ESTE BLOG PERJUDICA SERIAMENTE A LA IGNORANCIA

SI QUIEREN GASTAR MENOS EN CÁRCELES, INVIERTAN MÁS EN EDUCACIÓN

lunes, 25 de mayo de 2020

RULFO, Juan: No oyes ladrar los perros


–Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. 
–No se ve nada. 
–Ya debemos estar cerca. 
–Sí, pero no se oye nada. 
–Mira bien. 
–No se ve nada. 
–Pobre de ti, Ignacio. 
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. 
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. 
-Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio. 
-Sí, pero no veo rastro de nada. 
-Me estoy cansando. 
-Bájame. 
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces. 
-¿Cómo te sientes? 
-Mal. 
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. 
Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba: 
-¿Te duele mucho? 
-Algo -contestaba él. 
Primero le había dicho: “Apéame aquí… Déjame aquí… Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco.” Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra. 
-No veo ya por dónde voy -decía él. 
Pero nadie le contestaba. 
El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo. 
-¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. 
Y el otro se quedaba callado. 
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo. 
-Éste no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio? 
-Bájame, padre. 
-¿Te sientes mal? 
-Sí. 
-Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean. 
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse. 
-Te llevaré a Tonaya. 
-Bájame. 
Su voz se hizo quedita, apenas murmuraba: 
-Quiero acostarme un rato. 
-Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. 
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo. 
-Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas. 
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar. 
-Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso… Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ése no puede ser mi hijo.” 
-Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo. 
-No veo nada. 
-Peor para ti, Ignacio. 
-Tengo sed. 
-¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír. 
-Dame agua. 
-Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo. 
-Tengo mucha sed y mucho sueño. 
-Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas. 
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolos de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara. 
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas. 
-¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. 
Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima.” ¿Pero usted, Ignacio? 

Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado. 
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros. 
-¿Y tú no los oías, Ignacio? -dijo-. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza. 

(México, 1918/1986) 



martes, 5 de mayo de 2020

MOLFINO, Miguel Ángel: En las sombrías aguas


Las grandes inundaciones del Litoral siempre trajeron fiebres y desdichas. Alguna vez arrastraron los cadáveres de los adversarios de Stroessner: se los veía pasar en su desolada deriva. Las aguas también traen historias, como la que me contó un tipo flaco, empleado de Vialidad, días atrás, cuando visité las defensas que guarecen Resistencia. Habíamos caminado entre el barro por más de dos horas, rodeados por esa viscosa pampa líquida, cuando el rápido atardecer y la tormenta nos llevó a una pobre casilla de madera. El tipo flaco preparó unos mates de ginebra. Los primeros truenos empezaron a rodar en la noche como enormes rocas despeñándose en algún abismo del cielo. Antes que lloviera, el tipo contó: “Sucedió en 1966, durante la gran inundación, ¿recuerda? La cosa fue en Puerto Vilelas: todo era agua. Los ranchos y los árboles estaban casi tapados. Eso me lo contó un pariente, un primo lejano que se ofreció como voluntario para los rescates y él mismo lo escuchó de boca del tipo que la vivió. Enloquecido estaba el hombre. Pero él no fue el primero, no. Antes hubo unos dos tipos más. Ellos fueron lo que dieron el aviso, la noticia. Pero, mejor se lo cuento en orden, seguro que le va a interesar”. “El primero que la vio, creo, fue un tipo de YPF que venía remando, al atardecer, buscando algún inundado perdido en los árboles y o en algún techo. Todo era agua, sucia, podrida. Se veían caballos y perros patas para arriba, flotando tiesos, muertos. De pronto el fulano divisa una silueta sobre el tirante del techo de un rancho. Rema y se aproxima. Cuando se halla a metros, se entera de que la silueta es una mujer, vieja, muy vieja, acuclillada sobre el parante, vestida con trapos. El de YPF le grita que baje, que él la va a llevar a tierra firme. La vieja le responde que no, porque está esperando al hijo, que el hijo no tardará en llegar a buscarla en su canoa. El de YPF insiste: señora, usted debe estar cansada, yo la llevo y su hijo la encontrará después en el albergue. Y la vieja que nada. No hubo caso. El tipo, al regresar, informa que en tal lado hay una señora anciana sobre un techo y que se niega a ser socorrida”. “A los días de esto, otro hombre afectado a las tareas del salvataje, cruza en su canoa por el lugar: la mujer todavía estaba ahí. El tipo, sin saber que otro ya lo había intentado, quiere bajarla del techo pero la vieja, a los gritos, dice que no, que su hijo no tardará en buscarla. El hombre no quiere entrar en razones y la vieja le muerde una mano. Entonces se marcha, dejándola sola una vez más, sobre el techo, rodeada de agua, litros y litros de agua inundada. Lo que mi pariente me contó fue que la mordedura de la vieja por poco lo mata: se le infectó, le subió fiebre y terminó en el Hospital Perrando. Pero lo más horrible sucedió con el tercero, con el tercer tipo que encontró a la vieja”. Ya llovía como si el cielo se hubiera desfondado. El mate de ginebra y el tabaco parecían espesar el relato. Y la cosa siguió así: “El tercero fue un tal Balmaceda, un obrero de la taninera que andaba en canoa estibando dos o tres chirimbolos que había logrado salvar de su hogar. Casi era de noche. El hombre iba armado con un 22. Como había muchas víboras o por las dudas, iba calzado. Su canoa, casi perdida en la inmensidad del agua y la oscuridad, cruza por el rancho, por el techo donde todavía se encontraba la vieja. La ve y se pega un julepe que ni le cuento. La descubre vieja y ahí la invita a llevarla. La mujer se niega con lo de siempre. No es hora para esperar al hijo, piensa el fulano. Entonces decide llevarla por la fuerza. Se trepa al techo deshecho y cuando menos lo espera, la vieja grita salvajemente y saca una cuchilla. El tipo, del susto, cae al agua, bracea y sube a su canoa. La vieja parece que va a tirársele encima, gritando como un carancho; y el tipo, cagado en las patas, saca el 22 y tira, tira. La vieja cae al agua. Regresa despavorido. Él no había querido matarla. Cuando llega a la zona de los puestos sanitarios, se encuentra con mi pariente y le cuenta lo sucedido. Gran revuelo. Viene la policía. La cana lo detiene. Al otro día una patrulla busca el cuerpo de la vieja y no lo encuentra. El pobre tipo, por supuesto, sigue en cana hasta que la versión da vueltas entre los inundados. Un viejo bien viejo, alojado en un albergue cercano a Barranqueras, se entera y va hasta la comisaría. Allí cuenta que el tipo no ha matado a nadie. Recuerdo —dice el viejo— la inundación de 1905 y una cosa terrible. La que le pasó a una vecina, una vieja que quedó esperando al hijo sobre un parante del rancho. El hijo volvió, sí, pero para matarla. Con una cuchilla, tal vez la misma con que quiso atacar esa última noche, donde los tiros apagaron el ánima”.

