ESTE BLOG PERJUDICA SERIAMENTE A LA IGNORANCIA

SI QUIEREN GASTAR MENOS EN CÁRCELES, INVIERTAN MÁS EN EDUCACIÓN

viernes, 25 de junio de 2010

BORNEMANN, Elsa: La del once "jota"

Cuesta creer que una abuela no ame a sus nietos, pero existió la viuda de R., mujer perversa, bruja del siglo veinte que sólo se alegraba cuando hacía daño. La viuda de R. nunca había querido a ninguno de los tres hijos de su única hija. Y mucho menos los quiso cuando a los pobrecitos les tocó en desgracia ir a vivir con ella, después del accidente que los dejó huérfanos y sin ningún otro pariente en océanos a la redonda.
Durante los años que vivieron con ella, la viuda de R. trató a los chicos como si no lo hubieran sido. ¡Ah... si los había mortificado! Castigos y humillaciones a granel. Sobre todo, a Lilibeth —la más pequeña de los hermanos— acaso porque era tan dulce y bonita, idéntica a la mamá muerta, a quien la viuda de R. tampoco había querido —por supuesto— porque por algo era perversa, ¿no?
Luis y Leandro no lo habían pasado mejor con su abuela pero —al menos— sus caritas los habían salvado de padecer una que otra crueldad: no se parecían a la de Lilibeth y —por lo tanto— a la vieja no se le habían transformado en odiados retratos de carne y huesos.
El caso fue que tanto sufrimiento soportaron los tres hermanos por culpa de la abuela que —no bien crecieron y pudieron trabajar— alquilaron un departamento chiquito y allí se fueron a vivir juntos.
Pasaron algunos años más.
Luis y Leandro se casaron y así fue como Lilibeth se quedó solita en aquel 11 “J”, contrafrente, dos ambientes, teléfono, cocina y baño completos, más balconcito a pulmón de manzana.
Lili era vendedora en una tienda y —a partir del atardecer— estudiaba en una escuela nocturna.
Un viernes a la medianoche —no bien acababa de caer rendida en su cama— se despertó sobresaltada. Una pesadilla que no lograba recordar, acaso. Lo cierto fue que la muchacha empezó a sentir que algo le aspiraba las fuerzas, el aire, la vida.
Esa sensación le duró alrededor de cinco minutos inacabables.
Cuando concluyó, Lilibeth oyó —fugazmente— la voz de la abuela. Y la voz aullaba desde lejos:
—Lilibeth... Pronto nos veremos... Liiilibeeeth… Liliii... Liliii...
La jovencita encendió el velador, la radio y abandonó el lecho. Indudablemente, una ducha tibia y un tazón de leche iban a hacerle muy bien, después de esos momentos de angustia.
Y así fue.
Pero —a la mañana siguiente— lo que ella había supuesto una pesadilla más comenzó a prolongarse, aunque ni la misma Lili pudiera sospecharlo todavía. Las voces de Luis y Leandro —a través del teléfono— le anunciaron:
—Esta madrugada falleció la abuela... Nos avisó el encargado de su edificio... sí... te entendemos... Nosotros tampoco, Lili... pero... claro... alguien tiene que hacerse cargo de... Quedate tranquila, nena... Después te vamos a ver... Sí... Bien... Besos, querida.
Luis y Leandro visitaron el 11 “J” la noche del domingo. Lilibeth los aguardaba ansiosa.
Si bien ninguno de los tres podía sentir dolor por la muerte de la malvada abuela, una emoción rara —mezcla de pena e inquietud a la par— unía a los hermanos con la misma potencia del amor que se profesaban.
—Si estás de acuerdo, nena, Leandro y yo nos vamos a ocupar de vender los muebles y las demás cosas, ¿eh? Ah, pensamos que no te vendrían mal algunos artefactos. Esta semana te los vamos a traer. La abuela había comprado TV color, licuadora, heladera, lustradora y lavarropas ultramodernos, ¿qué te parece? Lilibeth los escuchaba como atontada. Y como atontada recibió —el sábado siguiente— los cinco aparatos domésticos que habían pertenecido a la viuda de R., que en paz descanse. Su herencia visible y tangible (la otra, Lili acababa de recibirla también, aunque... ¿cómo podía darse cuenta?... ¿quién hubiera sido capaz de darse cuenta?).

Más de dos meses transcurrieron en los almanaques hasta que la jovencita se decidió a usar esos artefactos que se promocionaban en múltiples propagandas, tan novedosos y sofisticados eran. Un día superó la desagradable impresión que le causaban al recordarle a la desamorada abuela y —finalmente— empezó con la licuadora. Aquella mañana de domingo, tanto Lilibeth con su gato se hartaron de bananas con leche.
A partir de entonces comenzó a usar —también— la lustradora... enchufó la lujosa heladera con freezer... hizo instalar el televisor con control remoto y puso en marcha el enorme lavarropas. Este aparato era verdaderamente enorme: la chica tuvo que acumular varios kilos de ropa sucia para poder utilizarlo. ¿Para qué habría comprado la abuela semejante armatoste, solitaria como habitaba su casa?
A lo largo de algunos días, Lilibeth se fue acostumbrando a manejar todos los electrodomésticos heredados, tal como si hubieran sido suyos desde siempre. El que más le atraía era el televisor color, claro. Apenas regresaba al departamento —después de su jornada de trabajo y estudio— lo encendía y miraba programas de trasnoche. Habitualmente, se quedaba dormida sin ver los finales. Era entonces el molesto zumbido de las horas sin transmisión el que hacía las veces de despertador a destiempo. En más de una ocasión, Lili se despertaba antes del amanecer a causa del “schschsch” que emitía el televisor, encendido al divino botón.
Una de esas veces —cerca de la madrugada de un sábado como otros— la jovencita tanteó el cubrecama —medio dormida— tratando de ubicar el control remoto que le permitía apagar la televisión sin tener que levantarse.
Al no encontrarlo, se despabiló a medias. La luz platinosa que proyectaba el aparato más su chirriante sonido terminaron por despertarla totalmente. Entonces la vio y un estremecimiento le recorrió el cuerpo: la imagen del rostro de la abuela le sonreía —sin sus dientes— desde la pantalla. Aparecía y desaparecía en una serie de flashes que se apagaron de pronto tal como el televisor, sin que Lilibeth hubiera —siquiera— rozado el control remoto. A partir de aquel sábado, el espanto se instaló en el 11 “J” como un huésped favorito.

La pobre chica no se animaba a contarle a nadie lo que le estaba ocurriendo.
—¿Me estaré volviendo loca? —se preguntaba, aterrorizada. Le costaba convencerse de que todos y cada uno de los sucesos que le tocaba padecer estaban formando parte de su realidad cotidiana.
Para aliviar un poquito su callado pánico, Lilibeth decidió anotar en un cuaderno esos hechos que solamente ella conocía, tal como se habían desarrollado desde un principio.
Y anotó —entonces— entre muchas otras cosas que...
“La lustradora no me obedece; es inútil que intente guiarla sobre los pisos en la dirección que deseo...(...) El aparato pone en acción “sus propios planes”, moviéndose hacia donde se le antoja...(...) Antes de ayer, la licuadora se puso en marcha “por su cuenta”, mientras que yo colocaba en el vaso unos trozos de zanahoria. Resultado: dos dedos heridos. (…) La heladera me depara horrendas sorpresas (...) Encuentro largos pelos canosos enrollados en los alimentos, aunque lo peor fue abrir el freezer y hallar una dentadura postiza. La arrojé por el incinerador...(...) La desdentada imagen de la abuela continúa apareciendo y desapareciendo –de pronto- en la pantalla del televisor durante las funciones de trasnoche...(...) Mi gato Zambri parece percibir todo (...) se desplaza por el departamento casi siempre erizado. (...) Fija su mirada redondita aquí y allá, como si lograra ver algo que yo no. (...) El único artefacto que funciona normalmente es el lavarropas... (...) Voy a deshacerme de todos los demás malditos aparatos, a venderlos, a regalarlos mañana mismo... (...) Durante la siesta dominguera, mientras me dispongo a lavar una montaña de ropa...”
(AQUI CONCLUYEN LAS ANOTACIONES DE LILIBETH ABRUPTAMENTE, Y UN TRAZO DE BOLIGRAFO AZUL SALE COMO UNA SERPENTINA DESDE EL FINAL DE ESA “A” HASTA LLEGAR AL EXTREMO INFERIOR DE LA HOJA.)

