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martes, 30 de octubre de 2018

DAUDET, Alphonse: El hombre del cerebro de oro


A la dama que me pide cuentos alegres 

Al leer su carta, señora, me ha asaltado algo así como un remordimiento. Me he recriminado el color pesimista de mis cuentos y me he comprometido a enviarle algo alegre, profundamente alegre. 

¿Por qué habría de estar triste, después de todo? Vivo a mil leguas de las nieblas parisinas, sobre una colina luminosa, en la región de los tamboriles y del vino moscatel. A mi alrededor todo es sol y música; tengo orquestas de aguzanieves, orfeones de abejarucos, por la mañana los chorlitos que hacen ¡chorolí, chorolí!; a mediodía las chicharras, luego los zagales tocando la zampoña y las guapas mozas morenas a las que se les oye reír en los viñedos… En verdad, el lugar está mal elegido para tejer fantasías tenebrosas; yo debería, más bien, enviar a las damas poemas color de rosa y cestas llenas de cuentos galantes… 

¡Pues bien, no! Todavía estoy demasiado cerca de París. A diario llegan hasta mis pinos las salpicaduras de sus tristezas… En este momento en el que escribo, acabo de saber que el pobre Charles Barbara ha muerto en la miseria; por lo cual mi molino se ha vuelto de luto riguroso. ¡Adiós a los chorlitos y a las chicharras! Ya no tengo ánimos para contar cosas alegres. Por esa causa, señora, en lugar del lindo cuento festivo que había decidido escribir para usted, no leerá hoy sino una leyenda melancólica. 


* * * 



Había una vez un hombre que tenía el cerebro de oro; sí, señora, un cerebro completamente de oro. Cuando vino al mundo, los médicos pensaron que aquel niño no podría vivir, tan pesada era su cabeza y tan desmesurado su cráneo. Sin embargo, vivió y creció al sol como un hermoso retoño de olivo; solo que su gruesa cabeza le arrastraba siempre, y daba pena verlo tropezar con los muebles al andar… A menudo se caía. Un día rodó desde lo alto de una escalinata y vino a dar con la frente en un peldaño de mármol, donde su cráneo resonó como un lingote. Le creyeron muerto; pero, al levantarlo, solo le encontraron una leve herida con dos o tres gotitas de oro cuajadas entre sus cabellos rubios. Fue así como los padres supieron que tenía un cerebro de oro. 
No lo divulgaron; ni siquiera el niño sospechó nada. De vez en cuando este preguntaba por qué ya no le permitían correr y jugar fuera de casa con los demás niños. 

—¡Podrían robarte, mi tesoro! —decía la madre. 
Entonces el chiquillo sentía miedo de que lo raptaran y se ponía a jugar solo, sin decir palabra, vagando pesadamente de una habitación a otra. 
Solo al cumplir los dieciocho años le revelaron sus padres el don monstruoso que debía al destino; y como lo habían alimentado y educado desde que nació, le pidieron, en compensación, una parte de su oro. El chico no vaciló: en el acto —¿cómo?, ¿por qué medios?, la leyenda no lo dice— se arrancó del cráneo un buen trozo de oro macizo y lo depositó en el regazo de su madre… 
Luego, deslumbrado por los caudales que llevaba en la cabeza, abandonó la casa paterna y se fue por el mundo dilapidando su tesoro. A juzgar por el modo de vivir a lo grande, regiamente y derrochando el oro sin contarlo, habríase dicho que aquella sesera era inagotable… Pero se iba agotando y, poco a poco, su mirada se fue apagando y sus mejillas se demacraron. Un día, la mañana siguiente de una fiesta desenfrenada, el desgraciado, que se había quedado solo entre los restos del festín, se espantó al ver el enorme trozo que le faltaba a su lingote; por lo que pensó que debía detener su despilfarro. 
A partir de entonces su existencia cambió. Se retiró y empezó a vivir del trabajo de sus manos, atemorizado y receloso como un avaro, huyendo de las tentaciones, procurando olvidar las fatales riquezas a las que no quería tocar… Por desdicha, un amigo le había seguido en su soledad y este amigo conocía su secreto. Una noche, el desventurado fue despertado súbitamente por un intenso dolor de cabeza; se incorporó desatinado, y vio a la luz de la luna a su amigo que escapaba ocultando algo bajo su capa… ¡Un trozo más de sesera que le quitaban! 
Poco después se enamoró, y esta vez se acabó todo. Amaba a una mujercita rubia, que también lo amaba, pero que amaba más aún las plumas, los lazos, los pompones, los bordados y pasamanerías. Entre las manos de aquella gentil criatura —mitad pájaro, mitad muñeca— las monedas de oro se fundían sin sentir. Era caprichosa a más no poder; y él no sabía decir no. Por no contrariarla llegó incluso a ocultarle el origen de su fortuna. 
—¿Así que somos muy ricos? —decía ella. 
El pobre hombre respondía: 
—¡Oh, sí!… ¡Muy ricos! —Y sonreía con amor al pajarito azul que, inocentemente, le iba devorando el cráneo. 
Pese a todo, a veces le entraba miedo y le daban ganas de volverse avaro, pero entonces llegaba su mujercita mimosa y le rogaba: 
—Cariño, tú que eres tan rico… ¡Cómprame algo que sea muy caro! 
Y él le compraba algo muy caro. Así pasaron dos años, hasta que una mañana la mujercita, sin saber por qué, se murió como un pajarito… El tesoro tocaba a su fin, pero con lo que le quedaba, el viudo encargó un hermoso entierro para su amada muerta. Campanas al vuelo, carroza tapizada de negro, caballos empenachados, lágrimas de plata sobre el terciopelo, nada le pareció demasiado suntuoso. Ahora ya ¿qué le importaba su oro? Lo prodigó: le dio a la iglesia, a los sepultureros, a las vendedoras de siemprevivas; por todas partes lo repartió sin regatear… Por eso, al salir del cementerio ya no la quedaba casi nada de su maravillosa sesera; tan solo unos trocitos pegados a las paredes del cráneo. 
Entonces lo vieron irse por las calles con aspecto extraviado y las manos por delante, tropezando como un beodo. Al anochecer, a la hora en que se encienden los bazares, se detuvo ante un amplio escaparate en el que todo un amasijo de lujosas telas y pedrerías espejeaba bajo las lámparas; y permaneció allí un buen rato contemplando un par de chinelas de raso azul con ribetes de plumas de cisne. «Sé de alguien a quien estos escarpines le darán una gran alegría», se decía sonriendo; y, sin recordar que su esposa estaba muerta, entró para comprarlos. Desde el fondo de la trastienda la tendera oyó un grito agudo; acudió y retrocedió espantada al ver al hombre de pie, recostado sobre el mostrador, mirándola angustiosamente. Tenía en una mano los escarpines y en la otra, ensangrentada, unas cuantas partículas de oro en las uñas. 

