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viernes, 17 de abril de 2015

MITO DE TESEO Y EL MINOTAURO


Aquella noche Egeo, el anciano rey de Atenas, se mostraba tan triste y preocupado que su hijo Teseo le dijo:
—Qué mal aspecto tienes, padre... ¿Te aflige algún pesar?
—¡Ay de mí! Mañana es el día maldito en que, como todos los años, he de enviar siete doncellas y siete muchachos de nuestra ciudad al rey Minos de Creta. Los desgraciados están condenados...
—¿Condenados? ¿Qué crimen han cometido para tener que morir?
—¡Morir! ¡Si solo fuera eso: los devorará el Minotauro!
Teseo sintió un escalofrío. Llevaba mucho tiempo fuera de Grecia y acababa de regresar a su patria, pero había oído hablar del Minotauro. Se decía que este monstruo, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, se alimentaba de carne humana.
—¡Padre, no consientas semejante infamia! ¿Por qué permites que se perpetúe tan odiosa costumbre?
—No tengo más remedio —suspiró Egeo–. Mira, hijo, antaño perdí una guerra contra el rey de Creta. Desde entonces he de pagarle como tributo, todos los años, catorce jóvenes atenienses, que el monstruo devora...
Con todo el ardor de su juventud, Teseo exclamó:
—¡En ese caso, permite que vaya a la isla! Acompañaré a las víctimas y me enfrentaré al Minotauro, padre. ¡Lo venceré y te libraré de tan horrible deuda!
Al oír aquellas palabras, el anciano Egeo se estremeció y estrechó a su hijo entre sus brazos:
—¡Jamás! Me espantaría perderte.
Años atrás, el rey había estado a punto de envenenar a Teseo sin darse cuenta debido a una estratagema de Medea, su segunda esposa, que aborrecía a su hijastro.
—¡No, no consentiré que vayas! Además, dicen que el Minotauro es invencible. ¡Vive oculto en un extraño palacio llamado Laberinto! Tiene tantos pasadizos, y son tan intrincados que los que se adentran por ellos no saben cómo salir. Y acaban por encontrarse con el monstruo, que los devora. Teseo era tan obstinado como intrépido. Insistió, se enfadó, y luego recurrió a los mimos y a la persecución hasta que el anciano rey Egeo, con el corazón desgarrado, acabó por ceder.
A la mañana siguiente, Teseo se dirigió junto con su padre al Pireo, el puerto de Atenas. Les acompañaban los jóvenes que iban a emprender su último viaje. Los ciudadanos contemplaban la procesión, unos con lágrimas en los ojos, otros amenazando con el puño a los emisarios del rey Minos que flanqueaban el siniestro cortejo. Al cabo, el grupo llegó al muelle donde estaba atracada una galera de velas negras. El rey explicó a Teseo:
—Son una señal de luto. Ay, hijo mío..., si regresas vencedor, no olvides cambiarlas por velas blancas, para que sepa, aun antes de que llegues a puerto, que estás vivo.
Teseo se lo prometió. Luego abrazó a su padre y se embarcó con el resto de los atenienses.
Una noche, durante la travesía, Neptuno, el dios del mar, se apareció en sueños a Teseo y le dijo sonriente:
—Mi buen Teseo: eres tan valiente como un dios. Cosa nada rara, pues eres tan hijo mío como de Egeo...
Entonces Teseo se enteró del fabuloso relato de su nacimiento.
—Cuando te despiertes, tírate al agua —le indicó Neptuno—. Encontrarás un anillo de oro que Minos perdió hace mucho tiempo.
Teseo se despertó. Era de día y a lo lejos se avistaban las islas de Creta.
Entonces, ante la mirada estupefacta de sus compañeros, Teseo se tiró al agua. Al llegar al fondo divisó una joya que relucía entre las conchas, y la tomó; el corazón le latía fuertemente.
De modo que todo lo que le había dicho Neptuno era verdad: ¡era un semidiós!
Este descubrimiento hizo que redoblaran sus ánimos y su valor.
Cuando la nave atracó en el puerto de Cnosos, Teseo vio entre la muchedumbre al rey rodeado de su séquito y fue a presentarse ante él:
—Salve, poderoso Minos. Soy Teseo, hijo de Egeo.
—Espero que no hayas venido de tan lejos a implorar mi clemencia —dijo el rey, mientras contaba cuidadosamente a los catorce jóvenes atenienses.
—No. Lo único que te pido es que no me separes de mis compañeros.
Los acompañantes del rey dejaron escapar un murmullo. Este contempló con desconfianza al recién llegado. Reconoció el anillo de oro que Teseo llevaba en el dedo y se preguntó muy sorprendido de qué prodigio se habría valido el hijo de Egeo para encontrar la joya. Luego rezongó en tono de desconfianza:
—¡De modo que pretendes enfrentarte al Minotauro! En ese caso, habrás de hacerlo solo con las manos: deja aquí las armas.
Entre la comitiva del rey se encontraba Ariadna, una de sus hijas. Impresionada por la temeridad del príncipe, pensaba horrorizada que pronto la pagaría con su vida. Teseo había estado mirando un buen rato a Ariadna. Desde luego le había llamado la atención su belleza, pero se quedó sobre todo intrigado porque estaba haciendo punto. 
—Vaya un sitio más raro para calcetar —se dijo Teseo para sus adentros.
Sí, a Ariadna la gustaba hacer calceta porque podía dedicarse a meditar. Y sin dejar de mirar a Teseo, se le estaba ocurriendo una idea descabellada...
—Venid a comer y a descansar —les ordenó el rey Minos—. Mañana os conducirán al Laberinto.
