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martes, 22 de octubre de 2013

ARLT, ROBERTO: Causa y sinrazón de los celos




Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones. Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera, el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual.
Puede establecerse esta regla: cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es. La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer, igual que en un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre en el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.
Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina (conste que digo "de que puede componerse", no de que se compone.)
Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas.
Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.
Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido".
A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan para mejor tranquilidad de ambos.
Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina".
Solo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento. Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un bobalicón que solo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.

Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas: “Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas...”. Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos... Pero este es tema para otra oportunidad. 



(Argentina, 1900/1942)
de “Aguafuertes porteñas”

lunes, 14 de octubre de 2013

ORGAMBIDE, Pedro: La intrusa



Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día que llegó, nadie se quejó de mi conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular, por ejemplo, o de planchar con mis propias manos el papel carbónico. El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente. En cuanto a esa, me pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! recibirla con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, señor Juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro. Pero hay cosas que colman la medida. La intrusa, poco a poco, me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me compró un tónico, pero sin resultado. ¡Si hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo de ayer. "González —me dijo el Gerente— lamento decirle que la empresa ha decidido prescindir de sus servicios". Veinte años, señor Juez, veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con la alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté, señor Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con el fierro. Le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera, la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.

(Argentina, 1929/2003)


["La intrusa" pertenece al libro de relatos La Buena gente (1970), Buenos Aires, Sudamericana]


domingo, 6 de octubre de 2013

KAFKA, Franz: El viejo manuscrito


Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.
Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.
Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.
Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.
También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quién sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.
Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.
Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.
-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuándo soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria solo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.




Checoslovaquia (1883-1924)

martes, 1 de octubre de 2013

SCHUJER, SILVIA: La única dama

 

En el departamento somos cinco: los cuatro muchachos y yo. Vivimos tranquilos desde hace unos años y aunque algunos vecinos opinen lo contrario, somos una hermosa familia.
Ellos -los cuatro- tienen nombres parecidos pero los sé distinguir: Alberto es el más alto, el que anda siempre descalzo y el que -al decir de los otros- come como un hipopótamo. Roberto es el melenudo. El que cambia de color el pelo todo el tiempo y cuando lo tiene amarillo parece un león.
Heriberto es el que grita. El de la voz fuerte pero las manos más suaves. El encargado de llamarme cuando me alejo.
Humberto es el de anteojos. El que cada dos por tres los pierde y entonces, como no ve nada, se lleva el mundo por delante: animales, objetos y damas.
Alberto, Roberto, Heriberto y Humberto nacieron todos en el mismo pueblo. Fueron compañeros de colegio y cuando llegó la hora de elegir una carrera universitaria, decidieron venir juntos a vivir a la ciudad.
A mí me gustan los cuatro. Cada uno con sus manías, con sus pelos, sus voces, sus pies y sus olores.
Les critico el orden; nunca encuentro una cama deshecha donde echarme a dormir.
Mi vida en familia es de lo más llevadera. De lunes a viernes desayunamos temprano. A esa hora estamos todos con cara de sueño y, aunque tomamos la leche en silencio, podemos sentir el calor de estar juntos. Después, cada cual a su juego: los muchachos se van yendo de a uno a la facultad (el que entra más temprano tiene el primer turno para bañarse) y yo me quedo sola con la casa a disposición. Con la casa y todos los pares de medias que han dejado desparramados. Entonces entro, salgo; siempre queda abierto el lavadero.
De tarde, cuando el movimiento de los ascensores se hace más intenso y los rayos del sol más leves, los muchachos empiezan a llegar. Alguno prende la tele, otro se instala en la cocina, alguno lleva un libro al baño y se olvida de salir; el menos cansado se ocupa de las compras…
Y todo transcurre más o menos así hasta que llega el fin de semana y el orden se altera por completo: se vuelve más difícil saber cuándo es de día o de noche, nadie sube una persiana, se duerme a destiempo, se come a cualquier hora y, a veces, hasta se llena de gente la casa.
Nada de esto me incomoda: ni el orden ni el desorden. Ni la rutina ni el fin de semana. Ni las camas bien hechas ni la comida sin sal. Lo que en verdad no soporto es el fútbol. Ese juego que ven por la tele. Empaña la armonía familiar. Y no porque no me guste lo que muestra la pantalla. En ese sentido me da igual cualquier cosa: mil hombres corriendo detrás de una pelota o un capítulo de los Simpson. Lo que no tolero del juego es cuando viene con preparativos. Cuando antes de que empiece la transmisión los cuatro muchachos llenan la casa con banderas y se ponen unas camisetas celestes y blancas, exactamente iguales a la que me ponen a mí. Y ¡ojo!, no es que no soporte que me pongan una camiseta. Digamos que no me encanta pero tampoco es lo peor. Lo que me saca de quicio, me eriza los pelos y me crispa las uñas es que en esas situaciones, durante noventa minutos, me obliguen a estar sentada con ellos. A estar sentada y a soportar que me tiren al aire y en el aire me agarren -una y otra vez- cada vez que festejan un gol.
Seguido no pasa. Pero pasa. Y si mi olfato no me engaña, hoy es uno de esos días en los que va a pasar. Ya los he visto esta mañana sacando unas banderitas y comprando unas prepizzas para meter esta noche en el horno. Ya los he visto con el queso y las bebidas. Y aunque tenga que renunciar a las aceitunas que siempre ligo por demás en estos casos, mi decisión es irrevocable. Amo a esta familia que tengo como a nada en el mundo y no estoy dispuesta a perderla por un mísero partido de la selección. Me voy antes de que lleguen y me quedo en un tejado hasta mañana. Que me busquen. Que piensen. Que revoleen otro amuleto por el aire. Que aprendan a tratar a una dama. Miau.


