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viernes, 30 de marzo de 2012

BÉCQUER, GUSTAVO ADOLFO: RIMA LXI Al ver mis horas de fiebre...


Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho,

¿quién se sentará?


Cuando la trémula mano

tienda, próximo a expirar,

buscando una mano amiga,

¿quién la estrechará?


Cuando la muerte vidríe

de mis ojos el cristal,

mis párpados aún abiertos,

¿quién los cerrará?


Cuando la campana suene

(si suena en mi funeral),

una oración al oírla,

¿quién murmurará?


Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa,

¿quién vendrá a llorar?


¿Quién, en fin, al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

quién se acordará?

Gustavo Adolfo Bécquer

(España, 1836/1870)



martes, 27 de marzo de 2012

KUROSAWA, AKIRA. LOS SUEÑOS


Creo que los sueños son sucesos creados en el cerebro desinhibido de un individuo mientras duerme, y que son provenientes de un intenso deseo que permanece oculto en lo profundo de su corazón al estar despierto. Un evento en un sueño es un fenómeno extraño que posiblemente no pueda ocurrir en la realidad...

Y aun así posee sentimientos sensoriales como si fuera una experiencia real.

Esto sucede porque el sueño es el fruto del más puro e íntimo deseo humano.

En mi opinión, el sueño es el máximo medio de expresión posible de esos deseos más íntimos. El individuo es un genio mientras duerme... Audaz y sin temores, como un genio.

Este fue el punto principal que tuve que tener en cuenta al hacer este filme sobre ocho sueños descriptos en mi guión. Expresiones audaces e intrépidas fueron esenciales para la realización de este filme.

(Japón, 1910/1998)

lunes, 19 de marzo de 2012

PRÉVERT, Jaques: Desayuno



Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos
de humo
.
Volcó la ceniza
en el cenicero
sin hablarme.
Sin mirarme
se puso de pie.
Se puso
el sombrero.
Se puso

el impermeable
porque llovía.
Se marchó
bajo la lluvia.
Sin decir
palabra.
Sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.


(Francia, 1900/1977)

