ESTE BLOG PERJUDICA SERIAMENTE A LA IGNORANCIA

SI QUIEREN GASTAR MENOS EN CÁRCELES, INVIERTAN MÁS EN EDUCACIÓN

lunes, 8 de febrero de 2010

Metáfora


EN UN QUINTO PISO,

ALGUIEN SE CRUCIFICA

AL ABRIR DE PAR EN PAR

UNA VENTANA

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Oliverio Girondo

(Argentina, 1891/1967)

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"Apunte callejero" en "Veinte poemas para ser leídos en un tranvía"

sábado, 6 de febrero de 2010

BENEDETTI, Mario: Pasatiempo

Conciencia - 1980
Ricardo Carpani
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Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
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luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra
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ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros
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ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra
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Mario Benedetti
(Uruguay, 1920/2009)

viernes, 22 de enero de 2010

RULFO, Juan: Macario

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos... Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas... Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero... La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena que la leche de Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua... Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacia cosquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno está en la iglesia, esperando salir pronto a la calle para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura...: "El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro." Eso dice el señor cura... Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía está a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quién lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija... Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además, a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya más grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí ya no me sacará nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá, a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están... Mejor seguiré platicando... De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco...
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(Sayula, México, 1918 - Ciudad de México, 1986)

miércoles, 20 de enero de 2010

PASTORAL: Humanos

Humanos quieren llamarse ellos,

que matan a un ave al volar.

Humanos son los que con sus manos

la vista a un hombre le han de quitar.

Sí, también soy humano,

y lo fue mi hermano,

antes y después de morir.

Pero el odio, por la gente inculcado,

lo llevó a lo alto

y consiguió la paz.

Humanos son los que cavan trincheras,

son los que rompen higueras.

Humanos, humanos son.

Pastoral

Alejandro De Michele: voz y guitarra

Miguel Angel Erausquin: guitarra y voz.

