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miércoles, 19 de diciembre de 2018

ECO Y NARCISO



Eco era una ninfa que habitaba en el bosque junto a otras ninfas amigas y le gustaba cazar por lo que era una de las favoritas de la diosa Artemisa... 

Pero Eco tenía un grave defecto: era muy conversadora y además en cualquier conversación o discusión, siempre quería tener la última palabra. 
Cierto día, la diosa Hera salió en busca de su marido Zeus, al que le gustaba divertirse entre las ninfas. Cuando Hera llegó al bosque de las ninfas, Eco, la entretuvo con su conversación mientras las ninfas huían del lugar. 
Cuando Hera descubrió su trampa la condenó diciendo: 
—Por haberme engañado, a partir de este momento perderás el uso de la lengua. Y ya que te gusta tanto tener la última palabra, solo podrás responder con la última palabra que escuches ¡Jamás podrás volver a hablar en primer lugar!

Narciso era un joven cuya madre, ansiosa por averiguar el destino de su hijo, consultó al adivino ciego Tiresias: 
—¿Vivirá hasta la ancianidad? —le preguntó. 
—Hasta tanto no se conozca a sí mismo —replicó Tiresias. 
De modo que la madre se aseguró de que el hijo no viera nunca su imagen en el espejo. Al crecer, el chico resultó ser extraordinariamente hermoso y despertaba amor en todos cuantos lo conocían. Aunque nunca había visto su cara, podía adivinar a través de las reacciones ajenas que era bello; pero nunca se sentía seguro, de modo que para ganar confianza y seguridad en sí mismo dependía de que los demás le dijeran cuán bello era. En consecuencia, se convirtió en un joven absorbido por su propia persona. 

Eco, con su maldición a cuestas se dedicó a la cacería recorriendo montes y bosques. Un día vio a un hermoso joven llamado Narciso y se enamoró perdidamente de él. Deseó fervientemente poder conversar con él, pero tenía la palabra vedada. Entonces comenzó a perseguirlo esperando que Narciso le hablara en algún momento. 
En cierto momento, en que Narciso estaba solo en el bosque y escuchó un crujir de ramas a sus espaldas, gritó: 
—¿Hay alguien aquí? 
Eco respondió: 
—Aquí. 
Como Narciso no vio a nadie volvió a gritar: 
—Ven. 
Y Eco contestó: 
—Ven. 
Como nadie se acercaba, Narciso dijo: 
—¿Por qué huyes de mí? Unámonos. 
La ninfa, loca de amor se lanzó entre sus brazos diciendo: 
—Unámonos. 
Narciso dio un salto hacia atrás diciendo: 
—¡Aléjate de mí! ¡Prefiero morirme a pertenecerte! 
Ante el fuerte rechazo de Narciso, Eco sintió una vergüenza tan grande que llorando se recluyó en las cavernas y en los picos de las montañas. La tristeza consumió su cuerpo hasta pulverizarlo. Solo quedó su voz para responder con la última palabra a cualquiera que le hable y por eso desde entonces cuando hablamos en cavernas y montañas escuchamos cómo Eco nos responde siempre, pero solo a nuestra última palabra. 

Narciso no solo rechazó a Eco, sino que su crueldad se manifestó también entre otras ninfas que se enamoraron de él. Una de esas ninfas, que había intentado ganar su amor sin lograrlo le suplicó a la diosa Hera que Narciso sintiera algún día lo que era amar sin ser correspondido y la diosa respondió favorablemente a su súplica. 
Escondida en el bosque, había una fuente de agua cristalina. Tan clara y mansa era la fuente que parecía un espejo. Un día Narciso se acercó a beber y al ver su propia imagen reflejada pensó que era un espíritu del agua que habitaba en ese lugar. Quedó extasiado al ver ese rostro perfecto. Los rubios cabellos ondulados, el azul profundo de sus ojos y se enamoró perdidamente de esa imagen. Deseó alejarse, pero la atracción que ejercía sobre él era tan fuerte que no lograba separase, sino que por el contrario deseó besar y abrazar con todas sus fuerzas esa imagen que veía. Se había enamorado de sí mismo. 
Desesperado, Narciso comenzó a hablarle: 
—¿Por qué huyes de mí, hermoso espíritu de las aguas? Si sonrío, sonríes. Si estiro mis brazos hacia ti, tú también los estiras. No comprendo. Todas las ninfas me aman, pero no quieres acercarte. 
Mientras hablaba una lágrima cayó de sus ojos. La imagen reflejada se nubló y Narciso suplicó: 
—Te ruego que te quedes junto a mí. Ya que me resulta imposible tocarte, deja que te contemple. 
Narciso continuó prendado de sí mismo, ni comía, ni bebía por no apartarse de la imagen que lo enamoraba hasta que terminó consumiéndose y murió. 
Las ninfas quisieron darle sepultura, pero no encontraron el cuerpo en ninguna parte. En su lugar apareció una flor hermosa de hojas blancas que para conservar su recuerdo lleva el nombre de Narciso. 




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