ESTE BLOG PERJUDICA SERIAMENTE A LA IGNORANCIA

SI QUIEREN GASTAR MENOS EN CÁRCELES, INVIERTAN MÁS EN EDUCACIÓN

viernes, 30 de julio de 2010

MARTÍNEZ, Guillermo: Billete de mil

Allá viene el tren de las cinco. Quizá fuese la última vez que viajaba en ese tren, la última vez que Wilde-Don Bosco-Bernal. Y qué. No había ni nostalgia ni alivio, solo un tren frenando, el ventarrón caliente, el antiguo estrépito de fierros, las ventanillas de caras aplastadas.
En el andén los demás levantaban del suelo valijas y bolsas de comida y se amontonaban frente a las puertas aún cerradas.
Miró el reloj de la estación, tratando de no ver qué día era: nunca le habían gustado las fechas ni los aniversarios. Nací en el diecinueve, el viejo murió en el treinta y dos, así que fue en el treinta y tres que empecé a trabajar y hoy me jubilé. Porque las fechas son los bordes de agujeros que dan vértigo: uno puede caerse en el medio y en el medio nunca hay nada. Por eso, mejor olvidar que era seis de diciembre, que lo obligaron a hablar, unas palabras aunque sea, se había puesto de pie para decir algo que inevitablemente terminaría en agradecimientos, él, que no quería agradecer nada, pero ellos esperaban más, vio sus caras ansiosas, sus miradas impúdicas; buitres, que llorase, eso querían; lágrimas rodando por la mejilla arrugada, mocos de empleado fiel que se jubila, para poder decir cómo se emocionó don Pascual, pobre viejo.
La puerta se abrió en una andanada de piernas pero él pudo escurrirse, entrar gente en contra, antes que nadie, el cuerpo de perfil, haciendo palanca con el codo, atropellar, abalanzarse sobre aquel asiento libre. De inmediato sobrevino el reflujo, la muchedumbre que se desparramaba, los brazos izándose para colgar los cuerpos, las caras sudorosas, el aire de pronto espeso y caliente como un caldo.
A su lado se había sentado un pibe de la primaria, con el guardapolvo remendado. En el asiento de enfrente, un conscripto estiraba las piernas y se volcaba el birrete sobre los ojos. Por el pasillo, en sentidos opuestos, una gorda y un viejito trataban de alcanzar el asiento desocupado junto al soldado. No se miraban, aunque ambos sabían dónde estaba el otro y calculaban de reojo los pasos que harían falta, los bolsos que deberían esquivar. El viejito llegó primero y desde el asiento le dirigió a la gorda una mirada triunfal, mientras sacaba un pañuelo del bolsillo para secarse la calva brillante.
Se había acabado el espectáculo. Desvió la vista y en el suelo, junto al hierro del banco, vio el billete. Un billete, Dios, de los de mil. Se le había caído al viejo, seguro, cuando sacó el pañuelo.
Miró a los costados; solo caras ajenas, nadie se dio cuenta, así que bastaría estirar un poco más el pie, así, curvar el empeine, así, haciéndose el desentendido, así, pisar el billete. Así. Levantó los ojos cautelosamente; allí estaba la mirada del viejo. ¿Habría visto el zapato sobre el billete? Pero no, era imposible, todo había ocurrido demasiado rápido. Dio vuelta la cara para esquivar aquellos ojos fijos y casi se sonrió; el tren se había puesto en marcha, solo debería esperar a que el viejo se durmiera, duérmete mi viejo, duérmete mi sol, para recoger el billete del suelo, Pascual solo nomás, el tigre pierde el pelo pero no debía preguntarse por qué. Había aprendido hace mucho a no hacerse preguntas. Su padre decía que la conciencia es un lujo de ricos. Por eso, no pensar que los mil pesos son la jubilación del viejo, no ver la mano del viejo dando vuelta el bolsillo vació, el gesto dolorido e inútil.
Wilde, la primera estación. Ojalá que se baje el viejo, viejito lindo, Wilde está lleno de plazas llenas de palomas. Pero no. Y el colimba y el pibe tampoco. De nuevo el traqueteo, pero algo se había vaciado el vagón, ahora por lo menos se podía respirar. La población iba quedando atrás; otra vez los postes de teléfono en la ventanilla. Entornó los párpados casi hasta cerrar los ojos, para desanimar aquella mirada fija. Se dio cuenta, seguro. Aunque no, tranquilo Pascual, se hubiese revisado los bolsillos, ya hubiera dicho algo. Sintió el mínimo crujir del billete bajo su pie y apretó más la pierna; era suyo, ya nadie se lo quitaría.
Parecía más bien como si el viejo tratara de reconocerlo, una de esas largas miradas que hacen memoria, que recuerdan y comparan para decidir si es o no es.
Escuchó un ruido familiar, de tan antiguo casi olvidado, el crepitar de un envoltorio. El pibe comía caramelos. Un súbito furor le hizo desviar la vista. Él también había tenido caramelos a la salida de la escuela. Bastaba decir nombres a la maestra y ábrete frasco. Se vio en puntas de pie, introduciendo una mano reverente y eligiendo los azules, que son de ananá. Por el pasillo avanzaba el guarda.
Dónde habría puesto el maldito boleto, aquí estaba: boleto hasta Bernal. Por qué no le pedía también a los demás, al viejo podría pedírselo, entretenerlo un segundo aunque sea, un descuido bastaría para alzar el billete; pero no, el guarda ya se alejaba, bamboleante, haciendo equilibrio entre las dos filas de asientos.
Bernal, su estación. El tren se detuvo y el calor de la tarde entró por la ventanilla como un nudo desatado. Tenía el pie entumecido, dolorosamente apretado contra el suelo para que no asomara la punta del billete. Aguardó casi con desesperación a que bajase el viejo. Sentía sin verla, como si hubiera estado allí desde siempre, su mirada pegajosa, estancada. Tal vez debiera decirle algo, pero tenía miedo, un temor pueril, como en las salas de espera cuando enfrente hay un mogólico.
El vagón había quedado casi vacío. Él tampoco bajaría. Te voy a seguir hasta Quilmes, viejo atorrante, hasta el infierno si es necesario, a ver si bajás o no bajás. Sintió un hormigueo que le subía desde el pie: se le estaba acalambrando la pierna. Tampoco el pibe había bajado. Ni el conscripto, que aún dormitaba. Lo miró por primera vez. Su cara lisa le resultaba vagamente familiar. Todos los soldados son parecidos debajo del birrete. El servicio militar… El cabo Ortiz, izquierdo, derecho, izquierdo. FAL: F de fusil, A de automático y los judíos son todos comunistas. Había aprendido a estar siempre en el medio, a perderse en el montón, ni demasiado tonto porque te toman de punto, ni demasiado vivo porque el más vivo es el cabo. Ni demasiado laburador porque te quedás los catorce meses, ni demasiado vago porque perdés los francos.
El tren aminoró la marcha; ya llegaban. Ahora tenía el sol sobre la cara, como una mano afiebrada. Apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y sintió la camisa húmeda adhiriéndose a la espalda. Una extraña debilidad, es el calor, lo amordazaba blandamente; ya no sentía la pierna, es el calambre, apenas un calambre. Hubo de pronto el chirrido hiriente de los frenos y al mismo tiempo las miradas confabuladas, golpeando todas juntas. Ellos sabían. Lo había sabido desde el principio: el pibe, que ya no comía caramelos, que ahora miraba con insolencia su pierna temblorosa, la cara extendida como un índice, una cara que él había conocido, señorita, señorita, Pascual tiene un billete que no es suyo; el conscripto, que lo miraba con unos ojos neutrales pero resueltos, él solo cumplía órdenes; y el viejo, sobre todo el viejo.
Pero no, era absurdo, culpa del calor. Era la última estación: solo debía aguardar a que bajen, ¡bajen!, esperar a que se fueran, ¡fuera!, solo un poco más y podría recoger el billete y volver a Bernal, a ser un jubilado inofensivo. Pero no se bajaba.
Todos los demás asientos habían quedado vacíos: solo ellos cuatro seguían allí. Escuchó el ruido seco de las puertas al cerrarse. Una oscura certeza le sitió el cuerpo: el tren no regresaría. El viaje recién había empezado. Habría otra estación más adelante y luego otra y otra y ellos nunca se bajarían. Con sus últimas fuerzas apretó el pie sobre el billete. El tren se puso en marcha.
.
.