Del disco "Humanos", editado en 1976

lunes, 18 de enero de 2010

ULANOVSKY, Carlos: Confesiones de un televisor blanco y negro

Soy un televisor blanco y negro. Hoy cumplo cuarenta años… Bueno, la verdad, para qué mentir, ya los cumplí pero a uno le queda siempre esa coquetería de quitarse algo de encima. Mi nombre es Zenith Capheart Raytheon pero muchos me llaman la tele, me dicen el jonca o el armatoste. Nací en Estados Unidos pero ya soy más argentino que el mate y nunca, nunca extrañé el Primer Mundo.
Vivo en lo de la familia Terrone en Caballito. Los miré fijo a los ojos durante tanto tiempo que conozco de ellos más de lo que se pueden imaginar. A lo mejor piensan que no me daba cuenta de que para pelearse y que los chicos no escucharan los gritos me subían el volumen a todo lo que daba. Con ellos vivo… Eso de que vivo es un decir: más bien sobrevivo. Se están por cumplir diez años desde que me desalojaron de la mitad del comedor y pusieron un televisor de color en mi lugar. Eso me dolió mucho. Del comedor pasé a la cocina, a estornudar con la pimienta, a lagrimear con las cebollas. De ahí a la pieza de la abuela hasta que la vieja murió. Ahora estoy tapado de la cabeza a los pies y soy el tercer televisor de esta casa. Y se tiene que venir el mundo abajo para que alguien se acuerde de mí. Por eso digo qué blanca, gris y negra vida la mía.
No me gusta la imagen que ofrezco a los demás. A veces sufro de mareos, tiemblo en horizontal y vertical, me quedo mudo de la impresión, me parece que me voy como por un tubo. Mi último gran momento fue durante el Mundial del ’78: quedé lleno de papelitos. Pero después de eso ya no hubo más mundiales para mí y ni para Malvinas me encendieron. Pensar que en ese momento yo dije, todavía somos mayoría. Ellos, los de color, eran cuatro gatos locos. ¡Cómo me equivoqué! Todos se volvieron locos por tener uno: y, lógico, tantos años escuchando estúpidos diciendo aquella frasecita “qué lástima, amigos, que la televisión no sea en colores”. Los televisores nuevos son otra cosa: lo traen todo más chiquito pero cuando me miran están agrandados. Tienen transistores, circuitos integrados, control remoto, sintonizador por rayos láser. Hace un tiempo me di cuenta de que me inspeccionaban por la espalda: “Videocasetera”, decía alguien y buscaba si yo servía o no. En 1981 yo discutía con otros televisores amigos: “Esto del color no va a andar”.
Odio el televisor en colores igual que la radio me odió a mí cuando llegué al hall de los Terrone a ocupar su lugar. Muchas veces recuerdo cuando era imprescindible. Me calentaban hasta los bulbos y suerte que llegaba “Un momento de meditación” cada medianoche a salvarme. A los artistas los pantalleo bien a todos desde Pinky, que pasó adentro nuestro buena parte de sus treinta mil horas de televisión, hasta Alberto Olmedo, sobre el que un bromista, un pesado, me dijo el otro día que se había suicidado. Cualquiera de ellos admitirá que es muchísimo más simple disimular las ojeras con el blanco y negro que con el color. Quiero mucho a los artistas. Los hacía grandes, chiquitos, malos, buenos, reían, lloraban y hasta se equivocaban y olvidaban lo que tenían que decir. Sí: a todos los llevo muy adentro de esta caja que es idiota solo cuando está hecha por idiotas.
No todo lo que pasó ante mis ojos y salió de mi garganta, cada día más afónica, fue bueno. No necesité ser en colores para ponerme colorado de vergüenza, verde de indignación, amarillo de aburrimiento, azul quedó como decía Mareco. Eso de las listas negras, por ejemplo: me puso violeta. No se le permitió trabajar a mucha gente valiosa. Censurar gente es lo peor pero también censuraron a la creatividad, a la imaginación, a lo distinto, a lo que parecía difícil, serio o profundo.
A veces me ilusiono porque alguien abre esta piecita en donde se amontona todo y la tierra me entra por todos los costados. Pienso que vienen a encenderme porque se descompuso el de color. Pero no: pruuuum, otra cosa encima. Me tienen para eso y por eso tengo muchos kilos de más. Vivo sosteniendo un montón de libros, sábanas rotas, frazadas apoliyadas y cajas de contenido desconocido.
Pensar que alguna vez fui importado, lindo, caro, nuevo y funcional. Es difícil aceptar la decadencia. Tanto como haberse venido abajo. Pero en este país lo viejo no vale nada. Y lo que es peor, los viejos tampoco. Por eso cuando el músculo duerme y el orthicón descansa, sueño que soy un jubilado y agarran pesadillas. Eso sí que no: antes de ser jubilado, prefiero ser un televisor blanco y negro.
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(ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO "PÁGINA 12" EL 17 DE OCTUBRE DE 1991)
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Carlos Ulanovsky nació en Buenos Aires en 1943 y es periodista desde 1963. Trabajó en numerosos diarios y revistas en los que con frecuencia desarrolló la temática de los medios de comunicación y su crítica, en especial, de la televisión. Es autor de doce libros, entre los que figuran TV Guía Negra (con Sylvina Walger, 1973) y TV Argentina 25 años después (1975). En esta misma editorial publicó Días de radio (con Marta Merkin, Juan José Panno y Gabriela Tijman, 1995, 2004), Paren las rotativas (1997, 2005) y Estamos en el aire (con Pablo Sirvén y Silvia Itkin, 1999, 2006). Entre 2003 y 2005 fue director de las radios de la Ciudad (AM 1110 y FM 92.7).

