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miércoles, 24 de marzo de 2021

BALZARINO, Ángel: Antes del primer grito



No. No. El grito estallaba en su boca reseca, histérico y pleno de desolación y cada vez con menor fuerza, convertido en el único, casi absurdo y definitivamente inútil recurso que le quedaba para tratar de demorar -pues le iba a resultar imposible evitarlo, como hubiera querido- el acto que estaba obligada a protagonizar. Vamos. Dejá de gritar. Ahora debés estar tranquila. Aunque el tono de la voz resultaba suave, con cierto atisbo de afecto, no logró infundirle serenidad ni pudo atenuar la tensión y el agobio que le provocaban la presencia de ellos, el médico y la enfermera y los guardias, formando una muralla, atentos y vigilantes. Pegarle un puñetazo o dormirla con una inyección. Cualquier cosa para callarla y dejar que siga moviéndose como una loca. Pero el doctor Salerni dice que su estado es muy delicado y debemos tener paciencia y procurar que el parto se produzca sin la menor complicación para no afectar al bebé. Y eso es lo único que me preocupa. Que nazca bien. Sin ningún rasguño. Con la apariencia o belleza de la madre, la piel blanca y los ojos profundamente celestes. Sobre todo por él. El coronel Marcial Galarza. Al fin cerró los ojos no solo como expresión de fatal derrota o rechazo a efectuar cualquier cosa indicada por ellos, sino más bien en una desesperada tentativa por aislarse, por jugar con la idea de que no eran las manos del médico, rudas y apremiantes sobre el vientre hinchado, ni las de la enfermera, tratando de atenuar cualquier gesto de preocupación o miedo al prodigarle lentas caricias por la cara humedecida, casi en una súbita muestra de ternura o amistad, sino otras manos las que manipulaban, palpaban, recorrían su cuerpo. Las únicas que anhelaba. Las de él. Gerardo. Como había ocurrido durante los últimos dos años. Para confirmarle el hecho gozoso de tenerla cerca, elaborando proyectos, entregados a una lucha intensa por una sociedad plena de equidad y sin despotismo, disfrutando el amor que se tornaba más sólido cada día. Hasta la separación. Brutal. Definitiva. Una sustancia voraz e indeleble parecía corroerla cada vez que evocaba aquella noche en que la quietud de la casa quedó rasgada por los golpes, la puerta abierta con violencia, las voces roncas y autoritarias. Al surgir del sueño no atinó más que a gritar el nombre de él en tardía advertencia o pedido de ayuda, abrazando el cuerpo querido mientras una luz súbita y poderosa los exponía, desnudos y sin la menor defensa, ante los hombres pétreos, uniformados, de aspecto casi fantasmal, que rodeaban la cama, con los fusiles en sobrecogedora amenaza. Por escasos minutos. Antes de llevar a cabo la tarea -metódicos, en forma vertiginosa, sin margen para la duda o el error- de arrancarlos de la cama y arrastrarlos por la casa, desdeñosos de los quejidos y las súplicas y el pánico reflejado en un creciente temblor, hasta la calle. Fue mientras una mano le tapaba la boca y la presión de los cuerpos la inmovilizaban en el asiento trasero de un coche, cuando -más allá del aislamiento, la sensación de asfixia, la incertidumbre sobre lo que iba a pasar- algo se le impuso con despiadada claridad: que no volvería a ver a Gerardo. Ya falta poco, querida. Un esfuerzo más y todo habrá pasado. Sí. Debo mantener la calma, disimular la ansiedad, hablarle con la mayor dulzura, todo para que deje de moverse y gritar. Unas buenas bofetadas resultarían más efectivas. Porque estoy segura que no es tanto por el dolor, tampoco debido al trauma del primer parto. Tiene miedo de perder la única garantía que le permitirá seguir viviendo. El hijo. Lo sabe perfectamente. Podría ceder a un sentimiento de generosidad o compasión si no fuera que está en juego mi bienestar económico y, sobre todo, la posibilidad de ocupar el cargo de directora del Hospital Militar. Las más caras aspiraciones y que él ha prometido satisfacer. Por eso necesito obtener este trofeo. Fríamente. Será la mejor solución para todos. Corina tendrá un motivo para vivir y hasta de ser feliz y nosotros podremos estar juntos más tiempo. Libres. Y yo me encargaré de compensarte con todo lo que quieras. Marcial efectuó la propuesta una tarde en mi departamento, compartiendo un cigarrillo, desnudos sobre la cama luego de la cópula frenética, sin duda como el último recurso para disuadirme del reiterado pedido de concretar su divorcio. No puedo hacer eso. Jamás utilizaré esa alternativa en beneficio de nuestros planes. Preocupado por reflejar una actitud ética, celoso en preservar el matrimonio a pesar de estar hecho trizas, atento a evitar cualquier mancha que pudiera afectar su puesto en la cúspide del poder. Aunque ya me había habituado a representar un papel secundario, subrepticiamente, sólo útil para ser el sostén o compañía en los momentos más difíciles -cuando necesitaba un abrazo para aplacar los desvelos de su cargo o pretendía relegar la presencia de su mujer abrumada por la frustrada maternidad-, por primera vez sentí la gratificación de poder hacer algo distinto. Conseguiré para tu mujer el hijo más hermoso que pudo haber imaginado. Y con el compromiso de esa promesa, que desde entonces llegó a ser excluyente, me dediqué a observar con mayor celo a las detenidas en estado de gravidez. Tratando de imaginar a través de cada una de ellas la fisonomía, el carácter, la belleza que podría tener el futuro hijo. Comprendí que había concluido la búsqueda apenas trajeron a una muchacha a la que asignamos el nombre de Petra. Aunque la expresión de miedo, desconcierto, alarma, resultaba similar a la que denotaban las otras reclusas, el modo de cruzar los brazos sobre la panza enorme, con el obstinado intento de protegerla o dar prueba de una orgullosa posesión, y sobre todo la cara, de rasgos tan delicados, casi de niña, la hicieron destacarse y tener un especial atractivo. Con el fin de cumplir mi propósito, y sin abandonar la severa disciplina que imperaba en el Centro, procuré resguardarla de cualquier daño. Vamos, Nélida. La voz sorpresiva del doctor Salerni logra despejarme. Creo que ha llegado el momento. Sí. Al fin. No. No quiero. Estremecida por las recias convulsiones, ya no pudo efectuar más que un débil forcejeo de los brazos y las piernas amarrados a los barrotes de la cama. El postrer vestigio de la brega por impedir que su hijo naciera allí, entre las viejísimas y húmedas paredes donde la habían enclaustrado seis meses atrás, controlada por esos hombres y mujeres que tenían la potestad de disponer de su cuerpo y sus ideas y aun del aire que respiraba. Obsedida por lograr esa meta a medida que se desformaba su cuerpo y crecía el sentido de orfandad y ya no abrigó ninguna posibilidad de ver otra vez a Gerardo. Sólo me dejan vivir porque estoy esperando un hijo. La fría y demoledora certeza fue arraigándose con mayor fuerza a lo largo de cada día, mientras se transformaba en testigo de las caras mustias, sin huella de aliento o siquiera esperanza, de los compañeros de cautiverio con quienes compartía furtivos instantes de confidencia o mutuo consuelo, y trataba de soportar las otras, altivas y plenas de soberbia, al ejercer un poder absoluto, y percibía, insomne en las noches vacías, los gemidos, entre ahogados y lacerantes, que desde algún ignoto lugar revelaban los padecimientos de la vejación y la tortura. Pero comprendió que no podía resistir más. Cuando una fuerza, desgarrando súbitamente su cuerpo, surgió poderosa e incontenible. Ya es de ellos. Ya mi vida tendrá menos valor que uno de los tantos ratones que pululan por aquí. No pudo disfrutar demasiado tiempo el grito, nuevo y estruendoso, que infinitas veces había deseado escuchar en otro lugar y junto a Gerardo, pues poco a poco -mientras sentía un pinchazo en el brazo derecho y el médico redoblaba las recomendaciones, vamos, quedate quieta, ahora tratá de dormir, será lo mejor- se tornaba más débil y lejano. Hasta desaparecer. Dejándola definitivamente sola. Ya lo tengo. Sus gritos revelan una inusitada vitalidad. Aunque me perfora los oídos mientras lo limpio, no puedo dejar de regodearme con este sonido que me confiere el privilegio de obtener, bastante agotada pero con la gratificación de haber superado una ardua proeza, todo lo que él me ha prometido. Apenas se queda dormido, busco impaciente un teléfono. La voz de Marcial suena seca e impersonal, como es habitual cuando se encuentra su mujer al lado. Me invade un morboso placer al saber que por fin poseo el medio para apartarla de nosotros. Entonces, eufórica y triunfal, le digo que ya