* * * 
Pese a su aspecto de cuento fantástico, esta leyenda es cierta por los cuatro costados… Hay en el mundo personas condenadas a vivir de su cerebro, y pagan con oro de ley, con su médula y su propia sustancia, las más ínfimas cosas de la existencia. Cada día es para ellos un sufrimiento, y luego, cuando están hartas de sufrir… 


(Francia, 1840/1897)


lunes, 15 de octubre de 2018

LÓPEZ, Julián: Las palabras hacen cosas


Mi mamá trabaja cama adentro, mi papá es albañil, como mi abuelo, mi papá está en Marcos Paz, mi mamá, mi papá y mis tíos trabajan en el taller y hacen pantalones, mi papá vende en un kiosco, mi papá tiene la verdulería, mi papá está en la Bonaerense, mi mamá es enfermera, mi mamá está en la biblioteca pero no sé lo que hace. 
Y entonces le tocó a Jonás y Jonás habló y yo no sé qué fue lo que pasó. Yo no sé si las palabras hacen cosas, o si también son como una cornisa alta que te da vértigo, o como un golpe sin querer en la panza que te corta la respiración. Yo no sé lo que pasó pero Jonás habló y dijo: Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso. 
La cara se le había puesto rara, no como la cara de cuando le decimos que parece un enano ni como la cara de cuando quiere cantar y la sale la voz finita y todos nos reímos y a él le parece que se le metieran los dientes para adentro y los ojos se le ponen furiosos. A Jonás le tocaba hablar y Jonás habló así, raro, como con una tranquilidad que nadie le conocía. Yo no sé lo que pasó ese día pero ese día algo pasó y lo que me pregunto es si alguien se dio cuenta, si alguien sabe cuándo las cosas pasan, si hay cosas que pasan igual aunque uno no se dé cuenta, o a uno no le importe, o uno no sepa, o las palabras a uno se le vayan lejos. 
Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso, dijo Jonás y a mí me empezó a temblar debajo del ojo y me parece que me perdí adentro mío y que no me puedo acordar qué fue lo que siguió, ni qué hizo la señorita, ni si todos hablaron o si alguien se puso a decir algo o a llorar. 
Mi mamá cartonea, mi mamá trabaja por horas, mi papá hace changas y corta el pasto en las casas de El Jagüel, mi mamá anda sin trabajo. Y entonces le tocó a Jonás y Jonás habló y yo no sé qué fue lo que pasó, si esas palabras que dijo hicieron algo, no sé. 
Y me acordé de cuando mi papá se saca la remera y anda así por la casilla, todo suelto, raro también y tranquilo y se sienta en la ventana y se toma la botella de cerveza y a mí me parece que no lo conozco y él se pone a decir cosas en un idioma que no entiendo y habla solo y después me dice que tengo un montón de primos allá y uno de dieciocho y que allá está mi abuela y que un día vamos a viajar y vamos a conocernos todos y que él se va a traer a su mamá para que viva con nosotros en la casilla, que son muchos hermanos y que está bien pero que ellos la tienen siempre y que él la extraña y se la quiere traer acá, para que viva con nosotros, y esté sentada en el pasillo y hable con las vecinas y vea cómo es acá, cómo se vive, que hay muy pocas papas y muy poco maíz y muy poco gusto y que después de los pasillos está el asfalto y están los colectivos. 
Pero a mí desde ese día en la escuela adentro de la cabeza me quedó Jonás, tranquilo y hablando, y también me quedó la cara de su mamá con esa sonrisa y que una vez nos fuimos a su casa y comimos tortillas calentitas con el mate cocido y ella estaba en la cocina con unas amigas y hablaban y le daban a la bombilla y a la pava le daban y nos hacían chistes y amasaban más tortillas y se reían fuerte. 
Qué fue lo que pasó ese día. Todos contábamos y había ruido, mientras hablábamos había ruido y todo era normal, como son los días en la escuela, aburridos y divertidos y todo a la vez y como cuando una de nosotras llora o hay otra que se está riendo por una cosa y otro que se duerme y otra que se come un pan que se guardó sin que nadie la vea. Ese día había ruido normal y todos hablábamos porque la señorita nos había dicho que teníamos que decir de qué trabajaban nuestros padres y cada uno contaba un poco lo que sabía, o decía en el supermercado y listo, o en la fábrica y listo, o de seguridad y listo. 
Pero Jonás habló y dijo: Mi mamá trabaja de prostituta y nadie tiene que decir nada de eso. Y nadie dijo nada porque algo pasó, no sé qué fue y no sé si fue esa manera tan tranquila de Jonás o la sonrisa de su mamá que también se me quedó adentro, o esa vez en la casa, no sé. 
Pero yo me quedé ahí sin ganas de decir nada porque me parece que adentro mío se estaban haciendo otras palabras, unas palabras nuevas que todavía no estaban en el mundo y que yo ni conocía y que se me empezaban a hacer en la panza y en la cabeza como un murmullo que crece y que a mí me daban ganas de llorar y de reírme.

(Bs. As., 1965)


viernes, 5 de octubre de 2018

GARLAND, Inés: La zorra de la calle


En esa época no había tanta gente en la calle. No se le había ganado terreno al río y se podía bajar hasta la costa, caminar entre las casas cerca de la orilla, saludar a los ribereños. No era peligroso. Los Aranguren les habían soltado la correa a los hijos mayores hacía algunos años, pero no habían tenido la necesidad de estarles detrás para saber adónde iban o qué hacían a la tarde cuando volvían del colegio. Esos hijos ya estaban en la facultad. Lorenzo era el cuarto de nueve hermanos y acababa de cumplir catorce años. Volvía a la casa en tren desde los ocho porque nadie tenía tiempo ni ganas de buscarlo a la salida del colegio, y habría sido peor que se quedara esperando tardes enteras en las escaleras porque sus hermanos se olvidaban de él. A él le gustaba volver en tren. A veces, en los primeros años, se quedaba dormido y se despertaba en la estación de Tigre, pero también eso había dejado de importarle. Se acostumbraba a todo. Le gustaba mirar a la gente, les inventaba historias, se imaginaba que les hablaba, que las mujeres lo dejaban sentarse cerca de ellas o hasta le pasaban un brazo sobre el hombro, como si lo conocieran. 

