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martes, 2 de abril de 2019

DOLINA, Alejandro: Balada de la primera novia



El poeta Jorge Allen tuvo su primera novia a la edad de doce años. Guarden las personas mayores sus sonrisas condescendientes. Porque en la vida de un hombre hay pocas cosas más serias que su amor inaugural. Por cierto, los mercaderes, los refutadores de leyendas y los aplicadores de inyecciones parecen opinar en forma diferente y resaltan en sus discursos la importancia del automóvil, la higiene, las tarjetas de crédito y las comunicaciones instantáneas. El pensamiento de estas gentes no debe preocuparnos. Después de todo han venido al mundo con propósitos tan diferentes de los nuestros, que casi es imposible que nos molesten.
Ocupémonos de la novia de Allen. Su nombre se ha perdido para nosotros, no lejos de Patricia o Pamela. Fue tal vez morocha y linda. El poeta niño la quiso con gravedad y temor. No tenía entonces el cínico aplomo que da el demasiado trato con las mujeres. Tampoco tenía —ni tuvo nunca— la audacia guaranga de los papanatas. 
Las manifestaciones visibles de aquel romance fueron modestas. Allen creía recordar una mano tierna sobre su mentón, una blanca vecindad frente a un libro de lectura y una frase, tan solo una: "Me gustás vos". En algún recreo perdió su amor y más tarde su rastro. 
Después de una triste fiestita de fin de curso, ya no volvió a verla ni a tener noticias de ella. Sin embargo siguió queriéndola a lo largo de sus años. Jorge Allen se hizo hombre y vivió formidables gestas amorosas. Pero jamás dejó de llorar por la morocha ausente. 
La noche en que cumplía treinta y tres años, el poeta supo que había llegado el momento de ir a buscarla. 
Aquí conviene decir que la aventura de la Primera Novia es un mito que aparece en muchísimos relatos del barrio de Flores. Los racionalistas y los psicólogos tejen previsibles metáforas y alegorías resobadas. De ellas surge un estado de incredulidad que no es el más recomendable para emocionarse por un amor perdido. 
A falta de mejor ocurrencia, Allen merodeó la antigua casa de la muchacha, en un barrio donde nadie la recordaba. Después consultó la guía telefónica y los padrones electorales. Miró fijamente a las mujeres de su edad y también a las niñas de doce años. Pero no sucedió nada. 
Entonces pidió socorro a sus amigos, los Hombres Sensibles de Flores. Por suerte, estos espíritus tan proclives al macaneo metafísico tenían una noción sonante y contante de la ayuda. Jamás alcanzaron a comprender a quienes sostienen que escuchar las ajenas lamentaciones es ya un servicio abnegado. 
Nada de apoyos morales ni palabras de aliento. Llegado el caso, los muchachos del Ángel Gris actuaban directamente sobre la circunstancia adversa: convencían a mujeres tercas, amenazaban a los tramposos, revocaban injusticias, luchaban contra el mal, detenían el tiempo, abolían la muerte. Así, ahorrándose inútiles consejos, con el mayor entusiasmo buscaron junto al poeta a la Primera Novia. 
El caso no era fácil. Allen no poseía ningún dato prometedor. Y para colmo anunció un hecho inquietante: 
—Ella fue mi primera novia, pero no estoy seguro de haber sido su primer novio. 
—Esto complica las cosas —dijo Manuel Mandeb, el polígrafo—. Las mujeres recuerdan al primer novio, pero difícilmente al tercero o al quinto. 
El músico Ives Castagnino declaró que para una mujer de verdad, todos los novios son el primero, especialmente cuando tienen carácter fuerte. Resueltas las objeciones leguleyas, los amigos resolvieron visitar a Celia, la vieja bruja de la calle Gavilán. En realidad, Allen debió ser llevado a la rastra, pues era hombre temeroso de los hechizos. 
—Usted tiene una gran pena —gritó la adivina apenas lo vio. 
—Ya lo sé señora... dígame algo que yo no sepa... 
—Tendrá grandes dificultades en el futuro... 
—También lo sé... 
—Le espera una gran desgracia... 
—Como a todos, señora... 
—Tal vez viaje... 
—O tal vez no... 
—Una mujer lo espera... 
—Ahí me va gustando... ¿Dónde está esa mujer? 
—Lejos, muy lejos... En el patio de un colegio. Un patio de baldosas grises. 
—Siga... con eso no me alcanza. 
—Veo un hombre que canta lo que otros le mandan cantar. Ese hombre sabe algo... Veo también una casa humilde con pilares rosados. 
—¿Qué más? 
—Nada más... Cuanto más yo le diga, menos podrá usted encontrarla. Váyase. Pero antes pague. 
Los meses que siguieron fueron infructuosos. Algunas mujeres de la barriada se enteraron de la búsqueda y fingieron ser la Primera Novia para seducir al poeta. En ocasiones Mandeb, Castagnino y el ruso Salzman simularon ser Allen para abusar de las novias falsas. 
Los viejos compañeros del colegio no tardaron en presentarse a reclamar evocaciones. Uno de ellos hizo una revelación brutal. 
—La chica se llamaba Gómez. Fue mi Primera Novia. 
—¡Mentira! —gritó Allen. 
—¿Por qué no? Pudo haber sido la Primera Novia de muchos. Entre todos lo echaron a patadas. 
Una tarde se presentó una rubia estupenda de ojos enormes y esforzados breteles. Resultó ser el segundo amor del poeta. Algunas semanas después apareció la sexta novia y luego la cuarta. Se supo entonces que Jorge Allen solía ocultar su pasado amoroso a todas las mujeres, de modo que cada una de ellas creía iniciar la serie. 
A fines de ese año, Manuel Mandeb concibió con astucia la idea de organizar una fiesta de exalumnos de la escuela del poeta. Hablaron con las autoridades, cursaron invitaciones, publicaron gacetillas en las revistas y en los diarios, pegaron carteles y compraron masas y canapés. 
La reunión no estuvo mal. Hubo discursos, lágrimas, brindis y algún reencuentro emocionante. Pero la chica de apellido Gómez no concurrió. Sin embargo, los Hombres Sensibles -que estaban allí en calidad de colados- no perdieron el tiempo y trataron de obtener datos entre los presentes. 
El poeta conversó con Inés, compañera de banco de la morocha ausente. 
—Gómez, claro —dijo la chica—. Estaba loca por Ferrari. 
Allen no pudo soportarlo. 
—Estaba loca por mí. 
—No, no... Bueno, eran cosas de chicos. Cosas de chicos. Nada menos. Amores sin cálculo, rencores sin piedad, traiciones sin remordimiento. 
El petiso Cáceres declaró haberla visto una vez en Paso del Rey. Y alguien se la había cruzado en el tren que iba a Moreno. Nada más. Los muchachos del Ángel Gris fueron olvidando el asunto. Pero Allen no se resignaba. Inútilmente buscó en sus cajones algún papel subrepticio, alguna anotación reveladora. Encontró la foto oficial de sexto grado. Se descubrió a sí mismo con una sonrisa de zonzo. La morochita estaba lejos, en los arrabales de la imagen, ajena a cualquier drama. 
—¡Ay, si supieras que te he llorado....! Si supieras que me gustaría mostrarte mi hombría... Si supieras todo lo que aprendí desde aquel tiempo... 
Una noche de verano, el poeta se aburría con Manuel Mandeb en una churrasquería de Caseros. Un payador mediocre complacía los pedidos de la gente. 
—Al de la mesa del fondo le canto sinceramente... 
De pronto Allen tuvo una inspiración. 
—Ese hombre canta lo que otros le mandan cantar. 
—Es el destino de los payadores de churrasquería. 
—Celia, la adivina, dijo que un hombre así conocía a mi novia... Mandeb copó la banca. 
—Acérquese, amigo. 
El payador se sentó en la mesa y aceptó una cerveza. Después de algunos vagos comentarios artísticos, el polígrafo fue al asunto. 
—Se me hace que usted conoce a una amiga nuestra. Se apellida Gómez, y creo que vivía por Paso del Rey. 
—Yo soy Gómez -dijo el cantor-. Y por esos barrios tengo una prima. 
Después pulsó la guitarra, se levantó y abandonando la mesa se largó con una décima.

