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domingo, 29 de mayo de 2016

QUIROGA, Horacio: Más Allá


Yo estaba desesperada -dijo la voz-. Mis padres se oponían rotundamente a que tuviera amores con él, y habían llegado a ser muy crueles conmigo. Los últimos días no me dejaban ni asomarme a la puerta. Antes, lo veía siquiera un instante parado en la esquina, aguardándome desde la mañana. ¡Después, ni siquiera eso!
Yo le había dicho a mamá la semana antes:
-¿Pero qué le hallan tú y papá, por Dios, para torturarnos así? ¿Tienen algo que decir de él? ¿Por qué se han opuesto ustedes, como si fuera indigno de pisar esta casa, a que me visite?
Mamá, sin responderme, me hizo salir. Papá, que entraba en ese momento, me detuvo del brazo, y enterado por mamá de lo que yo había dicho, me empujó del hombro afuera, lanzándome de atrás:
-Tu madre se equivoca; lo que ha querido decir es que ella y yo -¿lo oyes bien?- preferimos verte muerta antes que en los brazos de ese hombre. Y ni una palabra más sobre esto.
Esto dijo papá.
-Muy bien -le respondí volviéndome, más pálida, creo, que el mantel mismo-: nunca más les volveré a hablar de él.
Y entré en mi cuarto despacio y profundamente asombrada de sentirme caminar y de ver lo que veía, porque en ese instante había decidido morir.
¡Morir! ¡Descansar en la muerte de ese infierno de todos los días, sabiendo que él estaba a dos pasos esperando verme y sufriendo más que yo! Porque papá jamás consentiría en que me casara con Luis. ¿Qué le hallaba?, me pregunto todavía. ¿Que era pobre? Nosotros lo éramos tanto como él.
¡Oh! La terquedad de papá yo la conocía, como la había conocido mamá.
-Muerta mil veces -decía él- antes que darla a ese hombre.
Pero él, papá, ¿qué me daba en cambio, si no era la desgracia de amar con todo mi ser sabiéndome amada, y condenada a no asomarme siquiera a la puerta para verlo un instante?
Morir era preferible, sí, morir juntos.
Yo sabía que él era capaz de matarse; pero yo, que sola no hallaba fuerzas para cumplir mi destino, sentía que una vez a su lado preferiría mil veces la muerte juntos, a la desesperación de no volverlo a ver más.
Le escribí una carta, dispuesta a todo. Una semana después nos hallábamos en el sitio convenido, y ocupábamos una pieza del mismo hotel.
No puedo decir que me sentía orgullosa de lo que iba a hacer, ni tampoco feliz de morir. Era algo más fatal, más frenético, más sin remisión, como si desde el fondo del pasado mis abuelos, mis bisabuelos, mi infancia misma, mi primera comunión, mis ensueños, como si todo esto no hubiera tenido otra finalidad que impulsarme al suicidio.
No nos sentíamos felices, vuelvo a repetirlo, de morir. Abandonábamos la vida porque ella nos había abandonado ya, al impedirnos ser el uno del otro. En el primero, puro y último abrazo que nos dimos sobre el lecho, vestidos y calzados como al llegar, comprendí, marcada de dicha entre sus brazos, cuán grande hubiera sido mi felicidad de haber llegado a ser su novia, su esposa.
A un tiempo tomamos el veneno. En el brevísimo espacio de tiempo que media entre recibir de su mano el vaso y llevarlo a la boca, aquellas mismas fuerzas de los abuelos que me precipitaban a morir se asomaron de golpe al borde de mi destino a contenerme... ¡tarde ya! Bruscamente, todos los ruidos de la calle, de la ciudad misma, cesaron. Retrocedieron vertiginosamente ante mí, dejando en su hueco un sitio enorme, como si hasta ese instante el ámbito hubiera estado lleno de mil gritos conocidos.
Permanecí dos segundos más inmóvil, con los ojos abiertos. Y de pronto me estreché convulsivamente a él, libre por fin de mi espantosa soledad.
¡Sí, estaba con él; e íbamos a morir dentro de un instante!
El veneno era atroz, y Luis inició él primero el paso que nos llevaba juntos abrazados a la tumba.
-Perdóname -me dijo oprimiéndome todavía la cabeza contra su cuello-. Te amo tanto que te llevo conmigo.
-Y yo te amo -le respondí-, y muero contigo.
No pude hablar más. ¿Pero qué ruido de pasos, qué voces venían del corredor a contemplar nuestra agonía? ¿Qué golpes frenéticos resonaban en la puerta misma?
-Me han seguido y nos vienen a separar... -murmuré aún-. Pero yo soy toda tuya.
Al concluir, me di cuenta de que yo había pronunciado esas palabras mentalmente pues en ese momento perdía el conocimiento.

***

Cuando volví en mí tuve la impresión de que iba a caer si no buscaba donde apoyarme. Me sentía leve y tan descansada, que hasta la dulzura de abrir los ojos me fue sensible. Yo estaba de pie, en el mismo cuarto del hotel, recostada casi a la pared del fondo. Y allá, junto a la cama, estaba mi madre desesperada.
¿Me habían salvado, pues? Volví la vista a todos lados, y junto al velador, de pie como yo, lo vi a él, a Luis, que acabada de distinguirme a su vez y venía sonriendo a mi encuentro. Fuimos rectamente uno hacia el otro, a pesar de la gran cantidad de personas que rodeaban el lecho, y nada nos dijimos, pues nuestros ojos expresaban toda la felicidad de habernos encontrado.
Al verlo, diáfano y visible a través de todo y de todos, acababa de comprender que yo estaba como él: muerta.
Habíamos muerto, a pesar de mi temor de ser salvada cuando perdí el conocimiento. Habíamos perdido algo más, por dicha... Y allí, en la cama, mi madre desesperada me sacudía a gritos mientras el mozo del hotel apartaba de mi cabeza los brazos de mi amado.
Alejados al fondo, con las manos unidas, Luis y yo veíamos todo en una perspectiva nítida, pero remotamente fría y sin pasión. A tres pasos, sin duda, estábamos nosotros, muertos por suicidio, rodeados por la desolación de mis parientes, del dueño del hotel y por el vaivén de los policías. ¿Qué nos importaba eso?
-¡Amada mía!... -me decía Luis-. ¡A qué poco precio hemos comprado esta felicidad de ahora!
-Y yo -le respondí- te amaré siempre como te amé antes. Y no nos separaremos más, ¿verdad?
-¡Oh, no!... Ya lo hemos probado.
-¿E irás todas las noches a visitarme?
Mientras cambiábamos así nuestras promesas oíamos los alaridos de mamá que debían ser violentos, pero que nos llegaban con una sonoridad inerte y sin eco, como si no pudieran traspasar en más de un metro el ambiente que rodeaba a mamá.
Volvimos de nuevo la vista a la agitación de la pieza. Llevaban por fin nuestros cadáveres, y debía de haber transcurrido un largo tiempo desde nuestra muerte, pues pudimos notar que tanto Luis como yo teníamos ya las articulaciones muy duras y los dedos muy rígidos.
Nuestros cadáveres... ¿Dónde pasaba eso? ¿En verdad había habido algo de nuestra vida, nuestra ternura, en aquellos dos pesadísimos cuerpos que bajaban por las escaleras, amenazando hacer rodar a todos con ellos?
¡Muertos! ¡Qué absurdo! Lo que había vivido en nosotros, más fuerte que la vida misma, continuaba viviendo con todas las esperanzas de un eterno amor. Antes... no había podido asomarme siquiera a la puerta para verlo; ahora hablaría regularmente con él, pues iría a casa como novio mío.
-¿Desde cuándo irás a visitarme? -le pregunté.
-Mañana -repuso él-. Dejemos pasar hoy.
-¿Por qué mañana? -pregunté angustiada-. ¿No es lo mismo hoy? ¡Ven esta noche, Luis! ¡Tengo tantos deseos de estar a solas contigo en la sala!
-¡Y yo! ¿A las nueve, entonces?
-Sí. Hasta luego, amor mío...
Y nos separamos. Volví a casa lentamente, feliz y desahogada como si regresara de la primera cita de amor que se repetiría esa noche.

