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jueves, 22 de mayo de 2014

SCHWEBLIN, Samanta: Matar a un perro



El Topo dice: nombre, y yo contesto. Lo esperé en el lugar indicado y me pasó a buscar en el Peugeot que ahora conduzco. Acabamos de conocernos. No me mira, dicen que nunca mira a nadie a los ojos. Edad, dice, cuarenta y dos, digo, y cuando dice que soy viejo pienso que él seguro tiene más. Lleva unos pequeños anteojos negros y debe ser por eso que le dicen el Topo. Me ordena conducir hasta la plaza más cercana, se acomoda en el asiento y se relaja. La prueba es fácil pero es muy importante superarla y por eso estoy nervioso. Si no hago las cosas bien no entro, y si no entro no hay plata, no hay otra razón para entrar. Matar a un perro a palazos en el puerto de Buenos Aires es la prueba para saber si uno es capaz de hacer algo peor. Ellos dicen: algo peor, y miran hacia otro lado, como si nosotros, la gente que todavía no entró, no supiéramos que peor es matar a una persona, golpear a una persona hasta matarla.
Cuando la avenida se divide en dos calles opto por la menos transitada. Una línea de semáforos rojos cambia a verde, uno tras otro, y permite avanzar rápido hasta que entre los edificios surge un espacio oscuro y verde. Pienso que quizá en esa plaza no haya perros y el Topo ordena detenerse. Usted no trae palo, dice. No, digo. Pero no va a matar un perro a palazos si no tiene con qué. Lo miro pero no contesto, sé que va a decir algo, porque ahora lo conozco, es fácil conocerlo. Pero disfruta el silencio, disfruta pensar que cada palabra que diga son puntos en mi contra. Entonces traga saliva y parece pensar: no va a matar a nadie. Y al fin dice: hoy tiene una pala en el baúl, puede usarla. Y seguro que, bajo los anteojos, los ojos le brillan de placer.
Alrededor de la fuente central duermen varios perros. La pala firme entre mis manos, la oportunidad puede darse en cualquier momento, me voy acercando. Algunos comienzan a despertar. Bostezan, se incorporan, se miran entre sí, me miran, gruñen, y a medida que me voy acercando se hacen a un lado. Matar a alguien en especial, alguien ya elegido, es fácil. Pero tener que elegir quien deberá morir requiere tiempo y experiencia. El perro más viejo o el más joven o el de aspecto más agresivo. Debo elegir. Es seguro que el Topo mira desde el auto y sonríe. Debe pensar que nadie que no sea como ellos es capaz de matar.
Me rodean y me huelen, algunos se alejan para no ser molestados y vuelven a dormirse, se olvidan de mí. Para el Topo, tras los vidrios oscuros del auto, y los oscuros vidrios de sus anteojos, debo ser pequeño y ridículo, aferrado a la pala y rodeado de perros que ahora vuelven a dormir. Uno blanco, manchado, le gruñe a otro negro y cuando el negro le da un tarascón un tercer perro se acerca, ladra y muestra los dientes. Entonces el primero muerde al negro y el negro, los dientes afilados, lo toma por el cuello y lo sacude. Levanto la pala y el golpe cae sobre las costillas del manchado que, aullando, cae. Está quieto, va a ser fácil transportarlo, pero cuando lo tomo por las patas reacciona y me muerde el brazo, que enseguida comienza a sangrar. Levanto otra vez la pala y le doy un golpe en la cabeza. El perro vuelve a caer y me mira desde el piso, con la respiración agitada, pero quieto. 
Lentamente al principio y después con más confianza junto las patas del perro, lo cargo y lo llevo hacia el auto. Entre los árboles se mueve una sombra, el borracho que se asoma dice que eso no se hace, que después los perros saben quién fue y se lo cobran. Ellos saben, dice, saben, ¿entiende?, se sienta en un banco y me mira nervioso. Cuando voy llegando al auto veo al Topo sentado, esperándome en la misma posición en la que estaba antes, y sin embargo noto abierto el baúl del Peugeot. El perro cae como un peso muerto y me mira cuando cierro el baúl. En el auto, el Topo dice: si lo dejabas en el piso se levantaba y se iba. Sí, digo. No, dice, antes de irte tenías que abrir el baúl. Sí, digo. No, tenías que hacerlo y no lo hiciste, dice. Sí, digo, y me arrepiento enseguida, pero el Topo no dice nada y me mira las manos. Miro las manos, miro el volante y veo que todo está manchado, hay sangre en mi pantalón y sobre la alfombra del auto. Tendrías que haber usado guantes, dice. La herida duele. Venís a matar a un perro y no traés guantes, dice. Sí, digo. No, dice. Ya sé, digo y me callo. Prefiero no decir nada del dolor. Enciendo el motor y el coche sale suavemente. 
Trato de concentrarme, descubrir cuál de todas las calles que van apareciendo podría llevarme al puerto sin que el Topo tenga que decir nada. No puedo darme el lujo de otra equivocación. Quizá estaría bien detenerse en una farmacia y comprar un par de guantes, pero los guantes de farmacia no sirven y las ferreterías a esta hora están cerradas. Una bolsa de nylon tampoco sirve. Puedo quitarme la campera, enrollarla en la mano y usarla de guante. Sí, voy a trabajar así. Pienso en lo que dije: trabajar, me gusta saber que puedo hablar como ellos. Tomo la calle Caseros, creo que baja hasta el puerto. El Topo no me mira, no me habla, no se mueve, mantiene la mirada hacia delante y la respiración suave. Creo que le dicen el Topo porque debajo de los anteojos tiene ojos pequeños.
Después de varias cuadras Caseros cruza Chacabuco. Después Brasil, que sale al puerto. Volanteo y entro con el coche inclinándose hacia un lado. En el baúl, el cuerpo golpea contra algo y después se escuchan ruidos, como si el perro todavía tratara de levantarse. El Topo, creo que sorprendido por la fuerza del animal, sonríe y señala a la derecha. Entro por Brasil frenando, las ruedas hacen ruido y con el coche de costado otra vez hay ruido en el baúl, el perro tratando de arreglárselas entre la pala y las otras cosas que hay atrás. El Topo dice: frená. Freno. Dice: acelerá. Sonríe, acelero. Más, dice, acelerá más. Después dice frená y freno. Ahora que el perro se golpeó varias veces, el Topo se relaja  y dice: seguí, y no dice nada más. Sigo. La calle por la que conduzco ya no tiene semáforos ni líneas blancas, y las construcciones son cada vez más viejas. En cualquier momento llegamos al puerto. 
El Topo señala a la derecha. Dice que avance tres cuadras más y doble a la izquierda, hacia el río. Obedezco. Enseguida llegamos al puerto y detengo el auto en una playa de estacionamiento ocupada por grandes grupos de containers. Miro al Topo pero no me mira. Sin perder tiempo, bajo del auto y abro el baúl. No preparé mi abrigo alrededor del brazo pero ya no necesito guantes, ya está todo hecho, hay que terminar pronto para irse. En el puerto vacío solo se ven, a lo lejos, luces débiles y amarillas que iluminan un poco unos pocos barcos. Quizá el perro ya esté muerto, pienso que sería lo mejor, que la primera vez le tendría que haber pegado más fuerte y seguro ahora estaría muerto. Menos trabajo, menos tiempo con el Topo. Yo lo hubiera matado directamente, pero el Topo hace las cosas así. Son caprichos, traerlo medio muerto hasta el puerto no hace más valiente a nadie. Matarlo delante de todos esos otros perros era más difícil.
Cuando lo toco, cuando junto las patas para bajarlo del auto, abre los ojos y me mira. Lo suelto y cae contra el piso del baúl. Con la pata delantera raspa la alfombra manchada de sangre, trata de levantarse y la parte trasera del cuerpo le tiembla. Todavía respira y respira agitado. El Topo debe estar contando el tiempo. Vuelvo a levantarlo y algo le debe doler porque aúlla aunque ya no se mueve. Lo apoyo en el piso y lo arrastro para alejarlo del auto. Cuando vuelvo al baúl a buscar la pala el Topo se baja. Ahora está junto al perro, mirándolo. Me acerco con la pala, veo la espalda del Topo y detrás, en el piso, el perro. Si nadie se entera de que maté a un perro nadie se entera de nada. El Topo no gira para decirme ahora. Levanto la pala. Ahora, pienso. Pero no la bajo. Ahora, dice el Topo. No la bajo ni sobre la espalda del Topo ni sobre el perro. Ahora, dice, y entonces la pala baja cortando el aire y golpea en la cabeza del perro que, en el suelo, aúlla, tiembla un momento, y después todo queda en silencio. 
Enciendo el motor. Ahora el Topo va a decirme para quién voy a trabajar, cuál va a ser mi nombre, y por cuánta plata, que es lo que importa. Tomá Huergo y después doblá en Carlos Calvo, dice.
Hace rato que conduzco. El Topo dice: en la próxima frená sobre el lado derecho. Obedezco y por primera vez el Topo me mira. Bájese, dice. Me bajo y él se pasa al asiento del conductor. Me asomo por la ventanilla y le pregunto qué va a pasar ahora. Nada, dice: usted dudó. Enciende el motor y el Peugeot se aleja en silencio. Cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que me dejó en la plaza. En la misma plaza. Desde el centro, cerca de la fuente, un grupo de perros se incorpora, poco a poco, y me miran.


