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miércoles, 6 de marzo de 2013

BASCH, ADELA: El reglamento es el reglamento


Personajes

 

Señora

Cajera

Supervisor

Gerente

 

Escena uno

 

La escena transcurre en un supermercado. La señora está en la caja, pagándole a la  cajera.

 

Cajera: Su vuelto, señora.

Señora: Gracias. Buenos tardes.

Cajera: Un momento. Todavía no se puede ir. ¿No vio ese cartel? (Lo señala y lo lee.) "Señores clientes es obligación mostrar la cartera a las amables y gentiles cajeras".

Señora: Discúlpeme, pero yo no se la puedo mostrar.

Cajera: ¿Qué dice? Imposible. Me la tiene que mostrar antes de salir.

Señora: Por favor, no insista, señora cajera. No le puedo mostrar la cartera.

Cajera: Mire, lo lamento, pero es el reglamento. ¿Me está escuchando lo que le digo?

Señora: Sí, la escucho. Pero lo siento mucho. No-le-pue-domos-trar-la-car-te-ra" (Pronuncia las últimas palabras con mucha fuerza.)

Cajera: Pero, ¿qué es esto? ¿Cómo que "no-le-pue-do-mos-trarla-car-te-ra"? (Imita la forma en que lo dijo la señora.)

Señora: (Grita) ¡No me haga burla!

Cajera: ¡Y usted, mejor no me aturda!

Señora: ¡Y usted, no diga cosas absurdas!

Cajera: Creo que usted exagera. Solamente le pedí que mostrara la cartera.

Señora: Por favor, no me haga perder el tiempo. Estoy apurada. Tengo invitados para la cena.

Cajera: ¿Ah, sí? ¡Qué pena! Si está apurada, no sé qué espera. ¡Muéstreme la cartera!

Señora: ¡Déjese de pavadas! ¡No se la muestro nada!

Cajera: ¡No me hable de ese modo! ¡Y mejor me muestra todo!

Señora: ¿Pero qué tiene usted en la sesera? No se la puedo mostrar y no es porque no quiera. Lo que pasa, mi querida, es que no tengo cartera.

Cajera: ¿Cómo? ¿Está segura?

Señora: (Toma una planta de lechuga.) Como que esto es verdura.

Cajera: ¡Pero qué locura! No puede ser. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé cómo actuar. A ver, empecemos otra vez. Yo le pido a usted que me muestre la cartera y...

Señora: Y yo le digo que no se la puedo mostrar aunque quiera, simplemente porque no tengo cartera.

Cajera: ¿Y ahora qué hago?

Señora: Haga lo que quiera.

Cajera: Muy bien, quiero ver su cartera.

Señora: ¡Pero no tengo!

Cajera: No comprendo... No entiendo... Soy la cajera y estoy obligada a revisar las carteras. Usted no tiene cartera, así que no puedo cumplir con mi obligación. ¡Qué situación! ¡Qué complicación! Esta situación imprevista me saca de las casillas. ¡Necesito mis pastillas!

Señora: ¿Quiere una de menta?

Cajera: No, no me gusta la menta.

Señora: Lo lamento.

Cajera: ¿Qué lamenta?

Señora: Que no le guste la menta.

Cajera: (Toma un teléfono) ¡Por favor, por favor, que venga el supervisor!

 

Escena dos

 

Entra el supervisor.

 

Supervisor: ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?

Señora: Me quiero ir a mi casa. Compré, pagué y me quiero ir. Pero la cajera insiste en que muestre la cartera. Y yo...

Supervisor: Es correcto. Si no la muestra, no se puede ir. (Saca del bolsillo un papel enrollado y lo desenrolla.) Así dice el reglamento de este establecimiento.

Cajera: ¿Vio, señora, que no miento?

Señora: Sí, pero no tengo nada que mostrar.

Supervisor: ¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar? ¿Lleva algo sin pagar?

Señora: No, señor supervisor, usted está en un error. ¡No soy una delincuente! ¡Soy una mujer decente!

Supervisor: Entonces, ¿qué espera? ¡Muéstrenos la cartera!

Señora: Señor, si no se la muestro, no es por mala voluntad.

Supervisor: ¿Y por qué es?

Señora: ¡Terminemos con esta sonsera, trate de entender que yo no tengo cartera!

Supervisor: Entiendo. Es una situación complicada, pero no puedo hacer nada. (Mira el papel.) Tenemos que cumplir con el reglamento. Y el reglamento dice...

Cajera: Que es obligación de los clientes mostrar la cartera...

Señora: ¡A las amables y gentiles cajeras! ¡Pero yo no traje cartera!

Supervisor: Señora, lo hubiera pensado antes. No se puede salir a hacer compras de cualquier manera. El reglamento es el reglamento. Y hay que cumplirlo. Si no, ¿dónde vamos a ir a parar?

Señora: ¡Yo quiero ir a parar a mi casa! ¡Esto es una locura!

Supervisor: Usted es una cabeza dura. Si hubiera traído alguna cartera... no tendríamos este problema.

Señora: Señor, no traje cartera y no me voy a quedar aquí toda la vida. Así que pensemos en alguna solución.

Supervisor: A mí no se me ocurre. Las situaciones imprevistas me paralizan el cerebro.

Cajera: Y a mí me atacan los nervios. Señora, usted me está impidiendo cumplir con mi obligación de revisar las carteras, y eso me confunde, me irrita y me desespera. Se me nubla la mente...

Supervisor: Tengo una idea... ¡Llamemos al gerente!

Cajera: (Toma el teléfono) Por favor, es muy urgente. ¡Necesitamos al gerente!

 

Escena tres

 

Entra el gerente.

 

Gerente: ¿Qué sucede?

Supervisor: Tenemos un problema.

Cajera: Una situación imprevista. La señora quiere irse sin mostrar la cartera.

Gerente: Eso es imposible.

Cajera: Es incomprensible.

Supervisor: Es increíble.

Gerente: Además, es contrario al reglamento.

Cajera: Y el reglamento...

Supervisor: ...es el reglamento.

Gerente: Señora, usted tiene la obligación de mostrar la cartera.

Señora: Lo siento, no traje cartera.

Gerente: Si no la trajo, es porque no quería mostrarla. Y si no quería mostrarla, seguramente quería ocultar algo.

Señora: Pero señor...

Gerente: Déjeme terminar. Si quería ocultar algo, tal vez se lleve algo sin pagar.

Señora: Pero señor... si no la traje, ¿cómo voy a ocultar algo?