(Argentina, 1956)

martes, 24 de septiembre de 2013

BENEDETTI, Mario: Triángulo isósceles


El abogado Arsenio Portales y la exactriz Fanny Araluce llevaban doce apacibles años de casados. Desde el comienzo, él le había exigido a Fanny que dejara la escena. Al parecer, no era tan liberal como para tolerar que noche a noche su linda mujer fuera abrazada y besada por otros.
A ella le había costado mucho aceptar esa exigencia, que le parecía absurda, machista y carente de un mínimo sentido profesional. «Por otra parte», había agregado él como justificación a posteriori, «no creo que tengas las imprescindibles condiciones para triunfar en teatro. Sos demasiado transparente. En cada uno de tus personajes siempre estás vos, precisamente allí donde debería de estar el personaje. Demasiado transparente. El verdadero actor debe ser opaco como ser humano; solo así podrá ser otro, convertirse en otro. Por más que te vistas de Ofelia, Electra o Mariana Pineda, siempre serás Fanny Araluce. No niego que tengas un temperamento artístico, pero deberías encauzarlo más bien hacia la pintura o las letras. Es decir, hacia la práctica de un arte en el que la transparencia constituya una virtud y no un defecto». Fanny lo dejaba exponer su teoría, pero en realidad él nunca la había convencido. Si había renunciado a ser actriz, era por amor. Él no lo entendía ni lo valoraba así. Sin embargo, en la vida cotidiana, privada, Fanny era ordenada, sobria, casi una perfecta ama de casa.
Probablemente demasiado perfecta para el doctor Portales. En los últimos dos años, el abogado había mantenido otra relación, tan clandestina como estable, con una mujer apasionada, carnal, contradictoria, y, por si todo eso fuera poco, particularmente atractiva.
Como lugar adecuado para esos encuentros, Portales alquiló un apartamento a solo ocho cuadras de su casa. Había sido minucioso en la organización de su cándido pretexto: por borrosos motivos profesionales debía viajar semanalmente a Buenos Aires. Como solo estaba ausente las noches de los martes, le recomendaba a Fanny que no le telefoneara, pero, por si las moscas, le había dado el teléfono de un colega porteño, que tenía instrucciones precisas: «¿Arsenio? Fue a una reunión que creo se va a prolongar hasta muy tarde.» Fanny nunca llamó.
Ella, que conocía como nadie las necesidades y manías de su marido, se encargaba de aprontarle el pequeño maletín y le llamaba el taxi. Portales se bajaba ocho cuadras más allá, subía al apartamento clandestino, se ponía cómodo, aprontaba los tragos, encendía el televisor; a la espera de Raquel, que, como también era casada, debía aguardar a que su marido emprendiera su inspección semanal a la estancia. En realidad, si se veían los martes había sido por complacer a Raquel, pues ese era el día que el hacendado había elegido para atender sus campos. «Y para dejarnos el campo libre», bromeaba Arsenio.
Cuando por fin llegaba Raquel, cenaban en casa, ya que no podían arriesgarse a que los vieran juntos en un cine o en un restaurante. Luego hacían el amor de una manera traviesa, juvenil, alegre, casi como si fueran dos adolescentes. Cada martes Portales se sentía revivir. Cada miércoles le costaba un poco regresar a las buenas costumbres del hogar lícito, genuino, sistemático.