sábado, 17 de marzo de 2012

POLDY BIRD: El saquito roto


Se llamaba María Isabel, pero le decían Nacha, no sabía por qué, y tampoco le importaba. Como
tampoco le importaba que los chicos del caserío le gritaran "Nacha-cucaracha" o el almacenero le pidiera la plata antes de darle la botella de vino.
Lo único que verdaderamente le importaba era salir de la casilla de madera y chapa, tan oscura, tan húmeda, con esa sola ventanita demasiado alta que le impedía mirar hacia afuera. Salir de la casilla y buscar piedras redondas y flores amarillas en el yuyal junto a las vías del ferrocarril.
Allí estaba enterrado Panchito, el caracol: "¡Sacá esa inmundicia de aquí!" le había gritado la abuela cuando ella lo puso sobre la mesa, y su padre de un manotazo lo dejó triturado, tan lindo que era con sus cuernitos mojados y su casa lisa, como de cáscara de huevo.
Casi todos los días Nacha ponía las flores silvestres sobre la diminuta tumba marcada con una madera.
Después se iba a mirar cómo trabajaban los hombres que construían el puente que uniría su ciudad con otra ciudad, para eliminar la barrera. Los hombres tenían cascos amarillos y brazos musculosos, almorzaban asado, y muchos mediodías le daban un pedazo de carne sobre un trozo de pan.
-Tomá, para que te terminen de crecer los dientes y no parezcas una vieja desdentada- bromeaban. Y Nacha se reía, se reía, encogiendo sus hombritos flacos.
Como garuaba, se puso el saquito roto, no fuera a ser que se le arruinara el pulóver que le había dejado la visitadora social. Siempre le había quedado grande y, aunque hacía tiempo que lo tenía, todavía le llegaba hasta el borde de la pollera. Un chalequito gris con agujeros en los codos y manchas que no salían a pesar de los fregados.
Se limpió los mocos con una manga y salió, escabulléndose de la abuela, que mateaba mientras sus ojos, distraídos, perseguían un sueño o quizá nada.
En los charcos formados durante la noche se mojó las zapatillas. Sintió un escalofrío en todo el cuerpo, el mismo escalofrío que la sacudía cuando regresaba de su vagabundeo y estaba su madre esperándola con los brazos en jarras y los ojos furiosos.
-¡Mocosa callejera! ¡En vez de quedarse para ayudar a la abuela! ¡Y mírese la pinta, roñosa! ¡Me mato trabajando para que sea gente y lo único que sabe es escaparse! En cinco casas lavé y planché hoy. Cinco casas... para que el vago de su padre se lo tome en tinto y la vaga de mi hija ande por ahí como un perro perdido. Yo, a los siete años, prendía el fuego, cocinaba, bombeaba el agua, cuidaba a mis hermanos más chicos.
Y ahí nomás le llovían los golpes en las mejillas, en la cabeza, en el traste.
-Hasta que me canse y me mande a mudar. Porquerías todos.
La abuela se la sacaba de las manos "¡Basta, basta, te ensañas con la chica!"
-Es que estoy cansada..., tan cansada... Esta vaga..., igualita que el padre.
-Tené paciencia, la Nacha no es mala... Hace cosas de chicos... El Juan no tiene suerte, ya va a encontrar algún trabajo en firme... Yo te entiendo, claro que te entiendo... Si no tuviera las piernas enfermas te ayudaría, pero qué se le va a hacer.
Nacha se paró junto a las vías. Los trenes pasaban despacito por la cuestión del puente. A veces se quedaban parados un rato allí y ella miraba las caras de la gente a través de los vidrios de las ventanillas. Casi nadie reparaba en su presencia.
Pero esa mañana sí, una señorita muy linda se asomó, le hizo señas y le tendió un billete.
-Tomá, para que te compres caramelos. Un hombre de corbata, un poco más atrás, le alcanzó unas monedas. Nacha se puso a caminar a lo largo del vagón y muchos otros le entregaron dinero.
Era la primera vez que le ocurría. Qué buena gente pensó.
Cuando el tren echó a andar y se perdió a lo lejos, Nacha reía, saltaba en dos pies, en un pie, daba vueltas como una marioneta.
Apretó las monedas y los billetes en sus manitas amoratadas por el frío y corrió hasta su casilla.
-Mirá, abuela, me lo dieron en el tren... Mirá... -seguía riendo, mojada, desdentada, mientras se quitaba las zapatillas y la abuela contaba el tesoro.
-Trescientos pesos, Nacha ¡Qué bien! Otras veces paró el tren y no dieron nada ...¿vos pediste?
-No, no pedí. Miré nomás.
-Vení para acá. Dejame ver..., dejame ver... Pero claro, si es ese saquito, el saquito roto. Desde mañana te lo vas a poner todos los días y te vas a quedar junto a la vía esperando que pare algún tren. Miralos bien a los de adentro, ¿sabés?, y si no sueltan nada, vos estirá la mano para que se den cueta. ¿Entendiste? Así tu madre se pone contenta y no dice más que somos una carga. Así tu madre... se pone contenta... y no te pega más... ni piensa en irse y dejarnos solos... ¿me entendiste?
Nacha no tiene tiempo de juntar flores amarillas para la tumba de Panchito. Tampoco tiene tiempo de hacer los deberes que le dan en la escuela -la visitadora social dijo que si no la mandaban a la escuela podrían ir presos-. Ni bien se quita el guardapolvo dudosamente blanco que le dio la cooperadora, la abuela le pone el saquito roto y la manda a las vías, a esperar los trenes que paran...
Hasta que anochece, Nacha se queda allí, estirando la mano, poniéndose en puntas de pie para golpear con sus nudillos los vidrios bajos de las ventanillas y avisarle a la gente que ahí está ella. Se aburre, se cansa mucho y le duelen las piernitas flacas. "Hay que aprovechar ahora, porque pronto van a terminar el puente y los trenes no se detendrán más", dijo su padre.
Nacha sueña de noche con trenes veloces que la persiguen, con trenes larguísimos que pasan junto a ella sin detenerse, y se despierta con la frente mojada de sudor.
Pero lo peor no es eso. Lo peor es que su madre ya no se pone contenta con lo que lleva, le parece poco, le grita igual que antes, le pega igual que antes y no quiere que se saque de encima ese saquito roto por cuyos agujeros le entra todo el frío del invierno y se le escapa toda la maravilla de la infancia.

Poldy Bird

(Argentina -Paraná-, 1941)

viernes, 9 de marzo de 2012

QUIROZ HERNÁNDEZ. Alfonso: La inquietante sonrisa de un niño

—Mi hijo no debe llorar.

Intentó detener aquella catarata, pero el líquido se abrió paso hasta llegar a los pies de Jack Seis Dedos. Dos zancadas le bastaron para cruzar el zigzagueo de orina y pararse frente a su hijo.

—Mis cigarros no los traes, mi dinero tampoco. Eres una calamidad.

Simón ya conocía el modus operandi de su padre. No debía llorar ni orinarse, pero a sus siete años era imposible no temer.

