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jueves, 28 de abril de 2011

ORGAMBIDE, PEDRO: El Mono

A José María Gatica
In memoriam
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Cuidado, Mono, cuidado. Él no lo vio, no tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle o solo vio el muñequito que bailoteaba en el parabrisas, un muñequito gordo, de celuloide, junto al escarpín que bailaba también, el escarpín del pibe del colectivero, cuidado Mono, no tuvo tiempo de saltar, dicen que estaba borracho o tal vez era el sol que le pegaba en los ojos y el colectivero no pudo frenar o esquivar al tipo inmenso como el tren que lo traía a Buenos Aires, oyó el aullido de la locomotora o era él, quizá, gritando mientras la foto de Gardel en el colectivo sonreía canchera a la eternidad y el grito le creció en el pecho con un dolor insoportable. Mono, Mono, gritaban los muchachos del fútbol y él iba a las tribunas vendiendo muñequitos o caramelos, él, que era un dios, que había sido un dios diez años antes, quince años antes, el Mono Gatica que ahora vivía en una villa, en un rancho de lata, con un loro en el hombro. Él, el más grande, el más guapo, el más macho de todos los boxeadores y no ese pobre tipo en el parabrisas del colectivo, cuidado Mono, no ese muñeco gordo de celuloide con cara de payaso y Gardel en la foto que siempre se ríe de la muerte y Dios que está en alguna parte y el aullido del tren y el Mono que salta en el andén de Constitución o de Retiro, un pibe entonces y las calles, los bares, las vitrolas automáticas, las piezas roñosas, los galpones y él abriendo las puertas de los autos, gracias señor, y la pelea a trompadas con el urso que lo quiera basurear, negro de mierda, y él rompiéndole la cara para que aprenda, cuidado Mono, el colectivo no tiene tiempo de frenar o de esquivar al tipo, no tenés tiempo Mono y ahora sos vos el que grita tirado en la calle, despatarrado, KO, pero el inglés ese, el marinero, te levanta, te lleva al albergue: el Sueco, el Irlandés, el Polaco, gente de mar, Mono. El muñequito ha dejado de bailotear en el parabrisas. No corrás, pensá en mí; papito (cartel del colectivero bajo el florero, la foto del nene y la rosa de plástico). La gente deja los asientos, bajan apurados, no quieren ver al tipo tirado en la calle, como muerto. No estoy muerto se dice el Mono y esa convicción, la única de su vida y de todas las vidas, crece en el pecho con ese grito de animal que él está oyendo en la cabeza, adentro de la cabeza mientras el Irlandés le calza un gancho en la mandíbula y los marineros del albergue alrededor del ring, aplauden al muchacho que no cae, que aguanta el castigo de pie como un macho, y después, con la cabeza gacha, como un toro (el Toro de las Pampas, el Toro de Mataderos estuvieron antes que él, pero él es más toro que esos toros) avanza lanzando golpes a lo loco, como un mono enloquecido, Mono, pobre Mono, llora alguien y levanta los muñequitos, los banderines, los caramelos de menta caídos en medio de la calle. Entonces siente una gran calma (debo estar soñando, me quedé dormido en la camilla después de ganarle a Prada, sueña el Mono), una calma feliz, dichosa, y se oye música de circo y él es un boxeador rico y famoso y la gente del Luna Park le dice Mono, Mono, Mono, y hasta Perón le da la mano, lo manda a Norteamérica. Soy el mejor del mundo, sueña el Mono. Sigue la música del circo, es música con olor a pochoclos y manzanas asadas y perfume de pomo de carnaval, aunque tal vez sea la anestesia, el suero, seguro que le gané a Prada y estoy descansando, tranquilo, tranquilo. Tranquilo, le dice el amigo cuando entran al Salón de Baile y él está temblando porque no sabe tratar a una mujer, aunque ahora baila el tango, Malena canta el tango como ninguna, Malena tiene pena de bandoneón, tiene pena el Mono, Malena, le gustaría ser un señor, sabés, uno de esos tipos que tienen éxito con las mujeres, buenos modales, eso, Malena, el Mono tiene pena de bandoneón. Un mono, un payaso. No, Malena: Él sale con los muchachos para hacer pinta, ahora que es un boxeador rico, un campeón, ahora que no se muere de hambre por la calle, pero tiene pena, Malena, te lo juro. Y los otros (no esos que miran al tipo tirado junto al colectivo, sino los otros, los del Luna Park, los machos sombríos de la calle Corrientes) se apartan porque viene el Mono con su barra de amigos, con su sombrero Orión, fumando un habano, vestido con el traje de solapas anchas y una flor en el ojal, chau Mono, chau Mono, no sea cosa que se enoje y los mate de una piña. No estoy muerto, piensa el Mono 1... 2... 3.... oye la voz del árbitro y la gente que grita levantate Mono, levantate, pero ahora le duelen las costillas, ve la rueda del colectivo, estoy soñando, piensa. 4... 5... 6..., claro que me voy a levantar como otras veces, yo no me quedo a dormir sobre la lona, no soy de esos, no soy un marica, tengo vergüenza profesional como dicen los diarios, tengo pelotas para seguir hasta el fin... 7... 8... pero, carajo, qué me pasa, no puedo moverme, no soy un paralítico, pregúntenle a Prada si no, pregúntenle a los otros a los que les hice besar la lona mil veces, no sean guachos, no me dejen solo, no me dejen morir de hambre en la villa, hijos de puta... 9... Me voy a levantar, claro que me voy a levantar. Estoy en estado, uno-dos, uno-dos, uno-dos, salto la cuerda como un mono, uno-dos, uno-dos, el puching-ball, saco la izquierda, limpia, la bolsa de arena, la derecha, los pendejos que miran el entrenamiento, mire señor, míreme bien, son macanas que ando de joda tirando la guita, estoy bárbaro, tengo más polenta que antes, soy el Mono Gatica, don; déjense de joder, no me empujen, no me tiren... 10, dijo el árbitro y él se quedó con su guante en la cuerda, de rodillas, como si rezara y abrió la mano y se le cayeron las pastillas de menta. Cuidado, Mono, cuidado. El Mono no lo vio, no tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle. No estoy muerto, piensa el Mono. Se oyen ruidos de fichas, Miren, allá está Gatica y sus muchachos, mírenlo gastando a manos llenas en el Casino. Abre un ojo y le parece ver a una enfermera, siente olor a hospital, entonces no son fichas... cajas de inyecciones... cloroformo, yo le gané a Prada, seguro que le gané... y ese olor de pomo de carnaval... se duerme. Tranquilo, tranquilo, Mono Vuelve la música de circo y ella está allí, la acomodadora y su pollerita y sus gambas de diosa y esa cara de Malena canta el tango como ninguna, te enamorás. Mono, qué lindo es enamorarse y vivir pensando en ella y sentir y sentir muy despacito su taconear por la vereda, estás cantando Mono, estás cantando un tango y el payaso se ríe en la pista, no de vos, nadie se ríe de vos, Mono, se ríe como Gardel o como Dios que no creen en la muerte... no te vas a morir nunca Mono... antes tenés que... ganarle otra vez a Prada... nadie se ríe de vos... Perón se ríe en un afiche con los brazos en alto... vos también te reís y levantás los brazos... sos el campeón... sos el mejor del mundo... te vas a casar con la acomodadora del circo... te vas a ir a Norteamérica. Cuidado, Mono. Él no lo vio. No tuvo tiempo de ver al colectivo que avanzaba por la calle. No supo cómo perdió esa pelea y otra, cómo se emborrachó, cómo perdió la guita, los trajes de solapas anchas, la flor en el ojal, la vida. No tuvo tiempo. Siente una gran calma. Debo estar soñando en la camilla después de ganarle a Prada. La gente deja los asientos, no quieren ver, quieren ver al tipo tirado sobre los adoquines. Se juntan como moscas. Entonces llega la ambulancia.
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Pedro Orgambide
(Argentina, 1929/2003)

