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miércoles, 6 de mayo de 2026

KAMIYA, Alejandra: Desayuno perfecto


No vas a esperar a que se cuele la luz por la ventana. Vas a mirar a Takashi dormir a tu lado. Vas a pensar que es bueno que descanse porque lo espera un largo día de trabajo. Vas a levantarte del futón sin hacer ruido, y levísima vas a andar por el tatami hasta la cocina, donde te vas a vestir para no rasgar el sueño de papel de Hiro y de Takashi.
Un desayuno perfecto requiere pescado fresco y el pescado más fresco está en los alrededores del mercado de Tsukiji. Es temporada de caballa.
Vas a ir en tren a Tsukiji por una caballa perfecta.
Una vez allí todas te van a parecer bellas. Ese reflejo azul, las líneas de tigre en negro mojado, siempre mojado, como un recuerdo que nunca se seca, un recuerdo del océano.
Vas a cerrar los ojos y vas a elegir. No te vas a dejar llevar solo por lo que veas. Vas a hacer el viaje de regreso a casa con la caballa perfecta en una bolsa, deseando que no se produzca ninguna demora. Sería una pérdida de frescura. Una grieta en la lisura de tu plan.
Una vez en casa, vas a cortar la caballa a la mitad y la vas a salar, para que retenga en ella su espíritu del mar. Vas a poner el arroz en remojo, después de haberte lavado las manos con ese jabón de coco que te regaló Mariko. Qué afortunada. ¿Cuántas japonesas se lavan por la mañana la cara y las manos con un jabón de cocos?
Vas a imaginar una playa como las de los avisos de agencias de viaje y vas a acercar tu imaginación a la punta de las palmeras: vas a ver los cocos, con los que hicieron el jabón para que tus manos sean suaves esta mañana. Vas a desear que algo de esa playa y esa blancura del coco pase al arroz a través de tus manos cuando lo laves y lo dejes en reposo.
El reposo es importante. En todo.
Para hacer el miso shiru vas a perfumar el agua con pequeñas anchoas secas. Vas a imaginar la danza del dulzor del coco con el sabor salado de las anchoas. Como si ese mar que acaricia los pies de las palmeras volviera a hacerlo en Tokio, en tu casa.
No vas a poner muchas anchoas en el agua porque si no esa danza de sabores se transformaría en una lucha.
Vas a abrir el natto, y el paquete de nori, ese que compraste después de ahorrar. Nori de una negrura perfecta, como una muerte. Sin los atisbos de verde de las algas comunes.
Hay algo de soberbia en este gesto y te vas a avergonzar, pero la idea de un desayuno perfecto va a volver a convencerte de que hiciste bien, de que un solo elemento de otra calidad echaría a perder el trabajo puesto en todos los demás.
Por eso también vas a usar el té del primer brote, ese del sur del Japón. Vas a retirar el agua del fuego antes de hervir, vas a humedecer apenas las hojas y luego de echar el agua las vas a dejar reposar. Se van a desperezar y van a dejar salir su sabor, su perfume, su esencia verde en tu cocina gris. Vas a ir a la habitación de tu hijo. Vas a quedarte arrodillada junto al futón mirando su respiración. Podrías pasar todo el tiempo del mundo así. Qué egoísta. Podrías dejar que el desayuno se pudriera en la cocina, y el resto del mundo sin sentido se hiciera pedazos allí afuera, y seguir arrodillada junto al futón de Hiro. Como si fuera tuyo y no del mundo que lo espera y del que es un engranaje más.
