ESTE BLOG PERJUDICA SERIAMENTE A LA IGNORANCIA

SI QUIEREN GASTAR MENOS EN CÁRCELES, INVIERTAN MÁS EN EDUCACIÓN

viernes, 5 de junio de 2020

BOCCACCIO, Giovanni: El Decamerón - Séptima jornada, Narración séptima


“El Decamerón” fue escrito por Giovanni Boccaccio (Italia, 1313/1375) hacia finales de la Edad Media, cuando la peste negra (o peste bubónica o muerte negra) causó la muerte de aproximadamente un tercio de la población de Europa. Brevemente, “El Decamerón” (que en griego significa “diez días”) narra la historia de diez jóvenes (siete doncellas y tres hombres) que huyen de la plaga y se van a una villa a las afueras de Florencia para entretenerse y olvidarse de la muerte que acecha a todo el continente. Acuerdan que cada integrante del grupo contará una historia por día, como un juego, como una forma de evasión. 

SÉPTIMA JORNADA – NARRACIÓN SÉPTIMA 

Ludovico descubre a doña Beatriz el amor que le tiene, la cual manda a Egano, su marido, a un jardín vestido como ella y se acuesta con Ludovico; el cual, luego, levantándose, va y apalea a Egano en el jardín. 
Esta invención de doña Isabela contada por Pampinea fue por todos los de la compañía tenida por maravillosa; pero Filomena, a quien el rey había ordenado que siguiese, dijo: 
—Queridos amigos, si no estoy engañada, creo que contaré una no menos buena, y prestamente. 
Debéis saber que en París vivió un noble florentino, el cual, por su pobreza se había hecho mercader, y le había ido tan bien con el comercio que se había hecho en él riquísimo; y tenía de su mujer un solo hijo al que había llamado Ludovico. Y para que a la nobleza del padre y no al comercio saliese, no lo había el padre querido poner en ningún negocio sino que lo había puesto con otros nobles al servicio del rey de Francia, donde muchas buenas maneras y buenas cosas había aprendido. 
Y estando allí, sucedió que ciertos caballeros que volvían del Sepulcro, mezclándose en una conversación de los jóvenes entre los que estaba Ludovico, y oyéndolos razonar entre sí sobre las damas hermosas de Francia y de Inglaterra y de otras partes del mundo, comenzó uno de ellos a decir que ciertamente de cuanto mundo él había recorrido y de cuantas mujeres había visto, nunca una hermosura semejante a la mujer de Egano de los Galluzzi de Bolonia, llamada doña Beatriz, había visto; en lo que todos sus compañeros que junto con él la habían visto en Bolonia, concordaron, la cual cosa escuchando Ludovico, que todavía no se había enamorado de ninguna, se inflamó en tanto deseo de verla que en otra cosa no podía fijar el pensamiento; y del todo dispuesto a ir hasta Bolonia a verla, y allí quedarse si a ella le placía, dio a entender a su padre que quería ir al Sepulcro, lo que consiguió con gran dificultad. 
Poniéndose, pues, de nombre Aniquino, llegó a Bolonia, y como quiso la fortuna, al día siguiente vio a esta señora en una fiesta, y con mucho le pareció más hermosa de lo que pensado había; por lo que, enamorándose ardentísimamente de ella, se propuso no irse nunca de Bolonia si no conseguía su amor. Y pensando en qué camino debía seguir para ello, dejando cualquier otro decidió que, si pudiera hacerse criado del marido de ella, que tenía muchos, por acaso podría sucederle lo que deseaba. Vendidos, pues, sus caballos, y colocados sus criados de manera que estaban bien, habiéndoles ordenado que fingiesen no conocerlo, habiendo hecho amistad con su posadero, le dijo que de buena gana entraría como servidor de algún señor de bien, si alguno pudiese encontrar; al cual dijo el posadero: 
—Tú eres propiamente un sirviente que debía de ser muy apreciado por un noble de esta tierra que tiene por nombre Egano, el cual tiene muchos, y todos los quiere aparentes como eres tú; yo le hablaré de ello. 
Y como dijo, así lo hizo; y antes que se separase de Egano, hubo colocado con él a Aniquino, el cual le agradó lo más que podía ser. Y viviendo con Egano y teniendo oportunidades de ver con mucha frecuencia a su gobierno, tan bien y tan de grado comenzó a servir a Egano que este le tomó tanto amor que sin él no sabía hacer ninguna cosa; y no solamente de sí sino de todas las cosas le había encomendado el gobierno. 
Sucedió un día que, habiendo ido Egano de cetrería y quedándose Aniquino en casa, doña Beatriz, que de su amor no se había apercibido todavía por mucho que para sí misma, mirándole a él y a sus maneras, muchas veces le había elogiado y le agradase, se puso con él a jugar al ajedrez; y Aniquino, que agradarle deseaba, muy diestramente se dejaba vencer; de lo que la señora hacía maravillosas fiestas. Y habiéndose apartado de mirarlos jugar todas las damas de la señora y dejándolos jugando solos, Aniquino lanzó un grandísimo suspiro. La señora, mirándolo, dijo: 
—¿Qué tienes, Aniquino? ¿Tanto te duele que te venza? 
—Señora —repuso Aniquino—, mucho mayor cosa que lo es esta fue la razón de mi suspiro. 
Dijo entonces la señora: 
—¡Ah! Dímela, si me quieres bien. 
Cuando Aniquino se oyó rogar «si la quería bien» por quien sobre todas las cosas amaba, lanzó uno mucho mayor de lo que lo había sido el primero; por lo que la señora otra vez le rogó que le pluguiese decirle cuál era la razón de sus suspiros. 
A quien Aniquino dijo: 
—Señora, mucho temo que os sea molesta si os la digo y además temo que la digáis a otra persona. 
A quien la señora dijo: 
—Por cierto que no me será enojoso; y estate seguro de esto, que nada que tú me digas, sino cuando te plazca, le diré a nadie nunca. 
Entonces dijo Aniquino: 
—Puesto que así me lo prometéis, os lo diré. 
Y con las lágrimas en los ojos le dijo quién era él, lo que de ella había oído y dónde, y cómo de ella se había enamorado y cómo venido, y por qué había entrado como servidor del marido; y luego, humildemente le rogó que si podía ser le pluguiera tener piedad de él y complacerle en este su secreto y tan ferviente deseo; y que, si esto no quería hacer, que, dejándolo estar en el traje en que estaba, le permitiese amarla. ¡Oh, singular dulzura de la sangre boloñesa, que digna de alabanza has sido siempre en tales casos! Nunca te enorgulleciste de las lágrimas y los suspiros y continuamente has sido sensible a las súplicas, y a los amorosos deseos doblegable; si yo tuviera dignas loas para alabarte, nunca saciada se vería mi voz. La noble señora, al hablar Aniquino, le miraba; y dando plena fe a sus palabras, con tanta fuerza recibió por sus ruegos el amor en la mente, que también ella comenzó a suspirar, y luego de algún suspiro repuso: 
—Dulce Aniquino mío, ten buen ánimo: ni dones ni promesas ni cortejar de nobles ni de señor alguno ni de ningún otro (que he sido y soy cortejada por muchos) nunca pudo mover mi ánimo tanto que amase a alguno; pero tú en tan poco tiempo como han durado tus palabras me has hecho más tuya que lo soy mía. Juzgo que óptimamente has ganado mi amor, y por ello te lo doy y te prometo que te haré gozar de él antes de que termine esta noche que viene. Y para que esto tenga lugar, hacia la medianoche vendrás a mi alcoba; yo dejaré la puerta abierta; sabes de qué lado de la cama duermo yo; vendrás allí y si durmiere, tócame hasta que me despierte, y te consolaré de tan largo deseo como has sentido; y para que lo creas quiero darte un beso en prenda. 
