ESTE BLOG PERJUDICA SERIAMENTE A LA IGNORANCIA

SI QUIEREN GASTAR MENOS EN CÁRCELES, INVIERTAN MÁS EN EDUCACIÓN

lunes, 26 de octubre de 2009

FONTANARROSA, Roberto: La educación de los hijos

—Perdónalo, Alfonso.
—No, no lo perdono nada.
—Ay, yo no sé.
—No lo perdono. No.
—Pero es que ya es mucho.
—No; qué es mucho. El que la sigue es él.
—Pero es chico, vida.
—Qué chico ni chico, que aprenda ahora. Yo también fui chico si es por eso.
—Sí, pero ahora es distinto.
—Mirá, Clarita, terminemos, yo no lo perdono ni mierda, tampoco le voy a ir a hablar.
—Lo que pasa es que vos sólo pensás en vos, ¿y yo? A mí que me parta un rayo. ¿Te creés que me gusta que vienen y me preguntan por la calle?
—Vos porque das bola, además, la educación de los hijos cada uno la hace como se le canta.
—Es que ya va a perder el año, te lo dije, Alfonso, me habló la señorita.
—Peor es que pierda el respeto por su padre, si pierde un año ya lo va a recuperar, no es idiota el chico, creo ¿no?
—Yo no, no sé, no sé, lo único que te digo es que no veo las horas de verlo de nuevo.
—Y yo también, ¿qué te creés?, ya va a salir te digo, ya va a salir.
—Sí, lo mismo dijiste en octubre y todavía está ahí.
—Es que vos no tendrías que haberle llevado comida. Te lo dije...
—Pero, Alfonso, ¡se iba a morir!
—¡Qué mierda se va a morir, ya ibas a ver cómo salía!
—Pero no se puede hacer eso, después de todo, como dice mamá, por una zoncera.
—Tú mamá que no se meta en esto, además lo que pueda decir me importa un huevo.
—¡Alfonso!
—Me importa un huevo, si está reblandecida yo no tengo la culpa.
—No pensabas así cuando le pediste plata.
—Yo sabía que iba a salir lo de la plata, sí, sabía que eso le iba a dar excusa para meterse en todo lo que no le importa.
—¡Qué no le importa, es el nieto y se está muriendo de hambre!
—Si se está muriendo de hambre que se joda, en Saigón, por ahí, se mueren miles de pibes de hambre, ¿o no leés los diarios vos?
—Acá no es Saigón, y si allá se mueren de hambre yo no voy a permitir que acá mi hijo se muera de hambre.
—Vos no te preocupés, ya va a salir, no podrá resistir mucho más.
—¿Te parece bien eso?, que tu hijo se coma el algodón, los elásticos, ¿te parece?, que se coma el cotín.
—Ya también se le va a terminar, ¿vos lo viste?
—Ayer lo vi.
—¿Cómo está?
—No lo vi mucho, estaba oscuro.
—Hubieras prendido la luz.
—No. Grita. Le hace mal la luz. Vos no crees pero, ¿no se estará quedando ciego?
—¡Pero mirá con lo que salís ahora! ¿Qué?, ¿vas a hacer un drama porque el otro boludo caprichoso se metió ahí y no quiere salir?
—Pero grita.
—Que grite, ¡qué joda!, tanto tiempo a oscuras a cualquiera le molesta la luz.
—Y la señorita dijo que no iba a venir...
—¿Y quién la llamó?
—Yo, como la otra vez vino...
—¿Y a qué vino?
—A decirle a ver si salía, que volviera al colegio, que los compañeritos lo extrañaban.
—¿Y el otro?
—Que no, que no y que no.
—No la llamés más a esa boluda.
—No seas así, ahora dijo que no venía porque le duele la cintura y no puede estar mucho agachada, además que le da no sé qué verlo así.
—Y también el olor.
—Claro, Alfonso, el olor, nosotros no nos damos ya cuenta, pero la gente sí. Imagináte tanto tiempo haciendo caca y pis ahí abajo. Ay, Dios mío, Alfonso, por favor, yo no sé, vos también.
—Yo también nada, si caga y mea ahí abajo déjalo, que se joda, tirá creolina, kerosene.
—No le puedo tirar, Alfonso, entendé, mirá si se infesta, creo que está lastimado, que se clavó una astilla en la rodilla.
—Mulas, son mulas para que le tengamos lástima.
—¿Y cómo no le vas a tener lástima, Alfonso? Es chico.
—¿Y él tiene lástima cuando hace las perrerías que hace? ¿Tiene lástima? Así se va a educar. Va a ver.
—Yo no sé, si no sale para las Fiestas yo llamo a alguien, no sé, o agarro y me vuelvo loca.
—Perdé cuidado que va a salir, ya en diciembre esa pieza es un fuego. Vas a ver cómo sale cuando se achicharre ahí abajo, muerto de hambre y entre la caca recalentada.
—¿Y si no sale, Alfonso?
—Si no sale ya veremos, no te preocupes, yo tampoco quiero pasar las fiestas sin él.
.
.
Roberto Fontanarrosa
Argentina, 1944/2007

sábado, 17 de octubre de 2009

ADIÓS A MARÍA ROSA GROTTI

Transcribimos a continuación la lamentable noticia del fallecimiento de María Rosa Grotti, una de nuestras amigas del blog, de quien publicamos un texto muy lindo sobre la Generación Bidú. Hasta siempre, María Rosa.
.
Falleció la periodista María Rosa Grotti. Se desempeñaba actualmente en la Agencia Córdoba Cultura. Anteriormente colaboró con el diario Córdoba y La Voz del Interior y trabajó también para medios porteños.
.
La periodista cordobesa María Rosa Grotti (63) falleció esta madrugada en el Hospital Urgencias, donde permanecía internada desde mediados de setiembre por una crisis asmática que había sufrido y que la dejó inconsciente. La periodista se desempeñaba actualmente en la Agencia Córdoba Cultura, y había trabajado además en diversos medios cordobeses, como el diario Córdoba y La Voz del Interior. También colaboró con la revista Humor y otros medios porteños.
Grotti será velada en la sala La Catedral, ubicada en San Juan y Mariano Moreno de esta Capital. La sala se habilitará desde las 11:00 de hoy hasta el mediodía de mañana, cuando partirá el cortejo hacia el cementerio Los Alamos, camino a Colonia Tirolesa. Homenaje. Como un pequeño homenaje a la “Negra”, como la llamaban sus amigos, se adjunta a continuación el artículo “La generación de Bidú sigue en pie”, escrito por Grotti para la revista Humor, en 1984. La nota causó una gran repercusión en aquella época y puede leerse en el blog Leer porque sí.
También se adjunta un audio con la letra del texto, la música de Horacio Sosa y la voz de Omar Rezk. Fue publicado en el disco de Posdata “Córdoba va”, en 1985.
.
La generación de Bidú sigue en pie
Crecimos con los Beatles. Las primeras pitadas de Saratoga sin filtro las hicimos una tarde mientras jugábamos a la payana en la plaza Colón. A nosotros nos tocaron los cuatrocientos golpes y nos quedamos sin aliento en una estrada cualquiera, mientras contemplábamos el anochecer de días agitados. La niñez quedó atrás junto a los caramelos Misky, el tintero involcable y el olor a mandarina. Nos llevábamos el mundo por delante. Salimos a la calle a gritar palabras felices o incoherentes, pateamos el tablero, desvestimos los santos, metimos el dedo en las llagas, rompimos todos los esquemas y tiramos los pedacitos al viento de la historia. Pero claro, después vino lo otro. Una inmensa nube inundó nuestro mundo. En aquellos días, al levantarnos, los presentimientos nos asaltaban a punta de pistola. Todos en mayor o menor medida eramos sospechados de ser sospechosos. Éramos culpables de algo. Fumábamos toda la noche con el corazón hecho una fiera mientras esperábamos oir las botas del domador. Nuestros amigos arrancados de cuajo de nuestras vidas quedaron detenidos en el tiempo. A esas fotografías inexactas, a esas malas copias que nos dejó la muerte, las escondíamos en los pasadizos de la memoria para no despertar las iras de las fuerzas de seguridad. Algunos se volvieron moscas de tanto sonreirle a las arañas, pero otros se volvieron viento, canción, poema, memoria...la flaca Titilo, el Pelusa, el Gordo Ramos, el Petiso Acevedo, el Pato, la Turca Flores, el Coqui...

