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martes, 22 de septiembre de 2020

VARGAS LLOSA, Mario: El desafío


Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar" apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo. 
—¿Qué pasa? —preguntó León. 
Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros. 
—Me muero de sed. 
Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota. 
—Justo va a pelear esta noche —dijo, con una voz rara. 
Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo. 
—Me encargó que les avisara —agregó Leonidas—. Quiere que vayan. 
Finalmente, Briceño preguntó: 
—¿Cómo fue? 
—Se encontraron esta tarde en Catacaos —Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo—. Ya se imaginan lo demás... 
—Bueno —dijo León—. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que aterrarse tampoco. Justo sabe lo que hace. 
—Sí —repitió Leonidas, con un aire ido—. Tal vez es mejor que sea así. 
Las botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentos antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del "Río Bar" pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta y reían. 
—Son casi las nueve —dijo León—. Mejor nos vamos. 
Salimos. 
—Bueno, muchachos —dijo Leonidas—. Gracias por la cerveza. 
—¿Va a ser en "La Balsa", ¿no? —preguntó Briceño. 
—Sí. A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo. 
El viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacia la plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía divertirse. 
—El Cojo lo va a matar —dijo, de pronto, Briceño. 
—Cállate —dijo León. 
Nos separamos en la esquina de la iglesia. Caminé rápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba. 
—¿Otra vez a la calle? —dijo ella. 
—Sí. Tengo que arreglar un asunto. 
El chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se había muerto. 
—Tienes que levantarte temprano —insistió ella—. ¿Te has olvidado que trabajas los domingos? 
—No te preocupes —dije—. Regreso en unos minutos. 
Caminé de vuelta hacía el "Río Bar" y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el dueño del local. 
—¿Es cierto lo de la pelea? 
—Sí. Va ser en la "Balsa". Mejor te callas. 
—No necesito que me adviertas —dijo—. Lo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos. 
—El Cojo es un asco de hombre. 
—Era tu amigo antes... —comenzó a decir Moisés, pero se contuvo. 
Alguien llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado. 
—¿Quieres que yo vaya? —me preguntó. 
—No. Con nosotros basta, gracias. 
—Bueno. Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo —tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso—. Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurriera a ustedes darse una vuelta por acá. 
—Hubiera querido verlo al Cojo —dije—. Cuando está furioso su cara es muy chistosa. 
Moisés se rio. 
—Anoche parecía el diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo mucho sin sentir náuseas. 
Acabé la cerveza y salí a caminar por el malecón, pero regresé pronto. Desde la puerta del "Río Bar" vi a Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil, contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus facciones eran delicadas, dulces. Al escuchar mis pasos se volvió, descubriendo a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de su rostro, desde la comisura de los labios hasta la frente. (Algunos decían que había sido un golpe, recibido de chico, en una pelea, pero Leonidas aseguraba que había nacido en el día de la inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al ver avanzar el agua hasta la misma puerta de su casa). 
—Acabo de llegar —dijo—. ¿Qué es de los otros? 
—Ya vienen. Deben estar en camino. 
Justo me miró de frente. Pareció que iba a sonreír, pero se puso muy serio y volvió la cabeza. 
—¿Cómo fue lo de esta tarde? 
Encogió los hombros e hizo un ademán vago. 
—Nos encontramos en el "Carro Hundido". Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura. 
—¿Eres muy hombre? —gritó el Cojo. 
—Más que tú —gritó Justo. 
—Quietos, bestias —decía el cura. 
—¿En "La Balsa" esta noche entonces? —gritó el Cojo. 
—Bueno —dijo Justo—. Eso fue todo. 
La gente que estaba en el "Río Bar" había disminuido. Quedaban algunas personas en el mostrador, pero en la terraza solo estábamos nosotros. 
—He traído esto —dije, alcanzándole el pañuelo. 
Justo abrió la navaja y la midió. La hoja tenía exactamente la dimensión de su mano, de la muñeca a las uñas. Luego sacó otra navaja de su bolsillo y comparó. 
—Son iguales —dijo—. Me quedaré con la mía, nomás. 
Pidió una cerveza y la bebimos sin hablar, fumando. 
—No tengo hora —dijo Justo—. Pero deben ser más de las diez. Vamos a alcanzarlos. 
A la altura del puente nos encontramos con Briceño y León. Saludaron a Justo, le estrecharon la mano. 
—Hermanito —dijo León—. Usted lo va a hacer trizas. 
—De eso ni hablar —dijo Briceño—. El Cojo no tiene nada que hacer contigo. 
Los dos tenían la misma ropa que antes, y parecían haberse puesto de acuerdo para mostrar delante de Justo seguridad e, incluso cierta alegría. 
—Bajemos por aquí —dijo León—. Es más corto. 
—No —dijo Justo—. Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una pierna, ahora. 
Era extraño ese temor, porque siempre habíamos bajado al cauce del río, descolgándonos por el tejido de hierros que sostiene el puente. Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la derecha y caminamos un buen rato en silencio. Al descender por el minúsculo camino hacía el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una maldición. La arena estaba tibia y nuestros pies se hundían, como si anduviésemos sobre un mar de algodones. León miró detenidamente el cielo. 
—Hay muchas nubes —dijo—; la luna no va a servir de mucho esta noche. 
—Haremos fogatas —dijo Justo. 
—¿Estás loco? —dije—. ¿Quieres que venga la policía? 
—Se puede arreglar —dijo Briceño sin convicción—. Se podría postergar el asunto hasta mañana. No van a pelear a oscuras. 
Nadie contestó y Briceño no volvió a insistir. 
—Ahí está "La Balsa" —dijo León. 
En un tiempo, nadie sabía cuándo, había caído sobre el lecho del río un tronco de algarrobo tan enorme que cubría las tres cuartas partes del ancho del cauce. Era muy pesado y, cuando bajaba, el agua no conseguía levantarlo, sino arrastrarlo solamente unos metros, de modo que cada año, "La Balsa" se alejaba más de la ciudad. Nadie sabía tampoco quién le puso el nombre de "La Balsa", pero así lo designaban todos. 
—Ellos ya están ahí —dijo León. 
Nos detuvimos a unos cinco metros de "La Balsa. En el débil resplandor nocturno no distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, solo sus siluetas. Eran cinco. Las conté, tratando inútilmente de descubrir al Cojo. 
—Anda tú —dijo Justo. 
Avancé despacio hacía el tronco, procurando que mi rostro conservara una expresión serena. 
—¡Quieto! —gritó alguien—. ¿Quién es? 
—Julián —grité—. Julián Huertas. ¿Están ciegos? 
A mi encuentro salió un pequeño bulto. Era el Chalupas. 
—Ya nos íbamos —dijo—. Pensábamos que Justito había ido a la comisaría a pedir que lo cuidaran. 
—Quiero entenderme con un hombre —grité, sin responderle—. No con este muñeco. 
