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miércoles, 13 de diciembre de 2023

HERNÁNDEZ, Juan José: Anita


A Silvina Ocampo

Casi todos los días, antes de almorzar, paseamos con Marcelo por la Plaza del Bajo. De allí salen los ómnibus que van a la campaña. Los pasajeros, que han llegado a la ciudad con el primer ómnibus, recorren desde muy temprano los negocios próximos a la plaza, donde hábiles y ojerosos comerciantes (el metro de hule enroscado al cuello, el lápiz o la tiza de color en la oreja) les ofrecen sus variadas mercaderías.
Apoyados en la puerta de sus tiendas (un cartel, en lo alto, anuncia la sorprendente liquidación) los vendedores declaman una lista de fugaces artículos rebajados de precio. Imposible evitar su exaltación sincera, sus gestos, su bigote. Los clientes son arrastrados entre mimos y halagos al interior del negocio. Por último se detienen frente a la desdeñosa patrona que juega con sus pulseras de oro, detrás de la caja registradora, y acaban por entregarle los manoseados billetes.
Pero también la Plaza del Bajo es el lugar preferido por los vendedores ambulantes que aparecen con sus monos sabios, sus víboras amaestradas, sus loros adivinos. Vociferan entre una multitud de hombres y mujeres que aguardan atónitos la demostración del prodigio; de pronto, sin darse cuenta, han comprado la birome dorada o la pipa sacacorchos, y antes de que la víbora baile, el loro vaticine, o el mono toque la guitarra.
En uno de nuestros paseos por la plaza descubrimos al hombre del turbante. Era moreno y delicado, con ojos de expresión melancólica. Sus dedos sostenían unas bolsitas de papel azul. Apenas se oía su voz aguda y entrecortada, como de rata. Tuvimos que acercarnos para saber qué decía. Pensé que era un vendedor poco diestro: necesitaba algo más llamativo que un simple turbante para anunciar su mercadería.
Con excepción de Marcelo, yo, y dos o tres chicos lustrabotas que estaban sentados en el suelo comiendo laponias, nadie hacía caso del hombre del turbante ni de las bolsitas azules que mostraba. Con los débiles sonidos que salían de su boca pudimos componer las siguientes frases: "Hierbas de Oriente. Curan toda clase de enfermedades. Se toman con la comida. Por un peso, un solo peso moneda nacional." Repitió varias veces las frases, equivocándose en el orden. Parecía no tener mucho interés en la venta porque en seguida se fatigó y comenzó a guardar las bolsitas en una valija adornada con signos cabalísticos. Nos dio tanta pena el hombre de turbante con su aire de palúdico y su mirada entre afiebrada y piadosa, que Marcelo y yo decidimos juntar las monedas que teníamos y comprarle dos bolsitas azules. De paso, le aconsejaríamos algo más eficaz para anunciar su mercadería: por ejemplo, atravesarse la lengua con una aguja, hipnotizar a un gallo, tragarse un hisopo encendido en nafta. El hombre sonrió al escuchar nuestras sugerencias. Antes, en los buenos tiempos, nos dijo, vendía cientos de bolsitas, pero el negocio era un fracaso desde que el Inspector le había prohibido trabajar con ella. Preguntamos quién era ella. ¿Queríamos conocerla? Estaba ahí, en la valija, agregó, y se llamaba Anita. Nos miramos con recelo pensando que el pobre estaba loco. El hombre abrió la valija, sacó una caja de alambre tejido, del que se utiliza en las fiambrerías, y dijo:
—Salga, Anita. Aquí hay dos jóvenes que quieren conocerla.
Entonces, del interior de la caja, saltó la araña pollito. Retrocedimos deslumbrados. La araña, grande como una mano, tenía el color de la miel de caña.
—Salude a los jóvenes. Anita. No sea mal educada.
La araña, posada en el hombro del vendedor de hierbas orientales, levantó dócilmente una patita peluda; luego, por voluntad propia, trepó al turbante donde se escondió. Intentamos sonreír. Marcelo, con su manía de coleccionar animales (tiene mariposas y un ciempiés disecado sobre su escritorio), le preguntó cuánto quería por Anita. Se la compraba en el acto. (Yo adivinaba su pensamiento: la quería para ahogarla en un frasco de formol.) El hombre le contestó que no se desprendería de ella por todo el oro del mundo.
—Usted puede conseguir otra —dijo Marcelo.
—No como Anita.
—Le doy quince pesos.
—No.
—Treinta.
(Pensé: ¡Qué farsante! ¿De dónde los va a sacar?)
—No.
—Cincuenta —insistió Marcelo con descaro.
El hombre del turbante vaciló; luego pidió que le enseñara el dinero. Marcelo no lo tenía, por supuesto.
—Si espera media hora se los traeré.
—No —dijo el hombre, y guardó la araña.
Marcelo quedó decepcionado. íbamos a cruzar la plaza para tomar el tranvía, cuando el hombre nos llamó:
—Está bien —dijo—, se la dejo por ese anillo.
Y señaló mi mano derecha. Le di mi anillo, un anillo de oro con iniciales, regalo de mi abuela.
—Pero se la vendo sin el estuche —aclaró.
Aceptamos y fuimos hasta un almacén donde nos dieron una caja de galletas vacía. Allí metimos a la araña. Marcelo estaba radiante de felicidad. Yo le previne que de ninguna manera aceptaría que Anita formara parte de su colección, que la quería viva.
—Pero Anita será de los dos, ¿no?
—Sí, de los dos.
Antes de marcharse, el hombre del turbante nos dijo que la araña era muy cariñosa e inofensiva, que se le partía el alma de tristeza al abandonarla, que no olvidáramos darle su ración de moscas, ni su platito de agua limpia.
Cuando volvimos a casa, mi abuela, por suerte, había salido. Entramos a mi cuarto. Marcelo, que también es artista, dibujó sobre la caja de galletas (antes hicimos unos agujeros en el cartón para que Anita no se asfixiara) una calavera. No porque la araña significara un peligro como el polvo de estricnina, tan parecido al talco, pero que tiene la virtud de inmovilizar a los gatos en lo alto de las cornisas de donde se desploman al patio, y es divertido mirar sus ojos vidriosos, dilatados por el veneno. Anita era inofensiva. Así nos aseguró el hombre del turbante que conocimos en la Plaza del Bajo, hace un mes. La calavera de la tapa, pintada con tinta china, la dibujó Marcelo con un propósito meramente decorativo.