Samanta Schweblin nació en Buenos Aires, en 1978, donde estudió cine y televisión. Su primer libro de cuentos “El núcleo del disturbio” del 2002, obtuvo los premios del Fondo Nacional de las Artes y el Concurso Haroldo Conti. Su segundo libro, “Pájaros en la boca” del 2009, obtuvo el premio Casa de las Américas, ha sido traducido a trece idiomas y publicado en veintidós países. Becada por distintas instituciones vivió temporalmente en Oaxaca (México), Umbria y Toscana (Italia) y Berlín (Alemania), donde reside actualmente. Fue recientemente seleccionada por la prestigiosa revista GRANTA como una de los “mejores jóvenes narradores en Español” y acaba de obtener la última edición del premio Juan Rulfo de Francia.


Matar a un perro fue traducido al Inglés y al sueco. Publicado en la antología "Narradores Argentinos", de Editorial Siruela, España, 2004; y en la edición especial de narradores argentinos de la revista Karavan, de Suecia, 2006. 

sábado, 10 de mayo de 2014

BENEDETTI, MARIO: El otro yo



Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Solo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso lo lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: "Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable".
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

(Uruguay, 1920/2009)

martes, 29 de abril de 2014

MANGUEL, ALBERTO: Robar libros...


Estoy una vez más a punto de mudarme. A mi alrededor, entre el polvo secreto que surge de rincones insospechados al mover los muebles, se alzan inestables columnas de libros, semejantes a rocas talladas por el viento en un paisaje desértico. Mientras edifico pila tras pila de volúmenes familiares (algunos los reconozco por el color, otros por la forma, muchos por algún detalle en las sobrecubiertas cuyos títulos trato de leer cabeza abajo o desde un ángulo extraño), me pregunto, como suelo hacerlo cada tanto, por qué guardo tantos libros que sé que jamás volveré a leer. Me respondo que, cada vez que me desprendo de un libro, descubro unos días después que era precisamente ese el que estaba buscando. Me digo que no hay libros (o muy pocos, poquísimos) en los que no haya encontrado algo que me interese. Me digo que por alguna razón los he traído a mi casa, y que esa razón puede volver a ser válida en el futuro. Recurro a excusas de exhaustividad, de escasez, de una vaga erudición. Pero sé que la razón principal para conservar esta colección siempre en aumento es una especie de codicia voluptuosa. Disfruto con el espectáculo de mis estanterías abarrotadas, llenas de nombres más o menos familiares. Me encanta saber que estoy rodeado de una suerte de inventario de mi vida que me da algunos indicios sobre mi futuro. Me gusta descubrir, en volúmenes casi olvidados, huellas del lector que fui en otro tiempo: frases garrapateadas, boletos de autobús, trozos de papel con nombres y números misteriosos, en algún caso una fecha y un lugar en la solapa del libro, que me hacen volver a cierto café, a una lejana habitación de hotel, a un remoto verano de otros tiempos. Podría, si fuera necesario, abandonar estos libros míos y empezar de nuevo en algún otro lugar; lo he hecho antes, varias veces, por necesidad. Pero en esas ocasiones también he tenido que reconocer una pérdida grave, irreparable. Sé que algo muere cuando renuncio a mis libros, y que mi memoria sigue volviendo a ellos con una pesarosa nostalgia. Ahora, con el paso de los años, mi memoria recuerda cada vez menos y siento que se parece a una biblioteca desvalijada: muchas de las salas están cerradas, y en las que siguen abiertas y disponibles para consulta hay grandes huecos en sus estanterías. Tomo uno de los libros que quedan y compruebo que varias de su páginas han sido arrancadas por vándalos. Cuanto más decrépito es el estado de mi memoria, mayor es mi deseo de proteger este depósito de lo que he leído, esta colección de texturas y voces y aromas. Poseer estos libros se ha convertido para mí en algo de máxima importancia; porque me he vuelto celoso del pasado.
(…)
El robo de libros fue una plaga en la Edad Media y el Renacimiento; en 1752, el Papa Benedicto XIV expidió una bula en la que condenaba a la excomunión a los ladrones de libros.
(…)
Esta amenaza se halla inscrita en la biblioteca del monasterio de San Pedro, en Barcelona:
Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y que cuando, finalmente, descienda al castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre.
De todos modos, ninguna maldición parece disuadir a los lectores que, como amantes enloquecidos, están decididos a hacer suyo un libro determinado. El ansia de poseer un libro, de ser su único dueño, es una especie de codicia que no se parece a ninguna otra. “Un libro se lee mejor”, confesaba el ensayista inglés Charles Lamb, contemporáneo de Libri, “si es nuestro, y lo conocemos desde hace tanto tiempo que sabemos de memoria la topografía de sus borrones y las páginas con las esquinas dobladas, y podemos relacionar sus manchas con la ocasión en que lo leímos durante el té, mientras comíamos pan con manteca”.
(…)
Llegamos a sentir que los libros que poseemos son los libros que conocemos, como si en las bibliotecas la posesión fuese, al igual que en los tribunales anglosajones, nueve décimas partes de la ley; que contemplar el lomo de los libros que consideramos nuestros, que hacen guardia obedientemente en las paredes de nuestra habitación, dispuestos a hablarnos a nosotros con solo pasar la página, nos permite decir, “Todo esto es mío” como si su sola presencia nos llenara de su sabiduría, sin que nosotros debamos esforzarnos por aprender su contenido.

(Fragmentos de MANGUEL, Alberto: “Una historia de la lectura”, Bs. As., Emecé Editores, 2005.
Capítulo “Robar libros”, pp. 249/257)



(Argentina, 1948)

viernes, 25 de abril de 2014

NIEL, ALBERTO: Divagaciones sobre una palabra


La señora Raquel Diez Rodríguez de Albornoz, grande y veterana amiga mía, publicó en su sección “Oral y Escrito”, un jugoso comentario acerca del término “boludo” y sus derivados, evidenciando una vez su sapiencia lingüística, su valentía para encarar tabúes de otrora con la altura y amenidad que caracterizan a su estilo periodístico, que hacen fácil lo difícil e instruyen con una sonrisa.
Como este tema siempre me interesó quiero aportar algo para su enriquecimiento. En mi libro “Divagaciones, semblanzas y otras yerbas” agarro el toro por las guampas de la siguiente manera:

“La palabra boludo, con su femenino, plurales y derivados se ha transformado en una muletilla. Ha llegado a hacerse tan usual y familiar que ha perdido gran parte de su carácter ofensivo original para transformarse en un lugar común, un adjetivo pintoresco que identifica a los argentinos tanto como el che.
“Pero aclaremos: cuando se lo utiliza de una manera enfática es para agredir, especialmente si va acompañado con el típico ademán característico e inconfundible que lo identifica, adquiriendo su real dimensión significativa. Este uso regional y habitual seguramente llevará a que se lo acepte en un futuro próximo en la normativa porque expresa con propiedad un sentimiento típicamente nuestro.
“Como podemos apreciar a continuación, no cualquiera lo es; ni hace boludeces. Requiere ciertos requisitos. Ante todo pongámonos de acuerdo acerca de qué entendemos por boludo, intentando una identificación precisa. Un boludo es un espécimen típicamente argentino. No es un tonto ni un estúpido ni un ido ni un abombado ni un zonzo ni un opa ni un oligofrénico ni un mentecato (que es un tonto de capirote de la presunta Madre Patria ¡o Matria!).
“Un boludo es una persona aparentemente normal, vale decir, como todo el mundo, pero desubicado en el tiempo y en el espacio; un inoportuno, que habla cuando no tiene que hablar y que no sabe, no puede o no quiere defender las cosas que valen la pena, y un indiscreto que cuenta cosas que debería reservar dando imprudentemente argumentos y armas a quien lo puede joder.
“La boludez no tiene prácticamente solución. Se nace, vive y muere boludo. Y lo peor que puede hacer es tratar de avivarse, porque no hay nada más peligroso, destructivo y desagradable que un boludo que se supone avivado. Recientes estudio de ingeniería genética han demostrado fehacientemente que es una enfermedad genética, frecuentemente hereditaria, lo que ya se sospechaba, puesto que existen familias de boludos.
“Se descubrió que un par de cromosomas, en lugar de ser XX eran robustos cuerpos ovoides, encerrados en un saco piriforme, más bien escrotoide porque tenía más forma de escroto que de pera. No cualquiera es un boludo integral. Además del gen característico tiene que hacer méritos, ser un perfecto “catrasca” como el pato criollo (cagada tras cagada). Reunidos en comunidad hasta podrían organizarse corporativamente, tener su obra social, su caja mutual y aplaudir a los gobernantes de turno, como lo hace algún centro de jubilados masoquistas y alguna central obrera. Sería cuestión de pensarlo”.

