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sábado, 18 de febrero de 2012

POE, EDGAR ALLAN: EL GATO NEGRO




Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que barroques. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común.
Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos.
La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de favoritos. Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos y nunca me consideraba tan feliz como cuando les daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter y cuando fui hombre hice de ella una de mis principales fuentes de goce. Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los goces que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del Hombre natural.
Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mimujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.
Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo. Plutón —llamábase así el gato— era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle.
Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento —me sonroja confesarlo—por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mis pobres favoritos debieron de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter.
Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los excesos y no tardé en ahogar en el vino todo recuerdo de mi acción.
Curó entre tanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como debí suponerlo, en cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente. Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu del que la filosofía no se cuida ni poco ni mucho.
No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre... ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley?
Digo que este espíritu de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El vivo e insondable deseo del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me había amado y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios.
En la noche siguiente al día en que fue cometida esa acción tan cruel, me despertó del sueño el grito de "¡Fuego!". Ardían las cortinas de mi lecho. La casa era una gran hoguera. No sin grandes dificultades, mi mujer, un criado y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Quedé arruinado y me entregué desde entonces a la desesperación.
No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la cabecera de mi lecho. Allí el enlucido había resistido en gran parte a la acción del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovado recientemente. En torno a aquella pared se congregaba la multitud y numerosas personas examinaban una parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las palabras "extraño", "singular" y otras expresiones parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda.
Apenas hube visto esta aparición —porque yo no podía considerar aquello más que como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín fue invadido inmediatamente por la muchedumbre y el animal debió de ser descolgado por alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta. Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las restantes paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veía.
Aunque prontamente satisfice así a mi razón, ya que no por completo mi conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no pude liberarme del fantasma del gato y en todo este tiempo nació en mi alma una especie de sentimiento que se parecía, aunque no lo era, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle.
Hallábame sentado una noche, medio aturdido, en un bodegón infame, cuando atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que yacía en lo alto de uno de los inmensos barriles de ginebra o ron que componían el mobiliario más importante de la sala. Hacía ya algunos momentos que miraba a lo alto del tonel y me sorprendió n o haber advertido el objeto colocado encima. Me acerqué a él y lo toqué. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, pero éste tenía una señal ancha y blanca aunque de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho.
Apenas puse en él mi mano, se levantó repentinamente, ronroneando con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era pues, el animal que yo buscaba. Me apresuré a proponer al dueño su adquisición, pero éste no tuvo interés alguno por el animal. Ni le conocía ni le había visto hasta entonces.
Continué acariciándole y cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a seguirme. Se lo permití, e inclinándome de cuando en cuando, caminamos hacia mi casa acariciándole. Cuando llego a ella se encontró como si fuera la suya y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer.
Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Era, pues, precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué sucedió esto, pero su evidente ternura me enojaba y casi me fatigaba. Paulatinamente, estos sentimientos de disgusto y fastidio acrecentaron hasta convertirse en la amargura del odio. Yo evitaba su presencia. Una especie de vergüenza y el recuerdo de mi primera crueldad, me impidieron que lo maltratara. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de tratarle con violencia; pero gradual, insensiblemente, llegué a sentir por él un horror indecible y a eludir en silencio, como si huyera de la peste, su odiosa presencia.
Sin duda, lo que aumentó mi odio por el animal fue el descubrimiento que hice a la mañana del siguiente día de haberlo llevado a casa. Como Plutón, también él había sido privado de uno de sus ojos. Sin embargo, esta circunstancia contribuyó a hacerle más grato a mi mujer, que, como he dicho ya, poseía grandemente la ternura de sentimientos que fue en otro tiempo mi rasgo característico y el frecuente manantial de mis placeres más sencillos y puros.
Sin embargo, el cariño que el gato me demostraba parecía crecer en razón directa de mi odio hacia él. Con una tenacidad imposible de hacer comprender al lector, seguía constantemente mis pasos. En cuanto me sentaba, acurrucábase bajo mi silla, o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus caricias espantosas. Si me levantaba para andar, metíase entre mis piernas y casi me derribaba, o bien, clavando sus largas y agudas garras en mi ropa, trepaba por ellas hasta mi pecho. En esos instantes, aun cuando hubiera querido matarle de un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen; pero, sobre todo, me apresuro a confesarlo, el verdadero terror al animal.
Este terror no era positivamente el de un mal físico y, no obstante, me sería muy difícil definirlo de otro modo. Casi me avergüenza confesarlo. Aun en esta celda de malhechor, casi me avergüenza confesar que el horror y el pánico que me inspiraba el animal habíanse acrecentado a causa de una de las fantasías más perfectas que es posible imaginar. Mi mujer, no pocas veces, había llamado mi atención con respecto al carácter de la mancha blanca de que he hablado y que constituía la única diferencia perceptible entre el animal extraño y aquel que había matado yo. Recordará, sin duda, el lector que esta señal, aunque grande, tuvo primitivamente una forma indefinida. Pero lenta, gradualmente, por fases imperceptibles y que mi razón se esforzó durante largo tiempo en considerar como imaginaria, había concluido adquiriendo una nitidez rigurosa de contornos.
En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era, sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme de él. Era ahora, digo, la imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen ¡de la horca! ¡Oh, lúgubre y terrible máquina, máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía!
Yo era entonces, en verdad, un miserable, más allá de la miseria posible de la Humanidad. Una bestia bruta, cuyo congénere había yo aniquilado con desprecio, una bestia bruta engendraba en mí —en mí, hombre formado a imagen y semejanza del Altísimo— tan grande e intolerable infortunio. ¡Ay! Ni de día ni de noche conocía yo la paz del descanso. Ni un solo instante, durante el día, dejábame el animal. Y de noche, a cada momento, cuando salía de mis sueños lleno de indefinible angustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio de la cosa sobre mi rostro y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que yo no podía separar de mí y que parecía eternamente posada en mi corazón.
Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí. Infames pensamientos convirtiéronse en mis íntimos; los más sombríos, los más infames de todos los pensamientos. La tristeza de mi humor de costumbre se acrecentó hasta hacerme aborrecer a todas las cosas y a la Humanidad entera. Mi mujer, sin embargo, no se quejaba nunca. ¡Ay! Era mi paño de lágrimas de siempre. La más paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables expansiones de una furia a la que ciertamente me abandoné desde entonces.
Para un quehacer doméstico, me acompañó un día al sótano de un viejo edificio en el que nos obligara a vivir nuestra pobreza. Por los agudos peldaños de la escalera me seguía el gato y, habiéndome hecho tropezar la cabeza, me exasperó hasta la locura. Apode rándome de un hacha y olvidando en mi furor el espanto pueril que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal, que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención. Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar siquiera un gemido.
Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente procuré esconder el cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos. Asaltaron mi mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cadáver y arrojar al suelo los pedazos. Resolví después cavar una fosa en el piso de la cueva. Luego pensé arrojarlo al pozo del jardín. Cambié la idea y decidí embalarlo en un cajón, como una mercancía, en la forma de costumbre, y encargar a un mandadero que se lo llevase de casa. Pero, por último, me detuve ante un proyecto que consideré el más factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas.
La cueva parecía estar construida a propósito para semejante proyecto. Los muros no estaban levantados con el cuidado de costumbre y no hacía mucho tiempo había sido cubierto en toda su extensión por una capa de yeso que no dejó endurecer la humedad.
Por otra parte, había un saliente en uno de los muros, producido por una chimenea artificial o especie de hogar que quedó luego tapado y dispuesto de la misma forma que el resto del sótano. No dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada pudiese descubrir nada sospechoso.
No me engañó mi cálculo. Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los ladrillos, y, habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en esta postura hasta poder establecer sin gran esfuerzo toda el enlucido a su estado primitivo. Con todas las precauciones imaginables, me preocupé una argamasa de cal y arena, preparé una capa que no podía distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo tabique.
Cuando terminé, vi que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la más leve señal de arreglo. Con el mayor cuidado barrí el suelo y recogí los escombros, miré triunfalmente en torno mío y me dije: "Por lo menos, aquí, mi trabajo no ha sido infructuoso".
Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que fue causante de tan tremenda desgracia, porque, al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Pero parecía que el artificioso animal, ante la violencia de mi cólera, habíase alarmado y procuraba no presentarse ante mí, desafiando mi mal humor. Imposible describir o imaginar la intensa, la apacible sensación de alivio que trajo a mi corazón la ausencia de la detestable criatura. No se presentó en toda la noche, y ésta fue la primera que gocé desde su entrada en la casa, durmiendo tranquila y profundamente. Sí; dormí con el peso de aquel asesinato en mi alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, sin embargo. Como un hombre libre, respiré una vez más. En su terror, el monstruo había abandonado para siempre aquellos lugares. Ya no volvería a verle nunca: mi dicha era infinita. Me inquietaba muy poco la criminalidad de mi tenebrosa acción. Iniciose una especie de sumario que apuró poco las averiguaciones. También se dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nada podía descubrirse. Yo daba por asegurada mi felicidad futura.
Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó inopinadamente en mi casa un grupo de agentes de policía y procedió de nuevo a una rigurosa investigación del local. Sin embargo, confiado en lo impenetrable del escondite, no experimenté ninguna turbación.
Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta el último rincón. Por tercera o cuarta vez bajaron por último a la cueva. No me alteré lo más mínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón latía pacíficamente. Recorrí el sótano de punta a punta, crucé los brazos sobre mi pecho y me paseé indiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la policía se disponía a abandonar la casa. Era demasiado intenso el júbilo de mi corazón para que pudiera reprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una palabra, una palabra tan sólo a modo de triunfo, y hacer doblemente evidente su convicción con respecto a mi inocencia.
—Señores —dije, por último, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí una gran satisfacción haber desvanecido sus sospechas.
Deseo a todos ustedes una buena salud y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, señores, tienen ustedes aquí una casa muy bien construida —apenas sabía lo que hablaba, en mi furioso deseo de decir algo con aire deliberado—. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente construida. Estos muros... ¿Se van ustedes, señores? Estos muros están construidos con una gran solidez.
Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras el cual yacía la esposa de mi corazón.
¡Ah! Que por lo menos Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio. Apenas húbose hundido en el silencio el eco de mis golpes, me respondió una voz desde el fondo de la tumba. Era primero una queja, velada y encontrada como el sollozo de un niño. Después, en seguida, se transformó en un chillido prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal e inhumano. Un alarido, un aullido, mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno, horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios que gozaban en la condenación.
Sería una locura expresaros mis sentimientos. Me sentí desfallecer y, tambaleándome, caí contra la pared opuesta. Durante un instante detuviéronse en los escalones los agentes. El terror los había dejado atónitos. Un momento después, doce brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado ya y cubierto de sangre coagulada, apareció, rígido, a los ojos de los circundantes.
Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba.