puede venir a buscar a su hijo. Hacia la noche Apenas traspuso la puerta de cristal creyó sufrir una especie de agresión por las luces, frías y poderosas, que lo obligaron a parpadear varias veces, por el ruido y el movimiento de los coches que cubrían la calle, por el roce de los cuerpos que, rápidos y profiriendo un cúmulo de palabras inconexas, cruzaron a su lado. Permaneció unos segundos quieto, algo aturdido y desorientado por la brusca evasión del clima -saturado por el confuso olor a remedios y desodorante, las voces apenas susurradas- que imperaba en el enorme edificio donde había estado durante casi dos horas. Tal vez sea lo mejor. Tal vez es lo único que necesito ahora. Comprendiendo que ingresar en una zona grávida de bullicio, casi estruendosa, no iba a desalojar el estado de zozobra, impotencia y, sobre todo, creciente temor, pero al menos le ayudaría a ubicar en un plano secundario, lo más lejano posible, las palabras que ya habían adquirido una vigencia excluyente. Tres, cuatro meses. Sin duda es la ocasión para apurar un buen trago. Esa necesidad lo urgió a movilizarse, casi como única alternativa para eludir las palabras proferidas por el doctor Albrecht en el tono impersonal que sin duda utilizaba siempre para emitir un diagnóstico, por más cruel que fuera, a pasos zigzagueantes entre quienes cruzaban a su lado, buscando de tanto en tanto el apoyo de la pared cuando sentía una ráfaga de mareo o las piernas ya no podían sostenerlo. Le pareció una proeza recorrer las cinco cuadras hasta llegar al pequeño bar que visitaba desde hacía años y que ahora, más que nunca, surgía como un anhelado refugio. Me bastó verlo cruzar el umbral para advertir que algo le pasaba. El hábito me había permitido descubrir su estado de ánimo o lo que pensaba o las cosas que le disgustaban por medio de una simple mirada, el gesto de la mano o el tono de la voz. Porque a lo largo de los años no sólo se había convertido en una visita casi cotidiana, sino también la de mayor relieve -tanto por el hecho de haber ocupado un alto cargo en el gobierno como por preferir mi local para reunirse con sus amigos, en otro tiempo, y ahora para saborear un vaso de whisky, solo y en actitud abstraída-, por lo cual siempre le atribuí un carácter especial y procuraba, como una forma de tácito agradecimiento, atenderlo personalmente. Y sobre todo esta vez en que no reflejó ninguna huella de la apariencia que ostentaba siempre -erguido el pecho, seguro y firme el andar, la mirada abierta y casi desafiante-, sino la imagen de alguien que por el cansancio, la debilidad, quizá el desaliento, ya no tenía ánimo ni ganas para realizar el menor movimiento. Bastante preocupado lo observé mientras recorría, con exasperante lentitud, el trayecto desde la puerta de entrada hasta la mesa que ocupaba siempre. Me dispuse a atenderlo de inmediato. Precisamente cuando, desde un rincón del local, vi levantarse a varios muchachos y en seguida, rotundo, un grito sobrepasó cualquier otro sonido. Allí está. Comprendió que sin duda, tanto él como los cinco amigos que hacía casi dos horas permanecían allí en tediosa espera, se vieron gobernados por el mismo sentimiento al dirigir la mirada hacia el sitio que indicaba la mano de Cristian: el afán, frenético e irrenunciable, de abalanzarse sobre el hombre que acababa de penetrar en el local y descargar -sin ataduras y mediante el medio más directo, potente y destructivo- la carga de rabia, desolación, resentimiento, impotencia, que sobrellevaban desde hacía tanto tiempo. Por mi hermana y por los padres de Cristian y por cada uno de los que él ayudó a desaparecer. Un disparo, repetidas puñaladas, golpes certeros con un hierro. Por unos segundos se dejó subyugar por las diversas alternativas, todas contundentes, que había contemplado al imaginar el momento en que se encontrara por primera vez frente al hombre que, convertido en figura difusa y siempre elusiva, representaba el estigma de una herida cruel e imposible de cicatrizar. Hasta ahora. Cuando por fin estaba allí, tangible, casi como el emblema de una afrenta intolerable, a tres metros. Y no me queda la posibilidad de tocarle un pelo. Sólo putearlo. Se levantó de un salto, con una presión en el pecho que le impedía respirar. Movió una mano en gesto de invitación hacia quienes lo rodeaban. Vamos. Al desplomarse en la silla de madera, incómoda pero sólida, le resultó más que nunca el necesario pilar para sostener el cuerpo sobre sus piernas ya vencidas. Tal vez sea una de las últimas veces que podré llegar hasta aquí. Pero procuró descartar semejante alternativa. Sublevándose contra cualquier síntoma de caída o derrota. Creyó de improviso que la visita a ese lugar ya no obedecería al motivo que durante años fue habitual -compartir gratos instantes con sus amigos, concretar alguna operación comercial, disfrutar de unos tragos-, sino que se iba a transformar desde ahora en una especie de apuesta o desafío, la simple pero fundamental prueba de estar todavía intacto, con capacidad para valerse por sí mismo, dispuesto a echar por tierra el diagnóstico que el acento casi admonitorio del doctor Albrecht parecía otorgarle un carácter inapelable. Tres o cuatro meses. Mucho dependerá de usted. Deberá cambiar hábitos, evitar cualquier exceso. Trató de relajar los músculos y lograr la posición más cómoda en la silla. Al apoyar la espalda en el respaldo levantó la cabeza y entonces vio que Gaona, surgiendo de atrás del mostrador, se disponía a atenderlo. Un hecho ya previsible, casi natural, a través del cual manifestaba tal vez no tanto una cuota de respeto por su rango o el beneplácito por contarlo entre los clientes más fieles, sino un modo, modesto pero sincero, de expresarle su agradecimiento. Sin duda jamás podrá olvidar que por mí sigue vivo y ha salvado este negocio y nadie llegó a tocarle un pelo. Aunque algunas veces consideró algo forzada o excesiva la sonrisa con la que trataba de congraciarse, ahora -al observarla, amplia y generosa, en el rostro redondo- mientras se acercaba hacia él, tuvo el carácter del mejor y tal vez único bálsamo que podía despejarlo, atenuar la sensación de asfixia, otorgarle un cálido amparo y, sobre todo, apartar las acuciantes palabras del doctor Albrecht. Muy pronto supo que se equivocaba. Al estallar el grito, abrupto y con un poder casi destructivo, que pareció perforarle los oídos. Asesino. Asesino. No pude llegar hasta él. La ronda que ellos formaron alrededor de su mesa -los seis muchachos tomados de las manos, girando a saltos, el odio y la rabia y una contenida violencia aflorando en las caras desafiantes-, aunque tenía casi el carácter de un juego de chicos, se convirtió en un muro hostil e infranqueable. Más que sorpresa sentí indignación, furor, una brutal afrenta por la prepotencia con que ellos no sólo iniciaron un sorpresivo ataque sobre él, cercándolo y torturándolo a través de gestos obscenos y el insulto cifrado en un solo grito, sino sobre todo llevaron a cabo una especie de copamiento en mi local, feroces y altaneros, como si fueran los dueños absolutos. Por unos segundos quedé inmóvil. Sin saber cómo acabar con esa situación muchas veces presentida -porque él se exponía abiertamente y muchos, conociendo su actuación durante el tiempo que había tenido un alto cargo directivo en el gobierno, sin duda hubieran disfrutado bastante con darle al menos una buena trompada-, ahora, tal vez por lo intempestiva y por tener un carácter tan violento, me dejaba estupefacto. Al cabo de unos segundos, en respuesta al instinto más que a una idea clara y definida, me abalancé sobre los muchachos mientras profería un grito, rabioso y destemplado, tanto para superar las voces unidas en una histérica protesta como para imponer mi autoridad, para demostrarles que no estaba dispuesto a permitir ningún desorden ni atropello en el local. Fue inútil. Como también el intento, grávido de torpeza debido a la desesperación y un impulso casi demencial, por separar los cuerpos que, firmes como pétreas columnas y aferrados por las manos tendidas, llegaban a formar un sólido cordón. Entonces creí perder las fuerzas, vencido por el desánimo y la impotencia al comprobar que resultaban estériles todos los esfuerzos por aplacar el recio avasallamiento de ellos. Y pensé que mi aspecto -sin reflejar otro signo que el de la derrota, como si no existiera la menor posibilidad de presentar cualquier tipo de lucha- debía ser similar al del capitán, petrificado en la silla, con los brazos apoyados sobre la mesa como si temiera caerse, inmutable la cara, los ojos clavados en algún punto indefinido, en una especie