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miércoles, 8 de junio de 2011

CORTÁZAR, JULIO: No se culpe a nadie

El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguir hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. Por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estar impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

JULIO CORTÁZAR
Argentina, 1914-1984

miércoles, 1 de junio de 2011

MOYANO, DANIEL: Tía Lila




Pobre tía Lila con su vestido blanco, tan alta, tan soltera. Un vestido en el que trabajaron las mejores costureras de las sierras para plisarlo y darle esa forma de campana ondulante que tenía todas las tardes tía Lila cuando nos llamaba desde la galería. Chicos, dejen ya esa pelota por favor, y a lavarse las manos, a frotarse las rodillas, a limpiarse la nariz que vamos a rezar. Un vestido que de tan plisado que era ella podía levantarlo o moverlo para cualquier lado sin que se le vieran las rodillas; nunca se acababan los pliegues, ni siquiera cuando tomaba las puntillas del ruedo y lo alzaba hasta la altura de los hombros para ser un pavo real, o juntando las manos sobre la cabeza, cerrándose allá arriba la campana para ser escarapela. O puro remolino si bailaba, el vestido se abría girando como el remolino donde se ahogó el tío Jacinto. Y qué manera de tener encajes y bordados; hilos de todos los colores formando dos grandes mariposas en el pecho, repetidas en las mangas cerradas en los puños con tiritas amarillas, todo encerrando a tía Lila en una gran blancura.
Chicos, hoy nos vamos a Cosquín a visitar al tío Emilio. A portarse bien, no llevar las hondas, no matar palomitas de la virgen ni entrampar jilgueros. Portarse bien con el tío Emilio que es tan bueno y les dará leche de cabra, pan con chicharrón y miel de sus panales. Mucho cuidado queriditos, a ser juiciosos y prudentes en la casa del tío Emilio tan bueno tan hermoso. Nada de cazar pájaros y clavarles agujas en los ojos, miren que Dios puede castigarlos por eso y dejarlos ciegos para siempre. Aprendan del tío Emilio que es tan bueno porque nunca mató pájaros ni les pinchó los ojos con espinas. Por eso lo mejor es portarse bien y juntar berro y peperina, chañar y piquillín para el tío Emilio, sin olvidarse por supuesto de pedirle la bendición. ¿Y no podemos llevar la pelota? No, eso no, dice tía Lila, porque entonces juegan y gritan demasiado, los gritos ponen nervioso al tío Emilio y además espantan sus abejas.
Que Dios los bendiga, mis queridos, dice tío Emilio tocándonos la cabeza. Y ahora vengan a ver mis flores, mis panales, mis cabritos, mis melones, mis jaulas con Siete Colores, mis canteros de margaritas y coronas de novia. No, gracias tío Emilio, queremos ir un rato a la canchita. Bueno, hijos, vayan con Dios pero no se junten con los negros, no se peleen ni se insulten. No, nunca, tío Emilio, porque Dios está en todas partes y nos está mirando siempre y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
Desde la cancha hacemos señas a los negritos del rancherío, que vienen como moscas. Che, ¿no tienen pelota ustedes? Podríamos jugar un partidito. Qué van a tener pelota ellos. Pero hacen señas con los ojos para que miremos el suelo, y ahí vemos un montón de sapos que han salido del arroyo a buscar bichos, dele saltar por la canchita.
Lo lindo de esto es que la pelota ayuda, se gambetea sola. Linda pelota saltarina para los buenos tiros de boleo. Lo malo es cuando hay que cambiar de sapo. A veces te cortan en pleno avance diciendo che, esa pelota ya no vale, ¿no ves cómo está la pobre?, ahora la pelota es ésta. Entonces discutimos mucho, griterío, chicos, qué están haciendo en la canchita por amor de Dios, llega la voz de tía Lila.
Carozo y Titilo han formado dos bandos. Yo en el arco de Carozo, el Beto en el otro. Y hay cuatro negritos para cada equipo. Y un montón de sapos, que en cierto modo también son jugadores, alternadamente; ellos, cuando no son pelota, van saltando por la canchita como si jugaran; uno que sube y otro que baja, saltando siempre, desde el arroyo hasta la casa de tío Emilio, justamente hasta sus canteros de coronas de novias, todo es un latir de sapos.
En eso hay un pase alto de Titilo. Un negrito viene a la carrera con intenciones de cabecear, pero justo a tiempo recuerda la calidad de la pelota y entonces la para con el pecho, no la deja llegar al suelo, juega bárbaro el negrito; la frena con la rodilla, la bailotea con la izquierda y tira con la derecha a media altura y muy violento. Yo estoy bien colocado y embolso sin problemas. Pero ahí nomás la suelto, la tiro para atrás por encima del palo, está helada la pelota, córner gritan varios. Automáticamente voy a buscarla cuando llega la voz de Titilo diciendo que la deje, ya no sirve. Y allá desde el córner con las patas abiertas viene girando el otro sapo, la panza le blanquea cuando pasa frente al arco, peligro para mí, he salido a destiempo, cuando Carozo salva la situación sacando de voleo, un tiro bárbaro que toma de sorpresa al otro arquero, que ni ve la pelota cuando pasa alta junto al poste casi en el ángulo y se estrella no sé dónde y ya estamos uno a cero, nos abrazamos con el Carozo y los negritos nuestros.
Chicos, no se ensucien, dice tía Lila debajo de la magnolia. Y dentro de un rato vengan que vamos a rezar todos juntos por el tío Jacinto que está muerto pobrecito.