Para la vuelta, no sabía bien por qué, exageraba las precauciones. Llamaba un taxi, hacía que lo dejara en el aeropuerto de Carrasco; después de un rato, tomaba otro taxi para regresar a su casa. Dentro de esa rutina, Fanny cumplía con interesarse en cómo le había ido, y entonces él inventaba con esmero los pormenores de las aburridas sesiones de trabajo con sus clientes bonaerenses, dejando siempre constancia, eso sí, de los bueno que era estar de vuelta en casa.
Llegó por fin el martes en que se cumplían dos años de la furtiva y estimulante relación con Raquel, y Portales consiguió un collar de pequeños mosaicos florentinos. Se lo había hecho traer desde Italia por un cliente, este sí verdadero, que le debía algunos favores. Instalado en su lindo y confortable bulín, Portales puso el champán en la heladera, aprontó las copas, se acomodó en la mecedora, y se puso a esperar, más impaciente que otras veces, a Raquel.
Esta llegó más tarde que de costumbre. Su demora estaba justificada, ya que también ella, en vista del aniversario subrepticio, había ido a comprar su regalito: una corbata de seda, con franjas azules sobre fondo gris. Fue entonces cuando Arsenio Portales le dio el estuche con el collar. A ella le encantó. «Voy un momento al baño, así veo cómo me queda», dijo, y como anticipo de otros atributos, lo besó con ternura y calidez. Como era natural, él consideró ese beso como un presagio de una noche gloriosa.
Sin embargo, Raquel demoraba en el baño y él empezó a inquietarse. Se levantó, se arrimó a la puerta cerrada y preguntó: «¿Qué tal? ¿Te sentís bien?». «Estupendamente bien», dijo ella. «Enseguida estoy contigo.»
Ya sin preocupación, aunque igualmente ansioso por la expectativa, Portales volvió a sentarse en la mecedora. Cinco minutos después la puerta del baño se abría, mas, para sorpresa del hombre a la espera, no para dar paso a Raquel sino a Fanny Araluce, su mujer, que lucía el collar florentino.
Portales, estupefacto, solo atinó a exclamar: «¡Fanny! ¿Qué hacés aquí?» «¿Aquí?», subrayó ella. «Pues, lo de todos los martes, querido. Venir a verte, acostarme contigo, quererte y ser querida». Y como Arsenio seguía con la boca abierta, Fanny agregó: «Arsenio, soy Fanny y también Raquel. En casa soy tu mujer, Fanny A. de Portales, pero aquí soy la exactriz Fanny Araluce. O sea que en casa soy transparente y aquí soy opaca, ayudada por el maquillaje, las pelucas y un buen libreto, claro».
«Raquel», balbuceó Arsenio Portales.
«Sí: Raquel. ¿Te das cuenta? Me has traicionado conmigo misma. Ahora, tras dos años de vida doble, tenés que elegir. O te divorciás de mí, o te casás conmigo. No estoy dispuesta a seguir tolerando esta ambigüedad. Y algo más: después de este éxito dramático, después de dos años con esta obra en cartel, te anuncio solemnemente que vuelvo al teatro».
«Tu voz», murmuró Arsenio. «Algo extraño había en tu voz. Pero ni siquiera el color de tus ojos es el mismo».
«Claro que no. ¿Para que existen las lentes de contacto verdes? Siempre te oí decir que te encandilaban las morochas de ojos verdes».
«Tu piel. Tu piel tampoco era la misma».
«Ah, no, querido, lamento decepcionarte. Aquí y allá mi piel siempre ha sido la misma. Solo tus manos eran otras. Tus manos me inventaban otra piel. Al fin de cuentas, ni yo misma sé ahora cuál es mi piel verdadera: si la de Fanny o la de Raquel. Tus manos tienen la palabra».
Portales cerró los puños, más desorientado que furioso, más abatido que iracundo.
«Me has engañado», dijo con voz ronca.

«Por supuesto», dijo Fanny/Raquel.

