943

lunes 24 de agosto de 2009

JORGE LUIS BORGES A 110 AÑOS DE SU NACIMIENTO


Yo soy muy ilógico.
.
Lo que pasa es que los demás
.
me toman demasiado en serio.
.
.

Jorge Luis Borges
Argentina, 24 de agosto de 1899
Suiza, 14 de junio de 1986

domingo 23 de agosto de 2009

GUILLÉN, Nicolás: Mujer

"Ramona Montiel" - Antonio Berni (Argentina)
.
.
Mujer: síntesis absoluta
de todo lo que es bueno y grande
y es malo y pequeño.
Conjunto armonioso de bienes y males.
Unión de lo infinito
con lo finito. Crisol en que caben,
fundiéndose en rara amalgama
admirable,
la Muerte y la Vida:
de todos los males que siembres,
de los triunfos injustos que cantes,
de las mil ilusiones que rompas,
de los mil corazones que ultrajes,
de los pechos que hieras,
de los hombres que mates,
de los sueños que abata tu orgullo,
de los puros amores que apague
tu inclemente desvío,
de la nieve letal que derrames
en el alma de aquel que se postra a tus plantas,
de tus locas crueldades,
de los odios que enciendas
en el mundo —tu trono admirable—
el Dolor te redime…
¡El dolor de dejar de ser virgen
y el dolor de ser madre!

.
.
.
.
NICOLÁS GUILLÉN
(Cuba, 1902/1989)

martes 18 de agosto de 2009

URONDO, Franciso "Paco": No puedo quejarme

"El viejo guitarrista" - Pablo Picasso
.
.
Estoy con pocos amigos y los que hay
suelen estar lejos y me ha quedado
un regusto que tengo al alcance de la mano
como un arma de fuego. La usaré para nobles
empresas: derrotar al enemigo –salud
y suerte–, hablar humildemente
de estas posibilidades amenazantes.
Espero que el rencor no intercepte
el perdón, el aire
lejano de los afectos que preciso: que el rigor
no se convierta en el vidrio de los muertos; tengo
curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después
de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas
afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser como las señales
de mi vida, una suerte trágica, dándome
todo lo que no está. Prematuramente, con un pie
en cada labio de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria: saludo a todos, me tapo
la nariz y me dejo tragar por el abismo.
.
Francisco "Paco" Urondo
(Santa Fe, Argentina, 1930/1976)

sábado 15 de agosto de 2009

¿CÓMO PENSAR QUE EL LIBRO DESAPARECERÁ?


¿Cómo pensar que el libro desaparecerá?
¿Cómo creer que la sensación de recostarse en el sillón con un libro en la mano pueda perderse?
¿Con qué reemplazar la satisfacción de sentarse bajo la sombra de un árbol con un libro en la mano?
¿Cómo dejar que desaparezca la táctil sensación de pasar una a una las páginas de papel que desde hace siglos sobreviven sin sobresaltos al paso del tiempo?
¿Y el olor a biblioteca, al libro del abuelo o al del recién salido de la editorial?
¿Cómo pensar que el libro desaparecerá?

LOTITO, Liliana: Ser lector o la posibilidad de vivir muchas vidas

Leer (también re-leer), hablar sobre lo que se leyó, escuchar lo que otros dicen sobre algo que están leyendo, hablar acerca de la lectura y de los lectores, son, siempre, prácticas productivas. Tanto cuando es una actividad libre de obligaciones, como cuando se la encara en su modalidad de estudio o de análisis, la lectura abre zonas de reflexión en las que los sentidos se cruzan y se multiplican sin límites.
La lectura influye, y mucho, en aquellos que consideran a ese hábito como una verdadera experiencia de vida. Así lo manifiestan algunos escritores famosos:
Dice Umberto Eco (escritor italiano, contemporáneo): “Hoy los libros son nuestros viejos. No nos damos cuenta, pero nuestra riqueza respecto del analfabeto (o del que, alfabeto, no lee) consiste en que él está viviendo y vivirá solo su vida y nosotros hemos vivido muchísimas”.
Jean Paul Sartre (filósofo y escritor francés, 1905/1989) escribe: “Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros. En el despacho de mi abuelo había libros por todas partes [...] No sabía leer aún y ya reverenciaba esas piedras levantadas: derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente espaciadas formando avenidas de menhires...”. Sartre recupera así el recuerdo de la biblioteca del abuelo: en ese recuerdo, los libros preceden a la lectura. En un texto que es autobiográfico, se construye como lector antes de serlo.
También Jorge Luis Borges (escritor argentino, 1899/1986) dice en un reportaje: “No recuerdo una época en que yo no leyera ni escribiera”. Lo que no recuerda es cómo aprendió a hacerlo. Se recuerda haciéndolo.
En su autobiografía, Silvina Ocampo (poetisa argentina) narra una situación muy parecida a la de Borges: “Llevo un libro que me leían y hago como si leyera. Recuerdo el cuento perfectamente y sé que está detrás de las letras que no conozco”.
Pero no hace falta ser un escritor famoso (ni siquiera ser escritor) para que una persona pueda tener su propia experiencia de lectura. Cuentan que “Rhida, un joven de origen argelino, un día de su infancia en que escuchaba a un bibliotecario leer El libro de la selva, sintió que algo dentro de él se abrió: había comprendido que existía algo diferente de lo que lo rodeaba [...] Podía uno convertirse en otro, podía uno construir su cabaña en la jungla, encontrar ahí su lugar”.
Llegados a este punto, ¿no podríamos preguntarnos nosotros también qué lugar tendrán las escenas de lectura en el relato posible de nuestra vida? Contarse lector, recordar y seleccionar escenas de lectura para armar la trama narrativa con la que se va a construir la propia identidad ante otros, supone una declaración. Lo que declara aquel que narra es que está constituido como persona por su propia historia y, al mismo tiempo, por todas las historias leídas. Declara haber vivido muchas vidas, es decir, haber vivido más y, en consecuencia, conocer más.
Entonces, ¿habrá escenas de lectura en las historias de vida que cuenten en el futuro los alumnos de cualquier escuela argentina algún día? Para eso, la escuela debería constituirse en un espacio físico donde transcurran algunas de esas escenas.
Si así lo lográsemos, todos tendrían posibilidades de vivir muchas vidas. Si así fuera, estaríamos acercando a muchos —especialmente a los que más necesitan— a la posibilidad de elegir libremente una de ellas: la que quieren vivir.
.
Adaptación del texto aparecido en la revista “ESCENAS DE LECTURA” (Periódico del Plan Nacional de Lectura del Ministerio de Ecuación de la Nación), nº 2, abril de 2001.

