ESTE BLOG PERJUDICA SERIAMENTE A LA IGNORANCIA

SI QUIEREN GASTAR MENOS EN CÁRCELES, INVIERTAN MÁS EN EDUCACIÓN

martes, 4 de diciembre de 2018

ANDRUETTO, María Teresa: Lo dicen para que oiga


Celia escuchó el chirrido de las gomas, movió la cortina y miró hacia el jardín: su madre acababa de bajar del auto, ella la vio hablar con el jardinero y caminar después hacia la casa, hasta que llegó a la entrada, que estaba justo debajo de la habitación de Celia. 
Un año atrás, en un día de otoño como este, la madre le había dicho: Podrías ayudar en el Instituto... Las Glassen siempre hemos ayudado a la gente. Esa había sido la frase, el comienzo de todo. En la noche, Celia había soñado otra vez con Julia, esta vez tenía puesta una túnica y era más grande de lo que había sido nunca; ella la veía, toda de blanco, parada en el vano de la puerta, contra la luz, pronunciando con lentitud el número cincuenta y tres. Cuando despertó, confundida todavía por el sueño, contó los días que le faltaban para cumplir dieciocho y descubrió azorada que eran exactamente cincuenta y tres. 
De su padre, Celia no recordaba nada. Solo tenía de él dos imágenes: en una estaba sobre sus rodillas, a caballito. En la otra, lo veía -su pequeña mano tomada de la mano de él- sin poder distinguir, en la maraña de recuerdos, hacia dónde iban ni dónde estaban. En ninguna de las dos imágenes aparecía completo: solo la mano, la muñeca con el reloj de pulsera, la tela jaspeada del pantalón. El resto, era un castillo de naipes que Celia había construido con fotos familiares y relatos de las hermanas de su padre. De Julia, en cambio, recordaba todo: cada cosa que habían hecho esa tarde, incluso la pelea de las dos por unos chupetines y después la decisión de escapar hasta las barrancas a juntar higos con los chicos del bajo, sin que la empleada de entonces se enterara. 
La madre se sentó junto a ella y le tomó una mano. Había comprado bulbos de jacintos y de lirios, variedades raras, y estaba contándole aquello a su hija. ¿Cómo era yo cuando era chica?, preguntó Celia. Hermosa, contestó enseguida la madre, pero su voz venía como de lejos, cansada. 
Por más que lo intentara, Celia no podía borrar aquella tarde con su madre, ni aquellos días de ternura que habían venido después, durante el primer tiempo de su trabajo en el Instituto. Ahora, frente a la valija a medio hacer, dobla con cuidado las remeras y los pulóveres. Ha elegido una bolsita de tela que era de Julia para guardar el dinero, unos ahorros que tiene, eso alcanzará para las cosas que necesita el niño; ella haría cualquier cosa por el niño. 
Celia está segura de lo que dirá su madre cuando sepa adónde va, hablará de ella como habla de las cuñadas, pero eso ya no le importa; al fin y al cabo ella no es Glassen, es Rodríguez. Pone en la valija la manta de vicuña que era de su padre, es tan liviana que puede apretarse en un puño; con ella abrigará al niño cuando nazca. Y también guarda un reloj despertador. Y fotos: una en la que su padre está subido a un árbol, con pantalones pata de elefante y pelo largo, un pelo como el que ahora tiene ella. La ha mirado muchas veces, pero por primera vez descubre el parecido. Lleva también las fotos de Julia, todas las que encuentra, a excepción de la que está en el living, esa donde tiene puesto un sombrerito de paja y en las manos un cesto con manzanas. Se la tomó una tarde en el campo un amigo de la madre, uno de esos amigos que aparecían en sus vidas, el mismo que sacó esta otra foto que ahora se lleva, donde están Julia y ella a medio cuerpo, con vestiditos floreados de piqué, como si fueran mellizas. 
Cierra la valija y se viste: un pantalón y una camisa de bambula clara que vuelve más evidente el embarazo. Después se ata las sandalias que Tevo le regaló, él se las hizo con sus propias manos, unas sandalias como las que vendía cuando estaba en Perú. Celia recuerda que una vez, la primera vez que se besaron, ella le preguntó ¿Cómo fue que te contagiaste? Y él dijo: No sé, me daba un piquete, a veces... cuando estaba aburrido... 
Celia se puso perfume y se cepilló el pelo, pero no guardó en la valija ni el perfume, ni el cepillo de cerdas finas que fue de su abuela. De los Glassen no se llevará nada; solo esa foto de su padre y las cosas de Julia. También el osito de peluche. Se lo regalaron la Navidad que siguió a la muerte de Julia y ella lo descosió y guardó ahí cartas que le escribía a su hermana, por las noches, cuando estaba sola; hasta que se puso grande las guardó. Es un secreto que no le ha dicho a nadie, ni siquiera a Tevo. 
Puso en arreglarse el mismo cuidado que otras pondrían para una boda. Cuando bajó al comedor, vio a su madre recostada, leyendo en el sofá. Colocó las llaves de la casa sobre la mesita del living y entonces escuchó: ¿Querés que te pida un taxi? Celia no contestó. Podés volver a casa, cuando dejés de cometer locuras, insistió la madre. 
El sendero bajaba entre las matas de azaleas, hacia la calle. Era un bonito jardín, y eso —tuvo que reconocerlo— era un mérito de su madre. En la vereda, jugaban los hijos de los vecinos. Ella le acarició a uno de ellos la cabeza, el chico se llamaba Ariel y Celia le había tomado cariño. A veces, por las tardes, cuando estaba aburrida, salía hasta la verja y lo llamaba, y él le contaba las aventuras de un gato extravagante. Esta vez, la empleada lo llamó a gritos, pero Ariel siguió hablando de ese gato extraño que se llamaba Simonbulá, hasta que la empleada lo amenazó con avisarle a su padre y entonces sí, el niño salió corriendo hacia su casa. 
Celia no tomará un taxi, se dejará ver. Después, por la mañana, la gente comentará que se ha ido con uno de los chicos del Instituto, y todo eso le llegará pronto a la madre. 
La gente del barrio habla a su paso, cuchichean; esas cosas no suceden solo en los pueblos, como piensan sus tías Rodríguez que jamás han salido de Colazo. También es así en las ciudades, ella lo sabe. Mientras barren las veredas o pasean a los niños, las empleadas cuchichean. Celia oye, lo dicen para que oiga, y luego hablan en la casa, les cuentan a sus patronas. 
Después, a medida que se aleja de su madre y de su casa, pierde importancia que la hija de Martha Glassen se vaya con un muchacho del Instituto y entonces sí, ella toma un taxi hasta la terminal. 

(Argentina, 1954)

sábado, 1 de diciembre de 2018

BASCH, Adela: Vivir en calle Conesa



PERSONAJES 

Cliente 
Empleado 

(La escena transcurre en el interior de una oficina. Hay un empleado sentado atrás de un escritorio y en las paredes se ven fotografías de edificios de departamentos y casas. Entra un cliente.) 