Al poco tiempo descubrimos que el hombre del turbante era un impostor. La cariñosa Anita resultó una araña malhumorada que se negaba a saludar y. permanecía encogida en el fondo de la caja. La verdad es que habríamos muerto de susto si se le hubiera ocurrido repetir el salto espectacular del primer día. Cuando golpeábamos un lado de la caja, Anita despertaba. Tomados de la mano (la de Marcelo, helada) sentíamos el vértigo de observar su cuerpo peludo, sus ojitos brillantes, sus patas complicadas. A veces, para sorprendernos, Anita movía rítmicamente las ocho patas. Por nosotros corría un ligero estremecimiento, nos abrazábamos nerviosos, dábamos saltos alrededor de la caja.
A Marcelo, una siesta, mientras estábamos encerrados en mi cuarto fumando los cigarrillos de mi abuela, se le ocurrió aquella atrevida idea. Tiramos a cara o cruz. Perdió él. Al principio estuvo dispuesto (además, le correspondía: él había inventado el juego) pero luego desistió. Le dije que era un miedoso. Para humillarlo me acosté en la cama y le pedí que me volcara la caja destapada. Marcelo dijo que así no era gracia, que antes me quitara la camisa. Me quité la camisa y esperé. Anita, como una mano de felpa, cayó sobre mi pecho. Se me paró el corazón. Marcelo salió corriendo del cuarto. Yo me apresuré a guardar la araña pollito que había subido por el respaldar de la cama y estaba inmóvil junto a la llave de la luz.
Sé que fui injusto con Marcelo después de aquel incidente. Para mortificarlo paseaba por la vereda con el ruso Natalio, que le había ganado la última carrera de ciclismo. Un día me llamó por teléfono. Simulé la voz de mi abuela y le dije que estaba en el techo, arreglando la antena de la radio. Debió de advertir el engaño porque no volvió a llamar. Marcelo andaba triste y aburrido. Yo lo miraba desde la terraza de mi casa, oculto entre los jarrones de mampostería, dar vueltas y más vueltas alrededor de la manzana, en su Raleigh amarilla, esperando el momento en que me asomara a la puerta de calle para comprar un helado, y entonces dirigirme la palabra como si nada hubiera sucedido. Utilizaría el pretexto de siempre: "¿Me prestarías una llave para ajustar una tuerca, o el inflador para la rueda de atrás que está en llanta?".
No es que me pareciera una cobardía imperdonable el susto que se llevó aquella siesta, sino que, por culpa de Anita, o mejor dicho del anillo que me costó, mi abuela me había suprimido el dinero de los domingos. Mentí que había perdido el anillo en la escuela.
—Un día vas a perder la cabeza —dijo—. No hay cine hasta fin de mes.
El verdadero motivo de mi enojo era que a Marcelo enterado del rigor de mi abuela; no se le hubiera ocurrido compartir mi desgracia y continuara yendo al cine —mientras yo quedaba encerrado en mi cuarto, muerto de envidia, en compañía de la taciturna Anita.
Pero una mañana, cuando le estaba dando de comer a la araña, escuché música, tambores y una Voz que anunciaba por un altoparlante el debut del Circo Primavera. Salí del cuarto y me precipité a mirar el desfile. Me pareció decepcionante. El elefante tenía las orejas desflecadas, a la jirafa le faltaba un ojo, los leones, marchitos, bostezaban en sus jaulas. Me sacó de aquel estado de depresión el alarido de mi abuela. En el acto comprendí lo sucedido: había dejado abierta la puerta de mi dormitorio y ella, con esa maldita costumbre que tiene de entrar, apenas me descuido, a revisarme los papeles o a hurgar en los bolsillos de mis pantalones ("entré a ventilar el cuarto", dice), había descubierto a Anita sobre la almohada. Llegué a tiempo para evitar el desastre. Mi abuela, armada de una escoba y una pava de agua hirviendo, corría a la araña que ahora trepaba ágilmente por la pared. Le dije que era una araña inofensiva, que Marcelo y yo la habíamos comprado por indicación de la maestra con el propósito de estudiarla y dibujar una lámina en colores para la clase de zoología. No hubo forma de tranquilizarla.
—La araña se va ahora mismo de esta casa, o me voy yo —dijo.
Ese día reanudé mi amistad con Marcelo. Él tiene un altillo donde nadie sube: era el lugar más seguro para Anita.
Anoche fui a casa de Marcelo para visitar a Anita. Había pasado una semana sin verla y la extrañaba. Marcelo, sentado en un sillón de mimbre de la galería, hojeaba unas revistas. Subimos al altillo. El foco de luz, que Marcelo pintó de rojo con el esmalte para las uñas de su tía, parpadeaba de vez en cuando.
—Es la instalación que está vieja —dijo.
Y se acostó en la cama. Saqué la caja de galletas donde estaba Anita, encima del ropero, me quité la camisa y me acosté a su lado. Marcelo dijo que tenía vergüenza de lo que sucedió aquella siesta.
—No es nada, yo también tuve miedo.
—Repitamos el juego.
— ¿Para qué?
—Sí, tiremos una moneda.
Volvió a perder. Me di cuenta de que estaba pálido.
—No importa —le dije—. Jugaremos otro día.
—No, ahora mismo.
—No vas a resistir.
—Sí, vamos.
—Te permito cerrar los ojos.
—Bueno, dale.
Destapé la caja de galletas y arrojé la araña sobre su pecho. Marcelo apretó los labios, se quedó inmóvil. Anita se deslizaba suavemente hacia su ombligo. Miré a Marcelo: no abría los ojos y un hilo de saliva brillante comenzaba a bajarle de la boca.
—Marcelo —le dije—, abrí los ojos y dejate de bromas. Mirá lo que hago con Anita.
Alcé la araña y me la puse en la cabeza.
—Mirá, Marcelo, no es nada, es inofensiva. Vamos, abrí los ojos.
Tomé un vaso con agua que había sobre la mesa y se lo derramé en la cara; después le di algunas palmadas en las mejillas. Al fin abrió los ojos.
— ¿Y Anita? —preguntó.
Yo tenía flojas las piernas, me temblaban las manos.
—Basta de Anita —le dije.
Entonces vi a la araña que trepaba por los cables de la luz en dirección al foco. Hubo una pequeña explosión, unas chispas azules, y el cuarto quedó a oscuras. Encendimos un fósforo. Marcelo se echó a reír como un loco: no había manera de hacerlo callar. Súbitamente me abrazó, llorando. Anita estaba muerta al lado de la cama.