***

A las nueve en punto corría a la puerta de calle y recibí yo misma a mi novio. ¡Él en casa, de visita!
-¿Sabes que la sala está llena de gente? -le dije-. Pero no nos incomodarán.
-Claro que no... ¿Estás tú allí?
-Sí.
-¿Muy desfigurada?
-No mucho, ¿creerás? ¡Ven, vamos a ver!
Entramos en la sala. A pesar de la lividez de mis sienes, de las aletas de la nariz muy tensas y las ventanillas muy negras, mi rostro era casi el mismo que Luis esperaba ver durante horas y horas desde la esquina.
-Estás muy parecida -dijo él.
-¿Verdad? -le respondí yo, contenta. Y nos olvidamos en seguida de todo, arrullándonos.
Por ratos, sin embargo, suspendíamos nuestra conversación y mirábamos con curiosidad el entrar y salir de las gentes. En uno de esos momentos llamé la atención de Luis.
-¡Mira! -le dije-. ¿Qué pasará?
En efecto, la agitación de las gentes, muy viva desde unos minutos antes, se acentuaba con la entrada en la sala de un nuevo ataúd. Nuevas personas, no vistas aún allí, lo acompañaban.
-Soy yo -dijo Luis con ligera sorpresa-. Vienen también mis hermanas.
-¡Mira, Luis! -observé yo-. Ponen nuestros cadáveres en el mismo cajón... Como estábamos al morir.
-Como debíamos estar siempre -agregó él-. Y fijando los ojos por largo rato en el rostro excavado de dolor de sus hermanas:
-Pobres chicas... -murmuró con grave ternura. Yo me estreché a él, ganada a mi vez por el homenaje tardío, pero sangriento de expiación, que venciendo quién sabe qué dificultades, nos hacían mis padres enterrándonos juntos.
Enterrándonos... ¡Qué locura! Los amantes que se han suicidado sobre una cama de hotel, puros de cuerpo y alma, viven siempre. Nada nos ligaba a aquellos dos fríos y duros cuerpos, ya sin nombre, en que la vida se había roto de dolor. Y a pesar de todo, sin embargo, nos habían sido demasiado queridos en otra existencia para que no depusiéramos una larga mirada llena de recuerdos sobre aquellos dos cadavéricos fantasmas de un amor.
-También ellos -dijo mi amado- estarán eternamente juntos.
-Pero yo estoy contigo -murmuré yo, alzando a él mis ojos, feliz.
Y nos olvidamos otra vez de todo.

***

Durante tres meses -prosiguió la voz- viví en plena dicha. Mi novio me visitaba dos veces por semana. Llegaba a las nueve en punto, sin que una sola noche se hubiera retrasado un solo segundo, y sin que una sola vez hubiera yo dejado de ir a recibirlo a la puerta. Para retirarse no siempre observaba mi novio igual puntualidad. Las once y media, aun las doce sonaron a veces, sin que él se decidiera a soltarme las manos, y sin que lograra yo arrancar mi mirada de la suya. Se iba por fin, y yo quedaba dichosamente rendida, paseándome por la sala con la cara apoyada en la palma de la mano.
Durante el día acortaba las horas pensando en él. Iba y venía de un cuarto a otro, asistiendo sin interés alguno al movimiento de mi familia, aunque alguna vez me detuve en la puerta del comedor a contemplar el hosco dolor de mamá, que rompía a veces en desesperados sollozos ante el sitio vacío de la mesa donde se había sentado su hija menor.
Yo vivía -sobrevivía-, lo he repetido, por el amor y para el amor. Fuera de él, de mi amado, de la presencia de su recuerdo, todo actuaba para mí en un mundo aparte. Y aun encontrándome inmediata a mi familia, entre ella y yo se abría un abismo invisible y transparente, que nos separaba a mil leguas.
Salíamos también de noche, Luis y yo, como novios oficiales que éramos. No existe paseo que no hayamos recorrido juntos, ni crepúsculo en que no hayamos deslizado nuestro idilio. De noche, cuando había luna y la temperatura era dulce, gustábamos de extender nuestros paseos hasta las afueras de la ciudad, donde nos sentíamos más libres, más puros y más amantes.
Una de esas noches, como nuestros pasos nos hubieran llevado a la vista del cementerio, sentimos curiosidad de ver el sitio en que yacía bajo tierra lo que habíamos sido. Entramos en el vasto recinto y nos detuvimos ante un trozo de tierra sombría, donde brillaba una lápida de mármol. Ostentaba nuestros dos solos nombres, y debajo la fecha de nuestra muerte; nada más.
-Como recuerdo de nosotros -observó Luis- no puede ser más breve. Así y todo -añadió después de una pausa-, encierra más lágrimas y remordimientos que muchos largos epitafios.
Dijo, y quedamos otra vez callados.
Acaso en aquel sitio y a aquella hora, para quien nos observara hubiéramos dado la impresión de ser fuegos fatuos. Pero mi novio y yo sabíamos bien que lo fatuo y sin redención eran aquellos dos espectros de un doble suicidio encerrados a nuestros pies, y la realidad, la vida depurada de errores, elévase pura y sublimada en nosotros como dos llamas de un mismo amor.
Nos alejamos de allí, dichosos y sin recuerdos, a pasear por la carretera blanca nuestra felicidad sin nubes.
Ellas llegaron, sin embargo. Aislados del mundo y de toda impresión extraña, sin otro fin ni otro pensamiento que vernos para volvernos a ver, nuestro amor ascendía, no diré sobrenaturalmente, pero sí con la pasión en que debió abrasarnos nuestro noviazgo, de haberlo conseguido en la otra vida. Comenzamos a sentir ambos una melancolía muy dulce cuando estábamos juntos, y muy triste cuando nos hallábamos separados. He olvidado decir que mi novio me visitaba entonces todas las noches; pero pasábamos casi todo el tiempo sin hablar, como si ya nuestras frases de cariño no tuvieran valor alguno para expresar lo que sentíamos. Cada vez se retiraba él más tarde, cuando ya en casa todos dormían, y cada vez, al irse, acortábamos más la despedida.
Salíamos y retornábamos mudos, porque yo sabía bien que lo que él pudiera decirme no respondía a su pensamiento, y él estaba seguro de que yo le contestaría cualquier cosa, para evitar mirarlo.
Una noche en que nuestro desasosiego había llegado a un límite angustioso, Luis se despidió de mí más tarde que de costumbre. Y al tenderme sus dos manos, y entregarle yo las mías heladas, leí en sus ojos, con una transparencia intolerable, lo que pasaba por nosotros. Me puse pálida como la muerte misma; y como sus manos no soltaran las mías:
-¡Luis! -murmuré espantada, sintiendo que mi vida incorpórea buscaba desesperadamente apoyo, como en otra circunstancia. Él comprendió lo horrible de nuestra situación, porque soltándome las manos, con un valor de que ahora me doy cuenta, sus ojos recobraron la clara ternura de otras veces.
-Hasta mañana, amada mía -me dijo sonriendo.
-Hasta mañana, amor -murmuré yo, palideciendo todavía más al decir esto.
Porque en ese instante acababa de comprender que no podría pronunciar esta palabra nunca más.
Luis volvió a la noche siguiente; salimos juntos, hablamos, hablamos como nunca antes lo habíamos hecho, y como lo hicimos en las noches subsiguientes. Todo en vano: no podíamos mirarnos ya. Nos despedíamos brevemente, sin darnos la mano, alejados a un metro uno del otro.
¡Ah! Preferible era...
La última noche, mi novio cayó de pronto ante mí y apoyó su cabeza en mis rodillas.
-Mi amor -murmuró.
-¡Cállate! -dije yo.
-Amor mío -recomenzó él.
-¡Luis! ¡Cállate! -lancé yo, aterrada-. Si repites eso otra vez...
Su cabeza se alzó, y nuestros ojos de espectros -¡es horrible decir esto!- se encontraron por primera vez desde muchos días atrás.
-¿Qué? -preguntó Luis-. ¿Qué pasa si repito?
-Tú lo sabes bien -respondí yo.
-¡Dímelo!
-¡Lo sabes! ¡Me muero!
Durante quince segundos nuestras miradas quedaron ligadas con tremenda fijeza. En ese tiempo pasaron por ellas, corriendo como por el hilo del destino, infinitas historias de amor, truncas, reanudadas, rotas, redivivas, vencidas y hundidas finalmente en el pavor de lo imposible.
-Me muero... -torné a murmurar, respondiendo con ello a su mirada. Él lo comprendió también, pues hundiendo de nuevo la frente en mis rodillas, alzó la voz al largo rato.
-No nos queda sino una cosa que hacer... -dijo.
-Eso pienso -repuse yo.
-¿Me comprendes? -insistió Luis.
-Sí, te comprendo -contesté, deponiendo sobre su cabeza mis manos para que me dejara incorporarme. Y sin volvernos a mirar nos encaminamos al cementerio.
¡Ah! ¡No se juega al amor, a los novios, cuando se quemó en un suicidio la boca que podía besar! ¡No se juega a la vida, a la pasión sollozante, cuando desde el fondo de un ataúd dos espectros sustanciales nos piden cuenta de nuestro remedo y nuestra falsedad! ¡Amor! ¡Palabra ya impronunciable, si se la trocó por una copa de cianuro al goce de morir! ¡Sustancia del ideal, sensación de la dicha, y que solamente es posible recordar y llorar, cuando lo que se posee bajo los labios y se estrecha en los brazos no es más que el espectro de un amor!
Ese beso nos cuesta la vida -concluye la voz-, y lo sabemos. Cuando se ha muerto una vez de amor, se debe morir de nuevo. Hace un rato, al recogerme Luis así, hubiera dado el alma por poder ser besada. Dentro de un instante me besará, y lo que en nosotros fue sublime e insostenible niebla de ficción, descenderá, se desvanecerá al contacto sustancial y siempre fiel de nuestros restos mortales.
Ignoro lo que nos espera más allá. Pero si nuestro amor fue un día capaz de elevarse sobre nuestros cuerpos envenenados, y logró vivir tres meses en la alucinación de un idilio, tal vez ellos, urna primitiva y esencial de ese amor, hayan resistido a las contingencias vulgares, y nos aguarden.
De pie sobre la lápida, Luis y yo nos miramos larga y libremente ya. Sus brazos ciñen mi cintura, su boca busca mi boca, y yo le entrego la mía con una pasión tal, que me desvanezco...

