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viernes, 31 de julio de 2026

FONTANARROSA, Roberto: Palabras iniciales


«Puto el que lee esto».
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. «Puto el que lee esto» y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...». Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. «Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos». Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. «Puto el que lee esto». Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
«Es un golpe bajo», dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor —les contesto—, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: «Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción», no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. «Me voy, me muero, cagué la fruta —podría ser el postrer anhelo—. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches». Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros —le advierten—, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
«Puto el que lee esto».
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: «Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia». Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: «Este es el libro. Este es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. «Puto el que lee esto». Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Solo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

(Rosario, 1944/2007)



jueves, 30 de julio de 2026

NIEMÖLLER, Martin: Primero vinieron...



Primero vinieron por los socialistas y guardé silencio porque no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas y no hablé porque no era sindicalista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque no era judío.

Luego vinieron por mí y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre.

(Alemania, 1892/1984)


Existen diferentes versiones de la cita, ya que se originó en los discursos públicos improvisados de Martin Niemöller.
Fuente: Enciclopedia del holocausto
https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/martin-niemoeller-first-they-came-for-the-socialists

lunes, 27 de julio de 2026

SUÁREZ, Patricia: La guerra de las Malvinas



En la televisión dan la noticia de que la Argentina entró en guerra contra Inglaterra. Los ingleses tomaron las Islas Malvinas, ellos las llaman Falklands. Nosotros en el colegio cantamos una canción acerca de que las islas son nuestras. La compuso un folklorista hace varios años, pero desde que empezaron los conflictos la cantamos todos los días cuando se iza la bandera.
Mi abuelo decía que la Argentina nunca le iba a declarar la guerra a Inglaterra, que eso era una estupidez. Mi abuelo murió hace dos semanas, el padre de mi padre. Tenía un riñón malo y le hacían diálisis desde un tiempo atrás. Cuando salió del hospital, se mareó y se pegó la cabeza contra el cemento. No quería que mi abuela lo acompañara; le gustaba ir solo. Dijeron que era un traumatismo de cráneo, pero nada serio: al segundo día se murió. La noche de su muerte yo estaba en un baile, un cumpleaños de quince. Volví a las tres; alguien me trajo. Mi madre dice que ella oyó la llave girar en la cerradura de nuestra casa a eso de las dos. Pero no era mi llave, era mi abuelo que venía a despedirse. Ella tiene esas cosas; cree que es médium y se comunica con los espíritus. Como sea, mi abuelo nunca tuvo llaves de nuestra casa; no veo por qué iba a recurrir justo a ese truco después de muerto. Esto a mi madre ni se lo menciono; monta en cólera si pongo en duda sus capacidades mediúmnicas.
Mi abuelo era un pobre infeliz que se reventó trabajando en el Correo y en el Telégrafo de noche para darles una buena vida a mi abuela y a mi padre. Hacía doble turno, no estaba nunca en casa. Cuando estaba nunca se le oía la voz: siempre medio enfermo, padeciendo de algo, el hígado o el riñón. Esto es lo que cuenta mi abuela hasta el final, cuando en el sepelio va a llorarlo su suegra, mi bisabuela y comenta que el viejo sátrapa era un donjuán. Que se bajaba a todas las cretinas telefonistas y en el hospital a las enfermeras. Mi abuela la echa del entierro: parece que era vox populi que mi abuelo tenía amores con una Renga hasta la actualidad. La Renga no fue ni al velorio ni al entierro; o estaba destrozada por la pérdida de su gran amor o mi abuelo le importaba tres pepinos.
En mi familia todos parecen derechos, pero son todos torcidos. Es como un gen.