Tras un día y medio sin noticias de Lili, los hermanos se preocuparon mucho y se dirigieron a su departamento.
Era el mediodía del martes siguiente a esa “siesta dominguera”.
Apenas arribados, Luis y Leandro se sobresaltaron: algunas vecinas cuchicheaban en el corredor general, otra golpeaba a la puerta del 11 “J”, mientras que el portero pasaba el trapo de piso una y otra vez.
—No sabemos qué está pasando adentro. La señorita no atiende el teléfono, no responde al timbre ni a los gritos de llamado... Desde ayer que...
Agua jabonosa seguía fluyendo por debajo de la puerta hacia el corredor general, como un río casero.
Dieron parte a la policía. Forzaron la puerta, que estaba bien cerrada desde adentro y con su correspondiente traba. Luis y Leandro llamaron a Lili con desesperación. La buscaron con desesperación y —con desesperación— comprobaron que la muchacha no estaba allí.
El televisor en funcionamiento —pero extrañamente sin transmisión a pesar de la hora— enervaba con su zumbido.
En la cocina, “la montaña” de ropa sucia junto al lavarropas, en marcha y con la tapa levantada.
Medio enroscado a la paleta del tambor giratorio y medio colgando hacia fuera, un camisón de Lilibeth; única prenda que encontraron allí, además de una pantufla casi deshecha en el fondo del tambor.
El agua jabonosa seguía derramándose y empapando los pisos.

Más tarde, Luis ubicó a Zambri, detrás de un cajón de soda y semioculto por una pila de diarios viejos. El animal estaba como petrificado y con la mirada fija en un invisible punto de horror del que nadie logró despegarlo todavía (se lo llevó Leandro).
El gato, único testigo.
Pero los gatos no hablan. Y a la policía, las anotaciones del cuaderno de Lilibeth le parecieron las memorias de una loca que “vaya a saberse cómo se las ingenió para desaparecer sin dejar rastros”... “una loca suelta más”... “la loca del 11 Jota”... como la apodaron sus vecinos, cuando la revista para que yo trabajo me envió a hacer esta nota.
.
.
.
ELSA BORNEMANN
(Argentina, 1952)

domingo, 20 de junio de 2010

SARAMAGO JOSÉ: 1922/2010

Empezar a leer fue para mí como entrar en un bosque por primera vez y encontrarme de pronto con todos los árboles, todas las flores, todos los pájaros. Cuando haces eso, lo que te deslumbra es el conjunto. No dices: me gusta este árbol más que los demás. No, cada libro en que entraba lo tomaba como algo único.


Resulta mucho más fácil educar a los pueblos para la guerra que para la paz. Para educar en el espíritu bélico basta con apelar a los más bajos instintos. Educar para la paz implica enseñar a reconocer al otro, a escuchar sus argumentos, a entender sus limitaciones, a negociar con él, a llegar a acuerdos. Esa dificultad explica que los pacifistas nunca cuenten con la fuerza suficiente para ganar... las guerras.


Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él.


José Saramago
Premio Nobel de Literatura 1998
(Portugal, 1922/2010)
.
Textos extraídos del diario La Capital (Rosario) - Sábado 19/06/2010

sábado, 19 de junio de 2010

BEAUVOIR, Simone de: El deseo de ser

George de La Tour
.
.
.
.
Montesquieu cuenta en “Historia Verdadera” que un genio propuso un día a un pobre hombre transformarlo a su elección, en ese rey, o en ese rico proletario, o en ese opulento mercader a quienes envidiaba tan frecuentemente.
El pobre duda, y para terminar, no puede decidirse a ningún cambio; se queda en su piel.
Cada hombre envidia la suerte de otro, concluye Montesquieu, pero ninguno aceptaría ser otro.
Y, en efecto, envidio la situación de otro si se me parece como un punto de partida que yo mismo superaré; pero el ser de otro cerrado sobre sí, fijo, separado de mí, no puede ser el objeto de ningún deseo.
Es desde el corazón de mi vida, que yo deseo, prefiero, rechazo.

.
SIMONE DE BEAUVOIR
Francia, 1908/1986)
.
(Fragmento del libro “¿Para qué la acción?”)
.
Novelista francesa existencialista y feminista. Hasta 1943 fue profesora de filosofía. Tras conocer a Jean Paul Sartre en la Sorbona, en 1929, se unió estrechamente al filósofo y su círculo. En su primera novela, La invitada (1943), exploró los dilemas existencialistas de la libertad, la acción y la responsabilidad individual, temas que aborda igualmente en novelas posteriores como La sangre de los otros (1944) y Los mandarines (1954), novela por la que recibió el Premio Goncourt. Las tesis existencialistas, según las cuales cada uno es responsable de sí mismo, se introducen también en una serie de obras autobiográficas, entre las que destacan Memorias de una joven de buena familia (también conocida como Memorias de una joven formal) (1958) y Final de cuentas (1972). Sus obras ofrecen una visión sumamente reveladora de su vida y su tiempo. Entre sus ensayos escritos cabe destacar El segundo sexo (1949), un profundo análisis sobre el papel de las mujeres en la sociedad; La vejez (1970), sobre el proceso de envejecimiento donde critica apasionadamente la actitud de la sociedad hacia los ancianos, y La ceremonia del adiós (1981), donde evoca la figura de su compañero y colega de tantos años, Jean Paul Sartre.

DE RAFAELA AL MUNDO



EDICIÓN IMPRESA

De Rafaela al mundo


Sábado 19 de Junio de 2010


No hay más que poner la dirección del blog (leerporquesi-1007.blogspot.com) para ingresar a una rica selección de textos literarios, notas de actualidad y también videos. El espacio se pensó para ampliar la participación de más alumnos, y terminó siendo leído desde distintos lugares del mundo.
Así es posible tomarse un recreo en la web y leer el poema "Ustedes y nosotros", de Mario Benedetti, "Cielo blanco", de Hamlet Lima Quintana, o detenerse un ratito con algún cuento de Abelardo Castillo, Roberto Fontanarrosa, Alejandro Dolina, Rodolfo Walsh o Julio Cortázar. En la selección de textos se percibe una atención especial por los autores latinoamericanos.
El blog además suma una variada selección de videos que cumplen el mismo pedido de disfrute estético que algún que otro texto literario. Por ejemplo, "Nanas de la cebolla", de Miguel Hernández, interpretado por Joan Manuel Serrat. La administración corre por cuenta del profesor, aunque aclara que lo que se sube es un aporte de todos: alumnos y profesores. "Nos ponemos de acuerdo sobre qué publicaremos cada semana, y eso se respeta. Es más, hay algunas selecciones que a mí no me gustan pero se suben igual porque es parte del trato", dice el docente para dar cuenta de un trabajo de lectura colectivo.

Al blog se suma el servicio de una casilla de correo electrónico (leerporquesi@yahoo.com.ar), que distribuye una vez por semana un texto diferente de los leídos en el taller con los integrantes de la escuela. "Comenzamos humildemente con unos pocos contactos (no son demasiados los alumnos que poseen correo electrónico) pero poco a poco la carpeta de contactos se fue engrosando y hoy podemos decir con orgullo que nuestros textos son distribuidos y leídos por todo el mundo", destaca.

Leé la nota en la edición de La Capital de Rosario, AQUÍ.

UN BLOG NACIDO EN UNA ESCUELA DE RAFAELA INVITA A "LEER PORQUE SÍ"




Un blog nacido en una escuela de Rafaela invita a "leer porque sí"

La lectura por placer incentivada desde la escuela es posible. Así lo demuestra una valiosa experiencia originada en el taller “Leer porque sí”, un espacio que surgió en un aula de la Escuela Media para Adultos N.º 1007 Libertad, de Rafaela, y luego se convirtió en un blog que hoy es visitado desde distintas partes del mundo. El impulsor de esta iniciativa es Sergio Fassanelli, profesor de lengua y literatura, y un eterno convencido de que la lectura deber ser por sobre todo “placentera”.


Sábado 19 de Junio de 2010


En 2005, cuando daba una de sus clases de lengua a los alumnos de la Eempa, Sergio Fassanelli no imaginaba que en poco tiempo estaría preguntando qué era y cómo se armaba un blog. Y menos que se convertiría en un experto administrador de esta herramienta tecnológica para difundir buenos textos literarios, relatos y hasta videos (ver aparte).

“Todo surgió en una de las clases, y de mis propios alumnos”, dice para repasar lo hecho. “Siempre como profesor de lengua trato de poner mucha literatura en mis clases, también canciones. Fue cuando una de mis alumnas me propuso juntarnos a leer o a escuchar música sin tener que pensar en un trabajo práctico o en ser evaluados”, recuerda.