Gerente: Ya le dije. ¡No la trajo porque no la quería mostrar! ¡Y el reglamento dice que tiene que mostrar la cartera!

Señora: ¿Pero qué cartera?

Gerente: ¿Qué sé yo? ¡Cualquiera!

Señora: ¿Cualquiera, cualquiera, cualquiera?

Gerente: Sí, cualquiera. ¡Pero muestre la cartera!

Señora: Muy bien. Gentil y amable cajera, ¿tendría la bondad de prestarme su cartera? Por un minutito, nada más.

Cajera: Está bien. Tome. (Le da su cartera.)

Señora: ¿Quiere revisarla, por favor?

Cajera: ¡Como no! (La abre y la mira por todos lados.) Está bien.

Señora: Entonces, me voy. Le devuelvo su cartera.

Cajera: Gracias por su compra. Vuelva pronto. Da gusto atender a clientes como usted.

Señora: (Tratando de disimular su fastidio.) Sí, sí, cómo no.

Supervisor: Ah, nos podemos quedar tranquilos.

Gerente: Tranquilos y contentos. ¡Hemos cumplido con el reglamento!

 

Telón

  

 ADELA BASCH

 Nació en la ciudad de Buenos Aires, en 1946. Es escritora y editora egresada de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. El primer libro que escribió fue Abran cancha, que aquí viene don Quijote de La Mancha, una obra de teatro estrenada en el año 1979. Posteriormente muchas otras de sus obras fueron llevadas al teatro, entre ellas: ¿Quién me quita lo talado?, El velero desvelado; Minutos a toda hora; Oiga, chamigo aguará; Colón agarra viaje a toda costa y José de San Martín, caballero de principio a fin. Fue directora de las colecciones de literatura infantil y juvenil de Coquena Grupo Editor. A lo largo de su trayectoria como escritora ha recibido numerosos premios y menciones, entre ellos: el premio Argentores por El velero desvelado (1982). Como escritora, coordinó numerosos talleres de escritura, promoción de la lectura y difusión de la literatura infantil, organizados por Universidades, Direcciones de Cultura, escuelas y bibliotecas de la ciudad de Buenos Aires y de las principales localidades de la Argentina, así como en España, Estados Unidos, Bolivia y Puerto Rico. Actualmente es directora y editora de Ediciones Abran Cancha.

jueves, 21 de febrero de 2013

EL ÁRBOL



Sé el líder, porque cuando caminas
India camina contigo.

Ayuda al sol a elevarse en la mañana,
llena tus manos con su luz
y lánzala por todos lados.

Mantén tus piernas en el horizonte
y camina con orgullo,
sostén el cielo para mantenerte
y camina con el viento en tus manos.


Sé el líder, porque cuando caminas
India camina contigo.

¡Camina!

lunes, 4 de febrero de 2013

STORNI, Alfonsina: Pudiera ser


(Santa Fe)

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente, medido
estaba todo aquello que se debía hacer...
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
de mi casa materna... Ah, bien pudiera ser...

A veces en mi madre apuntaron antojos
de liberarse, pero se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo esto mordiente, vencido, mutilado,
todo esto que se hallaba en su alma encerrado,
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

Suiza, 1892/Argentina, 1938

miércoles, 2 de enero de 2013

DOLINA, Alejandro: Leyenda del volador de Flores


Casi todos los hombres sensibles de Flores conocían a Luciano, el volador. Sabía atender un puesto de diarios en la esquina de Boyacá y la avenida. Sus apologistas pretenden que levantaba quiniela, hecho que no le consta para nada al compilador de estas historias. Por lo demás, a través de todos los mitos de Flores, parece constante el afán de enaltecer el recuerdo de los héroes, atribuyéndoles actividades relacionadas con el juego. Si es verdad lo que se cuenta, Luciano volaba. Sus escasas fotografías nos lo muestran liviano y magro, aunque carente de alas. Una de ellas, que suele utilizarse como prueba de su don, lo registra al costado derecho de un grupo numeroso y sus pies aparecen en el aire, a una cuarta escasa del suelo. Los escépticos atribuyen este efecto a un truco fotográfico o bien a un pequeño salto oportuno.
Sin embargo, la tradición oral de Flores insiste en recordar los vuelos de Luciano. Los más viejos aseguran que, cuando niño, descolgaba los barriletes que se enredaban en los árboles y recobraba las pelotas que caían en los techos del vecindario. Ya mayor, prefirió siempre los vuelos nocturnos. Parece que el cielo sostiene mejor de noche y no se corre el riesgo de llamar la atención de los papanatas.
Excepción hecha de los días de lluvia o de granizo, Luciano prescindía de los colectivos y taxímetros. Un viajecito al centro le insumía apenas diez minutos. Solía aterrizar en las terrazas solitarias y bajar por los ascensores para evitar el escándalo. Siendo volador, Luciano era discreto. Conoció -eso cuentan- el secreto de todos los campanarios de Flores, se cruzó mil veces con las brujas desnudas que sobrevuelan Belgrano y se saludó con los ángeles ociosos que se dejan llevar por los vientos.
Sus enemigos lo acusaban de robar higos y triciclos, para no hablar de las lamparitas del alumbrado público. Los aviones le producían terror, desde un día en que paseando por El Palomar, un pardo Avro Lincoln casi le arranca la cabeza.
Manuel Mandeb ha sido el principal proveedor de anécdotas de Luciano. El pensador árabe cuenta -por ejemplo- las desagradables consecuencias que padeció a causa de su ignorancia del uso de la brújula y la posición de los astros.
Así nos refiere que una noche que volaba hacia el estadio de Vélez Sársfield con la ladina intención de colarse, equivocó el camino y descubrió las fuentes mismas del río Matanza. Encontró allí -sostiene Mandeb- grandes poblaciones lacustres, semejantes a las que cundieron en Suiza hace milenios. Tomándolo por un dios, los inocentes pobladores lo agasajaron, le dieron a beber hidromiel, le cedieron a una joven más o menos doncella y le obsequiaron una yunta de gallinas y un florero, único de estos objetos que aún se conserva.
Estos cuentos son muy sospechosos. Sospechosa también es la historia que ubica a Luciano siguiendo una bandada de golondrinas hasta los trópicos o aquella que hace referencia a la lucha con un cóndor bataraz. Cuando comenzaron las calamidades en el barrio de Flores, Luciano decidió partir. Las palomas azules con sus plumas de acero coparon el cielo de la barriada y el volador sintió miedo.
Manuel Mandeb insiste en que antes de irse para siempre, Luciano le contó el secreto de su increíble destreza. Dice Mandeb que un mago extranjero le concedió el don del vuelo, pero le hizo la siguiente prevención: "Volarás, Luciano, pero cuida que quienes lo sepan no escriban nunca tu historia. Cuando alguien la lea, tu poder cesará definitivamente".
Esto explica que las hazañas de Luciano solo se hayan transmitido en forma oral. Ninguno de los literatos de Luciano lo menciona jamás. Gracias a ello Luciano habrá seguido volando hasta el día de hoy, lector impío, en que tus ojos curiosos acaban de desbarrancarlo para siempre.