La mujer de la esquina de la estación era fea. Una mujer como una maza, con piernas fuertes y espalda ancha, sin cintura. Estaba parada siempre ahí, a tres cuadras de la casa de los Aranguren, en la calle por donde pasaba Lorenzo cuando volvía del colegio. 
La primera vez que la vio, no la saludó. Algo en la mirada de ella lo obligó a bajar los ojos, y casi sin pensarlo cruzó la calle. Le pareció que ella lo seguía con la vista, y dio vuelta en la primera esquina, tomando un camino que no le convenía, solo para quitarse de encima la sensación de que lo seguía mirando. 
Pero también a ella se acostumbró. Él terminó por saludarla, primero con la mano, desde la vereda de enfrente, y un día no cruzó y se acercó y se quedó parado ahí, sin saber qué hacer, sonriéndole. 
—Es un lindo nombre Lorenzo —es lo único que se iba a acordar de lo que le dijo ella la primera vez que hablaron. 
Algo más le debe haber dicho porque terminaron en una casa vieja con muchos cuartos y olor a lavandina y a perfume muy dulce; una casa húmeda, cerca del río, con las persianas siempre cerradas. 
Se imagina que ya esa primera vez le pagó. 
Los recuerdos solo se ordenan para poder contarlos. La mujer se llamaba Sheila. Nunca la llegó a ver hermosa, eso sería demasiado. Pero le gustaba acariciarla, sobre todo en esos primeros tiempos, cuando él acababa muy pronto y le sobraba turno. La piel de Sheila era fresca y tirante, y muy suave. Y a veces, cuando el día del colegio había sido difícil o había tenido deportes, se quedaba dormido, y ella se sentaba en la cama, a su lado, pintándose las uñas o mirando la pared en silencio. Cuando él se despertaba y la encontraba en la penumbra, tan callada y cercana, la veía casi hermosa. Aunque no, no era eso, era otra cosa, algo que sentía en el pecho, uno nudo que se desataba. 
—A las lindas las tenés que tratar como si fueran feas. Los hombres creen que las lindas no les van a dar pelota. A algunos eso les da rabia y se hacen los interesantes o las tratan mal. Los otros se babean. ¿Vos conocés el dicho? ¿”La suerte de la fea, la linda la desea”? Las lindas no quieren que las trates distinto. La pasan mal. Vos a Macarena te le acercás así como te acercaste a mí. La saludás, le hablás normal. La mirás con esos ojitos que tenés, y cuando puedas le das un beso. 
Lo hacía sonar fácil. También le ensañaba otras cosas, del cuerpo de las mujeres, o del suyo. Eso no era hablando. Era metiéndose en unos lugares donde él se perdía. Al principio se asustó. Estaba seguro de que su madre se iba a dar cuenta. O sus hermanas mayores. Era imposible que no lo vieran. Él mismo se lo veía en el espejo de su casa. No podría haber dicho exactamente qué era, pero hasta la voz le había cambiado, la forma de moverse. Él lo sentía, sentía su cuerpo, las maneras de su cuerpo. Todo el tiempo. En el viaje en tren apenas podía disimular lo que le pasaba. Se tapaba con la valija, asustado de que las otras mujeres pensaran que era un degenerado. Sheila estaba ahí todas las tardes. 
Los ahorros se le acabaron pronto. Sheila le fio. Pero una semana o dos más tarde, un jueves, no estaba en la vereda esperándolo. Él pensó en volver a su casa, ya la veía al día siguiente. Pero con cada cuadra que lo alejaba de la casa de las persianas cerradas, la idea de entrar en la suya, pre prepararse algo de comer y empezar a dar vueltas, porque qué otra cosa iba a hacer con el nudo que tenía en el estómago, y en la garganta, jugaría a la pelota en el jardín, se pondría a lijar el portón, saldría a caminar por el río, no, se desarmaba. Se estaba desarmando. 
Llegó corriendo a la casa de las persianas cerradas y otra de las chicas lo dejó entrar. 
—Sheila está ocupada —dijo. 
Podía esperarla. Podía esperarla sentado. Pero cuando la chica se fue, él quiso pararse en el pasillo frente a la puerta. Era amarilla la puerta. Él nunca había visto que la puerta fuera amarilla. 
Tenía hambre. Los gruñidos de su estómago parecían magnificarse en la oscuridad del pasillo. Se escuchaban voces detrás de las puertas, pasos, crujidos. Se fue tranquilizando porque sabía que Sheila iba a abrir la puerta y lo iba a tomar de la mano y lo iba a llevar a la cama. A lo mejor le fiaba dos turnos. 
La puerta se abrió. El hombre que salía se dio vuelta para mirar a Sheila. 
—Hola, perrito —le dijo ella. 
Nunca le había dicho perrito. 
El hombre era flaco y viejo. Tenía un dejo de desprecio en la boca, tal vez por encontrarse con él parado ahí con esa cara de hambre. 
Sheila le dijo, después, antes de acompañarlo a la puerta, que ya no podía fiarle más. Ese había sido el último turno que podía darle. No era decisión de ella, dijo. Él no pudo imaginarse quién más podía haber tomado una decisión así, pero sabía que tenía razón. No tenía forma de pagarle. Hacía unos meses el padre le había suspendido la mensualidad. 
Pensó en volver caminando del colegio y ahorrar la plata del boleto, pero desde el centro había un trecho larguísimo. No tenía dudas de que lo podía hacer, pero no le alcanzaría el tiempo antes de volver a su casa a la hora de la cena. 
Entonces pensó en robar. Su madre era desordenada con la plata y dejaba la billetera en cualquier parte. Lo iba a hacer de a poco. Nadie se iba a dar cuenta. A los quince años era injusto no tener un peso partido al medio, nadie le había explicado por qué. Todos sus amigos recibían mensualidad. 
Le faltaban dos meses para cumplir dieciséis cuando la madre finalmente se dio cuenta de que alguien le sacaba plata de la billetera. Lo comentó en la mesa del domingo al mediodía, después de misa. 
—No lo puedo creer —dijo. 
Lo que no podía creer era que Isolina —nuestra mucama de toda la vida, como le dijo esa noche, como le decía siempre, pero a él esa noche la frase le pareció rara aunque era cierto para él, Isolina había estado ahí desde antes de que él naciera, había estado ahí toda su vida, pero no toda la vida de su mamá o de su papá, ni siquiera de sus hermanos mayores— que Isolina fuera capaz. 
—Hay que echarla —dijo el padre. 
Él quiso decir que era él el que sacaba la plata de la billetera, quiso decirlo pero no lo dijo. No lo dijo ahí, frente a sus hermanos y a su padre, porque pensó que se lo iba a decir después a su madre, más tarde, antes de irse a dormir, al día siguiente, antes de irse al colegio, a la tarde, cuando volviera directamente sin irse con Sheila. Pero se fue con Sheila. Y le pagó con la plata robada. Y escuchó detrás de la puerta los sollozos de Isolina y a su madre que le decía que el robo era lo único que no se podía tolerar, y el llanto de Isolina cuando decía yo no fui, señora, le juro que yo no fui. 
Escuchó con la mano en el bolsillo, el puño cerrado alrededor de los billetes arrugados, húmedos de sudor. 