Por ALBERTO NIEL

(Diario “El Litoral”, Santa Fe, sábado 2 de mayo de 1998)

martes, 15 de abril de 2014

ALLENDE, ISABEL: EL SEXO Y YO (Capítulo II)




A los once años yo vivía en Bolivia. Mi madre se había casado con un diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un colegio mixto. Tardé meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba siempre con las orejas rojas y me enamoraba todos los días de uno diferente. Los muchachos eran unos salvajes cuyas actividades se limitaban al fútbol y las peleas del recreo, pero mis compañeras estaban en la edad de medirse el contorno del busto y anotar en una libreta los besos que recibían. Había que especificar detalles: quién, dónde, cómo. Había algunas afortunadas que podían escribir: Felipe, en el baño, con lengua. Yo fingía que esas cosas no me interesaban, me vestía de hombre y me trepaba a los árboles para disimular que era casi enana y menos sexy que un pollo. En la clase de biología nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de fabricación de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo. Lo más atrevido que llegamos a ver en una ilustración fue una madre amamantando a un recién nacido. De lo demás no sabíamos nada y nunca nos mencionaron el placer, así es que el meollo del asunto se nos escapaba: ¿por qué los adultos hacían esa cochinada? La erección era un secreto bien guardado por los muchachos, tal como la menstruación lo era por las niñas. La literatura me parecía evasiva y yo no iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo erótico en esa época. Las relaciones con los muchachos consistían en empujones, manotazos y recados de las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso, dile que sí pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene ganas, dile que es un estúpido, dice que más estúpida eres tú y así nos pasábamos todo el año escolar. La máxima intimidad consistía en masticar por turnos el mismo chicle. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un pelirrojo a quien todas las niñas amábamos en secreto. Me sacó sangre de narices, pero esa mole pecosa y jadeante aplastándome contra las piedras del patio, es uno de los recuerdos más excitantes de mi vida. En otra ocasión me invitó a bailar en una fiesta. A La Paz no había llegado el impacto del rock que empezaba a sacudir al mundo, todavía nos arrullaban Nat King Cole y Bing Crosby (¡Oh, Dios! ¿Era eso la prehistoria?) Se bailaba abrazados, a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de cualquier joven normal. Keenan me apretó un poco y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su pantalón y de mis costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me hacían daño. Salió corriendo y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco más de la naturaleza humana, la única explicación que se me ocurre para su comportamiento es que tal vez no eran las llaves.
En 1956 mi familia se había trasladado al Líbano y yo había vuelto a un colegio de señoritas, esta vez a una escuela inglesa cuáquera, donde el sexo simplemente no existía, había sido suprimido del universo por la flema británica y el celo de los predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente. En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques, había sucursales de las tiendas de los más famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillacs con ribetes de oro puro circulaban en las calles junto a camellos y mulas. Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes se ponían pantalones, pero todavía existía esa firme línea fronteriza que durante milenios separó a los sexos. La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca de cordero, el calor del mediodía y el canto del muecín convocando a la oración desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido... Las niñas no salían solas y los niños también debían cuidarse. Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos, para que se defendieran de los pellizcos en la calle. En el recreo del colegio pasaban de mano en mano foto-novelas editadas en la India con traducción al francés, una versión muy manoseada de "El amante de Lady Chaterley" y pocket-books sobre orgías de Calígula. Mi padrastro tenía "Las Mil y Una Noches" bajo llave en su armario, pero yo descubrí la manera de abrir el mueble y leer a escondidas trozos de esos magníficos libros de cuero rojo con letras de oro. Me zambullí en el mundo sin retorno de la fantasía, guiada por huríes de piel de leche, genios que habitaban en las botellas y príncipes dotados de un inagotable entusiasmo para hacer el amor. Todo lo que había a mi alrededor invitaba a la sensualidad y mis hormonas estaban a punto de explotar como granadas, pero en Beirut vivía prácticamente encerrada. Las niñas decentes no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo cual tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras, que me visitaba para tomar Coca-Cola en la terraza. Era tan rico, que tenía motoneta con chófer. Entre la vigilancia de mi madre y la de su chófer, nunca tuvimos ocasión de estar solos.

(Chile, 1942)
 

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domingo, 30 de marzo de 2014

GALEANO, EDUARDO: El alegato


—Declare su versión de los hechos —mandó el juez.
El escribiente, las manos en el teclado, transcribió los dichos del acusado, conocido por su apodo de “El Tornillo”, residente en la ciudad de Melo, mayor de edad, de estado civil soltero, profesión desocupado.
El acusado no negó su responsabilidad en el delito que se le imputaba. Sí, él había estrangulado una gallina que no era de su propiedad. Alegó:
—Tuve que matarla. Hacía tiempo que me chiflaba la panza vacía.
Y concluyó:
—Fue en defensa propia, señor juez.


(Uruguay, 1940)

miércoles, 19 de marzo de 2014

LA ÚLTIMA COPA



Eche, amigo, no más, écheme y llene
hasta el borde la copa de champán,
que esta noche de farra y de alegría
el dolor que hay en mi alma quiero ahogar.

Es la última farra de mi vida,
de mi vida, muchachos, que se va...
Mejor dicho, se ha ido tras de aquella
que no supo mi amor nunca apreciar.

Yo la quise, muchachos, y aún la quiero,
y jamás yo la podré olvidar...
Yo me emborracho por ella
y ella quién sabe qué hará...

Eche, mozo, más champán,
que todo mi dolor
bebiendo lo he de ahogar.
Y si la ven, amigos, díganle
que ha sido por su amor
que mi vida ya se fue.

Y brindemos, no más, la última copa
que, tal vez, también ella ahora estará
ofreciendo en algún brindis su boca
y otra boca feliz la besará.

Eche, amigo, no más, écheme y llene
hasta el borde la copa de champán,
que mi vida se ha ido tras de aquella
que no supo mi amor nunca apreciar.

Letra y Música: Juan Caruso- Francisco Canaro


domingo, 9 de marzo de 2014

VARGAS LLOSA, MARIO: Más información, menos conocimiento


Nicholas Carr estudió Literatura en el Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no solo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación, sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.
Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro, y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: «Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo».
Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir a una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil y el Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains y, en español: Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido.
Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones.
Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una transformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall McLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre este, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. McLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr, y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo, indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet.
Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.
No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la «inteligencia artificial» que está a su servicio soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado «la mejor y más grande biblioteca del mundo»? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?
No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O’Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirmen: «Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos». Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros solo para «informarse». Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: «Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros».
Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer La guerra y la paz o el Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la Red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea solo la literatura a la que el Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que esta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?
La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades, logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos del Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce «la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos».
En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos.
Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero este me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que —para qué engañarnos— no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la «inteligencia artificial» es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor.

