Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

martes, 7 de febrero de 2017

CASTILLO, Abelardo: Mis vecinos golpean


Mis amigos, los buenos amigos que ríen conmigo y que acaso me aman, no saben por qué, a veces, me sobresalto sin motivo aparente e interrumpo de pronto una frase ingeniosa o la narración de una historia y giro los ojos hacia los rincones, como quien escucha. Ellos ignoran que se trata de los ruidos, ciertos ruidos (como de alguien que golpea, como de alguien que llama con golpes sordos), cuyo origen está al otro lado de las paredes de mi cuarto.
A veces, el sonido cesa de inmediato, y entonces no es más que un alerta, o una súplica velada quizá, que puede confundirse con cualquiera de los sonidos que se oyen en las casas muy antiguas. Yo suspiro aliviado y, después de un momento, reanudo la conversación, puedo bromear o hablar con inteligencia, hasta con calma, esa especie de calma que son capaces de aparentar las personas excesivamente nerviosas, aunque sepan que ahí, del otro lado, están los que en cualquier momento pueden volver a llamar. Pero otras veces los golpes se repiten con insistencia, y me veo obligado a levantar el tono de la voz, o a reír con fuerza, o a gritar como un loco. Mis amigos, que ignoran por completo lo que ocurre en la gran casa vecina, aseguran entonces que debo cuidar mis nervios y optan por no llevarme la contraria; lo hacen con buena intención, lo sé, pero esto da lugar a situaciones aún más terribles, pues, en mi afán de hacer que no oigan el tumulto, comienzo a vociferar por cualquier motivo, insensatamente, hasta que ellos menean la cabeza con un gesto que significa: ya es demasiado tarde. Y me dejan solo.
No recuerdo con exactitud cuándo empecé a oír los golpes: sin embargo, tengo razones para creer que el llamado se repitió durante mucho tiempo antes de que yo llegara a advertirlo. Mi madre, estoy seguro, también los oía; más de una vez, siendo niño, la he visto mirar furtivamente a su alrededor, o con el oído atento, pegado a la pared. Por aquel entonces yo no podía relacionar sus actitudes con ellos, pero, de algún modo, siempre intuí que el misterioso edificio (el blanco y enorme edificio rodeado de jardines hondos y circundado por un alto paredón) contra cuya medianera está levantada nuestra propia casa ocultaba algún grave secreto. Recuerdo que una medianoche mi madre se despertó dando un grito. Tenía los ojos muy abiertos y se me antojaba imposible que nadie en el mundo pudiese abrir de tal manera los ojos. Torcía la boca con un gesto extraño, un gesto que, en cierto modo, se parecía a una sonrisa pero era mucho más amplio que una sonrisa vulgar: se extendía a ambos lados de la cara como las muecas de esas máscaras que yo había visto en carnaval. Sonriendo y mirándome así, me dijo, como quien cuenta un secreto:
—¿Has oído?
—No, madre —respondí, y la contemplaba extasiado, pues nunca había visto un gesto tan extraordinario y divertido como este que ahora tenía su cara.
—Son ellos —murmuró, moviendo rápidamente los ojos hacia todas partes, como si temiera que alguien que no fuese yo pudiera escuchar nuestra conversación—. Ellos quieren que vaya.
Nos reímos mucho aquella noche, y yo me dormí luego, apaciblemente entre sus brazos. A la mañana, mi madre no recordaba nada o no quería hacer notar que recordaba, y a partir de entonces se volvió cada día más reconcentrada y empezó a adelgazar. Usaba, lo recuerdo, un largo camisón blanco que la hacía parecer mucho más alta de lo que en realidad era, y se deslizaba, lentamente, junto a las paredes. Estoy seguro, sí, de que ella sabía quiénes viven del otro lado, y hasta es probable que también lo supieran mis parientes que —muy de tarde en tarde y, a medida que pasaba el tiempo, cada día con menos frecuencia— solían visitarnos; pues, en más de una ocasión, los he oído reconvenir a mi madre:
—Pero, Catalina, mujer, no tenías otro sitio donde instalarte que al lado de un…
Y callaban o bajaban el tono. Aunque, alguna vez, yo creí entender la palabra que ellos no se atrevían a pronunciar en voz alta. Luego agregaban que aquel sitio no era el más indicado para ella, ni siquiera para el niño, para mí, tan delicados, e indudablemente se referían a nuestro temperamento y al de toda mi familia, excitable y tan extraño.
Un día por fin se la llevaron. Ella no parecía del todo conforme pues gesticulaba y, según me parece ahora, hasta gritó. Pero yo era muy pequeño entonces y evoco confusamente aquellos años, tanto, que no podría asegurar que fueran nuestros familiares quienes la arrastraban aquel día hacia la calle. De cualquier modo, mi primera comunicación directa con ellos, los que viven del otro lado, se remonta a una época muy posterior a mi infancia.
Algo, alguna cosa triste u horrible, debió de haberme pasado aquella noche porque al llegar a mi casa y encerrarme en mi cuarto, apoyé la cabeza contra la pared. Al hacerlo, sentí un ruido atroz, un crujido, como si en realidad en vez de arrimarme a la pared me hubiera arrojado contra ella. Y, ahora que lo pienso, eso fue lo que ocurrió, porque un momento después yo estaba tendido en el piso y me dolía espantosamente el cráneo. Entonces, oí un sonido análogo —o mejor: idéntico— al que había hecho mi cabeza un segundo antes.
No sé si debo contar lo que pasó de inmediato. Sin embargo, no es demasiado increíble: a todo el mundo le ha sucedido que oyendo un golpe a través del tabique de su habitación sienta la incontrolable necesidad de responder; no debe asombrar entonces que del otro lado llegara una especie de respuesta, y que, acto seguido, yo mismo repitiera el experimento. Aquella noche me divertí bastante. Creo que reía a carcajadas y daba toda clase de alaridos al imaginar, pared por medio, a un hombre acostado en el suelo dando topetazos contra el zócalo.
Como digo, este fue el origen de mi comunicación con los habitantes de la casa vecina (escribo «los habitantes» porque con el tiempo he advertido claramente que del otro lado hay, con toda seguridad, más de una persona, y hasta sospecho que se turnan para golpear), casa que mis parientes nunca mencionaron en voz alta, porque no se atrevían, pero que mi prima Laura nombró claramente una tarde, cuando, señalándome con su dedo malvado, dijo:
—Este vive al lado de un matrimonio.
Solo que ella dijo otra cosa, una palabra que en mis oídos de niño sonaba como matrimonio y que alcanzó a pronunciar un segundo antes de que alguien le tapara la boca con la mano.
Por eso mis amigos, los buenos amigos que ríen conmigo y que tal vez me aman realmente, ignoran el motivo de mis repentinos sobresaltos cuando ellos, los que viven pared por medio, me advierten que no se han olvidado de mí. 
A veces, como he dicho, es un llamado sordo, rápido —una especie de tanteo o de insinuación velada—, que cesa de inmediato y que puede no volver a repetirse en horas, o en días, o aun en semanas. Pero en otras ocasiones, en los últimos tiempos sobre todo, se transforma en un tumulto imperioso, violento, que surge desde el zócalo a unos treinta centímetros del suelo —lo que no deja lugar a dudas acerca de la posición en que golpean, ya que no ignoro el instrumento que utilizan para tentarme— y siento que debo contestar, que es inhumano no hacerlo pues entre los que llaman puede haber algún ser querido, pero no quiero oírlos y hablo en voz alta, y río a todo pulmón, y vocifero de tal modo que mis buenos amigos menean la cabeza con un gesto triste y acaban por dejarme solo, sin comprender que no debieran dejarme solo, aquí, en mi cuarto fronterizo al gran edificio blanco, la gran casona blanca de ellos, oculta entre jardines hondos y custodiada por una alta pared.