sábado, 22 de diciembre de 2012

BLÁZQUEZ, Eladia: Sueño de barrilete



Desde chico ya tenía en el mirar
esa loca fantasía de soñar,
fue mi sueño de purrete
ser igual que un barrilete
que elevándose entre nubes
con un viento de esperanza, sube y sube.
Y crecí en ese mundo de ilusión,
y escuché solo a mi propio corazón,
mas la vida no es juguete
y el lirismo es un billete sin valor.
Yo quise ser un barrilete
buscando altura en mi ideal,
tratando de explicarme que la vida es algo más
que darlo todo por comida.
Y he sido igual que un barrilete,
al que un mal viento puso fin,
no sé si me falló la fe, la voluntad,
o acaso fue que me faltó piolín.
En amores solo tuve decepción,
regalé por no vender mi corazón,
hice versos olvidando
que la vida es solo prosa dolorida
que va ahogando lo mejor
y abriendo heridas, ¡ay!, la vida.
Hoy me aterra este cansancio sin final,
hice trizas mi sonrisa de cristal,
cuando miro un barrilete
me pregunto: ¿aquel purrete dónde está?


(Argentina, 1931/2005)

jueves, 6 de diciembre de 2012

SACCOMANNO, GUILLERMO: IMAGINARIA



El imaginaria camina entre las sombras que proyecta la doble hilera de camas engarzadas unas sobre otras, va y viene por los pasillos, avanza entre las cabeceras de fierro con barrotes que parecen rejas y los cofres, que andá a saber por qué se los llama cofres si son armarios sin puertas adosados a las paredes laterales de la cuadra, con los estantes al descubierto, mostrando apiladas, en orden, las cosas de cada soldado. La noche es el momento propicio para reponer la caramañola que te desapareció. La noche es también el momento del descanso, pero se diría que se asemeja más a una tregua en la que quizá puede recuperarse el cuerpo pero no el alma. Porque al dormirte sos succionado por ese sueño laberíntico y pantanoso que repite las penurias del día. Te deslizás resbalando en ese abismo, cayendo y cayendo, con el vértigo secándote la lengua, sin poder agarrarte de nada. A veces, el imaginaria se frena y mira entre los barrotes de una cama a un soldado, que, como vos, ahoga el grito de la pesadilla. A veces, espía el jadeo y el sube y baja de un cuerpo bajo las frazadas. A veces se regocija cortándole la paja a alguno. A veces, se acerca a un insomne y se parapeta conversando con él en voz muy baja, y cuanto más baja más se escucha en el silencio, se pasan el cigarrillo, y la brasa es una luciérnaga roja que se aviva, en la penumbra, con cada pitada.
El mejor turno de imaginaria es el primero. Después, le pegás al sueño de corrido. El último tampoco es malo. Sólo que después tenés que aguantar todo el día cabeceando, con los párpados que se te cierran, el cansancio pesándote en los reflejos y en la espalda. El peor turno es el penúltimo. Te corta la noche Y cuesta después volver a dormirse. Apenas cerraste los ojos, el silbato a diana te astilla el cerebro. Te incorporás en cámara lenta. Y todo el día será la antesala gomosa de esos milagrosos minutos en que vas a poder tirarte a descansar lejos del alcance de las órdenes. Trabajás en el taller de mantenimiento, en un depósito o en una oficina, vas a estar a la caza de esos minutos en los que te vas a tirar en el piso, o sentado vas a cruzar los brazos sobre las rodillas encogidas, apoyando la frente afiebrada para recobrar los fragmentos del sueño perdido en la noche. Si aprovechás esos paréntesis, bastan unos minutos de sueño para sentir, cuando te despertás, que te cambió momentáneamente la sangre.
Pero si hay una imaginaria que todos quieren escabullir es la imaginaria en las muleras. Te subís las solapas del capote, te abrochás las orejeras del pasamontañas bajo la mandíbula y, con las manos congeladas en los bolsillos, atravesás el regimiento envuelto en la luz fantasmal de la nieve y trepás la escarpa hacia los establos. Hay cerca de ochenta mulas en cada establo. Están separadas por una larga división de madera con comederos a ambos lados. Una sola lamparita, en la entrada, queda encendida toda la noche. Todavía perdura en tu boca pastosa la saliva caliente del sueño. Pero no podés aflojar a la tentación de acurrucarte sobre unos fardos. En la tiniebla del establo, te encaramás por encima de los comederos y, con la ayuda de un palo, desparramás unos golpes sin ganas sobre los lomos inquietos. Si una mula se cae, las otras la patean. Una mula muerta es señal de que te dormiste en tu turno de imaginaria. Además, pensás, primero te van a masacrar en un baile, después te vas a comer el calabozo. Y, cuando salgas, seguirán las complicaciones de un sumario, te pondrán la mula a cargo y hasta que no terminen de descontártela del sueldo que nunca cobrás no te van a largar de baja. Te despabilás, descargás la bronca con el palo golpeando aquí y allá cuellos y ancas. Eso sí, no pierdas el equilibrio, no trastabilles. "Sooooo". Y otro palazo.
Ahora el imaginaria de la cuadra se repliega en el fondo del galpón y, desde ese ángulo, contempla la perspectiva de patas y barrotes metálicos. La doble hilera de camas, con sus líneas verticales, imita una avenida tenebrosa con jaulas en vez de casas. Al imaginaria le sugiere el corredor de un penal. Escucha el silencio. Es una marea sorda y densa que anega sus oídos. A medida que camina por la cuadra pasa junto al rumor de una respiración acatarrada, un ronquido, un lamento, una tos. El imaginaria es una sombra entre las sombras. Puede estar a los pies de tu cama o en el otro extremo de la cuadra. Su olor es el tuyo, así como el olor de los otros es también tu olor. Un vaho tibio en el que se confunden sudores, alientos, flatulencias y poluciones. La tela áspera de la bolsa de rancho tiene el mismo olor nauseabundo que las frazadas. El mismo olor tiene tu camiseta que tu almohada. Y el mismo olor rancio exhalan los borceguíes cuando te los sacás. Afuera nieva. Y mientras siga nevando, ni miras de bañarse. Ya perdiste la cuenta del tiempo que llevás sin bañarte. Por lo menos, un mes y pico. Toda la higiene de la compañía se circunscribe a enjuagarse caras y manos con agua helada en los piletones. Los calzoncillos largos se paran solos de la mugre que tienen. Alrededor de las braguetas, la frisa vacila entre el ocre y el marrón. A algunos, la roña se le ha vuelto un musgo blanquecino alrededor del glande. Pero, cuando viene la noche, el agotamiento puede más que la mugre y los piojos. Nadie se gasta en rascarse. Los cuerpos se abandonan extenuados y comienzan a bracear en el barro cálido del sueño. En las sombras, la sombra del imaginaria revisa un cofre y saca algo.
–¿Qué hacés, loco? –murmura un soldado, detrás, en una de las camas de abajo.
–Me pareció que había una rata.
–Si me llega a faltar algo mañana te rompo el culo.
El imaginaria debe estar alerta y velar por el descanso de sus camaradas. Mis camaradas, piensa. Y se pregunta qué tiene él en común con el polaco Wasilevsky, ese al que nadie pasa ni cinco de bola porque estuvo preso por robo y estupro, básicamente, por la violación. O con el Topo, que traficaba cocaína en Monte Grande. O con Almirón, ese peón de estancia que se coje una oveja con la misma satisfacción que te rompe las falanges en una pulseada. Al caminar entre las camas, entre los cuerpos entregados al letargo, el imaginaria se demora en cada cama, constata quién duerme arriba y quién duerme abajo y se acuerda de sus nombres, de los datos que cada uno suministra sobre su historia y, comprueba de pronto que está solo en la noche, solo en el mundo, librado a su suerte y a la lucidez precaria del insomne. Por un instante, estar despierto le confiere una cierta superioridad. Es un pariente de Dios auscultando estos destinos entregados a sus sueños. Este poder es efímero. Y no le atenúa sentirse más solo que nadie en la tierra. Sus pensamientos se contagian de una melancolía punzante. Puede sentirla anudándole la garganta. Tiene un vacío en el estómago. Puede ser desesperación. Pero también es probable que sea hambre.
Durante un rato se queda quieto, atisbando, hundido en sus ideas. Pero ahora vuelve a caminar, sigiloso. Porque el imaginaria, además de velar por el descanso de sus camaradas, tiene que registrar cualquier novedad e informarla. Pero no habrá ninguna novedad. A ningún soldado le conviene que se produzca una novedad en su imaginaria. De modo que sigue deslizándose entre las sombras con la cautela nerviosa de un gato, estudiando la oportunidad para conseguir antes del fin de su turno, ese cuchillo que le desapareció.


