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lunes, 15 de octubre de 2018

LÓPEZ, Julián: Las palabras hacen cosas


Mi mamá trabaja cama adentro, mi papá es albañil, como mi abuelo, mi papá está en Marcos Paz, mi mamá, mi papá y mis tíos trabajan en el taller y hacen pantalones, mi papá vende en un kiosco, mi papá tiene la verdulería, mi papá está en la Bonaerense, mi mamá es enfermera, mi mamá está en la biblioteca pero no sé lo que hace. 
Y entonces le tocó a Jonás y Jonás habló y yo no sé qué fue lo que pasó. Yo no sé si las palabras hacen cosas, o si también son como una cornisa alta que te da vértigo, o como un golpe sin querer en la panza que te corta la respiración. Yo no sé lo que pasó pero Jonás habló y dijo: Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso. 
La cara se le había puesto rara, no como la cara de cuando le decimos que parece un enano ni como la cara de cuando quiere cantar y la sale la voz finita y todos nos reímos y a él le parece que se le metieran los dientes para adentro y los ojos se le ponen furiosos. A Jonás le tocaba hablar y Jonás habló así, raro, como con una tranquilidad que nadie le conocía. Yo no sé lo que pasó ese día pero ese día algo pasó y lo que me pregunto es si alguien se dio cuenta, si alguien sabe cuándo las cosas pasan, si hay cosas que pasan igual aunque uno no se dé cuenta, o a uno no le importe, o uno no sepa, o las palabras a uno se le vayan lejos. 
Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso, dijo Jonás y a mí me empezó a temblar debajo del ojo y me parece que me perdí adentro mío y que no me puedo acordar qué fue lo que siguió, ni qué hizo la señorita, ni si todos hablaron o si alguien se puso a decir algo o a llorar. 
Mi mamá cartonea, mi mamá trabaja por horas, mi papá hace changas y corta el pasto en las casas de El Jagüel, mi mamá anda sin trabajo. Y entonces le tocó a Jonás y Jonás habló y yo no sé qué fue lo que pasó, si esas palabras que dijo hicieron algo, no sé. 
Y me acordé de cuando mi papá se saca la remera y anda así por la casilla, todo suelto, raro también y tranquilo y se sienta en la ventana y se toma la botella de cerveza y a mí me parece que no lo conozco y él se pone a decir cosas en un idioma que no entiendo y habla solo y después me dice que tengo un montón de primos allá y uno de dieciocho y que allá está mi abuela y que un día vamos a viajar y vamos a conocernos todos y que él se va a traer a su mamá para que viva con nosotros en la casilla, que son muchos hermanos y que está bien pero que ellos la tienen siempre y que él la extraña y se la quiere traer acá, para que viva con nosotros, y esté sentada en el pasillo y hable con las vecinas y vea cómo es acá, cómo se vive, que hay muy pocas papas y muy poco maíz y muy poco gusto y que después de los pasillos está el asfalto y están los colectivos. 
Pero a mí desde ese día en la escuela adentro de la cabeza me quedó Jonás, tranquilo y hablando, y también me quedó la cara de su mamá con esa sonrisa y que una vez nos fuimos a su casa y comimos tortillas calentitas con el mate cocido y ella estaba en la cocina con unas amigas y hablaban y le daban a la bombilla y a la pava le daban y nos hacían chistes y amasaban más tortillas y se reían fuerte. 
Qué fue lo que pasó ese día. Todos contábamos y había ruido, mientras hablábamos había ruido y todo era normal, como son los días en la escuela, aburridos y divertidos y todo a la vez y como cuando una de nosotras llora o hay otra que se está riendo por una cosa y otro que se duerme y otra que se come un pan que se guardó sin que nadie la vea. Ese día había ruido normal y todos hablábamos porque la señorita nos había dicho que teníamos que decir de qué trabajaban nuestros padres y cada uno contaba un poco lo que sabía, o decía en el supermercado y listo, o en la fábrica y listo, o de seguridad y listo. 
Pero Jonás habló y dijo: Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso. Y nadie dijo nada porque algo pasó, no sé qué fue y no sé si fue esa manera tan tranquila de Jonás o la sonrisa de su mamá que también se me quedó adentro, o esa vez en la casa, no sé. 
Pero yo me quedé ahí sin ganas de decir nada porque me parece que adentro mío se estaban haciendo otras palabras, unas palabras nuevas que todavía no estaban en el mundo y que yo ni conocía y que se me empezaban a hacer en la panza y en la cabeza como un murmullo que crece y que a mí me daban ganas de llorar y de reírme.

(Bs. As., 1965)


viernes, 5 de octubre de 2018

GARLAND, Inés: La zorra de la calle


En esa época no había tanta gente en la calle. No se le había ganado terreno al río y se podía bajar hasta la costa, caminar entre las casas cerca de la orilla, saludar a los ribereños. No era peligroso. Los Aranguren les habían soltado la correa a los hijos mayores hacía algunos años, pero no habían tenido la necesidad de estarles detrás para saber adónde iban o qué hacían a la tarde cuando volvían del colegio. Esos hijos ya estaban en la facultad. Lorenzo era el cuarto de nueve hermanos y acababa de cumplir catorce años. Volvía a la casa en tren desde los ocho porque nadie tenía tiempo ni ganas de buscarlo a la salida del colegio, y habría sido peor que se quedara esperando tardes enteras en las escaleras porque sus hermanos se olvidaban de él. A él le gustaba volver en tren. A veces, en los primeros años, se quedaba dormido y se despertaba en la estación de Tigre, pero también eso había dejado de importarle. Se acostumbraba a todo. Le gustaba mirar a la gente, les inventaba historias, se imaginaba que les hablaba, que las mujeres lo dejaban sentarse cerca de ellas o hasta le pasaban un brazo sobre el hombro, como si lo conocieran. 