Fassanelli cuenta que la idea le pareció “fantástica”. Ahí llegó la primera convocatoria para reunirse a leer en horario extraescolar y una vez a la semana en la escuela. Fue en el primer encuentro donde bautizaron al taller “Leer porque sí”, un título que no necesita demasiada explicación. Y algo más: el lema del blog es: “Si quieren gastar menos dinero en cárceles, inviertan más en educación”, toda una declaración de lo que significa el derecho al acceso a los libros.

También noticias y frases

Dice que de aquella primera reunión lo sorprendió la cantidad de alumnos que fueron, unos 20. “Empezamos a juntarnos una vez a la semana. Cada uno llevaba el texto que quería, también había noticias y hasta alguien una vez compartió una frase que le había gustado y figuraba en una tarjeta de casamiento. Luego se sumaron las ruedas de los mates con tortas y bizcochos”, agrega.

Sin embargo, la realidad de los adultos que estudian les demandó pensar en otra alternativa para no dejar afuera a quienes trabajaban o tenían demandas familiares. Surgió un folletín, “en realidad una hoja oficio doblada y fotocopiada”, con una buena selección de textos y que se distribuía gratuitamente (gracias a los auspicios de los comercios del barrio).

Más tarde llegó la casilla de correo a través de la cual se empezaron a compartir los textos (hay que escribir a leerporquesi@yahoo.com.ar para recibirlos), y no pasó mucho tiempo para que la idea de armar un blog (leerporquesi-1007.blogspot.com) se hiciera realidad. “Con esta idea se expandió el taller inicial, allí guardamos los textos que leemos y seleccionamos, y podemos compartir mejor; ahora nos llegan comentarios de todas partes”, dice el profesor.

El taller presencial continúa con sus reuniones semanales, a veces se traslada a la hora de lengua, donde la clase curricular se interrumpe para dar paso sencillamente a la lectura de un texto. Tanto es el entusiasmo que generó la creación del blog que Fassanelli menciona que una de sus ex alumnas estudia letras en Humanidades y es una fiel promotora de este espacio. El blog es administrado por el profesor, pero de una u otra manera todos los alumnos lo alimentan con sus aportes. Y hay que saber que todo es ganas y voluntad, no reciben aportes ni subsidios, ni los buscan.

Libros y nuevas tecnologías

Para Fassanelli, lejos de suplir al libro, las nuevas tecnologías lo complementan. Y eso lo comprueba a diario con el blog: “Estimula la lectura, sirve para difundirla, pero es complementario del libro, porque éste sigue siendo fundamental”.

Los alumnos del educador rafaelino promedian los 40. Cuenta que muchos llegan a la Eempa luego de un frustrado secundario o de no haberlo cursado nunca. En esta realidad el taller funciona como un estímulo sin proponérselo: “Una alumna me comentaba que hace dos años cuando empezó la escuela no se imaginaba que podría leer en voz alta, ahora lo hace siempre y porque le gusta”.

Expresa que los alumnos adultos necesitan encontrar un momento, un día a la semana donde participar de este tipo de espacios. La experiencia dice que le deja una enseñanza: “La lectura se puede recomendar, apoyar, pero no obligar”. Y hacia el final recuerda: “El taller es algo que siempre me hubiera gustado tener en mi secundario pero no lo tuve porque lo cursé durante el Proceso. Ahora lo hago porque como docente soy feliz con esta tarea”.

Ver nota original del diario La Capital, de Rosario, AQUÍ

domingo, 13 de junio de 2010

14 DE JUNIO: HOMENAJE A LOS EX COMBATIENTES DE MALVINAS

Graciela Paoloni .
.
MONÓLOGO
.
Buenos días, señoras y señores, me permito distraer un minuto de su amable atención para ofrecerles un recuerdo barato y útil de un pasado que ustedes preferirían olvidar.
Seguramente ya me habrán visto otras veces en este tren. Si no, me recordarán tratando de agarrarme al travesaño en el colectivo, o desgañitándome para que me escuchen en la estación.
Soy el ex combatiente que vuelve de sus pesadillas. Sí, ya los veo, no pongan esa cara de fastidio. Claro, después de 20 años ya ni se molestan en disimular. Antes era distinto. Se acuerdan, ¿no? Yo les repartía la revista del veterano y ustedes hacían como que abrían las páginas, actuaban como si me prestaran algo de atención. Después, pasados algunos años, ya nos íbamos conociendo, apenas me subía ustedes manoteaban el diario o la agenda, se ponían a hablar con el de al lado o descubrían algo interesante del otro lado de la ventanilla.
Yo al menos me sentía alguien. No es que me sintiera bien, para nada. Si les tengo que ser franco, desde el mismo momento en que volví de las islas empecé a sentir que les caía incómodo, que no sabían qué hacer conmigo. Ni siquiera sabían qué cara ponerme. Pero al menos sentía que ustedes se ponían nerviosos. Yo les recordaba algo. El tiempo avanzaba, ustedes se alejaban de esas viejas versiones de ustedes mismos, esos jóvenes en blanco y negro que escuchaban música disco y veían a Gómez Fuentes por la tele, la Argentina de la democracia cambiaba a ritmo vertiginoso. Y yo estaba ahí, siempre con el mismo pantalón que se iba descoloreando igual que sus recuerdos.
Hasta que un día, llovía, hacía frío, ustedes estaban apurados por llegar a casa, agotados y entumecidos, les dolían los huesos, se sentían viejos, y en cuanto subí y les dije, como hoy, “Buenas tardes damas y caballeros”, me di cuenta de que algo había cambiado. Ustedes me miraron con extrañeza, como una presencia que uno cree perdida y nos asombra que todavía esté ahí. Por primera vez me miraron con extrañeza. Yo, que los representé a todos ustedes en las irredentas islas australes en 1982, yo que soy y siempre seré lo mejor, lo más puro y lo más inocente de todos ustedes. Me miraron como si no me conocieran.
Entonces dirigí la vista a mis pantalones camuflados, mi camisa militar, con un botón de cada color y la medalla de oro desteñido. Y me vi yo también extraño. Como un fantasma. Porque es extraño verse a sí mismo como un fantasma, ¿no, señora? Sí, a usted le digo. No toque el timbre. ¿Por qué se quiere bajar? ¿Se cree que no sé que esta no es su parada? ¿Por qué no sigue hasta la esquina del banco, pasando la plaza, como siempre? ¿Le doy miedo? Le parece que le puedo hacer algún mal?
Aunque si quiere, la verdad que mejor se baja. Ma sí, que me escuche el que quiera. Bájense todos. Total, ya me escucharon tantas veces... Lo que pasa es que hoy me hacía un poco de ilusión, para qué se los voy a negar. Como se cumplen 20 años...
¿Se acuerdan? ¡Qué contentos estaban cuando me subí al avión! ¡Qué mar de banderas! ¡Cómo sonaban las bocinas y todos gritaban “lo vamo a reventar” y “bajo un manto de neblina”! Íbamos en el micro y ustedes nos saludaban, hacían así con el pulgar hacia arriba, como en la propaganda de “Argentinos a vencer”, llenos de orgullo, todos hermanos, sin divisiones ni luchas ni odios. Todos hermanos, carajo, por una causa nacional ajena a las mezquinas divisiones políticas.
¡Si hasta casi me creí lo que decían las revistas! En esas fotos a todo color yo estaba tan heroico, tan joven, tan patriótico, con la ropa verde recién planchada que parecía tan abrigada y nueva, y comiendo esa comida que debía estar riquísima, por la cara de contento que ponía yo en las fotos de las revistas. Lástima que las fotos sólo las vi cuando ya estaba de vuelta, y me parecían un chiste de mal gusto. ¿Nunca les conté que los jefes llevaron a Malvinas cocinas de campaña que funcionaban con leña? ¡Miren los años que llevamos juntos y nos les había contado! Resulta que llevaron cocinas de esas con ruedas como de carretilla, que hay que ponerles leña dentro. Pero no se avivaron de que en Malvinas no hay árboles. El rancho era una sopa fría que era agua sucia con tres fideos nadando.
¿Y tampoco les conté del depósito de dulce de batata de Puerto Argentino? ¡Pero si es lo más divertido! El 15 de junio, cuando ya había terminado todo y ya habíamos perdido la guerra, los ingleses nos llevaron a abrir un depósito que usaba el ejército. No lo podíamos creer. Estaba lleno, pero lleno de latas de dulce de batata. Los ingleses nos preguntaron que quién había guardado todas esas latas y para quién eran si no nos las daban a nosotros. Si era sólo para los oficiales deberían estar comiendo dulce de batata por cuatro o cinco años, y todavía les hubiera sobrado. A los ingleses les daba asco, porque no conocían la maravilla del dulce de batata. Qué salvajes, ¿no?
Pero ¿por qué les estoy contando estas cosas? Si ustedes ya casi ni se acuerdan de lo poco que alguna vez supieron de Malvinas. A ver, ¿se acuerdan del ruido de los Sea Harrier que venían a todo lo que da y había que meterse en el pozo de cabeza? ¿Y del olor de la ropa mojada? ¿Y de la oscuridad de esas noches donde no se podía prender ni un cigarro porque te estaqueaban ahí nomás? ¿Y del viento, ese puto viento que no paraba nunca y que no te dejaba escuchar si venía o no venía el enemigo y toda la noche tratando de escuchar y toda la noche el viento? ¿Ni siquiera se acuerdan de cuando teníamos 18 años y nos mandaron a pelear a las Malvinas?
Pero qué hago yo acá, gritándoles, si venía a celebrar los 20 años. Tienen que perdonarme. Es que siempre arranco con el mismo discurso que ya no me emociona ni un cachito así, y ahora que les cuento cosas nuevas es como si estuviera ahí otra vez.
¿Saben lo que pienso ahora? Que si no fuera por cosas como el viento y las gaviotas y la turba y la cara de mi camarada muerto, tapado con una frazada que le dejaba al aire las botas marrones, no creería que esas cosas pasaron. Es como de otra galaxia, ¿no les parece? Todo el mundo en la plaza, creyéndose lo de que “estamos ganando”, y Galtieri en el balcón de la Rosada, y el Ejército reencontrado con su pueblo, y nadie sabía nada de los 30 mil desaparecidos, y “no te borrés que te necesitamos”. Parece que nunca nos hubieran pasado estas cosas.
Les miro las caras y quiero creer que ninguno de ustedes tuvo nada que ver con la dictadura. Pero las dictaduras no funcionan solas. Ahora queremos acordarnos de que fuimos todos opositores, pero la verdad es que casi todos bajamos la cabeza y obedecimos y tratamos de no saber. ¿Y Malvinas? Fue la aventura delirante de un general borracho. Queremos acordarnos de que siempre supimos que fue una locura. Hasta que aparezco yo, zaparrastroso y con el mismo pantalón de un color de otra época, y les desbarato lo que quisieran contarse a ustedes mismos de su pasado.
Sí, señor, ya sé que llegamos a la terminal. Denme solo un minuto más. Estoy loco pero no tanto. En un segundo los dejo bajar, no se pongan nerviosos. No los voy a secuestrar. No quiero venderles ninguna revista, ni calcomanías ni lápices ni nada. No represento a ninguna organización ni hablo en nombre de nadie. Sólo soy el ex combatiente que anida en la memoria de mis compatriotas, que se pasea con ropas gastadas que nunca asustaron a nadie por los pasillos de su memoria, recordándoles que hace 20 años ustedes salieron a las calles con pitos y matracas a celebrar una guerra.
.
ROBERTO HERRSCHER
.
Nota publicada en el suplemento “Temas” del diario “La Voz del Interior” de Córdoba, el 31 de marzo de 2002.
.
ROBERTO HERRSCHER es sociólogo, periodista y profesor universitario de comunicación, actualmente dirige el Master de Periodismo de BCNY y reside en Barcelona, España.
En abril de 1982, con 19 años, estaba a punto de terminar el servicio militar obligatorio que cumplía en la Marina, cuando, pese a la proximidad de su baja, le notificaron que debía combatir en las Malvinas y, poco tiempo después, lo asignaron como tripulante del “Penélope”: el barco más viejo utilizado en la guerra, propiedad de un malvinense decomisada por la Armada argentina para transportar combustible, víveres y soldados. Allí, como único conscripto de la tripulación y traductor, vivió “su guerra” sin saber que lo hacía a bordo de una goleta histórica que había sido enviada a construir por el aviador alemán Ghunter Plüchow en 1927. Finalizada la guerra, Herrscher estudió sociología y periodismo, y durante años investigó la historia de aquella embarcación que narra en el libro Los viajes del Penélope (Editorial Tusquets).