de búsqueda o más bien de silencioso pedido de ayuda, aislado en el cerco formado por la marcha circular, cada vez más frenética, acentuada por el bullicio de las voces desparejas y furibundas. Justo ahora. Precisamente hoy que parece más cansado y viejo que nunca. Por un segundo creí que el súbito asedio de ellos, descarnado y sin compasión, podría agravar de manera irrevocable su estado de malestar y deterioro. Al fin logré quebrar la rigidez y, en un supremo esfuerzo, corrí hasta el teléfono para llamar a la policía. Comprendió que el alivio -del semblante tieso y de las palabras horadantes del doctor Albrecht- presentido al estallar el primer calificativo, tajante y demoledor, al ser rodeado por esos muchachos en horda despiadada, no llegó a concretarse. Cambiar la sentencia de los pocos meses que habré de sobrevivir por los años, ya fijos, que me atan a un pasado inmodificable. No pudo definir cuál alternativa resultaba menos profunda, dolorosa o acuciante. Antes tenía el privilegio de determinar quién iba a morir. Ahora sólo prevalecen la incertidumbre y el horror mientras aguardo el momento que la fatalidad decida asestarme el golpe. De improviso la abusiva presencia de esos jóvenes desconocidos, con las caras enrojecidas y ademanes dictados por el odio y la bronca, transformando en ruin ultraje cada palabra, hizo aflorar un segmento oscuro del pasado que siempre permanecía latente, una espina subterránea pero pertinaz que lo obligó a debatirse entre un sentimiento de orgullo y desazón, de calma y el bochorno de una culpa despiadada. Aunque no quiso o ya no le importó hacer algo para rechazarlo. Tal vez sea inútil o llegue demasiado tarde. Protestar y maldecirme y pretender algún modo de venganza como seguir indagando si por cada uno de los actos que he llevado a cabo merezco un tiro en la cabeza o soy digno de una condecoración. Sin duda todo habría sido diferente si aún conservara no tanto un atisbo de poder -rotundo e envidiable años atrás, ostentado con orgullo y plena satisfacción, cuando tenía el privilegio de mover una mano, pronunciar un nombre o estampar la firma en un documento para disponer sobre la vida de cualquiera o para que lograr que se cumpliera el menor deseo o capricho-, sino apenas la energía o el ánimo como para efectuar una airada protesta, enfrentarlos sin claudicaciones y similar violencia, o simplemente pedirles que se fueran y lo dejaran tranquilo. En otro tiempo le hubiera bastado proferir una orden para acabar semejante agresión. Altivo. Inflexible. Hasta ahora. Hasta ese momento en que aplastado en la silla, con la súbita y oprobiosa sensación de estar completamente derrotado, sin la menor posibilidad de eludir no ya el ataque de los muchachos que gritaban y saltaban a su alrededor, sino el mazazo incesante que llevaban implícito las palabras del doctor Abrecht. Tres, cuatro meses. Es inútil. Jamás lograremos obtener el consuelo de ver un gesto de furia o desagrado o siquiera fastidio. No tardó en comprender que la rigidez del hombre -firme en la silla, apoyado los brazos sobre la mesa, tallado en piedra el rostro inescrutable- lograba, además de imponerse como un cruel agravio, reducir a un nivel irrisorio, bastante ridículo y aun sin sentido, todo eso que llevaban a cabo por un afán reivindicatorio, atesorado durante años y años de dolor, resentimiento, impotencia. Debemos parecerles unos chicos revoltosos. Incapaces de provocarles un parpadeo de preocupación o sorpresa. Sin duda hubiera bastado evocar cualquier segmento del accionar de ese hombre -despótico, intolerante- para comprobar que tal actitud resultaba natural, fogueada por la potestad de obrar sobre la vida de los demás con absoluto desprecio, sin ceder al menor atisbo de compasión o remordimiento. Y mi hermana estuvo en sus manos. Con la vana entidad de un nombre indiferente y ajeno entre tantos otros incluidos en alguna lista que debió firmar sin escrúpulo ni duda. Dictaminando una fatal condena. Impasible. El resultado, más pobre e insustancial del imaginado cuando programaron ese modo de ataque con cierta ingenua expectativa de cobrarse viejas deudas, le concedió no sólo cada vez mayor vigencia al desánimo y la frustración sino también, con creciente vigor, le impuso el deseo de sublevarse de otra forma. Más contundente. Un puñetazo que le hiciera caer algunos dientes o le cerrara un ojo para siempre. Hacerle sentir en carne propia una mínima parte del dolor que sobrellevamos nosotros o al menos para demostrarle que no puede seguir tratándonos como simples títeres, con la soberbia y el orgullo de poder imponer siempre su voluntad. Las ganas de exteriorizar sobre el hombre impasible el resentimiento, la bronca, los años de espera incierta y desalentadora, a través de algún golpe rotundo y sin piedad, obligado a retener o disimular por la necesidad de respetar las reglas establecidas por el grupo, quedaron relegadas de improviso. Al divisar que un patrullero se detenía frente al local y, de inmediato, un grupo de hombres abrió la puerta de dos batientes en brutal embestida. A pasos firmes, gritando, con las armas desafiantes en el brazos levantados. Por suerte ya están aquí. Bastó pronunciar el nombre del capitán Ismael Aguilera para que se movilizaran en seguida. Resulta destacable el respeto y casi la admiración que sigue provocando, a pesar de que ya no ocupa ningún cargo y lleva una vida tan sencilla como cualquiera de nosotros. Pero continúa vigente todo lo que él y otros militares hicieron para devolver a nuestro país una situación de paz y orden después de sufrir tantos años de violencia y muerte. Muchos se dedicaron a criticar el método utilizado para liberarnos de los guerrilleros. Hasta otorgarles la condición de verdaderos criminales. Como estos muchachos, en el papel de verdugos, decididos a infligirle un feroz castigo. Precisamente hoy que aparece tan decaído y desmejorado. Sin demostrar el menor interés o siquiera algo de atención por lo que pasa a su alrededor. Al permanecer imperturbable cuando ellos se enfrentaron con los policías y convirtieron el local en un campo de batalla, confirmé mis sombríos presagios. Por suerte la refriega no dura demasiado. Vertiginosa como un huracán. Los agentes, en un accionar firme y resuelto, tanto en las voces que pretendieron imponer autoridad como por el movimiento de los brazos, sosteniendo cortas pero ineludibles cachiporras, con el único propósito de asestar golpes, lograron ejercer un total dominio sobre los muchachos. El ansia por recuperar la tranquilidad me hizo desestimar los cuantiosos gastos generados por la ruptura de los vasos y los vidrios de las ventanas, por la quebradura de las mesas y sillas utilizadas como elementos para defenderse y también para atacar. Aunque por algunos minutos permanecí quieto detrás del mostrador, convertido en simple espectador, no presté tanta atención al desarrollo de la brega -el choque frontal de los cuerpos, los gritos cruzándose entre expresiones de dolor y protestas soeces, el metálico sonido de los golpes, el revuelo del mobiliario- sino que más bien, gobernado por el estupor y el desconcierto, mantuve los ojos clavados en el capitán, quien, por su postura rígida y ausente, llegaba a resultar algo insólito e incomprensible. Cuando la quietud y el silencio retornaron al local, me apresuré por ir hasta él. Pese al deseo de indagar sobre el motivo de su estado, comprendí que no era el momento. Una súbita compasión se confundió con el sentimiento de amistad y afecto que habíamos llegado a compartir a lo largo de muchos años y, asumiendo el papel de dueño del bar, traté de darle el habitual recibimiento con la mejor sonrisa. Buenos noches, capitán. Es un gusto tenerlo otra vez aquí. ¿Qué desea servirse? No supo cuánto demoró en advertir la presencia del hombre, con cierto aire protector a través de la sonrisa cordial y las palabras que tuvieron la virtud de ubicar el lugar donde se encontraba. Evadiéndolo de la conmoción provocada por el griterío furibundo, el estruendo de los golpes, los cuerpos girando en feroz tumulto, y también, como una especie de gracia revitalizadora, logró desplazar a un plano secundario, inofensivo, al doctor Albrecht. Sí. Todavía estoy vivo. Todavía puedo disfrutar el placer de estar un rato aquí. De repente lo asaltó la casi sorpresiva revelación de apreciar cada momento. Intensamente. Sin desvelarse por los errores y culpas del pasado ni inquietarse por los días venideros. Trató de acomodarse en la silla en una posición más cómoda y relajada mientras pretendía devolver la sonrisa. Lo de siempre, Gaona. Un whisky. Doble, por favor.