lunes 10 de agosto de 2009

La pucha, que es difícil la nostalgia...
.
Pero es bueno si puede ayudarte
.
a intentar ser feliz.
.
Y es tanta la gente y las cosas
.
que uno siente que ama,
.
que no existe tiempo ni distancia
.
para estar allí.
.
.
Lalo de los Santos
"Tema de Rosario"
(Argentina, Rosario, 1956/2001)


sábado 8 de agosto de 2009

MANIFIESTO AMBIENTAL DE NOAH SEALTH

La carta del jefe indio, 1854

.
En el año 1854 el jefe indio Noah Sealth respondió de una forma muy especial a la propuesta del presidente Franklin Pierce para crear una reserva india y acabar con los enfrentamientos entre indios y blancos. Suponía el despojo de las tierras indias. En el año 1855 se firmó el tratado de Point Elliot, con el que se consumaba el despojo de las tierras a los nativos indios. Noah Sealth, con su respuesta al presidente, creó el primer manifiesto en defensa del medio ambiente y la naturaleza que ha perdurado en el tiempo. El jefe indio murió el 7 de junio de 1866 a la edad de 80 años. Su memoria ha quedado en el tiempo y sus palabras continúan vigentes.
.
.
¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos?
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas. Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas, en cambio nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra puesto que es la madre de los pieles rojas.
Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.
Por todo ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. También el Gran Jefe nos dice que nos reservará un lugar en el que podemos vivir confortablemente entre nosotros. Él se convertirá en nuestro padre, y nosotros en sus hijos. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras, deben recordar que es sagrada, y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta lo
s sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también los suyos, y por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra de sus hijos.
Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto. No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena la vista del piel roja.
Pero quizás sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o cómo aletean los insectos. Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido parece insultar nuestros oídos. Y, después de todo, ¿para qué sirve la vida, si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo.
Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos. El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento -la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire-. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor.
Pero si les vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire no es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual. Porque lo que le sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.
Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a l
os nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.
Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común.
Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra un día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que él les pertenece lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así. Él es el Dios de los hombres y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña se provocaría la ira del creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus.
Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Pero ustedes caminarán hacia su destrucción, rodeados de gloria, inspirados por la fuerza de Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja.
Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. ¿Dónde esta el matorral? Destruido. ¿Dónde esta el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.

jueves 6 de agosto de 2009

VINICIUS DE MORAES: Rosa de Hiroshima

Piensa en los niños
mudos, telepáticos;
piensa en las niñas
ciegas, inexactas;
piensa en las mujeres
rotas, alteradas;
piensa en las heridas
como rosas cálidas.

Pero nunca olvides
la rosa, la rosa
la rosa de Hiroshima,
rosa hereditaria,
la rosa radiactiva,
estúpida, inválida,
la rosa con cirrosis,
anti-rosa atómica,
sin flor, sin perfume,
sin rosa, sin nada.

.
Música de Ney Matogrosso
Video de un documental de Discovery Channel
.






Vinicius de Moraes
(Brasil, 1913/1980)

lunes 3 de agosto de 2009

DOLINA, Alejandro: Historia del que padecía dos males

Carlos Nine
(Argentina)
.
En la calle Caracas vivía un hombre que amaba a una rubia.
Pero ella lo despreciaba enteramente.
Unas cuadras más abajo dos morochas se morían por el hombre y se le ofrecían ante su puerta.
Él las rechazaba honestamente.
El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar.
El hombre de la calle Caracas padeció ambas desgracias al mismo tiempo y murió una mañana ante el llanto de las morochas y la indiferencia de la rubia.
.


Alejandro Dolina
(Argentina, 1949)

miércoles 29 de julio de 2009

TEJADA GÓMEZ, Armando; ISELLA, César: Canción de las simples cosas


Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.
.
Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas.
Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.
.
Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía,
donde encontrarás con el pan al sol la mesa tendida.
Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.


Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida...

sábado 25 de julio de 2009

VETTIER, Adela: El hombre de Houston

.
Al hombre matemático
que soñaba su álgebra en el patio de infancia
y borroneaba fórmulas
en el reverso de las cartas de amor,
que conoció por correspondencia
las galas del verano y la primavera,
que utilizó los libros de poesía
como pisapapel
y que borró los nombres de Bach y de Beethoven
con el rumor de las computadoras,
le avisaron desde Houston que efectivamente
la sonda proyectada por él
emitía señales desde Marte.
En un gesto insensato de alegría
dejó el laboratorio
y sin mucha cautela miró el cielo.
Un derrumbe de estrellas
cayó sobre sus hombros
y entonces vio en el esplendor supremo
astros virando en su vagar eterno.
Y escuchó la música infinita
con ángeles del cielo
que en cálidos veranos devolvía
sus perdidos recuerdos.
Una lágrima ardiente abrió sus ojos
y preguntó:
—Es de Bach —le dijeron.