EMPLEADO: Buenos días, señor. 
CLIENTE: Buenos días. Quisiera comprar una casa. 
EMPLEADO: Muy bien. (Toma una carpeta) ¿Qué clase de casa? ¿Le interesa una casa de dos plantas? 
CLIENTE: ¿Una casa de dos plantas? No sé, a mí me gustan mucho las plantas, me encanta el verde, así que pensaba tener unas cuantas. Seguro más de dos. 
EMPLEADO: No, señor, yo me refería a una casa con una planta baja y una planta alta. 
CLIENTE: ¿Una casa con solo dos plantas, una baja y otra alta? No, no, no, yo quiero tener plantas de muchas clases, grandes, chicas, altas, medianas, y si es posible que algunas tengan flores. 
EMPLEADO: Señor, yo le estaba ofreciendo una casa con una planta baja y un piso. 
CLIENTE: ¿Cómo? Hace un momento me dijo que era una casa de dos plantas, y ahora me dice que tiene una planta baja y un piso. Que tenga un piso está bien, porque con uno para pisar me alcanza. Pero no quiero una casa con una sola planta y encima, baja. Ya le dije que me gustan mucho las plantas. 
EMPLEADO: (Un poco nervioso) Está bien, está bien, usted puede tener todas las plantas que quiera. (Hojea la carpeta) Le voy a buscar una casa, una casa muy amplia, con mucho espacio para plantas. 
CLIENTE: Además, me gustaría una casa en un lugar tranquilo. 
EMPLEADO: Muy bien, voy a buscar una casa que no tenga nada de ruido. 
CLIENTE: Por supuesto, ¡cómo voy a querer ir a un lugar derruido! 
EMPLEADO: Señor, dije una casa que no tenga nada de ruido. 
CLIENTE: Pero claro, ¿usted cree que voy a ir a vivir a una pocilga, a un lugar derruido? 
EMPLEADO: No, no, de ninguna manera. Le voy a ofrecer una casa tranquila, en una calle sin nada de... en una calle sin ruido y que no tenga nada derruido, que esté en perfectas condiciones. 
CLIENTE: Eso es. Y que esté bien ubicada. Para mí es muy importante que la ubicación sea buena. 
EMPLEADO: ¿Le gustaría vivir en la calle Conesa? 
CLIENTE: ¿En la calle con esa? 
EMPLEADO: Sí, Conesa. 
CLIENTE: ¿Con esa? 
EMPLEADO: Sí, dije Conesa. 
CLIENTE: Pero, ¿se puede saber con quién? (Mira hacia todos lados como buscando a alguien) ¿Quién es esa? ¿De qué me está hablando? 
EMPLEADO: Señor, le estoy hablando de vivir en la calle Conesa. 
CLIENTE: (Gritando) ¡Mire, yo no quiero vivir en la calle! ¡Justamente por eso vengo a comprar una casa! ¡Y tampoco quiero vivir con esa, que ni sé quién es! 
EMPLEADO: Bueno, bueno, cálmese, por favor. Si no quiere vivir en la calle Conesa le puedo ofrecer otra cosa. 
CLIENTE: Sí, sí, mejor ofrézcame otra cosa. 
EMPLEADO: (Hojeando la carpeta) Bueno, acá tengo algo interesante. 
CLIENTE: ¿En qué calle queda? 
EMPLEADO: Callao. 
CLIENTE: ¿Qué dice? 
EMPLEADO: Callao. 
CLIENTE: ¿Qué? 
EMPLEADO: ¡Callao, señor! ¡Callao! 
CLIENTE: ¡De ninguna manera, no me callo nada! ¡Esto es el colmo! Vengo a comprar una casa, primero me quiere vender una donde solo puedo tener dos plantas, después me quiere mandar a vivir a la calle con esa que ni sé quién es y ahora me dice que me calle. Mire, señor, mejor me voy de acá. (Gritando) ¡Y si usted cree que me puede interesar vivir en la calle con esa, le aconsejo que se haga revisar la cabeza! 

TELÓN 

(Argentina, 1946)


viernes, 30 de noviembre de 2018

BENEDETTI, Mario: Un mundo de paciencia y asco


¿Qué puede decir un poeta de más de ochenta años a la gente joven, que no lo haya dicho ya? Poco. Solo contarles qué satisfecho y bien me siento, cuando octogenario, veo que mis valores de toda la vida siguen vivos, presentes, que nunca tuve la tentación de renunciar a ellos, y que los sigo sosteniendo, y que toda la vida pude arreglármelas con tan poco, y estar tan contento.
Que a pesar de haber vivido bombardeado por la misma publicidad que a todos nos dice que lo importante es el consumo, que lo que importa es generar riqueza (monetaria), y que la globalización y el libre mercado son el único camino que nos queda por delante, sigo pensando que nada de esto es cierto. Que el Che Guevara fue un proyecto de cambio y no solo una camiseta, que el fútbol era un hermoso deporte muchísimo antes de ser un gran negocio, y que no todos en el mundo son de derechas.
Decirles que Lilian Hellman, la notable escritora norteamericana, cuando se rescató a sí misma de la pesadilla del macartismo, escribió: “El liberalismo perdió para mí su credibilidad. Creo que lo he sustituido por algo más privado, algo que suelo llamar, a falta de un término más preciso, decencia”.
Si los responsables del mundo son todos venerablemente adultos, y el mundo está como está, ¿no será que debemos prestar más atención a los jóvenes?
Si los extraordinarios beneficios de tanta multinacional (por cierto, sin excluir a las españolas) se obtuvieron gracias o junto a la corrupción, el aumento del hambre y la caída de empleo en Latinoamérica, ¿no es momento de pensar que este mundo de libre mercado, globalización y guerras que son solo pantallas para grandes negocios no atraviesa su mejor momento?
Soy un poeta viejo y un viejo poeta, que en lugar de pensar –como muchos de los de mi generación– que los viejos somos sabios, me pregunto, cada día que pasa, si el mundo no estará así porque no les dejamos lugar a los jóvenes.

Madrid, 14 de setiembre de 2003 (el día de mi 83er. cumpleaños)

(Uruguay, 1920/2009)