Nosotros no queremos rezar ni que nos cuenten otra vez la historia del tío Jacinto. Ya nos hemos olvidado de él. Sabemos que tenía bigotes y usaba sombrero aludo porque así está en el cuadro, en la pared.
Es que el remolino lo hundió y lo devolvió tres veces a la superficie, dice siempre tía Lila como si no lo supiéramos, mostrándonos tres dedos blancos, y nadie fue capaz de alcanzarle un palo, una tablita al pobrecito, y a la tercera vez no volvió a salir más.
Se ahogó por boludo, decimos siempre con Titilo. Nosotros nos bañamos siempre en los remolinos, es mejor que en aguas mansas. Uno se deja llevar girando para abajo un par de metros, y en el fondo el remolino es un puntito que no tiene fuerza, acaba en cero. Todo lo que hay que hacer es apoyar un pie en el fondo y con el envión salir hacia el costado, y ya se está fuera de la atracción del giro. Después nadar hasta la superficie, tomar resuello y otra vez adentro. Como un tobogán, pero más divertido. El remolino no existe en el fondo del río, todo el mundo lo sabe menos el tío Jacinto, claro. Y los que estaban ahí mirándolo ahogarse se lo decían: haga un envión cuando esté abajo, señor Jacinto, tenga en cuenta que el remolino lo llevará de abajo hacia arriba tres veces solamente. Se lo decían con palabras y también con señas por si era sordo, pero él nada. En vez de hacer lo que le decían, él también hacía señas con los dedos, y nadie lo entendía por supuesto. Los otros le decían tres, tres dedos le mostraban para que los mirase, y él también mostraba, cada vez que salía, tres dedos, siete dedos, nueve dedos. Tres veces, le decían los otros, pero él nada, haciendo su testamento, tres vacas, siete ovejas, nueve canarios, todo eso se lo dejo a mi querido hermano Emilio. Los bigotes y el sombrero chorreando. Tres veces te perdona el remolino. Pero él, nada. Y claro, a la tercera vez el remolino se lo llevó al carajo. Entonces que se joda, decimos siempre con Titilo.
Qué hacés, imbécil, me grita Carozo cuando me dejo meter el gol, cuando no veo al sapo que pasa como un refucilo entre mis piernas, todo por acordarme del tío Jacinto. Menos mal que es gol anulado, porque un pedazo de la pelota entró en el arco pero hubo otro que pasó por fuera junto al poste. Ahora la pelota es ésta, dice un negrito que se corta solo para el otro arco, y cuando va a tirar sale Titilo, taponazo, se la quitan y a cambiar de sapo.
Titilo busca el empate como loco y como sabe que yo no sé atajar pelotas altas se remuerde en un tiro muy elevado que pasa por encima del travesaño; salto todo lo que puedo viendo que el sapo va derechito a lo del tío Emilio, alcanzo a rozar la pelota con las uñas pero no hay caso, se me va, girando como un remolino con la panza para arriba allá lejos se estrella contra la jaula del Siete Colores de mi tío Emilio. Y enseguida la voz de tía Lila, tan buena, tan creída, la voz que dice por amor del Señor mis chiquilines, dejen tranquilo ese sapito y vengan a rezar. Ella hablando de un sapo y nosotros ya hemos usado como veinte.
Paren, penal, gritaron varios. Del penal del empate me acuerdo muy bien. Discutían a ver quién lo pateaba. Era un sapo grande, gordísimo, que no se quedaba quieto frente al arco mientras discutíamos. Lo ponían en su sitio, sobre un montoncito de tierra, y él enseguida agarraba para el lado del arroyo. Al final lo pateó el Titilo, como siempre. Volvieron a poner la pelota en su sitio. Titilo lo miró, tomó carrera y se remordió en un tiro a media altura que no pude atajar desgraciadamente, mientras oía el grito de tía Lila como yéndose del mundo, cayendo en remolinos, mientras veíamos que su vestido blanco cambiaba rápidamente de color, mientras oíamos su grito más bien suave, como si fueran señas de gritos, más bien lánguidos, como si en vez de gritar estuviese diciendo qué han hecho mis queridos, no se olviden que Dios y el tío Jacinto los están mirando desde el cielo.
Gol, golazo, gritan Titilo y sus negritos, que se abrazan con el Beto. Yo me retuerzo de bronca en el suelo, muerdo el pasto. Dejarme meter el gol y además mancharle el vestido a tía Lila. Ahora ella va a pensar que no la queremos. El vestido tan blanco, tan bordado, tan puntillas, entre las dos mariposas ha reventado el sapo, a la altura del canesú alforzado del vestido de tía Lila pavo real y escarapela.
Es molestísimo rezar cuando se suda a mares. Sudando es imposible concentrarse en el retrato del tío Jacinto, alumbrado con velas. Rezamos mirando de vez en cuando a tía Lila, que llora en enaguas lavando el vestido en una palangana. Nunca sabremos si llora por su vestido o por el tío Jacinto. Titilo reza mirando el retrato del difunto, pero los ojos le relumbran de alegría. Yo rezo tratando de disimular la bronca que tengo todavía. Un poquito más y lo atajaba, le agarraba una pata, qué sé yo, lo echaba al córner. Si me estiraba un poco ganábamos uno a cero.
El tío Emilio, que reza con nosotros como si contara melones o cabritos. La tía Lila, que al siguiente verano habíamos olvidado como al tío Jacinto porque después no volvimos a las sierras. La tía Lila, creyendo en tantas cosas buenas. La tía Lila, que dicen que nunca pudo sacar del todo las manchas de sangre que hicimos en su vestido blanco. La tía Lila, sin saber que nosotros seguiríamos matando sapos.