jueves, 10 de junio de 2010

ALBA RICO, Santiago: Elogio del aburrimiento

El Pensador .
.
El capitalismo prohíbe básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento.
Cuenta Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poetisa, monja y feminista mexicana del siglo XVII, que en una ocasión la abadesa del convento de los Jerónimos, a cuya regla estaba sometida, le prohibió leer y escribir y la mandó castigada a la cocina. Allí entre los fogones Juana Inés estudiaba y escribía con la mente; es decir, pensaba. Del huevo y de la manteca, del membrillo y del azúcar, mientras cortaba y amasaba y freía, sacaba una consideración, una reflexión, un hilo interminable de conjeturas, y esto hasta el punto de llegar a afirmar con desafiante ironía en su conocida carta a sor Filotea: “Si Aristóteles hubiera cocinado, habría pensado más y mejor”.
Si a Juana Inés, en lugar de a la cocina, la hubiesen mandado a Disneylandia, donde se hubiese aburrido menos, quizás habría dejado de leer, estudiar y pensar sin ninguna prohibición.
Contaba Rosa Chacel, una de las más grandes novelistas españolas del siglo XX, que en los años cincuenta, mientras redactaba su novela La Sinrazón, tenía la costumbre de pasar horas recostada en un sofá de su salón. La mujer de la limpieza, con la escoba en la mano, le dirigía siempre miradas entre compasivas y reprobatorias: “Si hiciera usted algo, no se aburriría tanto”. Pero es que Rosa Chacel hacía algo: estaba pensando; y hasta cambiar de postura podía distraerla de su introspección o devolverla dolorosamente a la superficie.
Si Rosa Chacel hubiese pasado horas y horas delante de la televisión, y no dentro de sí misma, jamás habría escrito ninguna de sus novelas.
Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción. Hace falta estar muy aburrido, es verdad, para ponerse a leer; hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar. ¿Será bueno? ¿Será malo? El aburrimiento es la experiencia del tiempo desnudo, de la duración pastosa en la que se nos enredan las patas, del líquido viscoso en el que flotan los árboles, las casas, la mesa, nuestra silla, nuestra taza de leche. Todos los padres conocemos la angustia de un niño aburrido; todos los que fuimos niños -antes, al menos, de los videojuegos y la televisión- sabemos de la angustia de un niño aburrido pataleando en el ámbar espeso de una tarde que no acaba de morir. No hay nada más trágico que este descubrimiento del tiempo puro, pero quizás tampoco nada más formativo. Decía el poeta Leopardi que “el tedio es la quintaesencia de la sabiduría” y el antropólogo Levi-Strauss, recientemente fallecido, aseguraba haber escrito todos sus libros “contra el tedio mortal”. Uno no olvida jamás los lugares donde se ha aburrido, impresos en la memoria -con grietas y matices- como en el diario de campo de un naturalista. Uno no olvida jamás el ritmo de las cosas, la finitud de los cuerpos, la consistencia real de los cristales, si alguna vez se ha aburrido. “Amo de mi ser las horas oscuras”, decía Rainer María Rilke, porque las oscuras son no sólo la medida de las claras sino la pauta narrativa de unas y de otras. El aburrimiento, sí, es el espinazo de los cuentos, el aura de los descubrimientos, el gancho de toda atención, hacia fuera y hacia dentro.
El capitalismo prohíbe las horas oscuras y para eso tiene que incendiar el mundo. El capitalismo prohíbe el aburrimiento y para eso tiene que impedir al mismo tiempo la soledad y la compañía ¡Ni un solo minuto en la propia cabeza! ¡Ni un solo minuto en el mundo! ¿Dónde entonces? ¿Qué es lo que queda? El mercado; es decir, esa franja mesopotámica abierta entre la mente y las cosas, ancha y ajena, donde la televisión está siempre encendida, donde la música está siempre sonando, donde las luces siempre destellan, donde las vitrinas están siempre llenas, donde los teléfonos celulares están siempre llamando, donde incluso las pausas, las transiciones, las esperas, nos proporcionan siempre una emoción nueva. El capitalismo lo tolera todo, menos el aburrimiento. Tolera el crimen, la mentira, la corrupción, la frivolidad, la crueldad, pero no el tedio. Berlusconi nos hace reír, las decapitaciones en directo son entretenidas, la mafia es emocionante. ¿Cuál era el peor defecto de la URRS, lo que los europeos nunca pudimos perdonarle, lo que nos convenció realmente de su fracaso? Que era un país muy aburrido.
Eso que el filósofo Stiegler ha llamado la “proletarización del tiempo libre”, es decir, la expropiación no sólo de nuestros medios de producción sino también de nuestros instrumentos de placer y conocimiento, representa el mayor negocio del planeta. El sector de los video-juegos, por ejemplo, mueve 1.400 millones de euros en España y 47.000 millones de dólares en todo el mundo; el llamado “ocio digital” más de 177.000 millones de euros; la “industria del entretenimiento” en general -televisión, cine, música, revistas, parques temáticos, internet, etc.- suma ya 2 billones de dólares anuales. “Divertir” quiere decir: separar, arrastrar lejos, llevar en otra dirección. Nos divierten. “Distraer” quiere decir: dirigir hacia otra parte, desviar, hacer caer en otro lugar. Nos distraen. “Entretener” quiere decir: mantener ocupado a alguien en un hueco donde no hay nada para que nunca llegue a su destino. Nos entretienen. ¿Qué nos roban? El tiempo mismo, que es lo que da valor a todos los productos, mentales o materiales.
El capitalismo y su industria del entretenimiento construyen todo lo contrario de una cultura del ocio. En griego, ocio se decía “skhole”, de donde viene la palabra “escuela”. El proceso es más bien el inverso, pues la escuela misma -la cocina del pensamiento, el fogón del tiempo, donde Juana Inés y Rosa Chacel horneaban sus obras- ha claudicado a la lógica del entretenimiento. Ahora no se trata de comprender o de conocer sino de conseguir que, en cualquier caso, la escuela y la universidad no sean menos divertidas que la televisión, los vídeo-juegos y Disneylandia. ¿Los alumnos estarán más atentos si los maestros utilizan pizarras electrónicas? ¿Aprenderán mejor inglés en internet con Marina Orlova, la escultural filóloga rusa en minifalda? ¿Sabrán más matemáticas o latín si acuden a la universidad de Bolonia atraídos no por sus programas y profesores sino por las cuatro modelos de cuerpos zigzagueantes contratadas para los carteles publicitarios? Lo que es seguro es que, con esta lógica, que es la del mercado, los profesores llevan todas las de perder: Aristóteles y la física cuántica nunca podrán rivalizar con Shakira y la última play-station.
Según una reciente encuesta, uno de cada veinte niños británicos están convencidos de que Hitler fue un entrenador de fútbol y uno de cada cinco creen que Auschwitz es un Parque Temático. Para muchos de ellos el Holocausto es el nombre de una fiesta.
Quizás deberíamos aburrirnos un poco más.
.
.
.
.
Santiago Alba Rico
Escritor, ensayista y filósofo español,
nacido en Madrid en 1960.