—Eres como tu madre, débil como una perra.

Jack Seis Dedos con una impresionante cachetada le limpió las lágrimas, incluso las que estaban por venir.

—Habla, ¡y deja de gemir!

Simón temblaba, corría evitando las pozas de agua, con firmeza sostenía tanto el dinero bajo el cinturón de vaquero, como los revólveres de plástico. Un juguete así le daba cierta seguridad en un barrio como ese, aunque solo fuera ilusoria. Si no era la pandilla, sería su padre quien desatara la frustración acumulada. Pero, aun así, con esa ira y su indiferencia, era su padre. El único nexo con la raíz, con ese símbolo de pertenencia. Lo admiraba, quería ser como él; seguro, frío, con el aura de hielo que solo se ve en los héroes del cinematógrafo.

No debía tardarse y para no cometer errores repetía una y otra vez la marca de cigarrillos. Pero al doblar la esquina se encontró con la tropa del barrio. El Gordo Harry le cerró el paso, Simón retrocedió, pero tres de ellos le quitaron el dinero.

Entre risas y burlas lo empujaron, lo botaron y escupieron, pero Simón se incorporó. Con cierto aire de dignidad pandillera llevó sus manos a las pistolas de plástico. Quiso desenfundar, pero aunque eran solo un juguete, no poseía la sangre fría de su padre. Huyó secándose las lágrimas después que el Gordo Harry lo golpeara. Un pequeño mensaje para su padre.

Jack Seis Dedos cogió la chaqueta de cuero, se calzó la manopla y antes de dar el portazo, dijo:

—Debiste defenderte, no mereces llamarte mi hijo. A lo mejor nunca lo fuiste, ella era una ramera.

Simón miró la foto de su madre, intentó traer algún recuerdo, pero su memoria no poseía otra imagen. Lloró un par de horas.

Buscó sus pistolas de plástico y luego de jugar tuvo una idea. Saldría en busca del Gordo Harry, le demostraría a su padre que era de la peor calaña. Aunque Harry le matara a golpes, lo enfrentaría y desenfundaría sus pistolas. Cogió su cinturón de juguete, lo abrochó y salió.

Fuera del bar, Simón se escondió hasta que vio llegar al Gordo Harry.

—Miren muchachos, el hijo del ahora Cuatro Dedos Jack.

Harry rió, extrajo del cinturón un pequeño bulto. Lo abrió y tiró en el callejón varios trozos de carne.

—Llévaselo a tu padre. Que conserve sus dedos, nadie se mete con el Gordo Harry.

Fue en ese instante que Simón se incorporó. Llevó sus manos al cinto de plástico y con aire a lo Clint Eastwood desenfundó sus pistolas similar a como lo mostraban en televisión.

El Gordo Harry rio al ver a ese muchacho esquelético, sin miramientos se burló mientras calzaba la manopla.

Simón disparó y el tiro dio en plena barriga, el proyectil despedazó la grasa y la camisa se tornó rojiza. La segunda bala penetró la rótula destruyendo algunos trozos de hueso. Incrédulo, Harry cayó de rodillas. La tercera, entró en el cráneo, le voló parte del parietal y los sesos cayeron al pavimento. Con el cuarto tiro mató a uno de su pandilla, la bala entró en el pecho haciendo estallar el corazón. Y con el quinto hirió de muerte a su guardaespaldas, el tiro expuso el globo ocular y la sangre quedó como una estela al momento de caer. El resto de la pandilla huyó.

Al otro día, la policía introdujo a Jack Seis Dedos en la patrulla, aún sangraba su mano. Simón jugaba en la puerta mientras, en el interior de la casa, un oficial sacaba las armas de Jack envueltas en un plástico. De seguro le darían veinte años por los tres asesinatos.

Simón cantaba, despreocupadamente extrajo de su bolsillo la foto de su madre y sonrió. Al doblar la patrulla por el callejón, lo último que Jack vio de su hijo fue una inquietante sonrisa seguida de una mirada de hielo similar a la suya.

Alfonso Quiroz Hernández

Ilustrador y cuentista chileno, a los 20 años comienza su vida profesional publicando una tira cómica en el Diario El Día de La Serena, ha trabajado como Director de Arte en agencias de publicidad y como ilustrador se ha desempeñado en el área educativa. Actualmente trabaja como diseñador e ilustrador independiente y mantiene su pasión literaria en diferentes grupos de internet.

lunes, 5 de marzo de 2012

CONCHA VALENCIA, MARCOS: El arte de leer y hacer el amor




No se rían. El arte de leer es como el arte de hacer el amor.