miércoles, 20 de abril de 2011

23 DE ABRIL






23 DE ABRIL
Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor
Día del Idioma

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Se conmemora el fallecimiento de Miguel de Cervantes Saavedra y de William Shakespeare, los más destacados autores de lengua hispana e inglesa respectivamente, a lo largo de la historia.
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El "Día mundial del libro y el derecho de autor" fue formalmente instaurado por la UNESCO recién en 1995. Sin embargo, los orígenes de esta celebración se remontan al año 1926, cuando en Valencia, España, el editor Vicente Clavel y Andrés propuso dedicar un día del año en homenaje a los libros. Estaba claro que ese día debía estar relacionado, de algún modo, con el máximo exponente de nuestra literatura: Miguel de Cervantes. Pero al no saberse con exactitud qué día nació (aunque por 4 años se celebró el Día del Libro el 7 de octubre, una de las fechas probables), en 1930 se eligió definitivamente la fecha de su defunción: 23 de abril de 1616.
La tradición se hizo firme en España y comenzó a extenderse: en 1964 lo adoptaron todos los países de lengua castellana y portuguesa, y en 1993 también la Comunidad Europea. Semejantes antecedentes llevaron al gobierno de España (con el apoyo de la Unión Internacional de Editores) a presentar a la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) la idea de proclamar el 23 de abril como "Día Mundial del Libro". La propuesta, junto con el agregado sobre el "Derecho de autor" propuesto por Rusia, fue aprobada unánimemente por todos los Estados miembros durante la 28° sesión de la Conferencia General de la UNESCO. Así quedó definido el 23 de abril de cada año como "Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor".
Claro que para lograr esta aprobación unánime no era suficiente con el homenaje a quien fuera el más ilustre autor de lengua castellana, sino que se ha sumado la notable coincidencia de que también William Shakespeare (el máximo exponente de la lengua inglesa) ha fallecido en esa misma fecha. Y para completar las coincidencias, también el destacadísimo Garcilaso de la Vega (el Inca) falleció el 23 de abril de 1616. Esto explica la unanimidad que se ha dado en cuanto a la adopción de esta fecha, puesto que se trata de dos de las más insignes figuras de toda la literatura universal.
Valga de todos modos una aclaración: si bien Shakespeare falleció en la misma fecha que Cervantes y Garcilaso, no fue exactamente el mismo día, porque por esa época los ingleses todavía tenían su calendario desfasado unos días con respecto al mundo católico, por lo cual Sir William murió con diez días de diferencia (antes o después según diversas fuentes) con respecto a El Manco de Lepanto y el Inca.
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El Día del Idioma
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Para los países de lengua hispana, también se había tomado el 23 de abril como Día del Idioma, obviamente en homenaje al autor de "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha".
Esta conmemoración pretende no sólo ayudar a difundir y dar impulso al uso de nuestra lengua, sino promover su sana utilización. Es importantísimo cuidar nuestro idioma, porque es uno de los mayores patrimonios de nuestra identidad. Pensemos simplemente en la alegría que nos produce escuchar nuestro idioma cuando viajamos por un país extranjero en que se usa otra lengua... la identificación que nos produce es inmediata, nos ofrece una indescriptible sensación de compañía, de alivio. No debemos perder esa identidad común que nos da nuestro idioma, y para eso debemos cuidarlo. El idioma va evolucionando, es cierto, pero también se va perdiendo cuando se usa mal. Usualmente utilizamos un bajísimo porcentaje de las palabras que nuestro idioma nos ofrece, y esa costumbre lo va desprestigiando y empobreciendo. Las palabras que desaparecen por su falta de uso es muy difícil que puedan recuperarse. Y con ellas puede desaparecer nuestra identidad.
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Miguel de Cervantes Saavedra
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Se sabe que nació en Alcalá de Henares y que fue el cuarto hijo de Rodrigo de Cervantes y de Leonor de Cortinas, pero su fecha de nacimiento es incierta, aunque se cree que puede haber sido el 29 de septiembre de 1547, día de San Miguel (de ahí su nombre). La única certeza al respecto (dado que se ha encontrado su acta bautismal) es que fue bautizado el 9 de octubre de 1547 en la iglesia de Santa María la Mayor.
Miguel de Cervantes y Saavedra fue el más destacado dramaturgo, poeta y novelista español, y el autor de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, considerada como la primera novela moderna de la literatura universal y el libro más vendido y más traducido después de La Biblia en todo el mundo.
La obra de Cervantes reúne todas las corrientes de espíritu renacentista (donde reinan las novelas de base idealista) y contempla todos los géneros narrativos que predominaban en su época. Su mayor aporte fue logrado con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impresa en 1605. El éxito obtenido con esta obra lo motivó a publicar la segunda parte (El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha) en 1615. Cuenta las aventuras de un hidalgo que pierde el juicio, acompañado de su escudero Sancho.
Cervantes tuvo una vida azarosa y de permanentes penurias económicas y desencantos. Fue reconocido en su época pero su éxito muy efímero. Terminó su última novela "Trabajos de Persiles y Sigismunda" el 19 el abril de 1616. Cuatro días después, el 23 de abril, murió en su casa de Madrid.
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William Shakespeare
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Poeta, actor y dramaturgo inglés, es considerado como la figura principal del teatro y la literatura inglesa moderna, y uno de los mejores dramaturgos de la literatura universal. Se tienen muy pocos datos acerca de la primera etapa de su vida, pero se afirma que William fue el tercero de los ocho hijos de John Shakespeare y Mary Arden, y nació en 1564 en la localidad de Stratford-upon-Avon (donde también murió). Gozaba de una buena posición económica y se cree que asistió a una escuela de gramática en su adolescencia. A los 18 años contrajo matrimonio con Anne Hathaway, con quien tendría tres hijos. Su vida "pública" comienza alrededor de los 30 años, cuando su carrera como actor iba en pleno ascenso y le otorgaba valiosas herramientas para elaborar sus obras literarias. Entre románticas comedias y tragedias con leyendas, podemos nombrar: La fierecilla domada, Romeo y Julieta, El sueño de una noche de verano, El mercader de Venecia, Noche de Reyes, Hamlet, Macbeth, El Rey Lear, entre muchas otras. William Shakespeare pasó sus últimos años en su ciudad natal y murió el 23 de abril de 1616. Aunque fue siempre admirado en su patria, recién a principios del siglo XIX su obra alcanzó el reconocimiento universal.