(Argentina, 1960)



lunes, 17 de septiembre de 2018

WALSH, María Elena: ¿Corrupción de menores?


"No hay preguntas indiscretas.
Indiscretas son las respuestas."
Oscar Wilde

Vivimos consumiendo preceptos y productos sin cuestionarlos, por temor a la indiscreción de las respuestas y porque es más seguro acatar rutinas que incurrir en singularidades. Un ejercicio de esclarecimiento podría empezar con estas discretísimas preguntas:
¿Educamos a nuestras niñas para que en el día de mañana (si lo hay) sean ociosas princesas del jet-set? ¿Las educamos para Heidis de almibarados bosques? ¿Las educamos para futuras cortesanas? ¿Las educamos para enanas mentales y superfluas "señoras gordas"?
Así parece, por lo menos en buena parte de la bendita clase media argentina, dada la aberrante insistencia con que se estimula el narcisismo y la coquetería de nuestras niñas y se les escamotea su participación en la realidad.
La nena suele gozar de una envidiable amnesia para repetir la tabla del cuatro junto con una no menos envidiable memoria para detallar el último capítulo del idilio de tal vedette con tal campeón o el menor frunce del penúltimo modelo de Carolina de Mónaco cuando salió a cazar mariposas en Taormina con su digno esposo.
Consentimos y aprobamos que sea maniática consumidora de chafalonía, vestimenta, basura impresa y todo lo que, en fin, represente moda y no verdad. Consentimos que acuda al espejito más neuróticamente que la madrastra de Blancanieves, que sea experta en cosmética, teleteatros y publicidad, que exija chatarra importada o que calce imposibles zuecos para denuedo de traumatólogos.
Formamos una personalidad melindrosa cortando de raíz —porque todo empieza desde el nacimiento— la sensibilidad o el interés que podría sentir por la variada riqueza del universo.
—Es el instinto femenino —dicen algunos psicólogos de calesita. Eso me recuerda una anécdota. El director de una compañía grabadora estaba un día ocupado en comprobar cuántas veces se pasaba determinado disco por la radio.
—¡Qué bien, qué éxito, cómo gusta, cómo lo difunden a cada rato! —aplaudió entusiasmado. Y después agregó—: Claro que hay que ver la cantidad de plata que invertimos en la difusión radial de este tema...
Nosotros también programamos a nuestras niñas como a ese eterno infante que es el público. Les insuflamos manías e intereses adultos, les subvencionamos la trivialidad y luego atribuimos el resultado a su constitución biológica.
Las jugueterías, en vidrieras separadas, ofrecen distintos juguetes para niñas y para varones. En Estados Unidos, no hace muchos años los lugares públicos estaban igualmente divididos "para gente de color" y "para blancos". ¡Dividir para reinar!
A las nenas solo se les ofrece —o se les impone— juguetería doméstica: ajuares, lavarropas, cocinas, aspiradoras, accesorios de belleza o peluquería.
Si con esto se trata de reforzar las inclinaciones domésticas que trae desde la cuna, ¿por qué no orientarla también hacia la carpintería o la plomería? ¿Acaso no son actividades hogareñas indispensables? Sí, lo son, pero remuneradas. He aquí una respuesta indiscreta.
Los juguetes para varones sortean la monotonía y ofrecen toda la gama de posibilidades humanas y extraterrestres: granjas, tren eléctrico, robots, microscopio, telescopio, equipos de química y electrónica, autos, juegos de ingenio y todo lo que, en fin, estimula las facultades mentales.
¿A la nena no le gustan los animales de granja ni los trenes? ¿No sueña con manejar un coche? ¿No siente curiosidad por el microcosmos o el espacio? ¡Cómo la va a sentir si es cosa de la otra vidriera, la de Gran Jefe Toro Sentado Blanco!
¿Es que el ejercicio de la razón y la imaginación pueden llevarla a la larga a desistir de ser una criatura dependiente y limitada, mano de obra gratuita y personaje ornamental? La respuesta es sumamente indiscreta.
En la casa y la escuela destinamos a la nena a reiterar las más obvias y desabridas manualidades, a remedar las tareas maternas... y a practicar la maledicencia a propósito de indumentaria vecinal.
La nena vive rodeada de dudosos arquetipos y la forzamos a emularlos, comprándole la diadema de la Mujer Maravilla o el manto de cualquier otra maravilla femenil. No falta tío que ponga en sus manos un ejemplar de "Cómo ser bella y coqueta", otro espejito más o la centésima muñeca.
Salvo raras excepciones como Reportajes Supersónicos de Syria Poletti, cuya heroína es una pequeña periodista, el papel impreso que suele frecuentar la nena —incluido el libro de lectura— le muestra a mujeres que, en la más alta cima del intelecto, son maestras. Las demás, aparte de consabidas hadas y brujas, son siempre domadas princesas o abotargadas amas de casas.
La nena sabe, por las revistas que devora como una leona, que en este mundo no hay mujeres dedicadas a las más diversas tareas, por necesidad o por ganas. Lo que es más grave y contradictorio, le enseñan a soslayar el hecho de que su propia madre trabaja afuera o estudia, como si este no fuera modelo apropiado dada su excentricidad. Jamás vio —y si lo vio mojó el dedo y pasó la página— que hay mujeres obreras, pilotos, juezas o estadistas. Es tan avaro el espacio que los medios les dedican, ocupados como están en la promoción de Miss Tal o la siempre recordable Cristina Onassis.
Educar para el ocio, la servidumbre y la trivialidad, ¿no significa corromper la sagrada potencia del ser humano?
Por suerte, esta criatura vestida de rosa (no faltará quien diga, confundiendo otra vez causas con efectos, que las nenas nacen de rosa y los varones de celeste, cuando este negocio de los colores distintivos fue invento de una partera italiana, allá por 1919), esta criatura, digo, es fuerte y rebelde, dotada de una capacidad de supervivencia extraordinaria. La nena, en muchos casos, renegará de la manipulación y decidirá ser una persona. Pero ¿quién puede medir la dificultad de la contramarcha y la energía desperdiciada en librarse de tanta tilinguería adulta?
Mientras modelan a la pequeña odalisca remilgada, el tiempo pasa y llega la hora de la pubertad. Entonces los adultos se alarman porque la nena asusta con precoces aspavientos sexuales y emprende calamitosamente los estudios secundarios. Terminó los primarios como pudo, entre espejitos, telenovelas, chismografía y exhibicionismo fomentados y aprobados, pero al trasponer la pubertad se le reprocha todo esto y empieza a hacerse acreedora al desprecio que la banalidad inspira a quienes mejor la imponen y más caro la venden.
Los mayores ponen el grito en el cielo porque la nena no da señales de ir a transformarse en una Alfonsina Storni. Ahí empieza a tallar el prestigio de la cultura —desmesurado porque se trata de otra forma del culto al exitismo individual— y florece una tardía sospecha de que la nena no fue educada razonablemente. Cuando las papas queman, esos pobres padres de clase media argentina comprenden por fin que no son Grace y Rainiero y que la tierra que pisan no es Disneylandia.
En ese preciso momento aparece también el espantajo de la TV, esa culpable de todo. ¿Y quién delegó en ella las tareas de institutriz? La mediocridad de la TV no hace sino colaborar en la fabricación en serie de ciudadanas despistadas.
No se trata de reavivar severidades conventuales ni se trata de desvalorizar el trabajo doméstico ni inquietudes que, mejor orientadas, podrían ser simplemente estéticas. No se trata tampoco de mudarse de vidriera para suponer, por ejemplo, que el automovilismo es más meritorio que el arte culinario, o la cursilería más despreciable que el matonismo.
Toda criatura humana debe aprender a bastarse y cooperar en el trabajo hogareño y a cuidar, si quiere, su apariencia. Lo grave consiste en convencer a la criatura femenina de que el mundo termina allí.
Se trata de comprender que la niña no tiene opción, que es inducida compulsivamente a la frivolidad y la dependencia, que por tradición se le practica un lavado de cerebro que le impide elegir otra conducta y alimentar otros intereses.
La frivolidad no es un defecto truculento que merezca anatemas al estilo cuáquero o musulmán. Lo truculento consiste en hacerle creer a alguien que ese es su único destino, incompatible con el uso de la inteligencia. Lo grave consiste en confundir un espontáneo juego imitativo de la madre con una fatalidad excluyente de otras funciones.
A la nena no se le permite formar su personalidad libremente: se la dan toda hecha, y aprendices de jíbaros le reducen el cerebro para luego convencerla de que nació reducida. La instigan a practicar un desenfrenado culto a las apariencias y a desdeñar su propia y diversa riqueza humana. La recortan y pegan para luego culparla porque es una figurita. La educan, en fin, para pequeña cortesana de un mundo en liquidación.
¿No es eso corrupción de menores?