Ambos artes son estados de integración, de unidad, de interacción, de comunicación con otro ser, es decir, estos se

encuentran en comunión. Cuando leemos estamos en comunión con los personajes, cuando hacemos el amor lo estamos con quién amamos.

Podemos definir que todo proceso tiene etapas de preparación, desarrollo, y resultado o final, y es aquí donde deseo detenerme en este análisis y comparación de estos artes.

- La preparación:

Todos entendemos y sabemos que para hacer el amor con arte es deseable un preludio que se inicia con la mirada, la voz, los gestos de atracción e insinuación. Esto puede comenzar tan temprano como la elección de la vestimenta, para una cena previa a la luz de las velas, acompañada de música romántica y un buen vino para beberlo con moderación. Lo que realmente hace esta pareja es ahuyentar los problemas de la realidad, los ajetreos cotidianos y aislarse del mundo, para dedicarse en cuerpo y alma el uno al otro.

Sí, para leer con arte también necesitamos un preámbulo que se inicia buscando un lugar cómodo, iluminado, silencioso, apartándose de los ruidos, interrupciones y concentrarse para hacer caso omiso de lo que nos rodea. Para introducirse en el mundo que nos presenta el libro, debemos abandonar la realidad en que vivimos. Una buena práctica es leer o releer el título del libro. Si se inicia su lectura, pensar y meditar en lo que nos evoca el título, nos ayudará a entrar en ese mundo nuevo; si vamos a continuar la lectura iniciada a otra hora u otro día, rememorar los acontecimientos y visualizar los personajes y el lugar de la acción nos hará llegar rápidamente al inicio de leer con arte, estaremos como quien dice el uno para el otro en cuerpo y alma con el libro. ¿Y por qué no acariciarlo y percibir su olor? ¡Me he sorprendido haciéndolo!

Dijimos anteriormente que luego de la preparación, entramos en el desarrollo del proceso.

- El desarrollo:

Se inicia en el arte de amar con caricias que son sentimientos transmitidos a través de nuestros sentidos: el tacto, el olfato, el gusto, la vista, el oído. Sí, aspirar el perfume del ser amado y demostrar que se disfruta es una caricia; un beso también lo es; se acaricia con la vista y con un suspiro, en fin, todo este juego amoroso para demostrar el sentimiento del amor. Disfrutamos de este dar y recibir amor, en esta etapa. Quizás, este galanteo amoroso sea más placentero que el final.

Ustedes se preguntarán: ¿Cuál es la analogía con el Arte de leer? Bueno, durante la lectura con arte del cuento, novela, o poema, también utilizamos nuestros cinco sentidos para imaginarnos lo que nos transmite el narrador, y en sus palabras, frases, versos, párrafos y capítulos, nos entrega amor como alimento de nuestro espíritu. Los lectores le retribuimos leyendo la obra.

- El resultado

En ambos artes se refieren al disfrute que culmina el proceso. Tanto el arte de amar como el de leer, tienen un final, luego de pasar por un clímax de goce o disfrute. Podríamos decir que se produce la entrega total del sentimiento de amor. En ambos, después del clímax y final, se experimenta también una etapa de vuelta a la realidad, que en el caso del arte de amar se hace con preocupación por el otro y en el del arte de leer se considera y medita lo que nos comunicó el autor.

Ahora he tomado conciencia por qué a mi primer libro de cuentos lo titulé: “Orgasmo de colores, cuentos inolvidables”.

MARCOS CONCHA VALENCIA. En 2009 fue Presidente del Círculo de Escritores de V Región, Chile. El 2010 cursa y obtiene el diplomado "Literatura y vida" en la Universidad del Desarrollo de Santiago. Ha escrito dos libros de cuentos: 2004 "Orgasmos de colores. Cuentos inolvidables" (Este libro fue premiado como el mejor libro Regional de 2004 por el Circulo de Críticos de arte de Valparaíso), 2009 "Balada de un loco". Participa en varias antologías a nivel Región de Valparaíso. Colabora en el diario El Mercurio de Valparaíso, Chile.

