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martes, 12 de noviembre de 2019

SOLÁ, Juan: La negra de mierda


Mirá la negra de mierda, mirá cómo lleva los nenes en la motito. Tres gurisitos sin casco, cagándose de frío, y la negra con ese culo enorme que ocupa todo el asiento. Qué hija de puta. Mirá, mirá cómo lleva a la pendejita, medio dormida, casi cayéndosele de esas piernas gordas de tanta cerveza y torta frita. Y mirá el otro, ahí atrás, agarradito como puede, tiritando, pobrecito. ¡Y mirá cómo lleva el bebé, negra hija de mil putas, metido adentro de la campera! Inconsciente de mierda, ojalá le saquen los hijos, ojalá se muera esta negra de mierda. La camioneta arrancó, rabiosa, y se perdió calle abajo, zambullendo a la negra y sus crías en una nube de humo pegajoso. El que iba atrás tosió un poco y la motito se paró. El señor del golcito gris bocinó con furia a sus espaldas y le ordenó que se moviera, pelotuda, y la puta que la parió. La nena en la falda abrió los ojos despacito y preguntó si faltaba mucho. La madre le apoyó la mano temblorosa sobre la frente sudada, comprobó que la fiebre seguía allí y murmuró un no mi amor, así, triste y suavecito, como los quejidos del Nazareno, que llora acurrucado contra sus tetas tibias, o como el cinco por seis treinta, cinco por siete treinta y cinco, que el Ismael recita con los brazos envolviéndole la panza llena de pan y mate cocido, porque al otro día tiene prueba y la Brenda tiene fiebre, y el Nazareno llora de hambre, y a esa hora el colectivo ya no entra hasta el barrio, y el Mario que no aparece desde la semana pasada, y la motito que se para cada cinco cuadras, y el hospital que todavía está lejos, y doña Esther que le dijo que para qué iba a tener otro hijo a los veintidós, que mejor abortara, y el Ismael que cada tanto dice que tiene frío, y la Brenda que se va quedando dormida, y la negra de mierda que le pide al Ismael que diga las tablas más fuerte, para que escuche la Brenda, para que no se duerma la Brenda, mientras que a ella le arden los ojos de tanto aguantarse las ganas de llorar de miedo.

Argentina, 1989


MACHADO, Antonio: Proverbios y cantares



XLIV

Todo pasa y todo queda;
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.

I

Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.

XXIX

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

Antonio Machado
(España, 1875/1939)

Como se podrá advertir en la desordenada numeración de las estrofas, estas son solo tres del extenso poema de Antonio Machado llamado “Proverbios y Cantares” (hacé click en el vínculo para leer el poema completo). La versión que compartimos es la que figura en el libro El árbol florido - 50 poemas clásicos de Latinoamérica y España publicado por el Ministerio de Educación de la provincia de Santa Fe en 2018 y que fue leída en las horas del taller por una alumna. Joan Manoel Serrat hizo famosos estos versos en su canción Cantares, a los que le agregó otros de su autoría.


OLIVER, Mary: Singapur


En Singapur, en el aeropuerto,
me arrancaron una oscuridad de los ojos.
En el baño de mujeres, había un cubículo abierto.
Adentro, una mujer arrodillada, lavaba algo
en la taza blanca del inodoro.

En mi estómago, se debatía el asco
y busqué, en el bolsillo, mi pasaje.

Siempre tiene que haber pájaros en un poema.

Por ejemplo un martín pescador,
con sus ojos bien negros y sus alas chillonas.
Los ríos son agradables, y por supuesto los árboles.
Una cascada, o en su defecto, una fuente
con agua que salta y cae.
Una persona quiere estar en un lugar feliz, en un poema.

Cuando la mujer se dio vuelta no pude responderle a su cara.

Su belleza y su vergüenza forcejeaban,
y ni una ni la otra se imponía.
Me sonrió y le sonreí. ¿qué absurdo es este?
Todo el mundo necesita trabajo.

Sí, una persona quiere estar en un lugar feliz, en un poema.

Pero primero tenemos que mirar cómo baja la vista
y se concentra en su trabajo,
que es bastante monótono.

Ahora está limpiando la parte de arriba

de los ceniceros del aeropuerto,
grandes como tazas de ruedas de auto, con un trapito azul.
Sus manos chicas hacen girar el disco de metal,
fregando y enjuagando.
No trabaja despacio, ni rápido, sino como un río.
Su pelo negro es como el ala de un pájaro.

No dudo ni un segundo que le encanta su vida.