—Acá este amable señor
conoce una prima mía
que según creo vivía
en la calle Tronador.
Vaya mi canto mejor
con toda mi alma de artista
tal vez mi verso resista
pa' saludar a esta gente
y a mi prima, la del puente
sobre el Río Reconquista.

Durante los siguientes días los Hombres Sensibles de Flores recorrieron Paso del Rey en las vecindades del río Reconquista, buscando la calle Tronador y una casa humilde con pilares rosados. Una tarde fueron atacados por unos lugareños levantiscos y dos noches después cayeron presos por sospechosos.
Para facilitarse la investigación decían vender sábanas. Salzman y Mandeb levantaron docenas de pedidos. Finalmente, la tarde que Jorge Allen cumplía treinta y cuatro años, el poeta y Mandeb descubrieron la casa.
—Es aquí. Aquí están los pilares rosados.
Mandeb era un hombre demasiado agudo como para tener esperanzas.
—No me parece. Vámonos.
Pero Allen tocó el timbre. Su amigo permaneció cerca del cordón de la vereda.
—Aquí no es, rajemos.
Nuevo timbrazo. Al rato salió una mujer gorda, morochita, vencida, avejentada. Un gesto forastero le habitaba el entrecejo. La boca se le estaba haciendo cruel. Los años son pesados para algunas personas.
—Buenas tardes —dijo la voz que alguna vez había alegrado un patio de baldosas grises.
Pero no era suficiente. Ya la mujer estaba más cerca del desengaño que de la promesa.
Y allí, a su frente, Jorge Allen, más niño que nunca, mirando por encima del hombro de la Primera Novia, esperaba un milagro que no se producía.
—Busco a una compañera de colegio —dijo—. Soy Allen, sexto grado B, turno mañana. La chica se llamaba Gómez.
La mujer abrió los ojos y una niña de doce años sonrió dentro suyo. Se adelantó un paso y comenzó una risa amistosa con interjecciones evocativas. Rápido como el refucilo, en uno de los procedimientos más felices de su vida, Mandeb se adelantó.
—Nos han dicho que vive por aquí... Yo soy Manuel Mandeb, mucho gusto.
Y apretó la mano de la mujer con toda la fuerza de su alma, mientras le clavaba una mirada de súplica, de inteligencia o quizás de amenaza. Tal vez inspirada por los ángeles que siempre cuidan a los chicos, ella comprendió.
—Encantada —murmuró—. Pero lamento no conocer a esa persona. Le habrán informado mal.
—Por un momento pensé que era usted —respiró Allen—. Le ruego que nos disculpe.
—Vamos —sonrió Mandeb—. La señora bien pudo haber sido tu alumna, viejo sinvergüenza...
Los dos amigos se fueron en silencio.
Esa noche Mandeb volvió solo a la casa de los pilares rosados. Ya frente a la mujer morocha le dijo:
—Quiero agradecerle lo que ha hecho....
—Lo siento mucho... No he tenido suerte, estoy avergonzada, míreme....
—No se aflija. Él la seguirá buscando eternamente.
Y ella contestó, tal vez llorando:
—Yo también.
—Algún día todos nos encontraremos. Buenas noches, señora.
Las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese único sentido es indispensable buscar a la Primera Novia. El hombre sabio deberá cuidar —eso sí— el detenerse a tiempo, antes de encontrarla.
El camino está lleno de hondas y entrañables tristezas. Jorge Allen siguió recorriéndolo hasta que él mismo se perdió en los barrios hostiles junto con todos los Hombres Sensibles.

(Argentina, 1944)

De “Crónicas del Ángel Gris”



domingo, 24 de marzo de 2019

NERUDA, Pablo: Los enemigos



Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pólvora, ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor. 
Entonces, en el sitio
donde cayeron  los asesinados,
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.

Por estos muertos, nuestros muertos,
pido castigo. 

Para los que de sangre salpicaron la patria,
pido castigo.

Para el verdugo que mandó esta muerte,
pido castigo,

Para el traidor que ascendió sobre el crimen,
pido castigo. 

Para el que dio la orden de agonía,
pido castigo.

Para los que defendieron este crimen,
pido castigo. 

No quiero que me den la mano
empapada con nuestra sangre.
Pido castigo. 
No los quiero de embajadores,
tampoco en su casa tranquilos,
los quiero ver juzgados,
en esta plaza, en este sitio.

Quiero castigo.

(Chile, 1904/1973)

de «Canto general» (1950)



lunes, 4 de marzo de 2019

CORTÁZAR, Julio: Una carta de amor


Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo,

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco,
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina, 

y que el placer que juntos inventamos

sea otro signo de la libertad.



jueves, 28 de febrero de 2019

OLIVER, Mary: La próxima vez


La próxima vez lo que haría es mirar 
la tierra antes de decir algo. Detenerme 
justo antes de entrar en una casa, 
y por un minuto ser emperador 
y escuchar el viento 
o el aire inmóvil. 

Cuando alguien me hablase para 
culparme o alabarme, o solamente por pasar el rato, 
signo de lo que alzó la voz. 

Y sobre todo, conocería más –la tierra 
que se afirma en sí misma y se levanta, el aire 
que encuentra cada hoja y cada pluma sobre 
el bosque y el agua, y en todas las personas 
el cuerpo que resplandece adentro de la ropa 
como una luz. 



miércoles, 27 de febrero de 2019

GUERRIERO, Leila: Hoy es ayer


Cuando todo ha sucedido, hago lo único que se puede hacer. Arrío las velas. Aguanto




El tiempo es un asesino. Hay días que transcurren en el pasado. Por ejemplo, lunes 21 de enero, 2019, el cielo tenso como un paño azul. Ayer vi un parque sumergido en un velo verde de luz esmeraldina en la que hubieran podido nadar peces. Me reí a carcajadas, comí guisos extraños, bebí. Sin embargo, hoy es un domingo de invierno de 1986. Yo había llegado hacía poco a Buenos Aires, que no era una ciudad sino un milagro peligroso, burbujeante de electricidad como un campo de promesas desiguales. Vivía sola y en las noches de verano me gustaba dormirme en el piso, la ventana abierta, mirando películas malas que pasaban en el canal 13 después de medianoche. No tenía lavarropas, mi heladera funcionaba mal, nunca me cansaba de andar por la calle, de ver cine. Atravesaba andurriales con las manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta negra de cuero, mi disfraz de Batman que no servía para defenderme, diciéndome a mí misma: “Esto es la aventura, a esto viniste: no tengas miedo”. Hablaba con los borrachos y con los mendigos. Iba a tugurios húmedos como una garganta donde travestis de piel muy blanca declamaban poesía cual demonios blasfemos. Pero a veces, no pocas, los días eran un lento viaje hacia la noche, una hora tras otra, todas llenas de vacío. Sobrevivía agónica, rodeada de un silencio hinchado, cancerígeno, sin afecto ni paz. Veía desde mi balcón los departamentos de los edificios de enfrente, las lámparas encendidas, las familias conversando en torno a la mesa de la cena, mientras yo hervía arroz o abría una lata de sardinas. En esos días todo transcurría dentro de mí, en una noche cenicienta y sin consuelo. Todo estaba por suceder y nada parecía posible. Hoy, cuando todo ha sucedido, hago, como entonces, lo único que se puede hacer. Arrío las velas. Aguanto.