Vas a poner una mano en su pequeño hombro flaco. El niño va a decir «Hi» y le vas a responder con un tono de voz ni alto ni bajo que es la hora de levantarse.
Él se va a restregar los ojos y va a decir «Sí, mamá» y luego se va a volver a tapar para remolonear un minuto más.
Luego vas a volver a la cocina y vas a escuchar cómo Hiro y tu marido se preparan para sus días llenos de obligaciones, como árboles llenos de frutos o de flores.
Vas a mezclar la mostaza con el natto: una danza de espadas. Un tintineo filoso en tu nariz.
Vas a colocar todo sobre la mesa con el mismo cuidado de cada mañana pero buscando algo más.
Ningún ángulo debe desafinar, ningún color puede chocar o apagarse, deben fluir hasta Hiro y su papá.
Los perfumes deben seducir como lo que se oculta. El orden debe ser amable como la voz de las chicas de los ascensores de los grandes almacenes.
Vas a colocar una pequeña flor junto al recipiente del natto. Casi un gesto de vanidad que no vas a poder evitar. Una señal tal vez.
Tu marido y Hiro van a arrodillarse alrededor del desayuno. Vas a disfrutar mirándolos comer. Hiro, un poco desgarbado como acurrucado aún en el sueño, se va a restregar la cara con el dorso de la mano que sostiene los ohashi.
Vas a romper un huevo y lo vas a colocar en su bol. Un sol se va a esparcir por un pequeño mundo de arroz.
Vas a ver a Hiro terminar de despertarse al masticar, y vas a percibir que se da cuenta de que este es un desayuno perfecto. Tu marido va a comer hasta el último grano de arroz, lo último del natto, la última fibra de la caballa y va a asentir mientras lo hace.
«Oishi», va a decir Hiro, y vas a estar satisfecha y vas a agradecer, inclinando apenas la cabeza y sonriendo más con los ojos que con los labios que no se despegan. «Oishi» va a repetir el niño, y vas a sentir un pez globo en el pecho. Tu marido va a volver a asentir.
La mesa va a quedar vacía. Solo los bols, tazas, pequeños platos, vacíos como esqueletos. Y la flor, abierta como una boca que grita. Muda de sentido en su belleza.
Hiro va a decir que tiene clase de inglés y se va a levantar corriendo.
Tu marido va a esperar un poco, como si reposara, como el arroz, como el té. Luego se va a poner de pie apoyándose en los puños.
Vas a recoger las cosas de la mesa. Las vas a dejar cubiertas de espuma en la pileta. Te vas a enjuagar las manos para despedirlos. Vas a usar tu jabón de coco una vez más.
Hiro va a llevar su mochila y su gorra de béisbol.
Le vas a decir que se la debe quitar antes de entrar al colegio.
Él va a asentir y te va a decir que su amigo lo espera en la otra calle.
Le vas a decir que no lo haga esperar.
Tu marido, ya en la puerta, antes de calzarse, te va a decir que ha sido un desayuno perfecto. Vas a agradecer.
Una vez sola en la casa, vas a limpiar en detalle, como siempre, pero de otra manera. Todo puede siempre mejorarse. Qué falta de humildad sería no intentarlo.
Al terminar, te vas a sentar junto al horno y vas a abrir la puerta, hacia abajo como los puentes levadizos.
Vas a girar la llave y vas a apoyar la cabeza en la puerta como si fuera una almohada en la que vas a descansar.
La nota de disculpas ya estará hecha y la habrás dejado sobre la mesa.
Vas a pensar en las playas llenas de sol y palmeras muy altas. En las puntas vas a ver cocos y vas a adivinar su interior blanco y su perfume.
Vas a mirar el mar, vas a sentir ese olor extraño que viene y va.