(Argentina, 1943/2018)



WALSH, Roberto: Carta abierta de un escritor a la Junta Militar



1. La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.
El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.
El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.
Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese "ser nacional" que ustedes invocan tan a menudo.
Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante solo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentína.

2. Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.
Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.
Más de siete mil recursos de hábeas corpus han sido contestados negativamente este último año. En otros miles de casos de desaparición el recurso ni siquiera se ha presentado porque se conoce de antemano su inutilidad o porque no se encuentra abogado que ose presentarlo después que los cincuenta o sesenta que lo hacían fueron a su turno secuestrados.
De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aún en las cumbres represivas de anteriores dictaduras.
La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el "submarino", el soplete de las actualizaciones contemporáneas.
Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido.

3. La negativa de esa Junta a publicar los nombres de los prisioneros es asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga.
Extremistas que panfletean el campo, pintan acequias o se amontonan de a diez en vehículos que se incendian son los estereotipos de un libreto que no está hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional ante ejecuciones en regla mientras en lo interno se subraya el carácter de represalias desatadas en los mismos lugares y en fecha inmediata a las acciones guerrilleras.
Setenta fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, 55 en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, 30 por el atentado en el Ministerio de Defensa, 40 en la Masacre del Año Nuevo que siguió a la muerte del coronel Castellanos, 19 tras la explosión que destruyó la comisaría de Ciudadela forman parte de 1.200 ejecuciones en 300 supuestos combates donde el oponente no tuvo heridos y las fuerzas a su mando no tuvieron muertos.
Depositarios de una culpa colectiva abolida en las normas civilizadas de justicia, incapaces de influir en la política que dicta los hechos por los cuales son represaliados, muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina extranjera de "cuenta-cadáveres" que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam.
El remate de guerrilleros heridos o capturados en combates reales es asimismo una evidencia que surge de los comunicados militares que en un año atribuyeron a la guerrilla 600 muertos y solo 10 o 15 heridos, proporción desconocida en los más encarnizados conflictos. Esta impresión es confirmada por un muestreo periodístico de circulación clandestina que revela que entre el 18 de diciembre de 1976 y el 3 de febrero de 1977, en 40 acciones reales, las fuerzas legales tuvieron 23 muertos y 40 heridos, y la guerrilla 63 muertos.
Más de cien procesados han sido igualmente abatidos en tentativas de fuga cuyo relato oficial tampoco está destinado a que alguien lo crea sino a prevenir a la guerrilla y los partidos de que aún los presos reconocidos son la reserva estratégica de las represalias de que disponen los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica o el humor del momento.
Así ha ganado sus laureles el general Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, antes del 24 de marzo con el asesinato de Marcos Osatinsky, detenido en Córdoba, después con la muerte de Hugo Vaca Narvaja y otros cincuenta prisioneros en variadas aplicaciones de la ley de fuga ejecutadas sin piedad y narradas sin pudor.
El asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Masson, revela que estos episodios no son desbordes de algunos centuriones alucinados sino la política misma que ustedes planifican en sus estados mayores, discuten en sus reuniones de gabinete, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno.

4. Entre mil quinientas y tres mil personas han sido masacradas en secreto después que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el espanto provocado entre sus propias fuerzas.
Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, "con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles" según su autopsia.
Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el Lago San Roque de Córdoba, acudió a la comisaría donde no le recibieron la denuncia y escribió a los diarios que no la publicaron.
Treinta y cuatro cadáveres en Buenos Aires entre el 3 y el 9 de abril de 1976, ocho en San Telmo el 4 de julio, diez en el Río Luján el 9 de octubre, sirven de marco a las masacres del 20 de agosto que apilaron 30 muertos a 15 kilómetros de Campo de Mayo y 17 en Lomas de Zamora.
En esos enunciados se agota la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3 A de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea, sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera o el brigadier Agosti. Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre "violencias de distintos signos" ni el árbitro justo entre "dos terrorismos", sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y solo puede balbucear el discurso de la muerte.
La misma continuidad histórica liga el asesinato del general Carlos Prats, durante el anterior gobierno, con el secuestro y muerte del general Juan José Torres, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruíz y decenas de asilados en quienes se ha querido asesinar la posibilidad de procesos democráticos en Chile, Bolivia y Uruguay.
La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CIA a través de la AID, como los comisarios Juan Gattei y Antonio Gettor, sometidos ellos mismos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, Station Chief de la CIA en Argentina, es semillero de futuras revelaciones como las que hoy sacuden a la comunidad internacional que no han de agotarse siquiera cuando se esclarezcan el papel de esa agencia y de altos jefes del Ejército, encabezados por el general Menéndez, en la creación de la Logia Libertadores de América, que reemplazó a las 3 A hasta que su papel global fue asumido por esa Junta en nombre de las 3 Armas.
Este cuadro de exterminio no excluye siquiera el arreglo personal de cuentas como el asesinato del capitán Horacio Gándara, quien desde hace una década investigaba los negociados de altos jefes de la Marina, o del periodista de "Prensa Libre" Horacio Novillo apuñalado y calcinado, después que ese diario denunció las conexiones del ministro Martínez de Hoz con monopolios internacionales.
A la luz de estos episodios cobra su significado final la definición de la guerra pronunciada por uno de sus jefes: "La lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal".

5. Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no solo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.
En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.
Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9% prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.
Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares.
Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la "racionalización".
Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subterráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes solo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo, el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe.
Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar "el país", han sido ustedes más afortunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia.
Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentína donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.

6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta solo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S. Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete.
Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: "Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos".
El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el "festín de los corruptos".
Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza al ser nacional.
Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.
Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

Rodolfo Walsh, C. I. 2845022

Buenos Aires, 24 de marzo de 1977.

Un día después...




lunes, 8 de marzo de 2021

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel: Algo muy grave va a suceder en este pueblo


Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: “No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo”.
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: “Te apuesto un peso a que no la haces”. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Y él contesta: “Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo”.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá, o una nieta o en fin, cualquier pariente, feliz con su peso dice y comenta:
—Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
—¿Y por qué es un tonto?
—Porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Y su madre le dice:
—No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen...
Una pariente oye esto y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: “Deme un kilo de carne”, y en el momento que la está cortando, le dice: “Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado”. El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar su kilo de carne, le dice: “Mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas”. Entonces la vieja responde: “Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos...”. Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde, alguien dice:
—¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
—¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.
—Sin embargo —dice uno—, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
—Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.
—Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: “Hay un pajarito en la plaza”. Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
—Pero, señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
—Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
—Yo sí soy muy macho –grita uno–. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. Hasta que todos dicen: “Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos”. Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: “Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa”, y entonces la incendia y otros incendian también sus casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio que le dice a su hijo que está a su lado: “¿Viste, mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?”

GABRIEL GARCÍAMÁRQUEZ

(Colombia, 1927/2014)