(Salto, Uruguay, 1878 – Buenos Aires, Argentina, 1937)


jueves, 26 de mayo de 2016

LARRALDE, José: Piolín y mojarra


¿Quién conoce la invisible vara con la que se mide la distancia que atraviesa la nostalgia a través de los años?
¿Cuál es el tiempo exacto de la vida que fue sometida a la razón de los sueños, cuando los sueños eran blancos como la espuma del arroyo?
Hay tiempos que se fueron antes de llegar, como el agua que se evapora y sube al viento para mirar de arriba a la laguna y volver a ser lluvia en otra parte, transformándose en arroyo nuevamente sin llegar a ser jamás habitante perpetuo de ese espejo horizontal, quebrajeado. de saltos y cascadas, donde el remanso absorbe al sol sin edad de adultez.
Porque al remanso el sol baja como es, inmenso, pero se baña pequeño, tan pequeño como mi asombro, porque mi asombro, mi asombro siempre fue pequeño.
Todo era factible cuando niño, nada era extraño a mi pupila, mi ignorancia terminaba justo en el instante en que volaba un ave.
Y mi padre me decía que el hombre también vuela, y más alto que las aves.
Bastaba con mirarlas y así cuando se perdían en el cielo, seguirlas con la idea, agitar la memoria de ser libres y terminar parado donde estaba pero haber volado.
Así era mi padre, un ave, un ave simple, una torcaza.
Manso en ocasiones pero con ojos de águila para medir mi paso.
Hay un viejo camino de hace un siglo, huelleado de carretas y troperos, paso obligado de todo caminante. Le llamaban el camino de los chilenos porque dicen que por ese camino se cortaba la pampa hacia los Andes. Por esa misma huella, en una orilla, la recorrió un hilo de teléfono. De ahí su nombre actual, y aunque hace muy poco tiempo sacaron postes y todo el cablerío, se sigue llamando para la gente del lugar “el camino del hilo”.
A ese camino lo cruza el sauce corto, un arroyo tranquilo y solitario. Él supo ser amigo de los hombres cuando la pesca no era por deporte, y era cuestión de alzar lo que saliera, bagres, dientudos, anguilas y a veces con mucha suerte alguna nutria.
Mientras se dejaba el anguillero, salir a peludear o hacer lazitos con piolín y palito por si caía alguna liebre medio zonza.
Yo recuerdo las noche con fueguito alimentado a cardo y leña de vaca, al reparo de la barranca. Eso si no venía muy crecido, porque sino había que hacer nido entre las pajas bravas y a veces las heladas eran fuertes y uno se calentaba zapateando y dándole tupido a la yerbiada.
Esto, que parece un simple recuerdo, o una tristeza, o una nostalgia, es todo lo contrario, es mi gran recuerdo porque gracias a él puedo ser niño cuando quiero con toda la vejez que llevo encima. No es una nostalgia porque está en flor y me perfuma el alma, aunque nunca supe dónde la tengo; y no es una tristeza, porque tristeza sería haberla olvidado y tener en el corazón un espacio en blanco y en mi boca una frase ausente. Y sí, es mi alegría, porque siento la vida que me duele, porque rezo tranquilo sin bochorno, porque estoy parado en el espacio que me toca vivir del universo. Algún día mediré mis soledades, por medirlas nomás. Solo por eso...

Arroyito del sauce que pasa,
como una torcaza de gris y de azul
Arroyito que va a la laguna,
llevando una luna de cristal y tul.

Arroyito del sauce que fuiste aventura de humilde niñez
En el agua que lleva tu cauce hoy charlé con mi viejo otra vez.
Arroyito, piolín y mojarra, ¿dónde está tu remanso de ayer?
Como el agua que lleva tu cauce, soy torcaza que no ha de volver.

Cuánto sol que gasté en mi locura
por medir la anchura de tu soledad.
Arroyito del sauce algún día
mediré la mía por gusto nomás.

Arroyito del sauce que fuiste aventura de humilde niñez
En el agua que hoy lleva tu cauce, hoy charlé con mi viejo otra vez.
Arroyito,piolín y mojarra, ¿dónde está tu remanso de ayer?
Como el agua que hoy lleva tu cauce soy torcaza que no ha de volver.