—¿Eres muy valiente? —preguntó el Chalupas, con voz descompuesta. 
—¡Silencio! —dijo el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se adelantó hacía mí. Era alto, mucho más que todos los presentes. En la penumbra, yo no podía ver; solo imaginar su rostro acorazado por los granos, el color aceituna profundo de su piel lampiña, los agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de sus pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su barbilla triangular de iguana. El Cojo rengueaba del pie izquierdo; decían que en esa pierna tenía una cicatriz en forma de cruz, recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía pero nadie se la había visto. 
—¿Por qué has traído a Leonidas? —dijo el Cojo, con voz ronca. 
—¿A Leonidas? ¿Quién ha traído al Leonidas? 
El cojo señaló con su dedo a un costado. El viejo había estado unos metros más allá, sobre la arena, y al oír que lo nombraban se acercó. 
—¡Qué pasa conmigo! —dijo. Mirando al Cojo fijamente—. No necesito que me traigan. He venido solo, con mis pies, porque me dio la gana. Si estás buscando pretextos para no pelear, dilo. 
El Cojo vaciló antes de responder. Pensé que iba a insultarlo y, rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero. 
—No se meta, viejo —dijo el cojo amablemente—. No voy a pelearme con usted. 
—No creas que estoy tan viejo —dijo Leonidas—. He revolcado a muchos que eran mejores que tú. 
—Está bien, viejo —dijo el Cojo—. Le creo —se dirigió a mí:— ¿Están listos? 
—Sí. Di a tus amigos que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos. 
El Cojo se rio. 
—Tú bien sabes, Julián, que no necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te preocupes. 
Uno de los que estaban detrás del Cojo, se rio también. El Cojo me extendió algo. Estiré la mano: la hoja de la navaja estaba al aire y yo la había tomado del filo; sentí un pequeño rasguño en la palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo se hielo. 
—¿Tienes fósforos, viejo? 
Leonidas prendió un fósforo y lo sostuvo entre sus dedos hasta que la candela le lamió las uñas. A la frágil luz de la llama examiné minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo, comprobé su filo y su peso. 
—Está bien —dije. 
Chunga caminó entre Leonidas y yo. Cuando llegamos entre los otros. Briceño estaba fumando y a cada chupada que daba resplandecerían instantáneamente los rostros de Justo, impasible, con los labios apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de hierba, y del propio Briceño, que sudaba. 
—¿Quién le dijo a usted que viniera? —preguntó Justo, severamente. 
—Nadie me dijo —afirmó Leonidas, en voz alta—. Vine porque quise. ¿Va usted a tomarme cuentas? 
Justo no contestó. Le hice una señal y le mostré a Chunga, que había quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja y la arrojó. El arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y este se encogió. 
—Perdón —dije, palpando la arena en busca de la navaja—. Se me escapó. Aquí está. 
—Las gracias se te van a quitar pronto —dijo Chunga. 
Luego, como había hecho yo, al resplandor de un fósforo pasó sus dedos sobre la hoja, nos la devolvió sin decir nada, y regresó caminando a trancos largos hacía "La Balsa". Estuvimos unos minutos en silencio, aspirando el perfume de los algodonales cercanos, que una brisa cálida arrastraba en dirección al puente. Detrás de nosotros, a los dos costados del cauce, se veían las luces vacilantes de la ciudad. El silencio era casi absoluto; a veces, lo quebraban bruscamente ladridos o rebuznos. 
—¡Listos! —exclamó una voz, del otro lado. 
—¡Listos! —grité yo. 
En el bloque de hombres que estaba junto a "La Balsa" hubo movimientos y murmullos; luego, una sombra rengueante se deslizó hasta el centro del terreno que limitábamos los dos grupos. Allí, vi al Cojo tantear el suelo con los pies; comprobaba si había piedras, huecos. Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando estuvo a mi lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse, pero Leonidas dio un salto y lo tomó de los hombros. El Viejo se sacó una manta que llevaba sobre la espalda. Estaba a mi lado. 
—No te le acerques ni un momento —el viejo hablaba despacio, con voz levemente temblorosa—. Siempre de lejos. Báilalo hasta que se agote. Sobre todo cuidado con el estómago y la cara. Ten el brazo siempre estirado. Agáchate, pisa firme... Ya, vaya, pórtese como un hombre... 
Justo escuchó a Leonidas con la cabeza baja. Creí que iba a abrazarlo, pero se limitó a hacer un gesto brusco. Arrancó la manta de las manos del viejo de un tirón y se la envolvió en el brazo. Después se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes, con la cabeza levantada. En su mano derecha, mientras se distanciaba de nosotros, el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos metros del Cojo. 
Quedaron unos instantes inmóviles, en silencio, diciéndose seguramente con los ojos cuánto se odiaban, observándose, los músculos tensos bajo la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las navajas. De lejos, semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas en un material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos algarrobos de la orilla, proyectados en el aire, no en la arena. Casi simultáneamente, como respondiendo a una urgente voz de mando, comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo; un segundo antes, inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía desde las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose también, sin apartar los pies. Sus posturas eran idénticas; el brazo derecho adelante, levemente doblado con el codo hacía fuera, la mano apuntando directamente al centro del adversario, y el brazo izquierdo, envuelto por las mantas, desproporcionado, gigante, cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al principio solo sus cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos permanecían fijos. Imperceptiblemente, los dos habían ido inclinándose, extendiendo la espalda, las piernas en flexión, como para lanzarse al agua. El Cojo fue el primero en atacar; dio de pronto un salto hacia delante, su brazo describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que rozó a Justo, sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando este, que era rápido, comenzaba a girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco en torno del otro, deslizándose suavemente sobre la arena, a un ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba sobre el sitio. Se había encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo, siguiendo la dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el tiempo, como hipnotizado. De improviso, Justo se plantó; lo vimos caer sobre el otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un segundo, como un muñeco de resortes. 
—Ya está —murmuró Briceño—. Lo rasgó. 
—En el hombro —dijo Leonidas—. Pero apenas. 