Teseo se despertó sobresaltado: ¡alguien acababa de entrar en el aposento en el que dormía! Escudriñó la oscuridad y lamentó que le hubieran despojado de su espada. Una silueta blanca se destacó entre las sombras y un familiar chasquido de las agujas le reveló la identidad de la visita.
—No temas. Soy yo, Ariadna.
La hija del rey se acercó al lecho y se sentó. Tomó la mano del joven y le suplicó:
—¡Ay, Teseo, no vayas con tus compañeros! Si entras en el Laberinto, no podrás salir de él nunca más. Y no quiero que mueras...
Los estremecimientos de Ariadna revelaron a Teseo la naturaleza de los sentimientos que la habían empujado a ir a verlo aquella noche. Muy turbado murmuró:
—He de hacerlo, Ariadna. Tengo que vencer al Minotauro.
—Es un monstruo. Lo aborrezco. Pero es mi hermano...
—¿Cómo? ¿Qué dices?
—Ay, Teseo, deja que te cuente una historia muy singular... Mucho antes de que yo naciera, mi padre, el rey Minos, cometió la imprudencia de burlarse de Neptuno, sacrificando un pobre toro, flaco y enfermo, en lugar del magnífico toro que él le había enviado. Al poco tiempo, mi padre se casó con la hermosa Pasifae, que es mi madre. Pero Neptuno tramaba una venganza. En recuerdo de la antigua ofensa que le había hecho, consiguió que Pasifae perdiera la cabeza y se enamorara de un toro. La desgraciada mandó incluso que le construyeran un caparazón en forma de vaca, dentro del cual se metió para unirse al animal del que se había enamorado. Ya te puedes imaginar el resto, mi madre dio a luz al Minotauro. Mi padre no tuvo valor para matarlo, pero intentó ocultarlo para siempre de los ojos del mundo. Mandó llamar al mejor de sus arquitectos, Dédalo, el cual diseñó el laberinto. ¡Pero no te creas que estoy de parte del Minotauro! ¡Ese devorador de hombres merece mil veces la muerte!
—En ese caso, lo mataré.
—Aunque lo consiguieras, no serías capaz de salir del Laberinto.
—¡Pues qué le vamos a hacer!
Un prolongado silencio cubrió la oscuridad.
De repente, la muchacha se arrimó al joven y le dijo:
—Teseo, si te proporciono el medio para salir del Laberinto, ¿me llevarías contigo?
El héroe no contestó. Desde luego, Ariadna era muy atractiva y era la hija del rey. Pero había llegado a aquella isla, no en busca de esposa sino a liberar a su país de una carga.
—Conozco las costumbres del Minotauro —le insistió ella— y sé cuales son las debilidades y cómo podrías vencerlas. Pero esa victoria tiene un precio: ¡me llevarás contigo y me harás tu esposa!
—Está bien. Lo acepto.
A Ariadna le sorprendió que Teseo aceptara enseguida. ¿Estaría enamorado de ella o simplemente dispuesto a admitir un trato? ¡Qué más daba!
Le confió mil secretos que al día siguiente le permitirían vencer a su hermano. Y el sonido de su voz se mezclaba con el incesante chasquido de las agujas: Ariadna no había dejado ni un momento de hacer punto.
Frente a la entrada del Laberinto, Minos ordenó a los atenienses:
—¡Entrad, ha llegado la hora...!
Mientras los catorce jóvenes, completamente aterrorizados, iban entrando uno a uno en la extraña construcción, Ariadna le susurró al oído a su protegido:
—Teseo, coge este hilo y, ¡por lo que más quieras, no lo pierdas! Será lo que nos una.
Tenía en la mano el ovillo de la labor que tejía continuamente. El héroe cogió lo que ella le daba: un tenue hilo, casi invisible. Aunque el rey Minos no adivinó lo que tramaban, sí se dio cuenta de que al muchacho y a su hija les costaba mucho separase.
—¿Qué pasa, Teseo? ¿Te da miedo entrar?
Sin decir ni una palabra, el héroe se metió en el corredor y enseguida se unió a sus compañeros, que, en una bifurcación, no sabían qué camino tomar.
—¡Qué más da! Sigamos por la derecha.
Llegaron a un callejón sin salida, dieron media vuelta y tomaron otro camino, que les condujo a otra bifurcación de la que partían varios pasadizos.
—Vayamos por el del centro. Y no nos separemos.
Al poco salieron al aire libre; habían dejado atrás las paredes del Laberinto y ahora se encontraban ante unos matorrales muy espesos.
—¿Quién sabe? —murmuró uno de los atenienses—. Igual el destino nos brinda la oportunidad de no toparnos con el Minotauro... sino con la salida.
Teseo sabía que desgraciadamente aquello era imposible: Dédalo había ideado la construcción de modo que siempre se llegara al centro de la misma.
Y eso fue exactamente lo que pasó. Al anochecer, cuando sus compañeros empezaban a quejarse de cansancio y de hambre, de repente Teseo les ordenó:
—¡Deteneos! Escuchad. ¿No os huele a algo raro?
Las paredes les devolvían el eco de unos rugidos impacientes y en el aire flotaba un denso olor a carroña.
—Ya llegamos —murmuró Teseo—. ¡Estamos cerca del antro del monstruo! ¡Aguardadme y, sobre todo, no os mováis de aquí!
Se marchó solo, sin soltar el hilo de Ariadna.
De repente llegó a una explanada circular parecida a una plaza de toros allí estaba el monstruo más horroroso que jamás se pudo haber imaginado: era un gigante con cabeza de toro, y brazos y piernas musculosos como troncos de roble. Al ver llegar a Teseo, el Minotauro emitió un feroz bramido de golosa satisfacción, abriendo las babeantes fauces. Bajó la testa bovina y peluda, apuntando a su presa con su afilada cornamenta. Luego se abalanzó sobre su víctima golpeando la arena con las pezuñas de sus pies.