LEYENDA: EL CAMALOTAL


Dicen que antes, en el Río Paraná, no existían los camalotes. Que la tierra era tierra, el agua, agua y las islas, islas. Antes, cuando no habían llegado los españoles y en las orillas del río vivían los guaraníes. 
Fue en 1526 cuando los hombres de Diego García remontaron lentamente primero el Mar Dulce y después el Paraná, pardo e inquieto como un animal salvaje, a bordo de una carabela y un patache. El jefe llegaba como Gobernador del río de Solís, pero al llegar a la desembocadura del Carcarañá se encontró con que el cargo ya estaba ocupado por otro marino al servicio de España, Sebastián Gaboto. Durante días discutieron los comandantes en el fuerte Sancti Spiritu, mientras las tropas aprovechaban el entredicho para acostumbrar de nuevo el cuerpo a la tierra firme y recuperar algunas alegrías. Exploraron los alrededores y aprovecharon la hospitalidad guaraní. Así fue que una joven india se enamoró de un soldado de García. Durante el verano, mientras García y Gaboto abandonaron el fuerte rumbo al interior, ellos se amaron. Que uno no comprendiera el idioma del otro no fue un obstáculo, más bien contribuyó al amor, porque todo era risa y deseo. Nadaron juntos en el río, ella le enseñó la selva y él el bergantín anclado en la costa; él probó el abatí (maíz en guaraní), el chipá (pancitos elaborados con pancitos de mandioca), las calabazas; ella, el amor diferente de un extranjero. 
Mientras tanto, las relaciones entre los españoles y los guaraníes se iban desbarrancando. Los indios los habían provisto, los habían ayudado a descargar los barcos y habían trabajado para ellos en la fragua, todo a cambio de hachas de hierro y algunas otras piezas. Pero los blancos no demostraron saber cumplir los pactos, y humillaron con malos tratos a quienes los habían ayudado a sobrevivir. Hasta que los indios se cansaron de tener huéspedes tan soberbios y una noche incendiaron el fuerte. Los pocos españoles que sobrevivieron se refugiaron en los barcos, donde esperarían el regreso de Gaboto y García. Después del incendio, el amor entre el soldado y la india se volvió más difícil, más escondido y más triste. Todos los días, en sus citas secretas, ella intentaba retenerlo con sus caricias y sus regalos y, sin embargo, no conseguía más que pulir su recelo. 
Hasta que llegaron los jefes, se encontraron con la tierra arrasada y decidieron volver a España por donde habían venido. 
Las semanas de los preparativos fueron muy tristes para la muchacha guaraní, que andaba todo el día por la orilla, medio oculta entre los sauces, esperando ver a su amante aunque sea un momento. Y, como no hubo despedida, la partida en cierto modo la tomó de sorpresa. Una mañana apenas nublada, cuando llegó hasta el río, vio que los barcos se alejaban. Los miró enfilar hacia el canal profundo y luego navegar, siempre hacia abajo, con sus mástiles enhiestos y sus estandartes al viento. Después de un rato eran ya tan chiquitos que parecía imposible que se llevaran tanto... Y, enseguida, el primer recodo se los tragó. Durante días y días la india lloró sola el abandono: hubiera querido tener una canoa, las alas de una garza, cualquier medio que le permitiera alejarse por el agua, más allá de los verdes bañados de enfrente, llegar allí donde le habían contado que el Paraná se hace tan ancho y tan profundo, para seguir la estela de los barcos y acompañar al culpable de su pena. 
Todos sus pensamientos los escucharon los porás (espíritus invisibles vinculados con los animales y las plantas, que pululaban por los ríos y los montes) de la costa, que se los contaron a Tupá (dios de las aguas, lluvia y granizo) y su esposa, dioses del agua. Y una tarde ellos cumplieron su deseo y la convirtieron en camalote. Por fin se alejaba de la orilla, por fin flotaba en el agua fresca y oscura río abajo, como una verde balsa gigantesca, arrastrando consigo troncos, plantas y animales, dando albergue a todos los expulsados de la costa, los eternos viajeros del río.

(Leyenda guaraní)

miércoles, 2 de enero de 2019

EL POMBERO (leyenda guaraní)


El Pombero o Pomberito es un duende o espíritu de la mitología guaraní, que habita en los bosques del noreste de nuestro país (Misiones, Corrientes, Entre Ríos), y se ha ganado el respeto de los habitantes de la región. Su nombre en guaraní es “Cuarahú-Yara”, que significa “Dueño del Sol”, y es el duende protector de la naturaleza, encargado de castigar a aquellos que dañan los árboles o los animales.
Aunque muy pocas veces se lo ha visto, algunos dicen que tiene el aspecto de un viejo feo, alto, flaco y muy peludo, aunque otros aseguran que es petiso y gordo. Sus ojos no son como los humanos, sino chatos, como los del sapo. Sus cejas tienen pelo largo. Mira fijo igual que las lechuzas. Tiene la boca grande y alargada y sus dientes son muy blancos. Tiene los pies al revés para dificultar su búsqueda. Posee abundante vellosidad y sus brazos son tan largos que los arrastra. A veces usa un enorme sombrero de paja y luce andrajoso, puede llevar una bolsa al hombro. Se cuenta que sus pisadas no se sienten. Algunas versiones indican que anda sin ropas, aunque su miembro viril enorme es tapado por la profusa barba que le llega hasta el suelo. Además, puede tomar la forma de cualquier animal. A la distancia parece un carpincho parado en las patas traseras.
El Pombero puede ser travieso, malvado y hasta amigo del hombre, según cómo se lo trate. Se dice que para ganarse su amistad, hay que dejarle ofrendas por la noche como tabaco, miel o caña. Entonces, se le puede pedir que cuide los cultivos y los animales y que traiga abundancia, y el Pombero será su amigo, los protegerá y acompañará en sus dificultades. Pero si olvidan la ofrenda, el Pombero enojado realiza maldades en el hogar y será su enemigo. Estará siempre vigilando y si un cazador o pescador mata más animales de los que consumirá o un leñador corta más madera de la que va a utilizar, se desata la furia del duende y su castigo puede ser muy cruel.
También protege a las aves, puede transformarse en árbol para tenerlas entre sus ramas y se comunica con ellas silbando.
A este duende le gusta cazar niños y se dice que suele raptarlos y chuparles la sangre si los encuentra haciendo travesuras, sobre todo si le están haciendo daño a algún animalito. Es apodado «El duende sombrerudo» o «El señor de la siesta». Por eso, después del almuerzo, a la hora de la siesta, los niños que no quieren dormir son advertidos por sus madres de que tienen que quedarse cerca de la casa, porque el Pombero suele rondar a estas horas buscando niños.
Al Pombero también le gustan las mujeres y se dice que ha llegado a raptarlas, violarlas y hasta dejarlas embarazadas. Castiga de esta manera a las esposas infieles y a las jóvenes que han crecido sin ser bautizadas. Sin embargo, puede ser un duende sensible y enamorarse de una mujer embarazada de una niña, acompañarla y protegerla.
Es además muy travieso, gusta de abrir puertas y ventanas con violencia, tirar piedras o mover cosas, hacerse invisible solo para molestar a las personas. Se dice que nunca debe pronunciarse su nombre en voz alta, burlarse de él o silbar durante la noche, porque esto también lo enfurece y con un solo roce de sus manos peludas puede producir mudez, temblores o confusión.
El primer día de octubre, suele bajar al pueblo con su sombrero de paja y un rebenque para azotar a quienes no coman en su honor.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

ECO Y NARCISO



Eco era una ninfa que habitaba en el bosque junto a otras ninfas amigas y le gustaba cazar por lo que era una de las favoritas de la diosa Artemisa... 