Sin haber dado un grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su danza, mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo. Quería marearlo, pero el Cojo tenía experiencia y recursos. Rompió el círculo retrocediendo, siempre inclinado, obligando a Justo a detenerse y a seguirlo. Este lo perseguía a pasos muy cortos, la cabeza avanzada, el rostro resguardado por la manta que colgaba de su brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado hasta casi tocar la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las dos halló solo el vacío. "No te acerques tanto", dijo Leonidas, junto a mí, en voz tan baja que solo yo podía oírlo, en el momento que el bulto, la sombra deforme y ancha que se había empequeñecido, replegándose sobre sí mismo como una oruga, recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y arrojarse, nos quitaba de la vista a Justo. Uno, dos, tal vez tres segundos estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el combate, parecido a un eructo. Un instante después surgió a un costado de la sombra gigantesca, otra, más delgada y esbelta, que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible entre los luchadores. Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su pie derecho y arrastraba el izquierdo. Yo me esforzaba en vano para que mis ojos atravesaran la penumbra y leyeran sobre la piel de Justo lo que había ocurrido en esos tres segundos, cuando los adversarios, tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo. "¡Sal de ahí!", dijo Leonidas muy despacio. "¿Por qué demonios peleas tan cerca?". Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera llevado ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el Cojo. Agazapados, atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no sorprendían a ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo, estirado como para lanzar una piedra, que buscaba no herir, sino desconcertar al adversario, confundirlo un instante, quebrarle la guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando el brazo izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo, transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados, llameantes tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su nariz chata y del ancho de su boca agitadas, con un temblor inverosímil; y Justo con su máscara habitual de desprecio, acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de exasperación y fatiga. Abrí los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse alocado, ciegamente sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su rostro, descubriendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra el cielo, lo estrellaron sobre su presa con violencia. La salvaje explosión debió sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo, quedó indeciso y, cuando se inclinó, alargando su brazo como una flecha, ocultando a nuestra vista la brillante hoja que perseguimos alucinados, supimos que el gesto de locura de Justo no había sido inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin distinguir quién era quién, sin saber de qué brazo partían esos golpes, qué garganta profería esos rugidos que se sucedían como ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando hacía el cielo, o en medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas desnudas de las navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o vibrar en la noche, como en un espectáculo de magia. 
Debimos estar anhelantes y ávidos, sin respirar, los ojos dilatados, murmurando tal vez palabras incomprensibles, hasta que la pirámide humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una cuchillada invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la espalda, en el mismo momento, con la misma violencia. Quedaron a un metro de distancia, acezantes. "Hay que pararlos —dijo la voz de León—. Ya basta". Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo había abandonado su emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó la embestida y ambos rodaron por el suelo. Se retorcían sobre la arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo el aire a tajos y resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve. Pronto estuvieron quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba a correr hacía ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien se incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído, cimbreándose peor que un borracho. Era el Cojo. 
En el forcejeo, habían perdido hasta las mantas, que reposaban un poco más allá, semejando una piedra de muchos vértices. "Vamos", dijo León. Pero esta vez también ocurrió algo que nos mantuvo inmóviles. Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su cuerpo sobre el brazo derecho y cubriendo la cabeza con la mano libre, como si quisiera apartar de sus ojos una visión horrible. Cuando estuvo de pie, el Cojo retrocedió unos pasos. Justo se tambaleaba. No había apartado su brazo de la cara. Escuchamos entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las tinieblas. 
—¡Julián! —gritó el Cojo—. ¡Dile que se rinda! 
Me volví a mirar a Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de León: observaba la escena con expresión atroz. Volví a mirarlos: estaban nuevamente unidos. Azuzado por las palabras del Cojo. Justo, sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que yo descuidaba la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las últimas fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente de esa acometida sentimental e inútil, saltando hacía atrás: 
—¡Don Leonidas! —gritó de nuevo con acento furioso e implorante—. ¡Dígale que se rinda! 
—¡Calla y pelea! —bramó Leonidas, sin vacilar. 
Justo había intentado nuevamente un asalto, pero nosotros, sobre todo Leonidas, que era viejo y había visto muchas peleas en su vida, sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no tenía vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo. Con la angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca, resecándola, y hasta los ojos, nublándose, los vimos forcejear en cámara lenta todavía un momento, hasta que la sombra se fragmentó una vez más: alguien se desplomaba en la tierra con un ruido seco. Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había retirado hacía los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar. Junté mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente humedecía mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su vientre y su espalda entre desgarraduras de tela y se hundía a ratos en el cuerpo flácido, mojado y frío, de malagua varada. Briceño y León se quitaron sus sacos lo envolvieron con cuidado y lo levantaron de los pies y de los brazos. Yo busqué la manta de Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la cara, a tientas, sin mirar. Luego, entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras, como a un ataúd, y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad. 
—No llore, viejo —dijo León—. No he conocido a nadie tan valiente como su hijo. Se lo digo de veras. 
Leonidas no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo. 
A la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté. 
—¿Lo llevamos a su casa, don Leonidas? 
—Sí —dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía. 