(Saladillo, Buenos Aires, 1949) 



miércoles, 22 de abril de 2020

LA OSCURA HISTORIA DETRÁS DE LA TITA Y LA RHODESIA




Mitos, leyendas (de esas que van de boca en boca, anónimas, y que se van “enriqueciendo” cual teléfono descompuesto) o verdades, un poco de todo, quién sabe, o quizás un verdadero culebrón, pero no deja de ser simpática la historia que compartiremos a continuación:

La fabricación de galletitas para consumo masivo comenzó en 1875 de la mano de Bagley, cuando por una resolución del ministerio de Economía, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, se eximió a la compañía del estadounidense Melville Sewell Bagley, del pago de impuestos aduaneros para que pudiera importar las maquinarias necesarias para elaborar aquí ese alimento que hasta ese momento se importaba del Reino Unido.
La primera galletita lanzada por Bagley en la Argentina se llamaba “Lola” y se hizo muy popular. El Perito Moreno llevaba galletitas “Lola” a sus expediciones y le convidaba a los tehuelches. Decían que era tan sana, por no tener agregados artificiales, que era parte de la dieta de los hospitales. Precisamente, cuentan que mientras un enfermero trasladaba en una camilla a un paciente que acababa de morir rumbo a la morgue, un visitante que pasaba, acotó: “Este no quiere más Lola”, dando origen a esa frase que describe a alguien se dio por vencido.
La Argentina es el país del mundo con mayor consumo de galletitas. Cada uno de nosotros se come, por año, entre 12 y 13 kilos de este alimento.
Posiblemente no existan, para el paladar de los consumidores argentinos, golosinas clásicas tan populares como la “Tita” y la “Rhodesia”. A través de los años ambas se han ganado el cariño y simpatía de un pueblo entero, pero la desconocida historia detrás de estas golosinas revela oscuros entramados de infidelidades, asesinatos y envidias.
La “Tita” fue creada por Edelmiro Carlos Rhodesia en 1949 y la “Rhodesia” nació posteriormente, cuando la fábrica ya estaba en manos de Terrabusi. Rhodesia fue un joven empresario, pionero en la industria alimenticia argentina hacia finales de los años 40. Nació en Lobos, provincia de Buenos Aires, a principios de siglo XX y después de finalizar una carrera militar sin grandes lauros vuelve a su ciudad natal donde funda una pequeña compañía. En 1943 conoce a una viuda con la que se casaría dos años después, Lidia Martínez de Terrabusi.
Ni fueron felices ni comieron perdices, aunque sí, galletitas. Lidia engañaba a Rodhesia descaradamente. A tal punto que esas infidelidades dieron origen a la hasta hoy comercializada galletita “Melba”. La historia cuenta que en 1947 nace la primera y única hija del matrimonio, a la que bautizan “Melba”. Pues bien, Edelmiro Carlos Rodhesia advierte que la niña no se parecía mucho a él, ya que tenía un color de piel oscuro, muy diferente a su tez blanca. Esto le genera grandes conflictos y discusiones con su esposa sobre la paternidad de su hija. Por eso las galletitas “Melba” son oscuras, de chocolate con relleno sabor a limón, casi una metáfora de acidez entre la dulzura.
Una tarde de 1949, Rhodesia decide preparar un postre casero que había aprendido a cocinar en sus años de estudiante. El postre consistía en dos galletitas dulces rellenas recubiertas con un baño de chocolate. Melba, la niña que entonces tenía dos años, al no poder pronunciar correctamente la palabra galletita, la nombraba “Tita”, y fue así como la preparación fue bautizada.
El éxito de la empresa fue inmediato, y sus ventas se multiplicaron enormemente con la llegada de la televisión. Pero no todos veían con buenos ojos el ascenso de Rhodesia. Los Bagley, familia tradicional productora de golosinas, sufrió increíbles pérdidas y estuvo cerca de declararse en bancarrota.
Rodhesia fue asesinado. No hay datos ciertos sobre las circunstancias de un homicidio que hasta el día de hoy fue acallado por sus protagonistas. Pero según la investigación del profesor Ricardo Bordato, en marzo de 1956 Roberto Bagley, un impulsivo joven heredero de la fortuna de su familia, disparó repetidas veces sobre la espalda de Edelmiro Carlos mientras este preparaba el dulce de leche repostero. Edelmiro Carlos murió al instante, Bagley estuvo prófugo varios meses hasta que fue capturado en Holanda.
En marzo de 1959 Lidia Martínez, viuda de Rodhesia, vendió la empresa de Edelmiro Carlos al primo de su primer exmarido, José Félix Terrabusi y posteriormente la empresa lanzó la golosina “Rhodesia” en honor a aquel mártir, el 1º de julio de 1974, aunque muchos afirman recordar la “Rhodesia” desde alrededor de 1962.
Hasta el momento de su fallecimiento en 1989, Lidia jamás hizo declaraciones públicas sobre el asesinato de su último marido, algo que para todos, sencillamente sigue siendo un misterio.
Lo cierto es que de todo este lío, quedó una hija, una señora de 70 años que vaya a saber por dónde andará y que, tras su tragedia ostenta como nombres propios, los de dos galletitas: Melba Rodhesia.