EE.UU, 1809/1849

lunes, 13 de febrero de 2012

TEXTOS GANADORES CONCURSO LITERARIO 2011: RICARDO DANIEL SIERRA

Tristeza

(Primera Mención Poesía)


Me gusta oír el suspiro del viento

porque pone a latir mi corazón,

un caballo en carrera desbocado,

al compás del mar sobre mis pies

cargado con mil lágrimas del cielo.

Es triste escuchar en el absurdo silencio

el lamento de los ángeles

al ver morir la magia de las flores

y ver caer sus pétalos

como las alas de sus espaldas.


RICARDO DANIEL SIERRA

E.E.M.P.A.Nº 1249 “Ricardo José García” – Correa (Santa Fe)

TEXTOS GANADORES CONCURSO LITERARIO 2011: MARÍA ADELA SCHAMNE

MONTAÑAS Y FRÍO

(Primer Premio Poesía)


Suben la cuesta, hacen frente a la soledad.
¿Qué buscan estos intrépidos en los desiertos inermes y helados?
La actividad es peligrosa, no quimérica.
Entre el cielo y la tierra,entre los riscos obstinados,
y laderas de flores silvestres, hay bellezas relentes.
Planicies y montañas de nieve,oquedad de piedras y areniscas,
frágiles pasaderas sobre profundas grietas relegadas,
nada los amedrenta y resisten la inclemencia del indómito paisaje.
El sol se duerme entre los altivos peñascos,
en busca del ocaso,en un cielo matizado de nubes temerosas.
Envuelta en brumas,la luna, lángida y despreocupada
advierte su proximidad con rayos de plata, en este crepúsculo que emigra.
La ventisca nívea y helada les susurra la necesidad de buscar resguardo
en este páramo agreste.
Sus almas sosegadas se abandonan
a la contemplación de lo desconocido.
La cima los incita a continuar,
alucinan con llegar, atormentados y ávidos por el misterio de lo ignoto.
Los subyuga la magnífica altivez de las cumbres de cúspides nevadas
donde las nubes se ciñen para dormir sueños nostálgicos.
Este preludio les revela, sin pudor ni cobardía, su humana condición,
y vacilan ante la magnificiecia de esta cordillera ancestral.
Con la última imagen en sus retinas y vencidos por el sueño,
cierran sus ojos confiados en un mañana promisorio.