(Argentina, 1935)


lunes, 6 de febrero de 2017

KOCIANCICH, Vlady: Ojos negros


Es cierto que en los viajes se conoce gente.

Pero no es menos cierto que esas relaciones, a veces muy intensas, pasan como un relámpago. Todo viajero sabe que una amistad nacida por azar en algún punto de su itinerario muere en el término del viaje. Cartas, llamados telefónicos y postales, solo demoran el inevitable silencio, finalmente el olvido. Nadie lo sabía mejor que mi prima Clara.
Antes de cumplir treinta años se había convertido en una profesional de ausencias.
–No tengo imaginación para otra cosa –decía alegremente a la familia alarmada por tanto viaje largo y caro.
Era explicable, sin embargo. Cuando Clara recibió la herencia del tío Sebastián, solo conocía Mar del Plata.
–Quisiera ver algo de mundo –le explicó a Tito, el novio, un muchacho de Quilmes que tenía terror a los aviones–. Y después nos casamos.
Clara compró un lujoso tour a Oriente –Thailandia, Malasia, India, cuarenta días– volvió, pasó un fin de semana con Tito, le contó el viaje, hizo la valija y ese mismo lunes partió a Londres, punto inicial de un recorrido por el norte de Europa.
A la altura en que la herencia empezaba a menguar, también las regiones ignotas de la folletería turística. Mi prima, que saltaba de un país a otro como en una rayuela planetaria, un día vio que solo le faltaban dos cuadros para llegar al Cielo: Rusia y Perú.
–Elegí Rusia porque me quedaba más cerca –me dijo con ese envidiable candor de los que aprenden geografía en los aeropuertos: el vuelo salía de Berlín y Clara estaba en Frankfurt.
Insólitamente, porque no era mujer cavilosa, cuando llamaban a embarcar tuvo un presentimiento.
–De algo triste. No de algo malo ni de peligroso. ¿Qué puede pasarte en un tour cinco estrellas y organizado como un curso escolar? Había una función del Bolshoi en Moscú, una visita a Kiev, un balneario en el Mar Negro, comidas, bailes y sinfónica.
Pero mi prima se sentía igual que en el cielo de Berlín: encapotada y gris. Subió al avión sin ganas. Por primera vez en las etapas de su carrera de turista, pensó en Tito.
–Pensé en cómo le gustaba que le contara cada viaje y eso me animó. Este iba a ser el último.
Pensando en Tito, Clara fue atravesando las jornadas de su aventura rusa. Miraba y le contaba, mentalmente. La orquesta de señoritas que en el hotel de Moscú tocó “Adiós muchachos”. Las tétricas catacumbas de los monasterios de Kiev. La fábrica de partes de astronaves en Volgogrado. El mar bien negro que hacía honor a su nombre. Hasta que una mañana, exhausta y algo confundida, Clara se encontró caminando entre plantas de té.
–Yo que nunca tomaba más que algún té en saquito, me emocionó, de una manera rara, ese verde ondulante, el cielo azul. Y sentí ganas de llorar. Estaba muy lejos de casa.
Estaba en Georgia, le explicó su guía. Georgia. A Clara le daba igual el nombre. Quería volverse a Buenos Aires, ni sabía por qué. No había motivo, solamente esa extraña congoja al ver la plantación, como si la belleza del paisaje le desgarrara el alma.
Durmió una siesta para tranquilizarse. Soñó con té.
–Una lluvia de té, oscura y suave, que caía, caía. Yo era muy feliz debajo de la lluvia de té. Muy pero muy feliz. Vieras qué lindo sueño.
A las ocho, el programa marcaba cena y baile en Gardenia.
El guía les pidió “ropa formal”. Quería decir ni bermudas ni zapatillas, pero Clara, argentina al fin, se vistió como para una velada en el Colón.
Mi prima no era nada fea a esa edad, con su brillante pelo rubio, sus ojos grandes, su delgadez graciosa y algo torpe, como de chica que no terminaba de crecer. De largo, en blanco y seda, estaría muy bonita.
–Estaba muerta de vergüenza –me dijo. El Gardenia era una confitería, pero más bien de Club Social y Deportivo, con la gente del barrio, familias, chicos, haciendo rueda a los bailarines, mirando y aplaudiendo desde las mesas, y yo tan elegante, tan ridícula.
Al rato se olvidó, en la fiesta inocente del Gardenia, en el salón iluminado a pleno, los parlantes tronando música vieja, rock and roll de Bill Haley, lentos de Los Plateros, y muchachos que esperaban respetuosos el turno de sacarla a bailar, como en un cumpleaños de quince de la década del cincuenta.
Clara fue un éxito. Pero el guía, un joven con cara de viejo, estaba incómodo. Rezongaba, que eso no era Moscú, que eso era Georgia, un lugar atrasado, que ella no se hiciera una idea equivocada de la diversión rusa. Y agriamente, con una mueca desdeñosa, seleccionaba de la cola de postulantes que se iba formando en la mesa de Clara, a los mejor vestidos o más serios. Uno nunca pasó el examen.
–Lo noté –dijo mi prima– a eso de medianoche. Quieto como una estatua. Alto, de traje verde oscuro. Primero vi el traje, de ese color tan raro, que le quedaba un poco chico. Después los ojos. Negros. Me hacían acordar a la canción. Ochichornia. Ojos Negros. Yo venía de bailar, descansaba un minuto y sentía los ojos. Eran como la música. Pegadizos y tristes. Una vez se acercó a la mesa, habló con el guía. Se había peinado para atrás, con mucha agua, pero un mechón le resbalaba sobre la cara, y de perfil era una cara hermosa. Él hablaba en voz baja, suavemente, mi guía chillando. Pregunté qué pasaba, si el señor quería bailar cuál era el problema. El guía sacudió la cabeza, furibundo. Y Ojos Negros se retiró a su sitio, el último en la cola. Clara protestó, aunque, la verdad, no entendía. Le daba lástima, le parecía injusto. El guía se mantuvo inflexible. Los turistas eran su prioridad y los georgianos –dijo enfáticamente– eran georgianos. Mi prima no insistió más, ya que estaba de paso, ya que el baile seguía y había comprometido otras piezas.
En algún momento, sintió que paraban la música. Ella también paró. Su compañero, un chico de ojos muy celestes, la miró asombrado, tropezando. Todos bailaban a su alrededor.
–No era la música. Era la ausencia –dijo Clara–. Ojos Negros se fue, yo me di cuenta, no me preguntes cómo.
Los llevaron de vuelta al hotel, a mi prima y al puñado de belgas y de canadienses del tour, de madrugada. En el camino, Clara vio la tierra verde oscura de las plantaciones de té que salía a la luz muy despacio, una inmensa alfombra de hojas que se iba despegando en el cielo, y con la alfombra también un largo sentimiento de pena, como de irse para siempre, antes de visitar la casa adonde conducía. Clara pensó que, en realidad, estaba muerta de cansancio por tanto baile, en un lugar extraño, y nada más.
–Cuando lo vi –dijo– no me asusté. Aunque había un alboroto en el hotel y la conserje movía las manos como desesperada llamando al guía, que corrió enojadísimo. Todos hablaban en ruso, me daban órdenes en ruso. Ojos Negros era el único tranquilo, con su traje verde y sus ojos mirándome, callado, tan triste y tan seguro de que yo lo entendía.
Mi prima me describió la escena.
El mostrador, en mitad del pasillo, suerte de paso fronterizo a las habitaciones, con la gorda conserje de uniforme azul que entregaba las llaves. Una guía de otro tour, junto a la gorda, las dos mujeres lagrimeando. El guía de Clara frente a dos hombres, casi en puntas de pie, autoritario, rojo de indignación. El hombre de los ojos negros con un paquete chico en la mano. A su lado, un hombre mayor; de traje gris, que hablaba a las mujeres y el guía en un tono conciliador, lleno de suspiros y ademanes.
La gorda se tocó el pecho, cerró los ojos como si le doliera, tomó una llave y se la entregó a Clara, mientras murmuraba algo en ruso. Mi prima la rechazó. Entonces, el hombre mayor se dirigió a ella, suplicante.
–Traduzca –dijo Clara, y de muy mal modo el guía obedeció.
“Mi amigo aquí”, dijo el hombre mayor, “le ofrece su corazón para que usted lo tome. Mi amigo dice que la ama como un hombre de bien. Que él no encuentra las palabras justas, tan grande es este amor y por eso me ha pedido que sea yo quien le hable. Debo decirle que mi amigo es honrado, que es soltero, que es dueño de una casa y de buena tierra donde cultiva el té. Si usted toma a mi amigo por esposo, será feliz porque la ama tanto. Esto no me pidió que lo dijera”. Hubo un silencio. El guía dijo, entre dientes:
–Georgianos. Qué locura.
Clara pensaba en cómo responder sin ofenderlo. Luego, despacio y eligiendo cada palabra, dijo que estaba conmovida, pero que era imposible. Ella vivía muy lejos, tenía novio, iba a casarse ese año.
–No podía mirarlo –me contó–. Fue muy difícil.
Ojos Negros escuchó la traducción, asintiendo, sereno; algo más pálido que antes. Después habló y el amigo tradujo:
“Quiere entonces que acepte esta pequeña ofrenda como recuerdo de su gran amor. Es el té de su casa”.
Cuando todos se fueron, la conserje le preparó una taza en su propio samovar y se la llevó al cuarto. Era un té muy oscuro, casi negro. Clara tomó unos sorbos delante de la mujer, que la miraba con angustia y restregándose las manos.
–No me di cuenta –dijo Clara– de que yo estaba llorando.
Mi prima Clara no volvió a viajar. Cuando le preguntaban por qué, decía:
–Es mucha ausencia.
Tampoco se casó. Cuando le preguntaban por qué, decía:
–El hombre que me quiso vive en Georgia y Georgia está muy lejos.
La familia sostiene que viajar no siempre es bueno para todo el mundo.