(Argentina, 1931/2007)



martes, 5 de diciembre de 2023

La leyenda de la Pachamama

 


La leyenda quechua de los dioses Pachamama y Pachacamac

Cuenta una leyenda de los dioses incas que hace millones de años, desde el cielo dos hermanos, Pachacamac (el dios Creador del Mundo) y Wakon (el dios del Fuego y del Mal), posaron su atención en una atractiva y encantadora joven: la diosa Pachamama (Madre Tierra).
Atraído por su gran belleza, Pachacamac no dudó en conquistar el corazón de aquella diosa. Pachacamac, dios del Cielo, se unió a Pachamama y de esta unión nacieron los gemelos llamados Wilka, varón y hembra.
Pero su hermano Wakon, que también se había enamorado de aquella joven, se llenó de ira contra la pareja de esposos y empezó a desencadenar desastres en la tierra como ser sequías, inundaciones y muerte, por lo que fue expulsado del cielo.
Pachacamac conmovido por la devastación provocada por su hermano, bajó del cielo y se enfrentó con él en una brutal pelea que luego permitió restablecer el orden del planeta.
Pachamama y Pachacamac reinaron en la tierra como seres mortales pero aquella felicidad les duró poco, pues Pachacamac cayó por un arrecife y se ahogó en la mar convirtiéndose en una isla.
Entonces la oscuridad cubrió al mundo entero. Al quedarse viuda la diosa Madre Tierra, sola y triste con sus hijos mientras reinaba la oscuridad y en la soledad de la noche, emprendió una travesía por la tierra para buscar refugio y mitigar el dolor que sientía.
Llegaron a una cueva conocida con el nombre de Waconpahuin, habitada por un hombre que los invitó a pasar (se trataba de una trampa del malvado Wakon, quien tomó una forma diferente).
En el fuego hervían unas papas en una olla de piedra y, dirigiéndose a los niños, Wakon les pidió que fuesen a una fuente a traer agua, pero el cántaro que les dio estaba rajado para que los gemelos tardasen en regresar.
Durante la ausencia de los niños, Wakon intentó seducir a Pachamama y, al no lograrlo, lleno de rabia la ataca, la mata ferozmente y es devorada, vengándose así del desaire de la diosa.
El espíritu de Pachamama se alejó hacia las alturas para convertirse en la Cordillera Central de los Andes.

Al regresar los gemelos a la cueva y preguntaron por su madre; Wakon les dijo que ella no tardaría en volver y que le había encargado que los cuidara hasta su regreso.
Pero fueron pasando los días sin que Pachamama apareciera.
Huaychau, ave que anuncia la salida del sol, se compadeció de los niños y les contó la suerte de su madre y el peligro que corrían al continuar con el maligno Wakon. Les aconsejó que cuando Wakon se durmiera, aprovechando su profundo sueño, lo ataran de los cabellos a una gran piedra y escaparan rápidamente, hecho que los gemelos cumplieron al pie de la letra.
En su huida, los hermanos encontraron a Añas, la zorra, quien les preguntó por qué corrían y al enterarse de sus andanzas los escondió en su madriguera.
Mientras tanto despertó Wakon, quien después de desatarse de la guanca o piedra, partió enardecido en busca de los niños. Por el camino se topó con un puma, un cóndor y una serpiente o amaru, pero no supieron decirle dónde se hallaban los niños.
Después se cruzó con Añas, la zorra, que astutamente le aconsejó a Wakon subir al más empinado cerro y que desde allí cantara imitando la voz de la madre para que los pequeños fuesen hacia esa altura.
Apresurado, el dios se marchó sin darse cuenta de que Añas le había tendido una trampa, y al pisar la piedra que le había indicado, Wakon cayó al abismo. Su muerte causó un violento terremoto.
Los gemelos permanecieron con Añas, ocultos en la madriguera de la zorra.
Cuando el espíritu de Pachacamac vio desde el cielo su sufrimiento, decidió llevarlos de regreso junto a él. Al despertar, ellos vieron bajar del cielo una larga soga. Sorprendidos, consultaron entre ellos y decidieron trepar por la cuerda y ver a dónde los conducía. Subieron y subieron y llegaron al cielo donde hallaron a Pachacamac que se había apiadado por sus desventuras.
Reunidos con su padre, él les entrega su reino y los convierte en el Sol y la Luna, dando paso al día y la noche para que nunca más regresaran las tinieblas a la tierra.
En cuanto a Pachamama, agradecida por la ayuda de todos los animales, se convierte en protectora de la naturaleza y de todos los seres vivos, diosa de la fertilidad, de la productividad, del aumento del ganado y defensora de toda la vida.