(Uruguay, 1920/2009)

lunes, 16 de septiembre de 2013

PIÑEIRO, Claudia: Con las manos atadas


Abrieron la puerta del baño y nos empujaron dentro. El más gordo nos tumbó en el piso, nos sentó espalda con espalda y, con una soga, nos ató las manos juntas. Luego salió y cerró la puerta con llave. Quedamos en silencio esperando que se fueran, todo lo que había de valor en la escribanía ya se lo habíamos entregado. Sin embargo, antes de irse, dieron una última revisada. Por el ruido sabíamos que estaban estrellando los libros contra el piso. La escribana estaba muy asustada, no debe ser fácil para una mujer joven y linda como ella pasar por una situación así. No es que a mí no se me hubiera cruzado por la cabeza que a lo mejor los tipos me terminaban pegando un tiro. Pero el susto de ella era distinto. Yo vi cuando el gordo le miraba las piernas con ojos libidinosos. Creo que si no fuera porque el que hacía de jefe lo apuraba todo el tiempo, terminaba haciéndole cualquier cosa. Tuvo suerte la escribana, la sacó barata.
Del otro lado de la puerta se oyó el ruido de un chorro de agua cayendo desde cierta altura.
–¿Y eso? –dije.
–Están meando, Gutiérrez –me contestó la escribana.
–Mientras no sea sobre el protocolo...
–¡Me importa un carajo el protocolo, Gutiérrez!
La escribana es un poco mal hablada. Una pena, no le queda bien. Y tampoco entiende demasiado del oficio de notario. Un escribano cuida el protocolo como a su propio hijo. Yo no tengo hijos, pero me lo puedo imaginar. A mí sí que me importaba que orinaran el protocolo. Pero claro, mi vida es esta escribanía. Todo lo que soy lo aprendí en este lugar. El tío de la escribana me lo enseñó. El doctor Azcona, el escribano. Él sí que hacía un culto de esta profesión. Para él preparar un testimonio, certificar una firma, hacer un estudio de títulos, eran palabras mayores. Él sabía lo que significaba dar fe; si Azcona ponía la firma uno se podía quedar tranquilo. En cambio esta chica, si no fuera porque estábamos Mirta y yo, no sé qué hacía. Mucha universidad y todas esas cosas, pero cuando hay que ir a los bifes, no entiende nada. El doctor Azcona no tenía hijos. En realidad a mí siempre me trató como a un hijo. Yo creo que fue para agradecerle todo lo que hizo por mí que me puse a estudiar abogacía. Y eso que cuando empecé ya había cumplido treinta y ocho años. Me costó bastante. Hubo materias que tuve que dar como tres o cuatro veces. Creo que por esa carrera me terminé separando de Julia. Yo no paraba ni un minuto. Las pocas horas libres que me dejaba la escribanía se las dedicaba al estudio, y ella se sintió sola y se terminó yendo. En el fondo la entendí. Julia había entrado en una edad difícil para una mujer. Además siempre tuvimos tiempos distintos, para todo. Al año de separarme me recibí de abogado y empecé con las materias para ser escribano, que era lo que yo realmente quería. El doctor estaba orgulloso de mí. Siempre me preguntaba cómo me iba en los exámenes, me prestaba libros. Yo estaba seguro de que cuando me recibiera, si pasaba el examen, iba a terminar siendo adscripto a su registro. Estudié tres años seguidos para dar ese examen pero nunca lo di. Porque entonces apareció ella, una sobrina que yo nunca había oído nombrar, con veintisiete años y el título de escribana recién sacado del horno. Me acuerdo de que el día que Azcona me llamó a su oficina y me dictó el borrador del poder por el que le dejaba todo a ella fue como si me hubieran tirado una balde de agua fría. Cuando pasé el poder al libro, me equivoqué tres veces, tuve que hacer tres enmiendas. La primera vez en mi vida que me equivocaba en el libro.
–Al fin perdiste la virginidad, Gutiérrez –me había dicho Mirta riéndose, mientras yo salvaba.
Se escuchó el golpe de la puerta de entrada al cerrarse, y luego un silencio.
Se fueron...
–¿A usted lo espera alguien, Gutiérrez?
–No... yo soy solo... me separé hace un tiempo.
–Entonces si no hacemos algo, hasta mañana no nos encuentra nadie.
Intentamos sacarnos la soga pero enseguida nos dimos cuenta de que era imposible y de que, cuanto más tirábamos, más se ajustaba el nudo.
La escribana giró sus piernas hacia la puerta y la empezó a patear. Yo la miré sobre mi hombro. Alcanzaba a verle la pantorrilla. En una de sus patadas se le voló un zapato. Traté de decirle que me parecía un esfuerzo inútil pero no me escuchó. Siempre parecía que no me escuchaba. Sobre todo cuando le iba con algún asunto de trabajo complicado.
–Gutiérrez, no me venga con problemas, soluciónelo, y cuando lo tenga resuelto me viene a ver.
Era evidente que ella no era escribana de raza. Esa chica estudió la profesión porque vio la veta que tenía con su tío. Lo único que parecía importarle eran los trajecitos que se ponía, demasiado cortos para lo que se usa en nuestro ambiente. Y que el color de los zapatos combinara con el de la cartera.