sábado, 18 de febrero de 2012

POE, EDGAR ALLAN: EL GATO NEGRO




Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que barroques. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común.
Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos.
La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de favoritos. Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos y nunca me consideraba tan feliz como cuando les daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter y cuando fui hombre hice de ella una de mis principales fuentes de goce. Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los goces que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del Hombre natural.
Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mimujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.
Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo. Plutón —llamábase así el gato— era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle.
Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento —me sonroja confesarlo—por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mis pobres favoritos debieron de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter.
Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los excesos y no tardé en ahogar en el vino todo recuerdo de mi acción.
Curó entre tanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como debí suponerlo, en cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente. Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu del que la filosofía no se cuida ni poco ni mucho.
No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre... ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley?
Digo que este espíritu de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El vivo e insondable deseo del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me había amado y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios.
En la noche siguiente al día en que fue cometida esa acción tan cruel, me despertó del sueño el grito de "¡Fuego!". Ardían las cortinas de mi lecho. La casa era una gran hoguera. No sin grandes dificultades, mi mujer, un criado y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Quedé arruinado y me entregué desde entonces a la desesperación.
No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la cabecera de mi lecho. Allí el enlucido había resistido en gran parte a la acción del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovado recientemente. En torno a aquella pared se congregaba la multitud y numerosas personas examinaban una parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las palabras "extraño", "singular" y otras expresiones parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda.
Apenas hube visto esta aparición —porque yo no podía considerar aquello más que como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín fue invadido inmediatamente por la muchedumbre y el animal debió de ser descolgado por alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta. Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las restantes paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veía.
Aunque prontamente satisfice así a mi razón, ya que no por completo mi conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no pude liberarme del fantasma del gato y en todo este tiempo nació en mi alma una especie de sentimiento que se parecía, aunque no lo era, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle.
Hallábame sentado una noche, medio aturdido, en un bodegón infame, cuando atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que yacía en lo alto de uno de los inmensos barriles de ginebra o ron que componían el mobiliario más importante de la sala. Hacía ya algunos momentos que miraba a lo alto del tonel y me sorprendió n o haber advertido el objeto colocado encima. Me acerqué a él y lo toqué. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, pero éste tenía una señal ancha y blanca aunque de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho.
Apenas puse en él mi mano, se levantó repentinamente, ronroneando con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era pues, el animal que yo buscaba. Me apresuré a proponer al dueño su adquisición, pero éste no tuvo interés alguno por el animal. Ni le conocía ni le había visto hasta entonces.
Continué acariciándole y cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a seguirme. Se lo permití, e inclinándome de cuando en cuando, caminamos hacia mi casa acariciándole. Cuando llego a ella se encontró como si fuera la suya y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer.
Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Era, pues, precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué sucedió esto, pero su evidente ternura me enojaba y casi me fatigaba. Paulatinamente, estos sentimientos de disgusto y fastidio acrecentaron hasta convertirse en la amargura del odio. Yo evitaba su presencia. Una especie de vergüenza y el recuerdo de mi primera crueldad, me impidieron que lo maltratara. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de tratarle con violencia; pero gradual, insensiblemente, llegué a sentir por él un horror indecible y a eludir en silencio, como si huyera de la peste, su odiosa presencia.
Sin duda, lo que aumentó mi odio por el animal fue el descubrimiento que hice a la mañana del siguiente día de haberlo llevado a casa. Como Plutón, también él había sido privado de uno de sus ojos. Sin embargo, esta circunstancia contribuyó a hacerle más grato a mi mujer, que, como he dicho ya, poseía grandemente la ternura de sentimientos que fue en otro tiempo mi rasgo característico y el frecuente manantial de mis placeres más sencillos y puros.
Sin embargo, el cariño que el gato me demostraba parecía crecer en razón directa de mi odio hacia él. Con una tenacidad imposible de hacer comprender al lector, seguía constantemente mis pasos. En cuanto me sentaba, acurrucábase bajo mi silla, o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus caricias espantosas. Si me levantaba para andar, metíase entre mis piernas y casi me derribaba, o bien, clavando sus largas y agudas garras en mi ropa, trepaba por ellas hasta mi pecho. En esos instantes, aun cuando hubiera querido matarle de un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen; pero, sobre todo, me apresuro a confesarlo, el verdadero terror al animal.
Este terror no era positivamente el de un mal físico y, no obstante, me sería muy difícil definirlo de otro modo. Casi me avergüenza confesarlo. Aun en esta celda de malhechor, casi me avergüenza confesar que el horror y el pánico que me inspiraba el animal habíanse acrecentado a causa de una de las fantasías más perfectas que es posible imaginar. Mi mujer, no pocas veces, había llamado mi atención con respecto al carácter de la mancha blanca de que he hablado y que constituía la única diferencia perceptible entre el animal extraño y aquel que había matado yo. Recordará, sin duda, el lector que esta señal, aunque grande, tuvo primitivamente una forma indefinida. Pero lenta, gradualmente, por fases imperceptibles y que mi razón se esforzó durante largo tiempo en considerar como imaginaria, había concluido adquiriendo una nitidez rigurosa de contornos.