viernes, 17 de noviembre de 2023

ENRÍQUEZ, Mariana: El desentierro de la angelita


A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las gotas y el viento –el techo de su casa era de chapa–, y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow.
Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa? Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una cucaracha pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba. También encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse. Nunca me gustaron los bichos.
Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra del fondo en una piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta que debían haber enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.
Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y empezó a arrancarse los pelos y a gritar «la angelita la angelita». Pero el escándalo no duró mucho bajo la mirada de papá: él admitía las «supersticiones» (así las llamaba) de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la penitencia.
Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores, envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les cobró fue unas empanadas.
–¿Eso fue acá, abuela?
–No, en Salavino, en Santiago. ¡Hacía un calor!
–Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.
–Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía el tonto.
–¿Y acá llora la nena?
–Cuando llueve, nomás.
Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos; mi papá se quedó con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.
Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando, una noche de tormenta.
La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no escucharla –porque en ese momento no sabía que era muda–. Pero cuando salí de ahí abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia afuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería, pero como respuesta siguió señalando como en una película de terror.
Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la vista.
Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela. Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba. Como no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos amarillentos de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de cartón con plumas de gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido, pensé y después me reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la cocina, que era mi tía abuela y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido apenas unos tres meses. Tenía que dejar definitivamente de pensar en términos de qué era posible y qué no.
Le pregunté si era mi tía abuela Angelita –como no habían hecho tiempo de anotarla con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre genérico–; así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi abuela decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los que desenterré cuando era chica.
Lo que quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza afirmativa o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo seguía señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando yo hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y se sentaba al lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.
Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor se trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en el trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado de la cama a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise atender los mensajes ni abrirles la puerta pero, para no preocuparlos más, accedí a verlos aduciendo agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando como una negra, me decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó mi amiga Marina metí a la angelita en el placard, pero para mi terror y disgusto, se escapó y se sentó en el brazo del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís. Marina ni se dio cuenta.
Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le debe haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi la atropella el 45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo imaginaba, seguramente no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos juntas –mejor dicho, cuando ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme acompañar– lo hacía con una especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar, es tan chiquita, es antinatural). También le compré una venda tipo máscara para la cara, de las que se usan para tapar cicatrices de quemaduras. La gente ahora cuando la ve siente asco, pero también conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.
Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin nietos (y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando para el Sur –de eso me di cuenta, era siempre para el Sur– mañana, tarde y noche. Yo le hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.
Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja donde guardo las fotografías: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel podrida que se desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo, bien insistente. Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la casa ya no era nuestra, que la habíamos vendido, y me dijo que sí otra vez.
La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta Avellaneda. Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se entretiene con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda o si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no es mala, y que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.
Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en verano, había un olor pesado a Riachuelo y nafta sobre la avenida Mitre, mezclado con tufos de basura; en las esquinas, helados caídos de cucuruchos que dejaban el suelo pegoteado. Hay muchas heladerías sobre la avenida y mucha gente torpe. Cruzamos la plaza caminando, después pasamos por el Sanatorio Itoiz, donde se murió mi abuela, y finalmente rodeamos la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de distancia del estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirles a los dueños nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado. Claramente me estaba afectando la mente andar para todos lados con un bebé muerto.
Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo. Espiamos las dos, ella en mis brazos –la medianera era más bien baja, debía estar mal hecha–. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación de plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado toda la tierra para hacer el hoyo, y con esa acción habían tirado los huesos de la angelita vaya a saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio lástima, pobrecita, y le dije que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; hasta le dije que lamentaba no haberlos desenterrado otra vez cuando la casa se vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico, o cerca de la familia si a ella le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto adentro de una caja o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas. Angelita dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta no me cayó muy bien, salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a corretear atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando asomar los huesitos blancos.

(Argentina, 1973)



 

viernes, 6 de octubre de 2023

QUIROGA, Horacio: La gallina degollada


Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba esta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació este, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse solo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que este había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti. . . ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron;, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltame! ¡Dejame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

(Uruguay, 1878/Argentina, 1937)



martes, 26 de septiembre de 2023

FASOLÍS, Rosita: El tren de las cinco

 


Como un pájaro. Como un pájaro de niebla. Como la niebla de la madrugada. Así estoy, esperando el tren. Hay un silencio de niebla en el andén. Espeso, translúcido. Me envuelve, me invade, se adentra en mí. Apenas distingo las vías trajinadas. A mis espaldas quedan los recuerdos. El pueblo, dormido en su sueño de siempre. La calle de tierra. Los naranjos. La casa vieja. Mis padres: dos viejos con rumor de zapatillas de paño. Mi habitación de joven pobre, pulida misericordiosamente por infinitas capas de cera, de barniz, de cal. Deslumbrada por el sol irreverente de las mañanas; atónita por las sombras de mis propios sueños estremecidos. Mis libros, caudal y cauce de estas ganas de borrar fronteras. Y la enorme mesa de roble, labrada a escondidas por mis alumnos, pequeños remolones siempre a la zaga de sus madres ansiosas, alumnos desapacibles de maestras impasibles… Como un pájaro me siento. Como un pájaro aterido en la niebla. Como un pájaro de niebla diluyéndose en la espera…

