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martes, 2 de junio de 2015

PIÑEIRO, Claudia: Alquiler temporario

Sube sola. Martín le dijo que esperara abajo, que él subía primero con las valijas y que enseguida la venía a buscar. Pero ella, ahora, no quiere esperar. ¿Qué cosa peor le puede pasar? El ascensor se mueve con lentitud. «Lo deben haber incorporado al edificio años después de construido», piensa. Y en ese pensamiento se queda, o intenta quedarse, se esfuerza por ocupar su cabeza con algo que le importe tan poco como un ascensor. Si lo logra, tal vez por un rato no piense en otra cosa. Mientras sube, se concentra en ese tema tratando de imitar la sintaxis arrevesada que encuentra en casi todos los libros que corrige para la editorial donde trabaja: «Es común que en edificios como el edificio en cuestión, construidos entre los años treinta a cincuenta y de pocos pisos, ante la insistencia de nuevos propietarios o inquilinos menos dispuestos al sacrificio de subir escaleras, los vecinos acuerden, después de una larga reunión de consorcio, perder algo de la elegancia de esas construcciones a cambio de ganar un ascensor hidráulico». Como el que ese día de mayo lleva con lentitud a Natalia hasta el piso donde está su nuevo departamento. «Mi nuevo hogar», se dice con ironía. Ella no quiere tener un nuevo hogar. Pero en algún sitio hay que dormir, comer, ir al baño. El departamento al que está llegando es apenas una transición, un paso intermedio entre el que compraron con Martín cuando se casaron, tres años atrás, y el próximo, el que algún día tendrán. Ella coincidió con él en que no era bueno volver del sanatorio a su casa, pero ninguno de los dos estaba en condiciones de salir a buscar un lugar donde nada les recordara al niño que murió. «El niño que murió», así lo nombra. O mejor dicho no lo nombra. Así lo piensa. No con el nombre con que lo anotaron dos años antes, Julián. Ni tampoco lo piensa como «mi hijo». La única manera en que logra nombrarlo, o pensarlo, es de esa forma: el niño que murió. Como si esa construcción lingüística, esa frase copulada, le permitiera alejarse de su hijo, colocarlo a una distancia prudente de ella, para así lograr que no se le haga un nudo en la garganta y llorar otra vez. Lloró días y días por Julián. Por el niño que murió, en cambio, no llora.
Cuando el ascensor se detiene en el tercer piso, Martín está parado del otro lado de la puerta.
—Te dije que enseguida bajaba a buscarte.
Ella no contesta. Lo agarra de la mano y deja que la lleve hasta la puerta del tercero B. El camino es sencillo, solo dos departamentos por cada uno de los cuatro pisos del edificio. Martín mete la mano en el bolsillo y saca el manojo con dos llaves que le dieron en la inmobiliaria: la de la entrada del edificio y la del departamento. Elige la que corresponde y abre. Natalia se queda mirando el llavero, que oscila como un péndulo en la cerradura, debajo del picaporte, mientras él hace girar la llave: una cruz de bronce, antigua, con perlas rosadas y celestes.
—¿De dónde salió ese llavero? —pregunta.
—Ni idea, me lo dieron así en la inmobiliaria. Muy incómodo y pesado, después lo cambio.
—No hace falta. Tampoco vamos a estar tanto tiempo acá, ¿no?
—Tampoco vamos a estar tanto tiempo acá —repite Martín y le acaricia el pelo.
Natalia entra y, sin descolgar su cartera del hombro, se toma unos instantes para hacer un reconocimiento del lugar. A pesar de que las ventanas no son grandes, el ambiente principal tiene buena luz natural. Los muebles son como los que Natalia se imagina que tienen todos los departamentos de alquiler temporario: sillones de cuerina blanca, mesa laqueada, una maceta con una planta verde de interior que ella no sabe cómo se llama, un plasma, adornos modernos, un espejo con marco patinado de bronce y no mucho más. Un ambiente despojado, más cercano a una foto de una revista de decoración que a una casa vivida, donde se van juntando cantidades de cosas a lo largo de los años y que se conservan no por utilidad ni por un sentido estético, sino por la historia que encierran. Por eso no pueden volver a su casa, porque detrás de cada objeto hay algo: una anécdota, un recuerdo, una palabra balbuceada por el niño que murió. Y los días que pasaron en la casa de la madre de Natalia fueron suficientes; con esfuerzo lograron llevarse bien, no llorar unos delante de otros, no mencionar delante de ella a Julián, bajo ningún aspecto. Pero todos sabían que esa calma prefabricada no podía durar más que unos días. Por eso Martín se apuró en alquilar un lugar para ellos. Solo ellos dos, lo que quedaba de esa familia que cuando apenas empezaban a formar se desarmaba. Un departamento alquilado sería menos peligroso que volver a casa. Un lugar de paso, de esos que se contratan por un tiempo breve, a un costo alto pero que vale la pena pagar hasta decidir qué hacer.
El dato del departamento les llegó por un extraño azar. Martín hablaba con un amigo en la cocina de la casa de sepelio donde velaron al niño que murió. La encargada de la casa de servicio fúnebre preparaba café junto a ellos.
—Disculpe, no pude dejar de oír lo que hablaban —dijo—. Mi hermana maneja una pequeña inmobiliaria especializada en alquileres temporarios; si le interesa el dato, le puedo pasar su teléfono.
Martín la miró y no contestó. Le molestó que la mujer se inmiscuyera en la conversación. Ella se dio cuenta, bajó la cabeza, volvió a la jarra de café y no dijo más. Pero a los pocos días Martín estaba allí, en la casa de sepelios, preguntando por ella. Y la mujer, sin mostrar asombro ni rencor por el destrato anterior, sacó la tarjeta de la inmobiliaria del bolsillo de su blazer, como si lo hubiera estado esperando.
El primer llanto lo escuchan esa misma noche, a las dos o las tres de la mañana. Natalia apenas se acababa de dormir, o así se siente cuando con esfuerzo logra abrir los ojos. Ella lo oye primero. El llanto de un chico, o de una chica, no se termina de dar cuenta. No es un bebé, de eso sí está segura; el llanto de un bebé no se confunde con nada. En cambio ese llanto es débil, casi suspirado, como si quien lo emite estuviera pidiendo perdón. O clemencia. No se atreve a despertar a Martín, está segura de que le dirá que se duerma otra vez, que no hay ningún llanto, que seguramente lo soñó. No mencionaría al niño que murió pero estaría pensando en él, en que Natalia escuchó en sueños el llanto de Julián, que lo soñó, que lo seguirá soñando un tiempo más. Natalia se sienta en la cama, levanta la almohada y se apoya contra el respaldo. Abre bien los ojos para estar absolutamente segura de que está despierta. Y sigue escuchando el llanto que llega desde el otro lado de la pared que separa ese departamento del tercero A. Recién cuando el sonido pasa del llanto susurrado al grito es que Martín se despierta.
—Lloran en el departamento de al lado —dice ella.
Él no dice nada pero también se incorpora en la cama.
—¿Qué hacemos? —pregunta Natalia en el momento que un grito interrumpe el llanto.
—Nada, dice él. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Estará solo?
—Parece el llanto de una mujer.
—Es el llanto de un chico.
—No sé. Puede ser.
Natalia está por levantarse para acercarse a la pared, pero en el momento en que lo va a hacer, el llanto cesa. Entonces gira y mira a Martín, pero no dice nada, sólo espera que él diga.
—Listo. Ya pasó.
Ella asiente y luego se deja deslizar entre las sábanas hasta quedar otra vez en posición horizontal.
Al día siguiente Martín se va a trabajar temprano. Ella tiene licencia por dos semanas más. Nadie en la editorial puso ningún reparo cuando dijo que se iba a tomar el tiempo necesario hasta estar mejor. De todos modos tenía en la computadora algunos PDF para corregir. Si se sentía con ánimo, les había dicho, trabajaría desde su casa. Aunque en realidad cuando dijo «su casa» no se refería a la suya, a la verdadera, a la que habitaban hasta hacía muy poco con Martín y el niño que murió, sino a ese departamento transitorio.
Cerca del mediodía Natalia baja a comprar algo para comer y provisiones para la cena. Cuando está esperando el ascensor, se abre la puerta del tercero A. Sale primero una mujer, una mujer con unos grandes anteojos negros que lleva a dos varones, uno colgado de cada brazo. Y detrás de ellos dos chicas: una de unos trece años y otra de unos cinco. Los cuatro chicos parecen vestidos con la ropa de la misma tienda clásica: mocasines lustrados, camisas prolijas los varones y blusas con volados las mujeres, todas de mangas largas. Los chicos llevan pantalones de sarga gris, y la mujer y las nenas polleras largas y amplias. Todo el atuendo parece de otro tiempo. Natalia saluda con un «hola, buen día». La mujer mueve la cabeza, o eso le parece. La niña mayor y los varones ni siquiera la miran. Solo la más chica le contesta el saludo:
—Buen día —dice y le sonríe.
Como no entran todos en el ascensor, los dos varones y la mujer, sin soltarse del brazo, bajan por la escalera. Encerradas en ese espacio estrecho, Natalia intenta adivinar quién ha llorado la noche anterior. Busca algún indicio pero no encuentra ninguno. Antes de que el ascensor se detenga en la planta baja, se atreve a hablarle a la nena que no le saca los ojos de encima:
—¿Todo bien? —dice.
—Todo bien —responde la chica, pero ella no le cree.
En el palier de la entrada ya están esperando los varones y la mujer. Natalia se demora cerrando la puerta del ascensor. Mira hacia la entrada del edificio: detrás del vidrio la nena la saluda con la mano, mostrando la palma, el pulgar hacia arriba, levantando y bajando los otros cuatro dedos juntos, en lo que podría ser no solo un saludo, sino también ese gesto que se hace cuando se le pide a alguien que venga, que se acerque.
La segunda noche Natalia toma una pastilla para dormir, así que si alguien llora en el departamento de al lado, ella no se entera. No sabe entonces que Martín sí oye llantos otra vez porque a la mañana siguiente ella no le pregunta y a él no le parece prudente comentárselo.
Intenta corregir un original, un ensayo sobre arquitectura colonial en el Río de la Plata, pero no puede pasar de los dos primeros capítulos. El resto de la mañana mira televisión, o al menos tiene el aparato prendido delante de ella. A la tarde, después de almorzar las sobras de la noche anterior que Martín guardó prolijamente en la heladera, es que escucha unos ruidos que le llaman la atención: un zumbido, como si algo cortara el aire con velocidad, y después un golpe seco. Se acerca a la pared que da al departamento vecino, está a punto de apoyar la oreja sobre la medianera, pero se siente ridícula y decide que es mejor olvidarse de los vecinos y salir a caminar. En el palier siente el zumbido con más nitidez, más firme el golpe, y después del golpe un suspiro y un «ay» cansado, como si quien lo pronuncia ya no tuviera fuerza para decirlo. Cuando está cerrando la puerta del ascensor, le parece que alguien abre, apenas, la puerta del tercero A y la espía a través de una pequeña rendija. Pero no se detiene y, en cuanto llega a la planta baja, sale del edificio apurada. Cruza la calle y mira hacia la ventana del tercero A: detrás de la cortina puede ver la silueta de la nena menor. Se queda mirando, la chica la saluda de la misma manera que la saludó antes, subiendo y bajando los cuatro dedos juntos hacia la palma como quien dice «vení».
Esa noche le cuenta a Martín.
—Son gente rara, ¿no te parece?