miércoles, 15 de abril de 2020

CABEZÓN CÁMARA, Gabriela: Criminal



Lo que se ve es una bolsa, transparente pero empañada. Respira. Se escucha eso, una aspiración esforzada, la bolsa queda pegada como un chicle explotado a algo que parece una cara, y enseguida la espiración, el globo. Si solo hubiera sonido podría pensarse en un ejercicio de meditación. Pero está la imagen, la bolsa que se infla y se desinfla tapizada de gotas microscópicas. 
—Dejalo así. 
Se aleja la cámara, y entran más cosas. Es un chico aspirando pegamento. Está sentado en unos escalones. Un poco sucio, con las zapatillas rotas, la ropa que le queda grande, un perrito que le lame la cara cuando se desvanece, o eso parece, acostado en la escalera. El animal gime y lo sigue lamiendo. Parece asustado. 
—Esto entra. Poné el arma adelante. 
En un ángulo mal iluminado estaba. Así, en primer plano, el arma es gigante al lado del pie del chico, que debe tener unos diez, a lo mejor más pero con estos pibes nunca se sabe, no crecen bien. El perro se acuesta arriba del cuerpito como si quisiera darle calor. Le está dando calor. Es un animal flaco también, costilludo, orejón y dorado. El pibe respira con dificultad pero poco a poco va recuperando un ritmo tranquilo, como si el corazón del perro se lo marcara. 
—Que no se le vea la cara todavía. 
Se lo marcaría el corazón del perro porque la vuelta a la conciencia del pibe se aprecia primero en la cola del animal, que se mueve entusiasta. Alegre incluso. Se para y le lame la cara con énfasis. El chico se tapa y se ríe. Colita, le dice, pará, Colita, mientras abraza al animal. Recién cuando se incorpora, se acuerda de que hay gente ahí con él, hay una cámara. Se pone serio y agarra el revólver. 
—Casi te llevamos al hospital. 
—No, al hospital no me llevás ni ahí o te cueteo. 
Agarra el arma y casi inmediatamente se le cae. Es pesada y él todavía no recuperó toda su fuerza. Se escuchan ruidos. 
—Tené cuidado con eso. 
—¿Qué, tenés miedo vos, puto? 
—Sacá la voz de Lolo, dejalo al pibe hablando solo. 
Pasa la secuencia editada. Se ve la cara del pibe en primer plano. Se le caen los mocos, está agitado, tiene los ojos redondos, los pelos negros parados, las mejillas sucias, serruchito en las puntas de los dientes. Algunos le faltan. Todavía no le crecieron, o los perdió. Corte. Está parado, con el arma en la mano. Dice: “No, al hospital no me llevás ni ahí o te cueteo. ¿Qué, tenés miedo vos, puto?”. 
—Quedó bien. Dale, poné toda la carne que nos quedan quince minutos. 
Las imágenes se suceden con vértigo, parecen de videojuego. Se ve al pibe caminando por las calles sucias de un barrio precario como un pac-man avanzando un laberinto enloquecido, de pasillos angostos bordeados de chapas y paredes a medias de ladrillos y a medias de cualquier cosa. La cámara lo toma de espaldas. Como señales de tránsito a toda velocidad se ven manos que sales de las casillas agitando saludos. Apenas visibles, entran y salen de cuadro los azules de los uniformes de la policía y el gris de un traje de un tipo de traje. Llegan a una esquina. 
—Pará, pará. 
Otra vez la cara del pibe que mira a la cámara y a los que están atrás como no sabiendo qué hacer, como perdido. El perrito no se le separa, está parado a su lado pero no está perdido, está tenso, como amenazado. Se ve una mano con anillos grandes, la de Lolo, alcanzarle una hamburguesa y una Coca al pibe, otra hamburguesa para el animal. El nene se la come medio desesperado, con la boca abierta, se ven los pedazos de pan y de carne dándole vueltas entre la legua y los dientes. El perro desconfía, huele con insistencia lo que le tiraron, pero al final gana el hambre y se la come. 
—Contame otra vez lo que me dijiste antes, lo del transa, ¿te animás? 
—Claro que me animo. Yo no le tengo miedo a nada. Maté a uno pero no me hicieron la denuncia porque era un transa. No me quiso regalar una bolsita de droga y se lo di en la boca. Le di un tiro por acá, que le salió por acá. 
—¿Y robaste? ¿Por qué robaste? 
—Porque estaba aburrido. 
El perrito sigue inquieto, da vueltas alrededor del pibe. En un costado está estacionado un patrullero. Sigue hablando el chico. El de las hamburguesas le pregunta si no le tiene miedo a la policía. 
—No lo tengo miedo a nada, ya te dije. Yo tengo más años que lo que entrenaron ellos, no saben manejar una pistola. Yo sí sé, ya la viste a la mía, es una Bersa Thunder, con regulación automática, para que no te tire para atrás. 
—Sacá lo de la comida, sacá la voz de Lolo, blureale la cara al pibito y dejá lo demás hasta la pistola y ahí cortamos. En cinco nos dan aire. 
El técnico hace lo que le dicen y se van de la cabina de edición. La película sigue sin que nadie la mire. El chico termina de hablar y se desinfla, como la bolsita que aspiraba al principio. Lolo se le acerca con otra botella de Coca. El perro se decide, le salta y le muerde un hombro. El tipo le pega dos patadas y el animal queda hecho un bollo. El chico llora con el revólver en la mano. Lo apoya en el piso para abrazar al perrito que gime. La pantalla se pone negra. 

(Argentina, 1968)


GIAGANTI, Silvina: Meterte en el mar




Pienso que escribir
es como meterte en el mar:
primero el agua
está helada,
pero a medida que te metés
y permanecés
se va poniendo calentita

Pienso que también
es una forma de pasar
sin mucho dolor
por este barro.

Y también pienso
que escribir
es hablar de amor
cuando se termina.

(Avellaneda, 1976)