sábado, 12 de diciembre de 2020

MOYANO, Daniel: La columna



El niño trepó por la columna de la galería y sintió otra vez aquella sensación. Había advertido que a medida que subía, trepando como si sus manos y sus piernas fuesen una gran mano que se abre y se cierra la sensación aumentaba. La había descubierto hacía pocos días, y era una sensación nueva fuerte y desconocida. No se animaba a subir más allá de la mitad de la columna, dividida por un anillo metálico, porque, según aumentaba la sensación a medida que trepaba, allá arriba sería insoportable. Nacía en un punto fijo, entre las piernas, pero en realidad se extendía por todo el cuerpo como un temblor interno. 
Ahora trepaba por la columna, un poco para provocar la sensación aquella y otro poco para ver algo de la calle por encima de la tapia porque le habían prohibido salir a causa del peligro de los vehículos. Desde la mitad de la columna veía una parte de la calle, los automóviles de distintos colores, la esquina donde había una torre con un pararrayos. Desde el patio, en cambio, podía ver perfectamente el pararrayos pero no la torre que lo sustentaba. Y suponía que trepando hasta el cielorraso de la galería vería incluso el monumento de la plaza cercana, el caballo y el hombre saltando hacia la cordillera. Pero había trepado también para olvidarse de la cara de Isidro y de los ojos huidizos de la madre. 
Cuando sintió aquello por primera vez le hubiera preguntado a su madre para que le explicase qué era y por qué lo sentía, pero desde hacía un tiempo, desde la aparición de Isidro, la madre, cuando él le preguntaba alguna cosa, huía con los ojos. Quizás el talabartero que ocupaba el cuarto vecino pudiera revelarle el secreto pero el hombre escondía siempre, cuando hablaba con él, detrás de una sonrisa siempre idéntica, todo lo que sin duda sabía. Isidro era adulto y sabía todas las cosas; pero jamás le hubiera preguntado nada a él. 
Los ojos de la madre, cuando huían, se parecían a los de Isidro. Isidro no era un tío ni nada que se le pareciese; había aparecido no se sabía de dónde y, de vez en cuando, entraba en la pieza de la madre. Lo había visto entrar una vez. Isidro cerró la puerta y lo miró a él, que estaba en la galería, con los mismos ojos de su madre. Él se apoyó contra la columna. Era la siesta y había mucho silencio en la casa. El talabartero, que pasaba, lo miró un instante, no sonrió y su cara tuvo el aspecto de sus manos. Sabía que también el talabartero había visto entrar a Isidro. Miró un rato la puerta hasta que se abrió para mostrar solo la mitad de su madre. Ella lo miró, aunque sus ojos parecían dirigidos a un punto fijo de la tapia de enfrente y le dijo que si quería podía ir a la vereda, pero que no bajase a la calle. Desde el cuarto venía el rumor de un ventilador. La madre cerró otra vez la puerta y dio una vuelta a la llave. 
Desde que Isidro empezó a entrar, él tuvo libertad para ir a la vereda a ver pasar los autos. Pero no lo hizo nunca porque tenía miedo de que los autos lo aplastaran como al perro del talabartero. Solamente la cabeza, con la boca abierta, coincidía con la imagen anterior del animal. El resto había mudado bruscamente descubriendo para él las cosas que hay adentro, sangre, huesos y vísceras. «Es el estómago», le dijo el talabartero cuando él le preguntó por esa especie de bolsa que parecía inflada. El basurero no pasaría hasta el lunes y el estómago se había inflado en el tacho. La cabeza identificable había quedado en el fondo del mismo, tapada con hojas y papeles, y los restos de las patas sobresalían por los bordes. El temor que sentía no era tanto por él sino por el perro. Si salía a la calle, el estómago del animal quedaría otra vez al aire libre, indefenso en medio del día hasta que lo llevase el basurero. 
Cuando la madre cerró la puerta dejó de oír el rumor del ventilador y se paseó por la galería. No iría a la calle, el patio estaba desierto y la casa silenciosa. Caminó mucho, contó las baldosas y subió luego a la pileta de lavar para ver hacia la calle. Desde allí vio el dedo extendido del jinete del monumento y se dijo que trepando por la columna quizás pudiese ver mucho más. Cuando lo hizo descubrió la sensación. 
Ahora la madre había cerrado otra vez la puerta y él tenía otra vez la posibilidad de ir a la vereda pero el miedo lo detenía. Sin embargo, su temor no era ahora por el perro sino por Isidro. Menos mal que el fantasma del hombre podía borrarse trepando a la columna para sentir aquello que aumentaba hacia arriba. Pensaba que Isidro, allá adentro le estaba hablando a su madre con la frente. No le gustaban los ojos de Isidro, pero no porque fuesen huidizos como los de la madre sino por la frente. Era una frente ancha, con un brillo opaco hacia la parte en que nacía el cabello. Tenía unas arrugas profundas, como labios, en el medio y cerca de las sienes. Pocas veces había oído hablar a Isidro, pero se le ocurría, recordando las palabras, que la voz brotaba de la frente, de las arrugas mientras la boca permanecía cerrada. El hombre tenía los ojos altos y costaba llegar a ellos porque parecía que allá los ojos tenían resplandores súbitos y desconocidos, quizás como la sensación multiplicada en lo alto de la columna. Hasta el anillo metálico, la sensación era más bien dulce, pero allá, creciendo, se volvía intolerable. Los ojos de Isidro también crecían. 
Miró la puerta cerrada, detrás de la cual sin duda, estaba la frente de Isidro. El recuerdo de la sensación aquella volvió otra vez y tomó la columna con ambas manos, como vacilando. Se dijo, para evitar la certeza de que trepaba solamente en procura de aquella sensación, que aunque contase con la autorización de la madre para salir a la vereda y ver la calle, prefería hacerlo desde la mitad de la columna, como otras veces, para salvar al perro del tarro de la basura y permitir que su estómago siguiese tibio y abrigado debajo de la piel salvadora. Alzó los pies y comenzó a trepar dejando que la columna, presionada, se deslizase entre sus piernas. La sensación llegó como un viento cálido al lugar que se sabía y él tuvo miedo de sentirla, con ese miedo morosamente perseguido, buscado, acosado. La sensación aumentó hasta la mitad de la columna. Allí se detuvo, para que no creciera. En ese instante apareció el talabartero con su delantal de cuero y sus manos como inútiles, parecidas por el color al cuero del delantal. Él permanecía aferrado a la columna, objeto de su secreto placer, y se avergonzaba de que el hombre lo mirase y descubriese lo que estaba sintiendo. «Estoy mirando la calle», dijo, y el hombre sonrió y él vio que en su sonrisa no había conocimiento de lo que él sentía, porque si lo hubiera sabido sin duda se lo habría reprobado según la vieja costumbre de los adultos, que por razones incomprensibles prohibían todo lo que significase placer. Bajó en un solo deslizamiento y mirando al talabartero le dijo que no tenía la frente como Isidro. El hombre sonrió, hizo un guiño y le dijo que tenía que quererlo a Isidro. Cuando él dijo que jamás lo haría, el hombre afirmó que de todos modos tendría que quererlo porque desde ahora el hombre era el padre. El niño sonrió ante la ingenuidad del talabartero, que creía que un hombre salido hacía poco de la multitud podía ser su padre. Él había oído decir un día que su padre no valía nada, que estaba muy lejos afortunadamente y que lo mejor que podían hacer con él, si volvía, era tirarlo al tarro de la basura. Entonces el talabartero antes de que la sonrisa del niño cesase en su rostro, le dijo que sabía perfectamente que no era su padre, pero que en todo caso era como su padre. Cuando cesó la sonrisa, el talabartero había desaparecido por la puerta que daba a la calle. 
Miró otra vez la puerta de la pieza de la madre y no supo en qué pensó primero: si en la sensación interrumpida por el talabartero o en el dedo del jinete extendido hacia las nieves lejanas. Tomó otra vez la columna y trepó hasta la mitad. La sensación fue dulce y violenta. Se dijo que si alcanzaba a ver al caballo y al jinete plenamente, desde lo más alto, la sensación lo destrozaría. Pasó sobre el anillo metálico que dividía la columna y trepó un poco más. La sensación se hizo más violenta y se sintió desfallecer. Cuando viera al jinete, sin duda moriría. Hizo un nuevo esfuerzo y alcanzó la parte final de la columna, sintiendo sobre su cabeza la proximidad del cielorraso de madera. Vio los increíbles dibujos de las vetas y el paso fugaz de una araña. Se aferró fuertemente a la columna poniendo todo su cuerpo contra ella para apurar quién sabe hasta dónde aquella horrible e inevitable sensación. Y en vez de mirar hacia la estatua, que había comenzado ya a mostrarle el caballo y parte del jinete, miró hacia la habitación de la madre por la banderola abierta. El ventilador giraba enloquecido. Ella estaba desnuda, boca arriba, con los ojos cerrados y un sudor en la frente que le daba un brillo similar a la frente de Isidro. Este, con los ojos abiertos, a su lado y desnudo también, parecía estar mirando hacia la banderola. 
La visión duró un instante. Sus manos y sus piernas abandonaron súbitamente la columna. Se deslizaba hacia el suelo viendo que se agrandaban los cuadros de las baldosas. El caballo y el jinete habían desaparecido. El estómago del perro volvió a la memoria y parecía inflarse, una y otra vez dentro de su cabeza. 

(Argentina, 1930/1992)



UCEDA VALIENTE, Julia: La extraña



Me levanté sin que se dieran cuenta 
y salí sin hacerme notar. 
Había estado todo el día 
entre ellos, intentando 
hacerme oír, 
procurando decirles 
lo que me habían encargado. 
Pero el recado que me dieron 
no era preciso. El humo, 
la música, el ruido de las risas 
y de los besos —estallaban 
como las rosas en el aire—, 
eran más fuertes que mi voz. Cansada 
de mi trabajo inútil, 
me levanté, 
abrí la puerta 
y salí del hermoso lugar. 
Desde la calle 
miré por la ventana: nadie había 
advertido mi ausencia. 
Caminé. Volví el rostro: 
ninguno me seguía. 