Guillermo Martínez nació en Bahía Blanca, en 1962. Se doctoró en Ciencias Matemáticas. En 1982 obtuvo el Primer Premio del Certamen Nacional de Cuentos Roberto Arlt con el libro La Jungla sin bestias (inédito). En 1989 obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes con el libro de cuentos Infierno Grande (Planeta), que este año fue reeditado. En 2003 apareció el libro de ensayos Borges y la Matemática (Seix Barral), y obtuvo el Premio Planeta Argentina con Crímenes imperceptibles, novela que fue traducida a 35 idiomas y ha sido llevada al cine por el director Alex de la Iglesia, con el título Los crímenes de Oxford. Además publicó La fórmula de la inmortalidad (2005), La muerte lenta de Luciana B. (2007) y Gödel ( para todos) (2009). Uno de sus cuentos ha sido publicado recientemente en el New Yorker.

martes, 27 de julio de 2010

OESTERHELD, Héctor Germán.: El árbol de la buena muerte

María Santos cerró los ojos, aflojó el cuerpo, acomodó la espalda contra el blando tronco del árbol. Se estaba bien allí, a la sombra de aquellas hojas transparentes que filtraban la luz rojiza del sol.
Carlos, el yerno, no podía haberle hecho un regalo mejor para su cumpleaños.
Todo el día anterior había trabajado Carlos, limpiando de malezas el lugar donde crecía el árbol. Y había hecho el sacrificio de madrugar todavía más temprano que de costumbre para que, cuando ella se levantara, encontrara instalado el banco al pie del árbol.
María Santos sonrió agradecida; el tronco parecía rugoso y áspero, pero era muelle, cedía a la menor presión como si estuviera relleno de plumas. Carlos había tenido una gran idea cuando se le ocurrió plantarlo allí, al borde del sembrado.
Tuf-tuf-tuf.
Hasta María Santos llegó el ruido del tractor. Por entre los párpados entrecerrados, la anciana miró a Marisa, su hija, sentada en el asiento de la máquina, al lado de Carlos. El brazo de Marisa descansaba en la cintura de Carlos, las dos cabezas estaban muy juntas: seguro que hacían planes para la nueva casa que Carlos quería construir.
María Santos sonrió; Carlos era un buen hombre, un marido inmejorable para Marisa. Suerte que Marisa no se casó con Laico, el ingeniero aquel; Carlos no era más que un agricultor, pero era bueno y sabía trabajar, y no les hacía faltar nada.
¿No les hacía faltar nada?
Una punzada dolida borró la sonrisa de María Santos.
El rostro, viejo de incontables arrugas, viejo de muchos soles y de mucho trabajo, se nubló.
No. Carlos podría hacer feliz a Marisa y a Roberto, el hijo, que ya tenía 18 años y estudiaba medicina por televisión.
No, nunca podría hacerla feliz a ella, a María Santos, la abuela...
Porque María Santos no se adaptaría nunca —hacía mucho que había renunciado a hacerlo— a la vida en aquella colonia de Marte.
De acuerdo con que allí se ganaba bien, que no les faltaba nada, que se vivía mejor que en la Tierra; de acuerdo con que allí, en Marte, toda la familia tenía un porvenir mucho mejor; de acuerdo con que la vida en la Tierra era ahora muy dura... De acuerdo con todo eso; pero, ¡Marte era tan diferente!...
¡Qué no daría María Santos por un poco de viento como el de la Tierra, con algún "panadero" volando alto!
—¿Duermes, abuela? —Roberto, el nieto, viene sonriente, con su libro bajo el brazo.
—No, Roberto. Un poco cansada, nada más.
—¿No necesitas nada?
—No, nada.
—¿Seguro?
—Seguro.
Curiosa, la insistencia de Roberto; no acostumbraba ser tan solícito; a veces se pasaba días enteros sin acordarse de que ella existía.
Pero, claro, eso era de esperar; la juventud, la juventud de siempre, tiene demasiado quehacer con eso, con ser joven.
Aunque en verdad María Santos no tiene por qué quejarse: últimamente Roberto había estado muy bueno con ella, pasaba horas enteras a su lado, haciéndola hablar de la Tierra.
Claro, Roberto, no conocía la Tierra; él había nacido en Marte, y las cosas de la Tierra eran para él algo tan raro como cincuenta o sesenta años atrás lo habían sido las cosas de Buenos Aires —la capital—, tan raras y fantásticas para María Santos, la muchachita que cazaba lagartijas entre las tunas, allá en el pueblito de Catamarca.
Roberto, el nieto, la había hecho hablar de los viejos tiempos, de los tantos años que María Santos vivió en la ciudad, en una casita de Saavedra, a siete cuadras de la estación.
Roberto le hizo describir ladrillo por ladrillo la casa, quiso saber el nombre de cada flor en el cantero que estaba delante, quiso saber cómo era la calle antes de que la pavimentaran, no se cansaba de oírla contar cómo jugaban los chicos a la pelota, cómo remontaban barriletes, cómo iban en bandadas de guardapolvos al colegio, tres cuadras más allá.
Todo le interesaba a Roberto: el almacén del barrio, la librería, la lechería... ¿No tuvo acaso que explicarle cómo eran las moscas? Hasta quiso saber cuántas patas tenían... ¡Cómo si alguna vez María Santos se hubiera acordado de contarlas! Pero, hoy, Roberto no quiere oírla recordar: claro, debe ser ya la hora de la lección, por eso el muchacho se aparta casi de pronto, apurado.
Carlos y Marisa terminaron el surco que araban con el tractor. Ahora vienen de vuelta.
Da gusto verlos: ya no son jóvenes pero están contentos.
Más contentos que de costumbre, con un contento profundo, un contento sin sonrisas, pero con una gran placidez, como si ya hubieran construido la nueva casa. O como si ya hubieran podido comprarse el helicóptero que Carlos dice que necesitan tanto.
Tuf-tuf-tuf...
El tractor llega hasta unos cuantos metros de ella; Marisa, la hija, saluda con la mano; María Santos solo sonríe; quisiera contestarle, pero hoy está muy cansada.
Rocas ondulantes erizan el horizonte, rocas como no viera nunca en su Catamarca de hace tanto. El pasto amarillo, ese pasto raro que cruje al pisarlo, María Santos no se acostumbró nunca a él. Es como una alfombra rota que se estira por todas partes: por los lugares rotos afloran las rocas, siempre angulosas, siempre oscuras.
Algo pasa delante de los ojos de María Santos.
Un golpe de viento quiere despeinarla.
María Santos parpadea, trata de ver lo que le pasa por delante.
Allí viene otro.
Delicadas, ligeras estrellitas de largos rayos blancos...
¡"Panaderos"!
¡Sí, "panaderos", semillas de cardo, iguales que en la Tierra!
El gastado corazón de María Santos se encabrita en el viejo pecho: ¡"Panaderos"!
No más pastos amarillos: ahora hay una calle de tierra, con algo de pasto verde en los bordes, con una zanja, con veredas de ladrillos torcidos... Callecita de barrio, callecita del recuerdo, con chicos de guardapolvo corriendo para la librería de la esquina, con el esqueleto de un barrilete no terminando de morirse nunca, enredado en un hilo de teléfono.
María Santos está sentada en la puerta de su casa, en su silla de paja, ve la hilera de casitas bajas, las más viejas tienen jardín al frente, las más modernas son muy blancas, con algún balcón cromado, el colmo de la elegancia.
"Panaderos" en el viento, viento alegre que parece bajar del cielo mismo, desde aquellas nubes tan blancas y tan redondas...
"Panaderos" como los que perseguía en el patio de tierra del rancho allá en la provincia.
¡"Panaderos"!
El pecho de María Santos es un gran tumulto gozoso.
"Panaderos" jugando en el aire, yendo a lo alto...
Carlos y Marisa han detenido el tractor.
Roberto, el hijo, se les junta, y los tres se acercan a María Santos.
Se quedan mirándola.
—Ha muerto feliz... Mira, parece reírse.
—Sí... ¡Pobre doña María!...
—Fue una suerte que pudiéramos proporcionarle una muerte así.
—Sí... Tenía razón el que me vendió el árbol, no exageró en nada: la sombra mata en poco tiempo y sin dolor alguno, al contrario...
—¡Abuela!... ¡Abuelita!...