(Perú, 1936) 



jueves, 17 de septiembre de 2020

KAVAFIS, Constantino: La ciudad


Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar, 
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos solo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.


(Alejandría, Egipto, 1863/1933)


sábado, 12 de septiembre de 2020

MAIRAL, Pedro: La importancia del deporte


El jueves pasado cumplí 37 años y la gente que no me conoce me ve y cree que todavía no pasé los 30. Siempre tuve este desfasaje entre mi cuerpo y mi edad. Ahora ya no me molesta, incluso me alegra porque veo a mis amigos quedándose pelados, echando panzas y canas mientras yo sigo como Dorian Gray, escondiendo un cuadro que envejece por mí.
Crecí con ese desfasaje. No me acuerdo de haber sido distinto antes. Siempre me sentí chiquito, más flaco, más petizo que los demás, menos peludo, menos hombre. Era el segundo de la fila; el primer puesto lo tenía un amigo que en ese tiempo todavía no era un futuro coordinador de ongs a lo ancho del planeta sino uno de los pocos tipos a quien yo no tenía que mirar para arriba para hablarle.
Estábamos siempre ahí adelante, mientras se izaba la bandera, en el patio, en esas filas que nos ponían tan en evidencia todas las mañanas. ¿De dónde habrá salido esa costumbre de poner a los chicos en fila por orden de estatura? ¿Era para que quedáramos prolijos? ¿Cómo no se daban cuenta de que era como ponernos por orden de peso, del más flaco al más gordo, o por orden cromático, del más rubio al más morocho, del albino al africano, pasando por todas la gamas. Nadie lo veía mal. Era lo más natural del mundo. Los más petisos íbamos adelante, primeros. Los más altos atrás. Y no se discutía.
Debe ser una cosa militar, medio obsesiva con la prolijidad. Una especie de orden primitivo. Como ordenar los libros en la biblioteca por color. Pero a mí me parecía ideado para humillar a los más bajos. Quizá sería para vernos mejor desde el frente y controlarnos. Yo me vengaba mentalmente ordenando en mi cabeza a los profesores por orden de estatura. El director, el Lic. Chiampiti, era el más bajo. Me imaginaba todo el secundario en fila mezclado con los profesores por orden de estatura y el Chiampiti casi con nosotros delante de todo y en seguida la profesora de química y después el de matemáticas al que le decíamos el Pollo. No servía para nada ser el primero de la fila, no ofrecía ningún beneficio. Uno de mis primeros cuentos, que por suerte se perdió, era sobre un tipo traumado que, en la fila del cine o del banco, obligaba a la gente a ponerse por orden de estatura. Un loco que entraba con un arma y en vez de robar los ordenaba a punta de pistola. Hacía eso y se iba para que a los más petisos los atendieran primero.
Es difícil idear formas del orden todavía más humillantes para escolares: quizá ordenarlos por coeficiente intelectual, por ejemplo, o del más rico al más pobre. A eso no se animaron. Ahora que lo pienso, como todo sistema efectivo, el orden de estatura se establecía casi solo. Me suena mucho la frase “señores se ubican acá en una sola fila por orden de estatura”, me parece haberla oído varias veces. Pero creo que ya lo hacíamos automáticamente: los más altos iban empujando hacia delante a los más bajos; en los casos de altura empatada se ponían espalda con espalda y un tercero arbitraba.
Me acuerdo de llegar después de cada verano al primer día de clase y tener la esperanza de estar más alto, la sensación de que había pasado tiempo y que quizá había crecido en esos tres meses; y toparme en el patio con unos tipos medio irreconocibles, mis amigos deformados por las hormonas, con la voz cambiada, huesudos, altos, muy altos, con una seguridad y una fuerza que a mí no me habían sido dadas. Creo que por eso me obsesionaba la serie de televisión “El increíble Hulk”, la veía todas las tardes y soñaba con ser Bill Bixby que le advertía “No soy yo cuando me disgusto” a la gente que lo ponía nervioso; soñaba con pegar el estirón ahí delante de todos en medio de la clase, romper la camisa, los pantalones, con músculos, con mucha fuerza, hacerme hombre de golpe, asustando a todos, inquietando a las chicas, y salir corriendo del colegio ya como el fisicoculturista Lou Ferringo, gruñendo, en cuero, descalzo, pero sin estar pintado de verde.
Siempre tuve que conformarme con este crecimiento imperceptible, esta especie de invariabilidad. Y la altura no fue lo peor. Lo peor fueron los pelos, la ausencia de pelos, los años de lampiño. Esas comparaciones de vestuario, esa preocupación. Mirar a los otros y mirarme. Y preguntarme cuándo, cuándo me iba a tocar a mí, cuándo sería mi turno de ir caminando hacia las duchas desnudo y con aplomo, usando la toalla no para taparme como una nena sino para ir pegándole latigazos en el culo a los distraídos, desfilando mi pelambre, mi sombra de mamífero sexual. Yo me cambiaba apurado, medio sentado, ocultando mi lampiñismo. Cuando volvíamos de un partido, me mojaba la cabeza en los lavamanos para que los profesores creyeran que me había bañado y me ponía los pantalones con las costras de barro en las rodillas. No iba a las duchas, me volvía a casa mugriento pero invicto de las burlas.
Todo era un poco así en el colegio. Cuatro divisiones con 25 alumnos cada una. Cien chicos y chicas por año. Quinientos en todo el secundario. Era solo cuestión de pasar inadvertido. Me hice campeón en eso. Era como el juego del quemado donde un tipo se paraba en el medio de la cancha de básquet y empezaba a desnucar a los otros a pelotazos y los desnucados pasaban a su bando y se dedicaban a desnucar a más y más gente. Yo me perdía en el tumulto, me hacía invisible. Camus decía que el fútbol le enseñó todo lo que necesitó aprender en la vida. A mí me pasó lo mismo con el quemado. Por ahora vengo zafando. Aunque sé que el pelotazo final algún día me lo van a dar. Soy el último desesperado corriendo en pantalones cortos, en invierno, sabiendo que la pelota de básquet lanzada con saña por esos compañeros sedientos de sangre va a llegar y va a doler como trompada contra la espalda, contra la cara, contra el muslo congelado.
Incluso yo jugaba al rugby así. En mi primer día de rugby a los ocho o nueve años, la pelota voló por el aire, a mí se me ocurrió atajarla y un batallón de hiperactivos con botines de tapones de aluminio se me vino al humo; me chocaron y me aplastaron en el piso. A partir de ese momento, para mí, la regla número uno del rugby pasó a ser: “manténgase lo más lejos posible de la pelota”. El secreto entonces era simular que hacía el esfuerzo, que la buscaba, que me metía. Era una actuación muy fina: todos jugaban al rugby, pero yo en cambio actuaba que jugaba. Era más difícil. En cierta forma tenía más mérito. Era una simulación pero no había que sobreactuar porque se podía notar. Había que encontrar un equilibrio, meterse pero llegar justo tarde, cuando la pelota ya estaba saliendo de la pila de gente. Arrojarse sobre la montonera pero cuando ya no había muchos más jugadores para que te cayeran encima. Estar muy atento, anticipando la jugada para correr hacia el otro costado como esperando un pase que no se daba pero que se podría haber dado. Tenía que adivinar lo que podría haber sido pero no era, moverme en esa orilla. Era un juego secreto, de supervivencia, que yo jugaba dentro del gran juego. Igual que ahora, supongo, ahora que en este juego enorme de la adultez practico este otro juego paralelo, casi invisible, de la literatura, simulando que trabajo, simulando que sí, que soy un hombre con currículum que paga impuestos, pero soy torpe y no me creo nada y sé que están a punto de aplastarme y anticipo, esquivo, hago como que corro con todos, pero siempre me siento al margen, soñando otra cosa, nunca me creo la vida, ese juego tan raro que practican los demás.