GUILLERMO SACCOMANNO
(Argentina, 1948)

domingo, 2 de diciembre de 2012

URRICELQUI, EVARISTO MANUEL: La bomba


A mi mujer no la soportaba más. Llevábamos veinte años de casados. Había terminado por resultarme insoportable. En cambio Cristina, a pesar de conocernos desde hacia cinco años, era otra cosa. Siempre dispuesta. Siempre amante. Nunca cansada. Junto a ella me reencontraba con el amor. "¿Quién es?", "¿Sos vos, Jorge?", "Sí, soy yo". La preocupación de mi mujer por la casa y los hijos la habían venido transformando un poco en madre de todos. A la vez, había engordado desproporcionadamente y abandonado su coquetería.
—¿Estás cansado, viejo?
—Ni tan cansado, ni tan viejo. ¿No te parece?
—No creas, sin embargo te están apareciendo algunas canitas que te venden.
—¿Por qué no te las teñís?
—Alguien dice que me hacen más interesante.
Ella parecía no darse cuenta. Tenía yo ciertos días en que no habría querido retornar a mi hogar. Abandonar todo y desaparecer. La intimidad con ella me resultaba insufrible.
La idea me estaba revolviendo la cabeza. La pensé sin consultar. Empecé a realizarla. Nadie tenía que saber nada [...]
Formalicé un abultado seguro a nombre de mi amante. Necesitaba dejar pasar un tiempo bastante prudencial, porque las aseguradoras no son tontas.
Cuando se cumplieran los dos años era ya un tiempo bastante prudencial como para no despertar sospechas.
Tenía también al hombre que me iba a servir para la operación que había planeado. Mientras tanto, seguía haciendo mi doble vida, que la bondad de mi esposa me permitía.
—Cristina —le dije— se cumplirán dentro de un mes los cinco años de nuestro amor. He venido desde hace tiempo gestando una idea que necesita contar con tu aprobación para realizarla [...] No te pido que me contestes ahora, si te parece, pero requiere de ambos la mayor compenetración y secreto.
—A ver, ¿de qué se trata? —me dijo sorprendida.
—No soporto más la doble vida que venimos haciendo. Quiero que vivamos el uno para el otro. El divorcio no me parece suficiente libertad. Quiero morirme para vivir con vos sin amarras, de ninguna clase.
—¿Qué decís? ¿Estás loco?
—No estoy loco, ya lo verás. Se trata de lo siguiente: he tomado un seguro de vida, nombrándote beneficiaria. Su importancia nos asegurará la tranquilidad económica para el resto de nuestros días. Pero si me muero de verdad, no podríamos disfrutarlo.
—No te entiendo...
—Claro. ¿Conoces a Dalmiro? Ese pájaro que anda con documentos falsos para no ser descubierto por Interpol [...] Si él muriera, nadie reclamaría por él. No está agarrado a nada ni a nadie. Tengo en mi poder documentos falsos que a mi muerte me darán otra identidad con la que viviré a tu lado.
—¿Sabés que no termino de entenderte?
—Bueno, prosigo. Cuando yo muera en un accidente de avión, tú estarás en condiciones de cobrar mi seguro, luego de lo cual, vendrás a mí encuentro muy lejos de aquí, donde podremos vivir para vivir siempre juntos. Sigues sin entender, no  importa, dos días antes de que esto ocurra, tú lo sabrás. Es preferible que, por ahora, no sepas más del asunto por cualquier cosa. ¿Querrías vivir conmigo lejos de aquí, en una playa donde nadie nos conozca?
—La idea me resulta divina. Pero se me hace tan irreal. Yo te dejo hacer a vos. Entiendo que estará en tus cálculos evitarme cualquier vinculación con algo enojoso.
—Bien lo sabes que no. Ahora hablemos de otra cosa.
La operación se iba cumpliendo estratégicamente. Saqué pasajes a Chile. La entrega de Dalmiro hacia mí era sin barreras. Mi ayuda le había permitido vivir libre de preocupaciones.
—Dalmiro —le dije— yo necesito llevar a Chile una mercadería que me están reclamando hace tiempo. No puedo mandarla por encomienda. Usted la llevará. Viajará con mis documentos, como si fuera yo, eso ya lo tengo arreglado. En vez de viajar hasta Chile, usted se apeará en Mendoza, se hospedará en el hotel Claridge y un emisario se le apersonará en demanda de la mercadería que usted le entregará. Responderá al nombre de Casimiro. Todo esto se hace para evitar, la barrera aduanera, de lo que se encargará esa gente. Luego, puede permanecer unos días en Mendoza y regresar. ¿Acepta mi proposición? Por supuesto que será bien gratificada.
—Señor, lo que me pide, después de cuanto he tenido que padecer y hacer en mi vida, es una simpleza. Claro que lo haré. Agradezco su confianza otra vez más.
Hice saber a mi familia que tenía que viajar. Así que me despedí de ellos en casa, convenciéndolos de que no me acompañaran al aeródromo.
A Cristina le hice entrega de la póliza del seguro y cómo tenia que cobrarlo. Le di la dirección donde debíamos encontrarnos cuando tuviera el dinero; yo la estaría esperando.
Con Dalmiro me reuní en la estación aérea. Le hice entrega de la encomienda que debió despachar por bodega por su embalaje. El avión partió a la hora indicada y yo disimulé mi desaparición ayudado por la hora nocturna y porque me fui del país con nombre falso. Lo previsto se cumplió de acuerdo a mis cálculos, inexorablemente. El avión en pleno vuelo estalló. Tal era la naturaleza de la bomba que transportaba Dalmiro dentro de su encomienda.
En la lista de pasajeros figuraba yo. Había muerto entonces con todo el pasaje. Un voraz incendio hizo del avión un estrago sin posibilidades de identificar a nadie. Si se trató de un sabotaje u otro hecho criminal inconfesable nadie lo pudo establecer. Lo cierto es que mi plan se cumplió a la perfección y cronológicamente. Los diarios me fueron proporcionando las pautas con sus mensajes. Adiós a mi familia. ¡Viva la libertad! ¡Viva Cristina!
Mientras aflojaba mi cinturón de seguridad y desplazaba el respaldo de mi asiento, degustaba íntimamente los años de felicidad que me aguardaban en esa isla de ensueño que había programado con mi encantadora mujer.
El tiempo sigue pasando. Cristina nunca apareció por estas playas. Mi correspondencia dirigida a ella jamás tuvo respuesta. ¿Dónde habría de encontrarla? Eso no había entrado en mis cálculos. Ni lo de verme abriendo las puertas de los coches en un hotel de segunda categoría...