MARÍA ADELA SCHAMNE

Exalumna E.E.M.P.A. Nº 1007 “Libertad” (Rafaela – Santa Fe)

TEXTOS GANADORES CONCURSO LITERARIO 2011: SILVINA PAULA CALVO - ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT - MARIA GIMENA SCHNIDRIG


LA CONFESIÓN

(Segunda Mención Cuento Breve)


_ Perdóneme, padre, porque he pecado.

_ ¿Cuál es tu falta?

_ He matado a un hombre.

Frente a semejante confesión, el párroco salió de su estado de somnolencia. Claro, nada pasaba en ese recóndito lugar.

Una semana antes, en esa misma iglesia, Florencia estaba con el párroco ultimando los detalles de su boda. Se iba a casar con Juan Felipe Sandoval, un hacendado del pueblo. Un hombre respetado, pero, también temido y muy odiado.

Juan era viudo y tenía dos hijos grandes. Florencia era cocinera en un restaurante del pueblo. Siempre había estado enamorada de él, pero el destino los había llevado por diferentes caminos hasta ahora que, por fin, iban a concretar su amor.

Ese lunes al salir de la iglesia, Florencia recibió una triste e inesperada noticia. Su amado estaba muerto, a primera vista se había quitado la vida. Entonces, inmediatamente salió rumbo a la estancia “Sandoval”, con lágrimas en los ojos y el corazón hecho pedazos. Efectivamente, Juan yacía en su habitación desangrado y con el arma en su mano.

La tristeza se respiraba; la muerte estaba en el aire y la duda comenzaba a aparecer en cada uno de los rincones de la casa. ¿Por qué quitarse la vida una semana antes de su casamiento? se lo veía feliz, ¿por qué no despedirse a través de una carta?

Pronto, en el pueblo ya se estaba hablando de aquello, y lo que es peor a nadie le cerraba lo del suicidio, para muchos podía haber sido un asesinato.

Después del funeral, los hijos del difunto, junto con Florencia, fueron a ver al comisario del pueblo para exigirle una investigación.

El comisario era un hombre despreocupado con muy pocas ganas de investigar lo que para él, sin dudas, era un suicidio. Pero tras la insistencia de los jóvenes y de la dama, accedió. ¿Por dónde empezar? don Juan Sandoval era un hombre muy odiado, pero ¿quién pudo tener el valor de asesinarlo?

Entonces, decidió comenzar por la casa de los Ramírez. Gente de campo, trabajadora, pero, según algunas voces chismosas, odiaban a don Juan porque él los había dejado sin trabajo.

_ Nosotros no lo matamos- dijeron. Ese día fuimos a la ciudad para realizar unas compras, la señora del almacén lo pueden confirmar- agregaron.

_ Muy bien- dijo el comisario, anotando sus nombres en la lista de los sospechosos.

Después de esto fue a interrogar a Fermín Montenegro, dueño de la hacienda vecina a la del difunto. A Fermín se lo conocía por haber tenido numerosos enfrentamientos, ya que sostenía que le había robado animales. Tal vez, ese podía ser el móvil del crimen.

_ Yo no fui – dijo. Ese día y a esa hora estaba en los corrales marcando unas reses- afirmó.

_ ¿Tiene testigos?- preguntó el comisario.

_ Sólo mi hijo de once años- dijo.

Así también, el comisario marcó el nombre de don Fermín en su lista de sospechosos y se dirigió a la casa de Ricardo Quiroga, un borracho del pueblo, que había estado preso por un robo en la hacienda Sandoval, y juró vengarse de don Juan por los años que había pasado en prisión.

Grande fue la sorpresa del comisario, cuando llegó a la casa de Ricardo, quien se encontraba muerto. Hacía un par de días que había fallecido, y como no tenía familia ni amigos, nadie lo había notado.

Como era imposible interrogarlo, al comisario, se le ocurrió una idea. Tenía frente a él al autor del crimen. Ya había resuelto el caso.

Finalmente, informó a los hijos de don Juan que había dado con el asesino de su padre, pero que, lamentablemente, había muerto de un infarto tras confesar su culpabilidad y pedir perdón.

Al pobre borracho lo enterraron en el cementerio sin darle cristiana sepultura ni nada de eso. Nadie lloró sobre su tumba.

Mientras tanto, en el pueblo corría la noticia del hecho esclarecido.

_Dime, hijo, ¿por qué dices que has matado a un hombre?

_ Porque es la verdad, padre, yo fui quien acabó con la vida de Juan Sandoval. Yo disparé el arma y lo puse en su mano, luego cerré con llave la puerta de su habitación y salí de ahí sin ser visto por nadie.

_ Pero, ¿por qué, hijo mío, por qué?

_ Por amor- dijo el comisario. Toda mi vida he estado enamorado de Florencia y no pude saberla de otro modo. Tuve que actuar antes de perderla. Traté de hablar con Juan y decirle que se alejara de ella, que si no era mía no iba a ser de nadie, pero no quiso escucharme, así que no me quedó más remedio…

El padre le dijo que se arrepienta de corazón para obtener el perdón de Dios, y que rece por la sanación de su alma. Todo quedó guardado en secreto de confesión. Salió de la iglesia y se dirigió a la comisaría, donde sus labores de comisario lo esperaban y tal vez consolar a una triste mujer.