El País, Madrid, 31 de julio de 2011

MARIO VARGAS LLOSA
De “La civilización del espectáculo” (Alfaguara, 2012)

Aporte de Librería “El Saber” (Vicente Dómina)

viernes, 28 de febrero de 2014

BORGES, Jorge Luis: Los justos

Un hombre que cuida un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.


Jorge Luis Borges
(Argentina, 1899/1986)

Del libro “La cifra” (1981)

viernes, 7 de febrero de 2014

RAMOS, PABLO: La historia de la música


Todo comenzó cuando era chico, en sexto grado, y por una mujer. Una niña prodigiosa de esas que te sacan el sueño. Se llamaba Andrea y era, por supuesto, inaccesible para mí. Durante los primeros meses de clases ya le había escrito varias docenas de poemas de amor, llenos de frases como “la dolorosa eternidad de tus dolorosos ojos claros”, que parecían más los síntomas clínicos de una mutación pediátrica de un problema de tiroides, que los versos de un poeta desconsolado y maldito como pretendían ser. Yo no los llamaba poemas, los llamaba letras, porque nacían de completar sílaba por sílaba la melodía del Estudio de Rubira, tema que por ese entonces yo pensaba (estaba seguro, en realidad) pertenecía a Fausto Pappetti en coautoría con Julio Iglesias.
Escribía y soñaba y por eso, supongo, que la directora de la escuela me haya etiquetado de “soñador” y lo dijera cada vez que se le presentaba la oportunidad, delante de cualquiera, habrá sido una crueldad pero, hay que admitir, debidamente fundamentada. Yo era un soñador, eso es verdad, pero no perseguía, al menos conscientemente, un sueño particular. Nunca fui ni medianamente prodigio, ni tuve, al menos visiblemente, algún tipo de  talento. Entonces soñaba con cualquier cosa: con lo primero que me viniera a la mente. Porque cualquier logro me hubiera venido bien y por eso, creo, era una especie de soñador genérico. Sólo esperaba que, alguna vez en la vida, me llegara la de Gloria. Gloria, así, con mayúsculas. Gloria por cualquier cosa. Y entonces, en una misma tarde, ensimismado en un rincón de mi casa o arriba de uno de los naranjos silvestres de la avenida Belgrano, imaginaba de igual manera ganar el amor de Andrea o salir campeón jugando para la selección nacional. También imaginaba cómo sería salvar a mi madre de un supuesto incendio que podía ocurrir en mi casa. O mi propia muerte, cómo me gustaba imaginar mi muerte, y cómo sería recibido en la vida más allá de la vida (algo así como recibían en las películas de Hollywood a los conquistadores romanos), y a los cinco minutos me olvidaba de eso y deliraba con el momento en que mis padres me mirarían orgullosos el día en que me recibiera de ingeniero, médico, cura exorcista, director de orquesta o astronauta, y alcanzara, entonces sí, de una vez y para siempre, la gloria. Ah no, no, quiero decir: la Gloria.
Esa necesidad de volarme con la imaginación me asaltaba en plena vigilia, sin que yo tuviera ningún control sobre ello. En cualquier circunstancia en que me encontrara “el cuelgue” sucedía, desconectándome del mundo exterior, dejándome congelado en la posición en que me encontrase, ya sea con el dedo en la nariz o con un pedazo de milanesa pinchada en el tenedor a medio camino de la boca. Supongo que por eso, muchos compañeros y casi todas las maestras, me veían como un bicho raro. “El niño que mira abstraído”, le dijo una vez la directora a la señorita Cueto. Yo me moría de vergüenza, pero trataba de superarlo porque, como dije, en sexto grado había nacido un anhelo real: el anhelo de que Andrea leyera mis letras y se enamorara locamente de mí.