miércoles, 14 de octubre de 2009

FERRER, Marcelo: Lienzo virgen

'El artista frente al lienzo' (1938)
Autorretrato de Pablo Picasso
.
.
.
Una leve presión del pincel y ese toque de intensidad sobre un rasgo de carácter encima de su boca. Ahora el trazo largo de un párpado altivo. Más allá, lejos, soy penacho desgarbado sobre una frente pequeña. Y aún más lejos, oscuro vórtice en la zona posterior de su mollera.
Desciendo por su perfil expuesto a la luz, donde las nacientes de sus cabellos se ralean y espesan. Su cien se expande en una planicie que se deprime bajo su ceja. Ésta declina con suavidad -rasgo tenue de sabiduría-. Giro hacia la pendiente apenas pronunciada en la base de su nariz, sumergiéndome en la comisura de su boca. Debajo, se eleva su carne con prominencia rumbo a la pulpa de sus labios rojos. Ellos denuncian una sonrisa apenas alongada.
Retrocedo dos pasos e inclino mi cabeza. Busco simetrías milimétricas en los lóbulos de sus orejas. De ambos desciendo triangulando a un punto de su cuello. La luz es oblicua desde un sitio imaginario a tres metros sobre su derecha. Mareas de sombras que resuelven en la redondez de su escote. Un lunar rompe el equilibrio; se ilumina como gema, discreta.
Mediodía para su reluciente pómulo, atardece en su mejilla; se alarga la noche tras la recta ascendente de su nariz.
Pongo mi atención en su pupila y en los diminutos peces pardos del océano ambarino que la rodean. Están inmóviles, sin aliento. Me decepciono. Un perceptible brillo proporciona indeleble luz, arriba, sobre su izquierda.
—¿Me está mirando?
Me adentro a la noche clara y sinuosa para seguir su contorno más arriba de su pómulo. La superficie se degrada agudamente y sobre ella reposan arqueadas sus pestañas. Una delgada línea se ilumina, luego un escalón, y más allá, la esclerótica se expande con delgados cursos rojos. De su otro ojo un nuevo océano ambarino y los peces pardos que lo habitan en completa quietud. Su pupila es un embudo desgajado, inerte.
—Pero... ¿Me está mirando?
Me alejo. Algo me perturba. Una sensación de incordia me enajena; se expande desde la base de mi estómago oprimiéndome los pulmones. Estoy sin aliento; agitado. Le doy la espalda a ella. Me agacho. Me paro. Golpeo con mi máxima energía la mesa. Llevo mis manos a mi cabeza y entrelazo mis dedos en mis cabellos. Aprisiono mi cráneo. Lo bamboleo. Lo froto con mis palmas mugrientas.
—¿Me está mirando? ¿Me mira?
Doy tres pasos laterales adonde el punto imaginario de luz. La observo.
—No, no me está mirando. Me desgrano.
Vuelvo hacia ella.
—Tiene la mirada perdida —digo.
Me acerco tanto como para individualizar cada partícula de pigmento que impregna las fibras de lino de sus ojos ambarinos y lo veo: ¡qué distancia tan pequeña nos separa del infinito! —digo... al descubrir el secreto que guarda en su iris. Vuelvo a ambos ojos para develar que tiene ella un alma anclada en la tierra y otra devorando el universo. No hay cosa que trascienda más que el alma —pienso—; y brota de mis labios una sonrisa.
Me tranquilizo en la medida que aumenta mi ansiedad.
—-¡Necesito distancia! —grito.
Aparto la mesa y me alejo de ella hasta donde la habitación me lo permite. La observo.
—¡Aún es muy cerca! —maldigo.
La pongo a ella en el otro extremo de la habitación y no es suficiente. La cargo al parque. Hay sol. Me detengo un instante para descubrir que la gramilla está alta y florecida. Ahí la dejo y me aparto.
Un azul profundo se expande sobre mi cabeza adonde mi vista no la alcanza. Entonces imagino mi propio ojo y sus formas convexas percibiendo el infinito. Me sumerjo en el torrente sanguíneo que lleva curso a mi retina. Desde allí observo la espalda de mi pupila con sus dibujos arabescos contraídos a su máximo potencial. En rededor, aquel ordinario marrón que pensé siempre, posee matices. Dentro de mi retina se expande el universo y estoy en él y ella conmigo, mirándome. Puedo navegar ese universo; deambular entre sus galaxias, y por su interior, sobre sus planetas y soles. Mi atención se fija en un punto lejano para percibir la forma de mi ojo terrenal mirándola a ella sobre la gramilla alta y florecida desde donde ella me está mirando. Hay materialidad limitando materia —concluyo.
Salgo de mí; vuelvo a ella. La devuelvo al interior de mi taller. Enciendo un cigarro.
Me arrojo sobre el sofá que exhala aliento a humedad milenaria. No es importante. Nada lo es, ahora. Está hecho. He terminado y me satisface.
—No me mira —digo—; y sin embargo, sé que me está mirando —sonrío.
A mi izquierda, un universo que se expande tras el ventanal por donde escapa el humo del tabaco. Sobre mi derecha: ella, sobre el atril, con sus imperturbables ojos perfectos indagando los universos infinitos y terrenales que hay en mí.
Me duermo —creo.
Despierto de la noche intensa luego de soñar su rostro. Lánguido el sol se levanta sobre el filo del lintel. La gramilla está alta y florecida, afuera. A pasos de mí, el atril; el tono marfil del lienzo virgen atesora formas imposibles de ser coloreadas —pienso.
Tal vez... Tal vez sea hoy un buen día para intentarlo.
.
MARCELO D. FERRER
.
Nació en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires, República Argentina.
Es contador público y licenciado en economía; ejerce su profesión en su ciudad natal.
Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario.
Está divorciado y tiene tres hijas.
Varios de sus cuentos fueron publicados en diversos medios periodísticos de Argentina. Es autor de poemas, reflexiones, ensayos, prosas, pensamientos, etc. Algunas de sus poesías han sido editadas en la WEB. Su primer libro se editó en setiembre de 2001, "Poemas, historias y reflexiones".
Su segundo libro fue editado en 2002, una edición limitada de Editora Nuevos Aires, Argentina, que se encuentra agotada.
Trabaja incansablemente en nuevos textos, muchos de ellos son editados en esta web.
.

domingo, 11 de octubre de 2009

PALOMARES, Gabino: La maldición de Malinche

"Cortés & Malinche" (José Clemente Orozco)
.
.
Del mar los vieron llegar
mis hermanos emplumados
eran los hombres barbados
de la profecía esperada.
.
Se oyó la voz del monarca
de que el Dios había llegado
y les abrimos la puerta
por temor a lo ignorado.
.
Iban montados en bestias
como demonios del mal
iban con fuego en las manos
y cubiertos de metal.
.
Sólo el valor de unos cuantos
les opuso resistencia
y al mirar correr la sangre
se llenaron de vergüenza.
.
Porque los dioses ni comen,
ni gozan con lo robado
y cuando nos dimos cuenta
ya todo estaba acabado.
.
En ese error entregamos
la grandeza del pasado
y en ese error nos quedamos
trescientos años esclavos.
.
Se nos quedó el maleficio
de brindar al extranjero
nuestra fe, nuestra cultura,
nuestro pan, nuestro dinero.
.
Y les seguimos cambiando
oro por cuentas de vidrio
y damos nuestra riqueza
por sus espejos con brillo.
.
Hoy, en pleno siglo XX,
nos siguen llegando rubios
y les abrimos la casa
y los llamamos amigos.
.
Pero si llega cansado
un indio de andar la sierra
lo humillamos y lo vemos
como extraño por su tierra.
.
Tú, hipócrita, que te muestras
humilde ante el extranjero
pero te vuelves soberbio
con tus hermanos del pueblo.
.
¡Oh, Maldición de Malinche!
¡Enfermedad del presente!
¿Cuándo dejarás mi tierra?
¿Cuándo harás libre a mi gente?
.
Gabino Palomares
.
Cantante mexicano nacido en San Luis Potosí. Gabino Palomares recuerda muy bien el comienzo del canto nuevo: "El movimiento del 68 influyó a muchos. En 1975 cobró auge la nueva canción por la migración latinoamericana a México. Fueron tiempos del gorilato, así que había muchas historias que contar. "Otro elementos importantes fue que un grupo numeroso de conjuntos y solistas comenzó a apoyar al Partido Socialista, lo que marcó el inicio en México del canto nuevo, el cual estuvo marcado por una línea de protesta, postura eficiente para dar a conocer la situación del país". Veinticinco años de carrera están detrás de la producción musical de Gabino Palomares.Las letras de Gabino Palomares hablan sobre el consumismo y la injerencia extranjera; la falta de compromiso del gobierno o los empresarios para con el pueblo, cuestiona las acciones emprendidas durante por lo menos tres sexenios y el permanente sacrificio de la clase trabajadora."Quisiera que mis canciones ya no estuvieran vigentes, porque eso querría decir que el país habría superado sus problemas. El mundo ha cambiado, México no gran cosa. Seguimos viviendo la herencia de la Malinche, recibiendo con grandes honores al extranjero, brindándole toda nuestra riqueza y despreciando al indígena que llega a nosotros cansado de andar la sierra”.
.

jueves, 8 de octubre de 2009

LIMA QUINTANA, Hamlet: Cielo blanco

No veo el cielo madre, solo un pañuelo blanco
no sé si aquella noche yo te estaba pensando
o si un perfil de sombras me acunaba en sus brazos
pero entré en otra historia con el cielo cambiado.