miércoles, 18 de mayo de 2016

SÁENZ, Dalmiro: María la Rubia


Esa que está ahí, la que se ríe en este momento, y apoya la palma de la mano sobre su cadera como si acariciara el anca de un animal querido; esa que mira a los hombres desde el extremo del salón grande, sabiendo que en cualquier momento alguno de ellos le hará una seña con la cabeza y que juntos se introducirán en uno de los cuartos del prostíbulo; esa que asienta sus cuarenta y tres años de vida sobre sus zapatos violeta que apenas sobresalen de los bordes del vestido largo, pero que al moverse se abrirá bastante dejando ver no solo la pulsera plateada del tobillo, sino mucho más arriba, hasta casi la mitad de sus muslos redondos; esa mujer es María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
La conocen todos, prácticamente todos los obreros de Y.P.F. que traen el frío de muchos inviernos en sus articulaciones duras; los que hacen los pozos, los hombres de las torres, los tractoristas, los mecánicos, los que manejan los camiones de los equipos de exploración, los que en un momento dado frotarán sus manos en el manojo de estopa y desgrasarán con prolijidad la superficie curtida y el nacimiento de sus antebrazos hasta el mismo límite que le impone la manga del overol o de la camiseta blanca, y que luego tirarán la estopa, como un símbolo de trabajo terminado, y encauzarán sus pensamientos hacia sus proyectos de fin de semana, en donde seguramente estará incluida la casi obligatoria visita al prostíbulo. La conocen los peones de las estancias vecinas, los de las frentes blancas por muchos soles que no atravesaron el grosor de las gorras o de los sombreros con barbijo, los que bajan al pueblo muy de tanto en tanto, con sus botas lustradas y su saco de cuero, y que se paran en las esquinas o caminan despacio con recelosa prudencia, como si llevaran de la mano el bozal y el cabresto y se acercaran a un caballo arisco en el corral de la estancia. La conocen los empleados de la calle San Martín, lo
s que se inclinan sobre el mostrador de la Anónima, o de Argensud, o de Selecta, o de Picón, y anotan las boletas de las mercaderías vendidas y que conocen al cincuenta por ciento de los clientes por sus apellidos y aun por sus nombres, y que al final de ese día, en el rapidísimo desbande de las siete de la tarde, dirigirán sus pasos hacia las paredes y el techo bajo el cual estarán sus padres o sus hermanos o la mujer que lleva su apellido y que tal vez pregunte: "¿Salís esta noche?", y a quien ellos contestarán: "No sé, puede ser que vaya un rato al café", sabiendo perfectamente que no lo harán, porque ya desde hacía unas horas atrás las caderas de la chica de la caja o las piernas de alguna cuenta en las medias que tal vez él mismo había vendido habrían encauzado sus pensamientos hacia la “casa grande" de la calle Belgrano. La conocen todos, prácticamente todos, incluso yo que soy su hijo.
Anoche lo supe, bastante después de la pelea, cuando yo y él nos levantamos del suelo. Supe que mi madre es una prostituta, que es distinta a las madres o a las hermanas o las hijas de ustedes, porque ella se acuesta con el hombre que paga los cuarenta pesos que estipula la casa y no con aquel que lo dará cierta seguridad de recibir esos cuarenta o una cantidad equivalente para el resto de sus días. Siempre me había intrigado la negativa de ella. Me acuerdo de una vez que, un poco borracho había cruzado yo el salón y tomándola de un brazo le dije:
—Vení.
Ella me había mirado un poco a los ojos y creo que vi el "No" antes de que lo pronunciara aunque no sé si llegó a decirlo, porque el sonido de mi trompada fue lo único que se oyó y su mano subió hasta la cara tapando el hilo de sangre que le corría por la ceja. Su mirada marrón y su silencio, y luego mi voz gritándole:
—Puta de mierda, ¿por qué carajo no querés acostarte conmigo? 
Ella se fue del cuarto como hace muchos años se había ido de mi vida, seguramente sin llorar, pero con la misma decisión y firmeza con que le había dicho que no a la partera del pueblo cuando esta le insistía: "Mirá, querida, que es muy sencillo; lo papás cuando podés; no es más que un pinchazo y dejar que entre el aire, ¿qué vas a hacer vos con una criatura? ¿Cuántos años tenés?".
"Dieciocho años" tendría que haber contestado; pero no lo hizo, sino que se fue conmigo en sus entrañas, a ver al hombre que fue mi padre y al que no encontró porque hacía días que se había ido para el lado del Senguer con una tropa de capones camino hacia Chile. Ella no lo supo hasta mucho más tarde, pocos días antes del parto, cuando llegó el huaso Silveira tambaleándose desde la inseguridad de sus botas de taco alto y apretando su dolor entre las costillas golpeadas y repitiendo constante: "Harto abusivos estuvieron, harto abusivos", y al preguntarle por mi padre había contestado cómo había muerto, a pocos metros del carabinero, con la bala que había entrado por su pecho y salido por la espalda y la mano sobre el cabo del cuchillo que no había tenido ni tiempo de sacar.
Todo eso lo supe por mi abuela, con la que me crié. Lo supe ayer, cuando volvía del prostíbulo, después de tambalear mi asco por las calles oscuras y de vomitar dos veces en la puerta de casa y de hincarme a los pies de la cama y de preguntar llorando: "¿Es mi madre, no es cierto que es mi madre?".
Ella me lo había dicho ignorando todavía lo que había pasado. Me contó de ese día en que se enteró por el huaso Silveira de la muerte de su hijo, y cuando días más tarde llegó aquella chica de dieciocho años, con su pollera tirante y los dolores del parto inminente, yo nací a la noche en la cocina y mi llanto resonó en la miseria de esa casa en donde mi madre nunca más entraría, porque desapareció al día siguiente, y no volvió más que una vez, con el pelo ya teñido y el sobre con la quincena, y hablaron mi abuela y ella en la puerta de calle.
No entró, porque el cuerpo de mi abuela obstruía la puerta; pero estoy seguro de que había mirado hacia el interior de la casa, tratando de ver el cajón que me servía de cuna, con esa misma mirada que años después, en el salón grande del prostíbulo, se cruzaba constantemente con la mía; esa misma mirada que la primera vez había dicho que no a mis todavía tímidos dieciocho años y que yo acaté dócilmente, sin saber por qué, y me fui a acostar con otra mujer; pero pensando todo el tiempo en esos ojos marrones, que yo en esa época no había notado eran idénticos a los míos. Los años pasaron y mis dieciocho años fueron diecinueve y después, veinte y veintiuno y veintidós; en esos años la vida es lo único que importa en nuestra vida, yo lo sé, porque ayer vomité lo que quedaba de mi vida y hoy me doy cuenta de que, sin la vida, ni siquiera la muerte puede solucionar la ausencia de la vida.
Varias veces me había pasado lo mismo. Yo entraba al salón grande y nos veíamos a través de la gente. Yo me miraba a mí mismo en la ternura de sus ojos y veía, contento, mi atractiva juventud reflejada en la admiración de su mirada. No sabía de los hombres y hombres que, extendidos sobre ella, habían pagado mi ropa y mi comida y los libros del colegio. Creía ver en sus ojos admiración de mujer y pensaba que era táctica las negativas suaves o las salidas del cuarto cuando yo insistía demasiado.
Todos mis amigos se habían acostado alguna vez con María la Rubia, y yo conocía sus encantos a través de muchísimas descripciones; conocía la forma en que apoyaba sus labios con esa pesada indiferencia de las prostitutas; conocía sus abrazos cálidos y sin apuro y la mata de su pelo desparramado sobre la almohada; conocía el lento y estudiado desprender de botones y el súbito aparecer de sus pechos grandes, la conocía desnuda con sus zapatos violeta con la pulsera plateada en su tobillo derecho y ese cuerpo mercenario, dócil y blanco, y su sonrisa demorada en su vida sin recuerdos.
Fue la otra noche cuando supe que ella era mi madre. Las cosas sucedieron una detrás de otra, como si la dosis de dolor de toda una vida se hubiera acumulado en menos de una hora. Yo entré, y la vi contra la pared; crucé el salón y me paré frente a ella; nos miramos los dos a los ojos por un rato y sin desviar la vista le dije:
—Vamos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no —me dijo y trató de sonreír, aun después del golpe—. No me pegués —me dijo desde el suelo, y se levantó despacio, con los ojos tristes.
La iba a volver a golpear cuando la voz me detuvo; resonó serena detrás de mis espaldas:
—No lo vuelva a hacer —había dicho, y mi puño listo para el segundo golpe se abrió lentamente mientras bajaba el brazo. Me di vuelta de un salto, con las piernas abiertas y el arma en la mano. 
Después las mujeres gritando y los hombres quietos y los dos girando con nuestras armas listas. Las hojas se tocaron unos instantes en nerviosos tanteos, mientras nuestros pies se movían sobre las baldosas del piso.
Imagínense el cuadro: un hombre joven con la camisa abierta, con un cuchillo grande en su mano firme, y un policía con el sable corto desviando la puñalada y tirando hachazos. Imagínense la pelea larga y pareja, y la primera sangre de una de las muñecas salpicando las paredes en cada movimiento. Imagínense a los dos en el salón iluminado, el pecho del policía jadeando en su chaquetilla, mientras el sable experto arremetía en feroces molinetes de muerte, y el hombre joven con la camisa abierta, con la furia de su mirar bajo la frente sudada, y una prostituta, con todo el dolor de su alma mirando a su hijo bailotear entre la muerte, sabiendo que, aun en el caso de ganar la pelea, todo se sacrificio de mujer esclava se prolongaría en la cárcel en la vida de su hijo. Imagínense el cuadro de dolor y de furia, y el hombre joven resbalando sobre el piso mojado y el policía sobre él, sosteniendo con su izquierda la muñeca contra el suelo y la punta de su sable sobre la garganta agitada.
Y después el grito de ella, fuerte y desesperado: "¡No, por favor, no!", y las manos sobre los hombros, y el policía dócil parándose despacio, envainando el sable, y el hombre joven en el suelo, respirando cansado.
Imagínense todo. Un hombre que no había muerto, secándose el sudor con la manga de su camisa, y el policía en un cuarto, desprendiéndose la chaquetilla y hundiéndose en los brazos de María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
Fue esa noche cuando supe que ella era mi madre. Fue una frase corta: "No ves que es el hijo", que yo oí al salir. Me interné en la noche por la calle Belgrano, vomité dos veces en la puerta de mi casa y entré tambaleándome en la cocina abrigada. Mi abuela me miró sentada en la cama.
—¿Es mi madre? —le pregunté—. ¿No es cierto que es mi madre?
Ella me contó todo y yo vomité de nuevo, esta vez encima de mi chaquetilla policial.

(Argentina, 1926)


Todas las ilustraciones pertenecen a Henri de Toulouse-Lautrec (Francia, 1864/1901)


domingo, 15 de mayo de 2016

DOLINA, Alejandro: La leyenda de las dos calles


Hay en el barrio del ángel gris dos calles —nadie sabe cuáles— que son las calles de la vida y de la muerte.
Son aparentemente paralelas y no deberían cruzarse jamás.
Pero un día cada siete años, un día que nadie conoce, las dos calles se entrevistan en secreto y forman una esquina mágica.
En esa esquina hay un buzón rojo carmín.
En el buzón hay mil cartas. Dentro de uno de los sobres hay un papel azul y en el papel hay una palabra, una sola, escrita con tinta sutil.
En esa sola palabra se condensa todo el saber del universo.
Dentro de los otros sobres hay otras palabras, pero son palabras falsas, que solo sirven para engañar y confundir a los hombres.
Hay que acertar la calle y reconocer el día exacto y la hora precisa para llegar a la esquina secreta.
Hay que abrir el buzón y adivinar cuál de las mil cartas es la verdadera.
Es difícil.
Los hombres sensibles de nuestro barrio lo saben.
Saben también que aun teniendo la inmensa suerte de encontrar la esquina y la carta, no podrían leer la palabra, pues la tinta se borra con la luz.
Saben también que es probable que la palabra no signifique nada para ellos.
Pero día tras día, noche tras noche, la muchachada camina y recamina las calles del barrio buscando la esquina secreta.

(Argentina, 1944)

jueves, 12 de mayo de 2016

CERANO PEDROZA, Fernando: Contemplando la luna


En la tranquila noche, dos enamorados se encontraban recostados en el jardín contemplando la enorme luna llena que brillaba con intensidad en el despejado cielo y en espera del eclipse lunar, era de esas ocasiones que se puede observar todas las estrellas y cualquier ser humano puede inspirarse y sentirse poeta por un instante.