(Argentina, 1941)

sábado, 4 de febrero de 2017

SABATO, Ernesto: La resistencia (fragmentos II)



Trágicamente, el hombre va perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida. Las palabras de la mesa, incluso las discusiones o los enojos, parecen ya reemplazadas por la visión hipnótica (…) Así perdemos la capacidad para mirar y ver lo cotidiano. Una calle con enormes tipas, unos ojos candorosos en la cara de una mujer vieja, las nubes de un atardecer. La floración del aromo en pleno invierno no llama la atención a quienes no llegan ni a gozar de los jacarandáes en Buenos Aires. Muchas veces me ha sorprendido cómo vemos mejor los paisajes en las películas que en la realidad.



Es apremiante reconocer los espacios de encuentro que nos quiten de ser una multitud masificada mirando aisladamente la televisión. Lo paradójico es que a través de esa pantalla parecemos estar conectados con el mundo entero, cuando en verdad nos arranca la posibilidad de convivir humanamente, y lo que es tan grave como esto, nos predispone a la abulia. Irónicamente he dicho en muchas entrevistas que “la televisión es el opio del pueblo”, modificando la famosa frase de Marx. Pero lo creo, uno va quedando aletargado delante de la pantalla, y aunque no encuentre nada de lo que busca lo mismo se queda ahí, incapaz de levantarse y hacer algo bueno. Nos quita las ganas de trabajar en alguna artesanía, leer un libro, arreglar algo de la casa mientras se escucha música o se matea. O ir al bar con algún amigo, o conversar con los suyos. Es un tedio, un aburrimiento al que nos acostumbramos como “a falta de algo mejor”. El estar monótonamente sentado frente a la televisión anestesia la sensibilidad, hace lerda la mente, perjudica el alma. Al ser humano se le están cerrando los sentidos, cada vez requiere más intensidad, como los sordos. No vemos lo que no tiene la iluminación de la pantalla, ni oímos lo que no llega a nosotros cargado de decibeles, ni olemos perfumes. Ya ni las flores los tienen.



Hay algo que no falla y es la convicción de que —únicamente— los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.

(Argentina, 1911/2011)

viernes, 3 de febrero de 2017

LEITE, Julio José: Cómo hacer un pan



Muela los huesos hasta lograr
la buena harina,
use la levadura
de su rabia,
amase
sobre la madera de amigos,
con abrazo amase
hasta el cansancio,
después haga fuego
con ramitas de "ganamos"
y en el horno del corazón
que presten sus hermanos
cocine esa esperanza
a repartir.