jueves, 29 de noviembre de 2018

ARLT, Roberto: La tragedia del hombre que busca empleo


La persona que tenga la saludable costumbre de levantarse temprano y salir en tranvía a trabajar o a tomar fresco, habrá a veces observado el siguiente fenómeno:
Una puerta de casa comercial con la cortina metálica medio corrida. Frente a la cortina metálica, y ocupando la vereda y parte de la calle, hay un racimo de gente. La muchedumbre es variada en aspecto. Hay pequeños y grandes, sanos y lisiados. Todos tienen un diario en la mano y conversan animadamente entre sí. Lo primero que se le ocurre al viajante inexperto es de que allí ha ocurrido un crimen trascendental y siente tentaciones de ir a engrosar el número de aparentes curiosos que hacen cola frente a la cortina metálica, mas a poco de reflexionarlo se da cuenta de que el grupo está constituido por gente que busca empleo y que ha acudido al llamado de un aviso. Y si es observador y se detiene en la esquina podrá apreciar este conmovedor espectáculo.
Del interior de la casa semiblindada salen cada diez minutos individuos que tienen el aspecto de haber sufrido una decepción, pues irónicamente miran a todos los que les rodean, y contestando rabiosa y sintéticamente a las preguntas que les hacen, se alejan rumiando desconsuelo. Esto no hace desmayar a los que quedan, pues, como si lo ocurrido fuera un aliciente, comienzan a empujarse contra la cortina metálica, y a darse de puñetazos y pisotones para ver quién entra primero. De pronto el más ágil o el más fuerte se escurre adentro y el resto queda mirando la cortina, hasta que aparece en escena un viejo empleado de la casa que dice:
—Pueden irse, ya hemos tomado empleado.
Esta incitación no convence a los presentes, que estirando el cogote sobre el hombro de su compañero comienzan a desaforar desvergüenzas y a amenazar con romper los vidrios del comercio. Entonces, para enfriar los ánimos, por lo general un robusto portero sale con un cubo de agua o armado de una escoba y empieza a dispersar a los amotinados. Esto no es exageración. Ya muchas veces se han hecho denuncias semejantes en las seccionales sobre este procedimiento expeditivo de los patrones que buscan empleados.
Los patrones arguyen que ellos en el aviso pidieron expresamente “un muchacho de dieciséis años para hacer trabajos de escritorio”, y que en vez de presentarse candidatos de esa edad, lo hacen personas de treinta años, y hasta cojos y jorobados. Y ello es en parte cierto. En Buenos Aires, “el hombre que busca empleo” ha venido a constituir un tipo sui generis. Puede decirse que este hombre tiene el empleo de “ser hombre que busca trabajo”.
El hombre que busca trabajo es frecuentemente un individuo que oscila entre los dieciocho y veinticuatro años. No ha aprendido nada. No conoce ningún oficio. Y un buen día, día lejano, si alguna vez llega, él, el profesional de la busca de empleo, se “ubica”. Se ubica con el sueldo mínimo, pero qué le importa. Ahora podrá tener esperanzas de jubilarse. Y desde ese día, calafateado en su rincón administrativo espera la vejez con la paciencia de una rémora.
Lo trágico es la búsqueda del empleo en casas comerciales. La oferta ha llegado a ser tan extraordinaria, que un comerciante de nuestra amistad nos decía:
—Uno no sabe con qué empleado quedarse. Vienen con certificados. Son inmejorables. Comienza entonces el interrogatorio:
—¿Sabe usted escribir a máquina?
—Sí, ciento cincuenta palabras por minuto.
—¿Sabe usted taquigrafía?
—Sí, hace diez años.
—¿Sabe usted contabilidad?
—Soy contador público.
—¿Sabe usted inglés?
—Y también francés.
—¿Puede ofrecer una garantía?
—Hasta diez mil pesos de las siguientes firmas.
—¿Cuánto quiere ganar?
—Lo que ustedes acostumbran pagar.
—Y el sueldo que se les paga a esta gente —nos decía el aludido comerciante— no es nunca superior a ciento cincuenta pesos. Doscientos pesos los gana un empleado con antigüedad… y trescientos… trescientos es lo mítico. Y ello se debe a la oferta. Hay farmacéuticos que ganan ciento ochenta pesos y trabajan ocho horas diarias, hay abogados que son escribientes de procuradores, procuradores que les pagan doscientos pesos mensuales, ingenieros que no saben qué cosa hacer con el título, doctores en química que envasan muestras de importantes droguerías. Parece mentira y es cierto.
La interminable lista de “empleados ofrecidos” que se lee por las mañanas en los diarios es la mejor prueba de la trágica situación por la que pasan millares y millares de personas en nuestra ciudad. Y se pasan estas los años buscando trabajo, gastan casi capitales en tranvías y estampillas ofreciéndose, y nada… la ciudad está congestionada de empleados. Y sin embargo, afuera está la llanura, están los campos, pero la gente no quiere salir afuera. Y es claro, termina tanto por acostumbrarse a la falta de empleo que viene a constituir un gremio, el gremio de los desocupados. Solo les falta personería jurídica para llegar a constituir una de las tantas sociedades originales y exóticas de las que hablará la historia del futuro.

De “Aguafuertes porteñas”, 1933

(Argentina, 1900/1942)

jueves, 22 de noviembre de 2018

QUIROGA, Horacio: Síntesis cronológica de una vida y un destino trágicos


1878 - Nace en la ciudad de Salto (República Oriental del Uruguay) el día 31 de diciembre, día de San Silvestre, por lo que su nombre completo fue HORACIO SILVESTRE QUIROGA.
Su padre se llamó Prudencio Quiroga, descendiente de Facundo Quiroga. Su madre, Juana Petrona Fortaleza. De dicho matrimonio nacieron cuatro hijos: Pastora, María, Juan Prudencio y Horacio Silvestre, el futuro escritor.

1879 - Cuando Horacio aún no tenía un año —apenas dos meses, según algunos biógrafos—, su padre muere accidentalmente al disparársele un arma cuando desembarcaba de una canoa, de regreso de una excursión de caza, delante de su esposa que lo recibía con Horacio en brazos. La familia se traslada a Córdoba (Argentina).

1883 - La familia regresa a Salto (Uruguay).

1891 - Su madre contrae matrimonio en segundas nupcias con un argentino, Ascencio Barcos. Se trasladan ahora a Montevideo y regresan a Salto en 1893.

1896 - Su padrastro, que había quedado inválido a raíz de un derrame cerebral, se ingenió para dispararse un tiro de escopeta accionando el gatillo con los dedos del único pie hábil, a la vista de Horacio, que era un adolescente y estaba encargado de su vigilancia.

1898 - Conoce en Salto, en época de carnaval, a María Esther Surkonsky, su primer amor. La familia de ella, para separarla de Horacio, la envía a Buenos Aires. 1901 - La muerte volvió a danzar a su alrededor al llevarse a sus hermanos Prudencio y Pastora, quienes nunca se recuperaron de la fiebre tifoidea en el Chaco.

1902 - Quiroga mata accidentalmente a su íntimo amigo, el escritor Federico Ferrando, en oportunidad de estar examinando un arma cargada en la casa del propio Ferrando, y con la cual este tendría que batirse a duelo contra un periodista que lo había ofendido a través de un artículo publicado en un diario local. Quiroga va a la cárcel por unos días y, comprobado el accidente, obtiene su libertad. Pero ya nada será igual en su vida. A partir de ese momento fatal una "leyenda negra" irá envolviendo la figura de Quiroga, leyenda de la que nunca pudo liberarse. Abrumado por la culpa inocente de ese asesinato, corre a refugiarse a los brazos de su hermana María, que vive casada en Buenos Aires. Abandona el Uruguay para siempre, aunque todavía él no lo sabe.

1903 - Obtiene la ciudadanía argentina. En este año el escritor Leopoldo Lugones organiza un viaje de estudios —encomendado por el gobierno nacional— a las ruinas jesuíticas de San Ignacio e incorpora a Horacio Quiroga como fotógrafo. Este primer viaje a Misiones dejaría una profunda huella en su personalidad y en su literatura: la vida selvática comenzaba a seducirlo.

1904 - Viaja al Chaco a plantar algodón y fracasa económicamente, como ha de fracasar en sus sucesivos emprendimientos como empresario: cultivo de yerba mate, destilación de naranjas, producción de carbón y de alcohol etílico, fabricación de dulce de yateí, de tintura de lapacho, de máquinas para matar hormigas, etc.

1906 - Dicta cursos de Castellano y Literatura, oportunidad en que conoce a Ana María Cirés, alumna suya, con quien se casaría tres años después. Este año adquiere tierras en San Ignacio, Misiones.

1908 - Se enamora de Ana María Cirés y los padres de su alumna se oponen al noviazgo. Comienza a preparar personalmente su "bungalow" en San Ignacio.

1909 - Se casa con Ana María Cirés a los 31 años y viajan a Misiones, donde se radican.

1911 - El 29 de enero nace su primera hija, Eglé, en el bungalow de San Ignacio por parto natural, por propia decisión de Quiroga, quien ofició de partero, ya que no permitió ningún tipo de asistencia médica. Renuncia al cargo de profesor y se dedica a la plantación de yerba mate. Es nombrado Juez de Paz, con oficinas en su propia casa, que también funcionaba como Registro Civil. Se dice que anotaba los datos de nacimientos y defunciones en pedazos de papel que guardaba, prolijamente, en una caja de galletitas.

1912 - El 15 de enero nace su segundo hijo, Darío, pero esta vez ocurre en Buenos Aires.