.
ADELA VETTIER
.
Escritora argentina contemporánea, autora de: Si ves un pájaro blanco, De la mano, La puerta de la extraña señora, Adolescencia en el Sur, Padre Lobo, Vientos de aventura y Nolan el invisible, entre otros éxitos. En Magisterio del Río de la Plata ha publicado El tritón perdido.
.
Tenemos pocos datos biobibliográficos de la autora.
Agradeceremos a quien tenga material (o a la propia Adela Vettier), nos lo envíe a leerporquesi@yahoo.com.ar o haga un comentario debajo.

martes 21 de julio de 2009

BENEDETTI, Mario: Esa boca

EL PAYASO TRISTE
MANUEL PARREÑO RIVERA (España)
Pintor con el Pie
.
.
Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.
Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: «¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?». A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: «No quiero que veas a los trapecistas». En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. «¿Y si me fuera cuando empieza ese número?». «Bueno», contestó el padre, «así, sí».
La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron -ahora sí- los payasos.
Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aun de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.
Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenido, la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. «¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?».
Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.


domingo 19 de julio de 2009

VINICIUS DE MORAES: Se busca un amigo

Antonio Mingote (España, 1919)
.
.
SE BUSCA UN AMIGO...
No es necesario que sea hombre,
basta que sea humano,
basta que tenga sentimientos,
basta que tenga corazón.
Se necesita que sepa hablar y callar,
sobre todo que sepa escuchar.
Tiene que gustar de la poesía,
de la madrugada,
de los pájaros, del Sol, de la Luna,
del canto, de los vientos
y de las canciones de la brisa.
Debe tener amor,
un gran amor por alguien,
o sentir entonces,
la falta de no tener ese amor.
Debe amar al prójimo
y respetar el dolor que los
peregrinos llevan consigo.
Debe guardar el secreto sin sacrificio.
No es necesario que sea de primera mano,
ni es imprescindible que sea de segunda mano.
Puede haber sido engañado,
pues todos los amigos son engañados.
No es necesario que sea puro,
ni que sea totalmente impuro,
pero no debe ser vulgar.
Debe tener un ideal, y miedo de perderlo,
y en caso de no ser así,
debe sentir el gran vacío que esto deja.
Tiene que tener resonancias humanas,
su principal objetivo debe ser el del amigo.
Debe sentir pena por las personas tristes
y comprender el inmenso vacío de los solitarios.
Debe gustar de los niños y sentir
lástima por los que no pudieron nacer.
Se busca un amigo para gustar de los mismos gustos,
que se conmueva cuando es tratado de amigo.
Que sepa conversar de cosas simples,
de lloviznas y de grandes lluvias y de los recuerdos de la infancia.
Se precisa un amigo para no enloquecer,
para contar lo que se vio de bello y de triste durante el día,
de los anhelos y de las realizaciones, de los sueños y de la realidad.
Debe gustar de las calles desiertas,
de los charcos de agua y los caminos mojados, del borde de la calle,
del bosque después de la lluvia,
de acostarse en el pasto.
Se precisa un amigo que diga que vale la pena vivir,
no porque la vida es bella,
sino porque se tiene un amigo.
Se necesita un amigo para dejar de llorar.
Para no vivir de cara al pasado,
en busca de memorias perdidas.
Que nos palmee los hombros,
sonriendo o llorando,
pero que nos llame amigo,
para tener la conciencia de que aún se vive.

.


Vinicius de Moraes
Río de Janeiro (Brasil), 1913/1980
.
.
.
.
.

