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sábado, 21 de marzo de 2026

PONCE, Ana María: Que no me mientan...


Que no me mientan,
detrás de mí,
espera el fin.
Que no me mientan,
detrás de mí,
están los recuerdos,
la simple alegría de vivir libre.
Detrás de mí,
quedó un mundo que ya no me pertenece…
Me miro los pies.
Están atados.
Me miro las manos,
están atadas,
me miro el cuerpo;
está guardado entre paredes,
me miro el alma,
esta presa…
Me miro, simplemente
me miro ya veces
no me reconozco…
Entonces vuelvo a mirarme,
los pies,
y están atados;
las manos,
y están atadas;
el cuerpo,
y está preso;
pero el alma,
¡ay! el alma, no puede
quedarse así,
la dejo ir, correr,
buscar lo que aún
queda de mí misma,
hacer un mundo con retazos,
y entonces río,
porque aún puedo
sentirme viva.

(Argentina, 1952)


Ana María Ponce nació en San Luis el 10 de junio de 1952. Siendo la alcaldesa de tres hermanos, se crió en un hogar politizado, con un abuelo fundador del Partido Laborista, un padre que sería intendente de la capital de su provincia y una madre docente universitaria. Fueron los modelos que ella seguiría durante su juventud. Egresada de la Escuela Normal de San Luis con medalla de oro de su promoción, “Any”, como le decían sus amigos, ingresa en el profesorado de Historia y Literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata; allí comienza su militancia, en la Juventud Peronista de La Plata y en la Federación Universitaria de la Revolución Nacional, donde conoce al que sería su marido, Godoberto Luis Fernández, y padre de su único hijo, Luis Andrés. Luego de que su marido sufría un atentado contra su vida, se mudan a la Capital Federal.
El 11 de enero de 1977, Godoberto Luis Fernández es detenido por las fuerzas del Ejército. Seis meses después, el 18 de julio, día del cumpleaños de su hijo, Ana María es detenida por fuerzas de la Marina, y llevada a la ESMA, donde permanecería hasta febrero de 1978. El lunes de Carnaval, último día en que se la vio con vida, a “Loli” (como la conocida en la ESMA) le informó que tendría una entrevista con el director del centro clandestino de detención y torturas, el almirante Chamorro, para que efectuara un “mea”. culpa" público y así lograr una "supuesta" legalización de su condición. Intuyendo su suerte, "Loli" deja en manos de Graciela Daleo, una compañera de detención, todos los poemas que había escrito durante el tiempo que duró su secuestro. Graciela, sobreviviente de la ESMA, es quien logra contactar a familiares de Ana María para entregarles esos conmovedores textos.

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