La mujer de la esquina de la estación era fea. Una mujer como una maza, con piernas fuertes y espalda ancha, sin cintura. Estaba parada siempre ahí, a tres cuadras de la casa de los Aranguren, en la calle por donde pasaba Lorenzo cuando volvía del colegio. 
La primera vez que la vio, no la saludó. Algo en la mirada de ella lo obligó a bajar los ojos, y casi sin pensarlo cruzó la calle. Le pareció que ella lo seguía con la vista, y dio vuelta en la primera esquina, tomando un camino que no le convenía, solo para quitarse de encima la sensación de que lo seguía mirando. 
Pero también a ella se acostumbró. Él terminó por saludarla, primero con la mano, desde la vereda de enfrente, y un día no cruzó y se acercó y se quedó parado ahí, sin saber qué hacer, sonriéndole. 
—Es un lindo nombre Lorenzo —es lo único que se iba a acordar de lo que le dijo ella la primera vez que hablaron. 
Algo más le debe haber dicho porque terminaron en una casa vieja con muchos cuartos y olor a lavandina y a perfume muy dulce; una casa húmeda, cerca del río, con las persianas siempre cerradas. 
Se imagina que ya esa primera vez le pagó. 
Los recuerdos solo se ordenan para poder contarlos. La mujer se llamaba Sheila. Nunca la llegó a ver hermosa, eso sería demasiado. Pero le gustaba acariciarla, sobre todo en esos primeros tiempos, cuando él acababa muy pronto y le sobraba turno. La piel de Sheila era fresca y tirante, y muy suave. Y a veces, cuando el día del colegio había sido difícil o había tenido deportes, se quedaba dormido, y ella se sentaba en la cama, a su lado, pintándose las uñas o mirando la pared en silencio. Cuando él se despertaba y la encontraba en la penumbra, tan callada y cercana, la veía casi hermosa. Aunque no, no era eso, era otra cosa, algo que sentía en el pecho, uno nudo que se desataba. 
—A las lindas las tenés que tratar como si fueran feas. Los hombres creen que las lindas no les van a dar pelota. A algunos eso les da rabia y se hacen los interesantes o las tratan mal. Los otros se babean. ¿Vos conocés el dicho? ¿”La suerte de la fea, la linda la desea”? Las lindas no quieren que las trates distinto. La pasan mal. Vos a Macarena te le acercás así como te acercaste a mí. La saludás, le hablás normal. La mirás con esos ojitos que tenés, y cuando puedas le das un beso. 
Lo hacía sonar fácil. También le ensañaba otras cosas, del cuerpo de las mujeres, o del suyo. Eso no era hablando. Era metiéndose en unos lugares donde él se perdía. Al principio se asustó. Estaba seguro de que su madre se iba a dar cuenta. O sus hermanas mayores. Era imposible que no lo vieran. Él mismo se lo veía en el espejo de su casa. No podría haber dicho exactamente qué era, pero hasta la voz le había cambiado, la forma de moverse. Él lo sentía, sentía su cuerpo, las maneras de su cuerpo. Todo el tiempo. En el viaje en tren apenas podía disimular lo que le pasaba. Se tapaba con la valija, asustado de que las otras mujeres pensaran que era un degenerado. Sheila estaba ahí todas las tardes. 
Los ahorros se le acabaron pronto. Sheila le fio. Pero una semana o dos más tarde, un jueves, no estaba en la vereda esperándolo. Él pensó en volver a su casa, ya la veía al día siguiente. Pero con cada cuadra que lo alejaba de la casa de las persianas cerradas, la idea de entrar en la suya, pre prepararse algo de comer y empezar a dar vueltas, porque qué otra cosa iba a hacer con el nudo que tenía en el estómago, y en la garganta, jugaría a la pelota en el jardín, se pondría a lijar el portón, saldría a caminar por el río, no, se desarmaba. Se estaba desarmando. 
Llegó corriendo a la casa de las persianas cerradas y otra de las chicas lo dejó entrar. 
—Sheila está ocupada —dijo. 
Podía esperarla. Podía esperarla sentado. Pero cuando la chica se fue, él quiso pararse en el pasillo frente a la puerta. Era amarilla la puerta. Él nunca había visto que la puerta fuera amarilla. 
Tenía hambre. Los gruñidos de su estómago parecían magnificarse en la oscuridad del pasillo. Se escuchaban voces detrás de las puertas, pasos, crujidos. Se fue tranquilizando porque sabía que Sheila iba a abrir la puerta y lo iba a tomar de la mano y lo iba a llevar a la cama. A lo mejor le fiaba dos turnos. 
La puerta se abrió. El hombre que salía se dio vuelta para mirar a Sheila. 
—Hola, perrito —le dijo ella. 
Nunca le había dicho perrito. 
El hombre era flaco y viejo. Tenía un dejo de desprecio en la boca, tal vez por encontrarse con él parado ahí con esa cara de hambre. 
Sheila le dijo, después, antes de acompañarlo a la puerta, que ya no podía fiarle más. Ese había sido el último turno que podía darle. No era decisión de ella, dijo. Él no pudo imaginarse quién más podía haber tomado una decisión así, pero sabía que tenía razón. No tenía forma de pagarle. Hacía unos meses el padre le había suspendido la mensualidad. 
Pensó en volver caminando del colegio y ahorrar la plata del boleto, pero desde el centro había un trecho larguísimo. No tenía dudas de que lo podía hacer, pero no le alcanzaría el tiempo antes de volver a su casa a la hora de la cena. 
Entonces pensó en robar. Su madre era desordenada con la plata y dejaba la billetera en cualquier parte. Lo iba a hacer de a poco. Nadie se iba a dar cuenta. A los quince años era injusto no tener un peso partido al medio, nadie le había explicado por qué. Todos sus amigos recibían mensualidad. 
Le faltaban dos meses para cumplir dieciséis cuando la madre finalmente se dio cuenta de que alguien le sacaba plata de la billetera. Lo comentó en la mesa del domingo al mediodía, después de misa. 
—No lo puedo creer —dijo. 
Lo que no podía creer era que Isolina —nuestra mucama de toda la vida, como le dijo esa noche, como le decía siempre, pero a él esa noche la frase le pareció rara aunque era cierto para él, Isolina había estado ahí desde antes de que él naciera, había estado ahí toda su vida, pero no toda la vida de su mamá o de su papá, ni siquiera de sus hermanos mayores— que Isolina fuera capaz. 
—Hay que echarla —dijo el padre. 
Él quiso decir que era él el que sacaba la plata de la billetera, quiso decirlo pero no lo dijo. No lo dijo ahí, frente a sus hermanos y a su padre, porque pensó que se lo iba a decir después a su madre, más tarde, antes de irse a dormir, al día siguiente, antes de irse al colegio, a la tarde, cuando volviera directamente sin irse con Sheila. Pero se fue con Sheila. Y le pagó con la plata robada. Y escuchó detrás de la puerta los sollozos de Isolina y a su madre que le decía que el robo era lo único que no se podía tolerar, y el llanto de Isolina cuando decía yo no fui, señora, le juro que yo no fui. 
Escuchó con la mano en el bolsillo, el puño cerrado alrededor de los billetes arrugados, húmedos de sudor. 

(Argentina, 1960)



miércoles, 29 de agosto de 2018

NERUDA, Pablo: Oda a la pobreza




Cuando nací, 
pobreza, 
me seguiste, 
me mirabas 
a través 
de las tablas podridas 
por el profundo invierno. 
De pronto 
eran tus ojos 
los que miraban desde los agujeros. 
Las goteras, 
de noche, repetían 
tu nombre y tu apellido 
o a veces 
el salto quebrado, el traje roto, 
los zapatos abiertos, 
me advertían. 
Allí estabas 
acechándome 
tus dientes de carcoma, 
tus ojos de pantano, 
tu lengua gris 
que corta 
la ropa, la madera, 
los huesos y la sangre, 
allí estabas 
buscándome, 
siguiéndome, 
desde mi nacimiento 
por las calles. 

Cuando alquilé una pieza 
pequeña, en los suburbios, 
sentada en una silla 
me esperabas, 
o al descorrer las sábanas 
en un hotel oscuro, 
adolescente, 
no encontré la fragancia 
de la rosa desnuda, 
sino el silbido frío 
de tu boca. 
Pobreza, 
me seguiste 
por los cuarteles y los hospitales, 
por la paz y la guerra. 
Cuando enfermé tocaron 
a la puerta: 
no era el doctor, entraba 
otra vez la pobreza. 
Te vi sacar mis muebles 
a la calle: 
los hombres 
los dejaban caer como pedradas. 
Tú, con amor horrible, 
de un montón de abandono 
en medio de la calle y de la lluvia 
ibas haciendo 
un trono desdentado 
y mirando a los pobres 
recogías 
mi último plato haciéndolo diadema. 
Ahora, 
pobreza, 
yo te sigo. 
Como fuiste implacable, 
soy implacable. 
Junto 
a cada pobre 
me encontrarás cantando, 
bajo 
cada sábana 
de hospital imposible 
encontrarás mi canto. 
Te sigo, 
pobreza, 
te vigilo, 
te acerco, 
te disparo, 
te aislo, 
te cerceno las uñas, 
te rompo 
los dientes que te quedan. 
Estoy 
en todas partes: 
en el océano con los pescadores, 
en la mina 
los hombres 
al limpiarse la frente, 
secarse el sudor negro, 
encuentran 
mis poemas. 
Yo salgo cada día 
con la obrera textil. 
Tengo las manos blancas 
de dar pan en las panaderías. 
Donde vayas, 
pobreza, 
mi canto 
está cantando, 
mi vida 
está viviendo, 
mi sangre 
está luchando. 
Derrotaré 
tus pálidas banderas 
en donde se levanten. 
Otros poetas 
antaño te llamaron 
santa, 
veneraron tu capa, 
se alimentaron de humo 
y desaparecieron. 
Yo te desafío, 
con duros versos te golpeo el rostro, 
te embarco y te destierro. 
Yo con otros, 
con otros, muchos otros, 
te vamos expulsando 
de la tierra a la luna 
para que allí te quedes 
fría y encarcelada 
mirando con un ojo 
el pan y los racimos 
que cubrirá la tierra 
de mañana.

(Chile, 1904/1973)


jueves, 23 de agosto de 2018

MORIS: El oso



Yo vivía en el bosque muy contento,
caminaba sin cesar,
las mañanas y las tardes eran mías,
a la noche me tiraba a descansar.

Pero un día vino el hombre con sus jaulas,
me encerró y me llevó a la ciudad.
En el circo me enseñaron las piruetas
y yo así perdí mi amada libertad.

"Conformate", me decía un tigre viejo,
"nunca el techo y la comida han de faltar,
solo exigen que hagamos las piruetas
y a los hijos podamos alegrar".

Han pasado cuatro años de esta vida,
con el circo recorrí el mundo así.
Pero nunca pude olvidarme del todo,
de mis bosques, de mis tardes y de mí.

En un pueblito alejado
alguien no cerró el candado,
era una noche sin luna
y yo dejé la ciudad.