El suelo estaba cubierto de huesos. Teseo cogió el más grande y lo blandió. Cuando el monstruo se disponía a ensartarlo con sus astas se hizo a un lado y le asestó en el morro un golpe rotundo capaz de derribar a un buey... ¡Pero no tan violento como para matar a un Minotauro! 
El monstruo rugió de dolor. Sin darle tiempo para recuperarse, Teseo se agarró con todas sus fuerzas de las astas y saltó sobre su peludo lomo. Encaramado sobre él, apretó las piernas como si fueran tenazas y trató de estrangularle. Incapaz de respirar el monstruo se debatía furioso. No podía cornear a su adversario que estaba firmemente trabado a él. Pataleó, se cayó, se revolcó por el suelo. A pesar de que la arena se le metía en los ojos y en los oídos, Teseo, siguiendo los consejos de Ariadna, no soltaba a su presa. 
Poco a poco el Minotauro fue perdiendo las fuerzas y al cabo emitió un espantoso bramido de rabia, se estremeció y exhaló el último suspiro. Entonces Teseo se apartó de aquella enorme masa inerte. Su primer impulso fue ir a recuperar el hilo de Ariadna.
El silencio insólito y prolongado había hecho que acudieran sus compañeros.
—¡Quién lo iba a decir! ¡Has vencido al Minotauro! ¡ Estamos salvados!
Teseo pidió que le ayudaran a arrancar las astas al toro.
—Así sabrá Minos que ya no puede reclamar ningún tributo —les explicó.
—¿De qué nos va a servir? Es cierto que hemos salvado la vida pero nos aguarda una muerte lenta, pues nunca seremos capaces de salir de aquí.
—Ya lo creo —afirmó Teseo mostrándoles el hilo—. ¡Mirad! 
Echaron a andar rápidamente. Gracias al hilo podían recorrer en sentido inverso el tortuoso y largo camino que los había conducido hasta el Minotauro. A duras penas lograba Teseo calmar su impaciencia. Se preguntaba qué dios bienhechor habría inspirado a Ariadna aquella idea genial. Al poco rato el hilo se puso tenso: desde la otra punta alguien tiraba de él con tanta impaciencia como Teseo.
Al cabo de unas horas salieron al aire libre. El agotado héroe tiró al suelo, junto a la entrada, la sanguinolenta cornamenta del Minotauro.
—¡Teseo..., al fin! ¡Lo conseguiste!
Loca de amor y de alegría, Ariadna corrió hacía él y ambos se fundieron en un abrazo. La hija de Minos contempló tiernamente el revoltijo del enorme ovillo que Teseo tenía entre las manos y le reprochó con una sonrisa: 
—Hay que ver, ya podías haberlo enrollado un poquito...
Empezaba a amanecer. Teseo y sus compañeros, junto con Ariadna, cruzaron sigilosamente las calles de Cnosos y llegaron al puerto.
—Agujeread el casco de todos los navíos cretenses —les ordenó Teseo.
—¿Por qué? —preguntó Ariadna muy sorprendida.
—¿Acaso piensas que tu padre se va a quedar impasible? ¿Que va a permitir que su hija se fugue con el que ha matado al hijo de su esposa?
—Tienes razón —admitió ella—. ¡Habrá que ver qué castigo impone a Dédalo, puesto que el Laberinto no ha servido para proteger al Minotauro como mi padre deseaba!
Cuando despuntó el sol, la galera de Teseo zarpaba del puerto y navegaba rumbo a Grecia...
Durante el viaje de vuelta Teseo tuvo un sueño muy extraño esta vez fue otro dios, Baco, el que se le apareció y dijo: 
—Es preciso que abandones a Ariadna en una isla, no será tu esposa; para ella tengo proyectos más gloriosos.
—Pero es que le he prometido ... —farfulló Teseo.
—Ya lo sé. Pero tienes que obedecerme, o sino te expondrás a la cólera de los dioses.
Cuando Teseo se despertó todavía tenía dudas. Pero al día siguiente la galera tuvo que enfrentarse a una tempestad tan violenta que el héroe vio en ella un aviso divino.
Entonces gritó al vigía:
—¡Hay que hacer escala inmediatamente! ¿No ves tierra allá a lo lejos?
—¡Si! Isla a la vista... Debe de ser Naxos. Atracaron en la isla a la vista de que se calmaran los elementos.
La tempestad amainó durante la noche. Al alba mientras Ariadna estaba tendida todavía sobre la arena. Teseo reunió a sus hombres y les ordenó a hacerse inmediatamente a la mar. Sin la muchacha.
—¡No queda más remedio! —añadió al ver el reproche retratado en los rostros de sus compañeros. Los dioses no actúan sin motivo. Y Baco tenía buenas razones para que Teseo abandonara a Ariadna: cautivado por su belleza, se había enamorado de ella y había decidido que tendrían cuatro hijos y que la joven se sentaría a su lado en el Olimpo. Como señal de alianza divina, incluso tenía pensado regalarle una diadema, que sería el origen de una de las más bellas constelaciones...
Desde luego Teseo desconocía los propósitos de aquel dios enamorado y celoso. Sentía remordimientos mientras navegaban rumbo a Atenas. Estaba tan ocupado que se olvidó de lo que le había dicho su padre antes de partir...
Apostado en el alto del faro que se alzaba en la bocana del Pireo, el vigía gritó, protegiéndose los ojos con las manos a modo de visera:
—¡Barco a la vista! Sí... es la galera real que regresaba de Creta. ¡Rápido, id a avisar al rey!
Hay menos de tres kilómetros entre Atenas y su puerto. Esperanzado e inquieto, el anciano rey Egeo llegó corriendo hasta los muelles.
—¿Y las velas? —preguntó levantando la cabeza hacia el vigía—. ¿Puedes ver las velas y decirme de qué color son? 
—¡Ay, mi señor, son negras!
El anciano Egeo no quiso saber más. Transido de dolor se tiró al agua y se ahogó.
Cuando la galera atracó, acababan de recoger el cadáver del anciano Egeo en la playa. Teseo fue corriendo hacia él, enseguida comprendió lo que había sucedido y se maldijo por haber sido descuidado.
—¡Padre, no! ¡No..., estoy vivo! ¡Vuelve a la vida, por caridad!
Demasiado tarde: Egeo estaba muerto. Teseo se sumió en un dolor que le hizo olvidar su reciente victoria sobre el monstruo. El héroe pensaba con amargura que acababa de perder esposa y padre.
—¡Teseo, ahora eres tú el rey! —proclamaron los atenienses postrándose ante él.
El nuevo soberano se quedó un momento de absorto ante el cadáver de Egeo y luego decretó solemnemente:
—¡De ahora en adelante este mar llevará el nombre de mi amado padre! 
Y por eso, desde el modesto día desde que el vencedor del Minotauro regresó de Creta, el mar que rodea Grecia se llama mar Egeo.
Mientras tanto, Ariadna se había despertado en la isla desierta. Amanecía y distinguió las oscuras velas de la galera, que se alejaba. Sin poder creer lo que veía, balbuceó:
—¡Teseo! ¿Será posible que me abandones?
Siguió al barco con los ojos hasta que aquel se perdió en el horizonte y entonces comprendió que jamás volvería a ver a Teseo. Sola, en la playa de Naxos, dio rienda suelta a su dolor y estuvo gran rato lamentándose de la ingratitud de los hombres.
Más tarde, Ariadna encontró en la arena su labor inconclusa.
Cogió las agujas y se puso a tejer, a la espera de que se cumpliera el prodigioso destino que ella todavía desconocía.
Allí se quedó haciendo calceta, y sin dejar de llorar.