Y echándole un brazo al cuello, amorosamente lo besó, y Aniquino a ella. Dichas estas cosas, Aniquino, dejando a la señora, se fue a hacer algunas de sus obligaciones, esperando con la mayor alegría del mundo que llegase la noche. Egano volvió de la caza, y cuando hubo cenado, como estaba cansado se fue a dormir, y la señora tras él; y como había prometido dejó la puerta de la alcoba abierta; a la cual, a la hora que le había sido dicha, vino Aniquino y calladamente entrando en la alcoba y volviendo a cerrar la puerta por dentro, del lado donde dormía la señora se fue, y poniéndole la mano en el pecho la encontró que no dormía. La cual, como sintió llegar a Aniquino, tomando su mano con las dos suyas y sujetándolo fuerte, dándose vueltas en la cama tanto hizo que despertó a Egano que dormía; al cual dijo: 
—No quise decirte nada anoche porque me pareciste cansado; pero dime, así te guarde Dios, Egano, ¿a cuál tienes tú por el mejor criado y el más leal, y quién amas más, de los que tienes en casa? 
Repuso Egano: 
—¿Qué es eso, mujer, qué me preguntas? ¿No lo sabes? No hay ni ha habido nunca ninguno de quien tanto me fiase o me fíe o ame, cuanto me fío y amo a Aniquino. Pero ¿por qué me lo preguntas? 
Aniquino, sintiendo despierto a Egano y oyendo hablar de él, había muchas veces tirado de la mano hacia sí para irse, temiendo mucho que la señora quisiese engañarle; pero esta lo había sujetado y lo sujetaba de manera que no había podido alejarse ni podía. 
La señora repuso a Egano, y dijo: 
—Yo te lo diré. Yo creía que era que fuese como tú dices y que más fiel que ninguno otro te fuera; pero me ha engañado, porque cuando te fuiste hoy de cetrería, él se quedó aquí, y cuando le pareció oportuno no se avergonzó de pedirme que consintiera en hacer su gusto; y yo, para que esta cosa no necesitase probarte con demasiadas pruebas, y para hacértelo tocar y ver, repuse que me parecía bien y que esta noche, pasada la medianoche, iré al jardín nuestro y le esperaré al pie del pino. Ahora, en cuanto a mí yo no entiendo ir allí, pero si tienes ganas de conocer la fidelidad de tu criado, puedes fácilmente, poniéndote encima una de mis sayas y en la cabeza un velo, ir allá abajo a esperar si viene, que estoy segura de que sí. 
Egano, oyendo esto, dijo: 
—Por cierto que conviene que lo vea. 
Y levantándose como mejor pudo en la oscuridad, se puso una saya de la señora en la cabeza, y se fue al jardín y al pie de un pino se puso a esperar a Aniquino. La señora, como lo sintió levantado y fuera de la alcoba, se levantó y cerró la puerta por dentro. Aniquino, que el mayor miedo que nunca había sentido sintió, y que cuanto podía se había esforzado en salir de las manos de la señora y cien mil veces a ella y a su amor y a sí mismo, que confiado se había, había maldito, oyendo lo que al final había hecho, fue el hombre más feliz que nunca hubo; y habiendo la señora vuelto a la cama, como quiso ella, como ella se desnudó, y juntos se solazaron y disfrutaron por buen espacio de tiempo. 
Luego, no pareciendo a la señora que Aniquino debiese quedarse más, lo hizo levantarse y volver a vestirse, y así le dijo: 
—Dulces labios míos, coge un buen bastón y vete al jardín, y fingiendo haberme requerido para tentarme, como si fuese yo misma, dirás insultos a Egano y me lo sacudirás bien con el bastón, porque de ello se seguirá luego maravilloso deleite y placer. 
Levantándose Aniquino y yendo al jardín con una vara de sauce en la mano, cuando llegó junto al pino y Egano lo vio venir, y levantándose como si quisiese recibirlo con grandísima fiesta, le salió al encuentro, al cual dijo Aniquino: 
—¡Ay, mala mujer, así que has venido! ¿Y has creído que yo quisiera o quiero a mi señor hacerle esta afrenta? ¡Seas mil veces mal venida! 
Y alzando el bastón, comenzó a sacudirlo. 
Egano, al oír esto y ver el bastón, sin decir palabra comenzó a huir, y tras él Aniquino, siempre diciendo: 
—Fuera, que Dios te dé malahora, mala mujer, que por cierto que mañana se lo diré a Egano. 
Egano, habiendo recibido dos de las buenas, lo antes que pudo se volvió a la alcoba; al cual preguntó la señora si Aniquino había venido al jardín. 
Egano dijo: 
—Así no hubiera ido, porque creyendo que eras tú me ha molido con un bastón y dicho las mayores injurias que nunca se han dicho a una mala mujer. Y así yo me maravillaba mucho de que él te hubiese dicho aquellas palabras con ánimo de hacer algo que fuese en vergüenza mía; sino que porque te vio tan alegre y cordial, quiso probarte. 
—Entonces —dijo la señora—, alabado sea Dios porque a mí me ha probado con palabras y a ti con obras; y creo que podría decir que yo soporto con más paciencia las palabras que tú las obras. Mas puesto que tal lealtad te tiene, hay que tenerlo en estima y honrarle. 
Egano dijo: 
—Por cierto que dices la verdad. 
Y basándose en aquello, era de la opinión de que tenía la mujer más leal y el más fiel servidor que nunca había tenido un noble; por la cual cosa, como luego muchas veces con Aniquino, este y la señora riesen de este hecho, Aniquino y la señora tuvieron mucha más facilidad de la que por ventura habrían tenido para hacer aquello que les daba deleite y placer mientras que a Aniquino le plugo quedarse con Egano en Bolonia.

(Italia, 1313/1375)


lunes, 25 de mayo de 2020

RULFO, Juan: No oyes ladrar los perros


–Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. 
–No se ve nada. 
–Ya debemos estar cerca. 
–Sí, pero no se oye nada. 
–Mira bien. 
–No se ve nada. 
–Pobre de ti, Ignacio. 
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. 
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. 
-Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio. 
-Sí, pero no veo rastro de nada. 
-Me estoy cansando. 
-Bájame. 
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces. 
-¿Cómo te sientes? 
-Mal. 
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. 
Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba: 
-¿Te duele mucho? 
-Algo -contestaba él. 
Primero le había dicho: “Apéame aquí… Déjame aquí… Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco.” Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra. 
-No veo ya por dónde voy -decía él. 
Pero nadie le contestaba. 
El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo. 
-¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. 
Y el otro se quedaba callado. 
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo. 
-Éste no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio? 
-Bájame, padre. 
-¿Te sientes mal? 
-Sí. 
-Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean. 
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse. 
-Te llevaré a Tonaya. 
-Bájame. 
Su voz se hizo quedita, apenas murmuraba: 
-Quiero acostarme un rato. 
-Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. 
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo. 
-Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas. 
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar. 
-Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso… Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ése no puede ser mi hijo.” 
-Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo. 
-No veo nada. 
-Peor para ti, Ignacio. 
-Tengo sed. 
-¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír. 
-Dame agua. 
-Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo. 
-Tengo mucha sed y mucho sueño. 
-Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas. 
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolos de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara. 
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas. 
-¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. 
Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima.” ¿Pero usted, Ignacio? 

Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado. 
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros. 
-¿Y tú no los oías, Ignacio? -dijo-. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza. 

(México, 1918/1986) 



martes, 5 de mayo de 2020

MOLFINO, Miguel Ángel: En las sombrías aguas


Las grandes inundaciones del Litoral siempre trajeron fiebres y desdichas. Alguna vez arrastraron los cadáveres de los adversarios de Stroessner: se los veía pasar en su desolada deriva. Las aguas también traen historias, como la que me contó un tipo flaco, empleado de Vialidad, días atrás, cuando visité las defensas que guarecen Resistencia. Habíamos caminado entre el barro por más de dos horas, rodeados por esa viscosa pampa líquida, cuando el rápido atardecer y la tormenta nos llevó a una pobre casilla de madera. El tipo flaco preparó unos mates de ginebra. Los primeros truenos empezaron a rodar en la noche como enormes rocas despeñándose en algún abismo del cielo. Antes que lloviera, el tipo contó: “Sucedió en 1966, durante la gran inundación, ¿recuerda? La cosa fue en Puerto Vilelas: todo era agua. Los ranchos y los árboles estaban casi tapados. Eso me lo contó un pariente, un primo lejano que se ofreció como voluntario para los rescates y él mismo lo escuchó de boca del tipo que la vivió. Enloquecido estaba el hombre. Pero él no fue el primero, no. Antes hubo unos dos tipos más. Ellos fueron lo que dieron el aviso, la noticia. Pero, mejor se lo cuento en orden, seguro que le va a interesar”. “El primero que la vio, creo, fue un tipo de YPF que venía remando, al atardecer, buscando algún inundado perdido en los árboles y o en algún techo. Todo era agua, sucia, podrida. Se veían caballos y perros patas para arriba, flotando tiesos, muertos. De pronto el fulano divisa una silueta sobre el tirante del techo de un rancho. Rema y se aproxima. Cuando se halla a metros, se entera de que la silueta es una mujer, vieja, muy vieja, acuclillada sobre el parante, vestida con trapos. El de YPF le grita que baje, que él la va a llevar a tierra firme. La vieja le responde que no, porque está esperando al hijo, que el hijo no tardará en llegar a buscarla en su canoa. El de YPF insiste: señora, usted debe estar cansada, yo la llevo y su hijo la encontrará después en el albergue. Y la vieja que nada. No hubo caso. El tipo, al regresar, informa que en tal lado hay una señora anciana sobre un techo y que se niega a ser socorrida”. “A los días de esto, otro hombre afectado a las tareas del salvataje, cruza en su canoa por el lugar: la mujer todavía estaba ahí. El tipo, sin saber que otro ya lo había intentado, quiere bajarla del techo pero la vieja, a los gritos, dice que no, que su hijo no tardará en buscarla. El hombre no quiere entrar en razones y la vieja le muerde una mano. Entonces se marcha, dejándola sola una vez más, sobre el techo, rodeada de agua, litros y litros de agua inundada. Lo que mi pariente me contó fue que la mordedura de la vieja por poco lo mata: se le infectó, le subió fiebre y terminó en el Hospital Perrando. Pero lo más horrible sucedió con el tercero, con el tercer tipo que encontró a la vieja”. Ya llovía como si el cielo se hubiera desfondado. El mate de ginebra y el tabaco parecían espesar el relato. Y la cosa siguió así: “El tercero fue un tal Balmaceda, un obrero de la taninera que andaba en canoa estibando dos o tres chirimbolos que había logrado salvar de su hogar. Casi era de noche. El hombre iba armado con un 22. Como había muchas víboras o por las dudas, iba calzado. Su canoa, casi perdida en la inmensidad del agua y la oscuridad, cruza por el rancho, por el techo donde todavía se encontraba la vieja. La ve y se pega un julepe que ni le cuento. La descubre vieja y ahí la invita a llevarla. La mujer se niega con lo de siempre. No es hora para esperar al hijo, piensa el fulano. Entonces decide llevarla por la fuerza. Se trepa al techo deshecho y cuando menos lo espera, la vieja grita salvajemente y saca una cuchilla. El tipo, del susto, cae al agua, bracea y sube a su canoa. La vieja parece que va a tirársele encima, gritando como un carancho; y el tipo, cagado en las patas, saca el 22 y tira, tira. La vieja cae al agua. Regresa despavorido. Él no había querido matarla. Cuando llega a la zona de los puestos sanitarios, se encuentra con mi pariente y le cuenta lo sucedido. Gran revuelo. Viene la policía. La cana lo detiene. Al otro día una patrulla busca el cuerpo de la vieja y no lo encuentra. El pobre tipo, por supuesto, sigue en cana hasta que la versión da vueltas entre los inundados. Un viejo bien viejo, alojado en un albergue cercano a Barranqueras, se entera y va hasta la comisaría. Allí cuenta que el tipo no ha matado a nadie. Recuerdo —dice el viejo— la inundación de 1905 y una cosa terrible. La que le pasó a una vecina, una vieja que quedó esperando al hijo sobre un parante del rancho. El hijo volvió, sí, pero para matarla. Con una cuchilla, tal vez la misma con que quiso atacar esa última noche, donde los tiros apagaron el ánima”.

(Saladillo, Buenos Aires, 1949) 



miércoles, 22 de abril de 2020

LA OSCURA HISTORIA DETRÁS DE LA TITA Y LA RHODESIA




Mitos, leyendas (de esas que van de boca en boca, anónimas, y que se van “enriqueciendo” cual teléfono descompuesto) o verdades, un poco de todo, quién sabe, o quizás un verdadero culebrón, pero no deja de ser simpática la historia que compartiremos a continuación:

La fabricación de galletitas para consumo masivo comenzó en 1875 de la mano de Bagley, cuando por una resolución del ministerio de Economía, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, se eximió a la compañía del estadounidense Melville Sewell Bagley, del pago de impuestos aduaneros para que pudiera importar las maquinarias necesarias para elaborar aquí ese alimento que hasta ese momento se importaba del Reino Unido.
La primera galletita lanzada por Bagley en la Argentina se llamaba “Lola” y se hizo muy popular. El Perito Moreno llevaba galletitas “Lola” a sus expediciones y le convidaba a los tehuelches. Decían que era tan sana, por no tener agregados artificiales, que era parte de la dieta de los hospitales. Precisamente, cuentan que mientras un enfermero trasladaba en una camilla a un paciente que acababa de morir rumbo a la morgue, un visitante que pasaba, acotó: “Este no quiere más Lola”, dando origen a esa frase que describe a alguien que se dio por vencido.
La Argentina es el país del mundo con mayor consumo de galletitas. Cada uno de nosotros se come, por año, entre 12 y 13 kilos de este alimento.
Posiblemente no existan, para el paladar de los consumidores argentinos, golosinas clásicas tan populares como la “Tita” y la “Rhodesia”. A través de los años ambas se han ganado el cariño y simpatía de un pueblo entero, pero la desconocida historia detrás de estas golosinas revela oscuros entramados de infidelidades, asesinatos y envidias.
La “Tita” fue creada por Edelmiro Carlos Rhodesia en 1949 y la “Rhodesia” nació posteriormente, cuando la fábrica ya estaba en manos de Terrabusi. Rhodesia fue un joven empresario, pionero en la industria alimenticia argentina hacia finales de los años 40. Nació en Lobos, provincia de Buenos Aires, a principios de siglo XX y después de finalizar una carrera militar sin grandes lauros vuelve a su ciudad natal donde funda una pequeña compañía. En 1943 conoce a una viuda con la que se casaría dos años después, Lidia Martínez de Terrabusi.
Ni fueron felices ni comieron perdices, aunque sí, galletitas. Lidia engañaba a Rodhesia descaradamente. A tal punto que esas infidelidades dieron origen a la hasta hoy comercializada galletita “Melba”. La historia cuenta que en 1947 nace la primera y única hija del matrimonio, a la que bautizan “Melba”. Pues bien, Edelmiro Carlos Rodhesia advierte que la niña no se parecía mucho a él, ya que tenía un color de piel oscuro, muy diferente a su tez blanca. Esto le genera grandes conflictos y discusiones con su esposa sobre la paternidad de su hija. Por eso las galletitas “Melba” son oscuras, de chocolate con relleno sabor a limón, casi una metáfora de acidez entre la dulzura.
Una tarde de 1949, Rhodesia decide preparar un postre casero que había aprendido a cocinar en sus años de estudiante. El postre consistía en dos galletitas dulces rellenas recubiertas con un baño de chocolate. Melba, la niña que entonces tenía dos años, al no poder pronunciar correctamente la palabra galletita, la nombraba “Tita”, y fue así como la preparación fue bautizada.
El éxito de la empresa fue inmediato, y sus ventas se multiplicaron enormemente con la llegada de la televisión. Pero no todos veían con buenos ojos el ascenso de Rhodesia. Los Bagley, familia tradicional productora de golosinas, sufrió increíbles pérdidas y estuvo cerca de declararse en bancarrota.
Rodhesia fue asesinado. No hay datos ciertos sobre las circunstancias de un homicidio que hasta el día de hoy fue acallado por sus protagonistas. Pero según la investigación del profesor Ricardo Bordato, en marzo de 1956 Roberto Bagley, un impulsivo joven heredero de la fortuna de su familia, disparó repetidas veces sobre la espalda de Edelmiro Carlos mientras este preparaba el dulce de leche repostero. Edelmiro Carlos murió al instante, Bagley estuvo prófugo varios meses hasta que fue capturado en Holanda.
En marzo de 1959 Lidia Martínez, viuda de Rodhesia, vendió la empresa de Edelmiro Carlos al primo de su primer exmarido, José Félix Terrabusi y posteriormente la empresa lanzó la golosina “Rhodesia” en honor a aquel mártir, el 1º de julio de 1974, aunque muchos afirman recordar la “Rhodesia” desde alrededor de 1962.
Hasta el momento de su fallecimiento en 1989, Lidia jamás hizo declaraciones públicas sobre el asesinato de su último marido, algo que para todos, sencillamente sigue siendo un misterio.
Lo cierto es que de todo este lío, quedó una hija, una señora de 70 años que vaya a saber por dónde andará y que, tras su tragedia ostenta como nombres propios, los de dos galletitas: Melba Rodhesia.

viernes, 17 de abril de 2020

WALSH, María Elena: La pena de muerte


Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.
Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.
Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.
Fui descuartizada por rebelarme contra la autoridad colonial.
Fui condenada a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.
Fui quemada viva por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante.
Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.
Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.
Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.
Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.
Fui enviada a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en una mujer de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.
Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.
Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semiviva a una fosa común.
A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar.
Cada vez que se alude a este escarmiento, la Humanidad retrocede en cuatro patas.

María Elena Walsh
(Argentina, 1930/2011)

miércoles, 15 de abril de 2020

CABEZÓN CÁMARA, Gabriela: Criminal



Lo que se ve es una bolsa, transparente pero empañada. Respira. Se escucha eso, una aspiración esforzada, la bolsa queda pegada como un chicle explotado a algo que parece una cara, y enseguida la espiración, el globo. Si solo hubiera sonido podría pensarse en un ejercicio de meditación. Pero está la imagen, la bolsa que se infla y se desinfla tapizada de gotas microscópicas. 
—Dejalo así. 
Se aleja la cámara, y entran más cosas. Es un chico aspirando pegamento. Está sentado en unos escalones. Un poco sucio, con las zapatillas rotas, la ropa que le queda grande, un perrito que le lame la cara cuando se desvanece, o eso parece, acostado en la escalera. El animal gime y lo sigue lamiendo. Parece asustado. 
—Esto entra. Poné el arma adelante. 
En un ángulo mal iluminado estaba. Así, en primer plano, el arma es gigante al lado del pie del chico, que debe tener unos diez, a lo mejor más pero con estos pibes nunca se sabe, no crecen bien. El perro se acuesta arriba del cuerpito como si quisiera darle calor. Le está dando calor. Es un animal flaco también, costilludo, orejón y dorado. El pibe respira con dificultad pero poco a poco va recuperando un ritmo tranquilo, como si el corazón del perro se lo marcara. 
—Que no se le vea la cara todavía. 
Se lo marcaría el corazón del perro porque la vuelta a la conciencia del pibe se aprecia primero en la cola del animal, que se mueve entusiasta. Alegre incluso. Se para y le lame la cara con énfasis. El chico se tapa y se ríe. Colita, le dice, pará, Colita, mientras abraza al animal. Recién cuando se incorpora, se acuerda de que hay gente ahí con él, hay una cámara. Se pone serio y agarra el revólver. 
—Casi te llevamos al hospital. 
—No, al hospital no me llevás ni ahí o te cueteo. 
Agarra el arma y casi inmediatamente se le cae. Es pesada y él todavía no recuperó toda su fuerza. Se escuchan ruidos. 
—Tené cuidado con eso. 
—¿Qué, tenés miedo vos, puto? 
—Sacá la voz de Lolo, dejalo al pibe hablando solo. 
Pasa la secuencia editada. Se ve la cara del pibe en primer plano. Se le caen los mocos, está agitado, tiene los ojos redondos, los pelos negros parados, las mejillas sucias, serruchito en las puntas de los dientes. Algunos le faltan. Todavía no le crecieron, o los perdió. Corte. Está parado, con el arma en la mano. Dice: “No, al hospital no me llevás ni ahí o te cueteo. ¿Qué, tenés miedo vos, puto?”. 
—Quedó bien. Dale, poné toda la carne que nos quedan quince minutos. 
Las imágenes se suceden con vértigo, parecen de videojuego. Se ve al pibe caminando por las calles sucias de un barrio precario como un pac-man avanzando un laberinto enloquecido, de pasillos angostos bordeados de chapas y paredes a medias de ladrillos y a medias de cualquier cosa. La cámara lo toma de espaldas. Como señales de tránsito a toda velocidad se ven manos que sales de las casillas agitando saludos. Apenas visibles, entran y salen de cuadro los azules de los uniformes de la policía y el gris de un traje de un tipo de traje. Llegan a una esquina. 
—Pará, pará. 
Otra vez la cara del pibe que mira a la cámara y a los que están atrás como no sabiendo qué hacer, como perdido. El perrito no se le separa, está parado a su lado pero no está perdido, está tenso, como amenazado. Se ve una mano con anillos grandes, la de Lolo, alcanzarle una hamburguesa y una Coca al pibe, otra hamburguesa para el animal. El nene se la come medio desesperado, con la boca abierta, se ven los pedazos de pan y de carne dándole vueltas entre la legua y los dientes. El perro desconfía, huele con insistencia lo que le tiraron, pero al final gana el hambre y se la come. 
—Contame otra vez lo que me dijiste antes, lo del transa, ¿te animás? 
—Claro que me animo. Yo no le tengo miedo a nada. Maté a uno pero no me hicieron la denuncia porque era un transa. No me quiso regalar una bolsita de droga y se lo di en la boca. Le di un tiro por acá, que le salió por acá. 
—¿Y robaste? ¿Por qué robaste? 
—Porque estaba aburrido. 
El perrito sigue inquieto, da vueltas alrededor del pibe. En un costado está estacionado un patrullero. Sigue hablando el chico. El de las hamburguesas le pregunta si no le tiene miedo a la policía. 
—No lo tengo miedo a nada, ya te dije. Yo tengo más años que lo que entrenaron ellos, no saben manejar una pistola. Yo sí sé, ya la viste a la mía, es una Bersa Thunder, con regulación automática, para que no te tire para atrás. 
—Sacá lo de la comida, sacá la voz de Lolo, blureale la cara al pibito y dejá lo demás hasta la pistola y ahí cortamos. En cinco nos dan aire. 
El técnico hace lo que le dicen y se van de la cabina de edición. La película sigue sin que nadie la mire. El chico termina de hablar y se desinfla, como la bolsita que aspiraba al principio. Lolo se le acerca con otra botella de Coca. El perro se decide, le salta y le muerde un hombro. El tipo le pega dos patadas y el animal queda hecho un bollo. El chico llora con el revólver en la mano. Lo apoya en el piso para abrazar al perrito que gime. La pantalla se pone negra. 