Pero Eco tenía un grave defecto: era muy conversadora y además en cualquier conversación o discusión, siempre quería tener la última palabra. 
Cierto día, la diosa Hera salió en busca de su marido Zeus, al que le gustaba divertirse entre las ninfas. Cuando Hera llegó al bosque de las ninfas, Eco, la entretuvo con su conversación mientras las ninfas huían del lugar. 
Cuando Hera descubrió su trampa la condenó diciendo: 
—Por haberme engañado, a partir de este momento perderás el uso de la lengua. Y ya que te gusta tanto tener la última palabra, solo podrás responder con la última palabra que escuches ¡Jamás podrás volver a hablar en primer lugar!

Narciso era un joven cuya madre, ansiosa por averiguar el destino de su hijo, consultó al adivino ciego Tiresias: 
—¿Vivirá hasta la ancianidad? —le preguntó. 
—Hasta tanto no se conozca a sí mismo —replicó Tiresias. 
De modo que la madre se aseguró de que el hijo no viera nunca su imagen en el espejo. Al crecer, el chico resultó ser extraordinariamente hermoso y despertaba amor en todos cuantos lo conocían. Aunque nunca había visto su cara, podía adivinar a través de las reacciones ajenas que era bello; pero nunca se sentía seguro, de modo que para ganar confianza y seguridad en sí mismo dependía de que los demás le dijeran cuán bello era. En consecuencia, se convirtió en un joven absorbido por su propia persona. 

Eco, con su maldición a cuestas se dedicó a la cacería recorriendo montes y bosques. Un día vio a un hermoso joven llamado Narciso y se enamoró perdidamente de él. Deseó fervientemente poder conversar con él, pero tenía la palabra vedada. Entonces comenzó a perseguirlo esperando que Narciso le hablara en algún momento. 
En cierto momento, en que Narciso estaba solo en el bosque y escuchó un crujir de ramas a sus espaldas, gritó: 
—¿Hay alguien aquí? 
Eco respondió: 
—Aquí. 
Como Narciso no vio a nadie volvió a gritar: 
—Ven. 
Y Eco contestó: 
—Ven. 
Como nadie se acercaba, Narciso dijo: 
—¿Por qué huyes de mí? Unámonos. 
La ninfa, loca de amor se lanzó entre sus brazos diciendo: 
—Unámonos. 
Narciso dio un salto hacia atrás diciendo: 
—¡Aléjate de mí! ¡Prefiero morirme a pertenecerte! 
Ante el fuerte rechazo de Narciso, Eco sintió una vergüenza tan grande que llorando se recluyó en las cavernas y en los picos de las montañas. La tristeza consumió su cuerpo hasta pulverizarlo. Solo quedó su voz para responder con la última palabra a cualquiera que le hable y por eso desde entonces cuando hablamos en cavernas y montañas escuchamos cómo Eco nos responde siempre, pero solo a nuestra última palabra. 

Narciso no solo rechazó a Eco, sino que su crueldad se manifestó también entre otras ninfas que se enamoraron de él. Una de esas ninfas, que había intentado ganar su amor sin lograrlo le suplicó a la diosa Hera que Narciso sintiera algún día lo que era amar sin ser correspondido y la diosa respondió favorablemente a su súplica. 
Escondida en el bosque, había una fuente de agua cristalina. Tan clara y mansa era la fuente que parecía un espejo. Un día Narciso se acercó a beber y al ver su propia imagen reflejada pensó que era un espíritu del agua que habitaba en ese lugar. Quedó extasiado al ver ese rostro perfecto. Los rubios cabellos ondulados, el azul profundo de sus ojos y se enamoró perdidamente de esa imagen. Deseó alejarse, pero la atracción que ejercía sobre él era tan fuerte que no lograba separase, sino que por el contrario deseó besar y abrazar con todas sus fuerzas esa imagen que veía. Se había enamorado de sí mismo. 
Desesperado, Narciso comenzó a hablarle: 
—¿Por qué huyes de mí, hermoso espíritu de las aguas? Si sonrío, sonríes. Si estiro mis brazos hacia ti, tú también los estiras. No comprendo. Todas las ninfas me aman, pero no quieres acercarte. 
Mientras hablaba una lágrima cayó de sus ojos. La imagen reflejada se nubló y Narciso suplicó: 
—Te ruego que te quedes junto a mí. Ya que me resulta imposible tocarte, deja que te contemple. 
Narciso continuó prendado de sí mismo, ni comía, ni bebía por no apartarse de la imagen que lo enamoraba hasta que terminó consumiéndose y murió. 
Las ninfas quisieron darle sepultura, pero no encontraron el cuerpo en ninguna parte. En su lugar apareció una flor hermosa de hojas blancas que para conservar su recuerdo lleva el nombre de Narciso. 




sábado, 15 de diciembre de 2018

QUIROGA, Horacio: Los buques suicidantes


Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro. 
Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo. 
No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado. 
El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó? 
La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Íbamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado. 
La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién casada se atrevió: 
—¿No serán águilas?… 
El capitán se sonrió bondadosamente: 
—¿Qué, señora? ¿Águilas que se lleven a la tripulación? 
Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada. 
Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco. 
—¡Ah! ¡Si nos contara, señor! —suplicó la joven de las águilas. 
—No tengo inconveniente —asintió el discreto individuo—. En dos palabras —y en los mares del norte, como el María Margarita del capitán— encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo —viajábamos también a vela— nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas desapariciones súbitas. 
“Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendiose de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas. 
“Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a la hora la mayoría cantaba ya. 
“Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatía común. 
“Al rato otro se desperezó, restregose los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban en el hombro. 
“—¿Qué hora es? 
“—Las cinco —respondí. 
“El viejo marinero me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua. 
“Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó, se compuso la ropa, apartose el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua. 
“Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Esto es todo.” 
Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad. 
—¿Y usted no sintió nada? —le preguntó mi vecino de camarote. 
—Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es este: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban. 
Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fue al rato. El capitán lo siguió un rato de reojo. 
—¡Farsante! —murmuró. 
—Al contrario —dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra—. Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado al agua. 

(de “Cuentos de amor de locura y de muerte”, 1917) 

(Uruguay, 1878/Argentina, 1937)

martes, 11 de diciembre de 2018

BENEDETTI, Mario: Por qué cantamos


Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones
los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil

usted preguntará por qué cantamos

si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza

usted preguntará por qué cantamos

si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro

usted preguntará por qué cantamos

cantamos porque el río está sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino

cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos

cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota

cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta

cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.