—Qué sé yo —le contesta él—. ¿Quién no es un poco raro?
Martín se ofrece a lavar los platos. Natalia se da una ducha. Cuando se acuesta, Martín le da un beso en los labios, el primer beso en los labios desde que se murió su hijo, y luego se acurruca junto a ella. Un par de horas después empieza el llanto. La misma voz. Pero esta vez se oye con claridad: «Basta, basta». Y luego otra vez el llanto.
—¿No habría que hacer la denuncia? —pregunta Natalia.
—¿Y qué denunciamos? ¿Que alguien llora por las noches?
—Llora y dice basta.
—No creo que sea suficiente para que nos acepten una denuncia.
—Le pueden estar haciendo daño…
—No creo… Hay muchos chicos que lloran de noche… que tienen pesadillas.
—No parecen pesadillas.
—Tampoco parece otra cosa. Llora y dice basta, no es algo tan tremendo.
Natalia no insiste pero al día siguiente va a la comisaría más próxima y cuenta lo que escuchó.
—Acá no se toman denuncias por ruidos molestos, para eso tiene que ir a la Municipalidad.
—No quiero denunciar el ruido, sino que en esa casa pasa algo por lo que alguien llora.
El policía que la atiende la mira con una mezcla de asombro y desprecio.
—O sea que lo que usted quiere denunciar es que alguien llora. Señora, ¿se imagina la cantidad de gente que debe llorar de noche en esta ciudad?
Natalia se convence de que no vale la pena seguir insistiendo, Martín tiene razón: que alguien llore por las noches y diga «basta» no es motivo suficiente para que acepten una denuncia.
Al volver al departamento se encuentra con la familia del tercero A en la entrada del edificio. Los varones otra vez uno a cada lado de la mujer, colgando de sus brazos del modo en que antes se iba por la calle con un novio. La nena la mira y le sonríe. Mientras tanto la chica más grande abre la puerta de entrada. Natalia se sorprende al verla girar la mano sobre la cerradura: tiene un llavero idéntico al que les dieron a ellos en la inmobiliaria, la cruz pesada y antigua, con las perlas rosas y celestes. Decide que no va a entrar con ellos, que va a ir a la inmobiliaria a hacer algunas preguntas y, si es necesario, a pedir explicaciones.
—¿No entrás? —le dice la nena sosteniendo la puerta una vez que pasa el resto del grupo.
—No, no, me olvidé de comprar algo —responde ella y se queda un instante ahí, frente a la puerta, como perdida, hasta que la nena la saluda con su mano, como siempre, y entonces Natalia reacciona, le sonríe y empieza a caminar hacia la esquina.
A media cuadra del edificio se da cuenta de que no sabe hacia dónde camina. Llama a Martín. Le pide la dirección de la inmobiliaria. Le da una excusa: que la heladera hace un ruido extraño y que quiere resolverlo antes de que deje de funcionar. Él le dice que no se preocupe, que se encarga de llamar por teléfono para que lo solucionen, pero Natalia insiste y usa las palabras justas para que Martín se convenza:
—Me va a hacer bien dar una vuelta y ocuparme.
No se le ocurre pensar con qué argumento pedirá en la inmobiliaria datos sobre sus vecinos del tercero A, va hacia allá, se deja ir; por eso, cuando ya está sentada al escritorio frente a la encargada y única empleada a la vista, se sorprende ante la pregunta «¿en qué puedo ayudarla?», y se queda muda. Solo después de un instante que le parece demasiado largo, logra armar un argumento.
—Estoy viviendo en el edificio de Las Heras 2081, en el tercero B.
—Ah, sí, usted es la señora a la que… —dice la empleada y se detiene en medio de la frase.
—Sí, esa soy… —contesta Natalia y se da cuenta de a quién le hace acordar esa mujer: a la encargada de la funeraria donde velaron al niño que murió. Martín le había dicho que eran hermanas, pero ella lo tenía olvidado o perdido en algún lugar de sus pensamientos.
—Disculpe.
—Está bien… Supongo que no tendrá de cliente todos los días mujeres a las que se les muere un hijo…
—No crea… —dice la mujer, y no queda claro si seguirá o no dando explicaciones porque Natalia prefiere interrumpirla y cambiar de tema; ella no está ahí para hablar del niño que murió, sino de sus vecinos.
—Estamos bien en el departamento, pero me gustaría pasarme a uno con vista a la calle. ¿El tercero A cuándo se desocupa?
—Bueno, tendría que ser otro. Ese departamento no está en alquiler.
—Ah… ¿está segura? Tienen el mismo llavero que nos dieron a nosotros —dice, y le muestra el suyo—. ¿No es el llavero de la inmobiliaria?
—No, no tenemos llaveros propios. Es que su llavero también es de ellos, sus vecinos son los dueños del departamento que usted ocupa.
—Los padres de los chicos…
—Es una situación compleja… Una sucesión… Nosotros la administramos, tenemos un poder general, así que usted no se haga problema por su alquiler. Pero mudarse al frente es imposible.
—¿La mujer que está con ellos no es su madre, entonces?
La mujer acomoda unos papeles sin levantar la vista. Y al rato pregunta:
—¿En qué otra cosa la puedo ayudar?
—Uno de los chicos llora de noche…
—Muchos chicos lloran de noche… es normal —dice la mujer con un tono educado, pero que deja claro que no le contestará más preguntas acerca de sus vecinos.
Tal vez porque no obtuvo ninguna respuesta a las preguntas que la llevaron hasta allí, es que recorre las cinco cuadras hasta su casa pensando en el niño que murió. «Muerte súbita», dijeron los médicos, pero saber que el niño dormía en el cuarto contiguo, a pocos metros de la cama en la que ella dormía con Martín, y que no se despertaron, que no intuyeron que el niño moría junto a ellos, que no hicieron nada, ni siquiera acompañarlo en la partida, la hacía sentir culpable. Y sentir que Martín también lo era. Él había cerrado la puerta del cuarto, la cerraba cada vez que tenían sexo; cuando Martín se levantó al baño, ella le pidió que la abriera. Pero él volvió, se metió otra vez en la cama sin hacerlo y ella no presintió que, si él no lo hacía, ella debía levantarse y abrirla. Alguien tendría que haberlo hecho. Si hubiera estado abierta, tal vez, quién sabe, aunque los médicos digan que no, que una muerte súbita no tiene explicación ni puede evitarse, quién sabe. Tal vez si la puerta hubiese estado abierta.
Llega al departamento y va directo a la computadora. Está acostumbrada a hacer búsquedas al azar para encontrar datos absurdos, pero tan necesarios en su trabajo de corrección literaria como el diccionario de la RAE. Se da cuenta de que ni siquiera tiene el apellido de esos chicos. Busca el contrato de alquiler, no hay mucho dónde buscar: ese departamento está casi vacío, algunos cajones incompletos, las mesas de luz apenas estrenadas. Allí lo encuentra, en la mesa de luz de Martín, tiene suerte de que no se lo haya llevado a la oficina. Las partes del contrato son Martín, el locador, y Harris Bienes Raíces, locataria con mandato otorgado por escritura de fecha… Sigue buscando, nada. Vuelve al nombre de la inmobiliaria: Harris. Ese nombre le suena, lo googlea. Funeraria Harris: la funeraria en la que velaron al niño que murió. Baja en la lista de respuestas a su búsqueda. Más menciones a la funeraria, a la inmobiliaria o a ambas. Una respuesta llama su atención y se detiene. Es el link de la sección policial de un diario: «Aparecen muertos dos de los principales accionistas del grupo empresario Harris». Y luego en el copete: «Juan y Valeria Harris, el director del grupo Harris y su esposa, son hallados sin vida y con evidentes signos de tortura». La nota aporta más detalles, con fotos del departamento, de los cuerpos lacerados, de las sillas donde los secuestradores ataron al matrimonio Harris manchadas de sangre y las sogas que los sujetaron enroscadas sobre ellas. Nunca se pudo resolver el caso, no encontraron más huellas que las de la propia familia; la puerta y las ventanas no fueron forzadas, tampoco robaron nada ni dejaron otros rastros de violencia más que los cuerpos torturados. A los cuerpos les faltaba piel e incluso carne en los brazos, las piernas, las plantas de los pies y hasta en la cara. Por el tipo de corte, la policía estimó que la flagelación había sido hecha con hojitas de afeitar, pero no las encontraron en el departamento. Concluyeron que el móvil más probable fue un ajuste de cuentas o una venganza.
Después de varias entradas con datos repetidos, encuentra en un blog especializado en casos policiales detalles de las torturas practicadas sobre los muertos y un dato que le llama aún más la atención que los sufrimientos infringidos sobre ellos: los padres de sus niños vecinos, si es que eran sus padres, además de las marcas de torturas recientes, presentaban marcas más antiguas, quemaduras, cicatrices, rayas en la espalda compatibles con golpes de vara o látigo. El autor de la nota especulaba con que los padres venían siendo sometidos a flagelaciones reiteradas y que una de ellas fue la que los llevó a la muerte. En un párrafo final agregaba que en generaciones anteriores otros miembros de la familia habían muerto de manera dudosa y que en todos los cuerpos se habían encontrado marcas de torturas. Aunque la evidencia era clara, luego de seguir esa pista durante un tiempo, la policía la descartó con otro argumento: el matrimonio Harris había sido miembro en la juventud de un grupo religioso muy cerrado, que considera la autoflagelación como un camino hacia el amor de Dios. En el blog se insinuaba que el poder de ese grupo religioso había logrado que no se siguiera investigando en esa dirección.
Natalia abre algunas respuestas más a su búsqueda y encuentra la foto de los padres muertos: el señor Harris es muy parecido a la encargada de la inmobiliaria y a la de la funeraria. ¿O le parece a ella? Ya no sabe. Se siente mareada, con el estómago revuelto. ¿Cómo sobrevivieron esos chicos a tanta maldad practicada sobre sus padres? ¿Lo sabrían? ¿O apenas sabrían que habían muerto y no las circunstancias? ¿Quién es esa mujer que se ocupa ahora de ellos?
Cuando llega Martín, Natalia no le da respiro, apenas lo saluda empieza a hablarle de todo lo que descubrió y no para hasta contarle el último dato. Luego le hace a él las mismas preguntas que ella no puede dejar de hacerse.
—Esa mujer que cuida a los niños, no me gusta… ¿Qué pasa si ella es la que torturaba a los padres y ahora hace lo mismo con los niños?
—¿Por qué se te ocurre algo así?
—No es cariñosa con ellos, no parece quererlos. Me duele la cabeza de estar todo el día pensando qué pasa en ese departamento. No quiero dejar otra vez la puerta cerrada… —dice y se arrepiente, pero ya está dicho. Martín entiende, le duele lo que acaba de decir.
—Natalia, en lo que nos tenemos que concentrar nosotros es en buscar un nuevo lugar donde vivir para irnos de acá. Dijimos que esto era de paso, tres o cuatro semanas. Pongámonos en campaña para encontrar un departamento definitivo y ya no vamos a saber de estos chicos y sus llantos.
—Pero eso es desentenderse de la situación…
—Me parece que la que se quiere desentender de la situación sos vos, y no de la que transcurre en el departamento vecino sino en este, de nuestra situación, de nuestra pareja, de Julián…
Natalia lo mira con desprecio. No le va a perdonar que lo haya nombrado. Y menos en medio de lo que están hablando. ¿Qué tiene que ver Julián con todo esto? Se para y se va a su cuarto. Martín no la sigue. Prefiere salir a dar una vuelta. Se lo dice desde el otro lado de la puerta del cuarto, sin abrirla, y se va. Ella se queda un rato tirada en la cama pensando qué hacer; las imágenes de los cuerpos torturados se le mezclan con las de los niños. Un poco después lo sabe. Se calza, pasa por el baño, se lava la cara y se acomoda el pelo, sale al palier, va hasta la puerta del tercero A y toca el timbre. La chica más grande abre la puerta.