1915 - El 14 de diciembre, su esposa Ana María se suicida luego de una terrible pelea con su esposo, ingiriendo sublimado de mercurio. Fue una muerte lenta y dolorosa. Deja a Quiroga con dos hijos de 3 y 4 años, respectivamente, y se vuelve con ellos a Buenos Aires. Nuevamente esa horrible culpa inocente que sintió por la muerte de su amigo Ferrando lo hace sentir ahora el responsable de la muerte de su mujer. Es la época en que escribe uno de sus libros más trágicos: Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917).

1925 - Vuelve a Misiones adonde se dedica a escribir y a realizar tareas rurales. Conoce a Ana María Palacios, de quien se enamora, pero como en el caso de su primera mujer, no es aceptado por la familia de la joven.

1927 - Se casa con María Elena Bravo, compañera de su hija Eglé, y a quien superaba en ventiocho años.

1928 - Nace María Elena, hija de su segundo matrimonio y la llaman "Pitoca".

1933 - Quiroga, que había vuelto a ser ciudadano uruguayo pero con residencia en Argentina con un cargo de Cónsul, queda cesante a raíz de un golpe de estado ocurrido en Uruguay. Sus amigos le procuran una jubilación y lo hacen nombrar Cónsul Honorario de San Ignacio.

1935 - Aparecen los primeros síntomas de su enfermedad.

1936 - Su esposa y sus hijos abandonan Misiones. Quiroga viaja a Buenos Aires para hacerse atender en el Hospital de Clínicas debido a una afección urinaria que sufría desde tiempo atrás: el dolor comenzaba a hacerse intolerable. Permaneció allí cinco meses.

1937 - Quiroga comienza a sospechar y confirma sus sospechas por boca de uno de los médicos que le dice la verdad: sufría cáncer. Luego de hacer unas visitas a algunos amigos, pasó por una farmacia y compró cianuro; regresó al Hospital e ingirió una dosis, poniendo así fin a su vida el 19 de febrero. Posteriormente, los dos hijos de su primer matrimonio, Eglé y Darío, y “Pitoca”, hija de su segundo matrimonio, corrieron la misma suerte que su padre.

martes, 30 de octubre de 2018

DAUDET, Alphonse: El hombre del cerebro de oro


A la dama que me pide cuentos alegres 

Al leer su carta, señora, me ha asaltado algo así como un remordimiento. Me he recriminado el color pesimista de mis cuentos y me he comprometido a enviarle algo alegre, profundamente alegre. 

¿Por qué habría de estar triste, después de todo? Vivo a mil leguas de las nieblas parisinas, sobre una colina luminosa, en la región de los tamboriles y del vino moscatel. A mi alrededor todo es sol y música; tengo orquestas de aguzanieves, orfeones de abejarucos, por la mañana los chorlitos que hacen ¡chorolí, chorolí!; a mediodía las chicharras, luego los zagales tocando la zampoña y las guapas mozas morenas a las que se les oye reír en los viñedos… En verdad, el lugar está mal elegido para tejer fantasías tenebrosas; yo debería, más bien, enviar a las damas poemas color de rosa y cestas llenas de cuentos galantes… 

¡Pues bien, no! Todavía estoy demasiado cerca de París. A diario llegan hasta mis pinos las salpicaduras de sus tristezas… En este momento en el que escribo, acabo de saber que el pobre Charles Barbara ha muerto en la miseria; por lo cual mi molino se ha vuelto de luto riguroso. ¡Adiós a los chorlitos y a las chicharras! Ya no tengo ánimos para contar cosas alegres. Por esa causa, señora, en lugar del lindo cuento festivo que había decidido escribir para usted, no leerá hoy sino una leyenda melancólica. 


* * * 



Había una vez un hombre que tenía el cerebro de oro; sí, señora, un cerebro completamente de oro. Cuando vino al mundo, los médicos pensaron que aquel niño no podría vivir, tan pesada era su cabeza y tan desmesurado su cráneo. Sin embargo, vivió y creció al sol como un hermoso retoño de olivo; solo que su gruesa cabeza le arrastraba siempre, y daba pena verlo tropezar con los muebles al andar… A menudo se caía. Un día rodó desde lo alto de una escalinata y vino a dar con la frente en un peldaño de mármol, donde su cráneo resonó como un lingote. Le creyeron muerto; pero, al levantarlo, solo le encontraron una leve herida con dos o tres gotitas de oro cuajadas entre sus cabellos rubios. Fue así como los padres supieron que tenía un cerebro de oro. 
No lo divulgaron; ni siquiera el niño sospechó nada. De vez en cuando este preguntaba por qué ya no le permitían correr y jugar fuera de casa con los demás niños. 

—¡Podrían robarte, mi tesoro! —decía la madre. 
Entonces el chiquillo sentía miedo de que lo raptaran y se ponía a jugar solo, sin decir palabra, vagando pesadamente de una habitación a otra. 
Solo al cumplir los dieciocho años le revelaron sus padres el don monstruoso que debía al destino; y como lo habían alimentado y educado desde que nació, le pidieron, en compensación, una parte de su oro. El chico no vaciló: en el acto —¿cómo?, ¿por qué medios?, la leyenda no lo dice— se arrancó del cráneo un buen trozo de oro macizo y lo depositó en el regazo de su madre… 
Luego, deslumbrado por los caudales que llevaba en la cabeza, abandonó la casa paterna y se fue por el mundo dilapidando su tesoro. A juzgar por el modo de vivir a lo grande, regiamente y derrochando el oro sin contarlo, habríase dicho que aquella sesera era inagotable… Pero se iba agotando y, poco a poco, su mirada se fue apagando y sus mejillas se demacraron. Un día, la mañana siguiente de una fiesta desenfrenada, el desgraciado, que se había quedado solo entre los restos del festín, se espantó al ver el enorme trozo que le faltaba a su lingote; por lo que pensó que debía detener su despilfarro. 
A partir de entonces su existencia cambió. Se retiró y empezó a vivir del trabajo de sus manos, atemorizado y receloso como un avaro, huyendo de las tentaciones, procurando olvidar las fatales riquezas a las que no quería tocar… Por desdicha, un amigo le había seguido en su soledad y este amigo conocía su secreto. Una noche, el desventurado fue despertado súbitamente por un intenso dolor de cabeza; se incorporó desatinado, y vio a la luz de la luna a su amigo que escapaba ocultando algo bajo su capa… ¡Un trozo más de sesera que le quitaban! 
Poco después se enamoró, y esta vez se acabó todo. Amaba a una mujercita rubia, que también lo amaba, pero que amaba más aún las plumas, los lazos, los pompones, los bordados y pasamanerías. Entre las manos de aquella gentil criatura —mitad pájaro, mitad muñeca— las monedas de oro se fundían sin sentir. Era caprichosa a más no poder; y él no sabía decir no. Por no contrariarla llegó incluso a ocultarle el origen de su fortuna. 
—¿Así que somos muy ricos? —decía ella. 
El pobre hombre respondía: 
—¡Oh, sí!… ¡Muy ricos! —Y sonreía con amor al pajarito azul que, inocentemente, le iba devorando el cráneo. 
Pese a todo, a veces le entraba miedo y le daban ganas de volverse avaro, pero entonces llegaba su mujercita mimosa y le rogaba: 
—Cariño, tú que eres tan rico… ¡Cómprame algo que sea muy caro! 
Y él le compraba algo muy caro. Así pasaron dos años, hasta que una mañana la mujercita, sin saber por qué, se murió como un pajarito… El tesoro tocaba a su fin, pero con lo que le quedaba, el viudo encargó un hermoso entierro para su amada muerta. Campanas al vuelo, carroza tapizada de negro, caballos empenachados, lágrimas de plata sobre el terciopelo, nada le pareció demasiado suntuoso. Ahora ya ¿qué le importaba su oro? Lo prodigó: le dio a la iglesia, a los sepultureros, a las vendedoras de siemprevivas; por todas partes lo repartió sin regatear… Por eso, al salir del cementerio ya no la quedaba casi nada de su maravillosa sesera; tan solo unos trocitos pegados a las paredes del cráneo. 
Entonces lo vieron irse por las calles con aspecto extraviado y las manos por delante, tropezando como un beodo. Al anochecer, a la hora en que se encienden los bazares, se detuvo ante un amplio escaparate en el que todo un amasijo de lujosas telas y pedrerías espejeaba bajo las lámparas; y permaneció allí un buen rato contemplando un par de chinelas de raso azul con ribetes de plumas de cisne. «Sé de alguien a quien estos escarpines le darán una gran alegría», se decía sonriendo; y, sin recordar que su esposa estaba muerta, entró para comprarlos. Desde el fondo de la trastienda la tendera oyó un grito agudo; acudió y retrocedió espantada al ver al hombre de pie, recostado sobre el mostrador, mirándola angustiosamente. Tenía en una mano los escarpines y en la otra, ensangrentada, unas cuantas partículas de oro en las uñas. 