Enamorarse locamente de mí, por aquellos días, era poco probable. No es que yo haya sido un niño feo y estúpido, pero no salía de la línea media; es decir, no sobresalía en nada. Era un alumno aceptable pero con muchísimas faltas de ortografía, era un futbolista más que aceptable también, pero como en la escuela se practicaba cualquier cosa menos fútbol, yo nunca pude formar parte de ningún equipo que organizara el profesor de gimnasia. Y uno puede pasar desapercibido en casi todo en la primaria, pero si no forma parte de la selección de vóley, de pelota al cesto o de hándbol, tiene cero posibilidades con sus compañeras. Y mucho peor si alguna vez se te escapó frente a una de ellas que todos esos deportes son una reverendísima boludez. Para una alumna primaria, al menos para una de aquella época, nada de lo que hiciera el profesor de gimnasia era cuestionable. Ni que inventara juegos estúpidos, ni que se peinara a la gomina, ni que usara los jóguins tan apretados que le dieran el aspecto del pitufo violador, con el bulto azul de las pelotas bamboleándose de un lado para el otro.
Sentir todo eso sin poder compartirlo con nadie fue lo que hoy identifico como mi primera soledad. Pero si alguien piensa que mis problemas terminaban ahí, no tiene ni idea de cómo fueron en realidad las cosas. Es que durante la mitad de sexto y gran parte de séptimo grado lucí, como un distintivo, una docena de verrugas alrededor de los labios. Salieron de un día para el otro y fueron una docena exactamente. No eran unas verrugas muy grandes, eso sí, eran más bien pequeñas, largas y finitas, y le daban a mi cara el aspecto de tener una boca adentro de otra boca.
Al mes de haberme salido falté una semana a clases y me la pasé en el hospital Fiorito, haciendo tratamiento intensivo con nitrato de plata. Me llevó tía Laura, la mujer de mi tío Alfredo, que era técnica en laboratorio y la conocía todo el mundo en ese hospital. Debido a eso ni esperábamos ni hacíamos cola, y yo recibía un trato verdaderamente especial. Ella era una mujer muy hermosa y muy buena conmigo y mis hermanos, y yo siempre quería que se sintiera orgullosa de mí, y entonces me portaba “como un hombre”, así decía ella.
—Sos mi hombrecito, Gabriel, mi orgullo de sobrino –decía, y yo me bancaba la que viniera.
A diferencia de mi hermano, yo nunca lloraba cuando me daban inyecciones y jamás hacía el mínimo drama, ni siquiera cuando, a los nueve años, me fracturé la pierna en un partido de fútbol. O cuando me rasparon la garganta para curarme más rápido las anginas, o me lavaron la cabeza con querosene para sacarme los piojos o me hicieron tragar litros de un jarabe rojo y repugnante contra los parásitos. Lo más difícil fue la vez en que a mi hermano y a mí nos frotaron ajo y ruda por el agujerito del ano hasta dejarnos el culo como el de un mandril: pelado y al rojo vivo. A mi hermano hubo que atarlo, yo no dije ni mú. Y de la misma manera, con eso de las verrugas, fui todos los días con una sonrisa al carnicero. Porque el tratamiento fue eso: una carnicería.
El primer día del tratamiento anti verrugas me dieron media docena de pinchazos en los labios con una “anestesia local leve” que no me durmió nada. Los pinchazos dolieron, mucho, y me hincharon tanto la carne que la boca me quedó “como para chupar burros”, así me dijo mi abuelo el cantor. Pero no derramé ni una lágrima, y tía Laura (que estuvo siempre a mi lado) me sonrió: yo era un ejemplo de mártir.
—Ahora esperamos un ratito a que agarre la anestesia –le dijo esa vez la enfermera a mi tía y me acarició la cabeza.
Pero la anestesia apenas me causó un hormigueo en el labio superior. Nunca entendí por qué me pincharon tanto si la “anestesia local leve” no servía para nada. Cuando me preguntaron si me había hecho efecto yo contesté que no sentía nada, y ellos lo entendieron al revés. Y vino el nitrato de plata. Quemaba. Dolía. Daba electricidad. Pero mucho, muchísimo peor, era a lo que olía: a carne quemada, a paty de Plaza Constitución, a chorizo de la esquina de mi parrilla Pito Cuatro. A cualquier carne que se les ocurra pero con el siniestro detalle de la conciencia de que esa carne era, en realidad, la carne de mis verrugas: mi carne: carne de la carne de mi carne. A la parrilla. Ese olor se me quedó impregnado en la nariz por dos días: el tiempo exacto en el cual las verrugas volvieron a crecer. Y no hubo otra alternativa más que volver al mismo hospital y al mismo tratamiento. Y fui sin chistar, otra vez con la sonrisa, ahora deformada. Por toda esa semana sin colegio y otras dos semanas más en las cuales no pude faltar. Siempre con los mismos padecimientos y los mismos resultados.
Finalmente mi tía se resignó y me dijo que un médico, “una eminencia”, que ella había consultado le aseguró que no había nada que hacer y que las verrugas se iban a ir de la misma manera misteriosa en la que habían aparecido.  Entonces, junto con el final del padecimiento vino la aceptación de que nada se podía hacer. Mis posibilidades de conquistar a Andrea bajaron entonces de una en mil a cero en un millón. Es que, si bien hasta ese momento yo había logrado conformarme con lo que la naturaleza me había concedido y podía soportar mirarme al espejo y ver a ese chico de cara larga y pálida, con una de las paletas partidas, de pelo rubio-ceniza y un enorme remolino en la frente, lo de las verrugas fue demasiado. Me dolían, cuando hacía frío, cuando comía, cuando me las tocaba. A veces me sangraban porque sí y recién me daba cuenta cuando tenía el guardapolvo manchado y a todos mis compañeros mirándome con cara de asco. Mi madre, que siempre había encontrado consuelo para mi problema del remolino diciendo que me daba “un toque distinto”, no podía encontrar palabras adecuadas para consolarme con el asunto de las verrugas. Y se tropezaba en débiles intentos de optimismo. “Vas a ver que en el hospital al final van a lograr que se te vayan para siempre” “Vas a ver que con el tiempo la gente se acostumbra y ni te las van a notar” “Es lo que sos, Gabriel, y las personas inteligentes aman lo que son”. Cosas así me decía, contribuyendo a destruir el último resto de autoestima que podía quedarme. Yo, lo único que veía, era que me estaba convirtiendo en una variante sudamericana del pájaro loco, con cresta de pelos y pico de carne.