(Argentina, 1968)


GIAGANTI, Silvina: Meterte en el mar




Pienso que escribir
es como meterte en el mar:
primero el agua
está helada,
pero a medida que te metés
y permanecés
se va poniendo calentita

Pienso que también
es una forma de pasar
sin mucho dolor
por este barro.

Y también pienso
que escribir
es hablar de amor
cuando se termina.

(Avellaneda, 1976)


martes, 24 de marzo de 2020

SCAVAC, Marta: Luego, un ruido de cadenas (la noche del secuestro)

 Haroldo Conti fue secuestrado en la madrugada del 5 de mayo de 1976 por una brigada del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino. Desde entonces continúa desaparecido.


(Testimonio de Marta Scavac, esposa de Haroldo Conti)

Apenas entramos, unos diez hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras, se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que hacen lo mismo con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían al bebito. Escucho luego un ruido de cadenas. Pasados los primeros momentos de sorpresa yo también intento resistirme, pero las dos personas que me sujetaban me arrojaron al piso y comenzaron a patearme y a gritarme que me quede quieta. No sabía de qué se trataba. Pensé que era un asalto porque escuché cómo revisaban toda la casa y rompían objetos, quizá buscando dinero. Les dije que no teníamos dinero, que no era una casa de ricos, pero seguían buscando y rompiendo. El otro muchacho gritaba, les decía «dejen a la señora, cobardes, ella no tiene nada que ver, no le peguen, déjenla» y le respondían con fuertes golpes. También pedía agua, aterrada alcancé a pedirles que le diesen agua, que no le pegasen. Él reclamaba por la Convención de Ginebra. Ahí mi desconcierto era total. No entendía qué decía al mencionar la Convención de Ginebra. No entendía nada de toda esa pesadilla espantosa.
Distinguía dos voces entre todas, las del que al parecer dirigía todo, el «malo» del grupo, y otra suave, la del «bueno» que me sacó del comedor y me llevó al escritorio. Se notaba que era una persona con cierto nivel cultural y en todo momento tuvo un trato muy especial conmigo. Lo escuchaba romper papeles, afiches que teníamos en las paredes, me decía: «Señora, ¿cómo una mujer de su clase se metió en esto?». Le pedí que me explicara quiénes eran, qué querían. Me respondió que estábamos en guerra: «O nosotros los matamos o ustedes nos matan a nosotros». Le respondí que nosotros no matábamos a nadie, que yo no conocía ninguna guerra en nuestro país. Escucho que sigue rompiendo papeles. Le suplico que no rompa el cuento que Haroldo estaba escribiendo. Después comprobé que dejó la máquina de escribir de Haroldo, junto al borrador del cuento, intacto. Quedó solo eso sin romper como un símbolo en medio de la casa revuelta, como sacudida por un terremoto.
Me preguntó de dónde veníamos. Le respondí que del cine y que en el abrigo estaba el programa. Comenzó a molestarse cuanto me preguntó por qué había viajado a Cuba con Haroldo. Le dije el motivo, que Haroldo había sido jurado de novela de Casa de las Américas. Me reprochó por qué no viajaba a Estados Unidos y le respondí que sí había viajado a ese país, y que podía comprobarlo en el pasaporte. Censuró además mi colaboración con Haroldo en la novela «Mascaró» y le pregunté qué tenía en contra de la novela. Me respondió que era una novela subversiva e insistió en por qué había colaborado en eso. Le expliqué que trabajaba junto a mi marido ayudándolo en su tarea de escritor.
Simultáneamente escuchaba cómo el «malo» le hacía preguntas a Haroldo. No podía distinguir bien las preguntas y respuestas, aunque se filtró la voz del «malo» diciendo: «Don Haroldo, ¿por qué se metió en esto? Lo va a pagar caro». Me aterroricé al escuchar esto y le pregunté al «bueno» qué estaba pasando, qué pasaba con mi marido, por qué le decían eso. No me respondió. Seguía revisando papeles. Yo escuchaba el ruido de los libros contra el suelo.
Interrumpió el «malo» para preguntarme sobre un escrito taquigráfico que había en mi cartera. Yo, por los nervios, no podía recordar de qué se trataba. Como soy taquígrafa, así se lo expliqué, muchas de las notas que hacíamos con Haroldo para la revista las escribía yo. Uno de ellos dice que les estoy tomando el pelo, que voy a hablar cuando me lleven. Era desesperante, mi impotencia era total, no sé si me creyeron, pero yo les decía la verdad.
Me preguntaban sobre la vida del muchacho que estaba en la casa. Yo no sabía nada de él, solamente que vivía en Córdoba y que estaba de paso por la Capital, que nos había pedido estar unos días en casa mientras buscaba buenos precios porque trabajaba de decorador y hacía los arreglos de escenografía en teatros de Córdoba. Les expliqué que eran frecuentes las visitas y que yo no tenía tiempo, por el trabajo de la casa y los chicos, de conocer la vida de cada uno. Me decían que era un guerrillero, yo les preguntaba de dónde, yo no conocía su vida íntima y seguían insistiendo en que era un subversivo, que por qué estaba en mi casa. Otra vez trataba de explicarles como podía la presencia de esta persona en casa, que era muy correcto, muy bueno.
Comienza a llorar el nene. Les pido que me dejen ir con mi hijo que lloraba de hambre. Haroldo escucha y grita: «Dejen que la madre esté con el nene, dejen a mi mujer, dejen que le dé la mamadera». El «bueno» me pregunta cómo se prepara y cuando termino de darle las indicaciones, dice que me quede tranquila que él va a atender a Ernestito. Uno de los sujetos encuentra unas fotos que Federico Vogelius nos había sacado, a mí y al nene, dos meses atrás en Claromecó. Me dice qué lindo pibe tenía, qué linda que estaba yo en esa foto, qué bien que habíamos salido madre e hijo. Vuelve a preguntarme que cómo era que me había metido en esto. Vuelvo a decirle que yo no estaba metida en nada, que nuestra vida era pública, normal que todo era perfectamente legal, que no teníamos que ocultar nada. Se aleja y me doy cuenta de que estoy sola en el escritorio. Seguía escuchando cómo rompían los jarrones de adorno y me doy cuenta que sacan cosas de la casa, que se llevan los muebles. Ahí me confundo de nuevo pensando que podía tratarse de ladrones comunes. Vuelve el «bueno» y me pregunta qué temperatura debe tener la leche para el nene. Yo le explico y le vuelvo a pedir que me deje atender a mi hijo. Me dice nuevamente que eso no podía ser, que me quedara tranquila, que él se había hecho cargo. Me quedé con la sensación de que él era padre o estaba por serlo. Estaba desconcertada. Seguían llevándose cosas y no entendía cómo podían actuar tan tranquilamente, siendo que la comisaría 29a. estaba a menos de dos cuadras y el patrullaje por esta zona era frecuente. Lo que para nada era común era una mudanza a estas horas de la noche. Confiaba en que alguien se diera cuenta de la situación y que interviniera, pero no pasó nada.