—Perdoname, pero no me funciona el teléfono y necesito hacer una llamada. ¿Puedo pasar? —dice.
—Esperá acá —la detiene la chica y va a buscar un teléfono inalámbrico.
A Natalia le queda claro que no quiere que pase. Alcanza a ver a los varones, de espaldas, sentados en banquitos de madera, uno a cada lado del sillón de alto respaldo donde seguramente está la mujer de anteojos negros, quizá sin los anteojos esta vez, frente al televisor encendido.
—¿Dónde dejaron el inalámbrico? —grita la chica desde uno de los cuartos y nadie le contesta.
Por el pasillo, sin casi hacer ruido, se acerca a ella la nena más chica y la sorprende.
—Hola —le dice.
—Hola —le contesta Natalia.
La nena le da una llave en un llavero con la misma cruz que tiene el de Natalia.
—¿Y esto? —le pregunta.
—La llave de nuestro departamento. Tenemos muchas, no te preocupes. Por si necesitás el teléfono cuando no estamos. O por si tenés que entrar por algo —dice y luego se lleva el dedo índice a la boca como pidiendo que no le diga nadie.
Natalia está a punto de rechazarlo pero no lo hace. La chica quiere que ella tenga esa llave. Al haber dicho «por algo», ¿no se habrá referido al llanto que ella escucha por las noches? Natalia mete el llavero en su bolsillo justo cuando aparece la hermana con el teléfono y se lo extiende.
—Tomá, llamá —dice la chica.
Natalia marca el número de su antiguo departamento. Sabe que nadie va a contestar. Finge estar molesta.
—Esta gente nunca está cuando la necesitás.
Marca dos o tres veces más, y luego le devuelve el aparato.
—Gracias igual.
Antes de que la chica cierre la puerta, Natalia ve cómo detrás de ella la menor se asoma para saludarla. Recién cuando la puerta del departamento tercero A se cierra completamente, Natalia va al suyo y se sienta otra vez frente a la computadora. Intenta más opciones de búsquedas. Otra vez aparece el blog de noticias policiales de donde sacó la mayoría de los datos. Busca el nombre de quien firma el informe. Lo googlea. Es director de la sección Policiales de uno de los principales diarios de la ciudad. Busca el número de teléfono del diario. Llama, pide por él. La atiende un contestador automático. No deja mensaje. Llama unas veces más hasta que el periodista, por fin, contesta. Natalia le dice que es amiga de la familia, que estaba viviendo fuera del país, que acaba de llegar y no termina de entender qué pasó.
—Nadie entendió ni entiende…
—Usted sí…
—No todo. Si usted es amiga de la familia sabrá… No son gente ordinaria. Y ese patrón familiar que se repite…
—¿Cuál patrón?
—El único matrimonio de la familia, en cada generación, muere en circunstancias irregulares después de ser sometidos a tortura, pero dejando descendencia para que el patrón se vuela a cumplir.
—No entiendo.
—Que años después esos chicos crecen, solo uno de ellos se casa, tiene hijos, y luego muere en situación dudosa. Investigué hasta cuatro generaciones atrás y siempre fue así. Aunque el drama de la familia empezó un poco antes del primer matrimonio asesinado: uno de sus hijos se ahogó en un estanque en medio de un festejo familiar. Culpas cruzadas, reproches… ¿De quién es la culpa cuando hay una desgracia como esa? Pero bueno, la gente siempre necesita un culpable.
La pregunta del periodista le queda a Natalia dando vueltas en la cabeza: «¿De quién es la culpa cuando hay una desgracia?». Intenta sacarla de sus pensamientos y seguir con las suyas.
—¿Y el resto de la familia?
—Mantienen las empresas: la inmobiliaria, la funeraria. ¿Cómo, usted es amiga de la familia y no lo sabe?
—Son muchos años… No me acuerdo de todo…
—Siempre me quedó este caso en la cabeza, cada tanto me anda dando vueltas… Pienso en esos chicos… Alguno de ellos crecerá, se casará y si el patrón se sigue cumpliendo, morirá después de ser torturado…
Natalia no dice nada pero se pregunta si las torturas no han empezado esta vez antes, cuando los Harris son aún niños, si no será ese el motivo del llanto. El periodista se disculpa, tiene que ir a hacer un reportaje. Ella corta y sigue un poco más en la computadora pero no encuentra nada demasiado importante.
Martín vuelve para la cena. Comen en silencio, hablan lo mínimo y necesario. Ella no le cuenta de la visita al otro departamento. Ni de lo que le dijo el periodista policial. Se van a dormir temprano. En el medio de la noche, el llanto aparece. Los dos se despiertan, pero no se incorporan en la cama ni se dicen palabra: espalda contra espalda esperan despiertos que el llanto se detenga. Y en algún momento de la noche, el llanto se detiene.
Al día siguiente Natalia se despierta con la decisión tomada: entrará al departamento en algún momento en que los vecinos no estén, revisará y se esconderá. Es la única forma de saber. Y de convencer a los demás del peligro: a la policía, a Martín, a quien fuera necesario. Llevará el celular y filmará lo que pueda. Y luego saldrá en medio de la noche con la prueba de lo que pasa. Para no despertar sospechas, le dice a Martín que va a comer a la casa de una amiga, que seguramente charlarán hasta tarde y que, si toma mucho vino, se quedará a dormir ahí. A Martín no le parece nada mal, a él también le va a venir bien un respiro, estar un poco solo.
El resto del día, Natalia ni siquiera se propone trabajar en la corrección para la editorial, está atenta todo el tiempo al departamento de al lado, a sus ruidos, a su silencio, a su respiración. A media tarde oye movimientos en el palier, se acerca a la mirilla: los vecinos esperan el ascensor. Se toma el tiempo necesario como para que ellos salgan del edificio. Agarra las llaves y entra al tercero A. Lo recorre pero no se atreve a abrir cajones ni placares, todavía. De lo que está a la vista nada le llama la atención. Es un departamento más: un cuarto interno para los varones, otro para las chicas y el cuarto matrimonial a la calle, el que seguramente fue de sus padres y que ahora ocupa la mujer que los cuida. ¿Los cuida? ¿Quién es esa mujer? En el cuarto matrimonial sí hay algo que le llama la atención: dos sillas idénticas a las que vio en las fotos del blog policial, aquellas donde habían sido atados y torturados los padres de los niños. No pueden ser las mismas. ¿O sí? No. Abre el placar. ¿Esa vara que ve es silicio? Nunca vio una vara de silicio, no puede asegurarlo. Está manchada de sangre. ¿De cuál de los niños será esa sangre?, se pregunta. ¿Por qué solo la más pequeña se atreve a pedir ayuda? Se agacha y recoge un sobre que está en el piso del placar, lo abre: una serie de fotos. Una mujer vela a un niño. Natalia se estremece. La misma mujer sale de una funeraria llorando junto al cajón blanco cerrado. La misma mujer en el entierro. Una mujer que no es ella, pero podría serlo. Una mujer que le recuerda a alguien. La misma mujer llorando sentada en un sillón. Un sillón idéntico al que está en el departamento que ella, Natalia, alquila. Natalia no termina de entender, o aún no puede.
Escucha que alguien hace girar las llaves en la puerta de entrada y se estremece. Otra vez no pensó una estrategia, no previó un lugar donde esconderse pero debe hacerlo, y rápido. El espacio entre la cama y el piso es demasiado estrecho. Entra en el placar, pero no logra cerrar la puerta desde adentro.
Solo quedan las cortinas, esas mismas que días atrás la nena frunció para saludarla. Natalia especula con que la luz encendida del cuarto contra la oscuridad de la noche le permitirá a ella verlos a través de la cortina sin ser descubierta. El tiempo pasa lento. Escucha la televisión encendida. Pasos que van y vienen. Piensa en Martín, sabe que no le perdonará que haya hecho lo que hizo. Lo que hizo. Piensa en ella, piensa en la mujer de las fotos. Ruidos de platos en la cocina. El televisor otra vez. La mujer entra al cuarto, prende la luz, de espaldas a ella se saca los anteojos, se cambia los zapatos. Apenas puede verla de perfil cuando vuelve a apagar la luz y sale. ¿Es la mujer de las fotos? ¿Puede serlo? ¿Qué relación hay entre el hijo que perdió, su muerte, y estos niños a los que cuida? ¿O tortura? ¿Qué culpa tienen ellos? ¿Y ella, Natalia, por qué está ahí?
—¡Al cuarto! —grita la chica más grande y Natalia se aprieta contra el vidrio.
Natalia malinterpreta, cree que la orden es para que sus hermanos se vayan a dormir. Pero no. Primero entra la chica más grande y prende la luz. Después los dos varones, uno a cada lado de la mujer, como siempre, pero ahora, sin anteojos y de frente; puede verla, ahora sabe que es la mujer de las fotos. La que como a ella se le murió un niño. La sientan en una de las dos sillas y la chica mayor le saca las esposas que la unen a los varones. Los ojos de la mujer parecen ausentes, perdidos, drogados. Entra la niña pequeña con una soga en la mano. Se la alcanza a su hermana, que ata la mujer a la silla. La niña va al placar y vuelve con el silicio. A Natalia cada golpe le duele en los dientes de tanto apretarlos. La mujer no tiene fuerza ni para quejarse. Apenas solloza un llanto que de todos modos Martín oirá, si es que esta noche, solo, también presta atención. Es el llanto, es la voz que escuchó las noches anteriores, es esa misma queja.
Cuando la chica termina con el látigo, los varones le alcanzan un botiquín. Lo abre y saca de adentro una hoja de afeitar con la que empieza a tajear la cara de la mujer, que ahora parece totalmente adormecida a pesar del dolor. Natalia sabe que tiene que salir de ahí, que tiene que gritar, que tiene que intentar defenderla. Pero no puede, está paralizada. Y tiene miedo, un miedo que hasta ahora no sintió nunca. Ni antes ni después de que el niño muriera. Antes porque no se le ocurrió, después porque ya nada peor podía pasarle. ¿Nada peor podía pasarle? ¿Es el dolor físico comparable con el dolor de una pérdida? ¿Puede doler algo más o menos que lo otro? ¿Duele el cuerpo más que eso a lo que no sabe cómo llamar? ¿El alma? La chica grande le pasa la hoja de afeitar a la pequeña y le indica que ella también corte a la mujer, le explica la manera de hacerlo, como si la estuviera iniciando. La chica lo hace, con la convicción y la ingenuidad con la que los niños garabatean sus primeros dibujos. Luego mira a la mayor y le sonríe. Ahora lo hacen juntas, las dos siguen cortándola, cortes pequeños, poco profundos, hasta que la mujer cae de lado, desmayada o muerta; Natalia no está segura, ella también siente que puede desmayarse detrás de la cortina. Los varones enderezan a la mujer, la atan más fuerte para que no se caiga de la silla, y le sacan fotos. Natalia se siente impotente, cobarde, solo espera que la tortura termine y que esos chicos se duerman para poder salir de allí, volver con Martín y dejar ese edificio para siempre. Esos chicos, ¿así debería llamarlos? ¿Son chicos? ¿Y si no, qué?
Entonces, cuando parece que la ceremonia por fin terminó, que ya no hay más dolor para infligirle a ese cuerpo vencido atado a una silla, la niña menor camina hacia la ventana, despacio pero resuelta. Como si supiera, como si siempre hubiera sabido, corre la cortina que cubre a Natalia y, mientras con una mano sostiene aún la hoja de afeitar ensangrentada, con la otra hace el gesto que tantas veces ella le vio hacer antes y dice:
—Vení.
Mientras la hermana mayor agarra otra vez el látigo, y sus hermanos acomodan la soga con la que atarán a Natalia en la silla desocupada.