Ahora piso yo el suelo de mi bosque,
otra vez el verde de la libertad.
Estoy viejo pero las tardes son mías,
vuelvo al bosque, estoy contento de verdad.

(Mauricio Birabent, 1942)


jueves, 16 de agosto de 2018

GIARDINELLI, Mempo: El oso marrón


Mi papá me contó una vez esta historia, que yo repito como me la acuerdo.
Digamos que el tipo se llama Pat y es un granjero de New Hampshire, en los Estados Unidos, al que le gusta cazar osos. Desde hace años está empecinado en encontrar y abatir a un enorme oso marrón al que en la comarca todos llaman Sixteen Tons, que quiere decir Dieciséis Toneladas.
Lo ha buscado y esperado innumerables fines de semana, lo ha perseguido con perros, rastreado durante infinitos días con sus infinitas noches, y, en cada regreso frustrado, porque nunca ha dado con él, no ha hecho más que renovar su ansia de matarlo.
Sabe dónde, de qué y cómo se alimenta Sixteen Tons, qué costumbres tiene, por qué senderos anda. Pero jamás se topa con él, que evidentemente es un oso más astuto que Pat y que todos los cazadores de la región.
Durante los últimos tres años, obsesionado, el cabezadura de Pat no ha hecho otra cosa que soñar su encuentro con el inmenso animal. Se ha comprado un rifle de alta precisión y mira telescópica, ha planificado paso por paso la cacería por los bosques de New Hampshire y hasta ha soñado el instante del disparo que liquida al gigantesco oso marrón, pero siempre algo le salió mal.
En la cuarta primavera, que parece que es la única temporada de caza autorizada, un amigo camionero lo cruza al costado de la carretera que bordea las colinas boscosas que van de Lyme a Lebanon, dos pueblitos todavía cubiertos de nieve. Observa que Pat está llorando desconsoladamente junto a su camioneta y se detiene. Pero enseguida se da cuenta de que ninguna desgracia ha sucedido y, como sabe de la obsesión de Pat, con ligerísima ironía le pregunta si se trata de una nueva frustración, si es que tampoco esta vez ha podido dar con el oso marrón.
Pero Pat responde que no con la cabeza, y alcanza a decir que esta vez sí lo ha encontrado.
Y en cuanto lo dice se suelta a llorar más intensamente y se suena los mocos en un sucio pañuelo. Y mientras el otro baja de su camión, Pat señala la cajuela de su camioneta y dice que llora porque le han sucedido dos cosas terribles, simultáneamente: la una es que finalmente ha dado muerte a Sixteen Tons; y la otra es que acaba de darse cuenta de que había llegado a querer tan entrañablemente a ese oso que ahora se siente un miserable.

(Argentina, 1947)


miércoles, 25 de julio de 2018

BENEDETTI, Mario: El altillo


Está allá arriba. Lo veo desde aquí. Siempre quise un altillo. Cuando tenía nueve años, cuando tenía doce. Lo veo desde aquí y es bueno saber que existe. Tiene la luz encendida. Es una bombilla de cien bujías, pero desde el patio la veo apenas como un resplandor. Siempre quise un altillo, para escaparme. ¿De quién? Nunca lo supe. Francamente, yo quisiera saber si todos están seguros de quién escapan. Nadie lo sabe. Puede ser que lo sepa un ratón, pero yo creo que un ratón no es lo que el doctor llama un fugitivo típico. Yo sí lo soy. Quise un altillo como el de Ignacio, por ejemplo. Ignacio tenía allí libros, almanaques, mapas, postales, álbumes de estampillas. Ignacio pasaba directamente del altillo a la azotea, y desde allí podía dominar todas las azoteas vecinas, con claraboyas o sin ellas, con piletas de lavar ropa o macetas en los pretiles. En ese momento ya no tenía ojos de fuga sino de dominador. Dominar las azoteas es aproximadamente lo mismo que dominar las intimidades. La gente cuelga allí la ropa interior, amontona trastos viejos, toma el sol sin pedantería, hace gimnasia para sí misma y no para las muchachas, como sucede en la playa. La azotea es como una trastienda. Claro que hay azoteas que tienen perros y eso es un inconveniente; pero siempre queda el recurso de tirarles piedras o simplemente espantarlos con gritos. De todos modos, ni a Ignacio ni a mí nos gustaba que un perro nos estuviera mirando. Una azotea con perro pierde su soledad y entonces no sirve, especialmente si el perro tiene ojos de persona. A mí ni siquiera me gustan los perros con ojos de perro. Los gatos me importan menos. Son como un decorado y nada más. Puedo sentirme perfectamente solo con el cielo, un avión, una cometa y un gato. Incluso con Ignacio podía sentirme casi solo. Sería tal vez porque no hablaba. Tomaba los gemelos de teatro, miraba detenidamente la azotea de los Risso, y una vez que se cercioraba de que ni Mecha ni Sonia habían subido todavía, entonces me los alcanzaba a mí, y yo miraba detenidamente hacia la azotea de los Antuña hasta cerciorarme de que ni Luisa ni Marta habían subido. Siempre quise un altillo. El de Ignacio era un lindo altillo, pero tenía el inconveniente de que no era mío. Ya sé que Ignacio nunca me hizo sentirme extranjero, ni intruso, ni enemigo, ni pesado, ni ajeno; pero yo sentía todo eso por mí mismo, sin necesidad de que nadie me lo recordara. Para huir, para escapar de algo que uno no sabe bien qué es, hay que hacerlo solo. Y cuando escapaba (por ejemplo, cuando hice añicos los anteojos de mi tía y los tiré por el water y ella perdió todo su aplomo y se puso furiosa y me gritó tarado de porquería, linda consecuencia de las borracheras de tu padre, aunque según el doctor no es seguro que mi atraso tenga que ver con las papalinas de mi viejo, que en paz descanse) y cuando yo escapaba al altillo de Ignacio para estar solo, no podía estar solo, porque claro, estaba Ignacio. Y también a veces el perro del vecino, que es de los que miran con ojos de persona. Todo eso a los doce años y también a los nueve. A los trece se acabó el altillo porque empecé a ir al colegio de fronterizos. No recuerdo nada de lo que hice en el colegio. Hay que ver que fui solamente por tres días; después me pegó el grandote malísimo y estuve mucho tiempo en cama sin poder abrir este ojo que ahora abro, y además conteniendo la respiración. Todo debido a la costilla rota, claro. Pero al final tenía que respirar porque me ponía colorado, colorado, primero como un tomate y después como una remolacha. Entonces respiraba y el dolor era enorme. Se acabó el colegio de fronterizos, dijo mi tío. Después de todo es casi normal, dijo mi tía. Yo estaba agachado y de pronto sentí el frío de la llave en el ojo. Me aparté de la cerradura y me puse el camisón. Ella vendrá a enseñarte aquí desde mañana, dijo mi tía, antes de arroparme y darme un beso en la frente. Yo no tenía todavía mi altillo, ni tampoco podía ir al de Ignacio porque su papá se peleó con mi tío, no a las trompadas sino a las malas palabras. Ella vino a enseñarme todas las mañanas. No solo me enseñaba las lecciones. También me enseñaba unas piernas tan peludas que yo no podía dejar de mirarlas. Le advertí que yo era casi normal y ella sonrió. Me preguntó si había alguna cosa que me gustaba mucho, y yo dije que el altillo. Enseguida me arrepentí porque era como traicionar a Ignacio, pero de todos modos ella lo iba a saber porque su mirada era de ojos bien abiertos. Yo creo que nunca cerraba los ojos, o quizá pestañeaba en el instante que yo también lo hacía. Algunas veces yo demoraba más, a propósito, pero ella se daba cuenta de mi intención y también demoraba su pestañeo, y tal vez luego parpadeaba junto conmigo porque nunca le vi cerrar los ojos. Mejor dicho, la vi una sola vez, pero esa no vale porque estaba muerta. Los exalumnos le llevamos un ramo de flores. Yo era exalumno pero no la quería demasiado. Quería sus piernas, eso sí, porque eran peludas, pero la persona de ella también tenía otras partes. Así que solo duró un mes y medio. Una lástima porque había mejorado mucho, dijo mi tía. Ya sabía la tabla del ocho, dijo mi tío. Yo sabía también la del nueve, claro que nunca dije nada porque algún secreto hay que tener. Yo no sé cómo hay gente capaz de vivir sin secretos. Ignacio dice que el secreto más secreto de sus secretos es que. Pero yo no lo voy a decir porque le juré no comunicarlo a nadie. Fue sobre el perro muerto que lo juré. No sé exactamente cuándo. Siempre se me mezclaron las fechas. Acabo de hacer algo y sin embargo me parece muy lejano. En cambio, hay ocasiones en que una cosa bien antigua, me parece haberla hecho hace cinco minutos. A veces puedo saber cuándo, sobre todo ahora que mi tío me regaló el reloj que fue de mamá que en paz descanse. Pobrecito, así se entretiene, dijo mi tía. Pero yo no quiero entretenerme, es decir no quería, porque eso fue a los doce años y ahora tengo veintitrés, me llamo Albertito Ruiz, vivo en Solano Antuña cinco seis nueve, mi tío es el señor Orosmán Rivas y mi tía la señora Amelita T. de Rivas. La T. es de Tardáguila. Al fin conseguí el altillo. Para mí solo. Lo conseguí ayer, anteayer, o hace cinco años. No me importa el plazo. Mi altillo está. Lo veo desde aquí. Siempre quise mi altillo. Dice el doctor que no es exactamente un fronterizo, suspiró mi tía, y por el ojo de la cerradura yo vi exactamente su suspiro, o sea cómo se levantaba la pechera y luego bajaba, cómo se levantaba el collar con la crucecita y luego bajaba. Luego bajaba del altillo y mi tío estaba tomando mate y preguntaba qué tal. Lindo, dije. Mi altillo tiene una portátil con una bombilla que oficialmente es de setenta y cinco bujías. Yo hice trampa y le puse una de cien bujías, pero la tía cree que es una de setenta y cinco. A veces me molesta en los ojos tanta luz. El tío se dio cuenta de que, aunque en la bombilla dice setenta y cinco, en realidad es de cien bujías, pero yo sé que no me va a denunciar frente a la tía, porque en su mesa de noche él también tiene una de setenta y cinco cuando la tía le ha dado permiso para tener una de cuarenta bujías. Bujías quiere decir bichitos. Si Ignacio no hubiera venido hace un rato, yo estaría ahora en el altillo. Pero vino y hacía muchos años que no lo veía. Él dijo que once. Yo supe que se habían mudado y que él no tenía más altillo. Hola, dijo. Ignacio nunca habló mucho, ni siquiera en la época que tenía su altillo y estaba tan orgulloso. Ahora yo tengo el mío. De tarde me gusta salir a la azotea y por suerte aquí no hay perros con mirada de persona. Hay uno chiquito en la azotea de Terneiro, uno chiquito que se llama Goliat, pero ese tiene mirada de perro así que no me preocupa tanto. Hola, dije yo también. Pero me di cuenta a qué venía. Enseguida me di cuenta. Él dijo que hacía once años que no nos veíamos y que estaba en tercero de Facultad. Me pareció que tenía bigote. A mí no me crece el bigote. Tu tío me dio permiso para que viniera a verte, dijo para disimular. Dice tantas macanas mi tío. Se acercó a la ventana. Miró el cielo. También el cielo lo miró a él. Paf. Qué tal, me preguntó mi tío cuando bajé. Lindo, dije. Yo dejé la luz encendida y desde aquí veo el resplandor. A mí no me va a quitar nadie el altillo. Nunca. Nadie. Nunca. Yo a él no lo traicioné y ahora viene y se pone el muy falluto a mirar disimuladamente el cielo. Todos sabemos que él perdió su altillo, pero yo no tengo la culpa. Qué tal, preguntó mi tío. Lindo, dije. La luz está encendida, la bombilla de cien bujías, pero estoy seguro que a Ignacio no le molesta, porque antes de bajar dije perdón y le cerré los ojos. 