"Muerte de Cruz" - Horacio Carpani


jueves 16 de julio de 2009

JUANA AZURDUY, GENERALA DE LA NACIÓN

B.O. 15/07/09 - DECRETO 892/09 - PERSONAL MILITAR - Promoción post mortem.
.
PERSONAL MILITAR
Decreto 892/2009
Promoción post mortem.
.
Bs. As., 14/7/2009
.
VISTO el expediente del registro del MINISTERIO DE DEFENSA Nº 20.139/2009, lo informado por el Jefe del ESTADO MAYOR GENERAL DEL EJERCITO, lo propuesto por la Ministra de Defensa, y
CONSIDERANDO:
Que los antecedentes reseñados en el VISTO se refieren a la propuesta para el ascenso post mortem, al grado de Generala, de la Teniente Coronela Dña. Juana AZURDUY DE PADILLA.
Que Dña. Juana AZURDUY nació el día 12 de julio de 1780, en CHUQUISACA, actual territorio del ESTADO PLURINACIONAL DE BOLIVIA, entonces perteneciente al VIRREINATO DEL RIO DE LA PLATA. Su padre fue un español terrateniente y su madre, una hija de esta tierra. De aquél aprendió los quehaceres rurales, templando tempranamente su espíritu aguerrido ante la dureza del ámbito donde se crió.
Que en 1805 contrajo matrimonio con el criollo Manuel Asencio PADILLA, con quien compartía ideales de libertad, lo que la llevó a embarcarse en la larga lucha por la independencia de su tierra. Así, luego de los sucesos de mayo de 1810, Juana y su marido prestaron sin dudarlo su apoyo al primer ejército nacional, conducido por BALCARCE, CASTELLI y DIAZ VELEZ.
Que, derrotadas las fuerzas revolucionarias, Juana fue apresada junto a sus hijos, siendo posteriormente rescatada por su esposo, dedicándose ambos, con los nativos, a organizar la resistencia al poder realista. En este tiempo, Juana aprendió a usar la espada, la lanza y las boleadoras.
Que, a la llegada del General Manuel BELGRANO, Juana y su esposo se presentaron ante él para prestar su colaboración. Juana logró reunir una milicia integrada por DIEZ MIL (10.000) lugareños, a quienes entrenó y denominó Leales. Con ellos, combatió en AYOHUMA, y pese a la derrota, BELGRANO le obsequió, debido al coraje demostrado en el campo de batalla, una espada que ella usaría de allí en adelante. Había defendido el terreno con sus Leales hasta las últimas consecuencias.
Que Juana —quien vestía los colores celeste y blanco de la bandera de BELGRANO— peleó contra los realistas en la Guerra de Republiquetas, en el ALTO PERU. Ocurrida la batalla de CERRO DE VILLAR, el 14 de septiembre de 1814, BELGRANO pidió al Director Supremo de las PROVINCIAS UNIDAS DEL RIO DE LA PLATA, Juan Martín de PUEYRREDON, que le concediera el grado de Teniente Coronela de los Decididos del Perú, por su sobresaliente actuación.
Que Juana peleó en más de QUINCE (15) batallas e incluso, llegó a hacerlo estando embarazada. Finalmente, murió a la edad de OCHENTA Y DOS (82) años, humilde y sin fortuna, en la tierra que la vio nacer, el día 25 de mayo de 1862.
Que en 1825, el General Simón BOLIVAR la ascendió a Coronela. Con motivo de dicho ascenso, Manuela SAENZ tuvo oportunidad de comentarle, mediante una carta fechada el día 8 de diciembre de aquel año, que “El Libertador Bolívar me ha comentado la honda emoción que vivió al compartir con el General Sucre, Lanza y el Estado Mayor del Ejército Colombiano, la visita que realizaron para reconocerle sus sacrificios por la libertad y la independencia. El sentimiento que recogí del Libertador, y el ascenso a Coronel que le ha conferido, el primero que firma en la Patria de su nombre, se vieron acompañados de comentarios del valor y la abnegación que identificaron a su persona durante los años más difíciles de la lucha por la independencia. No estuvo ausente la memoria de su esposo, el Coronel Manuel Asencio Padilla, y de los recuerdos que la gente tiene del Caudillo y de la Amazona.
Una vida como la suya me produce el mayor de los respetos... Debe sentirse orgullosa de ver convertida en realidad la razón de sus sacrificios y recibir los honores que ellos le han ganado.”.
Que, en atención a todo ello, resulta necesario saldar la deuda histórica de agradecimiento que el ESTADO NACIONAL tiene con la memoria de la Teniente Coronela Dña. Juana AZURDUY DE PADILLA, guerrera heroica e indoblegable de la independencia, por su destacadísima actuación en las filas de nuestras fuerzas libertarias; y conferirle, en consecuencia, el grado de Generala.
Que el reconocimiento que esta medida se propone entraña un llamado a tener presente la hermandad entre la NACION ARGENTINA y el ESTADO PLURINACIONAL DE BOLIVIA, que la figura de Dña. Juana AZURDUY interpreta, en el marco de la celebración del bicentenario de la independencia boliviana; y, asimismo, resulta pertinente para expresar un cambio en la cultura institucional de las Fuerzas Armadas que se orienta a consolidar el derecho de la mujer a alcanzar la máxima jerarquía a lo largo de la carrera militar y a participar activamente en la defensa de la Patria en condiciones de equidad, es decir, en igualdad real de oportunidades con los hombres de la Defensa.
Que la DIRECCION GENERAL DE ASUNTOS JURIDICOS del MINISTERIO DE DEFENSA ha tomado la intervención que le corresponde.
Que la presente medida se dicta en uso de las facultades otorgadas por el artículo 99, incisos 1º, 12 y 13, de la CONSTITUCION NACIONAL.
Por ello,
LA PRESIDENTA DE LA NACION ARGENTINA
DECRETA:
Artículo 1º — Promuévese al grado de Generala post mortem a la Teniente Coronela Dña. Juana AZURDUY DE PADILLA.
Art. 2º — Remítase al HONORABLE SENADO DE LA NACION a los fines de su acuerdo respectivo.
Art. 3º — Comuníquese, publíquese, dése a la DIRECCION NACIONAL DEL REGISTRO OFICIAL, y archívese.
— FERNANDEZ DE KIRCHNER. — Nilda Garré
.
(Gracias a Abel H. Ferrino - Bs. As.)
.

domingo 12 de julio de 2009

GALEANO, Eduardo: La función del arte/1

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos.
Y fue tanta la intensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
-¡Ayúdame a mirar!

.
.
.
.
Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)

lunes 6 de julio de 2009

CARDENAL, Ernesto: Oración por Marilyn Monroe

Señor,
recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso...
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo —de mármol y oro— es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡contesta Tú al teléfono!
.



Ernesto Cardenal
(Nicaragua, 1925)







.

Marilyn Monroe (Los Ángeles, 1 de junio de 19265 de agosto de 1962), cuyo nombre de nacimiento fue Norma Jeane Mortenson y bautizada como Norma Jeane Baker, fue una actriz estadounidense. Considerada como uno de los Mitos más importantes del Séptimo Arte ha pasado a ser considerada como el máximo sex symbol del siglo XX y como el icono femenino de la Cultura Pop.

viernes 3 de julio de 2009

JAYYAM, Omar

Que amantes y borrachos irán a los infiernos,
no puede ser verdad, creerlo es imposible;
si van a los infiernos amantes y borrachos,
quedará el paraíso desierto y despoblado.