(Argentina, 1930/2011)



viernes, 31 de agosto de 2018

STORNI, Alfonsina: Capricho

 

Escrútame los ojos, sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente oculto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.


(Suiza, 1892/Argentina, 1938)




miércoles, 29 de agosto de 2018

NERUDA, Pablo: Oda a la pobreza




Cuando nací, 
pobreza, 
me seguiste, 
me mirabas 
a través 
de las tablas podridas 
por el profundo invierno. 
De pronto 
eran tus ojos 
los que miraban desde los agujeros. 
Las goteras, 
de noche, repetían 
tu nombre y tu apellido 
o a veces 
el salto quebrado, el traje roto, 
los zapatos abiertos, 
me advertían. 
Allí estabas 
acechándome 
tus dientes de carcoma, 
tus ojos de pantano, 
tu lengua gris 
que corta 
la ropa, la madera, 
los huesos y la sangre, 
allí estabas 
buscándome, 
siguiéndome, 
desde mi nacimiento 
por las calles. 

Cuando alquilé una pieza 
pequeña, en los suburbios, 
sentada en una silla 
me esperabas, 
o al descorrer las sábanas 
en un hotel oscuro, 
adolescente, 
no encontré la fragancia 
de la rosa desnuda, 
sino el silbido frío 
de tu boca. 
Pobreza, 
me seguiste 
por los cuarteles y los hospitales, 
por la paz y la guerra. 
Cuando enfermé tocaron 
a la puerta: 
no era el doctor, entraba 
otra vez la pobreza. 
Te vi sacar mis muebles 
a la calle: 
los hombres 
los dejaban caer como pedradas. 
Tú, con amor horrible, 
de un montón de abandono 
en medio de la calle y de la lluvia 
ibas haciendo 
un trono desdentado 
y mirando a los pobres 
recogías 
mi último plato haciéndolo diadema. 
Ahora, 
pobreza, 
yo te sigo. 
Como fuiste implacable, 
soy implacable. 
Junto 
a cada pobre 
me encontrarás cantando, 
bajo 
cada sábana 
de hospital imposible 
encontrarás mi canto. 
Te sigo, 
pobreza, 
te vigilo, 
te acerco, 
te disparo, 
te aislo, 
te cerceno las uñas, 
te rompo 
los dientes que te quedan. 
Estoy 
en todas partes: 
en el océano con los pescadores, 
en la mina 
los hombres 
al limpiarse la frente, 
secarse el sudor negro, 
encuentran 
mis poemas. 
Yo salgo cada día 
con la obrera textil. 
Tengo las manos blancas 
de dar pan en las panaderías. 
Donde vayas, 
pobreza, 
mi canto 
está cantando, 
mi vida 
está viviendo, 
mi sangre 
está luchando. 
Derrotaré 
tus pálidas banderas 
en donde se levanten. 
Otros poetas 
antaño te llamaron 
santa, 
veneraron tu capa, 
se alimentaron de humo 
y desaparecieron. 
Yo te desafío, 
con duros versos te golpeo el rostro, 
te embarco y te destierro. 
Yo con otros, 
con otros, muchos otros, 
te vamos expulsando 
de la tierra a la luna 
para que allí te quedes 
fría y encarcelada 
mirando con un ojo 
el pan y los racimos 
que cubrirá la tierra 
de mañana.

(Chile, 1904/1973)


jueves, 23 de agosto de 2018

MORIS: El oso



Yo vivía en el bosque muy contento,
caminaba sin cesar,
las mañanas y las tardes eran mías,
a la noche me tiraba a descansar.