–Yo no puedo creer que tenga que pasar la noche acá....
–Por qué no se tranquiliza y trata de descansar...
–¡Gutiérrez, ¿a usted le parece que yo puedo descansar en estas condiciones?! ¡Tengo el culo frío por las baldosas del piso, las manos apretadas contra su trasero, y usted hablándome todo el tiempo!
Me parece que se le fue un poco la mano. A medida que el tiempo corría me tuvo que dar la razón. El sueño la fue venciendo. Me di cuenta por cómo se movía su espalda sobre la mía cuando respiraba. Acomodó su cabeza sobre mi hombro y la dejó caer para atrás.
–Apóyese tranquila escribana, que yo no tengo nada de sueño –le dije, pero no me oyó porque ya estaba dormida.
Se movía un poco y refregaba el pelo contra mi cuello. Hasta me hacía un poco de cosquillas. Pero no la iba a despertar, cómo le iba a hacer eso. Me acomodé como para que ella calzara mejor. Tenía puesto el perfume que usaba siempre, aunque esa vez parecía mucho más fuerte. Yo estaba acostumbrado a oler la estela que dejaba, pero sentirlo tan cerca me mareaba. Su oficina siempre olía a ella. Me acuerdo de que un día que firmó muchas actas y poderes, antes de guardar el protocolo, me lo llevé hacia la cara y lo olí. Era como si ella estuviera ahí, metida adentro del libro mismo. Nunca antes la había tenido tan cerca como en ese baño. Si giraba mi cabeza hacia su lado, podía apoyar mi nariz sobre su pelo y olerlo. Lo hice. Justamente la estaba oliendo cuando ella se despertó.
–Gutiérrez, ¿nos tiramos de lado así podemos dormir mejor?
–Como usted diga, escribana.
Nos dejamos caer hacia su derecha y fuimos estirando las piernas. Enseguida la escuché respirar profundo otra vez y supe que estaba dormida. Sentí la curva de su cola sobre la mía. Se acurrucó y apoyó su pie descalzo sobre mi pantorrilla. Me saqué los zapatos con esfuerzo, siempre me ajusto mucho los cordones para que no se me deshaga el nudo mientras camino. Yo camino mucho, treinta cuadras por día. Le saqué el zapato que le quedaba puesto y le froté la palma del pie. Pensé que podía tener frío. Sus manos se movieron en el hueco que dejaban las curvas de nuestras cinturas. Le quise dar calma y entrelacé mis dedos con los de ella. Acaricié sus dedos subiendo y bajando los míos tanto como la soga me lo permitía. La escribana tenía la piel suave. Lo comprobé haciendo pequeños círculos con mis yemas. Se ve que ella soñaba con alguien porque en un momento me apretó la mano fuerte, con confianza, como debía hacer con esos hombres que la llamaban todo el tiempo a la escribanía. Mi mano quedó aplastada contra la curva de su cola. La recorrí apenas y comprobé que era tal como la imaginaba. Me hubiera gustado apretarla. Por un momento me imaginé atado a ella, pero frente a frente, sintiendo su respiración sobre mi cara, llevando las manos atadas de los dos hasta sus pechos para tocarlos, sintiéndola donde más la sentía. Me imaginé que la besaba, una y otra vez, bien profundo, como si me quisiera meter dentro de ella. Me imaginé dentro de ella. Y fue tan real como cuando tenía catorce años y me movía entre las sábanas. Real aunque yo estuviera tirado en el piso del baño de la escribanía con las manos atadas. Porque lo que sucedía dentro mío solo era posible si yo estaba dentro de ella. Traté de que ese momento durara, que no se fuera, moviéndome apenas para no molestarla. Pero entonces, cuando sentía un placer que no recordaba haber sentido antes, no pude más y me dejé ir. Creo que fue mi último aliento lo que la despertó, me puse alerta, pero enseguida se durmió otra vez. Yo también me dormí.
Cuando Mirta entró a la mañana siguiente, no podía parar de gritar. La escribana empezó a patear la puerta otra vez, pero Mirta gritaba tanto que no la oía. Entonces grité yo, con una fuerza que no solo sorprendió a la escribana sino a mí mismo. Mirta trajo al portero del edificio y abrieron la puerta. Enseguida nos desataron. La escribana se quejó de sus brazos entumecidos. Creo que yo también los tenía entumecidos. La escribana le pidió a Mirta que llamara a la policía, mientras ella llamaba a alguien por la otra línea. Debe haber llamado a un hombre, le pidió que la viniera a buscar. Yo la espiaba mientras juntaba papeles orinados del piso. Tenía la pollera arrugada, estaba despeinada y el maquillaje se le había corrido. Me la quedé mirando.
–¿Qué mira, Gutiérrez? ¿Por qué no se va a dar una ducha y a descansar un poco?
Me puse colorado. Bajé la vista y me encontré con la bragueta de mi pantalón manchada de una humedad espesa. Agarré la carpeta de la “Sucesión Martín Cabrera” que estaba sobre el escritorio y la puse delante de mí. Miré a la escribana y a Mirta, ninguna me miraba.
–Andá tranquilo, Jorge, que yo me ocupo de todo –dijo Mirta–. Con la noche que pasaste, no sé cómo podés seguir en pie.
La escribana se fue primero. Le avisaron de abajo que la estaban esperando. Agarré mi sobretodo y salí.
El ascensor olía a ella.