.
Omar Jayyam
(18 de mayo de 1048 - 4 de diciembre de 1131, presuntas fechas)
.
.
Omar Ibn Ibrahim Jayyam nació en Nishabur, Persia. Fue místico, poeta, filósofo, astrónomo, algebrista y matemático. Su pensamiento y su saber fueron inmensos, destacando como una de las figuras más importantes de la época medieval. Es muy conocido en Occidente por sus cánticos al vino.
Su obra cuenta con importantes elementos tales como la compilación de tablas astronómicas, la corrección del calendario zoroastriano transformándolo en el Yalalí de aún más precisión que el gregoriano, el cálculo de raíces de ecuaciones, la resolución de las ecuaciones cúbicas y problemas de aritmética, la descripción del desarrollo de la potencia de un binomio como exponente natural, las fracciones como campo numérico, al él se debe que la incógnita se llame "x" y tratados de física, economía, leyes, historia y filosofía entre muchos otros; y en cuanto a su obra poética, es su colección de poemas Rubaiyat la más conocida y sublime.

martes 30 de junio de 2009

GIECO, León: Encuentros

—No saber leer es una cosa muy fea... muy fea... Bueno, un día me decidí...
—Me llamo Mercedes, soy casada, tengo tres hijos. Un día agarré y tomé la iniciativa...
—Soy Adriana, tengo 39 años, soy alfabetizadora. La tarea era recorrer casa por casa. Hay un momento en que parece que no se puede. Los hijos de los alfabetizados se sienten muy felices...
.
Chispa de luz en los ojos,
veo quien soy junto a otros,
no tiene edad la escuela,
hoy dibujé mi nombre en letras.
.
Mirame ya, nombrame ahora,
miedo no hay, ya no me toca.
Puedo sentir que queda afuera,
como un milagro, la vergüenza.
.
Voy a leer un cuento viejo
que escondí por mucho tiempo,
imaginé por los dibujos,
era de hadas, era de brujos.
.
Migas de pan, camino largo,
se las comió un día encantado.
Renacerán sueños más lindos,
entre amor, entre los hijos...
.
—Tengo una nena de 5 años y un nene que va a cumplir 2. Me gustaría escribir, qué sé yo, una carta a los familiares que tengo allá en el Chaco, por ejemplo...
.
Felicidad al encontrarte,
algo de mí voy a contarte.
Acumulé más palabras,
noche oscura, que aclara.
.
Chispa de luz en mi vergüenza,
vos me enseñás nombres y letras
con tu llave colorida,
abro la puerta a la alegría.
.
—Hace 2 años que estoy estudiando...
—Lo principal que quiero hacer es agradecer a los maestros, que se portaron como compañeros.
—Fui una vez a primer grado, después no fui más a la escuela...
—Un curso muy lindo... Me gustó aprender. Quiero seguir estudiando.
—Ahora que sé leer y escribir decidí muchas cosas. Mi idea es seguir estudiando Contabilidad.
—Me llamo José Villalba, tengo 38 años, 6 hijos y soy albañil. Cuando fui al servicio militar yo no sabía nada de leer porque nunca fui a la escuela. Y tenía novia... y me mandaba cartas y no sabía qué hacer con la carta porque no sabía leer.
—Soy Mabel, tengo 24 años, tengo 6 chicos, soy ama de casa...
—Siempre tuve la necesidad de aprender....
.
.
León Gieco
(Cañada Rosquín, Santa Fe, 1951)
.
“Por favor, perdón y gracias”
.

sábado 27 de junio de 2009


ES POSIBLE QUE MAÑANA MUERA
Y EN LA TIERRA NO QUEDARÁ
NADIE QUE ME HAYA COMPRENDIDO POR COMPLETO.
UNOS ME CONSIDERARÁN PEOR
Y OTROS MEJOR DE LO QUE SOY.
ALGUNOS DIRÁN QUE ERA UNA BUENA PERSONA;
OTROS, QUE ERA UN CANALLA.
PERO LAS DOS OPINIONES
SERÁN IGUALMENTE EQUIVOCADAS.
.
Mijail Iurevicht Lermontov
(1814-1841)
.
Poeta, dramaturgo y novelista. Es considerado el máximo representante del Romanticismo ruso, junto con Pushkin, y de la poesía romántica revolucionaria.
.
(Estas palabras fueron utilizadas como epígrafe por Ernesto Sábato en su novela "Sobre héroes y tumbas")