lunes, 11 de enero de 2010

BAYER, Osvaldo: Matar la poesía

Al salir de Europa algún fantasma nos espía. Es la sensación de la guerra. Todos estamos seguros de ella y sin embargo la esperanza trata de ahogar completamente al miedo. En el aeropuerto de Francfort encuentro el libro Dime que me amas, las cartas de amor de Marlene Dietrich y Erich Maria Remarque. No puede ser, me digo, no puede ser, me doy cuenta que no voy a dormir en el viaje. Que voy a estar despierto lleno de melancolías y esperanzas. Los dos más grandes pacifistas de mi niñez; ella, desafiando a todos los nazis. Él, el autor del libro antibélico por excelencia, Sin novedad en el frente. La historia de un estudiante enviado al frente. Donde es testigo de todo lo horrible, de la ferocidad y la estupidez de lo militar. Ese estudiante morirá en los últimos días de la guerra. El autor escribirá sencillamente: “Cayó muerto en octubre de 1918, en un día en que el frente se mostraba tranquilo y sin movimiento. Tanto es así que el comunicado oficial del comando del ejército sólo decía: ‘Sin novedad en el frente”. Las lágrimas de niño. El sollozar con voz ronca de pura impotencia, dolor, rabia.
Los dos enamorados hicieron sólo dos cosas maravillosas en su vida: el escritor, ese libro Sin novedad en el frente, a quien Hitler lo denominó el peor de los escritos en alemán y lo hizo quemar en plaza pública, mientras Erich Maria Remarque, el tímido, debió exiliarse en el exterior. Y Marlene Dietrich fue protagonista de esa película inolvidable para todos, El ángel azul. Se supo que Hitler la denominó su actriz preferida y sin embargo ella se quedó en Estados Unidos, aun sabiendo que ahí se acababa su vocación de berlinesa bien rea. Los dos, el escritor talentoso y tímido y Marlene, la amada por todos, se encontraron en Europa, se amaron hasta el delirio, se enviaron cartas que hoy siempre siguen siendo verdaderos poemas. Ella firmaba sus cartas con el seudónimo “El puma”. Y él la denominaba siempre así, “mi puma”. En las noches del encuentro, el puma se devoraba por entero al tímido y sensible escritor. Mientras duró la amistad celestial entre los dos, el puma tuvo nueve amantes, todos actores y actrices de primera línea. Pero él, cuando se encontraba con ella en los lugares más inverosímiles, recibía ojos de poeta enamorado y moría devorado. Todo lo que escribió después Erich Maria Remarque no puede ni compararse con la épica de Sin novedad en el frente. Todo lo que filmó Marlene Dietrich en Estados Unidos sirvió sólo para ser olvidado. Salvo sus canciones. Cuando cantaba en reo berlinés, los espectadores hombres dejaban de hablar con sus mujeres y se divorciaban. A los dos seres del arte siempre los unía la paz entre los pueblos y el antirracismo. Leer Sin novedad en el frente y escuchar a Marlene en “Dime dónde están las flores”, a todo ser sensible lo conmueve y lo mueve a creer en la paz y el abrazo entre todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Hoy, con la guerra de Bush y la cobardía de los bufones gratuitos, cuentan más que nunca los versos de la canción de Marlene cuando al final de la última guerra cantaba con una tristeza llena de enorme melancolía y sed de justicia a los jóvenes que marcharon a la guerra y fueron despedidos con flores por emocionadas muchachas:
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Dime dónde están las flores,
dónde finalmente quedaron.
Dime dónde están las flores,
dime lo que sucedió.
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Dime dónde están las flores
que las jóvenes cortaron tan rápido.
¿Cuándo podremos comprenderlo?
¿Cuándo podremos comprenderlo?
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Dime dónde quedaron las jóvenes,
sí, dónde quedaron.
Dime dónde están las jóvenes,
¿qué es lo que sucedió?
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Dime dónde están las flores.
Los hombres las recogieron rápido.
¿Cuándo lo podremos comprender?
¿Cuándo lo podremos comprender?
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Dime, ¿dónde están los hombres?
¿Por qué no regresaron?
¿Dime qué es lo que sucedió?
¿Dime qué es lo que pasó?
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Dime dónde están los hombres
que partieron cuando comenzó la guerra.
¿Cuándo podremos comprenderlo?
¿Cuándo podremos comprenderlo?
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Dime dónde están los soldados,
dime lo que les sucedió.
Dime dónde quedaron.
Dime dónde quedaron.
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Dime dónde han quedado,
dónde el viento sopla en sus tumbas.
¿Cuándo podremos comprenderlo?
¿Cuándo podremos comprenderlo?
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Dime dónde están las tumbas,
dime dónde quedaron.
Dime lo que sucedió.
Dime lo que les sucedió.
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Dime qué pasa en verano
cuando la brisa mece las flores.
¿Cuándo podremos comprender?
¿Cuándo podremos comprender?
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La voz se pierde, como un poema que no tiene fin. Ya marchan nuevos soldados. Ojalá que a ellos no les cante nadie. Ni haya mujeres jóvenes que les entreguen flores. Ellos van a matar. A matar las flores, la vida. ¿Dime, cuándo podremos comprender? ¿Por qué el hombre mata, quiere matar, le pagan por matar y sigue matando? Dime, ¿cuándo podremos comprender?
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Texto publicado en Página 12 el 1º de marzo de 2003
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(Argentina, 1927)
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miércoles, 6 de enero de 2010