Primeras horas. Frío. Percibo que a lo lejos el tren rompe la niebla con bufidos de metal. Yo también vengo de la niebla. De las vagas luces de otros tiempos, de otros lugares. De andenes solitarios en pueblos perdidos en la soledad. De estaciones múltiples que recuerdo como mareas humanas, oleadas que suben y bajan, aparecen y desaparecen. He conocido lugares, he conocido tanta gente… He tenido mil oficios, todos distintos, todos iguales. He descubierto que todos los campos huelen igual, ya al olor fresco de la siembra, ya al olor seco de los pajonales. He descubierto que todas las ciudades huelen igual. Por las bocas abiertas de sus bares exhalan olor a café y a cigarrillo, a pizzas y aceites rancios. Y en los laberintos oscuros de las callejas, los orines afrentan al viajero con su olor añejo. Sí, he transitado muchos lugares; en cada lugar he vivido otra vida. En algún tiempo, en alguna parte volví a mi oficio de enseñar. He descubierto que los niños son todos iguales. Que son todos distintos. Que son niños, en un campo semántico propio, insoslayable, continuo, infinito. Unas veces fui maestro, y otras veces vendedor de cualquier cosa. Tantas veces manejé un camión por rutas solitarias como otras tantas fui manejado por rutas interiores, también solitarias. Tantas veces hablé como callé; tantas veces tuve coraje como miedo. Tantas fui bueno como fui malo. Tuve amores apacibles como trigales al sol, y amores violentos que rompieron mis entrañas como olas impetuosas de un mar bravío. Amé, y fui amado. Odié, y fui odiado. Y regreso de todo aquello con una valija llena de humo en la que ya no caben los sueños. Más cansado, más viejo a pesar de mi juventud. Partícula de niebla en medio de una niebla que será barrida por el sol.
Oigo a lo lejos el silbido del tren. Distingo apenas una luz que se ensancha poco a poco.
El guardavía vuelve a mí su rostro trasnochado y me dice, ignorando la obviedad, que el tren ya llega. El andén se estremece. También yo. El estómago se me anuda en un frío ardor. La máquina se detiene bufando. Tomo mi valija y me apresto a subir. Por la misma puerta está bajando un pasajero… Estoy frente a él. Lo miro esperando que se aparte para poder subir. Lo miro esperando que se aparte para poder bajar. Lo miro, y es un espejo envuelto en brumas. Y en ese espejo estoy yo. Y miro mi cara pálida soslayando la niebla; mi viejo gabán atrapando la niebla; mis manos frías aventando la niebla. Y mi valija, que no sé si va o viene, también ella llena de niebla.


Rosita Fasolís nació en Rosario (Argentina), lugar donde reside actualmente. Por su obra literaria ha recibido numerosos premios, tanto a nivel local, nacional e internacional.


«Cuando los oscuros paisajes de lo onírico se confunden con los hechos reales de nuestra vida, Rosita construye de manera genial una trama que nos sumerge en los intrincados pasadizos de un mundo intermedio del cual despertamos gracias a un seco alarido de angustia, pero que nunca sabremos si lo que vivimos es verdad o pertenece a otro plano de la existencia, aún desconocido...» (Sergio Fassanelli)

viernes, 15 de septiembre de 2023

FORN, Juan: Nadar de noche

 


Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y su hijita con ese murmullo ensordecedor.
Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.
Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras este y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.
Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.
Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.
Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.
Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: «Papá, qué sorpresa», pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:
—¿Se puede pasar?
—Sí, claro. Por supuesto.
El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado. Él salió obedientemente a la terraza. Dijo:
—Dame el impermeable, si querés. ¿Te traigo algo para tomar?
El padre negó con la cabeza. Después se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.
—Va a llover en cualquier momento —dijo—. Qué maravilla ¿De día es así, también?
—Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.
—Marisa y la beba. Debés tener un montón de cosas para contarme, ¿no?
Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.
—Sí, claro —dijo—. Supongo que sí.
—Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la beba. Esas cosas.
A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.
—Voy a servirme un whisky. ¿Seguro que no querés?
—No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.
—No es mía —dijo él antes de entrar—. La casa, quiero decir.
Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y de golpe sintió que todavía no se habían tocado.
—Yo creí —dijo, desde ese lugar— que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.
La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.
—Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.
Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía ni lo que iba a decir.
—Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que me estabas mirando… —y se rio un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones nomás—. O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.
El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.
—A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.
Él lo miró sin entender.
—Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No solo yo, muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.
—¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?
El padre miró un rato la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.
—Con tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente, de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte.
Hizo una pausa.
—Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es algo que no tendría ningún valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más sencillo, para decirlo de alguna manera. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin.
Hizo otra pausa.
—También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provoque esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?
Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que ahora era, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó las ojotas y se sentó con las piernas dentro del agua.
—Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?
—No.
Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.
—¿Y ahora qué sabés? —atinó a decir.
—Nada —contestó el padre.
Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos.
—Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?
No solo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa insólita belicosidad. La necesidad de oponerse se desvaneció y solo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.
—Es cierto —dijo—. Perdón.
Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo:
—De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.
El padre soltó una risita.
—Ya me parecía.
Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuando sonó el trueno el padre se encogió y su risita volvió a oírse.
—Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.
—Los grillos —dijo él—. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste.
Después de decir estas palabras dudó. ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.
—Bueno —dijo el padre con voz muy suave—. A lo nuestro.
—¿Puedo preguntarte algo, antes?
La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.
—Como quieras. Pero ya sabes cómo es eso: una vez que te enterás, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.
—Sí, ya sé —dijo él, y preguntó, con voz insegura—. ¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?
—Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, solo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.
—Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento —dijo él.
El padre no contestó.
—¿Importa algo estar juntos allá?
El padre no contestó.
—¿Y cómo es? —dijo él.
El padre desvió los ojos y miró la pileta.
—Como nadar de noche —dijo, y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara—. Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.
Él tomó de un trago el whisky que le quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago. Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.
—¿Algo más? —dijo el padre.
Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque solo fuese por una noche.
—Por dónde querés que empiece —dijo.
—Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.
Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija.

(Argentina, 1959/2021)



domingo, 20 de agosto de 2023

MANGUEL, Alberto: Una historia de la lectura (Fragmentos)

La verdad es que nuestro poder, como lectores, es universal, y es universalmente temido, porque se sabe que la lectura puede, en el mejor de los casos, convertir a dóciles ciudadanos en seres racionales, capaces de oponerse a la injusticia, a la miseria, al abuso de quienes nos gobiernan. Cuando estos seres se rebelan, nuestras sociedades los llaman locos o neuróticos (como a Don Quijote o a Madame Bovary), brujos o misántropos, subversivos o intelectuales, ya que este último término ha adquirido hoy en día la calidad de un insulto.

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Desde siempre, el poder del lector ha suscitado toda clase de temores: temor al arte mágico de resucitar en la página un mensaje del pasado; temor al espacio secreto creado entre un lector y su libro, y de los pensamientos allí engendrados; temor al lector individual que puede, a partir de un texto, redefinir el universo y rebelarse contra sus injusticias. De estos milagros somos capaces, nosotros los lectores, y estos milagros podrán quizá rescatarnos de la abyección y la estupidez a las que parecemos condenados.