domingo, 6 de junio de 2010

FERRERO, Diego: XXXVIII


remolinos prendidos en la suela
anfetaminas argentinas
infusión de chiste y despedida
claridad carnosa transpirando
mochila desafinada en la provincia de los compos
trigo y bosta de vaca

al carajo los homenajes al esfuerzo
al inmigrante heroico
al primer trabajador cacareador

silencio
comprensión y olvido
quizá sea lo que precise

que de haber podido elegir otra vida
seguramente lo hubiera hecho



Diego M. Ferrero (1971)
(Rafaela – Santa Fe – Argentina)
Texto extraído del libro “En crudo” (2005)

lunes, 31 de mayo de 2010

FONTANARROSA, Roberto: No sé si he sido claro

(Collage de Pablo Bernasconi)
.
.
Antes que nada quisiera pedir, señor juez, señores del jurado, que sepan disculpar si, tal vez, en mi relato, ofendo sin querer el oído de la dama o el caballero, con palabras que puedan parecer "non sanctas". Pero es que el tema señor juez, en sí mismo, se hace un poco dificultoso de contar sin recurrir a esas palabras a las que hago mención.
Yo creo que ha sido el destino, el azar, el que me ha puesto en esta situación, la casualidad, y, lamentablemente, señores, no tengo, ni mucho menos, dotes de orador. Procuraré, a lo sumo, ser concreto y lo más breve posible. Pero quería dejar hecha la salvedad para que nadie, después, diga que no lo he advertido y se me pueda acusar de maleducado o boca sucia. Por otra parte, estamos entre gente madura que sabrá comprender lo que yo diga.
Ya sé, ya sé, señor juez, perdóneme. Iré al grano. Pero ocurre que no es fácil para un hombre humilde, como yo, desenvolverme en esta situación, frente a tan honorables mandatarios. Es el destino, como le decía, el que ha querido que yo fuese testigo de los hechos, y procuraré ser lo más claro posible, sin ofender a nadie. Voy a comenzar la historia por el principio, o al menos, voy a tratar, señor juez, señores del jurado, de darles una idea de quién era Miguel Panizo, Miguelito, como le decíamos en el barrio, el Burro Panizo. Y Miguel Panizo, allá, en Saladillo, era famoso por una cosa, señor juez, por su virilidad, su hombría. Y cuando digo su virilidad, su hombría, no me refiero con esto a que era un guapo, un hombre de coraje, o un tipo valiente. Eso no lo sé. Nunca lo demostró, o no tuvo oportunidad de demostrarlo. Tampoco era un tipo provocador como para tener oportunidad de demostrarlo. Todo lo contrario, Miguelito era un pan de Dios, un muchachote buenazo, señores. Por eso, cuando yo digo que Miguel Panizo era famoso por su virilidad me refiero a otra cosa. Y ustedes saben bien a qué me refiero. Me refiero, procuraré ser más explícito, me refiero... porque veo entre los presentes rostros algo dubitativos... algunos ya veo que me han comprendido... sí, sí... eso mismo... eso mismo... Pero seré claro, me refiero a que Miguel Panizo era famoso por el... digamos... por lo que calzaba... ¿Cómo explicarlo?... El aparato que calzaba, el sexo, digamos, el miembro viril, exactamente. Puedo asegurarle, señor juez, y perdone si soy muy crudo en mis términos, que era inhumano lo que tenía ese muchacho entre las piernas. Una cosa bárbara. Así, observe. Mi antebrazo, casi. Soy un hombre grande, he visto muchas cosas, pero puedo asegurarles que nunca en mi vida había visto algo así. ¡Una cosa tremenda! Por algo le decían "El Burro", a Miguelito. El "Burro" Miguel, porque como ustedes saben... noto que han comprendido por las miradas de todos ustedes... los burros son notorios por... Está bien, sí, señor juez, perdóneme... intento ser claro para ilustrar al jurado, y a la vez, no aparecer demasiado grosero para las damas que lo componen, también... Ellas sabrán perdonarme.
Sí, sí, continúo, señor juez. Puedo asegurarles, señores del jurado, que el atributo de Miguel Panizo era para ser expuesto en circos, en ferias públicas, de la misma forma que a veces se muestran terneros de dos cabezas, o jorobados, u otras deformidades físicas. Pero él, Miguelito, siempre se había negado a eso porque decía, y tenía razón, señores del jurado, que él no era un payaso, o un animal, para ser exhibido en una kermesse, o en algún circo. Y yo les aseguro, señores del jurado, que ese muchacho podía haberse ganado la vida muy fácilmente trabajando en el Tihany, o en el Ringlin Brothers, por dar un ejemplo.
Pero no, Miguel siempre trabajó en el Almacén de don Isidro, a la vuelta del club Calzada, como cualquier hijo de vecino. Pero eso sí, tiempo atrás solía aceptar desafíos, apuestas, de gente que venía de otras partes. Eso sí. Un poco porque no dejaba de ser una diversión para los muchachos del barrio, que lo seguíamos como quien sigue a un equipo de fútbol. Nosotros éramos su hinchada. Y otro poco porque así, de cuando en cuando, se ganaba los buenos pesos. Pero hacía mucho que eso ya no pasaba en Saladillo. El último que recuerdo, hace como ocho años, fue un... un bobalicón de Santa Fe... un grandote que jugaba al básquet y vino a desafiarlo a Miguel. Me acuerdo que la competencia fue a puertas cerradas, por supuesto, en la sala de los trofeos del club Unión y Gloria, frente a un escribano público, y estábamos todos. Se había acondicionado una mesa, quisiera explicarles el procedimiento a los señores del jurado, una mesa a la que se le había pintado, muy prolijo, en la madera, un sistema métrico, que llegaba al metro y medio, más o menos, y sobre esa mesa se hacía la exhibición... bueno... de las piezas. Disculpen las damas si me extralimito, porque veo... bueno... rostros un tanto ruborizados, pero entiendo que es mi deber de testigo aportar, en lo posible...
Está bien, está bien, señor juez, perdóneme. Pido disculpas. Quizás mi intención de colaborar hace que me extralimite... Sí, sí, continúo. Bueno, aquella vez del santafecino fue un fiasco porque Miguel le ganó, casi, por veinte centímetros. Sí, señores, advierto ciertas miradas suspicaces entre los honorables presentes, pero puedo jurarles por lo que más quiero, por el cariño de mi madre, que no les miento. Es que lo de Miguelito era pavoroso. Y estoy hablando del aparato... ¿cómo podría explicarlo?... del aparato en posición de descanso. No les hablo, no quiero contarles lo que era eso cuando entraba en actividad, porque en esos...
Bien, perdón señor juez. Lo que ocurre es que la gente suele no creer cuando uno les cuenta, piensan que uno está fantaseando, pero quiero recordarles que yo he jurado decir solamente, la verdad y no voy a defraudar ni la confianza que ha depositado en mí el jurado al llamarme a declarar, ni mucho menos la mirada de mi padre, quien, tal vez, desde el Cielo...
Ya sé, señor juez, perdón. Mil perdones. Continúo. Esa vez con el santafecino, fue la última vez que Miguel participó en un desafío de ese tipo. Estoy hablando de casi ocho, si no nueve años atrás. Pero, por lo demás, Miguel Panizo, llevaba una vida normal, tranquila, común. No era un hombre de farolear, digamos, de engrupirse con sus condiciones fuera de lo común. ¡Y mire que cualquiera pudiera haberlo hecho, en su misma situación! Más considerando, ustedes bien saben cómo son los barrios, ese culto que existe por el machismo, por la cosa viril. ¡Cómo se habla de eso en la barra del café, en el club, los chistes de los amigos, las cargadas, las bromas! Pero no, Miguelito ya dije que era un pan de Dios, no le daba mucha bolilla a esas cosas. Tampoco las desmentía porque no era tonto. No las desmentía. El sabía que, en la medida en que esa fama se difundiera, él sacaba sus buenas ventajas. ¿De qué modo? Permítame explicarlo, señor juez, dado que aprecio miradas algo confundidas entre los presentes. Todos sabemos que las mujeres son bastante curiosas, señor juez... No sé si me explico... No sé si ha sido clara mi intención. No sé si han logrado captar lo que quiero decir con esto... Un momento, un momento... quisiera aclarar, porque veo