Ushuaia (Argentina), 1957


jueves, 2 de febrero de 2017

GARCÍA, Juan José: Los elegidos


Sentado frente a la Ruta 11, desde una casa de campo en las afueras de la ciudad de Malabrigo, veía al anochecer camiones luminosos, colectivos de turistas y coches de verano pasar.
Sentado en la oscuridad, frente a ese horizonte, fumaba con ganas de estirar mis manos ofreciéndole a la distancia corazones escritos por el tiempo.
Cuerpos tatuados con tintas de lunas, tiroteados, abiertos a cuchillo, con cicatrices de engaño, de drogas traicioneras, me acompañaban tomando mate. Juntos éramos, de los vencidos, los que aún seguíamos luchando por la vida.

Los elegidos.

Llenos de pasados. Aprendiendo que la fe sana y protege, que el perdón es lo más sagrado en la libertad. Trabajábamos obediencia y disciplina. Nos alimentábamos muy bien. Estábamos llenos del mundo y tan cerca de la tierra que se nos antojaba seguir viviendo aceptando dolor y enfermedad para sanarnos. Teníamos días tristes, duros, extrañando familia, hijos. Teníamos días felices con todo lo mismo. Me infiltraba en heridas que solo el Santísimo podía curar. El Santísimo era la charla, las preguntas, las oraciones y discusiones con Dios dentro de la habitación más cerca del cielo que conocí.
Cayendo la noche expresaba respeto. En esa oscuridad se narraban historias de huidas, disparos, de engaños, de amores cansados que eran como entierros de nuestro animal testarudo, ególatra, manipulador y mentiroso. Rosarios con perlitas de vegetales colgábamos al cuello. Estábamos sepultando nuestros corazones viejos, moribundos, mirando la ruta, observando viajeros, buscaba llegar soñando a lugares subversivos, de guerrilla, donde la fe combatía contra infiernos con forma de alegría.
Los que me acompañaban al anochecer también soñaban. Juntos éramos, de los soñadores, los que aun teniendo pesadillas, seguíamos soñando con la vida. Ya no pasábamos los días como insectos paranoicos entre esqueletos de cervezas, entre nubes de marihuana, entre cocaínas adulteradas, bajo luces de mentiras buscando verdad, careteando placer, robando. Ahora teníamos la responsabilidad de perdonar, de perdonarnos. La oportunidad de volver a empezar. Construir un hombre nuevo que siga el sendero de las sagradas escrituras, los evangelios de la verdad, de la paz, de la esperanza. Éramos de los drogones, los drogadictos que sin perder las ganas dijeron “basta”.

Los elegidos.

Por cada uno de los que escribo, entregados a sepultar malos recuerdos, a matar y a no morir, latidos resucitaban como flores de corazones escritos.

Juan José García

Interno de la obra de la Comunidad de Vida “El Buen Samaritano”
Un espacio para los que sufren el flagelo de las adicciones
Malabrigo – Santa Fe

miércoles, 14 de diciembre de 2016

IPARRAGUIRRE, Sylvia: El libro


El hombre miró la hora: tenía por delante veinticinco minutos antes de la salida del tren. Se levantó, pagó el café con leche y fue al baño. En el cubículo, la luz mortecina le alcanzaba su cara en el espejo manchado. Maquinalmente se pasó la mano de dedos abiertos por el pelo. Entró al sanitario, allí la luz era mejor. Apretó el botón y el agua corrió. Cuando se dio vuelta para salir, de canto contra pared, descubrió el libro. Era un libro pequeño y grueso, de tapas duras, anormalmente pesado. Lo examinó un momento. No tenía portada ni título, tampoco el nombre del autor o el de la editorial. Intrigado, bajó la tapa del inodoro, se sentó y pasó distraído las primeras páginas. Miró el reloj. Faltaba para la salida del tren.
Se acomodó y leyó parte al azar, con mayor atención. Sorprendido reconoció coincidencias. Volvió atrás. En una página leyó nombres de lugares y de personas que le eran familiares; más todavía, con el correr de las páginas encontró escritos los nombres de pila de su padre y su madre. Unos tres capítulos más adelante apareció completo, sin error posible, el de Gabriela. Lo cerró con fuerza; el libro le producía inquietud y cierta repugnancia. Quedó inmóvil mirando la puerta pintada toscamente de verde, marcada por inscripciones de todo tipo. Pasaron unos segundos en los que sintió el ajetreo lejano de la estación y la máquina express del bar. Cuando logró calmar un insensato presentimiento, volvió a abrirlo. Recorrió las páginas sin ver las palabras. Finalmente sus ojos cayeron sobre unas líneas: En el cubículo, la luz mortecina le alcanza su cara en el espejo manchado. Maquinalmente se pasó la mano de dedos abiertos por el pelo. Se levantó de un salto. Con el dedo entre las páginas fue a mirar asombrado el espejo, como si necesitara corroborar con alguien lo que estaba pasando. Volvió a abrirlo. Se levanta de un salto. Con los dedos entre las páginas va a mirarse asombrado… El libro cayó dentro del lavatorio transformado en un objeto candente. Lo miró horrorizado. Su tren partía en diez minutos. En un gesto irreprimible que consideró de locura, recogió el libro, lo metió en el bolsillo del saco y salió. Caminó rápido por el extenso hall hacia la plataforma. Con angustia creciente pensó que cada uno de sus gestos estaba escrito, hasta el acto elemental de caminar. Palpó el bolsillo deformado por el peso del libro y rechazó, con espanto, la tentación cada vez más fuerte, más imperiosa, de leer las páginas finales. Se detuvo, faltaba tres minutos para la partida. Qué hacer. Miró la gigantesca cúpula como si allí pudiera encontrar una respuesta. ¿Las páginas le estaban destinadas o el libro poseía una cualidad mimética y se refería a cada persona que lo encontraba? Apresuró los pasos hacia el andén pero, por alguna razón inexplicable, volvió a girar y echó a correr con el peso muerto en el bolsillo. Atravesó el bar zigzagueando entre las mesas y entró en el baño. El libro era un objeto maligno en su mano; luchó con el impulso casi irrefrenable de abrirlo en el final y lo dejó en el piso, detrás de la puerta. Casi sin aliento cruzó el hall. Corrió por el andén como si lo persiguieran. Alcanzó a subir al tren cuando dejaban la estación atrás y salían al aire abierto; cuando el conductor elegía una de las vías de la trama de vías que se abrían en diferentes direcciones.

Argentina, 1947


viernes, 2 de diciembre de 2016

URONDO, Francisco: La verdad es la única realidad


Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe
bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la
explotación o de la producción.
Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos
hijos, aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de
policía
cualquiera
son parte de la memoria, no suponen
necesariamente el presente, pero pertenecen a
la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo
inmenso cubriendo la Patagonia
porque las
masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad,
como
la esperanza rescatada de la pólvora, de la inocencia
estival: son la realidad, como el coraje y la
convalecencia
del miedo, ese aire que se resiste a volver
después del peligro
como los designios de todo un pueblo que
marcha hacia la victoria
o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a
defenderse, a rescatar lo suyo, su
realidad.
Aunque parezca a veces una mentira, la única
mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la
realidad. 