Y quiero que se alce de la mugre y la inmundicia
y vuele al río.
Eso probablemente no suceda.
Pero tal vez sí.
Si el mundo fuera solo dolor y lógica, ¿quién lo querría?
Por supuesto, no lo es.
Tampoco me refiero a algo milagroso, sino apenas
de la luz que es capaz de emanar de una vida.
Me refiero a cómo doblaba y volvía a doblar ese trapito azul,
a cómo su sonrisa era solo para mí;
me refiero a cómo este poema está lleno de árboles, y de pájaros.


(EE.UU., 1935/2019)


viernes, 25 de octubre de 2019

CASCIARI, Hernán: Mis primas (A los jóvenes de ayer)


Mi mamá, Chichita, tenía unas primas más jóvenes que ella. Como eran solamente un poco mayores que yo, las llamé siempre mis primas. A principios de los ochenta dos de ellas (Laura y Maricel) vivieron el renacer del rock argentino que llegó después de la dictadura. Yo las veía una vez al mes, y quedaba clarísimo que ellas estaban en Buenos Aires, en el centro de todo, y yo en un pueblo lejano en el que no pasaba nada interesante. Mis primas trabajaban para Charly García. La primera vez que escuché un disco de Charly García, en realidad escuché el disco del jefe de mis primas.
No era un disco. Era un cassette TDK que me regaló Maricel en la navidad de 1982. Había canciones de las tres bandas que había liderado Charly García hasta entonces, y unas pocas de su primer disco solista, que había aparecido ese año.
—Esta es la música que hace Carlitos —me dijo Laura. Se lo decía a un gordito de casi doce años que, hasta entonces, solamente había escuchado los cassettes de sus padres: José Luis Perales, Nino Bravo y Julio Sosa.
Mis primas le decían Carlitos. Y hablaban de él como cualquier persona normal habla de un jefe indomable y ácrata. Me contaban que era insoportable, que se olvidaba de todo, que ellas a veces tenían que pagar sueldos, o limpiar habitaciones, o despertarlo para un concierto. Pero al mismo tiempo eran fanáticas de esa música y de ese tiempo histórico del que a mí me contaban algunos pedacitos. Mis primas padecían al jefe, se agobiaban con el hombre, pero adoraban al músico.
Ese cassette TDK lleno de canciones de Charly García, como es lógico, me dinamitó la cabeza a los doce años. Fui devorador de su música, como casi cualquier adolescente argentino en esos tiempos. Lo único diferente fue la existencia de mis primas, que una vez al mes me ponían al corriente de datos secretos que solamente conocía el entorno: que Charly se burlaba de Pedro Aznar porque tomaba leche, que con Spinetta había una guerra de egos, que casi siempre estaba peleado con su madre y con su hermana, esas cosas.
En 1983 monopolicé la música de mi casa y solamente se escucharon discos de García, para espanto de mi padre y sobre todo de mi abuela Chola, que llamaba por teléfono desde la otra cuadra para que me hicieran bajar el volumen.
Cuando ya fui un poco más grandecito y mis padres me empezaron a dejar ir solo a Buenos Aires, mis primas me conseguían entradas para algunos conciertos. Ahí las pude ver en acción. Ellas estaban siempre del otro lado de las vallas, con los músicos, con carpetas, con cables y auriculares. Nunca supe exactamente qué eran, ni qué hacían. Pero en el círculo musical de entonces todo el mundo las llamaba “las López”. Y las querían mucho.
Gracias a ellas tuve entradas gratis y maquetas con canciones antes de que salieran a la venta, y camisetas de giras oficiales, y sobre todo charlas intensas que le echaban leña crujiente al fuego de mi fanatismo por García. Una tarde llegué a casa de mis primas y había una señora tomando mate con ellas.
—Es Carmen —me dijo Maricel— , la mamá de Carlitos.
Y ahí estaba la madre de Charly García, hablando pestes de su hijo, mientras mis primas la consolaban y le daban facturitas y tortas negras. No recuerdo en qué año ocurrió esto, pero no fue mucho antes de que Maricel, una de mis primas, enfermara.
Seguían siendo los ochenta, pero ya muy avanzados; la sombra de Menem ya flotaba en el aire. Una tarde Laura me llamó por teléfono y me dijo que su hermana Maricel tenía una enfermedad muy grave y que solamente podía salvarla una operación en Norteamérica. Estaban empezando a juntar el dinero y necesitaban manos amigas. Fui a su casa, que estaba llena de gente.
Charly, y muchos otros músicos, habían organizado un recital en Palladium: toda la recaudación iría a la operación de Maricel. No cobraba nadie, ni los músicos, ni los sonidistas, ni el alquiler de la sala. Nadie. Nosotros estábamos ahí para llevar las gacetillas a las radios y a todas partes. Fue una semana intensa de hacer fotocopias y llamar por teléfono a Dios y a María santísima.
Por supuesto, también estuvimos ahí el 7 de julio de 1989 para disfrutar de uno de los conciertos más íntimos de finales de la década, y el primero en el que Charly García y Luis Alberto Spinetta se subieron juntos a un escenario. (Hay un disco, muy poco conocido, que documenta ese encuentro.) La recaudación alcanzó para el viaje y la operación y Maricel voló a Houston dos meses más tarde, ya cuando se le acababa el tiempo. Esa operación le dio algunos años de sobrevida.
No sé qué música hubiera escuchado si, a los diez años, mis primas grandes no me hubiesen presentado la música que me acompañó toda la vida. Desde entonces y hasta que me fui de Mercedes, algunos años después, Charly sonó en todos los tocadiscos y los pasacassettes de mi juventud.
Después, durante quince años de mi adultez, viví en España. En general es complicadísimo hacerle entender nuestra música a personas que nacieron tan lejos, o tan a destiempo de la adolescencia propia.
Mientras viví en Barcelona seguí escuchando discos de Serú Girán, de La Máquina, o de Charly solista y todas esas canciones me hicieron sentir la misma fascinación del primer día; lo que cambiaba era el gesto de los que me acompañaban.