Uruguay, 1920/2009


sábado, 16 de junio de 2018

OCAMPO, Silvina: Celestina



Era la persona más importante de la casa. Manejaba la cocina y las llaves de las alacenas. Era necesario complacerla.
Para que fuera feliz, había que darle malas noticias: esas noticias eran tónicos para su cuerpo, deleites para su espíritu.
–Celestina, hoy, mientras daba a luz, murió de un ataque al corazón la señora Celina Romero, aquella mujer simpática y bondadosa, a quien convidó usted con carbonada y niños envueltos. Nadie se ocupará del hijo, que tiene dos cabezas y una sola oreja.
–¿Y en todo lo demás el niño es normal?
–No. Tiene el talón del pie colocado adelante, los dedos en el talón, además de las pestañas dentro de los párpados. Hablan de hacerle una operación.
–¡Qué pavada operar a un recién nacido!
Celestina se incorporaba en la silla, como en el agua una flor marchita, y revivía.
–Celestina, hay terremotos en Chile; maremotos también. Ciudades enteras han desaparecido. Los ríos se transforman en montañas, las montañas en ríos. Se desbordan, se vienen abajo. Predicen el fin del mundo.
Celestina sonreía misteriosamente.
Ella que era tan pálida, se sonrojaba un poco.
–¿Cuántos muertos? –preguntaba.
–Todavía no se sabe. Muchos han desaparecido.
–¿Podría mostrarme el diario?
Le mostrábamos el diario, con las fotografías de los desastres. Las guardaba sobre su corazón.
–¡Qué broma! –respondía.
–Celestina, la criminalidad infantil aumenta. Ayer, mientras el señor Ismael Rébora, que usted conoce, dormía, con la dosis habitual de somnífero, su nieto, Amílcar, de ocho años de edad, con el cuchillo que utilizaba para sacar punta a los lápices y a las cañas de bambú, le infirió varias heridas mortales. El señor Ismael Rébora tuvo tiempo de encender la luz para ver cómo le asestaban la cuarta puñalada y comprobar que el autor del hecho, no solo era un niño, sino su nieto, amargura que para él duró la fracción de un segundo, pero no para su familia, que ocultó el asesinato con éxito, y que tiene que convivir ahora con un pequeño criminal que asesinará con el tiempo al resto de la familia.
–A lo mejor –respondía Celestina.
Durante horas fue amable, bondadosa, alegre, casi bonita; tarareaba una canción española, que expresaba claramente su regocijo.
Celestina podía vivir en carne propia las malas noticias.
–Esta casa está incendiándose –le dijeron un día–. Los bomberos ya están al pie del edificio, tratando de apagar el incendio. No, no es una broma. De los grifos, en vez de agua, salen llamas. No podemos salvarnos, porque la escalera que da al pasillo de la puerta de calle está ardiendo y la de servicio está obstruida por los tirantes de madera que cayeron. De cada ventana se asoma el fuego, con sus ojos de anguila eléctrica.
Celestina, reconfortada con la mala noticia, se salvó del incendio sin una quemadura. Los otros inquilinos de la casa murieron o se salvaron con quemaduras de tercer grado.
A veces, por increíble que parezca, no hay malas noticias en los diarios. Es difícil, pero sucede. Entonces, hay que inventar crímenes, asaltos, muertes sobrenaturales, pestes, movimientos sísmicos, naufragios, accidentes de aviación o de tren, pero estas invenciones no satisfacen a Celestina. Mira con cara incrédula a su interlocutor.
Y llegó un día en que tuvimos solo buenas noticias, y la imposibilidad de inventar malas noticias.
–¿Qué hacemos? –preguntaron Adela, Gertrudis y Ana.
–¿Buenas noticias? No hay que dárselas –dije, pues me había encariñado con Celestina.
–Algunas poquitas no le harán daño –dijeron.
–Por pocas que sean, le harán daño –protesté–. Es capaz de cualquier cosa.
Nos secreteábamos en las puertas. ¡Aquel último accidente, horrible, que yo le había anunciado, la dejó tan contenta! Fui personalmente a ver el tren descarrilado, a revisar los vagones en busca de un mechón de pelo, de un brazo mutilado para describírselo.
Como si hubiera presentido que estábamos preparándole una emboscada, nos llamó.
–¿Qué hacen? ¿Qué están complotando, niñas?
–Tenemos una buena noticia –dijo Adela, cruelmente.
Celestina palideció, pero creyó que se trataba de una broma. El sillón de mimbre donde estaba sentada, crujió debajo de su falda oscura.
–No te creo –dijo–. Solo hay malas noticias en este mundo.
–Pues, no, Celestina. Los diarios están llenos de buenas noticias –dijo Ana, con los ojos brillantes–. De acuerdo con las estadísticas, se han podido combatir eficazmente las peores enfermedades.
–Son cuentos –musitó Celestina–. ¿Y tú, con esa carita triste, qué noticia me traes? –me dijo débilmente, con una última esperanza.
–Los crímenes han disminuido notablemente –exclamó Adela.
–En cuanto a la leucemia, es una historia antigua –musitó Gertrudis.
–Y yo gané a la lotería –dijo Ana diabólicamente, sacando un billete del bolsillo.
Esas voces agrias, anunciando noticias alegres, no auguraban nada bueno. Celestina cayó muerta.