(Argentina, 1960)

martes, 12 de mayo de 2015

SACHERI, Eduardo: En paz descansa


Mi barrio nació una mañana de sábado, en la primavera de 1978, y vivió cuatro o cinco años a lo sumo. Aclaro que cuando hablo del nacimiento de mi barrio no me refiero a la fecha en que se construyeron las casas ni a aquella en la que se habitaron. Mi definición de barrio es más subjetiva y más estrecha. 
Mi barrio nació cuando los que fueron mis amigos y yo lo poblamos, lo recorrimos, lo conquistamos. Y duró hasta que nos fuimos. Por supuesto que las casas quedaron. Pero sin nosotros se convirtió necesariamente en otra cosa. No fue, seguramente, el primer barrio que se adueñó de esas casas. Tal vez sí haya sido el último.
Acerca de su año de nacimiento no albergo la menor duda: 1978 fue uno de los peores años que me ha tocado vivir. Ese invierno asistí a mi primer velorio, y todavía hoy me angustia el olor marchito y abombado que dan muchas flores cuando yacen juntas. Lloré el primer día y después me quedé seco. Entonces empezó mi rabia. Una rabia silenciosa, una rabia de piedra. Una rabia contra todos, empezando por Dios. ¿No acababa yo de tomar la comunión el octubre anterior? ¿No se suponía que Dios cuidaba a la gente buena? ¿No era cierto eso de que uno podía pedirle a Dios las cosas que necesitaba, y si uno era un buen chico, era muy probable que Dios se las diera? Bueno, parecía ser que no, carajo. Dios se había hecho el tonto, o el distraído. O tal vez el asunto era peor: Dios me odiaba.
Después de Dios estaba la gente. Puta madre con la gente. ¿Por qué a todos se les daba por mirarme con expresión de lástima? ¿Acaso era un bicho, yo? ¿A cuenta de qué a todos se les daba por merodear la casa? ¿Para qué ponían cara de circunstancia, cara de “pobrecitos, qué familia destruida”? ¿De dónde salían tantos familiares con los que nos veíamos de Pascua en Ramos?
Y por último estaban los pibes. Los del colegio, los de la patria, los del mundo entero. Los odiaba a muerte. A favor de ellos tengo que decir que no hacían nada. No me habían abandonado, como Dios, ni me miraban con cara de lástima, como la gente grande. Pero les tenía una envidia que me hacía hervir los glóbulos rojos. ¿Por qué mierda me había pasado justo a mí, habiendo tantos pibes por todos lados? ¿Por qué no les había pasado a ellos? ¿Qué mierda había hecho yo mal para merecerme semejante castigo? ¿A ver ¿Por qué justo a mí?
No eran preguntas de fácil respuesta. Por añadidura, yo no estaba dispuesto a formularlas en voz alta. Me las hacía para adentro, mientras los veía pasar ante mis ojos, hundido en una cueva de silencio.
Los viernes a la noche, para peor, a mi casa venía un cura irlandés de la parroquia de Pompeya. Yo no tenía nada contra el pobre curita. Pero venía en nombre de Dios, y con él sí que tenía un asunto pendiente. De manera que mi mamá lo recibía en el living, y cuando estaban mis hermanos, ellos también charlaban con el sacerdote. Yo, en cambio, me quedaba jugando debajo de la mesa del comedor, bien lejos de todos. A veces eran soldaditos. A veces construcciones de Rasti. Pero casi siempre eran los jugadores de fútbol. Tenía cuatro equipos completos. Y unos arcos de madera pintada de dorado. Me los había hecho mi papá, y les había fabricado una red con gasa de consultorio. Hoy, casi treinta años después, si me concentro puedo sentir el olor profundo del esmalte sintético sobre la madera.
Los jugadores eran todos iguales. De plástico, con pelo oscuro y raya al costado. Tenían una sonrisa triste y eran medio cachetudos. Lástima que no permanecían de pie. Se caían permanentemente, pero a mí no me importaba. Me servían para reproducir los partidos. Y la ventaja era que en la cancha de alfombra, debajo de la mesa, no había sorpresas. Independiente ganaba siempre. Ningún imprevisto, ninguna noticia tremenda, ningún Dios injusto. Por eso cuando venía el cura yo ni asomaba el pelo. “Úbeda, Vilanova y Romano”: mientras escribo estas líneas, me vuelven esos apellidos con forma de mediocampo. No sé si lo recuerdo bien. Tampoco importa. Uno de esos viernes, en la tele estaban dando un partido de Independiente por la Copa Libertadores. Y en medio de mi silencio yo me hacía un lugar para preguntarme para qué mierda seguía existiendo Independiente si quien me había enseñado a amar al Rojo y a sus Copas no estaba ahí para darle sentido al jodido asunto.
Mi único amigo era Andrés. Tanto lo quería que estaba dispuesto a perdornarle que no le hubiese pasado a él lo que me había pasado a mí. Pero como ya íbamos a colegios distintos y a turnos distintos, durante la semana apenas lo veía. Los sábados sí. Los sábados a la mañana jugábamos a la pelota en su vereda o en la mía. Y de ahí me viene la certeza de que mi barrio nació un sábado de primavera, en la vereda de mi casa.
Esa primavera, ese sábado, esa mañana, pasaron dos pibes que vivían al lado. Iban con las manos vacías. Andrés picaba la pelota junto al portón. Cuando estuvieron a dos metros se detuvieron. En lugar de seguir hacia donde iban, pararon. Nuestros ojos se cruzaron y empezó a caminar de nuevo el tiempo. Jugamos un arco a arco, dos contra dos, bajo la sombra de los tilos.
Al día siguiente ya no pasaron: vinieron, que no es lo mismo. Ya no éramos dos y dos. Éramos cuatro. Después de Diego y Pablo les tocó a los hijos del oculista: cuatro varones que hicieron un aporte demográfico sustancial. Fuimos ocho.
Y cuando la vida camina, camina. Cuando mi hermana me contó que acababan de vender el kiosco de Mario, y que llegaba una familia con cinco hijos, y que el mayor se llamaba Gustavo y tenía once años, casi ni me sorprendió mi buena suerte. Para lo que no estaba en absoluto preparado era para que una de sus hermanas se llamase Carolina, tuviera nueve años, el pelo lacio y nos ojos castaños y profundos, pero esa es otra historia.
Cuando fuimos suficientes, fue el tiempo de bajar a la calle y poner los cuatro cascotes de los arcos. La cosa iba en serio. Se había acabado el peloteo infantil en la vereda. Faltaban cuatro o cinco chicos más, que cuando nos vieron dueños del asfalto vinieron a tomar su parte en el camino de la gloria. Cristian fue uno de ellos. “Los venezolanos”, Mariano y Javier, completaron el círculo. Eran argentinos, pero como habían vivido en Venezuela tenían un acento extraño que para nosotros, deseosos de darle algún toque excéntrico al grupo, los volvía extranjeros.
Por algunos años, la calle Guido Spano se convirtió en el núcleo de mi vida. Los fines de semana eran bocanadas de aire fresco en medio del hastío y la soledad de mi casa. Los veranos fueron el ombligo del tiempo.
Mis recuerdos del mundo en esos años están inevitablemente tejidos con esos días en el cordón de la vereda. Para mí, Galíndez no murió al costado de una ruta durante una carrera. Murió cuando uno de los Giúdice, estupefacto, salió a contarlo, y nosotros interrumpimos el partido. Quilmes no salió campeón con el gol de Gáspari en Rosario, sino cuando algunos chicos se pusieron a gastarlo a Andrés, por bostero, en un atardecer de sol apenas tibio. Mirtha Legrand entró en mi vida cuando invitó a un fulano que había inventado a unas extrañas criaturas que se desarrollaban en el agua, y nos hizo dilapidar varias tardes con la ñata pegada a una pecera, esperando que crecieran los sea-monkeys. La guerra sucia fueron cuatro imbéciles que se bajaron a amenazarlos desde un Falcon cuando nos vieron poniendo monedas en las vías del tren para achatarlas, y se mataron de la risa con nuestras caras de miedo. El Papa Juan Pablo I falleció debajo del jazmín de leche ce mi casa, en el círculo absorto que formamos para escuchar la pavorosa explicación de Andrés acerca de cómo se envenena a un Pontífice. Malvinas fue los discursos encendidos de Gracielita, revista Gente en mano, de que no había manera de que los ingleses nos ganaran la guerra.
En esos años no solo viví del fútbol. Mis amigos tenían hermanas y primas, y creo haber mencionado a una tal Carolina de ojos oscuros y abismales. En el primer baile que pergeñamos, su madre cometió el desatino de venir a buscarla antes de las diez. Durante el resto de la noche aprendí a extrañar a una mujer.
Si sigo escribiendo me hundiré sin remedio en la fácil tentación de hilvanar más y más recuerdos que solo conducen hacia mi pasado y me importa a mí solo. Para terminar estas líneas, entonces, corresponde que diga cuándo murió mi barrio. No tengo una fecha tan exacta como la de su alumbramiento, porque se fue extinguiendo de a poco. Si nació cuando llegaron los chicos, tenía que morir cuando se fueran.
Los primeros en partir fueron los venezolanos, que en pocos años se habían desprendido de su acento caribeño pero nunca lograron lo mismo con su gentilicio. Después se fue Gustavo. Se mudó a Belgrano, en la Capital. Volvimos a verlo una vez, cuando nos invitó a visitarlo. Pero fue triste comprobar que había cambiado tanto que ya no teníamos en común ni siquiera los recuerdos. Con él partió Carolina, la primera mujer que perdí para siempre. Diego y Pablo fueron los siguientes. Diez años después Diego me invitó a su casamiento. Al abrazarnos con su hermano Pablo, en los ojos le adiviné que, de haber tenido a mano una pelota número cinco, arrancaba de nuevo el arco a arco, en pleno atrio de la iglesia, como en aquel sábado del Génesis. Los que eran más grandes crecieron, y no hizo falta que se fueran para despedirlos para siempre.
Quedamos Andrés, Cristian y yo. Fuimos amigos por mucho tiempo. Buenos amigos. Aunque tres chicos no sean catorce o diecisiete, alcanzan para soltarse e explorar la adolescencia. Pero el barrio, el barrio, el barrio como conjunto, como horizonte, como mundo, para 1983 se había ido del todo. Tanto es así que de vez en cuando, en los amaneceres de naipes, a los tres sobrevivientes se nos daba por recordar nuestras viejas aventuras con los pibes. Y cuando uno recuerda es porque ya no tiene aquello que recuerda. No hay certificado de defunción más preciso que ese.
No fue tan dolorosa aquella pérdida porque mi barrio había servido para lo que tenía que servir. Esos chicos me habían obligado a poblar de gritos mis silencios, a abandonar la alfombra bajo la mesa, a identificar alborozado, cada mañana y cada tarde, el momento en que pasaban a buscarme por el repique de la bola en la vereda, a implorar cada atardecer que no la llamaran a Ella demasiado temprano a bañarse.
Cinco años después de que la muerte me dejara el alma hecha una estepa, yo podía comprobar sin sobresaltos que estaba vivo. Sentía en el alma, es cierto, y siento todavía, los costurones de ciertas cicatrices, pero a fin de cuentas, creo que no existe nadie que no las tenga.
Mi barrio me sirvió para todas esas cosas, y para otras que ni siquiera yo mismo entiendo lo suficiente como para ponerlas en palabras. Sé, al menos, que la rabia por fin me había abandonado. Y hasta creo que no exagero si digo que fue entonces, en los días últimos de mi barrio, cuando por fin terminé por perdonar a Dios.

(Bs. As., Argentina, 1967)

miércoles, 6 de mayo de 2015

DOLINA; Alejandro: El niño que fue a menos


La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
—¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
—Tissot.
—No sé, señorita.
—Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.
—Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales.
Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se lo piensa.
—Nuñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manyaorejas, piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar. De pronto, la maestra lo mira.
—Frezza.
Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
—No lo sé.
Si es que nadie lo sabe estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
—¡Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso. Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.

(Argentina, 1944)

viernes, 1 de mayo de 2015

MARTÍNEZ, Guillermo: Baile en el Marcone


Un sábado que caminaba por la calle Corrientes buscando a la mujer de mi vida, o alguna mujer, doblé por Pueyrredón para seguir a una morocha que taconeaba lindo, zarandeando todo. La encaré en Plaza Once y resultó que la morocha cobraba. Cuando me dijo las tres tarifas sumé en la cabeza lo que tenía en los bolsillos, aunque sabía que era inútil. Y con veinticinco, ¿para qué me alcanza?, le pregunté. Comprate un chocolatín, me aconsejó, y cruzó por Rivadavia moviendo el culo todavía más, como hacen las mujeres cuando saben que uno las mira.
Estaba por volverme, pero al atravesar la plaza me llamaron la atención unas luces de colores en lo alto de un edificio viejo, de dos o tres pisos. Un baile, pensé. Baile en Once: levante. Y crucé la avenida. Tardé un poco en darme cuenta de que debía entrar por donde decía Hotel Marcone. El salón de baile estaba en el último piso del hotel y aparentemente solo se podía llegar por un ascensor destartalado que venía bajando entre crujidos. El ascensorista indicó cuatro con la mano y entré con otros tres muchachos que tendrían mi edad más o menos y que venían juntos. Había uno que estaba peinado con raya al medio. Mientras subíamos, sacó un peine para emprolijársela frente al espejo.
-Dígame, jefe –le preguntó de pronto al ascensorista-, ¿no sabe si se puede entrar en pareja al hotel?
-Averigüe en la recepción –le contestó el ascensorista de mal modo.
-No, yo digo… -dijo el muchacho mirándonos a todos y como sonriéndose-. Así no hay que andar caminando para buscar telo.
Los dos que venían con él se rieron: la cosa prometía.
La entrada era damas gratis y caballeros nueve con cincuenta. Pagué con el único billete de diez que tenía y entré siguiendo a los muchachos. Apenas vi las mesitas y la orquesta pensé en volverme, decirle al tipo de la entrada, no sé, que me había equivocado de lugar.
Había visto sobre todo a las mujeres en las mesas. No es que fueran jovatas más o menos: eran viejas, directamente viejas, de pelos teñidos y caras como emplastos, con las tetas fruncidas desbordando por los escotes y la carne floja bajo los brazos. Llegué justo, pensé, diez minutos más y estaban todas muertas.
Pero me pareció tan curioso el lugar, y nueve con cincuenta no era tanto, así que dejé mi campera en el guardarropa y me arrimé a la pista entre las mesas para ver de cerca a la orquesta, que todavía se estaba preparando y sí, era lo que me había temido, había un bandoneón sobre un banco: una orquesta de tango.
El pianista estaba dando la afinación y un viejito raquítico, que apenas podía sostener el contrabajo, le respondía con el arco un poco tembleque. Entraron el violinista y el del bandoneón y también se subió a la tarima un tipo teñido, con micrófono, porque era con cantante el asunto.
Arremetió con ese tango que empieza:

Decí por Dios qué me has dao
que estoy tan cambiao
no sé más quién soy…

Una pareja apareció en la pista. El hombre tenía el pelo muy largo, una especie de melena que le llegaba casi a los hombros, parecía un Príncipe Valiente canoso y panzón, y la mujer, era rarísimo, tenía piernas de joven. Y no es que usara medias, era así nomás: casi pelada, con la cara arruinada de colorinches, el cuerpito de vieja, pero las piernas milagrosamente a salvo, bien firmes, con los tobillos perfectos.