HERNÁNDEZ, Juan José: Venganza

Todas las noches, antes de acostarse, ordena su colección de objetos preciosos: una araña pollito sumergida en formol, un talismán de hueso que tiene la virtud de curar los orzuelos, un mono de chocolate, recuerdo de su último cumpleaños, y la famosa medalla de su tío, que los chicos del barrio envidian: Alfonso XII al Ejército de Filipinas. Valor, Disciplina, Lealtad.
Su tío la llevaba de adorno, colgada del llavero, pero él insistió tanto que acabó por regalársela. Con su abuela las cosas son más complicadas. En vano le ha pedido aquella piedra que trajo de la Gruta de la Virgen del Valle, el año de su peregrinación a Catamarca. Durante un tiempo agotó sus recursos de nieto predilecto para conseguirla: se hizo cortar el pelo, aprendió las lecciones de solfeo. Su abuela persistió en la negativa. Ni siquiera pudo conmoverla cuando
estuvo enfermo de sarampión y ella se quedaba junto a la cama, leyéndole.
Una tarde, mientras bebía jugo de naranja, interrumpió la lectura y volvió a pedirle la piedra de la Virgen. Su abuela le dijo que no fuera cargoso, que se trataba de una piedra bendita y que con reliquias no se juega. El chico, enfurecido, derramó el jugo de naranja sobre la cama. La abuela pensó que lo había hecho sin querer.
Unos días después de este incidente, el chico abandonó la cama y cruzó a la casa de enfrente, donde vive la abuela. Tiene el propósito de sentarse en la silla de hamaca, cerca de la pajarera principal, y terminar Robinson Crusoe. Se siente débil y el médico ha recomendado que lo hagan tomar un poco de sol, por las mañanas. La casa de la abuela está llena de pájaros y plantas.
En los patios hay jaulas de alambre tejido con cardenales y canarios; a lo largo de las paredes, casales de pájaros finos seleccionados para cría; en el jardín del fondo, pajareras de mimbre con reinamoras. Tupidos helechos desbordan los macetones de barro cocido, y toda la casa es fresca, manchada y luminosa, como con luz cambiante de tormenta. Dentro de las habitaciones, la abuela, dos veces viuda, se consagra al recuerdo de sus maridos y a sus santos de siempre. San Roque y su perro, amparado por un fanal de vidrio, goza de la mayor devoción. Lamparitas de aceite arden todo el tiempo sobre la mesa que sirve de altar; flores de papel y un escapulario bordado en oro, con un corazón en llamas, completan la sencilla decoración.
Allí también está la piedra de la Virgen, brillante de mica y de prestigio.

Sentado en la silla de hamaca, el chico mira a su abuela, que ayudada por la criada riega las plantas, corta brotes malsanos y cambia el agua de las pajareras.
Tiene entre las manos Robinson Crusoe, pero no lee. Piensa en la piedra que nunca será suya, en la negativa odiosa de la abuela. No ha vuelto a hablarle del asunto desde la tarde en que derramó el jugo de naranja sobre la cama. Imposible robársela. Es una piedra bendita. Y quién sabe si al intentar hacerlo no cae fulminado por un rayo como se cuenta de Uzza, en la Historia Sagrada, que tocó el Arca de Dios. El chico quiere leer y no puede. Observa la pajarera principal cuyo techo, de lata verde, imita el de una pagoda china. La abuela y la criada están distraídas regando las hortensias del jardín del fondo. Entonces se incorpora sin hacer ruido y abre una puerta de la pajarera. El primer canario vacila, desconfía, trina, y de pronto echa a volar. Los demás, siguiendo el ejemplo, huyen alborotados hacia los árboles del vecino.
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Argentina, 1937/2007

martes, 22 de diciembre de 2009

BORGES, Jorge Luis: Ars poética

"Si sentimos placer, si sentimos emoción al leer un texto, ese texto es poético. Si no lo sentimos, es inútil que nos hagan notar que las rimas son nuevas, que las metáforas han sido inventadas por el autor o que responden a una corriente tal. Nada de eso sirve. Primero debemos sentir la emoción, después de tratar de explicar o de comprender ese texto. Si leemos un poema como un juego verbal, la poesía fracasa, lo mismo ocurre si pensamos que la poesía es solo un juego de palabras. Yo diría más bien que la poesía es algo cuyo instrumento son las palabras, pero que las palabras no son la materia de la poesía. La materia de la poesía -si es lícito que usemos esa metáfora- vendría a ser la emoción".