(Argentina, 1903/1993)

viernes, 1 de junio de 2018

QUIROGA, Horacio: La miel silvestre




Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto. 
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores —iniciados también en Julio Verne— sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla. 
La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot. 
Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot. 
Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos. 
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo este que contener el desenfado de su ahijado. 
—¿Adónde vas ahora? —le había preguntado sorprendido. 
—Al monte; quiero recorrerlo un poco —repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro. 
—¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón. 
Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metiose las manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado. 
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco. 
Llegaron estas a la segunda noche —aunque de un carácter un poco singular. 
Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino. 
—¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. 
Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso. 
—¿Qué hay, qué hay? —preguntó echándose al suelo. 
—Nada... Cuidado con los pies... La corrección. 
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto. 
Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van. 
No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquella, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección. 
Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura. 
—¡Pican muy fuerte, realmente! —dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino. 
Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales. 
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno. 
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión —exacta por lo demás— de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo. 
—Esto es miel —se dijo el contador público con íntima gula—. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel... 
Pero entre él —Benincasa— y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. 
Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos! 
En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. 
Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio! 
Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador. 
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que este prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje. 
—Qué curioso mareo... —pensó el contador. Y lo peor es... 
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban. 
—¡Es muy raro, muy raro, muy raro! —se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas... La corrección —concluyó. 
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto. 
—¡Debe ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado! 
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa. 
—¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... no puedo mover la mano!... 
En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma. 
—¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!... 
Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a lo par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo... 
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían. 
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente. 
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. 
Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa. 

(Salto –Uruguay-, 1878/Buenos Aires, Argentina, 1937)

martes, 29 de mayo de 2018

BALMACEDA, Daniel: Palabras armadas



El lenguaje de los guerreros es uno de los que más ha aportado a la creación de palabras, no solo en el castellano sino en la mayoría de los idiomas. En el vocabulario cotidiano hallaremos decenas de términos que provienen de las fortalezas, los cuarteles y los campos de batalla.
Armario era el mueble donde se guardaban las armas. Hacia allí corrían todos cuando se daba la voz de “¡Al arma!”, que derivó en las alarmas. Pelear, por su parte, tiene un origen sencillo y a la vez entretenido: era luchar tomándose de los pelos. Batir significa golpear, como lo muestra el poeta Rafael Obligado en sus versos dedicados al Tambor de Tacuarí:

Bate el parche un pequeñuelo
que da saltos de arlequín,
que se ríe a carcajadas
si revienta algún fusil,
porque es niño como todos,
el Tambor de Tacuarí.

La palabra se originó en el latín battuere (golpear). A ella le debemos —además de batir— batería (conjunto de piezas de artillería), batalla, batahola y batallón. Un combate es precisamente eso: com battere (pelear juntos). Duelo fue el enfrentamiento entre dos, es decir entre un dúo. Lance era el combate con lanzas. Es fácil advertir que el verbo lanzar surgió de “arrojar la lanza”. Tomemos dos sinónimos de lanza: por un lado, pica (con su punta para picar, popularizada en la baraja francesa) ha dado el diminutivo piqueta, la herramienta utilizada sobre todo en las minas. El otro sinónimo es asta. Hoy relacionamos el asta con el mástil de la bandera. Pero también la tenemos presente en otros impensados rincones del vocabulario. Cuando decimos astilla estamos refiriéndonos a un asta pequeña. Los galpones donde se fabricaban las embarcaciones de madera quedaban llenos de astillas: pasaron a ser conocidos como astilleros.
El asta tiene más parientes. Los romanos la clavaban con un estandarte distintivo para señalar el lugar donde estaba la propiedad o los objetos que iban a rematarse. Lo que se hallaba debajo de la lanza (es decir, sub-asta) se ofrecía al mejor postor. De los tiempos en que se abordaban fortificaciones viene el ataque por asalto, que era aquel que se hacía trepando los muros, saltando por encima de ellos, es decir mediante el sistema denominado a-salto.
La transición entre las armas clásicas y las de fuego, incluyendo su conjunción en la bayoneta, no fue de corta duración. Al respecto, podemos decir que los arcabuces comenzaron a ser tomados muy en serio a partir de la batalla de La Bicocca —al oeste de Milán— que protagonizaron las fuerzas de la corona española con las del reino francés (y sus respectivos aliados) el 27 de abril de 1522. Las bajas de los piqueros suizos debidas a la puntería de los arcabuceros españoles de Carlos V definieron el pleito de inmediato. Hoy llamamos bicoca al objeto de cierto valor que obtenemos sin demasiado esfuerzo.

DANIEL BALMACEDA
(Argentina, 1962)

sábado, 19 de mayo de 2018

MASÍN, Claudia: Potrillo



Cada uno carga su familia como los mendigos sus bolsas raídas,
esas cosas que ya no sirven para nada,
pero no se pueden abandonar: son parte del propio cuerpo,
del camino recorrido. Es difícil soltar lo que nos ha acompañado
tanto tiempo, aunque lastime y agobie, y la espalda se incline
bajo el peso. Como si fuéramos la muesca diminuta
sobre el arma que alguien disparó en un pasado remoto,
en una tierra desconocida decidieron por nosotros, antes
de que naciéramos, hasta los muertos a los que tendríamos que llorar.
Pero si nos acompaña una multitud a cada paso, pienso,
el aislamiento no resuelve nada. Ni construir una cabaña
con las propias manos en el monte impenetrable,
darle la espalda al mundo y a los demás, volverse un paria
que ha rechazado su lugar entre los otros
para quedar libre de una deuda
que de todas maneras va a tener que pagar. Entonces,
si todos los cuerpos reunidos al principio
quedan atados por un nudo que atraviesa el tiempo
y es increíblemente firme, imposible de desatar,
¿cómo ser en la vida algo más que una especie
de fenómeno natural: un latigazo del cielo, un rayo,
que destroza sin razón y sin sentido, o al revés,
una lluvia suave que reverdece el campo seco y trae alivio
a los cultivos moribundos? Es decir,
¿cómo ser algo más que un impulso ciego
que actúa sin voluntad de hacer el bien ni el mal, por pura inercia
desprendida del pasado, de los deseos, los terrores,
las pasiones de la tribu? A veces creo, pero es una cuestión de fe,
no sé si es cierto, que se puede construir una familia
a partir de cosas ínfimas
que no forman parte de la historia que nos fue contada
a través de las palabras o del cuerpo de los que amamos.
Que podríamos descender en el tiempo
hasta el instante en que aún no habían empezado ni la fealdad
ni el miedo, a través de una memoria física que nos devuelva
la humilde y pura gracia de respirar. Hablo
de atarnos a detalles tan insignificantes
que no serían jamás parte del drama y por eso mismo no podrían
convertirse en el hueso de tu infelicidad. Sería tan distinto, claro,
si tu familia fuera el día en que conociste el verano,
la primera experiencia de alegría bajo un chorro de agua en el sopor
pesado de la siesta, el olor de la tierra mojada y el contacto
del pasto en los pies descalzos. La risa, levantándose
como la bruma del calor hacia lo alto. Si fuera tu destino ese punto
del pasado, ese resplandor que quedó grabado a fuego,
clavado en tu carne como la herradura en la pata de un caballo joven,
de un potrillo que en el momento de entrar al establo se retoba y corre
y es capaz de fugarse de la vida que le espera.

CLAUDIA MASÍN


Claudia Masin nació en Resistencia, Chaco, en 1972. Vive desde 1990 en Buenos Aires.

domingo, 13 de mayo de 2018

QUIROGA, Horacio: Decálogo del perfecto cuentista




I

Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

(Salto, Uruguay, 1878 / Buenos Aires, Argentina, 1937)


lunes, 19 de febrero de 2018

GONZÁLEZ, Ángel: La verdad de la mentira


Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira?
Y él respondió:
—Lo sé; pero lo que yo siento es de verdad.