DANIEL MOYANO

Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930- España, 1992) fue un escritor argentino.
Pasó su infancia en la ciudad de Córdoba y luego se radicó en la provincia de La Rioja, donde ejerció como profesor de música e integró el Cuarteto de Cuerdas de la Dirección de Cultura de esa provincia. Aquí formó su familia y escribió gran parte de su obra literaria.
En 1967 el Centro Editor de América Latina editó una antología de sus relatos: La espera y otros cuentos y de manera póstuma se publicó en España el libro Un silencio de corchea, aún inédito en Argentina. Fue encarcelado en La Rioja en 1976 por la dictadura militar y una vez liberado se exilió en España, donde vivió hasta su muerte, en 1992.

viernes, 20 de mayo de 2011

GARCÍA LORCA, FEDERICO: MEDIO PAN Y UN LIBRO

"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Esta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? ¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, solo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque solo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.
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Locución de Federico García Lorca (1898/1936) al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931.

viernes, 6 de mayo de 2011

NERUDA, PABLO: Soneto XVII "No te amo como si fueras rosa de sal, topacio..."

No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.

.Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.

.Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,

. sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

. Pablo Neruda
(de “Cien sonetos de amor”)

jueves, 28 de abril de 2011

ORGAMBIDE, PEDRO: El Mono

A José María Gatica
In memoriam
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Cuidado, Mono, cuidado. Él no lo vio, no tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle o solo vio el muñequito que bailoteaba en el parabrisas, un muñequito gordo, de celuloide, junto al escarpín que bailaba también, el escarpín del pibe del colectivero, cuidado Mono, no tuvo tiempo de saltar, dicen que estaba borracho o tal vez era el sol que le pegaba en los ojos y el colectivero no pudo frenar o esquivar al tipo inmenso como el tren que lo traía a Buenos Aires, oyó el aullido de la locomotora o era él, quizá, gritando mientras la foto de Gardel en el colectivo sonreía canchera a la eternidad y el grito le creció en el pecho con un dolor insoportable. Mono, Mono, gritaban los muchachos del fútbol y él iba a las tribunas vendiendo muñequitos o caramelos, él, que era un dios, que había sido un dios diez años antes, quince años antes, el Mono Gatica que ahora vivía en una villa, en un rancho de lata, con un loro en el hombro. Él, el más grande, el más guapo, el más macho de todos los boxeadores y no ese pobre tipo en el parabrisas del colectivo, cuidado Mono, no ese muñeco gordo de celuloide con cara de payaso y Gardel en la foto que siempre se ríe de la muerte y Dios que está en alguna parte y el aullido del tren y el Mono que salta en el andén de Constitución o de Retiro, un pibe entonces y las calles, los bares, las vitrolas automáticas, las piezas roñosas, los galpones y él abriendo las puertas de los autos, gracias señor, y la pelea a trompadas con el urso que lo quiera basurear, negro de mierda, y él rompiéndole la cara para que aprenda, cuidado Mono, el colectivo no tiene tiempo de frenar o de esquivar al tipo, no tenés tiempo Mono y ahora sos vos el que grita tirado en la calle, despatarrado, KO, pero el inglés ese, el marinero, te levanta, te lleva al albergue: el Sueco, el Irlandés, el Polaco, gente de mar, Mono. El muñequito ha dejado de bailotear en el parabrisas. No corrás, pensá en mí; papito (cartel del colectivero bajo el florero, la foto del nene y la rosa de plástico). La gente deja los asientos, bajan apurados, no quieren ver al tipo tirado en la calle, como muerto. No estoy muerto se dice el Mono y esa convicción, la única de su vida y de todas las vidas, crece en el pecho con ese grito de animal que él está oyendo en la cabeza, adentro de la cabeza mientras el Irlandés le calza un gancho en la mandíbula y los marineros del albergue alrededor del ring, aplauden al muchacho que no cae, que aguanta el castigo de pie como un macho, y después, con la cabeza gacha, como un toro (el Toro de las Pampas, el Toro de Mataderos estuvieron antes que él, pero él es más toro que esos toros) avanza lanzando golpes a lo loco, como un mono enloquecido, Mono, pobre Mono, llora alguien y levanta los muñequitos, los banderines, los caramelos de menta caídos en medio de la calle. Entonces siente una gran calma (debo estar soñando, me quedé dormido en la camilla después de ganarle a Prada, sueña el Mono), una calma feliz, dichosa, y se oye música de circo y él es un boxeador rico y famoso y la gente del Luna Park le dice Mono, Mono, Mono, y hasta Perón le da la mano, lo manda a Norteamérica. Soy el mejor del mundo, sueña el Mono. Sigue la música del circo, es música con olor a pochoclos y manzanas asadas y perfume de pomo de carnaval, aunque tal vez sea la anestesia, el suero, seguro que le gané a Prada y estoy descansando, tranquilo, tranquilo. Tranquilo, le dice el amigo cuando entran al Salón de Baile y él está temblando porque no sabe tratar a una mujer, aunque ahora baila el tango, Malena canta el tango como ninguna, Malena tiene pena de bandoneón, tiene pena el Mono, Malena, le gustaría ser un señor, sabés, uno de esos tipos que tienen éxito con las mujeres, buenos modales, eso, Malena, el Mono tiene pena de bandoneón. Un mono, un payaso. No, Malena: Él sale con los muchachos para hacer pinta, ahora que es un boxeador rico, un campeón, ahora que no se muere de hambre por la calle, pero tiene pena, Malena, te lo juro. Y los otros (no esos que miran al tipo tirado junto al colectivo, sino los otros, los del Luna Park, los machos sombríos de la calle Corrientes) se apartan porque viene el Mono con su barra de amigos, con su sombrero Orión, fumando un habano, vestido con el traje de solapas anchas y una flor en el ojal, chau Mono, chau Mono, no sea cosa que se enoje y los mate de una piña. No estoy muerto, piensa el Mono 1... 2... 3.... oye la voz del árbitro y la gente que grita levantate Mono, levantate, pero ahora le duelen las costillas, ve la rueda del colectivo, estoy soñando, piensa. 4... 5... 6..., claro que me voy a levantar como otras veces, yo no me quedo a dormir sobre la lona, no soy de esos, no soy un marica, tengo vergüenza profesional como dicen los diarios, tengo pelotas para seguir hasta el fin... 7... 8... pero, carajo, qué me pasa, no puedo moverme, no soy un paralítico, pregúntenle a Prada si no, pregúntenle a los otros a los que les hice besar la lona mil veces, no sean guachos, no me dejen solo, no me dejen morir de hambre en la villa, hijos de puta... 9... Me voy a levantar, claro que me voy a levantar. Estoy en estado, uno-dos, uno-dos, uno-dos, salto la cuerda como un mono, uno-dos, uno-dos, el puching-ball, saco la izquierda, limpia, la bolsa de arena, la derecha, los pendejos que miran el entrenamiento, mire señor, míreme bien, son macanas que ando de joda tirando la guita, estoy bárbaro, tengo más polenta que antes, soy el Mono Gatica, don; déjense de joder, no me empujen, no me tiren... 10, dijo el árbitro y él se quedó con su guante en la cuerda, de rodillas, como si rezara y abrió la mano y se le cayeron las pastillas de menta. Cuidado, Mono, cuidado. El Mono no lo vio, no tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle. No estoy muerto, piensa el Mono. Se oyen ruidos de fichas, Miren, allá está Gatica y sus muchachos, mírenlo gastando a manos llenas en el Casino. Abre un ojo y le parece ver a una enfermera, siente olor a hospital, entonces no son fichas... cajas de inyecciones... cloroformo, yo le gané a Prada, seguro que le gané... y ese olor de pomo de carnaval... se duerme. Tranquilo, tranquilo, Mono Vuelve la música de circo y ella está allí, la acomodadora y su pollerita y sus gambas de diosa y esa cara de Malena canta el tango como ninguna, te enamorás. Mono, qué lindo es enamorarse y vivir pensando en ella y sentir y sentir muy despacito su taconear por la vereda, estás cantando Mono, estás cantando un tango y el payaso se ríe en la pista, no de vos, nadie se ríe de vos, Mono, se ríe como Gardel o como Dios que no creen en la muerte... no te vas a morir nunca Mono... antes tenés que... ganarle otra vez a Prada... nadie se ríe de vos... Perón se ríe en un afiche con los brazos en alto... vos también te reís y levantás los brazos... sos el campeón... sos el mejor del mundo... te vas a casar con la acomodadora del circo... te vas a ir a Norteamérica. Cuidado, Mono. Él no lo vio. No tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle. No supo cómo perdió esa pelea y otra, cómo se emborrachó, cómo perdió la guita, los trajes de solapas anchas, la flor en el ojal, la vida. No tuvo tiempo. Siente una gran calma. Debo estar soñando en la camilla después de ganarle a Prada. La gente deja los asientos, no quieren ver, quieren ver al tipo tirado sobre los adoquines. Se juntan como moscas. Entonces llega la ambulancia.
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Pedro Orgambide
(Argentina, 1929/2003)

