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martes, 5 de mayo de 2020

MOLFINO, Miguel Ángel: En las sombrías aguas


Las grandes inundaciones del Litoral siempre trajeron fiebres y desdichas. Alguna vez arrastraron los cadáveres de los adversarios de Stroessner: se los veía pasar en su desolada deriva. Las aguas también traen historias, como la que me contó un tipo flaco, empleado de Vialidad, días atrás, cuando visité las defensas que guarecen Resistencia. Habíamos caminado entre el barro por más de dos horas, rodeados por esa viscosa pampa líquida, cuando el rápido atardecer y la tormenta nos llevó a una pobre casilla de madera. El tipo flaco preparó unos mates de ginebra. Los primeros truenos empezaron a rodar en la noche como enormes rocas despeñándose en algún abismo del cielo. Antes que lloviera, el tipo contó: “Sucedió en 1966, durante la gran inundación, ¿recuerda? La cosa fue en Puerto Vilelas: todo era agua. Los ranchos y los árboles estaban casi tapados. Eso me lo contó un pariente, un primo lejano que se ofreció como voluntario para los rescates y él mismo lo escuchó de boca del tipo que la vivió. Enloquecido estaba el hombre. Pero él no fue el primero, no. Antes hubo unos dos tipos más. Ellos fueron lo que dieron el aviso, la noticia. Pero, mejor se lo cuento en orden, seguro que le va a interesar”. “El primero que la vio, creo, fue un tipo de YPF que venía remando, al atardecer, buscando algún inundado perdido en los árboles y o en algún techo. Todo era agua, sucia, podrida. Se veían caballos y perros patas para arriba, flotando tiesos, muertos. De pronto el fulano divisa una silueta sobre el tirante del techo de un rancho. Rema y se aproxima. Cuando se halla a metros, se entera de que la silueta es una mujer, vieja, muy vieja, acuclillada sobre el parante, vestida con trapos. El de YPF le grita que baje, que él la va a llevar a tierra firme. La vieja le responde que no, porque está esperando al hijo, que el hijo no tardará en llegar a buscarla en su canoa. El de YPF insiste: señora, usted debe estar cansada, yo la llevo y su hijo la encontrará después en el albergue. Y la vieja que nada. No hubo caso. El tipo, al regresar, informa que en tal lado hay una señora anciana sobre un techo y que se niega a ser socorrida”. “A los días de esto, otro hombre afectado a las tareas del salvataje, cruza en su canoa por el lugar: la mujer todavía estaba ahí. El tipo, sin saber que otro ya lo había intentado, quiere bajarla del techo pero la vieja, a los gritos, dice que no, que su hijo no tardará en buscarla. El hombre no quiere entrar en razones y la vieja le muerde una mano. Entonces se marcha, dejándola sola una vez más, sobre el techo, rodeada de agua, litros y litros de agua inundada. Lo que mi pariente me contó fue que la mordedura de la vieja por poco lo mata: se le infectó, le subió fiebre y terminó en el Hospital Perrando. Pero lo más horrible sucedió con el tercero, con el tercer tipo que encontró a la vieja”. Ya llovía como si el cielo se hubiera desfondado. El mate de ginebra y el tabaco parecían espesar el relato. Y la cosa siguió así: “El tercero fue un tal Balmaceda, un obrero de la taninera que andaba en canoa estibando dos o tres chirimbolos que había logrado salvar de su hogar. Casi era de noche. El hombre iba armado con un 22. Como había muchas víboras o por las dudas, iba calzado. Su canoa, casi perdida en la inmensidad del agua y la oscuridad, cruza por el rancho, por el techo donde todavía se encontraba la vieja. La ve y se pega un julepe que ni le cuento. La descubre vieja y ahí la invita a llevarla. La mujer se niega con lo de siempre. No es hora para esperar al hijo, piensa el fulano. Entonces decide llevarla por la fuerza. Se trepa al techo deshecho y cuando menos lo espera, la vieja grita salvajemente y saca una cuchilla. El tipo, del susto, cae al agua, bracea y sube a su canoa. La vieja parece que va a tirársele encima, gritando como un carancho; y el tipo, cagado en las patas, saca el 22 y tira, tira. La vieja cae al agua. Regresa despavorido. Él no había querido matarla. Cuando llega a la zona de los puestos sanitarios, se encuentra con mi pariente y le cuenta lo sucedido. Gran revuelo. Viene la policía. La cana lo detiene. Al otro día una patrulla busca el cuerpo de la vieja y no lo encuentra. El pobre tipo, por supuesto, sigue en cana hasta que la versión da vueltas entre los inundados. Un viejo bien viejo, alojado en un albergue cercano a Barranqueras, se entera y va hasta la comisaría. Allí cuenta que el tipo no ha matado a nadie. Recuerdo —dice el viejo— la inundación de 1905 y una cosa terrible. La que le pasó a una vecina, una vieja que quedó esperando al hijo sobre un parante del rancho. El hijo volvió, sí, pero para matarla. Con una cuchilla, tal vez la misma con que quiso atacar esa última noche, donde los tiros apagaron el ánima”.

(Saladillo, Buenos Aires, 1949) 



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