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Garcilaso de la Vega, el Inca
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Fue un escritor y cronista peruano que nació en Cuzco en 1539. Considerado uno de los mejores prosistas del renacimiento hispánico, usaba el nombre de Gómez Suárez de Figueroa. En 1560 viajó a España, donde escribió toda su obra, en la que reúne una cultura bastante especial quechua-española, ya que era hijo de un conquistador español (Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas) y una princesa inca (Isabel Chimpo Ocllo). Ejemplo de este espíritu fue Comentarios Reales (1609), su obra cumbre, en la que refleja la historia, cultura y sociedad del Imperio Inca. Su interés por la historia de América queda demostrando también en la segunda parte de esa obra, que apareció después de su muerte: Historia General del Perú (publicada en 1617). Murió en España el 23 de abril de 1616.

miércoles, 13 de abril de 2011

GUILLÉN, NICOLÁS: ¿Qué color?


Qué alma tan blanca, dicen,

la de aquel noble pastor.

Su piel tan negra, dicen,

su piel tan negra de color,

era por dentro nieve,

azucena,

leche fresca,

algodón.

Qué candor.

No había ni una mancha

en su blanquísimo interior.

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(En fin, valiente hallazgo:

"El negro que tenía el alma blanca",

aquel novelón).

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Pero podría decirse de otro modo:

Qué alma tan poderosamente negra

la del dulcísimo pastor.

Qué alta pasión negra

ardía en su ancho corazón.

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Qué pensamientos puros negros

su grávido cerebro alimentó.

Qué negro amor, tan repartido

sin color.

. ¿Por qué no,

por qué no iba a tener el alma negra

aquel heroico pastor?

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Negra como el carbón.

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(Cuba, 1902/1989)

domingo, 3 de abril de 2011

LEER ES VITAL


Nuestro amigo Guillermo nos hizo llegar desde España esta hermosa imagen de su creación, inspirada en nuestro taller.

Recomendamos visitar su blog, donde podrán apreciar la intensa labor de este interesantísimo artista. Guillermo, muchísimas gracias por tu gesto

Les mostramos algunas más:
Talleres de graffitti contra la guerra
Intervención artística: Miradas del mundo. Barcelona

Mural técnica Aerosolgrafía. Barcelona

lunes, 28 de marzo de 2011

GIARDINELLI. Mempo: Zapatos

Mamá está furiosa con papá porque a papá no le gustan los zapatos que ella usa, y dice que lo que él le hizo hoy es algo que no le piensa perdonar mientras viva ni después de muerta.

Cualquiera podría acordar con papá en que lo que hizo es una pavada, pero entre ellos el episodio devino en una cuestión capital, definitiva, porque el rencor de mamá es de jíbaro, un resentimiento de tragedia shakesperiana y de perro del hortelano, como dice Tía Etelvina cuando la ve así, porque dice (Tía Etelvina) que mamá, enojada, solo tiene camino de ida y se pone de tal manera que no perdona ni deja perdonar.


Mamá tiene unos pies muy lindos, preciosos y parejitos, sin callos y con los dedos como repulgue de empanaditas, y en eso todo el mundo está de acuerdo. Por eso mismo, dice papá, es un crimen que use zapatos tan feos. Yo no sé qué te da por ponerte esos zapatones horribles, grandes, cerrados y que además hacen ruido, dice papá. Y encima producen un crujidito horrible al caminar pero que no se puede ni mencionar porque vos jamás aceptás una crítica. Lo que pasa es que tus críticas jamás son constructivas, dice mamá. Lo que pasa es que te ponés hecha una fiera, dice papá. Y al cabo mamá le grita que en todo caso es un defecto de nacimiento y mejor no te metás con mis defectos, estoy harta de que me critiques, harta de que me juzgues, y harta de esta vida que llevamos porque yo me merezco otra cosa (que es lo que mamá dice siempre). Y como no hay manera de pararla papá se calla la boca y ella sigue diciendo todo lo demás que es capaz de decir, que es muchísimo y es feroz.


A mamá no se le puede pedir discreción en nada. Y tampoco tiene un gran sentido del humor. Cuando eran más jóvenes él le sugería que usara zapatillas, total, bromeaba, yo te voy a querer igual. Pero ella, en todo su derecho, se compraba los zapatos que le gustaban y usaba los que quería, y siempre protestando que yo no sé por qué los hombres tienen esa manía de pretender dirigir la vestimenta de las mujeres: cuando la conocen a una se enganchan por las ropas audaces pero cuando nos tienen enganchadas quieren que andemos como monjas y guay de una si se pone minifalda o se le ven las tetas.


Guaranga como es ella, vehemente y fulminadora con la mirada, ni en chiste se le puede hablar de lo que no le gusta. Eso ya lo sabemos. Por eso lo que hizo papá este sábado a la tarde, aunque suene a pavada, fue demasiado: no había nadie de la familia en la casa, y él aprovechó para juntar todos los zapatos de mamá, como diez o doce pares, viejos y nuevos, y los metió en una bolsa y llamó a Juanita, que es la muchacha que trabaja en la casa ayudando en las tareas porque aunque no somos ricos tenemos sirvienta cama afuera, como quien dice, y le dijo tome Juanita, me ordenó la señora que se los regale.


Y le entregó la bolsa con todos los zapatos, que Juanita, chocha, se llevó a su casa.


Por supuesto, y como era de esperar, mamá se dio cuenta esa misma noche, en cuanto llegó y se quitó las botas que llevaba puestas y buscó las sandalias de entrecasa. Descubrió el ropero vacío de zapatos y fue todo uno gritar desde el dormitorio: "¡Titino qué hiciste con mis zapatos!" y salir a torearlo.


Papá estaba de lo más divertido y le dijo la verdad: se los regalé todos a Juanita. Lo que ipso facto desató en mamá una verborrea de lo peor: lo trató de tano bruto, comunista nostálgico y hasta le dijo nazi antisemita hijo de puta y después se fue a contarle a todo el mundo, empezando por la abuela y la Tía Etelvina, que este hombre cuando está aburrido es un peligro, por qué no se meterá sólo en lo suyo y ahora va a ver cuánto le va a salir la cuenta de la zapatería.


A mí hay dos cosas que me revientan de ellos dos: la incapacidad de aceptar los comentarios ajenos que tiene mamá; y esa manía de querer cambiar a la gente que tiene papá.


Pero es inútil, con ellos. La Tía Etelvina dice que a gente así lo mejor es ignorarla. Y yo creo que tiene razón. Pero cuando son los papás de uno no se puede.