SILVINA PAULA CALVO - ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT

MARIA GIMENA SCHNIDRIG

E.E.M.P.A. Nº 1278 - Humbodt (Anexo Nuevo Torino) - Santa Fe

TEXTOS GANADORES CONCURSO LITERARIO 2011: FABIO TRONCOSO


Exilio hacia el seguir del viento

(Primer Premio Cuento Breve)


Sucias butacas que acogen un vaivén de gemidos silenciosos y frases vacías en péndulo, repugnante alfombra, condenada a cargar con las más impías cosas, ambas cosas estrangulan la luz de los reflectores.

¡Bienvenida, toma asiento en la butaca 22, las demás están ocupadas por el vacío!

Mientras las pálidas y frías manos jalan de las sogas de ambos lados del escenario, el emparchado y deshilachado telón, muestra las mascaras que están arriba. Una simboliza la tristeza y la otra felicidad, la cual sólo puede verse del lado izquierdo, porque la mala ubicación de éstas, hizo que el telón la opaque.

Aparece en escena, un hombre vestido de blanco hasta los zapatos, con la máscara de la tristeza y otra persona vestida completamente opuesta con la máscara del… ¿horror?, la cual es asesinada por el sujeto de negro.

Es un teatro mudo, los actores se levantan y saludan al público. Te saludan, acabaron de interpretar “Los puñales hablan más que palabras”.

Se cierra el telón y luego se abre.

Sale el actor con la máscara de la tristeza, esta vez vestido negro, se tambalea, se oyen murmuros muy leves, casi ni se escucha, como si estuviera soñando.

Esta vez posee una galera gris, una vara con punta, bastante extraña, color plateado.

Toma una capa, la coloca unos varios centímetros arriba de su galera. Está completamente cubierto por ésta, no se ve.

De pronto y en menos de un instante, deja caer la capa y él ya no existe.

Acaba de realizar un acto de desaparición, denominado “El silencio”, ¿ves las hilachas por el aire?

Mira hacia el piso, ese trozo de tela oscura es…, obvio que yace oscuro bajo los suelos.



* * *


Un bisturí sobre la carta

(Segunda Mención Poesía)


Como fría manos que cosechan la angustia y el dolor que me has dejado,

Hoy cierro mis ensangrentados puños,

Ante la torre de la encadenada bestia que habita en mis pesadillas, ese súcubo eres tú.

Pienso sucumbirme a enfrentarte otra vez,

Debido a que la fría hoja que atravesó tu corazón,

forza entristecer el mío,

E hizo que mis sentimientos sufrieran el martirio de enfrentarse en mi mente,

Lo que provocó que el fulgor de mis lujuriosos ojos se apaguen.

Los yacimientos de tus sueños que comenzaste a construir

En mis esperanzas perdidas, yacen hoy en escombros…

Mientras admiro cómo eres tragada

Y consumida lentamente por el engaño, que me has causado.

Necio ante ésta situación, un recuerdo escapa de la tortura,

Cuando en los días en que yo te amaba, el sol brillaba ante nuestros ojos.

Hoy, ese día está naufragando en un océano de papel,

Junto con cálidas y húmedas gotas de sangre en la gruta del olvido…

Aunque ya no puedo traer el ayer. Hoy, sólo quiero besar

Tus rústicos labios vidriados cubiertos de fina seda.

Para alivianar mi orgullo y mí angustia. ¡Adiós! ¡Tanto tiempo!

¡No te olvides de tu corazón! ¡No lo dejes aquí conmigo!...

En la luz, e incluso en la oscuridad, recuérdame por siempre.



FABIO TRONCOSO

E.E.M.P.A. Nº 1251 "Emilio Cayetano Atorresi" (Carcarañá - Santa Fe)

domingo, 12 de febrero de 2012

KAVAFIS, Constantino: Las ventanas


En estas oscuras piezas, donde paso
días agobiantes, voy y vuelvo arriba abajo
para hallar las ventanas. -Cuando se abra
una ventana habrá un consuelo-.
Mas las ventanas no están, o no puedo
encontrarlas. Y mejor quizás que no las halle.
Acaso la luz sea un nuevo tormento.
Quién sabe qué cosas nuevas mostrará.

Constantino Kavafis
(Egipto, 1863/1933)



jueves, 9 de febrero de 2012

SPINETTA, LUIS ALBERTO: Tema de Pototo


Para saber cómo es la soledad
habrás de ver que a tu lado no está
quien nunca a ti te dejaba pensar
en dónde estaba el bien
en dónde la maldad.

La soledad es un amigo que no está,
es su palabra que no ha de llegar igual.
Si es que sus sueños son luces en torno a ti,
tú te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.

Al observar cómo muere la flor
tú verás que también muere la paz,
es que esa paz revivirá en su voz,
la flor te la dará para plantarla igual.

La soledad es un amigo que no está,
es su palabra que no ha de llegar igual.
Si es que sus sueños son luces en torno a ti,
tú te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.

Para saber cómo es la soledad
habrás de ver que un amigo no está...

Luis Alberto Spinettta
"Almendra"
(Argentina, 1950/2012)

viernes, 27 de enero de 2012

EDUCA RAFAELA: Entrevista a LEER PORQUE SÍ


Por Claudia Manera el 27/01/2012 08:28:49 p.m. http://www.rafaela.gov.ar/educacion/Sitio/