Pero un día vino el hombre con sus jaulas,
me encerró y me llevó a la ciudad.
En el circo me enseñaron las piruetas
y yo así perdí mi amada libertad.

"Conformate", me decía un tigre viejo,
"nunca el techo y la comida han de faltar,
solo exigen que hagamos las piruetas
y a los hijos podamos alegrar".

Han pasado cuatro años de esta vida,
con el circo recorrí el mundo así.
Pero nunca pude olvidarme del todo,
de mis bosques, de mis tardes y de mí.

En un pueblito alejado
alguien no cerró el candado,
era una noche sin luna
y yo dejé la ciudad.

Ahora piso yo el suelo de mi bosque,
otra vez el verde de la libertad.
Estoy viejo pero las tardes son mías,
vuelvo al bosque, estoy contento de verdad.

(Mauricio Birabent, 1942)


jueves, 16 de agosto de 2018

GIARDINELLI, Mempo: El oso marrón


Mi papá me contó una vez esta historia, que yo repito como me la acuerdo.
Digamos que el tipo se llama Pat y es un granjero de New Hampshire, en los Estados Unidos, al que le gusta cazar osos. Desde hace años está empecinado en encontrar y abatir a un enorme oso marrón al que en la comarca todos llaman Sixteen Tons, que quiere decir Dieciséis Toneladas.
Lo ha buscado y esperado innumerables fines de semana, lo ha perseguido con perros, rastreado durante infinitos días con sus infinitas noches, y, en cada regreso frustrado, porque nunca ha dado con él, no ha hecho más que renovar su ansia de matarlo.
Sabe dónde, de qué y cómo se alimenta Sixteen Tons, qué costumbres tiene, por qué senderos anda. Pero jamás se topa con él, que evidentemente es un oso más astuto que Pat y que todos los cazadores de la región.
Durante los últimos tres años, obsesionado, el cabezadura de Pat no ha hecho otra cosa que soñar su encuentro con el inmenso animal. Se ha comprado un rifle de alta precisión y mira telescópica, ha planificado paso por paso la cacería por los bosques de New Hampshire y hasta ha soñado el instante del disparo que liquida al gigantesco oso marrón, pero siempre algo le salió mal.
En la cuarta primavera, que parece que es la única temporada de caza autorizada, un amigo camionero lo cruza al costado de la carretera que bordea las colinas boscosas que van de Lyme a Lebanon, dos pueblitos todavía cubiertos de nieve. Observa que Pat está llorando desconsoladamente junto a su camioneta y se detiene. Pero enseguida se da cuenta de que ninguna desgracia ha sucedido y, como sabe de la obsesión de Pat, con ligerísima ironía le pregunta si se trata de una nueva frustración, si es que tampoco esta vez ha podido dar con el oso marrón.
Pero Pat responde que no con la cabeza, y alcanza a decir que esta vez sí lo ha encontrado.
Y en cuanto lo dice se suelta a llorar más intensamente y se suena los mocos en un sucio pañuelo. Y mientras el otro baja de su camión, Pat señala la cajuela de su camioneta y dice que llora porque le han sucedido dos cosas terribles, simultáneamente: la una es que finalmente ha dado muerte a Sixteen Tons; y la otra es que acaba de darse cuenta de que había llegado a querer tan entrañablemente a ese oso que ahora se siente un miserable.

(Argentina, 1947)