rostros un tanto enojados entre las damas del jurado... Es solamente lo que he dicho... En ese aspecto, en el aspecto de la relación, digamos, por así decirlo, hombre-mujer, la relación íntima, o bien, sexual, la mujer se dice que es más inquieta que el hombre. Más curiosa, la subyuga lo desconocido, o lo misterioso. Se siente atraída por aquello que no conoce. Al menos leí algo así en alguna revista especializada. ¡No quiero que se piense que yo, señor juez, soy el inventor de esta teoría! Creo haberlo visto en el "Maribel". O al menos algunas mujeres son así, si no todas. Por lo menos, y eso doy fe, lo juro por la salud de mis hijos, en el barrio yo he visto varias mujeres, incluso digo más, muchas de ellas "señoras", "señoras respetables", venir al club a la hora en que ellas sabían que nos reuníamos los muchachos, para verlo al Miguel. Y le buscaban la conversación, le "daban calce", como dicen los muchachos. Y el Miguelito aprovechaba, porque era un grandote algo quedado en algunas cosas, pero de tonto no tenía nada. Y al día siguiente se las veía a esas mujeres con el rostro cambiado, con una sonrisa, así, como perdidas y uno entonces sabía que el Miguel les había hecho saber lo que es la buena eh... ustedes ya me comprenden, la buena... creo ser claro, la buena herramienta, disculpen si soy crudo en mis palabras. Y voy llegando al núcleo de lo que tengo que contar, según todos sabemos, y pido disculpas si me he excedido en detalles irrelevantes, vuelvo a repetir que no soy orador y...
Bien, señor juez, tiene razón. Perdone usted. La cuestión es que una semana atrás, el lunes pasado, sí, el lunes pasado, llega al barrio un enano. Un enano de Resistencia, Chaco. Se imagina, señor juez, que la noticia corrió enseguida porque un enano es muy notorio, siempre, por la misma razón de su baja estatura. Pero este enano, señores del jurado, Sosa se llamaba, o se hacía llamar, desafió al Miguelito. Así como lo oyen. Podría sonar como una petulancia, o una falta de humildad de parte del enano, desafiar a un coloso como Miguel, pero ustedes bien saben lo que se dice, lo que se comenta en torno a los enanos... No sé si soy claro... No sé si ustedes entienden el sentido de lo que quiero transmitirles, porque veo algunos rostros como... como que no comprenden. Se dice, no sé si es cierto, que los enanos, a pesar de su escasa talla, de su tamaño reducido, están, podríamos decir... están muy bien provistos.
Bien, señor juez, sí, sí, comprendo, continúo. No... Además veo que me han comprendido perfectamente, veo por sus miradas que ellos también conocen la fama de estos enanos, o al menos han oído de ella. Incluso a este Sosa, Marcial Sosa, el enano que se presentó en el buffet del club el lunes pasado, le decían el "Brasero". Por supuesto que es un apodo, que no configuraba un dechado de imaginación porque es un apodo muy remanido, digamos, porque... claro... no le decían el "Bracero" porque hubiese trabajado en la zafra... y perdonen la ironía. No sé si me llegan a entender. No sé si comprenden, en especial las damas, porque noto ciertas caritas como que no entienden. El brasero, por el brasero brasero, el aparatito para calentar cosas, la pava, digamos. El brasero que como todos sabemos tiene tres patas y suele llamarse así a ciertas personas, lógicamente, hombres, cuando se comenta que, justamente...
Muy bien, muy bien, señor juez, es que intento ser lo más gráfico posible. Perdone usted. Disculpe. Continúo y sepan disculparme las damas si soy un tanto crudo en mis explicaciones. En el club de inmediato se creó una efervescencia ante el desafío del recién llegado del Chaco e, incluso, comenzaron a tejerse historias disparatadas. Usted sabe cómo son las barras de los clubes. Cómo se habla ahí al divino botón. Porque este enano era del Chaco y el Miguelito Panizo también es chaqueño. No de Resistencia pero sí del Chaco. De Roque Sáenz Peña, creo. Se vino acá hace como quince años, pero es del Chaco. Y se empezó a decir en la mesa del club que en Chaco todos los hombres son así, que era así por la alimentación, o por el clima seco, qué sé yo. Hasta que Fermín, el Toto Fermín, que es el macaneador mayor del club... Usted sabe, señor juez, que en todo club, en todo barrio hay un macaneador, un loco, un tontito, bueno... Fermín, que es el macaneador del club, inventó que el enano era en realidad hijo de Miguel, un hijo natural, que por eso estaba también digamos... que por eso cargaba también su buen, su buen aparato, que Miguel había huido del Chaco justamente por eso, para no hacerse cargo del enano y todas esas cosas. ¡La que se armó! De cualquier manera el desafío ya se había concertado, Miguel había dicho que sí, y el enano había apostado cualquier guita a su... a su pingo. No me pregunten cuánto porque mentiría si les digo, pero sí que era una cantidad más que considerable, se hablaba de dólares, incluso. Bueno, el miércoles a la noche, fue la cosa. Se cerró el club con la excusa de que había desinfección, nos fuimos todos para el salón de los trofeos, éramos como treinta, y allí estaba la mesa ésa que yo ya les expliqué, se había acondicionado como para este tipo de... confrontaciones. Quiero aclarar que en este tipo de cosas no se aceptan mujeres ni niños, que quede bien claro que es nada más que una competencia con un público exclusivamente de hombres. No hay ninguna corrupción ni porquería. Estaba también el escribano, pero no se permitían fotógrafos.
El enano llegó medio tarde, cuando ya pensábamos que se había borrado, temeroso de pasar papelones. Pero llegó, agitado, con un envoltorio alargado de papel de diario bajo el brazo, donde decía que traía una regla para constatar las medidas. Ahí se armó medio una discusión porque hubo que decirle que él obraba en condición de desafiante, y que acá las cosas se regían por las reglamentaciones de la provincia de Santa Fe, y esas cosas. Yo no sé qué había de cierto en todo eso, pero supongo que los muchachos medio lo apuraron para no dejarse prepotear por un desconocido de afuera que venía a desconfiar de nosotros, y para colmo, enano. De cualquier manera, después de la parada de carro, hubo que hacer las cosas bien por derecha, no fuera a ser que el enano, o el mismo escribano, pensaran que los queríamos llevar por delante y robarles el dinero. El escribano sorteó quién debía... digamos, desenfundar primero. Y salió elegido Miguelito, pobre. Miguel peló el termo y lo puso sobre la mesa. Una cosa monumental, vea. El enano se puso pálido, yo lo estaba mirando de reojo, blanco se puso. El escribano midió, no sé bien cuánto acusó Miguel —si lo supiese no me lo creerían—, y le tocó el turno al enano. Yo vi que el enano agarraba la regla envuelta en papel de diario y pensé: "Este no está convencido. No lo puede creer". Y por ahí el enano saca del envoltorio alargado, no una regla, saca un machete de este porte, de esos de abrir picadas en el monte y...
Cuando revivo esa escena le juro, señor juez, que me recorre la columna vertebral un estremecimiento de arriba abajo. Fue un solo tajo, señor juez, un machetazo seco sobre la mesa... Mire... El aparato de Miguelito era una víbora, un brazo mutilado retorciéndose sobre la mesa. No quiero abundar en detalles porque veo en los rostros transfigurados de todos ustedes... el mismo espanto que sentí yo... Pobre Miguel... Después nos contaron que este enano, Sosa, había resultado el marido de una mujer que un día probó con Miguel, allá en el Chaco. No sé. Una historia así. Y que se la había jurado al Miguel. El enano era obrajero. ¡Cómo son las cosas! ¿De qué vale, a veces, tener tanto, señor juez? Me pregunto yo... ¿de qué vale tener tanto?
.
Roberto “El Negro” Fontanarrosa nació en Rosario (Santa Fe), Argentina, el 26 de noviembre de 1944, y murió el 19 de julio de 2007. Era humorista gráfico y escritor.