viernes 26 de junio de 2009

LEVENE, Gustavo Gabriel: Primer amor

"Florecitas" de Pablo Picasso

Tenía catorce años y se llamaba Delia; aun puesto en puntas de pie yo no pasaba de los nueve. Fue mi primer amor.
Mi impaciencia y precocidad sentimental la veían todos los días: éramos vecinos y es preciso acatar la providencia. Yo, en ese entonces, no sabía expresar lo que sentía, y mi diploma de tercer grado resultaba de un fastuoso valor decorativo. Fue inútil haberme distinguido en la lectura y composición: no llegué a hablarle ni a escribirle nunca. Pero mi amor obraba y ¡con cuánta ansiedad guardaba el dinero logrado durante toda la semana y corría, apretando bien el puño, la moneda adentro, hasta el almacén de la esquina! Allí compraba veinte centavos de caramelos que yo entregaba con un gesto simple. Ella lo aceptaba con un muchas gracias insensible, y luego miraba hacia un lado cualquiera, cualquiera menos en donde yo, en actitud contemplativa, quedaba silencioso...
Era muy desgraciado, pero nunca lo somos bastante: un día, mi amigo más íntimo me confesó que la quería. Lo escuché en silencio. Me sentí fracasar, mi amigo era un muchacho inmensamente grande. ¡Tenía ya once años! Además, sus hermanas, cariñosas, agasajaban a Delia.
Como suele ocurrir cuando el presente no es sino una enorme pena, me refugiaba en la esperanza. Aquello no podía durar siempre porque “me volvería grande” y ella repararía en mí y en mi cariño. Seríamos felices, nos casaríamos y seguiríamos siendo felices.
En mi afán de servirla y para poder estar cerca de ella, me hice amigo de su hermanito, a quien llegué a prestar, sin limitaciones, mis juguetes.
Para que ella no me ignorara, era preciso un suceso extraordinario, una hazaña en la que yo hiciera de héroe. Sin saber nada de Nerón, soñé con grandes llamaradas, de esas que todo lo purifican porque lo iluminan todo. Sí, llegué a convencerme de lo ventajoso que sería un incendio en casa de Delia, estallando, claro está, en la debida oportunidad para ser yo su descubridor. ¡Ah! ¡Poder llegar antes que nadie, penetrar en medio del humo, avanzar hasta donde ella, desvanecida, sólo esperaba la muerte...! Cuando planeaba este sueño frente al espejo pensaba en la conveniencia de que el humo fuese leve, el cuerpo de ella liviano y mis brazos, en cambio, largos y recios.
Y bien, la oportunidad hazañosa se produjo. Una noche el piso de Delia se hundió, provocando la consiguiente alarma vecinal. Vi pasar a los bomberos, oí la lista de las víctimas alargada por esa aritmética de multiplicar que utilizan los rumores. Y detrás de los bomberos, penetré yo también. ¿Cómo dudar de que Delia, desesperada y a punto de desmayarse, esperaba que mi amor la rescatase?
Los sueños se realizan pero con variantes, como si ellos estuvieran escritos en otra lengua y la realidad fuera mala traductora; porque entré tras los bomberos y ya no recuerdo nada más... Pero me lo contaron. Me desvanecí bajo los gritos, los cascotes y las nubes de un polvo que asfixiaba. Y salí llevado en los brazos altos y fuertes de mi amada. Volví en mí cuando Delia decía: “Es un chiquito de la cuadra, cuídelo usted”, y maternalmente, me entregaba a un policía.
.
Gustavo Gabriel Levene
(Argentina, 1905/1987)

.
Gustavo Gabriel Levene nació en Catamarca. Cursó estudios primarios en esa provincia y en la Capital Federal; los secundarios en Mar del Plata y Buenos Aires. Egresó como bachiller en el Colegio Nacional "Mariano Moreno" de la Capital. En la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata se graduó de Profesor de Biología e Historia. Empeñado en divulgar el pasado del país, ha redactado "La Argentina se hizo así" (año 1960), "Historia Ilustrada de la Argentina" (año 1964) "Breve historia de la Independencia Argentina" (año 1966), "Para una antología del odio argentino" (1975), "Nueva historia argentina. Un panorama costumbrista y social", cuatro volúmenes (sexta edición año 1977), "Historia de los Presidentes Argentinos", dos volúmenes, tercera edición, 1977, "La Argentina hoy" un volumen, primera edición, 1977.
Corresponde destacar su laboriosa tarea como autor teatral: en 1957, "Mariano Moreno", pieza en cuatro actos, mereció el Primer Premio Nacional en Letras.