Te vi pasar
tangueando altanera
con un compás
tan hondo y sensual…

Bailaban y uno se daba cuenta de que tenía que ser eso bailar el tango, nada de circo, ningún firulete, y sin embargo todos los estábamos mirando y ninguna otra pareja parecía animarse a salir.
Recién con el segundo tango se empezó a llenar la pista yo me fui a la barra porque había visto allí a los muchachos de la entrada.
-Che, ¿puro tango es esto? -le pregunté al de raya al medio.
-Treinta y treinta –me explicó-. Treinta minutos de tangos y después vienen “Los Internacionales”: cumbia y rock. Y boleros.
-¿Y pibas más jóvenes no hay?
-Sí hay –se encogió de hombros y tomó un trago-, del otro lado de la pista, o allá, contra la ventana. Hay de todo. Pero mejor las viejitas –me dijo con una sonrisa sabedora-, con las viejitas vas derecho al sobre.
Pasé como pude al otro lado, bordeando las mesitas y esquivando a las parejas en la pista. El de raya al medio algo de razón tenía, vi dos o tres como la gente, sobre todo una rubia que estaba sentada sola en una mesa, un poco pasada también la rubia, pero con cada cosa en su lugar. Fumaba con los ojos perdidos en la pista y cantaba los tangos bajito, como si conociera todas las letras.
Yo me quedé parado un poco lejos, pero ni bien terminaron los tangos y anunciaron a “Los Internacionales” me fui acercando porque veía movimientos sospechosos por todos lados, hasta los tres de la entrada estaban rondando la mesa aquella. Y tal cual, me ganó de mano el de raya al medio, tuve que sacarle el sombrero, porque no esperó a que empezara la música, se acercó un segundo antes a pedirle fuego y nos dejó a todos pagando.
Y ya se sabe lo que es errar el primer tiro en un baile: empecé a ver con desesperación cómo se llenaba la pista ahora sí todos salían a bailar.

Se busca una compañera
que sea gorda, que sea flaca
que sea linda, que sea fea,
eso no debe importar…

Las parejas se armaban en un santiamén ahí delante mío y en la pista ya no cabía nadie más. Miré alrededor: casi todas las mesas estaban vacías, solo había quedado la resaca. Empecé entonces a dar toda la vuelta al salón. “Los Internacionales” seguían con las cumbias dale que dale:

Saca la mano Antonio
que mamá está en la cocina
dame un beso Lupita
que tu papi no nos mira…

Los pisos temblaban con los saltos de la gente y el revoque de las mujeres comenzaba a ponerse brilloso. Se armaban trencitos y algunos cantaban a los gritos el estribillo:

Que si papá nos pesca
nos tendremos que casar…

De pronto, contra uno de los ventanales, mirando hacia afuera, vi a una chica bajita, poquita cosa. Estaba de espaldas, así que no podía verle la cara. Pero bueno, pensé, no podía ser peor que lo que había quedado sin despachar. La cuestión es que me acerqué, le toqué el hombro y con la voz solemne y una reverencia bien exagerada, le dije mi frasecita mágica: ¿Me haría el honor, señorita, de concederme este baile? Cuando levanté la vista pensé: milagro porque aunque aquel rincón estaba bastante oscuro, me di cuenta de que la petisita era una preciosura y que además se estaba sonriendo.
-Cumbias no bailo –me dijo, y volvió a ponerse seria, como si se hubiera acordado de golpe de que en realidad ella estaba enojada.
Ahí fue que “Los Internacionales” me salvaron, porque empezaron con Mujer, si puedes tú con Dios hablar...
-¿Y boleros? -le pregunté. Casi por deporte se lo pregunté porque si no había agarrado viaje con las movidas... Pero es cierto que con las mujeres nunca se sabe. Lo pensó un segundo y empezó a caminar hacia la pista. Yo iba detrás, maravillado de mi buena suerte.
Tuvimos que dar un montón de vueltas para encontrar un lugar que le gustara. Aquí no, aquí tampoco, me iba diciendo, hasta que por fin se paró casi en el centro de la pista.
-Es que quiero estar cerca de mi amiga, me dijo, y me sonrió un poco, como para hacerse disculpar.
Cuando la vi así, sonriendo bajo las luces, carajo, pensé será posible, porque por más pintura que se hubiera puesto era una nena, me di cuenta de que no podía tener más de quince, y cuando me alargó los bracitos y la agarré por la cintura tuve la sensación de que si la apretaba un poco se me iba a quebrar. Las luces se fueron bajando y alrededor de nosotros algunas parejas empezaron a besarse.
Yo me sentía un poco estúpido bailando con esa pibita, pero bueno, la cosa estaba hecha, y era eso o la resaca, así que empecé a preguntarle lo de siempre, se llamaba Mariana, o Marina, no pude escuchar bien, y vivía en Caballito. Le pregunté entonces si era la primera vez que iba allí.
-La primera y la última –me contestó, y supuse que se habría equivocado, como yo, pero no.
-Vine para acompañar a una amiga –me dijo-. Es aquella de rojo. Yo me di vuelta, vi solamente una espalda apresada por unas manos enormes.
-Es más grande que yo, y bueno, quería venir acá... Pero nunca más –dijo como ofendida-. Mirá eso –y me señaló con los ojos a una vieja gordísima que bailaba con un muchacho de mi edad. El pibe trataba de besarla y la vieja, que tenía los ojitos casi cerrados, ni que sí ni que no, lo esquivaba moviendo la cabeza al compás de la música, y se sonreía pero con los labios siempre apretados, hasta que por fin se dejó un poco.
-Podría haber traído a mi abuela, que se quedó tejiéndome un pulóver –dije yo, pero ella no se rio, como si no me hubiese escuchado. Igual me caía simpática la petisita y tenía además una forma de acurrucarse en mi pecho que bueno, cuando se prendieron las luces y paró la música para que se acomodara otra vez la orquesta de tango, la invité a tomar una Coca.
Mientras íbamos a la barra la miré de nuevo: era linda de verdad con sus ojitos claros y el pelo largo y también lo suyo, todo en miniatura pero bien puestito.
-Ahí viene mi amiga –dijo, apenas nos sentamos. Giré para verla: treinta y pico le calculé, pero estaba buena, tenía sobre todo unas tetas bárbaras. Para tres Cocas, calculé también, no me alcanza.
-Cómo apretabas, eh –le dijo la petisita, y ella me sonrió a mí con esa sonrisa turra de las jovatas que se las quieren dar de pendejas. Aproveché para mirarle las tetas con toda franqueza.
-Ay, nena, si yo no aprieto es que hay tanta gente –y soltó una risita falsa-. ¿A que no sabés con quién estoy bailando? –dijo-. Con el campeón de rock. Mirá, ahí viene. ¿Te acordás que te dije que aquí los domingos hay concursos de rock Bueno, es el campeón. Pero también baila tango.
El campeón de rock tenía cara de camionero y los dos brazos tatuados. Le hizo una seña de lejos y ella nos sonrió, como disculpándose y volvió con él a la pista.
-Simpática tu amiga –dije-. Tiene lindos ojos.
La petisita se había quedado callada.
-Vos también tenés unos ojos hermosos –dije y me acerqué un poco-. ¿Son verdes o celestes?
-Me cambian con la luz –dijo y volvió a mirar la pista.

Te siento siempre aquí
estás clavada en mí
como un puñal en la carne…

El pianista se entusiasmaba encorvado sobre las teclas y parecía que al cantante se le iba a abrir el pecho. Habían entrado de nuevo a la pista el Príncipe Valiente y la mujer de las piernas jóvenes.
-Esos dos –me dijo la petisita de pronto-, parece que vienen aquí desde que eran novios. Desde que eran novios –repitió como si no pudiese creerlo-. Y me contó mi amiga que no faltan ni un solo sábado.
-Qué, ¿tu amiga también viene siempre? –le pregunté.
-No, siempre no –dijo ella y miró entre las parejas hasta encontrarla. El campeón de rock la hacía girar lentamente sobre su pierna.
-¿No es un asco el tango? –dijo de repente.
-¿Un asco? ¿En qué sentido?
-Es... resbaladizo –dijo ella y arrugó la nariz-. No sé, es un asco.
-¿Cuántos años tenés? –le pregunté.
-¿Yo? Diecisiete –me dijo.
-O sea, catorce.
Ella se puso colorada, se rio y me dijo que sí. Catorce, pensé, está perdido todo. Miré la hora, ya eran casi las dos. Tampoco tenía plata: había gastado lo que me quedaba en las Coca Colas.
-Sos callado, eh –me dijo ella-. Callado pero inteligente, se nota: tenés cara de inteligente. Yo también soy callada, pero bueno, alguno tiene que hablar, ¿no? Yo me reí porque la petisita esta cada vez me gustaba más, pero ella creyó, supongo, que me estaba burlando.
-¿Soy muy tonta? ¿Te parezco muy tonta?
Le dije que no y le acomodé el pelo detrás de la oreja: eso nunca falla, no es una caricia todavía pero ya es más que las palabras. Ella tomó un sorbito de su Coca y dejó que le agarrase la mano. Y ahí sí, le empecé a hablar de cualquier cosa, me inventé una teoría complicadísima sobre las casualidades y el destino y los encuentros y desencuentros, estaba como inspirado, el verso me salía de corrido. Entonces, cuando iba en lo mejor de la explicación, vi a una mujer que recién entraba, la vi de espalda, caminando al guardarropa y pensé: a ese culo yo lo conozco. Tal cual, era la morocha, la puta. Dejó el saco en el guardarropa y se vino derecho a la barra. Tanto la miraba yo que perdí el hilo de lo que decía, pero me di cuenta de que la petisita tampoco me escuchaba como antes, era como si estuviese pensando en otra cosa. Apenas acabó su Coca me pidió que la esperase, que tenía que decirle algo a su amiga, y fue a buscarla a la mesa donde estaba tomando cerveza con el campeón de rock. Cuando vi que las dos se iban juntas al baño me corrí un poco en la barra y me senté al lado de la morocha.
-Qué tal, tanto tiempo –le dije.
-Mi amor, qué linda sorpresa –me dijo ella con una gran sonrisa. Las putas son bárbaras.
-¿Qué andás haciendo por aquí? –le dije, tratando de mirar entre los botones de su blusa. No tenía corpiño.
-Qué curioso que sos –dijo y se tomó un sorbo de mi Coca-. Entro a las cinco a trabajar y como estaba muy cansada no quise volver a mi casa. Por si me quedaba dormida, ¿viste? Así que me vine acá, para hacer tiempo.
-¿Y en dónde trabajás? –le pregunté. Miré el reloj: eran las dos y media todavía quién te dice, pensé.
-Ay, mi vida, no tenés que hacer tantas preguntas –me dijo, pero abrió su cartera y me dio una tarjetita: RELAX – COMPAÑÍA, decía, BAJOS ARANCELES, y una dirección por ahí nomás, en Pueyrredón. De pronto sentí una mano sobre mi pierna.
-¿No me vas a invitar una copa? –me dijo-. Tengo la boca reseca. Tengo sed –y se pasó lentamente la lengua por los labios.
-Después –le dije, porque me acordé de que ya no tenía plata además, había visto a la petisita, que había salido del baño y me estaba buscando. Dejé mi vaso en la barra. No sabía muy bien qué hacer-. Esperame un momento –le pedí.
En la tarima “Los Internacionales” estaban terminando de acomodar sus instrumentos.
Arrancaron directamente con los boleros y las luces se fueron apagando hasta que la pista quedó por completo a oscuras. Vi al pasar que el de la raya al medio le metía la lengua en la oreja a la rubia. Ahora sí, por donde se mirara, todos estaban franeleando.
-Vamos a bailar –le dije a la petisita, y ella de nuevo lo mismo, que bueno, pero que quería estar cerca de su amiga.
Su amiga, su amiga, pensaba yo mientras entrábamos a la pista, y cuando me puso los bracitos en el cuello pensé que la puta no me iba a esperar toda la noche.
La fui llevando hacia el centro lentamente, entre las parejas abrazadas que ya ni siquiera bailaban. Entonces los veo, veo sobre todo al campeón de rock, la mano del campeón de rock que baja por la espalda poco a poco.
-Ahí la tenés a tu amiga –digo. La petisita se me suelta súbitamente y nos quedamos los dos mirando la mano esa que se prende en el culo, el culo que se acomoda.
La petisita estaba inmóvil, era como si no pudiese dejar de mirar.
-No bailo más –dijo de pronto, y se fue casi corriendo de la pista.
Claro, cómo no me di cuenta antes, pensé yo, si tenían los mismos ojos, la boca igual pero bueno, quizá fuera mejor, después de todo: la morocha todavía estaba en la barra. Me apuré a volver.
-¿Me haría el honor, señorita, de concederme este baile? –le pregunté. Ella me miró sonriente y cuando le hice la reverencia se estiró la blusa y se puso de pie. Bailar con una puta, no cualquiera, pensé, otra vez contento.
Mientras la iba siguiendo a la pista vi por última vez a la petisita contra un ventanal, mirando hacia afuera. Estaba de perfil. Cuando crezca un poco más, pensé, va tener las tetas de la mamá.