(Argentina, 1970)



viernes, 28 de agosto de 2020

LOVECRAFT, Howard Phillips: El anciano terrible


Fue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive a solas en una casa muy antigua de la Calle Walter, próxima al mar, y se le conoce por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud extremadamente delicada... lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.
Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, lo protegen de las atenciones de caballeros como el señor Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de veleros de las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Cara Cortada, Tom el Largo, Joe el Español, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones, no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogénea estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás. 
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. El señor Ricci y el señor Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero, mientras el señor Czanek se quedaba esperándolos a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en la Calle Ship, junto a la verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros y sin alharacas. 
Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en la Calle Walter junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Terrible Anciano para averiguar el paradero de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy anciano y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarlo. Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Terrible Anciano hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble. 
La espera le pareció muy larga al señor Czanek, que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la verja posterior de la casa del Terrible Anciano, en la Calle Ship. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la mansión momentos antes de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los nervios observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo? Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumbroso pastillo, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Terrible Anciano que se apoyaba con aire tranquilo en su nudoso cayado y sonreía malignamente. El señor Czanek no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era amarillos. 
Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades provincianas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados -—como si hubieran recibido múltiples cuchilladas— y horriblemente triturados —como si hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas— que la marea arrojó a tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró en la Calle Ship, o de ciertos gritos harto inhumanos, probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el Terrible Anciano no prestaba la menor atención a los chismes que corrían por el pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando se es anciano y se tiene una salud delicada la reserva es doblemente marcada. Además, un lobo marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas mucho más emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.

(Estados Unidos: 1890-1937)





lunes, 27 de julio de 2020

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel: Solo vine a hablar por teléfono


Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un automóvil alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como actriz de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba lejos. 
—No importa —dijo María—. Lo único que necesito es un teléfono. 
Era cierto, y solo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina de asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia y el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios. 
—Están dormidas— murmuró. 
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada de su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud alerta. 
—¿Dónde estamos?— le pregunto María. 
—Hemos llegado— contestó la mujer. 
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas apenas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia en la penumbra del patio que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron en la puerta del autobús, y les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio y la devolviera en la portería. 
—¿Habrá un teléfono?— le preguntó María. 
—Por supuesto— dijo la mujer—. Ahí mismo le indican. 
Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. ”En el camino se secan”, le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó: ”Buena suerte”. El autobús arrancó sin darle tiempo de más. 
María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: ”¡Alto, he dicho!”. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos muy dulces: 
—Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono. 
María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final, entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación. 
—Es que solo vine a hablar por teléfono— le dijo María. 
Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención. 
—¿Cómo te llamas?— le preguntó. 
María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y esta, sin nada que decir, se encogió de hombros. 
—Es que solo vine a hablar por teléfono— dijo María. 
—De acuerdo, maja –le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real—, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana. 
Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad, estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror. 
—Por el amor de Dios— dijo—. Le juro por mi madre muerta que solo vine a hablar por teléfono. 
Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España. 
Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes del amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias. 
No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces, el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio. 
Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto. 
—Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras —le dijo el médico, con una voz adormecedora—. No hay mejor remedio que las lágrimas. 
María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por la primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido. 
El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo después una bendición episcopal, y desapareció para siempre. 
—Confía en mí— le dijo. 
Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada. 
Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto departamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche. 
En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido. 
De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podría ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contraído que se olvidó de darle comida al gato. 