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Quienes hoy oponen la tecnología electrónica a la de la imprenta perpetúan la falacia de Frollo. Quieren hacernos creer que el libro —esa herramienta ideal para la lectura, tan perfecto como la rueda o el cuchillo, capaz de contener nuestra memoria y experiencia, y de ser en nuestras manos verdaderamente interactivo, permitiéndonos empezar y acabar en cualquier punto del texto, anotarlo en las márgenes, darle el ritmo que queramos— ha de ser reemplazado por otra herramienta de lectura cuyas virtudes son opuestas a las que la lectura requiere. La tecnología electrónica es superficial y, como dice la publicidad para un powerbook, “más veloz que el pensamiento”, permitiéndonos el acceso a una infinitud de datos sin exigirnos ni memoria propia ni entendimiento; la lectura tradicional es lenta, profunda, individual, exige reflexión. La electrónica es altamente eficaz para cierta búsqueda de información (proceso que torpemente también llamamos lectura) y para ciertas formas de correspondencia y conversación; no así para recorrer una obra literaria, actividad que requiere su propio tiempo y espacio. Entre las dos lecturas no hay rivalidad porque sus campos de acción son diferentes. En un mundo ideal, computadora y libro comparten nuestras mesas de trabajo. La amenaza es otra. Mientras seamos responsables, individualmente, del uso que hacemos de una tecnología, ésta será nuestra herramienta, eficaz en nuestras manos según nuestras necesidades. Pero cuando esa tecnología nos es impuesta por razones comerciales, cuando intereses multinacionales quieren hacernos creer que la electrónica es indispensable para cada momento de nuestra vida, cuando nos dicen que, en lugar de libros, los niños necesitan computadoras para aprender y los adultos videojuegos para entretenerse, cuando nos sentimos obligados a utilizar la electrónica en cada una de nuestras actividades sin saber exactamente por qué ni para qué, corremos el riesgo de ser utilizados por ella y no al revés, el riesgo de convertirnos nosotros en su herramienta.

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Al principio guardaba mis libros en un estricto orden alfabético, por autores. Más tarde empecé a clasificarlos por géneros: novelas, ensayos, obras teatrales, poemas. Más adelante intenté agruparlos por idiomas y cuando, por causa de mis viajes, me veía obligado a conservar solo unos pocos, separaba los que apenas leía de los que leía todo el tiempo y, por último, de los que quería leer.

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Pero no sólo los gobiernos totalitarios le temen a la lectura. En los patios de las escuelas y en los vestuarios de los clubes deportivos se intimida a los lectores tanto como en los despachos gubernamentales y en las prisiones. En casi todas partes, la comunidad de lectores tiene una reputación ambigua que proviene de la autoridad inherente a la lectura y el poder que se le atribuye. Hay algo en la relación entre el lector y el libro que se reconoce como sabio y fructífero, pero también como desdeñoso, exclusivo y excluyente, tal vez porque la imagen de una persona acurrucada en un rincón, aparentemente aislado del “mundanal ruido”, sugiere una independencia impenetrable, una mirada egoísta y una actividad singular y sigilosa. (“¡Andá y viví un poco!”, me decía mi abuela cuando me veía leyendo, como si mi silenciosa actividad contradijera su idea de lo que significaba estar vivo.)

***

Los que detentan el poder impulsan activamente la artificial dicotomía entre vida y lectura. Los regímenes demagógicos exigen que olvidemos y, por lo tanto, estigmatizan los libros como un lujo superfluo; los regímenes totalitarios quieren que no pensemos y, por consiguiente, prohíben y amenazan y censuran; ambos, en general, necesitan que nos volvamos estúpidos y que aceptemos mansamente nuestra degradación y por eso alientan el consumo de productos vacuos. En circunstancias como esas, los lectores no pueden más que ser subversivos.