miércoles, 20 de abril de 2011

23 DE ABRIL






23 DE ABRIL
Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor
Día del Idioma

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Se conmemora el fallecimiento de Miguel de Cervantes Saavedra y de William Shakespeare, los más destacados autores de lengua hispana e inglesa respectivamente, a lo largo de la historia.
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El "Día mundial del libro y el derecho de autor" fue formalmente instaurado por la UNESCO recién en 1995. Sin embargo, los orígenes de esta celebración se remontan al año 1926, cuando en Valencia, España, el editor Vicente Clavel y Andrés propuso dedicar un día del año en homenaje a los libros. Estaba claro que ese día debía estar relacionado, de algún modo, con el máximo exponente de nuestra literatura: Miguel de Cervantes. Pero al no saberse con exactitud qué día nació (aunque por 4 años se celebró el Día del Libro el 7 de octubre, una de las fechas probables), en 1930 se eligió definitivamente la fecha de su defunción: 23 de abril de 1616.
La tradición se hizo firme en España y comenzó a extenderse: en 1964 lo adoptaron todos los países de lengua castellana y portuguesa, y en 1993 también la Comunidad Europea. Semejantes antecedentes llevaron al gobierno de España (con el apoyo de la Unión Internacional de Editores) a presentar a la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) la idea de proclamar el 23 de abril como "Día Mundial del Libro". La propuesta, junto con el agregado sobre el "Derecho de autor" propuesto por Rusia, fue aprobada unánimemente por todos los Estados miembros durante la 28° sesión de la Conferencia General de la UNESCO. Así quedó definido el 23 de abril de cada año como "Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor".
Claro que para lograr esta aprobación unánime no era suficiente con el homenaje a quien fuera el más ilustre autor de lengua castellana, sino que se ha sumado la notable coincidencia de que también William Shakespeare (el máximo exponente de la lengua inglesa) ha fallecido en esa misma fecha. Y para completar las coincidencias, también el destacadísimo Garcilaso de la Vega (el Inca) falleció el 23 de abril de 1616. Esto explica la unanimidad que se ha dado en cuanto a la adopción de esta fecha, puesto que se trata de dos de las más insignes figuras de toda la literatura universal.
Valga de todos modos una aclaración: si bien Shakespeare falleció en la misma fecha que Cervantes y Garcilaso, no fue exactamente el mismo día, porque por esa época los ingleses todavía tenían su calendario desfasado unos días con respecto al mundo católico, por lo cual Sir William murió con diez días de diferencia (antes o después según diversas fuentes) con respecto a El Manco de Lepanto y el Inca.
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El Día del Idioma
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Para los países de lengua hispana, también se había tomado el 23 de abril como Día del Idioma, obviamente en homenaje al autor de "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha".
Esta conmemoración pretende no sólo ayudar a difundir y dar impulso al uso de nuestra lengua, sino promover su sana utilización. Es importantísimo cuidar nuestro idioma, porque es uno de los mayores patrimonios de nuestra identidad. Pensemos simplemente en la alegría que nos produce escuchar nuestro idioma cuando viajamos por un país extranjero en que se usa otra lengua... la identificación que nos produce es inmediata, nos ofrece una indescriptible sensación de compañía, de alivio. No debemos perder esa identidad común que nos da nuestro idioma, y para eso debemos cuidarlo. El idioma va evolucionando, es cierto, pero también se va perdiendo cuando se usa mal. Usualmente utilizamos un bajísimo porcentaje de las palabras que nuestro idioma nos ofrece, y esa costumbre lo va desprestigiando y empobreciendo. Las palabras que desaparecen por su falta de uso es muy difícil que puedan recuperarse. Y con ellas puede desaparecer nuestra identidad.
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Miguel de Cervantes Saavedra
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Se sabe que nació en Alcalá de Henares y que fue el cuarto hijo de Rodrigo de Cervantes y de Leonor de Cortinas, pero su fecha de nacimiento es incierta, aunque se cree que puede haber sido el 29 de septiembre de 1547, día de San Miguel (de ahí su nombre). La única certeza al respecto (dado que se ha encontrado su acta bautismal) es que fue bautizado el 9 de octubre de 1547 en la iglesia de Santa María la Mayor.
Miguel de Cervantes y Saavedra fue el más destacado dramaturgo, poeta y novelista español, y el autor de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, considerada como la primera novela moderna de la literatura universal y el libro más vendido y más traducido después de La Biblia en todo el mundo.
La obra de Cervantes reúne todas las corrientes de espíritu renacentista (donde reinan las novelas de base idealista) y contempla todos los géneros narrativos que predominaban en su época. Su mayor aporte fue logrado con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impresa en 1605. El éxito obtenido con esta obra lo motivó a publicar la segunda parte (El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha) en 1615. Cuenta las aventuras de un hidalgo que pierde el juicio, acompañado de su escudero Sancho.
Cervantes tuvo una vida azarosa y de permanentes penurias económicas y desencantos. Fue reconocido en su época pero su éxito muy efímero. Terminó su última novela "Trabajos de Persiles y Sigismunda" el 19 el abril de 1616. Cuatro días después, el 23 de abril, murió en su casa de Madrid.
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William Shakespeare
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Poeta, actor y dramaturgo inglés, es considerado como la figura principal del teatro y la literatura inglesa moderna, y uno de los mejores dramaturgos de la literatura universal. Se tienen muy pocos datos acerca de la primera etapa de su vida, pero se afirma que William fue el tercero de los ocho hijos de John Shakespeare y Mary Arden, y nació en 1564 en la localidad de Stratford-upon-Avon (donde también murió). Gozaba de una buena posición económica y se cree que asistió a una escuela de gramática en su adolescencia. A los 18 años contrajo matrimonio con Anne Hathaway, con quien tendría tres hijos. Su vida "pública" comienza alrededor de los 30 años, cuando su carrera como actor iba en pleno ascenso y le otorgaba valiosas herramientas para elaborar sus obras literarias. Entre románticas comedias y tragedias con leyendas, podemos nombrar: La fierecilla domada, Romeo y Julieta, El sueño de una noche de verano, El mercader de Venecia, Noche de Reyes, Hamlet, Macbeth, El Rey Lear, entre muchas otras. William Shakespeare pasó sus últimos años en su ciudad natal y murió el 23 de abril de 1616. Aunque fue siempre admirado en su patria, recién a principios del siglo XIX su obra alcanzó el reconocimiento universal.