Héctor Germán Oesterheld nació el 23 de julio de 1919 en Buenos Aires, en una familia de ascendencia alemana con buen nivel económico. Cuando cursaba todavía el nivel primario, la familia sufrió un traspié que la llevó a la bancarrota.
Oesterheld, afecto a la lectura desde niño, leía clásicos y también obras de la literatura griega. Eligió la carrera de Ciencias Naturales y aún siendo estudiante trabajó en la exploración geológica, en la búsqueda de petróleo. Mientras estudiaba para obtener su doctorado, se inició como corrector. Sus primeros cuentos infantiles fueron escritos durante su carrera y muchos de esos trabajos fueron publicados por diversas editoriales. En el diario La Prensa se editó su primer cuento “Truila y Miltar” (1943), obra que refleja los valores que sostendría toda su vida.
Luego de completar sus estudios se casó con Elsa Sánchez y tuvo cuatro hijas. Su carrera de geólogo fue siendo desplazada por la dedicación a la escritura de guiones para historietas. Trabajó con los dibujantes Alberto Breccia y Hugo Pratt. Tiras como Bull Rockett y Sargento Kirk comenzaron a tener mucho éxito. Este éxito y su dedicación se combinaron para crear la editorial Frontera, de la cual surgieron las revistas Hora Cero y Frontera. Con el progreso de la editorial surge Ernie Pike. Luego del surgimiento de personajes como Randal y Tikonderoga, se inicia la serie El Eternauta, dibujada por Solano López. Tiene un éxito rotundo, con un fuerte impacto en niños y adolescentes, que la leen con avidez, ya que los protagonistas son argentinos que realizan sus aventuras en distintos barrios de Buenos Aires.
Hacia 1963 Oesterheld se encontró en la ruina. La editorial no resistió el impacto de la televisión y sucumbió a pesar del éxito de sus productos. Mort Cinder surgió en esta época, quizás como reflejo de su estado de ánimo.
Oesterheld trabajaba para la editorial Columba en el marco de una sociedad maltratada por los constantes golpes de estados militares. En 1969 aparece en la revista Gente una nueva versión de El Eternauta, dibujada esta vez por Alberto Breccia, que provoca rechazo en quienes habían disfrutado de la estética original. El fuerte contenido político denota, tal vez, la necesidad de actuar en contraposición a esperar, lo que torturaba a Oesterheld. Él y sus hijas comenzaron a militar activamente en Montoneros. Nadie en el ambiente editorial lo sabía, aparentemente tampoco su esposa.
Con la llegada de la dictadura, Oesterheld debió ocultarse. Escribe otra versión de El Eternauta, para la editorial Record. Tal vez se adelantó a su propio destino en esas líneas, ya que fue atrapado en 1977 y paseado por diversos centros clandestinos.
Héctor Germán Oesterheld tenía casi 60 años, en los campos de concentración lo llamaban “el viejo”. Con él también desaparecieron sus cuatro hijas.

jueves, 22 de julio de 2010

WALSH, Rodolfo: Portugueses

1)
El primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.

2)
-¿Quién fue? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Yo no -dijo el primer portugués.
b. Yo tampoco -dijo el segundo portugués.
c. Ni yo -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto.

3)
Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.
El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.

4)
-¿Qué hacían en esa esquina? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Esperábamos un taxi -dijo el primer portugués.
b. Llovía muchísimo -dijo el segundo portugués.
c. ¡Cómo llovía! -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.

5)
-¿Quién vio lo que pasó? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo miraba hacia el norte -dijo el primer portugués.
b. Yo miraba hacia el este -dijo el segundo portugués.
c. Yo miraba hacia el sur -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando al oeste.

6)
-¿Quién tenía el paraguas? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Yo tampoco -dijo el primer portugués.
b. Yo soy bajo y gordo -dijo el segundo portugués.
c. El paraguas era chico -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.

7)
-¿Quién oyó el tiro? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo soy corto de vista -dijo el primer portugués.
b. La noche era oscura -dijo el segundo portugués.
c. Tronaba y tronaba -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba borracho de muerte.

8)
-¿Cuándo vieron al muerto? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Cuando acabó de llover -dijo el primer portugués.
b. Cuando acabó de tronar -dijo el segundo portugués.
c. Cuando acabó de morir -dijo el tercer portugués.
Cuando acabó de morir.

9)
-¿Qué hicieron entonces? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo me saqué el sombrero -dijo el primer portugués.
b. Yo me descubrí -dijo el segundo portugués.
c. Mi homenaje al muerto -dijo el portugués.
Los cuatro sombreros sobre la mesa.

10)
a. -Entonces ¿qué hicieron? -preguntó el comisario Jiménez.
b. Uno maldijo la suerte -dijo el primer portugués.
c. Uno cerró el paraguas -dijo el segundo portugués.
d. Uno nos trajo corriendo -dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.

11)
a. Usted lo mató -dijo Daniel Hernández.
b. ¿Yo señor? -preguntó el primer portugués.
c. No, señor -dijo Daniel Hernández.
d. ¿Yo señor? -preguntó el segundo portugués.
e. Sí, señor -dijo Daniel Hernández.

12)
-Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada -dijo Daniel Hernández.
Uno miraba al norte, otro al este, otro al sur, el muerto al oeste. Habían convenido en vigilar cada uno una bocacalle distinta para tener más posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.
"El paraguas era chico y ustedes eran cuatro. Mientras esperaban, la lluvia les mojó la parte delantera del sombrero."
"El que miraba al norte y el que miraba al sur no tenían que darse vuelta para matar al que miraba al oeste. Les bastaba mover el brazo izquierdo o derecho a un costado. El que miraba al este, en cambio, tenía que darse vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al darse vuelta, se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco en el medio, es decir, mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se mojaron solamente adelante, porque cuando sus dueños se dieron vuelta para mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto se mojó por completo al rodar por el pavimento húmedo."
"El asesino usó un arma de muy reducido calibre, un matagatos de esos con que juegan los chicos o que llevan algunas mujeres en sus carteras. La detonación se confundió con los truenos (esa noche hubo una tormenta eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan pequeña: la nuca de su víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte chaparrón le empapó la parte posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa particularidad. Por lo tanto es el culpable."


El primer portugués se fue a su casa.
Al segundo no lo dejaron.
El tercero se llevó el paraguas.
El cuarto portugués estaba muerto.
Muerto.


(Argentina, 1927/1977)

lunes, 19 de julio de 2010

BENEDETTI, Mario: Hagamos un trato


(Italia, 1884/1920)

Cuando sientas tu herida sangrar
cuando sientas tu voz sollozar
cuenta conmigo

de una canción de Carlos Puebla

compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo

(Uruguay, 1920/2009)