jueves, 2 de abril de 2015

LAISECA, ALBERTO: Fabricantes de vampiros


Recorrían los caminos y los pequeños pueblos de la Alemania medieval. Eran tres: Severo, Angélico y Piadoso.
Poseían dos carromatos que contaban con todos los elementos de su oficio. Allí también comían y dormían.
Estos vehículos ostentaban carteles en su parte externa que decían: «Doctores en vampirismo», «Destructores de muertos que caminan, chupasangres y devoradores de carne humana».
Pero con ellos ocurrían cosas raras, que movían a la suspicacia. En aldeas tranquilas, donde jamás ocurría cosa alguna, no bien llegaban los siniestros carromatos, se producía una ola de vampirismo. Chicas jóvenes eran encontradas desnudas, en sus camas, y sin una gota de sangre. Heridas en el cuello, que bien podrían ser producidas por dientes, o por cualquier otra cosa. Unos pocos hombres se encontraban en las mismas condiciones. Muy pocos hombres.
Como es natural, los aldeanos, muertos de miedo, llamaban a los «doctores» para el examen de los cadáveres. El diagnóstico era siempre el mismo: vampirismo.
Y debía procederse de inmediato antes de que la enfermedad se propagase: estacas en el corazón, cortada de cabezas y llenar la boca del muerto (o de la muerta) con ajo.
Curiosamente, las hijas de los muy ricos sobrevivían. También heridas en los cuellos y debilitadísimas, pero vivas. Cuando despertaban de sus desvanecimientos, sostenían haber sido violadas y dolorosísimamente mordidas por demonios horribles.
Los afligidos padres ofrecían fortunas a los «doctores» para que, mediante exorcismos, preservasen a sus niñas de nuevos ataques. En un latín que ellos llamaban «arcaico» (ni el cura lo entendía), trazaban sobre las víctimas lo que denominaban «un arco de luz y protección».
Debía de ser todo cierto, pese al aire de charlatanería, puesto que las chicas no volvían a ser molestadas y, en poco tiempo, se recuperaban de la pérdida de sangre.
El secreto de los «doctores» era muy sencillo. Habían inventado una larga y gorda jeringa de cobre, con émbolo del mismo material. Le adosaban una aguja también de cobre, con punta muy filosa y cortada en bisel. Esta última era demasiado gruesa como para insertarla en la vena, de modo que previamente se abrían paso con un cuchillo, pero tajeando con poca profundidad. Luego de desnudar a la víctima y violarla varias veces, procedían a sacarle litros y litros de sangre con la gigantesca jeringa. El líquido extraído se guardaba en grandes frascos que se cerraban de manera bastante hermética.
Seguramente practicaban, además, hipnotismo casero, alguna droga de esas que distorsionan la percepción, sumado esto a un chapuceo incomprensible en mal latín y disfraces de diablos cornudos. Las supersticiones de la época hacían el resto.
Si alguna chica violada sobrevivía (algunas debían hacerlo, puesto que, como dijimos, ello era parte del negocio), ella juraba haber sido poseída por el Príncipe de las Tinieblas en persona. Y lo peor es que se lo creía.
Con mucha frecuencia, a causa de estos contactos ilícitos, nacía un niño o una niña. El destino de estos desdichados era terrible: quieras que no, eran arrancados de los brazos de sus madres, y de las leches de sus pobres tetas, y quemados vivos.
Pero después de un mes de jolgorio —violaciones, dinero mal habido y asesinatos— por supersticiosos que fuesen los aldeanos, ya muchos se empezaban a preguntar cómo, en un lugar tan tranquilo, todos los demonios se habían desatado justo con la llegada de los «doctores» Severo, Angélico y Piadoso.
Claro que ellos ya tenían preparada su obra maestra y despedida. Dijeron que el monstruo estaba presto para descargarse. La llegada de los «doctores» lo aterrorizó haciéndolo salir antes de tiempo. Ellos, con sus poderes, averiguarían en quién se había camuflado el maldito.
Para ello eligieron a una pobre vieja, medio loca y sin familia, que vivía en una cueva.
—¡Aquí! ¡Aquíííí…! ¡Aquí está el mal encarnado! —gritaron los tres benefactores.
A una orden de Severo, la anciana fue desnudada («Porque el demonio puede esconderse en un pedazo de ropa»). La ataron sobre una mesa formando una equis. La viejita protestaba débilmente. No entendía el porqué de tanta severidad para con ella. Estaba loca, sí, pero jamás le había hecho daño a nadie.
Siempre por orden de Severo, Angélico y Piadoso, penetraron con sendas agujas de hierro los pezones de la pobre vieja. Pero sus alaridos no duraron demasiado: con dos fuertes enviones atravesaron la totalidad de los mustios pechos y llegaron al corazón.
Dijeron que, en esa aldea al menos, habían cumplido con su deber. Subieron a los carromatos y partieron raudos antes de que los demás pudieran arrepentirse de su pasividad.
Por algo Severo era el jefe. De lejos el más inteligente de todos, no ignoraba que en esa oportunidad casi los pescaron. Todo había salido bien —en tal sentido la vieja fue providencial—, pero gracias a una enorme dosis de buena suerte. «La próxima vez no sé qué tal nos va a ir», razonó Severo y así se los dijo a sus ayudantes.
—¡Pero, Maestro! —protestaron Angélico y Piadoso—. ¿De qué vamos a vivir?
—No sé. De otra cosa. Debemos reformarnos y cambiar de vida. Este solo propósito de enmienda ya me hace sentir más bueno. Y por favor: recuerden siempre que el cielo ayuda a los suyos.
Reformarse era, pues, cosa decidida. Ahora bien, ¿la bondad cómo? ¿Qué camino, qué orientación le darían a la recién adquirida bondad?
—Lo mejor será fabricar un prostíbulo de chicas zombis.
Los otros se asombraron.
—Pero, Maestro… —protestó Piadoso débilmente—. Tengo entendido que la zombi no nace: se hace. ¿Usted sabe hacerlas?
—Por supuesto. En mis viajes por Italia visité Florencia. ¡Ah!, esa sí que es una ciudad civilizada. Son los primeros en pintura, arquitectura, suplicios. Pero antes que nada dejen que les hable de las virtudes de la zombi por sobre cualquier otra mujer. Son trabajadoras inagotables, a quienes además se puede morder y pegar. Siempre sonríen y jamás protestan, cosa que las hace invalorables para cualquier cliente. Muchos terminan casándose