EVARISTO MANUEL URRICELQUI

viernes, 9 de noviembre de 2012

COSTANTINI, HUMBERTO: UN SEÑOR ALTO, RUBIO, DE BIGOTES



Es aquí. Pero este ascensor... la portería... yo los conozco, me parece. ¿Cuándo vine yo aquí? ¿Una semana? ¿Un año? No puedo darme una idea. ¡He caminado tanto en este tiempo!
Además todas las oficinas, más o menos... Y los ascensores también. Subo a un ascensor y ya me veo buscando a alguien, preguntando, corriendo de aquí para allá. Sí, ha de ser eso.
Y sin embargo... el tablero... las puertas... Yo esto lo conozco. Alguna vez estuve aquí, estoy seguro.
Bueno pero no interesa. ¿Dónde está la tarjeta? Es esta. Señor García, de parte del señor Perrondo. Séptimo piso, oficina 712.
-¡Al séptimo!
...de esto algo tiene que salir... segundo... tercero... señor García de parte del señor Perrondo. Vamos a ver qué pasa.
...quinto... sexto... García de parte de Perrondo. García de part...
-¡Gracias!
Y este pasillo también... pero ¿cuándo? ¿Cuándo?
Setecientos ocho, diez, doce. Es aquí.
-Buenos días señorita. El señor García por favor...
-Sí, como no señorita.
Los dos sillones, la mesita... el cuadro... el ruido de la máquina... pasos en el corredor...
Sí, yo le digo que soy amigo de Perrondo, ¡total!... la corbata en su sitio, los puños... ¿Qué hora será? Y este dolor en el pecho que me joroba ahora. Bostezo, me miro las uñas. Espero.
El tiempo. Uno se mete en él como en una carpa. Afuera pasos, voces... el ruido del ascensor... una bocina... ¡Pero todo eso lejísimo!... En otro mundo.
Aquí el tiempo lo cubre completamente a uno. Uno mismo es el tiempo. Creo que hace falta un poco de entrenamiento para sentir esto.
Antes me molestaba esperar. Ahora no. Me meto en la carpa, cierro todas las aberturas y espero. ¿Qué quiere decir "las diez y media"?
Pienso que esperar es una cosa importante. Algo así como una ocupación fundamental. Uno espera y cumple su vida.
¡Estoy macaneando! ¿Qué hora es? Lo que hay que hacer es mostrarse dinámico, optimista. Cara de triunfador. Así se consiguen las cosas. La corbata en su sitio, los puños, caminar erguido. Muy bien.
¡Pucha cómo tarda! ¿Se habrá olvidado de que estoy aquí?
El tiempo... García de parte de Perrondo. Yo lo conozco a Perrondo. Perrondo es amigo mío. ¿Del trabajo? No, de la familia. Amigo de la familia desde hace diez años. Eso es.
¿Se habrá olvidado? Diez minutos más y pregunto.
El tiempo...
-Señorita, ¿el señor García?...
-Ah... perdón, perdón. Pensé que se había ido... los sillones... la mesita... el cuadro...
¿Qué será este dolor? Juego con los dedos en la madera. Espero. No existe el tiempo. Me meto en la carpa...

* * *

-Ah, sí, sí. ¡Gracias señorita!
-El señor García. ¡Encantado! Sciardys, a sus órdenes.
-Bien señor García... el señor Perrondo me indicó... me dijo que usted podría... es decir, me dio esta tarjeta para...