sábado, 29 de febrero de 2020

QUIRÓS, Mariano: Toda la luz mala


De la luz mala se dicen muchas cosas. Que se aparece al amanecer, a los hombres de campo que vienen de la joda. Que tiene cara de perro enfermo de rabia. Que no tiene cara, o bien que no se la puede mirar a la cara. O que simplemente no se la puede ver, que es un resplandor que te agarra por atrás y te arrastra y que no sirve hacerle resistencia. También se dice que en realidad es un viento, un viento que enceguece y que por eso se confunde con una luz. O se dice que es un fantasma, un alma en pena que se alimenta de las penas de otros hombres. Se dicen muchas otras cosas. Algunas son más o menos ciertas, pero lo único irrefutable es que, una vez vista la luz mala, algo cambia en tu vida. Las cosas, las personas, el mundo alrededor. Cambia todo. Yo lo sé y puedo afirmarlo porque yo vi la luz mala.
Habíamos ido con mamá a pasar parte del verano en casa de los abuelos, que vivían en un campo de Colonia Benítez. A mí nunca me gustó la vida de campo, pero mamá decía que era lo mejor para mi crecimiento y mi cabeza.
Los olores, el rocío a la mañana, el ruido de los insectos, el sol que te quema o que no brilla nada, todo eso me invadía –y aún hoy me invade– como una gran nube tóxica. Supongo que era mi alergia, pero mamá lo adjudicaba a nuestras dificultades económicas y a la ausencia de una imagen paterna fuerte. 
Mi abuelo quería llenar eso que mamá llamaba “mi vacío”. El pobre viejo se empeñaba en enseñarme la vida de campo. “Vida de gaucho”, decía. Que ordeñara vacas y que anduviera a caballo eran sus maneras de hacerme hombre. 
A mí los animales me daban una mezcla de asco y miedo. Temía que a una vaca le diera por cagar mientras yo le manoseaba la ubre o que, en un ataque de rebeldía, algún caballo me diera una mordida o un golpe de coz. O peor, que una vez arriba el caballo no atendiera mis órdenes, que se largara a trotar en cualquier dirección y que me encontraran a muchos kilómetros de la casa, asustado y pavote.
Pero nunca pasó nada, el abuelo tenía bien claro el tema. Sabía cuál era el caballo ideal para un chico, sabía que no hay animal más noble que una vaca.
Mi actividad preferida –o menos odiosa–, era ayudar a la abuela con las plantas del jardín. Regar, limpiar la maleza, emprolijar arbustos, esas cosas quizá más delicadas que las propuestas por mi abuelo. 
Mi abuela recorría el jardín tarareando melodías de María Elena Walsh. Desde las más elementales –Manuelita la tortuga, Osías el osito– hasta las de apariencia y tono más sofisticado. 
Refugiada en la galería, y siempre con un cigarrillo colgándole en la boca, mamá estudiaba mis movimientos con preocupación. Prefería verme pasar el rato con el abuelo. 
Cuando la insistencia del viejo era mucha, no me quedaba más remedio que hacer tripas corazón y subir a un caballo. Entonces la sonrisa de mamá, sus palabras de aliento –“Eso mi chiquito, al galope mi chiquito”–, se hacían luminosas. Una combinación de miedo y euforia que, cosa rara, la llenaba de alegría. Si soporté aquellas cabalgatas fue solo para verla más contenta.
Cada noche, después que cenábamos, a los dos, a mi abuela y a mi abuelo, les daba por contarnos historias del monte, de las cosas buenas y malas que uno podía encontrar llevando una vida como la que llevaban ellos. “Vida sana”, decía la abuela, pero a mí sus historias no hacían más que asustarme. En todas había gente que, por no saber comportarse, acababa padeciendo alguna desgracia. Hombres que por cazar algún tipo de animal inconveniente –una cotorra, por ejemplo– perdían el don del habla y, en vez de palabras, les salían como gritos de pájaro loco. O parejas que usurpaban algún pedazo de tierra, levantaban un rancho y después los hijos les venían deformes o con algún retraso. 
Llegaba un punto en que mamá, ocupada lavando platos, les pedía que la cortaran, que sus cuentos no tenían gracia alguna. Entonces los dos viejos largaban altas carcajadas y decían cosas como que, bueno, ya iba siendo tiempo de que yo conociera el mundo tal y como era. 
Un poco por eso, digo yo, es que el abuelo no dio lugar a una negativa la mañana de la luz mala. Una vaca y su ternero se habían perdido monte adentro, quizá a orillas del río. Antes que mandar a que los busque un peón, el abuelo prefirió que nos encargáramos nosotros, él y yo.
––De paso paseás un poco ––dijo––, paseás y te hacés hombre.
El abuelo bautizaba a sus caballos –tenía cuatro– con nombres portentosos y un poco obvios. El mío se llamaba Corcel, un criollito bien alimentado al que yo no le veía nada de particular. Sin embargo, el abuelo decía que todos los caballos eran seres especiales, que no había que tratarlos como personas sino como a seres místicos, casi casi como a dioses. Con semejante idea, el abuelo no hacía más que alimentar mi miedo y aprensión a los caballos.
Salimos antes que amaneciera. Apenas si una línea rojiza se insinuaba lejos, en el horizonte. Recuerdo las caras de mamá y de la abuela al verme sobre Corcel. Sentían lástima por mí, pero por alguna razón consideraban que aquello –que yo saliera con el abuelo de excursión– era lo adecuado.
Mamá se acercó y revisó que la cincha de mi caballo estuviese bien ajustada. Ya lo había hecho, pero usó su preocupación como excusa para hablarme al oído.
––No te olvides cuánto te quiere tu mamá ––me dijo.
Más tarde sentiría esas palabras de mamá como algo premonitorio o quizá como una lisa y llana advertencia. 
El abuelo pegó dos palmadas en las ancas de Corcel y al fin partimos. 
Nuestra idea –idea del abuelo, por supuesto– era encaminarnos por el breve monte en dirección al río. Una vez allí, si es que no encontrábamos antes a los animales, bordearlo hasta llegar más o menos a la altura de la ruta.
––Si entonces no aparecen ––dijo el abuelo—es que me los cuatrerearon. 
Si todo iba bien, calculó después, para la tardecita estaríamos de vuelta.
Marchábamos al trote, en calma, quisiera decir que disfrutando del incipiente amanecer, del aire nuevo del día nuevo. Pero no había disfrute alguno. Me atormentaba, de hecho, la obligación de pasarlo bien, de mostrarme a gusto con la expedición.
El abuelo quiso distraerme con sus historias del campo, historias que, aquella mañana, sentí escabrosas como nunca. El nombre del río, por ejemplo: Tragadero.
––Un río que traga las cosas ––dijo, impostando un tono solemne con el que pretendía impresionarme––. Traga personas y animales.
Pero a mí no me importaba el río. Mi única preocupación era mantenerme equilibrado sobre Corcel. Me sentía flojo sobre la silla de montar, como inestable. Me asustaba la idea de ir volcándome de a poco hacia un lado hasta quedar cabeza abajo, con el mundo patas arriba y los genitales del caballo muy cerca de mi cara. Y que el caballo no detuviera su andar. O la idea más común de caerme y no saber soltar las riendas a tiempo, que Corcel me arrastrara como a un forajido del lejano Oeste.
Y me preocupaba, sobre todo, que el abuelo presenciara mi accidente, mi grandísima estupidez.
Por eso mi pose rígida, mi cara de preocupación, que el abuelo intentó disipar con más historias del río. Me habló de la cantidad de peones ahogados en el Tragadero.
––Por idiotas ––dijo––: tipos que no saben nadar y que se mandan al agua así, a lo bruto.
Me contó de hombres desesperados que, por salvar una vaca estancada en el barro del fondo, se largaron al rescate y chau, el río se los tragó. A la vaca y a ellos. Pero igual, dijo mi abuelo, de no salvar a la vaca también la pasaban mal. 
––Es que no eran suyas, las vacas ––me explicó––. Y andá decile a tu patrón que le perdiste un animal.
Por eso, según el abuelo, muchos peones preferían esconderse en el monte antes que afrontar la cagada que se mandaron.
––Y son gente tan bruta ––remató––, que en vez de apuntar para otro lado se quedan por acá, brutos y enloquecidos.
Mi abuelo era un buen hombre, una persona trabajadora, pero a veces yo lo sentía cruel. Como lleno de resentimiento.
Nos adentramos al monte con los primeros rayos de sol, que se filtraban por entre las ramas de los árboles –chivatos y lapachos en su mayoría– y nos complicaban la vista. 
El monte era un lugar sucio. Pese a estar apartado de todo, había restos de basura, escombros y golpes de olor a podrido. Pero un olor a podrido de ciudad, como a polución y caños de escape. El olor que anuncia a la luz mala.
Yo venía distraído. Supongo que pensar en el monte, en su muy particular extrañeza, me hizo olvidar por un momento el miedo al caballo. O quizá trasladó ese miedo a una cosa más intangible y más rara. 
O bien puede que sea un poder de la luz mala: hacernos olvidar el mundo por un rato para devolvernos a él súbitamente, aunque acabe por devolvernos a un mundo distinto, un mundo más terrible.
El abuelo cerró el pico –venía hablando de peones y cuatreros, de las cosas que están bien y de las cosas que están mal en la vida de campo– y me apretó un brazo. Un apretón lleno de pánico. Estábamos frente a la luz mala. Recostada en un árbol, oronda y a la vez enloquecida, la luz mala nos apuntaba con el dedo índice de su mano derecha.
Quisiera ser claro: la luz mala es un hombre, tiene cara y cuerpo de hombre. Tiene ojos, manos y piernas. Viste mal, su ropa es vieja y mugrienta. También usa una barba sucia y larga, una barba de pordiosero. La luz mala parece un linyera. Es un hombre. Pero no es un hombre. Si ustedes no ven la luz mala, es difícil de explicar. Uno simplemente sabe que está frente a la luz mala, y es frustrante y triste que los demás no puedan sentirlo. Por eso es que sufro tanto. 
––Quieto, quietito que es la luz mala ––me susurró el abuelo, como si yo no me hubiera dado cuenta––. Rezá conmigo.
Y nos largamos a rezar. En realidad rezó el abuelo, porque yo no pude. La luz mala me había dejado duro, muerto de miedo. Sentí caliente la entrepierna y comprendí que me estaba meando encima. También sentí ganas de llorar y tuve la certeza de que nunca encontraríamos a la vaca y su ternero.
––…venga a nosotros Tu Reino… ––recitaba el abuelo.
La luz mala nos miró con odio. Los ojos se le pusieron colorados, como con derrame, y dijo algo que no alcancé a descifrar pero que entendí como algún tipo de maldición o cosa parecida.
El abuelo hizo un esfuerzo –vi que sudaba, que las venas del cogote le vibraban, tensas, a punto de explotar– y elevó el tono de su rezo. Casi una súplica:
––¡…líbranos del Mal!
Antes de apagarse –o lo que fuera que hace al emprender su retirada–, la luz mala respondió al rezo de mi abuelo con un grito estruendoso. Algo como un sapucai, pero un sapucai lleno de espanto y desesperación.
Después desapareció.
El abuelo y yo tardamos cosa de un minuto en reaccionar. Cuando me preguntó cómo estaba, cómo me sentía, otra vez no pude pronunciar palabra. Respondí apenas con un gemido apagado, una especie de hipido, y después me largué a llorar. Lloré un buen rato, con espasmos pero en silencio. El abuelo me acarició la cabeza y me dijo, varias veces, “está bien, ya pasó, está bien”. Aunque no, nada estaba bien. 
Todavía lloraba cuando volvimos a la casa. Con un trapo humedecido, la abuela me refrescó la frente. También tarareó la Canción del estornudo. Como nunca antes, la melodía me sonó estúpida y tuve ganas de maltratar a mi pobre abuela. Si al final no lo hice, fue por el terrible ardor estomacal que empecé a sentir en ese preciso momento y que, desde entonces, ya nunca dejé de padecer.
Mamá, mientras tanto, no paraba de llorar y no hacía más que pedirme perdón. Se culpaba por hacerme andar a caballo, por obligarme a una vida que –pese a mi niñez, era ya evidente– poco tenía que ver conmigo.
––No fue tu culpa ––quiso tranquilizarla el abuelo––, fue la luz mala.
Afligido en un rincón, el viejo pelaba una naranja y la comía despacio, como empujando con la lengua cada gajo, de un lado a otro de la boca. Una manera de comer que, de apenas observarla, incrementó mi malestar. También al abuelo tuve ganas de maltratarlo. Parecía, de repente, un hombre derrotado. O lo que yo entiendo ahora, muchos años después, como un hombre derrotado. 
Mamá no quiso que nos quedáramos más tiempo en Colonia Benítez. “Lugar espantoso, lugar de mierda”, le oí susurrar mientras ordenaba nuestros bártulos. Apenas si nos despedimos de los abuelos que, las caras desencajadas, nos miraban como si mamá y yo fuésemos puros extraños. 
Volvimos a Resistencia esa misma tarde y mamá me prohibió hablar de la luz mala. Fue tajante:
––Con nadie ––me ordenó––, no hablés de la luz mala con nadie.
Y yo me quedé callado el resto del verano, con toda la luz mala adentro mío.