Mario Benedetti
(Uruguay, 1920/2009)


lunes, 10 de diciembre de 2018

DOLINA, Alejandro: El barrio de las latas



Él vivía en el barrio de Las Latas,
ella en un piso de Avenida Alvear. 
Él cargaba carbón en alpargatas,
ella no laburaba, iba a estudiar.

Él morfaba en "El Mago de la Costa",
un fondín muy barato y atorrante.
Ella iba siempre a sitios elegantes
y pedía perdices y langosta.

Ella tenía un auto convertible,
a él le prestaban una bicicleta.
Él soñaba sus sueños imposibles,
mientras ella, tiraba la chancleta.

Él era humilde, ella arrogante,
ella era hermosa, él fulero.
El viejo de él, un tano laburante,
el de ella, ministro y estanciero.

Ella sufría fuertes depresiones
que le curaba su psicoanalista.
Él tenía terribles sabañones,
y jamás en su vida fue al dentista.

Una tarde, entre medio de la gente,
se encontraron los dos y ¡oh, maravilla!
Cruzaron sus miradas de repente,
se estudiaron muy bien y finalmente...
No se dieron ni cinco de bolilla. 

(Argentina, 1944)


miércoles, 5 de diciembre de 2018

ARLT, Roberto: Odio desde la otra vida


Fernando sentía la incomodidad de la mirada del árabe, que, sentado a sus espaldas a una mesa de esterilla en el otro extremo de la terraza, no apartaba posiblemente la mirada de su nuca. Sin poderse contener se levantó, y, a riesgo de pasar por un demente a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y le dijo: 
—Yo no lo conozco a usted. ¿Por qué me está mirando? 
El árabe se puso de pie y, después de saludarlo ritualmente, le dijo: 
—Señor, usted perdonará. Me he especializado en ciencias ocultas y soy un hombre sumamente sensible. Cuando yo estaba mirándole la espalda era que estaba viendo sobre su cabeza una gran nube roja. Era el Crimen. Usted en esos momentos estaba pensando en matar a su novia. 
Lo que le decía el desconocido era cierto: Fernando había estado pensando en matar a su novia. El moro vio cómo el asombro se pintaba en el rostro de Fernando y le dijo: 
—Siéntese. Me sentiré muy orgulloso de su compañía durante mucho tiempo. 
Fernando se dejó caer melancólicamente en el sillón esterillado. Desde el bar de la terraza se distinguían, casi a sus pies, las murallas almenadas de la vieja dominación portuguesa; más allá de las almenas el espejo azul del agua de la bahía se extendía hasta el horizonte verdoso. Un transatlántico salía hacia Gibraltar por la calle de boyas, mientras que una voz morisca, lenta, acompañándose de un instrumento de cuerda, gañía una melodía sumamente triste y voluptuosa. Fernando sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el caballero árabe, de gran turbante, finísima túnica y modales de señorita, reiteró: 
—Estaba precisamente sobre su cabeza. Una nube roja de fatalidad. Luego, semejante a una flor venenosa, surgió la cabeza de su novia. Y yo vi repetidamente que usted pensaba matarla. 
Fernando, sin darse cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El árabe continuó: 
—Cuando desapareció la nube roja, vi una sala. Junto a una mesa dorada había dos sillones revestidos de terciopelo verde. 
Fernando ahora pensó que no tenía nada de inverosímil que el árabe pudiera darle datos de la habitación que ocupaba Lucía, porque ésta miraba al jardín del hotel. Pero asintió con la cabeza. Estaba aturdido. Ya nada le parecía extraordinario ni terrible. El árabe continuó: 
—Junto a usted estaba su novia con el tapado bajo el brazo —y acto seguido el misterioso oriental comenzó con su lápiz a dibujar en el mármol de la mesa el rostro de la muchacha. 
Fernando miraba aparecer el rostro de la muchacha que tanto quería, sobre el mármol, y aquello le resultaba, en aquel extraño momento, sumamente natural. Quizás estaba viviendo un ensueño. Quizás estaba loco. Quizás el desconocido era un bribón que lo había visto con Lucía por la Cashba. Pero lo que este granuja no podía saber era que él pensaba en aquel momento matar a Lucía. 
El árabe prosiguió: 
—Usted estaba sentado en el sillón de terciopelo verde mientras que ella le decía: “Tenemos que separarnos. Terminar esto. No podemos continuar así”. Ella le dijo esto y usted no respondió una palabra. ¿Es cierto o no es cierto que ella le dijo eso? 
Fernando asintió, mecanizado, con la cabeza. El árabe sacó del bolsillo una petaca, extrajo un cigarrillo, y dijo: 
—Usted y Lucía se odian desde la otra vida. 
—… 
—Ustedes se vienen odiando a través de una infinita serie de reencarnaciones. 
Fernando examinó el cobrizo perfil del hombre del turbante y luego fijó tristemente los ojos en el espejo azul de la bahía. El transatlántico había doblado el codo de las boyas, su penacho de humo se inmovilizaba en el espacio, y una tristeza tremenda lo aplanaba sobre el sillón, mientras que el árabe, con una naturalidad terrorífica, proseguía. 
—Y usted quiere morir porque la ama y la odia. Pero el odio es entre ustedes más fuerte que el amor. Hace millares de años que ustedes se odian mortalmente. Y que se buscan para dañarse y desgarrarse. Ustedes aman el dolor que uno le inflige al otro, ustedes aman su odio porque ninguno de ustedes podría odiar más perfectamente a otra persona de la manera que recíprocamente se odian ya. 
Todo ello era cierto. El hombre de la chilaba prosiguió: 
—¡Quiere usted venir a mi casa? Le mostraré en el pasado el último crimen que medió entre usted y su novia. ¡Ah!, perdón por no haberme presentado. Me llamo Tell Aviv; soy doctor en ciencias ocultas. 
Fernando comprendió que no tenía objeto resistirse a nada. Bribón o clarividente, el desconocido había penetrado hasta las raíces de su terrible problema. Golpeó el gong y un muchachito morisco, descalzo, corrió sobre las esteras hacia la mesa, recibió el duro “assani”, presto como un galgo le trajo el vuelto y pronto Fernando se encontró bajo las techadas callejuelas caminando al lado de su misterioso compañero, que, a pesar de gastar una magnífica chilaba, no se recataba de pasar al lado de grasientas tiendas donde hervían pescado día y noche, y puestos de té verde, donde en amontonamiento bestial se hacinaban piojosos campesinos descalzos. 
Finalmente llegaron a una casa arrinconada en un ángulo del barrio de Yama el Raisuli. 
Tell Aviv levantó el pesado aldabón morisco y lo dejó caer; la puerta, claveteada como la de una fortaleza, se entreabrió lentamente y un negro del Nedjel apareció sombrío y semidesnudo. Se inclinó profundamente frente a su amo; la puerta, entonces se abrió aún más, y Fernando cruzó un patio sombreado de limoneros con grandes tinajones de barro en los ángulos. Tell Aviv abrió una puerta y lo invitó a entrar. Se encontraban ahora en un salón con un estrado al fondo cubierto de cojines. En el centro una fontana desgranaba su vara de agua. Fernando levantó la cabeza. El techo de la habitación, como el de los salones de la Alhambra, estaba abombado en bóveda. Ríos de constelaciones y de estrellas se cuajaban entre las nebulosas, y Tell Aviv, haciéndole sentar en un cojín, exclamó: 
—Que la paz de Alá esté en tu corazón. Que la dulzura del Profeta aceite tu generosidad. Que tus entrañas se cubran de miel. Eres un hombre ecuánime y valiente. No has dudado de mi amistad. 
Y como si estuvieran perdidos en una tienda del desierto, batió tan rudamente el gong que el negro, sobresaltado, apareció con un puñado de rosas amarillas olvidado entre las manos: 
—Rakka, trae la pipa —y dirigiéndose a Fernando, aclaró: 
—Fumarás ahora la pipa de la buena droga. Ello facilitará tu entrada en el plano astral. Se te hará visible la etapa de tu último encuentro con la que hoy es tu novia. La continuidad de vuestro odio. 
Algunos minutos después Fernando sorbía el humo de una droga acre al paladar como una pulpa de tamarindo. Así de ácida y fácil. Su cuerpo se deslizó definitivamente sobre los cojines, mientras que su alma, diligentemente, se deslizaba a través de espesas murallas de tinieblas. A pesar de las tinieblas él sabía que se encaminaba hacia un paisaje claro y penetrante. Rápidamente se encontró en las orillas de una marisma, cargada de flexibles juncos. Fernando no estaba triste ni contento, pero observaba que todas las particularidades vegetales del paisaje tenían un relieve violento, una luminosidad expresiva, como si un árbol allí fuera dos veces más profundamente árbol que en la tierra. 