Sevilla (España), 1925


CASTILLO, Abelardo: Fermín




Fermín no era mejor que nadie, al contrario, tal vez fuera peor que muchos. No necesitaba estar muy borracho para romperle las costillas a su mujer, y prefería ir a gastarse la plata al quilombo en vez de comprarle alpargatas al chico. Era sucio, pendenciero y analfabeto. Opinaba que no se precisa ir al colegio para aprender a juntar fruta. 
Sí, indudablemente Fermín no era una excepción en los montes del francés. Según contaban los juntadores, debía una muerte. Había sido en Santa Lucía, en un baile. Al otro le decían el chileno. Fermín, en pedo, le manoseó la mujer, y el chileno cuando quiso echar mano ya tenía medio metro de tripa por el piso. Claro que esa no era la única historia fea que corría por los montes, varios había con asuntos parecidos. Por eso, cuando para las elecciones vino ese político y gritó ustedes los trabajadores son la esperanza de la patria porque en ustedes todo es puro, auténtico, porque ustedes todavía no están corrompidos, Fermín no pudo reprimir una sonrisita maliciosa. Y no solo a él le dio risa. 
—Ni en las casas me piropean tanto —comentó bajito. 
Y era cierto. En su casa también sospechaban que Fermín no era, del todo, un varón ejemplar. Borracho putañero, eso sí le decían. El día menos pensado me lo agarro a mi hijo y no nos ves más el pelo. Eso sí le decían. Eso sí que sonaba auténtico. Pero la Paula no era capaz de irse, por qué se iba a ir, si el Fermín la quería. Además, unos cuantos garrotazos por el lomo y la mujer se calma. Desde que había hablado el político, sin embargo, Fermín no les pegaba, ni a la Paula ni al malandrín de su hijo. Al fin de cuentas, cosas que dijo el hombre no daban risa, sobre todo cuando Cardozo el más chico medio lo provocó y él, de ahí nomás de la tribuna, vea, le dijo, eso no es ser guapo, amigo, seguro que si el francés los grita no hacen la pata ancha. Y que la hombría se les despertaba en casa, con la mujer. Esa parte le había gustado, porque no era del discurso; le había gustado que dijera pata ancha. Y además tenía razón. Claro que en todo no tenía razón. A veces es un desahogo dar vuelta la mesa de una patada, o reventar un plato contra la pared. 
El siete y medio también es un desahogo. Porque a Fermín, como a cualquiera, le gustaba el siete y medio. De noche, en el almacén del zarateño se armaban lindas tenidas. El tallador era un chinón, clinudo, que imitaba los modales de los compadres puebleros, rápido para la baraja casi tanto como para el chumbo. Una sola vez lo habían visto actuar; el finado Ortega le gritó aquella noche: “¡Dame mi plata! Yo sé que estás acomodado con el francés pero, lo que es a mí, no me volvés a robar.” Y no volvió a robarle. El otro lo mató ahí nomás, en defensa propia: Ortega tenía el cuchillo en la mano cuando se refaló junto a la mesa. El comisario de San Pedro tomó cartas en el asunto, se lo vio conversando con el francés: a partir de esa noche quedó prohibido entrar en la trastienda del boliche, con cuchillo. 
El político también habló de eso. Según dijo, venía a tener razón el finado Ortega. Claro que el político era del pueblo (veinte kilómetros hasta el monte más cercano) y que en el pueblo uno podía divertirse de otra manera; dos cines, dicen que había. 
Sea como sea, de una semana atrás que Fermín andaba pensativo. Y esa tarde, al cobrar, se quedó un rato con la plata en la mano, mirándola. ¿Venís a lo del zarateño?, oyó a la pasada y no supo qué contestar, se le atragantó una especie de gruñido. En el almacén de Ramos Generales había visto un vestido colorado, a lunares grandes. Lindo. 
—A que se lo llevo a la Paula —decidió de golpe. 
Y entró, y salió con el paquete bajo el brazo, y no compró alpargatas para el chico de casualidad. Iba a pedirlas pero le dio risa. Cha, qué bárbaro, se escuchó decir. 
—Ni sé el número —dijo. 
Cha que bárbaro, realmente. Ahora, en el camino hacia su casa, arrastrando el paso, mirándose fascinado el dedo que asomaba abajo, en la punta de la zapatilla, Fermín pensaba. 
—¿Andás enfermo, Fermín? 
—Eh, no. ¿Por? 
—Digo. Por el tranco —el otro lo miraba, con intención—. Y como te volvías tan temprano. 
Era cierto, gran siete. Desde el otro sábado que le debía un trago al Ramón. Entonces lo convidó al boliche. Y Ramón dijo que sí, después dijo: 
—¿Y ese paquete? 
—El qué —Fermín se encogió de hombros y sacó el labio inferior hacia afuera, medio sonriendo—. Nada. 

II 

Lo del zarateño estaba lindo. Al fin de cuentas la Paula no lo esperaba hasta mucho más tarde y no era cosa de darle un susto, y una ginebra no le hace mal a nadie, ¿no? 
Iban tres vueltas. Entonces Fermín se dio cuenta de que, de este modo, seguía debiendo una copa. 
—Ginebra, zarateño, pa mí y pal hombre. Con el dedo índice tocó al hombre en el pecho y, echándose hacia adelante, agregó: 
—Porque yo soy de ley, amigo. 
La ginebra es áspera. Por eso, después del cuarto trago, la voz de Ramón era un poco más solemne que de costumbre: 
—Yo también soy de ley, Fermín… ¡A ver, patrón!: dos ginebras. 
—Ta bien, hermano; los dos somos de ley. Pero, la próxima, yo pago, y quedamos hechos. 
—Ta bien. 
Fermín tenía los ojos clavados en la cortina de la trastienda; vio en seguida cuando los hermanos Peralta salieron del interior. Eso significaba: dos sitios. 
—¿Probamos? 
—Probemos... 

III 

—Al siete y medio, pago. 
La mano del tallador, morena y flaca, con una uña agresivamente larga en el meñique, levantó de la mesa los mugrientos pesos que se apelotonaban junto a los naipes. 
Se le achicaron, amarillos, los ojitos a Fermín. Ya hacía rato que el aire estaba caliente bajo la lámpara, espeso de humo y de ginebra. Fermín agachó la cabeza. Después, mirando al morocho por entre las cejas, preguntó, pausadamente: 
—¿Qué era lo que decía Ortega? 
En la mesa hubo como un sacudón. 
El chinón, despacito, se abrió la camisa hasta la altura del cinto. Luego, también despacito, comenzó a pasarse un pañuelo por el pecho sudoroso. Junto al ombligo, ingenuamente asomaba la culata del Smith & Wesson. 
—¿Andas con ganas de ir a preguntárselo? 
El morocho era filoso. Fermín sintió que la cara le ardía como si le hubieran pegado un tajo. Miró alrededor. Los hombres —Ramón también— rehuyeron sus ojos. A todos los había cacheteado la fanfarronada del moreno. 
—Ta bien —murmuró Fermín—. Ta bien, me vuelvo a casa. Vos, Ramón, ¿venís? No, mejor quédate. Todavía no te robaron todo. 
Dio la espalda a la mesa y, arreglándose el pantalón a dos manos, encaró la cortina. Lo paró en seco la voz del morocho: 
—¡Che! 
Fermín se dio vuelta como tiro, buscando en la cintura el cuchillo que no tenía. Al otro le había aparecido el revólver en la mano. Sonrió: 
—Te olvidas de algo —dijo, señalando con el caño hacia un rincón. 
Fermín se agachó a recoger el paquete de la Paula. 

IV 

Me han basureao gran puta el político de mierda ese tenía razón somos guapos en las casas nos roban la plata y tamos contentos. Fermín estaba parado en la puerta del prostíbulo. 
Llamó de nuevo. 
—Che, ¿te crees que nosotras no dormimos? —la voz opaca de doña María precedió a su rostro que, hinchado, asomó detrás de la puerta a medio abrir: 
—¿A quién buscas? 
—A la pueblera. 
—No se puede, ya no atiende. Está acostada. 
—Mejor si está acostada… 
La mujer frunció la boca, dubitativa; luego, repentinamente desconfiada, preguntó: 
—¿Traés plata? 
—No. 
—¡Ah, no m’hijito! A esta hora y con libreta, no. 
Fermín puso el pie antes de que la puerta se cerrara: 
—Oí… Traigo esto. Si te va apretao, lo cambias mañana. 
Y le alcanzó el paquete. 

(Argentina, 1935/2017)



MARTÍ, José: Cultivo una rosa blanca...



XXXIX 

Cultivo una rosa blanca 
en julio como en enero 
para el amigo sincero 
que me da su mano franca. 

Y para el cruel que me arranca 
el corazón con que vivo, 
cardo ni ortiga cultivo, 
cultivo una rosa blanca.