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MEMPO GIARDINELLI


(Argentina, 1947)

miércoles, 16 de marzo de 2011

SCHWEBLIN, Samanta: La furia de las pestes

Gismondi se extrañó de que los chicos y los perros no corrieran hacia él para recibirlo. Intranquilo, miró hacia el llano donde, ya mínimo, se alejaba el coche que regresaría por él al otro día. Llevaba años visitando sitios de frontera, comunidades pobres que sumaba al registro poblacional y a las que retribuía con alimentos. Pero por primera vez, frente a ese pequeño pueblo que se hundía en el valle, Gismondi percibió una quietud absoluta. Vio las casas, pocas. Tres o cuatro figuras inmóviles y algunos perros echados en la tierra. Avanzó bajo el sol de mediodía. Cargaba en sus hombros dos grandes bolsos que, al resbalarse, le lastimaban los brazos y lo obligaban a detenerse. Un perro levantó la cabeza para verlo llegar, sin levantarse del piso. Las construcciones, una mezcla de barro, piedra y chapa, se sucedían sin orden dejando hacia el centro una calle vacía. Parecía deshabitada, pero podía adivinar a los pobladores tras las ventanas y las puertas. No se movían, no lo espiaban, pero estaban ahí y Gismondi vio, junto a una puerta, a un hombre sentado; apoyada en una columna, la espalda de un niño; la cola de un perro sobresaliendo del interior de una casa. Mareado por el calor dejó caer los bolsos y se limpió con la mano el sudor de la frente. Contempló las construcciones. No había nadie con quien hablar así que eligió una casa sin puerta y pidió permiso antes de asomarse. Aunque lo hizo en un tono bajo sintió su voz fuerte volver desde el valle y algunas sombras se movieron entre las casas. Pero nadie contestó. Probó asomarse. Adentro, un hombre viejo miraba el cielo a través de un agujero del techo de chapa.
—Disculpe —dijo Gismondi.
Al otro lado de la habitación, dos mujeres sentadas junto a una mesa, y más atrás, sobre un catre viejo, dos chicos y un perro dormitaban apoyados unos en otros.
—Disculpen... —repitió.
El hombre no se movió. Cuando Gismondi se acostumbró a la oscuridad, descubrió que una de las mujeres, la más joven, lo miraba.
—Buenos días —dijo recuperando el ánimo—. Trabajo para el gobierno y... ¿Con quién tengo que hablar? —Gismondi se inclinó levemente hacia delante.
La mujer no contestó, su expresión era indiferente. Gismondi se sujetó a la pared que enmarcaba la puerta, se sentía mareado.
—Debe conocer a alguien. Un referente… ¿Sabe con quién tengo que hablar?
—¿Hablar? —dijo la mujer con voz cansada.
Gismondi no contestó, temía descubrir que ella no había hablado y que el calor del mediodía lo afectaba. La mujer pareció perder el interés y dejó de mirarlo. Gismondi pensó que podía estimar la población y completar el registro a su criterio, ningún agente se tomaría la molestia de corroborar los datos en un sitio como ese; pero, de cualquier manera, el coche que pasaría por él no iba a regresar hasta el día siguiente. Se acercó a los chicos, quizá al menos podría hacerlos hablar a ellos. El perro, que descansaba el morro sobre la pierna de uno de ellos, ni siquiera se movió. Gismondi saludó. Solo uno de los chicos, lento, lo miró a los ojos e hizo un gesto mínimo con los labios, casi una sonrisa. Sus pies colgaban del catre, descalzos pero limpios, como si nunca hubiesen tocado el suelo. Gismondi se agachó y rozó con su mano uno de los pies. No supo que lo llevó a hacer eso, quizá solo necesitaba saber que esa gente era capaz de moverse, que estaban vivos. El chico lo miró asustado. Gismondi se incorporó. También él, de pie en medio de la habitación, miró al chico con miedo. Pero no era ese rostro lo que temía, ni el silencio, ni la quietud. Recorrió con la mirada el polvo de las repisas y las mesadas vacías hasta detenerse en el único recipiente que había a la vista. Lo tomó y vació el contenido sobre la mesa. Permaneció absorto unos segundos. Después acarició el polvo desparramado sin entender lo que estaba viendo. Revisó los cajones y los estantes. Abrió latas, cajas, botellas. No había nada. Nada para comer ni para beber. Ni mantas, ni herramientas, ni ropa. Solo algún utensilio inútil. Vestigios de jarros que alguna vez habrían contenido algo. Sin mirar a los chicos, como si hablara solo para él, preguntó si tenían hambre. Nadie contestó.
—¿Sed? —un escalofrío le hizo temblar la voz.
Lo miraban extrañados, como si no alcanzaran a entender el significado de esas palabras. Gismondi dejó la habitación, salió a la calle, corrió hasta los bolsos y cargó con ellos de regreso. Se detuvo frente a los chicos, agitado. Vació la carga sobre la mesa. Tomó una bolsa al azar, la abrió con los dientes y dejó caer un puñado de azúcar sobre su palma. Los chicos miraron cómo se agachaba junto a ellos y les ofrecía algo de su mano. Pero ninguno pareció entender. Fue entonces que Gismondi sintió una presencia, percibió, quizá por primera vez en el valle, la brisa de un movimiento. Se incorporó y miró hacia los lados. Algo de azúcar cayó al piso. La mujer estaba de pie y lo observaba desde el umbral de la puerta. No era la mirada que había mantenido hasta entonces, no miraba una escena ni un paisaje, lo miraba a él.
—¿Qué quiere? —dijo.
Era, como todas las otras, una voz somnolienta, pero cargada de una autoridad que lo sorprendió. Uno de los chicos había abandonado la cama y ahora contemplaba la mano repleta de azúcar. La mujer miró los paquetes desparramados y se volvió con furia hacia él. El perro se incorporó y rodeó intranquilo la mesa. Por las puertas y por las ventanas comenzaban a asomarse hombres y mujeres, cabezas que se asomaban tras cabezas, un tumulto que crecía. Otros perros se acercaron. Gismondi miró el azúcar en su mano. Esta vez, al fin, todos concentraban su atención en él. Apenas vio al chico, su mano pequeña, los dedos húmedos acariciar el azúcar, los ojos fascinados, cierto movimiento de los labios que parecían recordar el sabor dulce. Cuando el chico se llevó los dedos a la boca, todos se paralizaron. Gismondi retrajo la mano. Vio en los que lo miraban una expresión que, al principio, no alcanzó a entender. Entonces sintió, en el estómago, una herida tajante. Cayó de rodillas. Había dejado que se desparramara el azúcar, y el recuerdo del hambre crecía sobre el valle con la furia de las pestes.
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Samanta Schweblin (Buenos Aires – 1978) es egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. En 2001 obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes y el primer premio del Concurso Nacional Haroldo Conti con su primer libro “El núcleo del Disturbio” (Planeta, 2002). En el 2008 obtuvo el premio Casa de las Américas, por su libro de cuentos "Pájaros en la boca", y la beca FONCA de residencias para artistas del gobierno Mexicano. Muchos de sus cuentos han sido traducidos al alemán, al inglés, al italiano, al francés, al portugués, al sueco y al servio, para su publicación en numerosas antologías, revistas y medios culturales.

viernes, 4 de marzo de 2011

KAFKA, Franz

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Una fábula breve

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—¡Ay! —dijo el ratón—. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan amplio y era feliz de poder ver, al fin, en la lejanía, muros a derecha e izquierda, pero esos muros tan largos comenzaron a cerrarse con tal rapidez, uno detrás de otro, que ya me encuentro en la última habitación, y allí, en el rincón, está la trampa en la que caeré.
—Solo tienes que cambiar la dirección —dijo el gato y se lo comió.