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Garcilaso de la Vega, el Inca
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Fue un escritor y cronista peruano que nació en Cuzco en 1539. Considerado uno de los mejores prosistas del renacimiento hispánico, usaba el nombre de Gómez Suárez de Figueroa. En 1560 viajó a España, donde escribió toda su obra, en la que reúne una cultura bastante especial quechua-española, ya que era hijo de un conquistador español (Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas) y una princesa inca (Isabel Chimpo Ocllo). Ejemplo de este espíritu fue Comentarios Reales (1609), su obra cumbre, en la que refleja la historia, cultura y sociedad del Imperio Inca. Su interés por la historia de América queda demostrando también en la segunda parte de esa obra, que apareció después de su muerte: Historia General del Perú (publicada en 1617). Murió en España el 23 de abril de 1616.

miércoles, 13 de abril de 2011

GUILLÉN, NICOLÁS: ¿Qué color?


Qué alma tan blanca, dicen,

la de aquel noble pastor.

Su piel tan negra, dicen,

su piel tan negra de color,

era por dentro nieve,

azucena,

leche fresca,

algodón.

Qué candor.

No había ni una mancha

en su blanquísimo interior.

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(En fin, valiente hallazgo:

"El negro que tenía el alma blanca",

aquel novelón).

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Pero podría decirse de otro modo:

Qué alma tan poderosamente negra

la del dulcísimo pastor.

Qué alta pasión negra

ardía en su ancho corazón.

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Qué pensamientos puros negros

su grávido cerebro alimentó.

Qué negro amor, tan repartido

sin color.

. ¿Por qué no,

por qué no iba a tener el alma negra

aquel heroico pastor?

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Negra como el carbón.

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(Cuba, 1902/1989)

domingo, 3 de abril de 2011

LEER ES VITAL


Nuestro amigo Guillermo nos hizo llegar desde España esta hermosa imagen de su creación, inspirada en nuestro taller.

Recomendamos visitar su blog, donde podrán apreciar la intensa labor de este interesantísimo artista. Guillermo, muchísimas gracias por tu gesto

Les mostramos algunas más:
Talleres de graffitti contra la guerra
Intervención artística: Miradas del mundo. Barcelona

Mural técnica Aerosolgrafía. Barcelona

lunes, 28 de marzo de 2011

GIARDINELLI. Mempo: Zapatos

Mamá está furiosa con papá porque a papá no le gustan los zapatos que ella usa, y dice que lo que él le hizo hoy es algo que no le piensa perdonar mientras viva ni después de muerta.

Cualquiera podría acordar con papá en que lo que hizo es una pavada, pero entre ellos el episodio devino en una cuestión capital, definitiva, porque el rencor de mamá es de jíbaro, un resentimiento de tragedia shakesperiana y de perro del hortelano, como dice Tía Etelvina cuando la ve así, porque dice (Tía Etelvina) que mamá, enojada, solo tiene camino de ida y se pone de tal manera que no perdona ni deja perdonar.


Mamá tiene unos pies muy lindos, preciosos y parejitos, sin callos y con los dedos como repulgue de empanaditas, y en eso todo el mundo está de acuerdo. Por eso mismo, dice papá, es un crimen que use zapatos tan feos. Yo no sé qué te da por ponerte esos zapatones horribles, grandes, cerrados y que además hacen ruido, dice papá. Y encima producen un crujidito horrible al caminar pero que no se puede ni mencionar porque vos jamás aceptás una crítica. Lo que pasa es que tus críticas jamás son constructivas, dice mamá. Lo que pasa es que te ponés hecha una fiera, dice papá. Y al cabo mamá le grita que en todo caso es un defecto de nacimiento y mejor no te metás con mis defectos, estoy harta de que me critiques, harta de que me juzgues, y harta de esta vida que llevamos porque yo me merezco otra cosa (que es lo que mamá dice siempre). Y como no hay manera de pararla papá se calla la boca y ella sigue diciendo todo lo demás que es capaz de decir, que es muchísimo y es feroz.


A mamá no se le puede pedir discreción en nada. Y tampoco tiene un gran sentido del humor. Cuando eran más jóvenes él le sugería que usara zapatillas, total, bromeaba, yo te voy a querer igual. Pero ella, en todo su derecho, se compraba los zapatos que le gustaban y usaba los que quería, y siempre protestando que yo no sé por qué los hombres tienen esa manía de pretender dirigir la vestimenta de las mujeres: cuando la conocen a una se enganchan por las ropas audaces pero cuando nos tienen enganchadas quieren que andemos como monjas y guay de una si se pone minifalda o se le ven las tetas.


Guaranga como es ella, vehemente y fulminadora con la mirada, ni en chiste se le puede hablar de lo que no le gusta. Eso ya lo sabemos. Por eso lo que hizo papá este sábado a la tarde, aunque suene a pavada, fue demasiado: no había nadie de la familia en la casa, y él aprovechó para juntar todos los zapatos de mamá, como diez o doce pares, viejos y nuevos, y los metió en una bolsa y llamó a Juanita, que es la muchacha que trabaja en la casa ayudando en las tareas porque aunque no somos ricos tenemos sirvienta cama afuera, como quien dice, y le dijo tome Juanita, me ordenó la señora que se los regale.


Y le entregó la bolsa con todos los zapatos, que Juanita, chocha, se llevó a su casa.


Por supuesto, y como era de esperar, mamá se dio cuenta esa misma noche, en cuanto llegó y se quitó las botas que llevaba puestas y buscó las sandalias de entrecasa. Descubrió el ropero vacío de zapatos y fue todo uno gritar desde el dormitorio: "¡Titino qué hiciste con mis zapatos!" y salir a torearlo.


Papá estaba de lo más divertido y le dijo la verdad: se los regalé todos a Juanita. Lo que ipso facto desató en mamá una verborrea de lo peor: lo trató de tano bruto, comunista nostálgico y hasta le dijo nazi antisemita hijo de puta y después se fue a contarle a todo el mundo, empezando por la abuela y la Tía Etelvina, que este hombre cuando está aburrido es un peligro, por qué no se meterá sólo en lo suyo y ahora va a ver cuánto le va a salir la cuenta de la zapatería.