.No me duele la carne que se fue desgarrando
me duele haber perdido las alas de mi canto
las posibilidades de estar en el milagro
y recoger las flores que caen de tu llanto.
.
No quiero que me llores, mírame a tu costado
mi sangre está en la sangre de un pueblo castigado
mi voz está en las voces de los "iluminados"
que caminan contigo por la ronda de Mayo.
.
No quiero que me llores ahora que te hablo
mi corazón te crece cuando extiendes las manos
y acaricias las cosas que siempre hemos amado
la libertad y el alma de todos los hermanos.
.
No sé si aquella noche amanecí llorando
o si alguna paloma se me murió de espanto
la vida que ha esperado tanto
es el cielo que crece sobre tu pañuelo blanco.
.
No quiero que me llores, mírame a tu costado
mi sangre está en la sangre de un pueblo castigado
mi voz está en las voces de los "iluminados"
que caminan contigo por la ronda de Mayo.

.
Hamlet Lima Quintana.
Nacido en Morón, provincia de Buenos Aires en 1923. Autor y compositor; desde niño, en el seno de su familia, tomó contacto con la música y la poesía. A partir de la década del 40´ y hasta mediados de los 60´ se desempeñó como músico y cantor, primero en la compañía de Ariel Ramírez, luego en los Musiqueros y más tarde en Los Mandingas. También formó un dúo con Mario Arnedo Gallo y finalmente fue solista, hasta que dejó de cantar. En 1961 escribió la zamba “La amanecida”, con música de Arnedo, y como la letra rompía los moldes poéticos aceptados hasta ese momento, fue criticado por los sectores más conservadores del folklore. No obstante, fue muy bien recibida por los intérpretes y el público. Solistas y conjuntos argentinos y extranjeros interpretaron canciones con poesías suyas “Zamba para no morir”, la huella “La cuatrereada”, “Triunfo de las salinas grandes”, “Juanito Laguna remonta un barrilete” y “Crónica de un semejante”, entre otras. Hamlet Lima Quintana falleció el 21 de febrero de 2002 a los 78 años, víctima de un cáncer de pulmón.


lunes, 28 de septiembre de 2009

MAIRAL, Pedro: La vuelta

—¿Y si estoy, Indio? —dijo Belén con la cabeza apoyada entre los brazos de él, con la mirada perdida en los pinos y los médanos que iban quedando atrás.
—¿Cuántos días se te atrasó?
—Hoy ya van diez.
—Y bueno, si estás, lo tenemos.
Ella sonrió y se dieron un beso largo, jugando con las lenguas, mordiéndose apenas los labios. Estaban en la última fila de los asientos del ómnibus que volvía de la Costa hacia la Capital.
Se habían conocido en la playa los primeros días de enero- El Indio pasaba el mes con su amigo César en un departamento sin luz eléctrica y sin gas, que les había prestado la madre de César, que no conseguía alquilarlo y no pagaba hacía tiempo los servicios. El Indio había ido con la idea de pintar con tiza reproducciones de cuadros en las veredas del centro comercial para juntar plata. Pero no pasó del primer intento, porque los dueños de los locales no quisieron que ensuciara las baldosas. Entonces se le ocurrió la idea de pintar a las chicas en la playa. Se gastó los últimos ahorros en pinturas especiales para la piel; puso, en un balneario concurrido, un cartelito de cartón que decía: “Body Painting $ 5” y le empezó a pintar el cuerpo a César. Fue un éxito. Al rato ya había una fila de chicas que esperaban que las pintara.
Una tarde llegaron al balneario donde estaba Belén con sus amigas, y ella se hizo pintar un sol en la panza. El Indio le hizo una espiral de fuego que empezó en el ombligo y se fue expandiendo hasta los bordes del bikini. Como ella se dejaba pintar con placer y curiosidad, el Indio le dibujó, además, unas serpientes enroscadas en los antebrazos y una ajorcas de azul cobalto en los tobillos. Cuando terminó el Indio no le quiso cobrar. Le preguntó si se animaba a trabajar con él. Sería una mejor promoción empezar en cada balneario pintando a una chica que a su amigo. Ella aceptó. Tenía veinte años y nunca había trabajado en su vida.
Desde entonces, el Indio, César y Belén se instalaban cada tarde en un balneario. El Indio empezaba a pintar a Belén y grupos enteros de chicas mordían en anzuelo: César les cobraba, les daba el vuelto, y ellas se dejaban garabatear el cuerpo por el chico alto y morocho, de pelo largo, con los dedos embadurnados con pintura. Al atardecer, en algún punto de la caminata de vuelta, Belén y el Indio se metían en el mar para despintarse. En uno de esos chapuzones, entre forcejeos, los juegos y las olas, el Indio le dio un beso a Belén mientras ella se iba destiñendo y dejaba en el agua nubarrones celestes, anaranjados, violetas.
Poco después, Belén dejó de ir a dormir a la casa que alquilaba con sus cinco amigas y empezó a quedarse en lo de César y el Indio, donde cocinaban arroz con un calentador a gas en medio del cuarto. Tenían un colchón en el suelo y unas velas desperdigadas que se derretían sobre el piso de cerámica.
César salía a la mañana y el Indio y Belén se quedaban solos, cogían hasta quedar exhaustos, dormían, o el Indio sacaba su bloc y la dibujaba en carbonilla: Belén desnuda, recostada, Belén leyendo una revista, Belén haciendo pis. A las tres se encontraban con César en la playa y caminaban buscando nuevos balnearios.
Uno de esos días, Belén se peleó con sus amigas cuando fue a la casa a buscar el resto de su ropa. Le decían que estaban preocupadas, que se pasaba todo el día con esos tipos.
—¿Y qué tiene de malo? —preguntó ella.
—Que son unos negros, Belén. Ni los conocés. Te pueden meter en cualquier cosa.
—Ustedes quédense en su jardincito de infantes y no se metan en mi vida —les contestó, y se llevó su ropa para dormir en lo del Indio el resto del mes.
Ahora ya no había médanos. El ómnibus avanzaba por un campo amarillento, sin árboles, con vacas resguardadas del sol, a la sombra de los grandes carteles publicitarios.
—¿Por qué me pusieron esa cara de culo tus amigas en la terminal? —preguntó el indio.
—Son re boludas. Ni te calentés. No las podés sacar de la Recoleta y el country. ¿Sabés qué? Los primeros días que empecé a estar con ustedes me querían prestar un teléfono celular por si César y vos me hacían algo.
Se rieron y estuvieron un rato abrazados en silencio. Después Belén dijo:
—Podemos irnos a vivir al Sur, al Bolsón. Vos podés pintar y vender los cuadros en la feria. Yo cuido el bebé y puedo hacer una huerta. Es re lindo el lugar.
—Sos hermosa —dijo él.
—¿Vos me querés, Indio?
—Te amo —dijo y la volvió a besar.
Comieron alfajores. Como habían encendido el aire acondicionado, Belén se puso el suéter de él.
—Al principio podemos ir a casa, con mi vieja —dijo el Indio.
—¿Dónde me dijiste que era?
—En Ramos Mejía. Hasta que juntemos algo. Hay lugar en casa, sobra una pieza.
Belén no dijo nada y se fue quedando dormida sobre las rodillas del Indio. Él le miró la cara de párpados serenos, el pelo lacio y castaño, la pollera larga de flores estampadas, las zapatillas viejas. Miró por la ventana. Pasaban junto a una publicidad de un paquete gigante de cigarrillos. Se estaba nublando.
Más tarde ella se despertó para ir al baño. Cuando volvió, tenía los ojos llorosos.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Sin contestarle, ella le acarició el pelo negro, el mentón fuerte y cuadrado.
—Me vino, Indio —le dijo.
Se abrazaron y ella se largó a llorar. Él la consoló, la hizo sonarse la nariz y tomar un poco de agua.
—En realidad, no sé por qué lloro —dijo Belén—. Soy una estúpida.
El ómnibus atravesó una zona de quintas y viveros. Se quedaron callados.
—¿Estás mejor? —preguntó él, agarrándole la mano.
—Sí. Mejor. ¿Sabés también lo que me pone mal? ¿Viste cuando volvés de las vacaciones y llegás a tu casa y está todo muy silencioso y abrís la canilla y sale el agua marrón, como oxidada?
—Sí —dijo él—. Prendés la tele y ves los cadáveres de los accidentes en la ruta, los autos chocados, el número de muertos. Odio la tele cuando vuelvo de vacaciones.
—Sí, yo también —dijo ella y los dos miraron por la ventana el paisaje que se iba urbanizando de a poco, las casas chatas entre las calles de tierra, las gomerías.
—¿Todo febrero tenés que atender el negocio de tu mamá?
—Sí.
—¿Y Bellas Artes cuándo empieza?
—En marzo.
—Vas a estar re cerca de casa —dijo ella.
—¿Dónde era que vivías?
—En Montevideo y Arenales.
—Ah, pero este año yo curso en La Cárcova, en Costanera Sur —dijo él.
—Ah, sí, una vez vi una copia del David ahí. Me llevó mi papá cuando era chica.
Pasaron un peaje. Desde la autopista, vieron una estación de energía eléctrica, una villa miseria, un basural, y empezaron a entrar en Buenos Aires.
El Indio quiso darle a Belén la parte del dinero que le correspondía por el trabajo del verano pero Belén no lo aceptó y cambió de tema.
—Tenés que pasarme bien tu teléfono —dijo ella.
—Y vos el tuyo.
Belén anotó su número en una página del bloc de dibujo del Indio; él anotó el suyo en el boleto y se lo dio.
El ómnibus abandonó la autopista y se hundió en la ciudad.
—Qué poco tráfico —dijo ella.
—Porque es domingo —dijo él.
Eran las cuatro y media de la tarde y seguía nublado. Circulaban pocos autos. Pasaron por el puerto y Belén bajó su bolso del portaequipajes y se lo puso sobre la falda. Estaban los dos sentados en silencio, cada uno en su butaca. De vez en cuando se agarraban de la mano.
—¿Qué hacés ahora? —le preguntó el Indio.
—Me tomo cualquier colectivo a casa. ¿Y vos?
—Me tomo el 54. ¿Quién está en tu casa?
—Alguno de mis hermanos —dijo ella.
—¿Y tus viejos?
—Están de viaje.
—¿Por dónde?
—No sé. Creo que por Italia —contestó ella.
El ómnibus llegó a la terminal de Retiro. Bajaron. Hacía calor. Buscaron sus mochilas y Belén le devolvió el suéter. Él la acompañó hasta la parada y quiso quedarse esperando hasta que viniera el colectivo, pero ella le dijo:
—Andá, Indio, estás cansado.
Intentaron darse un abrazo pero se entorpecieron con las mochilas y se dieron un beso.
—¿No me regalás el dibujo donde estoy durmiendo desnuda?
—Termino el bloc y te lo regalo entero.
—Dale, regalámelo ahora —insistió ella.
Él buscó la hoja, la arrancó y se la dio.
—¿Me vas a llamar? —preguntó Belén.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando llegue a casa —dijo él.
Se dieron otro beso y el Indio se alejó hacia la parada. Caminó una cuadra y vio que pasaba el 54. Corrió un poco y lo alcanzó. Cuando estuvo arriba miró hacia donde había quedado Belén y vio que ella se subía a un taxi. El colectivo bordeó la plaza y el Indio se sentó en la fila de butacas individuales. Se reclinó, cansado, preguntándose si ella intentaría llamarlo, si buscaría el número buscado en el boleto, si lo marcaría. Trató de imaginarse qué cara pondría cuando le diera equivocado. Se puso a hojear el bloc de los bocetos: Belén leyendo, Belén secándose con una toalla, Belén peinándose. No encontraba el teléfono que ella le había anotado. De pronto levantó la mirada. El teléfono había quedado en el reverso del dibujo que Belén le había pedido de regalo.
.
PEDRO MAIRAL
(Argentina, 1970)