con ellas. Nosotros lo permitiremos. Por un cierto y adecuado precio, claro está. Muchos hombres de vidas confusas han logrado paz, encarrilamiento y fe gracias a estas chicas. Incluso es un bien para ellas mismas, puesto que son liberadas de la tarea de pensar. Sus vidas se ordenan mediante la obediencia absoluta. Leo en sus caras la gran pregunta: «¿cómo?». En efecto: ¿cómo se logra este acto de alquimia?, muy sencillo. Mis amigos y maestros florentinos han inventado para los más difíciles interrogatorios un recurso magnífico. Lo llaman «el sueño italiano». La Inquisición hace ya mucho tiempo que sabe que de un detenido o detenida se puede obtener cualquier confesión mediante el muy simple medio de arrancarle las uñas o la totalidad de los dientes y muelas, uno por uno. Para los casos más grandes de reticencia, se procede a la introducción de un hierro candente en la vagina o en el ano. Pero así el paciente queda definitivamente deteriorado, se convence del todo de su error e incluso incurre en el mal gusto de morirse. Nada de esto, por lo general, ocurre con «el sueño italiano». Consiste en un alto cilindro que se abre longitudinalmente. Adentro está lleno de pinchos filosos, pero ha sido calculado para que no toquen a la víctima si esta se queda quietita. A la chica, sea un ejemplo, se la mete desnuda y luego se cierran las dos mitades. Ya dijimos que si te quedas de pie, sin moverte, los filosos pinchos no te pinchan. Pero este estado de absoluta quietud no es natural. Todo en uno tiende a la movilidad y al jolgorio. Además alguna vez hay que dormir. Muslos, piernas, trasero, espaldas y pechos sufren dolores agudísimos que se van acentuando con el paso de los días. Algunas chicas sufren accidentes. Son las no aptas para la zombificación. Pero eso está previsto y siempre se puede hacer algo con ellas.
Nuestros amigos habían juntado bastante dinero en sus correrías. Por otro lado, Severo resultó enemigo de las expansiones. Avaro, en realidad, y el que mandaba era él. De modo que compraron un buen trozo de tierra en las afueras de cierta aldea y mucha madera.
Contrataron gente para levantar el Castillo del Placer. Este iba a ser el prostíbulo de las zombis, naturalmente. Aquella era una construcción altísima, contrahecha y que, si no se venía abajo, era gracias a la superabundancia de clavos. Resultaba una suerte de megalomanía idiota.
Siempre en el interior del predio, pero en las afueras del castillo, cavaron un misterioso pozo de treinta metros de hondo.
En realidad, la fabricación de zombis costó mucho más de lo que se creía en un principio. Por de pronto muchas chicas se volvían locas con el encierro: falta de descanso, claustrofobia, histeria, a punto tal que ellas mismas se largaban contra los pinchos buscando la muerte. Las que no lo conseguían salían tan deterioradas que ya no podían interesar a hombre alguno.
Pero tanto muertas como piltrafitas pateables eran aprovechadas por el ingenio de Severo, quien siempre les encontraba utilidad. Inventó lo que él llamó «El guiso de los doctores». Cortaban pechos y caderas en pequeños cubos y de todo ello salía una comida exquisita. El resto no aprovechable de las muertitas iba a parar al pozo, juntamente con grandes bloques de cal viva.
También había triunfos, naturalmente. Unas pocas chicas salían del encierro totalmente bobas y listas para trabajar. Fieles a sus costumbres, los tres inseparables las hicieron suyas durante varios días antes de entregarlas a las fieras.
Al principio el negocio marchó muy bien. Los clientes estaban encantados con esas muchachas tan raras y sometidas, que no protestaban les hiciesen lo que les hicieran. El problema empezó al año más o menos, cuando la totalidad de los aldeanos (hombres y mujeres) contrajo la sífilis. Desesperación y furia.
Entonces tuvo lugar una escena que hemos visto muchas veces en el cine con las películas basadas en la historia del doctor Víctor Frankenstein. Una noche los furiosos aldeanos salieron todos juntos, empuñando antorchas y horquillas, y el Castillo del Placer ardió por los cuatro costados. Las zombis serían muertas que caminan, si a usted se le antoja, pero era cosa de oír cómo gritaban.
En realidad los aldeanos fueron bastante injustos. De la sífilis no podían culparse más que a sí mismos por ir a un prostíbulo.
Buscaron a los «doctores» por todos lados con el objeto de enterrarlos vivos, pero hasta eso había sido previsto por nuestro genio Severo: un túnel secreto y larguísimo llegaba hasta las afueras de la aldea y allí los esperaban los carromatos.
—Maestro, maestro… —dijo Piadoso muy compungido y luego que se hubieron puesto en seguridad—, ya ve que es inútil querer reformarse. Uno está marcado y no lo dejan.
—Es cierto —homologó Severo.
—Ahora yo digo, no, se me ocurre —terció Angélico—, ¿y si fundamos una posada, donde el plato fuerte sea «El guiso de los doctores»?
—La idea no es mala, en principio —comentó Severo—. Pero el problema es siempre el mismo: no es fácil conseguir materia prima.
Pero Angélico no aflojaba así nomás.
—¿Y si nos casamos y tenemos muchos hijos?
—Nooo: la demanda siempre va a superar, con mucho, a la oferta —dijo Severo—. Además habría problemas con las madres: siempre se encariñan con la cría, etcétera.
Piadoso preguntó:
—¿Y si fundamos un asilo de huérfanos?
—Tampoco —desaprobó Severo—. Los huérfanos nunca son tantos y además hay mucha vigilancia. No. Imposible. Mucho me temo que nos veremos obligados, nuevamente, a ser doctores en vampirismo.
Y así lo hicieron, los tres, aunque desilusionados y bajo protesta.
Esta fue la manera como, luego de muchas y productivas aventuras, cuatro años más tarde nuestros bienaventurados monstruos llegaron a una aldea de Baviera.
Los aldeanos eran raros, casi no hablaban y estaban poseídos por el temor. Les extrañó mucho que después de vaciar a las primeras chicas nadie viniese a consultarlos. Ni siquiera los padres de vampirizadas ricas.
—Aquí las chicas son muy lindas —comentó Severo—, pero mucho más interesante es el dinero. Si siguen sin pedirnos ayuda, en cuatro días nos vamos.
Esa noche dieron con una víctima lindísima. No parecía una suicida. Más bien semejaba una idiota bien dispuesta. Se desnudó sola, sin necesidad de que le arrancasen la ropa. Solo dijo:
—No me lastimen, por favor.
Transmitía una onda increíblemente erótica.
Empezaron. Pero mientras más se lo hacían, más necesitaban hacérselo.
Mucho más tarde descubrieron que nadie, ningún hombre, puede tener tantas relaciones seguidas con una mujer. Estaban tirados en el piso, sin una gota de energía. No podían moverse. Indefensos por completo.
Ella se les rió en la cara y les dijo:
—Aldeanos supersticiosos, ¿cierto? ¿Saben por qué aquí nadie les pidió ayuda? Porque sabían que iba a ser inútil. Después de todo los felicito: vivieron varios años sacando partido de la leyenda. Pero siempre llega la hora de pagar.
Estaba muy enojada. Que no creyeran y además se burlaran lo tomó como una falta de respeto. «Pecadillos» como zombis y guisos la tenían sin cuidado. No era lo suyo.
Sí. Ella era una «leyenda» con muchos caninos, felinos y molares. Chiste esquizofrénico. En realidad, quisimos señalar su boca dotada de incontables dientes. Hasta un cocodrilo se habría asustado. Con lentitud, casi con delicadeza, los mató a los tres.