lunes, 12 de julio de 2010

SACCOMANNO, Guillermo: Animales domésticos

Joan Miró. Mujer y perro frente a la Luna. 1936
.
.
Desde que Felipe trajo esa estufa de kerosene no se puede respirar en esta casa.
–Quería darte una sorpresa –dijo cuando cortaba el hilo del paquete.
–Sabés que no aguanto el kerosene. Me da alergia.
–En esta casa hace mucho frío.
–Siempre hizo frío –le dije–. Ahora se siente más porque estamos viejos.
–¿Qué querés? ¿Qué la cambie por una eléctrica? Las de cuarzo gastan mucho y no calientan.
Así son los regalos de Felipe. Cuando éramos jóvenes, con el sueldo compraba una pila de libros.
–Para vos y los chicos –decía.
–Sabés que no me gusta leer. Y lo que los chicos necesitan es ropa.
Es inútil luchar con Felipe.
–¿Cuánto te costó esa estufa?
–No se dice el precio de un regalo.
–Un regalo es algo que le gusta a quien lo recibe.
–No te aflijas. La compré con unos pesos que me gané a la quiniela.
–Si vos no jugás.
–No me creés.
–No, no te creo. Metiste la mano en mi secreter.
Y agarré la bolsa y me fui a comprar el pan. Que terminara él de desenvolverla. Y, cuando volví, ahí estaba, como un chico con un juguete, estudiando el folleto con las instrucciones y el movimiento de las perillas.
–Me hace mal el kerosene –le dije.
Pero él me contestó:
–Esta casa apesta a meada de gato.
Cuando Felipe se pone así, le doy la espalda. Y me meto en mí misma. Doy vueltas en la cama, en la oscuridad. Deben ser las cuatro, según las agujitas verdes. Pero bien podrían ser las doce y veinte. Con estos relojes modernos es difícil precisar el tiempo que es. Antes los relojes traían todos los números. Y se oía el mecanismo. Tic-tac. Tic-tac. Y una se daba cuenta de que el tiempo iba pasando. Eso antes de la tragedia de los chicos.
De tanto en tanto, Ana y Susi se atropellan ladrando en el patio. Y los maullidos de Beto. Las dos corren y ladran como si fueran feroces. Le ladran a Beto que está en la azotea. Hace un rato me pareció que estaba en la azotea.
A veces pienso que Felipe quiere que los animales duerman afuera para que se mueran de frío.
–Es inhumano como los tratás –le dije.
–Inhumano es ponerles nombres de seres vivos.
–No están vivos –le dije.
Y se calló, arrodillándose junto a la estufa, aflojando una perilla y levantando la coraza.
–Por la mecha no gasifica bien –dijo.
No hay duda. Ese maullido es de Beto. Ahora saltó al techo del dormitorio. Anda por las chapas del techo.
Pensar que desde el veintiuno de este mes los días van a tener un minuto más me saca da las casillas. Un minuto más de insomnio, de pensamientos que no van a ninguna parte. Y afuera, el viento, oscuro, cortante. Sin embargo, hay noches que Felipe se queda en la puerta de calle mirando hacia la avenida hasta la hora de la cena, como esperando que aparezcan y vuelvan.
Y ahora, en la noche, mientras Ana y Susi ladran en el patio, me cuesta respirar en la oscuridad del dormitorio. La estufa ilumina el rincón de la ventana que da al jardín. Es tan fuerte el olor del kerosene. Una de estas noches vamos a morir asfixiados por la emanación del kerosene. Pero si me llego a levantar y saco la estufa al patio, Felipe va a protestar.
Por los ladridos cualquiera diría que Ana y Susi son guardianas. Y no. Ladran de miedo. Si por mí fuera, las perras dormirían debajo de nuestra cama. Pero Felipe se niega.
–Los animales y la gente no deben mezclarse –dice.
–¿Y eso; lo sacaste de un libro?
–Rosas lo decía. En el Manual para Capataces de Estancia.
Felipe siempre tiene un libro a mano para retrucar.
–Vos y tus libros –me fastidio–. Por tus libros estamos como estamos.
–Ayudan –me contesta.
–¿A qué ayudan?
–A comprender.
–No hay tanto para comprender en este mundo. Las cosas son como son. Y por más vueltas que les des, son como son y no se puede hacer nada para cambiarlas.
En la noche, por culpa del kerosene tengo náuseas y dolor de cabeza. Pero me callo. Porque Felipe duerme como un bendito. Cuando ronca, lo sacudo y se calla un rato. Entonces el silencio es como un gas mortal, igualito a la emanación de la estufa.
–Deberías aprender a manejarla –me dijo Felipe–. Te conviene saber cómo se prende y se apaga.
–Vos la trajiste, vos te encargás.
–Igual que vos con las perras y ese gato de mierda.
–No seas boca sucia. Beto ni te molesta.
Me levanto en puntas de pie, me calzo las pantuflas y me abrigo con un batón para ir a la cocina a prepararme un té de tilo. Parada frente a las hornallas, espero que hierva el agua. Dicen que el tilo hace dormir. Será a los jóvenes. Acerco las palmas al fuego azul. Es tanto mejor el gas que el kerosene. Y es más seguro también. Pero Felipe no quiso saber nada con poner estufas de tiro balanceado.
Con prudencia, abro la puerta de la cocina para que entren Ana y Susi y después Beto, que tarda en venir porque anda por la azotea todavía, pero ya va a volver. Y cuando Beto entra, cierro y los dejo que se queden un rato adentro.
Aunque Felipe pueda levantarse para ir al baño y descubrirme no me importa. Estos animales son como mis hijos. Por eso les puse sus nombres. Cuando los llamo me parece que los estoy llamando a ellos, que no se los llevaron, que todavía están estudiando en el comedor, como cuando iban a la facultad.
Para entretenerme, mientras tomo despacito el té, leo el folleto que vino con la estufa. Felipe lo tiene siempre sobre la mesa, al lado de los cigarrillos.
La vista no me da más que para leer las letras más gruesas:
1º) Desarmar la garganta
2º) Extraer la mecha
3º) Colocar la mecha
4º) Armar la garganta
No me viene el sueño, no hay caso.
.
GUILLERMO SACCOMANNO
(Buenos Aires, Argentina, 1948)
.
de "Animales domésticos", publicado por Editorial Planeta. ©1994 G. Saccomanno. ©1994 Planeta

viernes, 2 de julio de 2010

Nos quieren hacer creer que leer es un lujo de ricos e intelectuales, que los niños son bobadas de cotillón, que los chicos pobres solo necesitan bolsones de comida y que los que estamos preocupados por la infancia y la lectura somos utópicos...
Pues que se enteren:
Sí, creemos en la utopía de la lectura y la libertad,
y como dice Giardinelli,
vamos a reinventar la esperanza.
.
Graciela Bialet
.
(Lectura e infancia en contextos de pobreza. 7° FORO DE FOMENTO DEL LIBRO Y LA LECTURA. Resistencia, Chaco, 2002)

viernes, 25 de junio de 2010

BORNEMANN, Elsa: La del once "jota"

Cuesta creer que una abuela no ame a sus nietos, pero existió la viuda de R., mujer perversa, bruja del siglo veinte que sólo se alegraba cuando hacía daño. La viuda de R. nunca había querido a ninguno de los tres hijos de su única hija. Y mucho menos los quiso cuando a los pobrecitos les tocó en desgracia ir a vivir con ella, después del accidente que los dejó huérfanos y sin ningún otro pariente en océanos a la redonda.
Durante los años que vivieron con ella, la viuda de R. trató a los chicos como si no lo hubieran sido. ¡Ah... si los había mortificado! Castigos y humillaciones a granel. Sobre todo, a Lilibeth —la más pequeña de los hermanos— acaso porque era tan dulce y bonita, idéntica a la mamá muerta, a quien la viuda de R. tampoco había querido —por supuesto— porque por algo era perversa, ¿no?
Luis y Leandro no lo habían pasado mejor con su abuela pero —al menos— sus caritas los habían salvado de padecer una que otra crueldad: no se parecían a la de Lilibeth y —por lo tanto— a la vieja no se le habían transformado en odiados retratos de carne y huesos.
El caso fue que tanto sufrimiento soportaron los tres hermanos por culpa de la abuela que —no bien crecieron y pudieron trabajar— alquilaron un departamento chiquito y allí se fueron a vivir juntos.
Pasaron algunos años más.
Luis y Leandro se casaron y así fue como Lilibeth se quedó solita en aquel 11 “J”, contrafrente, dos ambientes, teléfono, cocina y baño completos, más balconcito a pulmón de manzana.
Lili era vendedora en una tienda y —a partir del atardecer— estudiaba en una escuela nocturna.
Un viernes a la medianoche —no bien acababa de caer rendida en su cama— se despertó sobresaltada. Una pesadilla que no lograba recordar, acaso. Lo cierto fue que la muchacha empezó a sentir que algo le aspiraba las fuerzas, el aire, la vida.
Esa sensación le duró alrededor de cinco minutos inacabables.
Cuando concluyó, Lilibeth oyó —fugazmente— la voz de la abuela. Y la voz aullaba desde lejos:
—Lilibeth... Pronto nos veremos... Liiilibeeeth… Liliii... Liliii...
La jovencita encendió el velador, la radio y abandonó el lecho. Indudablemente, una ducha tibia y un tazón de leche iban a hacerle muy bien, después de esos momentos de angustia.
Y así fue.
Pero —a la mañana siguiente— lo que ella había supuesto una pesadilla más comenzó a prolongarse, aunque ni la misma Lili pudiera sospecharlo todavía. Las voces de Luis y Leandro —a través del teléfono— le anunciaron:
—Esta madrugada falleció la abuela... Nos avisó el encargado de su edificio... sí... te entendemos... Nosotros tampoco, Lili... pero... claro... alguien tiene que hacerse cargo de... Quedate tranquila, nena... Después te vamos a ver... Sí... Bien... Besos, querida.
Luis y Leandro visitaron el 11 “J” la noche del domingo. Lilibeth los aguardaba ansiosa.
Si bien ninguno de los tres podía sentir dolor por la muerte de la malvada abuela, una emoción rara —mezcla de pena e inquietud a la par— unía a los hermanos con la misma potencia del amor que se profesaban.
—Si estás de acuerdo, nena, Leandro y yo nos vamos a ocupar de vender los muebles y las demás cosas, ¿eh? Ah, pensamos que no te vendrían mal algunos artefactos. Esta semana te los vamos a traer. La abuela había comprado TV color, licuadora, heladera, lustradora y lavarropas ultramodernos, ¿qué te parece? Lilibeth los escuchaba como atontada. Y como atontada recibió —el sábado siguiente— los cinco aparatos domésticos que habían pertenecido a la viuda de R., que en paz descanse. Su herencia visible y tangible (la otra, Lili acababa de recibirla también, aunque... ¿cómo podía darse cuenta?... ¿quién hubiera sido capaz de darse cuenta?).