Ya no escucho llorar al bebé. El «bueno» viene a decirme que me quede tranquila, que Ernestito había comido. Le pregunto por mi hija, no entendía cómo tanto ruido no la había despertado. Me dice que está bien, que no me preocupe. Vuelve el «malo» y me informa: «Nos llevamos a su marido porque tenemos unas cuantas preguntas que hacerle». Yo le respondo que había escuchado toda la noche cómo lo interrogaban y que si querían continuar con las preguntas que lo hicieran en casa. El «malo» pierde el control otra vez y me insulta, me grita, me amenaza. Interviene el «bueno» pidiendo que me deje tranquila. Escucho que hablan entre ellos. No entiendo lo que dicen. Se filtran unas palabras: «No, no tenemos lugar, el coche está completo». Yo seguía a los pies de ellos, tirada, atada y encapuchada. De pronto se acerca nuevamente el «malo» y me dice: «Bueno, hemos decidido llevarnos a Haroldo y vos te quedás piola, no intentés escapar porque dejamos un coche en la puerta y en cuanto asomés la cabeza te limpiamos». Les pido nuevamente que no se lo lleven. Fueron inútiles mis ruegos. Cuando comprendí que no podía convencerlos de que lo dejaran, les pedí que se llevasen los remedios que Haroldo tomaba desde que un patrullero lo había atropellado en diciembre del '73. Me preguntan dónde están esos remedios y les digo que en la mesita de luz. No me responden. En un momento de desesperación les grité que quería despedirme de mi marido. Interviene el «bueno» y me dice: «Yo la voy a llevar señora» . Sigo sus pasos porque, lógicamente, no veía nada. En el trayecto uno de ellos le dice al que me llevaba: «¿Vas a bailar el vals con la señora que está tan elegante?». Yo imagino que estaría muy elegante después de haber estado en manos de ellos. Seguimos caminando hasta que, en un momento, el que me llevaba se detiene y me doy cuenta de que estamos en la entrada del dormitorio. Comienzo a llamar a Haroldo. Le pido que se acerque, que no lo puedo ver y escucho su voz que me responde y siento su cuerpo próximo al mío. Me desespero tratando de verlo, de tocarlo pero sigo con las manos atadas y la cabeza encapuchada. Haroldo me responde: «Estoy bien, querida, no te preocupes por mí, cuidate vos y el nene, yo estoy bien». Siento que Haroldo se acerca y me besa la barbilla, que era la única parte de la cara que tenía descubierta. Ahí me doy cuenta de que Haroldo no estaba encapuchado, ya que me besó directamente la parte descubierta. Comienzo a gritar que no me lo lleven, quiero tender mis manos hacia Haroldo pero no puedo desatarme. Siento que bruscamente nos apartan. Todo sucede rápidamente. Me tiran sobre la cama. Uno de ellos cubre mi cuerpo con el suyo y me pone un revólver en la nuca. Siento los gritos del muchacho cuando se lo llevan, siento un ruido de cadenas nuevamente y motores de automóviles que se encienden. El tipo que me estaba custodiando gritaba sin parar «no te muevas, no te muevas, no te muevas». Pero no podía moverme. Apenas podía respirar con mi cara apretada contra el colchón. Escucho que se abre la puerta de calle y una voz llama al sujeto que estaba conmigo. Este sale corriendo y ahora escucho un portazo y que cierran la puerta con llave. Luego un silencio de muerte me rodea. Me doy cuenta que se han ido todos. Trato, con gran esfuerzo, de incorporarme de la cama y llego al cuarto de mis hijos. No sé cómo logro desatarme y quitarme la ropa que cubría mi cabeza; son dos camisas, una de Haroldo y otra de Miriam. Veo al bebito durmiendo en la cuna, me acerco a la cama de Miriam y comienzo a llamarla a los gritos, desesperada. Ella no me responde. Mis fuerzas físicas no dan más, las piernas se me doblan y la cabeza me da vueltas. Sigo llamando a la nena, enloquecida empiezo a sacudirla y siento un olor muy fuerte. Me doy cuenta que estaba dormida con cloroformo. Ernestito comienza a llorar, seguramente asustado por mis gritos, y Miriam abre los ojos enormes, sus pupilas están dilatadas. Rápidamente le cuento a la nena lo que había pasado, le pido que se levante y me ayude a salir de la casa. Sigue mirándome espantada y comienza a llorar cuando ve la casa toda revuelta. Las dos lloramos juntas, aterrorizadas. Le pongo un abrigo sobre el camisón y envuelvo al nene en una frazada. Comienzo a caminar por la casa hacia la puerta. En el piso hay que sortear objetos rotos, ropa, papeles y libros. Miro hacia el comedor y veo platos, cubiertos y restos de comida. Habían comido las milanesas que tenía preparadas. También tomado café. El aparato de teléfono no estaba, se lo habían llevado. Dejaron un sillón grande de cuero, allí siento a los chicos y me subo al respaldo tratando de alcanzar una ventana. La abro y salto a la vereda. No veo ningún coche vigilando. La nena me pasa al bebito y salta con mi ayuda. Comenzamos a caminar. Eran alrededor de las seis de la mañana. Llovía y hacía mucho frío. Un amanecer gris y destemplado, clásico de un día de mayo. Cuando siento que las piernas no me dan más, veo pasar un taxi desocupado. No podía creer en ese milagro. Lo llamo y el taxista se detiene y baja a ayudarme. Le cuento brevemente lo que me había pasado y le pido que nos lleve hasta la casa de mis padres, pero le aclaro que no tengo un solo peso para pagarle, ya que me habían robado hasta las monedas. El taxista me dijo: «Señora, yo trabajo de noche y todos los días veo casos como el suyo, yo la llevo donde sea». El hombre tapa la banderita del reloj del taxi, me ayuda a sentarme, acomoda a mis hijos y parte a toda velocidad. No hablamos una palabra en todo el trayecto. Al llegar se baja y vuelve a ayudarme con los chicos. Me pregunta: «¿En qué puedo ayudarla?». No sé quién es este hombre, ignoro su nombre, solo tengo este medio para agradecerle profundamente su solidaridad. Jamás lo olvidaré.