* * *

La calle otra vez. No me gusta caminar por la calle cuando ando así. Sobre todo si uno tiene los zapatos gastados. Uno se mira los zapatos y está listo.
Además las paredes, crecen, crecen hasta el cielo, se amontonan allá arriba y lo aplastan a uno.
Llámeme dentro de dos meses. No, no. ¿Cómo era? Venga a verme de aquí un par de meses. Así me dijo. Y que lo viera al señor Bucini, director de "Radiar", de parte suya.
Todos los días, después de las catorce y treinta. Lavalle al mil quinientos. Lo veo hoy. ¿Qué hora es? No hay tiempo para volver a casa. Me quedo por aquí entonces. Lavalle al mil quinientos. Señor Bucini de parte del señor García...
Un espejo. ¿Para qué me habré mirado? Yo me imaginaba bien plantado, rozagante. Así como para presentarme y conseguir cualquier cosa. Me vi flaco, desgarbado... ¡y con una cara!... Cara como para que digan que no. Cara que invita a decir que no. ¡Mire señor, usted puede decirme que no, con toda confianza! No hay peligro de que me extrañe o que lo tome a mal. ¡Estoy acostumbrado a que me digan que no! ¡Dígalo señor! ¡Dígalo sin miramientos! ¿No ve que lo estoy invitando con esta cara a que me diga que no?
No, esas son pavadas. Si empiezo a pensar así no voy a ningún lado. Lo que tengo que hacer es componerme un poco antes de entrar. Una cuadra antes empiezo a sonreír. Así, ¿ves? Saco pecho... levanto la cabeza... camino ligero... tra la... la la. Eso.
La cara no quiere decir nada.
Pero este dolor... voy a tener que ir al médico un día de estos.
No, no hay que mirarse los zapatos.
Y las casas que se hacen más altas. Esas ventanas allá arriba que lo miran como despreciando. Como haciéndolo caminar a uno por una zanja.
Y la gente. Toda apurada. Todos haciendo algo... ¡Es horrible caminar así por la calle! ¿Dónde hay un café?
Bucini de parte de García, a las dos y media.
"Radiar" es una casa importante. Yo la conozco. Si este Bucini pudiera hacer algo...
¡Un café con leche, mozo!
Hasta las dos y veinte no salgo. De aquí a Lavalle al mil quinientos son diez minutos. Me quedo en el café. Cualquier cosa antes que andar por la calle haciendo tiempo. Están las paredes. Están los espejos en las vidrieras. Y además me veo los zapatos.
Está la gente. Todos ocupados. Todos aprovechando los minutos. Haciendo cosas importantes. ¿Por qué no podré estar así yo? ¡Ocupado, ocupadísimo! Caminar rápido por el centro, o sentarme frente a un escritorio y hablar por teléfono. Decir por ejemplo: ¡vení a verme a las cinco en punto! Antes no porque estoy ocupado. Tenemos quince minutos justos para charlar. Y ¡plaf!, colgar el tubo. Señor Sciardys, ¿qué hacemos con esto? ¡Páselo a tal lado! ¡Pim! ¡paf! Con seguridad, con firmeza, ocuparme de cosas importantes...
¡Qué sé yo! Estoy cansado de vivir así esperando. Como si en el mundo, o en la vida, o en ese juego misterioso que tiene la gente, no hubiera lugar para mí.
Este dolor debe ser el cigarrillo. Empezó hace una semana y no me deja tranquilo. Cuando me canso un poco me duele más y se extiende hasta el brazo. ¿Justo ahora tiene que venir esto? Me da rabia porque me parece que me quita seguridad, que me deprime, y que todo eso se debe notar.
No, no se puede notar. Son ideas mías. Es cuestión de presentarse bien. De mostrar alegría. Señor Bucini, ¡encantado! Con soltura, con optimismo. Eso es lo principal.
Las dos y cuarto.
-Mozo, ¿cuánto es?
Caminar rápido. No mirar a los costados. No mirar los zapatos. No ponerse a pensar en las paredes. Las paredes lo aplastan a uno. Lo escupen desde las ventanas. Yo también ando apurado. Soy igual que la gente.
Es en esta cuadra. La sonrisa. Así, de oreja a oreja. Después la cara se acostumbra y uno parece sonriente.
"Radiar"...
-El señor Bucini por favor...
-Segundo piso. Gracias.
-El señor Bucini por favor. ¿Mi nombre? Sciardys. Ese, ce, i, a, ere, de, y griega, ese.
-Sí, gracias señorita.
La sonrisa. La corbata en su sitio. Caminar derecho. Espero. Me paseo.
-¿El señor Bucini? Sciardys, ¡encantado!
-Yo estuve recién con el señor García... el señor García me dijo... que viniera a verlo...

* * *

La calle. Las paredes. Estoy cansado.
¿Por qué hay tipos que tienen como una cáscara alrededor? Uno quiere llegar a ellos, acercarse, y es imposible. Pero mejor es que no piense en Bucini. Por aquí no hay nada que hacer. Eso es seguro.
De todas maneras me dio un dato. No creo que lo conozca a este señor Domingo Márquez. Ni siquiera me dijo que fuera de parte suya. Pero es un dato y hay que aprovecharlo. ¿Iré ahora? Sí voy ahora. Quién me dice que a lo mejor...
Además así las paredes no me atrapan. Me muevo, corro. Las agujas del reloj y la tacita de café no van a estar allí, mirándome, estudiándome, sabiendo cada cosa que hago y cada pensamiento que se me cruza. No me van a mirar cómo mato el tiempo.
Señor Domingo Márquez, gerente, Belgrano 774. ¿Qué se toma para ir?
-Señor, ¿para Belgrano al setecientos, por favor?
-Gracias.
No pienso en Bucini. No pienso en nada.
El colectivo. La gente que empuja. ¿Saldrá algo de aquí?
No alcanzo a ver la calle. ¿Dónde estamos?
Tengo que presentarme bien. Con soltura, con alegría, Márquez es un tipo importante...
-¡En la primera chofer!
Belgrano 774. Es allí enfrente. Cruzo la calle. Ahora ¡qué raro! No me duele nada el pecho.
El ascensor otra vez. Otra vez la sensación de estar corriendo, buscando a alguien.
-¡Al cuarto!
Sonrío. Me compongo el saco. ¿No habrá salido este Márquez?
-Sí, Fernando Sciardys. Ese, ce, i, a, ere...
-¿Señor Márquez? ¡Encantado!
-Mire, señor Márquez, yo venía porque me enteré... me dijeron que había una posibilidad y entonces yo vine para preguntar, para ver si es posible...