(España, 1925/2008)

miércoles, 6 de diciembre de 2017

TEJADA GÓMEZ, Armando: Peatón, diga no




Salir, el viento arriba, cualquier mañana de estas
al día trepidante, izando la paciencia,
insistiendo en los sueños que no se dan y huyen
locamente delante de nuestra suerte perra;
salir, ya mal herido por los informativos
y con el diario en llamas por la chispa de América
—corriendo hacia lo de uno urgentemente solo—,
es un fulero asunto, una ronca vergüenza
escondida en el fondo del manso portafolios,
esa tonta mochila del peatón sin tregua.

Yo peatón, me digo con el pecho golpeado
por las humillaciones sucesivas del día,
digo que yo me digo: hay que hacer algo, viejo,
antes que venga el cáncer y te deje en la vía;
hay que hacer algo pronto y aquí, sin ir más lejos,
hacer, no sé qué cornos, empezar la podrida,
porque yo ya no llego ni con la lengua afuera
si no empiezo esta cosa de enderezar la vida,
¡aquí y ahora mismo!, digo, sin dar más vueltas,
asumiendo la bronca feroz de cada día.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer, hermano, debajo de la lluvia?
¿Debajo del cemento, donde un perro agoniza?
¿Debajo del gobierno, inerme y ciudadano,
yugando bajo el peso de sus grandes mentiras?
¿Qué hacer? ¿Qué hacer, hermano, lacerado de afiches
donde la coca-cola se mata de la risa?
Hay que encontrar la forma de dárselas con todo
porque a mí no me arreglan ya con otra aspirina;
pero, ¿qué hacer, hermano, debajo de la lluvia
como un desopilante inspector de cornisas?

Yo peatón, culpable de ser la muchedumbre,
yo mismísima culpa, no compro más tranvías!
Digo no. No y a muerte. ¡No redondo y en seco!
¡Y para todo el viaje digo un no cañonazo!
¡Un no en la plena jeta del mercader de Patria!
¡No, hasta que yo no tenga las treinta y tres de mano!
¿Se da cuenta, compadre? Era simple la cosa.
Como dicen los bolches: la libertad se ejerce.
Ya tengo la precisa. Digo no, simplemente,
y se les viene abajo toda la estantería.
Pruebe, compadre, empiece por los no más pequeños,
no a la pequeña burla que casi ni se siente,
diga no a los legales prósperamente oscuros,
a las fotonovelas, al cantante epiléptico;
no al opio venenoso de la Tevé y la Radio.
Diga no. Es una bomba: ¡y con la mecha ardiendo!

Dígalo en todas partes: en su casa, en la feria,
en la calle, en los trenes, en la cancha, en el viento;
lléveselo al trabajo de modo bien visible
y lúzcalo orgulloso como un pañuelo nuevo,
después, vaya subiendo en grados subversivos
hasta el no más heroico y de cada momento:
no a las persecuciones, a la atroz carestía,
a los golpes de Estado y a los edictos rengos;
no a los yanquis en Cuba (o en cualquier otra parte),
a la guerra asesina en Vietnam, por ejemplo,
a que humillen la sangre como en Santo Domingo
sumando nuestra sangre a sumados ejércitos;
diga no sin tapujos allí donde le cuadre
hasta que se propague por el país entero,
un no como una casa, grande como una casa,
donde un día podamos alojar nuestros sueños.

Pero si acaso siente por el aire un sonido
como de pueblo andando caudal en su torrente,
si fueran a buscarlo los compañeros río
para Jordán y limo de sus hondas vertientes,
empínese en la honra de la Patria que amamos
y salga a decir sí… sencillamente.

(Argentina, 1929/1992)