-Ya le arrebataron lo enigmático y romántico –comentó Emilio-. Anteriormente la luna era un icono para los enamorados.
-Tienes la razón de tu parte –contesto Lucía-. Dicen que solamente hay rocas, polvo y enormes cráteres, pero eso no es motivo para dejar de planear nuestra luna de miel. Iremos al mar, en la arena dibujaremos un enorme corazón con nuestros nombres y solamente nos iremos a descansar cuando las olas logren alcanzarlo y desvanecerlo.
-Me gusta lo que dices –externó el muchacho-. ¿Qué sucederá si las olas lo alcanzan muy entrada la noche?
-Pues estaremos más tiempo juntos –remarcó Lucía-. Encenderemos una fogata y tú me contarás historias de tu pueblo y yo del mío.
-Mi pueblo no tiene historias gratas -aclaró Emilio-. Tal pareciera que es como la luna y se empeña en mostrar la misma cara. A temprana edad me salí en busca de una vida mejor, muchos se aferran al lugar donde nacieron, en la particular yo me inclino en buscar el lugar donde pueda vivir. Quizá en la luna de miel te cuente la leyenda del descanso de los muertos.
-¿El descanso de los muertos? -preguntó interesada Lucía-. Bien, no esperemos la luna de miel, ni estar frente al mar, cuéntame en qué consiste.
-Para algunos tiene gran relevancia, para mí sigue siendo solo una leyenda –externó Emilio-. Dicen que años atrás los pobladores les aterraba la idea de morir y ello lo reflejaron al ubicar el cementerio a unos kilómetros de distancia del poblado. No previeron que cuando murieran los tendrían que llevar cargando, y sería necesario realizar por lo menos un descanso y para ello eligieron la sombra de una higuera. Desde ese entonces a este lugar se le llamo el descanso de los muertos, y extrañamente comenzaron a suscitarse apariciones de difuntos, por lo regular quienes los observaban eran los asesinos. Quizá un día a mí se me aparezca un difunto.
-¿Aún no superas el haber reprobado el año escolar? -comentó la muchacha al instante que lo abrazaba con ternura-. La venganza nunca es buena, quizá mañana retomes tus estudios y logres llenar ese hueco que te dejó esa amarga experiencia. Aún no termino de comprender por qué reprobaste si eras el mejor alumno.
-Es derivado del recelo profesional –musitó con amargura-. No siempre el maestro trata de apoyar al mejor alumno, es todo lo contrario, le coloca obstáculos para que fracase y no se convierta en competencia, desea ser el sol y que nosotros únicamente reflejemos su luz como la luna, pero ya no hablemos de eso.
-De acuerdo –externó la muchacha-. Pero no es para que te enojes y para que recuperes tu buen humor te diré que ya entregué todas las invitaciones acepto una.
-Sí, ya se lo que dirás –remarcó el muchacho fastidiado-. La última invitación que te falta por entregar es la de la familia del cretino profesor.
- Está bien, la romperé, lo importante es de que tú te sientas bien –externó la muchacha.
-No hagas eso, yo se la entregaré personalmente -agregó el muchacho-. Después de todo fue nuestro profesor, un poco cómico e idiota.
- Que es lo que pretendes al llevarle la invitación -interrogó intrigada la muchacha-. Eres muy impulsivo, mejor olvida lo ocurrido.
-Ponte en mi lugar y me comprenderás –externó el muchacho-. Si recuerdas era mi proyecto de vida, todo lo que se me presentó lo tuve que sortear, reporté a mi anterior jefe por no darme la oportunidad de estudiar, derivado de ello me citaron para que realizara las aclaraciones pertinentes, y contra viento y marea me dieron la razón. Con ello me enemisté con el vampiro del Director, desde ese instante me rastrea como mastín, solamente espera una oportunidad para exigirme la renuncia, en gran medida tiene razón, ridiculicé a su compadre, ello lo tomó como una ofensa personal. En aquel entonces mi estrella era radiante y vislumbraba éxito, hoy me encuentro girando en la misma orbita como la luna. ¿Dime cómo le voy a hacer ahora que he reprobado por el capricho de un insignificante ser que no es merecedor del aire que respira?
-Relájate, mañana te ayudaré a redactar ese oficio para que lo entregues en tu trabajo –externó la muchacha-. Las oportunidades te seguirán sonriendo, pronto te convertirás en un reconocido escritor, es cuestión de que tengas paciencia y la casa editorial le dé el visto bueno al libro. Tú naciste para ello y el reconocimiento te lo otorgarán los lectores, no un profesor.
-Qué más te queda decir -comentó el muchacho-. Pronto serás mi esposa y deberás apoyarme aún cuando no tenga la razón. Por favor no me hables del libro, con la suerte que traigo puede que a nadie le agrade y también fracase.
-La luna sigue siendo hermosa e inspiradora –recalcó la muchacha-. Igual que la poesía que recitantes la otra noche, por favor tratemos de ser felices, estamos bajo el mismo cielo y nosotros somos los mismos.
-Te amo, como un loco –le musitó al oído-. Pero hoy he comprendido que la luna inspira a lunáticos desquiciados, ella los trastorna y los hace sentirse poetas. Quizá yo sea uno de ellos y no me he dado cuenta y mucho menos lo he aceptado, mis emociones y sentimientos son tan profundos como claros que en algunas ocasiones me aterran.
-Que no te afecte ser como eres –aconsejó Lucía-. Ya no recuerdas que me enseñaste a alejarme de todo lo superficial, eres extremadamente creativo y hasta en lo siniestro tienes un toque especial, serías capaz de cortarle la cabeza al profesor, pintarla de verde y decir que es un coco.
-En otras palabras, un sádico –comentó Emilio-. Pero viéndolo bien sería el mejor regalo de bodas que pudieran obsequiarme.
-Basta de locuras –externó la muchacha-. Tú serás un escritor romántico, no de terror. Paulina realizó hasta lo imposible para que continuaras estudiando, decía que eras el mejor compañero que había tenido, y en más de una ocasión me dieron celos por su proceder. Qué me dices de Malen que no aceptó lo ocurrido y fue a hablar con el Director. Por ello nos enteramos que cuatro compañeros se encontraban en la misma situación, extrañamente al final todos pasaron el año, ello dio motivos para que se pusiera en tela de juicio la reputación del maestro, con seguridad que es un loco carente de ética profesional.
-Tú lo has dicho –contestó el muchacho-. Puede ser que también sea un lunático que en este instante se encuentre contemplando la luna igual que nosotros.
-No lo creo –agregó Lucía-. Es cierto que al profesor le agradaba estar pegado al telescopio en espera de alguna estrella fugaz o un eclipse lunar, pero en esta ocasión no será así, por lo que te puedo dar por adelantado tu añorado regalo de bodas con la única condición de que jamás me lleves a conocer ese lugar que le llamas el descanso de los muertos.
-¿Quieres decir que...? –comentó el muchacho sin atreverse a completar la pregunta.
-Acertaste –contestó la muchacha al instante que le dio un beso en los labios y la luna comenzó a enrojecer al ser alcanzada por el cono de penumbra y el eclipse comenzó.

Fernando Cerano Pedroza
(México)


martes, 10 de mayo de 2016

NERUDA, Pablo: Me peina el viento los cabellos


Me peina el viento los cabellos
como una mano maternal,
abro la puerta del recuerdo
y el pensamiento se me va.

Son otras voces las que llevo,
es de otros labios mi cantar,
¡hasta mi gruta de recuerdos
tiene una extraña claridad!

Frutos de tierras extranjeras,
olas azules de otro mar,
amores de otros hombres, penas
que no me atrevo a recordar.

¡Y el viento, el viento que me peina
como una mano maternal!

Mi verdad se pierde en la noche
¡no tengo noche ni verdad!

Tendido en medio del camino
deben pisarme para andar.

Pasan por mi sus corazones
ebrios de vino y de soñar.

Yo soy un puente inmóvil entre
tu corazón y la eternidad.

¡Si me muriera de repente
no dejaría de cantar!

Pablo Neruda
(Chule, 1904/1973)

martes, 3 de mayo de 2016

BRECHT, Bertolt: Preguntas de un obrero ante un libro


Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces, 
¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china,
¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?
Bizancio, tan cantada,
¿tenía solo palacios para sus habitantes?
Hasta en la fabulosa. Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse
su flota. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la venció, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba sus gastos?

Una pregunta para cada historia.

(Alemania, 1898/1956)

 

miércoles, 27 de abril de 2016

CORTÁZAR, Julio: Ley del poema


Amargo precio del poema,
las nueve sílabas del verso;
una de más o una de menos
lo alzan al aire o lo condenan.

Somos el ajedrez de un río,
el naipe siempre entre dos lumbres;
caen las caras y las cruces
a cada curva del camino.

Cae en el verso la palabra,
en el recuerdo llueve el llanto,
cae la noche, cae el pájaro,
todo es caída amortiguada.

¡Oh libertad de no ser libre,
golpe de dados que desata
la sigilosa telaraña
de encrucijadas y deslindes!

Como tu boca a la manzana,
como mis manos a tus senos,
irá la mariposa al fuego
para danzar su última danza.