A mí hay dos cosas que me revientan de ellos dos: la incapacidad de aceptar los comentarios ajenos que tiene mamá; y esa manía de querer cambiar a la gente que tiene papá.


Pero es inútil, con ellos. La Tía Etelvina dice que a gente así lo mejor es ignorarla. Y yo creo que tiene razón. Pero cuando son los papás de uno no se puede.


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MEMPO GIARDINELLI


(Argentina, 1947)

miércoles, 16 de marzo de 2011

SCHWEBLIN, Samanta: La furia de las pestes

Gismondi se extrañó de que los chicos y los perros no corrieran hacia él para recibirlo. Intranquilo, miró hacia el llano donde, ya mínimo, se alejaba el coche que regresaría por él al otro día. Llevaba años visitando sitios de frontera, comunidades pobres que sumaba al registro poblacional y a las que retribuía con alimentos. Pero por primera vez, frente a ese pequeño pueblo que se hundía en el valle, Gismondi percibió una quietud absoluta. Vio las casas, pocas. Tres o cuatro figuras inmóviles y algunos perros echados en la tierra. Avanzó bajo el sol de mediodía. Cargaba en sus hombros dos grandes bolsos que, al resbalarse, le lastimaban los brazos y lo obligaban a detenerse. Un perro levantó la cabeza para verlo llegar, sin levantarse del piso. Las construcciones, una mezcla de barro, piedra y chapa, se sucedían sin orden dejando hacia el centro una calle vacía. Parecía deshabitada, pero podía adivinar a los pobladores tras las ventanas y las puertas. No se movían, no lo espiaban, pero estaban ahí y Gismondi vio, junto a una puerta, a un hombre sentado; apoyada en una columna, la espalda de un niño; la cola de un perro sobresaliendo del interior de una casa. Mareado por el calor dejó caer los bolsos y se limpió con la mano el sudor de la frente. Contempló las construcciones. No había nadie con quien hablar así que eligió una casa sin puerta y pidió permiso antes de asomarse. Aunque lo hizo en un tono bajo sintió su voz fuerte volver desde el valle y algunas sombras se movieron entre las casas. Pero nadie contestó. Probó asomarse. Adentro, un hombre viejo miraba el cielo a través de un agujero del techo de chapa.
—Disculpe —dijo Gismondi.
Al otro lado de la habitación, dos mujeres sentadas junto a una mesa, y más atrás, sobre un catre viejo, dos chicos y un perro dormitaban apoyados unos en otros.
—Disculpen... —repitió.
El hombre no se movió. Cuando Gismondi se acostumbró a la oscuridad, descubrió que una de las mujeres, la más joven, lo miraba.
—Buenos días —dijo recuperando el ánimo—. Trabajo para el gobierno y... ¿Con quién tengo que hablar? —Gismondi se inclinó levemente hacia delante.
La mujer no contestó, su expresión era indiferente. Gismondi se sujetó a la pared que enmarcaba la puerta, se sentía mareado.
—Debe conocer a alguien. Un referente… ¿Sabe con quién tengo que hablar?
—¿Hablar? —dijo la mujer con voz cansada.
Gismondi no contestó, temía descubrir que ella no había hablado y que el calor del mediodía lo afectaba. La mujer pareció perder el interés y dejó de mirarlo. Gismondi pensó que podía estimar la población y completar el registro a su criterio, ningún agente se tomaría la molestia de corroborar los datos en un sitio como ese; pero, de cualquier manera, el coche que pasaría por él no iba a regresar hasta el día siguiente. Se acercó a los chicos, quizá al menos podría hacerlos hablar a ellos. El perro, que descansaba el morro sobre la pierna de uno de ellos, ni siquiera se movió. Gismondi saludó. Solo uno de los chicos, lento, lo miró a los ojos e hizo un gesto mínimo con los labios, casi una sonrisa. Sus pies colgaban del catre, descalzos pero limpios, como si nunca hubiesen tocado el suelo. Gismondi se agachó y rozó con su mano uno de los pies. No supo que lo llevó a hacer eso, quizá solo necesitaba saber que esa gente era capaz de moverse, que estaban vivos. El chico lo miró asustado. Gismondi se incorporó. También él, de pie en medio de la habitación, miró al chico con miedo. Pero no era ese rostro lo que temía, ni el silencio, ni la quietud. Recorrió con la mirada el polvo de las repisas y las mesadas vacías hasta detenerse en el único recipiente que había a la vista. Lo tomó y vació el contenido sobre la mesa. Permaneció absorto unos segundos. Después acarició el polvo desparramado sin entender lo que estaba viendo. Revisó los cajones y los estantes. Abrió latas, cajas, botellas. No había nada. Nada para comer ni para beber. Ni mantas, ni herramientas, ni ropa. Solo algún utensilio inútil. Vestigios de jarros que alguna vez habrían contenido algo. Sin mirar a los chicos, como si hablara solo para él, preguntó si tenían hambre. Nadie contestó.
—¿Sed? —un escalofrío le hizo temblar la voz.
Lo miraban extrañados, como si no alcanzaran a entender el significado de esas palabras. Gismondi dejó la habitación, salió a la calle, corrió hasta los bolsos y cargó con ellos de regreso. Se detuvo frente a los chicos, agitado. Vació la carga sobre la mesa. Tomó una bolsa al azar, la abrió con los dientes y dejó caer un puñado de azúcar sobre su palma. Los chicos miraron cómo se agachaba junto a ellos y les ofrecía algo de su mano. Pero ninguno pareció entender. Fue entonces que Gismondi sintió una presencia, percibió, quizá por primera vez en el valle, la brisa de un movimiento. Se incorporó y miró hacia los lados. Algo de azúcar cayó al piso. La mujer estaba de pie y lo observaba desde el umbral de la puerta. No era la mirada que había mantenido hasta entonces, no miraba una escena ni un paisaje, lo miraba a él.
—¿Qué quiere? —dijo.
Era, como todas las otras, una voz somnolienta, pero cargada de una autoridad que lo sorprendió. Uno de los chicos había abandonado la cama y ahora contemplaba la mano repleta de azúcar. La mujer miró los paquetes desparramados y se volvió con furia hacia él. El perro se incorporó y rodeó intranquilo la mesa. Por las puertas y por las ventanas comenzaban a asomarse hombres y mujeres, cabezas que se asomaban tras cabezas, un tumulto que crecía. Otros perros se acercaron. Gismondi miró el azúcar en su mano. Esta vez, al fin, todos concentraban su atención en él. Apenas vio al chico, su mano pequeña, los dedos húmedos acariciar el azúcar, los ojos fascinados, cierto movimiento de los labios que parecían recordar el sabor dulce. Cuando el chico se llevó los dedos a la boca, todos se paralizaron. Gismondi retrajo la mano. Vio en los que lo miraban una expresión que, al principio, no alcanzó a entender. Entonces sintió, en el estómago, una herida tajante. Cayó de rodillas. Había dejado que se desparramara el azúcar, y el recuerdo del hambre crecía sobre el valle con la furia de las pestes.
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Samanta Schweblin (Buenos Aires – 1978) es egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. En 2001 obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes y el primer premio del Concurso Nacional Haroldo Conti con su primer libro “El núcleo del Disturbio” (Planeta, 2002). En el 2008 obtuvo el premio Casa de las Américas, por su libro de cuentos "Pájaros en la boca", y la beca FONCA de residencias para artistas del gobierno Mexicano. Muchos de sus cuentos han sido traducidos al alemán, al inglés, al italiano, al francés, al portugués, al sueco y al servio, para su publicación en numerosas antologías, revistas y medios culturales.