martes, 5 de diciembre de 2017

SCHWEBLIN, Samanta: Nada de todo esto


—Nos perdimos —dice mi madre.
Frena y se inclina sobre el volante. Sus dedos finos y viejos se agarran al plástico con fuerza. Estamos a más de media hora de casa, en uno de los barrios residenciales que más nos gusta. Hay caserones hermosos y amplios, pero las calles son de tierra y están embarradas porque estuvo lloviendo toda la noche.
—¿Tenías que parar en medio del barro? ¿Cómo vamos a salir ahora de acá?
Abro mi puerta para ver qué tan enterradas están las ruedas. Bastante enterradas, lo suficientemente enterradas. Cierro de un portazo.
—¿Qué es lo que estás haciendo, mamá?
—¿Cómo que qué estoy haciendo? —su estupor parece sincero.
—Sé exactamente qué es lo que estamos haciendo, pero acabo de darme cuenta de lo extraño que es.
Mi madre no parece entender, pero responde, así que sabe a qué me refiero.
—Miramos casas —dice. Parpadea un par de veces, tiene demasiado rímel en las pestañas.
—¿Miramos casas?
—Miramos casas —señala las casas que hay a los lados.
Son inmensas. Resplandecen sobre sus lomas de césped fresco, brillantes por la luz fuerte del atardecer. Mi madre suspira y, sin soltar el volante, recuesta su espalda en el asiento. No va a decir mucho más. Quizá no sabe qué más decir. Pero esto es exactamente lo que hacemos. Salir a mirar casas. Salir a mirar las casas de los demás. Intentar descifrar eso ahora podría convertirse en la gota que rebalsa el vaso, la confirmación de cómo mi madre ha estado tirando a la basura mi tiempo desde que tengo memoria. Mi madre pone primera y, para mi sorpresa, las ruedas resbalan un momento pero logra que el coche salga adelante. Miro hacia atrás el cruce, el desastre que dibujamos en la tima arenosa del camino, y ruego por que ningún cuidador caiga en la cuenta de que hicimos lo mismo ayer, dos cruces más abajo, y otra vez más casi llegando a la salida. Seguimos avanzando. Mi madre conduce derecho, sin detenerse frente a ningún caserón. No hace comentarios sobre los cerramientos, las hamacas ni los toldos. No suspira ni tararea ninguna canción. No toma nota de las direcciones. No me mira. Unas cuadras más allá las casas se vuelven más y más residenciales y las lomas de césped ya no son tan altas, sino que, sin veredas, delineadas con prolijidad por algún jardinero, parten desde la mismísima calle de tierra y cubren el terreno perfectamente niveladas, como un espejo de agua verde al ras del suelo. Toma hacia la izquierda y avanza unos metros más. Dice en voz alta, pero para sí misma:
—Esto no tiene salida. Hay algunas casas más adelante, luego un bosque se cierra sobre el camino.
—Hay mucho barro —digo—, da la vuelta sin parar el coche.
Me mira con el entrecejo fruncido. Se arrima al césped derecho e intenta retomar el camino hacia el otro lado. El resultado es terrible: apenas si acaba de tomar una desdibujada dirección diagonal cuando se encuentra con el césped de la izquierda, y frena.
—Mierda —dice.
Acelera y las ruedas resbalan en el barro. Miro hacia atrás para estudiar el panorama. Hay un chico en el jardín, casi en el umbral de una casa. Mi madre vuelve a acelerar y logra salir en reversa. Y esto es lo que hace ahora: con el coche marcha atrás, cruza la calle, sube al césped de la casa del chico, y dibuja, de lado a lado, sobre el amplio manto de césped recién cortado, un semicírculo de doble línea de barro. El coche queda frente a los ventanales de la casa. El chico está de pie con su camión de plástico, mirándonos absorto. Levanto la mano, en un gesto que intenta ser de disculpas, o de alerta, pero él suelta el camión y entra corriendo a la casa. Mi madre me mira.
—Arrancá —digo.
Las ruedas patinan y el coche no se mueve.
—¡Despacio, mamá! Una mujer aparece tras las cortinas de los ventanales y nos mira por la ventana, mira su jardín. El chico está junto a ella y nos señala. La cortina vuelve a cerrarse y mi madre hunde más y más el coche. La mujer sale de la casa. Quiere llegar hasta nosotras pero no quiere pisar su césped. Da los primeros pasos sobre el camino de madera barnizada y después corrige la dirección hacia nosotras pisando casi de puntillas. Mi madre dice mierda otra vez, por lo bajo. Suelta el acelerador y, por fin, suelta también el volante. La mujer llega y se inclina hasta la ventanilla para hablarnos. Quiere saber qué hacemos en su jardín, y no lo pregunta de buena manera. El chico espía abrazado a una de las columnas de la entrada. Mi madre dice que lo siente, que lo siente muchísimo, y lo dice varias veces. Pero la mujer no parece escucharla. Solo mira su jardín, las ruedas hundidas en el césped, e insiste en preguntar qué hacemos ahí, por qué estamos hundidas en su jardín, si entendemos el daño que acabamos de hacer. Así que se lo explico. Digo que mi madre no sabe conducir en el barro. Que mi madre no está bien. Y entonces mi madre golpea su frente contra el volante y se queda así, no se sabe si muerta o paralizada. Su espalda tiembla y empieza a llorar. La mujer me mira. No sabe muy bien qué hacer. Sacudo a mi madre. Su frente no se separa del volante y los brazos caen muertos a los lados. Salgo del coche. Vuelvo a disculparme con la mujer. Es alta y rubia, grandota como el chico, y sus ojos, su nariz y su boca están demasiado juntos para el tamaño de su cabeza. Tiene la edad de mi madre.
—¿Quién va a pagar por esto? —dice.
No tengo dinero, pero le digo que vamos a pagar. Que lo siento y que, por supuesto, vamos a pagar. Eso parece calmarla. Vuelve su atención un momento sobre mi madre, sin olvidarse de su jardín.
—Señora, ¿se siente bien? ¿Qué trataba de hacer?
Mi madre levanta la cabeza y la mira.
—Me siento terrible. Llame a una ambulancia, por favor.
La mujer no parece saber si mi madre habla en serio o si le está tomando el pelo. Por supuesto que habla en serio, aunque la ambulancia no sea necesaria. Le hago a la mujer un gesto negativo que implica esperar, no hacer ningún llamado. La mujer da unos pasos hacia atrás, mira el coche viejo y oxidado de mi madre, y a su hijo atónito, un poco más allá. No quiere que estemos acá, quiere que desaparezcamos pero no sabe cómo hacerlo.
—Por favor —dice mi madre—, ¿podría traerme un vaso de agua hasta que llegue la ambulancia?
La mujer tarda en moverse, parece no querer dejarnos solas en su jardín.
—Sí —dice.
Se aleja, agarra al niño de la remera y se lo lleva dentro con ella. La puerta de entrada se cierra de un portazo.
—¿Se puede saber qué estás haciendo, mamá? Salí del coche, que voy a tratar de moverlo.
Mi madre se endereza en el asiento, mueve las piernas despacio, empieza a salir. Busco alrededor troncos medianos o algunas piedras para poner bajo las ruedas e intentar sacar el coche, pero todo está muy pulcro y ordenado. No hay más que césped y flores.
—Voy a buscar algunos troncos —le digo a mi madre señalándole el bosque que hay al final de la calle—. No te muevas.
Mi madre, que estaba a medio camino de salir del coche, se queda inmóvil un momento y luego se deja caer otra vez en el asiento. Me preocupa que esté anocheciendo, no sé si podré sacar el coche a oscuras. El bosque está solo a dos casas. Camino entre los árboles, me lleva unos minutos encontrar exactamente lo que necesito. Cuando regreso mi madre no está en el coche. No hay nadie fuera. Me acerco a la puerta de la casa. El camión del chico está tirado sobre el felpudo. Toco el timbre y la mujer viene a abrirme.
—Llamé a la ambulancia —dice—, no sabía dónde estaba usted y su madre dijo que iba a desmayarse otra vez.
Me pregunto cuándo fue la primera vez. Entro con los troncos. Son dos, del tamaño de dos ladrillos. La mujer me guía hasta la cocina. Atravesamos dos livings amplios y alfombrados, y enseguida escucho la voz de mi madre.
—¿Esto es mármol blanco? ¿Cómo consiguen mármol blanco? ¿De qué trabaja tu papá, querido?
Está sentada a la mesa, con una taza en la mano y la azucarera en la otra. El chico está sentado enfrente, mirándola.
—Vamos —digo, mostrándole los troncos.
—¿Viste el diseño de esta azucarera? —dice mi madre empujándola hacia a mí. Pero como ve que no me impresiona agrega—: de verdad me siento muy mal.
—Esa es un adorno —dice el chico —, esta es nuestra azucarera de verdad. Le acerca a mi madre otra azucarera, una de madera. Mi madre lo ignora, se levanta y, como si fuera a vomitar, sale de la cocina. La sigo con resignación. Se encierra en un pequeño baño que hay junto al pasillo. La mujer y el hijo me miran pero no me siguen. Golpeo la puerta. Pregunto si puedo pasar y espero. La mujer se asoma desde la cocina.
—Me dicen que la ambulancia llega en quince minutos.
—Gracias —digo.
La puerta del baño se abre. Entro y vuelvo a cerrar. Dejo los troncos junto al espejo. Mi madre llora sentada sobre la tapa del inodoro.
—¿Qué pasa, mamá? Antes de hablar dobla un poco de papel higiénico y se suena la nariz.
—¿De dónde saca la gente todas estas cosas? ¿Y ya viste que hay una escalera a cada lado del living? — Apoya la cara en las palmas de las manos—. Me pone tan triste que me quiero morir.
Tocan la puerta y me acuerdo de que la ambulancia está en camino. La mujer pregunta si estamos bien. Tengo que sacar a mi madre de esta casa.
—Voy a recuperar el coche —digo volviendo a levantar los troncos—. Quiero que en dos minutos estés afuera conmigo. Y más vale que estés ahí.
En el pasillo la mujer habla por celular pero me ve y corta.
—Es mi marido, está viniendo para acá. Espero un gesto que me indique si el hombre vendrá para ayudamos a nosotras o para ayudarla a ella a sacamos de la casa. Pero la mujer me mira fijo cuidándose de no darme ninguna pista. Salgo y voy hacia el coche. Escucho al chico correr detrás de mí. No digo nada, coloco los troncos bajo las ruedas y busco dónde mi madre pudo haber dejado las llaves. Enciendo el motor. Tengo que intentarlo varias veces pero al fin el truco de los troncos funciona. Cierro la puerta y el chico se tiene que correr para que no lo pise. No me detengo, sigo las huellas del semicírculo hasta la calle. No va a venir sola, me digo a mí misma. ¿Por qué me haría caso y saldría de la casa como una madre normal? Apago el motor y entro a buscarla. El chico corre detrás de mí, abrazando los troncos llenos de barro. Entro sin tocar y voy directo al baño.