(Argentina, 1960)

domingo, 8 de septiembre de 2013

SOSA, Delia: Mi árbol azul


Desde lejos lo distinguía semejante a un junco pero no lo era. En la casa materna jugaba con él.
En las ramas colgaba mensajes de papel, garabatos, lista de juguetes, deseos que no se cumplían. Claro… yo podía alcanzarlo.
Inesperadamente fue como un diario íntimo.
El viento, la lluvia, el frío, el calor se interponían en nuestro diálogo imaginario.
Con tristeza un día comprobé que no solo las ramas ganaron altura, sino las raíces se extendieron tanto en profundidad como en superficie. Allí lograba sentarme, esconderme.
Mi último intento fue arrojarle flores ya que no podía ofrecérmelas.
En uno de mis viajes me preocupó su ausencia. ¿Cómo no lo veía? ¿Quizás una tormenta lo derribó? Imposible, porque era tan fuerte. Al acercarme, un hueco penetrante fue la respuesta.
Me dolió ese vacío, miraba hacia el cielo, recorría los bordes, todo me inspiraba temor.
Dicen que la vida cicatriza heridas, archiva recuerdos, borra imágenes. No fue mi caso.
No solo quedó grabado en la memoria esa forma majestuosa, la rugosidad de la corteza, la sombra escurridiza, sino que con pinceles y óleos, logré el mejor cuadro. Allí plasmé las emociones que me transmitía este amigo fiel e insustituible, él también percibía desde la distancia que yo lo observaba.
Habíamos mantenido encuentros de silencio, aunque no me respondía, agitaba una rama, un pájaro distraído interrumpía la siesta o a veces, despertaba mis celos al cobijar nidos. De esa manera no se sentía tan solo. Igualmente nos entendíamos, porque ocupó un lugar relevante. Me hizo feliz.


Delia Sosa


Delia Sosa es artista plástica nacida en la localidad de Rafaela, ciudad donde actualmente reside. Ejerció la docencia como profesora de Inglés en escuelas secundarias. Integra la Comisión Directiva de E. R. A. (Escritores Rafaelinos Agrupados) y coordina el Taller Literario en la Casa del Escritor, perteneciente a esta institución.
Ha publicado trabajos de su autoría en la revista "Sensación de Cultura", periódicos locales, en la antología "Palabras Rafaelinas", en el libro colectivo "Escalera de Papel". Publicó su primer libro individual: "En Primera Persona".
Incursiona en dibujo y pintura y ha participado en exposiciones colectivas. Su primera muestra individual retrospectiva la realizó en el año 2005.