* * * 
Pese a su aspecto de cuento fantástico, esta leyenda es cierta por los cuatro costados… Hay en el mundo personas condenadas a vivir de su cerebro, y pagan con oro de ley, con su médula y su propia sustancia, las más ínfimas cosas de la existencia. Cada día es para ellos un sufrimiento, y luego, cuando están hartas de sufrir… 


(Francia, 1840/1897)


lunes, 15 de octubre de 2018

LÓPEZ, Julián: Las palabras hacen cosas


Mi mamá trabaja cama adentro, mi papá es albañil, como mi abuelo, mi papá está en Marcos Paz, mi mamá, mi papá y mis tíos trabajan en el taller y hacen pantalones, mi papá vende en un kiosco, mi papá tiene la verdulería, mi papá está en la Bonaerense, mi mamá es enfermera, mi mamá está en la biblioteca pero no sé lo que hace. 
Y entonces le tocó a Jonás y Jonás habló y yo no sé qué fue lo que pasó. Yo no sé si las palabras hacen cosas, o si también son como una cornisa alta que te da vértigo, o como un golpe sin querer en la panza que te corta la respiración. Yo no sé lo que pasó pero Jonás habló y dijo: Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso. 
La cara se le había puesto rara, no como la cara de cuando le decimos que parece un enano ni como la cara de cuando quiere cantar y la sale la voz finita y todos nos reímos y a él le parece que se le metieran los dientes para adentro y los ojos se le ponen furiosos. A Jonás le tocaba hablar y Jonás habló así, raro, como con una tranquilidad que nadie le conocía. Yo no sé lo que pasó ese día pero ese día algo pasó y lo que me pregunto es si alguien se dio cuenta, si alguien sabe cuándo las cosas pasan, si hay cosas que pasan igual aunque uno no se dé cuenta, o a uno no le importe, o uno no sepa, o las palabras a uno se le vayan lejos. 
Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso, dijo Jonás y a mí me empezó a temblar debajo del ojo y me parece que me perdí adentro mío y que no me puedo acordar qué fue lo que siguió, ni qué hizo la señorita, ni si todos hablaron o si alguien se puso a decir algo o a llorar. 
Mi mamá cartonea, mi mamá trabaja por horas, mi papá hace changas y corta el pasto en las casas de El Jagüel, mi mamá anda sin trabajo. Y entonces le tocó a Jonás y Jonás habló y yo no sé qué fue lo que pasó, si esas palabras que dijo hicieron algo, no sé. 
Y me acordé de cuando mi papá se saca la remera y anda así por la casilla, todo suelto, raro también y tranquilo y se sienta en la ventana y se toma la botella de cerveza y a mí me parece que no lo conozco y él se pone a decir cosas en un idioma que no entiendo y habla solo y después me dice que tengo un montón de primos allá y uno de dieciocho y que allá está mi abuela y que un día vamos a viajar y vamos a conocernos todos y que él se va a traer a su mamá para que viva con nosotros en la casilla, que son muchos hermanos y que está bien pero que ellos la tienen siempre y que él la extraña y se la quiere traer acá, para que viva con nosotros, y esté sentada en el pasillo y hable con las vecinas y vea cómo es acá, cómo se vive, que hay muy pocas papas y muy poco maíz y muy poco gusto y que después de los pasillos está el asfalto y están los colectivos. 
Pero a mí desde ese día en la escuela adentro de la cabeza me quedó Jonás, tranquilo y hablando, y también me quedó la cara de su mamá con esa sonrisa y que una vez nos fuimos a su casa y comimos tortillas calentitas con el mate cocido y ella estaba en la cocina con unas amigas y hablaban y le daban a la bombilla y a la pava le daban y nos hacían chistes y amasaban más tortillas y se reían fuerte. 
Qué fue lo que pasó ese día. Todos contábamos y había ruido, mientras hablábamos había ruido y todo era normal, como son los días en la escuela, aburridos y divertidos y todo a la vez y como cuando una de nosotras llora o hay otra que se está riendo por una cosa y otro que se duerme y otra que se come un pan que se guardó sin que nadie la vea. Ese día había ruido normal y todos hablábamos porque la señorita nos había dicho que teníamos que decir de qué trabajaban nuestros padres y cada uno contaba un poco lo que sabía, o decía en el supermercado y listo, o en la fábrica y listo, o de seguridad y listo. 
Pero Jonás habló y dijo: Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso. Y nadie dijo nada porque algo pasó, no sé qué fue y no sé si fue esa manera tan tranquila de Jonás o la sonrisa de su mamá que también se me quedó adentro, o esa vez en la casa, no sé. 
Pero yo me quedé ahí sin ganas de decir nada porque me parece que adentro mío se estaban haciendo otras palabras, unas palabras nuevas que todavía no estaban en el mundo y que yo ni conocía y que se me empezaban a hacer en la panza y en la cabeza como un murmullo que crece y que a mí me daban ganas de llorar y de reírme.

(Bs. As., 1965)


viernes, 5 de octubre de 2018

GARLAND, Inés: La zorra de la calle


En esa época no había tanta gente en la calle. No se le había ganado terreno al río y se podía bajar hasta la costa, caminar entre las casas cerca de la orilla, saludar a los ribereños. No era peligroso. Los Aranguren les habían soltado la correa a los hijos mayores hacía algunos años, pero no habían tenido la necesidad de estarles detrás para saber adónde iban o qué hacían a la tarde cuando volvían del colegio. Esos hijos ya estaban en la facultad. Lorenzo era el cuarto de nueve hermanos y acababa de cumplir catorce años. Volvía a la casa en tren desde los ocho porque nadie tenía tiempo ni ganas de buscarlo a la salida del colegio, y habría sido peor que se quedara esperando tardes enteras en las escaleras porque sus hermanos se olvidaban de él. A él le gustaba volver en tren. A veces, en los primeros años, se quedaba dormido y se despertaba en la estación de Tigre, pero también eso había dejado de importarle. Se acostumbraba a todo. Le gustaba mirar a la gente, les inventaba historias, se imaginaba que les hablaba, que las mujeres lo dejaban sentarse cerca de ellas o hasta le pasaban un brazo sobre el hombro, como si lo conocieran. 