Igual mi abuelo era un hombre bueno, aunque nunca nos hizo regalos, ni nos dejaba tener mascotas como cachorritos o tortugas. Apenas si soportó que mi abuela tuviera un cardenal y cuando el cardenal se murió porque picoteaba la cal de la pared de cal, él suspiró con alivio. Cuando íbamos a visitarlo, se encerraba en la pieza. Después nos mandaba al cine Luz y Fuerza con la abuela, para ver una de Asterix. Si cuando volvías del cine le preguntabas a él quiénes eran los galos o por qué los romanos invadieron la Galia, él te ponía una enciclopedia en la cara y se encerraba con el pestillo puesto en el altillito. Si hubiera habido un incendio, él no hubiera bajado ni en millones de años.
No se reía jamás; nadie nunca lo vio reír: parece que hubiera desconocido que en el rostro hay un par de músculos que estiran la boca y enseñan los dientes. La boca se abre para otras cosas aparte de para comer. Si él se hubiera reído alguna vez sin duda hubiera sido una mueca semejante a la de un bulldog o alguno de esos perros que tienen los dientes medio para afuera. Entre sus buenas acciones estaba la de ser filatelista. Tenía varios álbumes de estampillas que mi padre codiciaba imaginando que valían fortunas. Construyó sus álbumes robando las estampillas del Correo; arrancaba las más preciadas estampillas de los sobres que debían repartir los carteros; después, sin que nadie supiera cómo o dónde, hacía desaparecer la correspondencia. Tengo entendido que esto es un delito federal; pero mi abuelo se cagaba en la ley y se quedaba con las estampillas. Después las pegoteaba en el álbum y guay con que metieras la mano ahí, porque te la cortaba. Mi abuelo era un buen hombre, pero era un tipo siniestro.
De mi abuelo sabíamos a través de mi abuela. Era como si él hablara en chino mandarín o algo por el estilo y la única que conocía ese idioma fuera mi abuela. O como un tipo tan excelso, una especie de dios, y la única acólita capaz de traducir sus designios fuera la vieja. Sabíamos que él no quería a su propia madre —la que vino a llorarlo al entierro y reveló que era un casanova— porque ella le pegaba en la cabeza. Por eso una enseñanza que mi abuela transmitía directamente del pensamiento de mi abuelo era: Nunca hay que pegarle a un niño en la cabeza porque puede quedar tarado. El resto de la infancia y la juventud de mi abuelo era un misterio. Al parecer había conseguido el puesto en el Correo gracias a la generosidad de Eva Perón, a quien él detestaba y cada vez que mandaban los consabidos presentes para las fiestas navideñas, mi abuelo iba y los tiraba a la basura, o los quemaba o como fuera se deshacía de ellos. Mi padre lloraba como un bendito pero mi abuelo lo hacía callar. No sé si le encajaba dos soplamocos o bien no le dirigía la palabra en un mes. Eso de estar en silencio al viejo no le costaba nada. Mi padre era un insoportable y más de una vez hubiera necesitado una buena paliza; uno se daba cuenta aun siendo hijo de él y no teniendo más de diez años. Pero mi abuela lo adoraba porque era su único hijo y porque mi abuelo no había querido tener otro hijo más para que no anduvieran en la miseria y viviendo de prestado. Así que tuvieron un hijo solo, mi padre, que era un verdadero dolor de cabeza. Mi abuela se conformó o si no se conformó, no se quejó muy fuerte. Lo mismo con el asunto de la amante de mi abuelo, la Renga esa: al principio hizo mucho lío pero después el asunto se silenció. Mi abuela se enteró de casualidad del adulterio porque alguien —una parienta— vio que él estuvo entrando en una pensión durante dos años. Dos años, día más día menos, y en esa pensión vivía la Renga. O sea que la Renga y mi abuelo tenían un asunto. La parienta se lo cuenta a mi abuela y mi abuela arma la de Dios es Cristo. Quiere ir a pegarle a la Renga al correo, porque resulta que era compañera de trabajo de mi abuelo. Afiliada al Partido Justicialista, encima, a pesar de que mi abuelo decía que todos los que estaban en el partido eran unos asquerosos y unos lameculos impresionantes. Ahí va mi abuela, lista para el boxeo con la Renga, cuando mi abuelo la ataja. La detiene: a él podrían echarlo del trabajo si ella le pega a la Renga. Si él se queda sin trabajo, ellos se quedan sin pan. Mi abuela piensa seriamente en cómo se ganarán el pan, si a mi abuelo lo echan. Medita en esto un par de minutos; una cosa es ser brava y otra es ser muy estúpida; se contiene. Mi abuelo agrega que la Renga es bruja; le hizo una brujería y lo enamoró. La cosa se arregla si van mi abuela y él a visitar a una curandera para que deshaga el embrujo. Lo hacen y asunto arreglado, la Renga desaparece del mapa amoroso de mi abuelo o eso es lo que se cree hasta el día de su muerte. Mi abuela y mi padre no vuelven a mencionar los amores de mi abuelo.