En general los nativos no le encontraban la dimensión a los acordes ni a las letras. Pero ¿existía esa dimensión —llegué a preguntarme con miedo— o todo el amor que yo sentía por esa música era nada más que nostalgia por la juventud perdida, o por la patria lejana?
Desde hace unos meses vivo otra vez en Buenos Aires.
Ayer salí a caminar por el parque Saavedra y escuché un disco viejo de Charly. Respiré el aire con todos los pulmones y decidí que no, que no era nostalgia: esa es realmente la mejor música que existe.
Toda la música que te hizo creer en algo cuando fuiste joven es la mejor música que existe.
En este regreso a Buenos Aires me reencontré con mi prima Laura. Como ya somos casi viejos, parecemos de la misma edad, o incluso yo más grande que ella. Casi siempre vamos a merendar al mismo bar y charlamos mucho de música, que sigue siendo su pasión.
Ayer me dijo que toda su vida se puede explicar en diez o doce canciones de Charly García. Me alegró saber que seguimos siendo los mismos.

Martes 22 de marzo, 2016

Hernán Casciari
(Argentina, 1971)


lunes, 21 de octubre de 2019

GUILLÉN, Nicolás: Siempre


A través de los años que han pasado 
aún el recuerdo de mi amor primero 
endulza la amargura de mi pena 
y lima la rudeza de mi verso. 

Aquel amor… En vano 
he querido borrar ese recuerdo 
que, delicadamente melancólico, 
prendido al corazón por siempre llevo… 

Quizás “ella” me olvida; mas no importa. 
En un mundo en que me agito y peno, 
aquel amor jamás podrá olvidárseme, 
porque fue amor y porque fue el primero. 