(Bahía Blanca, 1962)

Se radicó en Buenos Aires en 1985, donde se doctoró en Ciencias Matemáticas. Posteriormente residió dos años en Oxford, Gran Bretaña, con una beca de postdoctorado del CONICET. En 1982 obtuvo el Primer Premio del Certamen Nacional de Cuentos Roberto Arlt con el libro ´´La jungla sin bestias´´.
En 1989 obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes con el libro de cuentos ´´Infierno Grande´´ (que acaba de publicar el New Yorker), adonde pertenece este cuento.
En 2003 apareció el libro de ensayos ´´Borges y la matemática´´ y obtuvo el Premio Planeta Argentina con ´´Crímenes imperceptibles´´, novela que fue traducida a 35 idiomas y ha sido llevada al cine por el director Álex de la Iglesia, con el título “The Oxford Murder” (2008), Los crímenes de Oxford y un casting que incluye a John Hurt y Elijah Wood.

sábado, 18 de abril de 2015

ANDERSON IMBERT, Enrique: Héroes



Teseo, que acababa de matar al Minotauro, se disponía a salir del Laberinto siguiendo el hilo que había desovillado cuando oyó pasos y se volvió. Era Ariadna, que venía por el corredor reovillando su hilo.
—Querido —le dijo Ariadna, simulando que no estaba enterada del amorío con la otra, simulando que no advertía el desesperado gesto de "¿y ahora qué?" de Teseo—, aquí tienes el hilo todo ovilladito otra vez.




viernes, 17 de abril de 2015

MITO DE TESEO Y EL MINOTAURO


Aquella noche Egeo, el anciano rey de Atenas, se mostraba tan triste y preocupado que su hijo Teseo le dijo:
—Qué mal aspecto tienes, padre... ¿Te aflige algún pesar?
—¡Ay de mí! Mañana es el día maldito en que, como todos los años, he de enviar siete doncellas y siete muchachos de nuestra ciudad al rey Minos de Creta. Los desgraciados están condenados...
—¿Condenados? ¿Qué crimen han cometido para tener que morir?
—¡Morir! ¡Si solo fuera eso: los devorará el Minotauro!
Teseo sintió un escalofrío. Llevaba mucho tiempo fuera de Grecia y acababa de regresar a su patria, pero había oído hablar del Minotauro. Se decía que este monstruo, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, se alimentaba de carne humana.
—¡Padre, no consientas semejante infamia! ¿Por qué permites que se perpetúe tan odiosa costumbre?
—No tengo más remedio —suspiró Egeo–. Mira, hijo, antaño perdí una guerra contra el rey de Creta. Desde entonces he de pagarle como tributo, todos los años, catorce jóvenes atenienses, que el monstruo devora...
Con todo el ardor de su juventud, Teseo exclamó:
—¡En ese caso, permite que vaya a la isla! Acompañaré a las víctimas y me enfrentaré al Minotauro, padre. ¡Lo venceré y te libraré de tan horrible deuda!
Al oír aquellas palabras, el anciano Egeo se estremeció y estrechó a su hijo entre sus brazos:
—¡Jamás! Me espantaría perderte.
Años atrás, el rey había estado a punto de envenenar a Teseo sin darse cuenta debido a una estratagema de Medea, su segunda esposa, que aborrecía a su hijastro.
—¡No, no consentiré que vayas! Además, dicen que el Minotauro es invencible. ¡Vive oculto en un extraño palacio llamado Laberinto! Tiene tantos pasadizos, y son tan intrincados que los que se adentran por ellos no saben cómo salir. Y acaban por encontrarse con el monstruo, que los devora. Teseo era tan obstinado como intrépido. Insistió, se enfadó, y luego recurrió a los mimos y a la persecución hasta que el anciano rey Egeo, con el corazón desgarrado, acabó por ceder.
A la mañana siguiente, Teseo se dirigió junto con su padre al Pireo, el puerto de Atenas. Les acompañaban los jóvenes que iban a emprender su último viaje. Los ciudadanos contemplaban la procesión, unos con lágrimas en los ojos, otros amenazando con el puño a los emisarios del rey Minos que flanqueaban el siniestro cortejo. Al cabo, el grupo llegó al muelle donde estaba atracada una galera de velas negras. El rey explicó a Teseo:
—Son una señal de luto. Ay, hijo mío..., si regresas vencedor, no olvides cambiarlas por velas blancas, para que sepa, aun antes de que llegues a puerto, que estás vivo.
Teseo se lo prometió. Luego abrazó a su padre y se embarcó con el resto de los atenienses.
Una noche, durante la travesía, Neptuno, el dios del mar, se apareció en sueños a Teseo y le dijo sonriente:
—Mi buen Teseo: eres tan valiente como un dios. Cosa nada rara, pues eres tan hijo mío como de Egeo...
Entonces Teseo se enteró del fabuloso relato de su nacimiento.
—Cuando te despiertes, tírate al agua —le indicó Neptuno—. Encontrarás un anillo de oro que Minos perdió hace mucho tiempo.
Teseo se despertó. Era de día y a lo lejos se avistaban las islas de Creta.
Entonces, ante la mirada estupefacta de sus compañeros, Teseo se tiró al agua. Al llegar al fondo divisó una joya que relucía entre las conchas, y la tomó; el corazón le latía fuertemente.
De modo que todo lo que le había dicho Neptuno era verdad: ¡era un semidiós!
Este descubrimiento hizo que redoblaran sus ánimos y su valor.
Cuando la nave atracó en el puerto de Cnosos, Teseo vio entre la muchedumbre al rey rodeado de su séquito y fue a presentarse ante él:
—Salve, poderoso Minos. Soy Teseo, hijo de Egeo.
—Espero que no hayas venido de tan lejos a implorar mi clemencia —dijo el rey, mientras contaba cuidadosamente a los catorce jóvenes atenienses.
—No. Lo único que te pido es que no me separes de mis compañeros.
Los acompañantes del rey dejaron escapar un murmullo. Este contempló con desconfianza al recién llegado. Reconoció el anillo de oro que Teseo llevaba en el dedo y se preguntó muy sorprendido de qué prodigio se habría valido el hijo de Egeo para encontrar la joya. Luego rezongó en tono de desconfianza:
—¡De modo que pretendes enfrentarte al Minotauro! En ese caso, habrás de hacerlo solo con las manos: deja aquí las armas.
Entre la comitiva del rey se encontraba Ariadna, una de sus hijas. Impresionada por la temeridad del príncipe, pensaba horrorizada que pronto la pagaría con su vida. Teseo había estado mirando un buen rato a Ariadna. Desde luego le había llamado la atención su belleza, pero se quedó sobre todo intrigado porque estaba haciendo punto. 
—Vaya un sitio más raro para calcetar —se dijo Teseo para sus adentros.
Sí, a Ariadna la gustaba hacer calceta porque podía dedicarse a meditar. Y sin dejar de mirar a Teseo, se le estaba ocurriendo una idea descabellada...
—Venid a comer y a descansar —les ordenó el rey Minos—. Mañana os conducirán al Laberinto.
Teseo se despertó sobresaltado: ¡alguien acababa de entrar en el aposento en el que dormía! Escudriñó la oscuridad y lamentó que le hubieran despojado de su espada. Una silueta blanca se destacó entre las sombras y un familiar chasquido de las agujas le reveló la identidad de la visita.
—No temas. Soy yo, Ariadna.
La hija del rey se acercó al lecho y se sentó. Tomó la mano del joven y le suplicó:
—¡Ay, Teseo, no vayas con tus compañeros! Si entras en el Laberinto, no podrás salir de él nunca más. Y no quiero que mueras...
Los estremecimientos de Ariadna revelaron a Teseo la naturaleza de los sentimientos que la habían empujado a ir a verlo aquella noche. Muy turbado murmuró:
—He de hacerlo, Ariadna. Tengo que vencer al Minotauro.
—Es un monstruo. Lo aborrezco. Pero es mi hermano...
—¿Cómo? ¿Qué dices?
—Ay, Teseo, deja que te cuente una historia muy singular... Mucho antes de que yo naciera, mi padre, el rey Minos, cometió la imprudencia de burlarse de Neptuno, sacrificando un pobre toro, flaco y enfermo, en lugar del magnífico toro que él le había enviado. Al poco tiempo, mi padre se casó con la hermosa Pasifae, que es mi madre. Pero Neptuno tramaba una venganza. En recuerdo de la antigua ofensa que le había hecho, consiguió que Pasifae perdiera la cabeza y se enamorara de un toro. La desgraciada mandó incluso que le construyeran un caparazón en forma de vaca, dentro del cual se metió para unirse al animal del que se había enamorado. Ya te puedes imaginar el resto, mi madre dio a luz al Minotauro. Mi padre no tuvo valor para matarlo, pero intentó ocultarlo para siempre de los ojos del mundo. Mandó llamar al mejor de sus arquitectos, Dédalo, el cual diseñó el laberinto. ¡Pero no te creas que estoy de parte del Minotauro! ¡Ese devorador de hombres merece mil veces la muerte!
—En ese caso, lo mataré.
—Aunque lo consiguieras, no serías capaz de salir del Laberinto.
—¡Pues qué le vamos a hacer!
Un prolongado silencio cubrió la oscuridad.
De repente, la muchacha se arrimó al joven y le dijo:
—Teseo, si te proporciono el medio para salir del Laberinto, ¿me llevarías contigo?
El héroe no contestó. Desde luego, Ariadna era muy atractiva y era la hija del rey. Pero había llegado a aquella isla, no en busca de esposa sino a liberar a su país de una carga.
—Conozco las costumbres del Minotauro —le insistió ella— y sé cuales son las debilidades y cómo podrías vencerlas. Pero esa victoria tiene un precio: ¡me llevarás contigo y me harás tu esposa!
—Está bien. Lo acepto.
A Ariadna le sorprendió que Teseo aceptara enseguida. ¿Estaría enamorado de ella o simplemente dispuesto a admitir un trato? ¡Qué más daba!
Le confió mil secretos que al día siguiente le permitirían vencer a su hermano. Y el sonido de su voz se mezclaba con el incesante chasquido de las agujas: Ariadna no había dejado ni un momento de hacer punto.
Frente a la entrada del Laberinto, Minos ordenó a los atenienses:
—¡Entrad, ha llegado la hora...!
Mientras los catorce jóvenes, completamente aterrorizados, iban entrando uno a uno en la extraña construcción, Ariadna le susurró al oído a su protegido:
—Teseo, coge este hilo y, ¡por lo que más quieras, no lo pierdas! Será lo que nos una.
Tenía en la mano el ovillo de la labor que tejía continuamente. El héroe cogió lo que ella le daba: un tenue hilo, casi invisible. Aunque el rey Minos no adivinó lo que tramaban, sí se dio cuenta de que al muchacho y a su hija les costaba mucho separase.
—¿Qué pasa, Teseo? ¿Te da miedo entrar?
Sin decir ni una palabra, el héroe se metió en el corredor y enseguida se unió a sus compañeros, que, en una bifurcación, no sabían qué camino tomar.
—¡Qué más da! Sigamos por la derecha.
Llegaron a un callejón sin salida, dieron media vuelta y tomaron otro camino, que les condujo a otra bifurcación de la que partían varios pasadizos.
—Vayamos por el del centro. Y no nos separemos.
Al poco salieron al aire libre; habían dejado atrás las paredes del Laberinto y ahora se encontraban ante unos matorrales muy espesos.
—¿Quién sabe? —murmuró uno de los atenienses—. Igual el destino nos brinda la oportunidad de no toparnos con el Minotauro... sino con la salida.
Teseo sabía que desgraciadamente aquello era imposible: Dédalo había ideado la construcción de modo que siempre se llegara al centro de la misma.
Y eso fue exactamente lo que pasó. Al anochecer, cuando sus compañeros empezaban a quejarse de cansancio y de hambre, de repente Teseo les ordenó:
—¡Deteneos! Escuchad. ¿No os huele a algo raro?
Las paredes les devolvían el eco de unos rugidos impacientes y en el aire flotaba un denso olor a carroña.
—Ya llegamos —murmuró Teseo—. ¡Estamos cerca del antro del monstruo! ¡Aguardadme y, sobre todo, no os mováis de aquí!
Se marchó solo, sin soltar el hilo de Ariadna.
De repente llegó a una explanada circular parecida a una plaza de toros allí estaba el monstruo más horroroso que jamás se pudo haber imaginado: era un gigante con cabeza de toro, y brazos y piernas musculosos como troncos de roble. Al ver llegar a Teseo, el Minotauro emitió un feroz bramido de golosa satisfacción, abriendo las babeantes fauces. Bajó la testa bovina y peluda, apuntando a su presa con su afilada cornamenta. Luego se abalanzó sobre su víctima golpeando la arena con las pezuñas de sus pies.