viernes, 4 de marzo de 2011

KAFKA, Franz

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Una fábula breve

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—¡Ay! —dijo el ratón—. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan amplio y era feliz de poder ver, al fin, en la lejanía, muros a derecha e izquierda, pero esos muros tan largos comenzaron a cerrarse con tal rapidez, uno detrás de otro, que ya me encuentro en la última habitación, y allí, en el rincón, está la trampa en la que caeré.
—Solo tienes que cambiar la dirección —dijo el gato y se lo comió.

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El buitre
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Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
—Estoy indefenso —le dije— vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
—No se deje atormentar —dijo el señor—, un tiro y el buitre se acabó.
—¿Le parece? —pregunté—. ¿Quiere encargarse del asunto?
—Encantado —dijo el señor—; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
—No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí—: Por favor, pruebe de todos modos.
—Bueno —dijo el señor—, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.

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FRANZ KAFKA
(Praga –Checoslovaquia- 1883 / Austria, 1924)

lunes, 14 de febrero de 2011

FEINMANN, José Pablo: La metáfora de la casa tomada




El triunfo electoral de Juan Domingo Perón en 1946 puso en el margen el pensamiento de aquellos que habían dominado el poder desde la Revolución de Mayo en adelante. En este capítulo, José Pablo Feinmann retoma el reconocido cuento de Cortázar como una metáfora de esta situación. 


domingo, 13 de febrero de 2011

CASTILLO, Horacio: Anquises sobre los hombros

Eneas, Anquises y Ascanio (*)
(Gian Lorenzo Bernini)
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Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre
sobre los hombros.

Débiles aún, su peso nos impide la marcha,
pero luego se vuelve cada vez más liviano,
hasta que un día deja de sentirse
y advertimos que ha muerto.

Entonces lo abandonamos para siempre
en un recodo del camino
y trepamos a los hombros de nuestro hijo.

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Horacio Castillo
(Argentina, 1934)
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Horacio Castillo nació en 1934 en Ensenada, provincia de Buenos Aires. Vive en La Plata. Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española. Publicó los libros Descripción (1971), Materia acre (1974), Tuerto rey (1982), Alaska (1993), Los gatos de la Acrópolis (1998), Cendra (2000), y Música de la víctima (2003). Durante el 2005 la editorial cordobesa Brujas publicó su poesía completa bajo el título “Por un poco más de luz”, incluyendo el poema Mandala, hasta el momento inédito. Antologías suyas fueron publicadas también por la editorial Colihue, y por el Fondo Nacional de las Artes. Tradujo a numerosos poetas griegos, entre ellos a Calímaco, Kavafis, Elytis y Ritsos.
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(*) Eneas, Anquises y Ascanio es una estatua realizada por Gian Lorenzo Bernini entre 1618 y 1619.
Se trata de una escultura de
mármol de 220 cm de alto, expuesta en la Galería Borghese, en Roma. Pertenece al estilo barroco.
El grupo escultórico representa a
Eneas huyendo de la ciudad de Troya llevando a su anciano padre, Anquises sobre sus hombros, y a su hijo Ascanio llevando el sagrado fuego del hogar, mientras Anquises sostiene a los dioses del hogar familiar (penates). Bernini, que tenía 21 años cuando hizo esta obra, aún sentía la influencia de su padre, Pietro, con sus composiciones en forma de torre propias de finales del siglo XVI. Muchos expertos consideran que esta obra es, principalmente, de su padre.

sábado, 15 de enero de 2011

KAVAFIS, Constantino: Muy raramente



Es un anciano. Agotado y giboso,
estragado por los años, y por intemperancias,
con paso lento atraviesa la calleja.
Y sin embargo cuando entra a su casa para ocultar
su ruina y su vejez, considera
la parte que él aún posee en la juventud.
Adolescentes ahora los versos suyos recitan.
Por los vivaces ojos de estos pasan las visiones suyas.
Sus espíritus sanos, voluptuosos,
sus cuerpos armoniosos, firmes,
se conmueven con su propia expresión de la Belleza.

(Egipto, 1863/1933)


jueves, 30 de diciembre de 2010

VETTIER, Adela: El hombre de Houston

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Al hombre matemático
que soñaba su álgebra en el patio de infancia
y borroneaba fórmulas
en el reverso de las cartas de amor,
que conoció por correspondencia
las galas del verano y la primavera,
que utilizó los libros de poesía
como pisapapel
y que borró los nombres de Bach y de Beethoven
con el rumor de las computadoras,
le avisaron desde Houston que efectivamente
la sonda proyectada por él
emitía señales desde Marte.
En un gesto insensato de alegría
dejó el laboratorio
y sin mucha cautela miró el cielo.
Un derrumbe de estrellas
cayó sobre sus hombros
y entonces vio en el esplendor supremo
astros virando en su vagar eterno.
Y escuchó la música infinita
con ángeles del cielo
que en cálidos veranos devolvía
sus perdidos recuerdos.
Una lágrima ardiente abrió sus ojos
y preguntó:
—Es de Bach —le dijeron.