miércoles, 26 de mayo de 2010

STORNI, Alfonsina: Dolor



Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;
ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar…

Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.

(Suiza 1892/Argentina, 1938)




BENEDETTI, Mario: Ustedes y nosotros


Ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual
ustedes cuando aman
calculan interés
y cuando se desaman
calculan otra vez

nosotros cuando amamos
es como renacer
y si nos desamamos
no la pasamos bien
ustedes cuando aman
son de otra magnitud
hay fotos chismes prensa
y el amor es un boom

nosotros cuando amamos
es un amor común
tan simple y tan sabroso
como tener salud

ustedes cuando aman
consultan el reloj
porque el tiempo que pierden
vale medio millón
nosotros cuando amamos
sin prisa y con fervor
gozamos y nos sale
barata la función

ustedes cuando aman
al analista van
él es quien dictamina
si lo hacen bien o mal
nosotros cuando amamos
sin tanta cortedad
el subconsciente piola
se pone a disfrutar
ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.
.
.
.
Mario Benedetti
(Uruguay, 1920/2009)

viernes, 21 de mayo de 2010

WALSH, Rodolfo: Los nutrieros

Renato oyó los tiros. Volaron patos y garzas, y en la lejanía una nubecilla de humo azul se desguedejó lentamente en la quietud infinita de la tarde.
Al filo de la noche volvió Chino Pérez, ceñudo y silencioso. Traía a remolque un bote pintado de rojo, con las letras blancas en el costado de babor: "San Felipe"
-Lo encontré -explicó, sin mirar a Renato-. Creo que es de la estancia.
Y añadió al cabo de una pausa:
-Se habrá cortado el amarre.
Renato se incorporó lentamente, fumando su pipa, y acercose a la orilla. Renato era bajo y escuálido. Sus ojos azules tenían una fijeza de alucinado, que desmentía el diseño casi pueril de la boca.
La cadena del bote era nueva, Renato vio que estaba intacta, pero no dijo nada. En el fondo había flamantes aparejos de pesca y un rifle calibre 22; en uno de los bancos, un "sweater" de lana a rayas multicolores.
-¿Cazaste algo? -preguntó Renato en voz baja.
-No -replicó su compañero. Y agregó con una sonrisa torva-: Gallaretas.
-Oí los tiros -dijo Renato. Chino Pérez no contestó. Ensimismado y remoto sentose en la orilla de la isleta; se sacó las alpargatas y hundió los pies en el agua fría con la mirada clavada en la distancia.
Aquella noche hubo desvelo de perros en la costa de la laguna; pisadas y linternas; voces apagadas, que el viento traía y llevaba. Renato dormía. Chino Pérez estuvo fumando, absorto y lejano, hasta que el cielo empezó a clarear.
Chino Pérez terminó de cuerear las nutrias y estaqueó los cueros. Renato lo observaba con sus ojos azules e impávidos.
Chino Pérez tapó con tierra el fogón, y luego tendió la mirada a lo lejos. El agua había tomado un color plomizo, y en el oro verde de los juncos se alargaban las primeras sombras. Por los confines de la laguna, ensimismada en la quietud vesperal, entre las últimas barreras de juncos, flotaban a ras del agua nubecillas de vapor.
-Está bien, hermanito; esta noche es la vencida -dijo Chino Pérez sin volverse.
Los dos botes balanceábanse en la orilla de la isleta. Las líneas de pesca se sacudían a intervalos con breves convulsiones eléctricas. "Dientudos", pensó Chino Pérez de mal humor. Todavía no era la hora de las tarariras. Las tarariras se llevaban la línea de un golpe, dejándola tensa y vibrante como una cuerda de violín.
-Ya sé que querés irte -dijo Chino Pérez.
Renato no contestó. Dejó que el silencio flotara entre ellos, separándolos, restituyéndolos a sus mundos distintos, suavemente, sin violencias.
Chino Pérez era de baja estatura, fornido, cetrina la faz, tallado a cuchillo el entrecejo, hirsuto el pelambre, pétrea y estólida la expresión.
A lo lejos, en el campo, encendiose una luz. Ladraron perros. Gorgoteaba el agua.
"Ya sé que querés irte -pensó Chino Pérez-. Yo también quiero irme"-meditó mirando el bote de la estancia. Las rayas coloridas del "sweater" se destacaban en la oscuridad. Chino Pérez no había querido tocar nada. Un temor recóndito le impedía poner la mano sobre cualquiera de esas cosas. "Ya te vendrán a buscar", pensó con saña.
Luna llena: pila de monedas amarillas y temblonas sobre el paño gris del agua.
En el fondo del juncal gritó la nutria; era un grito quejumbroso, como el gemido de un ser humano. Chino Pérez se levantó el cuello del saco, como si tuviera frío.
-Ya puse las trampas -dijo. Renato pensó que no hacía falta decirlo. Lo había visto salir temprano, en el bote, con las trampas, preparadas para ponerlas en los nidos y comederos.
Chino Pérez acercose al fogón y se acuclilló, frotándose las manos. Entonces advirtió que él mismo había apagado el fuego y lamentó haberlo hecho. "Mañana nos vamos -pensó-. Para siempre". Tres meses durmiendo en cualquier parte, sobre la tierra húmeda y podrida, sin encender fuego de noche, sin mostrar el bulto de día. Tenía el gusto del pescado pegado a la garganta. Escupió con asco.
-¿Y qué vas a hacer, gringo, con la plata?
-¿La plata? -Renato parpadeó-. Volveré a la chacra -dijo a la vuelta de un largo rato. Su padre había querido tener un tractor. Toda su vida había querido eso. Ahora estaba muerto, en medio del campo, y los tractores pasaban por encima de sus huesos. Muerto, para siempre, y sin estrellas. El espejismo había renacido en el hijo, más torturado y violento: para hacerlo realidad a la fuerza, se había metido a nutriero. En la estancia vecina a la chacra de su padre había visto una vez un tractor de oruga, un Caterpillar pintado de rojo... Renato, acaso sin saberlo, tenía la tierra metida en todo el cuerpo, como sus padres y sus abuelos. Salió de su ensoñación con algo parecido a un escalofrío.
-Si la cobramos... -agregó en voz baja.
Chino Pérez, cabizbajo, pateó el suelo húmedo. Oyose un chapoteo en el agua, y una de las líneas quedó bruscamente tirante. Empezó a retirarla, despacio, con acompasados movimientos de ambas manos. Cabresteaba la tararira, veloz y frenética al extremo de la línea, mordiendo el hilo reforzado con alambre. Con un último tirón la sacó a la orilla. Brillaban en la boca del pescado los dientes amarillos y fuertes, y sus ojos tenían una fijeza azulina y viscosa. Chino Pérez la sujetó con el pulgar y el índice por las agallas y la golpeó dos veces en la cabeza con el mango de un rebenque. Después le sacó el anzuelo. Silbó en el aire la plomada de tuercas y hundiose en el agua.
Renato apagó la pipa y se puso en pie.
-Voy a recorrer las trampas -dijo.
-Dejá; voy yo -replicó Chino Pérez. Su acento se dulcificó-. Mejor que duermas un poco, hermano. Mañana hay que caminar mucho.
Renato obedeció. Acostose sobre unas lonas, con la ropa puesta; y antes de quedarse dormido, vio por última vez la silueta de su compañero, erguido sobre el bote, remando a la luz de la luna.
Chino Pérez hundía el remo silencioso y el bote quebraba el espejo terso y pulido del agua. Dormía la laguna profunda de ecos y rumores. Las cejas de los juncales se destacaban nítidas y oscuras.
Chino Pérez no siguió el camino de costumbre. Un miedo supersticioso y agudo le aleteaba en la sangre. No estaba acostumbrado al miedo. Pugnaba por sacudírselo, como un perro a un tábano. Al llegar frente a la isleta de espadañas, dejó de remar.
En el recodo de la isleta, la tarde anterior se le había aparecido el hijo del mayordomo en el bote de la estancia. Chino Pérez lo había visto una sola vez, de lejos, recorriendo el campo, pero lo reconoció en seguida. Al ver al nutriero, un gesto de hombría le había curvado los dedos en torno al rifle. No mediaron palabras, ni hacían falta. Con ese mismo gesto viril en el rostro adolescente se había doblado y había caído por la borda -un tiro en la garganta-, entre las ásperas ortigas de agua.
Chino Pérez no quiso pasar por allí. En la isleta dejaba dos buenas trampas. "Que se quede con ellas el mayordomo", pensó torvamente.
El viento soplaba de la costa, peinando los juncos. Un cencerro trasudaba gotas de sonido en las manos heladas del aire.
Y se hizo de pronto, a lo lejos, la noche de los perros, de los tiros, del odio desatado como una llamarada. Chino Pérez oyó las voces sordas que el encono aceraba. Se las traía el viento, acres y feroces como mordeduras.
Después fue el silencio, más súbito, más grande y terrible que antes. El silencio de la laguna, preñado de misterio.
De lejos lo ventearon los perros. Chino Pérez arrastrábase por el pajonal, sigiloso como un gato, en dirección al Molino Grande, en desuso desde que las aguas del cuadro se tornaron salobres.
Al pie del molino los peones de la estancia habían encendido una fogata. A su cárdeno resplandor se destacaba en silueta la figura del mayordomo, sombrío como la noche, los brazos cruzados, separadas las piernas, desafiando a la noche a que le quitara su venganza.
A la luz de la luna giraba la rueda del Molino Grande, como una enorme flor blanca. Giraba lentamente, deteniéndose a ratos; y amarrado a las aspas chorreando sangre, con los ojos vidriados de dolor y espanto, giraba el cuerpo torturado de Renato. El viento traía y llevaba sus gemidos, y la rueda giraba lentamente bajo el cielo tachonado de estrellas.
A doscientos pasos del molino se detuvo Chino Pérez para tomar aliento. Quemábanle en las manos las pinchaduras de los abrojos. Los perros se revolvieron, inquietos, recrudeciendo el coro exasperado de ladridos. Siguió avanzando. A intervalos le llegaba el quejido estertoroso de Renato.
-Paciencia, hermanito. Paciencia.
Se detuvo a cien pasos del molino.
Chino Pérez no erraba nunca un tiro. A veinte metros de distancia mataba una nutria con un tiro en el ojo, para no perforar el cuero.
-Paciencia, hermano.
Alzó el winchester, despacio, muy despacio. Las miras se clavaron en el semblante taciturno del mayordomo, vacilaron un instante, después siguieron subiendo por el bruñido esqueleto del molino. La rueda dio media vuelta más y se detuvo chirriando, dejando a Renato vertical, de pie en lo alto, suspendido y solo, con los ojos azules extraviados.
Chino Pérez apretó el gatillo.
.