(Resistencia, Chaco, 1979)



lunes, 9 de diciembre de 2019

CASCIARI, Hernán: El día en que un lector se me murió de muerte natural

BENEDETTI, Mario: Como árboles


Quién hubiera dicho
que estos poemas de otros
iban a ser
míos

después de todo hay hombres que no fui
y sin embargo quise ser
si no por una vida al menos por un rato
o por un parpadeo

en cambio hay hombres que fui
y ya no soy ni puedo ser
y esto no siempre es un avance
a veces es una tristeza

hay deseos profundos y nonatos
que prolongué como coordenadas
hay fantasías que me prometí
y desgraciadamente no he cumplido
y otras que me cumplí sin
prometérmelas

hay rostros de verdad
que alumbraron mis fábulas
rostros que no vi más pero siguieron
vigilándome desde
la letra en que los puse

hay fantasmas de carne otros de hueso
también hay los de lumbre y corazón
o sea cuerpos en pena almas en júbilo
que vi o toqué o simplemente puse
a secar
a vivir
a gozar
a morirse

pero además está lo que advertí de lejos
yo también escuché una paloma
que era de otros diluvios
yo también destrocé un paraíso
que era de otras infancias
yo también gemí un sueño

que era de otros amores
así pues
desde este misterioso confín de la
existencia
los otros me ampararon como árboles
con nidos o sin nidos
poco importa
no me dieron envidia sino frutos
esos otros están
aquí

sus poemas
son mentiras de a puño
son verdades piadosas

están aquí
rodeándome
juzgándome
con las pobres palabras que les di

hombres que miran tierra y cielo
a través de la niebla
o sin sus anteojos
también a mí me miran
con la pobre mirada que les di

son otros que están fuera de mi reino
claro
pero además
estoy en ellos

a veces tienen lo que nunca tuve
a veces aman lo que quise amar

a veces odian lo que estoy odiando

de pronto me parecen lejanos
tan remotos
que me dan vértigo y melancolía
y los veo minados por un duelo sin
llanto
y otras veces en cambio
los presiento tan cerca
que miro por sus ojos
y toco por sus manos
y cuando odian me alegro de su rencor
y cuando aman me arrimo a su alegría

quién hubiera dicho
que estos poemas míos
iban a ser
de otros.