martes, 17 de septiembre de 2019

WALSH, María Elena: Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes


Si alguien quisiera recitar el clásico "Como amado en el amante / uno en otro residía..." por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.
Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.
Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar "por esa única vez" los sublimes versos porque son de un poeta español.
Agravante: en ese caso los vetaría solo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.
El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.
El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en qué necrópolis se doctoró. Solo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.
Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.
Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.
La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.
El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero solo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (no son pornográficas pero quién va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas de anatomía?) que significativamente el correo no distribuye.
Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o "desaconsejables". Si tiene la suerte de no figurar entre los réprobos hablará ante un micrófono tan rodeado de testigos temerosos que se sentirá como una nena lumpen a la mesa de Martínez de Hoz: todos la vigilan para que no se vuelque encima la sémola ni pronuncie palabrotas. Y el oyente no sabe por qué su autor preferido tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos de sémola chirle y sosa.
Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: "¿Nosotros qué éramos...?".
El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que solo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.
La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. Ve también a mucha gente que se ama —o se mata y esclaviza, pero eso no importa al censor— fuera de vínculos legales o divinos.
Pero suele estarle vedado referirse a lo que ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o "invitado"— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.
El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.
Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: "La inflación ha muerto" (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.
Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.
Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabernos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.
Es verdad que no toda censura procede "de arriba" sino que, insisto, es un antiguo deporte de amanuenses intermedios. Pero el catonismo oficial favorece —como la humedad a los hongos— la proliferación de meritorios y culposos. Unos recortan y otros se achican. Y entre todos embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República.
Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores.
No es ejemplo actual sino intemporal, digamos, el del taxista calvo que "fusilaría a los muchachos de pelo largo". El del culto librero que una vez, al pedirle un libro feminista, me reprochó: "Vamos, no va a ponerse a leer esas cosas..." ("Nena, eso no se toca."). O el del director de una sala que exigió a un distinguido coreógrafo que no incluyera "danza demasiado moderna ni con bailarinas muy desvestidas". ("Nene, eso no se hace.").
Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético.
Y si de aplacar la violencia se trata, ¿por qué no se retacean las series de TV o se sanciona a los conductores que nos convierten en virtuales víctimas y asesinos?
Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal?
Aun la pornografía —que personalmente detesto, en especial la clandestina y la española— y las expresiones llamadas de vanguardia, pasado un primer asalto de curiosidad, son naturalmente relegadas a un gueto: barrios, salas, círculos. Y allí va a buscarlas el adulto cuando tiene ganas, así como va a sintonizar debates sobre temas vigentes durante el horario de protección al menor.
Se supone que, en cuanto el censor desaparezca, los primeros en aprovechar del recreo serán los descomedidos de siempre, que reflotarán una grosera contra-cultura. Pero a la larga resultarían relegados siempre que una debida promoción (que hoy tampoco existe) de los honestos los lleve a ocupar las posiciones más evidentes.
El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustamos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.
En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no solo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía... vicios poco recomendables para una familia.
En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna "lista" creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizamos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.
Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese "sentido de familia" que se nos quiere inculcar escolarmente... y con interminables avisos de vinos.
Esta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.
Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: "No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada".
Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de "derechos humanos", era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.
Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.
Solo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.
La autora "está muy cansada", no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. Porque más que la imagen del país en el exterior le importa y duele el cuerpo de ese país por dentro.
Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, munidos de anticonceptivos mentales.
Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.

María Elena Walsh
(Argentina, 1930/2011)


lunes, 16 de septiembre de 2019

CASTELLANOS, Rosario: Amor


Solo la voz, la piel, la superficie
pulida de las cosas.

Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco
rebalsaría y la mano ya no alcanza
a tocar más allá.

Distraída, resbala, acariciando
y lentamente sabe del contorno.
Se retira saciada
sin advertir el ulular inútil
de la cautividad de las entrañas
ni el ímpetu del cuajo de la sangre
que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
ya para siempre ciego del sollozo.

El que se va se lleva su memoria,
su modo de ser río, de ser aire,
de ser adiós y nunca.

Hasta que un día otro lo para, lo detiene
y lo reduce a voz, a piel, a superficie
ofrecida, entregada, mientras dentro de sí
la oculta soledad aguarda y tiembla.

México, 1925/1974

Leído por Viviana Daniele el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

lunes, 2 de septiembre de 2019

GALEANO, Eduardo: Alfonsina



A la mujer que piensa se le secan los ovarios. Nace la mujer para producir leche y lágrimas, no ideas; y no para vivir la vida sino para espiarla desde las ventanas a medio cerrar. Mil veces se lo han explicado y Alfonsina Storni nunca lo creyó. Sus versos más difundidos protestan contra el macho enjaulador.

Cuando hace años llegó a Buenos Aires desde provincias, Alfonsina traía unos viejos zapatos de tacones torcidos y en el vientre un hijo sin padre legal.
En esta ciudad trabajó en lo que hubiera; y robaba formularios del telégrafo para escribir sus tristezas.
Mientras pulía las palabras, verso a verso, noche a noche, cruzaba los dedos y besaba las barajas que anunciaba viajes y herencias y amores.
El tiempo ha pasado, casi un cuarto de siglo; y nada le regaló la suerte. Pero peleando a brazo partido Alfonsina ha sido capaz de abrirse paso en el masculino mundo. Su cara de ratona traviesa nunca falta en las fotos que congregan a los escritores argentinos más ilustres.
Este año, en el verano, supo que tenía cáncer. Desde entonces escribe poemas que hablan del abrazo de la mar y de la casa que la espera allá en el fondo de la avenida de las madréporas.