* * *

¡Abajo!
Córdoba 2552. ¡Voy ahora mismo! El señor Otero. Esta vez me lo dijo bien claro. Otero con seguridad tiene algo. Vaya a verlo.
Sí, voy, voy ahora mismo. No quiero perder un minuto. ¡A ver si lo alcanzo! Córdoba al dos mil quinientos. Llego hasta Córdoba y de allí tomo cualquier cosa. ¡Rápido! ¡Rápido!
Señor Otero. Esta vez es seguro. Señor Otero. Córdoba al dos mil quinientos.
¡Ojalá no se haya ido todavía!
¡Quince minutos, señor Otero! ¡Quince minutos y estoy allí! ¡Espéreme, por favor!
Se hace tarde. ¡Yo tomo un taxi! ¡Espere quince minutos más, señor Otero, no se vaya!
-¡Taxi!
-A Córdoba al dos mil quinientos, ¡rápido por favor!
Fumo. Miro la calle. Voy más rápido que la gente. Más ocupado. ¡Pucha, el tráfico! ¿Por qué no pasará de una vez?
La corbata en su sitio, los zapatos... no, no hay que mirarse los zapatos.
Otero con seguridad tiene algo. Así me dijo, ¡Gracias, señor Márquez! ¡Y yo que casi no pensaba ir! ¡Cómo vienen las cosas, así, de pronto, cuando uno menos las espera!
Ya falta poco. Mil novecientos... dos mil... Llego justo a tiempo. ¿Estará todavía en la oficina? Dos mil doscientos... dos mil trescientos... ¡Ese camión que no deja pasar! Dos mil cuatrocientos... En la otra.
-¡Aquí nomás, cóbrese!
El saco. La corbata. Me arreglo los puños.
-El señor Otero, por favor...
-¿Esta escalera? Gracias. ¿Se habrá ido?
-Buenas tardes, señorita. ¡El señor Otero, por favor!...
-¿Qué?... ¿No está?...
-¿Pero va a venir? Sí, sí, yo lo voy a esperar. ¡Cómo no!
-No, no, prefiero esperarlo aquí.
-Fernando Sciardys. Ese, ce, i, a, ere, de, y griega, ese.
-Sí, gracias, señorita. ¿Usted me avisa cuando llega entonces?, porque yo no lo conozco...
-Muy bien, muy bien, espero nomás.
...Espero. No puedo quedarme sentado. Me paseo... las puertas... los sillones... el reloj...
Enciendo un cigarrillo.
Pero al rato me aburro de caminar y me siento. El sillón que se hunde... el techo... el ruido de las máquinas...
El tiempo. Uno se mete en él como en una carpa... Pero el señor Otero vendrá en seguida. No hace falta la carpa.
Espero. Otro cigarrillo.
Me está doliendo el pecho otra vez. ¿Qué será esto?
Señor Otero, usted me va a salvar. Usted es mi esperanza, señor Otero.
El tiempo. Espero. Yo siempre espero a alguien.
Pero esta vez es seguro. Márquez me lo dijo bien claro.
El tiempo. Me meto en la carpa. Cierro todas las aberturas y espero.
El guardapolvo blanco de la empleada... el vidrio de la puerta... los dibujos del parquet...
¡Qué tarde se hizo!
...los ruidos de la calle... un timbre... alguien que tose...
Tengo miedo de que no pase por aquí. O de que la empleada se olvide.
El tiempo.
...El cesto de los papeles... pasos que se alejan...
Espero...