Mario Benedetti
(Uruguay, 1920/2009)


WALSH, María Elena: Infancia y bibliofobia


La vida sin estadísticas equivale al Paraíso. La amarga manzana de los números nos destierra a la realidad. Según ella, casi el 80% de nuestros niños carece del hábito de la lectura.
Por suerte, la noticia fue olvidada bajo la avalancha de novedades apocalípticas que siguieron.
En la barriada de Villa Freud —meridiano de las inquietudes culturales porteñas— vecinos hubo que mesáronse los cabellos y pusieron el grito en el cielo de ascensores y pasillos. Después de algunas sesiones suplementarias de terapia y de culpar debidamente a la TV, todo siguió igual, con la calma que sucede a las catástrofes. Sería oportuno preguntarse si alguna vez existieron niños lectores, y si al adulto le importa que contraigan tan impertinente vicio, a contramano del mundo en que vivimos.
El problema poco tiene que ver con los chicos. El problema consiste en que nuestra sociedad aborrece la cultura, y lo disimula aparentando reverencia por los intelectuales y la Feria del Libro.
El modesto gueto de los lectores sobrevive penosamente a las diversas agresiones que procuran su aniquilamiento. La agresión de las clases mandantes, que mantienen a oscuras a sus subordinados porque todo lector es un disidente en potencia. La de grupos que, de manera ancestral, desconfían del libro (o Código) y de la persona “léida” como causante de sus desdichas. El lema “Alpargatas sí, libros no” sigue vigente, sustituibles las honradas alpargatas por Addidas y botas. La frase sintetiza nuestra imbatible irracionalidad: siempre la opción, jamás la suma.
Además de estas enemistades, hay que enfrentar la peor: la artillería industrial que procura reemplazar el libro por cualquier bazofia impresa de venta fácil y compulsiva.
Los niños lectores fueron siempre un minúsculo reducto de “raros”. No abundaban en la era pretelevisiva, casi diría que escaseaban más que hoy, cuando los estímulos abundan gracias a un natural progreso económico y social, y pese a él.
El niño lector, lamento decirlo, no puede surgir sino de una casa donde haya libros y se usen. No importa qué libros: recetarios, novelones, tratados, enciclopedias. Pero libros. Y que los mayores los devoren, manoseen, presten y comenten.
En otras épocas y latitudes, en toda casa había por lo menos uno: la Biblia, y solía leerse en familia. Con él bastaba y sobraba. Habrá quien diga que no es lectura para menores. En ese caso, que cambie a Sansón por el Increíble Hulk, y todos felices.
Si a nuestra sociedad le preocupara en serio el hábito de la lectura en los chicos, procuraría no seguir fomentando la existencia de madres ignorantes. A la mujer se la disuade firmemente, por todos los medios, de cultivarse en profundidad. Pocos serán los hijos acostumbrados a ver —e imitar— a su santa madre dedicada a la lectura, a respetar lo que significan concentración, paciencia y soledad.
Los vecinos de Villa Freud, fervorosos del prestigio cultural, epidérmicamente aspiran a que el nene resulte un elegido de las musas. Pero suelen descuidar el largo trecho que debe recorrer hasta devenir intelectual laureado, digno de almorzar con Mirtha Legrand. La discriminación sexual todo lo degenera. Un varón que prefiera leer a patear una pelota puede resultar sospechoso de afeminamiento y hasta se teme por su salud. A una nena entusiasmada con una novela se le sugerirá que “no se quede tanto tiempo sentada sin hacer nada (sic), que ayude en las tareas domésticas, etcétera”.
Por otra parte, los adultos justifican la falta de tiempo de sus niños, agobiados por una intensísima vida social: unos cinco cumpleaños semanales con disc-jockeys y luces sicodélicas, salidas a comprar la ropa de moda esa quincena, cines, teatros y compromisos diversos en quintas, campos de deportes, confiterías y otras intoxicaciones.
Esta vida social no parece destinada al intercambio de afectos sino a la afirmación del status de los padres. Aturdimiento y frivolidad no son invenciones infantiles sino males adquiridos por contagio o herencia. Los niños, como dice Bachelard, necesitan “aburrirse” en su sentido creativo, pero casi nunca lo consiguen, ocupados como están en representar sus papeles para que sus padres no hagan papelones.
En la otra punta del ovillo figura la deserción escolar de menores obligados a trabajar, pero desconocemos la estadística, por lo tanto no existen y seguimos en Villa Freud.
Los adultos dicen también que no tienen tiempo para leer. Eso sí, lo dicen con tono culposo y hacen bien porque el doble mensaje es claro y canallesco: los que tenemos tiempo para leer somos vagos, ociosos y mal entretenidos, como Juan Moreira.
Sin embargo, poca gente hay tan cruelmente ocupada como los lectores. En su mayoría sufren de pluriempleo y maratón laboral, porque justamente ese hábito, entre otros, les ha impedido labrarse un presente justipreciable en dólares y generador de perpetua vacación.
Inútil sería agregar que las llamadas clases ociosas o del jet-set dudosamente abrieron un libro en sus vidas, salvo quizás el de sus propias memorias escritas por alguien de la servidumbre.
Nuestra sociedad aborrece el libro, sí. No es la TV su enemiga natural, como si se tratara de un aparato autocomandado. La sociedad expresa su aborrecimiento a través de medios como la TV, que es algo muy distinto. El libro y los medios de difusión no tendrían por qué ser antagónicos sino complementarios. Pero la ausencia de política cultural, que fomenta la disyuntiva, está llena de significado y no de distracción o ineficiencia.
Las raras veces que en TV se representa a un personaje lector, se lo ridiculiza y convierte en el “traga”, el idiota de la familia. Los anteojos suelen usarse como símbolo de torpeza. ¡Hasta Leonardo da Vinci fue telebiografiado en permanente actitud de papar moscas, sin abrir jamás un libro!
Algunas madres sinceramente preocupadas porque sus hijos no leen, transfieren el problema hacia la elección de lecturas. Las más avispadas consultan a asesores de determinadas editoriales… que por cierto les recomiendan los libros editados por el patroncito.
Aunque los consejos fastidian, y en este caso especialmente a la consejera, les diría que empezaran por leer ellas, las madres, si aún no lo hacen. O que recuperaran tan grato vicio si lo perdieron, y que los platos los lave Magoya.
En segundo lugar, que los chicos deben leer de todo, siempre que lo entiendan y les guste, porque la lectura es placer y no obligación.
Personas archilectoras y supercultas están de acuerdo en que uno se pasa la vida aprendiendo a elegir, y que el llamado gusto o acierto de la madurez puede emanar de una afición infantil por libros de dudoso mérito. Pero libros.
Si la madre no lee puede al menos evitar que sus hijos se contaminen hasta el hueso de la espesa bibliofobia reinante.
Por ejemplo, el mes de marzo trae un vendaval de quejas a Villa Freud. Regresan todos de distintos lugares del planeta, cargados con los más insensatos productos. Y de pronto ¡hay que comprar los libros para la escuela, que están, naturalmente, carísimos (mucho más que los marfiles en Sudáfrica o la porcelana en Miami) y esa loca de la maestra que se los exige a los chicos!
El nene, de paso cañazo, aprende a detestar a los dos máximos afrentes de tortura, según sus mayores: la maestra —que generalmente es loca— y el libro —que siempre es carísimo—. Y así el nene se va integrando sin desajustes en una comunidad que solo venera la guerra, el deporte, la propiedad y la velocidad.
A todo esto, en las antípodas de Villa Freud, el changuito seguirá preguntándose: “¿Qué cosa sabrá ser un libro?” Si alguien le contara en qué consiste una biblioteca infantil (en Dinamarca, por ejemplo) escucharía fascinado la fábula marciana. Fábula agonizante, por otra parte, porque ya estamos en el reino de los gabinetes de lectura con computadoras, pantallas, microfilmes, etcétera.
El niño lector es un bicho raro, y a la familia nadie le enseña a cultivarlo sin aprensión. El pequeño corre el riesgo de ser alguien “feliz en palabras, por lo tanto desdichado en hechos” (Bachelard).
Primero Proust y luego Victoria Ocampo celebraron los recuerdos unidos a lugares de lectura: patios, jardines, espacios que, si hoy escasean, podrían ser reemplazados por ese segundo hogar de las bibliotecas ¡ay! ausentes como la paz del alma e indeseadas como la música clásica.
La lectura no da plata, no da prestigio, no es canjeable, no sirve para nada. Es una manera de vivir, y los que de esa manera vivimos querríamos inculcarla en el niño y contagiarla al prójimo, como buenos viciosos.
Nada quisimos ganar con la lectura, sino seguir leyendo. Solo aspiramos a no morir antes de llegar al final de Los Miserables. Por ese hábito perdimos trenes, empleos, novios, concursos, status, ascensos y días de sol.
Nos hicimos niños en La Cabaña del Tío Tom y adolescentes con un implacable padre llamado Martínez Estrada, que nos enseñó que Dios no es argentino.
Preferimos el oprobio antes que abandonar a mitad de camino a la heredera de Washington Square o traicionar a Iván Karamazov. Nos hicimos mujeres con Simone de Beauvoir, y hombres enganchándonos en los barcos de Conrad.
Ahora, cuando intercambiamos en el gueto páginas y comentarios, con la secreta ansiedad de los conspiradores, somos felices, pero melancólicamente pocos. Querríamos que los niños nos acompañaran, emularan y compartieran esa dicha, esa fatalidad, ese desinterés. ¡Pobres grandotes zonzos y pobres niños de cabecitas reducidas!