viernes, 30 de agosto de 2013

BIRMAJER, Marcelo: Las relaciones peligrosas



Una cierva se enamoró de un tigre. Temía acercarse a su amado, eficaz cazador. Cierta tarde, decidida a morir devorada antes que de amor, oculta tras unas ramas, dijo a su amado enemigo:
—Oh, tigre, te amo. Dame una oportunidad. Mírame y permíteme escapar si no te agrado.
—Bueno —aceptó el tigre, que ya había comido.
Atravesó las ramas tras las que se ocultaba la cierva, permaneció mirándola durante un largo rato. Luego la cierva propuso casamiento y el tigre aceptó.
En la fiesta de enlace, cuando los ciervos hubieron bailado y bebido (lo tigres no fueron, pues desaprobaban la boda), el tigre se lanzó sobre los amigos y familiares de su reciente esposa, y comenzó a devorarlos uno por uno sin dificultades.
—¿Que haces? —gritó desesperada la cierva cuando ya quedaban pocos de los suyos.
—Si te enamoras de tu enemigo —dijo el tigre—, ten al menos la fidelidad de abandonar a tus amigos.


(Argentina, 1966)

martes, 27 de agosto de 2013

RODARI, Gianni: Un señor maduro con una oreja verde



Un día, en el expreso Soria-Monteverde, 
vi subir a un hombre con una oreja verde. 

Ya joven no era, sino maduro parecía, 
salvo la oreja, que verde seguía. 

Me cambié de sitio para estar a su lado 
y observar el fenómeno bien mirado. 

Le dije: Señor, usted tiene ya cierta edad; 
dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad? 

Me contestó amablemente: Yo ya soy persona vieja, 
pues de joven solo tengo esta oreja. 

Es una oreja de niño que me sirve para oír 
cosas que los adultos nunca se paran a sentir: 

oigo lo que los árboles dicen, lo que los pájaros cantan, 
las piedras, los ríos y las nubes que pasan. 

Así habló el señor de la oreja verde 
aquel día, en el expreso Soria-Monteverde.


(Italia, 1920/1980)

Escritor, pedagogo y periodista italiano, especializado en literatura infantil y juvenil.

domingo, 18 de agosto de 2013

ANDERSON IMBERT, Enrique: La muerte


La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos pero con la cara tan pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago) la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró. 
-¿Me llevas? Hasta el pueblo no más -dijo la muchacha. 
-Sube -dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba la montaña. 
-Muchas gracias -dijo la muchacha con un gracioso mohín- pero ¿no tienes miedo de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto! 
-No, no tengo miedo. 
-¿Y si levantaras a alguien que te atraca? 
-No tengo miedo. 
-¿Y si te matan? 
-No tengo miedo. 
-¿No? Permíteme presentarme -dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos, imaginativos y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa-. Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e. 
La automovilista sonrió misteriosamente. 
En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió a pie y al llegar a un cactus desapareció.

(Argentina, 1910/2000)

viernes, 9 de agosto de 2013

BACH, Richard: Ningún lugar está lejos


¡Rae!:
¡Gracias por invitarme a tu fiesta de cumpleaños! Tu casa está a miles de kilómetros de la mía, y viajo sólo si tengo una buena razón... Una fiesta para Rae es la mejor razón y ansío estar contigo.
Inicié mi viaje en el corazón del colibrí al que tú y yo conocimos tiempo atrás. Fue tan cordial como siempre, pero cuando le dije que la pequeña Rae estaba creciendo y que yo iba a su fiesta de cumpleaños con un regalo, quedó perplejo. Volamos largo rato en silencio; por fin él dijo:
"Entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que vayas a la fiesta".
"Por supuesto que voy a la fiesta", respondí. "¿Acaso es tan difícil de entender?"
Calló y cuando llegamos al hogar del búho, dijo:
"¿Es que los kilómetros pueden separarnos verdaderamente de los amigos? Si quieres estar con Rae, ¿no estás ya allí?"
   
"La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al búho.
Tuve una extraña sensación al decir voy de esa manera, después de hablar con el colibrí, pero lo dije así para que el búho comprendiese. También él voló en silencio largo rato. Fue un silencio amistoso, pero cuando me depositaba a salvo en el hogar del águila, dijo:
"Entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que llames pequeña a tu amiga".
"Por supuesto que es pequeña", respondí, "porque no ha crecido. ¿Acaso es tan difícil de entender?"
El búho me miró con sus profundos ojos ambarinos, sonrió y dijo:
"Piénsalo".