Ante la cantidad de información que recibimos a diario, hay correos que eliminamos y otros a los que marcamos con alguna etiqueta para leerlos más tarde, porque sabemos que nos deparán alguna sorpresa, algún placer y en definitiva, porque como dice el nombre del proyecto que queremos compartir con ustedes, los guardamos para leerlos porque sí.
Transcribimos una entrevista a Sergio Fassanelli, profesor en Letras y docente en la Escuela de Enseñanza Media para adultos Nº 1007 "LIBERTAD" (E.E.M.P.A. 1007) quien lleva adelante un experiencia literaria en diálogo con la tecnología realmente interesante.
EducaRafaela- Sergio, cómo interviene el blog en tus clases de literatura....
Sergio- En realidad el taller LEER PORQUE SÍ es, esencialmente, lectura por placer, por lo que las lecturas de todo tipo que se hacen en el mismo no tienen la finalidad de formar parte de las clases de Lengua. En el taller no hay evaluaciones ni la participación sirve para aprobar o desaprobar la materia curricular: en el taller se lee por el solo hecho de leer, porque quien lo hace le gusta, y sin ningún tipo de condicionamiento. Si se dan los comentarios, los debates, bienvenidos sean. Pero por supuesto, muchos de los textos que figuran en el blog son trabajados en clase, no dentro de las horas del taller sino ya como material de trabajo de la asignatura Lengua, y ahí sí aprovechamos el blog para la lectura o consultas bibliográficas del autor.
La metodología de trabajo, si bien responde a un proyecto formalmente armado y presentado en la institución, tiende a ser informal. En los cinco primeros años de existencia (comenzamos a trabajar en el año 2005), las reuniones se realizaban una vez por semana en horario extraclases y concurrían al mismo los alumnos que deseaban participar y, por supuesto, tenían el tiempo necesario para hacerlo. Cada participante aportaba en las reuniones distintos textos, y luego esos textos se distribuían a través de la cuenta de correo electrónico leerporquesi@yahoo.com.ar a todos nuestros contactos (como una manera de dar participación a todos aquellos que deseándolo, no podían concurrir a las reuniones extraclases). Luego, una vez a la semana, los textos leídos en el taller eran colgados en el blog LEER PORQUE SÍ
En virtud de las inquietudes planteadas por los alumnos que deseaban participar activamente del taller y no podían hacerlo por cuestiones horarias (eran muchos), se decidió a partir del año 2010 incorporar las actividades del taller en los horarios de la asignatura Lengua, pero siempre respetando el objetivo principal, es decir, la lectura por placer que no condiciona al alumno a pensar en una evaluación o trabajo práctico posterior. De esta manera, la totalidad del alumnado puede en la actualidad participar activamente (aunque sin ninguna obligación de aportar material) de las actividades del taller. Esa es una de las ventajas, pero también surgieron algunas desventajas: mientras las actividades del taller se realizaban en horario extraclases, podían participar no solo los alumnos de la escuela, sino también profesores de otras áreas, amigos y parientes (de hecho concurrieron parejas, hijos y padres de los alumnos), los que en la actualidad solo pueden hacerlo a través de la tecnología (internet).
EducaRafaela-¿Quién lo carga, como se realizan los aportes...?
Sergio- Con respecto a quién administra el blog, la casilla de correo y Facebook, soy yo el profesor responsable. Los alumnos en nuestra escuela no tienen la asignatura Computación o alguna similar que les permita participar activamente en la confección o carga de textos en el blog. Por otra parte, por una cuestión de seguridad, considero que es bueno que las contraseñas no sean manejadas por muchas personas. Y los aportes son de todos aquellos que participan del taller. Desde los profesores de Lengua, los alumnos e inclusive la gente que participa en el blog, o los contactos de la cuenta de correo o inclusive en Facebook. Varios de los textos fueron aportados por amigos ajenos a la institución.
EducaRafaela- ¿Cuál es el rol de la tecnología en la educación y en la literatura en particular?
Sergio- Personalmente creo que en pleno siglo XXI la tecnología no puede estar apartada de la educación de nuestros jóvenes y adultos. Lo digo con el convencimiento de que no solo la Internet sino la tecnología en general son instrumentos para la real inserción del individuo en la actividad laboral, social, económica, cultural. Y particularmente lamento que en las Escuelas de Educación Media Para Adultos de nuestra provincia aún no se haya agregado como asignatura obligatoria, alguna que capacite a nuestros alumnos adultos al manejo de las nuevas tecnologías (TICs). Y hay más: si bien tenemos biblioteca, no tenemos bibliotecario o persona encargada de que la misma esté activa y a disposición de sus verdaderos beneficiarios: los alumnos. Por eso se han perdido muchos libros y actualmente los alumnos no tienen acceso a los libros si no es en horario escolar. En cuanto a infraestructura, a las escuelas para adultos les falta mucho todavía.
La relación de la Tecnología con la Literatura también es amplia e interesante. Tenemos información al instante y acceso a lecturas imposibles de conseguir en el mercado editorial. A los alumnos se los puede incentivar a la lectura de textos literarios a través de la tecnología; el juego que se establece entre imagen y palabras muchas veces beneficia ese acercamiento a las Letras. La tecnología y la Literatura no deben ser consideradas como una antítesis sino complementarias.
EducaRafaela- ¿Habrá un fin en los textos, en los libros...o estamos ante su continuidad?
Sergio- No creo que se avecine el fin del ´texto-papel´, sobre todo cuando hablamos de textos literarios. Si bien el acceso a Internet en los últimos años se ha acrecentado enormemente, su uso no es universal. Más allá de esto, en la computadora podemos leer tranquilamente poesías, cuentos, relatos breves, pensamientos. Pero a la hora de leer una novela o un tratado literario o lingüístico, o cualquier texto cuya extensión implique mucho tiempo de lectura, el contacto con la computadora no es el mismo que el que se establece con el papel. Por eso me planteo siempre: ¿Cómo pensar que el libro desaparecerá? ¿Cómo creer que la sensación de recostarse en el sillón con un libro en la mano pueda perderse? ¿Con qué reemplazar la satisfacción de sentarse bajo la sombra de un árbol con un libro en la mano? ¿Cómo dejar que desaparezca la táctil sensación de pasar una a una las páginas de papel que desde hace siglos sobreviven sin sobresaltos al paso del tiempo? ¿Y el olor a biblioteca, al libro del abuelo o al del recién salido de la editorial? ¿Cómo pensar que el libro desaparecerá?

Para tomar contacto con LEER PORQUE SÍ dejamos las siguientes direcciones y contactos:
Correo electrónico: leerporquesi@yahoo.com.ar (más de 600 contactos)
Blogs: http://leerporquesi-1007.blogspot.com (más de un centenar de seguidores y más de 50.000 visitas de todo el mundo en el último año). lenguaeempalibertad.blogspot.com
Facebook: http://facebook.com/leerporquesi (con más de 1.000 amigos)

jueves, 15 de diciembre de 2011

KAVAFIS: UN VIEJO


En el fondo de un bullicioso café
inclinado sobre la mesa, está sentado un viejo:
con un periódico delante, sin compañía.

Y en el abandono de su triste vejez
medita cuán poco gozó de los años
en que aún tenía vigor, verbo y belleza.