* * *

-Señorita... quería preguntarle..., ¿cómo es el señor Otero? Por si usted se va, ¿sabe? Así yo sé cuando él viene... lo saludo, me presento...
-¿Cómo? ¿Alto, rubio, de bigotes?
-Sí, sí, lo voy a conocer.
-Gracias, gracias.
Alto, rubio, de bigotes. El señor Otero es un señor alto, rubio, de bigotes.
"Con seguridad tiene algo. Vaya a verlo."
Pero el tiempo me aplasta. Me borra la sonrisa de la cara. Me paseo. No hay que mirar los vidrios. No hay que mirarse los zapatos. La corbata en su sitio. Los puños.
¡Cómo me duele el pecho!
Es tarde. Oigo puertas que se cierran... oigo voces que dicen "hasta mañana"... Han apagado la luz en la otra oficina.
Un señor alto, rubio, de bigotes. Un señor alto, rubio, de bigotes. Yo lo voy a conocer.
Me levanto. Me asomo al corredor. Oigo pasos en la escalera. Sube alguien. Debe ser él. Debe ser el señor Otero. ¡Por fin!
Lleva un traje azul... sombrero claro... lo tengo de espaldas... ahora se da vuelta...
No... no... me había parecido.
Espero. Tiene que venir.
Camino. El corredor... la baranda... Bajo la escalera.
¿Y si subiera en este momento? Me detengo.
Pero es mejor bajar. Es mejor estar abajo para verlo.
Bajo. Salgo a la puerta.
La gente... los autos... Se está haciendo de noche.
...¿eh? ¿Este que viene aquí? Es alto, rubio... ¡viene para este lado!
No... no tiene bigotes. No es el señor Otero.
El señor Otero es un señor alto, rubio, de bigotes. Un señor alto, rubio, de bigotes que me va a salvar. Va a hacer un lugar para mí en el mundo. Me va a quitar todos los problemas. También este dolor al pecho, ¿no es cierto señor Otero?
...un señor alto... tiene un portafolios en la mano...
No, no es.
La gente no entiende nada. No saben que estoy a punto de salvarme. Los pobres no esperan al señor Otero. Me dan lástima. Yo estoy mucho mejor que la gente.
...¿este? Tampoco. Parecía, pero no es rubio.
Yo espero al señor Otero. Un señor alto, rubio, de bigotes que tiene todo en la mano. Con seguridad tiene algo.
¡Y la gente no se da cuenta! ¡Pasan al lado mío y no entienden nada! Yo quisiera llamarlos, explicarles. ¡Eh!, ¡señor! Yo no estoy aquí haciendo tiempo, ¿me entiende? Antes sí, pero ahora no. Ahora estoy esperando al señor Otero. Un señor alto, rubio, de bigotes, que me va a salvar. ¿Usted no lo conoce? ¿No sabe quién es el señor Otero? ¡Verdaderamente es una lástima! Él podría ayudarlo a usted también! Sí, pero ahora yo lo estoy esperando. Él con seguridad tiene algo y me va a dar un sitio en el mundo, ¿sabe señor? ¡Gracias, gracias señor! No, no me felicite. En realidad es nada más que un poco de suerte. ¡Adiós, señor!
¡Cómo tarda!
Los árboles parecen hombres que levantaran los brazos. La luna es un señor rubio que los mira cómo se agitan y se va acercando lentamente para clamarlos.
¿Por qué tarda tanto, señor Otero?
Yo no levanto los brazos pero también estoy agitado. Me duele el pecho. Quisiera llamarlo, señor Otero. Porque usted no sabe que estoy aquí esperándolo y por eso no se apura en llegar. En traerme la calma que usted tiene con seguridad en la mano.
Es muy tarde. Es de noche y usted no viene.
Pero yo lo voy a esperar. Yo lo voy a conocer en seguida.
...la gente... los negocios que cierran.
¿Qué tengo en el pecho? ¿Por qué me duele más ahora?
Un señor alto, rubio, de bigotes, que me va a quitar este dolor del pecho, que va a llegar lentamente para calmarme.
Los hombres siguen de largo. Ninguno es un señor alto, rubio, de bigotes. Son gente como yo. Andan apurados. También se miran los zapatos. También necesitan de usted señor Otero. ¿Por qué no viene?
Si usted no viene yo me voy a quedar aquí toda la noche, levantando los brazos. Y la gente va a preguntar: ¿qué pasa? Y yo les voy a decir que lo estoy esperando a usted, señor Otero. Y entonces todos van a levantar los brazos, y se van a agitar, y todos lo van a llamar a usted para que venga a calmarlos.
¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿No dijo que vendría? Me lo dijo bien claro la empleada.
Los árboles... Los árboles se mueven, levantan los brazos...
¿Eh? Sí, es él. Cruza la calle. Viene para este lado.
Sí, sí, sí, no hay duda. Es el señor Otero. Un señor alto, rubio, de bigotes.
Camina despacio... viene hacia aquí...
-¡Buenas noches, señor Otero! Yo lo estaba esperando. Me dijeron que usted tiene algo y yo venía para que usted...
¿Cómo señor Otero? ¿Qué lo acompañe a su oficina? ¡Sí, sí, cómo no señor Otero!
Me pasa la mano por el hombro. Me trata como a un hijo. Me dice que me quede tranquilo...
¿Pero cómo sabe mi nombre, señor Otero?
¿Todos los problemas, señor Otero? ¿Todos los problemas? ¡Gracias, señor Otero! ¿También este dolor al pecho? ¿Pero usted cómo sabe?
¡Me duele, me duele mucho ahora! No se sonría. Es cierto. Casi no puedo caminar.
¿Qué pronto se me va a pasar todo? ¿Cómo puede usted saberlo señor Otero? ¿Cómo supo que me dolía terriblemente el pecho?
Yo simplemente quería una ocupación. Algo así como un sitio en el mundo.
No, no se sonría. No me mire así. Yo le hablo en serio. Lo que ocurre es que hace mucho tiempo que espero. ¡Siempre corro de aquí para allá! ¡Busco, busco! Y de pronto me lo encuentro a usted.
¿Todos los problemas dice, señor Otero?
¿Por qué se sonríe?
Pero... usted...
No, no, no, no puede ser, no quiero nada. Yo quiero irme.
Y el pecho me duele. Se me cierra.
Las cosas se borran. Se hacen oscuras.
¿Por qué lo veo solamente a usted? Usted que me mira sonriendo, me toma del brazo. Conoce mi nombre.
¡No, no, yo no quiero!
Usted es...
Un señor alto, rubio, de bigotes, que es...
Que me sonríe, que me toma del brazo.
¡No quiero! ¡No, no, no!
Me falta el aire. ¡Déjeme ir!
¡No, no, no, no quiero! ¡No quiero!...

  
(Argentina,1924/1987)

viernes, 19 de octubre de 2012

SPINETTA, Luis Alberto: Quedándote o yéndote





Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer 
y deberás crear 
si quieres ver a tu tierra en paz 
el sol empuja con su luz 
el cielo brilla renovando la vida 

Y deberás amar 
amar, amar hasta morir 
y deberás crecer 
sabiendo reír y llorar 
la lluvia borra la maldad 
y lava todas las heridas de tu alma 

De ti saldrá la luz 
tan solo así serás feliz 
y deberás luchar 
si quieres descubrir la fe 
la lluvia borra la maldad 
y lava todas las heridas de tu alma 
este agua lleva en sí 
la fuerza del fuego 
la voz que responde por ti
por mí... 

y esto será siempre así 
quedándote o yéndote

(ARGENTINA, 1950/2012)



viernes, 12 de octubre de 2012

HANDKE, PETER: CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO



Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño no sabía que era niño,
para él todo estaba animado
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada,
no tenía ninguna costumbre,
se sentaba en cuclillas,
tenía un remolino en el cabello,
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y por qué no tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allí?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol no es solo un sueño?
Lo que veo y oigo y huelo,
¿no es solo la apariencia de un mundo ante el mundo?
¿Existe de verdad el mal y gente que realmente son malos?
¿Cómo puede ser que yo, el que soy,
no fuera antes de existir,
y que un día yo, el que yo soy,
no sea más ese que soy?

Cuando el niño era niño le costaba tragar las espinacas,
los chícharos, el arroz con leche y la coliflor al vapor,
y ahora come todo, no solo por necesidad.
Cuando el niño era niño alguna vez despertó en una cama extraña,
y ahora lo hace seguido.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, solo en ocasiones, con suerte.
Imaginaba claramente el paraíso,
y ahora, como mucho, lo adivina.
No podía pensar en  la nada,
y hoy se estremece ante ella.
Cuando el niño era niño jugaba entusiasmado,
y ahora se concentra como antes
solo si se trata de su trabajo.

Cuando el niño era niño las manzanas y el pan
le bastaban de alimento,  y todavía es así.
Cuando el niño era niño las moras le caían en la mano,
como solo caen las moras,  y así es todavía;
las nueces frescas le ponían áspera la lengua,
y así es todavía;
encima de cada montaña tenía el anhelo de una montaña más alta,
y en cada ciudad el anhelo de una ciudad aun más grande…
y siempre es así todavía.
En la copa del árbol tiraba de las cerezas
con igual deleite lo hace hoy todavía;
se asustaba de los extraños como todavía se asusta;
esperaba las primeras nieves y todavía las espera.

Cuando el niño era niño
lanzó un palo como una lanza contra el árbol,
y hoy vibra así todavía.

Peter Handke


Peter Handke (Griffen, Carintia, Austria, 1942), escritor en alemán. Es autor de teatro, novela y poesía. También es guionista y director de cine.
Este poema se recita en el filme de Win Wenders “El cielo sobre Berlín” o “Las alas del deseo” (1987)