Solo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona solo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irredimible, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esa comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así es que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella. 
Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años de amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometió mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. “Hay amores cortos y amores largos”, le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: “Este fue corto”. Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes. 
María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperándolo en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno. 
No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin concesiones. “¿Y ahora hasta cuándo”?, le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: ”El amor es eterno mientras dura”. Dos años después, seguía siendo eterno.
María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A fines del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán bario de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves todavía no había dado señales de vida. 
El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a la casa para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía de civil fue a la casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar en que María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miró para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado. 
El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Fliorida en Cadaqués, adonde Rosa Regás lo había invitado a navegar a vela. Estábamos en el Maritím, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde solo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quien, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de pijama callejero de algodón crudo, y unas abarcas de labrador. 
No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de la Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quien eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de una familia de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio. 
Al cuarto día le contestó una andaluza que solo iba a hacer la limpieza. “El señorito se ha ido”, le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María. 
—Aquí no vive ninguna María —le dijo la mujer–, el señorito es soltero. 
—Ya lo sé –le dijo él—. No vive, pero a veces va. ¿O no? 
La mujer se encabritó. 
—¿Pero quién coño habla ahí? 
Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Solo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María. 
A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad. 
La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por la guardiana que los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas en la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero. 
Lo más duro era la soledad en las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también en el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con vos suficiente para que oyera su vecina de cama: 
—¿Dónde estamos? 
La voz grave y lúcida de la vecina le contestó: 
—En los profundos infiernos. 
—Dicen que esta es tierra de moros —dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio—. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oyen los perros ladrándole a la mar. 
Se oyó la cadena de las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y solo ella sabía por qué.
Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio. 
Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yertos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas. 
—Hija de puta —gritó—. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí. 
El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada, y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora: 
—Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos. 
—Maricón— dijo María. 
Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuera el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre familiar con su tono ávido y triste, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella. 
—¿Bueno? 
Tuvo que esperar a que pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta. 
—Conejo, vida mía –suspiró. 
Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y la voz, enardecida por los celos escupió la palabra: 
—¡Puta! 
Y colgó en seco. 
Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataron de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados, mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó en puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna. 
El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable. 
—Si alguna vez sabe, te mueres. 
Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de la esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada el mismo día no había concluido en nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana. 
—Me lo informó la compañía de seguros del coche— dijo. 
El director se sintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó: 
—Lo único cierto es la gravedad de su estado. 
Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicara. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos. 
—Es raro –dijo Saturno—. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio. 
El médico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono. 
—Sígale la corriente— dijo. 
—Tranquilo, doctor —dijo Saturno con un aire alegre—. Es mi especialidad. 
La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era el antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color de fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina. 
—¿Cómo te sientes?— le preguntó él. 
—Feliz de que al fin hayas venido, Conejo –dijo ella—. Esto ha sido la muerte. 
No tuvieron tiempo de sentarse, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror. 
—Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro –dijo, y suspiró con el alma—. Creo que nunca volveré a ser la misma. 
—Ahora todo eso pasó— dijo él acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara–. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más, si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien. 
Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los pronósticos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad. 
—¡Por Dios, Conejo! –dijo atónita—. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca! 
—¡Cómo se te ocurre! –dijo él, tratando de reír—. Lo que pasa es que sería mucho más conveniente para todos que sigas por un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto. 
—¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! —dijo María. 
Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Esta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello del marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago: 
—¡Váyase! 
Saturno huyó despavorido. 
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran Leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró con la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no solo se negó a recibir al marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte. 
—Es una reacción típica —lo consoló el director—. Ya pasará. 
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible por que le recibiera una carta, pero fue inútil. 
Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si le llegaban a María, hasta que lo venció la realidad. 
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, encinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, y resolviéndole algunas urgencias imprevistas, hasta un día en que solo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó también el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer. 

Abril 1978 

(Colombia, 1928—2014)


sábado, 20 de junio de 2020

BUKOWSKI, Charles. Sé amable


Siempre nos piden
que entendamos
el punto de vista
de los otros
sin importar si es
anticuado
necio
asqueroso.
A uno le piden que entienda
amablemente
todos los errores
de los otros
sus vidas
desperdiciadas
sobre todo si son
de edad avanzada.

Pero su edad es lo único
en lo que nos fijamos.
Han envejecido
mal
porque han
vivido
sin enfoque
se han negado
a ver.
¿Que no es culpa suya?

¿Culpa de quién?

¿Mía?

Se me pide que oculte
mi opinión
por miedo a su
miedo.

La edad no es un crimen.

Pero la vergüenza
de una vida
deliberadamente
desperdiciada

entre tantas
vidas
deliberadamente
deperdiciadas

sí lo es.

(Alemania, 1920/EEUU, 1994)



viernes, 5 de junio de 2020

BOCCACCIO, Giovanni: El Decamerón - Séptima jornada, Narración séptima


“El Decamerón” fue escrito por Giovanni Boccaccio (Italia, 1313/1375) hacia finales de la Edad Media, cuando la peste negra (o peste bubónica o muerte negra) causó la muerte de aproximadamente un tercio de la población de Europa. Brevemente, “El Decamerón” (que en griego significa “diez días”) narra la historia de diez jóvenes (siete doncellas y tres hombres) que huyen de la plaga y se van a una villa a las afueras de Florencia para entretenerse y olvidarse de la muerte que acecha a todo el continente. Acuerdan que cada integrante del grupo contará una historia por día, como un juego, como una forma de evasión. 