(Uruguay, 1940/2015)


Leído por Cecilia Alderete el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)


viernes, 23 de agosto de 2019

DISCÉPOLO, Enrique Santos: Cambalache


(letra original)

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé,
en el quinientos seis y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos, valores y dublés.
Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo todos manoseaos...

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
Ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador.
Todo es igual... Nada es mejor...
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao...

Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón.

¡Qué falta de respeto! ¡Qué atropello a la razón!
¡Cualquiera es un señor! ¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclaos con Stavisky van Don Bosco y la Mignon,
Don Chicho y NapoleónCarnera y San Martín.
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches se ha mezclao la vida,
y, herida por un sable sin remaches,
ves llorar la Biblia contra un calefón.

¡Siglo veinte cambalache problemático y febril!
¡El que no llora no mama y el que no roba es un gil!
¡Dale que nomás! ¡Dale que va!
¡Que allá en el horno nos vamo a encontrar!
No pienses más, sentate a un lao,
que a nadie importa si naciste honrao.

Es lo mismo el que labura noche y día como un buey,
que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...

(Argentina, 1901/1951)



domingo, 18 de agosto de 2019

WALSH, María Elena: Las que cantan


Vengo a decir que en los rincones
más difíciles del planeta
están cantando las mujeres
con voz de pueblo escarmentado.
Se supone que vociferan
para morir un poco menos. 

Solo el dolor, la fiebre, el odio,
el desafío y la desgracia,
solo una luz inofensiva
cantan las mujeres que cantan. 

Fadistas de Portugal,
enlutadísimas de España,
inclinadas segando siegan
espirales de rabia y queja,
liquidan su ración de sueño
con furiosa maternidad. 

Coyas, princesas miserables
de una América de arpillera,
queman ancestro alcoholizado
en lamentos como cuchilladas.
Hay que dejarse herir, caer
en su dolor, amar su llanto
y comprobar cómo la tierra
busca sus desolados huesos. 

Brujas pálidas de Oriente,
lustradas hechiceras de África,
custodias de padecimientos,
celebrantes de la miseria
que lamentan inútilmente
fatalidades ordenadas
por dioses vanos y hombres crueles. 

Les asignaron sed atávica,
desesperada obligación,
y ellas amenazan morir
en repertorios de quejido,
de belleza perdonadora. 

Solo vengo a decir que cantan
y que el mundo no se arrepiente
de sus gargantas infernales,
de sus corazones prohibidos. 

Solo vengo a decir que acaso
nos están echando la culpa. 

María Elena Walsh 
(Argentina, 1930/2011)


Leído por Natalia Fontanet el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

domingo, 11 de agosto de 2019

KAUFMAN, Ruth: Sofía




Los sábados eran días especiales en casa de Sofía. La mamá cocinaba galletitas de coco, de chocolate y de miel. Un olor riquísimo inundaba la casa y Sofía se moría de ganas de comerse el aire.
Pero cuando sacaban las galletitas del horno, apenas si probaban una o dos y enseguida las guardaban en una lata azul y roja para el día siguiente.
La mamá planchaba la ropa que se pondrían al otro día, y si le quedaba tiempo iba a la peluquería.
Sofía, en cambio, se pasaba la tarde entera dibujando. A la nochecita acomodaba todos los dibujos sobre el piso de la cocina y elegía uno, solo uno, para el día siguiente.
El domingo se levantaban temprano, tan temprano que en invierno todavía era de noche. Sofía se vestía en un santiamén; su mamá, en cambio, estaba horas arreglándose el vestido, peinándose, ensayando sonrisas con los labios pintados. 
Primero tomaban un ómnibus, después un tren, luego otro ómnibus y al final caminaban. Por la calle se cruzaban con otras mujeres con niños que iban, como ellas, de visita a la cárcel.
Ese domingo las revisó, como siempre, una mujer policía. Les hizo sacarse la ropa, dio vuelta la cartera de la mamá, abrió la lata, metió los dedos entre las galletitas. También agarró el dibujo de Sofía.
Se quedó unos segundos mirándolo, luego sacó un bolígrafo y tachó, uno por uno, todos los pajaritos que volaban en el papel.
–Está prohibido dibujar palomas –dijo y le devolvió a Sofía un papel lleno de cruces negras.
Ellas atravesaron el pasillo de la cárcel y entraron en la pieza donde las esperaba el papá. Se llenaron de besos, charlaron, comieron las galletitas de coco, de chocolate y de miel. Por primera vez, Sofía no llevaba ningún dibujo de regalo.
Al sábado siguiente, Sofía volvió a dibujar toda la tarde. Esta vez rompió muchos papeles hasta terminar el que le llevaría a su papá.
En la cárcel las revisó la misma mujer policía. Les hizo sacarse la ropa, husmeó las galletitas, dio vuelta la cartera de la mamá. Tomó el dibujo de Sofía y durante un rato largo, demasiado largo, se quedó mirándolo.
–Pueden pasar –dijo al fin. Y les devolvió el dibujo.
Antes de las galletitas, antes de contar nada, Sofía se abalanzó sobre el papá y le regaló el dibujo. El papá se demoró un rato mirando la casa, los árboles, el cielo con el sol amarillo y las nubes.
–¿Qué son esos redondelitos de colores? –le preguntó a Sofía señalando las copas de los árboles. Sonriendo, Sofía contestó:
–Son los ojos de los pajaritos que están escondidos. 