Más allá de la marisma se extendía el mar. Un velero, con sus grandes lienzos rojos extendidos al viento, se alejaba insensiblemente. De pronto Fernando se detuvo sorprendido. Ahora estaba vestido al modo oriental, con un holgado albornoz de verticales rayas negras y amarillas. Se llevó la mano al cinto y allí tropezó con un pistolón de chispa. 
Un pesado yatagán colgaba de su cinturón de cuero. Más allá la arena del desierto se extendía fresca hasta el ribazo de árboles de un bosque. Fernando se echó a caminar melancólicamente y pronto se encontró bajo la cúpula de los árboles de corteza lisa y dura y de otros que por un juego de luz parecían cubiertos por escamas de cobre oxidado. Como Tell Aviv le había dicho, la paz estaba en él. No lejos se escuchaba el murmullo de un río. Continuó por el sendero, y una hora después, quizá menos, se encontró en la margen del río. El lecho estaba sembrado de peñascos y las aguas se quebraban en sus filos en flechas de cristal. Lo notable fue que, al volver la cabeza, vio un hermoso caballo ensillado, con una hermosa silla de cuero labrado. Fernando, sorprendido, buscó con la mirada en derredor. No se veía al dueño del caballo por ninguna parte. El caballo inmóvil, de pie junto al río, miraba melancólicamente pasar las aguas. Fernando se acercó. Un sobresalto de terror dejó rígido su cuerpo y rápidamente llevó la mano al alfanje. No lejos del caballo, sobre la arena, completamente dormida, se veía una boa constrictor. El vientre de la boa, cubierto de escamas negras y amarillas, aparecía repugnantemente deformado en una gran extensión. Por la boca de la boa salían los dos pies de un hombre. No había dudas ahora. El hombre que montaba el caballo, al llegar al río, desmontó posiblemente para beber, y cuando estaba inclinado de cara sobre el agua, probablemente la boa se dejó caer de la rama de un árbol sobre él, lo trituró entre sus anillos y después se lo tragó. ¡Vaya a saber cuántas horas hacía que el caballo esperaba que su amo saliera del interior del vientre de la boa! 
Fernando examinó el filo de su yatagán —era reciente y tajante—, se aproximó a la boa, inmóvil en el amodorramiento de su digestión, y levantó el alfanje. El golpe fue tremendo. Cercenó no sólo la cabeza del reptil sino los dos pies del muerto. La boa decapitada se retorció violentamente. 
Entonces Fernando, considerando el atalaje del caballo, pensó que el hombre que había sido devorado por la boa debía ser un creyente de calidad, cuya tumba no debía ser el vientre de un monstruo. Se acercó a la boa y le abrió el vientre. En su interior estaba el hombre muerto. Envuelto en un rico albornoz ensangrentado, con puñal de empuñadura de oro al cinto. Un bulto se marcaba sobre su cintura. Fernando rebuscó allí; era una talega de seda. La abrió y por la palma de su mano rodó una cascada de diamantes de diversos quilates. Fernando se alegró. Luego, ayudándose de su alfanje, trabajó durante algunas horas hasta que consiguió abrir una tumba, en la cual sepultó al infortunado desconocido. 
Luego se dirigió a la ciudad, cuyas murallas se distinguían allá a lo lejos en el fondo de una curva que trazaba el río hacia las colinas del horizonte. 
Su día había sido satisfactorio. No todos los hijos del Islam se encontraban con un caballo en la orilla de un río, un hombre dentro del vientre de una boa y una fortuna en piedras preciosas dentro de la escarcela del hombre. Alá y el Profeta evidentemente lo protegían. 
No estaban ya muy distantes, no, las murallas de la ciudad. Se distinguían sus macizas torres y los centinelas con las pesadas lanzas paseándose detrás de los merlones. 
De pronto, por una de las puertas principales salió una cabalgata. Al frente de ella iba un hombre de venerable barba. El grupo cabalgaba en dirección de Fernando. Cuando el anciano se cruzó con Fernando, éste lo saludó llevándose reverentemente la mano a la frente. Como el anciano no lo conocía, sujetó su potro, y entonces pudo observar la cabalgadura de Fernando, porque exclamó: 
—Hermanos, hermanos, mirad el caballo de mi hijo. 
Los hombres que acompañaban al anciano rodearon amenazadores a Fernando, y el anciano prosiguió: 
—Ved, ved, su montura. Ved su nombre inscripto allí. 
Recién Fernando se dio cuenta de que efectivamente, en el ángulo de la montura estaba escrito en caracteres cúficos el posible nombre del muerto. 
—Hijo de un perro. ¿De dónde has sacado tú ese caballo? 
Fernando no atinaba a pronunciar palabra. Las evidencias lo acusaban. De pronto el anciano, que le revisaba y acababa de despojarle de su puñal y alfanje ensangrentado, exclamó: 
—Hermanos…, hermanos… ved la bolsa de diamantes que mi hijo llevaba a traficar… 
Inútil fue que Fernando intentara explicarse. Los hombres cayeron con tal furor sobre él, y le golpearon tan reciamente, que en pocos minutos perdió el sentido. Cuando despertó, estaba en el fondo de una mazmorra oscura, adolorido. 
Transcurrieron así algunas horas, de pronto la puerta crujió, dos esclavos negros lo tomaron de los brazos y le amarraron con cadenitas de bronce las manos y los pies. Luego a latigazos lo obligaron a subir los escalones de piedra de la mazmorra, a latigazos cruzó con los negros corredores y después entró a un sendero enarenado. Su espalda y sus miembros estaban ensangrentados. Ahora yacía junto al cantero de un selvático jardín. Las palmas y los cedros recortaban el cielo celeste con sus abanicos y sus cúpulas; resonó un gong y dejaron de azotarle. El anciano que lo había encontrado en las afueras de la ciudad apareció bajo la herradura de una puerta en compañía de una joven. Ella tenía descubierto el rostro. Fernando exclamó: 
—Lucía, Lucía, soy inocente. 
Era el rostro de Lucía, su novia. Pero en el sueño él se había olvidado de que estaba viviendo en otro siglo. 
El anciano lo señaló a la joven, que era el doble de Lucía, y dijo: 
—Hija mía; este hombre asesinó a tu hermano. Te lo entrego para que tomes cumplida venganza en él. 
—Soy inocente —exclamó Fernando—. Lo encontré en el vientre de una boa. Con los pies fuera de la boa. Lo sepulté piadosamente. 
Y Fernando, a pesar de sus amarraduras, se arrodilló frente a “Lucía”. Luego, con palabras febriles, le explicó aquel juego de la fatalidad. “Lucía”, rodeada de sus eunucos, lo observaba con una impaciente mirada de mujer fría y cruel, verdoso el tormentoso fondo de los ojos. Fernando de rodillas frente a ella, en el jardín morisco, comprendía que aquella mirada hostil y feroz era la muralla donde se quebraban siempre y siempre sus palabras. “Lucía” lo dejó hablar, y luego, mirando a un eunuco, dijo: 
—Afcha, échalo a los perros. 
El esclavo corrió hasta el fondo del jardín, luego regresó con una traílla de siete mastines de ojos ensangrentados y humosas fauces. Fernando quiso incorporarse, escapar, gritar, otra vez su inocencia. De pronto sintió en el hombro la quemadura de una dentellada, un hocico húmedo rozó su mejilla, otros dientes se clavaron en sus piernas y… 
El negro de Nedjel le había alcanzado una taza de té, y sentado frente a él Tell Aviv dijo: 
—¿No me reconoces? Yo soy el criado que en la otra vida llamé a los perros para hacerte despedazar. 
Fernando se pasó la mano por los ojos. Luego murmuró: 
—Todo esto es extraño e increíblemente verídico. 
Tell Aviv continuó: 
—Si tú quieres, puedes matar a Lucía. Entre ella y yo también hay una cuenta desde la otra vida. 
—No. Volveríamos a crear una cuenta para la próxima vida. 
Tell Aviv insistió. 
—No te costará nada. Lo haré en obsequio a tu carácter generoso. 
Fernando volvió a rehusar, y, sin saber por qué, le dijo: 
—Eres más saludable que el limón y más sabroso que la miel; pero no asesines a Lucía. Y ahora, que la paz de Alá esté en ti para siempre. 
Y levantándose, salió. 
Salió, pero una tranquilidad nueva estaba en el fondo de su corazón. Él no sabía si Tell Aviv era un granuja o un doctor en magia, pero lo único que él sabía era que debía apartarse para siempre de Lucía. Y aquella misma noche se metió en un tren que salía para Fez, de allí regresó para Casablanca y de Casablanca un día salió hacia Buenos Aires. Aquí lo encontré yo, y aquí me contó su historia, epilogada con estas palabras: 
—Si no me hubiera ido tan lejos creo que hubiera muerto a Lucía. Aquello de hacerme despedazar por los perros no tuvo nombre… 