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El buitre
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Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
—Estoy indefenso —le dije— vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
—No se deje atormentar —dijo el señor—, un tiro y el buitre se acabó.
—¿Le parece? —pregunté—. ¿Quiere encargarse del asunto?
—Encantado —dijo el señor—; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
—No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí—: Por favor, pruebe de todos modos.
—Bueno —dijo el señor—, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.

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FRANZ KAFKA
(Praga –Checoslovaquia- 1883 / Austria, 1924)

lunes, 14 de febrero de 2011

FEINMANN, José Pablo: La metáfora de la casa tomada




El triunfo electoral de Juan Domingo Perón en 1946 puso en el margen el pensamiento de aquellos que habían dominado el poder desde la Revolución de Mayo en adelante. En este capítulo, José Pablo Feinmann retoma el reconocido cuento de Cortázar como una metáfora de esta situación. 


domingo, 13 de febrero de 2011

CASTILLO, Horacio: Anquises sobre los hombros

Eneas, Anquises y Ascanio (*)
(Gian Lorenzo Bernini)
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Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre
sobre los hombros.

Débiles aún, su peso nos impide la marcha,
pero luego se vuelve cada vez más liviano,
hasta que un día deja de sentirse
y advertimos que ha muerto.

Entonces lo abandonamos para siempre
en un recodo del camino
y trepamos a los hombros de nuestro hijo.

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Horacio Castillo
(Argentina, 1934)
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Horacio Castillo nació en 1934 en Ensenada, provincia de Buenos Aires. Vive en La Plata. Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española. Publicó los libros Descripción (1971), Materia acre (1974), Tuerto rey (1982), Alaska (1993), Los gatos de la Acrópolis (1998), Cendra (2000), y Música de la víctima (2003). Durante el 2005 la editorial cordobesa Brujas publicó su poesía completa bajo el título “Por un poco más de luz”, incluyendo el poema Mandala, hasta el momento inédito. Antologías suyas fueron publicadas también por la editorial Colihue, y por el Fondo Nacional de las Artes. Tradujo a numerosos poetas griegos, entre ellos a Calímaco, Kavafis, Elytis y Ritsos.
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(*) Eneas, Anquises y Ascanio es una estatua realizada por Gian Lorenzo Bernini entre 1618 y 1619.
Se trata de una escultura de
mármol de 220 cm de alto, expuesta en la Galería Borghese, en Roma. Pertenece al estilo barroco.
El grupo escultórico representa a
Eneas huyendo de la ciudad de Troya llevando a su anciano padre, Anquises sobre sus hombros, y a su hijo Ascanio llevando el sagrado fuego del hogar, mientras Anquises sostiene a los dioses del hogar familiar (penates). Bernini, que tenía 21 años cuando hizo esta obra, aún sentía la influencia de su padre, Pietro, con sus composiciones en forma de torre propias de finales del siglo XVI. Muchos expertos consideran que esta obra es, principalmente, de su padre.

sábado, 15 de enero de 2011

KAVAFIS, Constantino: Muy raramente



Es un anciano. Agotado y giboso,
estragado por los años, y por intemperancias,
con paso lento atraviesa la calleja.
Y sin embargo cuando entra a su casa para ocultar
su ruina y su vejez, considera
la parte que él aún posee en la juventud.
Adolescentes ahora los versos suyos recitan.
Por los vivaces ojos de estos pasan las visiones suyas.
Sus espíritus sanos, voluptuosos,
sus cuerpos armoniosos, firmes,
se conmueven con su propia expresión de la Belleza.

(Egipto, 1863/1933)


jueves, 30 de diciembre de 2010

VETTIER, Adela: El hombre de Houston

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Al hombre matemático
que soñaba su álgebra en el patio de infancia
y borroneaba fórmulas
en el reverso de las cartas de amor,
que conoció por correspondencia
las galas del verano y la primavera,
que utilizó los libros de poesía
como pisapapel
y que borró los nombres de Bach y de Beethoven
con el rumor de las computadoras,
le avisaron desde Houston que efectivamente
la sonda proyectada por él
emitía señales desde Marte.
En un gesto insensato de alegría
dejó el laboratorio
y sin mucha cautela miró el cielo.
Un derrumbe de estrellas
cayó sobre sus hombros
y entonces vio en el esplendor supremo
astros virando en su vagar eterno.
Y escuchó la música infinita
con ángeles del cielo
que en cálidos veranos devolvía
sus perdidos recuerdos.
Una lágrima ardiente abrió sus ojos
y preguntó:
—Es de Bach —le dijeron.

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ADELA VETTIER
(Argentina, 1931/2015)

Grata sorpresa de fin de año el haber recibido noticias de Adela Vettier, sobre todo porque fue ella misma la que se comunicó con nosotros y nos aportó su breve biobibliografía que no pudimos agregar oportunamente. La compartimos con ustedes junto con su poema.
.Datos biográficos de Adela Juana Cabrero de Vettier, que usó como nombre literario el de Adela Vettier. (nacida en Capital Federal en 29/01/1931)
Pese a que su vocación literaria despertó tempranamente, sólo se inició públicamente a través de un Concurso de Canciones Infantiles del que resultó ganadora junto con Nela Grisolía, por la canción titulada “Pepe el Marinero”.
A partir de entonces, -1971- no dejó de publicar cuentos y novelas infanto-juveniles tales como:
De la Mano- Editorial Plus Ultra- Colección “El Campanario” Año 1981
Padre Lobo – Editorial Plus Ultra “ “ Año 1996
Si ves un pájaro blanco- Editorial Plus ULTRA Col.Tejados Rojos - 1991
Vientos de Aventura-Editorial Huemul- 1990
Irene volaba –Pieza de teatro infantil-Col.El Escenario –Edit.Plus Ultra 1987
La Puerta de la Extraña Señora (Faja de Honor de la SADE) “ “ 1983
Secreto de náufrago- Edición del autor- Distribuidores HUNO- 1998
Pasos en la Selva – Editorial H.R.L. 1997
Nolan el Invisible- Editorial H.L.R. 1996
Sur Adolescente - Editorial H.R.L. 1995
Adolescencia en el Sur-Editorial Ocruxaves- 1992
El sombrero de María Violeta-Editorial Plus Ultra- Colección La Llavecita-1981
¿Qué lápiz te gusta más?Editorial Actilibro –C olección Barquito de Papel
El Tritón Perdido- Editorial Magisterio- Año 1992
Señales a Otros mundos- Editorial Braga-Colección Alas de Halcón 1993
Infancias de Tierra Adentro. Editorial de los Cuatro V ientos- Año 2004
Teléfono: 4983-2444
Dirección: Avda. Díaz Vélez 3762-6º “A”
Su amor por la literatura va mucho más allá pero su dedicación a impulsar la lectura de los niños la inclinó permanentemente a escribir para ellos, empresa que aun no ha abandonado pese a las dificultades actuales de edición.