Cárcel de Villa Devoto, abril de 1973 

(Santa Fe, Argentina, 1930/1976)


martes, 8 de noviembre de 2016

SOLÁ, Juan: Los invisibles


Me gusta el subte porque es como el cumpleaños de quince de una prima lejana al que todos se ven obligados a ir aunque nadie tenga ganas. En él converge la mezcla más exótica de seres humanos, una suerte de feria llena de colores y ruido y voces estridentes y alguna que otra imagen triste.
Los pibes se metieron al vagón a los gritos. Eran tres y ninguno tenía más de ocho años. Eran flaquitos y chabacanos, maleducados sin maldad, medio pillos pero compañeros. Uno solo tenía zapatillas, el más chiquito. Y cuando digo chiquito no hablo de la cantidad de años sino de la cantidad de costillas que le conté sobre la piel desnuda. El más chiquito tenía las zapatillas y también tenía las tarjetitas. Las fue repartiendo mientras hablaba a los gritos y el otro le respondía a los gritos y un tercero le gritaba a la gente que les tiraran una moneda, que Dios los bendiga. Una señora se tapó los oídos.
Recién cuando pasaron en retirada escuché hablar al pibe que tenía sentado enfrente. Él también habrá tenido unos ocho años.
—Mamá, ¿por qué gritan los nenes? —preguntó, sin sacarles los ojos de encima. Eran ojos de asombro. ¡Qué libres eran los nenes que podían jugar en el subte!, habrá pensado.
—Porque son negros —dijo la madre y sentí como si de repente me hubieran apretado el pecho. Pensé que había escuchado mal y presté atención. No sé por qué tuve miedo.
—Porque son negros. Y cuando sean grandes, van a ser ladrones. Vos tenés que tener mucho cuidado con esos chicos, ¿sabés?
La cara del nene cambió como cambia la luz de la tarde cuando es verano y son las ocho menos diez y hay sol y de repente son las ocho y todo se ha puesto oscuro. Sus ojos se apagaron y los ratoncitos de curiosidad que espiaban desde las pupilas se atacaron entre ellos. Sus cejas se torcieron hacia adelante y sus labios se convirtieron en una línea recta y severa. Creo que hasta se le cayó un poco de magia de los bolsillos.
—¿Sabés?
—Sí, mamá.
No entiendo muy bien lo que me ocurrió a mí. Se me aceleró el corazón y mi garganta se puso rígida y quería salir del tren aunque estuviera en movimiento. Quise ser yo el que gritara ahora, pero me pareció más virtuoso el silencio de quien sabe que nunca se humilla a alguien delante de sus hijos.
Tenías la oportunidad de sembrar una semilla de amor y preferiste perpetuar el odio. Elegiste enseñar a tener miedo. Podría haberte perdonado la falsa misericordia de quien observa y murmura 'pobrecitos' pero masticaste tanta bronca que ya no sabés hacer ni eso. Ay, nene, ojalá alguien te explique que tu vieja ese día estaba enojada y que los pibes de la calle no se juntan para jugar, sino porque tienen miedo. Los pibes de la calle no gritan porque son negros, gritan porque son invisibles.

Estudiante de cine y actualmente vive en Buenos Aires


sábado, 29 de octubre de 2016

GELMAN, Juan: Otro mayo


cuando pasabas con tu otoño a cuestas
mayo por mi ventana
y hacías señales con la luz
de las hojas finales
¿qué me querías decir mayo?
¿porqué eras triste o dulce en tu tristeza?
nunca lo supe pero siempre
había un hombre solo entre los oros de la calle

pero yo era ese niño
detrás de la ventana
cuando pasabas mayo
como abrigándome los ojos

y el hombre sería yo
ahora que recuerdo


sábado, 1 de octubre de 2016

SERRAT, Joan Manoel: Pueblo blanco


Colgado de un barranco duerme mi pueblo blanco,
bajo un cielo que a fuerza de no ver nunca el mar
se olvidó de llorar.

Por sus callejas de polvo y piedra
por no pasar, ni pasó la guerra,
solo el olvido camina lento bordeando la cañada,
donde no crece una flor ni trashuma un pastor.

El sacristán ha visto hacerse viejo al cura,
el cura ha visto al cabo y el cabo al sacristán,
y mi pueblo después vio morirse a los tres,
y me pregunto: ¿para qué nacerá gente
si nacer o morir es indiferente?

De la siega a la siembra se vive en la taberna,
las comadres murmuran su historia en el umbral
de sus casas de cal.

Y las muchachas hacen bolillos
buscando, ocultas tras los visillos a ese hombre joven
que noche a noche forjaron en su mente:
fuerte para ser su señor y tierno para el amor.

Ellas sueñan con él y él con irse muy lejos
de su pueblo y los viejos sueñan morirse en paz,
y morir por morir quieren morirse al sol:
la boca abierta al calor, como lagartos,
medio ocultos tras un sombrero de esparto.

Escapad, gente tierna, que esta tierra está enferma,
y no esperéis mañana lo que no se os dio ayer,
que no hay nada que hacer.

Toma tu mula, tu hembra y tu arreo,
sigue el camino del pueblo hebreo
y busca otra luna, tal vez mañana sonría la fortuna
y si te toca llorar es mejor frente al mar.

Si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas
y atravesando lomas dejar mi pueblo atrás,
os juro por lo que fui que me iría de aquí,
pero los muertos están en cautiverio
y no nos dejan salir del cementerio.

(España, 1943)