miércoles, 25 de julio de 2018

BENEDETTI, Mario: El altillo


Está allá arriba. Lo veo desde aquí. Siempre quise un altillo. Cuando tenía nueve años, cuando tenía doce. Lo veo desde aquí y es bueno saber que existe. Tiene la luz encendida. Es una bombilla de cien bujías, pero desde el patio la veo apenas como un resplandor. Siempre quise un altillo, para escaparme. ¿De quién? Nunca lo supe. Francamente, yo quisiera saber si todos están seguros de quién escapan. Nadie lo sabe. Puede ser que lo sepa un ratón, pero yo creo que un ratón no es lo que el doctor llama un fugitivo típico. Yo sí lo soy. Quise un altillo como el de Ignacio, por ejemplo. Ignacio tenía allí libros, almanaques, mapas, postales, álbumes de estampillas. Ignacio pasaba directamente del altillo a la azotea, y desde allí podía dominar todas las azoteas vecinas, con claraboyas o sin ellas, con piletas de lavar ropa o macetas en los pretiles. En ese momento ya no tenía ojos de fuga sino de dominador. Dominar las azoteas es aproximadamente lo mismo que dominar las intimidades. La gente cuelga allí la ropa interior, amontona trastos viejos, toma el sol sin pedantería, hace gimnasia para sí misma y no para las muchachas, como sucede en la playa. La azotea es como una trastienda. Claro que hay azoteas que tienen perros y eso es un inconveniente; pero siempre queda el recurso de tirarles piedras o simplemente espantarlos con gritos. De todos modos, ni a Ignacio ni a mí nos gustaba que un perro nos estuviera mirando. Una azotea con perro pierde su soledad y entonces no sirve, especialmente si el perro tiene ojos de persona. A mí ni siquiera me gustan los perros con ojos de perro. Los gatos me importan menos. Son como un decorado y nada más. Puedo sentirme perfectamente solo con el cielo, un avión, una cometa y un gato. Incluso con Ignacio podía sentirme casi solo. Sería tal vez porque no hablaba. Tomaba los gemelos de teatro, miraba detenidamente la azotea de los Risso, y una vez que se cercioraba de que ni Mecha ni Sonia habían subido todavía, entonces me los alcanzaba a mí, y yo miraba detenidamente hacia la azotea de los Antuña hasta cerciorarme de que ni Luisa ni Marta habían subido. Siempre quise un altillo. El de Ignacio era un lindo altillo, pero tenía el inconveniente de que no era mío. Ya sé que Ignacio nunca me hizo sentirme extranjero, ni intruso, ni enemigo, ni pesado, ni ajeno; pero yo sentía todo eso por mí mismo, sin necesidad de que nadie me lo recordara. Para huir, para escapar de algo que uno no sabe bien qué es, hay que hacerlo solo. Y cuando escapaba (por ejemplo, cuando hice añicos los anteojos de mi tía y los tiré por el water y ella perdió todo su aplomo y se puso furiosa y me gritó tarado de porquería, linda consecuencia de las borracheras de tu padre, aunque según el doctor no es seguro que mi atraso tenga que ver con las papalinas de mi viejo, que en paz descanse) y cuando yo escapaba al altillo de Ignacio para estar solo, no podía estar solo, porque claro, estaba Ignacio. Y también a veces el perro del vecino, que es de los que miran con ojos de persona. Todo eso a los doce años y también a los nueve. A los trece se acabó el altillo porque empecé a ir al colegio de fronterizos. No recuerdo nada de lo que hice en el colegio. Hay que ver que fui solamente por tres días; después me pegó el grandote malísimo y estuve mucho tiempo en cama sin poder abrir este ojo que ahora abro, y además conteniendo la respiración. Todo debido a la costilla rota, claro. Pero al final tenía que respirar porque me ponía colorado, colorado, primero como un tomate y después como una remolacha. Entonces respiraba y el dolor era enorme. Se acabó el colegio de fronterizos, dijo mi tío. Después de todo es casi normal, dijo mi tía. Yo estaba agachado y de pronto sentí el frío de la llave en el ojo. Me aparté de la cerradura y me puse el camisón. Ella vendrá a enseñarte aquí desde mañana, dijo mi tía, antes de arroparme y darme un beso en la frente. Yo no tenía todavía mi altillo, ni tampoco podía ir al de Ignacio porque su papá se peleó con mi tío, no a las trompadas sino a las malas palabras. Ella vino a enseñarme todas las mañanas. No solo me enseñaba las lecciones. También me enseñaba unas piernas tan peludas que yo no podía dejar de mirarlas. Le advertí que yo era casi normal y ella sonrió. Me preguntó si había alguna cosa que me gustaba mucho, y yo dije que el altillo. Enseguida me arrepentí porque era como traicionar a Ignacio, pero de todos modos ella lo iba a saber porque su mirada era de ojos bien abiertos. Yo creo que nunca cerraba los ojos, o quizá pestañeaba en el instante que yo también lo hacía. Algunas veces yo demoraba más, a propósito, pero ella se daba cuenta de mi intención y también demoraba su pestañeo, y tal vez luego parpadeaba junto conmigo porque nunca le vi cerrar los ojos. Mejor dicho, la vi una sola vez, pero esa no vale porque estaba muerta. Los exalumnos le llevamos un ramo de flores. Yo era exalumno pero no la quería demasiado. Quería sus piernas, eso sí, porque eran peludas, pero la persona de ella también tenía otras partes. Así que solo duró un mes y medio. Una lástima porque había mejorado mucho, dijo mi tía. Ya sabía la tabla del ocho, dijo mi tío. Yo sabía también la del nueve, claro que nunca dije nada porque algún secreto hay que tener. Yo no sé cómo hay gente capaz de vivir sin secretos. Ignacio dice que el secreto más secreto de sus secretos es que. Pero yo no lo voy a decir porque le juré no comunicarlo a nadie. Fue sobre el perro muerto que lo juré. No sé exactamente cuándo. Siempre se me mezclaron las fechas. Acabo de hacer algo y sin embargo me parece muy lejano. En cambio, hay ocasiones en que una cosa bien antigua, me parece haberla hecho hace cinco minutos. A veces puedo saber cuándo, sobre todo ahora que mi tío me regaló el reloj que fue de mamá que en paz descanse. Pobrecito, así se entretiene, dijo mi tía. Pero yo no quiero entretenerme, es decir no quería, porque eso fue a los doce años y ahora tengo veintitrés, me llamo Albertito Ruiz, vivo en Solano Antuña cinco seis nueve, mi tío es el señor Orosmán Rivas y mi tía la señora Amelita T. de Rivas. La T. es de Tardáguila. Al fin conseguí el altillo. Para mí solo. Lo conseguí ayer, anteayer, o hace cinco años. No me importa el plazo. Mi altillo está. Lo veo desde aquí. Siempre quise mi altillo. Dice el doctor que no es exactamente un fronterizo, suspiró mi tía, y por el ojo de la cerradura yo vi exactamente su suspiro, o sea cómo se levantaba la pechera y luego bajaba, cómo se levantaba el collar con la crucecita y luego bajaba. Luego bajaba del altillo y mi tío estaba tomando mate y preguntaba qué tal. Lindo, dije. Mi altillo tiene una portátil con una bombilla que oficialmente es de setenta y cinco bujías. Yo hice trampa y le puse una de cien bujías, pero la tía cree que es una de setenta y cinco. A veces me molesta en los ojos tanta luz. El tío se dio cuenta de que, aunque en la bombilla dice setenta y cinco, en realidad es de cien bujías, pero yo sé que no me va a denunciar frente a la tía, porque en su mesa de noche él también tiene una de setenta y cinco cuando la tía le ha dado permiso para tener una de cuarenta bujías. Bujías quiere decir bichitos. Si Ignacio no hubiera venido hace un rato, yo estaría ahora en el altillo. Pero vino y hacía muchos años que no lo veía. Él dijo que once. Yo supe que se habían mudado y que él no tenía más altillo. Hola, dijo. Ignacio nunca habló mucho, ni siquiera en la época que tenía su altillo y estaba tan orgulloso. Ahora yo tengo el mío. De tarde me gusta salir a la azotea y por suerte aquí no hay perros con mirada de persona. Hay uno chiquito en la azotea de Terneiro, uno chiquito que se llama Goliat, pero ese tiene mirada de perro así que no me preocupa tanto. Hola, dije yo también. Pero me di cuenta a qué venía. Enseguida me di cuenta. Él dijo que hacía once años que no nos veíamos y que estaba en tercero de Facultad. Me pareció que tenía bigote. A mí no me crece el bigote. Tu tío me dio permiso para que viniera a verte, dijo para disimular. Dice tantas macanas mi tío. Se acercó a la ventana. Miró el cielo. También el cielo lo miró a él. Paf. Qué tal, me preguntó mi tío cuando bajé. Lindo, dije. Yo dejé la luz encendida y desde aquí veo el resplandor. A mí no me va a quitar nadie el altillo. Nunca. Nadie. Nunca. Yo a él no lo traicioné y ahora viene y se pone el muy falluto a mirar disimuladamente el cielo. Todos sabemos que él perdió su altillo, pero yo no tengo la culpa. Qué tal, preguntó mi tío. Lindo, dije. La luz está encendida, la bombilla de cien bujías, pero estoy seguro que a Ignacio no le molesta, porque antes de bajar dije perdón y le cerré los ojos. 