.
Pedro Mairal nació el 27 de setiembre. En 1989 empezó a cursar la carrera de Medicina, que abandonó al poco tiempo de empezar. En 1991, ingresó a la Universidad del Salvador para cursar Letras. Su primera novela, “Una noche con Sabrina Love”, ganó el premio Clarín en 1998. Fue premiada por un jurado de lujo: Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares y Guillermo Cabrera Infante. Dos años después su libro fue llevado al cine por Alejandro Agreste; su protagonista: Cecilia Roth. En 2001 apareció el libro de cuentos “Hoy temprano” —al que pertenece este cuento—, publicado por Alfaguara. En 2003 se conoce su libro de poemas “Consumidor final”, y dos años más tarde Interzona publicó su segunda novela, “El año del desierto”. Y comienza a coordinar, junto a otros autores, el blog “El Remisero Absoluto”. En 2006, coordina otro blog: “El señor de abajo”. En 2007, integra la antología “En celo”, de cuentos eróticos, editada por Mondadori. Sus libros ya se traducen en Francia, Italia, Portugal, Polonia y Alemania. Es un autor de culto en España. También en ese año, el jurado de Bogotá39, lo incluye entre los mejores 39 escritores jóvenes latinoamericanos.
.
(Texto y datos biográficos extraídos de la colección “Cuentos de amor”, editada por la revista Ñ el 08 de noviembre de 2008).

miércoles, 23 de septiembre de 2009

NERUDA, Pablo: Poesía y policía

.
(...) Yo quiero vivir en un mundo sin excomulgados. No excomulgaré a nadie. No le diría mañana a ese sacerdote: “No puede usted bautizar a nadie porque es anticomunista”. No le diría al otro: “No publicaré su poema, su creación, porque usted es anticomunista”. Quiero vivir en un mundo en que los seres sean solamente humanos, sin más títulos que ése, sin darse en la cabeza con una regla, con una palabra, con una etiqueta. Quiero que se pueda entrar a todas las iglesias, a todas las imprentas. Quiero que no esperen a nadie nunca más a la puerta de la alcaidía para detenerlo y expulsarlo. Quiero que todos entren y salgan del Palacio Municipal, sonrientes. No quiero que nadie escape en góndola, que nadie sea perseguido en motocicleta. Quiero que la gran mayoría, la única mayoría, todos, puedan hablar, leer, escuchar, florecer. No entendí nunca la lucha sino para que ésta termine. No entendí nunca el rigor, sino para que el rigor no exista. He tomado un camino porque creo que ese camino nos lleva a todos a esa amabilidad duradera. Lucho por esa bondad ubicua, extensa, inexhaustible. De tantos encuentros entre mi poesía y la policía, de todos estos episodios y de otros que no contaré por repetidos, y de otros que a mí no me pasaron, sino a muchos que ya no podrán contarlo, me queda sin embargo una fe absoluta en el destino humano, una convicción cada vez más consciente de que nos acercamos a una gran ternura. Escribo conociendo que sobre nuestras cabezas, sobre todas nuestras cabezas, existe el peligro de la bomba, de la catástrofe nuclear, que no dejaría nadie ni nada sobre la tierra. Pues bien, esto no altera mi esperanza. En este minuto crítico, en este parpadeo de agonía, sabemos que entrará la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Y esta esperanza es irrevocable.
.
.
.
Pablo Neruda
(Chile, 1904/1973)

de “Confieso que he vivido”
.
.
.
"En la Isla Negra, en Santiago, en Valparaíso, en Bahía, en Río, en San Pablo, en Moscú, en París, en Praga, en Pekín, en Chunking, en Colombo, en Kandi, en Madras, en Bombai, en Calcuta, bajo la lluvia del diluvio en Rangoon o en la floresta petrificada, yo te reencuentro vivo, Pablo, en tu velorio. Sobrevuelas tu patria donde los criminales desenfrenados se banquetean con cadáveres en la noche de los asesinos. Nunca tuviste un momento de duda: mañana la aurora renacerá, restaurados en ella el pueblo y la poesía" (Jorge Amado)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

GELMAN, Juan: El animal

"Niño con máscara"
de Walter García (Nicaragua)
.
.
.
Cohabito con un oscuro animal. Todo lo que hago de día, él de noche me lo come. Lo que hago de noche, me lo come de día. Lo único que no me come es la memoria. Se encarniza en hacerme recordar hasta el más chico de mis errores y mis miedos.
.
No lo dejo dormir.
.
Soy su oscuro animal.
.