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ADELA VETTIER
(Argentina, 1931/2015)

Grata sorpresa de fin de año el haber recibido noticias de Adela Vettier, sobre todo porque fue ella misma la que se comunicó con nosotros y nos aportó su breve biobibliografía que no pudimos agregar oportunamente. La compartimos con ustedes junto con su poema.
.Datos biográficos de Adela Juana Cabrero de Vettier, que usó como nombre literario el de Adela Vettier. (nacida en Capital Federal en 29/01/1931)
Pese a que su vocación literaria despertó tempranamente, sólo se inició públicamente a través de un Concurso de Canciones Infantiles del que resultó ganadora junto con Nela Grisolía, por la canción titulada “Pepe el Marinero”.
A partir de entonces, -1971- no dejó de publicar cuentos y novelas infanto-juveniles tales como:
De la Mano- Editorial Plus Ultra- Colección “El Campanario” Año 1981
Padre Lobo – Editorial Plus Ultra “ “ Año 1996
Si ves un pájaro blanco- Editorial Plus ULTRA Col.Tejados Rojos - 1991
Vientos de Aventura-Editorial Huemul- 1990
Irene volaba –Pieza de teatro infantil-Col.El Escenario –Edit.Plus Ultra 1987
La Puerta de la Extraña Señora (Faja de Honor de la SADE) “ “ 1983
Secreto de náufrago- Edición del autor- Distribuidores HUNO- 1998
Pasos en la Selva – Editorial H.R.L. 1997
Nolan el Invisible- Editorial H.L.R. 1996
Sur Adolescente - Editorial H.R.L. 1995
Adolescencia en el Sur-Editorial Ocruxaves- 1992
El sombrero de María Violeta-Editorial Plus Ultra- Colección La Llavecita-1981
¿Qué lápiz te gusta más?Editorial Actilibro –C olección Barquito de Papel
El Tritón Perdido- Editorial Magisterio- Año 1992
Señales a Otros mundos- Editorial Braga-Colección Alas de Halcón 1993
Infancias de Tierra Adentro. Editorial de los Cuatro V ientos- Año 2004
Teléfono: 4983-2444
Dirección: Avda. Díaz Vélez 3762-6º “A”
Su amor por la literatura va mucho más allá pero su dedicación a impulsar la lectura de los niños la inclinó permanentemente a escribir para ellos, empresa que aun no ha abandonado pese a las dificultades actuales de edición.


Vecinos y allegados de Adela Vettier nos han hecho saber
que lamentablemente falleció el 11 de setiembre de 2015.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

ORGAMBIDE, Pedro: El paracaidista



La ambición de un hombre puede ser infinita. La del sastre de mi pueblo tenía la forma de un paracaídas.
Todos los años, durante los festejos patrios, se presentaba a la comisión municipal ofreciendo sus servicios de paracaidista. Lo oían como quien oye llover: con esa burla mezclada de tristeza con que la buena gente trata a los tontos y a los locos. El sastre volvía a su casa, con el paracaídas de seda bajo el brazo, y esperaba otra oportunidad. Así pa­saron incontables veinticincos de mayos y nueves de julios y él continuó fabricando nuevos y lujosos paracaídas que se amontonaban en la trastienda, vigilados por un maniquí de cera.
Mi sastre ya era viejo y sus figurines amarilleaban en la pared, como las fotos de un álbum, con sus pan­talones Oxford, sus ranchos, galeras y bastones de las modas pasadas. El pueblo, claro está, también enveje­cía o, como decían los comerciantes, se modernizaba: donde había un aljibe ahora se levantaba un surtidor de nafta, donde se enseñoró, antaño, una casa de am­plia galería cubierta de helechos, ahora instalaban un supermercado. Las cosas cambiaban, menos la ambi­ción del sastre, que continuaba coleccionando paracaídas con igual fanatismo.
Por fin, cuando el pueblo celebró su Centenario, el sastre volvió a presentarse a la comisión de festejos. Por broma, por cansancio, la comisión aceptó su pedido. Un aviador joven del Aeroclub se ofreció a acompañarlo en la aventura. Durante la semana previa al lanzamiento, los muchachos del pueblo tuvieron motivo de diversión: visitar al sastre, llamarlo Jorge Newbery, o, como motejó el más joven: El Astronauta. Mi sastre soportó las bromas con estoicismo y siguió cosiendo su paracaídas.
Así llegó el día del festejo. Todo el pueblo se dio cita en el Aeroclub. Por primera vez, en tantos años, miraron al sastre con un poco de respeto. Hasta entonces, como es natural, habían pensado que un sastre es un sastre, y un paracaidista un paracaidista. Pero en los días de dicha (y ese lo era, festejábamos nuestro Centenario) el sentido común admitía un margen de locura. Como cuando llegaba el circo. El sastre (el paracaidista, quiero decir) subió al avión. El aparato despegó limpiamente. Después trepó hasta las nubes. Pasaron los segundos, los minutos, el tiempo en que el sastre dejó de ser el sastre para nosotros y transformarse, ahora sí, en un paracaidista. Porque ya descendía, primero velozmente, y luego lento y majestuoso, sobre el campo. Corrieron los jóvenes, las motonetas, los autos, los sulkies, las mujeres, los niños, yo, todos, todos corrimos a recibir al héroe. Los más entusiastas lo levantaron en andas.
Entonces descendió el avión. El joven que conducía se acercó a nuestro héroe. «¡Imbécil! —le gritó— ¡Cobarde! ¡Tuve que empujarlo para que se largara!». Todos callamos porque el paracaidista (quiero decir el sastre) era uno de los nuestros. Nada respondió él, que, con el paracaídas bajo el brazo, abandonó la fiesta. Se negó a que lo acompañáramos.
Esa noche, mientras se encendían los fuegos artificiales en la plaza, otra hoguera se levantó en la orilla del pueblo. Cuando llegamos, era tarde. Ardían los viejos figurines y los paracaídas que flotaban entre las llamas, como fantasmas, como flores blancas.

Pedro Orgambide
De “Historias con tangos y corridos” (1976)
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Pedro Orgambide
De “Historias con tangos y corridos” (1976)
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Pedro Orgambide nació el 9 de agosto de 1929 en la ciudad de Buenos Aires. Es autor de las novelas "Memorias de un hombre de bien", "El páramo" "El escriba" y "Una chaqueta para morir". Escribió el libro de cuentos "Historia con tango y corridos", y de las obras de teatro "Eva" y "Discepolín". Publicó, también, los ensayos "Ser argentino" y "Diario de la crisis". Entre otras distinciones, recibió el Premio Casa de las Américas (1976), el Premio Nacional de Novela (México, 1977), el Premio Municipal Gregorio de Laferrére (1995) y el Premio a la Trayectoria Artística del Fondo Nacional de las Artes (1997). Falleció en Buenos Aires, el 19 de enero de 2003.