sábado, 17 de septiembre de 2016

SACHERI, Eduardo: Pelotas perdidas


El peor árbol que existe, para que te crezca en un campito, es una palmera. Lo digo así de claro y contundente. Es un axioma. Un principio indiscutible. Puede ser que, además de ser indiscutible, sea un principio inútil. Uno de esos conocimientos que no sirven para nada. Y eso, por muchas razones: por empezar, porque es probable que para cualquiera que tenga menos de treinta años la palabra “campito” no signifique nada. Y no signifique nada, precisamente, porque los campitos están virtualmente extinguidos, como el asno salvaje sirio o el leopardo de Zanzíbar (antes de seguir adelante aclaro que los ejemplos que acabo de anotar los sé por internet, y no porque sea especialista en zoología).
En mi niñez existían, en los barrios, dos tipos de canchas de fútbol en las que los pibes podíamos jugar: las canchitas y los campitos. Hoy, como ya soy un adulto y por lo tanto se me han agarrotado los reflejos para captar el mundo completo, tengo que hacer un esfuerzo para fundamentar la diferencia entre unas y otros.
¿Qué es lo que volvía campito al campito y canchita a la canchita? Digamos que cuando el terreno era más bien salvaje, cimarrón, apenas un poco más evolucionado que un baldío, recibía el nombre de campito. En cambio, cuando se trataba de un territorio más cuidado, con postes de madera para los arcos, o con pastizales y yuyos solo en la periferia del campo de juego, por ejemplo, alcanzaba el rango mucho más honorable de canchita.
En Castelar existían, por supuesto, unas cuantas canchitas, y numerosos campitos. La mejor canchita era la de Presente, que se llamaba así porque estaba a una cuadra de una tienda que vendía uniformes escolares, con ese nombre. No se imagine el lector que era una canchita demasiado preparada. De hecho, la canchita de Presente —a la que acabo de definir como la mejor de todo Castelar— tenía un árbol de treinta metros de alto que le crecía en el vértice de una de las áreas. Un verdadero obstáculo. Cuando te tocaba atacar hacia ese lado, no solo tenías que eludir a tus rivales, sino al tronco desmesurado del maldito eucalipto que había tenido la pésima idea de crecer en ese sitio.
Ahora: si esa era la mejor canchita, se podrá imaginar, querido lector, cómo debía ser el peor de los campitos. Pero éramos gente de conformarnos con poco. En mi barrio, de hecho, en ese barrio que florecía alrededor de la esquina de Guido Spano y Blanco Encalada, no teníamos ni canchita ni campito. Una combinación de muchas casas y poca suerte nos volvía indigentes en la materia, y nos condenaba a jugar únicamente en la calle. Cerca de nuestro barrio estaba la canchita de la calle Buchardo. Linda canchita, con un arco de madera y todo. Pero ahí está el asunto: quedaba “cerca” de nuestro barrio, pero no “en” nuestro barrio. Y eso hacía que les perteneciera a otros pibes, y no a nosotros. A veces nos aventurábamos a usurparla, pero tarde o temprano sus legítimos dueños nos sacaban carpiendo.
Sin embargo, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, como bien decía Abuelita Nelly. Una tarde cualquiera estábamos ahí, tirados en círculo en la vereda, lamentándonos por nuestra penuria de campos de juego. Un colectivo acababa de despanzurrar la última pelota de cuero que teníamos, y Fabio le daba vueltas al cuero aplastado y descosido, que dejaba ver los restos de la cámara de goma estallada sin remedio.
—¿Tendrá arreglo? —preguntó, con una voz en la que la angustia se sobreponía a cualquier otro sentimiento.
Esteban le hizo un ademán para que se la alcanzara. Cuando la tuvo, la giró, la palpó, la analizó con ademanes de entendido.
—Cámara nueva. Costura. Arreglo tiene, pero va a salir unos cuantos mangos.
Los demás asentimos. Esteban era un especialista en saber esas cosas. Fabio recibió los restos del balón y siguió dándole vueltas, aunque ahora con un atisbo de esperanza.
—Oigan —dijo Sergio, de repente—. Si quieren puedo conseguir un campito para que juguemos. 
Se lo hicimos repetir, como para descartar una insolación o una imperdonable intención de burlarse de nosotros. Volvió a decirlo, con un parpadeo de absoluta inocencia. 
¿Era posible? ¿Cabía la posibilidad de que Sergio supiese la manera en que podíamos hacernos de un campito? Nos costaba creerle. Esa noticia sonaba igual de inverosímil que si el tipo nos hubiera dicho que era amigo personal de Mario Alberto Kempes, o que era capaz de cruzar la avenida Irigoyen con los ojos vendados y sin que lo aplastaran los camiones. Le exigimos aclaraciones y las brindó de inmediato.
Resultaba que sus tíos eran dueños del terreno de la esquina de Victorino de la Plaza, en el punto límite del barrio, pero adentro. Y que les había preguntado si podíamos usarlo y le habían dicho que sí; que si lo limpiábamos y cuidábamos, podíamos usarlo sin problemas. La explicación de Sergio sonaba tan sincera que no nos pareció que tratase de engañarnos. Además, si realmente nos estaba tomando el pelo, siempre nos quedaba el recurso de hacerle pagar la broma moliéndolo a patadas. Y difícilmente el tierno infante estuviese dispuesto a correr semejante riesgo.
De manera que ahí nos fuimos, a inspeccionar nuestro dominio recién adquirido y los trabajos necesarios para ponerlo en condiciones. Era un terreno en esquina, bastante grande, rodeado por un alambrado alto y cubierto de ligustro. En un costado se podía pasar saltando un portón de madera cerrado con candado. Hasta los más escépticos tuvimos que aceptar que era, verdaderamente, la tierra prometida. Sobre uno de los lados, además, alguien había plantado un par de naranjos, a unos cinco metros uno del otro. Estaban apestados y se habían ido en vicio, pero nosotros no los queríamos para comer naranjas sino para que sirviesen de postes para un arco. Dicho sea de paso, ese arco nunca resultó una maravilla: los árboles no tenían un tronco único que saliese recto hacia arriba, sino un montón de ramas gruesas que se abrían desde el tronco hacia los lados, muy abajo. Cada “poste” por lo tanto, era un berenjenal de ramas, y era una discusión perpetua entre atacantes y defensores, cuando la pelota pegaba en esas ramas, decidir si cobrábamos gol, rebote en el palo, córner o saque de arco. Los que atajaban ahí, además, sufrían especialmente. A todos nos maravillaba el modo en que el Pato Fillol, arquero de la selección campeona del ’78, volaba de palo a palo sacando balones imposibles de los ángulos. Pero cuando nos poníamos a imitarlo en ese arco, indefectiblemente terminábamos llenos de raspones, estrellados contra el ramerío como mariposas en el radiador de los micros de larga distancia. 