Vecinos y allegados de Adela Vettier nos han hecho saber
que lamentablemente falleció el 11 de setiembre de 2015.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

ORGAMBIDE, Pedro: El paracaidista



La ambición de un hombre puede ser infinita. La del sastre de mi pueblo tenía la forma de un paracaídas.
Todos los años, durante los festejos patrios, se presentaba a la comisión municipal ofreciendo sus servicios de paracaidista. Lo oían como quien oye llover: con esa burla mezclada de tristeza con que la buena gente trata a los tontos y a los locos. El sastre volvía a su casa, con el paracaídas de seda bajo el brazo, y esperaba otra oportunidad. Así pa­saron incontables veinticincos de mayos y nueves de julios y él continuó fabricando nuevos y lujosos paracaídas que se amontonaban en la trastienda, vigilados por un maniquí de cera.
Mi sastre ya era viejo y sus figurines amarilleaban en la pared, como las fotos de un álbum, con sus pan­talones Oxford, sus ranchos, galeras y bastones de las modas pasadas. El pueblo, claro está, también enveje­cía o, como decían los comerciantes, se modernizaba: donde había un aljibe ahora se levantaba un surtidor de nafta, donde se enseñoró, antaño, una casa de am­plia galería cubierta de helechos, ahora instalaban un supermercado. Las cosas cambiaban, menos la ambi­ción del sastre, que continuaba coleccionando paracaídas con igual fanatismo.
Por fin, cuando el pueblo celebró su Centenario, el sastre volvió a presentarse a la comisión de festejos. Por broma, por cansancio, la comisión aceptó su pedido. Un aviador joven del Aeroclub se ofreció a acompañarlo en la aventura. Durante la semana previa al lanzamiento, los muchachos del pueblo tuvieron motivo de diversión: visitar al sastre, llamarlo Jorge Newbery, o, como motejó el más joven: El Astronauta. Mi sastre soportó las bromas con estoicismo y siguió cosiendo su paracaídas.
Así llegó el día del festejo. Todo el pueblo se dio cita en el Aeroclub. Por primera vez, en tantos años, miraron al sastre con un poco de respeto. Hasta entonces, como es natural, habían pensado que un sastre es un sastre, y un paracaidista un paracaidista. Pero en los días de dicha (y ese lo era, festejábamos nuestro Centenario) el sentido común admitía un margen de locura. Como cuando llegaba el circo. El sastre (el paracaidista, quiero decir) subió al avión. El aparato despegó limpiamente. Después trepó hasta las nubes. Pasaron los segundos, los minutos, el tiempo en que el sastre dejó de ser el sastre para nosotros y transformarse, ahora sí, en un paracaidista. Porque ya descendía, primero velozmente, y luego lento y majestuoso, sobre el campo. Corrieron los jóvenes, las motonetas, los autos, los sulkies, las mujeres, los niños, yo, todos, todos corrimos a recibir al héroe. Los más entusiastas lo levantaron en andas.
Entonces descendió el avión. El joven que conducía se acercó a nuestro héroe. «¡Imbécil! —le gritó— ¡Cobarde! ¡Tuve que empujarlo para que se largara!». Todos callamos porque el paracaidista (quiero decir el sastre) era uno de los nuestros. Nada respondió él, que, con el paracaídas bajo el brazo, abandonó la fiesta. Se negó a que lo acompañáramos.
Esa noche, mientras se encendían los fuegos artificiales en la plaza, otra hoguera se levantó en la orilla del pueblo. Cuando llegamos, era tarde. Ardían los viejos figurines y los paracaídas que flotaban entre las llamas, como fantasmas, como flores blancas.

Pedro Orgambide
De “Historias con tangos y corridos” (1976)
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Pedro Orgambide
De “Historias con tangos y corridos” (1976)
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Pedro Orgambide nació el 9 de agosto de 1929 en la ciudad de Buenos Aires. Es autor de las novelas "Memorias de un hombre de bien", "El páramo" "El escriba" y "Una chaqueta para morir". Escribió el libro de cuentos "Historia con tango y corridos", y de las obras de teatro "Eva" y "Discepolín". Publicó, también, los ensayos "Ser argentino" y "Diario de la crisis". Entre otras distinciones, recibió el Premio Casa de las Américas (1976), el Premio Nacional de Novela (México, 1977), el Premio Municipal Gregorio de Laferrére (1995) y el Premio a la Trayectoria Artística del Fondo Nacional de las Artes (1997). Falleció en Buenos Aires, el 19 de enero de 2003.

viernes, 26 de noviembre de 2010

LARRALDE, José: Mi viejo mate galleta

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Mi viejo mate galleta,
qué pena me dio perderte,
qué mano tronchó tu suerte,
tal vez la mano del tiempo,
si hasta creí que eras eterno,
nunca imaginé tu muerte.
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En tu pancita verdosa
cuántos paisajes miré,
cuántos versos hilvané
mientras gozaba tu amargo,
cuántas veces te hice largo
y vos sabías por qué.
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En esos duros inviernos
cuando la escarcha blanqueaba
tu cuerpito calentaba
mis manos con su calor
pa’ qu’el amigo cantor
se prendiera a la guitarra.
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Y ahí no más se arma la farra,
vos y yo en un mano a mano,
mate y guitarra en la sombra,
mate y guitarra en el claro,
en leguas a la redonda
no hubo jagüel orejano.
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Mi viejo amigo y hermano,
qué destino más sotreta,
nunca le di a la limeta,
en vos encontré la calma,
en este adiós pongo mi alma…
Ay, mi viejo mate galleta.
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José Larralde
(Argentina, 1937)
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sábado, 20 de noviembre de 2010