Texto recogido por Roberto Alifano - Revista "Crisis" Nº 41 - Abril de 1986

sábado, 19 de diciembre de 2009

GALEANO, Eduardo: Celebración del derecho de volar

Niños de Ollantaytambo
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La fantasía, ¿huye o anuncia? ¿Es desertora o profeta? El delirio, que niega la realidad que conocemos, ¿no presiente la realidad que necesitamos? ¿No serán los sueños más realistas que las vigilias?
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca de Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. Yo tenía una sola lapicera, y la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones de arqueología, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en el dorso de la mano. Y súbitamente corrió la voz, y de pronto me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería una cabra y quien una cobra, otros preferían pájaros, pájaros de alto vuelo o de lindo cantar, loritos conversadores, lechuzas asustadoras, y no faltaban los que pedían el dibujo de un dragón o de un fantasma.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca.
—Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima —dijo.
—¿Y anda bien? —le pregunté.
—Atrasa un poco —dijo.
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Eduardo Galeano
Uruguay, 1940

jueves, 17 de diciembre de 2009

AL HOMBRE DEL CIGARRILLO EN LA BOCA Y LAS LETRAS EN EL ALMA

Contame un cuento más
(quiero escucharte sonreír)
que me lleves a ese universo
de axolotes y rayuelas
que me hamaques
por una continuidad de los parques
que haga las veces
de esta casa tomada.
Que me sumerjas en la vida
de un tal Lucas,
un tal Manuel y su libro,
de una tal Glenda
a quien tanto queremos.
Que me regales unos mates
con Oliveira y sus delirios,
que me prestes a la Maga
para que me inunde de ignorancia
regalándome su paz.
Que los correos y telecomunicaciones
le den espacio a los telegramas
y que la señorita Cora
dé la vuelta al día
en ochenta mundos.
Que me lleves
hasta el final del juego
entre historias de cronopios
y de famas.
Que ese pajarito mandón
se dé cuenta
de que podemos vivir sin él.
Que tu bestiario
sean las armas secretas
de la carta
a una señorita en París.
Que las deshoras reflejen
La isla al mediodía.
Que todos los fuegos
sean realmente el fuego.
Que los premios sean 62
y que me regales tu
modelo para armar.
Que lejana sea
la noche boca arriba,
que una flor amarilla
me perfume después del almuerzo.
Que el Che
reciba otro elogio a la locura
para las Madres de Plaza de Mayo.
Que Arlt y Neruda te den las gracias.
Que me des instrucciones para llorar,
para cantar,
para tener miedo,
para entender tres pinturas famosas,
para matar hormigas en Roma,
para subir una escalera
y para dar cuerda al reloj.
Que la conducta en los velorios
no sea más que
etiqueta y prelación.
Que el examen
sea tu presencia
y que,
salvo el crepúsculo,
todo sea realidad.
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Soledad Arrieta

miércoles, 16 de diciembre de 2009

CORTÁZAR, Julio: Esencia y misión del maestro

Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que ya casi es presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro. Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de Escuela Normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue. Y que la lectura de estas líneas –que no tiene la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.
Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro tiende hasta la inteligencia, hacia el espíritu y finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza: ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.
Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal, permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña –yo diría mejor: del que construye descubriéndose pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo, porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndose en lo que se suele denominar «un maestro correcto». Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.
Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen estas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión; que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.
Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores. Y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.
¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?
Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo «cultura» ha sufrido como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era –y es, para muchos- llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres...
Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre –tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martín Heidegger- no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.
Así tiene que ser el maestro.
Y ahora, esta pregunta dirigida a la conciencia moral de los que se hallan comprendidos en ella: ¿Bastaron cuatro años de Escuela Normal para hacer del maestro un hombre culto?
No; ello es evidente. Esos cuatro años han servido para integrar parte de lo que yo denominé más arriba «largo estudio»; han servido para enfrentar la inteligencia con los grandes problemas que la humanidad se ha planteado y ha buscado solucionar con su esfuerzo: el problema histórico, el científico, el literario, el pedagógico. Nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos; a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.
La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.
El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.
Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene es ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. «El genio –dijo Buffon- es una larga paciencia». Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia.
Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que puede hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del «maestro correcto». Aquéllos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento . Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la Escuela Normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarnos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte.
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Artículo publicado el 20 de octubre de 1939, en la Revista Argentina, y firmado por Julio Florencio Cortázar, profesor, graduado en letras en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta de Buenos Aires.
Texto extraído del libro: “Papeles inesperados”