(Argentina, 1966)




martes, 5 de mayo de 2026

LAMBERTI, Luciano: Jers

 


—Puedo hacer muchas cosas.
—¿Por ejemplo?
—Puedo aguantar la respiración bajo el agua por un minuto entero.
—¿Un minuto? Qué bueno. Yo no sé si llego a tanto.
—Entrené mucho. Todos los días, en la bañera. Igual el récord mundial de aguantar la respiración es mucho más alto.
—¿En serio? ¿De cuánto?
—Veinticuatro minutos.
—Uau. ¿Cómo sabés eso?
—Lo guglié. Aleix Segura, un señor español que en el 2016 estuvo casi media hora sin respirar y entró en el libro de Guinnes. Su familia lo esperaba en las gradas y su madre se desmayó de la impresión y fue socorrida por un equipo médico, aunque Aleix Segura emergió del agua con una sonrisa —el chico pronunció esas palabras casi sin detenerse, como si las hubiera aprendido de memoria.
—¿Te sabés todo eso?
El chico levantó los hombros, concentrado en sus bloques de plástico amarillo.
—Puedo dominar mis sueños, también.
—¿Cómo es eso?
—Estoy en un sueño y digo: ahora voy a dominarlo. Y puedo hacer lo que quiera. Volar. Irme a la playa. Subirme a un dinosaurio. Lo que se me antoje.
—Debe ser maravilloso.
—Sí —dijo el chico, no muy convencido.
La niñera, sentada en uno de los amplios sillones del comedor, frente a la televisión apagada, se fijó una vez más en los mensajes de WhatsApp. Nada. Dejó el celular sobre la mesa ratona. Eran casi las diez de la noche. La casa estaba en silencio. Los padres del chico (dos treintañeros sonrientes, amables, profesionales, con una biblioteca bastante grande montada en una de las paredes del living) se habían ido una hora antes a una cena con amigos. La madre parecía ansiosa: le recordó que a las once, a más tardar, por más que llore y patalee, el chico tenía que estar en la cama. Es bastante especial, va a manipularte, no lo dejes, le advirtió. Le dijo que había pizza en la heladera, que podía calentarla en el microondas. Le anotó la clave del wifi. Después le preguntó si tenía su teléfono y le repitió varias veces que la llamara por cualquier cosa.
—Cualquier cosa. Y a las once en la cama.
—No te hagas problema.
Ahora habían terminado de comer y estaban haciendo tiempo antes de irse a dormir.
—Contame qué más te gusta —preguntó la niñera, de aburrida nomás.
La niñera estaba cursando el tercer año de psicología y tenía un atraso de una semana.
—No sé. Puedo multiplicar sin calculadora.
—¿En serio?
—Mmj. Probame si querés.
—A ver… Doscientos cuarenta y siete por siete. Es un poco difícil, no tenés que…
—Mil setecientos veintinueve.
La niñera tuvo que fijarse en el celular.
—¡Sí! Es impresionante. ¿Cómo aprendiste eso?
—No sé.
La niñera se quedó mirándolo, todavía con el celular en la mano. Era «bastante especial», este chico. Recién bañado, con el pelo todavía húmedo, un pijama con motivos de Monster University, sentado en la alfombra entre los dos sillones, encastrando sus bloques. Cada tanto se levantaba, buscaba algo del mueble de los juguetes, volvía a sentarse.
—¿Cuántos años me dijiste que tenías?
—Cinco. En mayo cumplo seis.
—Uau —dijo la niñera.
—Mmm —el chico estaba harto de los elogios, evidentemente—. Ya sé leer, escribir, sumar, restar y multiplicar. Dividir más o menos.
—Dividir es difícil —dijo la niñera.
—Igual ya me va a salir. Estuve muy ocupado.
—¿En qué estuviste ocupado?
—No sé. Todas las mañanas al jardín. Después, almuerzo. Después leo, juego con mamá y a la tarde voy a tenis.
—A tenis.
—Me interesa el tenis.
—Pero qué bien.
El chico abrió una caja de juguetes, revolvió hasta dar con unas figuras humanas, volvió a la mesa.
—También estuve escribiendo un libro.
—¿Escribiste un libro?
—Sí.
—¿Qué clase de libro?
—No sé. Cuento las cosas que me pasan. Las cosas de las que voy a olvidarme cuando crezca. Mamá lloró cuando lo leyó.
—Claro, se emocionó mucho.
El chico levantó la vista hacia ella, nada más que un segundo, y volvió a su trabajo.
—También sé hacer la vertical. Escupir entre los dientes. Decir malas palabras en inglés.
—¿Cómo cuál?
El chico interrumpió un segundo su trabajo para acercarse a ella. La niñera pudo oler el perfume del shampú.
—Fucking shit —susurró.
—Upa —dijo la niñera.
Sentía la tentación de mirar el celular pero no cedió.
—¿Querés que juguemos a algo?
—Nah, yo estoy bien —dijo el chico.
Y al rato:
—Miralo si querés, no pasa nada.
—¿Que mire qué?
—Tu teléfono. No voy a contarles.