(1914/1984)




lunes, 25 de abril de 2016

FONTANARROSA, Roberto: El sordo


El tipo apareció de improviso, ante la indiferencia general, por detrás de la columna. Se inclinó por sobre el hombro del Sordo, lo tocó en un brazo y le dijo: "Quiero hablar con vos". El sordo levantó la vista, lo miró con el ceño fruncido como si no lo conociera, pegó una hojeada sobre los otros componentes de la mesa y amagó una evasiva. 
-Vamos allá -dijo el otro, señalando las mesas del fondo. El Sordo se puso de pie, serio. Casi ninguno, ni Pochi, ni Roger, ni Gustavo, se habían percatado de la situación.
-Pagale al hombre, che -dijo en voz alta, Ricardo, el único que había caído en la cuenta.
-¿Siempre lo mismo, Sordo? -se anotó el Zorro, zumbón-. No lo cagués al muchacho.
Pero el tipo, muy serio, ya se alejaba hacia el fondo. Ahora sí, los demás hicieron un instante de silencio, prestándole una mínima atención al suceso.
-Parece que viene pesada la cosa -se rio el Zorro.
-¿Y no lo escuchaste al punto? -preguntó Ricardo-, "Quiero hablar con vos", le dijo. Nada de "¿Podría hablar un momentito con vos?" o "¿Tendrías un minuto para atenderme?". Nada. "Quiero hablar con vos" y a la lona.
-Será cana. 
-Es un novio que se levantó el Sordo en las vacaciones -dijo Pochi.
-Se habrá puesto celoso el quía -supuso el Zorro.
-Lo ve con tantos machos.
-¿Dónde "machos"? -se hizo el boludo, Guillermo. Y sin transición alguna volvieron al tema de las bailantas y de las tres negras que había traído el Flaco Campana del Brasil para bailar en los pueblos. "No le queda guita pero coge al costo", justificaba el Pochi.
El tipo se había sentado enfrente del Sordo y se quedó mirando hacia el lado del mostrador, los ojos entrecerrados, rebuscando algo con la lengua entre los dientes, tomada la mano que sostenía el pucho en el reborde de aluminio de la mesa. El Sordo pudo mirarlo un poco más. Sin ser muy alto, tenía cierta pinta de bestia. Algún pozo de viruela en la mejilla, sombra de barba, remera de marca desconocida abierta en sus tres botones. Prolijo, pese a todo. Por un momento bastante largo pareció que el tipo no iba a empezar a hablar nunca.
-Vos te encamaste con mi mujer -soltó de golpe mirándolo, ahora sí, al Sordo.
-¿Cómo? -el Sordo adelantó la cabeza con un sobresalto elástico del cuello, como un tero al caminar.
-Que vos te encamaste con mi mujer. 
-¿Con tu mujer?
El otro había adelantado el maxilar inferior dejando un orificio circular entre sus labios, por donde el humo del cigarrillo escapaba y le nublaba los ojos. No dijo nada más, y, por el casi imperceptible trepidar de la mesa, era notorio que oscilaba una pierna pivoteando sobre el pie flexionado como si cosiera a máquina.
-Esperá un cachito... Esperá un cachito... -se rascó una ceja el Sordo amagando una sonrisa forzada-. Yo a vos... ¿te conozco?
-Sí, me conocés...
-Porque, vos acá aparecés... -sobrevoló la información del Sordo- me venís a buscar a la mesa, me presionás para que venga a hablar con vos... Me hacés levantar de la mesa donde... 
-Sí me conocés...
-...yo estoy con mis amigos conversando lo más tranquilo y, de rompe y raja, me salís con esto de que... 
-No te hagas el turro que me conocés... 
El Sordo paró. Se quedó con la mano izquierda cerrada con la punta de los dedos hacia arriba, interrogante, junto al pecho.
-¿Que yo te conozco? ¿De dónde te conozco? A ver si nos volvimos todos locos. 
-Me conocés de la puerta de la escuela Mariano Moreno, de Paraguay al 1200... Vos vas a buscar a tu piba ahí. Y yo también. 
-¿Vos también?
-Sí, señor... Y a veces voy yo y a veces va mi jermu. Y vos a veces chamuyás con mi jermu ahí y otras veces... -el tipo inclinó la cabeza como si quisiera apoyar una oreja en el nerolite de la mesa en tanto golpeaba con el índice- chamuyás con ella acá, en este mismo boliche. 
-¿Acá?
-Sí señor -el tono del tipo tenía un atisbo de grosería y un siseo remarcado. 
-Y... ¿Quién es tu mujer? 
-No te hagás el boludo que vos sabés muy bien quién es mi mujer. 
-No, mi viejo... -se enojó el Sordo-. No sé quién es tu mujer y tampoco tengo la más puta idea de quién sos vos... Vos me venís con eso de que vas a buscar a tus pibes a la escuela Mariano Moreno y yo también voy de vez en cuando a buscar a mi piba a esa escuela; pero te puedo asegurar que no me acuerdo ni en pedo de vos ni de tu cara ni de un carajo... 
-No levantés la voz, no levantés la voz -pidió el otro, lo que en parte tranquilizó al Sordo. Al parecer, el inquisidor no buscaba un escándalo aunque su tono estaba más cerca de la amenaza que del paternalismo-. Y no te hagas el boludito -al decir "boludito" sacudió hacia ambos costados la cabeza acompañando cada sílaba-. No te hagas el boludito -repitió- porque la semana pasada yo fui con mi mujer a buscar los pibes al colegio y vos estabas ahí, y justo estabas al lado nuestro, y estuvimos hablando, así que no me vengas con que no sabés quién mierda es el que tenés sentado enfrente.
El Sordo se tiró hacia atrás en su silla, en parte como asombrado, en parte para alejarse de ese par de ojos que amartillaban el reproche demasiado cerca suyo. Unió las manos en una palmada y se mordió el labio inferior. 
-Esto es increíble -dijo como para sí-. Pero mirá las cosas que uno se tiene que bancar -observó hacia todos lados como buscando una explicación y, de paso, constató si los muchachos de la mesa seguían las alternativas del episodio y si llegado el momento, se hallaban dispuestos a entrar en acción en caso de que volara el primer tortazo.
-El que me la tendría que bancar soy yo -se señaló el pecho el otro-. Y no me la banco. Así que no me vengas con que no me conocés y tampoco conocés a mi mujer porque está muy claro que no es así. Y tampoco andés mirando para tu mesa porque ninguno de esos pelotudos va a venir a ayudarte. Esos son muy buenos para hablar al pedo pero a la hora de los bifes se borran todos. 
-Pero ¿Qué decís? ¡Pero escuchame! -quedó cortado el Sordo, enojado, no tanto por el análisis social que el intruso había esgrimido impunemente sobre sus amigos sino más bien porque aquel tipo se había dado cuenta de su mirada de auxilio hacia la base-. ¡Me pongo así para escucharte con el oído sano! ¿O por qué te pensás que me dicen el Sordo?
-Sí, señor... -siguió el otro-. Porque en este boliche son muy de pajearse en charlas intelectuales, son muy del franeleo pajero todos ustedes y de hacerse los nórdicos, los suecos, en la cuestión de las minas. Pero en donde yo me crié, toda esa histeria, no corre, mi querido. Allá estas cosas se resuelven sin tanto psicoanálisis, estas cosas se resuelven como se resuelven en el barrio. Y yo sabía, estaba seguro, que esto iba a pasar cuando mi mujer me dijo que venía a este boliche de mierda, lleno de trolos, de pichicateros y de pajeros.
-Pará un cacho... pará un cacho... -buscó aire el Sordo, sin saber muy bien cómo seguir. 
-Y por eso vos me vas a explicar bien explicado cómo fue todo este fato con mi mujer, con la hija de puta de mi mujer... 
-Pará un cacho... -continuó haciendo tiempo el Sordo-. Te digo una cosa... Te digo una cosa... Yo te estoy respondiendo, te estoy contestando por una elemental regla de cortesía. Por una... digamos... elemental norma de respeto -el otro lo miraba sin entender-. Pero la verdad es que no debería darte ni cinco de pelota, ni cinco de bola debería darte... Vos no sos mi viejo, ni sos cana, ni sos el fiscal de la Nación para venir a apurarme con este asunto de...
-¿Sabés quién soy yo? ¿Sabés quién soy yo? -el otro volvió a echar el torso sobre la mesa-. Yo soy el esposo de Marcela. El marido de Marcela. Ese soy yo. El esposo de la mina con la que vos te encamaste. O te encamás. Eso lo tengo que averiguar todavía... 
El Sordo lo miró un momentito.
-¿Quién es Marcela? ¿De qué Marcela me estás hablando? 
-Marcela Tessone... ¿La ubicás ahora? -podía decirse que una sonrisa cínica merodeaba la boca del tipo. 
-¿Tessone? Mirá... -el Sordo adoptó un tono condescendiente, como si tuviese que explicarle a un niño un tema muy distante de su capacidad de razonamiento-. Acá todo el mundo se conoce por el nombre o por el apodo. Yo, hay muchachos de la mesa esos que vos decís que son todos putos, que se borran todos, a los que conozco nada más que por el apodo, ¡y los conozco desde hace años! Pero que no tengo ni la más puta idea de cómo se llaman, del nombre, del apellido, de nada. Por eso vos me decís Tessone y yo te digo... que sí... que puede ser... que por ahí la... 