Más de dos meses transcurrieron en los almanaques hasta que la jovencita se decidió a usar esos artefactos que se promocionaban en múltiples propagandas, tan novedosos y sofisticados eran. Un día superó la desagradable impresión que le causaban al recordarle a la desamorada abuela y —finalmente— empezó con la licuadora. Aquella mañana de domingo, tanto Lilibeth con su gato se hartaron de bananas con leche.
A partir de entonces comenzó a usar —también— la lustradora... enchufó la lujosa heladera con freezer... hizo instalar el televisor con control remoto y puso en marcha el enorme lavarropas. Este aparato era verdaderamente enorme: la chica tuvo que acumular varios kilos de ropa sucia para poder utilizarlo. ¿Para qué habría comprado la abuela semejante armatoste, solitaria como habitaba su casa?
A lo largo de algunos días, Lilibeth se fue acostumbrando a manejar todos los electrodomésticos heredados, tal como si hubieran sido suyos desde siempre. El que más le atraía era el televisor color, claro. Apenas regresaba al departamento —después de su jornada de trabajo y estudio— lo encendía y miraba programas de trasnoche. Habitualmente, se quedaba dormida sin ver los finales. Era entonces el molesto zumbido de las horas sin transmisión el que hacía las veces de despertador a destiempo. En más de una ocasión, Lili se despertaba antes del amanecer a causa del “schschsch” que emitía el televisor, encendido al divino botón.
Una de esas veces —cerca de la madrugada de un sábado como otros— la jovencita tanteó el cubrecama —medio dormida— tratando de ubicar el control remoto que le permitía apagar la televisión sin tener que levantarse.
Al no encontrarlo, se despabiló a medias. La luz platinosa que proyectaba el aparato más su chirriante sonido terminaron por despertarla totalmente. Entonces la vio y un estremecimiento le recorrió el cuerpo: la imagen del rostro de la abuela le sonreía —sin sus dientes— desde la pantalla. Aparecía y desaparecía en una serie de flashes que se apagaron de pronto tal como el televisor, sin que Lilibeth hubiera —siquiera— rozado el control remoto. A partir de aquel sábado, el espanto se instaló en el 11 “J” como un huésped favorito.

La pobre chica no se animaba a contarle a nadie lo que le estaba ocurriendo.
—¿Me estaré volviendo loca? —se preguntaba, aterrorizada. Le costaba convencerse de que todos y cada uno de los sucesos que le tocaba padecer estaban formando parte de su realidad cotidiana.
Para aliviar un poquito su callado pánico, Lilibeth decidió anotar en un cuaderno esos hechos que solamente ella conocía, tal como se habían desarrollado desde un principio.
Y anotó —entonces— entre muchas otras cosas que...
“La lustradora no me obedece; es inútil que intente guiarla sobre los pisos en la dirección que deseo...(...) El aparato pone en acción “sus propios planes”, moviéndose hacia donde se le antoja...(...) Antes de ayer, la licuadora se puso en marcha “por su cuenta”, mientras que yo colocaba en el vaso unos trozos de zanahoria. Resultado: dos dedos heridos. (…) La heladera me depara horrendas sorpresas (...) Encuentro largos pelos canosos enrollados en los alimentos, aunque lo peor fue abrir el freezer y hallar una dentadura postiza. La arrojé por el incinerador...(...) La desdentada imagen de la abuela continúa apareciendo y desapareciendo –de pronto- en la pantalla del televisor durante las funciones de trasnoche...(...) Mi gato Zambri parece percibir todo (...) se desplaza por el departamento casi siempre erizado. (...) Fija su mirada redondita aquí y allá, como si lograra ver algo que yo no. (...) El único artefacto que funciona normalmente es el lavarropas... (...) Voy a deshacerme de todos los demás malditos aparatos, a venderlos, a regalarlos mañana mismo... (...) Durante la siesta dominguera, mientras me dispongo a lavar una montaña de ropa...”
(AQUI CONCLUYEN LAS ANOTACIONES DE LILIBETH ABRUPTAMENTE, Y UN TRAZO DE BOLIGRAFO AZUL SALE COMO UNA SERPENTINA DESDE EL FINAL DE ESA “A” HASTA LLEGAR AL EXTREMO INFERIOR DE LA HOJA.)

Tras un día y medio sin noticias de Lili, los hermanos se preocuparon mucho y se dirigieron a su departamento.
Era el mediodía del martes siguiente a esa “siesta dominguera”.
Apenas arribados, Luis y Leandro se sobresaltaron: algunas vecinas cuchicheaban en el corredor general, otra golpeaba a la puerta del 11 “J”, mientras que el portero pasaba el trapo de piso una y otra vez.
—No sabemos qué está pasando adentro. La señorita no atiende el teléfono, no responde al timbre ni a los gritos de llamado... Desde ayer que...
Agua jabonosa seguía fluyendo por debajo de la puerta hacia el corredor general, como un río casero.
Dieron parte a la policía. Forzaron la puerta, que estaba bien cerrada desde adentro y con su correspondiente traba. Luis y Leandro llamaron a Lili con desesperación. La buscaron con desesperación y —con desesperación— comprobaron que la muchacha no estaba allí.
El televisor en funcionamiento —pero extrañamente sin transmisión a pesar de la hora— enervaba con su zumbido.
En la cocina, “la montaña” de ropa sucia junto al lavarropas, en marcha y con la tapa levantada.
Medio enroscado a la paleta del tambor giratorio y medio colgando hacia fuera, un camisón de Lilibeth; única prenda que encontraron allí, además de una pantufla casi deshecha en el fondo del tambor.
El agua jabonosa seguía derramándose y empapando los pisos.

Más tarde, Luis ubicó a Zambri, detrás de un cajón de soda y semioculto por una pila de diarios viejos. El animal estaba como petrificado y con la mirada fija en un invisible punto de horror del que nadie logró despegarlo todavía (se lo llevó Leandro).
El gato, único testigo.
Pero los gatos no hablan. Y a la policía, las anotaciones del cuaderno de Lilibeth le parecieron las memorias de una loca que “vaya a saberse cómo se las ingenió para desaparecer sin dejar rastros”... “una loca suelta más”... “la loca del 11 Jota”... como la apodaron sus vecinos, cuando la revista para que yo trabajo me envió a hacer esta nota.
.
.
.
ELSA BORNEMANN
(Argentina, 1952)

domingo, 20 de junio de 2010

SARAMAGO JOSÉ: 1922/2010

Empezar a leer fue para mí como entrar en un bosque por primera vez y encontrarme de pronto con todos los árboles, todas las flores, todos los pájaros. Cuando haces eso, lo que te deslumbra es el conjunto. No dices: me gusta este árbol más que los demás. No, cada libro en que entraba lo tomaba como algo único.


Resulta mucho más fácil educar a los pueblos para la guerra que para la paz. Para educar en el espíritu bélico basta con apelar a los más bajos instintos. Educar para la paz implica enseñar a reconocer al otro, a escuchar sus argumentos, a entender sus limitaciones, a negociar con él, a llegar a acuerdos. Esa dificultad explica que los pacifistas nunca cuenten con la fuerza suficiente para ganar... las guerras.


Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él.