En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era, sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme de él. Era ahora, digo, la imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen ¡de la horca! ¡Oh, lúgubre y terrible máquina, máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía!
Yo era entonces, en verdad, un miserable, más allá de la miseria posible de la Humanidad. Una bestia bruta, cuyo congénere había yo aniquilado con desprecio, una bestia bruta engendraba en mí —en mí, hombre formado a imagen y semejanza del Altísimo— tan grande e intolerable infortunio. ¡Ay! Ni de día ni de noche conocía yo la paz del descanso. Ni un solo instante, durante el día, dejábame el animal. Y de noche, a cada momento, cuando salía de mis sueños lleno de indefinible angustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio de la cosa sobre mi rostro y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que yo no podía separar de mí y que parecía eternamente posada en mi corazón.
Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí. Infames pensamientos convirtiéronse en mis íntimos; los más sombríos, los más infames de todos los pensamientos. La tristeza de mi humor de costumbre se acrecentó hasta hacerme aborrecer a todas las cosas y a la Humanidad entera. Mi mujer, sin embargo, no se quejaba nunca. ¡Ay! Era mi paño de lágrimas de siempre. La más paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables expansiones de una furia a la que ciertamente me abandoné desde entonces.
Para un quehacer doméstico, me acompañó un día al sótano de un viejo edificio en el que nos obligara a vivir nuestra pobreza. Por los agudos peldaños de la escalera me seguía el gato y, habiéndome hecho tropezar la cabeza, me exasperó hasta la locura. Apode rándome de un hacha y olvidando en mi furor el espanto pueril que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal, que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención. Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar siquiera un gemido.
Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente procuré esconder el cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos. Asaltaron mi mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cadáver y arrojar al suelo los pedazos. Resolví después cavar una fosa en el piso de la cueva. Luego pensé arrojarlo al pozo del jardín. Cambié la idea y decidí embalarlo en un cajón, como una mercancía, en la forma de costumbre, y encargar a un mandadero que se lo llevase de casa. Pero, por último, me detuve ante un proyecto que consideré el más factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas.
La cueva parecía estar construida a propósito para semejante proyecto. Los muros no estaban levantados con el cuidado de costumbre y no hacía mucho tiempo había sido cubierto en toda su extensión por una capa de yeso que no dejó endurecer la humedad.
Por otra parte, había un saliente en uno de los muros, producido por una chimenea artificial o especie de hogar que quedó luego tapado y dispuesto de la misma forma que el resto del sótano. No dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada pudiese descubrir nada sospechoso.
No me engañó mi cálculo. Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los ladrillos, y, habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en esta postura hasta poder establecer sin gran esfuerzo toda el enlucido a su estado primitivo. Con todas las precauciones imaginables, me preocupé una argamasa de cal y arena, preparé una capa que no podía distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo tabique.
Cuando terminé, vi que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la más leve señal de arreglo. Con el mayor cuidado barrí el suelo y recogí los escombros, miré triunfalmente en torno mío y me dije: "Por lo menos, aquí, mi trabajo no ha sido infructuoso".
Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que fue causante de tan tremenda desgracia, porque, al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Pero parecía que el artificioso animal, ante la violencia de mi cólera, habíase alarmado y procuraba no presentarse ante mí, desafiando mi mal humor. Imposible describir o imaginar la intensa, la apacible sensación de alivio que trajo a mi corazón la ausencia de la detestable criatura. No se presentó en toda la noche, y ésta fue la primera que gocé desde su entrada en la casa, durmiendo tranquila y profundamente. Sí; dormí con el peso de aquel asesinato en mi alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, sin embargo. Como un hombre libre, respiré una vez más. En su terror, el monstruo había abandonado para siempre aquellos lugares. Ya no volvería a verle nunca: mi dicha era infinita. Me inquietaba muy poco la criminalidad de mi tenebrosa acción. Iniciose una especie de sumario que apuró poco las averiguaciones. También se dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nada podía descubrirse. Yo daba por asegurada mi felicidad futura.
Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó inopinadamente en mi casa un grupo de agentes de policía y procedió de nuevo a una rigurosa investigación del local. Sin embargo, confiado en lo impenetrable del escondite, no experimenté ninguna turbación.
Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta el último rincón. Por tercera o cuarta vez bajaron por último a la cueva. No me alteré lo más mínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón latía pacíficamente. Recorrí el sótano de punta a punta, crucé los brazos sobre mi pecho y me paseé indiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la policía se disponía a abandonar la casa. Era demasiado intenso el júbilo de mi corazón para que pudiera reprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una palabra, una palabra tan sólo a modo de triunfo, y hacer doblemente evidente su convicción con respecto a mi inocencia.
—Señores —dije, por último, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí una gran satisfacción haber desvanecido sus sospechas.
Deseo a todos ustedes una buena salud y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, señores, tienen ustedes aquí una casa muy bien construida —apenas sabía lo que hablaba, en mi furioso deseo de decir algo con aire deliberado—. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente construida. Estos muros... ¿Se van ustedes, señores? Estos muros están construidos con una gran solidez.
Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras el cual yacía la esposa de mi corazón.
¡Ah! Que por lo menos Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio. Apenas húbose hundido en el silencio el eco de mis golpes, me respondió una voz desde el fondo de la tumba. Era primero una queja, velada y encontrada como el sollozo de un niño. Después, en seguida, se transformó en un chillido prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal e inhumano. Un alarido, un aullido, mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno, horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios que gozaban en la condenación.
Sería una locura expresaros mis sentimientos. Me sentí desfallecer y, tambaleándome, caí contra la pared opuesta. Durante un instante detuviéronse en los escalones los agentes. El terror los había dejado atónitos. Un momento después, doce brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado ya y cubierto de sangre coagulada, apareció, rígido, a los ojos de los circundantes.
Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba.