La niñera dudó. Maldito perpicaz. Después desbloqueó la pantalla y fue hasta los mensajes de WhatsApp. Dos líneas de color azul. Lo había leído, entonces. Lo había leído y no le respondía. Volvió a cerrarlo. El chico seguía encastrando sus bloques. ¿Qué hora era a todo esto? Las diez y veinticinco, casi. En media hora estaría dormido, le contaría un cuento o algo así y a la cama. Entonces podría pensar en lo que le estaba pasando. Tomar alguna decisión.
—Listo —dijo el chico, retrocediendo unos pasos para admirar su obra.
Su obra era una especie de casita, con techo a dos aguas tipo chalet, y el chico la estaba evaluando a consciencia. Parecía conforme. En el interior de la casa había luz: una lamparita colgaba desde el techo.
—¿Puedo? —preguntó la niñera.
Se agachó para espiar el interior: una reproducción fidedigna del comedor en el que estaban. Los detalles eran impresionantes: el cuadro colgado en la pared, el televisor apagado, las cortinas, un playmobil (ella) sentado en el sillón, sosteniendo un cubo que semejaba bastante a un celular en miniatura; otro junto a la mesa ratona armando a su vez una casita más pequeña.
Había una tercera figura, de cartón rayado con una bic negra, una sombra alargada detrás del sillón.
—¿Somos nosotros?
El chico hizo que sí con la cabeza.
—¿Y ese quién es? —preguntó la niñera.
—Ah, sí —dijo el chico, con la cara cruzada por una sombra.
—¿Qué pasa?
El chico negó con la cabeza.
—No tengo que hablar de eso.
—¿De qué?
—De ese que aparece ahí —dijo el chico, en voz baja.
—¿Porqué?
—Él no quiere que cuente.
—¿Quién?
El chico chistó para que baje la voz y se acercó a ella.
—Jers. No me hagas decirlo en voz alta.
—¿Quién es Jers, mi amor?
—No tengo que contarte —dijo el chico.
Ahí está, pensó la niñera. Será muy inteligente pero tiene miedo a los monstruos. Como cualquiera de su edad. Los monstruos son símbolos para los chicos, le habían explicado en la facu. La forma que tienen de entender sus problemas reales. Sintió una oleada de ternura hacia él.
De pronto se le ocurrió una idea peor. No era un monstruo. Era un adulto real. Alguien que abusaba del chico, probablemente. Un maestro, el profesor de educación física, el de tenis. Alguien que le había hecho prometer silencio.
—A veces hablar hace bien —dijo, entonces—. Ayuda a desahogarse.
El chico negó con la cabeza.
—¿Jers es alguien que conocés? —le preguntó.
—Está siempre conmigo —dijo el chico, sin moverse—. Está detrás tuyo, ahora.
Parecía asustado de verdad. La niñera se dio vuelta para mirar, casi por instinto. Vio una pared, una cortina.
—Vos no podés verlo —dijo el chico, casi llorando—. Los grandes no lo pueden ver.
La niñera sintió el silencio espeso de la casa. Como si todo estuviera a la espera de algo.
El chico movía los labios sin ruido.
—No hagas eso —dijo la niñera, fastidiada.
—¿Quién es Tommy? —preguntó el chico.
La niñera sintió que se vaciaba por dentro.
—¿Cómo sabés ese nombre?
El chico no dijo nada.
—Bueno, cortala —dijo la niñera—. Vamos a dormir. Si querés te acompaño al cuarto.
Pensó que lo acostaría y llamaría a Tommy y le contaría todo. Ese pendejo idiota tendría que ponerse los pantalones.
—Perdón —dijo el chico.
—¿Por qué? —preguntó la niñera.
Entonces Jers le tapó la boca con una gran mano negra y la arrastró hacia el pasillo, donde no tardaron en desaparecer, mientras ella gemía y pataleaba inútilmente.
Se los oyó unos segundos más y después el silencio se instaló nuevamente en la casa.
El chico se quedó temblando, en medio del comedor. Jers vendría por él, ahora, como le había prometido.
—Esto no está pasando —repitió el chico como le había enseñado papá—. Es nada más que una pesadilla.
El diálogo con la niñera, la pizza que habían comido, la salida de sus padres, su inteligencia superior. Todo era una larga pesadilla. En realidad estaba durmiendo en su cama, tenía cinco años, no sabía leer ni escribir, en unas horas lo despertarían para ir al jardín.
Cerró los ojos y se dijo: cuando los abra voy a estar despierto. Va a haber sol en la ventana y papá y mamá van a estar tomando café en la cocina, vestidos para salir a trabajar. No va a existir ningún Jers, ninguna niñera.
Con los ojos todavía cerrados oyó que algo se aproximaba. Algo que trataba de no hacer ruido. Si abría los ojos, si lo miraba, enloquecería.
—Voy a despertarme. A la cuenta de tres —dijo el chico.
Contó: uno, dos y

(Argentina, 1978)