.
.
Juan Gelman
(Argentina, 1930)

domingo, 13 de septiembre de 2009

OCAMPO, Silvina: Carta bajo la cama

Querido Florencio:
Estoy pasando unos días en Aldington, en casa de unos amigos. Aldington está situado en un lugar del sur de Inglaterra, bello, anegado y solitario, donde crían ovejas. Desde aquí se ve, en una lejana franja, el mar, que podría ser un río. El paisaje me recuerda un poco el nuestro, salvo la ondulación natural del suelo, la moderación del canto de los pájaros, el absoluto silencio y la oscuridad perfecta de las noches. Es probable que en otras noches se oiga el croar de las ranas y que brille una luz extraordinaria ¿pero qué espera el tiempo para volver exuberante a la naturaleza? Estamos en pleno verano.
Hay en mí una mezcla de nostalgia y de goce que no sabría explicar. La similitud y disimilitud del lugar, comparado con mi tierra, provoca alborozo en mi ánimo cuando vago al atardecer por los caminos sinuosos que llevan al pueblo. No muy lejos de aquí, un campamento de gitanos, rubios, altos y feroces, con carros pintados de colores violentos, con manijas, bisagras y guardabarros de bronce, llamó mi atención. La primera vez que lo vi fue el día del año en que los gitanos lavan la ropa: la habían tendido alrededor de las carpas, ocupando casi una manzana.
Hay un bosque, de abundante vegetación con muchas flores rosadas; creo que te gustaría como a mí. Dos veces logré perderme en él, en su oscuridad, que me fascina. Observamos con mis amigos que de trecho en trecho (sin quitarle belleza, pero dándole quizá un aspecto lúgubre), se abren hoyos en el suelo, con visibles restos de raíces rotas; diríase que alguien, un jardinero de prisa, hubiera sacado plantas con el terrón de tierra para trasplantarlas. Junto a algún hoyo queda una arpillera raída y húmeda, una colilla o una lata vacía. Me atrae ese bosque y secretamente deseo que la noche me sorprenda alguna vez perdida en él, para que yo me vea obligada a quedarme entre las flores rosas y los helechos, sobre el musgo, acostada, con ese miedo que me agrada, como suele agradarle a los niños.
Me dijiste que el miedo fue siempre una de mis favoritas distracciones. Esas locuras mías son las que gustan más, porque demuestran que aún queda en mí un resto de infancia. No soy valiente, pero en mi inconciencia jamás rehuyo el peligro; lo busco para jugar con él. No lo olvides: he quedado sola en este desamparado lugar de Inglaterra, en una casa sin persianas, con ventanales de vidrio, alejada de otras viviendas, sin ni siquiera un perro para cuidarme. Mis amigos se fueron a Londres. Es claro que el sitio es tranquilo y la gente tan buena, que al salir ponemos la llave sobre el soporte del farol de entrada, de modo que el almacenero, el lechero o el cartero puedan dejar paquetes o cartas adentro de la casa. Todo el pueblo sabe dónde está la llave de la puerta de entrada.
Debo confesarte que en el primer momento vacilé ante la idea de quedar sola aquí. Me gusta compartir el miedo aunque sea con un perro o un gato, pero ¿qué placer podría sentir? La picadura de una avispa en la pierna izquierda, que me dio fiebre (me duele todavía), los discos maravillosos que no he oído bastante en el fonógrafo, la lectura de Rómulo Magno de Dürrenmatt y cierta inercia me indujeron a quedarme. Luego, cuando quedé sola, y empezó a caer la tarde, una angustia intolerable me sobrecogió. Tuve que tomar pastillas de Ampliactil, como esas mujeres de las cuales te burlas. Todo eso sucedió ayer. El cielo, donde buscaba los Siete Cabritos, las Tres Marías, la Cruz del Sur, porque no conozco otro cielo y porque me parece que todos los cielos tendrán que ser como el nuestro, se cubrió de nubes. Una tormenta, que podía competir con las de mi provincia se desencadenó. El mar, a lo lejos, parecía colérico. La noche sobrevino más temprano, por suerte; digo por suerte, porque la oscuridad me daba menos miedo, tal vez, que las imágenes que estaba viendo, pues aunque busque el miedo, éste excedía mi deseo. Acurrucada en un sillón, el más alejado de la ventana, me puse a leer, mientras el cielo organizaba truenos y relámpagos, y la lluvia, con su cortina espesa y fría, sin protegerme, me separaba del mundo.
Esta mañana me desperté feliz de haber vencido esa parte tan vulnerable de mi ser. Caminando fui de nuevo al bosque: me perdí entre las flores rosadas y los crujientes árboles: "Sola, sola, sola", repetía, regocijándome con mi soledad. "Estoy sola".
¿Qué es el miedo? Ciertamente cada ser tiene su propio miedo, un miedo que nace con él. En mi caso no guarda proporción con el peligro que me acecha. Hoy, por ejemplo, ¿por qué no tengo el miedo de ayer? La misma soledad absoluta me circunda. Las ovejas grises que pastan a lo lejos son como piedras grises que se mueven. ¿Por qué no me dan miedo?
Temprano, tres veces por semana, viene una mujer reumática a hacer la limpieza de la casa; todavía estoy durmiendo cuando oigo sus cantos desafinados, como un zumbido. El jardín se cuida él mismo. Nada cuida mejor un jardín que la humedad. Los dueños de la casa dicen que se encargan de regarlo, cuando vienen a vivir aquí, pero hay tanta humedad natural que no han de regarlo nunca, por más que se jacten de ello.
Interrumpí esta carta para preparar una taza de té. Esta cocinita de gas es muy práctica: en dos minutos todo está listo. Mientras te escribo, bebo el té. Escribirte con la pluma en la mano derecha y sostener con la izquierda la taza en que bebo un manjar que preparo tan bien, es una felicidad que no cambio por ninguna otra. No, aunque no lo creas: no cambio esta felicidad por ninguna otra, ni por estar a tu lado. ¡El amor es tan complicado con todos sus ritos! No me vengo de ti. El poniente ha iluminado los vidrios de rojo. Ahora estoy sentada frente al ancho ventanal del dormitorio, desde donde diviso el campo y una franja lejana, como otro campo, de mar. No comprendo mi temor de ayer. La soledad se intensifica a esta hora. El zumbido de un moscardón golpea los vidrios: abro la ventana para que se vaya.
Nunca oí tantos silencios juntos: el de la casa, el del campo, el del cielo. Con cuidado pongo la taza sobre el plato de porcelana. Cualquier ruido sería estruendoso. Recuerdo un poema de Verlaine, titulado "Circunspección": "No interrumpamos el silencio de la naturaleza, una diosa taciturna y feroz" decía un verso.
Desde hace unos instantes oigo un ruido, un ruido que me trae algún recuerdo de infancia, el ruido que hace una pala (hermana del rastrillo) en la tierra húmeda. ¿Pero quién puede trabajar a estas horas? ¿Una pala invisible? Si pienso un poco puedo asustarme. ¿Prefiero que esa pala que golpea rítmicamente la tierra sea invisible? Involuntariamente, de un misterio elijo la versión que más me asusta. Me vuelvo hacia el este donde está el otro ventanal, que no tiene mayor atractivo. Hay una bolsa en el suelo. La bolsa se mueve: es un hombre arrodillado. Está cavando la tierra. ¿Por qué está arrodillado? Hace un esfuerzo inaudito con los brazos. Para cavar la tierra, habitualmente los jardineros hincan la pala con la ayuda del pie. La postura del hombre es extraña. ¿Será un vecino que viene a robar plantas? ¿Qué plantas? Hay alverjillas rosas, salvias, dalias, nardos, caléndulas, brincos ¡qué sé yo! Pero no hay plantas grandes. ¿Para qué está cavando ese hoyo? ¿Para qué? Habrán mandado una planta de algún vivero. ¿Por qué no me avisaron? Pero a esta hora nadie trabaja. Dentro de un rato, ese hombre tendrá que irse y podré acurrucarme en un sillón tranquilamente para oír los discos. Ahora no puedo interrumpir con otro sonido el ruido de esa pala. Cerrando los ojos sueño que vivimos en esta casa, que es nuestra y que tenemos un jardinero, que está trabajando afuera. Se acerca la hora de la cena, hora en que volverás. Soy feliz.
Sospecho que el comienzo de esta carta no fue del todo sincero. Te extraño. No tengo motivo para ocultártelo, salvo este orgullo que me oprime el cuello, como si tuviera manos para estrangularme.
A través del vidrio del ventanal, el hombre ¿será un hombre? se mueve pesadamente. Miro mis brazos y compruebo que tengo frío, por consiguiente miedo. Al alcance de mi mano está el televisor. Muevo los diales. Con avisos, imágenes (aunque sean para niños), música, noticias, cualquier noticia, llegaré a no oír el silencio, que encuadra mi susto. El hombre me mira mientras hinca la pala: ahora lo advierto. No sé si la sombra es negra o su cara, debajo del sombrero raído. Su figura corpulenta se pierde en la oscuridad de la noche, que va cayendo del cielo. Diríase que sólo la tierra está iluminada, con los últimos reflejos del poniente.
Si en esta casa hubiera una jaula con un pájaro, o un animalito cualquiera, sentiría menos miedo. El televisor tarda en funcionar. ¿Le faltará la antena? Oigo el ruido de la pala. Muevo los diales: la pantalla se ilumina intensamente. ¿Antes de llegar a enfocar las imágenes tendré que morir? El esfuerzo me calma un poco. Como verás, manejo los diales con la mano izquierda. Podrías creer que no estoy escribiendo con la mano derecha ¡tan temblorosa es ahora mi letra! Las imágenes aparecen nítidas. En sus casas miles de señoras estarán tejiendo, dando de comer a sus hijos o comiendo ellas mismas; más bien, habrán terminado de comer, los hijos estarán durmiendo (pues aquí se come muy temprano), viendo tranquilamente lo que estoy viendo; propagandas de trajes de baño, de aceite bronceador, de cepillos Kent con su peine elástico, de jabones para el cutis, de supositorios para infantes que ríen en vez de llorar. Luego las noticias policiales. Oigo la voz que da los informes: un hombre peligroso, portugués de cuarenta años, corpulento asesino, llamado Fausto Sendeiro, alias Laranja, que trabaja de jardinero, asesina y mutila a mujeres, para abonar las plantas que distribuye caprichosamente. ¿Cómo no se descubrió antes?, dice el locutor. Parece que dos mujeres lo secundan, vestidas con trajes anticuados, vendiendo baratijas. Fausto Sendeiro, durante el atardecer, cava los hoyos donde arroja a sus víctimas para plantar encima arbolitos que saca de los bosques. Jamás existió asesino tan trabajador. ¿Cuántas mujeres habrá matado? ¿Cómo? El primer jardín donde hizo las excavaciones, por pura casualidad aparece en la pantalla. Una bolsa quedó olvidada, con las impresiones digitales. Veo el jardín macabro, con las excavaciones y unas pobres plantas en el suelo. Desconecto el televisor. El ruido de la pala continúa. No puedo casi moverme. Estoy paralizada. El hoyo se agranda; es un agujero negro. Junto al agujero vislumbro una planta tirada en el suelo. ¿Dónde podré esconderme? Estoy en una casa de vidrio, y el hombre me mira continuamente. No hay teléfono. Arrastrándome como un gusano podría tal vez llegar hasta la puerta de entrada o hasta el dormitorio, donde está mi cama, sin ser vista. ¿Pero si al verme hacer esos movimientos deja su trabajo y viene corriendo hacia mí, para clavarme el cuchillo que llevará en el cinto, o para estrangularme con sus manos enormes? ¿En cuántos pedazos me cortará suponiendo que lleva un cuchillo en el cinto, y en cuántos minutos me estrangulará, suponiendo que oprima mi cuello con sus manos enormes? No puedo alzar la vista hacia la puerta: las dos mujeres están allí. Ya entraron: sin golpear. Una de ellas tiene un sombrero con lentejuelas, plumas y gasa, la otra un gorro de paja con cerezas; visten faldas almidonadas, negras, y llevan cada una de ellas una valija de cuero. Musitan a un tiempo: "Venimos, señora, a venderle unas cositas interesantes" (es la única frase que saben decir). De las valijas sacan blusas de nylon, medias, prendedores, fotografías de árboles y de buques, y frascos de bombones que me ofrecen.
—Acabo en seguida con estas cuentas —les digo—. Mis gastos.
Se sientan, para esperarme, ofreciéndome un bombón, entre sus dedos largos. ¿Ese bombón contendrá un soporífero? Son mujeres piadosas. Se miran y ríen.
—¿Pronto serviré de abono a una planta? —les pregunto.
No saben lo que quiere decir abono, ni planta, ni pronto. Tomo el bombón y lo llevo a la boca: tiene gusto a chocolate, al último bombón, a la última etapa del miedo, que me comunica con Dios. Siento un agradable sopor que me vuelve atrevida.
—¿No quieren tomar té? —les pregunto, sin dejar de escribir. Con el índice de la mano izquierda señalo la taza que está sobre la mesa, y la tetera.
—Sí —responden al mismo tiempo, mirándose de soslayo—. ¿Cha cha?
Mientras tomen el té pondré a salvo mi carta. La dirección ya está en el sobre y...
.
.
.
Silvina Ocampo
(Argentina, 1903/1994)