viernes, 11 de diciembre de 2009

NERUDA, Pablo: Autorretrato

Por mi parte, soy o creo ser duro de nariz,
mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza
creciente de abdomen, largo de piernas,
ancho de suelas, amarillo de tez, generoso
de amores, imposible de cálculos, confuso
de palabras, tierno de manos, lento de andar,
inoxidable de corazón, aficionado a las
estrellas, mareas, maremotos, administrador de
escarabajos, caminante de arenas, torpe de
instituciones, chileno a perpetuidad, amigo
de mis amigos, mudo de enemigos,
entrometido entre pájaros, mal educado en
casa, tímido en los salones, arrepentido sin
objeto, horrendo administrador, navegante
de boca, y yerbatero de la tinta, discreto entre
los animales, afortunado de nubarrones,
investigador en mercados, oscuro en las
bibliotecas, melancólico en las cordilleras,
incansable en los bosques, lentísimo de
conversaciones, ocurrente años después,
vulgar todo el año, resplandeciente
con mi cuaderno, monumental de apetito,
tigre para dormir, sosegado en la alegría,
inspector del cielo nocturno, trabajador
invisible y desordenado, persistente, valiente
por necesidad, cobarde sin pecado,
soñoliento de vocación, amable de mujeres,
activo por padecimiento, poeta por maldición
y tonto de capirote.
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(CHILE, 12 de julio de 1904 / 23 de setiembre de 1973)

martes, 8 de diciembre de 2009

LEER Y HACER

Pablo Picasso: "La lectura"
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¿Sirve para algo proponer el placer de la lectura en las actuales circunstancias?
¿O arrebatarle al olvido el nombre de algunos libros que nos remontan a años más felices?
¿Sirve para algo desempolvar la figura de ciertos escritores que nos llenaron de esperanza?
¿O recitar a voz en cuello aquellos versos que nos arengaron en otros tiempos?
Sinceramente, pensamos que sí.
(...)
Leer sirve para reflexionar, para conocer, para descubrir nuevas formas de lucha, para ser más solidarios.
Leer y hacer, sin olvidar el placer, para intentar cambiar tanta angustia, tanto dolor, tanta desesperanza.
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(Editorial de la revista "Lea", Año 2 nº 21, febrero de 2002)

sábado, 5 de diciembre de 2009

FUNERAL DE VÍCTOR JARA 36 AÑOS DESPUÉS


SANTIAGO DE CHILE - Los restos del cantautor chileno Víctor Jara, asesinado por la dictadura de Augusto Pinochet hace 36 años, son velados en un acto multitudinario en la capital chilena.
Miles de chilenos desfilaron ayer ante el féretro que guarda los restos del popular cantante asesinado hace 36 años tras el golpe militar de Augusto Pinochet.
También concurrieron al homenaje, que durará tres días, la ministra de Cultura, Paulina Urrutia, y diplomáticos de Cuba y Venezuela, entre otros.
Frente a la Fundación, en un parque, numerosos artistas tocaron canciones en tributo a Jara y a todos los detenidos-desaparecidos y ejecutados políticos de Chile.
Los restos del cantautor fueron exhumados en junio para practicarle peritajes y esclarecer su asesinato y, ahora, serán enterrados con el funeral masivo que se merece, recordó Gloria Konig, directora de la Fundación Víctor Jara.
Similares actividades, llamadas en Chile "velatones", se efectúan también en otras partes de Santiago y del interior del país, afirmaron los organizadores.
En las primeras guardias en torno al féretro estuvieron su viuda, la coreógrafa británica Joan Turner, y sus hijas, entre otros allegados, mientras se transmitían canciones del cantautor, según Prensa Latina.
Jara fue secuestrado el 11 de septiembre de 1973, día en que Augusto Pinochet tomó el poder a través de un golpe de Estado. Cinco días más tarde Jara murió acribillado a balazos y fue enterrado casi en secreto.