(Cuba, 1853/1895)


Martí es muy lúcido al no confundir la tierra con la patria. La tierra es la que pisan nuestros pies. La patria es algo que está dentro de nuestros sentimientos, que está en el odio a quien la ataca, en la furia de quien quiere ultrajarla. La patria es —para Martí— un compromiso que él asume con Cuba de dar la vida para liberarla.
...
Martí queda así en nuestros corazones como el ejemplo del intelectual que no solamente escribe sino que escribe para algo, escribe para una causa social. No es necesario que todos los intelectuales escriban para una causa social, pero sí es deseable que todos sientan la causa de la libertad como la causa primera que permite escribir. No hay literatura libre sin una tierra libre. Y esto Martí lo entendió mejor que nadie.

FEINMANN, José Pablo. Una filosofía para América

MARTÍ, José: Yo quiero salir del mundo...

 


XXIII 

Yo quiero salir del mundo 
por la puerta natural, 
en un carro de hojas verdes 
a morir me han de llevar. 

No me dejen en lo oscuro 
a morir como un traidor; 
yo soy bueno, y como bueno, 
moriré de cara al sol.

(Cuba, 1853/1985)



“José Martí es un hombre complejísimo y completísimo: es poeta, prosista, revolucionario, hombre de acción y hombre de letras. José Martí es una de las personalidades más grandes de América Latina, es un hombre que ha escrito muchísimos libros porque también escribió muchísima prosa periodística ya que viajó mucho y en Estados Unidos y en Europa escribió tal como escribe un intelectual comprometido: mucho. Porque quiere dar su testimonio y cuando uno quiere dar su testimonio la compulsión a escribir es muy grande. A veces lo lleva incluso a la desesperación. A la desesperación de dar su testimonio y aun así las cosas no cambien”. 