martes, 8 de septiembre de 2009

2005 - SETIEMBRE - 2009

4 AÑOS

.
UTOPÍA
.
Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte
se corre diez pasos más para allá.
.
Por mucho que camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la Utopía?
Pero eso sirve: Para caminar.
.
Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)
.

viernes, 4 de septiembre de 2009

BIRRI, Fernando: Devaneos del flaco hidalgo mientras se está muriendo

" El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha"
Paul Gustave Doré (Estrasburgo, 1832/París, 1883)
.
.
Estoy muriendo.
Lo sé.
Porque entreabro mis ojos
y veo frente a mí la realidad.
Esa enemiga.
Esa perra flaca
y gruñidora.
Buenos amigos me fueron los sueños.
Y el más fiel,
el delirio.
.
Sancho, Sancho,
en cualquier lugar que tú te encuentres ahora
no llores esta hora.
Tú ganaste.
Y cuando tú me decías:
"¡Son molinos!"
Yo lo sabía muy bien.
Pero quería mostrarte
-no demostrarte, mostrarte-
a ti que eras redondo
como el mundo, a ti que eras el mundo,
el valor de la metáfora.
.
Molinos o gigantes, brazos o aspas,
¿qué diferencia pasa
entre el fulgor de mi ojo
que se extingue
y aquella otra estrella,
Dulcinea,
muerta ha millones de años
que aún me sigue guiando?
.
Sancho, Sancho,
tú eres la verdad,
yo la mentira.
Pero cómo,
quién, dónde
se explica
que con mi muerte
se te va la vida.
.
.
.
.
Fernando Birri
(Argentina, 1925)