La mujer de la esquina de la estación era fea. Una mujer como una maza, con piernas fuertes y espalda ancha, sin cintura. Estaba parada siempre ahí, a tres cuadras de la casa de los Aranguren, en la calle por donde pasaba Lorenzo cuando volvía del colegio. 
La primera vez que la vio, no la saludó. Algo en la mirada de ella lo obligó a bajar los ojos, y casi sin pensarlo cruzó la calle. Le pareció que ella lo seguía con la vista, y dio vuelta en la primera esquina, tomando un camino que no le convenía, solo para quitarse de encima la sensación de que lo seguía mirando. 
Pero también a ella se acostumbró. Él terminó por saludarla, primero con la mano, desde la vereda de enfrente, y un día no cruzó y se acercó y se quedó parado ahí, sin saber qué hacer, sonriéndole. 
—Es un lindo nombre Lorenzo —es lo único que se iba a acordar de lo que le dijo ella la primera vez que hablaron. 
Algo más le debe haber dicho porque terminaron en una casa vieja con muchos cuartos y olor a lavandina y a perfume muy dulce; una casa húmeda, cerca del río, con las persianas siempre cerradas. 
Se imagina que ya esa primera vez le pagó. 
Los recuerdos solo se ordenan para poder contarlos. La mujer se llamaba Sheila. Nunca la llegó a ver hermosa, eso sería demasiado. Pero le gustaba acariciarla, sobre todo en esos primeros tiempos, cuando él acababa muy pronto y le sobraba turno. La piel de Sheila era fresca y tirante, y muy suave. Y a veces, cuando el día del colegio había sido difícil o había tenido deportes, se quedaba dormido, y ella se sentaba en la cama, a su lado, pintándose las uñas o mirando la pared en silencio. Cuando él se despertaba y la encontraba en la penumbra, tan callada y cercana, la veía casi hermosa. Aunque no, no era eso, era otra cosa, algo que sentía en el pecho, uno nudo que se desataba. 
—A las lindas las tenés que tratar como si fueran feas. Los hombres creen que las lindas no les van a dar pelota. A algunos eso les da rabia y se hacen los interesantes o las tratan mal. Los otros se babean. ¿Vos conocés el dicho? ¿”La suerte de la fea, la linda la desea”? Las lindas no quieren que las trates distinto. La pasan mal. Vos a Macarena te le acercás así como te acercaste a mí. La saludás, le hablás normal. La mirás con esos ojitos que tenés, y cuando puedas le das un beso. 
Lo hacía sonar fácil. También le ensañaba otras cosas, del cuerpo de las mujeres, o del suyo. Eso no era hablando. Era metiéndose en unos lugares donde él se perdía. Al principio se asustó. Estaba seguro de que su madre se iba a dar cuenta. O sus hermanas mayores. Era imposible que no lo vieran. Él mismo se lo veía en el espejo de su casa. No podría haber dicho exactamente qué era, pero hasta la voz le había cambiado, la forma de moverse. Él lo sentía, sentía su cuerpo, las maneras de su cuerpo. Todo el tiempo. En el viaje en tren apenas podía disimular lo que le pasaba. Se tapaba con la valija, asustado de que las otras mujeres pensaran que era un degenerado. Sheila estaba ahí todas las tardes. 
Los ahorros se le acabaron pronto. Sheila le fio. Pero una semana o dos más tarde, un jueves, no estaba en la vereda esperándolo. Él pensó en volver a su casa, ya la veía al día siguiente. Pero con cada cuadra que lo alejaba de la casa de las persianas cerradas, la idea de entrar en la suya, pre prepararse algo de comer y empezar a dar vueltas, porque qué otra cosa iba a hacer con el nudo que tenía en el estómago, y en la garganta, jugaría a la pelota en el jardín, se pondría a lijar el portón, saldría a caminar por el río, no, se desarmaba. Se estaba desarmando. 
Llegó corriendo a la casa de las persianas cerradas y otra de las chicas lo dejó entrar. 
—Sheila está ocupada —dijo. 
Podía esperarla. Podía esperarla sentado. Pero cuando la chica se fue, él quiso pararse en el pasillo frente a la puerta. Era amarilla la puerta. Él nunca había visto que la puerta fuera amarilla. 
Tenía hambre. Los gruñidos de su estómago parecían magnificarse en la oscuridad del pasillo. Se escuchaban voces detrás de las puertas, pasos, crujidos. Se fue tranquilizando porque sabía que Sheila iba a abrir la puerta y lo iba a tomar de la mano y lo iba a llevar a la cama. A lo mejor le fiaba dos turnos. 
La puerta se abrió. El hombre que salía se dio vuelta para mirar a Sheila. 
—Hola, perrito —le dijo ella. 
Nunca le había dicho perrito. 
El hombre era flaco y viejo. Tenía un dejo de desprecio en la boca, tal vez por encontrarse con él parado ahí con esa cara de hambre. 
Sheila le dijo, después, antes de acompañarlo a la puerta, que ya no podía fiarle más. Ese había sido el último turno que podía darle. No era decisión de ella, dijo. Él no pudo imaginarse quién más podía haber tomado una decisión así, pero sabía que tenía razón. No tenía forma de pagarle. Hacía unos meses el padre le había suspendido la mensualidad. 
Pensó en volver caminando del colegio y ahorrar la plata del boleto, pero desde el centro había un trecho larguísimo. No tenía dudas de que lo podía hacer, pero no le alcanzaría el tiempo antes de volver a su casa a la hora de la cena. 
Entonces pensó en robar. Su madre era desordenada con la plata y dejaba la billetera en cualquier parte. Lo iba a hacer de a poco. Nadie se iba a dar cuenta. A los quince años era injusto no tener un peso partido al medio, nadie le había explicado por qué. Todos sus amigos recibían mensualidad. 
Le faltaban dos meses para cumplir dieciséis cuando la madre finalmente se dio cuenta de que alguien le sacaba plata de la billetera. Lo comentó en la mesa del domingo al mediodía, después de misa. 
—No lo puedo creer —dijo. 
Lo que no podía creer era que Isolina —nuestra mucama de toda la vida, como le dijo esa noche, como le decía siempre, pero a él esa noche la frase le pareció rara aunque era cierto para él, Isolina había estado ahí desde antes de que él naciera, había estado ahí toda su vida, pero no toda la vida de su mamá o de su papá, ni siquiera de sus hermanos mayores— que Isolina fuera capaz. 
—Hay que echarla —dijo el padre. 
Él quiso decir que era él el que sacaba la plata de la billetera, quiso decirlo pero no lo dijo. No lo dijo ahí, frente a sus hermanos y a su padre, porque pensó que se lo iba a decir después a su madre, más tarde, antes de irse a dormir, al día siguiente, antes de irse al colegio, a la tarde, cuando volviera directamente sin irse con Sheila. Pero se fue con Sheila. Y le pagó con la plata robada. Y escuchó detrás de la puerta los sollozos de Isolina y a su madre que le decía que el robo era lo único que no se podía tolerar, y el llanto de Isolina cuando decía yo no fui, señora, le juro que yo no fui. 
Escuchó con la mano en el bolsillo, el puño cerrado alrededor de los billetes arrugados, húmedos de sudor. 

(Argentina, 1960)



lunes, 17 de septiembre de 2018

WALSH, María Elena: ¿Corrupción de menores?