(Argentina, 1941)

martes, 31 de marzo de 2015

PANDOLFO, Natalia: La nocturna


Hace frío, los autos encaran la procesión nuestra de cada día rumbo a casa y ellos van llegando lento, como quien no quiere la cosa. Los grandes muros, el patio con su mástil solitario; el viento bailando su gélida danza en la galería.
Adentro la profe espera bajo dos tubos fluorescentes que cuelgan del techo altísimo y descascarado. Colón, Unión y un rosario de epítetos florecen en los pupitres con bordes corroídos. En el pizarrón, la Regla del Octeto promete buenas chances de rima.
La lista tiene once apellidos: un equipo del que esta vez solo entrarán a la cancha cuatro jugadores, todos mayores de 18 y algunos que ya pisaron los 30.
Hay chicos que reciben pases complicados, como aquel que se sienta en el fondo y del que poco se sabe, excepto que sus viejos no lo dejaban ir a la escuela y que él dijo “Yo un día voy a ir”. Ahí está, sin intercambiar casi nada con casi nadie, respondiendo a las consignas como puede: atendiendo su propio juego.
La profe mira el reloj como quien cumple el rito: sabe que no llegarán a horario.
“¿Vendrán?”, pregunta al aire. Va entonces a la otra aula, porque ese día faltó un colega y no se consiguió reemplazante, entonces hay que hacer doblete: vacía. De repente una chica dice hola y entonces charlan, frente a frente, y la alumna le cuenta de su niña rebelde mientras se sienta y saca lapicera, carpetas, papeles; y dice que está preocupada porque la llamaron del jardín y la profe se ríe y le aconseja que no se angustie, que son etapas, que ya va a pasar.
Y entonces la puerta se abre e ingresa a paso triunfal: trenza rubia sobre pelo negro, jeans rotos, el eh antes de cada invocación, los brazos en alto y el resabio de orgullo en la cara: acaba de meter cuatro materias. “Lo contenta que se va a poner mi vieja”, dicen que dijo entre risas cuando ocurrió el milagro. Él lo confirma: dice que la señora estaba tan feliz que fue y compró asado para celebrar. Ahora está más tranquilo pero todavía paladea el triunfo. “Eh, profe, ¡me trajiste un regalo!”, grita manoteando la bolsa con una caja de zapatos que la mujer acaba de comprarse con dosis pares de esfuerzo y culpa.
Después se pone serio y cuenta que se quiere recibir. Que quiere estudiar algo más. Que los amigos le preguntan para qué y que él no los escucha, porque piensa que en la vida nunca se termina de saber.
La semana pasada la planilla no acusó ningún presente. “No sé de dónde sacaron que si no viene ninguno, no les pongo falta”, se queja la preceptora, que ya conoce de memoria los mandamientos: juega Colón, no vienen; llueve, no vienen; viernes, alguno que otro puede llegar a caer.
La profe vuelve al aula primera. En la puerta, uno escucha música.
—¿Y los otros?
—Los capturaron los marcianos. A mí me llevaron, pero me largaron porque no me soportaban.
En un rincón oscuro, seis o siete cierran filas y escuchan cumbia. La noche ya extendió su gran frazada llena de estrellas. Otro grupo entra con sus motos y sus bicis, las dejan dentro de la escuela y caminan con la mirada clavada en la pantalla. Tiran los útiles, corren al baño, vuelven, preparan el mate. La profe dice que hoy terminamos con el Martín Fierro y ellos celebran como si fuera Año Nuevo: ya no lo aguantábamos más, profe. Teníamos pesadillas con él.
—¿Cómo pasaste las vacaciones?
—Mal. Me quisieron robar y me dieron un tiro en el brazo.
El pibe muestra el yeso y avisa que no da garantías de aprender a escribir con la otra.
La profe piensa que el miedo es el afuera: que cuando salen los alumnos se les vienen encima como moscas los que venden falopa, y que a ella eso le da tal impotencia. Que a veces llegan dados vuelta. Que muchas veces no sabe qué hacer: que hace lo que puede -y tanto más.
Los horarios de entrada y salida son relojes sin sincronizar: depende del frío, de cuántos vinieron, de tantos factores que no caben en una planilla ni en dos ni en mil.
Un día la profe empezó a leer Goytisolo y un resorte se activó allá al fondo del alma de una de las alumnas: su mamá se lo leía cuando era chica. Ella ahora tiene cinco hijos y un marido albañil que la recibe todas las noches cuando baja del colectivo, allá donde el río asoma como viejo vecino.
Optimista, la profe pasa lista. Los presentes gritan a los ausentes y rotulan a un par con el título de no viene más.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Chicos, no dejen. Les falta poco. Es importante que terminen la secundaria.
—¿Sabe lo que pasa, profe? Muchos somos albañiles, laburantes. Arrancamos a las seis de la mañana y volvemos a casa a las seis de la tarde. Te cagás de frío, te pegan un tiro: qué ganas te van a dar de venir.
“Yo hago lo imposible porque lo posible lo hace cualquiera”, dejó sellado alguien en un banco, así como le sonó. “Sabés mi nombre pero no mi historia”, estampó su desafío otro en una pared. La preocupación sobrevuela en cada chau, profe. El candado de la puerta se cierra y los profes ruegan que todos lleguen sanos a casa y que mañana, cuando el sol empiece a esconderse, tengan la lucidez de decir voy.

Natalia Pandolfo
(npandolfo@ellitoral.com)

miércoles, 25 de marzo de 2015

GARCÍA LORCA, FEDERICO: La casada infiel




Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me
sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver,
ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la lleve del río.
Con el aire se batían las
espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.


MACHADO, Antonio: Orillas del Duero


Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.
Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,
de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.
El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

Pasados los verdes pinos,
casi azules, primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.
Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía,
sol del día, claro día!
¡Hermosa tierra de España!

(España, 1875/1939)

domingo, 22 de marzo de 2015

QUIROGA, Horacio: A la deriva


El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo—. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.

(Uruguay, 1878/Argentina, 1937)


viernes, 20 de marzo de 2015

GALEANO, Eduardo: Somos todos culpables de la ruina del planeta


La salud del mundo está hecha un asco. ‘Somos todos responsables’, claman las voces de la alarma universal, y la generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie lo es.
Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al ’sacrificio de todos’ en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple.
Estas cataratas de palabras —inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero del ozono— no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo.
Pero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables.
La señora Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno de Noruega, comprobó recientemente que si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, “harían falta 10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades”. Una experiencia imposible.
Pero los gobernantes de los países del Sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no solo deberían ser procesados por estafa. No solo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.

“Es verde lo que se pinta de verde”

Ahora, los gigantes de la industria química hacen su publicidad en color verde, y el Banco Mundial lava su imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñendo de verde sus préstamos. “En las condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales estrictas”, aclara el presidente de la suprema banquería del mundo. Somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita la libertad de contaminación.
Cuando se aprobó en el Parlamento del Uruguay una tímida ley de defensa del medio ambiente, las empresas que echan veneno al aire y pudren las aguas se sacaron súbitamente la recién comprada careta verde y gritaron su verdad en términos que podrían ser resumidos así: “Los defensores de la naturaleza son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y a espantar la inversión extranjera”.
El Banco Mundial, en cambio, es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes, el Banco manejará, junto a la ONU, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial.
Este impuesto a la mala conciencia dispondrá de poco dinero, 100 veces menos de lo que habían pedido los ecologistas, para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial, el Banco Mundial está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente.
El Banco se llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda, y la numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come. Siendo, como es, el principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial gobierna a nuestros países cautivos que por servicio de deuda pagan a sus acreedores externos 250 mil dólares por minuto, y les impone su política económica en función del dinero que concede o promete.
La divinización del mercado, que compra cada vez menos y paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques.