jueves, 3 de septiembre de 2009

DAUDET, Alphonse: La muerte del Delfín


El pequeño Delfín está enfermo, el pequeño Delfín se muere… En todas las iglesias del reino, el Santísimo Sacramento permanece expuesto día y noche y grandes cirios arden por la curación del hijo del rey. Los caminos de la vieja residencia están tristes y silenciosos, ya no suenan las campanas, los coches van al paso… En las cercanías del palacio, los vecinos miran con curiosidad, a través de las verjas, a los suizos de panzas doradas que departen con petulancia en los patios.
Todo el castillo está en danza… Chambelanes, mayordomos, suben y bajan corriendo las escaleras de mármol… Las galerías están abarrotadas de pajes y de cortesanos vestidos con ropa de seda que van de un grupo a otro demandando noticias en voz baja. En las amplias escalinatas, las damas de honor, afligidas, se hacen grandes reverencias y se enjugan los ojos con lindos pañuelos bordados.
En L’Orangerie hay una nutrida asamblea de médicos togados. A través de las vidrieras, se les ve agitar sus largas mangas negras e inclinar doctoralmente sus pelucas rematadas en coleta de picaporte… El preceptor y el escudero del pequeño Delfín se pasean ante la puerta, esperando las decisiones de la Facultad. Unos pinches de cocina pasan junto a ellos sin saludarlos. El señor escudero blasfema como un pagano, el señor preceptor recita versos de Horacio… Y, mientras tanto, allá abajo, del lado de las caballerizas, se oye un largo relincho quejumbroso. Es el alazán del joven Delfín, al que los palafreneros han olvidado y que llama con tristeza ante su pesebre vacío.
¿Y el rey? ¿En dónde está Su Majestad el Rey?… El rey se ha encerrado, solo en una habitación, en la otra punta del castillo…A los soberanos no les gusta que los vean llorar… En cuanto a la reina, es muy diferente… Sentada a la cabecera del pequeño Delfín, su bello rostro está bañado en lágrimas y solloza en voz alta delante de todos, como haría una tendera.
En su camita de encajes, el pequeño Delfín, más blanco que los almohadones sobre los que se recuesta, descansa con los ojos cerrados. Parece dormir, pero no. El pequeño Delfín no duerme… Se vuelve hacia su madre y, al verla llorar, le dice:
-Mi señora, ¿por qué lloráis? ¿Creéis de verdad que voy a morirme?
La reina quiere responder. Los sollozos le impiden hablar.
-No lloréis más, mi señora; olvidáis que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morirse así como así…
La reina solloza todavía más fuerte y el pequeño Delfín comienza a asustarse.
-¡Eh, atención! -dice-, no quiero que la muerte venga a buscarme, yo sabré cómo impedirle que llegue hasta aquí… Que hagan venir en seguida a cuarenta lansquenetes muy fuertes para montar guardia en torno a mi cama… ¡Que cien grandes cañones vigilen día y noche con la mecha encendida bajo mis ventanas! Y ¡ay de la Muerte si se atreve a acercarse a mí!…
Para complacer al niño, la reina hace una señal.
Al instante se oyen rodar grandes cañones por el patio; y cuarenta corpulentos lansquenetes, partesana en mano, acuden a formar alrededor de la cámara. Son unos viejos soldadotes de bigotes grises. Al verlos, el pequeño Delfín palmotea. Ha reconocido a uno y le llama:
-¡Lorrain! ¡Lorrain!
El soldadote da un paso hacia la cama:
-Te tengo cariño, mi viejo Lorrain… A ver, enséñame tu gran sable… Si la muerte quiere llevarme, habrá que matarla, ¿verdad?…
Lorrain contesta:
-Sí, monseñor.
Y dos gruesas lágrimas corren por sus curtidas mejillas.
En este momento, el capellán se acerca al pequeño Delfín y le habla largo rato en voz baja, mostrándole un crucifijo. El pequeño Delfín le escucha muy sorprendido y, luego, de repente, le interrumpe:
-Comprendo muy bien lo que me dice, señor capellán; pero, en fin, ¿no podría morir en mi lugar mi amiguito Beppo, si se le da mucho dinero?…
El capellán sigue hablándole en voz baja y el pequeño Delfín se asombra cada vez más. Cuando termina el sacerdote, el pequeño Delfín responde, con un gran suspiro:
-Todo lo que acaba de decirme, señor cura, es muy triste; pero algo me consuela y es que, allá arriba, en el paraíso de las estrellas, seguiré siendo el Delfín… Sé que Dios es mi primo y no dejará de tratarme según mi rango.
Luego, volviéndose hacia su madre, añade:
-¡Que me traigan mis mejores trajes, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero ponerme elegante para los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín.
Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla largamente en voz baja… En medio de su discurso, el niño le interrumpe colérico:
-¡Pero, entonces -exclama-, ser Delfín no sirve de nada!
Y, sin querer oír más, el pequeño Delfín, volviéndose hacia la pared, llora amargamente.

(Francia, 1840/1897)



DE IBARBOUROU, Juana: Inmovilidad


En la playa que el viento de otoño hace más sola
noche a noche me siento frente a la tentación
de este mar que en sus ondas lleva y trae los navíos
que me envían, de lejos, su muda invitación.

Los veo hundirse en la niebla salpicados de luces,
Mundos breves y vivos que se echan a andar,
en busca de horizontes distintos e imprevistos,
entre la hechicería de la luna y el mar.

Más allá... ¡Oh Dios mío, y yo aquí tan inmóvil
cual si fuera una piedra que nada ha de mover!
¡Ya me agobia el cansancio de soñar imposibles!
¡Se ha hecho espina mi ansia de tocar y de ver!

(Uruguay, 1892/1979)




martes, 1 de septiembre de 2009

¿Para qué escribir, para qué leer, para qué contar, para qué elegir un buen libro en medio del hambre y las calamidades?
Escribir para que lo escrito sea abrigo, espera, escucha del otro. Porque la literatura es todavía esa metáfora de la vida que sigue reuniendo a quien dice y quien escucha en un espacio común, para participar de un misterio, para hacer que nazca una historia que al menos por un momento nos cure de palabra, recoja nuestros pedazos, acople nuestras partes...
.
.
María Teresa Andruetto
(Córdoba, Argentina, 1954)

sábado, 29 de agosto de 2009

GALEANO, Eduardo: El salame

"El baño"
Fernando Botero (Colombia, 1932)
.
Sarah Tarler Bergholz era muy bajita. Ella no tenía que sentarse para que sus nietos le cepillaran la melena, que en caracoles caía desde la cara simpática hasta el ombligo. Sarah estaba tan gorda que ya ni podía respirar. En un hospital de Chicago, el médico le dijo lo que era evidente: para recuperar la proporción entre la estatura y el volumen, debía hacer una dieta rigurosa y eliminar las grasas. Ella tenía voz de seda. Sus más enérgicas afirmaciones parecían confidencias. Hablando como en secreto, miró fijo al médico, y dijo:
-Yo no estoy segura de que la vida valga la pena sin salame.
Murió, abrazada a su perdición, el año siguiente. Le falló el corazón. Para la ciencia, el caso estaba claro; pero nunca se sabrá si el corazón estaba harto de salame, o cansado de darse.
.


Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)