Sabe que ha envejecido mucho; lo siente, lo ve.
Y sin embargo el tiempo en que fue joven le parece
ayer. ¡Qué poco tiempo hace, qué poco tiempo!

Ve cómo de él se burló la Prudencia;
y cómo en ella confió siempre -¡qué locura!-
que falaz decía: "Mañana. Tienes mucho tiempo".

Recuerda impulsos que contuvo y tanto
gozó como sacrificó. Cada ocasión perdida
se burla ahora de su sensatez sin seso.

...Pero de tanto pensar y recordar
el viejo cae aturdido. Y se duerme
apoyado en la mesa del café.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

DOLINA, ALEJANDRO: GUALICHO




Gualicho o walichu es el nombre que los indios pampas daban al genio del mal, al diablo, al hermano rebelde del creador Chachao. Pero también se llama gualicho a una hierba o filtro que suele usarse para enamorar por arte de hechicería.

Hoy ya casi nadie cree en estas cosas. Pero en mi pueblo sí creíamos.

Hace muchos años, llegó a Buenos Aires un joven farmacéutico llamado Bejerman. Su verdadero nombre era Tortorello, pero el hombre había comprado la antigua farmacia ``Bejerman`` y es sabido que los farmacéuticos llevan el nombre de su farmacia. Tortorello venia de ser Katz en la ciudad de Azul y supe que el verdadero Bejerman es ahora Tepliskyen en el pueblo de Pilar.

Pues bien, Bejerman vendía un yuyo que, agregado al mate producía el enamoramiento súbito del que se lo tomaba hacia el cebador.

En el pueblo empezó a comentarse la eficacia casi obscena de aquel producto que Bejerman vendía con fingida reserva.

Todas las tardes, los jóvenes se reunían a tomar mate en galpones apartados. Las ruedas se iban achicando vuelta tras vuelta, ya que los repentinos ardores iban excluyendo del concurso a los sucesivos cebadores y a sus objetos de deseo que, a su turno, marchaban al galope hacia los yuyales de la vecindad.

Al parecer, el efecto del gualicho duraba apenas unas horas. Esto lo hacia más atractivo porque permitía disfrutar de los deleites urgentes sin tener que soportar los trámites penosos de la ulterioridad.

Con el tiempo, las personas de mayor edad y aun algunos grupos de matrimonios se aficionaron al uso del yuyo de Bejerman, hasta que llegó un momento en que todo el pueblo andaba engualichado.

Las idas y vueltas del mate caprichoso solían dibujar fugaces laberintos de amores cruzados.

En ocasiones, alguien recibía mates sucesivos de distintos cebadores.

Otras veces, el cebador que engualichaba a alguien era engualichado a su vez por otra persona.

También había mates tomados por error, manotazos usurpadores y hasta chupadas por turno de un mismo cimarrón.

Yo, en aquel tiempo, no sabia a quien amaba. Le había dado mate a todas las chicas del pueblo. Pero a decir verdad, todos habían mateado con todos.

Un día cambiaron al comisario. Nombraron a un tal Barrientos que, ni bien se enteró de estos asuntos, prohibió redondamente el gualicho.

El pueblo se resistió. Las mateadas se hicieron clandestinas. Pero con Barrientos no se jugaba. En cualquier momento aparecía en medio de la rueda con cuatro o cinco vigilantes, secuestraba las pavas, las yerberas y los mates y si se hallaban rastros de gualicho, los metía a todos en el calabozo.

Por fin el intendente negoció un acuerdo. El gualicho quedaría prohibido, salvo un día por año dedicado a la celebración de La Fiesta del Mate. Durante toda esa jornada se podía engualichar libremente.

Así en mi pueblo, todos los 11 de agosto nos enamorábamos una o varias veces. La gente tomaba mate en las calles. Cualquier desconocido podía ser convidado.

Unos años más tarde, para simplificar las cosas, se instaló un gigantesco mate en la plaza, con miles de pavas e innumerables bombillas, de suerte que todos cebaban y todos tomaban. Es decir, todos se enamoraban de todos.

Las orgías de La Fiesta del Mate aún se recuerdan. Y, por cierto, hay en el pueblo centenares de muchachos que no saben de qué mate son hijos.

Una noche, no hace tanto tiempo, visité a Bejerman en su casa.

A falta de mate, tomamos un licor que nos sirvió su mujer. A la tercera copita, el farmacéutico cayó en estado confidencial.

—Si me promete no decírselo a nadie, voy a contarle algo: el gualicho no existe. Lo que traje a este pueblo es un yuyo cualquiera, creo que contra el resfrío. Pero la gente creyó que enamoraba. Y enamorarse es creer que uno se enamora. Todos pensaban que algo los empujaba. Y era cierto. Pero ese algo, si me permite el lugar común o acaso la grosería, lo llevaban dentro. Además hay algo que lamentar entre tanta polvareda. En todos estos años nadie se enamoró de verdad. Todos creían ser victimas del gualicho y los amores eternos duraban dos horas. El único que se salvó de esa desgracia fui yo. Yo sabía que no había yuyo que valiera y entonces viví amores puros, sin trampas ni gualichos. Y por eso estoy al lado de esta mujer, por una decisión soberana de mi corazón. Nadie me hechizó. Nadie me cebó un mate embrujado...

En ese momento, la mujer, que volvía de la cocina, le dijo mientras le ponía la mano en le hombro:

—Eso es lo que vos te creés.

ALEJANDRO DOLINA

(Argentina, 1944)

De “El bar del infierno”

viernes, 25 de noviembre de 2011

VALENZUELA, LUISA: TANGO



Me dijeron:

En este salón te tenés que sentar cerca del mostrador, a la izquierda, no lejos de la caja registradora; tomate un vinito, no pidás algo más fuerte porque no se estila en las mujeres, no tomés cerveza porque la cerveza da ganas de hacer pis y el pis no es cosa de damas, se sabe del muchacho de este barrio que abandonó a su novia al verla salir del baño: yo creí que ella era puro espíritu, un hada, parece que alegó el muchacho. La novia quedó para vestir santos, frase que en este barrio todavía tiene connotaciones de soledad y soltería, algo muy mal visto. En la mujer, se entiende. Me dijeron.