miércoles, 2 de diciembre de 2009

MASLÍAH, Leo: La buena noticia

Leticio vivía desde hacía diez años con su mujer, a la que amaba con la misma intensidad que el primer día, o quizás todavía más, y con su suegra, a la que detestaba también con la misma intensidad con la que la había venido detestando todos esos años, o incluso más. La única razón por la que no la echaba de la casa, o no tomaba alguna medida más drástica, como hervirla en aceite o tirarla por el balcón cuando pasara el camión de la basura, era el amor que sentía por su mujer, para quien albergar consigo a su pobre madre enferma constituía un deber ineludible. Además, como el matrimonio, pese a haberlo deseado con fervor, no había logrado tener hijos, la mujer, que por otra parte no trabajaba, dedicaba todo su tiempo a cuidar de su progenitora.
Pero un día las cosas amagaron cambiar radicalmente. Leticio llegó a su casa, después de una ardua jornada de trabajo, y su mujer lo recibió diciéndole que tenía para darle dos noticias, una buena y una mala.
—Voy a empezar por la mala —­dijo—. Leticio: esta tarde murió mamá.
Leticio corrió al dormitorio de la vieja y vio que, efectivamente, había quedado dura. Entonces corrió a poner un disco de rock pesado y se puso a bailar frenéticamente, gritando:
—¡Qué bueno! ¡Si esa es la mala noticia, lo que debe ser la buena!
—La buena —le dijo su mujer— es que voy a ser mamá.
Leticio volvió a saltar de alegría. Hacía diez años que venía deseando tener un niño que alegrara el hogar, y ahora, sin la vieja que escorchara todo el día, ese hogar iba a transformarse en un verdadero paraíso. Pues bien, al día siguiente, después del entierro de su suegra, Leticio se fue a trabajar, y cuando salió, antes de volver a su casa, fue a comprar ropa de bebé, para levantar el ánimo de su esposa. Pero cuando llegó a la casa y se dirigió al dormitorio, donde creyó que encontraría a su mujer, encontró que la que estaba esperándolo era la vieja, su suegra. Y estaba viva. Él pegó un grito de horror, y entonces la vieja le dijo:
-¡Leticio, qué te pasa! Soy yo, ¿no me reconocés? Soy tu esposa. Yo te dije, ¿no te acordás? Te dije que iba a ser mamá, y no pensé que sucediera tan pronto, pero sí, sucedió, Leticio, ¡soy mamá!

Leo Maslíah

(Montevideo, Uruguay, 26 de julio de 1954)



sábado, 28 de noviembre de 2009

VINICIUS DE MORAES: Breve consideración al margen del año asesino de 1973


Qué año tan sin criterio
este del setenta y tres,
que se llevó al cementerio
a tres Pablos a la vez.

Pablazos y no pablitos
en el tiempo y en el espacio,
Pablos de muchos caminos:
Neruda, Casals, Picasso.

Tres Pablos que se empeñaron
contra el fascismo español,
tres Pablos que tanto amaron,
tres Pablos llenos de sol.

Un trío de inmensos Pablos
en genio y en osadía,
hecho de gracia y trabajo,
pincel, arco y caligrafía.

Tres Pablos muy difundidos,
Casals, Picasso, Neruda;
tres Pablos de mucho nombre,
tres Pablos de tanta ayuda.

Tres líderes cuya muerte
el mundo entero sintió…
Oh, año triste y sin suerte
¡LA PUTA QUE TE PARIÓ!

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Vinicius de Moraes
(Brasil, 1913/1980)