De todas maneras, teníamos problemas más urgentes: el terreno estaba abandonado desde hacía mucho tiempo, y donde no crecían los suyos tan altos como nosotros se acumulaban montaña de basuras abandonadas ahí desde tiempo inmemorial. Como nos sobraba de voluntad lo que nos faltaba de herramientas, los más grandes nos pusimos a arrancar los yuyos con las manos. Y pusimos al personal a nuestras órdenes —es decir, los pibes más chicos— a cargar manojos de basura hasta el cordón de la vereda. Cuando la fatiga amenazaba con derrotarnos —nuestros jóvenes esclavos amagaban a dejar el trabajo y parecían inmunes a todas nuestras amenazas, y los mayores teníamos las manos enrojecidas cuando no ampolladas—, el papá de Nicolás vino a salvarnos: trajo la máquina de cortar pasto, un cable de cincuenta metros para enchufarla en lo de un vecino, y dos machetes enormes y filosos para atacar la espesura.
Mientras su papá se dedicaba a manejar el catafalco y a gritarnos que no pisásemos el cable a riesgo de “quedarnos pegados” —recuerdo que en mi niñez me costaba conciliar la noción de electricidad con la de pegamento–—, Nicolás y yo nos dedicamos a sacudir los machetes en el yuyal con mucho más entusiasmo que conocimientos. Creo que nunca estuve tan cerca, a lo largo de mi vida, de perder unos cuantos dedos de las manos.
Nos llevó un par de tardes dejar todo limpio y lo suficientemente liso como para que la pelota rodase. Desde entonces, el “campito de Sergio” se convirtió en nuestro campo de juego. Y pudimos jugar a salvo de los colectivos y de las viejas deseosas de dormir la siesta.
Pero, como en la vida no existen las soluciones perfectas, tuvimos que aprender a convivir con la palmera.
Y ahora regreso al principio de este relato, para repetir que no hay un árbol peor para que te crezca en un campito, que una palmera. De entrada, como tantas cosas en la vida, nos pareció inocente, inofensiva. Claro que la vimos. Como para no verla. Enorme. Altísima. Tan gruesa que no alcanzábamos a rodear su tronco con los brazos. Con el penacho de hojas pinchudas en la cima, y el tronco áspero y recto, sin ningún sitio para agarrarse e intentar treparla.
Nos bastaron unos cuantos partidos para darnos cuenta de que la dichosa palmera era una devoradora insaciable de pelotas. Siempre sucede, cuando uno juega al fútbol en la naturaleza, que algún jugador rústico te cuelga el balón en las ramas de un árbol. Es inevitable. Pero, cuando sucede, uno supone que tarde o temprano conseguirá recuperar la pelota. Trepando por las ramas, haciéndose pie con los amigos, tirándole cascotazos, sacudiendo el follaje… Esas estrategias funcionan en todo tipo de árboles: en sauces, en pinos, en fresnos, en paraísos, en tilos, en cedros. Pero son inútiles cuando se trata de una palmera. Porque la pelota se encaja allá arriba, en el centro del penacho ese de hojas pinchudas, y salvo que uno tenga un helicóptero no hay modo de llegarle a ese corazón lleno de trampas. Escalar el tronco es imposible. Tirarle piedrazos es inútil. Y zarandear las ramas, impracticable, porque como mucho lo que vas a lograr es que se desprenda una y se te venga encima con todas esas agujas filosas que te pueden dejar cosido a pinchazos.
Parece mentira cómo la vida parece dispuesta a torcer sus caminos. Porque nosotros, que con el campito de Sergio nos habíamos librado de los reventones de pelotas bajo las ruedas de los colectivos, empezamos a verlas desaparecer en las fauces hambrientas de la maldita palmera. Cuando a los arqueros desprevenidos se les daba por sacar alto, las caras de todos quedaban estáticas clavadas en el cielo. El aire se quedaba quieto y dejaban de escucharse los sonidos, salvo algún aullido de pánico mal contenido. Si el balón pasaba lejos de la palmera, o si le tocaba la punta de las ramas y caía, festejábamos con aplausos y seguíamos el partido. Pero si con un rumor verde el balón se encastraba en las alturas, nos agarrábamos la cabeza o nos quedábamos quietos y fríos, a medida que nos colmaba el desconsuelo. 
Para disuadir a los arqueros irreflexivos establecimos una regla categórica: “El que cuelga, garpa”. Y como “dura lex, sed lex” —ese dicho no es de Abuelita Nelly, porque nunca supo latín—, los incautos se acostumbraron a la fuerza a sacar con la mano y más bien bajito. Pero el fútbol tiene pulsos y exigencias que van más allá de los deseos de los hombres, y de tanto en tanto, algún balón irreflexivo partía, como un cañonazo, hacia el infierno final de la cima del árbol asesino.
Nuestra guerra contra la palmera empezó a terminar un día como cualquiera, cuando nos topamos con un cartel sobre el alambrado. “Se vende”, en grandes letras blancas, y el apellido y el teléfono de un martillero de la zona. Consultamos a Sergio sobre el asunto y resultó que el campito no era de Sergio ni de los tíos de Sergio ni de ningún miembro de la parentela de Sergio. Como éramos indulgentes, no lo fajamos por haberse mandado la parte en vano. Y como éramos optimistas, seguimos jugando sin detenernos a pensar en el día en el que, tarde o temprano, nos arrebatarían el campito.
Unos meses después llegaron unos obreros que construyeron una empalizada. El dueño legítimo del terreno lo había vendido para construir unos dúplex. Y nosotros, dispuestos a encontrar rastrojos de alegría en la desgracia, optamos por ver el lado bueno: nos quedábamos para siempre sin campito, pero para construir los dúplex iban a tener que derribar a nuestra enemiga, y nosotros recuperaríamos de un saque todas las pelotas que a lo largo de tres años la palmera nos había ido arrebatando.
El día fijado para la tala estuvimos todos. Encaramados en una medianera, vimos a los obreros rodear el tronco con sogas gruesas y emprenderla a los hachazos. Cuando horadaron la mitad del diámetro enorme, cincharon todos juntos para torcer el tronco y quebrarlo como el espinazo de un dinosaurio o de un gigante. No nos tembló un músculo cuando la palmera golpeó contra la tierra: esos no eran días de conciencia ecológica sino de pura y simple venganza.
Después del topetazo feroz contra el suelo, los operarios nos permitieron acercarnos. Vimos, por primera vez, el alto corazón de la bestia: el enmarañado centro del follaje, un par de nidos abandonados, un amontonamiento de frutos y semillas, el imán hambriento que se había engullido cada uno de nuestros balones. Con cuidado, para no clavarnos las agujas atroces de las hojas, estiramos los brazos para recuperar las pelotas perdidas.
Y con un asombro en el que se mezclaban el horror y la admiración, comprobamos que la palmera había vuelto a derrotarnos. Después de meses, de años de tenerlas suspendidas ahí arriba, a sol y sereno, empapadas de lluvia y resecas en los soles del verano, todas, absolutamente todas, las doce o quince pelotas que encontramos estaban inservibles: con los gajos rotos, el cuero podrido, las costuras abiertas, las cámaras desintegradas.
Para irnos, saltamos por última vez el portón de madera del campito. A medida que pasábamos las piernas por encima de los listones, echamos un último vistazo al gigante abatido. Los obreros se disponían a cortar el tronco en pedazos, a separar las ramas para apilar los restos en el cordón de la vereda. Eso sí: entre todos cargamos con nosotros los restos, inservibles y despellejados, de todas las pelotas. Aunque la palmera nos hubiese ganado, también, esa última batalla, no íbamos a obsequiarle, además, el placer postrero de quedarse con todos nuestros muertos.