“Entre el capital y el trabajo, la ecología es neutral”

Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas… Las empresas gigantes de la industria química, petrolera y automovilística pagaron buena parte de los gastos de la Eco 92.
La conferencia internacional que en Río de Janeiro se ocupó de la agonía del planeta. Y esa conferencia, llamada Cumbre de la Tierra, no condenó a las transnacionales que producen contaminación y viven de ella, y ni siquiera pronunció una palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno.
En el gran baile de máscaras del fin de milenio, hasta la industria química se viste de verde. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos.
Pero estos desvelos científicos no se proponen encontrar plantas más resistentes a las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y herbicidas que
esos mismos laboratorios producen. De las 10 empresas productoras de semillas más grandes del mundo, seis fabrican pesticidas (Sandoz, Ciba-Geigy, Dekalb, Pfiezer, Upjohn, Shell, ICI).
La industria química no tiene tendencias masoquistas. La recuperación del planeta o lo que nos quede de él implica la denuncia de la impunidad del dinero y la libertad humana. La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos.
Chico Mendes, obrero del caucho, cayó asesinado a fines del 1988, en la Amazonía brasileña, por creer lo que creía: que la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social. Chico creía que la floresta amazónica no será salvada mientras no se haga la reforma agraria en Brasil.
Cinco años después del crimen, los obispos brasileños denunciaron que más de 100 trabajadores rurales mueren asesinados cada año en la lucha por la tierra, y calcularon que cuatro millones de campesinos sin trabajo van a las ciudades desde las plantaciones del interior. Adaptando las cifras de cada país, la declaración de los obispos retrata a toda América Latina. Las grandes ciudades latinoamericanas, hinchadas a reventar por la incesante invasión de exiliados del campo, son una catástrofe ecológica: una catástrofe que no se puede entender ni cambiar dentro de los límites de la ecología, sorda ante el clamor social y ciega ante el compromiso político.

“La naturaleza está fuera de nosotros”

En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: “Honrarás a la naturaleza de la que formas parte”. Pero no se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando América fue apresada por el mercado mundial, la civilización invasora confundió a la ecología con la idolatría. La comunión con la naturaleza era pecado. Y merecía castigo.
Según las crónicas de la Conquista, los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el árbol, y los indios sedentarios plantaban cultivos diversos y con períodos de descanso, para no cansar a la tierra. La civilización que venía a imponer los devastadores monocultivos de exportación no podía entender a las culturas integradas a la naturaleza, y las confundió con la vocación demoniaca o la ignorancia.
Para la civilización que dice ser occidental y cristiana, la naturaleza era una bestia feroz que había que domar y castigar para que funcionara como una máquina, puesta a nuestro servicio desde siempre y para siempre. La naturaleza, que era eterna, nos debía esclavitud.
Muy recientemente nos hemos enterado de que la naturaleza se
cansa, como nosotros, sus hijos, y hemos sabido que, como nosotros, puede morir asesinada. Ya no se habla de someter a la naturaleza, ahora hasta sus verdugos dicen que hay que protegerla. Pero en uno u otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida, ella está fuera de nosotros.
La civilización que confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su propio cielo.

EDUARDO GALEANO
(Uruguay, 1940)


jueves, 12 de febrero de 2015

YUPANQUI, Atahualpa: Tiempo del hombre


La partícula cósmica que navega en mi sangre

es un mundo infinito de fuerzas siderales.
Vino a mí tras un largo camino de milenios
cuando, tal vez, fui arena para los pies del aire.

Luego fui la madera. Raíz desesperada.
Hundida en el silencio de un desierto sin agua.
Después fui caracol quién sabe dónde.
Y las yeguas me dieron su primera palabra.

Después la forma humana desplegó sobre el mundo
la universal bandera del músculo y la lágrima.
Y creció la blasfemia sobre la vieja tierra.
Y el azafrán, y el tilo, la copla y la plegaria.


Entonces vine a América para nacer en hombre.
Y en mí junté la pampa, la selva y la montaña.
Si un abuelo llanero galopó hasta mi cuna,
otro me dijo historias en su flauta de caña.

Yo no estudio las cosas ni pretendo entenderlas.
Las reconozco, es cierto, pues antes de vivir en ellas
converso con las hojas en medio de los montes
y me dan sus mensajes las raíces secretas.

Y así voy por el mundo, sin edad ni destino,
al amparo de un cosmos que camina conmigo.
Amo la luz, y el río, y el silencio, y la estrella.
Y florezco en guitarras porque fui la madera.

(Argentina, 1908/1992)




jueves, 1 de enero de 2015

BALMACEDA, Daniel: Palabras nutritivas



En 1765 en chef francés apellidado Boulanger (es decir panadero”) perdió su trabajo como jefe de cocina en la mansión de una familia aristocrática. Lejos de quejarse, convirtió el traspié en oportunidad: inauguró en la Rue de Poulies de París, cerca del Louvre, una cafetería a la que bautizó “Champ D’Osiseau”. No solo expendía café, sino que ofrecía comida sabrosa. En la puerta de su local colgó un letrero que decía: “Venite ad me omnes qui stomacho laboratis, et ego restaurabo vos”, cuya traducción posible sería “Vengan a mí todos vosotros que sufrís del estómago, que yo se los voy a restaurar”. Con buenos platos, que incluían la sopa llamada Restaurante Divine (Restauradora divina), y mejor criterio comercial, su éxito no se hizo esperar. Pero por sobre todo, el verbo que utilizó, restaurar, alcanzó los más altos índices de popularidad. El restaurante o restorán —ambos aceptados por la Real Academia Española— designa en diversos rincones del planeta el local donde se sirven comidas y bebidas.
El restaurante es el lugar donde se reúnen los comensales, quienes deben su denominación a dos palabras latinas: cum (con) y mensa (mesa). En cuanto a los instrumentos para comer, es interesante conocer que en los círculos aristocráticos de la Edad Media se envolvían en una servilleta que hacía las veces de estuche personal. Con esto los cubrían, para preservarlos. De ahí viene el genérico cubiertos. El tenedor era el que se usaba para tener o asir el alimento. El cuchillo surgió de cultellus, que a su vez provino de curtare, cortar.
Al despertar cada mañana, cumplimos con el rito del desayuno, que es aquello que se come para dejar de estar en ayunas. Almuerzo es un híbrido arábigo-latino: Al morsus, “el mordisco”. La merienda es un premio que se daba a los trabajadores si habían sido productivos. La palabra latina era merenda, asociada a merere, que es merecer. La voz aperitivo se relaciona con la apertura. Ambas significan abrir, en el caso del aperitivo, el estómago.
Con los términos griegos syn (con) y posis (bebida) se formó simposio, que significaba “beber juntos”. Brindis surgió del alemán “bring dir´s” (te lo ofrezco), frases que se decían en la Edad Media al alzar los copones.
Cuando la miel se separa del panal y queda pura, limpia, hablamos de miel sin cera. De tal relación surgió la palabra sinceridad. Compañero es quien “comparte el pan”. Desazón advierte acerca de la falta de sazón o sabor. Antes de terminar, una curiosidad: gordo proviene de una voz ibérica. Se utilizaba para designar a los necios, sin distinción de pesos.
En la Buenos Aires de 1906, los hermanos Lupo —Francisco, Juan, y Gerónimo— armaron su propia cadena de salas de cine. Eran la novedad de aquel tiempo y hay que reconocerles que gracias a ellos la masa porteña encontró una nueva atracción. Aunque hubo un detalle que olvidaron: comprar o alquilar los terrenos donde instalaban los cines. Así, en los primeros años llegaron a inaugurar catorce salas, pero de a poco fueron clausuradas. Una de ellas estaba en Tucumán entre Suipacha y Esmeralda. Allí decidieron implantar el horario “after office” del cine. Querían captar el público masculino que salía del trabajo. Crearon funciones a la seis de la tarde. Contrataron acomodadoras que vestían sugestivos jacquets. Como ese era el horario en que los caballeros se reunían para tomar un aperitivo y estaba de moda el trago con hierbas denominado vermouth, llamaron de esa manera a la función. Desde entonces, los cines de nuestro país cuentan con la función vermouth a la tardecita.
Ahora sí, el capítulo llega a su fin, por lo tanto es el momento del postre: se trata del último de los alimentos y lleva ese nombre por ser el postrero.