Clarín, 5 de junio de 1980

(Argentina, 1930/2011)


jueves, 5 de diciembre de 2019

BORGES, Jorge Luis: El remordimiento




He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados. 

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida 

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías. 

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado. 


(Argentina, 1899/1986)



WALSH, María Elena: Retrato de una mujer que hace dulces


Hago esto en memoria tuya.
Cuando llega el otoño pelo fruta
y rodeada de pellejos
vierto en heredado recipiente
pulpas filosofales
algún carozo que lo sabe todo
y progreso del agua y del azúcar.

La casa o vientre se llena de aroma
y aunque es fruta itinerante
y no de huerta propia
bastante bien parodia
aquella alquimia
cuyo secreto nunca me enseñaste,
madre guardadora.

Fabrico por antojo
dulzuras que obligada cometiste,
transmuto para no interrumpir
el linaje de los frascos
empezado hace tantas abuelas.

Obro por reverencia y no deber,
para que mueras menos
y sientas, pobre ausente,
que hago un reino de tu servidumbre.

Consagro con ademanes
de hechicera venida a menos
el fuego, el mismo fuego
que encendió Eva tras el Paraíso
y que cruzando el valle
sube hoy por astutas cañerías
como lágrimas a los ojos.

El almíbar me enseñó paciencia
y sacrosanta cuchara de madera
a ordenar olas subterráneas
para que tomen punto
sin prisas y con pausa
de palabras en la poesía.

Si no repito gestos
de autora de alimento
para gozo de alguna criatura,
si no copio de manos maternales
ritos de mis antepasadas,
si toda magia compro hecha
y ya no me entretengo
en mandar de lo crudo a lo cocido,
si no pruebo y reparto,
pereceré.

(Argentina, 1930/2011)



lunes, 2 de diciembre de 2019

ALMADA, Selva: El viento que arrasa (fragmento de la novela)


Al chico se lo trajo su madre, una tarde. Entonces tendría unos ocho años. Vinieron en un camión que los levantó en Sáenz Peña. El camionero, que iba para Rosario, cargó combustible, revisó los neumáticos y pidió una cerveza. Mientras el conductor bebía a la sombra del porche y el chico se entretenía con los perros, la mujer se acercó a Brauer, que limpiaba las bujías de un coche que tenía para arreglar. Cuando vio que se le arrimaba, pensó que andaría buscando el baño; apenas había reparado en ella.
Sin embargo ella no quería un baño, sino hablar con él y así se lo dijo.
—Quiero hablar con vos.
Brauer la miró sin dejar de hacer lo que estaba haciendo. Ella tardó en empezar y él pensó que se trataría de una prostituta. Era bastante corriente que los camioneros de viajes largos llevaran mujeres así de un lado a otro y las aguantaran mientras ellas se hacían una changa. Tal vez después compartían el dinero.
Viendo que no arrancaba, el Gringo dijo:
—Vos dirás.
—No te acordás de mí.
Brauer la miró con más atención. No, no la recordaba.
—No importa —dijo ella—, nos conocimos hace mucho y por poco tiempo. Cuestión que aquel es hijo tuyo.
El Gringo dejó las bujías en un tarro y se limpió las manos con un trapo. Miró adonde ella había señalado.
El chico había agarrado una rama. Un extremo estaba en la boca de uno de los perros y él tiraba del otro lado; los otros perros saltaban a la vuelta del chico esperando que les tocara el turno de jugar con él.
—No muerden ¿no? —preguntó ella preocupada.
—No, no muerden —respondió Brauer.
—Cuestión que no puedo seguir criándolo. Me voy para Rosario a buscar trabajo; con el chango es más difícil. Todavía no sé dónde voy a parar. No tengo con quién dejarlo.
El Gringo terminó de limpiarse las manos y se metió el trapo en el cinturón. Prendió un cigarrillo y le ofreció uno a la mujer.
—Yo era hermana de Perico. Ustedes trabajaron juntos en la desmotadora de Dobronich, en Machagai, si te acordás.
—Perico. ¿Qué es de la vida?
—Hace años que no se sabe nada. Se fue para Santiago, a trabajar allá, y no volvió más.
El chico se había tirado al piso y los perros le hociqueaban las costillas buscando la rama que tenía escondida debajo de su cuerpo. Se reía como un descosido.
—Es un buen changuito —dijo la mujer.
—¿Cuánto tiene?
—Va para nueve. Es obediente y sanito. Está bien criado.
—¿Trajo ropa?
—Tengo un bolsito en el camión.
—Tá bien. Dejalo —dijo y tiró la colilla de un tincazo.
La mujer asintió.
—Se llama José Emilio, pero le decimos Tapioca.
Cuando el camión se puso en marcha y empezó a subir lentamente hacia la ruta, Tapioca se puso a llorar. Quieto en su sitio, abrió la boca sacando un berrido y las lágrimas le corrieron por la cara sucia de tierra, dejando surcos. Brauer se agachó para quedar a su altura.
—Vamos, chango, vamos a tomar una coca y a darle de comer a estos perros.
Tapioca dijo que sí con la cabeza, sin perder de vista el camión que ya había trepado completamente al camino, con su madre adentro, alejándose para siempre.
El Gringo Brauer agarró el bolsito y empezó a caminar hacia el surtidor. Los perros, que habían subido la banquina persiguiendo el camión, empezaron a bajar con la lengua afuera. El chico se sorbió los mocos, dio media vuelta y corrió atrás del Gringo.