EE.UU, 1809/1849

lunes, 13 de febrero de 2012

TEXTOS GANADORES CONCURSO LITERARIO 2011: RICARDO DANIEL SIERRA

Tristeza

(Primera Mención Poesía)


Me gusta oír el suspiro del viento

porque pone a latir mi corazón,

un caballo en carrera desbocado,

al compás del mar sobre mis pies

cargado con mil lágrimas del cielo.

Es triste escuchar en el absurdo silencio

el lamento de los ángeles

al ver morir la magia de las flores

y ver caer sus pétalos

como las alas de sus espaldas.


RICARDO DANIEL SIERRA

E.E.M.P.A.Nº 1249 “Ricardo José García” – Correa (Santa Fe)

TEXTOS GANADORES CONCURSO LITERARIO 2011: MARÍA ADELA SCHAMNE

MONTAÑAS Y FRÍO

(Primer Premio Poesía)


Suben la cuesta, hacen frente a la soledad.
¿Qué buscan estos intrépidos en los desiertos inermes y helados?
La actividad es peligrosa, no quimérica.
Entre el cielo y la tierra,entre los riscos obstinados,
y laderas de flores silvestres, hay bellezas relentes.
Planicies y montañas de nieve,oquedad de piedras y areniscas,
frágiles pasaderas sobre profundas grietas relegadas,
nada los amedrenta y resisten la inclemencia del indómito paisaje.
El sol se duerme entre los altivos peñascos,
en busca del ocaso,en un cielo matizado de nubes temerosas.
Envuelta en brumas,la luna, lángida y despreocupada
advierte su proximidad con rayos de plata, en este crepúsculo que emigra.
La ventisca nívea y helada les susurra la necesidad de buscar resguardo
en este páramo agreste.
Sus almas sosegadas se abandonan
a la contemplación de lo desconocido.
La cima los incita a continuar,
alucinan con llegar, atormentados y ávidos por el misterio de lo ignoto.
Los subyuga la magnífica altivez de las cumbres de cúspides nevadas
donde las nubes se ciñen para dormir sueños nostálgicos.
Este preludio les revela, sin pudor ni cobardía, su humana condición,
y vacilan ante la magnificiecia de esta cordillera ancestral.
Con la última imagen en sus retinas y vencidos por el sueño,
cierran sus ojos confiados en un mañana promisorio.

MARÍA ADELA SCHAMNE

Exalumna E.E.M.P.A. Nº 1007 “Libertad” (Rafaela – Santa Fe)

TEXTOS GANADORES CONCURSO LITERARIO 2011: SILVINA PAULA CALVO - ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT - MARIA GIMENA SCHNIDRIG


LA CONFESIÓN

(Segunda Mención Cuento Breve)


_ Perdóneme, padre, porque he pecado.

_ ¿Cuál es tu falta?

_ He matado a un hombre.

Frente a semejante confesión, el párroco salió de su estado de somnolencia. Claro, nada pasaba en ese recóndito lugar.

Una semana antes, en esa misma iglesia, Florencia estaba con el párroco ultimando los detalles de su boda. Se iba a casar con Juan Felipe Sandoval, un hacendado del pueblo. Un hombre respetado, pero, también temido y muy odiado.