(Bs. As., Argentina, 1962)

En BALMACEDA, Daniel. Historia de las palabras. Bs. As., Sudamericana, 2011.

lunes, 15 de diciembre de 2014

NOVARRO, Chico: Carta de un león a otro

Juan Carlos Baglietto
(Badía & Cia., 1984)


Perdona, hermano mío, si te digo
que ganas de escribirte no he tenido.
No sé si es el encierro, no sé si es la comida
o el tiempo que ya llevo en esta vida.

Lo cierto es que el zoológico deprime
y el mal no se redime sin cariño.
Si no es por esos niños que acercan su alegría
sería más amargo todavía.

A ti te irá mejor, espero,
viajando por el mundo entero,
aunque el domador, según me cuentas,
te obligue a trabajar más de la cuenta.

Tú tienes que entender, hermano,
que el alma tiene de villano
al no poder mandar a quien quisieran
descargan su poder sobre las fieras.

Muchos humanos son importantes
silla mediante, látigo en mano.

Pero volviendo a mí, nada ha cambiado
aquí desde que fuimos separados.
Hay algo, sin embargo, que noto entre la gente:
parece que miraran diferente.

Sus ojos han perdido algún destello
como si fueran ellos los cautivos.
Yo sé lo que te digo, apuesta lo que quieras,
que afuera tienen miles de problemas.

Caímos en la selva, hermano,
y mira en qué piadosas manos.
Su aire está viciado de humo y muerte
y quién anticipar puede su suerte.

Volver a la naturaleza
sería su mayor riqueza,
allí podrán amarse libremente
y no hay ningún zoológico de gente.

Cuidate, hermano, yo no sé cuándo,
pero ese día viene llegando.

domingo, 14 de diciembre de 2014

DE SANTIS, Pablo: La pieza ausente


Comencé a coleccionar rompecabezas cuando tenía quince años. Hoy no hay nadie en esta ciudad –dicen– más hábil que yo para armar esos juegos que exigen paciencia y obsesión. 
Cuando leí en el diario que habían asesinado a Nicolás Fabbri, adiviné que pronto sería llamado a declarar. Fabbri, era director del Museo del Rompecabezas. Tuve razón: a las doce de la noche la llamada de un policía me citó al amanecer en las puertas del Museo. 
Me recibió un detective alto, que me tendió la mano distraídamente, mientras decía su nombre en voz baja –Lainez–como si pronunciara una mala palabra. Le pregunté por la causa de la muerte: "Veneno", dijo entre dientes. 
Me llevó hasta la sala central del Museo, donde está el rompecabezas que representa el plano de la ciudad, con dibujos de edificios y monumentos. Mil veces había visto ese rompecabezas: nunca dejaba de maravillarme. Era tan complicado que parecía siempre nuevo, como si, a medida que la ciudad cambiaba, manos secretas alteraran sus innumerables fragmentos. Noté que faltaba una pieza. 
Lainez buscó en su bolsillo. Sacó un pañuelo, un cortaplumas, un dado, y al final apareció la pieza. "Aquí la tiene. Encontramos a Fabbri muerto sobre el rompecabezas. Antes de morir arrancó esta pieza. Pensamos que quiso dejarnos una señal". 
Miré la pieza. En ella se dibujaba el edificio de una biblioteca, sobre una calle angosta. Se leía, en letras diminutas Pasaje La Piedad. 
–Sabemos que Fabbri tenía enemigos –dijo Lainez–. Coleccionistas resentidos, como Santandrea, varios contrabandistas de rompecabezas, hasta un ingeniero loco, constructor de juguetes, con el que se peleó una vez. 
–Troyes –dije. Lo recuerdo bien. 
–También está Montaldo, el vicedirector del Museo, que quería ascender a toda costa. 
–¿Relaciona a alguno de ellos con esa pieza? 
Dije que no. 
–¿Ve la B mayúscula, de Biblioteca? Detuvimos a Benveniste, el anticuario, pero tenía una buena coartada. También combinamos las letras de La Piedad buscando anagramas. Fue inútil. Por eso pensé en usted. 
Miré el tablero: muchas veces había sentido vértigo ante lo minucioso de esa pasión, pero por primera vez sentí el peso de todas las horas inútiles. El gigantesco rompecabezas era un monstruoso espejo en el que ahora me obligaban a reflejarme. Solo los hombres incompletos podíamos entregarnos a aquella locura. Encontré (sin buscarla, sin interesarme) la solución. 
–Llega un momento en el que los coleccionistas ya no vemos las piezas. Jugamos en realidad con huecos, con espacios vacíos. No se preocupe por las inscripciones en la pieza que Fabbri arrancó: mire mejor la forma del hueco.
Lainez miró el punto vacío en la ciudad parcelada: leyó entonces la forma de una M.
Montaldo fue arrestado de inmediato. Desde entonces, cada mes me envía por correo un pequeño rompecabezas que fabrica en la prisión con madera y cartones. Siempre descubro, al terminar de armarlos, la forma de una pieza ausente, y leo en el hueco la inicial de mi nombre.
(Argentina, 1966)