(Argentina, 1967)


jueves, 8 de septiembre de 2016

GALEANO, Eduardo: Los sueños del fin del exilio/3


Se le habían roto los cristales de los anteojos y se le habían perdido las llaves. Ella buscaba las llaves por toda la ciudad, a tientas, en cuatro patas, y cuando por fin las encontraba, las llaves le decían que no servían para abrir sus puertas.

(Uruguay, 1940/2015)

jueves, 25 de agosto de 2016

CORTÁZAR, Julio: Terapias


Un cronopio se recibe de médico y abre un consultorio en la calle Santiago del Estero. En seguida viene un enfermo y le cuenta cómo hay cosas que le duelen y cómo de noche no duerme y de día no come.
—Compre un gran ramo de rosas —dice el cronopio.
El enfermo se retira sorprendido, pero compra el ramo y se cura instantáneamente. Lleno de gratitud acude al cronopio, y además de pagarle le obsequia, fino testimonio, un hermoso ramo de rosas. Apenas se ha ido el cronopio cae enfermo, le duele por todos lados, de noche no duerme y de día no come.

(1914/1984)





lunes, 22 de agosto de 2016

MELENDI: De repente desperté



Hoy he soñado que todo es mentira,
que no existen ni la guerra ni la paz,
ni los enfermos ni las medicinas,
que no existen las banderas,
ni palomas mensajeras.

Hoy he soñado que todo es mentira,
que no existen los parados por derecho
y que el político es de plastilina,
y que no existe un desastre
que no arregle cualquier sastre.

Y de repente desperté
y cuál fue mi sorpresa
cuando en el telediario de la 3
un hombre mataba a sus hijos a palos
para vengarse así de su exmujer.

De repente desperté
y como si de un sueño se tratara,
vi que el mundo era un papel,
donde el poderoso pinta garabatos
para lavarse las manos después.

De repente desperté
y como siempre este maldito mundo,
tan extraño como absurdo,
tan cruel como taciturno,
comenzó a andar del revés.

Hoy he soñado que todo es mentira,
que en el mundo no existía desigualdad
y que los niños no mueren de sida,
y que no existen primeros
ni últimos por extranjeros.

Y de repente desperté
y vi a cuatro individuos en la tele
peleando por el poder
mientras en la calle un pueblo esclavizado
buscaba en la basura pa' comer.

De repente desperté
y vi cómo detrás de un movimiento
siempre había su porqué,
que en nombre de la paz vi matar dictadores
que estaban más que puestos por usted.

De repente desperté
y como siempre este maldito mundo,
tan extraño como absurdo,
tan cruel como taciturno,
comenzó a andar del revés.

Y ahora no sé cuál es el sueño
y cuál la realidad...
Pensamos que vamos sin dueño…
Qué falta de verdad,
Qué falta de verdad...

Y no hay peor que el que no quiere ver
por muy duro que sea mirar.
Me resulta tan difícil
creer que existe el destino
cuando todo el mundo baila
si cuatro tiran de un hilo.

Y aunque esta humilde balada
nunca sirva para nada,
yo hoy dormiré más tranquilo.

Ramón Melendi Espina (Oviedo, 21 de enero de 1979),
conocido artísticamente como Melendi, es un cantautor español.
Sus especialidades en la música son el rock, el pop

y antiguamente la rumba a la hora de componer sus letras.

martes, 12 de julio de 2016

SZTAJNSZRAJBER, Darío: La última vez


¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste? No buscando una respuesta ni encontrando una certeza, sino la última vez que te escapaste de lo cotidiano y te detuviste. No por cansancio ni por desidia, sino porque sí.
¿Cuándo fue la última vez que te detuviste y dejaste que todo a tu alrededor flotara? Como quien se anima a desconectar las cosas, a quitarles su carácter de utilidad, a sacarlas de la lógica del cálculo.
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que no sirviera para nada? Para nada ni para nadie, ya que las servidumbres se presentan de formas muy misteriosas. Algo que no fuese pensado desde la ganancia, el interés o el egoísmo.
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo porque sí? No porque te convenía o porque lo necesitabas, o incluso porque lo querías; sino porque sí. O al revés: ¿cuándo fue la última vez que la casualidad hizo con vos algo? No algo productivo, ni profundo, ni siquiera algo en sentido estricto.
¿Cuándo fue la última vez que le diste un abrazo a alguien? No a tus seres queridos ni a personas conocidas, sino a “alguien”, no importa a quien. 
¿Cuándo fue la última vez que diste? No importa qué. Un regalo no vale por lo que es, sino que vale en tanto regalo. Un regalo no vale. Un regalo no es. Se da y no vuelve.
¿Cuándo fue la última vez que te abriste? ¿O que no te cerraste? ¿O que demoliste tus puertas? ¿O que dejaste entrar al indigente? ¿O que ese otro irrumpió en vos y te llevó puesto?
¿Cuándo fue la última vez que recordaste? No cuándo vence la factura de gas o la fecha del examen, sino que te recordaste como una trama, como una huella, como parte del relato en el que te ves inmerso, como el deseo de querer seguir narrándote.
¿Cuándo fue la última vez que lloraste? Simplemente lloraste. De alegría, de tristeza, da igual. Llorar, como quien expresa en ese acto primitivo la existencia viva; como quien solicita, pide, ruega, pero no reclama, ni exige, ni cree merecer.
¿Cuándo fue la última vez que te perdiste? No en esta calle o en este trabajo o con este proyecto compartido. Perderse, dejándose llevar por ese acontecimiento imprevisible, dejándolo ser. El mundo está repleto de carteles y señales. El mundo está lleno de héroes que te proponen un formato industrial del ser uno mismo y una carrera exitosa basada en el afianzamiento de lo que sos. No importa qué sos, sino abroquelarte en lo tuyo, o en los tuyos, y sobre todo erigir los muros que hacen del otro y de lo otro algo invisible. Por eso perderse, como quien pasea sin rumbo, o habla con una tortuga, o le pide perdón a un helado por comérselo. Como quien se baja del colectivo para caminar por esas calles extrañas, como quien encuentra una mirada que lo devuelve para adentro y cae en el abismo.
¿Cuándo fue la última vez que tuviste miedo? No por lo que te pudiera pasar, sino por pensar que tal vez nunca no te pasara nada.
¿Cuándo fue la última vez que preferiste la nada al ser, un olor a un concepto, un insomnio a un ansiolítico, un árbol viejo a un ascensor?
¿Cuándo fue la última vez que te traicionaste, que te animaste, que transgrediste, que te lanzaste, que tuviste un sueño, que creíste, que descreíste, que te arrepentiste, que te afirmaste, que te cuestionaste, que soltaste lo propio y te abriste a la pregunta?
¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste?

(Argentina, 1968)

sábado, 25 de junio de 2016

MAFALDA EN SU SOPA


Alumnos de 2° año y tres profes de la E.E.M.P.A. 1007 "LIBERTAD" participaron de una visita guiada por la Muestra "Mafalda en su sopa", en el Complejo Cultural del Viejo Mercado. Fue el jueves 9 de junio de 2016, con la cálida coordinación de la Profesora Claudia Manera. Queda registro del disfrute de la actividad, de algunos detalles del recorrido y de las infografías que elaboraron posteriormente alumnos de 2° F.