sábado, 19 de agosto de 2023

OCAMPO, Silvina: El crimen perfecto


Gilberta Pax quería vivir tranquila. Cuando me enamoré de ella, yo creía lo contrario y lo ofrecí todo lo que un hombre de mi posición puede ofrecer a una mujer para que se viniera a vivir conmigo, ya que no podíamos casarnos. Durante uno o dos años nos vimos en lugares incómodos y caros. Primero en automóviles, después en cafés, después en cines de mala reputación, después en hoteles un poco sucios. Cuando no le rogué sino exigí que viviera conmigo, me respondió:
—¡No puedo!
—¿Por qué? —interrogué— ¿Por tu marido?
—Por el cocinero —susurró y salió corriendo.
Con ira, al día siguiente, le pedí una explicación. Me la dio.
—No conoces mi casa, parece un hotel —me dijo—. Cinco personas viven en ella; a más de mi marido, mi tío, una de sus hermanas y sus dos hijos. Todo lo quieren perfecto, especialmente la comida; pero Tomás Mangorsino, el cocinero —desde hace ocho años está en la casa— se burlaba de nosotros. Aunque la presentación de cada plato fuera decorativa, cada día cocinaba peor. Con el pelo oliendo a grasa, porque me olvidaba de cubrirlo con un pañuelo, yo pasaba la mañana pidiéndole que cocinara como en sus buenos tiempos. Mangorsino me miraba con cierta compasión, pero jamás me obedecía. Una mañana que lo visité con una salida de baño rosada y con una gorra de material plástico verde, de esas con las cuales uno podría ir a un baile, me miró con tanta insistencia, que le pregunté:
—¿Qué le sucede, Mangorsino?
—¿Qué me sucede? Que la señora está tan linda esta mañana que no se reconoce.
Fue entonces cuando me vino la idea de sacrificarme por mi deber de ama de casa, y seducirlo. Como si él lo hubiera adivinado, cambió de conducta, pero solo para mí. Cuando me hablaba, en la entonación de su voz yo adivinaba reprimida ternura.
—Va a hacer unos tallarines con una masa liviana.
—La voy a amasar muy bien —me decía, mirándome en los ojos.
O si no:
—¿Y la empanada que me gusta?
—La doraré. Sé que le agrada.
—Y para el té ¿qué hará?
—Besitos de Venus.
Todo lo decía comiéndome con sus ojos de lobo.
Accedí a sus requerimientos, pero las cosas no cambiaron mucho. Me mandaba un plato para mí, con la prohibición de comer lo que rellenaba la fuente, la parte de los otros, más barata y menos fresca. La sirvienta me susurraba, al colocar el plato sobre la mesa, frente a mi asiento:
—Esto para la señora, que está un poco delicada del estómago.
La situación se prolongó angustiosamente. Mientras el resto de la familia se retorcía de dolor de barriga, yo comía manjares suculentos, que si no hubieran puesto en peligro mi esbeltez, me hubieran deleitado.
—Mi marido quiere comer hongos (yo los odio, no los como ni por un pastel) y pavita, mis hijos —le dije un día.
Casi me estrangula.
—Son muy caros —respondió.
Simultáneamente los malentendidos comenzaron a traer disturbios en nuestra relación. Mientras afila los cuchillos mira mi cuello con insistencia. Yo le tengo miedo ¿por qué negarlo? Cuando retuerce un trapo rejilla, sé que está retorciendo mi cuello; cuando corta la carne, corta la mía. De noche no duermo. Soy esclava de sus caprichos.
—No te aflijas —dije a Gilberta—. ¿Dónde compra la carne y las verduras?
—Tengo la dirección en mi libreta —me dijo— Junín 1000. ¿Piensas matarlo?
—Algo mejor —le respondí.
Era pleno invierno y fui al campo a juntar hongos. Los traje en una bolsa. Pedí a Gilberta una fotografía de Tomás Mangorsino.
—¿Para qué la quieres? —preguntó.
—Yo también tengo caprichos —respondí, y me la trajo.
Para llevar a cabo mi plan, tenía que saber cómo era Mangorsino. Después de averiguar a qué horas iba al mercado, me aposté en la esquina donde sabía que pasaba a las siete de la mañana. Un hombre pasó con un impecable traje gris y una bufanda marrón. Consulté la fotografía: era Mangorsino.
—Hongos regalados —grité, con voz de mercachifle—, fresquitos.
Mangorsino se detuvo, miró mis guantes. No quiero dejar mis impresiones digitales, por precaución.
—¿Cuánto valen?
—Cinco pesos —dije con pronunciación extranjera.
—Démelos —dijo, sacando plata de un bolsillo interminable.
Al día siguiente, en el diario de la tarde, leí la noticia. Murió una familia entera, envenenada por hongos comprados en la calle por el cocinero Mangorsino. La única sobreviviente es la señora Gilberta Pax.
Acudí a la casa, donde Gilberta me esperaba. Nada le dije de lo que yo había hecho. Un crimen tan complicado y sutil no se confía al ser que uno más ama en el mundo, ni a la almohada.
Me contó que la familia indignada y moribunda no perdió la cabeza: al sentir los primeros síntomas de envenenamiento había corrido con tenedores a la cocina para obligar por la fuerza a Mangorsino a comer los hongos venenosos, por lo que el pobre también murió. Mi crimen fue pasional y lo que es más raro, perfecto.



«Las invitadas», 1961

domingo, 2 de julio de 2023

ENRIQUEZ, Mariana: Nada de carne sobre nosotras

 



La vi cuando estaba a punto de cruzar la avenida. Estaba entre un montón de basura, abandonada sobre las raíces de un árbol. Los estudiantes de Odontología, pensé, esa gente desalmada y estúpida, esa gente que solo piensa en el dinero, empapada de mal gusto y sadismo. La levanté con las dos manos por si se desarmaba. A la calavera le faltaban la mandíbula y la totalidad de los dientes, mutilación que me confirmó el accionar de los protodontólogos. Revisé alrededor del árbol, entre los residuos. No encontré la dentadura. Qué pena, pensé, y fui hasta mi departamento, apenas a doscientos metros, con la calavera entre las manos, como si caminara hacia una ceremonia pagana del bosque.
La puse sobre la mesa del living. Era pequeña. ¿La calavera de un niño? Lo ignoro todo sobre anatomía y temas óseos. Por ejemplo: no entiendo por qué las calaveras no tienen nariz. Cuando me toco la cara, siento la nariz pegada a mi calavera. ¿Acaso la nariz es cartílago? No creo, aunque es verdad que dicen que no duele cuando se rompe y que se rompe fácil, como si fuera un hueso débil. Examiné la calavera un poco más y encontré que tenía un nombre escrito. Y un número. «Tati, 1975». Cuántas opciones. Podía ser su nombre, Tati, nacida en 1975. O su dueña podía ser una Tati parida en 1975. O el número quizá no era una fecha y tenía que ver con alguna clasificación. Por respeto decidí bautizarla con el genérico Calavera. Por la noche, cuando mi novio volvió del trabajo, ya era solamente Vera.
Él, mi novio, no la vio hasta que se sacó la campera y se sentó en el sillón. Es un hombre muy desatento.
Cuando la vio, dio un respingo, pero no se levantó. También es perezoso y se está poniendo gordo. No me gustan los gordos.
—¿Qué es esto? ¿Es de verdad?
—Claro que es de verdad —le dije—. La encontré en la calle. Es una calavera.
Me gritó. Por qué trajiste esto, me gritó, exagerado, de dónde la sacaste. Juzgué que estaba haciendo un escándalo y le ordené que bajara la voz. Traté de explicarle con tranquilidad que la había encontrado tirada en la calle, bajo un árbol, abandonada, y que hubiese sido totalmente indecente por mi parte actuar con indiferencia y dejarla ahí.
—Estás loca.
—Puede ser —le dije, y me llevé a Vera a la habitación.
Sé que él esperó un rato por si yo salía a hacerle la comida. No tiene que comer más, se está poniendo gordo, los muslos ya se le rozan, y si usara pollera de mujer, estaría siempre paspado entre las piernas. Después de una hora lo oí insultarme y usar el teléfono para pedir una pizza. La pereza: prefiere el delivery a caminar hasta el centro y comer en un restaurante. El gasto de dinero es casi el mismo.
—Vera, no sé qué hago con él.
Si ella pudiera hablar, sé que me diría que lo deje. Es de sentido común. Antes de dormir, rocío la cama con mi perfume favorito y le paso un poquito a Vera bajo los ojos y por los costados. Mañana voy a comprarle una peluquita. Para que mi novio no entre en la habitación, la cierro con llave.