Aquel año se me había dado por rezar. Rezaba por todo, primero había sido para que Andrea se fijara en mí, después para que no se fijara. Y cuando fue lo de las verrugas recé para que se me fueran antes de que ella se fijara, luego para que se me fueran y nada más y, finalmente, casi llegando a fin de año, iba a rezar para que la vida pasara rápido, o para que un camión pasara por encima de mí y terminara con mi vida. No sé, sufrí como un perro, y me hice más y más introvertido.
Al mes de terminar el tratamiento de las verrugas Andrea se convirtió en la novia oficial de mi amigo Alfonso: el mejor. Y cuando digo el mejor me refiero a todo: estudios, deportes, dibujo, música, todo. Alfonso era una exageración de la naturaleza, y tenía tres virtudes básicas: belleza, talento y bondad. Era como si ese deseo tan popular de salud, dinero y amor se hubiese hecho carne en él. Hombre o mujer, madre, maestra o alumna, nadie se resistía a sus encantos y a su siempre manifiesto corazón de oro. Las maestras lo amaban. Se lo decían a diario, agachadas frente a él, babeándose en su cara. Alfonso era de séptimo (del otro séptimo) y más grande porque había nacido en julio y los que nacen desde ese mes en adelante empiezan la escuela un año tarde.
Alfonso y yo nos habíamos hecho amigos jugando al fútbol para Arsenal de Sarandí, y siempre, luego del horario de escuela, pasábamos la tarde juntos. Él sentía una gran admiración por mí a causa de las letras que yo escribía y que una vez, tímidamente, le había dado a leer. Y no perdía nunca la ocasión de recordármelo. Las leía con religiosidad, a veces más de una vez cada una, y siempre tenía una palabra de halago para alguno de los versos. Muchas veces pensé que se trataba de una cargada, pero con el paso del tiempo me convencí de que no, y comencé a soñar (y quiero decir con esto que tuve el primer sueño particular, concreto, de mi vida) con que le hablase a Andrea de mí y de mis letras para que, cuando él decidiera dejarla, poder acercarme a ella y pedir su mano. “Pedir su mano”, así lo pensaba yo, así lo sentía. Y algo de eso iba a pasar, aunque no de la manera en que yo lo había imaginado.
Supongo que, perdido por perdido, y creyéndome un poco los halagos de Alfonso, pensé que tenía que estudiar algo que tuviera que ver con el arte. Gracias a un disco del flaco Spinetta descubrí a Artaud. Y gracias a la tapa del disco Artaud, me consolé por primera vez pensando que se podía ser un monstruo pero tener el talento de un ángel. A la vuelta de las vacaciones de invierno se lo confesé a mi amigo y él se entusiasmó, me dijo que iba a hablar con su madre, y me dijo que, con su talento musical (talento que yo ignoraba) y mi talento literario, podíamos formar un conjunto como Simon and Garfunkel, y que hasta podíamos llamarnos Mrs Robinson. Recuerdo ese momento como una foto: la sonrisa congelada de los dos, mi cabeza soñando con el éxito (la Gloria), Alfonso haciéndole la V de la victoria a la supuesta cámara. Le dije que yo más bien me imaginaba un dúo como Sui Géneris, y lo que no le dije es que también imaginaba que, luego de unos años de éxito, yo, el más talentoso de los dos, me separaría para triunfar como solista dejándolo a él sumido en el fracaso del olvido y el alcohol.
Decidimos estudiar guitarra. Se lo dije a mi madre y mi madre se lo dijo a mi padre. Mi padre no quería ni oír hablar de la guitarra. Creo que pensaba que mi destino de ingeniero corría peligro si yo tomaba la manía esa de la milonga que tantos estragos había hecho en la familia de mi madre. Los Reyes eran todos cantores, todos milongueros, “un milagro cada día para parar la olla”, decía siempre mi padre de la familia de mi madre. Pero los padres de Alfonso, que apoyaban a sus hijos en todo, se encargaron de convencerlo. Creo que el argumento más sólido fue que ellos mismos pagarían mis clases, y hasta me prestarían una antigua guitarra de la familia.
Fue un lunes, entonces, después de la escuela, que la madre de Alfonso nos llevó a los dos a lo de un viejo concertista que vivía en el barrio, un viejo decrépito de lo más negativo que lo único que hacía era decirte todo el tiempo que todo estaba mal.
—No, es imposible tocar la guitarra con esas manos −fue lo primero que me dijo en cuanto me vio.
Con “esas manos” se refería a “estas manos”: mis manos. De las manos de mi amigo no dijo nada, pero sacudió la cabeza en un gesto que me pareció positivo, algo así como un “puede ser”. Después le dijo que viniera los martes, a la salida del colegio. A mí me dijo que fuera los lunes y supuse que los lunes era el día en el cual agrupaba a los que no teníamos remedio, o algo así. Dijo también que daba clases tan solo porque necesitaba el dinero, dinero que, como dije, ponían los padres de Alfonso y que mi madre me obligaba a agradecer todo el tiempo. Cada vez que nos cruzábamos con ellos a la salida de la escuela ella decía: “Gracias por lo que están haciendo por nosotros, y con “nosotros” se refería, misteriosamente, a mí solo.