-La morocha, alta, medio narigona... Que vos le prestaste el libro de Soljenitsyn... 
El Sordo se quedó mirándolo. No había mayores posibilidades de evadir el tema. Y el tipo había pronunciado el nombre de Soljenitsyn bastante bien. 
-¿Un libro de Soljenitsyn? -caviló, sin embargo, frunciendo los labios-. Ah sí... 
-Para iniciarla en lo intelectual... -de nuevo la sorna.
-Sí... Ya sé cuál es... 
-Y la boluda se deslumbra con cualquier cosa. Hasta con un Patoruzito se deslumbra... 
-Marcela... 
Se quedaron un momento callados, observándose. Filoso el tipo. Más a la defensiva el Sordo. 
-¿Entonces? -sacudió el tipo. 
-Entonces... ¿Qué? 
El otro mantuvo la mirada fija.
-Y sí -admitió el Sordo sin arriar demasiado sus banderas-. A veces hablamos con tu mujer. Si es esa que vos decís, a veces hablamos. Acá, en el boliche. Cuando ella viene. Pero te digo que viene muy de vez en cuando. Pero nada más. Yo a ella casi no la conozco. La conozco a la amiga. 
-A la Patri. 
-A esa. A la Patricia. A ella la conozco más. 
-¿Así que la conocés a la amiga? -de nuevo la ironía-. La conocés a la amiga pero le prestás un libro a mi mujer.
-A tu mujer la conozco pero... oíme... la conozco como uno puede conocer a tanta gente en esta ciudad. Que la conocés de verla mil veces por la calle. Como... como vos me decías que yo te conocía a vos, de la puerta de la escuela. Pero eso no quiere decir que te conozco. Sí por ahí te veo y digo: "Qué cara conocida", pero nada más... Rosario es una ciudad chica... Y hablo con ella como puedo hablar con tanta gente que viene acá, somos todos amigos... 
-Sí... Amigos... Amigos... Son todos muy amigos... 
-Pero nada más...
El otro se pasó la mano por la cara como para modelarse de nuevo los pómulos.
-Mirá, mirá... -dijo-. No me vengas con versos, a mí ya no me caben los versos... 
-Pero... -arremetió el Sordo-. ¿Y de dónde salió eso de que yo me encamo con tu mujer? ¿Quién te dijo eso de que yo me encamé con tu mujer? ¿Quién te fue con esa pelotudez?
-Ella. Ella me lo dijo. 
El Sordo sintió el impacto. Se demudó. Miró hacia el techo, hacia la mampara de madera que separaba el salón del quiosquito que da a la calle Sarmiento. Vio a Pedro riéndose con una mina. A Cary y a Querol hablando con una pendejita rubia. El mundo seguía andando y él no podía creer todavía que estaba sentado allí, en el banquillo de los acusados, ante un inquisidor que manejaba más información de la tolerable. 
-¿Ella te dijo eso? ¿Marcela? 
-Sí señor. Marcela me lo dijo. 
El Sordo meneó la cabeza. 
-¿Ella te lo dijo? 
-Ella. 
-Mentira.
-Ah, claro... Aparte de cornudo, mentiroso... -se sonrió el tipo, inexplicablemente cordial. 
-¡No! Digo, mentiras de ella. Mentiras, bolazos. Te está macaneando...
-Ah... Me está macaneando... 
-¡Sí señor! Seguro, por supuesto. Te está macaneando. Está hablando al pedo. No puede decir esa barbaridad, esa pelotudez... 
-¿Y para qué me lo dice? ¿A ver?
-Qué se yo. Te querrá joder. Te querrá cagar la vida. Andá a saber. Vos sabés cómo son las mujeres. Las mujeres suelen ser muy hijas de puta, muy...
-Cuidado con lo que decís... 
-Bueno... -el Sordo ya no sabía de dónde podía venir el cachetazo, adónde podía pisar sin que estallase una mina-. Te lo digo en un sentido muy... 
-Tenés razón, tenés razón... -acordó el otro, sin embargo-. Mi mujer es una hija de puta, pero no es boluda. No es ninguna boluda. Y no va a venir a decirme una cosa así gratuitamente, para que yo la cague a trompadas. No me vino a decir que se le habían pasado los fideos o que se había olvidado un paraguas, querido. Me vino a decir que se había encamado con un tipo... 
-Sí... ¡Y justo me viene a elegir a mí! ¡A meterme en un quilombo a mí! 
-... y ella sabe que yo no soy un intelectual, mi viejo, ella sabe que yo la voy a cagar a trompadas, no se la va a llevar de arriba si me aparece con una cosa de esas... 
-Te querrá cagar la vida, viejo. Qué sé yo... Te sale con esas cosas porque te habrá dado la cana con alguna mina. Te conocerá alguna fulería y en esas cosas las mujeres son muy vengativas. Son capaces de inventar cualquier historia con tal de...
-¿Inventar cualquier historia? -embistió el otro-. ¿Inventar también el día en que se encamó con vos? ¿Y la hora? ¿Y el telo al que fueron? 
-¿El telo? ¿Te dijo el telo? Pero... 
-Además, querido... ¡Yo no soy de engañar a mi mujer, mi viejo! -el otro estiró una mano hacia adelante mostrando al Sordo la palma como si lo hubiesen herido en lo más profundo-. Yo podré tener mil quilombos con mi mujer, pero eso no hace que yo ande haciéndome el pelotudo con cualquier mina que se me cruce. Que ella sea una guacha no quiere decir que... 
-¿También te dio el nombre de un telo? ¡Dios querido! Pero qué imaginación que tiene esta mina... -el Sordo volvió a estallar sus manos en una palmada. 
-Nada de imaginación, mi viejo. Nada de imaginación -el tipo variaba el ángulo de sus ataques con una velocidad incontrolable-. No sigas haciéndote el boludo porque ella me lo dijo todo, me batió todo, me lo contó todo... 
El Sordo lo observó, algo desarmado. 
-...y ella será una guacha que podrá venir a joderme con muchas cosas, pero nunca con ese tema -siguió el tipo-. Y si me viene a contar una cosa así, es porque es cierto, es verdad. Eso que me dijo es cierto. 
Otro silencio. El Sordo resopló, enarcó las cejas poblando su frente de arrugas paralelas y horizontales. 
Luego se encogió de hombros.
-Y bueno... -suspiró- ¿Qué querés que te diga?... si ella te dijo eso... Si ella me manda al muere... 
-El jueves pasado. A las siete de la tarde. En el Gato Negro. Con video porno y todos los chiches... 
-Y dale, bueno... Agregale cama de agua también... Nunca hubiera imaginado que a Marcela se le podían ocurrir tantas cosas...
-Entonces, viejo... -pisó firme el otro- yo quiero que arreglemos este asunto. 
El Sordo lo miró, ceñudo, curioso. 
-Afuera -señaló el tipo con el mentón. 
-Pero... ¿Qué estás diciendo? 
-Lo que te digo. En donde se te ocurra. Los dos, vamos y...
-Pero... ¿de qué me hablás?
-Nos cagamos bien a trompadas. 
-¿A trompadas? -el Sordo lo miraba con una expresión de infinito asombro-. ¿Pero vos estás en pedo? 
-Sí señor. A trompadas. 
El Sordo se recostó, relajado, sobre el respaldo de su silla. 
-Yo no me cago a trompadas ni por mi vieja -aclaró. 
-No la metas a tu vieja en este asunto. 
-Yo a mi vieja la meto donde se me cantan las bolas. Ahora lo único que falta es que venga cualquiera a decirme lo que tengo que hacer con mi vieja.
-Lo que pasa es que acá -generalizó el otro- están muy acostumbrados a parlarla demasiado, querido. Acá, vos y todos estos pajeros están muy acostumbrados a charlarla lunga, de cualquier cosa. Resuelven el fato de la guita, de la política, de la Revolución, sin levantar el culo de la silla. Son revolucionarios de café ustedes. Idiotas útiles. Y vos te creés que conmigo va a ser lo mismo. Y que vas a poder explicarme cómo fue que te cogiste a la hija de puta de mi mujer en una charla, en una conferencia de prensa; que me vas a poder decir cómo que te la empomaste y yo te voy a decir: "¡Pero mire qué bien, qué cosa más interesante! ¿Qué diría Soljenitsyn a todo esto?". O algún otro de esos escritores culorrotos que ustedes se pasan leyendo todo el día...
-Te equivocás, te equivocás... -dijo el Sordo, jugueteando con un tiquet viejo de consumición entre los dedos-. No nos pasamos leyendo. Vos estás confundido -más tranquilo al comprobar que, pese a esa encendida llamada a la acción directa, pese a esa invitación a la violencia, la cosa venía demasiado dialéctica como para derivar en un holocausto. 
-Conmigo no corre esa. Esa mano no corre conmigo... 
-Tu mujer no se encamó conmigo -afirmó el Sordo-. Y te voy a decir una cosa, te voy a decir una cosa... Vos podés creer lo que se te cante las pelotas, después de todo es tu mujer. Pero te voy a decir una cosa, como para que vos entiendas...
-No hay nada que entender, mi viejo... Esto está muy claro... Acá lo...
-¿Sabés por qué no me encamé con tu mujer, ni me encamo, ni me encamaría nunca? 
Ahí sí el tipo lo miró, atento.