Juan era viudo y tenía dos hijos grandes. Florencia era cocinera en un restaurante del pueblo. Siempre había estado enamorada de él, pero el destino los había llevado por diferentes caminos hasta ahora que, por fin, iban a concretar su amor.

Ese lunes al salir de la iglesia, Florencia recibió una triste e inesperada noticia. Su amado estaba muerto, a primera vista se había quitado la vida. Entonces, inmediatamente salió rumbo a la estancia “Sandoval”, con lágrimas en los ojos y el corazón hecho pedazos. Efectivamente, Juan yacía en su habitación desangrado y con el arma en su mano.

La tristeza se respiraba; la muerte estaba en el aire y la duda comenzaba a aparecer en cada uno de los rincones de la casa. ¿Por qué quitarse la vida una semana antes de su casamiento? se lo veía feliz, ¿por qué no despedirse a través de una carta?

Pronto, en el pueblo ya se estaba hablando de aquello, y lo que es peor a nadie le cerraba lo del suicidio, para muchos podía haber sido un asesinato.

Después del funeral, los hijos del difunto, junto con Florencia, fueron a ver al comisario del pueblo para exigirle una investigación.

El comisario era un hombre despreocupado con muy pocas ganas de investigar lo que para él, sin dudas, era un suicidio. Pero tras la insistencia de los jóvenes y de la dama, accedió. ¿Por dónde empezar? don Juan Sandoval era un hombre muy odiado, pero ¿quién pudo tener el valor de asesinarlo?

Entonces, decidió comenzar por la casa de los Ramírez. Gente de campo, trabajadora, pero, según algunas voces chismosas, odiaban a don Juan porque él los había dejado sin trabajo.

_ Nosotros no lo matamos- dijeron. Ese día fuimos a la ciudad para realizar unas compras, la señora del almacén lo pueden confirmar- agregaron.

_ Muy bien- dijo el comisario, anotando sus nombres en la lista de los sospechosos.

Después de esto fue a interrogar a Fermín Montenegro, dueño de la hacienda vecina a la del difunto. A Fermín se lo conocía por haber tenido numerosos enfrentamientos, ya que sostenía que le había robado animales. Tal vez, ese podía ser el móvil del crimen.

_ Yo no fui – dijo. Ese día y a esa hora estaba en los corrales marcando unas reses- afirmó.

_ ¿Tiene testigos?- preguntó el comisario.

_ Sólo mi hijo de once años- dijo.

Así también, el comisario marcó el nombre de don Fermín en su lista de sospechosos y se dirigió a la casa de Ricardo Quiroga, un borracho del pueblo, que había estado preso por un robo en la hacienda Sandoval, y juró vengarse de don Juan por los años que había pasado en prisión.

Grande fue la sorpresa del comisario, cuando llegó a la casa de Ricardo, quien se encontraba muerto. Hacía un par de días que había fallecido, y como no tenía familia ni amigos, nadie lo había notado.

Como era imposible interrogarlo, al comisario, se le ocurrió una idea. Tenía frente a él al autor del crimen. Ya había resuelto el caso.

Finalmente, informó a los hijos de don Juan que había dado con el asesino de su padre, pero que, lamentablemente, había muerto de un infarto tras confesar su culpabilidad y pedir perdón.

Al pobre borracho lo enterraron en el cementerio sin darle cristiana sepultura ni nada de eso. Nadie lloró sobre su tumba.

Mientras tanto, en el pueblo corría la noticia del hecho esclarecido.

_Dime, hijo, ¿por qué dices que has matado a un hombre?

_ Porque es la verdad, padre, yo fui quien acabó con la vida de Juan Sandoval. Yo disparé el arma y lo puse en su mano, luego cerré con llave la puerta de su habitación y salí de ahí sin ser visto por nadie.

_ Pero, ¿por qué, hijo mío, por qué?

_ Por amor- dijo el comisario. Toda mi vida he estado enamorado de Florencia y no pude saberla de otro modo. Tuve que actuar antes de perderla. Traté de hablar con Juan y decirle que se alejara de ella, que si no era mía no iba a ser de nadie, pero no quiso escucharme, así que no me quedó más remedio…

El padre le dijo que se arrepienta de corazón para obtener el perdón de Dios, y que rece por la sanación de su alma. Todo quedó guardado en secreto de confesión. Salió de la iglesia y se dirigió a la comisaría, donde sus labores de comisario lo esperaban y tal vez consolar a una triste mujer.

SILVINA PAULA CALVO - ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT

MARIA GIMENA SCHNIDRIG

E.E.M.P.A. Nº 1278 - Humbodt (Anexo Nuevo Torino) - Santa Fe