RODOLFO WALSH
(Argentina, 1927/1977)

viernes, 14 de mayo de 2010

GALEANO, Eduardo: Gelman

.
.
El poeta Juan Gelman escribe alzándose sobre sus propias ruinas, sobre su polvo y su basura.
Los militares argentinos cuyas atrocidades hubieran provocado a Hitler un incurable complejo de inferioridad, le pegaron donde más duele. En 1976, le secuestraron a los hijos. Se los llevaron en lugar de él. A la hija, Nora, la torturaron y la soltaron. Al hijo, Marcelo, y su compañera, que estaba embarazada, los asesinaron y los desaparecieron.
En lugar de él, se llevaron a los hijos porque él no estaba. ¿Cómo se hace para sobrevivir a una tragedia así? Digo: para sobrevivir sin que se te apague el alma. Muchas veces me lo he preguntado, en estos años. Muchas veces me he imaginado esa horrible sensación de vida usurpada, esa pesadilla del padre que siente que está robando al hijo el aire que respira, el padre que en medio de la noche despierta bañado en sudor: Yo no te maté, yo no te maté. Y me he preguntado: Si Dios existe, ¿por qué pasa de largo? ¿No será ateo, Dios?
.

domingo, 9 de mayo de 2010

TEJADA GÓMEZ, Armando: La vida dos veces


Miren cómo sonaba allá en mi barrio agreste
este nombre caído de los mares lejanos:
Toddy Deussán. Un chico alimentado a lirios.
Una flor de su madre que soñaba otra vida.
Supe que no querían que jugara conmigo
porque yo era la forma del pánico y el hambre
y la más descarada miseria por el mundo.
Pero Toddy, esa gracia hecha de mimbre y aire,
vivía hipnotizado por mi gran aventura.
Cuando huía del ojo celoso de su madre
se acercaba a mi sombra con cierto desenfado,
me mostraba sonriendo sus ignotos tesoros
y me buscaba el lado más pájaro del alma.
.
Él descubrió en mis ojos cierto país del sueño
donde se desnudaba un ángel con harapos,
algunos yacimientos de enterrada inocencia
y un gran rompecabezas de ternura en mis manos.
.
Un día, ya vencidos por nuestra resistencia,
los padres me dejaron entrar en el santuario,
nos sirvieron un río de leche y medialunas
y yo los deslumbré dibujando caballos.
Después, siguió la vida, como siempre sucede,
volvió el viento de agosto y crecieron los árboles;
sus padres, que tenían el sueño de otra vida,
una tarde ceniza se mudaron de barrio.
Yo olvidé al canillita en un cruce de esquinas,
entré al jornal violento del vino y los obrajes,
vestí los portentosos pantalones del viento
y descubrí mi oficio de fábula y guitarra.
.
Toddy, se llama Alfredo Deussán, vive en Mendoza,
casó con otro mimbre hace muchos veranos,
seguramente tiene un puñado de niños
y es una pajarera su comedor de diario.
.
Acaso, un año de estos, cuando vuelva al oeste,
llame a su puerta clara y despierte sus pájaros,
sólo porque un amigo es la vida dos veces
y desde aquella tarde no dibujo caballos.
.

sábado, 1 de mayo de 2010

BUKOWSKI, Charles: A la puta que se llevó mis poemas

Algunos dicen que debemos eliminar del poema
los remordimientos personales,
permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero
¡Por Dios!
¡Doce poemas perdidos y no tengo copias!
¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores!
¡Es intolerable!
¿Tratas de joderme como a los demás?
¿Por qué no te llevaste mejor mi dinero? Usualmente
lo sacan de los dormidos y borrachos pantalones enfermos en el rincón
La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete de cincuenta,
pero mis poemas no.
No soy Shakespeare
pero puede que algún día ya no escriba más,
abstractos o de los otros;
siempre habrá dinero y putas y borrachos
hasta que caiga la última bomba,
pero como dijo Dios,
cruzándose de piernas:
"Veo que he creado muchos poetas
pero no tanta poesía."
.
.

CHARLES BUKOWSKI
(1920-1994)
.
.
.
.


“No escribo para salvar a la humanidad, escribo para salvarme a mí mismo”.