Las clases no eran nada baratas y supongo que por eso me vi en la obligación de resistir las críticas de mi maestro y me esforcé en aprender algo.  Pero iba  a tardar varios meses  en captar la atención del concertista. Y entiéndase bien que con “captar la atención” quiero decir, lograr que no se durmiera mientras yo tocaba la guitarra. Es que durante las primeras semanas de clase, el maestro se quedó religiosamente dormido antes de que pasaran cinco minutos. Sentado en su sillón, con la cabeza caída y roncando de lo lindo. Yo tenía que tocar tres veces seguidas cada una de las cuerdas al aire de mi guitarra, manteniendo una posición de lo más incómoda pero que para él era “la verdadera posición de la guitarra”. Tenía que empezar de abajo hacia arriba, o sea desde la primera cuerda hasta llegar a la sexta, repitiendo el nombre de cada nota y cantándola al unísono. Mi, mi, mi, mi; si, si, si, si; sol, sol, sol, sol; y el viejo maestro se ponía a roncar como un mono.
Al principio yo me quedaba en silencio, sosteniendo la guitarra prestada, demasiado grande para mí, y lo miraba dormir. Pero luego, forzado o no por las circunstancias, o buscando una respuesta a tantas situaciones desfavorables, me animé a hacer lo que hice, y mi vida cambió para siempre. Comencé a usar esa hora para mirar al viejo. Mirarle la cara de cerca sin abandonar la verdadera posición de la guitarra pero en silencio. Sus ojos se movían frenéticamente detrás de sus párpados cerrados y todas las venas de la cara se le desinflaban y perdían ese horrible color verdoso que habitualmente tenían. Me fui dando cuenta de que el viejo rejuvenecía durante aquellas siestas, y sentí que habría sido injusto de mi parte despertarlo para que prestara atención a esos aburridos toques de guitarra. El silencio de aquella casa era enorme y durante esos momentos de soledad el tiempo parecía detenerse por completo. Y yo parecía flotar dentro de mí mismo, ajeno al tiempo, como un verdadero dios de visita por un universo recientemente creado por él. Recuerdo las ventanas, las puertas, los dos zaguanes, las cortinas blancas atravesadas por la luz del sol como apariciones de una novia fantasma. Toda la casa se llenaba de espectros reales e imaginarios, fantasmas que empecé por temer y que luego me hicieron entender la profunda soledad en la cual vivía el viejo maestro, una soledad que, hoy entiendo, habré identificado inconscientemente similar a la mía. Tardé menos en entenderlo que en tocar la guitarra, y lo que quiero decir es que él tenía razón, que quizá lo mío no era tocar la guitarra pero que debía tocar la guitarra para encontrar lo que estaba reservado para mí.
Más de una vez tuve miedo de que el concertista se me muriera ahí enfrente, de que la Virgen lo viniera a buscar y se lo llevara lejos. Pero me acostumbré y comencé a jugar un juego que, en mi recuerdo, da un resultado tan exacto, tan preciso, que es muy posible que en vez de recordarlo lo esté inventando ahora. Muchas veces me levanté y luego de decir “permiso, voy al baño”, por pura formalidad, ya que mi maestro seguía dormido, me lancé a la aventura de descubrir uno de los ambientes de su casa que no podía ver desde mi lugar para verificar, cada vez, que era tal cual lo había imaginado. Con eso quiero decir que no me creo demasiado a mí mismo, porque, en mi recuerdo, no fallé jamás ni en los detalles ni en los colores, ni en la sensación que iba a sentir en cada uno de los cuartos. Un lunes me animé a meterme en lo que me pareció la pieza del maestro. Lo era, y me impactó de la misma manera que, poco tiempo después, me iban a impactar las bóvedas del cementerio de Avellaneda. Tal vez porque entré aterrado, sabiendo que era un sacrilegio que de ser descubierto terminaría no sólo con mis clases, sino con la confianza de los padres de Alfonso, y en la vergüenza de mi madre y la furia y el castigo de mi padre. Esa tarde, en ese cuarto, vi la foto del maestro joven abrazando a una mujer joven. La mujer estaba vestida de novia y fue entonces que descubrí cómo funcionaba eso que por sí solo estaba funcionando: mi imaginación. Mi capacidad de imaginar eso que es lo más difícil de imaginar: la verdad que le falta a la realidad. La realidad interior que le da sentido a esa ficción que llamamos vida. Las cortinas que yo había visto como un fantasma, eran en realidad un fantasma: el fantasma de la novia de mi viejo maestro. Y la muerte, tal vez prematura de esa mujer, la razón por la cual él se había convertido en un hombre amargado y sin fe.
 En aquellas clases y sin darme cuenta, me arranqué verruga por verruga. Sin dolor, sin sangrado, con las uñas que me había dejado crecer para tocar la guitarra. Cada tanto, para mantener a mi maestro dormido, rozaba las cuerdas de arriba hacia abajo, sutilmente, siguiendo el orden del ejercicio. Entendí que él había diseñado esa extraña melodía de cuartas descendentes no sólo como una nueva forma del tedio, sino como una canción de cuna perfecta. Entonces yo tocaba suavecito y él dormía y, justo sobre la hora, como si tuviera un reloj interno, se despertaba. Me decía que había estado bien y me marcaba el siguiente ejercicio que era en realidad el mismo, pero haciendo una cejilla en alguno de los trastes. Todas las veces me miraba la cara y me decía lo mismo:
—Parece que está mejor de las verrugas ¿no?
Al término de la clase yo volvía a casa empapado en ese tono irreal, en esa melancolía casi inconsciente que me había sido dada por la hora de siesta de mi maestro. Veía la calle y la gente como en una película muda. Casi no podía oír los ruidos, y los colores y las formas resaltaban ante mis ojos como respuestas en tres dimensiones a preguntas que yo nunca me había formulado. Eran respuestas, yo podía darme cuenta de eso, pero sobre todo eran hermosas. Respuestas que no podía traer al mundo en el que vivía, que pertenecían a otro mundo: el mundo de mi abstracción. Casi idéntico al real, pero completamente diferente.