—Ya no está en el baño —dice la mujer—. Por favor, saque a su madre de la casa. Esto ya se pasó de la raya.
Me lleva al primer piso. Las escaleras son amplias y claras, una alfombra color crema marca el camino. La mujer va delante, ciega a las marcas de barro que voy dejando en cada escalón. Me señala un cuarto, la puerta está entreabierta y entro sin abrirla del todo, para guardar cierta intimidad. Mi madre está acostada boca abajo sobre la alfombra, en medio del cuarto matrimonial. La azucarera está sobre la cómoda, junto a su reloj y sus pulseras, que evidentemente se ha quitado. Los brazos y las piernas están abiertos y separados, y por un momento me pregunto si habrá alguna otra manera de abrazar cosas tan descomunalmente grandes como una casa, si será eso lo que mi madre intenta hacer. Suspira y después se sienta en el piso, se acomoda la camisa y el pelo, me mira Su cara ya no está tan roja, pero las lágrimas hicieron un desastre con el maquillaje.
—¿Qué pasa ahora? —dice.
—Ya está el coche. Nos vamos.
Espío hacia afuera para tantear qué hace la mujer, pero no la veo
—¿Y qué vamos a hacer con todo esto? —dice mi madre señalando alrededor—. Alguien tiene que hablar con esta gente.
—¿Dónde está tu cartera?
—Abajo, en el living.
En el primer living, porque hay uno más grande que da a la piscina, y uno más del otro lado de la cocina, frente al jardín trasero. Hay tres livings —mi madre saca un pañuelo de su jean, se suena la nariz y se seca las lágrimas— cada uno es para una cosa diferente. Se levanta agarrándose de un barrote de la cama y camina hacia el baño de la habitación. La cama está hecha con un doblez en la sábana superior que solo le vi hacer a mi madre. Bajo la cama, hecha un bollo, hay una colcha de estrellas fucsias y amarillas y una docena de pequeños almohadones.
—Mamá, por dios, ¿armaste la cama?
—Ni me hables de esos almohadones —dice, y después, asomándose detrás de la puerta para asegurarse de que la escucho—: y quiero ver esa azucarera cuando salga del baño, no se te ocurra hacer ninguna locura.
—¿Qué azucarera? —pregunta la mujer del otro lado de la puerta. Toca la puerta tres veces pero no se anima a entrar—. ¿Mi azucarera? Por favor, que eso era de mi mamá.
En el baño se escucha la canilla de la bañera. Mi madre regresa hacia la puerta y por un segundo creo que va a abrirle a la mujer, pero la cierra y me indica que baje la voz, que la canilla es para que no nos escuchen. Esta es mi madre, me digo, mientras abre los cajones de la cómoda y revisa el fondo entre la ropa, para confirmar que la madera de los interiores del mueble también sea de cedro. Desde que tengo memoria hemos salido a mirar casas, hemos sacado de estos jardines flores y macetas inapropiadas. Cambiado regadores de lugar, enderezado buzones de correo, recolectado adornos demasiado pesados para el césped. En cuanto mis pies llegaron a los pedales empecé a encargarme del coche. Esto le dio a mi madre más libertad. Una vez movió sola un banco blanco de madera y lo puso en el jardín de la casa de enfrente. Descolgó hamacas. Quitó yuyos malignos. Tres veces arrancó el nombre Marilú 2 de un cartel groseramente cursi. Mi padre se enteró de algún que otro evento pero no creo que haya dejado a mi madre por eso. Cuando se fue, mi padre se llevó todas sus cosas menos la llave del coche, que dejó sobre uno de los pilones de revistas de hogares y decoración de mi madre, y por unos años ella prácticamente no se bajó del coche en ningún paseo. Desde el asiento del acompañante decía: «es quicuyo», «ese Bow-Window no es americano», «las flores de hiedra francesa no pueden ir junto a los duraznillos negros», «si alguna vez elijo ese tipo de rosa nacarado para el frente de la casa, por favor, contratá a alguien que me sacrifique». Pero tardó mucho tiempo en volver a bajar del coche. Esta tarde, en cambio, ha cruzado una gran línea. Insistió en conducir. Se las ingenió para entrar a esta casa, al cuarto matrimonial, y ahora acaba de regresar al baño, de tirar en la bañera dos frascos de sales, y está empezando a descartar en el tacho algunos productos del tocador. Escucho el motor de un coche y me asomo a la ventana que da al jardín trasero. Ya casi es de noche, pero los veo. Él baja del coche y la mujer ya camina hacia él. Con su mano izquierda sostiene la del chico, la derecha se esmera doblemente en gestos y señales. Él asiente alarmado, mira hacia el primer piso. Me ve y, cuando me ve, yo entiendo que tenemos que movemos rápido.
—Nos vamos, mamá.
Está quitando los ganchos de la cortina del baño, pero se los saco de la mano, los tiro al piso, la agarro de la muñeca y la empujo hacia la escalera. Es algo bastante violento, nunca traté así a mi madre. Una furia nueva me empuja a la salida. Mi madre me sigue, tropezando a veces en los escalones. Los troncos están acomodados al pie de la escalera y los pateo al pasar. Llegamos al living, tomo la cartera de mi madre y salimos por la puerta principal. Ya en el coche, llegando a la esquina, me parece ver las luces de otro coche que sale de la casa y dobla en nuestra dirección. Llego al primer cruce de barro a toda velocidad y mi madre dice:
—¿Qué locura fue todo eso?
Me pregunto si se refiere a mi parte o a la suya. En un gesto de protesta, mi madre se pone el cinturón. Lleva la cartera sobre las piernas y los puños cerrados en las manijas. Me digo a mí misma, ahora te calmás, te calmás, te calmás. Busco el otro coche por el espejo retrovisor pero no veo a nadie. Quiero hablar con mi madre pero no puedo evitar gritarle.
—¿Qué estás buscando, mamá? ¿Qué es todo esto?
Ella ni se mueve. Mira seria al frente, con el entrecejo terriblemente arrugado.
—Por favor, mamá ¿qué? ¿Qué carajo hacemos en las casas de los demás?
Se escucha a lo lejos la sirena de una ambulancia.
—¿Querés uno de esos livings? ¿Eso querés? ¿El mármol de las mesadas? ¿La bendita azucarera? ¿Esos hijos inútiles? ¿Eso? ¿Qué mierda es lo que perdiste en esas casas?
Golpeo el volante. La sirena de la ambulancia se escucha más cerca y clavo las uñas en el plástico. Una vez, cuando tenía cinco años y mi madre cortó todas las calas de un jardín, se olvidó de mí sentada contra la verja y no tuvo la valentía de volver a buscarme. Esperé mucho tiempo, hasta que escuché los gritos de una alemana que salía de la casa con una escoba, y corrí. Mi madre conducía en círculos dos cuadras a la redonda, y tardamos en encontrarnos.
—Nada de todo eso —dice mi madre manteniendo la vista al frente, y es lo último que dice en todo el viaje.
La ambulancia dobla hacia nosotras unas cuadras más adelante y nos pasa a toda velocidad. Llegamos a casa media hora más tarde. Dejamos las cosas en la mesa y nos sacamos las zapatillas embarradas. La casa está fría, y desde la cocina veo a mi madre esquivar el sillón, entrar al cuarto, sentarse en su cama y estirarse para prender el radiador. Pongo agua a calentar para preparar té. Esto necesito ahora, me digo, un poco de té, y me siento junto a la hornalla a esperar. Cuando estoy poniendo el saquito en la taza suena el timbre. Es la mujer, la dueña de la casa de los tres livings. Abro y me quedo mirándola. Le pregunto cómo sabe dónde vivimos.
—Las seguí —dice mirándose los zapatos.
Tiene una actitud distinta, más frágil y paciente, y aunque abro el mosquitero para dejarla entrar no parece animarse a dar el primer paso. Miro la calle hacia ambos lados y no veo ningún coche en el que una mujer como ella podría haber venido.
—No tengo el dinero —digo.
—No —dice ella—, no se preocupe, no vine por eso. Yo… ¿Está su madre?
Escucho la puerta del cuarto cerrarse. Es un golpe fuerte, pero quizá difícil de escuchar desde la calle. Niego. Ella vuelve a mirar sus zapatos y espera.
—¿Puedo pasar? Le indico una silla junto a la mesa. Sobre las baldosas de ladrillo, sus tacos hacen un ruido distinto al de nuestros tacos, y la veo moverse con cuidado: los espacios de esta casa son más acotados y la mujer no parece sentirse cómoda. Deja su bolso sobre las piernas cruzadas.
—¿Quiere un té?
Asiente.
—Su madre… —dice.
Le acerco una taza caliente y pienso «su madre está otra vez en mi casa», «su madre quiere saber cómo pago los tapizados de cuero de todos mis sillones».
—Su madre se llevó mi azucarera —dice la mujer.
Sonríe casi a modo de disculpas, revuelve el té, lo mira pero no lo toma.
—Parece una tontería —dice—, pero, de todas las cosas de la casa, es lo único que tengo de mi madre y… —hace un sonido extraño, casi como un hipo, y los ojos se le llenan de lágrimas—, necesito esa azucarera. Tiene que devolvérmela.
Nos quedamos un momento en silencio. Ella esquiva mi mirada. Yo miro un momento hacia el patio trasero y la veo, veo a mi madre, y enseguida distraigo a la mujer para que no mire también.
—¿Quiere su azucarera? —pregunto.
—¿Está acá? —dice la mujer e inmediatamente se levanta, mira la mesada de la cocina, el living, el cuarto un poco más allá. Pero no puedo evitar pensar en lo que acabo de ver: mi madre arrodillada en la tierra bajo la ropa colgada, metiendo la azucarera en un nuevo agujero del patio.
—Si la quiere, encuéntrela usted misma —digo.
La mujer se queda mirándome, le lleva unos cuantos segundos asumir lo que acabo de decir. Después deja la cartera en la mesa y se aleja despacio. Parece costarle avanzar entre el sillón y el televisor, entre las torres de cajas apilables que hay por todos lados, como si ningún sitio fuera adecuado para empezar a buscar. Así me doy cuenta de qué es lo que quiero. Quiero que revuelva. Quiero que mueva nuestras cosas, quiero que mire, aparte y desarme. Que saque todo afuera de las cajas, que pise, que cambie de lugar, que se tire al suelo y también que llore. Y quiero que entre mi madre. Porque si mi madre entra ahora mismo, si se recompone pronto de su nuevo entierro y regresa a la cocina, la aliviará ver cómo lo hace una mujer que no tiene sus años de experiencia, ni una casa donde hacer bien este tipo de cosas, como corresponde.

(Argentina, 1978)