El suelo estaba cubierto de huesos. Teseo cogió el más grande y lo blandió. Cuando el monstruo se disponía a ensartarlo con sus astas se hizo a un lado y le asestó en el morro un golpe rotundo capaz de derribar a un buey... ¡Pero no tan violento como para matar a un Minotauro! 
El monstruo rugió de dolor. Sin darle tiempo para recuperarse, Teseo se agarró con todas sus fuerzas de las astas y saltó sobre su peludo lomo. Encaramado sobre él, apretó las piernas como si fueran tenazas y trató de estrangularle. Incapaz de respirar el monstruo se debatía furioso. No podía cornear a su adversario que estaba firmemente trabado a él. Pataleó, se cayó, se revolcó por el suelo. A pesar de que la arena se le metía en los ojos y en los oídos, Teseo, siguiendo los consejos de Ariadna, no soltaba a su presa. 
Poco a poco el Minotauro fue perdiendo las fuerzas y al cabo emitió un espantoso bramido de rabia, se estremeció y exhaló el último suspiro. Entonces Teseo se apartó de aquella enorme masa inerte. Su primer impulso fue ir a recuperar el hilo de Ariadna.
El silencio insólito y prolongado había hecho que acudieran sus compañeros.
—¡Quién lo iba a decir! ¡Has vencido al Minotauro! ¡ Estamos salvados!
Teseo pidió que le ayudaran a arrancar las astas al toro.
—Así sabrá Minos que ya no puede reclamar ningún tributo —les explicó.
—¿De qué nos va a servir? Es cierto que hemos salvado la vida pero nos aguarda una muerte lenta, pues nunca seremos capaces de salir de aquí.
—Ya lo creo —afirmó Teseo mostrándoles el hilo—. ¡Mirad! 
Echaron a andar rápidamente. Gracias al hilo podían recorrer en sentido inverso el tortuoso y largo camino que los había conducido hasta el Minotauro. A duras penas lograba Teseo calmar su impaciencia. Se preguntaba qué dios bienhechor habría inspirado a Ariadna aquella idea genial. Al poco rato el hilo se puso tenso: desde la otra punta alguien tiraba de él con tanta impaciencia como Teseo.
Al cabo de unas horas salieron al aire libre. El agotado héroe tiró al suelo, junto a la entrada, la sanguinolenta cornamenta del Minotauro.
—¡Teseo..., al fin! ¡Lo conseguiste!
Loca de amor y de alegría, Ariadna corrió hacía él y ambos se fundieron en un abrazo. La hija de Minos contempló tiernamente el revoltijo del enorme ovillo que Teseo tenía entre las manos y le reprochó con una sonrisa: 
—Hay que ver, ya podías haberlo enrollado un poquito...
Empezaba a amanecer. Teseo y sus compañeros, junto con Ariadna, cruzaron sigilosamente las calles de Cnosos y llegaron al puerto.
—Agujeread el casco de todos los navíos cretenses —les ordenó Teseo.
—¿Por qué? —preguntó Ariadna muy sorprendida.
—¿Acaso piensas que tu padre se va a quedar impasible? ¿Que va a permitir que su hija se fugue con el que ha matado al hijo de su esposa?
—Tienes razón —admitió ella—. ¡Habrá que ver qué castigo impone a Dédalo, puesto que el Laberinto no ha servido para proteger al Minotauro como mi padre deseaba!
Cuando despuntó el sol, la galera de Teseo zarpaba del puerto y navegaba rumbo a Grecia...
Durante el viaje de vuelta Teseo tuvo un sueño muy extraño esta vez fue otro dios, Baco, el que se le apareció y dijo: 
—Es preciso que abandones a Ariadna en una isla, no será tu esposa; para ella tengo proyectos más gloriosos.
—Pero es que le he prometido ... —farfulló Teseo.
—Ya lo sé. Pero tienes que obedecerme, o sino te expondrás a la cólera de los dioses.
Cuando Teseo se despertó todavía tenía dudas. Pero al día siguiente la galera tuvo que enfrentarse a una tempestad tan violenta que el héroe vio en ella un aviso divino.
Entonces gritó al vigía:
—¡Hay que hacer escala inmediatamente! ¿No ves tierra allá a lo lejos?
—¡Si! Isla a la vista... Debe de ser Naxos. Atracaron en la isla a la vista de que se calmaran los elementos.
La tempestad amainó durante la noche. Al alba mientras Ariadna estaba tendida todavía sobre la arena. Teseo reunió a sus hombres y les ordenó a hacerse inmediatamente a la mar. Sin la muchacha.
—¡No queda más remedio! —añadió al ver el reproche retratado en los rostros de sus compañeros. Los dioses no actúan sin motivo. Y Baco tenía buenas razones para que Teseo abandonara a Ariadna: cautivado por su belleza, se había enamorado de ella y había decidido que tendrían cuatro hijos y que la joven se sentaría a su lado en el Olimpo. Como señal de alianza divina, incluso tenía pensado regalarle una diadema, que sería el origen de una de las más bellas constelaciones...
Desde luego Teseo desconocía los propósitos de aquel dios enamorado y celoso. Sentía remordimientos mientras navegaban rumbo a Atenas. Estaba tan ocupado que se olvidó de lo que le había dicho su padre antes de partir...
Apostado en el alto del faro que se alzaba en la bocana del Pireo, el vigía gritó, protegiéndose los ojos con las manos a modo de visera:
—¡Barco a la vista! Sí... es la galera real que regresaba de Creta. ¡Rápido, id a avisar al rey!
Hay menos de tres kilómetros entre Atenas y su puerto. Esperanzado e inquieto, el anciano rey Egeo llegó corriendo hasta los muelles.
—¿Y las velas? —preguntó levantando la cabeza hacia el vigía—. ¿Puedes ver las velas y decirme de qué color son? 
—¡Ay, mi señor, son negras!
El anciano Egeo no quiso saber más. Transido de dolor se tiró al agua y se ahogó.
Cuando la galera atracó, acababan de recoger el cadáver del anciano Egeo en la playa. Teseo fue corriendo hacia él, enseguida comprendió lo que había sucedido y se maldijo por haber sido descuidado.
—¡Padre, no! ¡No..., estoy vivo! ¡Vuelve a la vida, por caridad!
Demasiado tarde: Egeo estaba muerto. Teseo se sumió en un dolor que le hizo olvidar su reciente victoria sobre el monstruo. El héroe pensaba con amargura que acababa de perder esposa y padre.
—¡Teseo, ahora eres tú el rey! —proclamaron los atenienses postrándose ante él.
El nuevo soberano se quedó un momento de absorto ante el cadáver de Egeo y luego decretó solemnemente:
—¡De ahora en adelante este mar llevará el nombre de mi amado padre! 
Y por eso, desde el modesto día desde que el vencedor del Minotauro regresó de Creta, el mar que rodea Grecia se llama mar Egeo.
Mientras tanto, Ariadna se había despertado en la isla desierta. Amanecía y distinguió las oscuras velas de la galera, que se alejaba. Sin poder creer lo que veía, balbuceó:
—¡Teseo! ¿Será posible que me abandones?
Siguió al barco con los ojos hasta que aquel se perdió en el horizonte y entonces comprendió que jamás volvería a ver a Teseo. Sola, en la playa de Naxos, dio rienda suelta a su dolor y estuvo gran rato lamentándose de la ingratitud de los hombres.
Más tarde, Ariadna encontró en la arena su labor inconclusa.
Cogió las agujas y se puso a tejer, a la espera de que se cumpliera el prodigioso destino que ella todavía desconocía.
Allí se quedó haciendo calceta, y sin dejar de llorar.