"No hay preguntas indiscretas.
Indiscretas son las respuestas."
Oscar Wilde

Vivimos consumiendo preceptos y productos sin cuestionarlos, por temor a la indiscreción de las respuestas y porque es más seguro acatar rutinas que incurrir en singularidades. Un ejercicio de esclarecimiento podría empezar con estas discretísimas preguntas:
¿Educamos a nuestras niñas para que en el día de mañana (si lo hay) sean ociosas princesas del jet-set? ¿Las educamos para Heidis de almibarados bosques? ¿Las educamos para futuras cortesanas? ¿Las educamos para enanas mentales y superfluas "señoras gordas"?
Así parece, por lo menos en buena parte de la bendita clase media argentina, dada la aberrante insistencia con que se estimula el narcisismo y la coquetería de nuestras niñas y se les escamotea su participación en la realidad.
La nena suele gozar de una envidiable amnesia para repetir la tabla del cuatro junto con una no menos envidiable memoria para detallar el último capítulo del idilio de tal vedette con tal campeón o el menor frunce del penúltimo modelo de Carolina de Mónaco cuando salió a cazar mariposas en Taormina con su digno esposo.
Consentimos y aprobamos que sea maniática consumidora de chafalonía, vestimenta, basura impresa y todo lo que, en fin, represente moda y no verdad. Consentimos que acuda al espejito más neuróticamente que la madrastra de Blancanieves, que sea experta en cosmética, teleteatros y publicidad, que exija chatarra importada o que calce imposibles zuecos para denuedo de traumatólogos.
Formamos una personalidad melindrosa cortando de raíz —porque todo empieza desde el nacimiento— la sensibilidad o el interés que podría sentir por la variada riqueza del universo.
—Es el instinto femenino —dicen algunos psicólogos de calesita. Eso me recuerda una anécdota. El director de una compañía grabadora estaba un día ocupado en comprobar cuántas veces se pasaba determinado disco por la radio.
—¡Qué bien, qué éxito, cómo gusta, cómo lo difunden a cada rato! —aplaudió entusiasmado. Y después agregó—: Claro que hay que ver la cantidad de plata que invertimos en la difusión radial de este tema...
Nosotros también programamos a nuestras niñas como a ese eterno infante que es el público. Les insuflamos manías e intereses adultos, les subvencionamos la trivialidad y luego atribuimos el resultado a su constitución biológica.
Las jugueterías, en vidrieras separadas, ofrecen distintos juguetes para niñas y para varones. En Estados Unidos, no hace muchos años los lugares públicos estaban igualmente divididos "para gente de color" y "para blancos". ¡Dividir para reinar!
A las nenas solo se les ofrece —o se les impone— juguetería doméstica: ajuares, lavarropas, cocinas, aspiradoras, accesorios de belleza o peluquería.
Si con esto se trata de reforzar las inclinaciones domésticas que trae desde la cuna, ¿por qué no orientarla también hacia la carpintería o la plomería? ¿Acaso no son actividades hogareñas indispensables? Sí, lo son, pero remuneradas. He aquí una respuesta indiscreta.
Los juguetes para varones sortean la monotonía y ofrecen toda la gama de posibilidades humanas y extraterrestres: granjas, tren eléctrico, robots, microscopio, telescopio, equipos de química y electrónica, autos, juegos de ingenio y todo lo que, en fin, estimula las facultades mentales.
¿A la nena no le gustan los animales de granja ni los trenes? ¿No sueña con manejar un coche? ¿No siente curiosidad por el microcosmos o el espacio? ¡Cómo la va a sentir si es cosa de la otra vidriera, la de Gran Jefe Toro Sentado Blanco!
¿Es que el ejercicio de la razón y la imaginación pueden llevarla a la larga a desistir de ser una criatura dependiente y limitada, mano de obra gratuita y personaje ornamental? La respuesta es sumamente indiscreta.
En la casa y la escuela destinamos a la nena a reiterar las más obvias y desabridas manualidades, a remedar las tareas maternas... y a practicar la maledicencia a propósito de indumentaria vecinal.
La nena vive rodeada de dudosos arquetipos y la forzamos a emularlos, comprándole la diadema de la Mujer Maravilla o el manto de cualquier otra maravilla femenil. No falta tío que ponga en sus manos un ejemplar de "Cómo ser bella y coqueta", otro espejito más o la centésima muñeca.
Salvo raras excepciones como Reportajes Supersónicos de Syria Poletti, cuya heroína es una pequeña periodista, el papel impreso que suele frecuentar la nena —incluido el libro de lectura— le muestra a mujeres que, en la más alta cima del intelecto, son maestras. Las demás, aparte de consabidas hadas y brujas, son siempre domadas princesas o abotargadas amas de casas.
La nena sabe, por las revistas que devora como una leona, que en este mundo no hay mujeres dedicadas a las más diversas tareas, por necesidad o por ganas. Lo que es más grave y contradictorio, le enseñan a soslayar el hecho de que su propia madre trabaja afuera o estudia, como si este no fuera modelo apropiado dada su excentricidad. Jamás vio —y si lo vio mojó el dedo y pasó la página— que hay mujeres obreras, pilotos, juezas o estadistas. Es tan avaro el espacio que los medios les dedican, ocupados como están en la promoción de Miss Tal o la siempre recordable Cristina Onassis.
Educar para el ocio, la servidumbre y la trivialidad, ¿no significa corromper la sagrada potencia del ser humano?
Por suerte, esta criatura vestida de rosa (no faltará quien diga, confundiendo otra vez causas con efectos, que las nenas nacen de rosa y los varones de celeste, cuando este negocio de los colores distintivos fue invento de una partera italiana, allá por 1919), esta criatura, digo, es fuerte y rebelde, dotada de una capacidad de supervivencia extraordinaria. La nena, en muchos casos, renegará de la manipulación y decidirá ser una persona. Pero ¿quién puede medir la dificultad de la contramarcha y la energía desperdiciada en librarse de tanta tilinguería adulta?
Mientras modelan a la pequeña odalisca remilgada, el tiempo pasa y llega la hora de la pubertad. Entonces los adultos se alarman porque la nena asusta con precoces aspavientos sexuales y emprende calamitosamente los estudios secundarios. Terminó los primarios como pudo, entre espejitos, telenovelas, chismografía y exhibicionismo fomentados y aprobados, pero al trasponer la pubertad se le reprocha todo esto y empieza a hacerse acreedora al desprecio que la banalidad inspira a quienes mejor la imponen y más caro la venden.
Los mayores ponen el grito en el cielo porque la nena no da señales de ir a transformarse en una Alfonsina Storni. Ahí empieza a tallar el prestigio de la cultura —desmesurado porque se trata de otra forma del culto al exitismo individual— y florece una tardía sospecha de que la nena no fue educada razonablemente. Cuando las papas queman, esos pobres padres de clase media argentina comprenden por fin que no son Grace y Rainiero y que la tierra que pisan no es Disneylandia.
En ese preciso momento aparece también el espantajo de la TV, esa culpable de todo. ¿Y quién delegó en ella las tareas de institutriz? La mediocridad de la TV no hace sino colaborar en la fabricación en serie de ciudadanas despistadas.
No se trata de reavivar severidades conventuales ni se trata de desvalorizar el trabajo doméstico ni inquietudes que, mejor orientadas, podrían ser simplemente estéticas. No se trata tampoco de mudarse de vidriera para suponer, por ejemplo, que el automovilismo es más meritorio que el arte culinario, o la cursilería más despreciable que el matonismo.
Toda criatura humana debe aprender a bastarse y cooperar en el trabajo hogareño y a cuidar, si quiere, su apariencia. Lo grave consiste en convencer a la criatura femenina de que el mundo termina allí.
Se trata de comprender que la niña no tiene opción, que es inducida compulsivamente a la frivolidad y la dependencia, que por tradición se le practica un lavado de cerebro que le impide elegir otra conducta y alimentar otros intereses.
La frivolidad no es un defecto truculento que merezca anatemas al estilo cuáquero o musulmán. Lo truculento consiste en hacerle creer a alguien que ese es su único destino, incompatible con el uso de la inteligencia. Lo grave consiste en confundir un espontáneo juego imitativo de la madre con una fatalidad excluyente de otras funciones.
A la nena no se le permite formar su personalidad libremente: se la dan toda hecha, y aprendices de jíbaros le reducen el cerebro para luego convencerla de que nació reducida. La instigan a practicar un desenfrenado culto a las apariencias y a desdeñar su propia y diversa riqueza humana. La recortan y pegan para luego culparla porque es una figurita. La educan, en fin, para pequeña cortesana de un mundo en liquidación.
¿No es eso corrupción de menores?