FASOLÍS, Rosita: El viaje de Rita


“Levántese, m’hija”, dijo la madre sacudiendo con suavidad el brazo de la niña, que dormía sobre unos cojinillos. El amanecer aún no había despuntado y, para el lado de las serranías altas, la noche era un largo bostezo. Como el de la niña. Pero no tardó en seguir la orden de la madre; se levantó con ganas, porque iba a ser el día del viaje al pueblo. Siete, tal vez ocho años, enjuta pero con fuerzas para ir a buscar el agua al arroyo, levantar el balde con la soga del empobrecido aljibe, arrear las cabritas. Una niña activa y dispuesta, a pesar de las comidas flacas. Rufino Cuevas preparaba el carrito: un cajón –habría servido para llevar verduras, tal vez- con dos ruedas que él mismo había tallado y encajado en un eje de la misma madera. Allí viajaría la niña, porque el viaje era largo y se podía cansar. Y después el carrito serviría para traer algunas cosas; acaso harina, aceite, algún embutido. Eso, con suerte. Mientras se preparaba, Rufino iba recordando cómo, cuando era chico, el río bramaba. Tanto, que una vez se llevó la ranchería, y los que no murieron ahogados o con la peste se fueron como sonámbulos para no volver nunca, nunca más. El rancho del padre de Rufino estaba en lo más alto y era el más alejado del río; incómodo para buscar el agua pero a seguro. Y allí se habían quedado, con unas pocas cabras y otras pocas gallinas; también, una vaca y un caballo que al fin murieron de hambre. A Rufino le había quedado en la nariz el olor a muerte de la tierra cuando, al bajar el torrente, sobrevivió tan sólo la porquería. Pero después había venido la seca, y duraba años, muchos años. Ahora sólo tenían, además de las cabritas, algunas ponedoras que sobrevivían con el poco maíz que podían cosechar. Y dos de los siete hijos que habían tenido con la Delfina. Cuatro mujeres y tres varones. Dos de los muchachos los mellizos, Francisco y Pedro, los mayores, se habían ido sin rumbo -tendrían trece años por entonces, con un arreo que había pasado como por casualidad, porque nadie pasaba por allí salvo en época de elecciones, y no supieron más de ellos aunque Rufino bajó al pueblo y preguntó a todo el que se le cruzaba si no había visto a sus muchachos, y al dotor Mansilla le rogó llorando que se los encontrara, pero los muchachos no volvieron ni nadie por años supo decir que los había visto; el otro, justito el que se llamaba Rufino como el padre, se había ahogado en el dique, muchas, muchas leguas al Norte. Eso les habían dicho; el muchacho era arisco y desobediente, y se había marchado justamente en el camioncito que venía a buscarles los documentos a Rufino y a la mujer, y después (siempre era domingo) los llevaban a ellos, con o sin la cría, los metían en un galpón en la orilla del pueblo, y los iban sacando de a unos cuántos para subirlos al camión y llevarlos a que votaran (les daban la boleta, claro está); después les devolvían los documentos y los largaban con unos pesos y una bolsa con alimentos. Las elecciones eran buenas para ellos. A los críos no los habían documentado. La hija mayor, Asunta, debía tener ahora dieciséis años, más o menos. Y la que seguía, Rosarito, catorce o quince. Hacía mucho que, por una causa u otra, no las veían. Habían hecho el viaje juntas, una ponchada de años atrás. Ahora estaban la Rita, y la de dos años, que ni nombre tenía porque la llamaban Chiquita. A ésa nadie la había bautizado, a los otros sí, un cura joven que iba envejeciendo con la resolana mientras pasaba de tanto en tanto a lomo de mula, y que no casó a los padres porque no tenían los papeles del civil.
Aún no clareaba cuando empezaron el viaje, con unas tortas fritas del día anterior que la madre había acomodado en el morral junto a dos botellas de plástico (una de las preciadas posesiones) con agua de la más clara que Delfina había podido conseguir. El viaje sería una marcha solitaria y silenciosa, los pies cansados de Rufino que no emitiría queja alguna, luego el sol ardiente, algún que otro comentario hecho con casi monosílabos, las ganas de la Rita de conocer el pueblo, los arbustos resecos y arrancados por el viento girando por las cuestas adormecidas y algo en Rufino que era lo mismo que había quedado en la Delfina: un desgano del alma que no llegaba a ser tristeza porque hacía tiempo que ni eso les había quedado.
Llegaron casi al mediodía. A Rita los ojos se le ponían enormes mirando las rancherías primero, después las calles asfaltadas y las casitas bien pintadas y los árboles que daban sombra y las vidrieras de los negocios y las letras que no conocía, grandes y de todos los colores, de las propagandas, y el hombre que iba con una máquina que Rufino llamó bicicleta y vendía algo que era helado, como los inviernos en la serranía, pero algún que otro chico se acercaba, le daba algo al vendedor y se iba de allí sacando el papel a una cosa de color que después lamía y lamía. Rita dijo “¿puedo?”, señalando al heladero y su riqueza. Rufino le dijo que sí, pero que después, cuando llegaran a lo del dotor. Allí iban, a lo del dotor Mansilla. Tendrían que llamar por el costado, no por la puerta principal de la oficina. Ojalá estuviera, pensaba Rufino, aunque había acordado, dos semanas atrás, que ese día se iban a encontrar. Rufino le había pedido un almanaque, e iba tachando día a día; en la sierra no importaban los días pero en este caso sí. Y como él sabía leer alguito, podía reconocer qué día era lunes, y cuál jueves, por ejemplo. A Rita le seguían deslumbrando las casas prolijas, el verano tan ardiente en la choza y tan amable allí, las flores que nunca antes había visto, los perros –todos distintos- que les ladraban y le hacía acordar al Flaco, que era el pichicho que Rufino había llevado alguna vez a la casa y que se había muerto como todo en ese lugar, porque allá arriba se morían las plantas, las flores, los sueños, las palabras, y la pequeña, que a pesar de las hambrunas era inteligente, percibía esos viajes, lentos y persistentes, hacia la nada.
Por suerte para Rufino, el dotor Mansilla estaba, y lo iba a recibir, como dijo el empleado de la cochera, que era el lugar a donde Rufino debía ir. Como las otras veces, el dotor lo recibiría en una salita allí, cerca de los automóviles. Y así fue. El hombre lo trató como siempre, lejano, frío, frunciendo la nariz porque -.Rufino no era tonto- le molestarían el olor a transpiración y a ropa vieja y lavada tan sólo con agua del arroyo. Pero no estaría mucho allí. Se acordó del pedido de Rita y le preguntó al dueño de la tabacalera si le podía comprar un helado. “Nada más eso, dotor”, dijo con una voz que se le atragantaba solita en la garganta. El señor del lugar mandó al empleado que si pasaba algún vendedor, le comprara el helado a la niña. Alentado por el gesto, Rufino se animó a preguntar por Asunta y Rosarito. “Están bien. Son buenas trabajadoras”, fue la respuesta escueta. “¿Se pueden ver?” dijo Rufino con un hilo de voz. “No, hombre, qué dice, ellas están en la finca”. Claro, allá, lejos del pueblo, en la plantación estarían. “Está muy flaca” dijo Mansilla, apuntando a Rita. “Pero es fuerte, ya va a ver” repuso Rufino, temiendo que lo mandaran a casa con la Rita a cuestas. “Bueno, le daremos de comer. Esperate aquí, que te van a traer unas cosas”. Claro, pensó Rufino, como la otra vez con las dos gurisas. Por lo menos la Rita iba a alimentarse bien, y la Delfina y él tendrían para varios días. “Y estate atento, que pronto hay elecciones” dijo el dotor mientras desaparecía por una puerta lateral. Después, irse sin mirar atrás, el carrito cargado con los víveres y sin Rita, la cuesta arriba, el sol caliente y sin piedad, los arbustos secos, la noche que llegaría montada en un bellísimo atardecer.
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ROSITA FASOLÍS
(Argentina, 1946)
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ROSA FASOLÍS nació en Rosario (provincia de Santa Fe), Argentina, en 1946. Docente y escritora de poesía, narrativa y ensayo. Ganó numerosos premios a nivel local, provincial, nacional e internacional. Coordinó talleres literarios (entre ellos el de la Casa de la Cultura de la UNR). Posee numerosas publicaciones en diarios (La Capital y El Litoral), revistas y antologías; dos libros editados por premio: "Después", de cuentos, y "Tramas y Construcciones", de poesía. En 1994 el libro "Sacramento y ceniza", de poesía, obtuvo la mención de honor en certamen trienal José Pedroni, de la Provincia de Santa Fe. El cuento “El viaje de Rita” fue publicado en http://gacetaliterariavirtual.blogspot.com. Vive actualmente en Rosario.