Yo ando sola y el resto de la semana no me importa pero los sábados me gusta estar acompañada y que me aprieten fuerte. Por eso bailo el tango.

Aprendí con gran dedicación y esfuerzo, con zapatos de taco alto y pollera ajustada, de tajo. Ahora hasta ando con los clásicos elásticos en la cartera, el equivalente a llevar siempre conmigo la raqueta si fuera tenista, pero menos molesto. Llevo los elásticos en la cartera y a veces en la cola de un banco o frente a la ventanilla cuando me hacen esperar por algún trámite los acaricio, al descuido, sin pensarlo, y quizá, no sé, me consuelo con la idea de que en ese mismo momento podría estar bailando el tango en vez de esperar que un empleaducho desconsiderado se digne atenderme.

Sé que en algún lugar de la ciudad, cualquiera sea la hora, habrá un salón donde se esté bailando en la penumbra. Allí no puede saberse si es de noche o de día, a nadie le importa si es de noche o de día, y los elásticos sirven para sostener alrededor del empeine los zapatos de calle, estirados como están de tanto trajinar en busca de trabajo.

El sábado por la noche una busca cualquier cosa menos trabajo. Y sentada a una mesa cerca del mostrador, como me recomendaron, espero. En este salón el sitio clave es el mostrador, me insistieron, así pueden ficharte los hombres que pasan hacia el baño. Ellos sí pueden permitirse el lujo. Empujan la puerta vaivén con toda la carga a cuestas, una ráfaga amoniacal nos golpea, y vuelven a salir aligerados dispuestos a retomar la danza.

Ahora sé cuándo me toca a mí bailar con uno de ellos. Y con cuál. Detecto ese muy leve movimiento de cabeza que me indica que soy la elegida, reconozco la invitación y cuando quiero aceptarla sonrío muy quietamente. Es decir que acepto y no me muevo; él vendrá hacia mí, me tenderá la mano, nos pararemos enfrentados al borde de la pista y dejaremos que se tense el hilo, que el bandoneón crezca hasta que ya estemos a punto de estallar y entonces, en algún insospechado acorde, él me pondrá el brazo alrededor de la cintura y zarparemos.

Con las velas infladas bogamos a pleno viento si es milonga, al tango lo escoramos. Y los pies no se nos enredan porque él es sabio en señalarme las maniobras tecleteando mi espalda. Hay algún corte nuevo, figuras que desconozco e improviso y a veces hasta salgo airosa. Dejo volar un pie, me escoro a estribor, no separo las piernas más de lo estrictamente necesario, él pone los pies con elegancia y yo lo sigo. A veces me detengo, cuando con el dedo medio él me hace una leve presión en la columna. Pongo la mujer en punto muerto, me decía el maestro y una debía quedar congelada en medio del paso para que él pudiera hacer sus firuletes.

Lo aprendí de veras, lo mamé a fondo como quien dice. Todo un ponerse, por parte de los hombres, que alude a otra cosa. Eso es el tango. Y es tan bello que se acaba aceptando.

Me llamo Sandra pero en estos lugares me gusta que me digan Sonia, como para perdurar más allá de la vigilia. Pocos son sin embargo los que acá preguntan o dan nombres, pocos hablan. Algunos eso sí se sonríen para sus adentros, escuchando esa música interior a la que están bailando y que no siempre está hecha de nostalgia. Nosotras también reímos, sonreímos. Yo río cuando me sacan a bailar seguido (y permanecemos callados y a veces sonrientes en medio de la pista esperando la próxima entrega), río porque esta música de tango rezuma del piso y se nos cuela por la planta de los pies y nos vibra y nos arrastra.

Lo amo. Al tango. Y por ende a quien, transmitiéndome con los dedos las claves del movimiento, me baila.

No me importa caminar las treintipico de cuadras de vuelta hasta mi casa. Algunos sábados hasta me gasto en la milonga la plata del colectivo y no me importa. Algunos sábados un sonido de trompetas digamos celestiales traspasa los bandoneones y yo me elevo. Vuelo. Algunos sábados estoy en mis zapatos sin necesidad de elásticos, por puro derecho propio. Vale la pena. El resto de la semana transcurre banalmente y escucho los idiotas piropos callejeros, esas frases directas tan mezquinas si se las compara con la lateralidad del tango.

Entonces yo, en el aquí y ahora, casi pegada al mostrador para dominar la escena, me fijo un poco detenidamente en algún galán maduro y le sonrío. Son los que mejor bailan. A ver cuál se decide. El cabeceo me llega de aquel que está a la izquierda, un poco escondido detrás de la columna. Un tan delicado cabeceo que es como si estuviera apenas, levemente, poniéndole la oreja al propio hombro, escuchándolo. Me gusta. El hombre me gusta. Le sonrío con franqueza y solo entonces él se pone de pie y se acerca. No se puede pedir un exceso de arrojo. Ninguno aquí presente arriesgaría el rechazo cara a cara, ninguno está dispuesto a volver a su asiento despechado, bajo la mirada burlona de los otros. Éste sabe que me tiene y se me va arrimando, al tranco, y ya no me gusta tanto de cerca, con sus años y con esa displicencia.

La ética imperante no me permite hacerme la desentendida. Me pongo de pie, él me conduce a un ángulo de la pista un poco retirado y ahí ¡me habla! Y no como aquél, tiempo atrás, que solo habló para disculparse de no volver a dirigirme la palabra, porque yo acá vengo a bailar y no a dar charla, me dijo, y fue la última vez que abrió la boca. No. Este me hace un comentario general, es conmovedor. Me dice vio doña, cómo está la crisis, y yo digo que sí, que vi, la pucha que vi aunque no lo digo con estas palabras, me hago la fina, la Sonia: Sí señor, qué espanto, digo, pero él no me deja elaborar la idea porque ya me está agarrando fuerte para salir a bailar al siguiente compás. Este no me va a dejar ahogar, me consuelo, entregada, enmudecida.