Uruguay, 1920/2009


sábado, 16 de junio de 2018

OCAMPO, Silvina: Celestina



Era la persona más importante de la casa. Manejaba la cocina y las llaves de las alacenas. Era necesario complacerla.
Para que fuera feliz, había que darle malas noticias: esas noticias eran tónicos para su cuerpo, deleites para su espíritu.
–Celestina, hoy, mientras daba a luz, murió de un ataque al corazón la señora Celina Romero, aquella mujer simpática y bondadosa, a quien convidó usted con carbonada y niños envueltos. Nadie se ocupará del hijo, que tiene dos cabezas y una sola oreja.
–¿Y en todo lo demás el niño es normal?
–No. Tiene el talón del pie colocado adelante, los dedos en el talón, además de las pestañas dentro de los párpados. Hablan de hacerle una operación.
–¡Qué pavada operar a un recién nacido!
Celestina se incorporaba en la silla, como en el agua una flor marchita, y revivía.
–Celestina, hay terremotos en Chile; maremotos también. Ciudades enteras han desaparecido. Los ríos se transforman en montañas, las montañas en ríos. Se desbordan, se vienen abajo. Predicen el fin del mundo.
Celestina sonreía misteriosamente.
Ella que era tan pálida, se sonrojaba un poco.
–¿Cuántos muertos? –preguntaba.
–Todavía no se sabe. Muchos han desaparecido.
–¿Podría mostrarme el diario?
Le mostrábamos el diario, con las fotografías de los desastres. Las guardaba sobre su corazón.
–¡Qué broma! –respondía.
–Celestina, la criminalidad infantil aumenta. Ayer, mientras el señor Ismael Rébora, que usted conoce, dormía, con la dosis habitual de somnífero, su nieto, Amílcar, de ocho años de edad, con el cuchillo que utilizaba para sacar punta a los lápices y a las cañas de bambú, le infirió varias heridas mortales. El señor Ismael Rébora tuvo tiempo de encender la luz para ver cómo le asestaban la cuarta puñalada y comprobar que el autor del hecho, no solo era un niño, sino su nieto, amargura que para él duró la fracción de un segundo, pero no para su familia, que ocultó el asesinato con éxito, y que tiene que convivir ahora con un pequeño criminal que asesinará con el tiempo al resto de la familia.
–A lo mejor –respondía Celestina.
Durante horas fue amable, bondadosa, alegre, casi bonita; tarareaba una canción española, que expresaba claramente su regocijo.
Celestina podía vivir en carne propia las malas noticias.
–Esta casa está incendiándose –le dijeron un día–. Los bomberos ya están al pie del edificio, tratando de apagar el incendio. No, no es una broma. De los grifos, en vez de agua, salen llamas. No podemos salvarnos, porque la escalera que da al pasillo de la puerta de calle está ardiendo y la de servicio está obstruida por los tirantes de madera que cayeron. De cada ventana se asoma el fuego, con sus ojos de anguila eléctrica.
Celestina, reconfortada con la mala noticia, se salvó del incendio sin una quemadura. Los otros inquilinos de la casa murieron o se salvaron con quemaduras de tercer grado.
A veces, por increíble que parezca, no hay malas noticias en los diarios. Es difícil, pero sucede. Entonces, hay que inventar crímenes, asaltos, muertes sobrenaturales, pestes, movimientos sísmicos, naufragios, accidentes de aviación o de tren, pero estas invenciones no satisfacen a Celestina. Mira con cara incrédula a su interlocutor.
Y llegó un día en que tuvimos solo buenas noticias, y la imposibilidad de inventar malas noticias.
–¿Qué hacemos? –preguntaron Adela, Gertrudis y Ana.
–¿Buenas noticias? No hay que dárselas –dije, pues me había encariñado con Celestina.
–Algunas poquitas no le harán daño –dijeron.
–Por pocas que sean, le harán daño –protesté–. Es capaz de cualquier cosa.
Nos secreteábamos en las puertas. ¡Aquel último accidente, horrible, que yo le había anunciado, la dejó tan contenta! Fui personalmente a ver el tren descarrilado, a revisar los vagones en busca de un mechón de pelo, de un brazo mutilado para describírselo.
Como si hubiera presentido que estábamos preparándole una emboscada, nos llamó.
–¿Qué hacen? ¿Qué están complotando, niñas?
–Tenemos una buena noticia –dijo Adela, cruelmente.
Celestina palideció, pero creyó que se trataba de una broma. El sillón de mimbre donde estaba sentada, crujió debajo de su falda oscura.
–No te creo –dijo–. Solo hay malas noticias en este mundo.
–Pues, no, Celestina. Los diarios están llenos de buenas noticias –dijo Ana, con los ojos brillantes–. De acuerdo con las estadísticas, se han podido combatir eficazmente las peores enfermedades.
–Son cuentos –musitó Celestina–. ¿Y tú, con esa carita triste, qué noticia me traes? –me dijo débilmente, con una última esperanza.
–Los crímenes han disminuido notablemente –exclamó Adela.
–En cuanto a la leucemia, es una historia antigua –musitó Gertrudis.
–Y yo gané a la lotería –dijo Ana diabólicamente, sacando un billete del bolsillo.
Esas voces agrias, anunciando noticias alegres, no auguraban nada bueno. Celestina cayó muerta.

(Argentina, 1903/1993)

viernes, 1 de junio de 2018

QUIROGA, Horacio: La miel silvestre




Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto. 
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores —iniciados también en Julio Verne— sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla. 
La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot. 
Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot. 
Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos. 
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo este que contener el desenfado de su ahijado. 
—¿Adónde vas ahora? —le había preguntado sorprendido. 
—Al monte; quiero recorrerlo un poco —repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro. 
—¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón. 
Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metiose las manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado. 
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco. 
Llegaron estas a la segunda noche —aunque de un carácter un poco singular. 
Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino. 
—¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. 
Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso. 
—¿Qué hay, qué hay? —preguntó echándose al suelo. 
—Nada... Cuidado con los pies... La corrección. 
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto. 
Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van. 
No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquella, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección. 
Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura. 
—¡Pican muy fuerte, realmente! —dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino. 
Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales. 
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno. 
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión —exacta por lo demás— de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo. 
—Esto es miel —se dijo el contador público con íntima gula—. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel... 
Pero entre él —Benincasa— y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. 
Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos! 
En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. 
Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio! 
Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador. 
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que este prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje. 
—Qué curioso mareo... —pensó el contador. Y lo peor es... 
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban. 
—¡Es muy raro, muy raro, muy raro! —se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas... La corrección —concluyó. 
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto. 
—¡Debe ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado! 
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa. 
—¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... no puedo mover la mano!... 
En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma. 
—¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!... 
Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a lo par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo... 
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían. 
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente. 
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. 
Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa. 

(Salto –Uruguay-, 1878/Buenos Aires, Argentina, 1937)