FEINMANN, José Pablo. Una filosofía para América

miércoles, 2 de diciembre de 2020

INCARDONA, Juan Diego: Los monstruos


Eran los años del Hombre Gato y el Enano de Cruz, del Ahorcado del Tanque y los lobizones del campito. Igual que otros barrios del conurbano bonaerense, Villa Celina también estaba rodeada de potreros y campos. Por las noches, estos terrenos se convertían en una masa negra amenazante, donde brillaban, de pronto, luces y rayos misteriosos, y se oían –quién sabe de dónde– voces y ruidos extraños. Para mis amigos y yo, que teníamos once, doce años, aquella oscuridad local nos proveía todo el material que nuestra imaginación necesitaba, pero a cambio cada uno debía pagar, íntimamente, un precio. 
Un día después de la escuela, nos juntamos con Martín y el cabezón Adrián en la esquina de Giribone y San Pedrito. Sentados en la vereda del gomero, fuimos viendo caer la noche enfrente nuestro, sobre los potreros que se alargaban hacia el Riachuelo. A medida que arriba el cielo se ponía negro, abajo nuestras mentes buscaban espejismos y apariciones. Quizá discutíamos si eso que se escuchaba eran ladridos de perros o aullidos de lobizones, si eso que olíamos era basura quemada o el cuerpo de un muerto, cuando de pronto vimos una luminosidad flotando en la cancha de “nueve pescador”, una luz entre amarillenta y blanca que se movía y formaba figuras. El cabezón Adrián dijo que debía ser la luz mala del perro de La Maico, al que habían enterrado el día anterior en el campito. Martín y yo le preguntamos qué eran las luces malas y él nos explicó que eran las almas que salían de algunos muertos, que se lo había contado su tío Medina. Yo estaba impresionado y enseguida me acordé del canario que habíamos enterrado con mi abuelo en la maceta de los malvones, en el patio de casa. De repente, el cabezón Adrián, aterrado, avisó: 
–¡La luz mala viene para acá! 
Era verdad. Todos podíamos verla. El brillo que antes daba vueltas en la cancha, ahora avanzaba hacia el barrio. 
–¡Corramos! –los tres nos levantamos y cada uno salió disparado hacia su casa. 
La mía quedaba en Ugarte y Giribone, a sólo una cuadra del comienzo del campito. Compartía la pieza con mis dos hermanas. En esa época, María Laura tenía seis o siete y María Cecilia, tres o cuatro años. Cuando apoyaban la cabeza en la almohada, enseguida se quedaban dormidas, y así seguían hasta la mañana, sin problema. Yo, en cambio, que era el más grande y era el varón, no podía pegar un ojo. Cuando mi vieja apagaba el velador, a mí me agarraba miedo, mucho miedo a la oscuridad. 
No me acuerdo si arrastraba este asunto desde más chico o si me había empezado a esa edad, sugestionado por las historias que contaban mis amigos. Lo cierto es que me costó mucho superar aquellas noches de 1982, de 1983. Me latía fuerte el corazón, sentía el cuerpo caliente y transpiraba mucho. Además, me faltaba el aire, un poco por los nervios, pero principalmente porque me tapaba hasta la cabeza. Es que, como cualquier chico sabía, las frazadas eran un escudo casi inviolable contra los fantasmas y monstruos. 
Era muy importante que el refugio estuviera bien sellado, que no quedara ni siquiera un dedo afuera, porque si no uno podía pagarlo muy caro. Por supuesto, respirar ahí adentro se convertía en un verdadero suplicio, pero era un sacrificio que probablemente cualquier niño hubiese hecho en mi lugar, movido por ese instinto ancestral que se llama “supervivencia”. Para administrar las pocas gotas de aire, contaba seis, siete segundos entre cada respiración. Semejante economía empeoraba tanto la sensación de ahogo que en un momento tenía que ceder. Arriesgándome increíblemente, asomaba la boca de aquella cueva y tomaba aire. Después, empezaba todo de nuevo, y así sucesivamente, hasta que, si tenía suerte, por fin me quedaba dormido, una vez entradas varias horas la noche, no sin antes haber analizado y discutido conmigo mismo sobre el origen de cada pequeño ruido que sonaba en la pieza, en el patio o en la terraza. 
Después de que vimos la luz mala del perro de La Maico, yo andaba muy sugestionado, pensando principalmente en el canario enterrado de la maceta. Estaba seguro de que su luz mala rondaba la casa. Al principio, me pareció escucharlo cantar en el patio e incluso adentro de mi pieza. Era la misma melodía que le había conocido tantas mañanas. Ahora sonaba de noche y se escuchaba muy bajo. Pensé que eso debía ser normal tratándose de la voz de un espíritu, que se oía bajo porque ya no tenía cuerpo. Después, con el paso de las noches, me convencí de que el maldito revoloteaba sobre las puntas de mi cama, sobre mis pies y sobre mi cabeza. Una noche, que ya me había quedado dormido, me desperté de nuevo, de golpe, con la sensación de que me tiraban del pelo. Había cometido el error de dejar una parte de la cabeza destapada. Sin perder tiempo, sellé otra vez la cueva . Había sido una desgracia con suerte. 
Pero el escudo de frazadas no era la única protección. Había otras maneras de defenderse. Una de ellas –cualquiera podía saberlo– era la luz. Fantasmas y espíritus escapaban de la luz, los criminales lo pensaban dos veces antes de entrar a la pieza y las cosas, bien iluminadas, dejaban de transformarse y volvían a ser lo que eran. Lo primero que se me ocurría cuando los ruidos aumentaban, era sacar la mano de mi cueva y prender el velador. Pero casi nunca llegué a hacerlo, porque tenía miedo de que pudieran morderme. 
En esos días, el maestro de Ciencias Naturales nos enseñó a hacer una linternita casera. Fue una gran suerte. Como era un trabajo práctico para la escuela, mis padres, aunque no andaban bien de plata, me compraron todos los materiales que necesitaba. Era una cajita de fósforos con una batería de nueve voltios adentro. Cuando cerrabas la caja, un clip de gancho de cobre hacía contacto con una lamparita de un volt y medio, incrustada en el cartón. Fue bastante fácil hacerla y yo lo disfruté, porque me encantaba la electricidad. Mi papá ya me había enseñado algunas cosas. Cuando la linterna estuvo lista, se la mostré a mis amigos del barrio. Todos me pedían que se las prestase un rato. La prendían y la apagaban sin parar, abriendo y cerrando la cajita. También se la mostré a Jimena, la chica de la otra cuadra que me gustaba y que no me daba bola. A partir de ese día, durante un tiempo me llamó por mi nombre. Hola, Juan Diego. Chau, Juan Diego. Eran todas alegrías las que me daba mi pequeña linterna. Y en esa época, además, iba a darle otra utilidad, todavía más importante. La cajita de luz sería mi talismán contra los males que venían a la casa. 
Empecé a acostarme con la cajita al lado. Cuando la prendía adentro de la cueva, ¡pin!, la lamparita dentro de todo iluminaba, y yo podía ver los dibujos estampados de las sábanas, los hilos deshilachados de las frazadas, podía verme las manos. Pero cuando la probé en el espacio abierto de la pieza, descubrí que a mi pobre cajita no le daba la fuerza contra tanta oscuridad, que un volt y medio no era nada en ese aire tan negro. Era peor, porque cuando la luz era poca, las formas raras que había en ese lugar eran más raras y daban más miedo. 
Mi situación empeoró cuando llegó el verano, porque a la poca fuerza de la cajita de luz se sumó un nuevo problema. Mis padres nos sacaron las frazadas y nos quedaron, para taparnos, solamente las sábanas. Así, la cueva quedaba muy debilitada. Una tela sola no podía compararse con los kilos de mantas que nos tiraban encima en invierno. Si hubiese sido por mí, no habría dudado en bancarme el calor con tal de tener mayor seguridad, agregando a mi cama al menos una frazada, pero en esa época las mantas eran objetos inaccesibles, guardados en el baúl que tenían mis padres en su pieza, así que esta opción quedaba descartada, porque si hay algo que traté de lograr durante aquel tiempo, fue que mis viejos no se enteraran de mi problema, sobre todo mi papá. 
Cuando él se iba a la fábrica, a eso de las cinco de la mañana, a veces entraba a nuestra pieza para ver si estaba todo bien. Yo me hacía el dormido y durante esos segundos me destapaba la cabeza, porque me daba vergüenza que él me viera así. Igual sabía que las cosas de la oscuridad no iban a hacerme nada, primero porque nunca salían si había personas grandes, y segundo, porque mi viejo imponía respeto, ya que era un tipo muy fuerte y peleador, que además había nacido en Sicilia, un lugar que, según me había contado mi abuelo, estaba lleno de mafiosos. A mí me gustaba pensar que mi familia paterna era de la mafia. Yo se lo decía a mi amigo Martín, cuando competíamos sobre quién tenía familiares más fuertes, sobre cuál padre mataría a cuál, sobre cuál tío mataría a cuál. El me discutía que mi papá no podía ser de la mafia, porque trabajaba, que los mafiosos no necesitaban trabajar. Yo no sabía bien qué contestar, pero estaba seguro de que mi papá lo mataba al de él. Cuando mi viejo entraba a la pieza y yo me destapaba rápido la cabeza, me hacía el que roncaba, como hacía él cuando dormía. Después de un rato, mi papá cerraba de nuevo la puerta y yo me volvía a tapar la cabeza. 
A todo esto, mis hermanas seguían durmiendo como si nada. Para colmo, María Laura roncaba de verdad. Qué bronca que me daba. Tan chiquita y ya podía roncar. Su ronquido era siempre igual y yo me lo sabía de memoria. Hacía tres cortos seguidos, paraba, y después uno largo. De vez en cuando, roncaba de otra manera, y entonces me preocupaba, porque no estaba seguro de si era ella o alguien de adentro del ropero, que estaba justo al lado de su cama. Yo no quería dormir con el ropero abierto, porque ahí la oscuridad era mucho más fuerte. Antes de apagar la luz, mi mamá lo cerraba, pero después muchas veces las puertas se abrían solas, un poco porque era un mueble viejo que ya no quería más, pero sobre todo estaba convencido, porque las almas que vivían ahí adentro eran muy poderosas y eran capaces, cuando querían, de abrir y cerrar puertas. 
Hubo noches que llegaron a abrir la propia puerta de la pieza. Yo rezaba padrenuestros y avemarías, porque creía que así no podían tocarme, pero igual me moría de miedo mientras escuchaba sus pasos. A la mañana, miraba el parquet al ras del suelo y entonces no tenía dudas. Claramente, podían verse las huellas, de distintos tamaños, que habían dejado. Incluso, descubrí pisadas sobre las paredes y una en el techo, en mi esquina. La peor de todas las noches fue una vez que abrieron y cerraron puertas en toda la casa, la del baño, la de la cocina, la del cuartito donde estaba la heladera. Se notaba que andaban enojados, porque además decían malas palabras. Esa vez no se conformaron con las puertas internas. En un momento, se escuchó la llave de la puerta de calle, después cómo se corría el gancho y por último el ruido de la puerta de madera arrastrándose en el piso, mientras se abría. No me quise ni imaginar la cantidad de espíritus y fuerzas malignas que se estaban metiendo a la casa. En las noches siguientes, tocaban el timbre a cada rato, bien tarde. Para mí, eran otros que también querían entrar. Pero esas veces no escuché que se abriera la puerta. Seguro mi casa ya estaba llena y no cabía nadie más. 
Tenía que hacer algo, no podía vivir así. Un sábado o un domingo al mediodía, mientras veíamos cómo jugaban a la pelota los viejos en el campito, le saqué el tema al cabezón Adrián Navarro, que era el que más sabía de estas cosas entre mis amigos, porque su tío Medina siempre le contaba historias, como la vez que había visto al Diablo en la escalera de uno de los edificios de la General Paz. Le dije: 
–Cuando se hace de noche en mi casa salen los espíritus. 
El cabezón me clavó los ojos, esos ojos chiquitos y raros que parecían de lagartija. 
–¿Te dan miedo? –me preguntó. 
–Nooo –le mentí–, lo que pasa es que no me dejan dormir. 
Se puso serio. Al rato, gritó: 
–¡Tío! ¡Vení , tío! 
Uno de los jugadores se arrimó a nuestro costado. Era el mismísimo Medina. 
–¿Qué pasa? –preguntó. 
El cabezón Adrián, sin darle vueltas al asunto, le contó: 
–A él lo molestan los espíritus. 
Medina se agachó un poco y su cara, frente a la mía, todavía es una imagen que tengo grabada. 
–Pibe –me dijo como si fuera lo más natural del mundo–, los fantasmas son como los perros, tenés que dejar que te huelan. Una vez que te conozcan, no te van a joder más. 
Entonces, volvió al potrero con los viejos, que seguían en la suya, encorvados y chuecos, corriendo atrás de la pelota. Yo me quedé impresionado y en silencio, pero ya sabía, desde ese mismo momento, que cuando llegara la noche me la iba a jugar a todo o nada. 
A las once, doce, después de ver algo en la tele, me mandaron a la cama. Mi vieja hizo lo mismo de siempre: ordenó la ropa en los cajones de la cómoda, guardó alguna cosa en el ropero y después apagó primero la luz de arriba y por último el velador. Cuando salió de la pieza, yo, automáticamente, me tapé la cabeza y prendí, adentro de la cueva, mi cajita de luz. 
Tenía que esperar que llegara el momento justo, el peor momento, cuando la oscuridad se volviera bien fuerte y los espíritus anduvieran sueltos. 
Por la mitad de la noche, empezaron los ruidos. Uno a uno, los fui reconociendo y clasificando mentalmente. Pronto, el canario empezó a revolotear sobre las puntas de mi cama, la puerta del ropero se abrió y de adentro le contestaban los ronquidos a María Laura, el viejo piso de madera crujía por los pasos. 
Recé un Avemaría. Apagué la cajita de luz y la dejé en el costado. Cerré los ojos. Saqué la cabeza de la cueva. Respiré profundo. Me destapé el resto del cuerpo. Me senté en la cama. Me puse de pie. Abrí los ojos. Caminé despacio hacia la puerta de la pieza. Muchas personas me clavaban la vista. Abrí la puerta. Salí al patio. Di un paso, di dos pasos, di tres pasos. Detrás mío, caminaba otra gente. Seguí adelante. La luz mala del canario me revoloteaba en la nuca. Llegué a la escalera. Subí un escalón, subí dos escalones, subí tres escalones. De las macetas flotaban vapores venenosos. Llegué a la terraza. Miré la calle. Miré las casas. Miré el Tanque de Celina. La zanja corría despacio y el agua podrida, era sabido, estaba mezclada con sangre. El viento movía las hojas de los árboles. Los faroles del alumbrado también se movían y por eso las sombras, en las veredas, estaban vivas. Cerré los ojos. Entonces, se acercaron para olerme. El Hombre Gato dio vueltas a mi alrededor. El Enano de Cruz me pasó entre las piernas. Los lobizones me olfatearon los pies. Levanté los brazos. Las luces malas me alumbraron y yo, debajo de los párpados, vi todo blanco. Abrí los ojos de nuevo. Todos los chicos de Villa Celina abrieron los ojos, y en ese momento, entre la General Paz y la Riccheri, mientras los padres dormían, nosotros éramos hermanos de los fantasmas, éramos los monstruos, a la noche, caminando en los techos. 

(Argentina, 1971)