-¿Sabés por qué? -reafirmó el Sordo.
-¿Por qué? 
-Porque tu mujer no me gusta. 
-¿Cómo que... no te gusta? 
-No me gusta. Muy simple. No me gusta. 
-¿Por qué no te gusta? 
-Es jovata, viejo. Está muy achacada. 
-¿Jovata? ¡No tiene 40 años, querido! ¡No seas pelotudo! 
-Mirá, si no tiene 40 años, los aparenta. Te digo más, yo le daba cerca de 45. 
-37 pirulos tiene. Recién cumplidos. 
-¡Y bueno! 
-¿Qué? ¿Me vas a decir que alguna de estas pendejas que están por acá, aquella, por ejemplo, con esa pinta de muerta de hambre, están mejor que mi mujer? ¿Pero no ves la pinta de pichicateras que tienen todas, que parece que hace mil años que no toman sol, fumadas todas, sucias, los pelos roñosos? ¿Esas son las pendejas que te gustan a vos? ¡Por favor! Dejame de joder. Además, no me vengas con versos, mi viejo. Si vos tampoco sos ningún pendejo. ¿O me vas a venir con que a vos las pendejas todavía te dan pelota? No te dan ni cinco de pelota a vos, mi querido. ¿O te pensás que yo no te veo? ¿O por qué te pasás, acaso todas las tardes, sentado en la mesa de todos esos viejos chotos como me dice Marcela que te pasás? Porque te dan mucha bola las pendejas, seguramente. Por eso. Viejos chotos haciéndose los galanes... 
-A mí no me gusta...
-Además, mi mujer, será una hija de puta que se encama con el primer pelotudo que le cruza, pero se rompe el culo haciendo gimnasia para mantenerse en forma, querido. ¡Las veces que me he tenido que hacer la comida cuando vuelvo del trabajo porque ella está haciendo la gimnasia, tirada enfrente del televisor con la mina esa y el grone de la ESPN, que hacen gimnasia arriba de un portaaviones! Y te va al gimnasio, y te sale a correr... 
-No me gusta. No me digas porque no me gusta...
-Más de una de estas pendejas querría tener el culo que tiene mi mujer. Las gomas que tiene mi mujer, mirá lo que te digo... 
-A vos te parece porque sos el marido. Tenés que convencerte porque... 
-¡No me tengo que convencer un carajo, querido! Yo no soy tan boludo, no me pongo ciego ante la realidad, yo no me engaño... Marcela será una guacha pero sigue estando buenísima... ¿O te creés que yo no veo cómo la miran los tipos por la calle?
-No me gusta. 
-Tendrías que verla en bolas... Bueno... -saltó el tipo-. ¡Si vos la viste en bolas, hijo de puta! ¡Oíme, salgamos y...!
-No es eso, no es eso... Yo no te digo que no esté buena... 
-¿Qué no va a estar buena? ¿Y qué me decís entonces? 
-No sé... No es mi tipo de mujer... No... No... Qué sé yo... Vos no lo tomés a mal, pero... La nariz... 
-¿Qué pasa con la nariz? ¡Ahora no me vengas con que no te gustan las narigonas! Al contrario. Eso es lo que hace interesante a una mujer... ¡Mirá la Bárbara Streisand, por ejemplo, mirala a ella! Ahora no me vas a salir con que te gustan estas pendejas que se hacen la estética y que quedan todas con la misma napia. Esas te gustan, seguro, esas narices de mierda que parecen caniches...
-No es eso...
-Además... A la Ley de Almada, mi viejo. Le tapás la cara con una almohada. 
-No es eso... 
-¡Por favor, mi viejo! ¿Qué me venís? 
-Es que a mí me gusta la mujer más... ¿cómo decirte? Más... 
-¿Más qué? 
-Más dulce, ¿me entendés?... Más modosita... Más manuable... Tu mujer, Marcela, es muy grandota, muy agresiva. Demasiado... 
-¿Agresiva? ¡Porque tiene personalidad, querido! Ella es así. Avasallante ¿O querés una boluda de esas que se creen una muñequita de lujo? 
-No te digo agresiva... 
-¡Porque te sabe llevar una conversación! Eso es lo que te jode. Están todos acostumbrados a estar con minas que se callan la boca y le dicen que sí a todo, y no se bancan una mina que tenga los ovarios bien puestos como para copar una mesa y opinar de las cosas igual que los tipos. Eso es lo que pasa. ¡Claro! Todos los piolas de tu mesa pueden decir mil pelotudeces de lo que se les cante pero si aparece una mina con ideas propias no se la aguantan... 
-Será así... Será así... Por ahí tenés razón... 
-Lo que pasa es que ella te sabe llevar una conversación y...
-Y te aclaro que ella no viene a la mesa nuestra.
-Porque ha estudiado, mi viejo ¡Y quién te dice que no ha estudiado más que cualquiera de todos estos intelectuales...! ¡Intelectuales de la poronga! 
-Seré chapado a la antigua. Lo admito -enarcó las cejas el Sordo, casi como apesadumbrado. 
-Fijate que al final, yo... -no detuvo su arremetida el otro- que no soy lo que puede decirse un tipo de estudios, porque apenas si tengo el secundario, me banco una mina evolucionada. Pero ustedes no. Para ustedes una... 
-¿Sabés lo que pasa? ¿Sabés lo que pasa? Yo seré un antiguo, pero me jode que una mina te interrumpa cuando estás hablando, ¿viste? No te digo que me joda que hable. Pero que sepa respetar cuando el que habla es otro. Que no se meta. Y eso es lo que hace Marcela. Se mete. En ese aspecto es... desubicada... grosera... 
-¡Por favor! ¡Mirá con lo que me salís! 
-Te digo más... Más de una vez, pensé, te juro que pensé, sin conocerte, eh, sin conocerte... "Pobre tipo el marido de esta mina! ¡Lo que debe ser aguantar a esta mina!".
-Pero... ¡Por favor!... Ella... ¡Ella es una santa! Es incapaz de...
-Porque una cosa es charlar un ratito acá, todo muy bien, muy lindo, muy entretenido. Pero otra cosa es tenerla todo el día en tu casa y... 
-¡No estás a su altura, querido! ¡No estás a su altura!... Es una señora... 
-Te digo más... Ahora que te conozco, ahora que te conozco y veo que sos un tipo honesto, frontal, un tipo que va de frente, como viniste de frente conmigo, un tipo que tiene la grandeza de plantear una cosa delicada como esta, cara a cara... merecerías otra mina. No sé... Más dulce, menos agresiva, menos jodida. 
-Por favor... Ya quisieras vos encontrar una mina como Marcela. Ya quisieras vos... 
-Puede ser... -caviló el Sordo. La conversación parecía haberse agotado-. Puede ser... 
El otro miró el reloj. 
-Me voy -dijo-. Ya debe haber llegado -se paró. El Sordo también, las manos en los bolsillos. 
-¿Tomamos algo? -frunció las cejas, mirando la mesa vacía y tratando de recordar. El tipo negó con la cabeza. 
-Chau -dijo-. Pero la vamos a seguir -advirtió. Y se fue por la puerta de Sarmiento y Santa Fe. El Sordo se volvió para la Mesa de los Galanes. Cuando el tipo pasó junto a donde estaban Cary y Querol, hizo un gesto con el mentón señalándole al Sordo la adolescente flaquita que charlaba con ellos. 
-¡Seguro que una cosa así te gusta a vos! ¡Qué vas a comparar! -casi gritó, antes de continuar su retirada. 
El Sordo admitió con un gesto ambiguo y siguió para su mesa. Esta se había poblado bastante. Habían llegado el Pitufo, el Peruca, Belmondo y Hernán. El Sordo tuvo que buscarse una silla de otra mesa y ubicarse en segunda fila, en un ángulo poco favorable. 
-Mirá vos -se rio el Zorro-. Tenías ringside y te lo cagaron. 
El Sordo iba a contestar cuando volvió el tipo, por el mismo lado que la vez anterior, por detrás de la misma columna. Era obvio que había salido por la esquina y había vuelto a entrar por Santa Fe. Le tocó el hombro al Sordo y se agachó para hablarle al oído. 
-¿Sabés por qué vos decís eso? -le dijo. El Sordo esperó, fastidiado-. ¿Sabés por qué vos decís eso? 
-¿Qué digo? 
-Que no te gusta.
-¿Por qué? 
-Porque Marcela no te da pelota. Por eso -el Sordo giró para mirarlo-. No te da bola. 
-Sí... Seguro... 
-Claro, querido. Como eso de la zorra y las uvas... "Estaban verdes".
-Sí... Seguramente... 
-Entonces decís que no te gusta, que es fea, que es un escracho... -el Sordo meneó, la cabeza con disgusto, resoplando.
-Sí, preguntale... 
-Y... ¡No le va a dar bola a un tísico como vos, justamente!
-Claro... Preguntale... -repitió el Sordo, ya engranado. 
El otro se irguió, siempre sonriendo y hasta se dio el lujo de palmearlo al Sordo en el hombro. 
- Sí. Seguro. Preguntale qué hizo el jueves a la tarde... A eso de las siete... Preguntale 
El otro le dio la última palmada de despedida y se alejó, contento. 
-¡Preguntale! -alcanzó a gritar, airado, el Sordo-. ¡Qué hizo! ¡Preguntale! Pero el otro había desaparecido por la puerta de la esquina. Y esta vez ya no regresó. 

(Rosario, Argentina, 1944/2007)

Todas las fotografías que aparecen en esta entrada corresponden al bar “El Cairo”, de Rosario, Santa Fe, Argentina, donde transcurren las acciones de varios de los cuentos del “Negro” Fontanarrosa