José Saramago
Premio Nobel de Literatura 1998
(Portugal, 1922/2010)
.
Textos extraídos del diario La Capital (Rosario) - Sábado 19/06/2010

sábado, 19 de junio de 2010

BEAUVOIR, Simone de: El deseo de ser

George de La Tour
.
.
.
.
Montesquieu cuenta en “Historia Verdadera” que un genio propuso un día a un pobre hombre transformarlo a su elección, en ese rey, o en ese rico proletario, o en ese opulento mercader a quienes envidiaba tan frecuentemente.
El pobre duda, y para terminar, no puede decidirse a ningún cambio; se queda en su piel.
Cada hombre envidia la suerte de otro, concluye Montesquieu, pero ninguno aceptaría ser otro.
Y, en efecto, envidio la situación de otro si se me parece como un punto de partida que yo mismo superaré; pero el ser de otro cerrado sobre sí, fijo, separado de mí, no puede ser el objeto de ningún deseo.
Es desde el corazón de mi vida, que yo deseo, prefiero, rechazo.

.
SIMONE DE BEAUVOIR
Francia, 1908/1986)
.
(Fragmento del libro “¿Para qué la acción?”)
.
Novelista francesa existencialista y feminista. Hasta 1943 fue profesora de filosofía. Tras conocer a Jean Paul Sartre en la Sorbona, en 1929, se unió estrechamente al filósofo y su círculo. En su primera novela, La invitada (1943), exploró los dilemas existencialistas de la libertad, la acción y la responsabilidad individual, temas que aborda igualmente en novelas posteriores como La sangre de los otros (1944) y Los mandarines (1954), novela por la que recibió el Premio Goncourt. Las tesis existencialistas, según las cuales cada uno es responsable de sí mismo, se introducen también en una serie de obras autobiográficas, entre las que destacan Memorias de una joven de buena familia (también conocida como Memorias de una joven formal) (1958) y Final de cuentas (1972). Sus obras ofrecen una visión sumamente reveladora de su vida y su tiempo. Entre sus ensayos escritos cabe destacar El segundo sexo (1949), un profundo análisis sobre el papel de las mujeres en la sociedad; La vejez (1970), sobre el proceso de envejecimiento donde critica apasionadamente la actitud de la sociedad hacia los ancianos, y La ceremonia del adiós (1981), donde evoca la figura de su compañero y colega de tantos años, Jean Paul Sartre.

DE RAFAELA AL MUNDO



EDICIÓN IMPRESA

De Rafaela al mundo


Sábado 19 de Junio de 2010


No hay más que poner la dirección del blog (leerporquesi-1007.blogspot.com) para ingresar a una rica selección de textos literarios, notas de actualidad y también videos. El espacio se pensó para ampliar la participación de más alumnos, y terminó siendo leído desde distintos lugares del mundo.
Así es posible tomarse un recreo en la web y leer el poema "Ustedes y nosotros", de Mario Benedetti, "Cielo blanco", de Hamlet Lima Quintana, o detenerse un ratito con algún cuento de Abelardo Castillo, Roberto Fontanarrosa, Alejandro Dolina, Rodolfo Walsh o Julio Cortázar. En la selección de textos se percibe una atención especial por los autores latinoamericanos.
El blog además suma una variada selección de videos que cumplen el mismo pedido de disfrute estético que algún que otro texto literario. Por ejemplo, "Nanas de la cebolla", de Miguel Hernández, interpretado por Joan Manuel Serrat. La administración corre por cuenta del profesor, aunque aclara que lo que se sube es un aporte de todos: alumnos y profesores. "Nos ponemos de acuerdo sobre qué publicaremos cada semana, y eso se respeta. Es más, hay algunas selecciones que a mí no me gustan pero se suben igual porque es parte del trato", dice el docente para dar cuenta de un trabajo de lectura colectivo.

Al blog se suma el servicio de una casilla de correo electrónico (leerporquesi@yahoo.com.ar), que distribuye una vez por semana un texto diferente de los leídos en el taller con los integrantes de la escuela. "Comenzamos humildemente con unos pocos contactos (no son demasiados los alumnos que poseen correo electrónico) pero poco a poco la carpeta de contactos se fue engrosando y hoy podemos decir con orgullo que nuestros textos son distribuidos y leídos por todo el mundo", destaca.

Leé la nota en la edición de La Capital de Rosario, AQUÍ.

UN BLOG NACIDO EN UNA ESCUELA DE RAFAELA INVITA A "LEER PORQUE SÍ"




Un blog nacido en una escuela de Rafaela invita a "leer porque sí"

La lectura por placer incentivada desde la escuela es posible. Así lo demuestra una valiosa experiencia originada en el taller “Leer porque sí”, un espacio que surgió en un aula de la Escuela Media para Adultos N.º 1007 Libertad, de Rafaela, y luego se convirtió en un blog que hoy es visitado desde distintas partes del mundo. El impulsor de esta iniciativa es Sergio Fassanelli, profesor de lengua y literatura, y un eterno convencido de que la lectura deber ser por sobre todo “placentera”.


Sábado 19 de Junio de 2010


En 2005, cuando daba una de sus clases de lengua a los alumnos de la Eempa, Sergio Fassanelli no imaginaba que en poco tiempo estaría preguntando qué era y cómo se armaba un blog. Y menos que se convertiría en un experto administrador de esta herramienta tecnológica para difundir buenos textos literarios, relatos y hasta videos (ver aparte).

“Todo surgió en una de las clases, y de mis propios alumnos”, dice para repasar lo hecho. “Siempre como profesor de lengua trato de poner mucha literatura en mis clases, también canciones. Fue cuando una de mis alumnas me propuso juntarnos a leer o a escuchar música sin tener que pensar en un trabajo práctico o en ser evaluados”, recuerda.

Fassanelli cuenta que la idea le pareció “fantástica”. Ahí llegó la primera convocatoria para reunirse a leer en horario extraescolar y una vez a la semana en la escuela. Fue en el primer encuentro donde bautizaron al taller “Leer porque sí”, un título que no necesita demasiada explicación. Y algo más: el lema del blog es: “Si quieren gastar menos dinero en cárceles, inviertan más en educación”, toda una declaración de lo que significa el derecho al acceso a los libros.

También noticias y frases

Dice que de aquella primera reunión lo sorprendió la cantidad de alumnos que fueron, unos 20. “Empezamos a juntarnos una vez a la semana. Cada uno llevaba el texto que quería, también había noticias y hasta alguien una vez compartió una frase que le había gustado y figuraba en una tarjeta de casamiento. Luego se sumaron las ruedas de los mates con tortas y bizcochos”, agrega.

Sin embargo, la realidad de los adultos que estudian les demandó pensar en otra alternativa para no dejar afuera a quienes trabajaban o tenían demandas familiares. Surgió un folletín, “en realidad una hoja oficio doblada y fotocopiada”, con una buena selección de textos y que se distribuía gratuitamente (gracias a los auspicios de los comercios del barrio).

Más tarde llegó la casilla de correo a través de la cual se empezaron a compartir los textos (hay que escribir a leerporquesi@yahoo.com.ar para recibirlos), y no pasó mucho tiempo para que la idea de armar un blog (leerporquesi-1007.blogspot.com) se hiciera realidad. “Con esta idea se expandió el taller inicial, allí guardamos los textos que leemos y seleccionamos, y podemos compartir mejor; ahora nos llegan comentarios de todas partes”, dice el profesor.

El taller presencial continúa con sus reuniones semanales, a veces se traslada a la hora de lengua, donde la clase curricular se interrumpe para dar paso sencillamente a la lectura de un texto. Tanto es el entusiasmo que generó la creación del blog que Fassanelli menciona que una de sus ex alumnas estudia letras en Humanidades y es una fiel promotora de este espacio. El blog es administrado por el profesor, pero de una u otra manera todos los alumnos lo alimentan con sus aportes. Y hay que saber que todo es ganas y voluntad, no reciben aportes ni subsidios, ni los buscan.

Libros y nuevas tecnologías

Para Fassanelli, lejos de suplir al libro, las nuevas tecnologías lo complementan. Y eso lo comprueba a diario con el blog: “Estimula la lectura, sirve para difundirla, pero es complementario del libro, porque éste sigue siendo fundamental”.

Los alumnos del educador rafaelino promedian los 40. Cuenta que muchos llegan a la Eempa luego de un frustrado secundario o de no haberlo cursado nunca. En esta realidad el taller funciona como un estímulo sin proponérselo: “Una alumna me comentaba que hace dos años cuando empezó la escuela no se imaginaba que podría leer en voz alta, ahora lo hace siempre y porque le gusta”.