"La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al águila.
Tuve una extraña sensación al decir voy y pequeña después de hablar con el colibrí y el búho, pero lo dije así para que el águila comprendiese. Juntos volamos sobre las colinas y remontamos los vientos montañeses. Por fin dijo:
"Entiendo muy poco lo que dices, pero lo que menos entiendo es la palabra cumpleaños"
"Por supuesto, cumpleaños", respondí. "Vamos a celebrar la hora en que empezó Rae, y antes de la cual ella no era. ¿Acaso eso es tan difícil de entender?"
El águila curvó sus alas diestramente y aterrizó con soltura, posándose en la arena del desierto.
"¿Un tiempo antes de que empezara la vida de Rae? ¿No te parece más bien que es la vida de Rae la que empezó antes de que existiera el tiempo?"


"La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al halcón.
Tuve una extraña sensación al decir voy y pequeña y cumpleaños después de hablar con el colibrí y el búho y el águila, pero lo dije así para que el halcón comprendiese. Debajo de nosotros, a lo lejos, se derramaba el desierto, y al fin dijo:
"Mira, entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es crecer".
"Por supuesto, crecer", respondí. "Rae está más cerca de ser adulta, un año más lejos de ser una niña. ¿Acaso eso es tan difícil de entender?"
El halcón aterrizó por fin en una playa desolada.
"¿Un año más lejos de ser una niña? ¿Eso no suena como crecer?"
Y elevándose en el aire, partió.
  

Yo sabía que la gaviota era muy sabia. Mientras volaba con ella pensé con sumo cuidado y elegí las palabras de modo que, cuando hablara, ella supiese que yo estaba aprendiendo.
"Gaviota", dije por fin, "¿por qué vuelas conmigo a ver a Rae, cuando en verdad sabes que ya estoy con ella?"
La gaviota descendió sobre el mar, sobre las colinas, sobre las calles y suavemente aterrizó en tu azotea.
"Porque lo importante", dijo, "es que tú sepas esa verdad. Hasta que la sepas, hasta que verdaderamente la comprendas puedes mostrarla sólo de maneras más pequeñas, y con ayuda externa de máquinas y personas y aves. Pero recuerda", agregó, "que el ser desconocida no impide que la verdad sea verdadera". Y partió.

  
Ahora es tiempo de abrir tu regalo. Los obsequios de latón y de vidrio se gastan en un día y desaparecen.
Pero yo tengo un regalo mejor para ti. Es un anillo para que lo uses. Centellea con una luz especial y nadie puede quitártelo; no se lo puede destruir. Eres la única en el mundo entero que puede ver el anillo que hoy te entrego, tal como yo fui el único que pude verlo cuando era mío.
Tu anillo te otorga un nuevo poder. Usándolo puedes elevarte en las alas de todas las aves que vuelan... Puedes ver a través de sus dorados ojos, puedes tocar el viento que sopla por entre sus aterciopeladas alas, puedes conocer el júbilo de llegar muy alto sobre el mundo y todas sus preocupaciones. Puedes permanecer cuanto quieras en el cielo, después de la noche, durante la salida del sol, y cuando tengas ganas de bajar, otra vez tus preguntas tendrán respuestas y tus angustias habrán desaparecido.
Como cualquier cosa que no se puede tocar con las manos ni ver con los ojos, tu regalo se torna más poderoso a medida que lo usas. Al principio podrás usarlo solamente cuando estés en el aire libre, observando al pájaro con el que vuelas. Pero más tarde, si lo usas bien, funcionará con aves a las que no puedes ver, y al final comprobarás que no necesitas anillo ni pájaro para volar sola sobre el silencio de las nubes.
Y cuando ese día te llegue, debes dar tu regalo a alguien que sepas que lo usará bien, y que pueda aprender que las únicas cosas que importan están hechas de verdad y alegría y no de latón y vidrio.
Rae: esta es la última fiesta que celebraré contigo, después de haber aprendido lo que me enseñaron nuestros amigos, los pájaros.
No puedo ir a estar contigo porque ya estoy allí.
No eres pequeña porque ya has crecido, jugando entre los momentos de tu vida como lo hacemos todos, por la diversión de vivir.
No tienes cumpleaños porque siempre has vivido; jamás naciste y nunca morirás. No eres hija de las personas a quienes llamas madre y padre, sino su compañera de aventuras en una luminosa jornada para comprender las cosas que existen.
Cada regalo de un amigo es un deseo de felicidad, como este anillo lo es para ti.
Vuela libre y dichosa más allá de los cumpleaños y a través de la eternidad, y nos encontraremos alguna que otra vez cuando lo deseemos, en medio de la única celebración que jamás puede terminar.

 RICHARD BACH
(EE.UU, 1936)