SÉPTIMA JORNADA – NARRACIÓN SÉPTIMA 

Ludovico descubre a doña Beatriz el amor que le tiene, la cual manda a Egano, su marido, a un jardín vestido como ella y se acuesta con Ludovico; el cual, luego, levantándose, va y apalea a Egano en el jardín. 
Esta invención de doña Isabela contada por Pampinea fue por todos los de la compañía tenida por maravillosa; pero Filomena, a quien el rey había ordenado que siguiese, dijo: 
—Queridos amigos, si no estoy engañada, creo que contaré una no menos buena, y prestamente. 
Debéis saber que en París vivió un noble florentino, el cual, por su pobreza se había hecho mercader, y le había ido tan bien con el comercio que se había hecho en él riquísimo; y tenía de su mujer un solo hijo al que había llamado Ludovico. Y para que a la nobleza del padre y no al comercio saliese, no lo había el padre querido poner en ningún negocio sino que lo había puesto con otros nobles al servicio del rey de Francia, donde muchas buenas maneras y buenas cosas había aprendido. 
Y estando allí, sucedió que ciertos caballeros que volvían del Sepulcro, mezclándose en una conversación de los jóvenes entre los que estaba Ludovico, y oyéndolos razonar entre sí sobre las damas hermosas de Francia y de Inglaterra y de otras partes del mundo, comenzó uno de ellos a decir que ciertamente de cuanto mundo él había recorrido y de cuantas mujeres había visto, nunca una hermosura semejante a la mujer de Egano de los Galluzzi de Bolonia, llamada doña Beatriz, había visto; en lo que todos sus compañeros que junto con él la habían visto en Bolonia, concordaron, la cual cosa escuchando Ludovico, que todavía no se había enamorado de ninguna, se inflamó en tanto deseo de verla que en otra cosa no podía fijar el pensamiento; y del todo dispuesto a ir hasta Bolonia a verla, y allí quedarse si a ella le placía, dio a entender a su padre que quería ir al Sepulcro, lo que consiguió con gran dificultad. 
Poniéndose, pues, de nombre Aniquino, llegó a Bolonia, y como quiso la fortuna, al día siguiente vio a esta señora en una fiesta, y con mucho le pareció más hermosa de lo que pensado había; por lo que, enamorándose ardentísimamente de ella, se propuso no irse nunca de Bolonia si no conseguía su amor. Y pensando en qué camino debía seguir para ello, dejando cualquier otro decidió que, si pudiera hacerse criado del marido de ella, que tenía muchos, por acaso podría sucederle lo que deseaba. Vendidos, pues, sus caballos, y colocados sus criados de manera que estaban bien, habiéndoles ordenado que fingiesen no conocerlo, habiendo hecho amistad con su posadero, le dijo que de buena gana entraría como servidor de algún señor de bien, si alguno pudiese encontrar; al cual dijo el posadero: 
—Tú eres propiamente un sirviente que debía de ser muy apreciado por un noble de esta tierra que tiene por nombre Egano, el cual tiene muchos, y todos los quiere aparentes como eres tú; yo le hablaré de ello. 
Y como dijo, así lo hizo; y antes que se separase de Egano, hubo colocado con él a Aniquino, el cual le agradó lo más que podía ser. Y viviendo con Egano y teniendo oportunidades de ver con mucha frecuencia a su gobierno, tan bien y tan de grado comenzó a servir a Egano que este le tomó tanto amor que sin él no sabía hacer ninguna cosa; y no solamente de sí sino de todas las cosas le había encomendado el gobierno. 
Sucedió un día que, habiendo ido Egano de cetrería y quedándose Aniquino en casa, doña Beatriz, que de su amor no se había apercibido todavía por mucho que para sí misma, mirándole a él y a sus maneras, muchas veces le había elogiado y le agradase, se puso con él a jugar al ajedrez; y Aniquino, que agradarle deseaba, muy diestramente se dejaba vencer; de lo que la señora hacía maravillosas fiestas. Y habiéndose apartado de mirarlos jugar todas las damas de la señora y dejándolos jugando solos, Aniquino lanzó un grandísimo suspiro. La señora, mirándolo, dijo: 
—¿Qué tienes, Aniquino? ¿Tanto te duele que te venza? 
—Señora —repuso Aniquino—, mucho mayor cosa que lo es esta fue la razón de mi suspiro. 
Dijo entonces la señora: 
—¡Ah! Dímela, si me quieres bien. 
Cuando Aniquino se oyó rogar «si la quería bien» por quien sobre todas las cosas amaba, lanzó uno mucho mayor de lo que lo había sido el primero; por lo que la señora otra vez le rogó que le pluguiese decirle cuál era la razón de sus suspiros. 
A quien Aniquino dijo: 
—Señora, mucho temo que os sea molesta si os la digo y además temo que la digáis a otra persona. 
A quien la señora dijo: 
—Por cierto que no me será enojoso; y estate seguro de esto, que nada que tú me digas, sino cuando te plazca, le diré a nadie nunca. 
Entonces dijo Aniquino: 
—Puesto que así me lo prometéis, os lo diré. 
Y con las lágrimas en los ojos le dijo quién era él, lo que de ella había oído y dónde, y cómo de ella se había enamorado y cómo venido, y por qué había entrado como servidor del marido; y luego, humildemente le rogó que si podía ser le pluguiera tener piedad de él y complacerle en este su secreto y tan ferviente deseo; y que, si esto no quería hacer, que, dejándolo estar en el traje en que estaba, le permitiese amarla. ¡Oh, singular dulzura de la sangre boloñesa, que digna de alabanza has sido siempre en tales casos! Nunca te enorgulleciste de las lágrimas y los suspiros y continuamente has sido sensible a las súplicas, y a los amorosos deseos doblegable; si yo tuviera dignas loas para alabarte, nunca saciada se vería mi voz. La noble señora, al hablar Aniquino, le miraba; y dando plena fe a sus palabras, con tanta fuerza recibió por sus ruegos el amor en la mente, que también ella comenzó a suspirar, y luego de algún suspiro repuso: 