(Argentina, 1973)

Fragmento del capítulo 5 de “El viento que arrasa”



LAURENCICH, Alejandra: Felicidad


A Paco

Le indico al taxista adónde voy y veo cómo le cambia la cara. Gesto de compasión. Me hace acordar a un juego que jugaba cuando era chica. Poné cara de lástima, decía yo entonces. Ahora solo tengo que indicar: Al hospital de patologías infantiles, por favor.
Cada vez que lo digo siento que repito los pasos de un sueño del que no puedo despertar. La enfermedad en los chicos siempre me pareció algo de otros: qué desgracia, decía en esos casos, y arqueaba las cejas, en silencio, como acaba de hacer el taxista que me mira por el espejo retrovisor. Aprieta los labios hasta que se anima a la pregunta, casi la misma que escucho hace ya dieciocho días:
—¿Tiene a alguien internado?
—Mi hijo.
Lo digo con bronca, como si aceptara la derrota, y me quedo mirándolo, esperando de él algo más que ese meneo estúpido de la cabeza.
—¿Muy chiquito?
—Siete meses.
Otra mueca, la boca en u. ¿Le duele algo?, querría preguntarle, o mejor: Ahora que lo sabe, ¿puede hacer algo? Entonces para qué saber, para qué ese gesto mal actuado, impotente, para qué esa curiosidad morbosa que lo hace preguntar:
—¿Qué tiene el bebé?
Cualquier taxista debe saber que al Hospital de Patologías Infantiles no llegan casos de sarampión, apendicitis o diarrea de verano. Allí solo pueden verse chicos con barbijos, con tubitos plásticos colgando como fideos de la nariz, en sillas de ruedas parecidas a camas, niños con calvas brillantes, sin cejas, como la peladita de la 415. Los aullidos de esa nena no se aguantan.
—¿Qué tiene el bebé?
Cómo que no hay diagnóstico, doctor. Cómo que estamos buscando. Abro la ventanilla y enciendo un cigarrillo. Nunca en mi vida había fumado en los taxis. Ahora sé que nadie me va a decir: Acá no se puede fumar. Largo el humo, busco una estrella en el cielo negro de la madrugada y me rindo por un momento a quien sea que esté detrás de esos infinitos ojos titilantes. Rece, mamá. Rece y deje que nosotros busquemos el problema. El padrenuestro se me enreda a las frases dispersas de los médicos, no puedo evitarlo. A lo mejor eso es rezar. Buscar una lógica, un detalle que a ellos se les haya escapado. Sacarlo de ahí, encontrar el diagnóstico que permita sacarlo de ahí. De ese olor entre dulzón y ácido de las sábanas esterilizadas, de esos tubos fluorescentes, mesitas de fórmica, ventanas sin plantas. Ruidos ajenos, puertas que se abren en el momento en que nos estamos sonriendo, tan cerca su nariz de la mía, voces intrusas, a ver a ver, ese gordito, déjenos un momentito mamá, vamos a sacarle el colector de orina. Él me estaba sonriendo, él me iba a contar qué le pasa. Sacarlo de esas noches que imagino, la manito agarrada a la de su papá que lo ve sobresaltarse por las ráfagas de aullidos, ruedas que gimen por los pasillos y se acercan trayendo equipos. La peladita de la 415 tuvo una crisis anoche. Y antes de anoche. Sacarlo de ahí.
—Todavía no se sabe qué tiene. ¿Puede subir la música?
Cierro los ojos e intento creer en un futuro. Mi bebé y yo, abrazados, bailando canciones alegres como la que está sonando en la radio, o románticas, algunas de aquellas con las que enamoré a su papá. Mañanas de sol en la terraza, los tres, la pileta de lona como un pequeño lago resplandeciente, su primera letra: una A quizá garabateada en una boleta de teléfono que guardaré en una caja con su nombre, los dientes con puntillas, un adolescente de pelo largo con la remera de los Rolling Stones, me das guita, ma. A ver mamá, vamos a tomarle una muestrita de sangre. Él sonríe, ¿no ven que sonríe? No tiene nada. No grita con esos gritos de lobo. No tiene los ojos extraviados ni aúlla de noche por el síndrome de... qué extraño que no recuerde ese nombre que parecía ruso, un bellísimo nombre ruso para una enfermedad que convierte a las peladitas en lobos y pinta de negro las ojeras de las madres, para ese sonido que no deja pensar. Me acostumbré, dice la pobre mujer, si no tengo esos gritos no puedo dormir. Le digo que sí con la cabeza y le tomo la mano. Si tanto le preocupan las madres, ¿por qué no funda una asociación?, pregunta de psicóloga cruzada de piernas en el consultorio de la calle Billinghurst, tan lejos de los pasillos de luz blanca que no se apagan de noche, tan lejos del aliento a mate dulce de las enfermeras. Por qué no te morís, hija de puta, vos y Freud y toda esa mierda. La madre de la peladita me entiende más, sus ojeras me ayudan a soportar.
—Son 7 con 80, señora.
Exactos siete con ochenta, a veces menos, nunca más. A nadie se le ocurriría robarle al que tiene un hijo acá. Ya no queda resto. Lo intuyo en ese “que tenga suerte señora”, que suena a despedida del reino de los vivos. El guarda que cuida la puerta e inclina la cabeza cuando me ve, lo sabe. Abandone toda esperanza quien atraviese este portal. La rampa azul me espera y comienzo el intento de no oler, no oír. Hago una íntima reverencia cuando paso por la capilla y veo envueltos en frazadas a los provincianos que duermen bajo el Sagrado Corazón. El aroma a café con leche que sube de la confitería se vuelve nauseoso en esa mezcla con el pervinox. Cruzo los pabellones. Espero el primer grito y el estómago se me vuelve escudo. La puerta de la sala de enfermeras está entreabierta y veo a la pelirroja fumando. Está prohibido fumar en el hospital. Lo sabe, me guiña un ojo: No puedo más, fue una noche terrible, me dice. Ve mi cara de pánico. No, quedate tranquila, tus hombres están bien. Fue la de la 415. Imagino los oídos de mi bebé taladrados por el lobo. ¿Tuvo otra crisis?, pregunto. Murió a las dos, me contesta. No puedo seguir hablando.
La dejo que fume en paz y camino hacia la habitación. Cuando paso por la 415 me detengo. Veo el colchón desnudo. Las ventanas están abiertas y el aire parece frío. Escucho el silencio. La peladita no va a aullar más de noche. A partir de hoy mi bebé va a poder dormir tranquilo. Me apuro por el pasillo y siento algo extraño en el pecho. Tengo ganas de cantar.

(Argentina, 1963)

De “Lo que dicen cuando callan”