jueves, 2 de abril de 2015

LAISECA, ALBERTO: Fabricantes de vampiros


Recorrían los caminos y los pequeños pueblos de la Alemania medieval. Eran tres: Severo, Angélico y Piadoso.
Poseían dos carromatos que contaban con todos los elementos de su oficio. Allí también comían y dormían.
Estos vehículos ostentaban carteles en su parte externa que decían: «Doctores en vampirismo», «Destructores de muertos que caminan, chupasangres y devoradores de carne humana».
Pero con ellos ocurrían cosas raras, que movían a la suspicacia. En aldeas tranquilas, donde jamás ocurría cosa alguna, no bien llegaban los siniestros carromatos, se producía una ola de vampirismo. Chicas jóvenes eran encontradas desnudas, en sus camas, y sin una gota de sangre. Heridas en el cuello, que bien podrían ser producidas por dientes, o por cualquier otra cosa. Unos pocos hombres se encontraban en las mismas condiciones. Muy pocos hombres.
Como es natural, los aldeanos, muertos de miedo, llamaban a los «doctores» para el examen de los cadáveres. El diagnóstico era siempre el mismo: vampirismo.
Y debía procederse de inmediato antes de que la enfermedad se propagase: estacas en el corazón, cortada de cabezas y llenar la boca del muerto (o de la muerta) con ajo.
Curiosamente, las hijas de los muy ricos sobrevivían. También heridas en los cuellos y debilitadísimas, pero vivas. Cuando despertaban de sus desvanecimientos, sostenían haber sido violadas y dolorosísimamente mordidas por demonios horribles.
Los afligidos padres ofrecían fortunas a los «doctores» para que, mediante exorcismos, preservasen a sus niñas de nuevos ataques. En un latín que ellos llamaban «arcaico» (ni el cura lo entendía), trazaban sobre las víctimas lo que denominaban «un arco de luz y protección».
Debía de ser todo cierto, pese al aire de charlatanería, puesto que las chicas no volvían a ser molestadas y, en poco tiempo, se recuperaban de la pérdida de sangre.
El secreto de los «doctores» era muy sencillo. Habían inventado una larga y gorda jeringa de cobre, con émbolo del mismo material. Le adosaban una aguja también de cobre, con punta muy filosa y cortada en bisel. Esta última era demasiado gruesa como para insertarla en la vena, de modo que previamente se abrían paso con un cuchillo, pero tajeando con poca profundidad. Luego de desnudar a la víctima y violarla varias veces, procedían a sacarle litros y litros de sangre con la gigantesca jeringa. El líquido extraído se guardaba en grandes frascos que se cerraban de manera bastante hermética.
Seguramente practicaban, además, hipnotismo casero, alguna droga de esas que distorsionan la percepción, sumado esto a un chapuceo incomprensible en mal latín y disfraces de diablos cornudos. Las supersticiones de la época hacían el resto.
Si alguna chica violada sobrevivía (algunas debían hacerlo, puesto que, como dijimos, ello era parte del negocio), ella juraba haber sido poseída por el Príncipe de las Tinieblas en persona. Y lo peor es que se lo creía.
Con mucha frecuencia, a causa de estos contactos ilícitos, nacía un niño o una niña. El destino de estos desdichados era terrible: quieras que no, eran arrancados de los brazos de sus madres, y de las leches de sus pobres tetas, y quemados vivos.
Pero después de un mes de jolgorio —violaciones, dinero mal habido y asesinatos— por supersticiosos que fuesen los aldeanos, ya muchos se empezaban a preguntar cómo, en un lugar tan tranquilo, todos los demonios se habían desatado justo con la llegada de los «doctores» Severo, Angélico y Piadoso.
Claro que ellos ya tenían preparada su obra maestra y despedida. Dijeron que el monstruo estaba presto para descargarse. La llegada de los «doctores» lo aterrorizó haciéndolo salir antes de tiempo. Ellos, con sus poderes, averiguarían en quién se había camuflado el maldito.
Para ello eligieron a una pobre vieja, medio loca y sin familia, que vivía en una cueva.
—¡Aquí! ¡Aquíííí…! ¡Aquí está el mal encarnado! —gritaron los tres benefactores.
A una orden de Severo, la anciana fue desnudada («Porque el demonio puede esconderse en un pedazo de ropa»). La ataron sobre una mesa formando una equis. La viejita protestaba débilmente. No entendía el porqué de tanta severidad para con ella. Estaba loca, sí, pero jamás le había hecho daño a nadie.
Siempre por orden de Severo, Angélico y Piadoso, penetraron con sendas agujas de hierro los pezones de la pobre vieja. Pero sus alaridos no duraron demasiado: con dos fuertes enviones atravesaron la totalidad de los mustios pechos y llegaron al corazón.
Dijeron que, en esa aldea al menos, habían cumplido con su deber. Subieron a los carromatos y partieron raudos antes de que los demás pudieran arrepentirse de su pasividad.
Por algo Severo era el jefe. De lejos el más inteligente de todos, no ignoraba que en esa oportunidad casi los pescaron. Todo había salido bien —en tal sentido la vieja fue providencial—, pero gracias a una enorme dosis de buena suerte. «La próxima vez no sé qué tal nos va a ir», razonó Severo y así se los dijo a sus ayudantes.
—¡Pero, Maestro! —protestaron Angélico y Piadoso—. ¿De qué vamos a vivir?
—No sé. De otra cosa. Debemos reformarnos y cambiar de vida. Este solo propósito de enmienda ya me hace sentir más bueno. Y por favor: recuerden siempre que el cielo ayuda a los suyos.
Reformarse era, pues, cosa decidida. Ahora bien, ¿la bondad cómo? ¿Qué camino, qué orientación le darían a la recién adquirida bondad?
—Lo mejor será fabricar un prostíbulo de chicas zombis.
Los otros se asombraron.
—Pero, Maestro… —protestó Piadoso débilmente—. Tengo entendido que la zombi no nace: se hace. ¿Usted sabe hacerlas?
—Por supuesto. En mis viajes por Italia visité Florencia. ¡Ah!, esa sí que es una ciudad civilizada. Son los primeros en pintura, arquitectura, suplicios. Pero antes que nada dejen que les hable de las virtudes de la zombi por sobre cualquier otra mujer. Son trabajadoras inagotables, a quienes además se puede morder y pegar. Siempre sonríen y jamás protestan, cosa que las hace invalorables para cualquier cliente. Muchos terminan casándose
con ellas. Nosotros lo permitiremos. Por un cierto y adecuado precio, claro está. Muchos hombres de vidas confusas han logrado paz, encarrilamiento y fe gracias a estas chicas. Incluso es un bien para ellas mismas, puesto que son liberadas de la tarea de pensar. Sus vidas se ordenan mediante la obediencia absoluta. Leo en sus caras la gran pregunta: «¿cómo?». En efecto: ¿cómo se logra este acto de alquimia?, muy sencillo. Mis amigos y maestros florentinos han inventado para los más difíciles interrogatorios un recurso magnífico. Lo llaman «el sueño italiano». La Inquisición hace ya mucho tiempo que sabe que de un detenido o detenida se puede obtener cualquier confesión mediante el muy simple medio de arrancarle las uñas o la totalidad de los dientes y muelas, uno por uno. Para los casos más grandes de reticencia, se procede a la introducción de un hierro candente en la vagina o en el ano. Pero así el paciente queda definitivamente deteriorado, se convence del todo de su error e incluso incurre en el mal gusto de morirse. Nada de esto, por lo general, ocurre con «el sueño italiano». Consiste en un alto cilindro que se abre longitudinalmente. Adentro está lleno de pinchos filosos, pero ha sido calculado para que no toquen a la víctima si esta se queda quietita. A la chica, sea un ejemplo, se la mete desnuda y luego se cierran las dos mitades. Ya dijimos que si te quedas de pie, sin moverte, los filosos pinchos no te pinchan. Pero este estado de absoluta quietud no es natural. Todo en uno tiende a la movilidad y al jolgorio. Además alguna vez hay que dormir. Muslos, piernas, trasero, espaldas y pechos sufren dolores agudísimos que se van acentuando con el paso de los días. Algunas chicas sufren accidentes. Son las no aptas para la zombificación. Pero eso está previsto y siempre se puede hacer algo con ellas.
Nuestros amigos habían juntado bastante dinero en sus correrías. Por otro lado, Severo resultó enemigo de las expansiones. Avaro, en realidad, y el que mandaba era él. De modo que compraron un buen trozo de tierra en las afueras de cierta aldea y mucha madera.
Contrataron gente para levantar el Castillo del Placer. Este iba a ser el prostíbulo de las zombis, naturalmente. Aquella era una construcción altísima, contrahecha y que, si no se venía abajo, era gracias a la superabundancia de clavos. Resultaba una suerte de megalomanía idiota.
Siempre en el interior del predio, pero en las afueras del castillo, cavaron un misterioso pozo de treinta metros de hondo.
En realidad, la fabricación de zombis costó mucho más de lo que se creía en un principio. Por de pronto muchas chicas se volvían locas con el encierro: falta de descanso, claustrofobia, histeria, a punto tal que ellas mismas se largaban contra los pinchos buscando la muerte. Las que no lo conseguían salían tan deterioradas que ya no podían interesar a hombre alguno.
Pero tanto muertas como piltrafitas pateables eran aprovechadas por el ingenio de Severo, quien siempre les encontraba utilidad. Inventó lo que él llamó «El guiso de los doctores». Cortaban pechos y caderas en pequeños cubos y de todo ello salía una comida exquisita. El resto no aprovechable de las muertitas iba a parar al pozo, juntamente con grandes bloques de cal viva.
También había triunfos, naturalmente. Unas pocas chicas salían del encierro totalmente bobas y listas para trabajar. Fieles a sus costumbres, los tres inseparables las hicieron suyas durante varios días antes de entregarlas a las fieras.
Al principio el negocio marchó muy bien. Los clientes estaban encantados con esas muchachas tan raras y sometidas, que no protestaban les hiciesen lo que les hicieran. El problema empezó al año más o menos, cuando la totalidad de los aldeanos (hombres y mujeres) contrajo la sífilis. Desesperación y furia.
Entonces tuvo lugar una escena que hemos visto muchas veces en el cine con las películas basadas en la historia del doctor Víctor Frankenstein. Una noche los furiosos aldeanos salieron todos juntos, empuñando antorchas y horquillas, y el Castillo del Placer ardió por los cuatro costados. Las zombis serían muertas que caminan, si a usted se le antoja, pero era cosa de oír cómo gritaban.
En realidad los aldeanos fueron bastante injustos. De la sífilis no podían culparse más que a sí mismos por ir a un prostíbulo.
Buscaron a los «doctores» por todos lados con el objeto de enterrarlos vivos, pero hasta eso había sido previsto por nuestro genio Severo: un túnel secreto y larguísimo llegaba hasta las afueras de la aldea y allí los esperaban los carromatos.
—Maestro, maestro… —dijo Piadoso muy compungido y luego que se hubieron puesto en seguridad—, ya ve que es inútil querer reformarse. Uno está marcado y no lo dejan.
—Es cierto —homologó Severo.
—Ahora yo digo, no, se me ocurre —terció Angélico—, ¿y si fundamos una posada, donde el plato fuerte sea «El guiso de los doctores»?
—La idea no es mala, en principio —comentó Severo—. Pero el problema es siempre el mismo: no es fácil conseguir materia prima.
Pero Angélico no aflojaba así nomás.
—¿Y si nos casamos y tenemos muchos hijos?
—Nooo: la demanda siempre va a superar, con mucho, a la oferta —dijo Severo—. Además habría problemas con las madres: siempre se encariñan con la cría, etcétera.
Piadoso preguntó:
—¿Y si fundamos un asilo de huérfanos?
—Tampoco —desaprobó Severo—. Los huérfanos nunca son tantos y además hay mucha vigilancia. No. Imposible. Mucho me temo que nos veremos obligados, nuevamente, a ser doctores en vampirismo.
Y así lo hicieron, los tres, aunque desilusionados y bajo protesta.
Esta fue la manera como, luego de muchas y productivas aventuras, cuatro años más tarde nuestros bienaventurados monstruos llegaron a una aldea de Baviera.
Los aldeanos eran raros, casi no hablaban y estaban poseídos por el temor. Les extrañó mucho que después de vaciar a las primeras chicas nadie viniese a consultarlos. Ni siquiera los padres de vampirizadas ricas.
—Aquí las chicas son muy lindas —comentó Severo—, pero mucho más interesante es el dinero. Si siguen sin pedirnos ayuda, en cuatro días nos vamos.
Esa noche dieron con una víctima lindísima. No parecía una suicida. Más bien semejaba una idiota bien dispuesta. Se desnudó sola, sin necesidad de que le arrancasen la ropa. Solo dijo:
—No me lastimen, por favor.
Transmitía una onda increíblemente erótica.
Empezaron. Pero mientras más se lo hacían, más necesitaban hacérselo.
Mucho más tarde descubrieron que nadie, ningún hombre, puede tener tantas relaciones seguidas con una mujer. Estaban tirados en el piso, sin una gota de energía. No podían moverse. Indefensos por completo.
Ella se les rió en la cara y les dijo:
—Aldeanos supersticiosos, ¿cierto? ¿Saben por qué aquí nadie les pidió ayuda? Porque sabían que iba a ser inútil. Después de todo los felicito: vivieron varios años sacando partido de la leyenda. Pero siempre llega la hora de pagar.
Estaba muy enojada. Que no creyeran y además se burlaran lo tomó como una falta de respeto. «Pecadillos» como zombis y guisos la tenían sin cuidado. No era lo suyo.
Sí. Ella era una «leyenda» con muchos caninos, felinos y molares. Chiste esquizofrénico. En realidad, quisimos señalar su boca dotada de incontables dientes. Hasta un cocodrilo se habría asustado. Con lentitud, casi con delicadeza, los mató a los tres.

(Argentina, 1941)