Yo con mi abuelo me aburría. En la plaza él no podía hamacarme: tenía dañados los pulmones o el corazón y el médico le había prohibido hacer fuerzas. Tampoco me hablaba y si la que hablaba era yo, me compraba un helado de tres bochas para que yo me entretuviera chupando. Vivía como un insecto volador; aquí y allá pasaba y nadie lo percibía. Era taciturno pero sin dar la impresión de que estaba sumido en profundos pensamientos: jamás leía un libro, no iba a misa, no practicaba ningún culto ni se dedicaba a nada que pudiera sacar de él una gota de jugo cerebral; más bien parecía que mi abuelo no tenía nada que decir, porque decir algo le demandaría unas energías tales que lo llevarían a la muerte de inmediato.
Nosotros veíamos su vida pasar, arrastrarse y hacíamos como que no veíamos.
Él prefería esto a ser protagonista.
No sabemos cómo lo pasaba la Renga con él.
Cuando empiezan los conflictos entre la Argentina e Inglaterra, la gente no se lo cree. Yo no entiendo mucho lo que pasa; acá están los militares que no se van y allá está Margaret Tatcher, a quien le hacen huelga los mineros y a ella no se le mueve un pelo. Allá está Lady Di, una maestra jardinera que se casó con el Príncipe Carlos. Es un cuento de hadas realizado, dice mi madre, es La Cenicienta. El Príncipe Carlos es más feo que el cuco pero eso no cuenta a los ojos de mi madre.
Yo con la noticia de la guerra no reacciono; hace dos semanas que murió mi abuelo y no pude soltar ni una lágrima. En la escuela creen que estoy mal, porque consideran que debo estar triste por su muerte y ese dolor no sale a la superficie. Piensan que tengo escondido a mi dolor; la psicopedagoga habla de crisis de angustia; cita a mis padres en el gabinete pero ninguno concurre a la cita: hay guerra. No sé cómo decirle a la psicopedagoga que no siento nada; ningún dolor: no hace falta que cite a mis padres a su gabinete y hacerse la sabihonda delante de ellos. Comprendo que no puedo revelarle que la muerte de mi abuelo me es indiferente; no puedo decírselo a nadie. Tengo un secreto propio, una culpa nueva y un fruto adonde hincar el diente. Igual los profesores desvían el foco de atención de mi persona porque estamos en guerra y el Estado está alistando jóvenes para la guerra. Hay uno o dos soldados que son hermanos de chicos de la escuela. Los hermanos más grandes. Yo no tengo hermanos varones y las mujeres en la Argentina no van a la guerra; yo compro lana y me pongo a tejer medias para enviarle a los soldados en el sur. Las medias dan mucho trabajo cuando llega al talón; esto me hace perder el tiempo. Mi abuela me explica el arte del tejido; tiene un montón de revistas Burda apiladas que te enseñan a hacer jacquards y esas cosas. Pero yo no puedo en la parte en que hay que pasar de dos agujas, a cuatro agujas: ahí me complico y me pongo muy nerviosa. También se me escapan los puntos; no soy aplicada tejiendo medias para los soldados y al final abandono el tejido en un sillón y me pongo a leer un libro. Antes leía Nancy Drew pero desde que estamos en guerra con todo lo anglófilo intento leer cosas argentinas, Shunko. Las semanas transcurren y no envío a nadie un solo puto par de medias. Un día voy a dormir a la casa de mi abuela, y se me aparece el viejo. Creo que es él, porque hay una forma, una sombra taciturna. Por donde él pasa queda una estela luminosa, baba de caracol. Es muy tarde en la noche y mi abuela duerme en la habitación contigua. Me paso a dormir en la cama con ella; después no voy más por esa casa. Que envíen a otra persona a acompañarla por la noche. Mi padre trae a la abuela a casa; mi madre se sulfura, se pone como loca. Me culpa por no querer ir más, hasta que le digo que es porque vi al alma de mi abuelo flotando por la casa. Ella, ¡la sibila de Cumas!, me chilla que no hable idioteces y que cumpla con mi deber de vez en cuando. A ese viejo putañero una vez que pisó el infierno, le cerraron la trampera y los diablos ya no lo dejarán asomar la nariz. Mucho menos pasearse por sus antiguas posesiones, que ahora serán de tu padre si tu bendita abuela se decide a morirse de una buena vez. Palabras de la pitonisa de Delfos. Mientras tanto, los ingleses hunden el Belgrano, el acorazado. Los norteamericanos no se ponen de nuestro lado, sino de los ingleses. El Papa dice que ir a la guerra está mal, es pecado. Lady Di hace mutis sobre el asunto cada vez que la entrevistan. Mi abuela desteje lo que hice y se queja de que esa lana rulienta ahora no sirve para nada. Después perdemos la guerra; Inglaterra se queda con las islas; hay muchas bajas de nuestro lado. Cuántos dedos gangrenados por el frío habrán sido cortados, cuántos pies congelados, mutilados. Mi abuela no hace que yo me sienta mejor; quiero llorar por un soldado, pero no lloro. Quiero llorar por el abuelo, pero no lloro. Pienso si será que no siento nada o que en algún momento en estos doce años me sequé y me quedé sin lágrimas.