(Argentina, 1900/1942)

SAER, Juan José: Solas


A Oscar González 

Lila dijo que estaba cansada, con ese tono entretenido con que suelen decirlo las mujeres mientras se distraen buscando algo que hacer, y después se fue y se entretuvo mirándose en el espejo, de un costado primero, luego del otro, arrimando el rostro a la pulida y resplandeciente superficie más tarde, levantándose el pelo sobre la nuca y dejándolo caer enseguida, irguiendo por sobre el vestido con las palmas de las manos sus abultados flácidos senos y mirando de perfil la silueta prominente y dócil; la otra fumaba sobre la cama, con un vestido claro y suelto, el antebrazo bajo la nuca en una posición varonil y los glaucos húmedos ojos fijos en la agrisada blancura del cielorraso. 
Era el día más caluroso del año; el aire estridular rolaba en el exterior y los sonidos demoraban en extinguirse en su seno pesado y en constante desplazamiento, semejando un fluido espeso, grave y transparente moviéndose imperceptible y sin pausa dentro de un inmenso receptáculo. Los árboles permanecían llenos y quietos como compactas y bajas nubes verdes asentadas silenciosamente sobre las oscuras horquetas distraídas. 
El moblaje de la habitación era clásico: además de la cama de dos plazas, había un ropero de madera terciada con una fulgurante luna ordinaria, una mesa de luz, y una antigua y polvorienta consola sobre la que descansaban una palangana y una jarra enlozadas. Por alguna hendija de la puerta de madera se colaba una penetrante, una fuerte y enloquecedora claridad. 
—Así es —dijo Lila—. Así es. 
La otra permanecí silenciosa, fumando, pensando; recordaba. De pronto se removió sobre la cama y estuvo a punto de decir algo, quedando suspendida de su propia vacilación, pero no lo dijo y continuó mirando fijamente el techo. Era menuda, ágil, y su inmovilidad y su silencio daban la impresión de que constituían sólo una tregua limitada y activa, como la del arma cuando está siendo cargada, y que su modalidad consistía en lo vivo y lo rápido; esas culebras que permanecen ocultas entre los pastos atentas pese a su sopor, que cuando estás pasando junto a ellas, como algo que prescinde por completo del tiempo, menos que un relámpago, pero quizá con idéntico resplandor, ya te mordieron y te envenenaron. Lila se peinaba ahora. 
—Así es —repitió, abstraída. Y luego, mirándola—: ¿Qué te hacen? 
—¿Quiénes? —dijo la otra, incorporándose y mirándola con cierto asombro. 
—Los hombres —dijo Lila y continuó peinándose, observando a su amiga a través de la planteada pátina del espejo. 
—Ah. Qué sé yo. Me tocan, me besan. Qué sé yo. 
—Sí, ya sé. Pero ¿cómo? —Lila movió en el aire la mano que sostenía el peine. 
—Ah, cómo. Bueno. Qué sé yo. Primero entran, hacen algún comentario para demostrar que no vienen nada más que para eso, después me miran, se arriman, me tocan… el pecho, o atrás, y me desvisten, y después todo eso. A veces viene alguno distinto, con algo de conversación, pero es raro, o alguno que se quiere…, que quiere hacer alguna asquerosidad, pero yo le paro el carro y le digo que no se haga el vivo y listo. 
—Igual que yo —dijo Lila, yendo a sentarse en el borde de la cama, el opuesto a aquel sobre el que se recostaba la otra. Le daba la espalda y continuaba mirándola a través del espejo; la otra proseguía, como en un estado de ligera hipnosis, observando fijamente el cielorraso, y sobre la blancuzca gris superficie contemplaba su vida pasada, no toda, sino la constituida por aquellos hechos que eran dignos de ser recordados y la memoria podía rescatar con mayor facilidad, obrando estimulada por causas sentimentales, vagas y melancólicas. Lila había adoptado una expresión reflexiva y casta, suave y animal en su global índole de estupidez—. ¿Te gustan los hombres? 
—Algunos —dijo la otra—. Según como sean. Me gusta que tengan conversación y un poco de plata, y que les guste gastarla, aunque teniendo conversación y no plata, si valen la pena, también me gustan. Porque al fin de cuentas… 
—Sí —replicó Lila, pensando en otra cosa. Se puso de pie y anduvo por la habitación revisando unas ropas caídas, y después regresó frente al espejo y ahí estuvo—. ¿No te parece que son… tontos? 
—Algunos —dijo la otra. 
—Cuando están sobre una, sudando, ahogándose, desesperados por agarrarse a cualquier cosa. ¿No te da la impresión de que podrías hacerles cualquier cosa, lo que quisieras, triturarlos? 
—Algunos. 
—Todos —dijo Lila, dándose vuelta y no mirándola ya a través del espejo, sino directamente—. Todos. Cuando una piensa que han estado desesperados por venir, porque ya no aguantaban más, robando o asesinando para conseguir la plata, para terminar todo en cinco minutos; cuando una piensa que si fuera una la que quisiera hacerlo, no tendría más que salir, cuando le diera la gana, y llamarlos, y traerlos, y llevarlos de cogote a donde le diera la gana; y que una es dueña de abrir o de cerrar las piernas con el que quiera, y que ellos no pueden hacérselas abrir o cerrar a la que ellos quieren o cuando ellos quieren. Yo los he visto entrar y me he reído pensando en que si yo quería ellos se iban a ir como habían venido y hasta podría hacerme rogar si se me daba la gana. Dame un cigarrillo. 
La otra se dio vuelta entre el crujir de los elásticos y sacó un paquete de cigarrillos de debajo de la almohada, arrojándoselo: “Puede ser” —dijo—. “Pero a mí no me gusta eso.” 
—No es que me guste —dijo Lila, encendiendo su cigarrillo y devolviéndole el paquete a la otra, que volvió a guardárselo debajo de la almohada—. Lo pienso sin poder evitarlo. Los veo como si pudiera quebrarlos, matarlos. —Se sentó en el borde de la cama sobre el que había estado antes y le pidió permiso a la otra para recostarse transversalmente usando sus pantorrillas como almohada. 