domingo 21 de junio de 2009

PAGANO, Mabel: El que no salta es un holandés

Estaban ahí aquel día en que nosotros nos pegamos al televisor portátil llevado por el gerente, ya que el acontecimiento, muchachos, justifica el abandono del trabajo por un rato, imagínense, hace casi cuarenta años que los argentinos esperamos algo así. Vengan, chicas, que esto no se lo pueden perder y nosotras, que ni locas, porque una cosa es un partido cualquiera y otra muy distinta, un mundial. Pero la Flaca dijo yo tengo que hacer ese trámite de la importadora y se fue. Volvió cuando ya estábamos en los escritorios, todos emocionados porque todo salió perfecto, según Javier, y qué bárbaros los gimnastas, para el cadete y para nosotras, con la banda y el desfile y los papelitos, una maravilla, no sabés lo que te perdiste, pero la Flaca sin interesarse, ahí parada, con los ojos fijos en ninguna parte y diciendo que a la misma hora del festejo, ellas estaban ahí, en la Plaza, como cien, dando vueltas a la Pirámide, algunas llorando y otras diciéndoles a los periodistas extranjeros que no tenían noticias de hijos, hermanos y padres. Y los tipos seguro que las filmaban para hacernos quedar como la mierda en el exterior, Javier interrumpió golpeando el escritorio y el cadete asegurando que no importa porque, total, quién les va a dar bolilla a cuatro chifladas y nosotras diciéndole terminala con eso, Flaca, que por ahí, andá a saber cuál es la verdad y el gerente rematando con que me gustaría saber quién les paga para que saboteen la imagen del país.
Los días siguieron: la república era una gran cancha de fútbol. Empatamos, ganamos, perdimos, pero no importa, porque la copa se la van a llevar si son brujos y el televisor ya fijo en la oficina, mirá, mirá que remate, cómo se perdió el gol ese boludo y aquel hoy no pega ni una. Las mujeres, ya bien al tanto de lo que significa un córner, cuál es el área chica y qué es lo que debe hacer el puntero derecho. Pero Goyito, el de Expedición, desapareció hace cuatro días y nada, dale Flaca, vos siempre la misma amargada, el cadete con sonrisa de costado y Javier que por algo habrá sido, che, porque a mí todavía nadie me vino a buscar. Y ellas siguen ahí, dando vueltas a la Pirámide, ma sí, ya se van a ir, acabala, parecés la piedra en el zapato, pero tienen que darles una explicación, lo que tienen que darles es una paliza y listo, así se dejan de decir macanas cuando el país está de fiesta. Hay que embromarse con alguna gente, la patria no les importa, el gerente opinando desde la primera fila frente a la pantalla y la Flaca como para sí misma, el fútbol no es la patria. Gol. Gooooolllll. Golazo. ¡Ar-gen-ti-na! ¡Ar-gen-ti-na!
¿Hacen falta seis para pasar a la final? Se hacen los seis, pero a la hermana de Carrasco la secuestraron anoche a dos cuadras de la facultad, que se embrome, por meterse donde no debe, dijiste vos y Javier yo siempre le vi algo raro a esa chica, enganchando enseguida con que después de los seis pepinos a los peruanos, concierto de cacerolas en el edificio, en pleno Barrio Norte, nunca visto, el delirio, la locura y nosotras, contando de la caravana de coches y el novio y el marido, con las banderas, los gorritos y las cornetas, nos acostamos como a las cuatro y hasta la chica aquella, Mariana, la de Libertador, con la vincha y subiéndose a un camión que pasaba para el centro, no se puede creer, ¿viste? Por un anónimo, nada más que por una denuncia sin fundamento y al otro porque ayudaba al cura y a las monjas en la villa del Bajo Flores. Te digo que no me quedó uña por comerme y la hora maldita no pasaba nunca, tocando el techo con cada gol y mirando el reloj, hasta que al fin se dio. Se me cayeron las lágrimas, ¡qué final! ¡El que no salta es un holandés! Y los que desaparecen son argentinos, dale Flaca, no empecés, ¿no te dije, pibe, que la Copa se quedaba aquí? Todos con las banderas y los pitos, a gritar y a cantar, dale con el tachín- tachín, juntos, en aquella fiesta que parecía que no iba a terminar nunca, porque ganamos, salimos campeones y fue como una borrachera de la que nos despertamos con este dolor de cabeza que nos martillea las sienes y un revoltijo de estómago que aumenta a medida que la tapa de la olla se va corriendo. Las cuentas finales no aparecen y la lata está rota de tantas manos que se le metieron adentro. Pero lo peor es lo otro, ellas que siguen ahí, ellas, que ya estaban pidiendo por los que no estaban mientras nosotros saltábamos, sordos a lo que decían algunos como la Flaca, ustedes no se dan cuenta de lo que está pasando y cuando comprendan, ya va a ser tarde. Aseguraba que éramos como los alemanes, que veían el humo saliendo de las chimeneas de los campos de concentración y miraban para otra parte, se callaban, como callamos nosotros, entonces y después, tapándonos hasta las orejas cuando las sirenas nos interrumpían las noches, o escuchábamos algún grito, o se llevaban a alguien del piso de abajo. Nos dieron un pirulín para matar el hambre, Flaca, tenías razón y una entrada al circo para comprarnos la conciencia.
.
Mabel Pagano
MABEL PAGANO: Escritora, nacida el 6 de mayo de 1945 en Lanús. Ha publicado colaboraciones en las revistas para Ti, Vosotras y Nocturno, los diarios Mayoría, El Día de La Plata, El Tiempo de Azul y Convicción de la Capital, y en las revistas literarias Oeste, Contexto, Letras Argentinas, Ateneo, Amaru y Creativos Argentinos.
Participó con cuentos en los libros Los Premiados (Concurso Roberto Arlt), 1976; De Martínez a Rosario (Concurso Biblioteca B. Rivadavia de Martínez), 1977; Cuentos Elegidos (Concurso Troquel), 1979; Borrón y Cuentos Nuevos, 1980; Amistad Divino Tesoro, 1980.
Publicó las novelas Liberación Hundida, 1976; La Familia es Lo primero, 1980; Faja de Honor SADE; el libro de cuentos En Septiembre y por agua, 1980, Premio Fondo Nacional de las Artes; Las novelas Eterna, (Eva Perón), 1982, y Primera Quincena de Mayo, 1983; cuento en la antología Cuentos Argentinos (premiado en el concurso Coca-Cola, 1983), y El Cuarto Intermedio, cuentos, 1983.
Además de los mencionados, recibió, a partir de 1972, numerosos premios en concursos de cuentos y novelas, entre ellos varios primeros, como el de novela de El Cid Editor en 1981.

lunes 15 de junio de 2009

HERNÁNDEZ, Miguel: Nanas de la cebolla

"Guernica" (1937)
Pablo Picasso
.

(Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir
una carta de su mujer, en la que le
decía que no comía más que pan y cebolla)

.
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarcha de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelto tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
.
MIGUEL HERNÁNDEZ

(España, 1910/1942)


Este poema fue escrito por Miguel Hernández desde la cárcel, preso por el fascismo español, cuando la miseria de la posguerra había condenado a los humildes (su esposa e hijo incluidos) a comer solo pan y cebolla para sobrevivir.
El poeta, fiel a la legítima República Española, moriría con tan sólo 31 años de edad a consecuencia de la tuberculosis, prisionero del franquismo, en la prisión de Alicante, en 1942.


martes 9 de junio de 2009

DOLINA, Alejandro: La decadencia de la amistad (fragm.)