(Argentina, 1930/2011)



viernes, 31 de agosto de 2018

STORNI, Alfonsina: Capricho

 

Escrútame los ojos, sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente oculto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.


(Suiza, 1892/Argentina, 1938)




miércoles, 29 de agosto de 2018

NERUDA, Pablo: Oda a la pobreza




Cuando nací, 
pobreza, 
me seguiste, 
me mirabas 
a través 
de las tablas podridas 
por el profundo invierno. 
De pronto 
eran tus ojos 
los que miraban desde los agujeros. 
Las goteras, 
de noche, repetían 
tu nombre y tu apellido 
o a veces 
el salto quebrado, el traje roto, 
los zapatos abiertos, 
me advertían. 
Allí estabas 
acechándome 
tus dientes de carcoma, 
tus ojos de pantano, 
tu lengua gris 
que corta 
la ropa, la madera, 
los huesos y la sangre, 
allí estabas 
buscándome, 
siguiéndome, 
desde mi nacimiento 
por las calles. 

Cuando alquilé una pieza 
pequeña, en los suburbios, 
sentada en una silla 
me esperabas, 
o al descorrer las sábanas 
en un hotel oscuro, 
adolescente, 
no encontré la fragancia 
de la rosa desnuda, 
sino el silbido frío 
de tu boca. 
Pobreza, 
me seguiste 
por los cuarteles y los hospitales, 
por la paz y la guerra. 
Cuando enfermé tocaron 
a la puerta: 
no era el doctor, entraba 
otra vez la pobreza. 
Te vi sacar mis muebles 
a la calle: 
los hombres 
los dejaban caer como pedradas. 
Tú, con amor horrible, 
de un montón de abandono 
en medio de la calle y de la lluvia 
ibas haciendo 
un trono desdentado 
y mirando a los pobres 
recogías 
mi último plato haciéndolo diadema. 
Ahora, 
pobreza, 
yo te sigo. 
Como fuiste implacable, 
soy implacable. 
Junto 
a cada pobre 
me encontrarás cantando, 
bajo 
cada sábana 
de hospital imposible 
encontrarás mi canto. 
Te sigo, 
pobreza, 
te vigilo, 
te acerco, 
te disparo, 
te aislo, 
te cerceno las uñas, 
te rompo 
los dientes que te quedan. 
Estoy 
en todas partes: 
en el océano con los pescadores, 
en la mina 
los hombres 
al limpiarse la frente, 
secarse el sudor negro, 
encuentran 
mis poemas. 
Yo salgo cada día 
con la obrera textil. 
Tengo las manos blancas 
de dar pan en las panaderías. 
Donde vayas, 
pobreza, 
mi canto 
está cantando, 
mi vida 
está viviendo, 
mi sangre 
está luchando. 
Derrotaré 
tus pálidas banderas 
en donde se levanten. 
Otros poetas 
antaño te llamaron 
santa, 
veneraron tu capa, 
se alimentaron de humo 
y desaparecieron. 
Yo te desafío, 
con duros versos te golpeo el rostro, 
te embarco y te destierro. 
Yo con otros, 
con otros, muchos otros, 
te vamos expulsando 
de la tierra a la luna 
para que allí te quedes 
fría y encarcelada 
mirando con un ojo 
el pan y los racimos 
que cubrirá la tierra 
de mañana.

(Chile, 1904/1973)


jueves, 23 de agosto de 2018

MORIS: El oso



Yo vivía en el bosque muy contento,
caminaba sin cesar,
las mañanas y las tardes eran mías,
a la noche me tiraba a descansar.

Pero un día vino el hombre con sus jaulas,
me encerró y me llevó a la ciudad.
En el circo me enseñaron las piruetas
y yo así perdí mi amada libertad.

"Conformate", me decía un tigre viejo,
"nunca el techo y la comida han de faltar,
solo exigen que hagamos las piruetas
y a los hijos podamos alegrar".

Han pasado cuatro años de esta vida,
con el circo recorrí el mundo así.
Pero nunca pude olvidarme del todo,
de mis bosques, de mis tardes y de mí.

En un pueblito alejado
alguien no cerró el candado,
era una noche sin luna
y yo dejé la ciudad.

Ahora piso yo el suelo de mi bosque,
otra vez el verde de la libertad.
Estoy viejo pero las tardes son mías,
vuelvo al bosque, estoy contento de verdad.

(Mauricio Birabent, 1942)


jueves, 16 de agosto de 2018

GIARDINELLI, Mempo: El oso marrón


Mi papá me contó una vez esta historia, que yo repito como me la acuerdo.
Digamos que el tipo se llama Pat y es un granjero de New Hampshire, en los Estados Unidos, al que le gusta cazar osos. Desde hace años está empecinado en encontrar y abatir a un enorme oso marrón al que en la comarca todos llaman Sixteen Tons, que quiere decir Dieciséis Toneladas.
Lo ha buscado y esperado innumerables fines de semana, lo ha perseguido con perros, rastreado durante infinitos días con sus infinitas noches, y, en cada regreso frustrado, porque nunca ha dado con él, no ha hecho más que renovar su ansia de matarlo.
Sabe dónde, de qué y cómo se alimenta Sixteen Tons, qué costumbres tiene, por qué senderos anda. Pero jamás se topa con él, que evidentemente es un oso más astuto que Pat y que todos los cazadores de la región.
Durante los últimos tres años, obsesionado, el cabezadura de Pat no ha hecho otra cosa que soñar su encuentro con el inmenso animal. Se ha comprado un rifle de alta precisión y mira telescópica, ha planificado paso por paso la cacería por los bosques de New Hampshire y hasta ha soñado el instante del disparo que liquida al gigantesco oso marrón, pero siempre algo le salió mal.
En la cuarta primavera, que parece que es la única temporada de caza autorizada, un amigo camionero lo cruza al costado de la carretera que bordea las colinas boscosas que van de Lyme a Lebanon, dos pueblitos todavía cubiertos de nieve. Observa que Pat está llorando desconsoladamente junto a su camioneta y se detiene. Pero enseguida se da cuenta de que ninguna desgracia ha sucedido y, como sabe de la obsesión de Pat, con ligerísima ironía le pregunta si se trata de una nueva frustración, si es que tampoco esta vez ha podido dar con el oso marrón.
Pero Pat responde que no con la cabeza, y alcanza a decir que esta vez sí lo ha encontrado.
Y en cuanto lo dice se suelta a llorar más intensamente y se suena los mocos en un sucio pañuelo. Y mientras el otro baja de su camión, Pat señala la cajuela de su camioneta y dice que llora porque le han sucedido dos cosas terribles, simultáneamente: la una es que finalmente ha dado muerte a Sixteen Tons; y la otra es que acaba de darse cuenta de que había llegado a querer tan entrañablemente a ese oso que ahora se siente un miserable.

(Argentina, 1947)