Resulta un tango de la pura concentración, del entendimiento cósmico. Puedo hacer los ganchos como le vi hacer a la del vestido de crochet, la gordita que disfruta tanto, la que revolea tan bien sus bien torneadas pantorrillas que una olvida todo el resto de su opulenta anatomía. Bailo pensando en la gorda, en su vestido de crochet verde color esperanza, dicen, en su satisfacción al bailar, réplica o quizá reflejo de la satisfacción que habrá sentido al tejer; un vestido vasto para su vasto cuerpo y la felicidad de soñar con el momento en que ha de lucirlo, bailando. Yo no tejo, ni bailo tan bien como la gorda, aunque en este momento sí porque se dio el milagro.

Y cuando la pieza acaba y mi compañero me vuelve a comentar cómo está la crisis, yo lo escucho con unción, no contesto, le dejo espacio para añadir ¿Y vio el precio al que se fue el telo? Yo soy viudo y vivo con mis dos hijos. Antes podía pagarle a una dama el restaurante, y llevarla después al hotel. Ahora solo puedo preguntarle a la dama si posee departamento, y en zona céntrica. Porque a mí para un pollito y una botella de vino me alcanza.

Me acuerdo de esos pies que volaron los míos, de esas filigranas. Pienso en la gorda tan feliz con su hombre feliz, hasta se me despierta una sincera vocación por el tejido.

Departamento no tengo explico pero tengo pieza en una pensión muy bien ubicada, limpia. Y tengo platos, cubiertos, y dos copas verdes de cristal, de esas bien altas.

¿Verdes? Son para vino blanco. Blanco, sí. Lo siento, pero yo al vino blanco no se lo toco.

Y sin hacer ni una vuelta más, nos separamos.


LUISA VALENZUELA

(Argentina, 1938)

martes, 15 de noviembre de 2011

ACTO DE ENTREGA DE PREMIOS DEL QUINTO CONCURSO LITERARIO PROVINCIAL PARA ALUMNOS ADULTOS (EEMPA) 2011

El viernes 11 de noviembre de 2011 a las 20.30 se llevó a cabo en la Escuela de Enseñanza Media Para Adultos Nº 1007 "Libertad" de la ciudad de Rafaela el acto de entrega de premios a los ganadores del Quinto Concurso Literario Provincial Para Alumnos Adultos (EEMPA) de la provincia de Santa Fe.
Participaron ciento once trabajos, entre cuentos breves y poesías, de alumnos pertenecientes a treinta y una escuelas para adultos de la provincia. La responsabilidad para elegir a los ganadores fue del jurado compuesto por la profesora CLEMIR BAINOTTI y los profesores RODRIGO GRANERO y ADRIÁN BENELLI.
A continuación les mostramos algunas fotografías del acto:

Los ganadores del certamen.

FABIO TRONCOSO,
de la EEMPA Nº 1251 "Emilio Cayetano Atorresi" de Carcarañá,
fue el ganador del 1er. premio en el Género Cuento Breve
y obtuvo además la 2ª mención en el género Poesía.

MARÍA ADELA SCHAMNE,
exalumna de la EEMPA Nº 1007 "Libertad" de Rafaela,
recibió el 1er. premio en el Género Poesía.

GLADYS NOEMÍ GEROSA,
alumna de la EEMPA Nº 1285 de Recreo,
se hizo merecedora de la 1ª mención en el Género Cuento Breve.

RICARDO DANIEL SIERRA,
de la EEMPA Nº 1249 "Ricardo José García" de Correa,
recibió la 1ª mención en el Género Poesía.

MARÍA JIMENA SCHNIDRIG, SILVINA PAULA CALVO y ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT, del Anexo Nuevo Torino de la EEMPA Nº 1278 de Humboldt,
recibieron la 2ª mención en el género Cuento Breve por su trabajo colectivo.

Manuel Maldonado en contrabajo, Germán Cardozo en percusión y voz y Sebastián Duarte en guitarra y voz (estos dos últimos alumnos de la EEMPA Nº 1007 "Libertad"), amenizaron el acto con muy buena música y mejor interpretación.

El escritor rafaelino Ángel Balzarino
contó al público presente su relación personal con la escritura.

El acto de premiación fue conducido
por los profesores María de los Milagros Pandolfi y Sergio Fassanelli.

martes, 8 de noviembre de 2011

RESULTADOS 5º CONCURSO LITERARIO PROVINCIAL PARA ALUMNOS ADULTOS (E.E.M.P.A.) 2011


Aquí están los ganadores del Quinto Concurso Literario para Alumnos Adultos de Poesía y Cuento breve, edición 2011.

El jurado estuvo integrado por los profesores Clemir Bainotti, Rodrigo Granero y Adrián Benelli, quienes seleccionaron (entre los ciento once trabajos recibidos de más de treinta escuelas de toda la provincia) los siguientes trabajos para ser premiados:

Género Cuento Breve: 1er. premio para la obra “Exilio hacia el seguir del viento”, seudónimo “Benja”, autor: FABIO TRONCOSO, de la E.E.M.P.A. Nº 1251 “Emilio Cayetano Atorresi” de Carcarañá. 1ª Mención para la obra “El Negro Cucha”, seudónimo “Zingarella”, autora: GLADYS NOEMÍ GEROSA, de la E.E.M.P.A. Nº 1285 de Recreo. 2ª Mención para la obra “La confesión”, seudónimo “Abeja”, autores: SILVINA PAULA CALVO, ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT y MARÍA GIMENA SCHNIDRIG, del Anexo Nuevo Torino de la E.E.M.P.A. Nº 1278 de Humboldt.

Género poesía: 1er. premio para la obra “Montañas y frío”, seudónimo “Luna”, autora: MARÍA ADELA SCHAMNE, exalumna de la E.E.M.P.A. Nº 1007 “Libertad” de Rafaela. 1ª Mención para la obra “Tristeza”, seudónimo “Doble R”, autor: RICARDO DANIEL SIERRA, de la E.E.M.P.A. Nº 1249 “Ricardo José García” de Correa. 2ª Mención para la obra “Un bisturí sobre la carta”, seudónimo “Benja”, autor: FABIO TRONCOSO, de la E.E.M.P.A. Nº 1251 “Emilio Cayetano Atorresi” de Carcarañá.

El acto de entrega de premios se realizará el próximo viernes 11 de noviembre de 2011 a las 20.30 en el establecimiento de la escuela organizadora, sito en calle Córdoba 306 (esquina Las Heras) de la ciudad de Rafaela.