Mi novio dice que está asustado y otras pavadas. Duerme en el living, pero no es un sacrificio, porque el futón que compré con mi dinero —a él le pagan poco— es de excelente calidad. De qué estás asustado, le pregunto. Él balbucea tonterías sobre que me la paso encerrada con Vera y que me escucha hablándole.
Le pido que se vaya, que junte sus cosas y deje el departamento, que me deje. Pone cara de profundo dolor, no le creo y casi lo empujo a la habitación para que haga sus valijas. Grita de vuelta pero esta vez grita de miedo. Es que vio a Verita, que tiene su peluca rubia carísima, de pelo natural, pelo fino y amarillo, seguramente cortado en un pueblo ex soviético de Ucrania o de la estepa (¿son rubias las siberianas?), las trenzas de alguna chica que todavía no encontró a quien la saque de su pueblo miserable. Me parece muy extraño que haya rubios pobres, por eso se la compré. También le compré unos collares de cuentas de colores, muy festivos. Y está rodeada de velas aromáticas, de esas que las mujeres que no son como yo ponen en el baño o en la habitación para esperar a algún hombre entre llamitas y pétalos de rosa.
Me amenazó con llamar a mi madre. Le dije que podía hacer lo que quisiera. Lo vi más gordo que nunca, con las mejillas caídas como las de un mastín napolitano, y esa noche, después de que se fue con la valija y un bolso colgado del hombro, decidí empezar a comer poco, bien poco. Pensé en cuerpos hermosos como el de Vera, si estuviese completo: huesos blancos que brillan bajo la luna en tumbas olvidadas, huesos delgados que cuando se golpean suenan como campanitas de fiesta, danzas en la foresta, bailes de la muerte. Él no tiene nada que ver con la belleza etérea de los huesos desnudos, él los tiene cubiertos por capas de grasa y aburrimiento. Vera y yo vamos a ser hermosas y livianas, nocturnas y terrestres; hermosas las costras de tierra sobre los huesos. Esqueletos huecos y bailarines. Nada de carne sobre nosotras.
Una semana después de dejar de comer, mi cuerpo cambia. Si levanto los brazos, las costillas se asoman, aunque no mucho. Sueño: algún día, cuando me siente sobre este piso de madera, en vez de nalgas tendré huesos y los huesos van a atravesar la carne y van a dejar rastros de sangre sobre el suelo, van a cortar la piel desde adentro.


Le compré a Vera unas luces de decoración, las que se usan para adornar el árbol de Navidad. No podía seguir viéndola sin ojos, o, mejor dicho, con los ojos muertos, así que decidí que dentro de las cuencas vacías brillaran las lamparitas; como son de colores, se pueden ir cambiando y Vera un día tendrá ojos rojos, otro día verdes, otro día azules. Cuando estaba contemplando el efecto de Vera con ojos desde la cama, oí que unas llaves abrían la puerta de mi departamento. Mi madre, la única que tiene copia, porque a mi ex obeso lo obligué a entregarme la suya. Me levanté para hacerla pasar. Le preparé un té y me senté a tomarlo con ella. Estás más flaca, me dijo. Es el estrés de la separación, le contesté. Nos quedamos calladas. Por fin ella habló:
—Me dijo Patricio que estás en algo raro.
—¿En qué? Por favor, mamá, inventa cosas porque lo eché.
—Dice que te obsesionaste con una calavera.
Me reí.
—Está loco. Con unas amigas estamos armando disfraces y maquetas de terror para la Noche de Brujas, es para divertirnos. No tuve tiempo de comprar un disfraz, así que armé un retablo vudú y voy a comprar otras cositas, velas negras, una bola de vidrio tipo bola de cristal, para ambientar, ¿me entendés? Porque hacemos la fiesta en casa.
No sé si entendió mucho, pero le resultó una estupidez razonable. Quiso conocer a Vera y se la mostré. Le pareció macabro que la tuviera en la habitación, pero se creyó por completo lo de la ambientación para la fiesta, a pesar de que yo jamás organicé una fiesta en mi vida y detesto los cumpleaños. También se creyó mis mentiras sobre el despecho de Patricio.
Se fue tranquila y no va a volver por un tiempo. Está muy bien, quiero estar sola porque ahora me tiene angustiada la incompletud de Vera. No puede seguir sin dientes, sin brazos, sin columna vertebral. Nunca voy a poder recuperar los huesos que le corresponden, eso es obvio. Tengo que estudiar anatomía, además, para averiguar el nombre y el aspecto de los huesos que le faltan, que son todos. ¿Y dónde buscárselos? No puedo profanar tumbas, no sabría cómo hacerlo. Mi padre solía hablar de las fosas comunes de los cementerios, que estaban al aire libre, como una piscina de huesos, pero creo que no existen más. Si aún existen, ¿no estarán custodiadas? Me contaba que los estudiantes de Medicina iban a buscar ahí sus esqueletos, los que usaban para estudiar. ¿De dónde los sacan, ahora, los huesos para estudiar? ¿O usarán réplicas de plástico? Veo muy difícil caminar por las calles con un costillar humano. Si encuentro uno, para cargarlo usaré la mochila grande que dejó Patricio, la que llevábamos de campamento cuando él todavía era flaco. Todos caminamos sobre huesos, es cuestión de hacer agujeros profundos y alcanzar a los muertos tapados. Tengo que cavar, con una pala, con las manos, como los perros, que siempre encuentran los huesos, que siempre saben dónde los escondieron, dónde los dejaron olvidados.

(Argentina, 1973)