sábado, 29 de febrero de 2020

QUIRÓS, Mariano: Toda la luz mala


De la luz mala se dicen muchas cosas. Que se aparece al amanecer, a los hombres de campo que vienen de la joda. Que tiene cara de perro enfermo de rabia. Que no tiene cara, o bien que no se la puede mirar a la cara. O que simplemente no se la puede ver, que es un resplandor que te agarra por atrás y te arrastra y que no sirve hacerle resistencia. También se dice que en realidad es un viento, un viento que enceguece y que por eso se confunde con una luz. O se dice que es un fantasma, un alma en pena que se alimenta de las penas de otros hombres. Se dicen muchas otras cosas. Algunas son más o menos ciertas, pero lo único irrefutable es que, una vez vista la luz mala, algo cambia en tu vida. Las cosas, las personas, el mundo alrededor. Cambia todo. Yo lo sé y puedo afirmarlo porque yo vi la luz mala.
Habíamos ido con mamá a pasar parte del verano en casa de los abuelos, que vivían en un campo de Colonia Benítez. A mí nunca me gustó la vida de campo, pero mamá decía que era lo mejor para mi crecimiento y mi cabeza.
Los olores, el rocío a la mañana, el ruido de los insectos, el sol que te quema o que no brilla nada, todo eso me invadía –y aún hoy me invade– como una gran nube tóxica. Supongo que era mi alergia, pero mamá lo adjudicaba a nuestras dificultades económicas y a la ausencia de una imagen paterna fuerte. 
Mi abuelo quería llenar eso que mamá llamaba “mi vacío”. El pobre viejo se empeñaba en enseñarme la vida de campo. “Vida de gaucho”, decía. Que ordeñara vacas y que anduviera a caballo eran sus maneras de hacerme hombre. 
A mí los animales me daban una mezcla de asco y miedo. Temía que a una vaca le diera por cagar mientras yo le manoseaba la ubre o que, en un ataque de rebeldía, algún caballo me diera una mordida o un golpe de coz. O peor, que una vez arriba el caballo no atendiera mis órdenes, que se largara a trotar en cualquier dirección y que me encontraran a muchos kilómetros de la casa, asustado y pavote.
Pero nunca pasó nada, el abuelo tenía bien claro el tema. Sabía cuál era el caballo ideal para un chico, sabía que no hay animal más noble que una vaca.
Mi actividad preferida –o menos odiosa–, era ayudar a la abuela con las plantas del jardín. Regar, limpiar la maleza, emprolijar arbustos, esas cosas quizá más delicadas que las propuestas por mi abuelo. 
Mi abuela recorría el jardín tarareando melodías de María Elena Walsh. Desde las más elementales –Manuelita la tortuga, Osías el osito– hasta las de apariencia y tono más sofisticado. 
Refugiada en la galería, y siempre con un cigarrillo colgándole en la boca, mamá estudiaba mis movimientos con preocupación. Prefería verme pasar el rato con el abuelo. 
Cuando la insistencia del viejo era mucha, no me quedaba más remedio que hacer tripas corazón y subir a un caballo. Entonces la sonrisa de mamá, sus palabras de aliento –“Eso mi chiquito, al galope mi chiquito”–, se hacían luminosas. Una combinación de miedo y euforia que, cosa rara, la llenaba de alegría. Si soporté aquellas cabalgatas fue solo para verla más contenta.
Cada noche, después que cenábamos, a los dos, a mi abuela y a mi abuelo, les daba por contarnos historias del monte, de las cosas buenas y malas que uno podía encontrar llevando una vida como la que llevaban ellos. “Vida sana”, decía la abuela, pero a mí sus historias no hacían más que asustarme. En todas había gente que, por no saber comportarse, acababa padeciendo alguna desgracia. Hombres que por cazar algún tipo de animal inconveniente –una cotorra, por ejemplo– perdían el don del habla y, en vez de palabras, les salían como gritos de pájaro loco. O parejas que usurpaban algún pedazo de tierra, levantaban un rancho y después los hijos les venían deformes o con algún retraso. 
Llegaba un punto en que mamá, ocupada lavando platos, les pedía que la cortaran, que sus cuentos no tenían gracia alguna. Entonces los dos viejos largaban altas carcajadas y decían cosas como que, bueno, ya iba siendo tiempo de que yo conociera el mundo tal y como era. 
Un poco por eso, digo yo, es que el abuelo no dio lugar a una negativa la mañana de la luz mala. Una vaca y su ternero se habían perdido monte adentro, quizá a orillas del río. Antes que mandar a que los busque un peón, el abuelo prefirió que nos encargáramos nosotros, él y yo.
––De paso paseás un poco ––dijo––, paseás y te hacés hombre.
El abuelo bautizaba a sus caballos –tenía cuatro– con nombres portentosos y un poco obvios. El mío se llamaba Corcel, un criollito bien alimentado al que yo no le veía nada de particular. Sin embargo, el abuelo decía que todos los caballos eran seres especiales, que no había que tratarlos como personas sino como a seres místicos, casi casi como a dioses. Con semejante idea, el abuelo no hacía más que alimentar mi miedo y aprensión a los caballos.
Salimos antes que amaneciera. Apenas si una línea rojiza se insinuaba lejos, en el horizonte. Recuerdo las caras de mamá y de la abuela al verme sobre Corcel. Sentían lástima por mí, pero por alguna razón consideraban que aquello –que yo saliera con el abuelo de excursión– era lo adecuado.
Mamá se acercó y revisó que la cincha de mi caballo estuviese bien ajustada. Ya lo había hecho, pero usó su preocupación como excusa para hablarme al oído.
––No te olvides cuánto te quiere tu mamá ––me dijo.
Más tarde sentiría esas palabras de mamá como algo premonitorio o quizá como una lisa y llana advertencia. 
El abuelo pegó dos palmadas en las ancas de Corcel y al fin partimos. 
Nuestra idea –idea del abuelo, por supuesto– era encaminarnos por el breve monte en dirección al río. Una vez allí, si es que no encontrábamos antes a los animales, bordearlo hasta llegar más o menos a la altura de la ruta.
––Si entonces no aparecen ––dijo el abuelo—es que me los cuatrerearon. 
Si todo iba bien, calculó después, para la tardecita estaríamos de vuelta.
Marchábamos al trote, en calma, quisiera decir que disfrutando del incipiente amanecer, del aire nuevo del día nuevo. Pero no había disfrute alguno. Me atormentaba, de hecho, la obligación de pasarlo bien, de mostrarme a gusto con la expedición.
El abuelo quiso distraerme con sus historias del campo, historias que, aquella mañana, sentí escabrosas como nunca. El nombre del río, por ejemplo: Tragadero.