Muchos pensadores han creído notar que, en estos tiempos, la amistad es más un tema de conversación que una actividad concreta.
Por cierto, es relativamente fácil encontrar personas dispuestas a componer canciones sobre los amigos. En cambio es bastante difícil conseguir que esas mismas personas le presten a uno dinero. Según parece, el sentimiento amistoso se halla en decadencia. Todos los días uno tropieza con canallas que lejos de preocuparse por la escasez de amigos, se jactan de ella.
—Yo, amigos, lo que se dice amigos, tengo muy pocos, o ninguno —nos gritan en la cara. Y no advierten que el sujeto está esperando que lo feliciten por semejante hazaña.
En los años dorados de Flores, cuando alcanzaban su apogeo la comprensión, la poesía y el juego del codillo, también existían enemigos de la amistad que preocupaban a los Hombres Sensibles. Manuel Mandeb, el metafísico de la calle Artigas, coleccionó algunas de sus obtusas opiniones en un opúsculo titulado maliciosamente Los amigos. Como ya es costumbre, transcribimos algunos párrafos:
"...La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y vive aventuras en la juventud. Después casi todo el mundo consigue algún empleo en casas de comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con una patota.
"...A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho más divertidos que el tío Jorge. Durante más o menos una década nadie estará más cerca de nuestro corazón que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en ese período. Después será demasiado tarde..."
Según se aprecia, el criterio de Manuel Mandeb es interesante y tal vez verdadero. Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: compañeros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad están lejos, probablemente encerrados en círculos parecidos.
Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no están. Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos: las vive con ellos...
Vale la pena —eso sí— recordar lo que dijo Manuel Mandeb a una amiga suya:
—Vea. Yo puedo ser su amigo si usted quiere. No trataré de seducirla ni me pondré romántico ni le haré propuestas indecorosas. Pero sepa que yo necesito que exista un amor potencial. Me resulta indispensable que exista una posibilidad en un millón de que algo surja entre nosotros. Le aclaro que es probable que si se da esa circunstancia yo salga corriendo. Pero es únicamente en virtud de esa remotísima chance que yo estoy aquí oyendo su conversación como un imbécil.
[...]
Manuel Mandeb pasaba largas horas en la esquina de Artigas y Morón fumando con Jorge Allen, el poeta. Muchas veces ni se hablaban. Se contentaban con saber que el otro estaba allí.
[...]
En Flores, y en todos los barrios, se contaban leyendas sobre las traiciones de los amigos y sobre las ventajas de la soledad.
Todavía en nuestro tiempo hay personas que se complacen en declarar que los perros son más leales y sinceros que los humanos. Cabe sobre esto una pequeña reflexión. Tal vez sea cierto que los perros no traicionan. Pero esto no es en realidad una virtud del animal. Ocurre simplemente, que la módica organización mental del perro le impide realizar procesos tan complicados como una estafa. Es decir: los perros no pueden traicionarnos, por la misma razón que no se les permite escribir novelas.
[...]
...Cada uno de nosotros deberá cuidar lo poco que tenga. Sin componer canciones ni escribir poemas. Se trata únicamente de sentarse un rato en la vereda o de matear en silencio con los que están más cerca de nuestro espíritu.
Si uno no tiene ya a los de antes, cabe decir que tal vez existen en el mundo amigos viejos a los que todavía no conocemos.
Yo mismo, las otras noches resolví salir de mi encierro y lleno de ilusiones me encaminé a cierta esquina que conozco. Tenía ganas de fumar en silencio junto a tres o cuatro sujetos que se estacionan en ese lugar.
Pensaba además cosechar algún guiño amistoso después de estos años en que estuve tan ocupado.
Pero algo raro debe haber sucedido, porque no había nadie.
.

Alejandro Dolina
Argentina, 1949
(de "Crónicas del Ángel Gris")

sábado 6 de junio de 2009

BORGES, Jorge Luis: Ajedrez


I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

.II

.Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
.
Jorge Luis Borges
(Argentina, 24/08/1899 – Suiza, 14/06/1986)

lunes 1 de junio de 2009

MELLINO, Esteban ("Alma y Vida"): Cadenet

Enrique Álvarez Aldana
(Argentina)

Cadenet está aquí,
detrás de este papel,
o quizás en mi bolsillo
escondida tras el libro
que algún día escribiré.

Cadenet es mujer,
tiene tibia la voz,
y despierta a la mañana
con su cabeza en mi almohada
sin ninguna explicación.

Sé que no es verdad que Cadenet no existe,
sé que no es verdad,
sé que no se bebe mi café,
sé que sólo vive para mí.

Sin embargo he visto a Cadenet
besarme los labios y llorar.
Sin embargo he visto a Cadenet
salir de mi cuento de papel.

Sé que se transforma en realidad
y hace de mi mundo su ciudad.
Sin embargo he visto a Cadenet
salir de mi cuento de papel.
.

Esteban Mellino / Carlos Mellino
(“Alma y Vida”)
.

Escuchá "Cadenet":

sábado 30 de mayo de 2009

KUROSAWA, Akira: Los sueños

Creo que los sueños son sucesos creados en el cerebro desinhibido de un individuo mientras duerme, y que son provenientes de un intenso deseo que permanece oculto en lo profundo de su corazón al estar despierto.
Un evento en un sueño es un fenómeno extraño que posiblemente no pueda ocurrir en la realidad... Y aun así posee sentimientos sensoriales como si fuera una experiencia real. Esto sucede porque el sueño es el fruto del más puro e íntimo deseo humano. En mi opinión, el sueño es el máximo medio de expresión posible de esos deseos más íntimos.
El individuo es un genio mientras duerme...
Audaz y sin temores, como un genio.
Este fue el punto principal que tuve que tener en cuenta al hacer este filme sobre ocho sueños descriptos en mi guión. Expresiones audaces e intrépidas fueron esenciales para la realización de este filme.



AKIRA KUROSAWA


Conocido como el "Emperador del cine", nace en Tokio el 23 de marzo de 1910 y fallece el 6 septiembre de 1998 en la misma ciudad.
"Los sueños de Akira Kurosawa" (1990) cuenta en la producción con dos prestigiosos admiradores del cineasta, George Lucas y Steven Spielberg.
El 3 de enero de 1990 Kurosawa es galardonado con el Oscar honorífico lo que supondrá un gesto de reconocimiento que avala toda una carrera dedicada al mundo del cine y una obra que ha abierto no pocas vías de comprensión entre Japón y el resto del mundo.