miércoles, 26 de agosto de 2009

BALZARINO, Ángel: El acecho

Se detuvo junto a la ventana, con el rostro descompuesto por el miedo y un brazo tendido de manera sentenciosa, mientras gritaba es él, está otra vez allí, en la calle, mirá. Tiré con violencia la revista que tenía en las manos y corrí en un impulso casi desesperado hacia la puerta. Ya eso resultaba un hábito más en el desarrollo diario, algo completamente mecánico que realizaba con pasmosa rapidez, como bajo el imperativo de una orden perentoria, cada vez que Marina denunciaba la presencia del hombre que se había convertido en una tenaz amenaza. Recorrí la calle con la furtiva esperanza de poder atraparlo y acabar por fin con esa pesadilla; divisé algunos familiares habitantes del barrio que regresaban del trabajo o procuraban gozar el fresco aire de la noche, pero ningún rastro de quien despertaba toda mi rabia no sólo por su constante acecho sino también porque parecía tener la rara cualidad de esfumarse repentinamente, con el sigilo de un ladrón consumado, como si pretendiera rehuir cualquier enfrentamiento o, peor aún, fuera una hábil maniobra para atacar en el momento oportuno. La búsqueda resultó inútil y de nuevo me sentí con las manos atadas, impotente para destruir la trampa que se iba tornando cada vez más opresiva, aunque me esforcé por reflejar un aspecto sereno, casi despreocupado, cuando regresé a la casa y Marina me abrazó con el cuerpo agitado. Repetí las palabras acostumbradas, calmate, ya se fue, no estaba en la calle. Ella no pareció oírme o ya ninguna razón conseguía tranquilizarla, conferirle la fuerza necesaria para desalojar el obsesivo terror que la dominaba, se habrá escondido, estoy segura, jamás aceptará que lo haya abandonado, volverá para matarnos. El silencio fue un tácito asentimiento, la pasiva conformidad de que ese ominoso presagio nos sumiría en un estado de permanente desasosiego, hasta producirse la catarsis que significara la liberación o el derrumbe total. La certeza de una espada suspendida sobre nosotros, que nos aplastaría de modo sorpresivo, comenzó a prevalecer tres meses atrás, cuando ella se presentó solicitando un empleo en la compañía de seguros donde yo trabajaba. Advertí enseguida su extrema tensión, que la incitaba a mirar en torno con una alarma apenas disimulada, y luego, a través de la tarea diaria que fuimos compartiendo, me sentí sorprendentemente atraído por ella. Quise indagar en su mundo que de pronto presentí arduo y enigmático. Así, me impuse casi la obligación de explorarlo, de averiguar la causa del pavor y la ansiedad que le hacían considerar como un fatal enemigo a cualquier persona que se le acercaba. Quizás me aceptó no tanto por mi asedio sino por la irrefrenable necesidad de sentirse protegida, de tener a su lado alguien que le brindara un sólido apoyo; pero en el curso de aquellos días en que nos dedicamos a ir al cine, comer en un club o pasear por un parque, eligiendo siempre los lugares más discretos y apartados, como dos fugitivos que buscaban con avidez un refugio seguro, no quiso o no se atrevió a confesarme abiertamente el peligro que la agobiaba. Cuando decidió mudarse a mi departamento, la primera noche de absoluta intimidad se vio perturbada por una cuota de duda e inquietud, porque mi anhelo de posesión significaba tal vez una especie de ataque o sometimiento que ella no estaba dispuesta a consentir, como si eso llevara implícito exponer su debilidad, dejarla sola y sin defensa. Comprendí que debía vencer ese último baluarte para descubrirla en su completa sinceridad, para que ya no hubiera ningún secreto ni subterfugio entre nosotros. No me equivoqué; le costó ceder, llegar a la entrega total. Después que el placer compartido fue transformándose en agradable ternura a través de inéditas caricias, Marina habló en tono suave, pareciendo que cada palabra la aliviaba de una carga bochornosa. Es por él, Eduardo Márquez, íbamos a casarnos pero lo abandoné y prometió matarme, tengo mucho miedo. Entonces la mantuve fuertemente abrazada, similar a un pájaro que necesitaba calor para volar de nuevo, expresándole mi protección, la seguridad de que nada malo habría de ocurrirle mientras estuviéramos juntos. No tardé en comprobar que esa aspiración era completamente estéril ante el poder avasallador de aquel hombre que fue ocupando entre nosotros el lugar de un intruso despiadado; ningún medio resultó adecuado para librarnos del excluyente dominio impuesto por su ambigua presencia. Apresados en la maraña creada por el acecho de él, llegué a pensar que no teníamos otra alternativa que vivir así: ella obsedida por el miedo de reconocerlo entre la gente que cruzaba por la calle y yo, por el contrario, deseando que sucediera eso, que al fin resolviera dar la cara para tener la oportunidad de aplacar mi acumulado furor. Debido a ese estado de progresiva nerviosidad, Marina decidió no sólo abandonar el trabajo, sino también rechazar las invitaciones para presenciar cualquier espectáculo o simplemente pasear por la ciudad, pues ya no tuvo otro propósito que permanecer encerrada en la casa. Respeté su voluntad, abrigando la esperanza de que eso tal vez la ayudaría a sobreponerse; mientras me encontraba en la oficina no lograba relegar un instintivo temor porque quedaba sola y sin resguardo, pero, al estar de nuevo juntos, disfrutábamos plenamente una dosis de dicha y alivio. El aparente sosiego que predominó durante algún tiempo me hizo olvidar que había un enemigo asediando implacablemente, hasta aquella tarde en que, al regresar al departamento, descubrí a un grupo de personas en la vereda, hablando casi a gritos y con gestos de manifiesta sorpresa y confusión. De inmediato creí recibir un brutal puñetazo en pleno rostro y, con la certeza de que se había concretado lo presentido tantas veces, me abrí paso a empujones y por fin quedé inmóvil, petrificado, únicamente absorto en el cuerpo de ella desplomado en el suelo con la ridícula postura de un muñeco cuyos miembros han sido destrozados. Permanecí un largo rato así, ajeno a la presencia y el bullicio de los demás, luchando en vano por convencerme de que era cierto, que él había consumado su venganza, que ya resultaba absoluta mi impotencia para modificar ese hecho; después, con extrema lentitud, levanté la cabeza y clavé la mirada en la ventana del tercer piso, completamente abierta, que me pareció un hueco odioso y siniestro a través del cual Marina había encontrado un atroz castigo o una definitiva liberación. Como una verdadera tortura soporté los extensos interrogatorios de la policía, aunque pude aportar muy pocos datos sobre la única persona que consideraba responsable de lo sucedido, excepto decirles que se llamaba Eduardo Márquez y darles las someras referencias físicas que ella me había confiado; no contaba con fotos para ayudar a identificarlo y eso tornaba muy remota la posibilidad de atraparlo. Sin embargo, deseé que no lo hicieran; la muerte de Marina resultaba algo demasiado personal, que me propuse vengar de manera exclusiva, impulsado por un voraz resentimiento, por el peso de una imprevista soledad. Poco a poco me fui hundiendo en un estado febril, casi de enloquecida exaltación, mientras estaba en la casa o realizaba mecánicamente las tareas diarias, o caminaba sin rumbo por las calles, consumido por la espera semejante a una cruel e interminable agonía. Procuré convertirme en un blanco perfecto, sumamente tentador, para que él repitiera su ataque, pues comprendí que no tenía otro modo para enfrentarlo; luego de sobrellevar durante varias semanas una angustiosa expectativa, el desaliento me hizo creer que nunca podría castigarlo, que él tal vez tuvo el único objetivo de matar a Marina. El hecho de su brusca y total desaparición me fue dejando el sabor de un agrio fracaso, la certidumbre de que jamás me recobraría de esa derrota. Me invadió con mayor fuerza el recuerdo de ella, acuciando mi remordimiento pero transformándose también en la única forma de recuperarla. Comencé a quedarme todo el tiempo libre recluido en el departamento que de repente pareció tener la cualidad de un refugio acogedor, de una ignorada belleza, donde ella fue surgiendo como una presencia tangible a través de cualquier objeto, de cada rincón en que vivimos un acto de amor, de la ropa que distribuí con afectuoso cuidado en el ropero. Fue mientras realizaba la tarea de revisar y arreglar todas las cosas de Marina cuando un día, sorpresivamente, descubrí en el fondo de un cajón la página de un diario, vieja y arrugada, a la que tal vez no le habría prestado la menor atención si no hubiera reparado que estaba celosamente guardada. Entre curioso e intrigado por el grueso título que hacía referencia a un drama pasional, observé la foto que mostraba el cuerpo de un hombre caído en un cuarto donde el mobiliario desordenado reflejaba la huella de una furiosa pelea, y luego, cuando leí el artículo, todo a mi alrededor comenzó a girar en un absurdo torbellino. No pude evitar un grito de protesta o de completo desconcierto ante la súbita, increíble revelación que me sacudió como una certera puñalada, mientras releía la noticia hasta que las letras se tornaron indefinidas frente a mis ojos cansados: "Mendoza, 19. A raíz de un violento altercado, que se presume de índole pasional de acuerdo con el testimonio suministrado por algunos vecinos, fue víctima de tres balazos el empleado Eduardo Márquez, de veintiséis años. Todas las sospechas del crimen recaen sobre su prometida, Marina Velasco, quien actualmente se encuentra prófuga".
.
.
.
Ángel Balzarino
Rafaela (Argentina), 1943

lunes, 24 de agosto de 2009

JORGE LUIS BORGES A 110 AÑOS DE SU NACIMIENTO


Yo soy muy ilógico.
.
Lo que pasa es que los demás
.
me toman demasiado en serio.
.
.

Jorge Luis Borges
Argentina, 24 de agosto de 1899
Suiza, 14 de junio de 1986

domingo, 23 de agosto de 2009

GUILLÉN, Nicolás: Mujer

"Ramona Montiel" - Antonio Berni (Argentina)
.
.
Mujer: síntesis absoluta
de todo lo que es bueno y grande
y es malo y pequeño.
Conjunto armonioso de bienes y males.
Unión de lo infinito
con lo finito. Crisol en que caben,
fundiéndose en rara amalgama
admirable,
la Muerte y la Vida:
de todos los males que siembres,
de los triunfos injustos que cantes,
de las mil ilusiones que rompas,
de los mil corazones que ultrajes,
de los pechos que hieras,
de los hombres que mates,
de los sueños que abata tu orgullo,
de los puros amores que apague
tu inclemente desvío,
de la nieve letal que derrames
en el alma de aquel que se postra a tus plantas,
de tus locas crueldades,
de los odios que enciendas
en el mundo —tu trono admirable—
el Dolor te redime…
¡El dolor de dejar de ser virgen
y el dolor de ser madre!

.
.
.
.
NICOLÁS GUILLÉN
(Cuba, 1902/1989)

martes, 18 de agosto de 2009

URONDO, Franciso "Paco": No puedo quejarme

"El viejo guitarrista" - Pablo Picasso
.
.
Estoy con pocos amigos y los que hay
suelen estar lejos y me ha quedado
un regusto que tengo al alcance de la mano
como un arma de fuego. La usaré para nobles
empresas: derrotar al enemigo –salud
y suerte–, hablar humildemente
de estas posibilidades amenazantes.
Espero que el rencor no intercepte
el perdón, el aire
lejano de los afectos que preciso: que el rigor
no se convierta en el vidrio de los muertos; tengo
curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después
de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas
afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser como las señales
de mi vida, una suerte trágica, dándome
todo lo que no está. Prematuramente, con un pie
en cada labio de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria: saludo a todos, me tapo
la nariz y me dejo tragar por el abismo.
.
Francisco "Paco" Urondo
(Santa Fe, Argentina, 1930/1976)