––Un río que traga las cosas ––dijo, impostando un tono solemne con el que pretendía impresionarme––. Traga personas y animales.
Pero a mí no me importaba el río. Mi única preocupación era mantenerme equilibrado sobre Corcel. Me sentía flojo sobre la silla de montar, como inestable. Me asustaba la idea de ir volcándome de a poco hacia un lado hasta quedar cabeza abajo, con el mundo patas arriba y los genitales del caballo muy cerca de mi cara. Y que el caballo no detuviera su andar. O la idea más común de caerme y no saber soltar las riendas a tiempo, que Corcel me arrastrara como a un forajido del lejano Oeste.
Y me preocupaba, sobre todo, que el abuelo presenciara mi accidente, mi grandísima estupidez.
Por eso mi pose rígida, mi cara de preocupación, que el abuelo intentó disipar con más historias del río. Me habló de la cantidad de peones ahogados en el Tragadero.
––Por idiotas ––dijo––: tipos que no saben nadar y que se mandan al agua así, a lo bruto.
Me contó de hombres desesperados que, por salvar una vaca estancada en el barro del fondo, se largaron al rescate y chau, el río se los tragó. A la vaca y a ellos. Pero igual, dijo mi abuelo, de no salvar a la vaca también la pasaban mal. 
––Es que no eran suyas, las vacas ––me explicó––. Y andá decile a tu patrón que le perdiste un animal.
Por eso, según el abuelo, muchos peones preferían esconderse en el monte antes que afrontar la cagada que se mandaron.
––Y son gente tan bruta ––remató––, que en vez de apuntar para otro lado se quedan por acá, brutos y enloquecidos.
Mi abuelo era un buen hombre, una persona trabajadora, pero a veces yo lo sentía cruel. Como lleno de resentimiento.
Nos adentramos al monte con los primeros rayos de sol, que se filtraban por entre las ramas de los árboles –chivatos y lapachos en su mayoría– y nos complicaban la vista. 
El monte era un lugar sucio. Pese a estar apartado de todo, había restos de basura, escombros y golpes de olor a podrido. Pero un olor a podrido de ciudad, como a polución y caños de escape. El olor que anuncia a la luz mala.
Yo venía distraído. Supongo que pensar en el monte, en su muy particular extrañeza, me hizo olvidar por un momento el miedo al caballo. O quizá trasladó ese miedo a una cosa más intangible y más rara. 
O bien puede que sea un poder de la luz mala: hacernos olvidar el mundo por un rato para devolvernos a él súbitamente, aunque acabe por devolvernos a un mundo distinto, un mundo más terrible.
El abuelo cerró el pico –venía hablando de peones y cuatreros, de las cosas que están bien y de las cosas que están mal en la vida de campo– y me apretó un brazo. Un apretón lleno de pánico. Estábamos frente a la luz mala. Recostada en un árbol, oronda y a la vez enloquecida, la luz mala nos apuntaba con el dedo índice de su mano derecha.
Quisiera ser claro: la luz mala es un hombre, tiene cara y cuerpo de hombre. Tiene ojos, manos y piernas. Viste mal, su ropa es vieja y mugrienta. También usa una barba sucia y larga, una barba de pordiosero. La luz mala parece un linyera. Es un hombre. Pero no es un hombre. Si ustedes no ven la luz mala, es difícil de explicar. Uno simplemente sabe que está frente a la luz mala, y es frustrante y triste que los demás no puedan sentirlo. Por eso es que sufro tanto. 
––Quieto, quietito que es la luz mala ––me susurró el abuelo, como si yo no me hubiera dado cuenta––. Rezá conmigo.
Y nos largamos a rezar. En realidad rezó el abuelo, porque yo no pude. La luz mala me había dejado duro, muerto de miedo. Sentí caliente la entrepierna y comprendí que me estaba meando encima. También sentí ganas de llorar y tuve la certeza de que nunca encontraríamos a la vaca y su ternero.
––…venga a nosotros Tu Reino… ––recitaba el abuelo.
La luz mala nos miró con odio. Los ojos se le pusieron colorados, como con derrame, y dijo algo que no alcancé a descifrar pero que entendí como algún tipo de maldición o cosa parecida.
El abuelo hizo un esfuerzo –vi que sudaba, que las venas del cogote le vibraban, tensas, a punto de explotar– y elevó el tono de su rezo. Casi una súplica:
––¡…líbranos del Mal!
Antes de apagarse –o lo que fuera que hace al emprender su retirada–, la luz mala respondió al rezo de mi abuelo con un grito estruendoso. Algo como un sapucai, pero un sapucai lleno de espanto y desesperación.
Después desapareció.
El abuelo y yo tardamos cosa de un minuto en reaccionar. Cuando me preguntó cómo estaba, cómo me sentía, otra vez no pude pronunciar palabra. Respondí apenas con un gemido apagado, una especie de hipido, y después me largué a llorar. Lloré un buen rato, con espasmos pero en silencio. El abuelo me acarició la cabeza y me dijo, varias veces, “está bien, ya pasó, está bien”. Aunque no, nada estaba bien. 
Todavía lloraba cuando volvimos a la casa. Con un trapo humedecido, la abuela me refrescó la frente. También tarareó la Canción del estornudo. Como nunca antes, la melodía me sonó estúpida y tuve ganas de maltratar a mi pobre abuela. Si al final no lo hice, fue por el terrible ardor estomacal que empecé a sentir en ese preciso momento y que, desde entonces, ya nunca dejé de padecer.
Mamá, mientras tanto, no paraba de llorar y no hacía más que pedirme perdón. Se culpaba por hacerme andar a caballo, por obligarme a una vida que –pese a mi niñez, era ya evidente– poco tenía que ver conmigo.
––No fue tu culpa ––quiso tranquilizarla el abuelo––, fue la luz mala.
Afligido en un rincón, el viejo pelaba una naranja y la comía despacio, como empujando con la lengua cada gajo, de un lado a otro de la boca. Una manera de comer que, de apenas observarla, incrementó mi malestar. También al abuelo tuve ganas de maltratarlo. Parecía, de repente, un hombre derrotado. O lo que yo entiendo ahora, muchos años después, como un hombre derrotado. 
Mamá no quiso que nos quedáramos más tiempo en Colonia Benítez. “Lugar espantoso, lugar de mierda”, le oí susurrar mientras ordenaba nuestros bártulos. Apenas si nos despedimos de los abuelos que, las caras desencajadas, nos miraban como si mamá y yo fuésemos puros extraños. 
Volvimos a Resistencia esa misma tarde y mamá me prohibió hablar de la luz mala. Fue tajante:
––Con nadie ––me ordenó––, no hablés de la luz mala con nadie.
Y yo me quedé callado el resto del verano, con toda la luz mala adentro mío.

(Resistencia, Chaco, 1979)