domingo, 22 de noviembre de 2009

CONTI, Haroldo: Perdido

El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para él, Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren.
Mientras cruzaba la Plaza Británica con aquella torre que de alguna manera presidía su vida, vista o entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y luego los años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de adentro, bueno, y la torre siempre allí, como el primer día. Mientras cruzaba la plaza, pues, vio al tío por anticipado en un rincón del hall del Pacífico (ellos todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo que olía a tabaco, con la valija de cartón imitación cuero a un lado y un montón de paquetes sobre las rodillas, manoseando el boleto de segunda dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía seguía allí.
Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba fuera y la muchacha entendió las cosas a medias. Después trató de llegar hasta la casa, a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo espantaban. Se había extraviado en algún punto de Leandro Alem y antes de perder de vista la Plaza Británica prefirió volver a Retiro y esperar el tren.
Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro de encontrarlo igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de barritos y de pelos con aquellos ojos deslumbrados que se empequeñecían cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares marchito y grasiento, el mismo sobretodo negro con el cuello de terciopelo, el chambergo alto y aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con elásticos.
La estación Pacífico se había empequeñecido con los años. Eso parecía, al menos. En realidad era un mísero galpón con un par de andenes mal iluminados. En otro tiempo, sin embargo, vio a todo aquello coloreado por una luz misteriosa. La propia gente estaba impregnada de esa luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a cambiar ni a morir nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había cambiado de cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que era, un mísero galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito.
Vio al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el aire.
Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía nada.
Reaccionó cuando lo tuvo delante.
—¡Oreste!
Se abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre. Oreste dejó que el tío lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor masculino que evocaba a aquellos hombres reservados de su infancia que le sonreían, con breve indulgencia, como el tío Ernesto, grande como un ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente; o el gran tío Agustín, la única vez que lo vio el día que vino de Bragado en aquel Ford A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador; o al propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta sombra.
Se apartaron y el tío pregunto sin soltarle los brazos:
—¿Cómo va?
—Bien, bien.
Se miraron y sonrieron un rato y después se volvieron a abrazar.
—Y usted, ¿qué tal?
—Bien, bien.
—¿La tía?
—Y, bien...
Le puso una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio. Estaba acostumbrado a aquel estilo.
—¿A qué hora sale el tren?
—A las ocho y media.
—Son las siete y cuarto. Vamos a tomar algo.
—No... mejor nos quedamos aquí. ¿A dónde vamos a ir? Entre que arriman el tren, y enganchan la locomotora se va el tiempo.
—Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.
—¿Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo.
Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguieron un lugar desde el cual, a través de una perspectiva complicada, veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con bíter.
—¿Cómo se largó hasta aquí?
—¡Eh!... Hacia tiempo que lo tenía pensado.
El tío miró el reloj del bar y puso cara de espanto.
—Está parado —dijo Oreste sujetándolo por un brazo.
No parecía convencido. Sacó y examinó el viejo Tissot con agujas orientales.
—¿Que te decía?... ¡Ah, si! Vine a ver a mi primo, Vicente. Hacía seis años que no lo veía. Somos del mismo pueblo, Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que hoy, que mañana. Sorbió un traguito de Cinzano.
—Está viejo. Casi no lo conozco.
Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído que tenía cuando esperaba en el hall.
—¿Qué tal? ¿Cómo va eso? —volvió a preguntar con desgano.
—Bien, bien.
—¿Se progresa?
—Se progresa.
Se miraron con afecto, sonrieron y callaron.
El tío había sido siempre así. El tío y todos ellos.
—Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas latas de "Sal de Hunt". Hace más de un año que anda detrás de eso. Fui a buscarlas a Junín hace dos meses. No... en noviembre. Hace cuatro meses.
—¿Para qué sirve? ,
—Para el estómago. Es una gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías, pero esto es realmente bueno.
Silbó una locomotora y el tío se alarmó.
—Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.
—Bueno, fui a la Franco-Inglesa y conseguí todo lo que quise. Le mostré el tarrito al tipo y me dijo: "¿Cuántos quiere?". Apenas lo miró. ¿Te das cuenta?
Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vio más.
—¿Qué tal todo aquello? —preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta hecha a sí mismo, a un negro hoyo de sombras.
—Igual.
—¿Los muchachos?
—Siempre igual.
Callaron otra vez.
El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.
—¿Qué hora es?
—Las ocho menos cuarto.
El tío sacó el reloj y lo observó inquieto.
—Casi menos diez. ¿Vamos?
Oreste dudó un rato.
—Vamos.
Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y las valijas y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado.
Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.
—Está bien, muchacho. No te molestes.
—Dele saludos a la tía. A todos.
—Gracias, querido. Gracias.
Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una ventanilla.
—¿Cuándo vas a ir por allá? —preguntó mirando más bien a la gente que se apiñaba sobre el andén.
—Apenas pueda.
—Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste?
—Cuando pueda.
El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:
—¡Oreste! . . .
Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.
—¡Chau, querido, chau! —dijo y lo besó en la mejilla como pudo.
Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.
El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió seguro.
Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres de la infancia.
Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.
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HAROLDO CONTI
(Bs. As., 1925/Desaparecido desde 1976)
del libro "Con otra gente", © Centro Editor de América Latina, 1972

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Haroldo Conti nació en Chacabuco, Provincia de Buenos Aires el 25 de mayo de 1925. Fue maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista, empresario de transportes, piloto civil, profesor de filosofía. Estuvo también vinculado a la actividad cinematográfica como guionista, y en calidad de tal trabajó en La muerte de Sebastián Arache, un film de Nicolás Sarquis.
Su novela Alrededor de la jaula recibió en 1966 el premio del concurso hispanoamericano convocado por la Universidad de Veracruz, y fue más tarde llevada al cine por Sergio Renán con el nombre de Crecer de golpe. Recibió también el Premio de la Casa de las Américas por Mascaró, el cazador americano, el premio de la revista Life, Fabril Editora y el municipal de la Ciudad de Buenos Aires.
Su obra narrativa, nutrida en sus tan disímiles experiencias, posee una rara densidad descriptiva que por momentos se torna casi lírica, y un manejo poco usual del mundo de los afectos simples, que elude todo sentimentalismo fácil.
Fue secuestrado en la madrugada del 5 de Mayo en 1976 por la dictadura militar y hasta el día de hoy permanece en la lista de desaparecidos.

martes, 17 de noviembre de 2009

CORTÁZAR, Julio: Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
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