—Dulce Aniquino mío, ten buen ánimo: ni dones ni promesas ni cortejar de nobles ni de señor alguno ni de ningún otro (que he sido y soy cortejada por muchos) nunca pudo mover mi ánimo tanto que amase a alguno; pero tú en tan poco tiempo como han durado tus palabras me has hecho más tuya que lo soy mía. Juzgo que óptimamente has ganado mi amor, y por ello te lo doy y te prometo que te haré gozar de él antes de que termine esta noche que viene. Y para que esto tenga lugar, hacia la medianoche vendrás a mi alcoba; yo dejaré la puerta abierta; sabes de qué lado de la cama duermo yo; vendrás allí y si durmiere, tócame hasta que me despierte, y te consolaré de tan largo deseo como has sentido; y para que lo creas quiero darte un beso en prenda. 
Y echándole un brazo al cuello, amorosamente lo besó, y Aniquino a ella. Dichas estas cosas, Aniquino, dejando a la señora, se fue a hacer algunas de sus obligaciones, esperando con la mayor alegría del mundo que llegase la noche. Egano volvió de la caza, y cuando hubo cenado, como estaba cansado se fue a dormir, y la señora tras él; y como había prometido dejó la puerta de la alcoba abierta; a la cual, a la hora que le había sido dicha, vino Aniquino y calladamente entrando en la alcoba y volviendo a cerrar la puerta por dentro, del lado donde dormía la señora se fue, y poniéndole la mano en el pecho la encontró que no dormía. La cual, como sintió llegar a Aniquino, tomando su mano con las dos suyas y sujetándolo fuerte, dándose vueltas en la cama tanto hizo que despertó a Egano que dormía; al cual dijo: 
—No quise decirte nada anoche porque me pareciste cansado; pero dime, así te guarde Dios, Egano, ¿a cuál tienes tú por el mejor criado y el más leal, y quién amas más, de los que tienes en casa? 
Repuso Egano: 
—¿Qué es eso, mujer, qué me preguntas? ¿No lo sabes? No hay ni ha habido nunca ninguno de quien tanto me fiase o me fíe o ame, cuanto me fío y amo a Aniquino. Pero ¿por qué me lo preguntas? 
Aniquino, sintiendo despierto a Egano y oyendo hablar de él, había muchas veces tirado de la mano hacia sí para irse, temiendo mucho que la señora quisiese engañarle; pero esta lo había sujetado y lo sujetaba de manera que no había podido alejarse ni podía. 
La señora repuso a Egano, y dijo: 
—Yo te lo diré. Yo creía que era que fuese como tú dices y que más fiel que ninguno otro te fuera; pero me ha engañado, porque cuando te fuiste hoy de cetrería, él se quedó aquí, y cuando le pareció oportuno no se avergonzó de pedirme que consintiera en hacer su gusto; y yo, para que esta cosa no necesitase probarte con demasiadas pruebas, y para hacértelo tocar y ver, repuse que me parecía bien y que esta noche, pasada la medianoche, iré al jardín nuestro y le esperaré al pie del pino. Ahora, en cuanto a mí yo no entiendo ir allí, pero si tienes ganas de conocer la fidelidad de tu criado, puedes fácilmente, poniéndote encima una de mis sayas y en la cabeza un velo, ir allá abajo a esperar si viene, que estoy segura de que sí. 
Egano, oyendo esto, dijo: 
—Por cierto que conviene que lo vea. 
Y levantándose como mejor pudo en la oscuridad, se puso una saya de la señora en la cabeza, y se fue al jardín y al pie de un pino se puso a esperar a Aniquino. La señora, como lo sintió levantado y fuera de la alcoba, se levantó y cerró la puerta por dentro. Aniquino, que el mayor miedo que nunca había sentido sintió, y que cuanto podía se había esforzado en salir de las manos de la señora y cien mil veces a ella y a su amor y a sí mismo, que confiado se había, había maldito, oyendo lo que al final había hecho, fue el hombre más feliz que nunca hubo; y habiendo la señora vuelto a la cama, como quiso ella, como ella se desnudó, y juntos se solazaron y disfrutaron por buen espacio de tiempo. 
Luego, no pareciendo a la señora que Aniquino debiese quedarse más, lo hizo levantarse y volver a vestirse, y así le dijo: 
—Dulces labios míos, coge un buen bastón y vete al jardín, y fingiendo haberme requerido para tentarme, como si fuese yo misma, dirás insultos a Egano y me lo sacudirás bien con el bastón, porque de ello se seguirá luego maravilloso deleite y placer. 
Levantándose Aniquino y yendo al jardín con una vara de sauce en la mano, cuando llegó junto al pino y Egano lo vio venir, y levantándose como si quisiese recibirlo con grandísima fiesta, le salió al encuentro, al cual dijo Aniquino: 
—¡Ay, mala mujer, así que has venido! ¿Y has creído que yo quisiera o quiero a mi señor hacerle esta afrenta? ¡Seas mil veces mal venida! 
Y alzando el bastón, comenzó a sacudirlo. 
Egano, al oír esto y ver el bastón, sin decir palabra comenzó a huir, y tras él Aniquino, siempre diciendo: 
—Fuera, que Dios te dé malahora, mala mujer, que por cierto que mañana se lo diré a Egano. 
Egano, habiendo recibido dos de las buenas, lo antes que pudo se volvió a la alcoba; al cual preguntó la señora si Aniquino había venido al jardín. 
Egano dijo: 
—Así no hubiera ido, porque creyendo que eras tú me ha molido con un bastón y dicho las mayores injurias que nunca se han dicho a una mala mujer. Y así yo me maravillaba mucho de que él te hubiese dicho aquellas palabras con ánimo de hacer algo que fuese en vergüenza mía; sino que porque te vio tan alegre y cordial, quiso probarte. 
—Entonces —dijo la señora—, alabado sea Dios porque a mí me ha probado con palabras y a ti con obras; y creo que podría decir que yo soporto con más paciencia las palabras que tú las obras. Mas puesto que tal lealtad te tiene, hay que tenerlo en estima y honrarle. 
Egano dijo: 
—Por cierto que dices la verdad. 
Y basándose en aquello, era de la opinión de que tenía la mujer más leal y el más fiel servidor que nunca había tenido un noble; por la cual cosa, como luego muchas veces con Aniquino, este y la señora riesen de este hecho, Aniquino y la señora tuvieron mucha más facilidad de la que por ventura habrían tenido para hacer aquello que les daba deleite y placer mientras que a Aniquino le plugo quedarse con Egano en Bolonia.

(Italia, 1313/1375)