Expresa que los alumnos adultos necesitan encontrar un momento, un día a la semana donde participar de este tipo de espacios. La experiencia dice que le deja una enseñanza: “La lectura se puede recomendar, apoyar, pero no obligar”. Y hacia el final recuerda: “El taller es algo que siempre me hubiera gustado tener en mi secundario pero no lo tuve porque lo cursé durante el Proceso. Ahora lo hago porque como docente soy feliz con esta tarea”.

Ver nota original del diario La Capital, de Rosario, AQUÍ

domingo, 13 de junio de 2010

14 DE JUNIO: HOMENAJE A LOS EX COMBATIENTES DE MALVINAS

Graciela Paoloni .
.
MONÓLOGO
.
Buenos días, señoras y señores, me permito distraer un minuto de su amable atención para ofrecerles un recuerdo barato y útil de un pasado que ustedes preferirían olvidar.
Seguramente ya me habrán visto otras veces en este tren. Si no, me recordarán tratando de agarrarme al travesaño en el colectivo, o desgañitándome para que me escuchen en la estación.
Soy el ex combatiente que vuelve de sus pesadillas. Sí, ya los veo, no pongan esa cara de fastidio. Claro, después de 20 años ya ni se molestan en disimular. Antes era distinto. Se acuerdan, ¿no? Yo les repartía la revista del veterano y ustedes hacían como que abrían las páginas, actuaban como si me prestaran algo de atención. Después, pasados algunos años, ya nos íbamos conociendo, apenas me subía ustedes manoteaban el diario o la agenda, se ponían a hablar con el de al lado o descubrían algo interesante del otro lado de la ventanilla.
Yo al menos me sentía alguien. No es que me sintiera bien, para nada. Si les tengo que ser franco, desde el mismo momento en que volví de las islas empecé a sentir que les caía incómodo, que no sabían qué hacer conmigo. Ni siquiera sabían qué cara ponerme. Pero al menos sentía que ustedes se ponían nerviosos. Yo les recordaba algo. El tiempo avanzaba, ustedes se alejaban de esas viejas versiones de ustedes mismos, esos jóvenes en blanco y negro que escuchaban música disco y veían a Gómez Fuentes por la tele, la Argentina de la democracia cambiaba a ritmo vertiginoso. Y yo estaba ahí, siempre con el mismo pantalón que se iba descoloreando igual que sus recuerdos.
Hasta que un día, llovía, hacía frío, ustedes estaban apurados por llegar a casa, agotados y entumecidos, les dolían los huesos, se sentían viejos, y en cuanto subí y les dije, como hoy, “Buenas tardes damas y caballeros”, me di cuenta de que algo había cambiado. Ustedes me miraron con extrañeza, como una presencia que uno cree perdida y nos asombra que todavía esté ahí. Por primera vez me miraron con extrañeza. Yo, que los representé a todos ustedes en las irredentas islas australes en 1982, yo que soy y siempre seré lo mejor, lo más puro y lo más inocente de todos ustedes. Me miraron como si no me conocieran.
Entonces dirigí la vista a mis pantalones camuflados, mi camisa militar, con un botón de cada color y la medalla de oro desteñido. Y me vi yo también extraño. Como un fantasma. Porque es extraño verse a sí mismo como un fantasma, ¿no, señora? Sí, a usted le digo. No toque el timbre. ¿Por qué se quiere bajar? ¿Se cree que no sé que esta no es su parada? ¿Por qué no sigue hasta la esquina del banco, pasando la plaza, como siempre? ¿Le doy miedo? Le parece que le puedo hacer algún mal?
Aunque si quiere, la verdad que mejor se baja. Ma sí, que me escuche el que quiera. Bájense todos. Total, ya me escucharon tantas veces... Lo que pasa es que hoy me hacía un poco de ilusión, para qué se los voy a negar. Como se cumplen 20 años...
¿Se acuerdan? ¡Qué contentos estaban cuando me subí al avión! ¡Qué mar de banderas! ¡Cómo sonaban las bocinas y todos gritaban “lo vamo a reventar” y “bajo un manto de neblina”! Íbamos en el micro y ustedes nos saludaban, hacían así con el pulgar hacia arriba, como en la propaganda de “Argentinos a vencer”, llenos de orgullo, todos hermanos, sin divisiones ni luchas ni odios. Todos hermanos, carajo, por una causa nacional ajena a las mezquinas divisiones políticas.
¡Si hasta casi me creí lo que decían las revistas! En esas fotos a todo color yo estaba tan heroico, tan joven, tan patriótico, con la ropa verde recién planchada que parecía tan abrigada y nueva, y comiendo esa comida que debía estar riquísima, por la cara de contento que ponía yo en las fotos de las revistas. Lástima que las fotos sólo las vi cuando ya estaba de vuelta, y me parecían un chiste de mal gusto. ¿Nunca les conté que los jefes llevaron a Malvinas cocinas de campaña que funcionaban con leña? ¡Miren los años que llevamos juntos y nos les había contado! Resulta que llevaron cocinas de esas con ruedas como de carretilla, que hay que ponerles leña dentro. Pero no se avivaron de que en Malvinas no hay árboles. El rancho era una sopa fría que era agua sucia con tres fideos nadando.
¿Y tampoco les conté del depósito de dulce de batata de Puerto Argentino? ¡Pero si es lo más divertido! El 15 de junio, cuando ya había terminado todo y ya habíamos perdido la guerra, los ingleses nos llevaron a abrir un depósito que usaba el ejército. No lo podíamos creer. Estaba lleno, pero lleno de latas de dulce de batata. Los ingleses nos preguntaron que quién había guardado todas esas latas y para quién eran si no nos las daban a nosotros. Si era sólo para los oficiales deberían estar comiendo dulce de batata por cuatro o cinco años, y todavía les hubiera sobrado. A los ingleses les daba asco, porque no conocían la maravilla del dulce de batata. Qué salvajes, ¿no?
Pero ¿por qué les estoy contando estas cosas? Si ustedes ya casi ni se acuerdan de lo poco que alguna vez supieron de Malvinas. A ver, ¿se acuerdan del ruido de los Sea Harrier que venían a todo lo que da y había que meterse en el pozo de cabeza? ¿Y del olor de la ropa mojada? ¿Y de la oscuridad de esas noches donde no se podía prender ni un cigarro porque te estaqueaban ahí nomás? ¿Y del viento, ese puto viento que no paraba nunca y que no te dejaba escuchar si venía o no venía el enemigo y toda la noche tratando de escuchar y toda la noche el viento? ¿Ni siquiera se acuerdan de cuando teníamos 18 años y nos mandaron a pelear a las Malvinas?
Pero qué hago yo acá, gritándoles, si venía a celebrar los 20 años. Tienen que perdonarme. Es que siempre arranco con el mismo discurso que ya no me emociona ni un cachito así, y ahora que les cuento cosas nuevas es como si estuviera ahí otra vez.
¿Saben lo que pienso ahora? Que si no fuera por cosas como el viento y las gaviotas y la turba y la cara de mi camarada muerto, tapado con una frazada que le dejaba al aire las botas marrones, no creería que esas cosas pasaron. Es como de otra galaxia, ¿no les parece? Todo el mundo en la plaza, creyéndose lo de que “estamos ganando”, y Galtieri en el balcón de la Rosada, y el Ejército reencontrado con su pueblo, y nadie sabía nada de los 30 mil desaparecidos, y “no te borrés que te necesitamos”. Parece que nunca nos hubieran pasado estas cosas.
Les miro las caras y quiero creer que ninguno de ustedes tuvo nada que ver con la dictadura. Pero las dictaduras no funcionan solas. Ahora queremos acordarnos de que fuimos todos opositores, pero la verdad es que casi todos bajamos la cabeza y obedecimos y tratamos de no saber. ¿Y Malvinas? Fue la aventura delirante de un general borracho. Queremos acordarnos de que siempre supimos que fue una locura. Hasta que aparezco yo, zaparrastroso y con el mismo pantalón de un color de otra época, y les desbarato lo que quisieran contarse a ustedes mismos de su pasado.
Sí, señor, ya sé que llegamos a la terminal. Denme solo un minuto más. Estoy loco pero no tanto. En un segundo los dejo bajar, no se pongan nerviosos. No los voy a secuestrar. No quiero venderles ninguna revista, ni calcomanías ni lápices ni nada. No represento a ninguna organización ni hablo en nombre de nadie. Sólo soy el ex combatiente que anida en la memoria de mis compatriotas, que se pasea con ropas gastadas que nunca asustaron a nadie por los pasillos de su memoria, recordándoles que hace 20 años ustedes salieron a las calles con pitos y matracas a celebrar una guerra.
.
ROBERTO HERRSCHER
.
Nota publicada en el suplemento “Temas” del diario “La Voz del Interior” de Córdoba, el 31 de marzo de 2002.
.
ROBERTO HERRSCHER es sociólogo, periodista y profesor universitario de comunicación, actualmente dirige el Master de Periodismo de BCNY y reside en Barcelona, España.
En abril de 1982, con 19 años, estaba a punto de terminar el servicio militar obligatorio que cumplía en la Marina, cuando, pese a la proximidad de su baja, le notificaron que debía combatir en las Malvinas y, poco tiempo después, lo asignaron como tripulante del “Penélope”: el barco más viejo utilizado en la guerra, propiedad de un malvinense decomisada por la Armada argentina para transportar combustible, víveres y soldados. Allí, como único conscripto de la tripulación y traductor, vivió “su guerra” sin saber que lo hacía a bordo de una goleta histórica que había sido enviada a construir por el aviador alemán Ghunter Plüchow en 1927. Finalizada la guerra, Herrscher estudió sociología y periodismo, y durante años investigó la historia de aquella embarcación que narra en el libro Los viajes del Penélope (Editorial Tusquets).