A veces la vida, si se la sabe leer, toma la forma de un cuento. Porque solas y al mismo tiempo la historia de Alfonso, Andrea y el viejo concertista, se cerraron en una. La tarde de la última clase caminaba con mi enorme guitarra cuando la encontré a ella sentada en el umbral de su casa. Lleno de amor (ya sin verrugas y con los labios humanos), me acerqué. La veía tan pura, tan delicada. Ella sintió mi presencia y me saludó casi automáticamente, con una seña, como si más que saludarme espantara una mosca.
—¿Vos sabés que mis ojos son dolorosos como la dolorosa eternidad? ─me dijo y me di cuenta de que nunca había oído su voz hablándome directamente a mí. Me pareció la voz de una persona tonta, engreída y tonta. El alma se me cayó al piso─. Me lo escribió Alfonso. Vos no podrías escribir algo así.
 No le contesté. La miré, creo que por última vez de una manera amorosa y seguí caminando. No sentí dolor, ni angustia, ni bronca. Recuerdo que pensé (porque más que un sentimiento fue un pensamiento el que surgió en mí): “Qué raro”, y me di cuenta de que Alfonso no era perfecto, por suerte para él, y por suerte para mí.
Llegué a la casa del maestro sabiendo que esa iba a ser mi última clase, que ya nunca más iba a aceptar un regalo de los padres de Alfonso: jamás iba a aceptar un regalo de nadie a decir verdad. Habían pasado tres meses, equivalentes a doce clases. Y en los tiempos de práctica en mi casa yo había sacado un tema de oído, y lo había sacado bastante bien. Era el tango Yuyo verde, y un par de minutos antes de que se terminara mi clase y por lo tanto la siesta de mi profesor, me lo puse a tocar con alma y vida. Dispuesto a todo, a que me felicitara o me matara (era un músico clásico y yo suponía que odiaba el tango). Pero él se despertó, confundido, terminó de escuchar los últimos acordes, se desperezó y se acomodó el pelo endurecido de Glostora detrás de la oreja. Por un instante me miró, en realidad primero miró la guitarra, luego mis manos y luego me miró a mí, directo a los ojos. Y fue entonces que sucedió un milagro, no por lo que dijo el viejo profesor sino porque recordó mi nombre. 
—Usted tiene mucho talento, Gabriel ─dijo, y sacudió la cabeza─, lástima que no tenga las manos de su amigo.

(Argentina, 1966)


Texto perteneciente a “El camino de la luna”, Alfaguara, 2012.


Pablo Ramos nació en 1966 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Ha publicado el libro de poemas Lo pasado pisado (1997) y las novelas El origen de la tristeza (Alfaguara, 2004) y La ley de la ferocidad (Alfaguara, 2007, seleccionada como uno de los mejores libros extranjeros por la revista colombiana Arcadia). Su libro de relatos Cuando lo peor haya pasado (Alfaguara, 2005) obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes (2003) y el primer premio en el concurso Casa de las Américas de Cuba (2004). Ha publicado también la novela para jóvenes El sueño de los murciélagos (Alfaguara, 2009), que recibió el galardón The White Ravens al ser seleccionada por la Jugendbibliotek. Su obra ha sido traducida al francés, al portugués y al alemán. Residió un año en Berlín, en el marco del Programa de Artistas del DAAD.