—Pegarles —dijo, muy reflexiva, y después, cambiando de tono, más secamente, aunque sin carecer de suavidad—: Qué duras tenés las pantorrillas. 
—Soy flaca —dijo la otra. 
—No. No. Así estás bien. Me gustan esas figuritas así. 
—Adelante quisiera tener como vos —dijo la otra con aire técnico— pero no puede ser, porque es otro tipo de cuerpo, otro desarrollo. Me echaría muy para adelante —se movió un poco y los elásticos crujieron, crujiendo un poco más después que ella estuvo quieta; entonces creció el silencio y también el calor aumentó y hasta dio la sensación de que podía oírse ascender el humo de los cigarrillos, ondulante, nada rígido, nada severo, con algo de sátiro fingiendo gravedad ante un tribunal de dioses iracundos y carentes de sentido del humor. Se rio—: Me caería de boca. 
—Si las querés te las regalo —dijo Lila cariñosamente, sin mirarla, con la vista clavada en el techo. 
—A lo mejor son postizos y los sacás y me das una sorpresa. 
—No, no son. Tocalos, si querés. 
La otra estiró la mano, los tocó (una cosa abultada, flácida, pesada, moviéndose) y retiró la mano sin dejar de reírse. Había, de pronto, algo extraño en su risa; así por lo menos lo creyó ella misma. Hicieron silencio y Lila, al rato, acomodó la cabeza sobre las duras y aceitosas pantorrillas de la otra y siguió hablando. “Te decía. Eso es lo que pienso cuando los veo y los siento encima de mí. A veces quisiera ser como ellos, después que se van, libres, han terminado y una ya no les sirve para nada, cinco minutos aguantándoles todas las porquerías, y cuando ya te usaron te escupirían.” 
—Pero es… —dijo la otra, con un cordial y suave antagonismo— …natural. Depende de una. Si sabés dosificar, si sabés dirigir, entonces no sólo no te escupirían sino que se dejarían escupir. 
—¿Te parece? —Lila miró a la otra. 
—Claro. A lo mejor nunca supiste tratarlos, por eso pensás así. 
—No es eso. Nunca me entusiasmaron demasiado, esa es la cuestión. Al principio, quién sabe… Al principio puede ser que hasta me hayan gustado esos… 
—Guachitos amorosos —dijo la otra, parodiando un éxtasis. 
—Sí. Lo primero —dijo Lila poniéndose de pie, sin prestar atención—. Voy al baño. —Tiró el cigarrillo al suelo, lo pisó, y lo hizo desaparecer debajo de la cama. 
Cuando abrió la puerta el día amarillo entró en la habitación con un resplandor tan intenso que la otra se cubrió los ojos con el antebrazo y le dijo a Lila que cerrara la puerta. Lila desapareció cerrando la puerta detrás suyo y la otra encendió un nuevo cigarrillo; después se alzó levemente la pollera, dejando ver apenas el extremo de sus muslos aceitosos y firmes, casi trapezoidales. Como si estuviera en el cine, contemplaba sobre la superficie del cielorraso mudas imágenes convocadas por su interés actuando sobre su memoria, mientras su cuerpo permanecía echado en un profundo abandono húmedo y tibio. El ritmo de su respiración apenas ampliaba el volumen de sus pechitos leves y duros como uvas concentradas y maduras. 
Lila regresó entonces. Se quejó del calor y se quitó el liviano vestido, desabrochándolo lentamente, con desgano y hasta con algo que visto por ojos masculinos habría podido tomarse por sensualidad. No tenía enaguas ni corpiño. Fue y quitándose los zapatos, se echó de espaldas sobre la cama, colocando una mano entrecerrada, con la palma hacia afuera, junto a su mejilla. La otra mano colgaba fuera del lecho. 
—Voy a dormir —dijo—. Es temprano todavía. Me gusta estar así suelta. —Tenía grandes caderas y un poco de grasa; sus grandes seños, esparcidos, caían lánguidamente a los costados, lechosos, enfermos, tristes. Causaban pena, no deseo. Pero había algo, algo existía semejante al deseo que podía ser la soledad o la culpa. Cualquier cosa menos el deseo, pero que podía confundirse con él, o manifestarse de tal modo, con un roce, una mirada, un leve suspiro mórbido, que nadie hubiera jugado nada afirmando que hubiera podido ser otra cosa. La otra la miraba con intensidad, con asombro desconfiado o dubitativo. 
—Llega un momento —dijo Lila con toda claridad, con los ojos semicerrados— en que una no sabe qué hacer, no sabe nada. Quisiera poder amar de otra manera, no como nos han obligado. Por gusto, por delicia. Algo anda mal porque me doy cuenta de que no soy como todas; no porque sea mejor ni peor, es que no he vivido, no he sentido como todas. Sé que estoy enferma (pero no en el cuerpo; en el corazón), porque no me siento como todas. Me siento monstruosa, sola. Tengo miedo. 
La otra estaba seria y de pronto, tímidamente, como si su mano fuera un pájaro, volando sin preocupación ni apuro, fue a posarse sobre las tristes, mórbidas colinas. Lila se estremeció, como si debajo de su piel se hubieran desplazado infinitas, diminutas, blandas esferitas blancuzcas. 
—La carne —dijo, pensando no en el deseo, sino en la soledad y en la culpa; y más en el fondo: “No es eso”—. No —dijo—. No es esto. Me conformaría con desnudarte. Es eso. 
La otra saltó del lecho como si hubiera sido tocada, mordida. Era una víbora temerosa, pero no exenta de peligro. 
—¡Nunca! —gritó. 
Lila permaneció sin moverse. 
—No es eso. No hagas ningún escándalo. Ya pasó, corazón. Quería ver si… No es nada, es lo mismo. Estoy enferma pero no de eso. Quería ver si… pero se acabó. Tranquilízate que no te voy a molestar; te lo juro. No era nada. Me visto, si querés. 
—Es lo mismo —dijo la otra, relajándose-. No importa; quedate como te guste. 
Volvió a recostarse y continuó recuperando (en lo posible) su viejo, su polvoriento tiempo dilapidado, lleno de personas y voces, y lugares, consustanciado ya con el otro, con el irreversible, el impalpable, el silencioso y oscuro, el Tiempo. 

(Serodino, 1937 / París, 2005)