(Rosario, Argentina, 1969)



viernes, 24 de julio de 2026

DICK, Philip Kindred: Algunas peculiaridades de los ojos



Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté bajo control.
Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando me topé con la referencia que me puso en la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.
Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:

…sus ojos se pasearon lentamente por la habitación.

Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión de que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.

…sus ojos se movieron de una persona a otra.

Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie. ¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:

…a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.

Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:

…sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.

¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.
—¿Qué pasa, querido? —preguntó mi mujer.
No podía decírselo. Revelaciones como esta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.
—Nada —respondí, con voz estrangulada.
Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.
Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:

…su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.

No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual; en cualquier caso, el significado era diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos… y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.
Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:

…nos dividimos ante el cine. Una parte entró y la otra se dirigió al restaurante para cenar.

Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad de que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:

…temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.

Al cual seguía:

…y Bob dice que no tiene entrañas.

Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Este, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:

…carente por completo de cerebro.

El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal, se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:

…con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.

No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.

…a continuación le dio la mano.

Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.

…tomó su brazo.

Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Con el rostro enrojecido, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:

…sus ojos lo siguieron por la carretera y a través del prado.

Salí del garaje de prisa y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopolio en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.
Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en este asunto.
No tengo estómago para esas cosas.

(EE UU, 1928/1982)



lunes, 20 de julio de 2026

GALEANO, Eduardo: Puntos de vista/1




Desde el punto de vista del búho, del murciélago, del bohemio y del ladrón, el crepúsculo es la hora del desayuno.
La lluvia es una maldición para el turista y una buena noticia para el campesino.
Desde el punto de vista del nativo, el pintoresco es el turista.
Desde el punto de vista de los indios de las islas del mar Caribe, Cristóbal Colón, con su sombrero de plumas y su capa de terciopelo rojo, era un papagayo de dimensiones jamás vistas.

(Uruguay, 1940/2015)