jueves, 18 de noviembre de 2010

DOLINA Y EL DIABLO

DIÁLOGO ENTRE ASMODEO Y EL RUSO SALZMAN
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Asmodeo: Soy Asmodeo, inspirador de tahúres y dueño de todas las fichas del mundo. Conozco de memoria todas las manos que se han repartido en la historia de las barajas, También conozco las que se repartirán en el futuro. Los dados y las ruletas me obedecen. Mi cara está en todos los naipes. Y poseo la cifra secreta y fatal que han de sumar tus generales cuando llegue el fin de tu vida.
Salzman: ¿No desea jugar al chinchón?
Asmodeo: No, Salzman, Vengo a ofrecerte el triunfo perpetuo. Con solo adorarme, ganarás siempre a cualquier juego.
Salzman: No sé si quiero ganar.
Asmodeo: ¡Imbécil...! ¿Acaso quieres perder?
Salzman: No, tampoco quiero perder.
Asmodeo: ¿Qué es lo que quieres entonces?
Salzman: Jugar. Quiero jugar maestro... Hagamos un chinchón.
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EL HOMBRE QUE PEDÍA DEMASIADO
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Satanás: ¿Qué pides a cambio de tu alma?
Hombre: Exijo riquezas, posesiones, honores y distinciones... Y también juventud, poder, fuerza y salud... Exijo sabiduría, genio, prudencia... Y también renombre, fama, gloria y buena suerte... Y amores, placeres, sensaciones... ¿Me darás todo eso?
Satanás: No te daré nada.
Hombre: Entonces no tendrás mi alma.
Satanás: Tu alma ya es mía. (Desaparece)
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EL HOMBRE QUE ERA, SIN SABERLO, EL DIABLO
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Un caballero de la calle Caracas resolvió negociar su alma. Siguiendo los ritos alcanzó a convocar a Astaroth, miembro de la nobleza infernal.
—Deseo vender mi alma al diablo —declaró.
—No será posible —contestó Astaroth.
—¿Por qué?
—Porque usted es el diablo.
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ALEJANDRO DOLINA
(Argentina, 1949)
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martes, 9 de noviembre de 2010

MUÑIZ, Juan Carlos: No sé si era feliz

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No sé si era feliz,
pero sabía que el mundo terminaba en la otra cuadra,
todos los recovecos de la siesta
me daban su cobijo y sus fantasmas.

Mi padre era tan sabio como un libro,
mi madre era el auxilio de mis manos,
mi almohada era mi amante y mi enemigo,
en las confusas noches del verano.

No sé si era feliz,
porque temía,
las sombras de mi cuarto me cercaban,
había un gran villano de once años
y viejos de la bolsa que rondaban,
pero había también un seis de enero,
el desván en la casa de mi abuela,
había un patio lleno de tesoros
y un baldío camino a la escuela.

No sé si era feliz,
pero bastaba un pedazo de azul en la mañana,
una promesa a cambio de una nota
o fugarse a través de la ventana.

Algún día empecé a tener recuerdos
y me dieron las llaves de mi casa,
una carta de amor cerró la puerta
y yo me quedé fuera de la infancia.

No sé si era feliz,
pero qué lejos...
No sé si era feliz,
pero qué lástima.

Juan Carlos Muñiz

sábado, 30 de octubre de 2010

HERNÁNDEZ, Miguel: Elegía


(En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo
Ramón Sijé, a quien tanto quería)
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Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mis desventuras y sus conjuros
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
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(España, 1910/1942)
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jueves, 21 de octubre de 2010

CARBAJAL, José: Uruguay, 1943/2010

El intérprete uruguayo de música popular José Carbajal, "El Sabalero", autor de canciones como "Chiquillada", falleció aparentemente de un ataque cardíaco, se informó el jueves. Tenía 66 años.

"Fue un dolor para los uruguayos, es un cantor muy uruguayo, muy de los pagos chicos, muy transmisor de esas cosas que tienen los poetas finos, de poder resumir con palabras muy sencillas la sociedad", dijo el presidente José Mujica, al ser consultado en el departamento de Flores, a 100 kilómetros al norte de Montevideo. Mujica agregó que el recuerdo de Carbajal continuará en la gente. "Va a vivir, va a seguir viviendo en las canciones". Debido a que no pudo inmediatamente establecerse la causa de su fallecimiento los restos de Carbajal fueron trasladados a la ciudad de Pando, a 30 kilómetros al norte donde le realizarán una autopsia, informó la prensa local. En la página de la presidencia, al dar cuenta de su fallecimiento, se informó que el sábado anterior se despidió de su público con la interpretación de la canción "La muerte". También había interpretado "A mi gente" y "La sencillita". En la década del 70 Carbajal alcanzó fama en toda América Latina con el tema "Chiquillada", que también interpretara el cantante argentino Leonardo Favio. Entre 1970 y 1973 vivió en Buenos Aires, y posteriormente pasó por países como México, Francia y España, hasta radicarse en Holanda. "El Sabalero" volvió a Uruguay en 1984, pero en 1992 se regresó a Holanda, aunque mantuvo un grupo musical en Montevideo. En 1998 la cantante argentina Soledad Pastorutti grabó su candombe "A mi gente" en lo que fue un extraordinario éxito. Su disco "La Casa Encantada" es material de estudio en las escuelas primarias de Uruguay. El deceso se conoció en la madrugada. Carbajal estaba solo en su casa de Villa Argentina, en las cercanías del balneario de Atlántida, unos 80 kilómetros al este. Vivió años en el exilio en Holanda, pero se encontraba en Uruguay desde hace un tiempo. En la actualidad venía cumpliendo un ciclo de música en el Café Bar Tabaré, con su show "Buscado", que incluía tangos, milongas litoraleñas y cumbias. El representante de "El Sabalero", Fernando Mino, dijo al diario El País la mañana del jueves que aún "no se sabe nada del velatorio, porque estamos esperando a contactarnos con su esposa, en Holanda, para ver cómo seguimos con esto". "Llegué a buscarlo para un ensayo que teníamos en Montevideo y ahí me lo encontré", relató. Agregó que, según una vecina, ayer "José le había dicho que tenía un dolor en el pecho y en el brazo, pero no sé nada más por ahora". La cantante Cristina Fernández calificó la muerte de Carbajal como "algo espantoso". "No lo podemos creer todavía. Lo más espantoso es que estaba solo allá en Atlántida", dijo. "José fue un tipo increíble conmigo, tuvo unos gestos divinos, muy compañero y solidario". Un grande más se va. (Fuente: TARINGA)



LA MUERTE



miércoles, 13 de octubre de 2010

GIRONDO, Oliverio: Apunte callejero


En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda...
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.
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Oliverio Girondo
(de “20 poemas para ser leídos en el tranvía”)