(Buenos Aires, 1961)
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Leído por Romina Schleppi el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)




jueves, 1 de agosto de 2019

LISPECTOR, Clarice: Las aguas del mar


Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.
Solo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.
Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.
Son las seis de la mañana. Solo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.
Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.
Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.
El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).
Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.
Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.
Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.
Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.
Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano.

(Ucrania, 1920/Brasil, 1977)



Leído por Claudia Tomasso el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

jueves, 25 de julio de 2019

MARCANO QUIJADA, Emilia: Lo que no soy


No tengo la menor idea

de quién soy.
Tengo la esperanza de acertar
un porcentaje de los cálculos
que he hecho
al evaluar lo que no soy.

No soy un genio, no soy bestia,
no soy parte de ningún espectáculo.
No soy argumento, no soy guion,
no soy papel sin arrugas.
No soy gourmet, no soy fast foot,
no soy degustación,
vaso, plato ni mesa.
No soy moral, no soy prejuicio,
no soy juez.
No soy autosuficiente, hasta el aire
me lo presta Dios.

No soy cuerda, en ocasiones
no soy absurda.
No soy militante, no soy religiosa,
no soy oveja.
No soy línea, vaso mojado,
felicidad de nadie.
No soy común, no soy especial,
no soy hierro ni fragua.

No soy de piedra.
¡Pero como quisiera!

(Venezuela, 1960)

Leído por María Adela Schamne el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)

jueves, 18 de julio de 2019

PATIÑO, Jhoana: País de mierda


De vez en cuando, muere un gran hombre y este país llora unido al pie de su tumba como si lo quisiera de verdad.
De vez en cuando, estalla una bomba y la solidaridad aflora entre nosotros como las mariposas en el rosal.
De vez en cuando, en nuestra historia ocurre un genocidio en tierras lejanas llenas de “parias” y entonces unas cuantas lágrimas brotan colectivas de los ojos de la impunidad.
De vez en cuando, un niño es violado cual si fuera de trapo y entonces nuestras morales dobles entran en pánico.
De vez en cuando, un esposo asesina a su esposa en defensa de su honor burlado.
De vez en cuando, un político corrupto le roba al pueblo los recursos de su futuro.
De vez en cuando, susurran los periódicos algún fraude electoral y todos queremos estallar.
¡De vez en cuando este país de mierda tiene memoria y dignidad!
De vez en cuando, los ciudadanos recuerdan la hermandad y se unen entre diferentes para luchar.
De vez en cuando, las banderas se pueden ondear por la victoria de la humanidad.
De vez en cuando, lo negro es bueno y el miedo nos hace hablar.
¡De vez en cuando, este país de mierda recuerda que puede cambiar!
De vez en cuando, los niños pueden soñar con una casa y un juguete para jugar.
De vez en cuando, se construyen parques y se olvida al rival.
¡De vez en cuando, en este país de mierda se puede crear!
De vez en cuando, se dice lo que se siente sin temor al qué dirán.
De vez en cuando, en mi país la gente dice no MÁS.
De vez en cuando, nos acordamos de los demás…
De vez en cuando, miramos más allá de nuestra propia miseria.
De vez en cuando, derrotamos la indiferencia y abrazamos la conciencia de la libertad.
De vez en cuando los buenos somos más y nos resistimos a actuar solo de vez en cuando.
DE VEZ EN CUANDO, ALGUIEN ME RECUERDA QUE PUEDE SER SIEMPRE…



Leído por Liliana Maina el 25.06.2019 en el encuentro de lectores coordinado por
Leer Porque Sí (Semana del Libro 2019, Centro Cultural Viejo Mercado, Rafaela, Santa Fe)