jueves, 10 de junio de 2010

ALBA RICO, Santiago: Elogio del aburrimiento

El Pensador .
.
El capitalismo prohíbe básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento.
Cuenta Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poetisa, monja y feminista mexicana del siglo XVII, que en una ocasión la abadesa del convento de los Jerónimos, a cuya regla estaba sometida, le prohibió leer y escribir y la mandó castigada a la cocina. Allí entre los fogones Juana Inés estudiaba y escribía con la mente; es decir, pensaba. Del huevo y de la manteca, del membrillo y del azúcar, mientras cortaba y amasaba y freía, sacaba una consideración, una reflexión, un hilo interminable de conjeturas, y esto hasta el punto de llegar a afirmar con desafiante ironía en su conocida carta a sor Filotea: “Si Aristóteles hubiera cocinado, habría pensado más y mejor”.
Si a Juana Inés, en lugar de a la cocina, la hubiesen mandado a Disneylandia, donde se hubiese aburrido menos, quizás habría dejado de leer, estudiar y pensar sin ninguna prohibición.
Contaba Rosa Chacel, una de las más grandes novelistas españolas del siglo XX, que en los años cincuenta, mientras redactaba su novela La Sinrazón, tenía la costumbre de pasar horas recostada en un sofá de su salón. La mujer de la limpieza, con la escoba en la mano, le dirigía siempre miradas entre compasivas y reprobatorias: “Si hiciera usted algo, no se aburriría tanto”. Pero es que Rosa Chacel hacía algo: estaba pensando; y hasta cambiar de postura podía distraerla de su introspección o devolverla dolorosamente a la superficie.
Si Rosa Chacel hubiese pasado horas y horas delante de la televisión, y no dentro de sí misma, jamás habría escrito ninguna de sus novelas.
Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción. Hace falta estar muy aburrido, es verdad, para ponerse a leer; hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar. ¿Será bueno? ¿Será malo? El aburrimiento es la experiencia del tiempo desnudo, de la duración pastosa en la que se nos enredan las patas, del líquido viscoso en el que flotan los árboles, las casas, la mesa, nuestra silla, nuestra taza de leche. Todos los padres conocemos la angustia de un niño aburrido; todos los que fuimos niños -antes, al menos, de los videojuegos y la televisión- sabemos de la angustia de un niño aburrido pataleando en el ámbar espeso de una tarde que no acaba de morir. No hay nada más trágico que este descubrimiento del tiempo puro, pero quizás tampoco nada más formativo. Decía el poeta Leopardi que “el tedio es la quintaesencia de la sabiduría” y el antropólogo Levi-Strauss, recientemente fallecido, aseguraba haber escrito todos sus libros “contra el tedio mortal”. Uno no olvida jamás los lugares donde se ha aburrido, impresos en la memoria -con grietas y matices- como en el diario de campo de un naturalista. Uno no olvida jamás el ritmo de las cosas, la finitud de los cuerpos, la consistencia real de los cristales, si alguna vez se ha aburrido. “Amo de mi ser las horas oscuras”, decía Rainer María Rilke, porque las oscuras son no sólo la medida de las claras sino la pauta narrativa de unas y de otras. El aburrimiento, sí, es el espinazo de los cuentos, el aura de los descubrimientos, el gancho de toda atención, hacia fuera y hacia dentro.
El capitalismo prohíbe las horas oscuras y para eso tiene que incendiar el mundo. El capitalismo prohíbe el aburrimiento y para eso tiene que impedir al mismo tiempo la soledad y la compañía ¡Ni un solo minuto en la propia cabeza! ¡Ni un solo minuto en el mundo! ¿Dónde entonces? ¿Qué es lo que queda? El mercado; es decir, esa franja mesopotámica abierta entre la mente y las cosas, ancha y ajena, donde la televisión está siempre encendida, donde la música está siempre sonando, donde las luces siempre destellan, donde las vitrinas están siempre llenas, donde los teléfonos celulares están siempre llamando, donde incluso las pausas, las transiciones, las esperas, nos proporcionan siempre una emoción nueva. El capitalismo lo tolera todo, menos el aburrimiento. Tolera el crimen, la mentira, la corrupción, la frivolidad, la crueldad, pero no el tedio. Berlusconi nos hace reír, las decapitaciones en directo son entretenidas, la mafia es emocionante. ¿Cuál era el peor defecto de la URRS, lo que los europeos nunca pudimos perdonarle, lo que nos convenció realmente de su fracaso? Que era un país muy aburrido.
Eso que el filósofo Stiegler ha llamado la “proletarización del tiempo libre”, es decir, la expropiación no sólo de nuestros medios de producción sino también de nuestros instrumentos de placer y conocimiento, representa el mayor negocio del planeta. El sector de los video-juegos, por ejemplo, mueve 1.400 millones de euros en España y 47.000 millones de dólares en todo el mundo; el llamado “ocio digital” más de 177.000 millones de euros; la “industria del entretenimiento” en general -televisión, cine, música, revistas, parques temáticos, internet, etc.- suma ya 2 billones de dólares anuales. “Divertir” quiere decir: separar, arrastrar lejos, llevar en otra dirección. Nos divierten. “Distraer” quiere decir: dirigir hacia otra parte, desviar, hacer caer en otro lugar. Nos distraen. “Entretener” quiere decir: mantener ocupado a alguien en un hueco donde no hay nada para que nunca llegue a su destino. Nos entretienen. ¿Qué nos roban? El tiempo mismo, que es lo que da valor a todos los productos, mentales o materiales.
El capitalismo y su industria del entretenimiento construyen todo lo contrario de una cultura del ocio. En griego, ocio se decía “skhole”, de donde viene la palabra “escuela”. El proceso es más bien el inverso, pues la escuela misma -la cocina del pensamiento, el fogón del tiempo, donde Juana Inés y Rosa Chacel horneaban sus obras- ha claudicado a la lógica del entretenimiento. Ahora no se trata de comprender o de conocer sino de conseguir que, en cualquier caso, la escuela y la universidad no sean menos divertidas que la televisión, los vídeo-juegos y Disneylandia. ¿Los alumnos estarán más atentos si los maestros utilizan pizarras electrónicas? ¿Aprenderán mejor inglés en internet con Marina Orlova, la escultural filóloga rusa en minifalda? ¿Sabrán más matemáticas o latín si acuden a la universidad de Bolonia atraídos no por sus programas y profesores sino por las cuatro modelos de cuerpos zigzagueantes contratadas para los carteles publicitarios? Lo que es seguro es que, con esta lógica, que es la del mercado, los profesores llevan todas las de perder: Aristóteles y la física cuántica nunca podrán rivalizar con Shakira y la última play-station.
Según una reciente encuesta, uno de cada veinte niños británicos están convencidos de que Hitler fue un entrenador de fútbol y uno de cada cinco creen que Auschwitz es un Parque Temático. Para muchos de ellos el Holocausto es el nombre de una fiesta.
Quizás deberíamos aburrirnos un poco más.
.
.
.
.
Santiago Alba Rico
Escritor, ensayista y filósofo español,
nacido en Madrid en 1960.